viernes, 14 de julio de 2017

Perplejos en Melque




La jornada de Carranque (Toledo), tras el almuerzo en un cigarral con vistas  al Tajo, nos llevó a los de la ‘ONCE’, en una tarde también arqueológica, hasta Melque.
La iglesia de Santa María de Melque es singular en toda España, y si el complejo de Carranque es un enigma, este otro no le va en zaga. Sus bloques de granito desnudo no ofrecen la vistosidad de las superficies polícromas, pero sí una grandiosidad inquietante y un misterio que también aquí invita a viajar por la conjetura razonable hasta el reino de la fantasía.
La ambigüedad de Melque surge ya desde su propio descubrimiento, a principios del siglo pasado. Que los cimiento y mosaicos de una villa romana, como la de Carranque, se descubran hace poco y por casualidad es normal. Se trata de excavaciones. Pero que una  construcción monumental de la alta Edad Media, iglesia por más señas, casi intacta de abajo arriba, se aparezca de repente y sin previo aviso en el siglo XX, saliendo del incógnito absoluto para pasar en pocos años a uno de los primeros puestos de la paleo-arquitectura peninsular, es uno de esos hallazgos que –como el de la comarca de Las Hurdes con ocasión de una cacería regia (Alfonso XIII, 1922)–, en el occidente de Europa  casi sólo son posibles en España.
Un conde de los de antes
El Conde de Cedillo y vizconde de Palazuelos, Jerónimo López de Ayala y Álvarez de Toledo (Toledo, 1862-1934) fue un vástago digno de sus apellidos, ilustres en armas y letras. Descendiente de los López de Haro que fundaron y refundaron Bilbao [1].
Alumno de los jesuitas en Orduña, allí debió de ser compañero de Sabino Arana Goiri, un par de años más joven. Graduado por  la escuela superior de Diplomática, doctor en Filosofía y Letras (1886), del cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Miembro de las RR. Academias de la Historia (1889) y de Bellas Artes de San Fernando (1992) etc. Entre 1903-1910 estuvo encargado de formar el Catálogo Monumental de la provincia de Toledo.
Fue más o menos al principio de este encargo, durante el otoño, cuando se hallaba con otros amigos en el castillo de Guadamur, ocupando los días en el estudio y partidas de caza por aquel entorno.
Un día en que él se había quedado en la posada, los compañeros cazadores a la vuelta le dan la noticia. En término de San Martín de Montalbán, en un paraje solitario de aquellos Montes de Toledo, habían encontrado una iglesia rural bastante grande, convertida en pajar y cuadra–como tantísimas entonces en España, tras la desamortización–, y que por todas las señas parecía antiquísima.
Don Jerónimo se dio prisa para hacer una escapada y toma de contacto con el monumento, completo aunque semienterrado, que colmó con creces todas sus expectativas, taanto como su capacidad de duda.
Pronto volvió al lugar, esta vez acompañado del famoso arquitecto y arqueólogo don Vicente Lampérez. Juntos midieron y estudiaron el edificio, siempre de sorpresa en sorpresa creciente, al par de la incógnita. Tanto así que Lampérez, tiempo después, le recomendaba publicar el hallazgo cuanto antes, sin esperar a la publicación del Catálogo monumental, que podría demorarse hasta las calendas griegas –como de hecho sucedió: no salió impreso hasta 1959 [2].
El conde era fundador principal de la Sociedad Española de Excursiones, y el órgano de la misma le sirvió de altavoz para anunciar al mundo la primicia increíble: ‘Un monumento desconocido: Santa María de Melque’ [3].
La 'ONCE' en Melque
Se trataba de un templo entre visigodo y mozárabe, único por muchos aspectos de su arquitectura, tan arcaizante como innovadora. El aparejo, por ejemplo: sus grandes  bloques de granito ajustados sin argamasa son de tradición romana y hacen pensar en el acueducto de Segovia. La conclusión de aquel primer estudio o reseña era un interrogante enorme, destinado a una longevidad imprevisible:
«Una iglesia que por su aparejo y sus macizos se parece a lo romano; por la disposición de sus departamentos secundarios, a lo latino; por su planta, a lo bizantino; por la contextura de sus arcos, a lo visigodo y a lo árabe primario; por sus bóvedas, su cúpula y sus semicolumnas, a lo románico; por el modo de ejecución, a lo bárbaro; por otros detalles, a varias de aquellas artes, ¿QUÉ ES?...»
Con todo lo retórico de la pregunta, Cedillo se pronuncia por un templo mozárabe del siglo X, a favor de la política tolerante del califa cordobés Abderramán III, una vez asegurando el control sobre Toledo.
Lampérez por su parte hizo un análisis comparativo del edificio en su monumental Historia de la Arquitectura cristiana española en la Edad Media [4]. Siguiendo los prejuicios de entonces y los de su escuela, se remite a «las dos grandes y verdaderas escuelas de la arquitectura de la Alta Edad Media: la latina y la bizantina» (pág. 230), para notar que en el área de Toledo el tipo general fue la basílica, con la excepción de Melque, en cruz griega con cúpula en el crucero, como Santa Comba de Bande (Orense). Semejanza que le lleva a la comparación con el mausoleo de Gala Placidia en Rávena (Italia) (pág. 240). Pero, refiriéndose luego a la bóveda de Melque, escribe (pág. 237):
«La bóveda del crucero de Santa María de Melque es de planta cuadrada, de arista en sus arranques… y cupuliforme en su zona alta; forma singular que participa de la arista y de la baída, y que da lugar a las dudas que se expondrán en la monografía de este monumento.»
‘Singular’, ‘excepcional’, ‘extraño’, ‘diferencia’, ‘mención especial’, son términos que se suceden y repiten en la descripción de esta iglesia, que finalmente y sin gran convencimiento Lampérez  declara en tercera persona: «clasificada como mozárabe» (pág. 244). Téngase en cuenta que en aquellos tiempos eran muy pocos los españoles que osaban defender la existencia en España de monumentos visigóticos auténticos, mientras que «los extranjeros levantaron la bandera de la incredulidad más absoluta» [5].  
Para entonces ya se había ocupado también de Melque Manuel Gómez Moreno (1870-1970), con su veredicto predecible, dado su entusiasmo de neófito y de pionero por todo lo mozárabe. Su autoridad (1919) impuso para Melque una fecha tardía, «bien dentro del siglo IX», o apurando más, entre 862 y antes de 930 (siglo IX-X) [6].
Pasaba el tiempo y todo eran apreciaciones. Las trazas visigóticas se fundían con un desarrollo técnico islamizado. Melque sería (en plan eslogan) «la última iglesia visigoda y primera mozárabe».
Frente a la tesis cerrada y dominante de los mozarabistas, sólo unas pocas voces teóricas se alzaron en favor del visigotismo tardío (Puig Cadafalch, 1950, publ. 1961; Camón Aznar, 1963. Pero fueron las excavaciones y metodos positivos de Luis Caballero Zoreda (década 1970) lo que vino a confirmar el carácter visigodo de este edificio, específicamente monástico, que se remontaría al siglo VII, nada menos. Lo corroboraba el hallazgo de relieves decorativos en Melque (vides estilizadas con racimos entre cruces ‘de Malta’ y otros motivos típicos visigóticos) [7].
Parecía cuestión zanjada, cuando se interpuso el reclamo de motivos omeyas en  los perfiles redondeados de la iglesia y otros detalles, haciendo volver de su acuerdo al propio Caballero Zoreda. Ya no sería tanto cuestión de mozarabismo, sino de arabismo superpuesto a esquemas visigóticos [8]:
«...es conclusivo que la implantación del monasterio y su iglesia se debe llevar a un lapso entre el tercer cuarto del s. VII y la segunda mitad del s. VIII. Dentro de ese margen, nosotros suponemos más segura la fecha del s. VIII.» (pág. 186).
Teoría de Melque monástico
Este autor hace hincapié en no aislar la iglesia de su contexto arqueológico: un  dominio monástico vasto, con amplia base económica, gracias al aprovechamiento agrícola de represas en los arroyos que surcan la dehesa.
La erección de un monasterio rico a raíz de la conquista islámica, o su permanencia bajo el dominio árabe es perfectamente asumible, como tributario y en virtud de pacto, sobre todo bajo el amparo de la nobleza goda. Mejor aún si eran del bando de los hijos del rey Witiza, que en su guerra civil contra D. Rodrigo propiciaron la ‘entrega’ de España a la morisma con la esperanza de recobrar la corona. Según parece, el monasterio no duró mucho, si a mediados del s. IX se crea aquí un poblado islámico.
Por ahora:
«Melque es de fecha controvertida en el momento actual. el deseado consenso científico no se ha producido y sigue habiendo un importante grupo de investigadores obstinado en mantener su cronología visigótica. Melque une su destino cronológico a las así llamadas ‘iglesias visigodas’, El Trampal, Baños, Bande, La Nave, Quintanilla de las Viñas, que nosotros consideramos posteriores al siglo VII.» (pág. 192).
Sea como fuere, lo que nunca debemos proyectar hacia aquellas épocas es lo que vemos hoy: tétricos muros, arcos y bóvedas, todo de piedra vista. Las superficies eran para ser enlucidas o estucadas, ofreciendo espacios para la blancura o la alegría del dibujo y el color.
El ‘Cristóbal Colón’ de Melque
Entre tantas dudas y preguntas hay una previa a todo lo demás: ¿De veras, no se conocía en absoluto Santa María de Melque? En estas cosas ocurre a veces como cuando Colón ‘descubre América’, que ni era todavía América, ni era desconocida del todo para sus habitantes los ‘indios’, que tampoco eran indios. Eso sin contar con que, antes del descubridor Colón, otros europeos habían andado por allí.
Algo así pasaba con Melque. Hasta las desamortizaciones (1836; 1855), la ‘ermita’ de Melque fue polo de devoción en toda la comarca, y al cerrarse al culto se retiró la imagen antigua de Nuestra Señora de Melque.
También se sabía que la ermita estuvo en posesión de los Templarios, instalados en el castillo de Montalbán, que la leyenda popular suponía conectado por corredores subterráneos a otros castillos, iglesias y cuevas de tesoros. Luego hablamos de eso.
Sin embargo, lo más estupendo es saber, por la monografía de don Jerónimo, que el primer descubridor de Melque habría sido un paisano y tocayo suyo: el jesuita toledano Jerónimo Román de la Higuera (h. 1538-1611).
Santos de Toledo (1651)
 del jesuita A. de Quintanadueñas,
seguidor del falsario Higuera
–«¡¿Higuera?! Vade retro!!» oigo saltar a quien me lea. Y con razón. El padre Higuera, consocio del famoso historiador Juan de Mariana, llegó como éste a la fama, pero por vericuetos tortuosos. Fue el principal responsable de una serie de falsificaciones históricas, conocida como los ‘Falsos Cronicones’.
Cualquier día lo echamos a perros para hablar de aquella aventura loca de un ególatra que quiso reescribir la Historia de España a la medida de cierto nacionalismo religioso y civil, fabricando sobre la marcha  los documentos oportunos y halagadores del orgullo colectivo. Esta fue la clave del éxito de tanta superchería, que siglos más tarde tendrá imitadores al surgir los nacionalismos periféricos [9]
Hasta el meticuloso Esteban de Garibay, convertido en vecino de Toledo, en su afición a complacer a su señor don Felipe II  fue víctima de una ‘broma’ del padre Higuera, a cuenta de San Tirso y su pasión y culto en Toledo. Sobre ello escribió más tarde una carta al rey (1595), justificándose por el patinazo.
En plan serio, el padre Higuera dejó escrita una Historia de Toledo. Inédita, como casi todo lo que compuso; pues si el autor no era ningún bobo, los superiores de la Compañía ya le tenían calado y fichado por su demonio enredador, hasta crearle cierta psicosis persecutoria:
«Temo que cuando este padre Benavides venga de Roma con orden del padre General [Claudio Aquaviva] no me destruya. Que ya pasaba con tenerme aquí arrinconado, y empantanados algunos libros, que creo serían de servicio de Dios, y de algún lustre de mi nación, como la Historia de Toledo …; el Itinerario de Antonino Pío enmendado y declarado; muchos trabajos sobre los Concilio de España»

Pues sí: Higuera fue la primera fuente citada sobre esta iglesia de Melque, «de extraña fábrica de piedras sin cal…, y que muestra en sí mucha antigüedad».
Sin embargo, también existían y eran bien conocidas las Relaciones de Felipe II (1578) –para entendernos, un precedente del Catastro del Marqués de la Ensenada (siglo XVIII)–, con una relación de este lugar algo sibilina:
«Hay en esta jurisdicción otra iglesia, a tres leguas de aquí, en una dehesa que se dice Melque, por la iglesia que se dice Nuestra Señora de Melque, que es un edificio no muy grande, metido debaxo de tierra, que entran por gradas sin cubierta ninguna. Es toda de piedras grandes labradas y de bóveda, y creo que la causa porque está debaxo de tierra es porque la bóveda no la cubriera. Parece ser edificio de más de mil años. Están junto a la iglesia dos valles atajados por medio con muy gruesa pared [para] recoger agua en ellos, de que beben, que fueron hechos tan antiguos como la iglesia… Fue una gran población [de la que] parecen ahora los cimientos…; y ansí parece haber tenido esta tierra en otros tiempos más población que ahora tiene…»
Todavía cabe señalar antes otra circunstancia histórica curiosa, que de haberse cumplido hubiese anticipado la fama del monumento. Cuando Carlos V decidió abdicar de sus estados y encargó al maestro Pedro de Esquivel le buscase un retiro adecuado, éste le recomendó uno de dos, por este orden: Gálvez, aquí en los Montes de Toledo, o Cuacos/Yuste, en la Vera de Plasencia. El emperador optó por Cuacos y Yuste, por caer Gálvez demasiado cerca de Toledo, que era corte. O sea que de chiripa Carlos pudo haber finado por estos parajes, y Santa María de Melque no habría pasado desapercibida. Aunque bien mirado, mejor así, porque una obra tan ‘bárbara’ habría sido adulterada o demolida sin contemplaciones.
Avatares de un lugar arqueológico
El relator de turno para Felipe II tenía razón: la dehesa de Melque estuvo poblada en lo antiguo. Las primeras prospecciones creyeron identificar una finca y villa romana dedicada a explotación minera (hierro, cobre, plomo, plata), hasta las invasiones bárbaras.
En tiempos de los visigodos, aquí se habría instalado una comunidad monástica, en un vasto recinto irregular murado, cuya reconstrucción ideal evoca los monasterios coptos de Egipto, y en todo caso habla de influencias orientales. La conquista de la península por los árabes (desde 711) no significó el final del monasterio, que perdura otros dos siglos –bien como comunidad cristiana, o bien muladíes conversos al Islam–, hasta su quema y destrucción por las huestes de Abderramán III, cuando Córdoba somete a los rebeldes de Toledo (h. 930).
A partir de ahí, el monasterio con su robusta iglesia se convierte en fortín califal, con torre levantada sobre el crucero de la iglesia o mezquita. Con la reconquista cristiana de Toledo (1085) se recupera la iglesia, que más tarde pasa en encomienda a la orden militar de los Templarios. Con la desamortización, el último destino de Santa María de Melque fue servir de pajar, cuadra y secadero de tabaco para una casa de labor.
Termino cediendo la palabra a un experto, que no se corta para decir lo que yo nunca me hubiese atrevido por mi cuenta, por mucho que me gustaría fuese verdad:
«La iglesia de Melque es la mejor conservada de su época, … prácticamente íntegra en su interior y en un 70 % de su exterior. Es además la mayor iglesia abovedada y en pie de época prerrománica en España, y posiblemente la mayor de su tiempo en todo el Mediterráneo Occidental. Asimismo las excavaciones han sacado a la luz los restos del primer monasterio visigodo español conocido, con un trazado en planta que tiene sus paralelos en algunos monasterio orientales.»
¿Conque «primer monasterio visigodo»? Pues hay quien no ve tal cosa, sino una gran finca residencial rural con su ‘iglesia propia’ de carácter funerario, suntuosa aunque no muy grande (A. Chavarría Arnau, 2005). Un trasunto altomedieval de lo que ya fue en época tardorromana, como villa o quinta de beneficio mineral, y a la sazón agrícola-ganadera. ¿Razón? No hay documento, no hay vestigio alguno de monasterio supuestamente importante, ni lo apoya la toponimia, que habla más bien de otra cosa. Porque, ¿qué quiere decir Melque?
El nombre nos lleva a una raíz semítica inconfundible: MLK, con la idea de ‘rey’ (MaLiK), reino o realeza (MuLK), real o regio (MaLKí)  etc. De mediados del siglo XII se conoce una bula del papa Eugenio III (Reims, 1148), donde confirma a la sede de Toledo la jurisdicción de este lugar con el nombre arábigo Balatalmelc. Hay quienes lo interpretan ‘Calzada Real’, y es correcto; pero aquí parece más propio ‘Palacio del Rey’, si es que nos tira el especular sobre una fundación regia visigótica, o bien como término técnico bajo la fiscalidad árabe (Caballero Zoreda, 2013).
El Melque esotérico de los Templarios
Tantas lecturas e hipótesis sobre un mismo edificio –una simple iglesia, y no de las grandes o complicadas–, a vuelta de tantos estudios, con tanto dinero invertido, resulta frustrante para el profano, y larga rienda al caballo loco de la especulación. Como en Carranque, aquí también hay tela para una buena novela histórica.
En Melque han acomodado una parte de las dependencias como centro de interpretación, con paneles que explican la supuesta evolución de este lugar arqueológico en su contexto geográfico y temporal. Una serie de paneles trata de la ocupación de este sitio por los Caballeros Templarios (a. 1181), junto con el castillo de Montalbán (1192-1307), disputado a la orden de Alcántara. El empeño común contra los moros no impidió a estas órdenes religiosas militares pelearse entre sí. Los de Alcántara pegaron fuego a Melque, y el castillo fue testigo de un choque sangriento entre alcantareños y templarios (1240). La orden del Temple, tras un proceso escandaloso promovido por Felipe IV el Hermoso de Francia, fue suprimida en 1308-1312. Fernando IV de Castilla aplicó parte de sus bienes a otras órdenes militares, pero mayormente a la Corona.
Esto es historia verdadera. Pero el Temple va muy unido a lo esotérico y simbólico, por una parte, como también a la acumulación y ocultación de tesoros, a menudo fantásticos. Por ejemplo, en Melque o su entorno puede aparecer cualquier día la prodigiosa Mesa de Salomón, pillada en Toledo o en Alcalá por los conquistadores arábigos, y escondida luego por los templarios en estos pagos. Historiadores árabes la pintan como si la hubiesen visto, aunque cualquiera diría que no todos hablan de la misma mesa. La fabricaron genios serviciales del rey Salomón para sus ensayos de magia.
Para mayor enredo, hay expertos que ponen en danza otro mueble análogo: la Tabula smaragdina, Tabla o Mesa de Esmeralda, bruñida como un espejo, según tradición hermética. A diferencia de los espejos ordinarios, que nos devuelven la imagen tal como somos, el que se mira en aquella mesa ve a un sabio cabal, porque su espejo transmite la Sabiduría, con mayúscula.
A ver si ese artefacto aparece pronto en Melque, o donde sea, y lo colocan donde más falta hace: en el hemiciclo del Congreso, como atril de los oradores.
En fin, que nos fuimos de Melque tan contentos como vinimos, pero con la misma pregunta que hace ciento y diez años se hacía su descubridor, el Conde de Cedillo: «¿QUÉ ES?»
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[1] Vicente Castañeda, ‘El Excelentísimo Señor Conde de Cedillo.’ Bol. R. Acad. de la Historia, 104/2 (1934): 367 y sigs.
[2] Conde de Cedillo, Catálogo Monumental de la Provincia de Toledo. Excma. Diputación de Toledo, 1959. Original mecanografiado (facs.), 4 tomos.
[3] CULTURA ESPAÑOLA, Nº 7 . Madrid, Imprenta Ibérica, 1907, 30 págs.
[4] Tomo I. Madrid, Espasa-Calpe, 2ª ed., 1930.
[5] Lampérez, o. cit., 1: 217.
[6] M. Gómez-Moreno, Iglesias mozárabes. Arte español de los siglos IX a XI. Madrid, Centro de Estudios Históricos, 1919.
[7] Caballero Zoreda, L. y Latorre Macarrón, J. I., ‘Santa María de Melque y la arquitectura visigoda’, II Reunió d’Arqueologia Paleocristiana Hispànica (Montserrat 1978). Barcelona, 1982, págs. 303-332. Caballero Zoreda, L., ‘Monasterios Visigodos. Evidencias arqueológicas’, Codex Aquilarensis, 1 (1987): 31-50.
[8] Caballero Zoreda, L. y Moreno Martín, F. J., ‘Balatalmelc, Santa María de Melque. Un monasterio del siglo VIII en territorio toledano.’ En: X. Ballestín y E. Pastor (eds), Lo que vino de Oriente. Horizontes, praxis y dimensión material de los sistemas de dominación fiscal en Al-Andalus (ss. VII-IX),  BAR, Oxford, 2013, págs. 182-204.
[9] De amenísima lectura, Godoy Alcántara, Historia crítica de los Falsos Cronicones. Madrid, 1868.




viernes, 16 de junio de 2017

Carranque (Toledo): una excursión al enigma




El 24 de mayo, miércoles,  los de La ONCE hicimos una excursión de jornada completa. Por la mañana, al Parque Arqueológico  de Carranque, hispano-romano.
La inclusión en programa de este yacimiento me pilló de sorpresa. Casualidad, días antes me había llegado un libro que me tiene en vilo: Peter Brown, Through the Eye of a Needle (Princeton, 2012), donde no falta la mención de esta villa rústica de Carranque, en el contexto general del ensayo: ‘Riqueza, Caída de Roma y Construcción del Cristianismo en Occidente (350-550)’ [1]. A lo que iba: Brown a su bola, habla de Carranque. Desde su descubrimiento fortuito (1983) y primeros trabajos en los años 80 del siglo pasado, Carranque se ha hecho referencia obligada en cualquier estudio serio sobre socioeconomía de una época que cambió a Europa y el mundo.
El lugar, equidistante de Madrid y Toledo (35 km), se extiende a lo largo de 1 km por una terraza en la margen derecha del Guadarrama arenoso –su nombre árabe lo dice, río rambla, y aquí se ve–, que se cruza por un buen puente colgante. Es un cruce de cañadas y antiguos caminos mesetarios, pero sin pistas de ciudad en las inmediaciones, en el centro geográfico de la Hispania [2].

En el Centro de Interpretación y recepción, nuestra joven guía se presenta como Julia. Breve saludo con perorata introductoria, y en marcha todos hacia los tres puntos o etapas de la visita: 1) enigmático complejo basilical o palacio; 2) enigmático ninfeo o mausoleo; 3) enigmática villa de un enigmático Materno. Todo ello en un recorrido de 1 km. aproximadamente.
No es un yacimiento cualquiera, una de tantas fincas rusticas con su chalé o villa, sus suelos de mosaico, sus dependencias; no. Mucho más que eso, es un conjunto asombroso por su incongruencia, sea cual sea la interpretación que se le quiera dar.

Fue propiedad de alguien muy rico, y para entenderla en su dimensión histórica el libro de Brown es oportuno. O al revés: la visita al dominio del acaudalado sujeto, llamado familiarmente Materno, sirve de ilustración práctica para la lectura de ese gran libro, que estudia la paradoja más estupenda en relación con la riqueza, que tuvo lugar con la cristianización del mundo romano.
Pero ese es otro tema. Primero toca recorrer el Parque. Y aunque esto nos llevó su tiempo real, aquí lo ventilamos en un pispás virtual, para llegar cuanto antes a la reflexión.
1. Basílica

La excavación descubre una planta rectangular basilical. De las hileras de columnas, hay sólo una pareja puestas de pie, de exquisito mármol blanco, traídas de Oriente. Una de ellas lleva marca ostensible de apropiación, en árabe magrebí.
En estos lugares por lo general sólo queda la huella de la planta. Todo lo demás fue saqueado por visigodos, árabes y cristianos, reciclado en buena parte, y hundido el resto desapareció. Así que para la reconstrucción en alzado hay que echarle imaginación, con ayuda de residuos dispersos aquí y allá.

Aquí sin embargo queda en pie una cabecera de piedra alternando con hiladas de ladrillo, último resto de una iglesia conservada al menos desde desde la alta Edad Media hasta el siglo XX. No hace falta ponderar la importancia de esa reliquia vertical, aunque no resuelva el enigma de lo que hubo encima de este plano. Las imágenes adjuntas son reconstrucciones ideales de un documental que se ofrece en el Centro de Interpretación, y corresponden al exterior e interior del edificio.




En la basílica –el cartel explicativo prefiere ‘edificio palacial’–, Anatolia, Levante, Egipto, Túnez, Grecia, porfiaron por aportar mármoles varios y raros de sus canteras, sin contar las españolas. La variedad y exotismo petrológico de piezas decorativas o suntuarias en Carranque es de museo, algo inusual en el occidente romano.

2. Mausoleo (o Ninfeo)
A corta distancia quedan los restos de una edificación baja isométrica, de interpretación difícil. Para unos, un monumento sepulcral a manera de martyrium, o bien un ninfeo o fuente monumental.
3. La Villa de Materno

Es la parte más explícita y significativa del yacimiento arqueológico. Aquí la reconstrucción vertical es más fiable, porque el pavimento de mosaicos, muy bien conservados en una veintena de habitáculos, habla por sí solo. Con la particularidad de que da a conocer el nombre familiar del propietario, Maternus, así como del taller de los artistas musivos.
«La villa se edificó sobre los restos de construcciones anteriores, del siglo I d. C., aunque la mayor parte de las ruinas corresponde a creación de nueva planta, [resultado de un sólo momento constructivo] … El principal edificio descubierto es la mansión señorial o lugar de residencia del propietario, Materno
Se trata de una estructura de planta aproximadamente cuadrada, de unos 35 m de lado: dimensiones moderadas, en comparación con las plantas de otros edificios de la misma época y ambiente. La planta se ordena en torno a un patio central o peristilo (1) con el eje que une un pórtico (2) y puerta de entrada a un vestíbulo circular (3), pasando por el patio, hasta la habitación principal del fondo, con el triclinio (4)… Cuenta con dos grandes estancias de recepción –un oecus (5) y el triclinio–, varios dormitorios, antesalas, corredores y estancias de paso...
La casa tenía todo tipo de comodidades: agua corriente, con sistema de canalización y desagüe, amplios espacios bien aireados e iluminados, jardines en el exterior, y al interior un patio ajardinado…; calefacción por medio de hipocaustos independientes, que permitían calentar cada una de sus partes; habitaciones ricamente decoradas con suelos de mosaico, paredes con incrustaciones de taracea de mármol o pintadas a la encáustica, columnas y estatuas de mármol y, en el interior de un ábside, una fontana cuyas aguas vertían hacia el patio de la casa.
Un pequeño corredor comunicaba las áreas de servicio –cocina, hornos para calefacción, almacenes–situadas al exterior…
 En un ángulo de la construcción se encontraba el dormitorio o cubículo principal (6), decorado con singular mosaico que representaba a la señora de la casa en un medallón, como dama ricamente vestida, rodeada de escenas mitológicas de carácter amatorio: el baño de Diana, atendida por sus servidores, con Acteón al fondo comenzando su metamorfosis; Hilas, arrastrado a las profundidades de las aguas por dos ninfas; Píramo convertido en morera, mientras Tisbe huye de la leona; un amorcillo a caballo asediando a un ninfa, tal vez Amimone. A la entrada de la habitación, una cartela con inscripción nos ha permitido saber los nombres del propietario y del artista que pintó los mosaicos: EX OFICINA MAS –NI / PINGIT HIRINUS / VTERE FELIX MATERNE / HUNC CUBICVLUM, en un latín que podría traducirse: “Del taller de Mas...no, lo pintó Hirinio. Que disfrutes, Materno, de este dormitorio”.
Otra ala del edificio se organiza en torno a la gran sala o oecus de recepción (5), donde apareció un fragmento de rica mesa de pórfido… Se trata de una bellísima pieza a la que se accedía desde el peristilo… Al fondo, un ábside poligonal ligeramente sobreelevado por dos escalones… Esta habitación estaba pavimentada con uno de los más importantes mosaicos romanos hallados hasta la fecha (1991) en España, por su temática, su novedad artística y excelente conservación. Se ordena en torno a gran panel (6 m2) con figuras mitológicas: Marte en pie con escudo y lanza, agresivo. Junto a él su amiga Venus le indica con la mano la lucha de Adonis desnudo a pie firme con un gran jabalí. En la parte baja del cuadro, dos perros con sus nombres: Leander, Titurus.
El ala principal, en la parte más elevada del terreno, con habitaciones amplias…, tenía dos cubículos en los extremos y dos estancias de forma hexagonal de lados curvos –probablemente bibliotecas (7)–que flanqueaban la principal habitación de la casa: el triclinio o comedor (4), de planta redondeada, que debió estar cubierto con bóveda y calafateado por un sistema de hipocausto. Decoraba su suelo interesantísimo mosaico, de gran calidad técnica, que su autor firmó junto al umbral de la habitación, cuyo centro presenta un cuadro figurado con la devolución de Briseida a Aquiles, al que Ulises tiende la espada animándole a volver al combate (según la Ilíada).

Esta gran habitación, al igual que el oecus, requería espacio amplio para invitados. El arquitecto creó una especie de antesala con exedra (8), donde vertía el agua de una pequeña fontana que mojaba el suelo. El mosaico que la ornamenta presenta un busto de Océano, con grandes barbas onduladas que representan las ondas del mar, rodeado de peces y animales marinos.
Las estancias referidas son las principales, como residencia para el propietario y familia. Pese a su lujo y amplitud, este edificio no podría albergar cómodamente a más de veinte personas...»

Esta descripción resume un texto ya un poco anticuado (1991), pero muy entrañable para nosotros, los de la ONCE, por su autor: Dimas Fernández-Galiano, hijo (1951-2015). Su padre fue nuestro catedrático de Microbiología, como figura en la ‘orla’ de curso publicada en la entrada anterior. Persona amable y abierta, ‘Don Dimas’ había transmitido a este vástago, junto con el parecido físico, su buen carácter y don de gentes, aunque no la adicción a los protozoos parásitos del hombre, que en la Real Academia de Medicina le llevó a él mismo a ocupar hasta su muerte (2002) el sillón que fue de su difunto padre, y antes del Nobel D. Santiago Ramón y Cajal.
Yo supe por Don Dimas padre que su ‘Dimitas’ iba para la cosa clásica pero, después de tantos años, desconocía su fama como arqueólogo y especialista internacional en mosaicos antiguos. Y lo que menos pude imaginar fue que, habiendo sido de joven el gran investigador de este yacimiento de Carranque y el creador de su Parque Arqueológico, falleció hace dos años prematuramente. Qué fabuloso habría sido para nuestro grupo haberle tenido como guía de super lujo –sin hacer de menos a Julia, por supuesto–, y hasta haberle provocado un poco, como él también hacía a su manera, con propuestas audaces.
Recorrida y admirada la villa, es la hora de los interrogantes:
1. ¿Qué relación tuvieron entre sí los tres elementos visitados, si es que formaron parte de un gran fundo?
2. ¿Qué puede decirse de la personalidad del dueño de la villa, o del potentado, si era suya la propiedad entera como conjunto monumental?
3. ¿Fue una finca rigurosamente rústica, o bien suburbana, y en tal caso, de qué ciudad?
A todas tres preguntas, Fernández-Galiano dio una respuesta global. El conjunto que hoy conforma el yacimiento de Carranque tuvo por dueño y contiene la tumba de un personaje histórico: el magnate hispano romano Materno Cinegio (m. 388), prefecto pretoriano de Oriente por el emperador Teodosio I el Grande (379-395) y, en pareja con éste, cónsul de Roma al final de su vida.
¿Quién fue Materno Cinegio?
Materno Cinegio ya nos visitó en este blog, hace justo un par de años (‘Terror negro, piqueta blanca’), a propósito de las destrucciones de monumentos antiguos e ‘ídolos’ por los bárbaros del DAESH, en Palmira y otros yacimientos. En Palmira precisamente, quince siglos antes, Cinegio llevó a cabo la demolición del templo de la diosa Allat.

La comparación de aquella barbarie antigua y esta moderna es automática, con dos diferencias notables. Los fanáticos cristianos del siglo IV destruían ídolos y templos ‘en activo’, con adoradores, a los que creían ‘salvar’ y sacar de su error quitándoles tentaciones de idolatría. El fanatismo del ‘califato’ islamita destruye objetos arqueológicos que nadie adora, sin mirar por nada más que su propia arrogancia, porque sí; y lo hace en pleno siglo XXI. El fanatismo cristiano se cebó en objetos, sin hacer carne en las personas, como es el caso del yihadismo islámico, que degolló al director de antigüedades de Palmira y convirtió el antiguo teatro árabe-romano en teatro de ejecuciones sumarísimas sin causa.
Excelente ocasión, esta visita, para conocer mejor al supuesto anfitrión, el escurridizo Materno Cinegio, y especular o fantasear sobre él. Porque aquí en Carranque hay tema para una gran novela histórica. De haber estado esta ‘Villa de Maternus’ en Gran Bretaña, y no en España, esa novela ya estaría circulando por el mundo en inglés como un best-seller traducido al español. Precisamente a Fernández-Galiano, por su teoría de ‘Maternus = Maternus Cynegius’, se le ha  reprochado haber escrito el embrión de esa novela, excediéndose de la contención propia del investigador científico.
¿Quién fue Cinegio? Un hombre de Teodosio, al servicio leal de su política. Política civil y religiosa, aunque para la Historia vulgar Cinegio ha quedado como una especie de Gran Inquisidor avant la lettre, católico intolerante frente a paganos, judíos y herejes.
Como es sabido, por el Edicto de Milán (313) el emperador Constantino I con su colega Licinio declara el Cristianismo religión permitida, poniendo fin a las persecuciones de cristianos. El propio Constantino se hizo bautizar, aunque sólo en trance de muerte, para ir derecho al cielo (337). Su cadáver fue trasladado a Constantinopla y enterrado en su basílica funeraria de los Santos Apóstoles.
Desaparecido él, la libertad religiosa se mantiene, incluido el breve episodio de restauración pagana bajo Juliano II ‘el Apóstata’, sobrino de Constantino (360-363). El paganismo convive con la nueva religión en auge, mientras el judaísmo era tolerado.

Sin embargo, antes de cerrarse el mismo siglo IV, Teodosio I el Grande (379-395), que se hizo amo de todo el Imperio, da un paso al frente declarando el Cristianismo única religión oficial o reconocida (381). Para entonces ya estaban prohibidos los sacrificios paganos, al menos en público y de día. Ahora se cierran sus templos y se les retira la subvención. Por supuesto, las religiones tradicionales no se extinguieron por decreto, y muchos personajes importantes, incluso senadores,  proclamaron su adhesión al viejo culto romano.
La aplicación de la nueva política religiosa no fue coherente ni uniforme, dependiendo de los funcionarios ejecutores y de la presión del clero cristiano, según lugares. Por ejemplo, el Código Teodosiano (CTh, 16, 10, 8) recoge una ley de 382 ordenando dejar abierto un gran templo de Edesa, «por el mérito artístico de sus esculturas, no por su divinidad»; como quien dice un museo.
La cosa se puso más fea desde 384, cuando Teodosio nombra prefecto pretoriano para Oriente a Materno Cinegio. Poco después, el retórico pagano Libanio de Antioquía –al que también conocimos en el mismo artículo–, muy estimado de Teodosio, dirige al emperador su Discurso por los Templos, denunciando excesos destructivos de santuarios rurales a instigación de monjes, con la anuencia de «cierto agente imperial, que en esto se comportaba como enemigo de su propia patria».
Libanio calla el nombre del individuo y tampoco da el de su mujer, una anti pagana fanatizada por el clero y los monjes, dueña de la voluntad del marido. Sin embargo, otras fuentes, como el historiador pagano Zósimo (Historia Nueva, 4) sí que apuntan expresamente a nuestro hombre:
«Teodosio había enviado a su prefecto Cinegio para prohibir todo culto de los dioses y cerrar sus templos… Éste cumplió, cerrando templos por todo el Oriente, Egipto y Alejandría, y prohibió todos los antiguos sacrificios y ritos. De las calamidades que el imperio romano padeció desde entonces, los hechos hablarán por sí mismos.»
Como en relación directa de causa a efecto, y prueba del enfado de las divinidades por la deriva cristiana, Zósimo despotrica contra el reinado de Teodosio, «en cuyos tiempos ningún acto de virtud merecía aplauso, mientras el derroche y desenfreno de todo género crecía de día en día sin límite».
Zósimo, como Libanio, trata mal al prefecto por aquella persecución a la inversa, de cristianos a gentiles; pero ambos hacen constar que detrás de él hubo muñidores y gente dura, en especial el obispo Marcelo de Apamea. Por el contrario, el historiador eclesiástico Teodoreto, sin nombrar a Cinegio, aplaude el celo religioso de Marcelo – «el primer obispo que puso en pie de ejecución el edicto de Teodosio»–, con apoyo armado del prefecto, pero sobre todo con visto bueno y ayuda sobrenatural.

Ayuda necesaria, porque había templos tan robustos que no se podía con ellos. El de Zeus-Belo en Apamea, sin ir más lejos, pues Marcelo empezó la monda por su propia sede diocesana. Muchos templos fueron incautados para el culto cristiano, y este de Apamea habría hecho una soberbia catedral. Pero tenía un inconveniente insuperable para el obispo: allí funcionó un oráculo prestigioso; y era sabido que en cada oráculo pagano el emisor era un diablo residente.
He aquí la sabrosa historieta (Historia religiosa, 5, 21):
«Al efecto, se presentó en Apamea el Prefecto de Oriente con dos tribunos y su tropa, que impuso respeto a la turba y la mantuvo en calma. Pero el intento de derribar aquel templo magnífico de Júpiter fracasó, por la solidez de sus sillares, trabados además con hierro y plomo.
Cuando el santo Marcelo vio que el prefecto no se atrevía con la empresa, le despacho a ocuparse de la obra destructiva en las demás ciudades, mientras él mismo se quedaba a Dios rogando y con el mazo dando en Apamea.
A la mañana siguiente se presentó sin ser llamado un espontáneo, que no era arquitecto ni cosa del oficio, sino un simple faquín que cargaba a cuestas las piedras y maderos.
–Obispo, por el salario de dos obreros, te prometo derribar el templo sin problema.
Accedió encantado el buen Marcelo, y esta fue la maña del individuo. El templo era períptero, es decir, rodeado por sus cuatro lados de pórticos de columnas enormes, en proporción con el edificio, cada una de 16 codos de perímetro, todas de piedra durísima a prueba de herramientas. Lo que el hombre hizo fue  debilitarlas, rebajando a golpes en derredor un surco en anillo bastante profundo, mientras mantenía apuntalado el arquitrabe con postes de madera. Debilitadas así tres de las columnas, pegó fuego a los puntales.»
Asombroso el ‘huevo de Colón’ del desconocido, que debía de ser un ángel en figura humana, como entonces solían andar muchos por el mundo. Sin embargo, donde había sitio para ángeles también cabían diablos, distinguibles por su color, o por sus horas de trabajo. Sigamos a  Teodoreto:
«En estas que se aparece un demonio negro, que impedía al fuego consumir la madera. Varias veces se repitió el intento, y visto el fracaso se notificó al obispo, que estaba echando la siesta de mediodía…»
¡Conque ‘demonio meridiano’! El moreno de Apamea, el oráculo que hablaba por boca de la estatua de Zeus, era un diablo de los de ese turno laboral, activo desde la hora sexta (de ahí viene la españolísima siesta) hasta nona, con el buen obispo Marcelo a la bartola. Emocionante:
«Despertado Marcelo corre a la iglesia, manda llenar un cubo de agua, que deposita  sobre el altar, e inclinando la cabeza hasta el suelo pide al Todopoderoso que no ceda al abuso diabólico y haga una demostración de fuerza, pues sin eso los infieles pasarían a mayores. Luego persignó el agua con la cruz y pasó el cubo a uno de sus diáconos, el entusiasta Equicio, con instrucción para salpicar con el agua bendita al demonio y verter el resto sobre el fuego. El demonio huyó despavorido, y el fuego, en contacto con su mortal enemiga el agua, como si hubiese sido aceite, prendió en la madera, y consumidos los postes, las columnas se vinieron abajo, arrastrando en su caída otras doce, y con ellas toda el ala del templo, con estrépito que se oyó en toda la ciudad, corriendo todo el mundo al espectáculo.
De modo similar, otros templos fueron destruidos por este santo obispo, … que finalmente alcanzó la corona del martirio y del que tantas maravillas podría relatar, aunque me da reparo hacerlo ahora, por no aburrir a mis lectores. Cambio, pues, de argumento.»
Y pasa a hablar del patriarca de Alejandría, Teófilo, y su campaña contra el Serapeo, que una década después llevará al asesinato de Hipacia. (Véase Rebobinando ‘Ágora’).
Si esta trufa del pío Teodoreto no nos convence, tenemos otra diferente sobre lo mismo, recogida por el historiador bizantino Sozomeno (Historia eclesiástica, 7, 15). Tras referir los disturbios de Alejandría, que llevaron a la toma del Serapeo por los cristianos y su transformación en iglesia, pasa a Siria y habla de la resistencia pagana en  Apamea:
«Los habitantes de esta ciudad armaron repetidas veces a gente de Galilea y campesinos del Líbano en defensa de sus templos. Finalmente llevaron su audacia al extremo de asesinar a un obispo llamado Marcelo.
Este obispo había ordenado la demolición de todos los templos en ciudades y aldeas, dando por supuesto que sin eso no era fácil convertirles del paganismo. Enterado de que en Aulón, distrito de Apamea, había un templo vastísimo, allí que se presenta con un destacamento de soldados y gladiadores. Él mismo se mantuvo a distancia segura del campo de batalla, pues padecía de la gota y no estaba en condiciones de combatir ni correr. Mientras soldados y gladiadores estaban ocupados en el ataque al templo, algunos paganos advierten que el obispo está indefenso, y cayendo sobre él le secuestraron y quemaron vivo.

Los criminales quedaron en la sombra, pero tiempo más tarde se les identificó, y los hijos del obispo Marcelo decidieron vengarle. Pero el concejo provincial no se lo permitió, declarando que no era justo, pues los amigos y parientes de un mártir más bien debían dar gracias a Dios por haberle juzgado digno de morir por tan buena causa.»

En esta versión de Sozomeno, Cinegio no interviene para nada, y en la de Teodoreto ni siquiera fue testigo del derribo del monumento apamiense. En ambos casos, el promotor es san Marcelo. Hay quienes piensan que, en Siria como en Alejandría –una y otra bajo la potestad del prefecto–, el obispo local con su tropa de monjes de choque fue el responsable de los excesos, y que la mala fama de Cinegio como el gran  ‘rompe-templos’ paganos es injusta. Él era político de carrera y de confianza, y como tal le tocó ejecutar una política religiosa emanada del interés imperial, siempre sinuosa y sin mucho margen para contemplaciones de tipo cultural o estético. Las razones para verlo así se hallan en el Código Teodosiano, donde son muchas las leyes relacionadas con Cinegio y su función como prefecto de Oriente, todas ellas con su nombre y fechas.
¿Materno Cinegio, español?
No voy de abogado ni de fiscal de Cinegio, personaje mal conocido y de origen oscuro. «Enemigo de su propia patria»: este reproche de Libanio indica que Materno Cinegio era nativo de Antioquía, o al menos de aquella región de Levante. ¿Luego no era español? Y si Cinegio no era español, a Dimas Fernández-Galiano se le caían los palos del sombrajo en su hipótesis de que fue el Maternus dueño de la Villa de Carranque.
Sin embargo, hay argumentos de peso para meter a Cinegio en el «círculo hispano» de los hombres de Teodosio I, español él mismo de Coca. Aquí mismo, en la basílica de  Carranque, hay columnas con la marca del emperador, como si fueran regalo suyo. Son piezas de mármol único, lo mismo que otras muchas variedades de piedras de construcción y ornato encontradas aquí, traídas todas de Oriente. En la propia villa, en la gran sala de recepción, se halló un fragmento de mesa de pórfido oriental, un material reservado a personajes de alto rango romano. Recordemos también: el último año de la vida de Materno Cinegio, el emperador Teodosio le asocia consigo en el consulado… Todo apunta a una relación cuasi familiar entre los dos.
Pero pongamos que Libanio de Antioquía lleva razón, y que Cinegio era de por allí. Bien, ¿y qué? Ayer como hoy, los hijos de funcionarios y militares nacían donde les tocaba, según el destino paterno, sin perjuicio de sus raíces familiares. El lobby hispano de Teodosio se refiere a españoles oriundos, no nativos necesariamente, y algunos de ellos emparentados.
Por otra parte, conocemos a la mujer y viuda de Cinegio, de nombre Acantia y tan aborrecida por Libanio, la cual sin duda era española; y ella sí que fue un asidero para Fernández-Galiano. Hasta puede que conozcamos su rostro en retrato de mosaico, si ella es la dama del medallón que preside el cubículo principal de la villa de Materno. Con aureola como de santa, por cierto.
Existe un texto anónimo conocido como Consularia Constantinopolitana, almanaque de fastos y sucesos tardo imperiales, donde figura este obituario [5]:
(Año 388) Teodosio Augusto y Cinegio cónsul:

1. En el consulado de estos falleció Cinegio, prefecto de Oriente, durante su consulado constantinopolitano. Éste devolvió a su estado antiguo todas las provincias, venidas a menos por prolongada decadencia y penetró hasta Egipto, donde derribó los ídolos gentiles. De allí, con gran sentimiento popular de toda la ciudad, su cuerpo fue llevado a los Apóstoles, el 19 de marzo; y un año después su matrona Acantia lo trasladó a las Españas, por tierra.
Este acto de repatriación no implica caída en desgracia, ni mucho menos. El año 393 el mismo Teodosio I nombraba procónsul de la provincia de África a un individuo de rango senatorial (vir illustris) llamado Emilio Floro Paterno, el cual tuvo un hijo al que llamó… ¿lo adivinan?... ¡Cinegio! Como el abuelo, pues casi con seguridad Paterno era el hijo de Materno Cinegio y de Acantia [6].
El mismo Paterno, en otro matrimonio, tuvo una hija y una nieta llamada Flora. El año 395 Paterno se encuentra en la corte de Teodosio en Milán, como ‘conde de las sacras larguezas’ (comes sacrarum largitionum), el mismo cargo que había ocupado nuestro Materno Cinegio antes de ascender a la prefectura.
Por cierto, Paterno tuvo un pique con el obispo de Milán, san Ambrosio. Por lo visto quería casar a la nieta Flora con el hijo Cinegio, a lo que el obispo se oponía, por ser tío y sobrina en tercer grado. Probablemente hubo dispensa, porque lo cierto es que Flora, ya viuda y viviendo en Nola (Italia), tenía un hijo también llamado Cinegio, que se murió y lo enterró en la basílica de San Félix, procurando que estuviese lo más cerca posible de la tumba del mártir.
Este detalle la haría famosa, porque el obispo san Paulino de Nola, amigo y tal vez pariente suyo, habló del tema con su colega y amigo san Agustín de Hipona, el cual escribió un ensayo muy curioso –Cómo cuidar de los difuntos– sobre los enterramientos cristianos, alabando unas costumbres y criticando otras, en especial las pompas fúnebres, «que tienen más de consuelo y ostentación de los vivos que de favor a los muertos».
¿Qué significa el lugar arqueológico de Carranque?
La evidencia acumulada hasta aquí apoya bastante la hipótesis de Fernández-Galiano. Esta tierra habría sido propiedad de Materno Cinegio, o quizá mejor de su viuda Acantia. Aun así, el enigma de Carranque subsiste. A menos que nuevas campañas saquen a luz alguna revelación, es de temer que los arqueólogos no lleguen a conclusiones definitivas. Y aquí harían su presa los noveladores.
No soy profesional en ninguna de ambas especialidades. Tengo, pues, más libertad que un Dimas Fernández-Galiano para darle un destino y significado  a este conjunto. Por otra parte, soy receloso con la novela ‘histórica’.
En fin, como nada arriesgo en ello –salvo tal vez hacer un poco el ridículo, según quien lea esta oscura página–, y siendo por añadidura de Bilbao, me puedo permitir pensar en negro sobre blanco la idea que saqué de la visita a Carranque.
Mi hipótesis de trabajo es que todo este complejo representa el gesto de una viuda, buena católica, de altísima alcurnia senatorial y posiblemente parienta de Teodosio. La cual, harta de su experiencia oriental al lado del marido, entre gentes dadas al enredo a la bizantina, vuelve a su España trayendo consigo, más que hipotéticas rapiñas, el archivo de sus recuerdos.
Mujer muy preocupada por los despojos humanos, que deben conservarse aseados y presentables para la Trompeta del Juicio, trae consigo los del marido, y con su fortuna personal y la ayuda espléndida de Teodosio levanta aquí una basílica, imitación aproximada de los Apóstoles de Constantinopla, de la que vemos la planta, más dos columnas de mármol y un lienzo de pared del ángulo NO, de aparejo bizantino, con hiladas de ladrillo alternado con la piedra.
Basílica de Carranque
Cuando digo basílica quiero decir iglesia basilical, no edificio civil, y menos palacio. La iglesia (1) nada grande sería en cruz griega (18 x 18 m) con sacristían a ambos lados del ábside. Precedía un nártex o galilea transversal (2) y un atrio (3) o patio de columnas (35 x 23 m, incluido el ancho a cielo abierto, 12 m ) con su pórtico (4). El eje conjunto (66 m) sigue dirección NO, cuando todavía no era general la orientación de los templos. El ángulo SO, a la izquiera del pórtico, dibuja la planta de un baptisterio (5). Los edificios adosados a la izquierda del atrio podrían corresponder a un monasterio (6).
No sé qué ceño pondría ‘Dimitas’ si, en su ya eterno descanso bien merecido, le llega noticia de mis disparates. Yo en cambio estoy de acuerdo con él en que ésta basílica es una de las más antiguas de España, si no la primera.
¿Y la Villa? Si la basílica era un remedo de los XII Apóstoles, la villa pudo ser la reconstrucción que la viuda desconsolada hizo de la que fue su primer hogar con su esposo en Oriente, en Antioquía tal vez. Los mosaicos se ejecutaron aquí, pero siguiendo modelos orientales. Por ejemplo, la fábula de Píramo y Tisbe –dicen los expertos– es típica oriental, y apenas vista en mosaicos de Occidente.
–¿Y el erotismo pagano de las escenas? ¿Cómo es posible que unos fanáticos católicos como eran ese matrimonio toleraran esa inmundicia en su casa, en su propia alcoba?
¡Por favor! Lo primero, ese fanatismo pudo ser habladurías de paganos, molestos con el prefecto. En todo caso, las fábulas y mitos, las Metamorfosis, las escenas de la Ilíada, entre cristianos cultos era literatura, como se ve en un autor tan severo como san Jerónimo, que las saca a cuento hasta cuando comenta la Biblia. En las recepciones y convites, los mosaicos del pavimento y las pinturas de las paredes solían ser temas de conversación y lucimiento. Por otra parte, la villa de unos recién casados pudo ser comprada o heredada tal cual, y no había motivo para cambiar el decorado.
En fin, supongamos que la dama del cubículo es la mismísima Doña Acantia. De joven, se entiende, aunque podía serlo todavía cuando fallece Cinegio.  Como hemos visto, en el mosaico ella luce una aureola redonda en torno a su cabeza. La aureola entonces no estaba reservada a los santos –también podían llevarla retratos de personas vivas–, pero algo tenía que ver con la santidad. En este caso podría indicar que la mujer se consagró a la piedad y el retiro, como viuda consagrada o monja en casa, al cuidado de la tumba y la buena memoria de un esposo del que estuvo enamorada. Y quién sabe si tanta basílica no sería un modo de promocionarle como candidato a la santidad, por los servicios prestados a la Iglesia.
Todo esto ya no es Arqueología, tampoco Historia. Es sólo imaginación, novelería mía. Pero es, por encima de todo, recuerdo de una excursión gratísima con mis colegas de la ONCE a un lugar que vale la visita. No se pierdan este gran Parque Arqueológico. Ya saben, en Carranque, junto al Guadarrama. Es el orgullo del pueblo y de su Excelentísimo Ayuntamiento.
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[1] Por el ojo de una aguja, Barcelona, Acantilado, 2016. Sobre el ojo de la aguja y lo que pasa por él ya dije algo aquí mismo.
[2] Antes llamado Santa María de Abajo o también Carranque de Yuso,  a una legua del pueblo de Carranque –antes Carranque de Suso (o de arriba).
[3] Recomendable como libro no sólo bien documentado, sino bien construido y escrito; asequible también en traducción española. En mi opinión, para la información sobran la mitad de paginas o tal vez dos tercios. Pero es que el autor quiere dejar una obra de arte literaria, y eso es otro género, allá cada cual. El libro se deja leer con fruición.
[4] Echar la culpa del mal gobierno a la mujer del que manda es en parte un tópico, que en este caso se repetirá con el hijo y sucesor de Teodosio, el abúlico Arcadio,  manipulado por su mujer Elia Eudoxia en la firma del decreto para el derribo de templos paganos (399). También esta fue dirigida espiritual de un monje, san Pansofio, luego obispo de Nicomedia.
[5] (Anno 388) Theodosio Augusto et Cynegio consule:
(1) His coss. defunctus est Cynegius praefectus Orientis in consulatu suo Constantinopolim (sic). hic universas provincias longi temporis labe deceptas in statum pristinum revocavit et usque ad Aegyptum penetravit et simulacra gentium evertit. unde cum magno fletu totius populi civitatis deductum est corpus eius ad Apostolos dia XIIII Kal. April. et post annum transtulit eum matrona eius Achantia (sic, pro Acanthia) ad Hispanias pedestre (adverbial, como en griego pezêi, ‘a pie’). El texto no deja claro si Cinegio murió en Egipto o más bien en el viaje a la metróplis. Cfr. Consularia Constantinopolitana und verwandte Quellen. Edic., traduc. y coment. de Maria Becker & al., F. Schöningh, Paderborn, 2016, pág. 50; ver comentario, págs.137-139, con referencia a la Villa de Carranque.
[6] Paula Rose, A Commentary on Augustine’s ‘De Cura pro Mortuis Gerenda’. Brill, 2013, págs. 19 y sigs.