domingo, 30 de mayo de 2021

El Imaginario Enfermo (5)

 La Hora de la Verdad

'Hombres del Santo Oficio', de J.-P. Laurens
 
Cualquier estudioso de procesos inquisitoriales advierte una constante en casi todos ellos: la confianza que los propios inquisidores ponen en sí mismos. Todo  juez prudente conoce sus limitaciones humanas. “Siempre que no sea un inquisidor”, hay que añadir. Como si la patente del Santo Oficio tuviese la virtud de transustanciar a mortales en inteligencias superiores, en un estado de gracia –o ‘gracia de estado’–   inmune a la duda. Nuestro fray Enrique Kramer fue espécimen egregio en ese sentido.

¿Y cómo no? Su libro de cabecera fue el Directorio de Inquisidores (h. 1376), obra de su cofrade el catalán Nicolás Eymerich (Gerona, 1320-1399). Tal vez fray Enrique reconoció en fray Nicolás un alma gemela, en lo individualista, cabezudo y conflictivo [1]. Pues bien, Eymerich en su libro se hace una pregunta crítica, a la que responde en plural de autoridad [2]: 

– ¿Qué tal debe ser el inquisidor? 

– Respondemos que el inquisidor debe ser: en la conducta, honesto; en la prudencia, circunspecto; en la constancia, firme; en la doctrina de la Fe, instruido sobresaliente; y en fin, de virtudes entibado todo en derredor.

Según eso, dar con el inquisidor no ya perfecto, dejémoslo en pasable, era más difícil que encontrar a la ‘mujer fuerte’ del sabio  Lemuel (Proverbios, 31: 10). Ni Eymerich, ni por supuesto Kramer pudieron prestar sus cabezas a ese retrato acéfalo ideal, que sin embargo todo inquisidor hacía suyo, junto con la patente que tanta perfección le confería.

Conviene tener esto presente para entender el proceder de Kramer en su inquisición de Innsbruck (1485-1486). Como decíamos, allí dedicó los meses de septiembre-octubre del 85 a la instrucción del sumario. Los interrogatorios los hacía sin moverse de su posada, en el ‘Hotel Rumler’, para mayor discreción.

 Pero ya el 7 de octubre, con las siete mujeres presas y entre declaraciones que salpicaban a la corte del Tirol, un alarmado Segismundo, temeroso de que el Inquisidor se propasaba, escribe de amigo a amigo al obispo Jorge Golser pidiéndole designe un comisario episcopal para el proceso de las brujas. Cosa que también él hizo a instancia del obispo. Se trataba de «irle a la mano al inquisidor, quitarle la iniciativa en los procesos y dar carpetazo cuanto antes al desgraciado asunto».

Sabiamente el obispo de Bresanona eligió a dos eclesiásticos discretos, capaces de apreciar los excesos del fraile, pero de segunda fila, que no hiciesen sombra al hombre del Archiduque. Era este el Dr. Pablo Wann, canónigo de Passau traído para el caso. Wann era una eminencia en Teología y púlpito. Muy amigo de dom Conrado, el abad de San Quirino de Tegernsee y consejero de Segismundo, crítico acerbo de Kramer y sus procedimientos. Por carta de Wann al abad (21 de octubre) sabemos que Kramer, a su llegada, acudió a visitarle, solícito y obsequioso, y que «tocaron mil cosas interesantes, con mutuo entendimiento». Pero el canónigo caló pronto al fraile ansioso de tenerle de su lado, y marcó distancias.

Wann le contaba también a dom Conrado cómo, a raíz del encuentro, estuvo ocupado con un libro pasado de moda pero relanzado por la imprenta en 1480. ‘El Hormiguero’ (1437) era el título insulso que daba cobijo a un repertorio de ‘ejemplos morales’ predicables a la vieja usanza, y en este sentido podía resultar curioso para un orador ‘moderno’ como era el canónigo, pero no hasta punto de leerlo, anotarlo y hasta improvisar un índice de materias. ¿Tan alcanzado andaba de caudales oratorios el Dr. Wann, para beneficiarse de aquellas historietas y apólogos pueriles mal hilvanados? Claro que no.

El Hormiguero lo compuso un dominico llamado Juan Nider, un teólogo que se movió a sus anchas en el embarullado concilio de Basilea. Un concilio que no invitó al Diablo a sus sesiones, pero el muy maligno se coló de rondón, al tiempo en que tomaba cuerpo una nueva visión de la brujería como herejía satánica. Así Nider en su fabulario mostraba los artificios del demonio para engañar a la gente con visiones y apariciones, sueños y pesadillas, golpes en la pared,  transformaciones, traslaciones y otros embelecos, o con filtros de amor y de odio etc. En suma, ‘poderes’: «Todo esto y más te daré si reniegas de tu fe y postrado me adoras».

“... relaciones sexuales y cuasi maritales entre íncubos y brujas…” Agencia y registro matrimonial satánico-brujesco (En portada del libro Hexenwahn, de H. Rabanser)

Pero la traca final (libro 5) va de las relaciones tan particulares entre demonios y humanos, sobre todo mujeres, y de modo especial las jóvenes de hermosa cabellera: relaciones sexuales y cuasi maritales entre íncubos y brujas, generadoras de prole maldita a modo de Contra-Iglesia y Pueblo del Diablo. El viejo maniqueísmo, remozado como satanismo y sustanciado por Nider a base de ‘casos’ pretendidamente reales, dentro de la ambigüedad consustancial al morbo de ese mundo fantástico [3]

La fuente principal de información para Nider en materia de brujas fue (según él) un juez seglar de Berna, de nombre Pedro a secas, aunque «fidedigno y experto» en ellas. De su boca oyó gran parte de lo que cuenta, incluido el atentado grave que sufrió por maleficio de una bruja y cuatro brujos, rodando escaleras abajo, paranoia pura. Otro de sus informadores fue dom Benito, monje benedictino en Viena, que antes de su ‘conversión’ y toma de hábito había sido nigromante y juglar, en los que sirvió como gentilhombre de placer a varios nobles, valiente pájaro. Impresionante [4].

Teniendo en cuenta que Nider era fuente principal de inspiración para Kramer, no es temerario suponer de dónde le vino a Wann el interés repentino por El Hormiguero, a la hora de prepararse para abortar la caza de brujas tirolesas. No tenía más que comparar los ‘ejemplos’ del libro con el proceso instructivo de Kramer y la materia de sus preguntas a los testigos y a las mujeres presas.


Una comedia de enredo

El 21 de octubre el inquisidor dio por terminadas las pruebas testificales. De todo ello pasó a la Corte y al Obispado los informes que estimó oportunos, siempre a su estilo de presentar las cosas como él se figuraba que eran más aceptables.  También tomó sus notas y dejó instrucciones a su adjunto inquisidor (que no era Jacobo Sprenger, ya lo vimos), con vistas a las pruebas del juicio oral. Este material nos ha llegado sólo en parte, en alemán, latín o mezcla, y algo hemos visto para hacernos idea de lo que las acusadas podían esperar de tal hombre. Todavía podremos ver más, si somos amigos de sorpresas, pero ahora sigamos con el relato.

Recordamos que Kramer centró su acusación en la persona de Elena Sheuber, y en torno a ella organizó la instrucción del sumario femenino como causa única colectiva. Sobre la Scheuberina pesaba imputación de maleficio y sospecha de asesinato en la persona del Portero del condado, el caballero Spiess. Su mujer, Ana Spiess o la Spiessina, pasaba por ser querida del archiduque Segismundo, o al menos tuvo con él un largo affaire, como también  reconocida influencia en la política cortesana hasta el verano de 1487.

Todo esto relacionaba la inquisición de Kramer con la corte de Segismundo, por lo menos de manera circunstancial y fortuita; lo que lleva a preguntar si hubo más que circunstancia, incluso si fray Enrique ya vino con la idea de meter la nariz en el círculo más íntimo de Segismundo, tal vez invitado por éste.  Es la tesis del especialista tirolés  Manfred Tschaikner, con base documentada y de suyo verosímil, aunque algo complicada. La foto-documento que publica en uno de sus artículos no puede ser más elocuente como muestra, pero sin más acceso a las fuentes que él maneja no es posible formar juicio, por lo que me remito a su autoridad en la sustancia [5]. No perdamos de vista que es una historia de intriga y rivalidad cortesana y política, con sus dimes y diretes contradictorios: un terreno donde el novelista se desenvuelve más seguro que el historiador.

A su vez, la supuesta intriga brujeril se enmarcaba en la inestable situación política del Tirol, debido a la falta de sucesión legítima de Segismundo unida a su decadencia física y mental, que llevaría a su destitución-abdicación. Si fue así, revelaría un Kramer aventurero que no desdeñaba meterse en política poniendo en juego el prestigio del Santo Oficio. 

De todas formas lo que he podido allegar hasta ahora parece algo confuso. Por ejemplo, la personalidad del marido de la Spiessin, fallecido el año anterior 1484: 

En los protocolos procesales de Innsbruck figura como el caballero Jorge Spiess, destituido de su cargo de Türhütter o Portero por Segismundo por asunto de celos a cuenta de su mujer Ana Spiess, y muerto bajo sospecha de maleficio de la Scheuberin en el Carnaval (martes, el 2 de marzo). 

Consta, sin embargo, que el marido de Ana Spiess (nacida Senng) repondía a otra ficha muy diferente. Su nombre no era Jorge, sino Leopoldo, no murió en carnaval ni envenenado, no perdió el empleo de portero, que nunca tuvo, ni cayó en desgracia de su señor por su señora, más bien al contrario, todo indica que se la prestó a interés, si no a gusto.  Ana Spiess pasó a la croniquilla tirolesa de los Habsburgo como una de las damas peor afamadas y nefastas de la historia del país, lo que se dice una bruja [6]:


«Ni los mejores jabones moriscos podrían limpiar a esta mujer, en cuya condena coinciden todos los contemporáneos: la Spiessina pasaba por ser la animadora de los más locos sainetes representados ante el crédulo Archiduque. De joven maitresse de Segismundo pasó a ser provecta celestina de sus innumerables aventuras amorosas 

Ya en 1450 aparece Anna Senng(in) como mujer de Leopoldo Spiess, caballero con pretensiones nobiliarias, de una familia curtida en el servicio a linajes con empleos. El suyo primero en corte fue el de mayordomo de la primera mujer de Segismundo, Leonor de Escocia, cargo que mantuvo con la segunda esposa Catalina hasta poco antes de morir. También tuvo a su cargo el palacio-fortaleza de Thaur (desde 1481 aparece como mariscal en funciones). Además fue miembro del Consejo de Segismundo. Desde 1474 desempeñó varias embajadas en Baviera y Sajonia.

Consejo y mayordomía hicieron a Spiess sentirse importante, lo que le llevó al error político de entrar en connivencia con el Archiduque Alberto de Baviera. Con la muerte de tan sufrido consorte (27 de agosto 1484), una alegre viuda  Ana Spiessin pudo dar rienda suelta a su pasión por la intriga. Según parece, pasó a vivir en concubinato con el mayordomo de corte Ulrico de Goeggingen, a juzgar por un texto latino que dice: «Foemina fuit in Hallae die Spiessin, quae cum marito suo dicto Geckinger dissensionem excitavit inter Principem eiusque uxorem» (Hubo en Halle una mujer, la Spiessin, que con su marido el dicho G. malmetió entre el príncipe Segismundo y su mujer Catalina.) La relación en segundas nupcias puede excluirse, al no usar ella el apellido de su supuesto segundo marido, que al parecer era casado.

La Spiessin quedó en posición desahogada. Segismundo le hizo merced de la Casa de Schernstein, «en atención a los servicios prestados por su difunto marido» (sic); y en cuanto a sus pleitos contra Hamman von Rinach, el Tesoro la compensó con creces, de modo que pudo entregarse a sus enredos de Corte, dando así pie a los enemigos del régimen para su estrepitoso derribo».

De modo y manera que Ana Spiessin sembró cizaña en el feliz matrimonio del sesentón  Segismundo con la jovencísima Catalina de Sajonia. ¿Cómo así? Una de las imputaciones del bando pro austriaco contra los consejeros ‘desleales’ (naturalmente, los pro bávaros) era haber persuadido al archiduque que tanto el emperador como Maximiliano maquinaban envenenarle por mano de Catalina, señalando como inductora principal a la Spiessin. La noticia no habla para nada de maleficio, aunque más tarde también se dijo que la mujer también montó en palacio su comedia de magia para trastornar al pobre  Segismundo con voces del más allá que salían de una estufa o de las paredes. Pero ejercer la hechicería personalmente no estaba bien visto en personas de calidad, que para eso contaban con brujas dedicada a ello, como la Scheuberina y demás mujeres capturadas por Kramer. 


Volviendo ahora a la versión que implicaba a Kramer en la intriga cortesana, estos son los datos, según Tschaikner:

Visto el interés especial de Segismundo por el proceso incoado por el inquisidor, al personarse en el mismo no mediante uno de sus juristas de nómina, sino por el restigioso Dr. Wann, el propio Kramer trató de involucrarle más directamente poniéndole delante a las brujas como un peligro real para su graciosa persona.

Declaración del portero J. Ott sobre manejos del 'monje' (Kramer). M. Tschaikner, 2014


«Es lo que documenta un protocolo de confesión del ex Portero del Principado, Jörg Ott, despedido del servicio por su disgusto con Segismundo, al haber mostrado éste un interés sexual directo por su mujer legítima. El dicho tuvo que dar explicaciones tiempo después, por haber advertido al Archiduque que no comiera en compañía de Ana Spiessin. En relación con ello, ésta fue la explicación del ex Portero:

“Cuando estuvo en Innsbruck el monje [Kramer], el que puso presas a las mujeres por brujería”, cierto día le ocurrió que no tuvo entrada al Archiduque, “porque no tocaba”. En vista de lo cual, el mismo encargó al dicho Portero “que previniese a su Graciosa Señoría contra estas cuatro cuatro mujeres… [aquí dijo sus nombres]..., que se habían confabulado contra su Gracia, de modo que su Gracia no debía comer con la Spiessina, pues de hacerlo, ellas le habrían muerto de forma ignominiosa. Incluso habían cortado de un crucifijo un trozo de madera para ponerlo a su Gracia en la comida.” 

En la misma ocasión el Inquisidor manifestó también al Portero cómo “las cuatro mujeres le había hecho saber que en todo ello seguían instrucciones de la Spiessina, la cual,  como mujer de confianza de Segismundo, les enseñó también la receta mágica.” 

Incidentalmente explica el documento cómo el Archiduque solía hacerse preparar por aquella mujer gobios cocinados con ensalada de lúpulo. Tal vez nos cueste imaginar  lo peligroso de condimentar aquel guisado con raspaduras de una cruz bendita. En compensación, es fácil de entender el enredo que se traía el hermano Kramer en las intimidades de Segismundo.»

En una versión reelaborada del mismo trabajo (2018), Tschaikner introduce variantes menores, salvo una notable: omite el motivo de los celos del Portero contra el rijoso Segismundo. Creo que hace bien. Dicho motivo, que figura en la versión procesal de Kramer atribuido al difunto marido de la Spiessin, sería un doblete o préstamo sin sentido en el nuevo documento donde habla otra persona viva.

El Portero sigue llamándose Jorge, pero aparte del nombre de pila y el cargo, los otros datos son incompatibles. «Cuando el monje Kramer viene a Innsbruck», Jorge Spiess marido de Ana Spiessin ha muerto. En cambio Jorge Ott testifica vivo en 1487 sobre cosas pasadas,  y el nombre de su mujer no se dice. El incidente que cuenta este Portero (o ex Portero) es creíble, o al menos verosímil. Por el contrario, lo de Jorge Spiess era infundio, pues el marido de Ana Spiessin se llamaba Leopoldo, no murió en carnestolendas, sino en agosto, y su empleo en corte no era de Türhütter (custidio de Puerta), sino de Thaurhütter (custodio de Thaur), aunque suene parecido. Thaur era el nombre de un fuerte-palacio, hoy sólo ruina pero todavía joya romántica en el XVIII, sobre la misma localidad próxima a Innsbruck.


Castillo-Palacio de Thaur (Tirol). Evocación romántica y ruina actual de la Gran Puerta (TripAdviser)

Sea como fuere, los interrogatorios del ‘monje’ y su cosecha chismográfica con el señuelo de los 40 días de indulgencia habían tomado un sesgo que, aparte de preocupar a la Corte, sacudió la opinión pública. Por ello el 21 de octubre, una semana larga antes de abrirse la vista oral, el obispo prevenía al archiduque extremar el control sobre Kramer, a la vez que escribía a éste recordándole el secreto del sumario y la obligación de mantener secretos los nombres de los denunciantes. Por su parte, el Dr. Wann transmitía a su amigo el abad de San Quirino el estado de cosas: 

«Hay gran clamor popular, se burlan de las excomuniones. Al inquisidor esto se le ha ido de las manos, y la confusión creada podría volver las cosas más en su contra. Si el obispo Golser antes estuvo a su favor, hay que reconocer que hoy piensa diferente. De las mujeres implicadas en libertad condicional, las hay desaparecidas, otras que se niegan a comparecer…» 

También decía Wann que, como experto en Derecho eclesiástico, había despachado una consulta del Archiduque y su Consejo de modo que les agradó y le agradecieron mucho. ¿De qué se trataba? Curiosamente, coincide que Kramer en sus apuntes toca una preocupación imprevista: las mujeres imputadas tendrían abogado defensor – un detalle que, ya se sabe, no entraba en los usos y maneras del Santo Oficio. Y en fin, otro jarro de agua fría: el sermón del domingo 23 de octubre a la misa mayor, previo a la apertura del juicio oral, no  lo pronunciaría él como inquisidor, sino el recién venido y ya estomagante Dr. Wann. ¿Qué nuevos desaires aguardaban al pobre fray Enrique?

Efectivamente, aquel domingo el canónigo de Passau predicó al pueblo explicando la inquisición emprendida contra brujerías y demás supersticiones en el sentido correcto deseado por el Papa, procurando salvar la reputación de la Santa Sede comprometida por la dichosa bula, así como reparar la honra de tantas personas al albur de meras sospechas, aunque sin nombrar a nadie. Qué pudo decir sobre la conducta de Kramer, no consta pero el mismo predicador había escrito a su amigo dom Conrado: 

«Haré lo posible por salvarle la cara a este padre inquisidor, de modo que no se le mate en su fama, como algunos piensan (ne… tamquam aliqui credunt, in fama sua mactaretur).» 


El Inquisidor y la Mujer

Lo que ocurrió el sábado 29 de octubre de 1485 por la mañana en la Sala Grande de la Casa de Concejo de Innsbruck, designada para la vista del juicio «in causa Inquisitionis contra certas mulieres detentas» se ha historiado y contado de varias maneras, como también se ha novelado y llevado a escena. Yo no tengo elementos de juicio para decidir lo que más se acerca a la verdad. Una verdad que, por otra parte, se resume en esto: Kramer se vio metido en una encerrona que dio al traste con sus planes como inquisidor en su campaña tirolesa.

Dejando de lado la novela y el teatro – y no por menosprecio, sino por atender primero a la historia documentada–, la vaga noticia sobre el particular tomó forma concreta con el hallazgo casual de un legajo en el Hofarchiv de Bresanona por el canónigo regular Hartmann Ammann, que publicó sus resultados en 1890 [7]. El material, aunque incompleto, abría una perspectiva nueva sobre esta salida y aventura de nuestro andante inquisidor, que salió descalabrado pero también espoleado a publicar su libro, El Martillo de brujas. Y esta fue la importancia añadida del feliz hallazgo, dar una clave sobre el origen y motivo de esta obra infame. A partir de ahí iría apareciendo una serie de versiones matizadas, hasta que ya en el presente siglo nuevos materiales han permitido corregir, puntualizar, completar extremos y aventurar hipótesis. Aquí veo muy interesante la reelaboración de Manfred Tschaikner en 2018. A su esquema me atengo con libertad para esta reconstrucción por vía de ensayo [8].

El 29 de octubre en Innsbruck, cuando Kramer con su equipo se presentó en la Sala Grande de la Casa de Concejo para abrir como juez la etapa decisiva del proceso encontró un escenario muy distinto del que él como Inquisidor se figuraba. Él ya estaba avisado de la necesidad de compartir mesa. Después de todo, en aquellos tiempos la pugna competencial entre jurisdicciones era el pan de cada día, y más frente al Santo Oficio que en muchas partes era visto con antipatía. Pero eso nada tenía que ver con lo que veían sus ojos.

De un lado estaban las representaciones del Obispo y del Archiduque. Al obispo le representaba dos curas, uno de ellos vicario general diocesano in spiritualibus, Cristián Turner, que por dignidad ocupaba la presidencia. Segismundo aportaba al Dr. Wann y a un Bartolomé Hagen escribano de Innsbruck. Enfrente, del otro lado, aguardaban los asientos asignados a Kramer, sus tres ayudantes dominicos, más otros dos de refuerzo que él mismo designó, y su escribano particular llamado Kanter. En semejante tribunal mixto a tres bandas –en realidad a dos, porque contra la inquisición jugaban juntas la justicia episcopal y la civil– Kramer no ostentaba la presidencia. El papel que se le asignaba era de fiscal, que como inquisidor no le era extraño, aunque cediendo la máxima judicatura velis nolis al obispado local en la persona del vicario Turner.

Hay que reconocer el aplomo de un Kramer que, sin hacer reclamación alguna, ocupó su puesto dispuesto a hacer su trabajo. Seguramente recitaría la jaculatoria lema del Santo Oficio, el secreto de la seguridad de los inquisidores [9]:

Exurge, Domine, et iudica causam tuam!

(¡Arriba, Señor, y juzga tu propia causa!)

Tras la invocación preceptiva de los presentes al Espíritu Santo, Kramer tomó la palabra para ratificar, bajo juramento, que «más de un centenar de hombres se le habían ofrecido a testificar contra las siete mujeres encarceladas,  y en especial contra una de ellas, Elena Scheuber». Recordó también el recibimiento ofensivo que ella le hizo en público y sus desaires, no sólo faltando a sus sermones sino criticándolos abiertamente como herejías. Ella, la Scheuberina, bien conocida de todos en la ciudad. A esta mujer citaría en primer lugar. 

Tomado juramento a la acusada de decir la verdad, Kramer procedió a interrogarla: quién era, si condición y forma de vida. Elena dijo ser nacida y criada en Innsbruck, ocho años casada con Sebastián Scheuber, y que hasta entonces había sido de conducta honesta.

A esto el inquisidor, tras recordarle su juramento, se interesó por su vida prematrimonial: en qué circunstancia concreta perdió su virginidad y que tipo de experiencias sexuales había tenido de soltera, con otros secretos igualmente delicados que levantaron rumor en la banda de enfrente. El comisario episcopal Turner tomó la palabra para interrumpir a Kramer en su interrogatorio y rechazar sus preguntas por impertinentes, advirtiendo que, de continuar el señor inquisidor por tal camino, él abandonaría la sala.

Si el amonestado fiscal hizo algo por enmendarse y enderezar su rumbo, en la sala nadie lo notó. El tono cada vez más subido de sus preguntas íntimas en relación con las declaraciones de testigos, el acoso a la mujer, el coro de siseos y cabeceos in crescendo, entre gestos de impotencia del escribano incapaz de seguir el hilo sobre el papel, obligó a Turner a llamarle al orden de nuevo, a dónde quería ir a parar con aquel examen de conciencia sin orden ni concierto. Por lo cual ordenó un receso para que el Inquisidor con su gente trazaran un esquema de preguntas ajustadas a derecho. Disponía de tiempo hasta las once horas de la mañana. Con esto levantó la sesión.

Lo que que había pasado por la cabeza de Kramer no consta en actas. Por sus notas se conoce su estrategia, a primera vista extraña, de relacionar una moral femenina laxa con afinidad al demonio y más probable relación de la mujer con los íncubos descritos por Nider en El Hormiguero anotado e indexado por el Dr. Wann. La dificultad de tal hipótesis estribaba en demostrarla en juicio, a menos que  la mujer confesara. De ahí el acoso que Kramer forzó al mímite, envalentonado al comprobar que la protesta prevista de un abogado defensor no se oía por ninguna parte.


Volviendo a la estrategia de mezclar inmoralidad con brujería y satanismo en la conducta disoluta de Elena Scheuberin, la cosa toma sentido si entendemos que el inquisidor estaba tratando a esta mujer como la sustituta expiatoria de la verdadera culpable, o sea, la intocable e impronunciable Ana Spiessin, y que así lo entendía toda la sala. La confesión de la bruja menor, la Scheuberina, implicaría la denuncia y acusación de la Spiessina, la grandísima bruja que estaba poniendo la corte de Segismundo y el país en manos de Satanás, como paso previo de entregarlo a Baviera. 

Ahora bien, iban a dar las once y había que volver a la sala con una hoja de preguntas para salir del paso. Sin abogado defensor de la mujer, ¿a qué cambiar de estrategia? Un poco más, y las dos piezas de brujas, la pequeña y la grande, eran suyas. Otro poco más, y hasta yo mismo imagino a la Spiessin a solas con Segismundo, brindando los dos entre carcajadas por el éxito de su trampa tendida al fraile cazador majadero.

A las once en punto

De vuelta en la Sala Grande, entregada la hoja con el orden de preguntas a la presidencia, Kramer se disponía a terminar con su primera acusada, cuando al son de las once  campanadas se adelantó un individuo anunciado como Juan Merwart, Licenciado en Decreto y Doctor en Medicina, que se personaba como abogado defensor de Elena Scheuber y de las demás mujeres detenidas. Así constaba por los poderes que el recién llegado presentó al notario Hagen y este registró. La estrategia del recién llegado –que hizo gala de saberse al dedillo el ‘registro’ o documentación transmitida por Kramer a la corte tirolesa– fue denunciar lo irregular del proceso y luego ir desmontando en cinco puntos, por defectos de forma y fondo, todo lo construido por el inquisidor hasta el momento. 

Desde la citada publicación de Ammann sobre el Proceso a las brujas de Innsbruck (1890) se ha repetido mucho lo del ‘misterioso’ doctor jurista que jugando fuerte puso patas arriba el tinglado de Kramer. En efecto, el descubridor de los documentos, H. Ammann, le presentó como Johann Marwais von Wendingen, un total desconocido, que sin embargo se hizo con las riendas del proceso hasta hacer anular lo actuado hasta su llegada. 

El tal misterio era sólo el resultado de una mala lectura, que finalmente M. Tschaikner resolvería identificando al personaje como Hans Merwart de Wemding –ciudad entonces bajo dominio bávaro–, documentado como estudiante y licenciado de artes y medicina en Viena (1450, 1454), y lo mismo de Derecho canónico en Basilea (1467). Se conoce incluso algún libro suyo, así como su intervención como especialista en pleitos difíciles de derecho eclesiástico. No sólo era conocido en la corte de Segismundo, sino probable pariente de Ulrico Molitor (o  Müller), uno de los juristas del archiduque y autor de un diálogo muy famoso por sus grabados arriba citado, Sobre las lamias y mujeres pitonisas (1489), publicado poco después del fiasco de Kramer en Innsbruck y la aparición del Malleus maleficarum [10].

«Nulidad, explicó el jurista médico, por ser contra derecho por parte de Kramer haberse excedido en su competencia, tanto en la materia de sus preguntas ilegales como en lo procesal por su su interrogatorio desordenado –todo ello en ausencia de abogado defensor–, así como por la detención también ilegal de la procesada ya en la fase de instrucción y antes de incoarse el proceso propiamente dicho. Otrosí había omitido contar con un notario, si no público jurado, al menos enviado o aprobado por el obispo. Kanter, el ‘notario apostólico’ traído por Kramer para sus interrogatorios, no cumplía los requisitos, según el abogado. ¿Acaso era un intruso? Posiblemente, pues el propio Hagen, el notario imperial de la ciudad, en su protocolo, se refiere a él como ‘asserto notario’ (que se decía notario), tal vez ni apostólico ni notario. 

El alegato redujo al inquisidor a la condición de «juez suspecto», desde que no se atuvo a la bula papal. Por lo cual el abogado proponía traspasar la función de juez al obispo de Frisinga, su deán y su vicario general. ¿Qué hacer entonces con Kramer? Merwart exigió al comisario episcopal Turner nada menos que «recibirlo en custodia», un eufemismo para decir que lo metiera en prisión cautelar. 

A partir del momento, el defensor reconocía a Turner, como delegado del obispo local, la competencia de «administrar la justicia», y así lo pedía él para sus defendidas. Ahora bien, como tal administrador, que no juez, las respuestas de ellas a Turner se harían «en privado», no a la manera del inquisidor Kramer; a quien ya ni  Elena Scheuberin ni las demás le debían respuesta, ni tenían por qué dirigirle la palabra. 

Desde luego, Kramer se empeñó en seguir como juez único del caso; y en vista de que Turner no le metía preso, Merwart manifestó que apelaba a la Santa Sede. Con lo cual, Turner y Kramer acordaron tomarse un par de días para pensarlo: el comisario episcopal, para estudiar las objeciones y réplicas de la defensa; y el inquisidor para hacer lo mismo sobre la amenaza de apelación.» [11] 

Innsbruck dista de Bresanona unos 100 km, y dos días daban tiempo a Turner para consultar por correo con su superior sobre la situación sobrevenida. Un punto especialmente delicado era la propuesta o amenaza del abogado en el sentido de traspasar el caso a un tribunal eclesiástico ajeno neutral, formado por el obispo de Frisinga (en Baviera), su Deán y su Vicario General: un desaire a Golser y una forma de presionarlo para un pronunciamiento contra Kramer, que surtió efecto como vamos a ver.

La siguiente y última sesión tuvo lugar el 31 de octubre, pero ya no en el Consistorio sino en casa de un burgués particular. Ante la negativa de Kramer a entrar al envite del recurso a Roma, el abogado se crece y requiere a Turner pronunciarse sobre todo el procedimiento anterior del inquisidor, si se ajustaba a Derecho o no, en cuyo caso negativo pedía la nulidad del proceso. 

A esto el comisario, respaldado sin duda alguna por el obispo, responde anunciando que va a emitir una interlocutoria o decisión provisional, en el sentido de que el procedimiento del inquisidor fue «contrario al orden jurídico, y habida cuenta de cierta parte de las  objeciones del abogado, era nulo», y por tanto las mujeres debían quedar en libertad. Ahora bien, salomónicamente, «en evitación del escándalo y clamor popular», ellas quedaban comprometidas a someterse a nuevas inquisiciones o purgación canónicas. Nada, pues, de absolución plenaria, la acusación seguía pendiente y sólo se anulaba lo actuado.

La decisión de Turner mereció el aplauso de Merwart, y más cuando el comisario episcopal revocó «las letras de admisión en causa de inquisición» que el obispo Golser había extendido a favor de Kramer. Y al negarse éste a entregar la documentación correspondiente, Turner hizo registrar la negativa por el notario. Con tal revocación Golser conjuraba el fantasma de una intromisión foránea bávara, como era la del obispo de Frisinga, en territorio tirolés de su jurisdicción. El órdago de Merwart era elocuente de su respaldo por el archiduque Segismundo, a quien Golser debía su mitra y que políticamente tenía la última palabra, siquiera la tuviese empeñada en poder de la Spiessin y el partido bávaro. También hizo gala el abogado de conocer las peculiaridades del ordenamiento inquisitorial, en lo tocante a defensa de los delatados, recusación del juez inquisidor y apelación del mismo; de todo lo cual trata el Directorio de Eymerich.

Con todo, es probable que la audacia de un jurista seglar frente a un inquisidor y un comisario episcopal produjese cierta maravilla, por ejemplo en los notarios que tenían que sustanciar cosas que se salían del camino trillado, pero no sólo en ellos. Intervino entonces como cerrando el debate el D. Wann como representante del archiduque, explicando al notario Hagen y a los testigos cómo Segismundo le había recomendado («a mí y a los demás doctos») en todo lo tocante al proceso un respeto exquisito a la honra de la fe y de la Santa Sede, tejiendo el elogio de tan cristianísimo príncipe en este sentido. Y por último, una buena noticia. Respecto al punto siempre delicado de las costas del proceso, Segismundo corría con todas, incluido el gasto del Inquisidor y su gente, más el de las mujeres presas y sus custodios. No se comprometía en cambio para un nuevo proceso, en caso de haberlo.

Tres días después, jueves 3 de noviembre, en la misma Sala Grande testigo de su bochornoso interrogatorio, Emilia Scheuberin y compañeras de brujería se prometían disponibles para un nuevo proceso, de ser requeridas, antes de salir en libertad [12]


Hubo que echarlo

La derrota jurídica sin paliativos de Kramer se puede atribuir sin dificultad a la conjunción de tres personas empleadas para el caso por Segismundo: el Dr. Pablo Wann y el jurista-médico Juan Marwart, junto con la presumible acción a distancia de dom Conrado Abad de Tegernsee. Más sutil fue el papel femenino en lo psicológico, aunque yo he preferido usar el término ‘descolocado’, porque de derrota en este sentido no puede hablarse para un individuo que estaba ultimando su mamotrético Martillo de Brujas, precisamente contando a su manera con naturalidad y sin estridencias sus actuaciones en Ravensburgo y sobre todo en Innsbruck, con elogios para el archiduque Segismundo y el obispo Golser, que era el modo de vender su desaire como acierto total y gran victoria.

Muy errados iríamos también imaginando a un fray Enrique abatido tras el revolcón. Al contrario, la sola idea de que la libertad de sus presas era sólo condicional y pendiente de nuevo proceso animó al correoso y suberoso inquisidor a no moverse del sitio, y bien parece que sin pérdida de tiempo se disponía a fabricar nuevo tinglado de testimonios, más que en contra de las mujeres, en favor de su propio imaginario enfermo.

Recordemos cómo el abogado Merwart exigió del pro-juez Turner la prisión preventiva inmediata de Kramer bajo sospecha de prevaricación. Una exigencia exorbitante y que de antemano contaba con la negativa de Golser, que habría quedado muy mal ante Roma arrestando en su diócesis a un inquisidor con bula papal sólo por la sospecha muy discutible de un simple abogado seglar – bastante haría Golser revocando sus letras de acogida a Kramer. Éste hizo, como siempre, la lectura que le convino y no se dio por desautorizado para seguir con su plan. 

Incluso se permitió ignorar las primeras advertencias que le llegaron. La primera, el 8 de noviembre, a pocos días de su descalabro, fue un documento que el archiduque le entregó, por el que le recordaba la inminente expiración de su salvoconducto en el país, que le había sido concedido en diciembre del 84, valedero por un año. Tschaikner compara el laconismo del documento de despedida «a fray Enrique Institoris, de la orden de Predicadores, Inquisidor y doctor en Sagrada Escritura» con el saludo florido y caluroso del salvoconducto, para reconocer una declaración implícita de persona minus grata, sin ser un ultimátum [13].

Quien sí fue explícito en su invitación a despejar el campo fue el obispo Golser, que el 14 de diciembre le escribe en estos términos [14]:

Venerable Padre: Tengo entendido que algunas personas están irritadas contra Vuestra  Paternidad, por lo que me hago un deber de avisar a V. P. que, estando así las cosas, os vayáis de este lugar, y cuanto más deprisa mejor. Hay mucha gente hastiada y que estiman insólito el proceder de V. P. o lo llevan mal. Por eso yo, como a quien toca quitar  o evitar como puedo los escándalos y peligros, aviso a V. P. que se retire al lugar de su residencia habitual y no permanezca en este lugar. Es cosa que importa mucho, y sé lo que escribo. No escribo sin segundas ni a la ligera. Por ello, dígnese recibir mi carta por las buenas V. P., a la que deseo le vaya bien.

De Bresanona, a toda prisa, el día, etc.    Firma: Jorge, Obispo Brixinense.

 

El mismo día escribía también a un Párroco de Innsbruck (que no nombra):


Al Párroco de Innsbruck vecino del Inquisidor. 

Carísimo hermano:  … Escribo al Inquisidor, como verá V. P. por la copia incluida. Si todavía no se ha ido y os parece oportuno pasársela como recordatorio, mandad algún joven que muestre al portador de la presente la casa donde él vive y le entregue mi carta. Y si no se larga a toda prisa, en tal caso V. P. se digne decirle de mi parte que bastantes escándalos se han movido por su mal proceso, y que no siga aquí, no vaya a suceder algo peor, o le ocurra a él una desgracia. A buen entendedor… Lo suyo, muy mal hecho. 

Adiós, felicísimo. De Bresanona, 14 de noviembre. Vuestro muy amigo Jorge obispo, de mi puño y letra.


Pasa el tiempo, y no era lo peor que Kramer hacía caso omiso, sino que seguía revolviendo en la vida y milagros de sus maléficas y jugando con ellas al Damocles con la espada del Santo Oficio pendiente sobre sus cabezas. Y para colmo, expirado su pasaporte, había trocado Innsbruck por algún lugar del señorío episcopal de Bresanona. Para Golser, una afrenta personal. La tortura de su gota seguramente arreció al enterarse de que tenía como huésped al pelmazo caradura. Corría ya febrero de 1486, y el fraile parecía dispuesto a pasar allí la cuaresma, auto dispensado de ayunos en razón de su duro trabajo de inquisidor. Así que el día 8 del mes, miércoles de Ceniza, aprovechó para intimarle el retorno a la disciplina conventual. Conociendo los usos de la cortesía eclesiástica de entonces en materia epistolar nos hacemos cargo del humor del señor obispo cuando escribía 

Al Inquisidor de la Herética Pravedad.

Venerable Doctor: Mucho me admiro de que seguís en mi diócesis y en lugar tan vecino a la curia … El Muy Gracioso Señor Archiduque os dotó honorificamente para que así os marchaseis en paz. No parece de recibo que V. Paternidad se entrometa en la suerte de personas que son de mi incumbencia. Hasta ahora no ha habido ocasión de hablar de esto con el Señor Príncipe, pero a tiempo estoy y lo haré, visto que no se pueda hacer cosa de provecho sin ayuda de Su Excelencia. Y ojo, que los maridos de las mujeres, o sus amigos, podrían dar que sentir a V. P. Aquí no se necesita para nada vuestra presencia, que haría más estorbo que ayuda. Cierto, V. P. debería retirarse a su monasterio, como ya se lo aconsejé. No deberíais ser tan pesado con el prójimo. Muchas veces dije a V. P. que os fueseis, que aquí no tenéis nada que hacer en las presentes circunstancias. Incluso pensaba que ya os habíais ido hace mucho. 

De Bresanona, el día de Cenizas del 86.  [G., obispo.]

Asesinato de Pedro Arbués,  Inquisidor de Aragón


El recordatorio de los maridos y amigos airados no podía ser más oportuno. Ser inquisidor era una profesión de riesgo, y por algo el Santo Oficio tenía como patrono al dominico San Pedro Mártir de Verona, muerto en 1252 en una emboscada por herejes sin vocación de víctimas, y aunque herejes, cristianos al fin y sensibles al aviso evangélico: «el que a hierro mata, a hierro muera» (Mateo, 26: 52). Ya no eran los tiempos tan heroicos, y sin embargo al Tirol ya habría llegado la noticia: el 17 de septiembre de 1485, cuando Kramer andaba en el interrogatorio de Elena Scheuberin y las otras mujeres, en Zaragoza caía asesinado otro Pedro, Inquisidor general de Aragón y futuro San Pedro de Arbués –aunque esto llevaría su tiempo–, primer mártir de la flamante Inquisición Española estrenada dos años atrás [15].

Tras esto, se entiende que el buen obispo de Bresanona necesitase desahogarse con algún íntimo; y así el mismo miércoles 8 de febrero de 1486 escribió a D. Nicolás, canónigo regular en la abadía premonstratense de Wilten (Innsbruck). No transcribo la carta, notable confesión de ingenuidad por parte de Golser, si es que de entrada tomó en serio a Kramer, después de su sonada metedura de pata en Ravensburgo con el pretendido aquelarre de brujas en guisa de beatas eucarísticas en torno a un diablo disfrazado de párroco apóstol de la comunión diaria: 

«Yo pienso que el fraile por la edad está chocho de remate, según le oí con el cabildo aquí en Bresanona. Le he recomendado tomar el camino a su convento y estarse allí como en un manicomio, pues en verdad me parece que delira. Diríase que todavía pretende llevar el caso de las mujeres, pero no voy a permitirlo, según ha errado en su procedimiento, con un planteamiento escrito magistral, pero que en la práctica reveló su fatuidad, dando por supuestas muchas cosas que no fueron probadas…» 

No consta si Kramer obedeció, aunque sospecho que, con los dineros que le dio el archiduque le alcanzaría para pagarse un buen mesón con buena cocina donde aliviarse de la cuaresma para dar remate al trabajo que traía entre manos. Que no era otro sino la redacción del Martillo de Brujas. Allí volcará fray Enrique su experiencia con la Scheuberina y el grupo de mujeres. Pero no la experiencia viva y real, sino destilada en el alambique de su imaginario enfermo. Por lo demás, ni asomo de amargura por un fracaso que no siquiera reconoce. Al contrario, calculadamente en el Martillo sólo hay parabienes al archiduque Segismundo y al obispo de Bresanona, «por su gran favor a la causa de la fe». Escribir otra cosa habría perjudicado a la aceptación del libro y a su prestigio de autor.


Hasta aquí hemos ido conociendo a un hombre poseído por una fantasía fija, como por un demonio. Este ‘Kramer con Kramer’ es el que, sin haber topado con una bruja de verdad ni con un auténtico demonio en su carrera de inquisidor de la brujería demoníaca, se desquita con copioso libro en que describe la nova species con morosidad de científico, con exhibición de sus trofeos imaginarios. Un libro repugnante, donde la mujer es degradada, precisamente por su sexo, a la condición de coima del diablo.

No todas, por supuesto. Sería demasiado monstruoso, incluso para un Kramer. Por eso su mismo imaginario enfermo, en movimiento compensatorio inverso, necesita sublimar a la fémina. Pero lógicamente lo hace no en una cura de realidad, sino con otra fantasía igualmente disparatada, aunque sea a lo divino. Conoceremos así a ‘Kramer contra Kramer’, en una etapa de su actividad que tampoco es desinteresada. Tras el  Martillo de Brujas, ultimado en la campaña del Tirol y publicado en 1487, fray Enrique Institoris promocionará su orden dominicana estudiando casos de religiosas místicas especiales por una fisiología anormal con función simbólica. Su prototipo: Catalina de Sena. 

‘Kramer contra Kramer’ cerrará nuestro recorrido por un imaginario enfermo que enlaza con lo peor del pseudo feminismo feminecio contemporáneo.

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[1] Nicolás Eymerich (1320-   ), a sus 36 años inquisidor General de la Corona de Aragón (1356), cargo que reveló «su genio violento, su carácter pertinaz e inflexible…, su energía indomable y su celo exagerado en materias de creencias religiosas», creándose enemigos fuera y dentro de la orden, incluido el papa Inocencio VI, por lo que fue depuesto en capítulo general (1360) etc. etc. Cfr. E. Grahit, El inquisidor fray Nicolás Eymerich. Gerona, 1878. Protegido de Gregorio XI, en el cisma se decantó por el papa de Aviñón Clemente VII. Su obstinación contra Raimundo Lulio y los lulistas rayó en manía y provocó su destierro por el rey de Aragón. La carta que D. Juan I le escribió  (9 de abril 1393) no tiene nada que envidiar a las del obispo de Bresanona a fray Enrique Kramer que luego veremos; cfr. o. cit., págs. 36-37.

[2] Directorium Inquisitorum,  Romae In Aedib Pop. Rom., 1578, I, pág. 348. Quaestiones, 1.

[3] Merecidamente olvidado, Juan Nider vuelve a interesar por su aportación a la demonología representada por el Martillo de Brujas y similares. La presentación que de él hace su biógrafo Gaspar Schieler (Magister Johannes Nider aus dem Orden der Prediger-Brüder. Mainz, 1885), «Juan Nider fue unos de los hombres más importantes de su tiempo», no se justifica ni siquiera como recurso exordial. Hoy Nider puede interesar también por algunos atisbos de psicología y estados de conciencia. Por ejemplo, cuenta que su madre viuda soñaba con andar sobre el agua, y a veces hasta veía el mar (para ella desconocido) como presagio cierto de tribulación, mayor o menor según la magnitud y agitación del elemento (Formic., 2, 6; Formicarium, Duaci, 1602. Paginación defectuosa, pp. 132-133). El título a primera vista extraño, El Hormiguero, se explica como imitación-homenaje respecto a otro cofrade dominico, fray Tomás de Cantimpré, que también se inspiró en himenópteros sociales para titular su ejemplario, Bonum universale de apibus (‘Las abejas como bonanza universal’), h. 1260.

[4] Sobre el juez Pedro, Formicarium, 5, 3 y 7, pág. 349-350, 380-381. Sobre dom Benito, el monje ex nigromante, ibid., 5, 3 y 4; ed. cit., págs. 349-350, 353. Cfr. K. Schieler, Magister Johannes Nider, o. cit., pág. 227. 

[5] Manfred Tschaikner, “Hexen in Innsbruck? Erzherzog Sigmund, Bischof Georg Golser und der Inquisitor Heinrich Kramer (1484-1486).” Der Schlern, 88, 7/8 (2014): 84-102); cfr. luego n. 8. 

[6] Phil. Friedrich Hegi, Die Geächteten Räte des Erzherzogs Sigmund von Österreich und ihre Beziehungen zur Schweiz, 1487-1499. Innsbruck, Verl. Wagnerisch. Universitäts Buchhanldung, 1910; p. 39-40. 

[7] Hartmann Ammann, Der Innsbrucker Hexenprocess von 1485. En Zeitschrift des Ferdinandeums für Tirol und Vorarlberg, 3. Serie, 34 (1890): 1–87.

[8] M. Tschaikner, Der Innsbrucker Hexenprozess von 1485 und die Gegner des Inquisitors Heinrich Kramer: Erzherzog Sigmund, Dr. Johannes Merwart und Bischof Georg Golser. En Tiroler Heimat. Zeitschr. f. Regional- u. Kulturgeschichte Nord-, Ost- u. Südtirols. 82 Band (2018): 191-219. Cfr. antes nota 5.

[9] Salmo 73 (73 de Vulgata), v. 22. Literalmente: «Arriba, Dios, lleva tú tu pleito»; y continúa: «Recuerda tus injurias de parte del necio a jornada completa. No olvides la voz de tus enemigos; el tumulto de los alzados contra ti sube de tono sin cesar.» Es un Salmo de estilo imprecatorio.

[10]  Tschaikner (2018), o. cit., “Wer war Dr. Merwart?”, págs. 207 y sigs. Ammann, para mayor enredo, entendió que el pretendido abogado defensor ni siquiera traía consigo los poderes necesarios, que hubo que improvisar sobre la marcha. El verdadero Merwart traía los suyos en toda regla.

[11] Tschaikner, o. cit., p. 215.

[12] Tschaikner, o. cit., pág. 206. Todas las informaciones publicadas por este autor proceden sobre todo del Archivo Diocesa de Bresanona, Hofakten 2267 y del Archivo Territorial Tirolés, Copiadores Antiguos de Gobierno. Cfr. Christopher S. Mackay, Est insolitum inquirere taliter: Latin and German Documents from Heinricus Institoris’s Witch Hunts in Ravensburg and Innsbruck. Brill, 2021.

[13] O. cit., pág. 211.

[14] Las cartas siguientes en H. Ammann, o. cit., Apéndice.

[15] Beato, 1664; inscrito en el Martirologio Romano (1748); canonizado, 1867. Pedro de Arbués no cayó víctima de herejes, sino de su propio celo contra los marranos o criptojudíos entroncados en la nobleza aragonesa.