jueves, 4 de julio de 2019

Vida sexual insana




Atalanta, Mujer Árbol, Louella, Ostra
y demás personajes femeninos y nada corales, 
en la ‘Argonáutica’ de Santiago González
En la última entrada hablábamos de juramentos labiales, como los de tanto cargo electo cuando juran o prometen la ‘Juana’ y lo que se les ponga delante, con tal de hacerse con el acta que les da derecho a la hostería del Pritáneo. Esto nos dio pie para repasar el argumento del ‘Hipólito’, tragedia de Eurípides, tocando de paso una comedia de Aristófanes. Y aunque para lo que importaba ya fue bastante, vale la pena profundizar un poco en el psicodrama griego. 
Este torpe ensayo de hoy es fruto de una lectura del ‘Hipólito’, pensada en castellano sobre la marcha, como la puede hacer cualquiera no especialista que se acerca a un clásico. Lectura para distraer el espíritu de cierta bullanga abigarrada y recurrente por estas fechas, que más allá de una reivindicación legítima de libertad sexual se revela como propaganda agresiva, como reclutamiento iniciático, y como negocio, gran negocio. También como ‘orgullo’, con un adanismo ya cincuentenario, papanatas de lo mediático e ignaro de lo histórico y lo clásico, mitad y mitad.
La acción del drama transcurre en la ciudad de Trezenas, en la Argólida (Peloponeso). El prólogo corre a cargo de Afrodita/Venus, la Diosa del Amor, como podría llamarse igualmente la Diosa del Odio. En todo caso, «mucha diosa», lo reconoce ella misma sin falsa modestia: 
«Afrodita soy, pollé théa, mucha diosa entre los mortales. Y para nada anónima, pues me llamo también Cipris, la Cipriana (la de Chipre), así en la tierra como en el cielo, y entre cuantos habitan en el Ponto viendo la luz del sol hasta las Columnas Atlánticas...» 
Esta voz salía de la máscara de un actor masculino caracterizado de diosa, declamando por el escenario o suspendido de una máquina. O bien, de forma más hierática, era un parlamento en off, como si saliera de una estatua. De una u otra forma, la divina Cipriana hace una breve presentación de sus credenciales:
 «Yo miro por los que respetan mi poderío, pero a los que  con Nos se propasan les bajo los humos. Porque eso también es innato incluso en la raza de los dioses: complacerse en la estima de los humanos.»   
Y yendo al grano, la diosa del amor carnal confiesa al público ateniense del graderío su desdén hacia la diosa virgen Artemisa/Diana, por culpa de un bastardo: 
«Hipólito, el hijo de Teseo con la Amazona (dice sin querer nombrarla), es el único ciudadano de este país que me pone como la peor de las divas. Desdeña hacer el amor y no quiere saber nada de bodas. Al contrario, rinde culto a Artemisa, la hermana de Febo, la niña de Júpiter: según él, la más grande entre nosotras. Por la verde espesura, siempre al lado de la virgen, con sus canes veloces despuebla de caza la tierra, con afición sobrehumana. Por supuesto, no estoy celosa. ¿Cuál es mi problema? Cómo vengarme hoy mismo de Hipólito en lo que me ha ofendido.»
Un desdén resentido, poco convincente. Afrodita/Venus tiene mucha más clientela y culto que la casta Artemisa/Diana, a dónde va a parar. La ‘Poderosa’, la ‘Señora’ por antonomasia, nada tiene que envidiar a una puritana que disimula su frigidez desviando toda su energía al deporte cinegético. Artemisa no es rival para ella. Pero no se trata de esa extravagancia a lo divino. El problema lo tiene Afrodita con un mortal arrogante: Hipólito.
Otro pirado. Recién graduado en la academia del sabio Piteas –una escuela palatina  para príncipes y chicos bien– se inició en los misterios de Orfeo. Pero en vez de repartir un respeto equilibrado a las divinidades, se ha vuelto casi monoteísta místico, devoto imitador de la diosa de la caza. Porque la pasión cinegética de Hipólito es irracional, o como hoy diríamos, antiecológica por partida doble: como atentado al equilibrio natural, y porque el propio cazador es vegano que no come lo que mata. 
Pero, ¿en qué exactamente se siente ofendida Afrodita por Hipólito? Es una situación complicada. Misógino absoluto no es, si adora a una diosa-mujer, aunque sea una virgen. Lo que el joven desprecia es el sexo con mujeres, que es despreciar a Afrodita en persona. Pero eso no lo explica todo. La poderosa señora conoce en el espacio griego a muchísimos muchachos y adultos homosexuales, y no se le ocurre escarmentarlos. Porque Afrodita controla también el amor homosexual, por lo menos el lesbiano, como se ve en el salmo que le dedicó la gran poetisa Safo, apenada por la indiferencia de una amante:

De abigarrado trono inmortal Venus,
hija de Zeus, la mayor lianta:
no me atormentes ni mi alma angusties,
               señora mía.
Que Hipólito vaya con la Cazadora, si eso le divierte; que la imite incluso en su castidad, con tanto ejercicio físico. Pero que no se propase haciendo alarde de desprecio a los devotos practicantes de Afrodita.
¿Y cuál va a ser su venganza? «Madurada largo tiempo, la cosa está al caer». Y aquí se explaya la diosa, muy satisfecha de su astucia. Fedra la cretense, nueva esposa legítima de Teseo (con el que ya tiene hijos) conoció al bastardo Hipólito con ocasión de aquella fiesta iniciática, quedando fieramente enamorada de él. Eso fue  «por mis designios», remacha Afrodita,  bien por imperativo métrico, o en atención a los más lerdos del auditorio. Esto de los flechazos a primera vista en encuentros fortuitos en templos, procesiones y actos religios0s es todo un tópico literario, ya mucho antes de que Petrarca conociese a Laura en Santa Clara de Aviñón. 
Una pasión que Fedra disimuló, aunque muchos se preguntarían por qué, de golpe, a sus expensas fundó en alta roca un templo visible desde la ciudad, dedicado precisamente a Afrodita. Era un santuario votivo por el favor recibido, aquel amor secreto, amor limpio, pues por nada del mundo Fedra perdería su honra dándolo a conocer ni siquiera a Hipólito. 
(En realidad, bastante tenía la virtuosa cretense con sus antecedentes familiares: hija de Pasífae, la zoófila que se entregó a un toro; hermanastra del monstruo Minotauro, al que mató su actual marido Teseo; hermana de Ariadna, cómplice del asesinato, engañada por el mismo Teseo que la desembarca en la isla de Naxos, para terminar como la coima de Dionisio/Baco, forma discreta de referirse a una borracha…) 
A la pobre Fedra ni le pasó por la cabeza que aquella pasión era una trampa de la diosa para vengarse del desprecio de Hipólito. Menos aún, que sería la sentencia de muerte para ella, antes que para él. La vista cotidiana de aquel santuario en la peña fue al principio un consuelo. Con el tiempo, el flechazo sin el alivio del contacto físico se enconó hasta lo insoportable. Fedra está a punto de perder la razón. Pero su virtud no cede, y esto mismo acabó fastidiando a la propia Afrodita:
«Suspirando herida por los dardos del Amor, la pobre se consume en silencio, sin que nadie de la familia sepa de su mal. Pero no es cosa de dejar que este amor se desperdicie. Yo misma voy a descubrir a Teseo el pastel, vaya sorpresa. A este jurado enemigo nuestro, su propio padre le matará con maldiciones. Porque el Rey de la Mar, Poseidón/Neptuno,tiene prometido a Teseo cumplirle hasta tres deseos.
En cuanto a Fedra, con toda su nobleza, también morirá, porque más que su daño me importa a mí que mis enemigos me la paguen a mi total satisfacción. 
Pero veo que el tal hijo de Teseo, Hipólito, fatigado de la caza se acerca. Yo me largo… No sabe que las puertas del infierno están abiertas, mientras ve la luz del día por última vez.»
Este parlamento nos ha puesto al corriente del argumento de la pieza, que no es otro que la venganza de la diosa. Pero lo hace en términos que dibujan una mente retorcida. Si el culpable es Hipólito, ¿por qué vengarse también en Fedra? Retorcido también su designio en cuanto a la muerte de Hipólito: «Que parezca un accidente», diríamos en términos de una Diosa/‘Madrina’.
A todo esto se oyen voces y latidos de perros, anuncio de que Hipólito con sus compañeros regresa de su quehacer habitual, la caza, sin otro pensamiento que su Artemisa. Escuchemos qué cosas le dice y se dice a sí mismo, auténtico chiflado, como si otra diosa no existiera en el universo.
Seguidme cantando, seguidme,
a la hija de Zeus, 
la celeste Artemisa
nuestra protectora.
(Todos:)
¡Señora, Señora santísima,
la más venerable hija de Dios!
¡Salve, salve, doncella, 
entre las vírgenes tú la más hermosa!
La que bajo el vasto cielo 
moras en augusto palacio, 
áurea morada de Dios. 
¡Salve, la más hermosa, 
la más hermosa entre las vírgenes 
bajo el Olimpo, oh Diana!»
Si quitamos el último verso, teniendo en cuenta que el genitivo de Zeus en griego es Dios, y que nuestra Señora santa María compartía con Artemisa/Diana la virginidad y la Luna como emblema, bien poco hay que retocar esta plegaria, dictada por Hipólito a su séquito, para meterla en un devocionario mariano. Esto, con otros detalles, explica el prestigio de este drama y su popularidad en bibliotecas cristianas. Un tema que en algunos aspectos recordaba incluso la aventura del Casto José con la Mujer de Putifar, según la Historia Sagrada. Al lado de estas efusiones, la inmoralidad intrínseca del drama se diluía. Y en cuanto al carácter indigno de Afrodita/Venus, era el que cabía esperar de la sucia diosa pagana. Eurípides, en su desprecio al panteón de la mitología popular, casi parecía un apologista cristiano. En fin, el saludo final del buen bachiller a la imagen de Artemisa rebosa misticismo. En su exaltación extática por el bosque, se le antojaba oírla y conversar con ella, sin llegar a verla  (v. 82):
«¡Oh mi querida Señora, recibe de mi mano piadosa esta diadema para tu dorada cabellera. Yo soy el único mortal que gozo el privilegio de tu compañía y coloquios, escuchando tu voz, aunque no te veo. Concédeme que mi vida acabe como empezó…»
  
El don evangélico de la perseverancia hasta el fin (Mateo, 10: 22), tan estimado en la ascética cristiana. Para el cristianismo culto, Eurípides será el dramaturgo griego más solicitado en busca de munición religiosa.
Ahora bien, el joven cazador ha presentado sus respetos a su diosa favorita. Pero a cierta distancia, en lo alto de una peña, se divisa otro santuario. Como ha explicado Afrodita,  es la capilla votiva que le dedicó Fedra. Uno de los sirvientes de Hipólito ha notado que, como de costumbre, el amo absorto en su devoción particular no ha hecho la reverencia debida a la diosa del amor, a la que todos rinden culto. Eso no está nada bien, es peligroso, y él como leal servidor se lo advierte, tomando las precauciones de rigor en su caso. Este esclavo podría haber sido pedagogo del amo, asistente suyo en la experiencia académica, a juzgar por su diálogo con él al estilo de los interrogatorios mayéuticos, a lo Sócrates. Hasta se pone pedante, y en todo caso, divertido (v. 88):
–  Príncipe –dado que ‘señor’ sólo se aplica a los dioses–, ¿me tomarías a bien un consejo?
– Por supuesto. Si no, no pareceríamos sensatos.
– ¿Conoces la ley dictada a los mortales?
– No sé de qué ley me estás hablando.
– Odiar la altivez y el salirse de tono.
– Correcto: ¿dónde hay altivez sin antipatía?
– O sea, que es simpático usar de cortesía.
– Mucho; y ganancia a poca costa.
– Supondrás que es lo mismo con los dioses…
– Si los mortales usamos de las reglas divinas…
– ¿Pues cómo es que no invocas a una diosa tan altiva?
– ¿A cuál? Cuidado, no te vayas de la lengua.
– Aquella que ves allí arriba desde tus puertas, la Cipriana.
– Con mi voto de castidad, de lejos la saludo.
– Diosa respetable, sin embargo, y celebrada entre los mortales.
– En cuestión de dioses y hombres, cada cual tiene sus gustos.
– Mejor te iría, si razón no te faltara.
– A mí no me va ninguna divinidad que se hace admirar de noche.
– Muchacho, un respeto a los de arriba.
(Hipólito corta:)
– ¡Despejad, compañeros! A casa, a preparar la comida. En la montería siempre se agradece una buena mesa… Y a ti te digo: muchos saludos a tu Cipriana. 
El criado se va con los demás, murmujeando un exorcismo:
– ¡Estos chicos! Pero nosotros, santa Cipriana, discurriendo como es propio de criados, dedicamos una plegaria a tus imágenes. Has de ser comprensiva, si uno en el ímpetu juvenil dice de ti tonterías. Mejor si te haces la sorda, pues en sabiduría los dioses llevan ventaja a los mortales (v. 120).
Interviene el Coro, formado por mujeres adultas, sin llegar a provectas, menopausicas. ¡Ah, estos coros trágicos, qué gran invento! Este coro femenino de Eurípides no tiene desperdicio. Le iremos conociendo. Por de pronto, preocupadas por Fedra, las ciudadanas aventuran por los síntomas cuál puede ser la indisposición de su reina. ¿Estará preñada?:
–Un malhumor extraño suele invadir el temperamento difícil de las mujeres en estado, mezcla de molestias físicas y de antojos. La misma aura recorrió en otro tiempo mis entrañas. Entonces invocaba yo a la celestial Artemisa, abogada del parto... 
Pero por ahí viene la vieja Nodriza trayendo a Fedra de sus aposentos. La nube de su entrecejo se ensombrece. Me intriga saber qué le pasa, qué desmejora el cuerpo descolorido de la reina.
(Entran la Nodriza y Fedra. La anciana se queja:)
– No sé qué hacer contigo. Insistías en tomar el aire, y ya estás piando por volver a la cama. Cambias de golpe y nada te contenta. Mejor estar enferma una misma, que cuidar enfermos. La vida humana es toda penar, trabajo sin reposo…» (v. 190)
Esta última observación filosófica de la Nodriza compadecida de su ama coincide con la de Job compadecido de sí mismo (Job 14: 1-2) y recuerda también el pesimismo del Eclesiastés. Pues ahora, escuchando a Fedra enferma de amor, ¿quién no percibe un eco de la Esposa en el Cantar de los Cantares? (Cant. 2: 5):
– Sostenedme el cuerpo, levantadme la cabeza, amigas mías, que me descoyunto. Esclavas, tomad estos brazos bien torneados. Hasta el velo cubrecabeza se me hace pesado, quítamelo, suéltame el pelo sobre los hombros. (vv. 198-202)
En realidad Fedra se encuentra en estado terminal, no de embarazo, sino de mal de amor frustrado. Desvaría en antojos extraños. Sueña despierta que bebe de una fuente limpia, para acostarse luego en un prado, con otras figuraciones simbólicas sexuales donde Eurípides, por anticipación, se revela magistral freudiano. Sin solución de continuidad, la reina ordena que le suban «a la montaña, a los bosques donde los perros levantan a los ciervos, pues quiere ¡por los dioses! azuzar a la jauría, mientra ella acerca con la mano a su rubia cabellera, a la manera tesalia, la azcona aguzada». En su delirio se cree una Artemisa, o más exactamente una Hipólita. 
Y como, a todo esto, la Nodriza hace como que sigue sin caerse del guindo, Fedra la enamorada por Afrodita vuelve a sus invocaciones a la diosa rival Artemisa, esta vez como ‘Nuestra Señora de la Playa Marítima’. ¡Con playas y olas a la divina de Chipre, nacida entre la espuma de los rompientes! Esto es lo que saca de quicio a la diosa, y la razón de su venganza también contra Fedra. ¡La locura de amor por Hipólito ha llevado a la mujer de su padre a convertirse a la religión del muy majadero!:
– Artemisa, nuestra Señora de Limna, junto al mar, con sus gimnasios retumbantes del galope equino, ¡ojalá estuviese yo en tus playas, domando potros vénetos
El toma y daca entre la Nodriza y la Dueña, con el Coro mujeril dispuesto a ayudar, previo chismorreo, lo lleva Eurípides con habilidad. Tres días lleva Fedra sin probar bocado, y las féminas se preguntan si está realmente indispuesta, o es que piensa dejarse morir de inanición. Y como la cosa se alarga, a lo que parece sin que nadie siga los hilos que va largando Fedra, metida en su laberinto hacia su amado monstruo, es finalmente la astuta vieja la que lo ha pillado, cuando pronuncia el nombre fatídico: Hipólito. Y es de esta manera (vv. 288 ss.): 
–Ea, querida niña, olvidemos ambas lo hablado. Recobra tu dulzura natural, desarruga ese ceño y vuelve en tí. Yo también voy a cambiar de rollo. Si estás enferma de algún mal secreto, estas mujeres  nos ayudarán con su experiencia. Si has tenido algún accidente que se pueda revelar a varones, dilo, para que lo vean los médicos… ¿Pero por qué callas? Eso no conduce a nada. Mírame a los ojos, di algo, maldita sea. (Dirigiéndose al Coro:) Mujeres, trabajamos en balde, seguimos donde estábamos... 
¿De veras? Sólo en el sentido de que Fedra sigue sin confesar la verdad. Y aquí la Nodriza, marioneta del dramaturgo (o viceversa), se atiene a la regla de oro: sin confesión de boca no hay absolución/remedio posible. Por lo demás, ella ya tiene su barrunto, y va a ponerlo a prueba, siempre enredando con la bastardía del hijastro Hipólito:
– Has de saber que si tú te mueres traicionas a tus hijos, excluidos de la casa paterna. ¡Te conjuro por la princesa ecuestre, la Amazona, que engendró para tus hijos un amo bastardo, aunque de noble pensamiento! Tú le conoces bien: ¡Hipólito!
– ¡Ay de mí!
– ¿Tocada?
– Me has matado, comadre. Y te pido por los dioses, no vuelvas a nombrar a ese hombre.
– ¿Lo ves? Eso es hablar con sensatez. Tú quieres a tus hijos, tú no intentas matarte. ¿Has cometido algún crimen de sangre? 
Mis manos están limpias. La suciedad está en mi alma.

Tomemos nota de este verso (v. 317), en paralelo con otro que oiremos de Hipólito (v. 612) . Prosigue la Nodriza:

– ¿Tal vez por maleficio de algún enemigo?
– Un ser querido me ha matado, sin quererlo yo ni él.
– ¿Tu marido Teseo te ha faltado?
– No le lastimaría yo por nada, pudiendo evitarlo. 
– ¿Pues qué cosa tan terrible te hace desear la muerte?
– Déjame en paz con mi culpa, que contigo no va.
– Eso, seguro; pero estoy a tu merced. (Le toma la mano.)
– ¿Pero qué haces? Suelta, me haces daño.
– También tus rodillas, no las soltaré.
– Mejor que no lo sepas, desgraciada, sería malo para ti.
– Para mi, nada peor que no tenerte. [1]
– Pues ea, muérete tú. Mejor para mi honra.
– ¿O sea, que ocultas a mis súplicas cosas dignas?
– Es porque de mis vergüenzas pienso sacar honra.
– Pues confiésalo, de una maldita vez, y te cubrirás de gloria.
– Por dios, vete, pero suelta primero mi mano derecha, que la necesito.
– No, por cierto, sin que me des lo que me debes.
– Te lo doy. Confío en tu compromiso de mano.
– Ya me callo. Tú tienes la palabra.
¡Oh madre mía infeliz, de qué amor te enamoraste!

Esta salida inesperada desconcierta a la Nodriza, que ya se prometía el canto llano de su niña. Sin embargo, es esencial para el sentido trágico del drama. Recordemos que Fedra era hija de Minos, rey de Creta, y de su mujer Pasífae. Minos sacrificaba toros a Poseidón/Neptuno. Pero a un toro blanco muy hermoso lo dejó de sobrero, y el siempre vengativo dios de los mares se lo cobró caro. Es muy posible que aquel toro fuese Zeus en persona, muy dado a estos lances y carnavales. Sea como fuere, Pasífae se enamoró de la bestia, y para cumplir su deseo bestial encargó al ingeniero Dédalo una figura de vaca hueca donde meterse en forma y manera. El artefacto funcionó, y el fruto de la coyunda fue el Minotauro, monstruo impresentable y antropófago, para el que el mismo Dedalo hubo de construir el Laberinto donde encerrarlo. 
Sigamos (lleva turno de palabra la Nodriza):
– Te refieres al amor del toro. ¿A qué viene esto, criatura?
¡Y tú, hermana mía desdichada, mujer de Dionisio!
– ¡Pero de qué vas, hija mía! Desacreditas a tu parentela.
Esta vez Fedra se refiere a Ariadna. Ariadna, cómplice con Teseo del asesinato de su medio hermano el Minotauro y finalmente esclava sexual de Dionosio/Baco. Los mitos se enlazan como cerezas, quedando todo en familia para el caso. (De paso, el poeta en cierto modo también haría publicidad encubierta de un proyecto de trilogía trágica: Fedra - Ariadna - Pasífae.) Habla Fedra:

Y ahora yo, la tercera miserable, ¡qué fatalidad la mía!
– (Aparte) (Perpleja estoy. ¿A dónde irá a parar?)
– De ahí vienen mis infortunios, no es nada nuevo.
– (Sigo en ayunas de lo que quiero oír.)
– Lo que tengo que decir, – Y ahora yo, la tercera miserable, qué fatalidad la mía.
– (Aparte) (Estoy perpleja. ¿A dónde irá a parar?)
– De ahí vienen mis infortunios, no es nada nuevo.
– (Sigo en ayunas de lo que quiero oír.)
– Lo que tengo que decir, ¡ah, si pudieras decirlo tú por mí!…
– No soy adivina para conocer lo secreto.
– ¿Qué es eso que la gente llama ‘estar enamorado’?
– Lo más dulce, chiquilla, pero a la vez doloroso.
– Yo tengo experimentado sólo lo segundo.
– ¿Qué hablas, hija mía? ¿amas a alguien en concreto?
– Acabemos de un vez: el hijo de la Amazona...
– (Haciéndose de nuevas) ¿Te refieres a Hipólito?
– De tu boca lo oyes, no de la mía.
– ¡Ay de mí, con qué sale mi niña! Me ha matado. (Al Coro:) Mujeres, esto no hay quien lo aguante, no soporto seguir viviendo. Veo venir un día aciago, una luz aciaga. Adiós, esto se acabó. La gente sensata elige el mal, qué más da que sea sin querer. La Cipriana no es una diosa: sería una superdiosa, de existir algo así. La que ha acabado con ésta y conmigo y con toda la casa.

Coro:
– Lo has oído, ¡oh!, has escuchado, ¡oh!, a la reina revelar pasiones inauditas… Ya no es ningún secreto, a dónde apunta la suerte echada por la Cipriana, ¡oh pobre niña de Creta!
A lo que Fedra, de enamorada hecha filósofa por exigencia del guión, replica con un parlamento sobre el tópico «veo lo bueno y lo apruebo, pero sigo lo contrario». No delinquimos por naturaleza, sino por flaqueza, porque así es la realidad de las cosas como son, no como deberían ser, etc. etc. Y volviendo a su caso personal, a guisa de justificarse revela su culpa, su gravísima culpa contra Afrodita:
– Te diré la trayectoria de mi pensamiento. Desde que el Amor me hirió, miré cómo llevarlo lo mejor posible. Empecé callándolo y ocultando mi dolencia, pues la lengua no es de fiar. Lo segundo fue gestionar para conmigo este desvarío, dominándolo a base de continencia. En tercer lugar, como ni así lograba vencer a Afrodita, opté por dejarme morir. No iba conmigo ni hacer el bien a escondidas, ni tampoco el mal ante muchos testigos. Yo era consciente de qué lo mío era una enfermedad vergonzosa. Lo tenía claro, siendo yo mujer, un ser aborrecible para todos. ¡Mala muerte tuviera la primera de nosotras que avergonzó su cama con varones de fuera! Este mal nos vino a las féminas por el mal ejemplo de las casas nobles; porque cuando el vicio tiene entrada con la clase alta, el vulgo lo tomará sin falta por virtud. También detesto a las decentes de boquilla, pero que por dentro se han hecho a malas mañas…
Y así sucesivamente va moralizando, hasta merecer una ovación cerrada del mujerío. (Propongo entender todo este parlamento de Fedra en modo irónico-cínico; y lo mismo el aplauso coral):
– ¡Oh, oh! ¡Qué hermosa es siempre la virtud, y qué buena reputación cosecha entre los mortales!
A todo esto sale la Nodriza, mostrando más que anchas tragaderas en achaque de amores. Hasta los dioses se enamoraron, y pagaron por ello. Deje Fedra de ultrajar al Amor, no quiera ser más que los inmortales. Después de todo, muchos maridos encubren la cornamenta bajo un tocado de elegancia, y hacen como que no ven. La prudencia muchas veces consiste en esconder lo que ofende a la vista.
La muy decente Fedra reprende a la Nodriza por sus consejos amorales: nueva ofensa a Afrodita. La vieja, por su parte, se revela Celestina experta en magia simpática, poseedora de filtros eróticos capaces de encarrilar la situación y apaciguar a la diosa: 
– Sólo se necesita alguna representación virtual del objeto de deseo: una frase suya, un jirón de su peplo, para fundir dos corazones en uno.  
¿Con qué un jirón de su peplo? ¿del peplo de Hipólito? Veamos: ¿el joven misógino usaba peplo? Porque ese tipo de manto era prenda típicamente femenina (la masculina correspondiente era el himation). Pues parece que sí, que no es ningún lapsus, porque luego lo veremos repetido. Diferentes eruditos –y eruditas, como la helenista escocesa Elizabeth Craick– se han fijado en esas minucias de léxico griego, que el lector moderno pasa por alto, sin darse cuenta de que el Hipólito que Eurípides sacaba a escena era un travestí. En su momento conoceremos algo de esas claves semánticas cargadas de sexo. Y de sexos, no en dual, sino en plural. Sexo recto, sexo oblicuo, inverso o de recambio, que el público ateniense dominaba a la perfección, en expresiones y gestos de los actores [2]. Dejando eso ahora, recordemos cómo el poeta latino Propercio (Elegías, 2, 1: 53) se burlaba de este mismo pasaje cuando escribió:

Aunque tenga que recurrir a los bebedizos de la ‘suegra’ [sic] de Fedra
(Seu mihi sint tangenda novercae pocula Phaedrae)

La propia Fedra se lo toma a guasa: 

– El tal filtro, ¿es de beber, o sólo de oler?
(Nodriza mosqueada) No lo se, hija. Es de usar, no de indagar.
– Temo que me estés saliendo demasiado lista.
– Tú sí que eres una apocada. ¿Qué es lo que temes?
– Que vayas con cuentos míos al hijo de Teseo.
– Déjame hacer, chiquilla. Estas cosas se me dan bien.

Sale la Nodriza, musitando una plegaria a Afrodita. El Coro rellena el intervalo entonando al Amor un himno de alabanza y de respeto, recordando sus hazañas terribles, amañadas por la diosa… Hasta que Fedra pide silencio, para que no se decaiga el espectáculo:
– Callad, mujeres. ¡Estamos perdidas!... Silencio he dicho, que pueda yo entender las voces de dentro.
El Coro:
– Ya callo. Pero lo que dices no augura buen comienzo.
– Lo dicho, mi perdición. Es el hijo de la ecuestre Amazona, Hipólito, que grita pestes a mi criada. La pone de correveidile que traiciona el lecho de su amo.
– ¡Horror! En tal caso, la traicionada eres tú, querida amiga. ¿Qué quieres que te diga? Tu Nodriza se ha ido de la lengua, y en efecto, estás perdida, traicionada por tu propia amiga.
– Así es. Ha aireado mis miserias. Con la mejor intención, ha aplicado la peor medicina a mi mal.
– ¿Y qué piensas hacer, desahuciada?
– No se me ocurre otra cosa que morir cuanto antes.

Entra Hipólito hecho una furia, con la Nodriza a los talones:

– ¡Madre Tierra! ¡Ámbitos del Sol! ¿Qué abominaciones estoy oyendo?
– Calla, hijo mío, antes que alguien te oiga gritar.
– ¡Cómo he de callar, oyendo lo que oigo!
– (Ella, zalamera, le toma del brazo) Te lo pido por este tu brazo diestro, tan bien formado.
– ¡No acerques la mano ni me toques el peplo!
¡Vaya! La que pedía como ingrediente para un filtro de amor un trocito del peplo femenino de Hipólito, ahora la muy bruja se lo soba, mientras piropea al cazador  por la bonita hechura de su brazo, con el pretexto de tomarle la mano diestra en señal de connivencia.
– De rodillas te lo pido, no me dejes tirada.
– ¿Y qué, si como pretendes, no has dicho nada malo de Fedra?
– Pero, muchacho, no es una historia para publicada.
– Lo bueno, cuantos más se sepa, mejor.
– Hijo, no te atrevas a violar el juramento.
La lengua ha jurado, el alma no está comprometida.
– Muchacho, ¿qué vas a hacer? ¿destruirás a tus seres queridos?
– Los aborrezco. Ningún malvado es para mí un ser querido.
– Comprende al menos. Errar es humano, hijo mío.

Hemos pasado por el verso 612 archifamoso, aquello de «la lengua ha jurado, la mente no».  En la entrada anterior ya vimos cómo esta agudeza euripidea, desde su estreno,  llamó la atención de antiguos y modernos. Aristófanes le sacó partido cómico. Aristóteles por su parte anotaba que este verso le costó al poeta una querella por impiedad (Retórica 3, 15). Era como un anticipo de la restricción mental de los casuistas. Visto así, Cicerón se nos hace jesuítico cuando atribuye a esa máxima valor legal, bajo ciertas reservas (Oficios, 2, 29): 
«Lo que se ha jurado de modo que el entendimiento concibe que debe hacerse, se ha de guardar. Lo no jurado así, si no lo cumples no hay perjurio. Por ejemplo, si a unos piratas se promete cierta suma por la vida, y luego no se les paga, no hay perjurio, aunque se haya prometido con juramento. Porque éstos no son enemigos justos, sino enemigos comunes de todo el género humano, con los que no compartimos palabra ni fe alguna. Porque perjurar no es jurar en falso, sino faltar a un juramento hecho de todo corazón y con las fórmulas de costumbre. Como dijo acertadamente Eurípides: Juró la lengua, la intención la tengo por no juramentada.»  
Según otros, Eurípides no le da ese sentido ético, ya que Hipólito de hecho no traicionará el juramento, aguantando la sospecha y la calumnia, hasta morir él mismo sin haber revelado nada. Lo que el poeta quiso insinuar fue un primer movimiento de Hipólito –un joven aristócrata que condescendido a la ligera con una esclava de baja moral–; pero luego recapacita y se contiene. Hay que atenerse a su propia declaración en este mismo sentido, tanto al final de su parlamento (vv. 657-658), como luego en la discusión con su padre Teseo (vv. 1060-1064). 
«Errar es humano», acaba de sentenciar la Nodriza filósofa. Errar/pecar, en griego es la misma cosa. La máxima que invoca la Nodriza es universal, pero para el joven, el justo, el impecable Hipólito, todo lo que hay de error/pecado en la humanidad se encarna en una sola persona: Fedra. Es como si a un loco-cuerdo, a lo Don Quijote, se le toca su tema. Y estalla, de qué modo:
–¡Oh Dios, las mujeres! ¿Por qué sacaste a luz para los hombres esa mala imitación? Si tu idea era propagar la raza humana, no hacía falta ese artilugio femenino. Bastaría con que los varones en tus templos, con un donativo de bronce, de hierro o de oro al peso, compraran la semilla filial, cada uno según el valor de lo pagado. Así vivirían libres en sus casas sin mujeres. Ahora en cambio, gastamos la hacienda doméstica al objeto de meter en casa esta plaga. 
Que la mujer es cosa mala, prueba al canto: El padre que la engendró y crió la traspasa a otra familia, incluso añadiendo una dote, con tal de de echar de casa la  peste. Y el que recibe en la suya el engendro se consuela como puede, vistiendo bien tan mala figura, que el infeliz adorna con un guardarropa que se come su fortuna. Y qué remedio: si emparentó con gente de pro, ha de poner buena cara a un matrimonio amargo; o al revés, si toma esposa buena, pero de suegros indigentes, vaya lo uno por lo otro. 
¿El mejor de los partidos? Instalar  en casa una mujeruca de nada, como quien pone un florero. Modosita y pobre de espíritu. ¿Espabiladas? A esas las detesto. No haya en mi casa mujer que se pase de lista, para su sexo. En esas suele sembrar la Cipriana su cizaña. La corta de luces carece de recursos para hacer locuras. 
A las mujeres no debería tener entrada el personal de servicio, y sí en cambio mudos animales de compañía, para que no tuviesen a quien dirigir la palabra ni de quien recibir respuesta. Ahora en cambio las malvadas traman dentro sus planes perversos, que las criadas se ocupan de airear fuera.
(Dirigiéndose a la Nodriza:)
Con que tú también, mala cabeza, has venido a negociar conmigo el lecho sagrado de mi padre. Tendré que purificarme lavando mis oídos  con chorros de agua pura. ¿Cómo podría ser yo tan malvado, si de sólo oírlo me tengo por impuro? Sábelo bien, mujer: mi religión te salva. Porque de no haberme cogido de sorpresa los juramentos de los dioses, nada me detendría para contárselo a mi padre. 
Por ahora me voy de casa, mientras dure la ausencia de Teseo, manteniendo la boca cerrada. Pero veré, cuando vuelva junto con mi padre, cómo le miráis a la cara tú y tu señora. Degustaré hasta dónde llega tu osadía. ¡Perdidas! Jamás me hartaré de odiar a las mujeres, aunque alguien diga que siempre me repito, pues también ellas son siempre malas. Que alguien las enseñe a comportarse, o déjeme a mí despacharme siempre contra ellas.
CORO:
¡Tristes destinos los de las mujeres! ¿Qué podemos argüir ni qué decir, si hemos sido incapaces de soltar el nudo?
Es todo lo que se les ocurre, ahora que se dan cuenta del enredo que ha montado la vieja. 
¿Y que podemos decir nosotros de la los exabruptos de Hipólito? Su tirada misógina (vv. 616-668) también ha hecho correr tinta. En primer lugar, su  propuesta de reproducción humana sin mujeres ya la había expresado el propio Eurípides en la ‘Medea’, aunque de forma lacónica, cuando Jasón le dice (Medea, vv. 573-575) 
–Los hombres deberían inventar otra manera de engendrar prole sin concurso femenino. Así el varón no saldría perjudicado.
Más explícitamente lo imitó Milton en El Paraíso perdido (vv. 888-). El pasaje es, obviamente, una de las citas citables del poema en el mundo anglosajón:
Oh, why did God,
Creator wise, that peopled highest Heaven
With Spirits masculine, create at last⁠
This novelty on Earth, this fair defect
Of Nature, and not fill the world at once
With men as Angels, without feminine?
Or find some other way to generate
Mankind? This mischief had not then befallen,
And more that shall befall; innumerable
Disturbances on Earth through female snares,
And strait conjunction with this sex.  Etc.
(¡Oh!, ¿por qué Dios, Creador sabio, que pobló el alto cielo con espíritus machos, creo al fin esta novedad en la Tierra, este lindo defecto de la Naturaleza, y no llenó de golpe el mundo con hombres como ángeles, sin sexo femenino, o discurrió otro modo de generar humanidad? Se habría evitado este infortunio (el Pecado Original), y más que caerán: trastornos sin cuento en la Tierra, por las trampas femeninas y estrecha coyunda con este sexo. Etc.) 
Y es que, según el Génesis y lo confirmó san Pablo, aquella Eva que de primeras dejó deslumbrado al simple de Adán vino a ser el origen de todo su infortunio, todo por culpa de la serpiente. Díganlo los gays, exentos de esa complicación, a mucho orgullo. Pues hombres, no es para tanto. Aquel desiderátum de Jasón y de Hipólito, por una reproducción asexual masculina, es ciencia-ficción, a diferencia de la partenogénesis. 
Pero volvamos al teatro, a ver qué nos trae Fedra.
«Estoy sentenciada», comunica al Coro. El daño que ha hecho la Nodriza entrometida no deja marcha atrás. Todavía ésta se disculpa y ofrece discurrir algo. Su ama la despide secamente:
–Basta de cháchara. Primero no me aconsejaste bien y mira a dónde me ha llevado. Si miras por ti misma, largo de aquí. Yo me las arreglo sola. Y vosotras, nobles hijas de Trezenas, encubrid con vuestro silencio lo que habéis oído.
Así lo jura el Coro:
–Juro a santa Artemisa, la hija de Dios, jamás sacar a luz nada de tus desdichas.
Ante este juramento de las féminas recordemos –siempre pensando en  Hipólito, el del peplo y los brazos torneados– que la devoción y culto a su adorada virgen santísima, era cosa más bien de mujeres, como estas nobles coristas.
Fedra recita su testamento. Le preocupa que Hipólito se sincere con su padre, y ella quede en pública deshonra. Todo su amor al hijastro se torna en odio.  Y para hacerle todo el mal posible dejará una nota diciendo que se da la muerte porque él la ha violado. Calumnia todo lo infame que se quiera, pero necesaria para mantener una reputación que, después de todo, ella se ha trabajado en secreto.
Al Coro este nuevo enredo le sabe mal, aunque de ahí no pasa. Bien intencionado –ya lo recomendaba Horacio [3]–; siempre curioso y hablando de cooperar, pero ajeno y cobarde, rara vez ayuda y nunca resuelve nada.
El Coro trágico no es el Volkgeist, el ‘alma del pueblo’ que algunos se figuran. Es más bien la opinión pública del grupo social que encarna. De hecho existen pueblos sin alma, pero que no les falta su coro. Por poner un ejemplo, recordemos, en el drama del terrorismo vasco, el papel coral de tanta gente ante las víctimas: «Triste cosa,  pero algo habrán hecho». 
Aquí las damas del Coro desean transformarse en gaviotas, para revivir por encima de las olas diversos accidentes trágicos de la mitología. Finalmente su periplo aéreo les lleva a Hesperia, con sus Columnas Terminales, allí donde se acaba la navegación porque el mar y el cielo se tocan. Paraíso terrestre, donde olvidarse de tanta miseria... Es un cuadro rítmico de relleno, mientras fuera de escena la heroína invisible procede a quitarse la vida. Ahorcamiento, según parece.
Estamos a mitad del drama. Buen punto para cerrar una jornada, por lo tarde que se ha hecho. Sin perjuicio de volver otro día sobre el resto. Pero eso ya depende del interés de las lectoras y lectores que se dejen caer por aquí.   
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[1] Tenerte: tenerte conmigo, viva; y poseerte, tener ascendiente sobre ti, manejar tu intimidad.
[2] Elizabeth M. Craick es especialista de primera línea en el Corpus Hipocráticum. Cfr. su artículo, “Language of Sexuality and Sexual Inversion in Euripides' Hippolytos”, Acta Classica, 41 (1998) 29-44. Sobre la materia en general, v. Prof. Juan Francisco Martos Montial (Univ. de Málaga), Bibliotheca Erotica Graeca et Latina (BEGL). Erotismo y Sexualidad en la Antigüedad Clásica. Ensayo de un repertorio bibliográfico.
[3] Arte Poética, v. 196: Ille bonis faveat, et concilietur amice (Esté de parte de los buenos y sea amigable conciliador).

Foto de cabecera: Hipólito leyendo el mensaje de Fedra acusatorio. Mosaico de Pafos. David Stuttard.



viejecita dijo:

Querido Profesor Belosticalle
He disfrutado muchísimo con su hilo sobre Fedra, aunque a mí, ella siempre me cayó fatal. Porque ¿ que culpa tenía el pobre Hipólito de nada ?. Que ella hubiera abjurado públicamente, tanto de Afrodita como de Artemisa, y luego se hubiera suicidado, me hubiera parecido bien. Pero ¿ acusar al pobre Hipólito ?
Comprendo también el odio de Afrodita hacia Artemisa, y por tanto , a Hipólito, Que ya sabemos que Afrodita era “mala con avaricia” , y que le importó un pepino que por su culpa se organizara la guerra de Troya y murieran tantos Héroes…Pero, ¿por qué envenenar de ese modo a Fedra ?
Y, otra cosa ; Esa manía de las casas aristocráticas, de ponerles viejas nodrizas “del pueblo” a sus hijas, me parece funesta. Que “el Honor” en esas familias aristocráticas no tiene nada que ver con el “comamos y bebamos que mañana moriremos”, de las clases populares, y esas nodrizas hacían un daño irreparable a sus “niñas”.
Porque, otro caso clarísimo de nodriza metepatas ( y de fraile igual de metepatas ), lo tenemos en Romeo y Julieta, y eso que es bien posterior…