lunes, 13 de noviembre de 2017

Lágrimas de papel


«Escribieron al mundo todo un papel impreso, a que llamaron Proclamación católica»
(Francisco M. de Melo, Historia de los movimientos, guerra y separación de Cataluña, 1645)


En estos días de zozobra por y para Cataluña –para España igualmente, cómo no–, me ha dado por leer prensa atrasada. Papeles del Principado y de la Corte, sobre aquella otra zozobra y crisis de confianza mutua a mediados del siglo XVII.
Es instructivo conocer los métodos y argumentos de entonces para formar opinión pública, dando visos de razón a lo sentimental. Hoy creemos saber mejor cómo funciona esa máquina: propaganda, técnicas de persuasión y demás. Nada nuevo bajo el sol. La retórica y el teatro, como la sofística o la democracia, todo eso lo organizaron ya los griegos, grandes artistas de la persuasión. Pero la cosa en sí venía hecha muy de antes, porque el comecoco persuasivo o disuasorio, el mimetismo o simulación tendenciosa nos es innato, y muy compartido en el mundo animal, sin entrar en el maquiavelismo de las plantas, casi diabólico.   
El agitador de masas sabe cómo conmoverlas sin conmoverse  él mismo. Su trabajo es usar su cerebro en frío para caldear los ajenos. Actor que hace su personaje, sin dejar que éste le posea. Hoy invito a conocer a un fraile de entonces, maestro en esa habilidad.


Un agustino catalán hace carrera
La Guerra de Separación de Cataluña (1640-1660), sobre todo en su primera fase (1640-1641) –la mal llamada ‘Guerra de los Segadores’–, generó en paralelo otra ‘guerra de papel’: propaganda en forma de panfletos y de relatos ‘históricos’ o crónicas de sucesos. Imprescindibles los primeros, los panfletos, para entender los segundos, los relatos, en una aproximación actual a la realidad. Esa literatura, en gran parte olvidada durante siglos, ya recibe la atención que merece [1].
De aquellos panfletos cruzados, uno de los primeros por la parte catalana y el más conocido es la Proclamación católica, que ya se leía en Madrid en la segunda quincena de octubre de 1640, meses después de la Revuelta de los Segadores (7 de junio), que se saldó con el asesinato del Virrey cuando huía de Barcelona. Un hecho trágico que, a su vez, provocó la huida hacia adelante de Cataluña, a echarse en los brazos de Francia.
La proclama catalana no era el colmo en su género, ni por la elocuencia, ni por la erudición ni el estilo; pero hizo diana por su toque emocional sostenido de principio a fin. Ese fue el acierto, porque estos conflictos, ayer como hoy, para la gente llana son emocionales.
A este efecto, sin nombre de autor, el texto se ponía en boca de las corporaciones catalanas –Consejeros del General, Consejo de Ciento de Barcelona–, como la voz de un pueblo dolido, dirigida al que todavía era para ellos «la Majestad piadosa de Felipe el Grande, Rey de las Españas y Emperador de las Indias, nuestro Señor».
Eso en el frontis del panfleto, porque en páginas interiores Felipe IV era además para los proclamantes el padre, al que sería lástima verse forzados a repudiar. Todo porque una Cataluña inocente se veía atropellada por la violencia del Estado.
Nos suena. Aquello queda lejos, pero sigue sonando. En 1640, la Cataluña oficial encarnada en sus tres ‘brazos’ corporativos, alza la voz al Rey de España para que lo oiga Europa entera. La pretensión de internacionalizar los capitostes periféricos sus diferencias con España no es cosa de hoy. El testigo portugués Melo lo expresó entonces con ironía: «Escribieron al mundo todo». ¿Y qué es lo que escribieron al mundo mundial los próceres catalanes? «Un papel impreso,  a que llamaron ‘Proclamación Católica’».
¿Quién hizo este trabajo de encargo? Fray Gaspar Sala y Berart (1605?-1670) era un fraile agustino nacido de padres catalanes residentes en Aragón. Muy joven toma el hábito en San Agustín de Zaragoza, y en 1635, a solicitud del convento de San Agustín de Barcelona, es destinado a la Ciudad condal con doble oficio: el púlpito y la enseñanza de Teología en el Colegio mayor de San Guillermo, de la misma orden. «Fue famoso predicador y profundo teólogo», dice una ficha biográfica. Si lo de predicador es muy cierto, de su Teología no dejó huella, ni profunda ni somera. Uno de sus sermones de entonces fue el titulado Panegyrico aniversario de los héroes catalanes difuntos, inmortales en sus hazañas (1639), cuyo encargo revela su compromiso con la alta sociedad catalanista.
Pero antes de eso, el agustino había debutado como arbitrista en torno a un problema endémico: qué hacer, en la gran ciudad,  con la balumba de pobres y de vagos. Fray Gaspar proponía su solución en Govern politich de la Ciutat de Barcelona, per a sustentar los pobres, y evitar los vagamundos (1636), obra escrita en catalán [2].
Ya en esta ópera prima el autor no se presenta como un espontáneo diletante cualquiera. Cuando la dedica «al sabio Consejo de Ciento» –el alto órgano de gobierno de la ciudad–, cosa que no debía hacerse sin licencia, cita por sus nombres al conseller en cap y a sus cuatro adláteres en la junta de gobierno, como quien les conoce y trata, advirtiendo que toma la pluma «a instancia y petición de los señores Administradores y Trentadocena del Hospital de la Misericordia» .
La obra es una de tantas en el tema de la beneficencia española anterior a la Ilustración, y en su mayor parte tiene un aire como de sermón predicable, sobre la caridad y la limosna. Sin embargo ofrece algunas particularidades que nos importan mucho. Y no me refiero al elogio que hace de la propia ciudad:
Barcelona, de fundación antiquísima, anterior en muchos siglos a Roma, pues la fundó Hércules, en arribada forzosa al pie del Montjuich por una tormenta. Ocho barcas de su flota se hundieron una tras otra, quedando sola la nona. Por eso el héroe llamó a su nueva ciudad Barca-nonia; corrompido en Barcelona.
De glorioso pasado, «en las armas potentísima, y así los autores extraños la llaman ‘belicosa’, cuyo poder causa terror y espanto a todos los príncipes de España, Francia y África…» La dedicatoria es un trasunto de laudes Barcinonae, anticipo breve de las laudes Cataloniae que desarrollará en la Proclamación.
El texto, en 63 folios, se divide en cinco libros. De ellos sólo me fijaré en el I, De los vagamundos, con un breve prólogo para distinguir entre estos ‘pobres válidos’ y los auténticos pobres, objeto del libro II, De los pobres débiles. Diferentes estos de aquellos como la realidad y la apariencia, o como lo verdadero y lo falso.
Tal distinción no tenía nada de original ni peculiar de Barcelona. La España de los Austrias menores era famosa por la picaresca y el hampa, allí como en Sevilla. Lo notable es que si Sevilla inspira a Cervantes su Rinconete y Cortadillo, con el Patio de Monipodio, a Salas su Cataluña y Barcelona le preocupan sobre todo por la delincuencia violenta; igual que a Cervantes el Bosque de los Ahorcados y el diálogo de Don Quijote con el bandolero Guinart. Entre los  vagamundos de fray Sala hay pícaros, desde luego; pero lo que da el tono en semejante gremio es el maleante especialista en asalto, robo a mano armada y asesinato.
El niño aprendiz de vago se iniciaba robando fruta. De joven, ascendía a oficial cortabolsas. Y ya maestro adulto, se echaba a los caminos con arma homicida. Lo peor no era el trabajo en solitario, sino en partidas. Sus monipodios eran agencias del crimen, donde se alquilaban sicarios virtuosos de la estaca y el estoque a la clientela pudiente.
Como dice el refrán, por la caridad entra la peste. La limosna, esa gran obra de misericordia tan catalana –de la que tratan específicamente los libros III-IV del panfleto y se discurre en el II–, merece en este I una mención, porque aplicada indiscretamente a los falsos pobres los convierte en criminales:
«En Cataluña hay una costumbre santa y loable, que en las casas ricas de payeses, o masías, a todo pobre que llama se les da limosna cada día».
Pone el caso de Vich como ejemplo general. A diario se observa una cohorte de chiquillos que acuden a la limosna, y con la familiaridad con la casa se atreven al hurto: una gallina, legumbres y hortalizas, lo que encuentran. Al mismo tiempo aprenden a conocer el país y sus vericuetos, asignatura troncal de salteadores. Toda una carrera del crimen  costeada ¡con la limosna!
Insisto,  ladrones violentos y espadachines a sueldo los había también en Sevilla, como en Madrid. El autor se fija en una especialidad de sus vagamundos catalanes: «ayudar a sostener parcialidades, cargados de pedreñales». El pedrenyal era el arma corta de chispa, la favorita en Cataluña. Pudo citar como ejemplos autóctonos de bandolero a Juan de Serrallonga (1594-1634), ajusticiado dos años antes; o más antiguo, al celebérrimo Perot Roca-guinarda (1582-1635), de quien el cervantino Roque Ginart era trasunto.
Pero mentar siquiera a estos dos espejos del bandolerismo catalán no le pareció oportuno a fray Gaspar Sala. El primero, por cierto, llevaba su mismo apellido, Juan Sala: Serrallonga le vino de su mujer. En cuanto a ‘Perot el Lladre’, fue declarado enemigo del reino (1608), sólo tres años antes de recibir el indulto del Virrey de Cataluña, con destino a Nápoles como oficial de los Tercios (1611). Mal candidato, pues, para el ejemplario del padre Sala. Además, el historial delictivo de Perot mostraba que no se detuvo ante el sacrilegio; por ejemplo, cuando asaltó el palacio episcopal de Vich, o cuando robó dinero y alhajas en una iglesia… Decidido: algún día tocará denunciar ante el mundo los crímenes sacrílegos de la soldadesca extranjera, y entonces el autor de la Proclamación católica se alegrará de no haber aireado fechorías semejantes perpetradas por catalanes en su propia tierra [3].
Por eso, para demostrar la peligrosidad potencial de los vagamundos, incluso a nivel de motín, Sala prefiere llevarnos a Lyon de Francia (1529), donde
«un día se juntaron en gran número en la Plaza de los Cordeliers, y estando la ciudadanía descuidada subieron al campanario del convento y tocaron a rebato, aprovechando la confusión para saquear las casas vacías a mansalva, sin poderlos detener la justicia…» [4]
¿No podía ocurrir lo mismo en Barcelona? Vaya si pudo. En la revuelta de los Segadores, la gran mayoría no eran tales, sino gente del hampa bien dirigida y coordinada, pero sobre todo delincuentes del campo catalán, los mismos que «sostenían las parcialidades»  al servicio de la pequeña nobleza.

El remedio que preconiza fray Gaspar es preventivo. Recoger a toda esa gente en hospicios, donde chicos y grandes vivan en régimen de internado. Allí los más jóvenes aprenderán alguno de los oficios más necesarios.  También los mayores estarán bajo control, y el conjunto será una bolsa de trabajo, donde la buena sociedad recupere, en forma de menestrales y criados, el dinero que invirtió en limosnas para la institución.
Sala no presume de original. En España ya se había ensayado el ‘recogimiento’ de vagos, pero fracasó «por no haberse  acertado en los medios». Por eso el libro V de su Govern politich lo tituló, Buen gobierno que rige en el Hospital de la Misericordia. Aquella ‘Misericordia’ barcelonesa ya tenía bastante, dedicada a sus auténticos pobres, y no era cosa de meter allí también a los falsos y a los candidatos a serlo, los cuales deberán tener sus propios centros de acogida. La Misericordia y su buen gobierno era sólo el modelo, para acertar con los medios que en España faltaron [5].

Volviendo al propio Gaspar Sala, el aplaudido predicador de cuaresmas enteras, así como del aniversario Panegírico de los héroes catalanes del año 1639 (24 de abril) [6], en noviembre del mismo año se recibía de doctor en Teología por la Universidad de Barcelona, que luego le nombró catedrático a perpetuidad. Bien entendido que esta posición no colmaba su curiosidad ni sus ambiciones. Se anunciaba el golpe separatista, en el que fray Gaspar estuvo comprometido como partidario del entreguismo al rey de Francia Luis XIII, lo mismo que el presidente del General, el canónigo Pablo Claris.
De 1640 es la Proclamación católica, una excusatio non petita, escrita a toda prisa tras los excesos catalanes de junio, que por supuesto ni se tocan. Es también el ultimátum del capo conseller Claris al rey de España. Con ayuda de Francia, la rebelión catalana triunfa en Montjuich (26 de enero 1641). La inesperada victoria aseguró de momento el proyecto de República Catalana bajo protectorado de Luis XIII de Francia, investido como Conde de Barcelona.

Lágrimas de reír
Retrato de Pablo Claris, en Lagrimas Catalanas
Pero justo al mes y un día, Pablo Claris muere, y de su oración fúnebre de cuerpo presente en la parroquial de San Juan se encarga fray Gaspar Sala:
«Prediqué yo media hora, lo que hallé más a mano, porque no me dieron sino tres de tiempo para prevenirme.»  
Aquel funeral improvisado, en que «el cielo ayudó al luto y al llanto, con nubes negras y con lluvia menuda», supo a poco, y el lunes siguiente, 4 de marzo, el Consistorio organizó otro funeral de campanillas en la capilla de la Diputación, dando a Sala una segunda oportunidad de lucimiento:
«Volviéronme a mandar predicar, para compensar con mayor estudio las cortedades del día del entierro. Llegó el lunes por la mañana, púsose delante la capilla un túmulo rodeado de hachas… Y yo, por mi devoción, y por el afecto que tenía al difunto, pedí licencia para poner alrededor del túmulo… las siguientes ‘empresas’, que son el alma del sermón fúnebre.»
No sé en qué lengua hizo su sermón el agustino. Si fue en catalán, sería el ‘moderno’, el que se hablaba en Barcelona, muy castellanizado. Aunque también pudo pronunciarlo en castellano, al menos así lo imprimió: Lágrimas catalanas, al entierro y obsequias del Illustre Deputado Ecclesiástico de Cataluña, Pablo Claris (Barcelona, 1641). La edición se adornaba con una estampa grabada de Santa Eulalia, más un retrato del difunto troppo vero, es decir, malencarado, con la divisa:
Sibi nullus, omnibus omnis fuit
(Fue nadie para sí y todo para todos) [7]
Pero lo más llamativo de la publicación es el escudo de armas en la portada. No el de Claris, por supuesto. ¿Adivinamos de quién? Pues claro que sí: del valido o  primer ministro de Francia, el cardenal Richelieu, a quien Sala dedica la obra en términos adulatorios. Su Eminencia se frotaría las manos, si no se partió de la risa.
Las ‘empresas’ que puso fray Gaspar rodeando el catafalco, a modo de power-point predigital para explicar el carácter del finado, eran una serie de imágenes alegóricas, o emblemas, cada una con su mote o pie de figura.  Por ejemplo:
«En la primera empresa (significando su constancia) estaba pintado un elefante, a quien tenía asido por la oreja el perro de Alejandro; y la letra que decía: NEC CAESUS CAEDAM»
Dicho así, más que una ‘empresa’ era un enigma para los no iniciados. Y así todas las otras. Esto creaba intriga, en el apogeo del barroquismo sacro-profano, cuando el público de los sermones se pirraba por tales acertijos, entendiéndose que fray Gaspar en la oración fúnebre los iría soltando uno a uno.
Nec caesus cedam, ‘Ni despedazado soltaré’: ¿qué tenía eso que ver con Pablo Claris? Muy sencillo. Un perro, que atendía por Peritas, era el favorito de Alejandro Magno para la caza. Presa que hacía, no la soltaba. Dice el cuento que el tal can trabó por una oreja a un elefante, con disgusto de Alejandro, que ordenó cercenarle la cola. De nada sirvió, ni tampoco cortarle una a una las cuatro patas.  Aburrido el amo, mandó decapitar al perro, y aun así quedó la cabeza colgada de la oreja del elefante. Moraleja:
«De esta calidad fue la constancia de nuestro difunto Claris: no desistió del primer intento, hasta la muerte.»
Mal empezamos, si las lágrimas catalanas son de risa. Porque si el elefante era España y Claris era el can, el cartel era de chiste: Don Felipe IV con la cabecita del gozque catalán  colgada de la oreja, como un pendiente. Richelieu al menos, seguro que lo pilló por el lado cómico, bastante le importaba a Su Eminencia un simple canónigo como monsieur Clarís.
Así iba describiendo el predicador, a golpe de conceptos y retruécanos,  las virtudes cívicas del caudillo separatista. Muy significativa la empresa XII:  
«La hidra de Hércules con seis cabezas, y una cortada: significando los seis del Consistorio, y la cortada el difunto; con la letra que decía: UNO AVULSO.  Es a saber, si se corta una, nace otra. Así muerto Claris insigne, nacerá otra cabeza… Otras empresas puse, que por no ser prolijo las dejo».
Decididamente, la lógica no era el fuerte del ‘profundo teólogo’ fray Gaspar, que en esta historia moral confunde al bueno y al malo. La Hidra era un monstruo maligno, y comparar al General de Cataluña y sus Seis cabezas (tres diputados y tres oidores) con una hidra enfrentada a Hércules el bueno –España, para el caso– era un insulto a la cordura. Pero hombre de Dios, ¡si usted mismo reconoce a Hércules como el fundador de la Barca-nonia /Barcelona!
Empresa particular fue el propio blasón de armas de los Claris: «una Luna, puntas abajo, como que va a ponerse; y añadiendo un mote latino que diga: Moritur, et oritur [8].
Fray Gaspar ha dicho que aquellas empresas eran «el alma del sermón fúnebre». Sin embargo, en el texto que hizo imprimir no sigue ese programa, evocando alguna que otra como de paso, más el escudo de armas de los Claris. Por ejemplo, a «la granada que revienta para salvar a sus granos» se refiere a  mitad del sermón. Tal vez en un primer boceto el orador se entretenía y pensaba entretener con tales florituras. En todo caso, el acto religioso fue todo él de afirmación política, tras la victoria catalana sobre España:
«Asistieron convidados los Conselleres de Barcelona, junto con los Deputados y Oidores. Llenóse la capilla de los más lucido de la Ciudad, comenzó la música la misa de Difuntos, y prediqué el siguiente sermón. En el cual he ingerido lo que dije en el entierro, y ampliando algunos conceptos.»
El sermón fúnebre por Pablo Claris, el 4 de marzo en la Capilla de San Jorge de la Diputación de Barcelona fue pura munición política, y su publicación en castellano la convertía en un proyectil más en la guerra de papel. Cataluña no estrenaba independencia, consciente de que eso era imposible por entonces. Alejada la amenaza española, desempolva sus oropeles pactistas para festejar su luna de miel con su nuevo soberano, el rey de Francia. Claris ha muerto, y con él el proyecto de una República Catalana autocéfala. Toda la sublimación del difunto que el orador va desplegando ante su auditorio de próceres refleja  frustración y fracaso político. No  otro nombre merece el reconocer que todo el logro del héroe Claris ha sido sacudir de Cataluña el yugo de Castilla, total para cambiarlo por el de Francia.  
El tono del sermón es abiertamente antiespañol. Siguiendo una tradición muy catalana en la oratoria sacro-política, abundan los paralelos tomados del Antiguo Testamento o Historia Sagrada. Así, en paráfrasis más atrevida que atinada, comparando la muerte de Claris y la de Saúl, con la endecha de David (“Callad, no lo sepan las ciudades filisteas”), el orador exclama:
«No divulguéis, Señores, esta muerte, ahogad los suspiros, porque no los lleve el aire a los escuadrones del enemigo… Cállese esta muerte, Catalanes. Silencio, no oiga llorar el enemigo esta pérdida. No alentemos con nuestro llanto u cobardía… Cállese su muerte, por no dar este alegrón a gente excomulgada.»
Olvidando, como digo, los jeribeques conceptuosos de la alegoría, Gaspar Sala escoge referentes bíblicos que evocan el momento fundacional que creía vivir Cataluña. Claris ha sido el Moisés que ha despertado a su pueblo, le ha trazado normas y camino y le ha guiado hasta la  tierra prometida, a cuya vista muere sin gozarla él mismo.
«Merece ponderación lo que solía decir nuestro difunto a los que, vencidos de sus méritos y trabajos, le pronosticaban y aun con certeza aseguraban altísimas remuneraciones y mercedes del Rey nuestro Señor Luis XIII. “Testigo me es Dios (decía), que no solamente no pretendo lo que podría esperar, pero lo aborrezco, y me alancean el corazón los que con estos devaneos maculan el candor de mi intención.” Y para comprobación de esta verdad, afirmaba y juraba que cuando se le ofreciese premio alguno, por alto que fuese, no lo había de aceptar de ninguna suerte, por que nadie pudiese llegar a pensar que lo que había hecho tenía tanto de útil para sí, como de interés para su Patria…»
Y aquí el predicador aventura un concepto arriesgado: ¿En qué mostró más Cristo su amor al hombre? ¿en morir crucificado o en darse en la eucaristía? «¿Por dónde sale éste?”, se mosquearía el auditorio. Pues iba nada menos que a comparar a Claris con Cristo:
«¡Oh ilustre Diputado! muchas finezas obraste por tu patria. Por ella perdiste la vida, rindiéndola al cuchillo del trabajo, a los golpes de las ansias. No pudo hacer más por Cataluña, que morir trabajando por ella. Pero cuando… contemplo la aversión que tenía al premio de sus trabajos para argumento del candor de su intención, digo que esta fineza es mayor entre mayores…»
¿De qué murió Claris? Tal vez de un resfriado que agarró en la noche larga invernal de Montjuich, subido a la muralla de la Ciudadela, para seguir la peripecia. También se especuló con el veneno, como era inevitable. Pero no; fray Gaspar tiene su teoría:
«¡Ay, señores! Si preguntáis al difunto, “¿de qué habéis muerto?”, con toda propiedad nos puede responder: “Pro honore vestro. Por vuestra reputación, por la honra de Cataluña, por lo decoroso de mi Patria. El trabajo de estos cuidados me quitó la vida… Como Fénix me abraso, para que renazca mi Patria mejorada.”»
Las oraciones fúnebres no suelen ser ocasión de chismorreo sobre los defectos y vicios del finado. Ésta no quebranta la norma. Al contrario, a estas alturas se ha convertido en panegírico santoral, donde sólo falta que el orador sagrado proponga abrir a Claris el proceso canónico, si se digna hacer algún milagro. ¿Acaso no los hizo Don Carlos, el Príncipe de Viana, cuando murió en Barcelona (1461), alzado contra su padre Juan II de Aragón y rey consorte de Navarra?
Claris acumuló muchos agravios del rey de España, del Virrey, del valido Olivares y de las castellanos. Todos los aguantó sin respuesta. Hasta que la soldadesca española profanó la eucaristía en algun lugar de Cataluña, y eso fue intolerable para su devoción personal:
«Era devotísimo de este augustísimo Sacramento, y en la catedral de Urgel, de donde era canónigo, había fundado renta para cien velas que ardiesen en el monumento el Jueves Santo, perpetuamente cada año. Y así, en las ocasiones de resolverse, no obstante las injurias hechas por los castellanos al Principado…, no se acordaba sino del agravio hecho al Santísimo Sacramento. “Esta causa (decía) es de Dios”…»
Convertir la causa catalana en guerra de religión, al estilo de aquel siglo, será leitmotiv de la Proclamación católica, como veremos en otro artículo. Aquí nos quedamos con la palabra del panegirista, que vuelve a comparar a Claris con Moisés:
«Por esta razón juzgo que en la sagrada Escritura no hay varón cuyos progresos vengan más ajustados a nuestro difunto, que los de aquel capitán famoso Moisés. ‘El amado de Dios y de los hombres’...»
El paralelismo vital entre ambos caudillos, el hebreo y el catalán, es plutarquiano, y como se mostró en la muerte, también en la cuna. Fray Gaspar descubre con agudeza la relación entre el infante Moisés sacado del Nilo y el rito de la ‘extracción’, tan original para sortear en Barcelona a los diputados y cargos:
«Moisés quiere decir ‘extraído de las aguas’. Y eso es ser diputado, pues para serlo en Barcelona los sacan por suerte de una urna llena de agua, donde en unas cuentas de madera andan nadando los habilitados.»
Y aquí aprovecha para volverse a las autoridades y aplicarles el cuento:
«Ceremonia que predica a Vuestra Señoría la obligación que tienen de mirar por el pueblo. Salidos del agua, como Moisés. Extracti: extracción llamamos en Cataluña… para que sepan que salen de allí, no para el descanso del oficio, sino para la obligación… de oponerse a cualquier orden que contravenga a los privilegios y al estado privilegiado de Cataluña…»
De pronto el predicador, como para espabilar a un auditorio soñoliento, se permite tensar el hilo en tono demócrata-populista. Pero no hay cuidado, es sólo un truco oratorio:
«‘Extraídos de las aguas’. ‘Aguas’ en la Escritura santa significan el ‘Pueblo’... No metidos en las aguas, sino salidos de las aguas y superiores a ellas. Así nos pinta el Génesis al Espíritu de Dios… No zambullidos en las aguas, sino superiores, desapegados de ellas; eso es ‘extracti’.»
Aquí el discurso se vuelve épico, al pintar la victoria de Montjuich como éxito personal y casi milagroso de Claris, «movido de este Espíritu superior a las aguas» –es decir, por encima del pueblo, aunque por amor al pueblo–; en una sublimación a posteriori realmente ingeniosa:
«No había por nuestra parte forma de ejército: ni de franceses que nos defendiesen, ni de catalanes que nos defendiésemos. No obstante toda esta necesidad, con ánimo y valor intrépido concluyó (a vista del enemigo) la entrega del Condado…
No fue esto necesidad, sino amor. Fuéralo, si pudiéramos en esta ocasión escoger: o el morir a manos de los castellanos, o el entregarse al Rey Cristianísimo, una de dos. Pero el negocio estaba en términos que uno y otro podía suceder: entregarse, y morir juntamente. Y así no nos entregamos por no morir a manos de castellanos, sino por no vivir sujetos a ellos. Y cuando nos vimos amenazados de muerte, y a dos dedos de la espada, nos pareció más honroso morir con nombre de vasallos de un Rey que nos favorecía con  sus armas [¿!], que de un Rey que nos depopulaba (despoblaba) con las suyas.
Esta resolución no nos aseguraba la vida, pero nos consolaba en la muerte. Y esta acción fue amor fino, y no necesidad; porque si esta fuera la causa impulsiva, antes nos obligaba a pedir pactos al enemigo pujante, que entregarse a un Rey cuyos ejércitos no teníamos presentes.»
Tanto retruécano sólo trata de reforzar la tesis extravagante de una ofensiva española de exterminio. Conjurada hábilmente, no con la ayuda efectiva de Luis XIII, sino comprándole su protección nominal, «su nombre formidable a la nación castellana».
«Después del favor del cielo, la mayor fortificación que tuvo Barcelona en Monjuyque fue el nombre de Luis, Rey de Francia. Porque al batallar con los enemigos, cuando los nuestro, catalanes y franceses, gritaban, “¡Viva el Rey de Francia!”, las sílabas de este regio nombre, cual trueno pavoroso, los aturdía…»
Y vuelta al tema de la guerra santa como pretexto de la traición:
«La causa de Cataluña era de tal calidad, que para su defensa, solas las armas y nombre de este gran monarca venían ajustadas al intento. La causa principal y el motivo impelente de las armas de Cataluña es el agravio sacrílego, hecho  al Santísimo Sacramento del altar por las armas castellanas. Y para defender a Dios sacramentado no se puede hallar fortificación más propia que las armas de los Cristianísimo Reyes.»
Nótese el silencio absoluto sobre el episodio de los Segadores, lo mismo aquí que en otros textos de Sala y la propaganda oficial. La Revuelta de los Segadores, el ‘Corpus de Sangre’, con mucho retraso darán pie a un mito romántico, en los antípodas de la percepción coetánea, fuese catalanista o felipista. Los propios separatistas de entonces preferían pasar página de aquellas ‘aguas revueltas’.  En el sistema jurídico del Antiguo Régimen, la postura de rebeldía no era bien vista, ni motivo de orgullo para las clases privilegiadas y las personas cultas, incluso en provincias aforadas y aferradas al pactismo.

El premio de un patriota
Como el capítulo va siendo largo, dejaremos para otro lo principal, que es el argumentario de la Proclamación católica y la respuesta que tuvo. Acabo, pues, con algunas noticias sobre el personaje que la escribió y que nos ha hecho el gasto de hoy, fray Gaspar Sala.
Si Sala, que tanto alabó a Claris por su desinterés (“Todo para todos, nadie para sí”), hubiese tenido que pronunciar su propia oración fúnebre, no habría podido jactarse de lo mismo. Su traición tuvo su paga, no sé si a la altura de sus ambiciones. No obtuvo ninguna mitra, cosa que por otra parte le habría marcado, cuando las mitras catalanas estaban prácticamente en bloque a favor de Felipe IV. Lo que hizo el Rey de Francia fue nombrarle su predicador de cámara y cronista oficial (1642); y en un reparto de abadías vacantes a predicadores que agitaron desde el púlpito en pro de Francia,  a fray Gaspar le cayó nada menos que San Cugat del Vallés.
Esta merced sentó muy mal, empezando por la Congregación de monjes San Benito, que protestaron. Como protestó también el gobernador José Margarit –en su juventud bandolero, de los de alcurnia–, nada simpatizante de fray Gaspar Sala. En ninguna parte leo que el agustino se pasara a los benedictinos. Tal vez fue  sólo ‘abad comendatario’, con derecho a la administración y a la renta pero sin función de gobierno. Lo cierto es que el beneficiario se agarró a su abadía como una lapa, y esto le desprestigió más aún, pues era voz común que el religioso necesitaba la renta, porque tenía querida y varios hijos que mantener [9].
Con la reintegración de Cataluña a España, el abad Sala pasó a Perpiñán, siempre reclamando su título. Finalmente, en el perdón general de Felipe IV, fray Gaspar fue rehabilitado y confirmado en su dignidad. Hay quien dice que murió en su monasterio de San Cugat.



Notas:
[1] Cfr. María Soledad Arredondo, ‘Armas de papel. Quevedo y sus contemporáneos ante la Guerra de Cataluña. La Perinola, 2 (1998): 117-151.; Literatura y propaganda en tiempo de Quevedo: Guerras y plumas contra Francia, Cataluña y Portugal.  Iberoamericana/Vervuert, 2011.
[2] El catalán que adopta es el hablado, o ‘moderno’: «No he volgut usar lo catala antich, sino lo modern, y que tots parlen: perque los demes auctors llatins y castellans componen ab llegues modernes, y no antigues» (Al lector). La obra se imprimió en Barcelona, en casa de Sebastián y Jaime Mathevat, impresor de la Ciudad y su Universidad.
[3] Almudena García González, La figura de Juan Sala Serrallonga en ‘El Catalán Serrallonga y Bandos de Barcelona». XII Congreso Internacional AITENSO… : 195 y sigs.
[4] Fue lo que en la historia de la ciudad se conoció como la ‘Grande Rebeyne’ o gran motín. Que no tuvo el carácter que aquí le da nuestro filántropo, para su intento, pues fue una de tantas revueltas motivada por la carestía de grano. El 18 de abril la ciudad se cubrió de carteles convocando para el domingo, 25, asamblea popular en los Cordeleros (franciscanos), para agenciar trigo en los graneros de los acaparadores.  Ese día varios miles de personas escucharon una soflama, antes de acudir al saqueo del pósito municipal, y fue entonces cuando un toque de rebato en la torre de Saint-Nizier dio la señal de pillar grandes mansiones burguesas –muchas de ellas de banqueros y comerciantes italianos establecidos en Lyon–, así como conventos y abadías.  
[5] ¡Cómo podía el agustino adivinar que, en un futuro, su Colegio de San Guillermo, desamortizado, pasaría a formar parte del complejo de instituciones benéficas de la ciudad, incluida la nueva Casa de Misericordia!
[6] Este panegírico aniversario se predicaba el 24 de abril, el día siguiente a la fiesta se San Jorge, y se insertaba en una misa de réquiem por todos los difuntos catalanes beneméritos. Andrew Mitchell (pág. 23) recalca la singularidad de este aniversario, diciendo que no conoce paralelo en Castilla ni otras partes de España en la época. Esto sería reflejo de una conciencia nacional propia. Sin ponerlo en duda, la costumbre catalana se ajusta a los usos de las cofradías, donde a la fiesta titular seguía la conmemoración de los difuntos en el año. Lo que a su vez reproducía el uso litúrgico general, que coloca tras la fiesta de Todos los Santos la conmemoración de los difuntos. El sermón de Salas es explícito en cuanto al carácter expiatorio y sufragial del aniversario.
[7] Antes del panegírico va un ‘Relación descriptiva del Difunto’:
«Era de buena estatura (que en la desmesurada se disipan los espíritus del alma, y en la pequeña se embarazan); el rostro algo tirado, el pelo entrecano, el color trigueño, y quebrado, los ojos vivos algo grandes y salidos, la nariz un poco aguileña, los labios gruesos: con que se manifestaba a los fisonómicos varón entero, firme, verdadero, discretamente severo, y prudentemente arriscado… Era en el trato grave, pero alegre: en el hablar agradable, pero conceptuoso: en el andar fogoso, pero remirado. Era en el vestir modesto, pero aliñado; en su proceder honesto, en aconsejar acertado, en resolver maduro, en executar promptíssimo, en acariciar amoroso, en agasajar urbano, en reprehender severo, en negociar astuto, en persuadir eficaz… No aspiró a mayor fortuna que a la de Canónigo de la Cathedral de Urgel…»
[8] Pero La Adarga catalana habla de ‘creciente’. Claris de Berga trae de azur un Creciente de plata
[9] Cfr. Nùria Sales, “Els segles de la decadència (Segles XVI-XVIII)”, en P. Vilar (Dir.), Història de Catalunya, Edicions 62, Barcelona, Vol. IV, 1989, pág. 371.



martes, 26 de septiembre de 2017

Cataluña emocional: Segadores de pega




Muy rara vez, si acaso alguna, se declara un país en rebelión abierta contra sus legítimos gobernantes sin que de más o menos antiguo hayan precedido de una parte o de otra, o de ambas mutuamente, desabrimientos, ofensas o agravios. Por eso es nuestra opinión que las más de las revoluciones se pueden prevenir con la prudencia, y que de casi todas y sus funestas consecuencias son responsables los que las provocan, o por lo menos no las evitan pudiendo.
(Modesto Lafuente, Historia General de España, Montaner y Simón, Barcelona, tomo 11, 1888, pág. 287)
La situación política española en el movimiento catalán invita a repasar precedentes históricos. Que desde luego los hay, bien conocidos. Pero en todos ellos, si se los quiere entender, hay que evitar anacronismos. Distingue tempora et concordabis iura, recomendaba el brocardo. La primera concordancia en Derecho, como en Historia, es fijarse en las fechas de las leyes, de los documentos y de los sucesos («¿eso cuándo fue?»), porque todo en el mundo tiene su origen y caducidad.  Esto, que es válido ya, a menos de un siglo de distancia, para la proclamación del ‘Estado Catalán’ en una supuesta República Federal Española (F. Macià, Barcelona, 6 de octubre 1934), con mayor razón lo es si se retrocede en el tiempo hasta los siglos XVIII y XVII o antes.
Precisamente del XVII se perciben ecos catalanes muy parecidos a los que hoy se repiten como santo y seña de una lucha por la libertad y contra España, con Europa al fondo. Las diadas, por ejemplo, se sazonan con la letra y música de ‘Els segadors’, el himno oficial de Cataluña autónoma en el marco de la Constitución española: consagración de lo que fue un fraude literario con abuso de confianza –lo denunció en su día el canónigo catalanísimo Jaume Collell–, a contrapelo de su pretendido origen histórico, como veremos [1].
Pero ojo, que si lo que suena igual o parecido no siempre significa lo mismo antes y ahora, también ocurre a la inversa. Fenómenos que parecen dispares por el cambio cultural, mirados bien responden a unos mismos mecanismo de la psicología de masas.
Hoy se nos llenan los ojos con imágenes de diseño, hechas de encargo para impresionar, como tantas fotos de diada y su música de fondo. En el XVII la estética era otra, y es fácil que muchos no vean relación entre este montaje laico de las últimas diadas y aquel otro sacro y terrible del obispo de Gerona –un gallego, por cierto– descomulgando a las tropas reales culpables de atropellos y sacrilegios a su paso por el Principado al Rosellón, en la guerra franco-española (mayo-junio 1640).
'Juego de Tronos' ante la catedral de Gerona
El rito de excomunión era patético en su teatralidad, con el canto del salmo Deus laudem meam –una sarta de improperios a cual más bárbaro–, mientras el obispo de pontifical procedía al apagado de unos cirios y lanzamiento de los mismos junto con piedras al exterior del templo, en representación de los miembros muertos y separados de la iglesia. Esto, con el premio de espectacularidad en una topografía como la de la catedral de Gerona, los pedruscos rodando por toda aquella escalinata, debía de ser tan imponente entonces como hoy sería ridículo. Este cambio de sensibilidad no debe hacer olvidar que de eso se trata y a eso se reducen los ceremoniales y las manifestaciones: sensibilidad y emoción colectiva, lo mismo en los anatemas de ayer que en las proclamas de hoy, nada que ver con lo racional [2].
Los sucesos de este mes en Barcelona dan buen pretexto para trasladarnos a 1640, cuando estalla la Revuelta catalana, ‘Guerra de Separación de Cataluña’, ‘Guerra de los Segadores’ (¡?) o como quiera llamarse.

La política del gobierno de Felipe IV, frente a la obstinación del Principado, tras un mal planteamiento y peor desarrollo condujo al pésimo de los resultados: pudrió en guerra civil un conflicto franco-español (en el contexto de la guerra de los Treinta Años), convirtió a Cataluña por algún tiempo en nueva ‘Marca hispánica’ bajo dominio francés, y desmembró para siempre una ‘Cataluña francesa’. Eso sin contar lo más dañoso: el desapego y resentimiento mutuo que las guerras civiles generan. Dejemos aparte otros efectos, como  la separación de Portugal de la corona de España, o la aceleración de la decadencia española como potencia mundial.
A quienes Felipe IV y su favorito D. Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares, les sean conocidos sólo por la saladísima fábula de Torrente Ballester y su excelente versión fílmica en ‘El Rey Pasmado’ (1991), tal vez les cueste ver en los dos personajes encarnados en Gabino Diego y Javier Gurruchaga a responsables remotos del desafío presente. Hoy como ayer [3]:
«Resistíanse ya en Cataluña las órdenes de la corte, y para hacérselas ejecutar era menester usar de la fuerza, y ocasión hubo en que se temió que por las calles de Barcelona corriera la sangre.»
Olivares por Velázquez
Dejando al rey a sus cacerías y teatros, queda por despejar la incógnita del Conde-Duque. A los nacionalistas en su victimismo les place imaginárselo como enemigo personal. Los mismos que ven el alzamiento de 1936 como un ajuste de cuentas particular entre Franco y el País Vasco o Cataluña, respectivamente. Les ofende que un político español del siglo XVII concibiera la heteróclita Corona de España como un estado más a la hora de Europa, donde los particularismos debían ceder ante el proyecto nacional común, a las duras como a las maduras.
El nacionalismo, y no sólo el catalán, siempre se exacerba si se trata de arrimar el hombro. Es entonces cuando los viejos términos inocuos ‘pueblo’, ‘nación’ y ‘patria’ dejan de significar parte de un todo para cargarse de emoción trascendente: la patria de los vascos, Euzkadi, el pueblo vasco, la nación catalana... Surge entonces, como falso problema de conciencia, la alternativa de la ‘doble lealtad’, a lo nuestro-nuestro frente a lo común y no tan nuestro, llámese el Rey, España, ‘el Estado’, o simplemente Madrid [4]:
«El aumento constante de la presión fiscal ejercida por Madrid en aquellos tiempos de guerra sometería a una tensión excesiva la lealtad debida a un rey ausente al que pocos habían visto, y daría pie a la posibilidad, cuando menos, de mostrar mayor lealtad a una comunidad idealizada.»
«En los disturbios de Vizcaya en 1632, la muchedumbre airada se dedicó a la caza de ‘traidores’. El concepto mismo de traición implica una lealtad a la propia Vizcaya en cuanto entidad legal, política e histórica.»
El Cardenal de Richelieu, por Philippe de Champagne
Olivares, como rival del ministro francés Richelieu, no podía entenderlo. Jacobino avant la lettre, «en su desprecio de toda afirmación de los sentimientos de orgullo nacional o local, por considerarla impropia de adultos con seso», llega a escribir a un corresponsal [5]:
«¡Malditas sean las naciones, y malditos son los hombres nacionales!... Amo a todos los vasallos del Rey nuestro señor…, y no soy yo nacional, que es cosa de muchachos.»
Uno que renegaba de aquella España de las autonomías. Fueros, privilegios, libertades…; todo eso bien estaba para el gobierno rutinario. Con la nación en peligro ante enemigos comunes, todo particularismo debía ceder, por impopular que esto fuese [6].
«Para Olivares, cuya austeridad contrastaba sorprendentemente con los esplendores de la corte y la corrupción de muchos de los personajes más prominentes de su gobierno, la impopularidad constituía un hecho natural, y desde luego él casi se jactaba de ella. Cuando los ministros eran impopulares, quería decir que estaban cumpliendo con su deber»  
No puede sorprender que con esto, más sus graves defectos personales, D. Gaspar de Guzmán y Zúñiga no les caiga nada bien a los catalanes, si tan impopular era el valido en todo el país. Sin embargo, el estado de cosas en Cataluña no era distinto del resto de España y de Europa, en el desbarajuste de la Guerra de los Treinta Años. Un problema general en todos los países de la Cristiandad era el alojamiento y mantenimiento de tropas, a expensas de la población civil, con los inconvenientes de un hospedaje forzoso y tal vez rijoso, sobre todo en las ociosas invernadas. Por algo en aquellos años (1636) se pone en escena El Alcalde de Zalamea, de Calderón, sobre un percance de tiempo atrás, bajo Felipe II.

Cortes de Barcelona (1626-1638?)
Cataluña siempre se ha ufanado de sus Corts. Abro el libro de Coroleu y Pella por el capítulo sobre las libertades catalanas, y allí encuentro una comparación (ventajosa, por supuesto) de las Usatges con la Carta Magna inglesa. Y así por el estilo. Sin poner en duda la bondad de aquellas Cortes sobre el papel, aquí importa más su ejecutoria, no siempre ejemplar y a veces escandalosa, como el espectáculo que han dado últimamente [7].
Un hito de referencia para el gran desencuentro entre Cataluña y España en aquel siglo fueron las Cortes de Barcelona (1626). No se habían vuelto a reunir desde 1599, bajo Felipe III, que les contó su quiebra económica: «su señor padre Felipe II “le había dejado no sólo del todo exhausto, sino aun empeñado y consumido”...». La respuesta fue generosa: al Rey más pobre del mundo, la ayuda catalana más espléndida de la Historia: «unos tres millones de libras, y no ducados, como se dice; esto es, 1.100.000 que se le otorgó en las cortes, y los demás empleados en el armamento de galeras.»
La gratitud del rey fue bien aprovechada por la Generalidad para recordarle que en Cataluña sólo tenían fuerza las leyes votadas en Cortes. Todo lo emanado de otra fuente era allí papel mojado. Ahora bien, pasó el tiempo, y el rey Piadoso lo tuvo de morirse (1621) sin haber visto liquidados todos los ceros de la bonita suma. Y en esas se estaba cuando su hijo y sucesor, en idéntico estado de miseria, convoca las cortes de 1626, que duraron más de lo previsto y razonable [8].
Tras varias demoras, Felipe IV acude a jurar y recibir juramento de los catalanes, cinco años después de su acceso al trono. Seis años más tarde todavía duraban aquella cortes de nunca acabar, entre prórrogas y calentones. El rey las reactiva (mayo 1632) viajando a Barcelona y dejando habilita para presidirlas a su hermano el Cardenal-Infante D. Fernando. Se había entrado en un ‘procés’ de desafío a la corona, que terminará en ruptura violenta, entrega de Cataluña a la ‘protección’ del Rey de Francia y pérdida definitiva del Rosellón para Cataluña y España.
Los puntos de discordia no fueron sólo fiscales ni eran todos nuevos. Vuelve a plantearse el eterno tema de la Inquisición en Cataluña, que ya coleaba desde Felipe II. También de entonces (1585) resultó que se arrastraba deuda de Cataluña, que tenía votadas  100.000 libras de ‘donativo’, no satisfechas del todo. Y lo más grave, ahora se negaban a pagar ese resto y más, como cobrándose por el daño que hacían las tropas enviadas al Rosellón.  El Duque de Feria, lugarteniente del Rey, reconoce sus razones y promete poner orden; pero un año y medio después, a fines de 1631, todo era más de lo mismo.
A todo esto, por decisión del cardenal Richelieu, valido de Luis XIII, Francia declara la guerra a España (1636).
Aquí encuentro en la obra de Coroleu y Pella (pág. 376) este párrafo, que ni tomo ni propongo como artículo de fe:
«No permite el carácter de esta obra extendernos en pormenores y comentos sobre los resultados de este gran conflicto, nacido de la profunda ignorancia en que estaba la Corte de las tradiciones y el genio de los pueblos que en mal hora fueron encomendados a su gobierno [¿!]. Lo único que nos permitiremos recomendarles es que no traten de estudiar aquellos grandes acontecimientos en la obra de Francisco Manuel de Melo, excelente retórico y clásico prosista, pero no tan recomendable por su respeto a la verdad histórica, como puede probarse con irrefutables y auténticos testimonios. La última fecha que encontramos en este Proceso es de 6 de julio de 1638.»
Este veto a Melo es por lo menos sorprendente, tratándose de una obra reconocida no sólo de estilo sino de historia, con la añadidura de ser el autor un portugués  testigo presencial, independiente y desapasionado. Mala cosa, por lo visto, ser ‘extranjero’ para escribir sobre Cataluña, cosanostra entre catalanes [9].
En busca de más luces sigo leyendo al Coroleu y al Pella:
«Por cédula fechada en Madrid a 28 de enero de 1640 convocó de nuevo D. Felipe IV de Castilla, III de Aragón [no de Cataluña, que nunca fue reino], las cortes…»  
Una calamidad. Diríase que desde entonces se quiso aplicar a rajatabla la política de unificación y centralización preconizada en un archifamoso Memorial al Rey Felipe IV (1624?) atribuido a Olivares a principios de su privanza, a modo de programa ultra-secreto de unificación nacional de todos los reinos de España a la manera de Castilla. Los medios para reducir a cualquier reino a la uniformidad (en formato castellano) se reducían a tres («Tres son, Señor, los caminos…»):
1º. Fomentar la unión y mezcla incluso matrimonial entre los de cada reino y los castellanos.
2º. Asistido el Rey «con alguna gruesa armada y gente desocupada», presentarse en el lugar y plantear el asunto por vía de negociación, con el respaldo de la fuerza.  
3º. Siempre con respaldo de fuerza, provocar un tumulto local y aprovecharlo para suprimir la foralidad.
El primer camino se daba como el más difícil, aunque el mejor, de ser posible. El segundo requería tanta maña como fuerza. El tercero, el más inmoral (se reconoce), sería el más eficaz. Leámoslo en su texto:
«El tercer camino, aunque no con medio tan justificado, pero el más eficaz, sería hallándose V. M. con esta fuerza que dije, ir en persona como a visitar aquel reino donde se hubiere de hacer el efecto, y hacer que se ocasione algún tumulto popular grande y con este pretexto meter la gente, y en ocasión de sosiego general y prevención de adelante, como por nueva conquista asentar y disponer las leyes en conformidad con las de Castilla y de esta misma manera irla ejecutando con los otros reinos.»
Aunque el procedimiento es el mismo para todos y cada uno de los reinos periféricos de la Corona, los catalanes siempre han entendido que la cosa iba por ellos; y en verdad, el camino tercero parece una profecía de lo que fue el Corpus de Sangre (7 de junio 1640).
Ahora bien, si el documento desde su primera lectura levanta sospechas sobre su autenticidad, en una época en que por toda Europa circulaban ‘planes secretos’ y otros embelecos de propaganda, esa coincidencia con lo ocurrido en Barcelona  podría apuntar al verdadero foco donde se coció el Memorial, panfleto anti-olivariano y anticastellano [10].
Un «tumulto popular grande»: es justamente lo que se produjo en Barcelona. Pero no por inducción del Rey o su gobierno, sino al contrario, por elementos manipulados desde la  propia Generalitat que presidía Pablo Claris, canónigo de Seo de Urgel. Tampoco para abolir la autonomía catalana, sino al contrario, buscando pretexto para transformar la autonomía en república.
Para ello se utilizó una costumbre de concentrarse las cuadrillas  de segadores en las ciudades, en la fiesta del Corpus, para ajustar los contratos para la próxima cosecha. Sólo que esta vez, en Barcelona, se presentaron bastantes más ‘segadores’ de lo normal, y muchos armados con los típicos ‘pedreñales’. Cierto empleado que había perdido a su amo víctima de unos sicarios reconoció entre los ‘segadores’ a uno de los asesinos, y el querer arrebatarle el arma  fue como el pistoletazo para el estallido de violencia.
El triste Corpus sangriento no fue ningún episodio de furia y ‘venganza catalana’ al estilo de los antiguos almogávares al grito de Desperta, ferro! . Fue una operación planeada y dirigida, primeramente contra el Virrey (aunque fuese catalán), y contra personalidades muy concretas. Sin pretensión alguna de originalidad, algo escribí en este blog sobre ‘Los catalanes y la violencia’, tocando este punto de la peculiaridad catalana en el barroco, cuando la población del Principado se aficionó al ‘pedreñal’ y otras armas de fuego –mejor que el arma blanca–, y echarse al monte (o ‘anar en treball’) fue casi deporte nacional.


‘Els Segadors’: del romancero al montaje
Como la historia de aquel Corpus es de sobra conocida en prosa, leámosla nosotros  en un romance más o menos de época, recogido por Milá y Fontanals, vertido aquí, en privado, al román paladino, en rigurosa exclusiva para mis lectores [11]:
Corpus de Sang, de A. Estruch (1907)

81. La guerra de los segadores
¡Ay dichosa Cataluña / quién te ha visto rica y llena!
Ahora el Rey nuestro señor / nos tien declarada guerra.
El gran Conde de Olivares / siempre hurgándole en la oreja:
“Es la hora, nuestro Rey, / ya es hora de hacer la guerra.”
En contra de Cataluña, / bien se ve cómo ha sido hecha
(culpa de los escribanos, / gente de poca conciencia):
Corren villas y lugares, / hasta aquel de Río-Arenas,
Donde de Santa Coloma / han incendiado la iglesia,
Queman albas y casullas, / los cálices y patenas,
Y el Sacramento santísimo, / que alabado siempre sea.
(Uno de caballería, /está del templo a la puerta
comulgando a su caballo, / que sólo su vista aterra.)
Mataron a un sacerdote / mientras la misa celebra;
Mataron a un caballero / a la puerta de la iglesia:
Don Luis de Fluviá se llama, / los ángeles le hacen fiesta.
El pan que no fuese blanco, / lo decían negro a secas,
y lo dan a los caballos, / o vierten la harina en tierra.
El vino que no era bueno, / por las espitas abiertas
lo derraman por las calles / como quien riega la tierra.
En presencia de sus padres / deshonran a las doncellas.
Si se da parte al Virrey / del mal que la soldadesca
hace, “Yo se lo permito, / y aunque tomen más licencia.”
A la vista de lo cual / anda la tierra revuelta.
Entraron en Barcelona / mil personas forasteras
(si primero fueron mil, / más de cuatro mil ya eran):
entran como segadores, /pues se concierta la siega.
De tres guardias que allí están, / ya han matado a la primera.
Luego matan al Virrey / cuando entraba en la galera;
Matan a los diputados / y a los jueces de la Audiencia.
Asaltaron la prisión / y a los prisioneros sueltan.
El Obispo les bendice / con la diestra y la siniestra:
“¿Quién es vuestro capitán? / ¿Dónde está vuestra bandera?”
Le traen al buen Jesús / cubierto de tela negra:
“Este es nuestro capitán, / y he aquí nuestra bandera.
¡A las armas, catalanes! / Catalanes: ¡es la guerra!
Hoy la religión estorba / y la estelada es señera.
Segadores, abstenerse: / ni se siega ni sosiega.
Pero hoy, sin un Olivares / que a Felipe hurgue en la oreja,
y en Madrid con un Mariano / ‘Pasmarín de Compostela’,
En la Generalitat / se repite la monserga:
“Ved cómo España nos roba, / ved cómo nos atropella.
¡Catalanes, a las urnas! /Segadores: ¡¡Es la guerra!!
Dígalo Ma(rx)s, Puigdemont, / o lo repita Junqueras;
hagan eco la Rovira,  / Tardá, el Rufián sin fronteras;
verdad de la Forcadell / y la Gabriel, su porquera.
Este romance popular ‘histórico’ (en la clasificación de Milá) no tiene nada que ver con otro anodino romance erótico de ‘noticias’ titulado ‘Los segadores’, Nº 263, pág. 259, con su melodía Nº XXVII en pág. 445. Cómo fue que, allá por los años 90 del siglo XIX, ambos temas se mixtificaron y confundieron para confundir al personal y colarle un himno patriótico, Els Segadors –con música de prestado–, es una historia enrevesada que aquí ya no me cabe [12].
La tragedia catalana del XVII se repondrá como comedia, farsa y sainete en los siglos XVIII, XX y XXI. Aquel gesto soberano de la Generalidad (dirigida por el clérigo Pablo Claris), ‘desconectándose’ del Rey de España para echarse en brazos del de Francia; titulando a Luis XIII Conde de Barcelona, total para recibir de él los mismos y peores agravios, hasta el definitivo: cederle la Cataluña transpirenaica.
Las exigencias del gobierno central eran ciertamente gravosas para Cataluña; como lo eran para las demás regiones, pero sobre todo a la España sin fueros. Los catalanes protestaron además por el error de cálculo de Madrid: ni eran tantos, ni tan ricos (la pura verdad). En fin, al huevo se junto el fuero. Apelando a sus usajes, Cataluña empieza restaurando la Marca Hispánica bajo Francia, y termina amputada.
¿Qué fue del seny? El caballero catalán Jerónimo de Real nos deja estupefactos cuando, al hablar de aquel cambio de lealtad del Principado, termina con este aserto:
«Mogué esta resolució el pensar que lo Rey de França a sa costa faria la guerra pagant lo exèrcit, lo que fins aleshores no havia…»
Gran simpleza, tanto si lo creían así, o alguien les engañó. Y no acabó aquí la ofuscación colectiva de aquellos ilusos. En plena guerra entre Cataluña y España, se celebra el Congreso de Münster, preparatorio de la Paz de Westfalia (1644). El flamante estado catalán envía una misión presidida por José Fontanella –el Raül Romeva de entonces, para entendernos–. Pues bien, como aviso profético al Romeva de hoy, el mismo De Real cuenta que a las representaciones secesionistas, tanto la catalana como la portuguesa y la holandesa, se les dio poco menos que con la puerta en las narices. En especial hizo el ridículo el vocero catalán Fontanella, «mal visto todavía por los franceses, que no se fiaban de él». No fue sólo Roma la que no pagaba a traidores.  
______________________________________
[1] J. Collell, ‘L’historia íntima de la cansó dels Segadors’, en La veu de Catalunya (14/15-09-1899). Cfr. Josep Massot y otros, Els Segadors: himne nacional de Catalunya, L’Abadia de Montserrat, 1993, págs. 39 y sigs.
[2] Fray Gregorio Parcero de Castro, natural de Tuy, abad general benedictino, fue obispo de Elna antes de serlo de Gerona (1633-1656) y finalmente de Tortosa hasta su muerte (1663). La excomunión lanzada por él en Gerona la describió como testigo el caballero y consistorial gerundense Jerónimo del Real en su ‘Crónica/Diario’ , publicada por Joan Busquets Dalmau, La Catalunya del Barroc vista  des de Girona. La Crònica de Jeroni de Real (1626-1683).  Public. de L’Abadia de Montserrat, 1994, vol. 2
[3] Lafuente, o. cit., pág. 289. Modesto Lafuente Zamalloa (1806-1866), no sé si por compartir segundo apellido con Esteban de Garibay, autor de la primera historia general de España (Compendio historial, Amberes, 15…) –y de paso mover las prensas de su cuñado Mellado–, se aplicó a publicar (1850-1867) la última en el espíritu liberal moderado de entonces, que todavía se deja leer con sus moralinas y todo. En las cosas de Cataluña resultó aceptable para la burguesía catalana a la que atendía la casa Montaner y Simón. Hoy para los catalanes es ‘españolista’ (¿pues y cómo no?); aunque deberían tener en cuenta que en tiempos de Lafuente y aun después «no había un plan gubernamental o estatal para utilizar a los historiadores en pro de la nacionalización del país, o para inculcar una determinada ideología o mentalidad» (Jorge Vilches, ‘Los liberales y la Historia’) –cosa que no puede decirse de los planes de estudio en la Cataluña moderna. Cito a Lafuente por la edición de Barcelona, 1888, y tomo XI. (Para un juicio de la obra, Francisco de Asís López Serrano, ‘Modesto Lafuente como paradigma oficial de la Historiografía española: una revisión bibliográfica’. Chronica Nova, 28 (2001): 315-336.)
[3]   John H. Elliott, El Conde-Duque de Olivares. Trad. española, Barcelona, Crítica, 1990. (Es traducción del inglés, y no respondo de cómo se expresó el CV. The Revolt of the Catalans. A Study of the Decline of Spain 1598-1640. Cambridge U. P., 1963. Trad. española, La rebelión de los catalanes. 2ª ed. Siglo XXI de España Editores, 2013. También del mismo, Richelieu and Olivares. Cambridge Univ. Press, 1991. Hay trad. española, Richelieu y Olivares, Crítica, 2017, buen trasunto de vidas paralelas.
[4] Elliott, o. cit., págs. 548-549.
[5] Elliott, o. cit. pág. 549.
[6] Elliott, o. cit., pág. 546.
[7] J. Coroleu y J. Pella y Forgas, Las Córtes catalanas: estudio jurídico y comparativo… (2ª ed.) La Revista Histórica Latina, Barcelona, 1876, cap. IV: ‘Las libertades catalanas y el Derecho político moderno’ (págs. 135 y sigs).
[8] V. la narrativa en la misma o. cit., Las Cortes catalanas, II Parte, Cortes de Barcelona en 1626’, págs. 372 y sigs.
[9] Francisco Manuel de Melo (Lisboa, 1608-1666) fue un hombre de acción y polígrafo portugués, que sirvió con lealtad al rey de España como oficial en Flandes y Cataluña, luego a su patria y rey de Portugal. Mal pagado de los dos, pero sobre todo de Juan IV que le encerró en prisiones, de las que Melo salió para el destierro en Brasil. Estando preso en Lisboa escribió en excelente castellano los recuerdos de su experiencia catalana, como Historia de los movimientos, separación y guerra de Cataluña, en tiempo de Felipe IV, que apareció en su país (1645) bajo el seudónimo de Clemente Libertino, dedicada al papa Inocencio X, con tres ediciones en el mismo siglo. Con todo, tardó en reconocerse en la obra un modelo de prosa histórica, imitación competitiva de los grandes clásicos.
[10] El documento fue publicado  como ‘Instrucción que se dio al Señor Felipe Quarto sobre materias del gobierno de estos reynos y sus agregados’ por el editor Antonio Valladares en su Semanario Erudito (Madrid), 11 (1788): 162-224. Desde el principio, Valladares objeta contra la autoría de Olivares.  Cfr. también John Elliott y Francisco de la Peña: Memoriales y cartas del conde duque de Olivares. Madrid, Alfaguara, 1978, vol. 1. Manuel Rivero Rodríguez, ‘El gran memorial de 1624: Dudas, problemas textuales y contextuales de un documento atribuido al conde duque.’ Librosdelacorte.es, nº4, año 4-invierno-primavera 2012, ISSN 1989-642.
[11] Manuel Milá y Fontanals, Romancerillo catalán (2ª edic.), Barcelona, 1982. Pieza Nº 81, págs. 73-74.  Aunque los textos son catalanes, los títulos están en castellano. Pongo entre paréntesis versos que en el aparato crítico figuran como variantes o añadidos.
[12] Véase la Wiki, o la obra citada de J. Massot y otros. El disparate de permitir esa canción como himno como oficial de Cataluña, esa es otra. Pervertido hoy en canto de guerra de independencia catalana. Himnos creados para alentar el odio al ‘enemigo’ –y lo mismo banderas partidistas, como la ikurriña sabiniana– no pueden representar a ninguna comunidad autónoma. Y no apelo a la Constitución Española, sino al sentido común.