sábado, 25 de julio de 2020

Lecturas en Cuarentena (5): La Tecla del Tau


La Mártir entre doble Tau: Tecla - Tarraco
Por nada del mundo dejaría yo a mi Señora Santa Tecla desairada, silenciando su aventura peninsular. Los Milagros de Santa Tecla nos dan a entender que, como las diosas olímpicas, la amable Virgen de Iconio sacaba el genio severo si alguien le faltaba al respeto.  Vean si no esta paráfrasis [1]:
13. «Mariano, obispo de Tarso en Cilicia, riñó con Dexiano, obispo de Seleucia. No pudiendo el primero salirse con la suya se enemistó con el colega, hasta tal punto que cometió la imprudencia de prohibir a sus feligreses acudir a la tradicional romería de Santa Tecla. Venganza tan ruin no le sentó bien a la Santa, que en menos de una semana se llevó de este mundo al temerario Capaneo.
14. ¿Pero realmente fue obra de santa Tecla? No quepa duda. Un caballero militar residente en Seleucia, licaonio por más señas, llamado Castor, la vigilia de la fiesta tuvo una visión: Vio a la Virgen dando vueltas por toda la ciudad con rostro y ademanes de enfado, todo el tiempo dando palmadas y acusando con voz clara a Mariano de haberla ofendido, al tiempo que le amenazaba con pronta venganza. Tuvo que ser visión, y no ensoñación, pues como digo, fue durante la vigilia. 
¿Pronta venganza? ¡Y tan pronta! No había acabado Castor de referirla, cuando llegó el mensajero con la noticia de la muerte del obispo.
Da miedo, ¿verdad? Pues oíd otro milagro que no le va muy en zaga. Otra cólera  de la santa, aunque esta vez no fue de muerte. 
15. Hubo en esta Curia un orador llamado Eusebio, todavía hoy celebrado por su elocuencia y a la vez por su integridad. Muy amigo del difunto Hiperequio mientras éste vivió, paisano suyo, colega curial competente y dechado de virtudes. A su muerte, ocurrida aquí en Seleucia, Eusebio discurrió que la mejor forma de honrar a su amigo era hacerle un funeral por todo lo alto en Santa Tecla, y darle sepultura dentro de la iglesia, en la nave de la derecha que da al mediodía.
Tras mucho importunar a su Santidad Ilustrísima el obispo Máximo, éste accedió de mala gana, y al punto entraron los obreros a abrir de prisa la tumba. Sólo habían dado los primeros golpes para romper el pavimento, cuando al ruido acudio una señora a reprenderles por su atrevimiento, conminándoles a largarse de inmediato. Por evitarse líos, hicieron como que dejaban su trabajo, sin sospechar que se las habían con santa Tecla. 
Así que vuelven a la faena, y ni que decir que esta vez la regañina fue de las que dejan mal cuerpo. Porque la santa Mártir es terrible, y aun sin entrar en acción, sólo con la mirada, por poco no mató a los sepultureros. De no ser por consideración al obispo, allí los deja en el sitio, para la sepultura. 
Con todo, aquella noche la santa se apareció a don Máximo para advertirle muy en serio no volviese a consentir tal profanación de su templo, metiendo allí el hedor de los cementerios y las tumbas. Que las iglesias son para rezar, no para enterrar a cualquiera. Sólo los no muertos de verdad, los difuntos vivos para Dios, merecen compartir casa y techo con los mártires.» 
Este último texto es notable, porque critica el afán, tan extendido, de los ricos y  pudientes por hacerse sitio donde enterrarse lo más cerca posible de los cuerpos santos, como si esto les diera pase a la vida eterna. Se afirma también una relación inversa entre santidad del muerto y putrefacción de su cadáver, que en el caso de los realmente santos quedaría incorrupto como evidencia. Por eso Tecla se enfurece ante la idea de aguantar en su propia casa a huéspedes malolientes.
De todas formas, ‘Basilio’, o quien sea el autor de estos ‘milagros’, tenía ideas algo raras al respecto. Empezando por su tesis peregrina de que santa Tecla no murió. Al quedar  incrustada viva en la roca de su cueva entró en el club exclusivo y paradójico de los mortales que no mueren. Como aquel patriarca Enoc, que ‘se fue con Dios’ con toda naturalidad, como quien se despide (Génesis, 5: 24); o como el profeta Elías, arrebatado al cielo en meteoro ígneo (2 Reyes, 2: 11); y no olvidemos al Discípulo Amado, Juan, eternamente joven tras su baño en aceite hirviente, un tratamiento cosmético no para cualquiera.
Podría extenderme en más historias de santa Tecla irritable por diversos motivos, pero baste con una que luego nos va a servir, porque ilustra cómo las gastaba con los que metían mano a su sagrado patrimonio. Uno de los mayores disgustos de la vida gloriosa de santa Tecla se lo dieron... los lestrigones
– ¡Pero cómo! ¿los lestrigones no eran un pueblo de fábula en la Odisea? Italianos caníbales entre el Lacio y la Campania, que destrozaron la flotilla de Ulises.
– Pues eso. Como el autor de los ‘Milagros’ ya se cansa de repetir que los montañeses de Isauria eran aves de rapiña, aquí les llama lestrigones[2]. Gente sin ley que vivía del pillaje. 
En cierta ocasión Tecla se dejó expoliar por sus malos vecinos de esa ‘Lestrigonia la Nueva’, pero fue sólo para vengarse de ellos. Cuando se creían a salvo con el botín en sus cuarteles, la santa les dejó zumbados, de modo que todos a una se pusieron en marcha como autómatas, siempre hacia oriente, hasta ponerse a merced de los de Seleucia. La degollina fue general, sin excepción de sexos ni edades. Así recobró Tecla su tesoro, y el narrador cierra su relato al auditorio con este fervorín[3]:
«¡Ya basta, oh Virgen santa! Tú que no les tolerarse  que te robasen, tampoco ahora les toleres ni consientas que nos sigan amenazando sin razón a los tuyos. Nuestro sufrimiento es inaguantable. Mira que vamos derechos a la destrucción mutua» , etc. etc. 
Conque nada de bromas con Tecla. 
Tampoco puedo permitirme desairar a quienes todavía me leen. La entrada anterior –‘La Tecla de Tecla’– es del 20 de mayo. Dos días después un tal Unknown comentaba: «¡No hay comentarios; qué desilusión!» Y así quedó la cosa, hasta que alguien, como para conmemorar el mes exacto de silencio, el 22 de junio estampó uno de los comentarios más sabrosos que han honrado esta bitácora. Único para el caso, pero, como en ‘La zorra y la leona’ de Esopo, comentario leonino. Gracias, Atalanta. Por vos, y por las que discurren como vos, vayan estas «amenidades erudito-viajeras con detalles ciertamente-algo cotillas» (confírmanlo los chismes que acabo de contar),  en torno a ese «magma de mujer» que sigue siendo Tecla.
Santa Tecla nos devuelve visita
El culto a santa Tecla se propagó desde su país de adopción, Isauria, primero a Siria y Chipre, luego a Alejandría y Egipto. Aquí se arrimó a la buena sombra de los santos Ciro y Juan, colegas suyos sanadores en su santuario de Abukir, donde reemplazaron a la diosa Isis[4]. Venerada en los patriarcados orientales (Constantinopla, Antioquía, Jerusalén, Alejandría), convertida en ‘Reina de las Vírgenes’, Proto-musa del Olimpo Cristiano[5], conquista Roma y gran parte del mundo occidental. 



En Milán queda una de las muestras más antiguos de su culto en Europa. Sustituida la catedral antigua por la actual, santa Tecla es patrona de la capilla parroquial, con altar fastuoso y el curioso rito-espectáculo de la quema del Faro en la fiesta. Pero vengamos a España.
Aquí Santa Tecla entró por Tarragona, en época incierta pero ciertamente tardía (siglo XI). Para compensar, los tarraconenses modernos adelantaron su llegada hasta los tiempos de San Pablo, acreditándose como ‘iglesia apostólica’. 
Para ello, nuestros hagiógrafos barrocos derrocharon fantasía. Según unos, Tecla desembarcó junto con Pablo; para otros, viajaban cada cual por su cuenta; y hasta hubo quien imaginó, ya desbarrando a caño libre, que el Apóstol en persona dedicó a su discípula (¡y superviviente!) la primera capilla cristiana de la Península. El siempre inefable benedictino riojano Gregorio de Argaiz (1675), por ejemplo[6]
«Estando predicando el santo Apóstol en Tarragona, dio principio a un templo, que dedicó a la virgen y mártir Tecla, discípula suya, que aún vivía … Singular acción y excelencia, aunque no la primera, pues la gozaba … la Madre de Dios María en Zaragoza. También la alcanzaron San Lorenzo en Huesca, y Santa Engracia en Zaragoza, que antes de morir tuvieron templos levantados y dedicados a su nombre; pero de estos cuatro fue la segunda Santa Tecla, cuyo templo ha durado y perseverado hasta el presente siglo…» 
No hubo nada de eso. Como bien dijo Enrique Flórez[7]:
«Lo primero es falso, porque desde Antioquía de Pisidia se apartó el Apóstol de la Santa, por no dar que decir, y porque como dice san Jerónimo, ‘nadie lleva la mujer cuando va a la guerra’... Después de aquella separación vino san Pablo a España. Pero entonces no había muerto santa Tecla, … que vivió mucho después del martirio del Apóstol.» 
Flórez atribuye el disparate al anticuario tarraconense Pons de Icart, que tampoco lo inventó él, pero en sus Grandezas de Tarragona lo cuenta todo como si lo hubiese vivido. Y la misma impresión se siente leyendo al cronista Pujades[8]
«¿Cómo pudo ser que en vida de San Pablo se edificase templo en honor de la Santa? Si no es que digamos, para concordancia de las cosas, que predicando san Pablo la ejemplar vida que entonces estaba ya haciendo la Santa, se enardecieron tanto en su devoción los tarraconenses, que aun viviendo la erigieron altares y construyeron templo para venerarla.» 
Tecla de Iconio vino acá mucho después, como quien devuelve, y con harto retraso, la visita que le hizo en el siglo IV la gallega peregrina Egeria desviándose de Tarso a Seleucia, según vimos. Hablo en sentido figurado, por supuesto, y no me refiero a la Beata Tecla de una lápida sepulcral, tal vez del siglo V, hallada a fines del XIX en la vega del Francolí en necrópolis cristiana. Muy interesante, pero la difunta no era santa Tecla. De ésta no busquemos nada tangible antes del siglo XI. Sólo alusiones literarias en ‘pasiones’ de mártires apócrifas y tardías que nos llegaron de fuera. 
Sin meternos en ellas, sí me interesa señalar otra novela griega de aventuras de santos: la titulada  ‘Jantipa y Polixena, con Rebeca’,  que los bizantinos metieron sin más en el santoral, y que aquí tuvo acogida por la españolidad de los dos heroínas hermanas, sin que nadie haya puesto en claro el origen de esta obrita de cierto mérito en su género[9].
Juan Tamayo de Salazar en su Martirologio Hispano se hizo portavoz y eco de toda novelería patriotera. ¿Cómo se explica el interés repentino de la joven Tecla por San Pablo, el cristianismo, la virginidad? Porque tenía conciencia de ser hija huérfana de padre español celtibero; la madre en cambio era de Iconio, pagana empedernida» (cuya hispanidad, por tanto, se descartaba)[10]
Sin embargo, Tamayo no reconoce la venida de Tecla a España, ni siquiera por el tirón patriótico. Lo primero de ella que vino físicamente, según él, fue una parte de su cuerpo no especificada, que arribó a Tarragona desde Seleucia como solían viajar estas cosas: a bordo de un arca con su tarjeta explicativa del contenido y demás información al uso de tales leyendas, surcando el Mediterráneo pilotada por un ángel, el año 633, reinando el godo Sisenando. Reliquia que, todavía en 960, bajo dominio sarraceno, los mozárabes de la ciudad veneraban en la iglesia de Santa Tecla la Vieja. 
¿Qué fue de ella? Porque concluida la nueva catedral, en tiempos del arzobispo don Jimeno de Luna (1317-1328) el clero y pueblo de Tarragona echaba de menos alguna reliquia de la santa titular. Por averiguaciones se creía saber que la única reliquia existente de Santa Tecla era su brazo derecho, que estaba en posesión ¡del rey de Armenia! ¿Sobre qué base?
Ninguna tontería. La iglesia de Tarragona posee una singular versión latina de la leyenda de santa Tecla traducida del armenio[11]. En ella se reproduce el relato de la roca que se abrió y se cerró para librar a la santa virgen del acoso de una manada de violadores a sueldo del Consorcio Médico de Seleucia, molesto contra la santa sanadora por su intrusismo y competencia desleal. Pues bien, la versión armeno-tarraconense, a guisa de apéndice, continúa impertérrita:
«Pasado algún tiempo, todo el orbe cristiano se puso a buscar y recuperar las reliquias escondidas por miedo a la inquina de los paganos. Los griegos en particular andaban preocupados por el cuerpo de Tecla, encerrado en las entrañas del peñasco. 
A golpe de plegarias, un ángel finalmente se apareció al obispo de Seleucia y le exhortó a acudir al monte y roca de Tecla. Allá fue, con gran cortejo de fieles, y al cabo de un triduo de vigilias, ayunos y oraciones se produjo el milagro:
El lugar que encerraba los miembros de la santa virgen empezó a removerse, la piedra se rajó por mitad, y el monte se abrió a vista de todos, con aroma intensísimo de consolación que llenó la región toda. La mano derecha de Tecla con el antebrazo hasta la articulación del codo fue emergiendo de la peña y se ofreció a sus devotos.» 
El prodigio que acabamos de leer demostraba que Santa Tecla murió como todo el mundo, y que fuera del brazo y la mano, el resto seguía encastrado como un fósil en la piedra, por supuesto sin vida. 
De ahí la súplica del arzobispo Luna a don Jaime II de Aragón para negociar la transferencia de la pieza a Tarragona. Y aunque el rey estuvo difícil, cedió y finalmente el santo brazo vino de tan lejos, por la misma travesía de la anterior reliquia extraviada, aunque de forma más prosaica: «en la nao grande de Guillén Guerau, mercader y ciudadano de Tarragona». 


El reino de Armenia-Cilicia, de donde vino el Brazo de Santa Tecla (centro-derecha, en amarillo)
Ante todo, conviene aclarar que la Armenia en cuestión no es el país del monte Ararat donde encalló el Arca de Noé y patria de la nueva humanidad tras el Diluvio. Esta fue la Armenia Mayor, que por presiones históricas ocupó la parte oriental de Anatolia o Asia Menor, la que se llamó Armenia Menor. Y todavía parte de esta población armenia, por presión de los invasores turcos y mongoles (siglos XI-XIV) emigró hacia la costa suroriental de Anatolia (Cilicia, Isauria), incluidas las ciudades Tarso, patria de san Pablo, y Seleucia, patria adoptiva y de reposo de santa Tecla. De esta residual Armenia Menor, o Armenia-Cilicia, procedía esa mano (la derecha, a juzgar por su teca o relicario moderno  en forma de brazo). 
Este que fue principado y ahora reino ‘armenio’, por su situación marítima fue clave en la ruta comercial de Oriente. Por eso interesó tanto al Reino de Aragón y principado de Cataluña. Recordemos la expedición de la ‘Compañía Catalana’ –en realidad batiburrillo heteróclito de mercenarios aventureros, los temibles almogávares– en ‘socorro’ (es un decir) del imperio Bizantino frente al empuje turco, para cobertura de un comercio muy ventajoso.
Según eso, el famoso brazo de santa Tecla en Tarragona fue objeto de una transacción diplomática  en 1320-1323 entre el rey de Aragón don Jaime II el Justo (1291-1327) y el rey de Armenia-Cilicia Oshin I (1308-1320) y su hijo León IV (1320-1341). 
En tal contexto histórico se inscribe la correspondencia diplomática latina –una decena de cartas– conservadas en copia del Archivo de la Corona de Aragón en Barcelona, donde se contempla incluso eventual alianza matrimonial entre Oshin (Oschin, Osjin; latinizado Onsinus) y una hija de Jaime. 
Por desgracia, la contrapartida armenia no se conoce ni allí ni aquí, para delicia de escépticos incurables;  y así, en un negocio de esta índole, no se puede excluir que alguna pieza esté manipulada o sea apócrifa. Pero el brazo sí parece que vino. Certificado.
Cinco de las cartas latinas fueron publicadas en 1905-1908 por el armenio K. J. Basmadjian como inéditas y ‘descubiertas’ (sic) por un compatriota corresponsal suyo, por más que una de ellas y la más importante –la relativa al negocio piadoso que nos interesa–, era de dominio público hacía siglos: desde 1602 en que la divulgó el hagiógrafo dominico Domenec (por cierto, más completa y mejor leída), seguido por Tamayo. Compruébelo por sí mismo quien lo desee, siguiendo mis enlaces[12]
La carta viajaba junta con otra de la misma fecha (4 de septiembre de 1319), y posiblemente alguna más, pues en ellas se habla de presentium serie, «la serie informativa de las presentes». Era normal: no ensartar temas varios en la misma epístola, salud y negocios. Donde el rey trata de reliquias no puede venir con que unas fiebres cuartanas le han dejado fastidiado. Así que a cada tema su carta.  Y lo primero que se hace saber al destinatario es que a oídos del remitente «ha llegado, por relato de personas fidedignas, que el cuerpo de santa Tecla virgen, o parte del mismo, se halla en las partes de vuestro reino».
Don Jaime sabe perfectamente que el cuerpo entero de santa Tecla no lo tiene nadie en el mundo. La única reliquia cierta de la santa era su brazo derecho. Sin embargo, el rey de Aragón, que era valenciano desconfiado discurrió: ¿Y si la leyenda es apócrifa, y el rey armenio lo tiene todo? Pues allá va, pidamos el todo para conseguir algo: «alguna parte grande, que adorne no sólo la catedral metropolitana de Tarragona, sino también las de las demás iglesias catedrales sufragáneas.» Del brazo, ni mención. Donde la carta decía, «alguna parte grande», no era para repartir entre varias iglesias pieza tan insigne, sino para obtener lo más posible. 
¿Y si luego resulta que el armenio me sale con que no tiene nada? ¿O si me mete gato por liebre? ¡¿Desconfiado, don Jaime?! Más que valenciano, casi parece pasiego, cuando prosigue:
«Y si acaso el dicho cuerpo o reliquias suyas no se hallan bajo vuestro dominio, plegue a vuestra serenidad conseguirlo cumplidamente… Y como quiera que estas cosas sagradas no las pueden administrar los laicos con tanta dignidad como los clérigos, por eso os enviamos a dos beneficiados de dicha iglesia de Tarragona, varones probados de honesta vida y loable conducta, que reciban las reliquias bajo vuestro sello, y con respeto las traigan a Nos, junto con nuestro fiel embajador arriba nombrado Simón Salzeti».
Desde luego, esas cosas no se pedían con las manos vacías. Las reliquias no se podían comprar ni vender, pero sí permutar por obsequios con precio de mercado, de modo que su tráfico siempre en auge movía montañas de dinero. ¿Por cuánto le salió al rey Justo el brazo de santa Tecla? En blogs por ahí leo que su atención por adelantado incluía «cuarenta caballos andaluces, un trono de oro y dos mil quesos mallorquines (sic)». Vamos por partes.
¿Cuarenta caballos, y todos andaluces, en representación de lo puro catalán?... Porque en esas estamos. Nunca se fien de lo que lean en un blog. No sé cuánto caballo podía transportar la nao del Guerau. Aquí a mi espalda tengo donde escribo esta bonita copia de la escena del embarque en el Tapiz de Bayeux, aquella donde dice: «Hic Willelm Dux in magno navigio mare transivit…». 



Guillermo de Normandía y compañeros jinetes a punto de embarque en la nave normanda, donde cuento hasta diez cabezas equinas y no cabe una más. Eran otros tiempos, y el paso de Calés o estrecho de Dover son 15 millas. Transportar 40 caballos desde España hasta el Levante mediterráneo no era ningún imposible, pero ¿a qué tanto engorro? Contemplemos otras alternativas más acordes con los documentos. 
Las cartas de la valija diplomática hablan sólo de «dos caballos y ciertas joyas» (equos duos et quedam jocalia), sin especificar que fuesen andaluces; y el rey es el primero en reconocer que es «bien poca cosa para vuestra Grandeza».  Tal vez por eso, Domenec se distrae adrede y pone «cuatro caballos», que tampoco es pasarse. Y en alguna parte he visto, no en blog, sino impreso (en latín) «seis caballos y cuatro yeguas», que eso sí que sería el colmo de la generosidad, regalar la raza.   
¡Ah! y del «trono de oro», nada. Yo leo más bien, y más coherente, «una silla de montar obrada de oro, piedras preciosas, muchas perlas y otras cosas de gran precio» (Doménec, traduciendo a don Jaime). 
¿Y qué hubo de los tantos «quesos mallorquines (sic)»? Repito el consejo: nunca fiarse de un blog. Sin el sic de mi bloguero, que no sé a qué viene, esto es lo que hubo: 
«Y también dos milia quesos de Mallorca, porque entonces en Armenia no los conocían, diziendo cómo venían de parte del rey de Aragón» (siempre Domenec). 
O sea, una remesa-obsequio de promoción y reclamo comercial muy inteligente. Y muy catalana: a mí me hace ilusión imaginar que Guillem Guirao, el mercader tarraconense que puso su Nao Grande a la orden del rey para transportar la embajada y regalos, aprovechó para vender a costa de don Jaime su partida de quesos y meterla como regalo de monarca a monarca, a propósito de relaciones mercantiles.  
¿Y bien? Parece que el armenio se dio por contento y cedió el brazo de la santa, «como el rey de Aragón pedía, pero que quería reservarse el dedo pulgar». Con dedo o sin él, nuestro informante fray Antón Domenec se nos distrae de nuevo y olvida su meritoria transcripción de la carta latina, donde no se habla de brazo, sino del cuerpo, entero o lo que se pudiese. Y es que todo el mundo estaba pensando en lo mismo: el brazo de santa Tecla. El rey Oshin entregó la reliquia «envuelta con una cendal de oro dentro de una arquilla de plata dorada metida dentro de otra de roble (o de ciprés) que se cerraba con muchas llaves doradas, las cuales libró al Arcediano mayor por ser eclesiástico». El acta de donación fechaba en el año 1320, el último de vida de aquel rey. La misma nave mercante, con viento a favor, devolvió la embajada a nuestras costas. Primero a Valencia, de allí a Salou, y un tiempo estuvo en Constantí mientras se preparaba la gran traslación y entrada a Tarragona.
¿Pero de verdad era el brazo de Santa Tecla? Esta pregunta tenía que surgir antes o después, y primero hay que aclarar qué es lo que se pregunta. Si Tecla no es una figura histórica, mal puede haber reliquias suyas verdaderas o falsas. Lo más raro y sospechoso en  todo este negocio es, de la parte de acá, la pretensión de obtener una pieza única y exclusiva, y de la parte de allá, la facilidad en cederla, siendo así que en estos casos lo que se hacía es fabricar otra equivalente y autentificarla ante notario. Es así como se llegó al absurdo de tanta reliquia no sólo falsa, sino imposible. De modo que si alguien se permite dudar del brazo de santa Tecla no seré yo quien le tache de imprudente, mientras no lo exteriorice ante devotos fanáticos. Las reliquias tienen su valor simbólico, al margen de su materialidad, siempre precaria.  
Dicho brazo sería «el mismo que se conserva con todos los honores en su teca de oro y plata en la basílica metropolitana», dice Tamayo. Desde luego, la teca o relicario precioso en forma de brazo no vino incluida en el lote armenio, como hemos visto; ni tampoco era la que hoy conocemos, pues desapareció en la francesada, continente y contenido. Menos mal que los capuchinos de Sarriá, poseedores de otra reliquia de santa Tecla (no sé si braquial), la cedieron a la catedral. Aunque luego reaparecería el auténtico antebrazo’, salvado de forma rocambolesca por un niño… 
No han faltado socarrones hablando de los dos brazos de Santa Tecla reunidos providencialmente en Tarragona. Noticia que habría sorprendido al mismísimo Tamayo, cuando se extrañaba de que los franceses «pretenden tener en Chartres el cuerpo entero de Tecla, más un brazo en Vernón del Sena (Normandía), y otro brazo en Riez (Provenza)... A menos que se trate de dos mitades de un mismo brazo, pues a nosotros nos consta que el rey de Aragón Jaime II recibió del rey Onsino de Armenia un brazo entero». 
Entero no: sólo el antebrazo más la mano menos el pulgar, pero da igual. En achaque de reliquias, santa Tecla pudo tener más brazos que Visnú, como santa Apolonia más dientes que un escualo, y san Juan Bautista más cabezas que el perro Cerbero. Es un tópico muy gastado. Brazo y mano que, por otra parte, tampoco es que le falte el pulgar, pues no le queda dedo ninguno, reducido a unos huesos metacarpianos.
Tampoco debe preocuparnos la inscripción sepulcral hallada a fines del siglo pasado en la vega del Francolín, en contexto arqueológico paleocristiano, tal vez del siglo V:
ÉSTA AQUÍ BEATA TECLA
VIRGEN DE CRISTO  SU PATRIA EGIPTO
VIVIÓ 77 AÑOS COMO MERE-
CIÓ EN PAZ DESCANSÓ DEL SEÑOR

¿Por fin, la verdadera santa Tecla titular de la seo de Tarragona? Claro que no. Esa hermosa lápida funeraria es importante sobre todo por lo que revela y confirma sobre la movilidad, autonomía y, en definitiva, la libertad e independencia social de ciertas mujeres en aquellos tiempos, frente al mito pseudofeminista de la invisibilidad histórica de la fémina. 
Se dirá que valiente libertad, si estaba condicionada a una profesión de celibato y vida ascética. Cuidado. La misma libertad que por otras fuentes sabemos tenían empresarias, artistas, intelectuales, actrices o prostitutas de calidad. Claro que estas honradas mujeres no iban dejando sus lápidas en recintos religiosos. Una mujer copta libre y religiosa bien podía llamarse Tecla, como tantas paisanas suyas, peregrinar a su gusto y devoción, afincarse y hacer el bien en Tarragona, y a su muerte merecer una lápida de recuerdo. 
Simbolismo en Santa Tecla
El Tau como letra del alfabeto se repite por la Catedral de Tarragona de manera obsesiva. Es la inicial de Tecla, pero también de la ciudad, y para algunos representa el patronato, por no decir la marca de propiedad. El Tau o ‘cruz de San Antón’ viene del jeroglífico egipcio de la Vida y la Salvación, y este santo lo lleva como emblema de sanador, lo mismo que Tecla.
El Tau de Tecla puede ir acompañado de dos bezantes o bolas. Es de saber que en Egipto la memoria de Santa Tecla jugó su papel, frente a la herejía arriana, como defensora de la Fe ortodoxa que distingue en Jesucristo las dos naturalezas, divina y humana.
También el brazo de Tecla tiene su valor simbólico, aunque por eso mismo se preste a especulación. El brazo ‘incorrupto’ de Teresa de Ávila, por ejemplo, evoca de inmediato su condición de escritora mística. La fijación por el brazo de santa Tecla pudo ser como sanadora; pero  sin olvidar su vocación primera de mujer-apóstol, con potestad de enseñar y bautizar.
Ahora bien, estamos en Cataluña, donde lo simbólico no va reñido con lo práctico y el valor de cambio. Como diría Leibniz, calculemus.
El santo patrón ‘natural’ de Tarragona debió ser su obispo y mártir san Fructuoso (m. en 258/259). Sin embargo, desde la reconquista y restauración de la iglesia tarraconense se olvida y se impone el culto intrusivo de la legendaria heroína Tecla, vinculada a los tiempos apostólicos y en especial a San Pablo. 
Es notable que la iniciativa eclesiástica impulsó la toma de la ciudad a los moros, y no a la inversa. Por el año 1090 el papa Urbano II restaura la sede metropolitana a ruego del obispo y del Conde de Barcelona Berenguer Ramón el Fratricida, el cual corresponde regalando «a Dios, a San Pedro y a su sucesor la ciudad de Tarragona junto como su campo», entendido como dotación patrimonial de la nueva iglesia, que recibió de la Santa Sede el usufructo. 
Tanta generosidad no le costó mucho al conde, pues todo lo que donaba seguía en poder de los moros, y era una forma de sacarle al papa una ‘bula de cruzada’ con que obtener dinero para esa y otras conquistas. Como además, por cargo de conciencia, tenía pendiente peregrinar al Santo Sepulcro, en 1092 pudo emprender viaje, del que no más se supo. 
La empresa de tomar Tarragona a los moros se estancó por falta de medios hasta 1116, en que el gran Ramón Berenguer III  conquista la ciudad y su campo llano. En poder de la morisma quedaban los reductos montañosos, como la maravilla de Ciurana de Prades y otros panoramas[13].
Ratificada por ‘el Grande’ la donación hecha por su tío el Fratricida a la Iglesia, el nuevo papa Gelasio II nombra Arzobispo de Tarragona al obispo de Barcelona san Olegario (1118). Este fue el restaurador efectivo de la sede, que para asegurarse el control material y espiritual de su territorio requirió la ayuda militar de un barón normando, Roberto de Aguilón (o d’Aguiló, alias el Bordeto), a cambio de crearle ‘Príncipe de Tarragona’ (1129), como vasallo feudal de la Santa Sede y del propio arzobispo, pero sin meter la uña en el patrimonio eclesiástico. Esta última condición fue como invitar al flamante príncipe –aunque diz que era rico, pero ya se sabe– a buscarse la vida, como tanto depredador entre los soldados de ventura cristianos y moros. La espada de Roberto sirvió lealmente a san Olegario incluso para meter en vereda a los obispados sufragáneos de Tarragona, algunos todavía en tierra de moros o bajo su amenaza.
El sistema feudal, complicado por la lucha entre el Imperio y el Papado por las Investiduras, generó una situación difícil para la ciudad. Los obispos reformistas como Olegario hacían frente a los señores feudales que, so pretexto de protección y patronato, querían controlar los nombramientos para cargos y beneficios eclesiásticos, cobrándose por ello con parte de las rentas. Sin embargo, los mismos obispos a menudo iban al extremo contrario y pretendían el señorío temporal de la sede y sus dominios, en perjuicio de la municipalidad, y por si fuese poco, los cabildos de iglesias ricas no se quedaban atrás en sus pretensiones. 
Y aquí fue donde el Tau de Tecla y su santo Brazo cobraron simbolismo cargado de intención, pues ya conocemos la tenacidad de la Virgen de Iconio en agarrar y defender lo que era suyo. Y en Tarragona ‘lo suyo’ marcado con su letra era un patrimonio nada desdeñable. Un patrimonio fabuloso, para ser más exactos. 
Patrimonio tan extenso, tan sabroso y con tantos espacios en sombra jurídica, defendido por clérigos con armas espirituales, tentó a mucho lestrigón también en Tarragona y Cataluña. Poco conocían a la Señora. Algún escarmiento suyo fue de los que no dan lugar a segunda oportunidad. Lean y tiemblen los atrevidos.
El guantazo de Santa Tecla al rey don Pedro IV
En la ‘Crónica de los Reyes de Aragón’ que compuso fray Gauberto Fabricio de Vagad, monje bernardo de Santa Engracia en Zaragoza, y que arreglada publicó el doctor micer Gonzalo García de Santa María (Zaragoza, Pablo Hurus, 1499), honrado cristiano nuevo, se recoge esta leyenda sobre Santa Tecla y el poderío de su santa brazo[14]:
Página de la Crónica de Vagad,
con marca del inicio de la leyenda de
'La Bofetada de Sta. Tecla a Pedro IV'
Del Rey don Pedro IV, nombrado don Pedro el Ceremonioso
 Y quejándole ya la pesada, marchita y doliente vejez, mandó llamar los famosos médicos de sus tierras, y quiso de ellos saber dónde podría más sano vivir esos pocos años que le  quedaban de vida. 
Fuéle respondido que no había ciudad en toda Catalaeña[15] más conforme, provechosa y conveniente para su edad y salud que la ciudad de Tarragona.  
Escogió  de  asentar  en  ella,  y  morar  toda  su  vida  ahí; mas desde que supo que era de la Yglesia, pesóle mucho de ello, porque él no deliberaba de vivir ni hacer asiento, salvo en ciudad en que él pudiese mandar.
El rey propuso a la Iglesia una permuta por otra ciudad equivalente en vasallos, tierras y renta. Pero el Cabildo se negó con pretexto de que tal cosa dependía del Papa. La astucia de los clérigos era que «como entonce no hubiese papa, que la Iglesia estaba en cisma, y los unos seguían un papa, los otros otro, y el rey don Pedro a ninguno», no había nada que hacer.  
A todo esto, la sede tarraconense estaba vaca desde enero de 1380 y aunque ya en mayo tuvo sucesor de la obediencia de Aviñón, el rey neutral en el cisma le impidió tomar posesión hasta su muerte, a principios del 87.  El gobierno diocesano siguió por tanto en manos del preboste Cumbis, anciano de la cuerda contraria a don Pedro, cuyo hombre en el cabildo era obviamente el segundo de Cumbis, el canónigo camarero, un tal Pujol. Este ambicioso sin escrúpulos propuso incapacitar al preboste como viejo chocho para tomar el mando. 
La mayoría del cabildo se negó al juego, alegando que el rey no era quién para invadir el fuero eclesiástico, y que ellos por privilegio eran exentos de acudir al desafuero. Para don Pedro no eran razones. No se olvide que al Ceremonioso le llamaron también ‘el del Puñalete’, porque una de sus ceremonias era, como Alejandro Magno, cortar con ese instrumento pequeños nudos gordianos, rasgando los pergaminos de privilegio que le hacían estorbo.
Declaró, pues, traidores en rebeldía a los del cabildo y a sus vasallos de la comarca, pretexto para hacerles la guerra y esquilmar el campo de Tarragona. Sólo entonces los clérigos entraron en razón para negociar, aunque ahora en posición débil. Y todavía el rey aprovechó para cargar la suerte: cuando fueron a Barcelona con las orejas gachas a pedirle audiencia, les tuvo un mes, de octubre a noviembre, sin recibirles. ¡Menudo gasto, en una gran carestía! ¿Qué hacer? Y aquí es donde la Leyenda presta su voz a la Historia muda.
Hubieron su consejo… Que falleciendo lo humano, recurrían a lo divino, y que le citaban … ante el Juez de todos, que es Dios Nuestro Señor, para que dentro (de) sesenta días hubiese de comparecer ante la divina Magestad, a dar cuenta y razón de la tanta destrucción y daño que en el patrimonio de Cristo, y de su martyr santa Tecla mandara el Rey facer.
¡Emplazar al rey! Hasta entonces en la historia de España eso sólo había ocurrido una vez, cuando los hermanos Carvajal, ejecutados injustamente por Fernando IV de Castilla, le  emplazaron en 30 días ante el tribunal de Dios. Y así fue, si el aviso tuvo lugar el 8 de agosto, porque don Fernando apareció muerto sin causa la mañana del 7 de septiembre de 1312. 
El plazo de Pedro IV fue más aparatoso. El rey, encaprichado con Tarragona, sólo quería  la ciudad. El campo lo dejaba a la Iglesia, más las compensaciones, y él corría con los gastos de bulas y papeleo del traspaso. Se nombraron árbitros. Pero el tiempo corría a su plazo fatal, siempre según el cronista:
«Llegaron en este medio las fiestas de Navidad, y paráronse todos.  La noche misma del día de la Circuncisión (1 de enero 1387) el rey despertó y comenzó de dar vozes. Llegaron los pajes, y dijeron: 
–¿Qué es lo que manda su Alteza? 
Dijo el rey: 
–¡Que me llamen  los  médicos luego!, que ferido soy muy gravemente de una gran bofetada, que una doncella resplandeciente y fermosa me dio en este punto, y no entiendo poder escapar, tan lastimado, perdido y tan malo me siento. 
Y súbito le recrecieron calenturas mortales. Vinieron los médicos y juzgaron las fiebres ser muy peligrosas. Mandaron llamar los  padres de confesión, y teniendo por dicho que  fuese  divina  venganza, y que fuese la doncella la misma santa Tecla –en cuyo patrimonio,  que es la Iglesia de Tarragona, el rey pusiera las manos y destruyera grande parte– … por enmienda y satisfacción del sacrilegio que ficiera, … mandó que el primogénito y sucesor suyo, antes de tomar la  posesión de los reinos, restituyese a la Iglesia de Tarragona… por los daños y menoscabos, por él y por los suyos fecho. 
Y recibidos después con arrepentimiento y gran devoción los sacramentos de la Iglesia, encomendó su espíritu a nuestro Señor. Y tres días andados después de la bofetada, que fue  a 4 del mes de Enero, ... finó, año de 1387, e fue a dar cuenta en la corte del cielo al soberano, y eterno Juez de los reyes.» 

No pondría yo mano en brasero por esta historia de fray Gauberto. Y no lo digo por  simpatía especial a don Pedro el Ceremoniático, sino porque el monje aragonés era cisterciense, una orden religiosa especializada en la fabulación edificante. Un colega suyo más antiguo, Cesario de Heisterbach, adoctrinaba a sus novicios a golpe de historietas de milagrerías, apariciones beatíficas o avisadoras y castigos ejemplares, que publicó como ‘Diálogo de los Milagros’  (hacia 1220). He aquí un capítulo: El monje que a menudo dormitaba en el coro, al que el crucifijo del altar vino a despertarle, asestándole un directo a la mandíbula que le dejó en el sitio, y en cosa de tres días falleció.  Y no era ninguna leyenda antigua: “Apenas han transcurrido dos meses desde que el señor Abad de Kamp nos refirió este suceso, ciertamente terrorífico» [16].
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[1] Libro II, ‘Milagros’, nn. 13-14 y 15; PG, 85: 587-592.
[2] Ibíd., o. cit., milagro n.  17; PG, 85: 594.
[3] El ‘milagro’, como algún otro de la misma colección, coincide con otros muchos testimonios de una situación bastante general de inseguridad y descomposición del orden bizantino.
[4] El topónimo arabizado Abukir no disimula su origen griego: Aba Kiros (el abad o padre Ciro). Ciro y Juan también tuvieron su colección de Thaumata o ‘Milagros’, compuesta por el patriarca de Jerusalén san Sofronio, en el estilo de los ‘Milagros de Tecla’ del Pseudo Basilio. 
[5] Un medio paisano paisano y entusiasta de Tecla, el misterioso san Metodio obispo de Olimpo (en Licia) a imitación del Banquete de Platón compuso El Banquete de las Diez Vírgenes, donde otorga a santa Tecla el papel de presidenta y maestra del coro. Metodio debió de morir h. 311, venerado como mártir.
[6] Soledad Laureada, …. pág. 4. Argaiz era de Arnedo.
[7] España Sagrada, 25: 5-6. 
[8] Luis Pons de Icart, Grandezas de Tarragona, Lérida, 1572, fols. 233-234; Jerónimo de Pujades o Pujades), Crónica de Cataluña, lib. 4, cap. 15, pág. 302.
[9] Hay edición y traducción española de Carlos Julio Martínez Arias, Hechos de Jantipa y Polixena, pero no la conozco. M. R. James, en TS (Texts & Studies) vol. 2, Nº 3: Apocrypha Anecdota (1893). Introducción y texto griego, págs. 43-57; 58-85. Trad. inglesa de W. A. Craigie en ANF (Ante Nicene Fathers), vol. 10 (1896), págs. 203-217. (Cuidado con los traductores automáticos al español.) Autentica novelita bizantina con todos sus ingredientes de desencuentros, peripecias, sorpresas, aventura náutica, reencuentros… Ni siquiera falta una leona parlante y de ideas cristianas (c. 30). En parte destaca el papel de la matrona aristócrata en la penetración del cristianismo. Tal era el caso de Jantipa, mujer de Probo, gobernador en España, cuando san Pablo vino de Roma. Jantipa tiene a su hermana Polixena que es su alma gemela en versión virginal, un valor que se plantea como alternativa del martirio. Lo más movido de la novela son las aventuras de Polixena, conducida por Onésimo, el esclavo cristiano amigo de San Pablo, junto con la judía Rebeca, que se une a la aventura. Abundan las reminiscencias y alusiones a las Actas de Pablo y Tecla, y para complicar la intriga intervienen también los apóstoles Felipe y Andrés. En el c. 28 el apóstol san Andrés encuentra a Jantipa, que le habla de los discursos de Pablo. «¿De qué conoces tú a Pablo?” “Por razón de mi patria: le dejé camino de España». Y la mujer se declara creyente y dispuesta a seguir a Andrés como si fuese Pablo, mimetizando a  santa Tecla. 
[10] Juan Tamayo de Salazar, Anamnesis…, Lyon, 1651-1659, tomo 5 (Septiembre-Octubre), págs. 289-290, 293. A propósito cita el Cronicón de Luitprando, uno de los falsos cronicones, que había editado Tomás Tamayo de Vargas (Madrid, 1635).
[11] Valentina Calzolari, “Une traduction latine médiévale de la Légende  Armenienne de Thècle et la translation de brais de la Sainte de l’Arméno-Cilicie à Tarragone en 1321.” Analecta Bollandiana, 123/2 (2005),  págs. 349-367. De la misma, “XI. The Legend of St. Thecla in the Armenian tradition: from Asia Minor to Tarragona through Armenia». En Jeremy W. Barrier & al. (Eds.), Thecla: Paul’s Disciple and Saint in the East and West. Lovaina, Peeters, 2017, págs. 283- 303. Cfr. Zacarías García Villada, s.j., “La traslación del brazo de Santa Tecla desde Armenia a Tarragona (1319-1323)”. Estudios Eclesiásticos, 1 (1922), págs. 41-50. Los argumentos de la Calzolari en pro de la versión tarraconense como traducida o dependiente de un original armenio son convincentes.
[12] Fray Antón Vicente Domenec, Historia general de los santos y varones ilustres en santidad del Principado de Cataluña.Barcelona, 1602, libro 1, Mayo, ff. 47 y sig. Cfr. Tamayo, o. cit., t. 3 (1655), págs. 254-255. K. J. Basmadjian, “Jacques d’Aragon et Oschin, roi de la Petite Arménie (1319-1320).” Revue de l’Orient Latin, 11 (1905-1908), págs. 1-6. 
[13] Subimos a Ciurana hace un par de años, desde la abandonada Cartuja de Scala Dei, una excursión inolvidable.
[14]  Vagad, Crónica de Aragón. Zaragoza, P. Hurus, 1499. ‘Don Pedro el Quarto’, fols 147r-148v.
[15]  Aquí Catalaeña, por Catalueña, usado antes en la misma página.
[16] Dialogus Miraculorum, Dist. 4, cap. 38; ed. Jos. Strange, 1851, 1: 206.
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A los Comentarios:

Gracias, Maese Lemuel (28-07-202). También por los magníficos reportajes sobre el arte de Mahoma Ramí, en especial el completísimo de Santa Tecla de Cervera de la Cañada. 
D. Jimeno de Luna seguramente no fue el descubridor de Santa Tecla para Tarragona, pero sí su promotor más eficaz, consciente de su valor para la pretensión de Iglesia Primada de España. Y no olvidemos que el personaje es anterior a la pandemia de falsarios del Renacimiento. De ahí el trasplante devocional, incluso familiar, a tierras aragonesas. 
De modo parecido,  la Catedral de Burgos se adornó (valga la licencia) con la descomunal y churrigueresca capilla de Santa Tecla, por devoción del  arzobispo riojano Manuel de Samaniego y Jaca, quien para recordar que antes había regentado la sede de Tarragona construyó esa enormidad a sus expensas; o más bien, a expensas de la sufrida Catedral, que vio sacrificadas cuatro –sí, cuatro–  de sus capillas góticas. ¡Qué diferencia con los clientes del alarife Ramí!
A la Santa Tecla de Burgos uno accede en plan ‘¡Vive Dios, que me espanta esta grandeza!’. Y tras dejar, no un doblón en describilla, pero sí un euro en encender el alumbrado por unos instantes, luego para distraer la desazón uno acude a la lectura del programa de festejos inaugurales (1736), con villancicos, mojiganga, fuegos de artificio y, por supuesto, corridas de toros, pues Tecla siempre fue muy taurina, como lo acredita la leyenda de su segundo ‘martirio’.
Y aquí nuevo disgusto. Porque siguiendo el primer enlace a la reseña de D. Manuel Ayala (pág. 23 y sigs.), aquella cohetería disparada desde el Castillo prendió en el mismo hasta reducir el interior a pavesas, «sin que nadie; se moviese en varios días que duró la voracidad de las llamas a ir a apagarlas». 
Siempre bienvenido por aquí, querido Gulliver.