martes, 2 de enero de 2018

Navidades para Europa



A Karlovitch, compañero de remo de la ‘Argos’.


Europa, nuestra Unión Europea, tiene también sentido como herencia del Sacro Imperio Romano: un proyecto de largo alcance ideado  por los papas de Roma y puesto en marcha en la Navidad del año 800, cuando León III coronó emperador a Carlomagno.

Releer a Eginardo
Estas Navidades, meditando sobre la Europa de verdad, frente a esa otra ‘Europa de los pueblos’ que vocean ciertos pueblerinos nada desinteresados, vuelvo sobre la Vita Karoli Magni por su secretario y cronista Eginardo, con aquel cuento de ‘Navidad-800’ contado en clave de misterio. Me gusta imaginar que Eginardo, o Einhart, escribió aquella biografía a modo de cartilla, para que aprendiesen a leer latines los nietos del héroe, y de paso aquellos tarambanas tuviesen a quién parecerse, mejor que a su padre Luis el Piadoso, o el Pasota.
A Eginardo le reprochan haber calcado su trabajo sobre las Vidas de los Césares de Suetonio, en especial la Vida de Augusto. ¿Es que los escritores del ‘renacimiento carolingio’ no sabían ser originales? Claro que sí, pero según en qué géneros literarios. En algunos, como este, se imponía la imitación de lo clásico. En todo caso, la Vida de Carlos el Grande es de lectura amena,  de las que no se olvidan; o sea que algo tiene [1].
Todo el panfleto es una evocación de cuatro modelos regios: los bíblicos David y Salomón, y los romanos Augusto y Constantino. Carlos da la imagen del rey amante de la paz, obligado por ello a hacer la guerra siempre justa, siempre con Dios de su parte,  siempre victorioso.
¿Siempre? Bueno, ahí quedó para la historia y la epopeya el episodio de Roncesvalles (verano de 778). El patriotismo español desde siglos lo celebró con modestia. Más pretencioso el nacionalismo vasco, desde anteayer, magnifica como victoria militar patria un golpe de mano, que de político tuvo lo que el atraco al tren de Glasgow. Eginardo reconoce ingenuamente que el desfalco nunca pudo ser vengado, porque los atracadores se perdieron sin dejar huella.
Con las guerras sajonas y húngaras, Carlomagno había ganado terreno al paganismo para la cristiandad. ¿Qué tal un redondeo por el sur, ahora a expensas del vecino reino cristiano y católico lombardo? Sin molestar mucho al imperio bizantino, era una forma de mantener las buenas relaciones de Francia con la Iglesia, asentadas desde tiempos de Clodoveo, y más tarde, con Pipino.
Los pipínidas francos estaban de nueva luna de miel con la Santa Sede. Uno de ellos, Pipino III el Corto (o el Breve), mayordomo de palacio, harto de la inutilidad de su rey Childerico III el Bobo consulta al papa Zacarías:  «¿Qué hacemos con este muermo coronado, que no da golpe?». Respondió el oráculo:  «Quien reina de hecho sea rey de derecho». La anécdota es apócrifa, pero para Pipino, como si fuese auténtica:  destronó al rey, lo encerró en un monasterio, se caló la corona y fundó dinastía (751).
Pipino pasó a ser el gran campeón de la Iglesia, molesta con los bizantinos pero sobre todo con los lombardos, el ‘azote de Dios’ por los pecados de Italia [2].
Dios escribiendo torcido en renglones derechos
El año 752 fue elegido papa Esteban II, que inmediatamente concibe un plan audacísimo, casi temerario. A principios de 753, un oscuro peregrino franco vuelve de Roma a la patria, uno de tantos. Pero aquel hábito escondía a un enviado secreto, portador de un mensaje del nuevo papa pidiendo una entrevista privada con el rey de los Francos.
La trama del papa era poner en efecto cierto documento supuestamente imperial antiguo, del siglo IV, con privilegios de Constantino el Grande al papa Silvestre y sus sucesores. La pieza de marras era una falsificación romana recién horneada. El falso Constitutum Constantini fue toda la base jurídica para la creación de los Estados Pontificios y el reconocimiento del papado como monarquía con territorio propio [3].
En verano llegó la respuesta de Pipino, afirmativa, y el envío de escolta para llevar al papa a su presencia, burlando al rey lombardo Astolfo (749-756), que sospechaba de aquella intriga, y en ningún modo quería a los francos en Italia. El rey franco, bien aleccionado, recibe a Esteban en Ponthion (Champaña) con un ceremonial calcado de la leyenda constantiniana, donde el emperador hacía de caballerizo del papa (un anacronismo copiado  de la etiqueta bizantina).
El acuerdo fue un toma y daca. Un domingo de julio de 754 Esteban unge a Pipino y su familia como dinastía legítima y hereditaria. El rey de los francos y sus dos hijos, Carlos y Carlomán reciben el título honorífico de patricios de Roma y protectores del papado.
Tocaba ahora al rey franco cumplir su parte, pegando a territorios lombardos y bizantinos algunas dentelladas para ‘devolverlas’ al papa. Cosa que, a decir verdad, no era plato del gusto de Pipino, ser cobrador de gentes que a él no le debían nada. De hecho, Esteban tendrá que recordárselo por cartas incluso severas (754-756). Esto, más algunas donaciones espontáneas del propio rey franco, constituyó los primeros Estados Pontificios, políticamente hablando. Una veintena de ciudades en total, cuyas llaves se depositaban en Roma, sobre la tumba de San Pedro [4].
Pipino muere el 771 a la edad de unos 55 años. Sus dos hijos, Carlos (o sea Carlomagno, 29 años) y Carlomán (20 años), heredaron el reino y el papel de protectores de la Santa Sede y sus estados. Era papa en Roma Esteban III (767-772), y reinaba en Ticino (Pavía) Desiderio, rey de los lombardos (756-774).
Desiderio no fue el enemigo natural del papado que tanto denunciaban los papas, y sólo era amigo de su propio interés. De hecho, al principio había buscado entenderse con Esteban II, y también pareció que lo haría con su hermano y sucesor Pablo I (757-767). Bien es verdad que un aspirante a dominar toda Italia tenía que chocar con quien se arrogaba parte de ella  en nombre de San Pedro. Esto será siempre así hasta el Risorgimento nacional italiano, en el siglo XIX.
Una mentira con patas muy largas
La Historia está llena de falsificaciones, algunas muy buenas, en un mar de mediocridades y chapucerías. De la chapucera Donación de Constantino, los historiadores no saben qué admirar más, si la osadía de los falsarios, o la credulidad de las gentes. Porque ni siquiera en la cancillería de los Hohenstaufen, bajo un emperador germánico tan culto, tan descreído  y tan enemigo del papado como lo fue Federico II (1212-1250), se denunció jamás aquel documento. Sólo en el siglo XV dos eruditos, casi al mismo tiempo, demostraron lo evidente. Dos individuos, conviene añadir, nada sospechosos de hostilidad a la Santa Sede: Nicolás de Cusa era un cardenal de la Iglesia; Lorenzo Valla, un canónigo de la Basílica de Letrán en Roma.
Más asombroso todavía: tan estupenda demostración no tuvo el más mínimo efecto práctico, y en lo sucesivo los papas, sin ceder ni una pulgada de aquel patrimonio con vicio de origen, procuraron aumentarlo por todos los medios, incluida la guerra. Los papas, siempre sin apearse de aquel tinglado histórico-jurídico, se opusieron tenaces a toda federación italiana que no fuese bajo su teocracia. Y cuando en el siglo XIX la joven Italia laica les reclamó su capital natural, Roma, los pontífices seguían con su mantra, “non possumus”. Imposible renunciar a un designio de Dios manifiesto, aunque para revelarlo a los hombres se valió de una mentira piadosa [5].
No sin humorismo clerical, san Pío IX comentaba así el gran fraude que dio origen a los Estados Pontificios:
«Por singular consejo de la Providencia Divina,  a la caída y reparto del Imperio Romano en diversos reinos, los romanos Pontífices, constituidos por dios en cabeza y centro de la Iglesia toda, adquirieron ellos también un principado civil… Éste les aseguraba la libertad política, tan necesaria para poder ellos ejercer su poder, autoridad y jurisdicción  espiritual en el mundo entero, sin estorbo alguno.»
Por si fuese poco, aquella pieza falsa, en la mentalidad del clérigo que la forjó, ni siquiera pretendía en principio fundar unos dominios papales, que en parte ya existían, sino mera y simplemente legitimar para la Santa Sede y el Clero romano la introducción de una etiqueta, ceremonial  e insignias imperiales a la altura de la corte de Bizancio. En la práctica fue como aplicarse el papado a sí mismo su propio dictado por boca de san Zacarías I: «Sean reyes de hecho y derecho los que lucen insignias de tales».
Una herencia problemática
La falsa herencia de Constantino trajo problemas a la Iglesia, y uno muy serio no se hizo esperar. El nuevo carácter de ‘papa-rey’ convirtió el papado en objeto de deseo como nunca lo fue antes. Y al no ser una dignidad hereditaria fomentó el nepotismo. Todavía estaba Pablo I en su lecho de muerte, asistido por un solo clérigo leal de nombre Esteban, y ya se reñía por sucederle. De hecho, la sede romana estuvo vacante un año largo, en un escenario de violencia física.
Pareció triunfar un tal Constantino, un sujeto que ni siquiera era clérigo y recibió las órdenes sagradas a machamartillo, entre escolta armada. Su mensaje de amistad al rey  Pipino ni siquiera mereció respuesta. Desiderio el lombardo por su parte trató de imponer como papa a su títere, el monje Felipe, que al día siguiente de su consagración dio la espantada.
En Roma se puso de moda entre contrarios sacarse los ojos, a la bizantina. En los claustros monásticos no será rara la estampa del lazarillo atado a un hombre a tientas, con las cuencas vacías. El propio intruso Constantino pasó por la experiencia; y no se habrá cerrado el siglo, cuando veremos en esta historia a un papa legítimo, León III, que a punto estuvo de perder los ojos junto con la lengua [6].   
Finalmente, el 7 de agosto de 768 resultó elegido y consagrado papa Esteban III, aquel  eclesiástico que rezó en soledad junto a Pablo I moribundo. Aun así, no le fue nada fácil imponer su autoridad en Roma, por lo que escribió a Pipino pidiendo socorro.
Aquella carta no la leyó el destinatario, que había muerto. Fueron sus dos hijos, Carlos y Carlomán, herederos de un reino compartido, los que la abrieron y la pasaron al obispo de Reims, Turpín. Este personaje, que luego fue leyenda, eligió a una docena de colegas  prudentes en Derecho que le acompañaran a Roma, a un Concilio en Letrán (769), para discutir la suerte del usurpador Constantino, y de  cómo elegir papa en adelante.
El pseudo papa ciego se defendió bien, alegando precedentes de sujetos legos que fueron pontífices. Con ello sólo consiguió sacar de quicio a sus rivales, que con celo de la Casa del Señor, más que caridad cristiana, a golpes y puntapiés le echaron del  aula.
El papa no sabía qué hacer. Entre francos lejanos y lombardos próximos, tentó un acercamiento a éstos. Desiderio acudió a Roma ‘como peregrino’, pero con gente armada, sólo para encontrar cerradas las puertas, repartida la defensa común de la urbe en tres facciones: romanos, pro-bizantinos y pro-francos, más los NS/NC de toda la vida (771). Ahora Esteban III optaba por los francos, amigos de Roma, aunque también de Bizancio, siquiera de boquilla. El concepto que los bizantinos tenían de sus aliados los bárbaros francos se resumía en un refrán: Ton fránkon éji fílon, ouk éji gítona (Al franco tenle de amigo, no de vecino).
Papa Esteban III y su personal estilo epistolar
Desiderio, que codiciaba toda Italia, tenía varias hijas que utilizó para enlaces políticos, así de alianza como de apaciguamiento. Dos de ellas, Deseada y Gerberga, las ofrecio a los hermanos Carlomagno y Carlomán, que estando ya emparejados rompieron sus compromisos.
Cuando el papa Esteban III tuvo noticia de que ambos hermanos iban a ser yernos del rey lombardo, enfurecido se puso a dictar para ellos una carta, avisándoles que aquella alianza era una treta del diablo para contaminar la pureza racial de los francos con la sangre más ruin.
He conocido la carta del papa por un párrafo traducido, y aunque tengo alguna experiencia del lenguaje y tono que se gastaban ya entonces los pontífices –excesivos en los elogios como en los insultos y amenazas–, esta vez el texto me ha parecido tan chocante como para acudir al original, que traduzco y esto es lo que hay [7]:
A los Excmos. Sres. hijos Carlos y Carlomán, reyes de los francos y patricios de los Romanos, el papa Esteban: [...]
Ha llegado a noticia nuestra, y lo decimos con el mayor dolor de corazón, que Desiderio, rey de los lombardos, trata de persuadir a vuecencias para que cada uno de vosotros dos se case con una hija suya. Lo cual, de ser así, es una treta del diablo, y más que un matrimonio, es una coyunda perversa  de nuevo cuño…
¿Qué locura es esa, que casi no hay palabra para decirla? Vuestra gente preclara de los francos, que brilla sobre todas las demás, se va a contaminar (ojalá no) con la ralea hedionda de los lombardos, que ni siquiera se cuenta entre las humanas. Esa raza de la que, como es sabido, descienden los leprosos. Nadie en su sano juicio podría imaginar que reyes tan renombrados se impliquen en un contagio tan detestable y abominable. ¿Qué tiene que ver la luz con las tinieblas, el fiel con el infiel? Vosotros, por voluntad y consejo divino, ya estáis casados legítimamente, por decisión de vuestro padre, con esposas por cierto hermosísimas de vuestra patria y de la estirpe nobilísima de los francos, como reyes preclaros y nobilísimos. A esas habéis de amar, y no os es lícito repudiarlas para tomar a otras o mezclaros con sangre extranjera… ¿Acaso alguno de vuestra estirpe nobilísima se contaminó jamás ni se mezcló con la horrenda raza lombarda? ¡Y vosotros os proponéis (Dios no permita) mancharos con esa gente horrible!...
La filípica es larga, y en ella abunda el papa en el mismo argumento racista. Diríase que no le ofende tanto la poligamia o el divorcio como tales, sino porque al emparentar los francos con el rey lombardo, éste se asegura manos libres para robar el patrimonio de San Pedro. Por eso termina Esteban conjurando, por los huesos del santo Apóstol y por el Día del Juicio, so pena de excomunión y condena al fuego eterno,  que a ninguno de los dos hermanos se le ocurra tomar por esposa a una hija del lombardo, ni conceder la mano de Gisela, su nobilísima hermana, para el hijo de Desiderio [8].
No se sabe la fecha exacta de tal carta (769?), ni está claro el efecto que pudo tener, salvo que  la relación entre el rey lombardo y el papa quedó maltrecha. Aquellos monarcas eran en la práctica todos polígamos y muy capaces de disolver sus compromisos conyugales mediante el divorcio o de forma más expeditiva. De ‘san Carlomagno’ –porque siglos más tarde fue canonizado–, el biógrafo Eginardo habla de sus concubinas y de hijos que tuvo con ellas. Ya entonces Carlos tenía por lo menos un hijo, Pipino el Giboso (h. 767-811), de una tal Himiltruda, noble franca. Y lo mismo que repudió a ésta para tomar, instigado por su madre Bertrada, a la lombarda Deseada,  también a ella repudiará cuando llegue la hora de atacar a Desiderio para quitarle el reino.
Por fin, Carlo Magno
Esa hora sonó en diciembre de 771, cuando Carlomán muere y Carlomagno reina en solitario. La viuda del difunto, la lombarda Gerberga, vuelve a casa de su padre llevándose a sus dos hijos varones, que el abuelo Desiderio reconoce. Les acompaña la repudiada de Carlomagno,  Deseada, reemplazada por Hildegarda. El papa y Desiderio hacen las paces, sólo de momento, porque tres meses más tarde también Esteban III muere (1-02-772). Le sucede, electo por unanimidad, Adriano I (772-795). Un papa con ideas muy claras, al menos en lo tocante a su sed de poder temporal y espiritual.
El divorcio de Carlomagno, como sus bodas y apaños, no fue por miedo al infierno o a la indignación de San Pedro Apóstol, ni siquiera por complacer al difunto pontífice, sino por razón de estado, que el nuevo papa entiende y aprovecha. Por eso, cuando el rey lombardo le pide que dé la unción regia a los hijos de Gerberga, Adriano rehusa, a sabiendas de que Roma será atacada; pero para eso cuenta con los buenos muros de Roma, y ahora también  con el rey franco, que sigue ostentando el título de patricio romano y protector de la Urbe.
Los legados secretos del papa sitiado, en ruta tortuosa por tierra y mar, llegan a Paderborn, ante la corte franca en pleno. Allí pintan de oscuro la situación crítica de Roma, mientras dejan caer pinceladas claras y golosas sobre la Lombardía tan llana, tan abierta, tan asequible para Carlomagnos y sus leudes, condes y paladines.
Dos grandes  columnas francas se ponen en marcha y cruzan los Alpes, una por el San Bernardo, la otra con el rey por el Moncenís –la ruta de Pipino–, para caer sobre Milán, Verona y Ticino (Pavía).  La noticia paraliza a Desiderio, que levanta el cerco de Roma y se encierra en su capital, dotada de poderosos muros con 17 puertas. Acampados en torno pasaron los francos la Navidad de 773.
El cerco se alarga y Carlomagno se toma una peregrinación a San Pedro. El Sábado Santo, 2 de abril de 774, besaba los muros de Roma y el día siguiente cumple con Pascua. Adriano le recibe en Letrán, y de allí al Vaticano, donde el rey sube las gradas del atrio de rodillas besándolas una a una, mientras el clero repite: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”.
Sobre el altar, encima de la tumba de San Pedro, las dos cabezas de la cristiandad renuevan sobre los Evangelios el pacto de lealtad y defensa mutua. El papa hace sacar de un armario fuerte un envoltorio de seda con broches de oro. Abiertos los cuales, apareció como nueva la carta sellada de la Donación de Pipino.
El principio de una bella amistad
Carlomagno lee y relee aquel texto de su padre; y echando en falta ciertos pormenores que Adriano mismo le va soplando aquí y allá sobre la marcha, reclama a su protonotario y le dicta nueva carta de Donación más precisa y más en forma. Es de notar que en ésta y sucesivas donaciones de Carlos al papado, el objeto de dominio papal se define estrictamente –esto y no más–, mientras que la jurisdicción pontificia espiritual se reconoce universal y sin límites.
El papa corresponde regalando al rey reliquias y otras preciosidades, más un Libro de Cánones de la Iglesia para su gobierno, con una dedicatoria autógrafa. Eran 54 versos latinos que no conozco, pero según leo formaban acróstico, cuyas iniciales decían:
DOMINO EXCELLENTISSIMO FILIO KAROLO MAGNO REGI HADRIANUS PAPA
(Al Excelentísimo Señor hijo Carlo Magno Rey, el Papa Adrián) [9]
Como también, para recuerdo, se acuñó una medalla que tampoco he visto, con los dos personajes sujetando el libro de los Evangelios sobre el altar o tumba de San Pedro. SACRUM FOEDUS (Pacto sagrado), rezaba el título; y la inscripción, como de dos enamorados:
TECUM SICUT CUM PETRO : TECUM SICUT CUM GALLIA
(Contigo, como con Pedro : Contigo, como con Francia)
A todo esto, Pavía se pudre entre el hambre y la peste, resistiendo entre siete u ocho meses  antes de rendirse (774). Desiderio se entrega a merced de Carlos, que según costumbre gótica le hace rapar la cabeza en forma de tonsura monástica y le recluye en la abadía franca de Corbeya. Allí, cuentan las Actas de la Orden de San Benito, el ex rey de los lombardos  ya no fue más que ‘fray Deseado’, un monje ejemplar y devoto hasta su muerte (786). Pocos recordaban que aquel religioso tan callado a punto estuvo de realizar la unión de Italia bajo su cetro.
Gerberga, la cuñada de Carlomagno, igualmente monja a la fuerza, y sus dos hijos también al convento. El hijo y heredero de Desiderio se escapó a Bizancio. En su lugar, fue Carlomagno quien se ciñó en San Miguel de Pavía la Corona de Hierro lombarda, que todavía se muestra, mutilada y  retocada,  en el tesoro de la catedral de Monza. Un Carlomagno generoso ‘devolvió’ al papa Adriano parte del territorio lombardo, junto con Rávena y otras ciudades que fueron bizantinas.
Fue como en las novelas sentimentales, el principio de una bella amistad. El Códice Carolino nos ha conservado un paquete de cartas de Adrián I a Carlos, con encabezamientos de este tenor o parecido [10]:
«Benignísimo hijo, hemos recibido de tu excelencia  melíflua y protegida de Dios las honorables sílabas…»
Adriano muere el día de Navidad de 795. Con el poder contrajo esa debilidad, tan italiana, de promover a su familia y parentela con cargos y sinecuras. Fue el primer papa nepotista en toda regla, y eso iba a tener mal efecto inmediato. Pero no anticipemos.
«Carlos lloró a su mejor amigo como su hubiese perdido al hermano o al hijo predilecto. Porque era propenso a trabar amistades y constante en ellas, siempre afectuoso con sus amigos» (Eginardo, 19).

Él mismo, como poeta y para desquitarse de aquella dedicatorio en verso tan larga que le endosara el difunto, enviará para su tumba un gran mármol cubierto de dísticos latinos. El Epitafio de Adriano I –una placa vertical de mármol negro con letras de oro en la pared del  atrio de San Pedro, entre otros sepulcros de papas– se hizo tan famoso, tan buscado y mirado por los peregrinos cultos, que al demolerse la vieja basílica constantiniana para levantar la nueva, mientras otras piezas arqueológicas se iban amontonando en las Grutas Vaticanas, o bien se reciclaban como escombro, ésta fue de las contadas que se salvó íntegra, y hoy sigue más o menos donde siempre estuvo, en el atrio nuevo según se entra a mano izquierda [11].
Dice Carlos que aquellos versos los escribió él mismo, mientras se le caían las lágrimas por la pérdida de un padre:
POST PATREM LACRIMANS KAROLUS HAEC CARMINA SCRIPSI

Eso dice, en primera persona. Que sea cierto, o tal vez licencia poética, es otro cantar. Los malpensados –ingleses mayormente– insinúan que un hombre tan ocupado como él bien pudo ceder el encargo de los veinte dísticos al clérigo, profesor y poeta cortesano Alcuino de York. (La verdad es que la lápida con el epitafio es una joya glíptica, que dice mucho del gusto y la técnica de los francos, y sólo la desmejora el marco barroco que la rodea.)
Y el papa León III improvisa Europa
Muere Adriano I en Navidad, y el día siguiente ya había nuevo papa por aclamación del clero: León III (795-816). ¿A qué tantas prisas? Sin duda, para no dar tiempo a que la familia del difunto sacara ventaja. El nuevo papa era nadie en sociedad, un cardenal de escalafón sin familia propia.
Seguidor de la política autoritaria de Adriano, León envía a Carlomagno las llaves simbólicas de la Tumba de San Pedro y el estandarte de Roma, mientras le escribe recordándole su compromiso como Patricio Romano.
Carlos se sorprende. Primera noticia de la muerte de su gran amigo. Por otra parte, lo del patriciado romano le estomagaba. Nunca se entendió con aquella casta de intrigantes corruptos, y ni siquiera le divertía disfrazarse de patricio.  Como anota Eginardo, él siempre vistió a la franca. Tres veces había estado en Roma, y sólo una, a regañadientes, se dejó envolver en aquella clámide, remedo de toga, que como franco deportista le parecería incómoda y ridícula, más propia para estatuas que para personas semovientes.
La ilusión que se hacía León era doble: creerse un super-Adriano, cuando ni siquiera controlaba Roma; e imaginar a Carlos instrumento dócil de la Santa Sede. Rey Cristianísimo sí, pero por eso mismo, Carlomagno se sentía príncipe de la Iglesia, y en cierto modo sobre ella, frente a los enemigos de la Iglesia y del papado. Respondió cortés, envió a Roma el poema pétreo que hemos visto para el papa difunto, más otros regalos espléndidos para el nuevo; pero lo que ni se le ocurrió fue viajar a Roma, a sacar de apuros a su desconocido socio. Un papa, León III, de quien no todo el mundo hablaba bien. Perfectamente informado Carlos en sus cortes de Paderborn y Aquisgrán por sus missi doninici, enviados de confianza que iban y venían de Italia y otras partes, dejó a León dormir sus ilusiones, que por un momento resultaron pesadillas.
Los primeros cuatro años del pontificado de León III creció el descontento de la familia de Adriano y otras de su cuerda. León sufrió un atentado en que se implicaron también algunos griegos. El 25 de abril de 799, presidiendo la procesión de las letanías, en la calle que hoy se llama el Corso, al pasar por delante de un monasterio, dos sobrinos de Adriano derribaron al papa de su mula y le arrastraron adentro. Su intención no era asesinarle, sólo secuestrarle, mientras unos sicarios se dedicaban a arrancarle la lengua y, por supuesto, sacarle los ojos. Pero hasta en eso fueron torpes, pues la víctima retuvo («por milagro de San Pedro») la vista y el habla.
El complot fracasó, quedando sólo en dos acusaciones de poco recorrido: adulterio y perjurio. Más que suficiente para interesar a Carlos, que en gesto de autoridad hizo traer al papa a Paderborn, a su presencia; eso sí, con honores militares de soberano. Aquel viaje anunció un vuelco en la Historia de Europa.
En Paderborn se acordó la vuelta de León a Roma, con escolta y comitiva franca. Al papa, vicario de Dios, no podía juzgarle nadie en la tierra. Sólo el mismo podía purgarse ante los romanos y francos con un juramento simple, sin someterse a ninguna de las ordalías o pruebas bárbaras del fuego y del agua. Carlos anunció también su idea de celebrar en Roma la próxima Navidad. Qué más se acordó en aquellas vistas, es tema de especulaciones.
El relato de aquella Navidad del 800 se aderezó y ajustó a pauta evangélica. En la liturgia, la Nochebuena se anuncia con un pregón cantado llamado ‘La Calenda’, que sitúa el hecho histórico de la Encarnación del Verbo –confundida adrede con el nacimiento de Cristo– por fechas o efemérides, desde la Creación del Mundo, el Diluvio, la Fundación de Roma, etc. etc., hasta el año XLII del imperio de Octaviano Augusto, «toto orbe in pace composito», todo el mundo arreglado en paz: una verdad siempre a medias, porque en el orbe siempre hay gente para todo, en especial para armarla. El vascón indómito, sin ir más lejos. Total, que en agosto de aquel año Carlomagno emprendió su última peregrinación a Roma, para festejar allí el cambio de siglo.
Con mucho sentido, la marcha sobre Roma propiamente dicha la hizo Carlomagno  desde Rávena, capital del Hexarcado bizantino. El 23 de noviembre encuentra a León en Mentana, en el miliario XIV de la vía Nomentana, donde se recibía a los exarcas. De allí van juntos a Roma. Como gesto político, una provocación y ninguneo al Imperio, gobernado entonces por una mujer, Irene.
En Roma todo salió como estaba previsto. Parte de los regalos de Carlos la había gastado el papa en algunas mejoras en Letrán. Hoy en día, frente a la basílica, se alza un pastiche moderno con la reconstrucción muy sobada de dos grandes mosaicos perdidos, idea de León III como cartel publicitario de su nuevo plan sacro-político. Los originales de estos mosaicos, del año 797, adornaban el triclinio o salón-comedor del palacio del papa. Una de la composiciones muestra al Salvador –titular de la basílica– de talla gigantesca, entre el apóstol Pedro y el emperador Constantino a sus pies. En la otra, San Pedro entronizado, con el palio y las llaves en el gremio, ofrece con la diestra una estola a un joven “Santísimo Don León Papa», y al otro lado, “Don Cárulo» recibe una bandera, ambos arrodillados a sus pies. (Don Cárulo, coronado, luce un mostacho a la francesa, muy parecido por cierto al del Apóstol. Karulus o Cárulo, diminutivo de Caro, en el bajo latín de entonces significaba Queridito.)
En aquel triclinio y decorado el papa se ‘purgó’ sin dificultad bajo juramente de unas acusaciones que serían falsas, o tal vez no. Los dos denunciantes y principales culpables del atentado que desfiguró al pontífice fueron condenados a muerte, pero el papa con buen acuerdo pidió la conmuta por destierro a Francia, a merced de Carlos.
Irene:  feminismo incorrecto
Mucho antes de aquel 11 de septiembre de 1741, cuando los aristócratas húngaros, puestos en pie en la Dieta de Presburgo, gritaron aquello de Moriamur pro Rege nostro Maria Theresia (Muramos por nuestro rey María Teresa), en la Constantinopla del siglo IX una mujer se firmaba y hacía llamar en masculino  basileus, emperador. Aquella fémina era Irene Sarantapijena, mujer que fue del emperador León IV (775-780).
Con todos sus defectos y poca cultura, esta dama de hierro tuvo el mérito de poner fin a un cisma eclesiástico y civil gravísimo, a cuenta de la veneración de las imágenes sagradas.
Desde el año 730, en que el emperador bizantino León III el Isauro prohibió los iconos o imágenes sagradas, la cristiandad griega anduvo dividida entre e iconoclastas e iconodulos. Y no era lo más grave que los iconoclastas rompiesen imágenes, sino que unos y otros se partían la cara en cada encuentro. Irene, iconodula devota y secreta, manejó a su marido León IV por caminos de tolerancia, y una vez viuda (780) se declaró regente por el hijo Constantino VI, de nueve años, y puso fin a la ‘herejía’ de los iconoclastas. Por esta razón las iglesia griega la venera como santa.
Una santa a su manera. Porque cuando su hijo tuvo edad de reinar (787), Irene no se dio por enterada, haciéndose llamar siempre basilisa (emperatriz). Hijo y madre se llevaron a muerte, entre suspicacias mutuas. Irene primero hizo abortar una supuesta conjura de varios cuñados, tíos de Constantino, en favor de uno de ellos, Nicéforo, al que hizo sacar los ojos, y cortar la lengua a los demás. Una forma de avisar que una mujer estaba capacitada para ocupar el trono de Bizancio. Y todavía años después ella misma, sintiéndose amenazada por el príncipe, dio un golpe de estado, le hizo prisionero, y la basilisa se autonombró basileus, ‘emperador’ (sic) en lugar de su hijo, previo el trámite de dejarle ciego. Es de notar que la voluntariosa Irene había querido emparentar con Carlomagno casando al chico con una princesa franca, cosa que no prosperó. Así que volvamos nosotros a Roma.
‘Navidad-800’ para una nueva Europa
Aquella Navidad del 800 tuvo un hors-de-programme, algo que cogió de sorpresa al público de San Pedro, salvo unos pocos enterados. Antes de misa, mientras Carlomagno oraba ante la ‘confesión’ del Apóstol, el papa León se le acercó con una corona de oro y se la puso en la cabeza, entonando él mismo la aclamación como Emperador de los Romanos, que se repitió atronadora. Al asombro siguió el júbilo. Sólo el interesado, Carlomagno, se mostró pesaroso, quizá molesto. La Vita Karoli sugiere un gesto de humildad demasiado hagiográfico para creído.
No es descartable algo de teatro, de cara al lobby bizantino, por ejemplo. Lo dejo así, porque es difícil calar en la psicología de un personaje tan remoto. Si el árbol se conoce por los frutos, digamos que Carlomagno asumió perfectamente su nuevo papel, mientras la Cistiandad de Occidente le saludaba, no tanto como restaurador del Imperio Romano, como sugería el patriciado de la Urbe, sino como fundador de un nuevo Imperio Sacro, o dicho en moderno, de una nueva Europa.
El chovinismo galo, que en toda la saga capeta no logró colocar candidato al Sacro Imperio, se compensó entendiendo la Navidad de Carlomagno como una ‘traslación del Imperio Bizantino’ a Francia. Así los ‘reyes cristianismos’ fueron de derecho emperadores. Delante de mí tengo abierto un hermoso libro, muy bien encuadernado en piel roja y cantos dorados, con firma de propietario, un tal Delamotte 1767. Lástima que no ponga lugar, porque me pregunto si sería el epónimo fundador del champaña famoso (1760). Autor del libro fue el Padre Luis Mambourg, de la Compañía de Jesús. Es un  ejemplar de la primera edición de su Histoire de l’hérésie des Iconoclastes (París, 1674); y viene a cuento el subtítulo: ...de los Iconoclastas, y de la traslación del Imperio a los Franceses. El nacionalismo patriotero es lo que tiene: lo mismo magnifica Roncesvalles, que trivializa la ‘Navidad-800’, Navidad para Europa [12].

Notas:
1. Hay en la Red edición bilingüe latino-española: Eginardo, Vita Karoli Magni/Vida de Carlomagno, por Pablo J. Castiella, con comentarios puntuales que saben a poco.
2.  En realidad, la primera toma de contacto político del papado con el reino franco tuvo lugar en tiempos de Gregorio III (731-741), que hostigado por los lombardos (el ‘azote de Dios’) pide socorro a Carlos Martel, abuelo de Pipino III. Aquellos bárbaros fueron católicos desde su conversión al cristianismo. Pero  aquel mayordomo de palacio no estaba de momento en condiciones de actuar en favor del papa, que murió amargado. Su sucesor san Zacarías I (741-752) tuvo habilidad para negociar con el reino y los ducados lombardos. El precario equilibrio se rompió bajo su sucesor Esteban II (752-757), cuando el rey lombardo Astolfo apetece el Ducado de Roma, ante la impotencia del emperador bizantino Constantino V el Coprónimo –literalmente, ‘el Cagón’, porque de pequeñín parece que se ensució en la pila bautismal.
3.  La invención pudo ser de este pontificado, o algo posterior. La primera mención de la supuesta Constitución de Constantino se halla en una carta del papa Adrián I a Carlomagno en mayo de 778 (Jaffé, 4: 197-201, nº 61.) En ella le invitaba a emular los méritos del emperador Constantino para con la Iglesia Romana, «reintegrando al patrimonio de Pedro todos los territorios usurpados a lo largo de los años por la gente nefanda de los lombardos». Por otra parte, este papa en sus cartas a su gran amigo el rey de los francos  insiste machaconamente en pedirle que le devuelva estados arrebatados a la iglesia.
4.  En tiempo del papa san Gregorio I el Grande (590-604) el Patrimonio de Pedro –o ‘patrimonio de los pobres’, en alusión a la beneficencia y asistencia eclesiástica– era vasto, mayormente en Italia y Sicilia, pero también disperso por África, Galia meridional, Dalmacia, Ilírico, Córcega y Cerdeña. Hay que distinguir entre estados pontificios, en el sentido político, y propiedades de la Iglesia, muy anteriores y legítimas, garantizadas por Constantino en el Edicto de Milán siglo IV). De igual modo las iglesias locales y los monasterios se hicieron dueños de extensos patrimonios y feudos.
5. En 1870 se consumó el fin de los Estados Pontificios con su anexión al Reino de Italia.
6. Eginardo lo afirma rotundamente: «Romani Leonem pontificem multis affectum iniuriis, erutis scilicet oculis linguaque amputata, fidem regir [sc. Karoli] implorare compulerunt» (Vita Karoli, 18). Era un bulo que varias crónicas acogieron y aun ampliaron.
7. Philippus Jaffé, Bibliotheca Rerum Germanicarum, 4: Monumenta Carolina. págs. 158-164. Ep. 47, AD 769.
8. En aquellos tiempos el divorcio era frecuente y fácil, y la Iglesia era comprensiva con la flaquexza humana, permitiendo el matrimonio bígamo temporal, con la penitencia correspondiente: «Si uno, forzado por necesidad inevitable huye a otro ducado o provincia, a donde su mujer no quiere seguirle, si allí no puede guardar continencia, podrá tomar otra mujer, haciendo  penitencia» (Concilio de Verberie (Senlis), canon 9, a. 756 [no 752 ni 753], en el palacio real presidido por Pipino). Toda la serie de cánones de ese concilio sobre materia sexual es significativa. Volviendo a la carta 47 del Códice Carolino, aunque el papa daba por supuesto que ambos hermanos estaban ya casados, Himiltruda era concubina de Carlos, y su hijo Pipino el Giboso nunca fue reconocido. Todo el proyecto matrimonial con el rey lombardo fue idea de la viuda de Pipino el Breve, Bertrada. En cuanto a Gisela, su hija, si realmente la incluyó en el plan sería sacándola del convente, pues desde joven estuvo destinada a ser abadesa en Chelles, donde como tal murió (810). V. George Payne R. James, History of Charlemagne, 1832, pág. 114; reimpr. Forgotten Books, 2016. Cfr. Hefele, 3/2: 917 ss.
9. Todos los autores que he visto dicen y repiten que eran 45 versos. Se ve que no contaron las letras del acróstico, 54. Pero repito: tampoco he visto el poema.
10. Adrián I a Carlomagno, entre los años 774 y 780; Jaffé, 4, nº 63. El uso de ‘sílabas’ en vez de ‘letras’ (litterae, carta) lo veo repetido en más de 30 de las cartas.
11. Una traducción al español puede verse en F. Gregorovius, Roma y Atenas en la Edad Media, y otros ensayos. FCE, 1946,; "Los sepulcros de los Papas", págs. 253-254.
12. El P. Luis Mambourg (1610-1686), jesuita, tuvo erudición suficiente y estilo para haber sido buen historiador, de no haberse empeñado en mezclar ese oficio con la propaganda. Su carrera literaria fue relativamente bien, incluso tras la publicación de la obra referida, hasta que dio a luz Tratado histórico del establecimiento y prerrogativas de la Iglesia de Roma y de sus obispos (1682), a favor de las libertades de la Iglesia Galicana. El papa Inocencio XI ordenó su expulsión de la orden, mientras el rey Luis XIV le compensaba con residencia y pensión vitalicia.



sábado, 9 de diciembre de 2017

Proclamación Católica Catalana (1640)


«Cataluña, tierra de odios inmortales y mortales venganzas»
(Pedro de Marca)














       Huyendo del cielo plomizo de esta Cataluña de aluvión, buscamos cobijo en el desván de la Cataluña eterna, para descubrir que allí tampoco faltan goteras.
En la entrada anterior ensayamos un retrato político-moral de Gaspar Sala. Podríamos llamarle  ‘afrancesado’, si lo de 1640-1555 hubiese sido Guerra de Independencia de Cataluña. Pero no hubo tal, ni los promotores del entreguismo a Francia contaron para nada con el pueblo catalán, los Claris, los Margarit, o el padre Sala como agitador de palabra y pluma.  Probado el filo de la lengua de este crisóstomo predicador, tentemos hoy el corte de su pluma de ganso.
Abierta su  Proclamación Católica al Rey Felipe IV (1640), fijémonos en el óvalo superior de la portada. Entre llamas, un cálíz cubierto por una hostia con el agnusdéi [1]. ‘La Eucaristía, incendio de amor’: el emblema  pudo aprovecharse del repertorio de los devocionarios. Sin embargo, aquí el mensaje es otro: ‘La Eucaristía en el Infierno’. En Cataluña se ha quemado el Santísimo. Tierra católica como ninguna, no puede seguir reconociendo a un Rey de España que se titula ‘Católico’, mientras permite a sus tropas mancillar el Principado con sus profanaciones.
El sacrilegio como pretexto político
En aquella campaña catalana separatista, especial relieve se dio a un incidente en Riudarenas, localidad en la Selva de Gerona.  Un millar de soldados españoles del tercio de Leonardo Moles, mal recibidos en la villa y sin recursos, saquean la parroquial de San Martín, y acosados por un populacho armado que les excede en número ponen fuego de por medio, ardiendo el retablo y el tabernáculo con el Santísimo (30 de abril 1640) [¿o fue el 3 de mayo?].

Al toque a rebato por el incendio hacen eco los conventos de frailes y monjas, y en poco rato todo el Ampurdán era un clamoreo de campanas. Lo escribía con asombro el virrey Santa Coloma a Madrid [2]. Este suceso habría sido uno de los supuestos desencadenantes de la Revuelta de los Segadores y ‘Corpus de Sangre’ (7 de junio).
El ‘sacrilegio de Riudarenas’ no fue un hecho de armas glorioso, pero tampoco digno del impacto que causó, hasta el punto de servir a fray Gaspar Sala en su Proclamación explosiva como detonante. Pudo incluso haber pasado desapercibido en aquella confusión. Porque mirándolo bien, lo de Riudarenas, o luego lo de Montiró (30 de mayo) etc., tenía su lógica, si en Cataluña era frecuente que las iglesias guardaran bastantes cosas más que la eucaristía y el ajuar religioso.
Era costumbre payesa, en ocasiones de peligro, utilizar el templo parroquial como arca o caja fuerte donde guardar bienes, alhajas y dinero, incluso como almacén para el grano y la butifarra. Puesto allí todo a buen recaudo, junto con los cepillos limosneros y arcas de las cofradías, tras encomendarlo a Dios y los santos, en cuanto aparecía la soldadesca, la población bien armada se echaba al monte. Así, confiando en que la Casa del Señor ya tenía quien supiese defenderla, las gentes pensaban ahorrarse el saqueo de las suyas.
Cualquier tropa forastera, cualquier partida de bandoleros nativos, sabía dónde encontrar el remedio a sus apuros, y en ocupando un pueblo, la primera visita de cortesía solía ser a la iglesia. Y si los bandidos, o los soldados, eran buenos españoles y católicos, se santiguarían primero, antes de proceder al pillaje. Pero en los tercios había también italianos, valones, irlandeses, tudescos, más el séquito de aluvión; gente menos mirada con los objetos de culto, y que hasta hacían leña de los santos para guisarse el rancho.
Si en Riudarenas y alguna otra localidad gerundense se les fue la mano a los soldados, caro les costó, porque fueron excomulgados, ellos y sus capitanes. Peor aún, el obispo de Gerona puso en entredicho los lugares donde hubo quema.
El entredicho implicaba cerrar los templos, suspender el culto, dejar al pueblo sin misas, sin entierros, sin agua bendita y casi sin sacramentos. Era la pena eclesiástica más temida por el clero (reducido al paro, salvo servicios mínimos), y la más difícil de entender para el pueblo, como castigo colectivo. Era como dejar el pastor sin pasto espiritual a su propio rebaño.
El obispo de Gerona, Gregorio Parcero, era un monje benedictino ‘castellano’, para su cabildo y para los catalanes. Un gallego, para ser más exactos. Sólo que entonces la nación galaico-sueva –la más antigua de España–  no había alcanzado el reconocimiento de nacionalidad que hoy disfruta, como primera persona de la trinidad GAL-EUS-CA; o la segunda, o la tercera persona, según se lea ese molino de deseos.
Los sucesos pillaron al buen obispo ausente en Barcelona, de modo que quien gestionó el sacrilegio en caliente fue su segundo, el canónigo Pere Coderch, a la cabeza de un cabildo que se llevaba de esquina con la mitra, según regla general en Cataluña. Así, cuando su Excelencia Reverendísima regresa a Gerona reventando la mula, la causa estaba concluida, a falta sólo de la firma. En aquella encerrona, el obispo escribe al virrey:
« … Habiendo llegado las formas consagradas a esta ciudad, hice junta de todos los canónigos letrados de esta iglesia y de todos los prelados de las religiones para visitarlas, y las hallamos todas quemadas y vueltas carbón».
Un hecho así no podía quedar impune, en lo espiritual y lo temporal:
«He puesto censuras contras los sacrílegos que hicieron el caso, aunque contra ninguno en particular, porque los testigos no los conocieron. He puesto entredicho en todo el obispado. Esto es lo que me toca. Dios guíe las acciones de Su Majestad y de Vuestra Excelencia, para que se modere este escándalo.» 
Entendamos el relato con la mentalidad de entonces. Unas hostias carbonizadas, ¡pues vaya! Hoy sería más noticia, qué se yo, si el pobre sacristán de San Martín de Riudarenas murió achicharrado allí dentro, en su puesto de trabajo, dejando viuda y huérfanos a la intemperie. Porque cada tiempo y lugar tiene su idea de las cosas y sus valores. Antes, como hoy, muchos sagrarios se quemaban por accidente, incluso por el rayo del cielo. Pero el momento era el momento, y Riudarenas estaba haciendo historia en la Cataluña irredenta.
Dalmau de Queralt,
Conde de Santa Coloma
Virrey de Barcelona (1638-1640

«El obispo ha cumplido como obispo; es la hora del virrey» : así venía a terminar su carta-descargo monseñor. Pero la situación no era tan simple como él la veía. En visión política, allá se iban el prelado timorato y el representante de la Corona, que haciendo oídos sordos a los consejeros más prudentes dictó una operación de castigo contra las poblaciones de Riudarenes y Santa Coloma. El contragolpe fue el ‘Corpus de Sangre’, manipulado y dirigido contra él como cabeza de lista de los ‘desafectos’ al Principado. De hecho, el virrey fue su principal víctima.
A todo esto, por toda la Cataluña profunda, al clamoreo de campanas se unía el de los púlpitos. El ‘sacrilegio de Riudarenas’ era más propio de hugonotes que de católicos [3]. Si el ejército español se comportaba como los herejes, a ciencia y paciencia del gobierno español, Cataluña no tuvo más remedio que vengarse. La desbandada de los tercios ante ‘el villanaje’ del país era un aviso. Incluso hoy, catalanistas fervientes se complacen en afirmar que, antes de Rocroy (mayo 1643), la primera derrota de los Tercios invictos fue en Riudarenes.
Cara y cruz de la Proclamación

El panfleto de Salas, como lavado de cara de la traición catalana a España, tuvo su cruz en otro panfleto emanado del entorno de Olivares, también anónimo bajo el título de Aristarco. El autor, quien quiera que fuese, hizo buen trabajo, poniendo en evidencia metódicamente los errores (algunos garrafales), las incongruencias y la hipocresía de la Proclamación [4].
En aquella algarabía que era Cataluña, el panfleto de fray Gaspar Sala (dirigido al Rey para que lo oiga el mundo) quería ser la voz de la Razón encarnada en el alma de Cataluña y hablando por su boca, es decir, el alma y boca de las instituciones catalanas. Ahora bien, para un texto que se presentaba como conciliatorio, el exordio no podía ser más brusco:
«Los soldados de Vuestra Majestad que están en Rosellón alojados, no contentos de los estragos y exorbitantes sacrilegios hasta ahora cometidos, públicamente amenazan universal ruina y saco general al Principado… Para cuyo efecto esperan un socorro grande y copioso por mar y tierra. Esta voz es tan común; este rumor es tan general, que de tan grandes males se conduelen hasta las provincias extrañas.»
No se trata, pues, de producir un memorial de agravios al uso, sino de denunciar y conjurar un plan siniestro de saqueo y exterminio de Cataluña por la fuerza militar.  Dando por cierto el ‘rumor’, se apela directamente a la piedad del rey D. Felipe, como padre y como católico, para que no permita tal desafuero. Y la primera razón para convencerle es una constante histórica: la fidelidad de los catalanes a la realeza (p. 3):
«No tiene V. M. vasallos de fidelidad más entera, de legalidad más pura que los catalanes, pues llegaron a merecer de los señores Reyes públicas aclamaciones.»
Pruebas al canto, cita una serie de testimonios más o menos históricos de viejas crónicas, desde Carlos el Calvo que «reconoció en los catalanes la fidelidad como congénita». Pero eso no es nada junto a lo que cuenta del rey Fernando I de Trastámara, enfermo de peste en Igualada (1414). Allí tuvo ocasión Su Majestad de comprobar (p. 4)
«el entrañable amor de Juan de Fivaller, conseller de Barcelona,  que había ido de parte de la Ciudad a visitarle…; y que no sólo cuidaba de su salud, sino que con amor entrañable chupaba las llagas con su boca, y sacaba la podre de ellas.»
La estampa se coloreó sin duda con este rasgo inspirada en la hagiografía medieval. (Aunque por otra parte, chupar llagas no es ningún disparate, y el perro de San Roque era algo más que animal de compañía) [5].
Los romanos, que de lealtades entendían mucho y bien aprendido de los púnicos, apreciaron esa virtud catalana (pág. 5):
«Publio Escipión les encomendó la guarda de su persona. Lo mismo hizo Sertorio; el cual, en perderlos de vista, murió a manos de sus enemigos. Y Julio César en las jornadas de Lérida y Tarragona hizo mucha confidencia de los catalanes.»
Sala se remite al historiador catalán Jerónimo Pujades, muerto hacía poco (en 1635). No explica cómo identificaban los romanos a los catalanes, cuya primera mención data de la Edad Media. Es como cuando nuestros aberchales, metidos a historiadores, describen a los vascones contratados por Roma como tropa selecta, chamuyando en su inextricable lingua Navarrorum, muchos siglos antes de descubrirse Navarra.
El propio Pujades habla de «tota la terra dels Celtas (que vuy es Cathalunya) y principalmente la ciutat de Tarragona» (Toda la tierra de los celtas, que hoy es Cataluña)[6]. Y en fin, si para ir contra Lérida y Tarragona Julio César se fió de catalanes, algo no cuadraba.
El siguiente argumento histórico lo encuentra fray Gaspar en los tiempos de Juan II de Navarra y de Aragón, pintando una luna nueva de miel entre ese rey y Cataluña, sin decir ni pío de las luchas por el poder en esta tierra. Vueltas que da el mundo. Para someter al Principado hostil, Juan pidió un préstamo a Luis XI de Francia por valor de 300.000 escudos (trescientos mil), hipotecándole el Rosellón y la Cerdaña. Al no cobrar, Luis ocupa los condados catalanes, convirtiéndose ipso facto en el opresor. Porque opresor, por definición, es el que uno tiene encima. Por esta regla elemental, el rey de Aragón y Navarra, tan odiado del catalanismo institucional, se convertía en ‘el Deseado’, trabándose más o menos el siguiente diálogo:
–Un poco de paciencia. Obedeced al rey de Francia, mientras yo levanto la hipoteca.
–Entréganos a la muerte, antes que a un rey extraño. 
       –Tranquilos. La cosa está al caer. Nada de revueltas.

Aquí toma la palabra «uno de los más ancianos»:
–¡Oh Rey!, antes la peor de las muertes que vivir un día más sujetos al francés. Si allá entre vosotros reyes, al señor Juan le importa más la amistad del señor Luis que sus vasallos catalanes, meta al francés en el Rosellón por una puerta, pero sáquenos del país por otra. Porque si nuestro rey se va porque sospecha que el francés viene, es dejarnos solos ante el peligro. 

El viejo sabio resultó profeta, o lo que es más, persona inteligente. Fue irse Juan II y aparecer Luis XI a cobrarse Perpiñán (1473), mientras aquél miraba los toros desde talanquera. El cerco fue pavoroso, y la necesidad tan urgente que (traduce Gaspar Sala; pág. 7):
«llegaron a sustentarse los catalanes de animales domésticos, de sabandijas, de cuerpos muertos, de pedazos de sus entrañas. Lo último que perece y se acaba en los catalanes es la fe a su rey.»
Una proclama política no es lo mismo que un ensayo histórico, y para suplir las libertades que aquí se toma fray Gaspar como historiador ahí están los padres Moret y Alesón en sus Anales de Navarra [7]En cuanto a lo de Perpiñán, tiene la honradez de poner al margen de su versión mojigata el original latino de Marineo Sículo, algo más crudo [8]:
«En muchos días toda aquella gente no comieron otra cosa que ratones, gatos y perros domésticos, los que las mujeres con lienzos y mantones cazaban por las callejas. Algunas parturientas, enloquecidas de hambre rabiosa, se metían por el vientre a la criatura.»
 De ahí vino lo de catalans menja ratas (catalanes come ratas), «el mayor blasón de Cataluña» (sic, pág. 7). Sin comentario. Y aqui viene el episodio de Juan Blanca, consul en cap de Perpiñán, que
«por no violar esta legalidad sacrificó su propio hijo único en obsequio de la fe de su Rey. Pues habiéndole cogido el enemigo… le mostraron al padre diciéndole, que si no les daba entrada, habían de degollar luego a su hijo. Entonces respondió que el amor paternal era en él inferir a la fe de su rey; y que a falta de puñal arrojaría el suyo para la muerte de su hijo… Y así fue degollado. Hazaña que compite con la del gran Guzmán en Tarifa»  
Y tanto. Pero al menos se cita a Guzmán el Bueno sin insinuar que este leonés fuese catalán.
No hay lugar para seguir aquí al Aristarco en su deconstrucción de la Proclama. Así, frente a la ponderada lealtad a los reyes, se ponen ejemplos de lo contrario, como la «revuelta del plebeyo Berenguer Oller contra el rey D. Pedro II, hijo de Jaime I» (1285). El tiranuelo intentó incluso entregar Barcelona al rey de Francia, según Desclot [9]. El contra-panfleto cita también traiciones y atentados contra reyes, o pone del revés la casuística de Salas.
Primicias y excelenecias catalanas
Una curiosidad sobre la Proclamación es ver hasta qué punto su argumentario victimista y separatista se corresponde con el actual catalán. Hay una diferencia radical entre las motivaciones religiosas de antes y la cultura laica de ahora. Lo cual no quita para encontrar motivaciones parecidas, sin medir hasta qué punto se puede hablar de constantes de carácter catalán, o de los socorridos ‘defectos y vicios nacionales’. Juzgue cada uno. Un motivo que veo repetido en Salas es poner a los catalanes a la cabeza en todo lo bueno, y en lo malo ni siquiera a la cola. Por ejemplo:
«El primer gentil que recibió la fe de Cristo, a quien todos llaman español, hay historiadores y probabilidades que es catalán… Apenas llegó la fama del Mesías a Cataluña, cuando partieron muchos de esta provincia para verle. Por esta provincia dio principio Santiago a la cosecha Apostólica, consagró al primero obispo de España etc.» [10]
«El primer concilio de España se celebró en Cataluña, que fue en Colibre, donde se dio principio al precepto de no casarse los eclesiásticos.»
Aquí Aristarco lo tiene fácil para desmontar unos infundios, mayormente basados en el apócrifo Cronicón de Dextro, y en falta de criterio histórico (fol. 17):
«Se descubre bien la poca notica y lección que tiene de los cosas antiguas…  Cosa sin fundamento, aunque lo diga Tarafa y Pujades.   ...Poco sabe este autor de nuestras historias y de las suyas…  Yo pienso que el autor de esta Proclamación sabe historia por las comedias…, porque en los libros, o sean catalanes, valencianos, aragoneses o castellanos, no hay tal cosa ni la puede haber…»
«Y esto de inventar los catalanes y escribir a su albedrío lo que conviene a su honra, o a su vanidad, es cosa natural en ellos.»l
Lo dice ‘Aristarco’, pero la ‘Proclama’ parece darle la razón: Catalanes, siempre los primeros, o únicos. En la invasión musulmana,
    «toda España se perdió, menos los godos, que se salvaron en Barcelona…»  
¿La Inquisición? ¡Pero hombre!:
«Por los catalanes goza España el santo tribunal de la Inquisición, y fue su primer inquisidor el santo catalán Raimundo de Peñafort, en la ciudad de Lérida, antes que en otra ciudad de España.»
Una Inquisición que tampoco hacía mucha falta en Cataluña,
«pues por no hallar qué castigar en esta materia, pasan largos años sin hacer autos… No se conoce ningún catalán heresiarca.»
¿La Inmaculada Concepción? Este atributo de la Virgen María en el Barroco español era casi seña de identidad española. Por lo mismo, nadie más concepcionista que el catalán, según la Proclama. Aristarco no va a nadar a contracorriente, pero se burla con gracia de la pretensión. Hablar bien y con devoción de María no es patente de honestidad, como se ve por Mahoma en el Corán y por Lutero. El problema catalán con la Inmaculada es que hacían dogma de fe lo que todavía no lo era. Así, cuando Felipe III hizo junta en la Corte para pedir al papa la declaración del dogma, los catalanes
«enviaron a Madrid una información de un milagro sucedido en la iglesia de Manresa, de un hombre que se había condenado, porque sentía que nuestra Señora había sido concebida en pecado, y que nuestra Señora, por devoción que tenía con una imagen suya, lo había resucitado y mandádole que se confesase de aquel pecado; que se confesó y luego volvió a morir y se salvó… Esta es la piedad de los catalanes y la devoción: hacer ellos de fe lo que no ha determinado la Iglesia, y pecado mortal el opinar de otra manera.»
 Y en fin –por no omitir un tópico muy de actualidad–, ¿qué decir del descubrimiento y conquista de América? No pone Sala que Cristóbal Colón fuese catalán. ¿Qué importaba eso, si lo principal de la faena lo hicieron ellos?:
«A la conquista de las Indias Occidentales partió de Barcelona Colón con muchos catalanes. El primer alcaide de la isla Española fue de esta nación, llamábase Pedro de Margarid, caballero catalán» (p. 58).
«Los primeros que plantaron la fe de Cristo en las Indias Occidentales fueron doce sacerdotes catalanes… Los primeros indios convertidos, que presentaron a los Reyes Católicos, se bautizaron en Barcelona»
En otro escrito fray Gaspar dirá que aquel Margarid, ascendiente de José Margarit, el artífice de la derrota española del Montjuich y gobernador de Barcelona, fue el que dio nombre a las islas Margaritas. En cuanto a los apósoles catalanes en América, se refiere al leridano fray Bernardo Buyl y sus doce compañeros de Montserrat, en el II Viaje de colón. Él dijo la primera misa en la isla Isabela, y fue primer Vicario General de las Indias. Por ellos la primera capilla del Nuevo Mundo se tituló de Montserrat, seguida de Santa Tecla y Santa Eulalia, patronas de Tarragona y Barcelona respectivamente.
Hoy son multitud los que en Barcelona, ante la Columna de Colón, miran al dedo del Almirante, a ver a dónde apunta, sin fijarse casi nadie en la base o ‘campanilla’. Es aquí donde Buyl y sus monjes montserratinos aguardan su suerte. El veredicto sobre la exigencia paradójica de catalanes que piden la desaparición del monumento erigido, según ellos, más que a Colón y otros paisanos, «al colonialismo, esclavismo y genocidio» perpetrado por España.
Como para huir de aquí, no sólo «más allá de los saurómatas», como Juvenal, sino hasta los infiernos, o poco más cerca. Que es lo que vamos a hacer nosotros ahora. Por indicación de fray Gaspar Sala, nos vamos al Purgatorio.


Embajador en el infierno
«Ni reconoce por límite la muerte, el amor de los catalanes [a sus reyes].»
Esta afirmación la funda Sala en un «suceso extraño… de aquel catalán famoso D. Ramón, Vizconde de Perellós y Roda, camarlengo mayor del rey D. Juan I». Y la apoya en la autoridad de fray Gauberto Fabricio en su Crónica de los Reyes de Aragón (Zaragoza, 1499):
«Fue tan grande el sentimiento y dolor que el Vizconde de Roda, camarlengo mayor, hubo de tan desdichada y lamentable muerte, que por sólo saber del estado en que el alma del rey su señor estaba, emprendió de pasar en Hibernia, y entrar en el Purgatorio de San Patricio. Entró en él, y vido [vio] tantas maravillas del estado de la otra vida, que escribió de ello un libro, donde afirma que vido al rey Don Juan su rey y señor puesto en grandes y terribles penas, mas no perpetuas y sin remedio, mas llenas de alguna esperanza, porque ardía (como él dice) en las penas del purgatorio.»
Fray Gualberto o Gauberto Frabricio de Vagad ha pasado como historiador crédulo, cuando tal vez no lo era tanto, pues como primer cronista oficial de Fernando el Católico escribió para él lo que convenía. Ahora bien, en cosas de ultratumba el cisterciense tenía su propio modelo en Cesario de Heisterbach y su Historia miraculorum [11].Así que se limitó a añadir un relato más a la saga, en defensa ‘experimental’ del nuevo lugar descubierto en el subsuelo, llamado Purgatorio. Pero volvamos al suceso real.
Juan I de Aragón, el Cazador (1350-1396),  ya desde joven príncipe tuvo gran amistad con su coetáneo Ramón, vizconde de Perellós, que luego se demostró hábil embajador suyo ante reyes y papas. El ‘Cazador’ murió de accidente en su diversión favorita, dejando una corte tan brillante como negro era el hondón del erario. Los consejeros por Aragón en especial no ocultaban su enfado con aquel rey mujeriego y vividor, que para colmo mantenía trovadores parásitos, hasta copiar de Provenza los Juegos Florales con otras tonterías inútiles, todo en la lengua limusina, su preferida.
«Gran castigo de Dios», repetían aragoneses, catalanes, valencianos, entre miradas torvas a micer Ramón. ¿Por qué a él? Porque como camarlengo en jefe, le correspondía organizar las exequias de un rey de Aragón que no había dejado líquido ni para un funeral de pobre.
–«¿Funeral, para qué, si tal vez su alma no se ha salvado?»
Aquí micer Ramón saltó de su asiento. Si tenían dudas sobre el alma del rey Juan, él se ofrecía a resolverlas. Y como el pío Orfeo, el pío Ulises o el pío Eneas, mucho antes de Cristo, bajaron al Hades, a saber de la gente de por allí, el vizconde como buen cristiano viajaría a Hibernia, al Purgatorio de San Patricio. Es el único lugar del mundo donde, tras superar  duras pruebas, los muy valientes pueden conocer de primera mano el destino de las almas.
«Y por supuesto –añadió mirando a los ojos a los aragoneses–, viajaré a mis expensas.» 
De este modo quería demostrar su gran devoción al rey difunto, pero sobre todo, dejar claro que él nada tuvo que ver con el desgraciado accidente. Porque hubo quien pensó a media voz, si Juan I estaba vivo o muerto cuando cayó del caballo.
En aquel tiempo todo el mundo tenía alguna idea del Purgatorio de San Patricio. El Viaje del caballero Owein al famoso antro irlandés era popular y andaba traducido a todas las lenguas peninsulares, menos al vascuence, creo recordar. Con el acuerdo de todos, micer Ramón hizo las maletas y se puso en camino.


¿Fué un viaje real, o sólo literario? Porque tras una relación autobiográfica de sus andanzas, lo bien relacionado que estuvo siempre, y su buena acogida, primero en la corte papal de Aviñón –donde el Papa Luna (Benedicto XIII) su antiguo conocido le bendijo–, luego en las de Francia e Inglaterra, cuando toca hablar de la Irlanda profunda todo es fantasía. Un pueblo y una corte de desharrapados semidesnudos, donde hasta las princesas iban «mostrando lo que no se debe con tan poca vergüenza como aquí las señoras muestran su cara».  Un pillín, es lo que estaba hecho nuestro viajero.
En cuanto a la visita al Purgatorio –todo él administrado y atendido por diablos muy ruidosos–, fuera de algún lance personal, es el caballero Owein quien hace el gasto. Ciertamente Ramón de Perellós no es ningún Dante entrevistando a gente conocida. Podemos admitir, con su tocayo y editor benemérito R. Miquel y Planas, que el vizconde de Perellós y de Rodas fue gran bromista y aceptable plagiario con este pastiche suyo, que corrió por auténtico [12].
Si alguien desea una muestra del libro de Perellós, ningun mejor que el párrafo donde cuenta el éxito de su aventura:
«Y luego me llevaron a otro campo, todo lleno de fuego, donde había todas suertes de fuego y tormentos muy espantables y feroces y graves, donde había tanta gente que eran sin número. Los unos colgaban por los pies de cadenas de hierro ardiente; los otros por las manos y los otros por los cabellos. El campo donde éstos penaban ardía en llama de fuego y azufre, y los asaban sobre grandes parrillas de hierro ardientes. A otros los asaban a fuego   en grandes asadores de hierro, y para engrasarlos hacían gotear sobre ellos gotas de diversos metales que los demonios fundían sobre ellos…
Y aquí que veo yo buen golpe de compañeros míos que yo conocía, y de mis parientes y parientas. El rey don Juan de Aragón; y fran Francés de Gerona, de la orden de los frailes menores de dicho convento; y doña Dulce de Carles, mi sobrina, que no había muerto cuando yo partí del país, ni yo sabía de su muerte.
Todos estos estaban en vía de salvación, pero por sus pecados estaban aquí penando. Y el castigo mayor de mi sobrina, era por las pinturas y blanquetes que se ponía cuando era viva. Y fray Francés, con el que yo hablé, sufría su mayor castigo por una monja que sacó de un monasterio; y se habría condenado, de no ser por la gran contrición que tuvo de su pecado y la penitencia que hizo en vida.
Después me entretuve hablando mucho con el Rey mi señor, el cual por la gracia de Dios estaba en camino de salvación. La razón por la que sufría las penas no la quiso decir, y dijo que los reyes y príncipes que son en el mundo se deben guardar sobre todas las cosas de hacer injusticia por agradar y favorecer a ninguno ni a ninguna ni a otros más próximos del linaje de donde proceden, sean hombres o mujeres…»

       Todavía le llevaron a otro espacio con una gran rueda de tormento, inspirada en el mito de Ixión, que aquí pongo en viñeta de una edición de Miquel y Planas. Luego la casa de baños con sus pozos ardientes, frente al río gélido y hediondo. En fin, la prueba de pasar el puente tan alto, resbaladizo y estrecho sobre el río, en medio de gran ventolera. Prueba que don Ramón superó brillantemente.
Muchas más cosas de espanto nos podría revelar, «las cuales me fue prohibido decirlas, so pena de muerte». Tampoco se pierde gran cosa. Un bon vivant como micer Ramón, en materia de torturas no estaba fino, y con las pintadas en las paredes de la iglesia, o en su libro de horas, tenía bastante.  
Y para acabar de una vez, el visitante se encuentra ante la puerta del Paraíso, con una turba de papas, obispos y demás clerigalla. Por suerte para él, también una «muy bella compañía de damas, de las que fui recibido con muy grande honor y gozo, las cuales me llevaron con ellas a la puerta, entonando muy dulcemente una canción que jamás oyera en mi vida». Lástima, no fueron las cantoras las encargadas de mostrarle la belleza del lugar, sino «dos que me parecieron arzobispos». ¡Pues vaya! Estos le pusieron a la puerta de salida, no sin hacerle una homilía sobre el significado del purgatorio y el valor de las misas, limosnas y otros sufragios por las almas que allí padecen.  De indulgencias, curiosamente, todavía no se habla, aunque para entonces ya estaban bien fijadas en la praxis de la Iglesia. Prueba de que el original que plagia Parellós es más antiguo que todo eso.

Ya fuera del Purgatorio, el viajero se encaminó a la corte del rey Isuel, el que le recibió a la ida, donde a la sazón se celebraba la Navidad a su manera ruda. De allí pasó a Gales e Inglaterra, Londres, Paso de Calais, Picardía y París de la Francia, donde por orden del papa se detuvo cuatro meses, asistiendo a las justas y torneos que organizó el Emperador Rey de Bohemia (Wenceslao IV), en las que tomó parte el rey francés y también el de Navarra. Ramón de Perellos rinde viaje en Aviñón, su punto de partida.
Fuera de los incisos personales, el cuento es tan plagiado, que hasta por descuido se copia el éxplicit del original:
«Se acaba (explicit) el libro de San Patricio (sic) sobre las penas del Purgatorio. Deo gratias»
_________________________________________
[1] Nueva edición de Barcelona, 1641, con otro escudo de la ciudad,
pero reproducía la viñeta en otra madera más torpe. Una edición de
Lisboa, 1641, ponía en portada el motivo del Sacramento, pero en
formato convencional, sin las llamas.

[2] Cfr. Joan Busquets i Dalmau, La Catalunya del barroc vista des
de Girona: la Crònica de Jeroni de Real (1626-1683). L'Abadia de
Montserrat, 1994, vol. 1, pág. 390.

[3] Salas menciona  el nombre del hereje Chatillon y su gente,
profanadores de hostias consagradas,  que daban de comer a sus
caballos. Alusión malévola, hasta dónde podían llegar los soldados
españoles. Sobre el incidente, ocurrido en Tillemont, 1635, escribía un
jesuita:

Madrid y Julio 17 de 1635:
«De Flandes vino correo del Sr. Infante… Los franceses, viendo
desamparado a Tirlemon (Tillemont), le entraron e hicieron en
él grandes insolencias… Olvidábaseme decir cómo al Smo.
Sacramento le echaban por el suelo y lo daban a los caballos…
A las imágenes las degollaban y arcabuceaban. El general es el
mariscal Jatillon (Chatillon), hereje, que de estos se sirve aquel
rey.»

En MHE, 13 (1861): p. 215. Cartas de algunos PP. de la C. de J…. entre
los años de 1634 y 1648. Tomo I.

[4] El candidato  más probable podría ser el canónigo sevillano, gran
erudito anticuario y poeta Fernando de Rojas. Si a la Proclamación de
Salas le sobra más de la mitad, al Aristarco, que responde punto por
punto, obviamente le sobra otro tanto, aunque se nota menos porque
está mucho mejor escrito y razonado.
[5] El relato hay que entenderlo en conjunción con lo ocurrido el año,
cuando el mismo Fivaller reclamó al rey cierto impuesto foral sobre
consumos. El rey debía cumplir con Cataluña y Barcelona como todo
ciudadano, nada personal.

[6] Corónica Universal del Principat de Cathalunya, Barcelona, Hier.
Margarit, 1609; I Part, lib. 3, cap. 27, fol 82v.

[7] José Moret y Francisco Alesón, Annales del Reyno de Navarra,
33, 2, 1. Pamplona, 1766, t. 4, pág. 637.

[8] Lucio Marineo Siculo, Opus de rebus Hispaniae, lib. 18.

[9] Bernat Desclot, 2, 21. Obviamente, la revuelta de menestrales
dirigida por Oller no tuvo el signo político antimonárquico que se le
atribuye.

[10] «Compruebase en la medalla que halló el año 1618 un labrador en
Villafranca de Panadés: a una parte el rostros de Cristo, y a la otra unas
letras hebreas: Jesus Nazareno Cristo Dios y hombre digno de alabanza.  
Se puede conjeturar que aquellos caballeros debieron de traer esta
medalla.»
El Aristarco se burla de este ‘hallazgo’ y similares, en la línea de los
‘Plomos de Granada’. También fustiga los ‘malos usos’ de Cataluña, en
especial el derecho señorial de pernada.

[11] El Diálogo de los milagros es un sistema de ‘historias para no dormir’
que un maestro de novicios refiere a un discípulo para ilustrarle sobre la
vida de ultratumba. A Cesario de Heisterbach ya le conocimos en este blog,
como referente del dicho, «Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los
suyos» . El monje aprovecha la popularidad de los Diálogos atribuidos a
San Gregorio Magno, también con historias de aparecidos, como licencia
para inventar historias en torno a la invención del Purgatorio y temas afines.

[12] Ramón Miquel y Planas, Llegendes de l’altra vida.   Barcelona, 1914.
Histories d’altre temps. Textes catalans antichs. X. Barcelona, 1917.
Isla y Purgatorio de San Patricio como complejo turístico (atlasobscura-com)