sábado, 14 de abril de 2012

Provincias Exentas (2)


La Universidad ha muerto, viva la Academia

Uno de los hallazgos del Humanismo renacentista –alrededor de 1500– fue que la Universidad era un muerto de cuerpo omnipresente. Una gusanera de dómines, rábulas y matasanos. De pensamiento, nada. Poco a poco, al margen de la Escolástica, la apertura intelectual propició una forma nueva de ver el mundo, con curiosidad científica experimental e inductiva. La nueva ciencia procuró evitar los claustros universitarios para respirar en ámbitos asociativos más libres y espontáneos, las academias [1].
El siglo XVII fue académico en Europa, con mecenazgo de reyes y príncipes. La Royal Society de Londres fue emblemática, en este sentido, y sus brazos fueron largos, gracias a su red de correspondientes extranjeros de muchos países.
El fenómeno académico, salvo en lo literario, apenas cuajó en España. La Inquisición tal vez tuvo parte de culpa. O también, una mentalidad de conquistadores a la romana, más para la administración y explotación de las conquistas que para lo especulativo o lo técnico (“que inventen ellos”) [2].
La Guerra de Sucesión de España (1701-1714), con su carácter de guerra civil por las opciones dinásticas enfrentadas, trajo a los Borbones. El reinado de Felipe V coincide con el comienzo del Siglo de la Ilustración (o de las Luces), de marchamo francés por su figura más representativa: Voltaire. Las monarquías ilustradas en Europa, todavía dentro del ‘Antiguo régimen’ absolutista, desarrollan una forma peculiar de gobierno conocida como ‘Despotismo ilustrado’, resumido en el lema, «todo para el pueblo, sin el pueblo».

Academismo borbónico
Los primeros Borbones supieron utilizar a la élite nobiliaria y burguesa ilustrada para fomentar el academismo  para-universitario. Diríase que la Universidad se había vuelto irrecuperable, cuando un fray Benito J. Feijoo, profesor de facultad, propugna (1750) «la erección de Academias científicas debaxo de la protección Regia, por lo menos una en la Corte, a imitación de la Real de las Ciencias de París. Ésta daría el tono a todo el Reyno en orden a la elección de estudios útiles» [2].
«Estudios útiles». La ‘utilidad’, tan cara a la Ilustración, era  una virtud de proyección y desarrollo social, no el provecho y medro de las prebendas y sinecuras, desiderátum y techo intelectual para la masa universitaria. Casi la única excepción eran las facultades de Medicina menos malas, donde se refugiaba también algún  cultivo de las Ciencias Naturales y no pocas inquietudes humanísticas.
Todavía en 1771, a la propuesta del Consejo de Castilla para reformar los Planes de Estudios, la Universidad de Salamanca respondía con una profesión de inmovilismo, disimulando la pereza como gloria nacional [3]:

«Dixo que no se podia apartar del sistema del Peripato; que los de Neuton, Gasendo, y Cartesio, no simbolizan tanto con las verdades relevadas (sic), como los de Aristóteles…¿Qué concepto podia hacer formar semejante modo de pensar en la primera Universidad del Reyno? »

Salamanca, tras admitir su rémora en los Estudios de Gramática (rémora ¡con respecto a Vives y el Brocense!), «no reconoce igual atraso en la Facultad de Artes o curso de Filosofía; antes declara por el contrario, que juzga precisa la continuación de este estudio como estaba, en todas sus partes».
Y es que mal podían enseñar lo que ignoraban, la nueva filosofía y física de autores que los sonaban de oído, cuyos nombres ni sabían escribir, Newton, Gassendi, Descartes, Hobbes, Locke… El texto, copiado por Sempere Guarinos, se hizo antológico [4]:

«“También, dice, tenemos noticia de Tomás Hobes [hay quienes transcriben Obes], y del inglés Juan Lochio, que contiene quatro libros: pero el primero es muy obscuro, y el segundo sobre ser muy obscuro, se debe leer con mucha cautela… Lo mismo juzgamos del nuevo Órgano de Bacon de Verulamio…”.»

Las Facultades de Derechos (Civil y Canónico) abundan en el mismo oscurantismo y continuismo auto complacido, ahora con el aderezo de una mini blasfemia (otra flor para la antología del disparate universitario):

«“Nos parece, Señor, que con todas las católicas, y particularmente con la nuestras, hablan aquellas palabras: Non erit in te Deus recens, neque adorabis Deum alienum. Si has de agradarme (dice Dios a la Universidad de Salamanca, en quien está el principado de las católicas)…, no te me has de enamorar de algún numen flamante, que pretenda acariciarte con la novedad… Ni nuestros antepasados quisieron ser legisladores literarios, introduciendo gusto más exquisito en las Ciencias, ni nosostros nos atrevemos a ser autores de nuevos métodos”.»

La Facultad de Teología no iba a ser menos, sesteando en «los IV Libros del Maestro de las Sentencias, comentados por la Suma del Angélico Doctor Santo Tomás», es decir, en las preocupaciones de la Edad Media. Tan bajo había puesto el listón el faro salmantino, que su rival la Complutense casi salía airosa, siempre sin perder de vista que la matrícula estudiantil tenía objetivos muy pedestres.

Un colegial ilustrado
El sistema universitario incluía los colegios menores y mayores. Pues bien, en ‘el Viejo’, o sea el salmantino Colegio Mayor de San Bartolomé residió (1729-1740) un colegial alavés ilustrado, Tiburcio de Aguirre Ayanz, matriculado en Derecho, pero adepto vocacional de la nueva ciencia ultra pirenaica. Era un segundón, hermano de Francisco Tomás de Aguirre, III Marqués de Montehermoso, y destinado en principio a Iglesia.
De modo que a la sombra más oscura de la Alma Mater vivió tranquilamente once años un colegial clérigo ilustrado (y no sería el único), bien avenido con la ciencia moderna estudiada y practicada por libre. En efecto, había convertido su celda en auténtico museo y gabinete científico y experimental, donde organizaba reuniones al estilo de las academias extranjeras. Así pasó don Tiburcio a la Historia del Colegio, tal como lo pintó su amigo el I Marqués de Alventos [5]:


 Fijémonos en lo enmarcado en rojo. Ni el herbario, ni los coleópteros o las mariposas; la sección estrella son las conchas, al ser sus fósiles indicadores principales de estratos de interés geológico minero.
A este varón docto y ya muy bien situado, Capellán mayor de las Descalzas Reales y cortesano de confianza de Fernando VI, se presenta en Madrid en 1758-59 el Conde de Peñaflorida, Javier Munibe. Le acompañaría, es muy probable, un pariente y amigo de su misma edad, Javier de Aguirre, sobrino de don Tiburcio y muy pronto IV Marqués de Montehermoso, si es que ya no lo era [6]. Los dos compartían con el sacerdote la afición a las Ciencias, a la Física experimental. Javier Aguirre era además fuerte en Matemáticas.
Montehermoso, Peñaflorida, Aventos etc., título nuevos en la burguesía y pequeña nobleza ilustrada, que sin desdeñar la cultura, rompiendo la tradición nobiliaria española de horror al trabajo, se aplicaba a actividades empresariales y mercantiles.
Pero también a la nobleza antigua, a todos los niveles, llegaba algo del espíritu nuevo. Mucho antes y mucho más que los citados se había distinguido en amplios saberes un Grande de España, Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga, VIII Marqués de Villena (1650-1725), «muy conocido fuera de la Península por su relación con la Academia de las Ciencias de París, de la que era individuo, y por su comunicación con muchos sabios de Europa».
Para más de un barbero, don Juan era la reencarnación de su ancestro el mítico don Enrique de Villena (m. 1434); y a más de un cura, en efecto, le recordaría al ‘Nigromante’, aunque ya en los tiempos que corrían los tratos con el diablo eran más por forma de carteo con sabios extranjeros nada católicos. Un poco en esa vena de habladuría popular, Sempere –que le dedica su obra– recuerda que «en Escalona, pueblo de sus estados, hay una torre que llaman de la Chímica… y se conservan en ella todavía muchas hornillas y varios instrumentos…».
Pero a lo nuestro: Villena fue el promotor y primer director de la Real Academia Española de la Lengua (1713/1714). Y aun tuvo otro proyecto más ambicioso de una Academia General de Ciencias y Artes, que no fue ninguna veleidad, aunque era prematura [7]. La segunda real sería, pues, la Academia de la Historia, autorizada por el mismo Felipe V (1730) y formalizada bajo Fernando VI. Este mismo rey finalmente erigió en Real Academia la de Bellas Artes de San Fernando (1752), delegando el regio protectorado honorífico en don Ricardo Wall, y dando el cargo efectivo de ‘viceprotector’ a su bien amado don Tiburcio de Aguirre.

Asuntos de Guipúzcoa, asuntos propios…
Bien, ¿y qué se le ofrecía al Munibe con don Tiburcio?
En realidad, el Conde de Peñaflorida se encontraba de residencia en Madrid, junto con otro socio, como diputados en Corte por la Provincia de Guipúzcoa, para graves asuntos en relación con la salvaguarda foral. Dicho en expresión prosaica, un conflicto con Hacienda, que venía a ser el huevo de aquel fuero. 
Este tipo de gestiones en el Antiguo Régimen ilustrado implicaba meterse en un laberinto-máquina burocrático, empeño imposible sin contactos, máxime si de lo que se trataba era de sortear engranajes y palancas para ir derecho al Rey. Y para eso don Tiburcio era el hombre ideal. Mejor dicho, lo había sido, porque la embajada de Munibe coincidió con el ocaso y desaparición de Fernando VI (1759) y la entrada de su medio hermano Carlos III.
La embajada de Peñaflorida en Corte (agosto 1758 - julio 1761)  de suyo era incompatible con cualquier otra actividad. Bien es verdad que el rigor se había relajado, y los señores diputados tampoco descuidaban los asuntos propios. Máxime si, como ocurría esta vez, entre reales exequias y reales entradas, el real horno no estaba para bollos provincianos.
No nos escandaliza, pues, saber que a nuestro hombre la sobró tiempo para ocuparse de negocios relacionados con su hacienda y casa. Incluso se lo perdonamos en gracia de esta otra noticia: Munibe traía bajo el brazo otro negocio de utilidad pública, algo así como una academia que, siendo guipuzcoana o vascongada, fuese también de protección real. La quería parigual de las Tres Grandes, con sus privilegios y franquicias; sólo que, en vez de nacional, provinciana. ¿Academia, de qué? Pues de lo que faltaba. Más o menos, lo que ya tuvo pensado el de Villena, pero perfeccionado y puesto al día. Una Real Academia Bascongada de Conocimientos Útiles aplicados a la Agricultura, la Industria, el Comercio…
Por muy bien que viera don Tiburcio un proyecto así, no se le ocultaba lo que tenía de quimérico. El Antiguo Régimen no conocía la libertad de asociación, y tanto la burocracia como la etiqueta se complicaban con formalismos, más que barrocos, churriguerescos.
Por eso resulta admirable el acierto de aquella conjunción, Aguirre-Munibe, para interesar personalmente a Carlos III en una empresa tan escabrosa. Un desafío más indicado para suscitar recelo y hostilidad, incluso alarma, que el favor entusiasta que tuvo en principio.
Han pasado 250 años. Aunque sobre la Bascongada se ha investigado y escrito muchísimo, el cerebro de aquel Munibe sigue siendo una caja de sorpresas. Insisto, no he hecho investigación personal alguna, ni siquiera conozco bien los estudios ajenos. Lo que para mí son puntos oscuros pueden ser simples lagunas de ignorancia, y no es falsa modestia.
Hay un punto en particular que me intriga y me gustaría ver más claro. Que la Real Sociedad Bascongada tuvo en su proyecto y gestación una intencionalidad política, es algo que parece fuera de duda, y pronto se hizo sospechoso. Más problemático es determinar el verdadero alcance de lo político en una empresa de suyo cultural. ¿Hasta qué extremo la ambigüedad resultó contraproducente? Y dadas las circunstancias históricas, ¿en que medida pudo ser determinante de fracaso?

(Continuará)
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[1] Es el ritornelo de las Epistolae Obscurorum Virorum (‘Cartas de Desconocidos’, en la edición y versión española – Jesús Moya, Univ. de Málaga, 2008). La situación de los países del alemán era representativa. Erasmo sólo usó la institución universitaria para sacar título, sin comprometerse con ella, declinando invitaciones como la de Alcalá, con todos los honores y muy bien pagados.
[2] Cartas eruditas  t. 3 (1750), carta 31, 85
[3] Juan Sempere y Guarinos, Ensayo de una Biblioteca Española… del Reynado de Carlos III. Madrid, Imprenta Real, t. 4 (1787), s. v. ‘Planes de Estudios’, pp. 207 y ss.
[4] Ibíd., p. 211.
[5] Joseh (sic) de Roxas y Contreras (Marqués de Alventos), Historia del Colegio Viejo de S. Bartholomé, Mayor de la celebre Universidad de Salamanca. II Parte., t. 1 (Madrid, 1768), pág. 776. No confundir a nuestro personaje con su homónimo tío don Felipe Tiburcio de Aguirre y Salcedo, que también fue Colegial en el Viejo y que fue académico de la Española, honorario desde 1735 y supernumerario en marzo de 1737; cfr. Diccionario ‘de Autoridades’, t. 6 (1739), relación de Académicos.
[6] Su padre, el III Marqués, murió de repente y sin testar el 20 de mayo 1759.
[7] «He tenido el gusto de ver algunos apuntamientos escritos de su mano sobre este utilísimo pensamiento»; Sempere y Guarinos, o. cit., ‘Discurso preliminar’, t. 1, págs. 12-13.



miércoles, 11 de abril de 2012

Provincias Exentas (1)



Preámbulo sobre brocardos*
 Casi desde el principio de esta bitácora me declaré adicto a los brocardos. En Derecho, algo más que refranes y bastante menos que axiomas jurídicos, pero siempre a mano para un apuro. Con otro mérito: que si no siempre zanjan un caso, al menos distraen la atención hacia el brocardo mismo.
Es lo que le ocurría hace poco a Fernando Savater, con el brocardo «la excepción confirma la regla». Un artículo le dedicó (‘Topicazos’), total para poner en evidencia, con ayuda del ‘Diccionariodel Diablo’, que el agudo Bierce no dio con el sentido, si es que no entendió al revés la expresión latina, exceptio probat regulam [1].
Sé que es atrevimiento decirlo así, de un pensador y de un amigo como Fernando; pero es que tampoco me sentó bien el tono de suficiencia:

«… descubrí que lo que parecía un error y una bobada era, ¡oh sorpresa!, un error y una bobada… Algún tontaina tradujo mal hace siglos…»

«Tontaina, hace siglos»: me di por aludido, obviamente. Mas no iría yo de quijote contra un gigante de mucho respeto, que me tumba con la mirada, de no ser porque, para el templete dialéctico que voy a levantar, la primera piedra angular es justamente ese mismo brocardo que él desprecia, cumpliéndose a la letra aquel otro brocardo bíblico:

«el sillar que desecharon los constructores, ese misma sirvió de gran esquinero» [2]

Con todo, este mi desigual desafío va a tener un desenlace paradójico. Porque tras dejar sentado que Savater con su mentor yerra en la interpretación del brocardo en sí, terminaré reconociéndole que para el caso concreto da en el clavo, más por diablo que por filósofo, en virtud del axioma casi infalible, «piensa mal y te habrás quedado corto».
En efecto, voy a hablar de las Vascongadas llamándolas por nombre de excepción: Provincias Forales o también Provincias Exentas, como se decía en el siglo XVIII. Fuero y exención apuntan a lo excepcional de un régimen privilegiado, frente a la regla común de las otras regiones y provincias de España.
Esto nos lleva a medirlas con el brocardo de marras: «la excepción confirma la regla». Antes de preguntar si en el País Vasco eso se cumple, conviene precisar lo que significa exactamente.
Savater, siguiendo a su guía tuerto (por esta vez), se ampara en el verbo latino probare, «probar, poner a prueba», según él. Cierto, es una acepción; pero también significa «comprobar y aprobar, dar por bueno».
Desde luego, ninguna excepción por sí misma hace buena la norma, aunque tampoco la pone a prueba. Si en un arranque de generosidad Savater y yo perdonamos a todos nuestros deudores de 10 céntimos para abajo, ¿en qué ponemos a prueba nuestra intención de cobrarnos de todos los demás que nos deben por encima de esa cifra?
Además, hay otra razón aplastante, y es que el mismo aforismo se formula también así: exceptio confirmat regulam. Y aquí no valen acepciones ni ambigüedades: probare, sinónimo de confirmare, apuntalar, corroborar, hacer bueno.
La solución del tropiezo es bien sencilla: exceptio no es la ‘excepción’ a secas; es exceptio legis, la ‘excepción de ley’, el acto legislativo de exceptuar taxativamente uno o más supuestos, que por eso en lenguaje vulgar se conocen como la, o las excepciones. Ese reconocido y taxativo carácter excepcional confirma sin lugar a dudas que todos los demás supuestos son de ley.
La Iglesia, de siempre muy dada al privilegio, a la dispensa y en general a lo gracioso (tal vez por lo que haya podido tener para ella de rentable), considera las excepciones un poco como sub-leyes, otro poco como anti-leyes, todo ello emanado del mismo legislador, que precisamente porque exceptúa no se desdice ni se contradice.
En suma, la excepción confirma la regla, porque no sería excepción sin referencia a ella. En cambio la recíproca no es cierta: la norma no confirma excepciones, porque de suyo no las necesita.
Creo que insultaría al intelecto de mi admirado Savater alargando la explicación. Ahora, pues, me toca concederle que hay casos en que la excepción de ley es tan torpe, tan abusiva, tan injusta, tan irritante, que en verdad pone a prueba la misma ley y el cumplimiento de ella por parte de los no exceptuados.

Entrando en materia
Y ese vino a ser el caso de las famosas ‘Provincias Exentas’, cuando el progreso humano introdujo la igualdad ante la ley, sobre todo en materias fiscales y demás obligaciones que, al eximirse unos, repercutían sobre los demás.
Porque hay excepciones y excepciones. Algunas son tan de sentido común, que por algo se discurrió el brocardo, summum ius, summa iniuria (no hay mayor atropello que un rigor ciego). Si una ley de servicio militar exceptuaba al hijo de viuda, la gente lo aceptaba como excepción razonable. Pero si toda una provincia, y peor tres, se declaraban exentas de servicio por no sé que fuero antañón, eso sí que no. Y lo mismo en impuestos y gabelas, en prestaciones, en todo lo tocante a equidad y justicia distributiva.
En ese sentido se cumplió que la excepción vasca más de una vez supuso un mal ejemplo y puso a prueba la fiscalidad y la buena armonía. No hay más que abrir el Diccionario de Hacienda de Canga Argüelles (1834), artículo ‘Provincias Exentas’ [3]

«Este nombre llevan las de Navarra, Vizcaya, Álava y Guipúzcoa, conocidas también con el de vascongadas: porque regidas por fueros particulares no pagan las contribuciones reales que las demás…  no acuden con soldados al ejército ni con levas a la marina: no sufren el peso de los multiplicados impuestos que satisfacen las demás; pagan una cantidad alzada, que ellos acuerdan como donativo: se imponen los tributos, se los reparten y aplican a los objetos que en junta de provincia reputan convenientes: no tienen aduanas, ni estanco de sal, ni papel sellado; ni alcabalas…
Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, no reconocen otra autoridad real, que la del Corregidor de Bilbao y del Capitán General de Guipúzcoa. El poder legislativo reside en el cuerpo representante de las parroquias y ante iglesias, y el ejecutivo en el Diputado General que estas elijen. Sus funciones duran dos años; y ellas solas examinan su conducta, y la aprueban ó reprueban.
Este monstruoso sistema, hace de las referidas provincias una nación estraña dentro de la España: siendo origen de su insubordinación… De este principio subversivo… ¡Resto vergonzoso de las ideas de los siglos férreos de la dominación feudal!...» Etc., etc.

Acababa de estallar la I Guerra Carlista (1833-1840), sin que ello justifique el tono del artículo, que traigo sólo para recuerdo de que esto era ya en época constitucional liberal. Nada que ver, por tanto, con el Antiguo Régimen, ni siquiera con el absolutismo fernandino. Pero ahí seguía la excepción vasca suscitando más rechazo y envidia que simpatía.

El siglo XVIII, siglo de la Ilustración, coincidió en España con un cambio dinástico. Si ya los Austrias habían hecho lo posible por rebajar los techos de foralidad en los distintos ‘reinos’ y provincias, los Borbones fueron más radicales, y aprovechando los campos y lealtades en la Guerra de Sucesión (1702-1710) hicieron tabla rasa jurídica, sin más relieve foral que las Vascongadas y el Reino de Navarra. Dos territorios contiguos y rodeados de un rosario aduanero, continuación de la barrera general en las fronteras pirenaica y portuguesa, así como en el resto de las costas marítimas. Las demás reliquias de una situación arcaica, en especial las ‘libertades’ catalanas, como castigo a la opción equivocada en la Guerra, fueron barridas sin contemplaciones a favor de una ‘Nueva Planta’. Razón de más para el resentimiento y los celos, por parte de los castigados.
A ello se sumará el vendaval revolucionario francés, con su Égalité burguesa exportable, marca de un tiempo nuevo donde ciertas antiguallas no tenían ya sitio ni sentido.
Y aquí surge una paradoja histórica vasca. Precisamente en las Provincias Exentas, todavía beneficiarias de un sistema llamado a desaparecer, se crea la primera Sociedad de Amigos del País –la Bascongada–, con un lema cuando menos extraño, Irurac bat. Extraño, por su sentido esotérico y algo místico, y porque la ‘foralidad’ vasca no era tal –foralidad, en singular–, sino tres foralidades distintas y autónomas, unidas sólo por interés común frente a las demás y al Estado, pero siempre listas a pugnar entre sí, celosas cada una de lo propio.
El tema de la foralidad vasca está muy estudiado, y por otra parte, no siendo competente, bueno será si no desbarro, como para decir cosa nueva. Pero tampoco es mi plan meterme en honduras, sino contemplarla como telón de fondo de una de las empresas más notables del Siglo Ilustrado en España: la citada Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País.
Sin pretensiones, me gustaría contar cosas de cierto interés, incluso algunas sorprendentes. Como para mí lo han sido.

(Continuará)
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(*) Incomprensiblemente, la Real Academia, que admite en su Diccionario el adjetivo brocárdico (desusado, ¡!), no reconoce el sustantivo brocardo ni bocardo (el bucardo es otra cosa).
[1] El País (Cultura), 2012/02/27.
[2] Mateo 21: 42 y =; cfr. Salmo 118:22).
[3] José Canga Argüelles, Diccionario de Hacienda, t. 2, Madrid, 1834, págs 461-464. Como se ve, incluye a Navarra-provincia entre las exentas y ‘vascongadas’.



lunes, 2 de abril de 2012

Bizcochalde



Debo escribir aquí este nombre. Para que algún día conste que no fui indiferente al rebautismo de los colegios de Basauri. El ‘Lope de Vega’, que ahora quiere  llamarse Bizkotxalde, y el complejo ‘Velázquez-Cervantes’, que se transmuta en Soloalde.
No pienso entrar en análisis ni discusión de lo que está claro y va a misa: es una decisión antiespañola. La han tomado los respectivos consejos escolares; ha sido aprobada por la mayoría nacionalista del ayuntamiento de Basauri, y ahora toca al Gobierno Vasco retratarse con la última palabra.
Sea cual sea el desenlace, el número se ha montado y ejecutado según  el guión, a satisfacción de los empresarios del espectáculo –circo, en este caso–, y ellos no se van a impresionar por los juicios adversos que mueva el aparente disparate. Que no es tal. Ellos no tienen nada contra Lope ni contra Velázquez. Simplemente, esto no es España, esa es la cuestión.
No entremos al capote. Sería torpe argumentar sobre la base de ignorancia, incultura, fanatismo o aldeanismo. En absoluto. Esto se queda para los foros o vomitorios, donde de una y otra parte, ahí sí, se desfoga el antagonismo visceral.
No nos quepa duda,  en cada consejo escolar, entre los ideólogos del cambio hay gente preparada como la que más; profesores y personas cultas, que saben muy bien quiénes fueron Velázquez y Lope. No, no es ninguna improvisación, por si alguien lo había imaginado. Es su hora y modo  de hacer política marcando territorio.
Pero tampoco es un desafío frontal. El truco está en que, como entres al envite, parecerá que el desafiante eres tú. Además pierdes el tiempo, porque la cosa ya viene adjetivada: «polémica artificial». Por tanto, no pierdo tiempo ni lo hago perder con gasto de neuronas o de bilis. Que les ponga en su sitio quien puede y sabe que debe.

Aquel Basauri que se nos fue
¡Qué pena de Basauri! Porque para la pareja que hacemos mi mujer y yo, ese pueblo trae recuerdos muy gratos.
Recién venida ella a Bilbao, encontró su primer empleo en el Instituto de Basauri, casi enfrente del Cuartel. Cada año por Santa Bárbara, los militares ofrecían una recepción castrense, invitando siempre al Instituto. Unos caballeros.
Mi mujer desde el principio se sintió a gusto en aquel centro. Buen ambiente, cordialidad, respeto de los alumnos, buena relación con las familias. El Instituto era doble, chicos y chicas aparte. Ella daba clases en el femenino. 
Los chavalotes eran majos. Entre clases  jugaban a guerras, con las tizas como balas, y como artillería el borrador del encerado, tomando a veces munición de las aulas del otro ‘género’. Por tal razón, el bedel tenía marcados los borradores con tinta indeleble. La señora de Belosticalle, en su primer día de clase, con la tiza en una mano y el borrador en la otra, casi suelta la carcajada, porque allí ponía: «Instituto Femenino de Chicas». Visibilidad de género, ya entonces, y anoten: en Basauri.  
 En aquellos años 60 Basauri era una población muy normal. Tan normal (en la acepción del Diccionario), que al advenimiento del nacionalismo era una de las más necesitadas de ‘normalización’ (en el sentido de la neoparla patriótica); y de hecho  la han  ‘normalizado’ sin contemplaciones. Ahora toca a don Lope y a don Diego liar el petate, puesto que no pertenecen a nuestra cultura propia. Bizcochalde sí es nuestro. 
Algunos ignorantes no lo ven así y hacen chistes fáciles:

– ¿Tú dónde estudiaste?
– En el Bizcochalde.
– ¡Anda ya! ¿Con que graduado en repostería, o qué?

El pobre ex alumno  –que de toponimia vasca sabe probablemente menos que de ‘Las lanzas’, ‘Las meninas’ y ‘Los borrachos’– se achica, pensando en lo mucho que nos queda por normalizar. ¡Infeliz! Un poco de kultura toponímica le permitirá saltar al cuello del burlón ignorante, demostrando como un teorema la vasquidad de ese vocablo. ¿Vocablo digo? Todo un pequeño diccionario, veamos:

Bizcochalde, por su afijo -alde, significa a la parte de Bizcocha, que según entendidos sería deformación de Beascoechea. Este era en 1665 el nombre de una casa, tal vez la misma  en 1777, y ella habría dado nombre al barrio (escrito con z en 1846, variante sin importancia). Hablamos de un enclave de Basauri en Arrigorriaga, que ha tenido sus vicisitudes.
Más problemático es que dicho barrio sea «el mismo que luego se llamó Beaskoetxealda» (sic), ya que esta forma es pura ‘normalización’ sin base documental. Porque otra escritura de archivo de 1829 sí hace mención de una casa llamada Beascoechealde, donde se cobraban los diezmos y primicias para la Iglesia. Lo que no es nada seguro, ni siquiera muy probable, es que esta casa sea la misma de los siglos XVIII-XVII. Si acaso, sucesora.
Los años pasan, la toponimia evoluciona. Gracias a la obsesión toponímica que tanto nos ocupa y tanto dinero nos cuesta, tenemos la impagable satisfacción de conocer el ‘verdadero nombre’ ad libitum del mismo lugarejo (se supone), al correr del tiempo. No agoto las referencias; consúltese el ‘servicio’ especializado  Labayru. Tampoco salgo fiador de transcripciones cuyo original no he visto.

1745: Beascoechealdea
1829: Beascoechealde («la casa» llamada»)
1842: Vascoechealde
1866: Beascoechealde, Biscoechalde, Biscochalde
1868: Vesco-Chalde («caserío»)
1873: Bescosalde («el punto llamado B.»).
1889: Biscochalde («el barrio de B.»);
Basoolchaldea («la casería    nombrada»);
Bascochealdea  («casería»).
1890: Bizcochalde («barrio de B.»).
1894: Beascozalde («casa-casería conocida hoy…»)
1895: Biscochalde («barrio de Benta, calle de B.»).
1910: Beiscosalde
1912: Bizkoetzalde (« barrio de B.»)
1923: Biscosalde: («nombre de la finca: B. Este caserío… »)
1932: Bizcotzalde («el barrio de B.»)

Suponiendo que sea un mismo tópos el que ora se llama ‘punto’, ora ‘calle’ y ‘barrio’, cuando en el registro más antiguo era una ‘casa’, salta a la vista que la forma más ‘normalizada’, es decir, la menos auténtica de todas, es la que impuso algún edil nacionalista de obediencia ortográfica sabiniana, con las letras k y tz nunca vistas antes.
Lo más admirable de todo este embrollo es cómo los normalizadores nos traen al retortero, fundando dogmas de fe sobre arenas tan movedizas. Ya que ellos viven ricamente de ese cuento –a costa de nosotros–, tuvieran al menos el detalle de dejarnos en paz con nuestros errores.
Pongamos broche con un pensamiento de signo positivo. Por muy españolista que uno se ponga, habrá de confesar que, junto al proteico Bizcochalde o como se diga, los  ‘Lope de Vega’, ‘Velázquez’ o ‘Cervantes’ son nombres muy poco maleables y normalizables.