martes, 16 de octubre de 2018

El fraude como colaboración literaria


Al querido y doblemente amigo Thomson & Thompson,
cuya afición a todo lo que escribo me estimula a sacudir la pereza
para seguir con  estas fabulaciones; como dijo el Salmista:
Lingua mea calamus scribae velociter scribentis (Salmo 44).
Tabla y Actas del Capítulo General de Vitoria, 1694
El Catálogo del Archivo de Santa Clara de Medina de Pomar, creado por mi buena amiga Mª Rosa Ayerbe, incluye una ficha que me llamó la atención. Se refiere a un cuadernillo de 10 folios de papel, fechado en 10 de octubre de 1695 y sin firma, titulado: “Noticias genealógicas hechas por fray Francisco de Cavanço, … sobre las familias Porres y Medrano, señores de Agoncillo, desde 1390 a 1572” [1].
“¡Vaya, conque un genealogista!”, me dije. “Por fin, un fraile desinteresado que investiga por amor al arte.”
Picado de curiosidad, porque me costaba creerlo, solicité el cuaderno, lo hojeé, y saque la conclusión: «¡Ya me parecía…!»
Claro que me habría encantado dar con un cultivador puro de la noble ciencia genealógica. Las genealogías de Cavanzo parecían serias. Y tenían que serlo, porque cualquiera que lea el cuaderno verá que son, ¿cómo llamarlo?, genealogía ‘aplicada’. Y no tardará en convencerse de que este religioso no daba puntada sin hilo, con un objetivo muy claro: fray Francisco de Cavanzo era un cazador de herencias.
No se tome a mala parte. Cazar herencias ha sido un deporte elitista y noble, no al alcance de cualquier aficionado. En la Roma clásica, el matrimonio por interés, y en especial la fortuna por braguetazo a heredera rica, era cosa bien vista. El poeta Marcial, en un epigrama de reflexión a sí mismo, se recita la letanía de las cosas que, según él, hacen la vida más llevadera; y en la larga lista pone en primer lugar: “hacienda no parida con trabajo, sino heredada” (res non parta labore, sed relicta) [2].
Deporte incluso virtuoso (me atrevo a decir), practicado por y entre personas religiosas y devotas. Gracias a él, pequeñas o grandes fortunas, a pique de caer en manos pródigas y pecadoras, fueron arrebatadas de las uñas del Diablo para gastarse en obras pías.
¡Cuántas herencias lícitas se malograban para los conventos por no tener cada uno su fray Cavanzo, siempre al loro, a los “llamamientos” o proclamas de ingreso de las novicias; visitador asiduo de testamentarías, harto más provechosas que las bibliotecas. Además, él no era cazador furtivo, sino en coto propio, ya que el objeto de sus pesquisas no eran bienes ajenos, sino aquellos otros descuidados y medio abandonados, a los que su orden podía reclamar derecho.
Esta ocupación le permitía al fraile cierta movilidad, tan apetecida de muchos religiosos. Quédese la vida conventual –coro, refectorio, claustro, dormitorio– para los frailes del común. Los emprendedores, los enredadores o simplemente inquietos, pensaban (no sé si con razón) que en los conventos se bostezaba demasiado, se perdía mucho el tiempo, y para evitar el ocio ellos se buscaban la vida fuera, con mil argucias.
Los escritores ascéticos y los textos disciplinares abundan en la caricatura del fraile callejero, siempre de casa en casa de amigos devotos seglares, aquí almuerzo, allí meriendo y echamos la partidita de tresillo, mientras recojo chismes y les cuento chascarrillos, hasta la hora de dirigir el rosario en quince minutos, para luego volver en cuatro zancadas al convento, a completas y cenar. Olvidan esos censores que, a precio de dilatado y duro  purgatorio en la otra vida, estos disipados consiguieron para su orden lo que sin su industria no se hubiese obtenido, y a lo que luego nadie hacía ascos.
En todo caso, no era de ésos nuestro padre Cavanzo, frecuentador de archivos y notarías por toda su provincia franciscana, desde el Cantábrico al Ebro, en lo que podríamos llamar  ‘prospección genealógica de dineros’. Dineros para las monjas, en este caso.
Revisando la presencia de Cavanzo en este archivo, comprendí que con esta nueva vocación genealógica en realidad estaba devolviendo un favor a Santa Clara, y de forma especial a su Abadesa. Una abadesa indigente, por la rapacidad de su propia familia, que nunca cumplió lo estipulado. Doña Francisca Estefanía de Velasco y de la Cueva, hija de la condesa viuda de Siruela, con todo su golpe heráldico y su rica dote de 1.000 ducados, pero sólo virtuales, vivía de la caridad y limosna de las otras monjas pudientes.
Y aquí es donde acude Cavanzo, como quien se hace perdonar una pequeña bellaquería suya cometida un año atrás,  cuando se convirtió en falsario de documentos en favor propio. Queden, pues, las cuitas de la Abadesa y demás excursiones genealógicas del franciscano para mejor ocasión, porque hoy toca hablar de esa otra faceta suya menos digna.
La falsificación como reverso del plagio
La detección de fraudes documentarios desarrolló una ciencia Crítica, que en esencia viene a usar la misma herramienta lógica para detectar plagios, hoy tan de moda en el país. Pillar al mentiroso no es nada nuevo. «Antes que a un cojo», se decía; pero ojo con el cojo.
La archifamosa Donación de Constantino a San Pedro, invento del siglo VIII, y base de la pretensión de la Santa Sede a tener estado propio y poder temporal, ya fue denunciada en el siglo XV. Los denunciantes, Lorenzo Valla y Nicolás de Cusa, no fueros enemigos de la Iglesia ni lo que se dice anticlericales; eran personas del entorno del papa. El primero era un canónigo de la basílica pontificia de San Juan de Letrán, donde tiene sepulcro en lugar preferente; el segundo era cardenal, titular de la basílica de San Pedro ad Vincula, con monumento funerario cerca del Moisés de Miguel Ángel. Bien es verdad que sus denuncias no tuvieron efecto práctico alguno, ni estos eclesiásticos humanistas lo pretendieron [3].
Quien dio el gran paso adelante y redujo las pruebas dispersas a sistema científico fue dom Juan Mabillon (1632-1707), benedictino francés, en su obra maestra De re Diplomatica (1685; 2ª edic. del autor: 1709). Traigo este dato, porque Cavanzo, contemporáneo de Mabillón, perpetró su torpe fraude diplomático cuando ya se había publicado aquella obra. Lo que hace pensar que no la leyó. Porque vista del revés, la Diplomática también servía para mejorar la técnica del fraude, como la Lógica es la madrastra de todos los sofismas.
Pero veamos, ¿qué pretendía este buen hombre metiendo mano a documentos de archivo? Y no a papelitos cualesquiera, no: a los pergaminos  principales de la Casa:

1º. La Carta fundacional de Santa Clara de Medina de Pomar.
2º. Una Bula de Inocencio VI, sobre derechos fundacionales.
¿Con qué fin? En 1676, siendo ministro general de la orden fray Josefo Ximénez de Samaniego, los franciscanos tuvieron capítulo general en Roma [4]. Allí se trató sobre el derecho a sufragio en los capítulos provinciales, donde los frailes ‘vicarios de monjas’ a veces arrasaban.
La figura del Vicario de Monjas en la Orden Seráfica, según tiempos y lugares, es un jardín que no invadiré. Sólo para entendernos, yo diría que era algo parecido a hoy en España un  delegado del gobierno en una comunidad autónoma. Por si acaso, consulto a una autoridad en la materia, el franciscano portugués fray Manoel Rodrigues (1545-1613), y respiro, no iba yo tan descaminado: los tales vicarios no tenían poder en el fuero externo y su status databa de 1437, fecha de un decreto del papa Eugenio II [5]. Junto con los visitadores, los vicarios de monjas eran agentes  del control de la orden franciscana ‘primera’, la masculina, sobre la ‘segunda’, los monjas de clausura. Cargo de supervisión, que extrañamente iba unido al de confesor oficial obligatorio de la comunidad, lo que se entiende menos, en sacramento tan delicado, secreto y libre por su naturaleza.
Ni que decir que el vicario vivía a expensas de sus monjas. Éstas le pagaban sus servicios con un subsidio en dinero, más buen alojamiento y acomodo, y competían por mantenerlo  a pedir de boca, vestirle con estameña de primera calidad, sandalias finas. Por si fuera poco, el reverendo vicario, como para dar prestigio al monasterio femenino (que ya lo tenía sobrado de por sí), se rodeaba de frailes subalternos en número creciente, hasta donde alcanzaba la miel de las abejas para tanto zángano.
Hasta 1676 los vicarios de monjas se atribuían derecho de sufragio. Lo cual habría sido razonable si ellos lo ejercieran en representación de las monjas, cuya presencia no se contemplaba en los capítulos de esta orden, ni de las otras en general. Lo malo es que no era así, y cada vicario sólo se representaba a sí mismo y sus intereses personales. Pues bien, aquel año se acordó limitarles el voto a la condición de tener el Vicario de monjas a lo menos seis frailes bajo su férula.
Era un modo drástico de reducir el desmadre de votantes, dado que pocos conventos femeninos podían permitirse mantener hasta media docena extra de frailes capellanes, confesores, predicadores, amén del vicario. El de Santa Clara de Medina nunca tuvo más de dos a su órdenes, para atender a las religiosas. Por tanto perdió el derecho a voto.
En 1676 fray Cavanzo no era vicario de Santa Clara, sino secretario provincial de Cantabria (1674-1677), lo que indica cierta personalidad, y por supuesto con derecho de sufragio. Así que por entonces no le afectaba el problema. La cosa cambió para él cuando le nombraron vicario con mando en esta plaza, víctima de aquella exclusión romana que, bien se ve, no le hizo ninguna gracia. El capítulo provincial no podía darse el lujo de prescindir de su voto.
Iglesia  de San Francisco de Vitoria, demolida en 1930
A todo esto, se anunció Capítulo General de la orden para 1694, a celebrar en Vitoria, en la Vigilia de Pentecostés. Para Cavanzo, el día de su revancha. Lo que un capítulo quitó al vicario de Medina, otro lo podía reponer, eso sí, con pruebas al canto. Y al no existir tales pruebas, no tuvo más remedio que fabricarlas. ¿Cómo? Cavanzo sabía que contra la decisión de todo un capítulo general los argumentos más sólidos eran los derivados del contrato fundacional de la Casa. Pero al mismo tiempo no era tan estúpido para meter mano en los pergaminos originales. No tenía los medios para hacerlo, ni la técnica, ni siquiera la intención, porque seguramente no habría funcionado. Su procedimiento fue más sencillo, y le funcionó.
Primeramente se hizo sacar del Archivo la Carta de Fundación –un pergamino venerable de 1313–, así como un par de bulas de Inocencio VI, también en pergamino de 1355, y se estudió los diplomas a fondo. Acto seguido hizo uso de los buenos oficios de dos hombres de su confianza. Gabriel López de Para, escribano medinés, se encargaría de sacar copia ‘auténtica’ de la Carta, seguramente al dictado del fraile. Esta fue la parte más sencilla. Los documentos papales tenían mayor dificultad, pero ahí estaba el licenciado don Domingo de Escalante, cura de la villa, que era notario apostólico. Estos dos completaron el trío de botarates para fabricar las pruebas a fe de notario y escribano, que allá se iban.
Todo consistió, pues, en sacar las copias al dictado de Cavanzo, poniendo y quitando palabras y frases según convenía a su propósito. Por eso he llamado a este género de mixtificación de documentos, ‘colaboración literaria’ con sus autores. Más meritoria que el plagio. Porque si uno plagia, por ejemplo, en su tesis doctoral, fagocita el trabajo ajeno. Todo lo contrario de fray Cavanzo, que metía de lo suyo todo, menos la pata; o al menos eso procuraba.
Para hacernos una idea, veamos lo que nuestro vicario hace decir al matrimonio fundador de Santa Clara, en la copia ‘auténtica’ de su Carta (en cursiva, las interpolaciones del falsario):
Otrosí pedimos al General [y] al Provincial de la Provincia de Castilla, reciban esta fundación y nombren al confesor y capellanes compañeros, para que asistan a las sobredichas dueñas, según que pueda agradar a Dios. Y los dos capellanes compañeros obedezcan al confesor, y el confesor al padre provincial... elegidos en capítulo, y pedimos vote en él, etc.
Este parrafito es un ejemplo ‘de libro’ para detectar una trufa. Aunque Cavanzo no se atrevió a poner aquí la palabra ‘vicario’, respetando ‘confesor’ como equivalente,  sólo a un falsario –y más bien de los mediocres, tirando a malos– se le ocurre meter en la cabeza de los fundadores semejante preocupación por que el confesor de Santa Clara tenga voto perpetuo en capítulo. Sólo le faltó añadir, «aunque no llegue a seis el número de los compañeros», y lo habría bordado [6].
La inocentada del papa Inocencio
Inocencio VI, por Andrea di Bonaiuto (1365)
Florencia, Sta. Maria Novella
Capellone de los Españoles
En la lucha fratricida entre familias franciscanas en el siglo XIV –conventuales contra observantes, y todos a una contra los espirituales rigoristas, los llamados celantes–, Inocencio VI (1352-1362) favoreció la obsevancia moderada y persiguió a los celantes a muerte. Recordemos la situación, reflejada como nudo argumental de El nombre de la Rosa.
De las bulas de este papa en favor del monasterio, una en particular es privilegio personal y vitalicio a dos señoras, como hijas de los fundadores.  Doña María era monja, y su hermana mayor doña Elvira Álvarez vivía retirada aquí, como viuda del almirante sevillano-gallego Alonso Jofre Tenorio. Sólo para situar a este matrimonio: fueron los padres putativos de don Juan Tenorio, el ‘Burlador de Sevilla’, según estudiosos del gran mito literario [7].
Por la bula Benigne [8], las dos hermanas enclaustradas obtenían la facultad de proponer o designar ellas a los visitadores, confesores y capellanes franciscanos al servicio de las monjas. A la muerte de ambas, ese facultad revertiría a los superiores de la orden. El diploma es una de las joyas del Archivo. Pues bien, este fue el otro documento que Cavanzo amañó por mano del licenciado Escalante. No hay más que comparar el original con la copia en papel que sacaron. Un documento que quedó marcado para siempre en el Archivo como “la Bula del Voto de los Vicarios de Santa Clara”.
Aquí la maniobra resultó más compleja que la de la Carta, pues además de poner lo que quisieron también afeitaron lo que a su juicio podría levantar sospecha. No entro aquí en detalles, y baste con decir que si el término ‘confesor’ se repite tanto como ‘visitador’, lo de ‘vicario’ no figura ni una sola vez, como era lógico. En consecuencia, los falsarios omitieron cuanto pudieron la referencia al ‘visitador’, pero sin atreverse a introducir lo de ‘vicario’. Eso sí, aprovechan una referencia auténtica al capítulo Provincial para meter de su cosecha:
«en el cual también los confesores de dicho Monasterio gocen a perpetuidad de voto en las elecciones…»
Como falsificación, no es ninguna maravilla. Tienen distracciones, como llamar al difunto almirante Manfredo, en vez de Gaufredo (Jofre), o llamar en latín confessarios a los confessores, pero sobre todo cambiar el original zelatores  (celadores) por cellantes (celantes). Esto último era de una torpeza garrafal, pues los ‘celantes’ franciscanos fueron siempre la diana de las iras del papa Inocencio.
Aquí podría dar por terminado mi compromiso de destapar la fazaña de Cavanzo. Pero metidos en harina, conozcamos mejor el perfil del individuo. Si como falsario de documentos públicos no es posible recomendarlo, vamos a reconocerle otra habilidad no menos importante a los efectos.
La importancia de las formas
Cavanzo no era zote, y aunque sólo fuese por su experiencia como secretario provincial, sabía que los deseos de un fraile son más fáciles de lograr cuando no se nota que los pide para sí. Disfrazando, pues, su interés propio como honra debida al Monasterio de Santa Clara, su cartapacio al Capítulo Victoriense llevaba como preludio una carta al padre Ministro General y Capítulo, donde la Abadesa y Comunidad de monjas
Pide y suplica humildemente se dignen de justicia, gracia o equidad, sea restituido el Vicario a la voz activa y pasiva en los capítulos provinciales de esta provincia de Cantabria =
Y para la justificación de su pretensión, presenta ante V. RRmas.:
      Testimonios auténticos de la fundación del Convento;
      De dos breues de la Santidad de Inocencio 6º =
      Un informe facti & iuris.
Por los cuales instrumentos se manifiestan muy por menor las razones y fundamentos en que firma esta humilde súplica =
Esta sí que fue jugada magistral, pues poniendo a Santa Clara de tapadera se cerraba la posibilidad de que la pretensión del vicario fuese derecha al cesto de los papeles. Así, cuando los capitulares de Vitoria abrieron el paquete, le ‘miraron las tripas’ (como se decía), y las dieron por sanas y buenas. De ese modo, uno de los ‘estatutos victorienses’ de aquel «celebérrimo Capítulo» [9] muestra, una vez más, cómo audaces Fortuna iuvat. El valiente Cavanzo se había salido con la suya [10].
Por lo que se ve, los padres capitulares, sorprendidos en su buena fe, tampoco se habían leído su Mabillón; porque esa lectura les habría advertido que cuando un documento habla de títulos o cargos anacrónicos, seguro que es falso o interpolado. Entre los 289 capitulares con sufragio –la crema de la orden–, algunos debían saber que en el siglo XIV la figura del Vicario de monjas en Medina sencillamente no existía, y la pretensión de Cavanzo, por muy ‘a fe de escribanos’, invitaba al cotejo con los diplomas originales.
La seráfica Provincia de Cantabria goza de una buena historia, obra del padre fray Ángel Uribe [11]. En ella se habla del caso del Vicario de Medina, que el autor conoce por las Actas impresas del capítulo vitoriano, pero sin relacionarlo con Cavanzo ni con su fraude, porque por alguna razón Uribe no consultó para esto, ni para nada, el rico archivo de nuestras clarisas. De haberlo consultado, sabría que aun existiendo en Medina de Pomar el desaparecido convento de San Francisco, los primeros capellanes de Santa Clara no fueron frailes franciscanos, y mucho menos vicarios de monjas, sino clérigos de la villa.
¡Ah, los clérigos de la Villa…!
Por supuesto, de nada habría servido la petición monjil, sin un buen aparato notarial en el dosier. La pieza más delicada era la bula del papa Eugenio dirigida a la madre y la tía de Don Juan Tenorio. Cualquier cosa, antes que mover sospecha en los capitulares. Para ello, nuestro Cavanzo hizo el ‘más difícil todavía’, si realmente en la Medina del siglo XVII lo era juntar a cuatro notarios apostólicos –dos o tres de ellos clérigos–, para firmar falso testimonio en favor de un particular. Increíble, pero cierto. El ‘fiel traslado’ del pergamino al papel viene autorizado por estas líneas:

Concuerda esta Bula con su original, que para efecto de copiarla me entregó originalmente su Señoría la señora doña Teresa de Velasco y Tobar, abadesa del convento de Santa Clara…,  a quien se le bolví a entregar, y de cuyo pedimiento yo, el licenciado don Domingo Fernández de Escalante, cura y beneficiado de las iglesias unidas de dicha villa, y notario público apostólico por autoridad Apostólica, le hice sacar y escribir; y en fee de ello lo signé y firmé = en 24 de mayo de 1694.

(Signa y Firma:)
En testimonio + de verdad.  Licdo. Domingo Fdez. de Escalante, notario apostólico

Nos los notarios que aquí signamos e firmamos, certificamos, damos fee: Que el  licenciado don Domingo Fernández des Calante [de Escalante], de quien va signado y firmado el despacho de arriba, es tal Notario Camere in Chartula, fiel y legal y de toda confianza, y a todos los escritos que en ante el susodicho han pasado y pasan siempre se les ha dado y da entera fe y crédito, en juicio y fuera de él. Y para que conste, de su pedimiento damos la presente en esta dicha villa de Medina de Pomar, a 24 del mes de mayo de 1694 años.

En testimonio + de verdad.   El Licdo. Thomás de Regúlez, notº. apostólico
En testimonio + de verdad.   El Licdo. Antonio del Palazio, notº. apostólico
En testimonio + de verdad.   Pedro Fdez. del Prado, notº apostólico


Amigo TH&Th, lo dicho baste para dar idea de lo duro y difícil que era el oficio de trápala. Riesgos aparte, pedía gran cultura, sentido histórico, audacia a toda prueba, inmunidad a los escrúpulos, notarios infieles amigos o comprados y, en fin, memoria de elefante: mendacem memorem esse opportet, que dijo uno de Calahorra.
Y aunque abrigo la certeza de que usted da fe a mi palabra, por lo menos tanto como aquellos apostólicos varones de Medina unos a otros, y todos a la de fray Cavanzo, con todo y visto lo visto, no estará de más seguir el proverbio que dice, “entre amigos, con verlo basta». Pues aquí le va un par de evidencias gráficas del desaguisado. Póngase las gafas de leer latín, y compare usted mismo la bula auténtica con su copia igualmente auténtica, a fe de escribanos y notarios apostólicos. Cuatro por lo menos, para una villa tan pequeña como Medina. ¡Cualquiera les colaba aquí una bula falsa…!
Pergamino original de la Bula de Inocencio IV
Copia en papel autorizada por cuatro notarios apostólicos de Medina de Pomar
y presentada por fray Francisco Cavanzo al Capítulo General de Vitoria 
___________________________________________


[1] Sig.: 83.10. Cavanzo o Cabanzo, en el siglo XVII daba lo mismo. Ambas grafías coexisten en la guía telefónica de Cantabria, aunque el topónimo se ha decantado por la b: Cabanzo es hoy un barrio del hermoso municipio de Noja. En el Archivo de Santa Clara se leen las formas antiguas Cabanço, Cavanço, aunque el
Catálogo, curiosamente, no trae ninguna de las cuatro formas, prefiriendo Cavanco, Cabanza, Cavanca y Cavancos. En el Índice antroponímico: “CABANZA,  fray Francisco de” y “CAVANCA o CAVANZOS, fray Francisco de”) .
[2] Epigramas, 10, 45, v. 3.
[3] El tema de la falsa Donación ya se tocó en este blog a principio de año,  Navidades para Europa (02/01/2018), y alguna otra vez.
[4] Fray Josefo Ximénez de Samaniego es conocido como valedor de las fabulaciones de la monja franciscana concepcionista sor María de Ágreda en su Mística Ciudad de Dios. En esta obra de la abadesa amiga del rey Felipe IV la ficción literaria se reviste de revelación sobre la vida de María, la madre de Jesucristo.
[5] Cfr. Manuel Rodrigues, Emanuelis Roderici Lusitani, Quaestiones Regulares et Canonicae enucleatae sive Resolutiones Quaestionum Regularium ad Compendii formam redactae. Lyon, J. Cardon, 1630. Resol. 139 (De Vicariis), pág. 974-975; Summa de casos de consciencia. Salamanca, Juan Fernández, 1596; tomo 2, págs. 121-122.
[6] Tan burdo era el matute, que ya un revisor dieciochesco lo subrayó, anotando al margen: Esta cláusula rayada es supuesta y falsa, por no hallarse en la fundación.
[7] Cfr. Irene Ortiz Rosado, “De El Burlador de Sevilla al Don Juan de Molière. Estudio comparativo de fuentes textuales” (TFM, Univ. Complutense), 2014, págs. 5-17. Ya comenté que los esposos, señores de Moguer, tienen mausoleo familiar en la iglesia de su fundación de Santa Clara de Moguer.
[8] Aviñón, 28 de enero 1354. Perg. 26, en el Catálogo de Ayerbe, pág. 33. donde dice por error 26 de enero, lo mismo que en otras varias bulas de igual data: V kal. Febr., Pontif. n. A. II.
[9] ‘Celebérrimo’ Capítulo. Yo también piqué, pensando en todo un acontecimiento en Vitoria. Pura broma: todos los capítulos generales de la Orden seráfica en aquel siglo eran por definición ‘celebérrimos’, véanse sus publicaciones impresas.
[11] Á. Uribe, La provincia franciscana de Cantabria. Tomo I. El franciscanismo vasco-cantabro desde sus orígenes hasta el año 1551. Aranzazu: Ed. Franciscana, 1988. Tomo II. Su constitución y desarrollo. Ibíd., 1996.


(Esta entrada se reproduce también en ‘Las Centurias de Santa Clara’)



domingo, 30 de septiembre de 2018

Hoy toca novedad


Algunas curiosidades del Archivo de Santa Clara de Medina

por Belosticalle
Cabecera del blog creado en el VII Centenario de Santa Clara de Medina de Pomar (1313-2013)

El sábado 22 de Septiembre por la tarde, en el  XX Encuentro ‘Casa de Velasco’, se celebró en el Alcázar de Medina de Pomar un acto cultural, donde fui invitado a ofrecer una ponencia sobre ‘Curiosidades del Archivo de Santa Clara de Medina’.
Es un archivo de monjas clarisas de clausura con siete siglos cumplidos de historia. También es un archivo amable, por varias razones. Su organización es perfecta, su Catálogo, modélico. La disponibilidad y atención perfectamente franciscana hace grata las visitas. Y en fin, si te alargas un poco en la consulta, la hermana archivera sor Amaya te ofrece un café con leche y pastas exquisitas. Si a eso se suma la fortuna de encontrar informaciones tan interesantes como insospechadas a veces, ¿qué más puede pedir el investigador?
Como usuario veterano satisfecho, me agrada divulgar la bondad de ese Archivo compartiendo noticias suyas con la gente. Y fue lo que hice en dicho Encuentro Velasqueño. Lo primero, reiterando mi convicción de que el mismo lugar donde estábamos reunidos –el llamado tantas veces ‘Salón Noble’ del Alcázar– nunca fue tal cosa, sino el primer local que los Velasco diseñaron para su propio Archivo.

Así que ...

(... seguir leyendo en blog Centurias de Santa Clara)



viernes, 14 de septiembre de 2018

Por Trinacria, al galope (2)


Catania la Chica: lo visto y no visto  
Catania. Contorno de la ciudad antigua (amarillo). Situación del antiguo puerto (rojo). Via Etnea (línea azul claro), desde el antiguo puerto hasta la Plaza de Estesícoro. Encima del círculo rojo, la Catedral y su Plaza (Plaza del Elefante)

Via Etnea- Iglesia de los Minoritas
Al fondo, la ladera del Etna
El primer mensaje de Catania al forastero es lo significativo de su urbanismo. Su primera arteria principal es una larga recta que, partiendo de la Puerta Uzeda al sur y plaza de la catedral de Santa Águeda, apunta por el otro extremo a la mole grandiosa del Etna. Es la Via Etnea, recordatorio perpetuo para la ciudad de su enemigo natural, el volcán, y de su protectora celeste, la ciudadana virgen y mártir. Salta a la vista el motivo folclórico de la doncella que sujeta al monstruo.
Según eso, una visita a Catania podría empezar por el principio: Via Etnea y Plaza de la Catedral. Pues bien. Avanzando calle arriba se cruza por mitad la plaza  de Estesícoro, presidida a poniente por la iglesia que llaman de Santa Águeda al Horno, o la Carcaredda, sobre los restos del formidable anfiteatro romano. Detrás de ella todavía hay otra iglesia, Santa Águeda la Vieja, levantada en el siglo XVIII encima de los restos de la primera catedral de Catania. Pero cuidado, que sin darnos cuenta, en 600 m de recorrido estamos fuera de la pequeña Catania que fue antes de la erupción volcánica de 1669 [1].
Carcaredda es diminutivo de carcara (en siciliano, ‘calero’, horno de cal). Hay aquí un cambalache verbal con carcer (‘cárcel’, en latín), a cuenta de que a la doncella sus torturadores quisieron asarla a la brasa en la propia bóveda carcelaria, improvisada en horno con una solera de carbones encendidos, donde la revolcaron, como último suplicio. Pero milagrosamente el combustible se apagó, dejando a la mártir morir en paz, mientras un terremoto sacudía a Catania (5 de febrero del 251) [2].
Aquel apagón de brasas al contacto con santa Águeda, más el terremoto, fue como un aviso. El primer aniversario de aquella muerte lo saludó el Etna con una erupción de mucho cuidado. Alguien tuvo la idea de tomar el velo que usó la santa como virgen, y que ahora envolvía su cuerpo; y al desplegarlo contra la montaña de fuego, aquel lienzo funcionó como extintor y barrera de la colada ardiente. ¿Quién no ve en santa Águeda sobre carbones apagados una imagen viva de Catania sobre la lava del Etna?
Este mensaje en clave urbanística es de un barroquismo tardío que no repara en ofender a la lógica, pues la conclusión sería que la santa Patrona ha padecido descuidos garrafales. Afectado el sector occidental de  Catania por la lava y cenizas del 69, un terremoto en 1693 dio cuenta del resto.
Estos desastres modernos siempre han sido una oportunidad para los arquitectos. Recordemos el gran incendio de Londres, en 1666, apoteosis de Mr. Wren. Por desgracia, la ruina de Londres respetó el plano general medieval, y sir Christopher no pudo realizar su idea de reducir el caos a geometría.
En Sicilia el terremoto arrasó ciudades enteras, como Noto y Catania. Ocasiones magníficas para urbanistas y arquitectos, que solían ser las mismas personas. Como veremos, en Noto se optó por trasladar la ciudad y trazarla nueva. Lo mismo se hizo con Occhialà, 50 km al SO de Catania, pero aquí se cambió hasta el nombre, y se creó Granmichele como ‘ciudad ideal’ basada en el hexágono. Por su parte, Catania se gloría de haber renacido varias veces, siempre en el mismo suelo, y esta vez como una de las ciudades más bellas de Italia [3].
Catania. Plaza de la Catedral, o del Elefante que mira a ella.
A la izquierda, Puerta de Uceda, comienzo de la Via Etnea (hacia el espectador).
He dicho que la vía del Etna comienza en la Puerta Uzeda, junto a la más antigua Puerta de Carlos V. Juan Francisco Pacheco (Madrid, 1649-Viena, 1718), IV Duque Uceda (consorte), era el virrey español cuando se produjo el gran terremoto y hubo que reconstruir Catania.
Un gran problema fue que, de tanto arquitecto en la ciudad, la catástrofe dejó vivo a uno solo para tanto estropicio. Alonso di Benedetto tuvo que competir con colegas venidos de fuera, sobre todo el jovencísimo sacerdote palermitano Juan Bautista Vaccarini (n. en 1702).
A éste confió Uceda el gran proyecto urbanístico, sin necesidad de recordarle lo que en su patria, Palermo, habían realizado anteriores virreyes españoles: la vía Toledo y la vía Maqueda. Por eso el nuevo eje urbano de la ciudad se llamó vía Uzeda, y en la muralla de Carlos V se abrió a la Marina la gran puerta Uzeda, entre el palacio Arzobispal y el Seminario (1696).
Luego vendrán los saboyas y austríacos, y la rúa Uzeda cargará con el nombre risible de vía Etnea. ¿Etnea, del Etna? Para la masa popular el nombre propio del volcán era el Mongibello. El ‘Monte-Monte’, pues gibello es el arábigo gebel (monte); si bien la gente no tenía porqué saberlo, y la terminación se explicaba ella sola por la belleza de la montaña. Etna era un cultismo para gente leída, y etneo en prosa era uno de tantos pedantismos a la moda. Lo había reacordado con rima fácil, el catanés Pietro Carrera [4]:
Etna il primer mio nome, indi Gibello
Da i Saracin fui detto, hor Mongibello...

Un conocido neurocirujano estudia el sistema motor de las marionetas sicilianas
Gran Bazar Bafumo - 2 Via Etnea, Catania - Junto a Puerta Uzeda
Hoy la Puerta Uzeda se anima con la oferta de recuerdos sicilianos convencionales: cerámica mediocre de serie, carretas pintadas de colorines y las marionetas truculentas de los héroes del Tasso y el Ariosto, en todos los tamaños.

¿De dónde salía el dinero para tanta empresa reconstructiva? Como siempre, de donde no lo hay: de la especulación. Las nuevas avenidas rectas, las flamantes plazas, eran el escaparate donde competir los ricos entre sí poniendo en primera fila sus mansiones, y los más ricos –los eclesiásticos– sus iglesias, obras pías, y unos conventazos que no desmerecían de palacios.
El monasterio de los benedictinos, en el extremo NO de Catania, eran 10 hectáreas de asombro para los viajeros, el auténtico pasmo de Sicilia. Su construcción anterior a los desastres duró 20 años, desde 1558 en que el virrey La Cerda puso la primera piedra. Destacaba el claustro, de 1605, con sus 50 columnas monolíticas de mármol. La lava del 69 dañó el convento, dejándoles sin huerto y sin iglesia. La nueva obra en marcha, con el terremoto del 93 se vino abajo sepultando a 32 monjes.
San Nicolás - Fachada inacabada (Foto Mondo-Sicilia)
Claustros, refectorios, biblioteca, escaleras, todo se dejó como nuevo, o se hizo nuevo a todo tren. La iglesia del convento, San Nicolás, es la más grande de la isla, con referente en San Pedro de Roma, ahí queda eso. Como muchos grandes templos de Italia, hasta tiene su meridiana.  Para tanto cuerpo se diseñó una fachada pantagruélica que se comió el presupuesto, y a punto de secularizarse uno de los monasterios más grandes de Europa, ya con un solo inquilino, jamás se concluyó, para escarmiento evangélico: «Empezaron a edificar y no pudieron acabar».
Esta enorme iglesia luce una celebridad de órgano, donde otras tienen el retablo mayor. Obra maestra del abate organero Donato del Piano que, desde 1775, se dejó en ello 12 años de vida, gastando las 10.000 onzas que costó, de las de entonces. Bien es verdad que colocándolo allí los monjes se ahorraron (y nos ahorraron) un retablo también de los de entonces. En semejante ‘Organum Maximum et Mirabile’, tres organistas tocando a la vez pueden meter mucho decibelio.

Por desgracia, la arquitectura de principios del Setecientos no estaba en su mejor momento. Este barroco catanés y siciliano oriental tiene su gracia –nada económica por cierto–, pero cedió a una tentación coyuntural. El terremoto había convertido la ciudad y la región en un inmenso bazar de columnas, fustes, capiteles, basas, cornisas y todo el diccionario arquitectónico, a precio de saldo. El arquitecto no tenía más que recorrer las ruinas, y el material reciclable se le ofrecía al paso para sus más libidinosas fantasías. De ahí el derroche de columnas de adorno y todo ingenio de adminículos sin otra función que calmar el horror vacui. Lo que unido al otro horror a la superficie plana, da un arte confuso y empalagoso, cuando no pueril, y esto último vale sobre todo para las iglesias. En contrapartida, gracias al urbanismo teatral los edificios lucen en todo su esplendor, pues la arquitectura sin escenario es dinero tirado.
A Vaccarini se le amontonan los encargos: urbanismo, fachada de la Catedral, vecina iglesia de Santa Águeda de la Abadía, Palacio Municipal, obras suntuarias en los benedictinos, colegios etc. En compensación se le otorgó ciudadanía, con título de arquitecto comunal, y su condición de clérigo le abrió paso a una canongía y una abadía en encomienda, que le hizo pasablemente rico.

Un enigma de Catania: el Elefante
Un Víctor entre dos Anas

La visita formal de Catania suele empezar ante un monumento donde hacerse el retrato para el recuerdo.

La fuente del Elefante, en medio de la plaza de la Catedral, es un montaje de Vaccarini, que  por si acaso, dejó allí su firma en letras bien grandes (1736). Primero puso la fuente propiamente dicha. Encima colocó un elefante negro que tenía fama de antiguo, lo arreó con una albarda de mármol blanco, y sobre ésta finalmente puso de pie un discreto obelisco seudo egipcio de 3 m y medio igualmente disponible. El estanque de la fuente se añadió 20 años después y el conjunto ha sufrido reformas, como todo en el mundo [5].
El ‘Elefante con Obelisco’ de Catania parece ser réplica del desdichado ‘Porcino della Minerva’, en Roma, obra de Bernini (1667), llamado así por burla. Aquí el animal es ciertamente antiguo, de lava negra, menos los ojos y los colmillos blancos añadidos.  Su tosquedad, su pose cuadrada y la trompa alzada a la catedral lo hacen simpático, todo al revés del elefantito berninesco repelente. El obelisco pudo proceder del hipódromo, o como el de la Minerva, de algún templo de misterios egipcíacos.
Estamos ante el primer monumento público de la ciudad renacida –anterior en cinco años al vecino Palacio Municipal–, y va dedicado a Carlos de Borbón, proclamado rey de Sicilia hacía poco, y futuro Carlos III de España. Era el homenaje de la nueva Catania a sí misma con ocasión del nuevo reinado. Otra inscripción bajo la grupa del elefante moraliza al animal como modelo de «Equidad, Prudencia, Docilidad», recordando de paso su leyenda.
En efecto, esta figura de lava es obra mágica de un tal Heliodoro, que la usó como montura semoviente en viajes exprés de ida y vuelta a Bizancio y otros lugares. El sujeto, que pudo haber vivido en el siglo VIII, en principio era cristiano, y hasta aspirante a la mitra de Catania. Pero en este empeño se le atravesó San León II de Rávena, impuesto por los bizantinos. Despechado Heliodoro se pasó al judaísmo, se inició en magia negra y se dedicó a fastidiar a los cristianos... ¿Conque mago? Pues el obispo León era super mago: un taumaturgo que hacía milagros de los de verdad. Y cuando este santo varón entendió que el apóstata no tenía arreglo, encendió una hoguera, agarró a Heliodoro por el pescuezo y así lo retuvo en medio de las llamas hasta que se abrasó, sin sufrir él mismo ni una quemadura.
Con el tiempo, la gente confundió al animal con su dueño, y el elefante sigue llamándose Il Liotru: Heliodoro, en siciliano. Es la figura propia del escudo de Catania [6].
La procedencia del bicho se desconoce. Podría ser el mismo que vio el geógrafo árabe Al-Idrisi en el siglo XII. Se sabe que en 1508, reinando Fernando el Católico, el Justicia de Catania lo colocó en lo alto del antiguo Palacio municipal. Derribado por el gran terremoto se rompió por las patas de atrás, restauradas de forma chapucera. De entonces son también los colmillos y los ojos.
Desarrollo del obelisco
También el obelisco está roto por arriba y por abajo. Lo descubrió el obispo D. Juan de Torres Osorio por casualidad en 1620, al reformar una puerta junto a la catedral, donde servía de arquitrabe desde sabe dios cuándo; pero no se le hizo aprecio, y por allí quedó tirado o dando tumbos. El erudito holandés D’Orville, de visita por estos pagos (1727), recordó al Senado de Catania la ‘empresa’ (o emblema) del elefante portador de obelisco. Nuestro arquitecto estrella se dijo: «Tengo obelisco, tengo elefante, ¿qué me falta para  derrotar a Bernini?». Y velay: la Fontana.
La Fontana del Elefante no es la única en esta plaza. En el rincón que da a la entrada de la Pesquería –el mercado del Pescado, en los arcos del ferrocarril– el turista ingenuo se apiña con sus congéneres en torno a la Fuente de Amenano: un pastiche moderno (1867)–eso sí, en mármol de Carrara–, para decorar un boquete que se abrió sobre al río subterráneo que atraviesa la ciudad.
El Amenano en otros tiempos jugaba al escondite, a lo Guadiana, más o menos por debajo del trazado de la vía Etnea hasta el puerto. Hoy se puede visitar su cauce en algunas zonas de la Catania subterránea. Los cataneses lo querían sumergido, porque cuando asomaba pudría el aire con las emanaciones subterráneas y las ratas muertas. Esta fuente cuando funciona y el sol brilla hace unas cortinas de agua muy vistosas, que por eso la dicen ‘acqua o linzolu’.

La Catedral de Santa Águeda
A quienes no vayan a Catania en persona, y aun a los que van a ir o han ido, como yo, recomiendo esta Visita virtual de la Catedral y su plaza.
Siempre apreciando la escenografía, es de lamentar la pérdida del edificio original  normando. Tanto más, porque el terremoto no pudo con la sólida cabecera de tres ábsides, gran sillería de lava arrancada del antiguo teatro romano. Lo único que queda en pie de la iglesia fortaleza (ecclesia munita), fechada desde 1094,  como otra ‘catedral del mar’ para defensa del puerto. Todo lo demás es puro lucimiento barroco. La fachada, obra maestra de Vaccarini, lo mismo que la vecina Abadía de Santa Águeda, antiguo convento benedictino, para recordar que el templo se creó como iglesia abacial.
El interior es sólido, sobrio y solemne, sensación aumentada por la larga bóveda seguida sobre la nave central, sin adorno alguno. Vista la fachada, nadie esperaría encontrar una cosa así, gracias sean dadas al arquitecto Palazotto. Aunque mejor habría estado recuperar la basílica de columnas graníticas, tal como fue.
¿Tumbas? No sería catedral sin ellas. La más conspicua, la de Bellini. A guisa de inscripción, un pentagrama de ‘La Sonámbula’ (Ah! non credea mirarti…), pero a quién se le ocurre.  Un vistazo, y –que el doctor neurocirujano y melómano, pero por estos días gran compañero de viaje, me disculpe–  amuninni! [7].
A Vincenzo Bellini le hemos visto en la plaza de Estesícoro. Encaramado en una silla con mínima base y posible caída de 15 m, que sólo mirarle da vértigo. Rodeado por los cuatro costados por los protagonistas y pentagramas de sus óperas cardinales: Norma, Los Puritanos, La Sonámbula y El Pirata. Los tifosi del músico en los años 1880 querían ver a su Bellini delante del Teatro Máximo, sin que faltase la ocurrencia de plantarlo en la plaza de la catedral, en sustitución del Elefante, hasta ahí llega el entusiasmo lírico. Finalmente lo pusieron donde está, de cara a la Carcaredda de santa Águeda, mirando cómo se abría el suelo con la excavación del Anfiteatro.
Muchos de los sepultados aquí, en esta catedral prelados mayormente, se pagaron monumento en ‘piedras duras’. Taracea pétrea admirable y cara, pero que genera monotonía insoportable, y más si la corona el busto del finado.
Uno de estos es el arzobispo Francisco Carafa, adosado a la pilastra izquierda del transepto, mirando al extraño ambón o púlpito moderno del presbiterio. La inscripción al pie ofrece esta noticia sorprendente:
Pío, sabio, humildísimo padre de los pobres.
Pastor tan amoroso de sus ovejas,
que con razón pudo Catania desafiar a dos Etnas.
Habiendo fallecido antes del terremoto, aquí yace.
¡Ah!, si él no yaciese, Catania, estarías en pie.
Año del Señor 1695
¿Pero no quedábamos en que ese negocio lo llevaba santa Águeda? Pues ahí lo tienen: el bueno de Carafa en vida libró a la ciudad de dos erupciones, y de no haberse muerto, también del terremoto. Se ve que la visión beatífica vuelve a los bienaventurados olvidadizos.
Cruzamos el transepto, siempre en visita virtual. En la pared de mediodía hay una puerta renacentista, pero está cerrada. Da a la capilla de Nuestra Señora, donde están colocados dos sarcófagos de piedra. Uno el de la reina Constanza de Hohenstaufen, hija de Manfredo rey de Sicilia y esposa de Pedro III de Aragón. El otro, más grande y antiguo, del rey Federico II (o III), hijo de los anteriores, junto con los restos de otros miembros de la familia real aragonesa.
Catania está orgullosa de unos reyes que por algún tiempo, frente a la rival Palermo, la hicieron capital de Sicilia como un estado en Europa. Sin embargo, estas reliquias de la Edad Media, ‘descubiertas’ no hace tanto (1952), tienen perplejos a los publicistas locales, que habrían deseado un mausoleo regio en la catedral. Den gracias a la solidez de este ábside normando, donde estuvieron emparedados, pero no pidan peras al olmo. Aquellas personas lo único que querían era descansar en la paz del Señor, en una pared sólida del coro, arrulladas por el canto de los monjes en los oficios divinos cargados de indulgencias. El turismo futuro les importaba un higo. Aparte de que aquellas personas regias a veces se morían tan alcanzadas, que no dejaban ni para pagarse el funeral, y si se aprovechaba algún sarcófago antiguo para sus restos, era por no tenerlo propio.
Bajados de la pared (1958) –donde quedaron hasta hoy blancas cicatrices en los frescos del ábside–, los regios sarcófagos aragoneses se colocaron y están en la capilla de la Madonna, que no se nos abrió.  Lo único que oí al respecto fue la voz de la guía Mariella: «los catalanes están ahí» .
«Los catalanes». Se entiende que un guía turístico no porfíe y siga la cuerda del que le pregunta, si es un catalán (como era el caso). Federico II de Sicilia (1296-1337), hijo de Pedro III de Aragón y de Constanza de Hohenstaufen, por continuar la dinastía suaba de su madre se numeró III, pero llamándose de Aragón, y aunque nacido en Barcelona no se llamó barcelonés, ni menos catalán. Lo mismo la reina consorte de Sicilia doña Constanza (m. en Catania, 1363), mujer de Federico III el Simple (1355-1377), hija de Pedro IV el Ceremonioso de Aragón y de María de Navarra, aunque nacida en Poblet siempre se dijo de Aragón y Navarra, no de Cataluña. Pero allá cada loco con su tema. Y no estará de más recordar que, por el espacio mediterráneo, ‘catalán’ no siempre ha sido un elogio [8].
Para el rey Federico, o Fadrique, se aprovechó un sarcófago hermoso, aunque está muy maltratado. En realidad es una pequeña fosa común, porque allí se metieron luego, como dice la inscripción, los huesos de su hijo Juan, los de Luis, hermano de Federico III el Simple, los de María, la hija y heredera del titular, como también los del infantito Federico, hijo del rey Martín I y de la dicha reina María.
Es lógico que los buenos cataneses echen de menos una solución más decorosa para sus reyes tan queridos de toda Sicilia, y éstos en especial tan paisanos. Alguno, sin embargo, lleva el lamento demasiado lejos; como este Paolo Pappalardo, que escribía [9]:

«Se da la paradoja, que suena a escarnio…, de que mientras el desconocido Virrey Fernando de Acuña tiene un valioso mausoleo a un paso de la Virgen y Mártir Águeda, los protagonistas más importantes de la historia de Catania ¡llevan 62 años desahuciados de la catedral donde fueron proclamados reyes y reinas! ¿Tan difícil es ponerse de acuerdo Ayuntamiento y Curia para devolverles dignidad cristiana, y restituir a los cataneses un siglo y medio de su historia más importante?»
Suscribo de todo corazón este voto del señor Pappalardo, aunque lo de llamar al virrey Acuña ‘el desconocido’ no me parece propio de quien se dice tan amante de la historia patria. Pero ya que lo ha mencionado por su mausoleo, giremos 90 grados a la izquierda para conocerlo, pues lo tenemos aquí mismo.
El ábside diestro, o de la epístola, alberga la capilla de Santa Águeda, bloqueada por espesa cancela. En  este espacio se encierra el gran milagro de la Santa en el gran terremoto:
haberse salvado a sí misma con su tesoro, todo su ajuar y pertenencias. Gracias a esa vecindad se salvó también el altar con su retablo, así como el magnífico monumento sepulcral de don Hernando de Acuña, virrey de Sicilia (1488-1494). Atención, porque estamos ante el único conjunto artístico y escultural anterior a 1500 conservado in situ de toda Catania.
Por supuesto, todas las guías modernas y reseñas que he visto hablan de la tumba del virrey Acuña, pero ninguna destaca lo principal, que es la unidad del conjunto en la capilla: altar, tesoro, sepulcro. Encargo todo ello de la viuda del virrey, doña María de Ávila. Aquí lo único que sobra son los bustos y ‘piedras duras’ de dos prelados barrocos, tan devotos de santa Águeda como faltos de discreción, verdaderos ocupas en este recinto y contexto.
La obra es de carácter hispano renacentista, de alabastro o mármol, en partes dorado y policromado. Destaca el grupo que forman el virrey orante, de tamaño natural, y el gracioso escuderito en pie detrás de él, aguardando a que su señor termine sus devociones para irse él a jugar. Una gran inscripción de fondo explica en latín cómo su  desconsolada viuda Dª María de Ávila, como heredera y albacea, encargó el monumento en 1494. La factura de las estatuas es muy del estilo gotizante ‘Reyes Católicos’. Campean las armas de Acuña y las de Ávila o Dávila por separado.
Catania. Monumento del Virrey Acuña (foto Alamy)
El virrey mira al altar y retablo, del mismo material y estilo, con una especie de mandorla en relieve que representa la coronación de santa Águeda por Jesús y María, entre dos nichos de san Pedro y san Pablo y bajo las armas de Aragón-Sicilia y de Catania. Altar y sepulcro forman conjunto entre sí y con el monumento de acceso al tesoro de la Santa, todo de la misma traza.  Insisto: no es la octava maravilla, pero digno de verse en Catania como reliquia singular de su pasado artístico, auténtico milagro de Santa Águeda en la catástrofe seguida de saqueo del 93.
A la atención de los pappalardos traigo aquí una entrada de La Web de las Biografías sobre el ‘desconocido’ don Hernando de Acuña. Don Pablo Pappalardo se haría un favor leyendo a sus historiadores de Sicilia y de Catania, como Ferrara o Cordaro, o la Cronología de los Virreyes, de Amico (1687) etc. «Varón digno de compararse con justicia a cualquier príncipe de los mejores», le llama Juan Bautista de Grossis; «varón dotado en piedad y letras», según el doctísimo Francisco Maurolico. «En las costumbres Catón, / César en el corazón», reza un verso latino de su epitafio [10].
Fernando el Católico la nombró virrey de Sicilia en 1489, y lo fue hasta su temprana muerte, estrenada la cuarentena, el 2 de diciembre de 1494. Desde el principio se ganó a los sicilianos, doble mérito, porque venía en sustitución del odiado Gaspar de Spes (1479-1489), valenciano, que además de soberbio intratable había gobernado la isla a lo Verres.
En fin, el hijo del Conde de Buendía fue, además de caballero, militar y político, sentencioso poeta. El Cancionero General de Castillo, lamentablemente, sólo recuerda dos títulos suyos: “Antes el fin que el comienzo”, y “No tal fue / mi vida como mi fe” [11]. Precisamente el primero se lee en las dos basas del baldaquino del monumento.
El epitafio, en dísticos latinos, es sobrio y va seguido de estos versos en castellano:
Del buen Don Fernando de Acuña y Virrey
Es este sepulcro y clara memoria,
Que tanto sirvió a Dios y a su Rey,
Por donde fue digno de fama y de gloria

Por si fuese poco, el sepulcro propiamente dicho lleva en el frente, en cartel con asas, este otro epitafio en prosa latina, que diríase escrito ex profeso para dejar mal al Sr. Pappalardo [12]:

Aquí yace D. Fernando de Acuña, Virrey de sicilia, de patria Castellano, su padre el Conde de Buendía: por tanto de la ilustre progenie de los Acuñas; regio por su exterior y por su temple, y cúmulo de todas las virtudes, cultivador de las letras y valiente en las armas. A éste llora el coro de los buenos y doctos; cuyo cuerpo aunque enterrado, su alma pía ya alcanza la gloria de los bienaventurados.

Cualquiera que tenga noticia de los enterramientos antiguos en iglesias sabe que los permisos de construcción, por elegantes y decorativos que sean, no se concedían gratis, ajustándose la tarifa al emplazamiento. Según eso, la viuda Dª. María debió de poner sobre la mesa argumentos de mucho peso para colocar a su difunto en lugar tan preferente. No fue sólo decorar toda la capilla. La mejor finca de Palermo entonces era la Zisa, un paraíso del tiempo de los árabes, que hoy queda dentro de la ciudad, pero entonces era un pabellón y huerta de recreo en el camino de Montreale. Pues bien, los canónigos de Catania tenían un pío tremendo de poseer aquel edén terrestre, que casualmente era del Acuña, o más bien como sospecho, de la Dávila. En todo caso, un bien temporal, cuya cesión tanto podía ayudar al alma del virrey en la consecución del verdadero paraíso, el celeste. Cosa hecha.

Llegados a este punto y consideración, quien leyere creerá sin juramento y comprenderá mi pánico, cuando al mirar en derredor vi la enorme catedral casi vacía, y desde luego ni a Mariella ni a ningún conocido del grupo (mi señora incluida), y al echar mano del móvil estaba descargado.
Quedan más cosas por recordar de Catania, pero se hace tarde. Todo se andará.
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[1] ‘Piccola Catana’, se decía. Incluso se propuso una etimología tan obvia como improbable, en el púnico qatana, ‘pequeña’.
[2] Curiosamente, el titular del templo es san Blas, porque así lo decidió un obispo. Para los cataneses es lo que es, porque allí se muestra la supuesta cárcel-horno de Águeda, punto de partida de enormes procesiones en sus dos fiestas, de invierno y verano.
[3] La última catástrofe severa fueron los bombardeos aliados de 1943 (II GM).
[4]  ‘Poesie de Don Pietro Carrera, pertinenti alla materia di Mongibello, e del sacro velo della gloriosa S. Agatha.’ En Mongibello, descrito da Don Pietro Carrera. Catania, 1636, pág. 186. El autor de Veinte Día en Sicilia (1841) observaba la cantidad de ‘Villas Etneas’ en las faldas del monte. Mediado el siglo XIX era nombre tópico entre la burguesía costera para sus chalets de montaña.
[5] Adiectum anno Domini MDCCLVII Idus Aprilis. Archivio Storico Siciliano, 1888-89, pág. 257 ss. La Fontana del’ Elefante esistente in Catania.
[6] La leyenda está representada en vidas de San León, en sermones y sobre todo en un poema latino bastante gracioso, todo ello recogido por el jesuita Gaetani en sus Vidas de Santos Sicilianos, tomo II (Disponible en la Red).
[7] En siciliano, ‘¡largo!’ (vámonos de aquí).
[8] En El Nacional.cat (2018/06/23) veo una efeméride firmada por Marc Pons: “23 de junio de 1222. Muere Constanza de Aragón, la catalana que fue emperatriz». ¿Pues cómo no catalana, si era “hija del conde-rey Alfonso I de Barcelona y II de Aragón… y hermana pequeña del conde-rey Pedro I de Barcelona y II de Aragón”? Después de todo, gracias a ella se produjo “la gravitación de Sicilia hacia la órbita del Casal de Barcelona”. Menos mal, aquí no se habla de ‘Corona Catalano-Aragonesa’.
[10] Catanense Decachordum (Catania, 1642), t. 2, págs 129-130. El hexámetro latino del sepulcro dice:  Moribus iste Cato fuerat, sed pectore Caesar. Es contrapunto del proverbial Intus Nero, foris Cato (Por fuera Catón, por dentro Nerón), para describir al hipócrita.
[11] Edic. de Bibliófilo Españoles, Madrid, 1882, t. 1, pág. 575, nn. 540 y 541. La primera pieza la da como ‘jeroglífico’, la segunda parece estribillo de coplas.
[12] Hic iacet D. Ferdinandus de Acugna Siciliae Prorex, patria Castellanus, patre Comite de Buendia, Illustri scilicet genere de Acugna genitus, аsреctu atque animo regius, ac virtutum omnium cumulus, literarum cultor, et armis strenuus :hunc proborum et doctorum chorus deflet; cuius corpus tametsi in terris sit conditum, pia tamen anima beatorum obtinet gloriam.


(Continúa)