domingo, 30 de julio de 2017

Un Padrenuestro por Sabino Arana (1)


La Gran Vía de Bilbao, en postal de principios del siglo XX
El cambio de siglo XIX a XX reavivó la disputa tradicional sobre cuándo empiezan las centurias. En Bilbao, por ejemplo, El Noticiero Bilbaíno de 1 de enero de 1901 se cargaba de razón argumentando que un siglo son 100 años, a contar desde el primero, humillando a su colega El Nervión, que lo había adelantado, como si la era y el ciclo secular partiesen de un año cero.
En 1901 la prensa bilbaína saludaba a un nuevo competidor, La Gaceta del Norte. Fundada por el católico apostólico romano don Julio de Urquijo Ybarra, fue un periódico memorable también  para mí, porque una tarde de verano de 1932, de la mano de mi abuelo materno, en él aprendí a leer con facilidad – que fue el pretexto para ser admitido en párvulos de la Escuela de Ibaizábal (las ‘Escuelas de la Campa’) sin tener los cuatro años cumplidos. Claro que, con aquellas letras gordas y netas de la cabecera gacetil, hasta los bebés la leían de corrido y sin maestro; pero eso los adultos no tenían por qué saberlo [1].
Entre las novedades de impacto social en la transición secular en Bilbao y Vizcaya –el automóvil, el tranvía eléctrico etc.– es reseñable la moda en auge de las peregrinaciones.
Postal satírica de 'La Gaceta'
Me explico. Lo de peregrinar en sí no era nada nuevo. Siempre se ha peregrinado a lugares donde se supone haber una virtud residente y comunicable al que visita, o donde el pecador puede aliviarse de culpas, o simplemente, a donde la gente va en peregrinación. Lo original aquí era peregrinar a los santuarios como quien va de manifestación política. De hecho, esa era la idea del promotor, el citado don Julio de Urquijo, en su cruzada de unión de los católicos frente a liberales, anarquistas y socialistas. Su Gaceta y sus mareas peregrinas eran parte de una misma estrategia en la lucha política, ahora que el papa León XIII abría esta arena también para los fieles hijos de la Iglesia, mientras España no estaba madura para tener un partido confesional católico a la moderna. «Los partidos modernos son malos… porque son liberales y parlamentarios», podía leerse en un libro de texto de Derecho político aparecido en 1901 [2].  
Al principio, las peregrinaciones eran de lo más casero. Casi sin salir de Bilbao, el santuario de Begoña se prestaba de maravilla, con el espectáculo de las masas católicas por las Calzadas arriba y abajo, o por Zabalbide y el Carmelo. Pero la novedad de aquellos movimientos que, a diferencia de las procesiones de siempre, se guiaban por consignas, donde se leían proclamas y un clérigo pronunciaba un sermón bastante parecido a un mitin, enfadaba a los liberales y laicos, que en todo ello veían provocaciones, con la consiguiente respuesta airada de insultos, golpes, y a veces algún tiro.  
Tomado el gusto, las metas de peregrinación se fueron distanciando: Loyola, Aránzazu, Icíar, Zaragoza, Lourdes… Finalmente Roma y Tierra Santa. En 1902 el mismo León XIII, el ‘papa de los obreros’, se disponía a festejar sus bodas de plata con la tiara. Buena ocasión para visitarle peregrinando a Roma.
La idea germinó en el Patronato Obrero de Bilbao, sociedad creada en 1887 con apoyo de los Ybarra,  y cuyo vicepresidente era entonces don Julio. Pero a Roma se llega por muchos caminos, y ya metidos en deporte se trazó un rodeo previo por Tierra Santa y Egipto.
La Peregrinación Vascongada (o también Bascongada) de 1902 fue modélica en su preparación, ejecución y bibliografía. Marcó un salto cualitativo, al fundir devoción y turismo exótico; y aunque fue criticable y criticada por su elitismo y clasismo en lo mundano –así eran las cosas entonces–, dio la pauta para nuevas versiones más ajustadas al bolsillo obrero [3]. Por de pronto, el periplo que en principio debía hacerse en el Alfonso XIII, buque de la Transatlántica,  se realizó en el yate inglés Midnight Sun, vía Malta [4].  
El 'Alfonso XIII', propuesto para la Peregrinación de 1902 (acuarela de Roberto Hernández)
Con el Patronato Obrero colaboró en el evento el nuevo Centro Vasco de Bilbao, creado en noviembre de 1898, tras la incorporación al PNV del fuerista Ramón de la Sota y su grupo como ala moderada del partido, sin énfasis independentista pero sí confesional católico [5].
Los peregrinos de 1902 aceptaron con gusto hacer dos recados de carácter patriótico. Uno fue llevar a Tierra Santa un tiesto con una bellota del Árbol de Guernica plantada  a principio de año. El Centro Vasco había encargado plantar ocho, tantos como merindades tiene Vizcaya. Por sorteo, a la de Marquina le tocó ceder su tiesto para Tierra Santa.

El Padrenuestro en vascuence
El otro recado de los peregrinos era llevar una inscripción con el Padrenuestro en vascuence, con destino a Jerusalén.  Allí, en el monte de los Olivos, hay un  santuario dedicado a la Oración del Señor en el lugar supuesto donde la dictó. Allí mismo unas monjas carmelitas francesas, protegidas de Napoleón III, acomodaron un claustro donde colocar en las paredes la misma oración en distintas lenguas. De momento, eran 32, con lo que la versión vasca cobraba valor simbólico añadido, al ser el 33 la ‘edad de Cristo’.
Panda del claustro del Pater noster
Este proyecto euskérico, mucho más que el otro de la bellota, despertó el interés de Sabino Arana, que al punto comprendió el rédito propagandístico extraíble, si lograba plantar en sitio tan privilegiado su propia versión del Padrenuestro, que en adelante fuese  la definitiva y oficial en la cristiandad e iglesia vasca. En enero de 1897 y 1898 Sabino había publicado su Egutegi Bizkaitarra, almanaque en vascuence vizcaíno, que tuviese su sitio en la cocina y salita de todo buen vizcaitarra, así como en la sacristía y despacho de todo buen cura patriota, con los nombres del Santoral en su forma ‘correcta’ –o como la gente sencilla lo entendió, en la forma auténtica y verdaderamente vasca de llamarse aquí en cristiano los buenos vascos, los nacionalistas.
El Santoral sabiniano dio problemas al clero vasco y no vasco, nacionalista y no nacionalista, lo mismo que llamó la atención de la autoridad civil y el funcionariado, dado que a las personas se las registraba y reconocía por su nombre de pila.
El celo sabiniano era todo menos sereno y ponderado, en lo que tocaba a su misión y apostolado patriótico, comportándose a veces como un provocador [6]. Sabino había corregido la letra del Himno de San Ignacio, y su gente al cantarlo en público recalcaba las diferencias, de modo que la ejecución de una pieza religiosa se convertía en motivo de extrañeza o de malhumor. ¿Pasaría lo mismo con el Padrenuestro? ¿Y con el Avemaría y el Gloriapatri? Porque seguro que Arana aprovecharía la ocasión para cambiarlo todo. No era difícil de imaginar, el rezo monótono del Rosario convertido en guirigay.
No exagero ni es burla. Rezar en mal vascuence sembrado de españolismos era para él ofender a Dios. En otra ocasión señalé cómo para Sabino Arana la pureza lingüistica (entendida a su modo) era inseparable del decoro en los actos de culto. El iba a la iglesia como cristiano, pero también como espontáneo censor del idioma. Novenarios, sermones con ofensas a su gramática o salpicados de erderismos –barbarismos en vascuence, incluidos los préstamos del latín, del francés o del castellano–, todo lo iba anotando sobre la marcha para ponerlo luego en solfa en sus artículos y charlas.
El Padre nuestro, como texto universal, ya se había empleado más de una vez en comparaciones lingüísticas. Ahora, sin embargo, la intención era religiosa, o a lo menos debiera relegar a segundo término la filología. La todavía entonces pequeña colección de padrenuestros de las carmelitas, que hoy alcanza unas 150 versiones, no tenía la menor inquietud de purismo lingüístico, donde sólo se quería evocar la universalidad de una misma plegaria simple y directa, que toda la familia humana recita, cada pueblo en su idioma.
Jerusalén. Convento carmelitano del Padrenuestro. Iglesia a cielo abierto
Además, el Padrenuestro en vascuence… ¿en qué vascuence? Por tradición, el pueblo cristiano siempre recitó las oraciones más comunes en la lengua litúrgica: el latín para los católicos de rito latino. Sólo desde la controversia protestante se divulgan las traducción del Pater noster, Ave María, Gloria y Salve Regina en lengua vulgar, pero sólo para información o doctrina [7].
En vascuence no faltaba dónde elegir, entre tanto dialecto y subdialecto, con variantes impresas desde el siglo XVI. Pero a Sabino, aparte de interesarle el dialecto vizcaíno para su objetivo político, todos aquellos ejercicios de traducción catequética le inspiraban desprecio:
«En tan corta extensión y con tan poco acierto han cultivado los vascos su lengua, que, no obstante consistir su literatura casi exclusivamente en trabajos religiosos, abundan en éstos, no sólo los errores gramaticales y lexicológicos, sino también otros que, como ideológicos, son más trascendentales, habiendo alguno que otro [error] que aún podría considerarse como herético, si la verdad teológica no se hubiese mantenido a pesar de él, como afortunadamente ha ocurrido, a expensas, inevitablemente, de la pureza de la lengua
Así comenzaba nuestro hombre su trabajo, Análisis y corrección del ‘Pater noster’ del Euzkera usual, de 1901; que en la edición de sus Obras completas cubre cerca de 90 páginas [8].
¡Noventa páginas! Para corregir un texto que en latín son 50 palabras, que en el Evangelio según Mateo ocupa cinco versículos (Mateo, 6: 9-13), y en la fórmula más breve de Lucas sólo tres (Lucas, 11: 2-4), tamaña extensión pone en guardia al más confiado. En rigor, el ‘análisis y corrección’ de Arana se reduce a 26 páginas, o sea la cuarta parte de la obra (que tampoco está mal), más unas pocas páginas para corregir de pasada las versiones a otros dialectos vascongados, más la versión sabiniana del Avemaría y el Gloria Patri, como era previsible. ¿Y el resto?
El resto…  ¡Ay, Señor! Cosas de Sabino. Los empeños literarios de Arana no se dividían en más y en menos importantes. Todos eran trascendentales por igual, y al menor atisbo de contradicción solían revestirse de  parafernalia barroco-polémica en forma de aclaraciones, notas, piezas justificativas. Aquí no es sólo la Advertencia preliminar, sino toda una ‘apendicitis’ en torno a peripecias reales o imaginadas de un texto que, finalmente, no tuvo su sitio en el claustro carmelitano del Monte Olivete.
Esta es la parte de la historia que dejo para otro día, cerrando esta entrada con un  repaso a la Advertencia, que se las trae.
A primera vista, el proyecto de Sabino Arana no puede ser más loable en su sencillez. Si los vascos hasta él han escrito poco y mal en su campo de monocultivo religioso, tampoco él pretende con este opúsculo enmendarles todos y cada uno de sus yerros:
«No voy por el momento –dice, un poco en plan perdonavidas,– a hacer una crítica que todos los errores indicados abarque, pues cíñese mi propósito a examinar y purificar la oración que menciono en el título de este trabajo...
Muéveme a ello el saber que la sociedad de recreo bilbaína Centro Vasco,  cuyo amor a las cosas de la nación vasca es de todos reconocido, ha iniciado una suscripción con el meritísimo objeto de esculpir en caracteres indelebles el Pater Noster en la lengua de nuestra raza, para, aprovechando la proyectada peregrinación de vascos a Tierra Santa, cometer a los peregrinos la conducción del artístico objeto con destino al convento de Religiosas Carmelitas Descalzas, en el cual habrá de ser colocada la euzkérica inscripción entre las treinta y dos versiones que en otras tantas lenguas hay del Pater Noster…  
Bien puede decirse, por lo tanto, que, dados los erderismos de gramática y de léxico que el usual Pater Noster euzkérico contiene, tantos y tales que le hacen en su mitad extraños al euzkera, al Centro Vasco le va a pertenecer la gloria de ser la primera agrupación de cristianos que a Dios, nuestro Señor, haya elevado en la lengua de la familia vasca la oración que de labios divinos nos fue enseñada...»
Hasta aquí, cualquiera diría que, o bien el Centro Vasco ha encargado a Sabino el texto del Padrenuestro en vasco, o al menos que Sabino da por seguro que su texto «en la lengua de nuestra raza» y «esculpido en caracteres indelebles» es el llamado a representar a «la familia vasca» en el concierto multilingüe del convento carmelitano. Pero no. La Advertencia es lo que la palabra dice: un aviso de lo que se ve venir; y de momento es también una muestra de marrullería típica sabiniana:
«Al proceder así, excuso declarar que está muy lejos de mis intenciones la pretensión de que la forma que yo propongo sea preferida a otras que puedan presentarse. En casos como éste, en que los efectos del acuerdo que se tome han de perpetuarse sin permitir enmienda, es hábito mío el opinar que la resolución debe encomendarse, abierto previamente libre concurso, a un tribunal compuesto de personas de criterio y en grado necesario idóneas, no tampoco de tratadistas consumados que más fácilmente se muevan en apoyo de sus prejuicios y propias opiniones que en averiguar la verdad y fallar imparcialmente: y es mi deseo que, en cualquier caso, no se acepten como buenas algunas formas de mi corrección, como se rechacen otras (?)».
Aquí hay cosas que no cuadran. El concurso libre bien está, por ejemplo, para elegir el nombre de un nuevo país, el diseño de su bandera, la letra y música de su himno… Cosas todas ellas que Sabino decidió por sí para su Euzkadi, sin concurso público abierto ni cerrado. En cambio, para lo que no está indicado el sistema de concurso es para cosas como la corrección del Paternoster, sobre todo si es para siempre y sin enmienda que valga. Para casos tales están las comisiones de expertos. Ahora bien, ¿habría podido él tomar parte en una con serenidad, sin romper la baraja? [9]
Arana soñaba con un texto definitivo, irreformable y todo suyo. Es lo que revelan sus expresiones marcadas aquí en cursiva, con ese órdago final: o todo, o nada. La Advertencia no fue lo primero escrito de toda esta obra prolija. Al contrario, fue lo último y el remate de ella, cuando el autor fue descubriendo y tuvo por cierto  que su trabajo no le iba a servir de nada. De ahí el retraso en su publicación.
Nunca sería oficial un Padrenuestro escrito por Sabino Arana.
Pero, como digo, esa es vela para otra velada.
_________________________
[1] La Gaceta del Norte entró con pie firme, aunque tampoco hizo ascos a la promoción publicitaria, incluso chusca. Se dice que una vez, en el teatro Arriaga de Bilbao, a punto de empezar la función, una veintena de caballeros uniformados de levita, tocados con sombreros de copa alta y llevando cada uno un ejemplar del periódico doblado en el sabaco  se adelantan por el patio de butacas, a ocupar sus puestos reservados en una de las filas delanteras. Sin quitarse las chisteras toman asiento y empieza el espectáculo. Las filas de atrás, molestas con aquella batería formidable de cilindros que no dejaban ver, empiezan a sisear, y al no darse aquéllos por aludidos se arma el barullo. Entonces se encienden las luces –pues era broma preparada–, y la misteriosa comparse puesta en pie se vuelve al público para saludar con una reverencia. Al quitarse el sombrero, resultó que todos lucían calva a lo Ramón y Cajal, donde campeaba en unos una letra mayúscula negra, otros sin ella, a modo de espacio: que todo junto componía el nombre del nuevo diario, el mismo que ahora blandían  en la otra mano los saludantes. Pero bien por error, o mejor adrede, dos de los caballeros estaban descolocados, de modo que el público pudo leer, entre ovaciones y risas: «LA GATA DEL NORCETE».
[2] Enrique Gil Robles, Tratado de Derecho Político, según los principios de la filosofía y el derecho cristiano. Madrid, 1901, vol. 2, pág. 639. Cit. por Cristóbal Robles, José María de Urquijo e Ybarra. Opinión, Religión y Poder. Madrid, CSIC, 1997, pág. 82.
[3] La primera relación del evento se hizo en dos libros, a cuál más interesante:
Peregrinación Bascongada a Tierra Santa y Roma (1º de Abril a 10 de mayo) organizada por el Patronato de Obreros de San Vicente de Paul de Bilbao. Bilbao, 2002; 2 tomos en un volumen. Tomo 1, La Editorial Vizcaína. Bilbao, 1902, 475 págs. Tomo 2, Soc. Bilbaína de Artes Gráficas, 345 págs. y mapas.
Crónica de la Peregrinación Vascongada a Tierra Santa, Egipto y Roma en 1902, por Dos Peregrinos. Bilbao, La Editorial Vizcaína, 1903. En formato más grande, incluía relación nominal de los peregrinos.
[4] No confundir aquel primer Alfonso XIII (1888-1915) con otro sucesor homónimo, el construido en Sestao (1923), que en 1931 con la República se rebautizó Habana, y a muchos niños nos sacó del país como refugiados de la Guerra Civil en 1937.
[5] A diferencia del radical Euskeldun Batzokija, cerrado por orden gubernativa y disuelto voluntariamente, el Centro Vasco bilbaíno, sin renunciar al nacionalismo no separatista, se constituye en sociedad cultural y recreativa católica, y bajo dirección de Emiliano de Arriaga pronto tomó auge hasta competir con la liberal Sociedad El Sitio.  Cerrado el Centro el año siguiente, en aplicación de decreto gubernativo (Septiembre, 1889), se reinaugura en 1902, con José María Gorostiza de presidente. Precisamente el 2 de mayo de este año sufrió un asalto bochornoso de parte de los de El Sitio, que en su procesión cívica anual a Mallona creyeron ver a su paso una provocación en la bandera vizcaitarra sabiniana a media asta en el balcón del Centro, por defunción de un socio. Repetía así la misma sociedad su comportamiento incívico de cuatro años atrás (24-04-1898), cuando al inicio de la guerra con Estados Unidos sus manifestantes apedraron la casa de los Arana-Goiri en Abando,  
[6] En septiembre de 1898, gracias al apoyo de Sota, Sabino Arana sale diputado de Vizcaya por Bilbao. Su presencia en el flamante edificio de la Gran Vía, recién estrenado, convierte las sesiones de la Diputación en espectáculos de reír o de llorar. Los graves problemas sociales, la miseria proletarias, la salubridad, la economía, el progreso material, a nuestro hombre le traían sin cuidado, atento sólo a criticar minucias, como la compra de una corona fúnebre en homenaje a Castelar, o una recepción a la Infanta Doña Eulalia, organizada y pagada de su bolsillo por el Diputado general, con propuestas sin otro voto a favor que el suyo propio. También los concejales nacionalistas en el Ayuntamiento se señalaron por su obstruccionismo.
[7]  En España, por ejemplo, el Catecismo cantable de san Juan de Ávila (Valencia, 1554), seguido por los jesuíticos de Gaspar Astete (1599) y Jerónimo de Ripalda (1618), siempre sin carácter oficial.
[8] Publicado en su revista Euzkadi , 1/4 (Diciembre, 1901), aparecida con retraso como muestra la dedicatoria al Centro Vasco, con fecha de 2 de Febrero 1902, y no difundida hasta marzo siguiente. Uso el texto en Obras completas de Sabino Arana,  págs. 1881-1969, en el tomo III.
[9] Las expresiones tajantes de Arana se explican, porque en principio se habló de un texto grabado en placa de bronce. Las muestras del claustro del Pater Noster son todas de azulejo, y las hay cambiadas a tenor de las reformas litúrgicas.

(Concluirá)

viernes, 14 de julio de 2017

Perplejos en Melque




La jornada de Carranque (Toledo), tras el almuerzo en un cigarral con vistas  al Tajo, nos llevó a los de la ‘ONCE’, en una tarde también arqueológica, hasta Melque.
La iglesia de Santa María de Melque es singular en toda España, y si el complejo de Carranque es un enigma, este otro no le va en zaga. Sus bloques de granito desnudo no ofrecen la vistosidad de las superficies polícromas, pero sí una grandiosidad inquietante y un misterio que también aquí invita a viajar por la conjetura razonable hasta el reino de la fantasía.
La ambigüedad de Melque surge ya desde su propio descubrimiento, a principios del siglo pasado. Que los cimiento y mosaicos de una villa romana, como la de Carranque, se descubran hace poco y por casualidad es normal. Se trata de excavaciones. Pero que una  construcción monumental de la alta Edad Media, iglesia por más señas, casi intacta de abajo arriba, se aparezca de repente y sin previo aviso en el siglo XX, saliendo del incógnito absoluto para pasar en pocos años a uno de los primeros puestos de la paleo-arquitectura peninsular, es uno de esos hallazgos que –como el de la comarca de Las Hurdes con ocasión de una cacería regia (Alfonso XIII, 1922)–, en el occidente de Europa  casi sólo son posibles en España.
Un conde de los de antes
El Conde de Cedillo y vizconde de Palazuelos, Jerónimo López de Ayala y Álvarez de Toledo (Toledo, 1862-1934) fue un vástago digno de sus apellidos, ilustres en armas y letras. Descendiente de los López de Haro que fundaron y refundaron Bilbao [1].
Alumno de los jesuitas en Orduña, allí debió de ser compañero de Sabino Arana Goiri, un par de años más joven. Graduado por  la escuela superior de Diplomática, doctor en Filosofía y Letras (1886), del cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Miembro de las RR. Academias de la Historia (1889) y de Bellas Artes de San Fernando (1992) etc. Entre 1903-1910 estuvo encargado de formar el Catálogo Monumental de la provincia de Toledo.
Fue más o menos al principio de este encargo, durante el otoño, cuando se hallaba con otros amigos en el castillo de Guadamur, ocupando los días en el estudio y partidas de caza por aquel entorno.
Un día en que él se había quedado en la posada, los compañeros cazadores a la vuelta le dan la noticia. En término de San Martín de Montalbán, en un paraje solitario de aquellos Montes de Toledo, habían encontrado una iglesia rural bastante grande, convertida en pajar y cuadra–como tantísimas entonces en España, tras la desamortización–, y que por todas las señas parecía antiquísima.
Don Jerónimo se dio prisa para hacer una escapada y toma de contacto con el monumento, completo aunque semienterrado, que colmó con creces todas sus expectativas, taanto como su capacidad de duda.
Pronto volvió al lugar, esta vez acompañado del famoso arquitecto y arqueólogo don Vicente Lampérez. Juntos midieron y estudiaron el edificio, siempre de sorpresa en sorpresa creciente, al par de la incógnita. Tanto así que Lampérez, tiempo después, le recomendaba publicar el hallazgo cuanto antes, sin esperar a la publicación del Catálogo monumental, que podría demorarse hasta las calendas griegas –como de hecho sucedió: no salió impreso hasta 1959 [2].
El conde era fundador principal de la Sociedad Española de Excursiones, y el órgano de la misma le sirvió de altavoz para anunciar al mundo la primicia increíble: ‘Un monumento desconocido: Santa María de Melque’ [3].
La 'ONCE' en Melque
Se trataba de un templo entre visigodo y mozárabe, único por muchos aspectos de su arquitectura, tan arcaizante como innovadora. El aparejo, por ejemplo: sus grandes  bloques de granito ajustados sin argamasa son de tradición romana y hacen pensar en el acueducto de Segovia. La conclusión de aquel primer estudio o reseña era un interrogante enorme, destinado a una longevidad imprevisible:
«Una iglesia que por su aparejo y sus macizos se parece a lo romano; por la disposición de sus departamentos secundarios, a lo latino; por su planta, a lo bizantino; por la contextura de sus arcos, a lo visigodo y a lo árabe primario; por sus bóvedas, su cúpula y sus semicolumnas, a lo románico; por el modo de ejecución, a lo bárbaro; por otros detalles, a varias de aquellas artes, ¿QUÉ ES?...»
Con todo lo retórico de la pregunta, Cedillo se pronuncia por un templo mozárabe del siglo X, a favor de la política tolerante del califa cordobés Abderramán III, una vez asegurando el control sobre Toledo.
Lampérez por su parte hizo un análisis comparativo del edificio en su monumental Historia de la Arquitectura cristiana española en la Edad Media [4]. Siguiendo los prejuicios de entonces y los de su escuela, se remite a «las dos grandes y verdaderas escuelas de la arquitectura de la Alta Edad Media: la latina y la bizantina» (pág. 230), para notar que en el área de Toledo el tipo general fue la basílica, con la excepción de Melque, en cruz griega con cúpula en el crucero, como Santa Comba de Bande (Orense). Semejanza que le lleva a la comparación con el mausoleo de Gala Placidia en Rávena (Italia) (pág. 240). Pero, refiriéndose luego a la bóveda de Melque, escribe (pág. 237):
«La bóveda del crucero de Santa María de Melque es de planta cuadrada, de arista en sus arranques… y cupuliforme en su zona alta; forma singular que participa de la arista y de la baída, y que da lugar a las dudas que se expondrán en la monografía de este monumento.»
‘Singular’, ‘excepcional’, ‘extraño’, ‘diferencia’, ‘mención especial’, son términos que se suceden y repiten en la descripción de esta iglesia, que finalmente y sin gran convencimiento Lampérez  declara en tercera persona: «clasificada como mozárabe» (pág. 244). Téngase en cuenta que en aquellos tiempos eran muy pocos los españoles que osaban defender la existencia en España de monumentos visigóticos auténticos, mientras que «los extranjeros levantaron la bandera de la incredulidad más absoluta» [5].  
Para entonces ya se había ocupado también de Melque Manuel Gómez Moreno (1870-1970), con su veredicto predecible, dado su entusiasmo de neófito y de pionero por todo lo mozárabe. Su autoridad (1919) impuso para Melque una fecha tardía, «bien dentro del siglo IX», o apurando más, entre 862 y antes de 930 (siglo IX-X) [6].
Pasaba el tiempo y todo eran apreciaciones. Las trazas visigóticas se fundían con un desarrollo técnico islamizado. Melque sería (en plan eslogan) «la última iglesia visigoda y primera mozárabe».
Frente a la tesis cerrada y dominante de los mozarabistas, sólo unas pocas voces teóricas se alzaron en favor del visigotismo tardío (Puig Cadafalch, 1950, publ. 1961; Camón Aznar, 1963. Pero fueron las excavaciones y metodos positivos de Luis Caballero Zoreda (década 1970) lo que vino a confirmar el carácter visigodo de este edificio, específicamente monástico, que se remontaría al siglo VII, nada menos. Lo corroboraba el hallazgo de relieves decorativos en Melque (vides estilizadas con racimos entre cruces ‘de Malta’ y otros motivos típicos visigóticos) [7].
Parecía cuestión zanjada, cuando se interpuso el reclamo de motivos omeyas en  los perfiles redondeados de la iglesia y otros detalles, haciendo volver de su acuerdo al propio Caballero Zoreda. Ya no sería tanto cuestión de mozarabismo, sino de arabismo superpuesto a esquemas visigóticos [8]:
«...es conclusivo que la implantación del monasterio y su iglesia se debe llevar a un lapso entre el tercer cuarto del s. VII y la segunda mitad del s. VIII. Dentro de ese margen, nosotros suponemos más segura la fecha del s. VIII.» (pág. 186).
Teoría de Melque monástico
Este autor hace hincapié en no aislar la iglesia de su contexto arqueológico: un  dominio monástico vasto, con amplia base económica, gracias al aprovechamiento agrícola de represas en los arroyos que surcan la dehesa.
La erección de un monasterio rico a raíz de la conquista islámica, o su permanencia bajo el dominio árabe es perfectamente asumible, como tributario y en virtud de pacto, sobre todo bajo el amparo de la nobleza goda. Mejor aún si eran del bando de los hijos del rey Witiza, que en su guerra civil contra D. Rodrigo propiciaron la ‘entrega’ de España a la morisma con la esperanza de recobrar la corona. Según parece, el monasterio no duró mucho, si a mediados del s. IX se crea aquí un poblado islámico.
Por ahora:
«Melque es de fecha controvertida en el momento actual. el deseado consenso científico no se ha producido y sigue habiendo un importante grupo de investigadores obstinado en mantener su cronología visigótica. Melque une su destino cronológico a las así llamadas ‘iglesias visigodas’, El Trampal, Baños, Bande, La Nave, Quintanilla de las Viñas, que nosotros consideramos posteriores al siglo VII.» (pág. 192).
Sea como fuere, lo que nunca debemos proyectar hacia aquellas épocas es lo que vemos hoy: tétricos muros, arcos y bóvedas, todo de piedra vista. Las superficies eran para ser enlucidas o estucadas, ofreciendo espacios para la blancura o la alegría del dibujo y el color.
El ‘Cristóbal Colón’ de Melque
Entre tantas dudas y preguntas hay una previa a todo lo demás: ¿De veras, no se conocía en absoluto Santa María de Melque? En estas cosas ocurre a veces como cuando Colón ‘descubre América’, que ni era todavía América, ni era desconocida del todo para sus habitantes los ‘indios’, que tampoco eran indios. Eso sin contar con que, antes del descubridor Colón, otros europeos habían andado por allí.
Algo así pasaba con Melque. Hasta las desamortizaciones (1836; 1855), la ‘ermita’ de Melque fue polo de devoción en toda la comarca, y al cerrarse al culto se retiró la imagen antigua de Nuestra Señora de Melque.
También se sabía que la ermita estuvo en posesión de los Templarios, instalados en el castillo de Montalbán, que la leyenda popular suponía conectado por corredores subterráneos a otros castillos, iglesias y cuevas de tesoros. Luego hablamos de eso.
Sin embargo, lo más estupendo es saber, por la monografía de don Jerónimo, que el primer descubridor de Melque habría sido un paisano y tocayo suyo: el jesuita toledano Jerónimo Román de la Higuera (h. 1538-1611).
Santos de Toledo (1651)
 del jesuita A. de Quintanadueñas,
seguidor del falsario Higuera
–«¡¿Higuera?! Vade retro!!» oigo saltar a quien me lea. Y con razón. El padre Higuera, consocio del famoso historiador Juan de Mariana, llegó como éste a la fama, pero por vericuetos tortuosos. Fue el principal responsable de una serie de falsificaciones históricas, conocida como los ‘Falsos Cronicones’.
Cualquier día lo echamos a perros para hablar de aquella aventura loca de un ególatra que quiso reescribir la Historia de España a la medida de cierto nacionalismo religioso y civil, fabricando sobre la marcha  los documentos oportunos y halagadores del orgullo colectivo. Esta fue la clave del éxito de tanta superchería, que siglos más tarde tendrá imitadores al surgir los nacionalismos periféricos [9]
Hasta el meticuloso Esteban de Garibay, convertido en vecino de Toledo, en su afición a complacer a su señor don Felipe II  fue víctima de una ‘broma’ del padre Higuera, a cuenta de San Tirso y su pasión y culto en Toledo. Sobre ello escribió más tarde una carta al rey (1595), justificándose por el patinazo.
En plan serio, el padre Higuera dejó escrita una Historia de Toledo. Inédita, como casi todo lo que compuso; pues si el autor no era ningún bobo, los superiores de la Compañía ya le tenían calado y fichado por su demonio enredador, hasta crearle cierta psicosis persecutoria:
«Temo que cuando este padre Benavides venga de Roma con orden del padre General [Claudio Aquaviva] no me destruya. Que ya pasaba con tenerme aquí arrinconado, y empantanados algunos libros, que creo serían de servicio de Dios, y de algún lustre de mi nación, como la Historia de Toledo …; el Itinerario de Antonino Pío enmendado y declarado; muchos trabajos sobre los Concilio de España»

Pues sí: Higuera fue la primera fuente citada sobre esta iglesia de Melque, «de extraña fábrica de piedras sin cal…, y que muestra en sí mucha antigüedad».
Sin embargo, también existían y eran bien conocidas las Relaciones de Felipe II (1578) –para entendernos, un precedente del Catastro del Marqués de la Ensenada (siglo XVIII)–, con una relación de este lugar algo sibilina:
«Hay en esta jurisdicción otra iglesia, a tres leguas de aquí, en una dehesa que se dice Melque, por la iglesia que se dice Nuestra Señora de Melque, que es un edificio no muy grande, metido debaxo de tierra, que entran por gradas sin cubierta ninguna. Es toda de piedras grandes labradas y de bóveda, y creo que la causa porque está debaxo de tierra es porque la bóveda no la cubriera. Parece ser edificio de más de mil años. Están junto a la iglesia dos valles atajados por medio con muy gruesa pared [para] recoger agua en ellos, de que beben, que fueron hechos tan antiguos como la iglesia… Fue una gran población [de la que] parecen ahora los cimientos…; y ansí parece haber tenido esta tierra en otros tiempos más población que ahora tiene…»
Todavía cabe señalar antes otra circunstancia histórica curiosa, que de haberse cumplido hubiese anticipado la fama del monumento. Cuando Carlos V decidió abdicar de sus estados y encargó al maestro Pedro de Esquivel le buscase un retiro adecuado, éste le recomendó uno de dos, por este orden: Gálvez, aquí en los Montes de Toledo, o Cuacos/Yuste, en la Vera de Plasencia. El emperador optó por Cuacos y Yuste, por caer Gálvez demasiado cerca de Toledo, que era corte. O sea que de chiripa Carlos pudo haber finado por estos parajes, y Santa María de Melque no habría pasado desapercibida. Aunque bien mirado, mejor así, porque una obra tan ‘bárbara’ habría sido adulterada o demolida sin contemplaciones.
Avatares de un lugar arqueológico
El relator de turno para Felipe II tenía razón: la dehesa de Melque estuvo poblada en lo antiguo. Las primeras prospecciones creyeron identificar una finca y villa romana dedicada a explotación minera (hierro, cobre, plomo, plata), hasta las invasiones bárbaras.
En tiempos de los visigodos, aquí se habría instalado una comunidad monástica, en un vasto recinto irregular murado, cuya reconstrucción ideal evoca los monasterios coptos de Egipto, y en todo caso habla de influencias orientales. La conquista de la península por los árabes (desde 711) no significó el final del monasterio, que perdura otros dos siglos –bien como comunidad cristiana, o bien muladíes conversos al Islam–, hasta su quema y destrucción por las huestes de Abderramán III, cuando Córdoba somete a los rebeldes de Toledo (h. 930).
A partir de ahí, el monasterio con su robusta iglesia se convierte en fortín califal, con torre levantada sobre el crucero de la iglesia o mezquita. Con la reconquista cristiana de Toledo (1085) se recupera la iglesia, que más tarde pasa en encomienda a la orden militar de los Templarios. Con la desamortización, el último destino de Santa María de Melque fue servir de pajar, cuadra y secadero de tabaco para una casa de labor.
Termino cediendo la palabra a un experto, que no se corta para decir lo que yo nunca me hubiese atrevido por mi cuenta, por mucho que me gustaría fuese verdad:
«La iglesia de Melque es la mejor conservada de su época, … prácticamente íntegra en su interior y en un 70 % de su exterior. Es además la mayor iglesia abovedada y en pie de época prerrománica en España, y posiblemente la mayor de su tiempo en todo el Mediterráneo Occidental. Asimismo las excavaciones han sacado a la luz los restos del primer monasterio visigodo español conocido, con un trazado en planta que tiene sus paralelos en algunos monasterio orientales.»
¿Conque «primer monasterio visigodo»? Pues hay quien no ve tal cosa, sino una gran finca residencial rural con su ‘iglesia propia’ de carácter funerario, suntuosa aunque no muy grande (A. Chavarría Arnau, 2005). Un trasunto altomedieval de lo que ya fue en época tardorromana, como villa o quinta de beneficio mineral, y a la sazón agrícola-ganadera. ¿Razón? No hay documento, no hay vestigio alguno de monasterio supuestamente importante, ni lo apoya la toponimia, que habla más bien de otra cosa. Porque, ¿qué quiere decir Melque?
El nombre nos lleva a una raíz semítica inconfundible: MLK, con la idea de ‘rey’ (MaLiK), reino o realeza (MuLK), real o regio (MaLKí)  etc. De mediados del siglo XII se conoce una bula del papa Eugenio III (Reims, 1148), donde confirma a la sede de Toledo la jurisdicción de este lugar con el nombre arábigo Balatalmelc. Hay quienes lo interpretan ‘Calzada Real’, y es correcto; pero aquí parece más propio ‘Palacio del Rey’, si es que nos tira el especular sobre una fundación regia visigótica, o bien como término técnico bajo la fiscalidad árabe (Caballero Zoreda, 2013).
El Melque esotérico de los Templarios
Tantas lecturas e hipótesis sobre un mismo edificio –una simple iglesia, y no de las grandes o complicadas–, a vuelta de tantos estudios, con tanto dinero invertido, resulta frustrante para el profano, y larga rienda al caballo loco de la especulación. Como en Carranque, aquí también hay tela para una buena novela histórica.
En Melque han acomodado una parte de las dependencias como centro de interpretación, con paneles que explican la supuesta evolución de este lugar arqueológico en su contexto geográfico y temporal. Una serie de paneles trata de la ocupación de este sitio por los Caballeros Templarios (a. 1181), junto con el castillo de Montalbán (1192-1307), disputado a la orden de Alcántara. El empeño común contra los moros no impidió a estas órdenes religiosas militares pelearse entre sí. Los de Alcántara pegaron fuego a Melque, y el castillo fue testigo de un choque sangriento entre alcantareños y templarios (1240). La orden del Temple, tras un proceso escandaloso promovido por Felipe IV el Hermoso de Francia, fue suprimida en 1308-1312. Fernando IV de Castilla aplicó parte de sus bienes a otras órdenes militares, pero mayormente a la Corona.
Esto es historia verdadera. Pero el Temple va muy unido a lo esotérico y simbólico, por una parte, como también a la acumulación y ocultación de tesoros, a menudo fantásticos. Por ejemplo, en Melque o su entorno puede aparecer cualquier día la prodigiosa Mesa de Salomón, pillada en Toledo o en Alcalá por los conquistadores arábigos, y escondida luego por los templarios en estos pagos. Historiadores árabes la pintan como si la hubiesen visto, aunque cualquiera diría que no todos hablan de la misma mesa. La fabricaron genios serviciales del rey Salomón para sus ensayos de magia.
Para mayor enredo, hay expertos que ponen en danza otro mueble análogo: la Tabula smaragdina, Tabla o Mesa de Esmeralda, bruñida como un espejo, según tradición hermética. A diferencia de los espejos ordinarios, que nos devuelven la imagen tal como somos, el que se mira en aquella mesa ve a un sabio cabal, porque su espejo transmite la Sabiduría, con mayúscula.
A ver si ese artefacto aparece pronto en Melque, o donde sea, y lo colocan donde más falta hace: en el hemiciclo del Congreso, como atril de los oradores.
En fin, que nos fuimos de Melque tan contentos como vinimos, pero con la misma pregunta que hace ciento y diez años se hacía su descubridor, el Conde de Cedillo: «¿QUÉ ES?»
_______________________________________
[1] Vicente Castañeda, ‘El Excelentísimo Señor Conde de Cedillo.’ Bol. R. Acad. de la Historia, 104/2 (1934): 367 y sigs.
[2] Conde de Cedillo, Catálogo Monumental de la Provincia de Toledo. Excma. Diputación de Toledo, 1959. Original mecanografiado (facs.), 4 tomos.
[3] CULTURA ESPAÑOLA, Nº 7 . Madrid, Imprenta Ibérica, 1907, 30 págs.
[4] Tomo I. Madrid, Espasa-Calpe, 2ª ed., 1930.
[5] Lampérez, o. cit., 1: 217.
[6] M. Gómez-Moreno, Iglesias mozárabes. Arte español de los siglos IX a XI. Madrid, Centro de Estudios Históricos, 1919.
[7] Caballero Zoreda, L. y Latorre Macarrón, J. I., ‘Santa María de Melque y la arquitectura visigoda’, II Reunió d’Arqueologia Paleocristiana Hispànica (Montserrat 1978). Barcelona, 1982, págs. 303-332. Caballero Zoreda, L., ‘Monasterios Visigodos. Evidencias arqueológicas’, Codex Aquilarensis, 1 (1987): 31-50.
[8] Caballero Zoreda, L. y Moreno Martín, F. J., ‘Balatalmelc, Santa María de Melque. Un monasterio del siglo VIII en territorio toledano.’ En: X. Ballestín y E. Pastor (eds), Lo que vino de Oriente. Horizontes, praxis y dimensión material de los sistemas de dominación fiscal en Al-Andalus (ss. VII-IX),  BAR, Oxford, 2013, págs. 182-204.
[9] De amenísima lectura, Godoy Alcántara, Historia crítica de los Falsos Cronicones. Madrid, 1868.