viernes, 19 de noviembre de 2021

“Curioso hallazgo” (Inocentada vasca a destiempo)

La Vanguardia, 6-11-2021

Curioso hallazgo

Y tanto:

«Encuentran en Italia uno de los primeros libros impresos con palabras en euskera» 

El vascuence, desde que es ‘lengua propia’, nunca deja de sorprendernos, y el notición lo confirma. Hace poco salía en La Vanguardia (6 de noviembre), a nombre de un Ander Goyoaga, con lujo de detalles a cuál más grotesco: 

Los términos han aparecido [sic] en la principal obra del historiador y humanista siciliano Lucio Marineo Sículo, de finales del XV y principios del XVI. Al margen [sic] de las inscripciones en estelas y los manuscritos medievales, sería el testimonio escrito [sic, por impreso] más antiguo de la lengua vasca.

Y para demostración... esa foto.  

Mamma mia, pero si esta cara la conozco!... Efectivamente, desde hace ni recuerdo  cuantos años esa misma página es de libre acceso, junto con la 0bra entera en facsímil y otras más del mismo humanista, omnipresente en bibliotecas de la Red. 

Al contrastar la noticia que me impactó en La Vanguardia, luego vi que ya había aparecido la víspera en la prensa vasca. Lo veremos al final, y vamos por orden. ¿Quién fue Marineo Sículo? 

Un siciliano, obviamente, aunque sin oxímoron se puede llamarle español. Y eso por dos razones. La primera, porque como él mismo afirmó de forma contundente, España ya existía en su tiempo y eso lo sabía toda Europa: la España de los Reyes Católicos y de Carlos V, aunque historiadores de hoy como José Álvarez Junco empeñen su palabra en contrario, según podemos leerle y oírle aquí mismo (‘La redondeza del mundo’, 30-08-2020). La segunda razón para reconocerle la españolidad al Sículo es que él mismo se la toma cuando entre las cosas de España habla de «nuestra lengua», y el adjetivo nuestro se declina en sus varias formas latinas, una y otra vez, de pluma y boca de este extranjero naturalizado español, como tantos otros, pero él con el derecho de haber nacido súbdito de la corona aragonesa.

Lucio Marineo Sículo (h. 1444-1536) – o Lucas de Marinis, su nombre verdadero– nació en Bizino (Vizzini), lugarón en el ángulo SE de Sicilia, a jornada y media de Catania y otro tanto de Siracusa. Según él, en un ambiente donde aprender a leer era algo así como hoy tomar la vacuna anti-covid: había negacionistas, y uno de ellos fue su padre.

Juzgar eso con criterio de hoy sería anacrónico. Todavía mediado el siglo XV mucha gente estaba de acuerdo, sin saberlo, con el mito socrático-egipcio de Teut y el rey Tamus (en el Fedro), acerca del sobrevalorado invento de la escritura en una cultura oral. Y sin desandar tantos siglos, yo mismo de muy niño alcancé a ver en el caserío vasco de Ayala donde me crié, y en otros del entorno, cómo leer y escribir entre adultos era más cosa de mujeres, que habían frecuentado la escuela mientras los chicos faltaban demasiado por ayudar en casa. Y así mi aña Antonia era letrada, mientras que su marido Juan, con apellido vasco de cinco o seis sílabas, según se mida, sólo firmaba en garabato las tres primeras. ¿Un analfabeto? Total, pero en modo alguno un hombre sin cultura.

Con todo, me cuesta creer a Lucas/Lucio cuando afirma que hasta los 25 años se conservó virgen analfabeto, y que sólo a esa edad, hacia 1469, aprendió a leer con la ayuda de Pieruccio, un sobrinito de cinco años, hijo de su hermana mayor Catalina. El que quiere alfabetizarse puede hacerlo como autodidacta, sin ser un Gauss, niño prodigio a los efectos. Para colmo –añade el sículo, lo del chiquillo enseñándole las letras al grandullón fue la rechifla de la familia, pues el maestrillo muy en su papel ni siquiera omitía arrearle al discípulo algún palmetazo. La fábula, más allá de la anécdota, apunta más a un cambio de modelo educativo y un avance enorme de la lectura en Europa en sólo una generación, gracias a la imprenta (1450). 

La edad de 25 años sería cuando Lucas, por fin (¿muerto el padre?), pudo entregarse al estudio de las letras latinas. Pero corra el auto mito de su sobrinito-dómine, una forma artera de vender cómo él mismo en brevísimo tiempo pasó del abecé a la erudición. Por testimonio de un discípulo algo lapa –el español Alfonso Segura– sabemos que en la misma Bizino natal su maestro contó con la complicidad del vicario don Federico (Federigo Manuello), que a hurtadillas del padre le inició en los misterios del latín y algo de griego, los dos pies para la andadura humanística que emprendió, primero en Catania (1475), luego en Palermo (1476-1478).

De allí hizo breve estancia en Roma (78-79), a escuchar al oráculo del momento, el paganizante Pomponio Leto. Conocer gente y darse a conocer. De Roma, como espaldarazo de humanista, regresó rebautizado Lucius Marineus. Siculus, obviamente. Lucius Marineus Siculus, como otro podía llamarse Forrest, Forrest Gump.

De vuelta en Palermo (1480-1484), se le ofrece la oportunidad de emigrar a España, arrimado al séquito de don Fadrique Enríquez de Velasco (h. 1450-1537), hijo del Almirante de Castilla. Su protección prometía, porque el hermano menor, Fernando Enríquez, tenía vara alta en la Universidad de Salamanca, y por otra parte los Enríquez eran parientes cercanos del rey Fernando el Católico. 

Desde Medina de Rioseco, feudo del Almirante y de su hijo, camino de Salamanca, en Benavente el siciliano se detuvo a saludar al Conde del lugar, Rodrigo de Pimentel, otro grande de España y del clan de los Enríquez. Invitado a comer, pagó el convite improvisando unos versos al palacio del magnate, y no hizo falta más para interesarle en un proyecto literario de Laudes Hispaniae. Un género ya gastado, pero que el erudito sabría actualizar para munición de propaganda genealógica y política. Total, que su hospedaje en casa del Conde se alargó hasta el verano de 1485, cuando con vistas al próximo curso decidió proseguir viaje a Salamanca, a presentar su carta de recomendación a don Fernando Enríquez. 

Por de pronto, el flamante Lucio Marineo se vio encargado no de una cátedra sino de dos, Poética y Oratoria. Una cualquiera de ellas, doblado el pago y sin la otra, le habría hecho más feliz, y más holgado su proyecto de Laudes con menos maitines.

Pero en fin, ya era profesor, ¡y en Salamanca! Para el bueno de Segura, por fin despuntaba el alba de la cultura para España («tota Hispania iam tandem incipit splendescere»). Disparate, pensaban otros. Antonio de Nebrija por ejemplo, coetáneo riguroso de Marineo, y ahora colega salmantino a la fuerza, también con dos cátedras a cuestas, Gramática y Poética. Nebrija no veía necesidad alguna de importar italianos juntaletras de relumbrón, con más labia que sustancia, vendedores de prosa y verso a precio de oro en latín pasable a los aristócratas papanatas. Desde el principio se llevaron fatal, con piques a menudo pueriles, achaque común entre humanistas. El siciliano era partidario de «menos reglas y más letras», en crítica velada a Nebrija y sus vendidísimas Gramáticas. Era tocarle al andaluz en las niñas de los ojos y la peor ofensa, sobre todo si estaba algo bebido.

Pero tanto Marineo como el propio Nebrija y demás colegas de toda tendencia coincidían en apreciar el poder de la retórica en la gran operación política de entonces: la propaganda de estado.

Tras un magisterio salmantino de 12 años, el sículo fue llamado a la corte de los Reyes Católicos. Isabel se sirvió de él como educador de sus cortesanos (ellos y ellas) y también le hizo capellán de corte. Porque, para gozar de beneficios eclesiásticos, hacia 1500 el humanista empieza a pensar en hacerse clérigo y recibir órdenes, aunque sin prisa por llegar al sacerdocio. Al rey Fernando le interesaba en especial su don para la propaganda inteligente, que él demostró como cronista regio, sobre todo de Aragón.

En este campo de la cronística y la historiografía política, Marineo tenía competidores  capaces y bien pagados; de modo que, aprovechando su buena senectud, antes de que fuese demasiado tarde se propuso poner a punto su obra definitiva. Y lo hizo terminando por donde empezó: un manual sobre España, que hiciera olvidar para siempre sus Loas de España.

Las Laudes Hispaniae (Burgos, 1496) –una declamatio de humanista pedantesco para epatar con retórica halagüeña a los bárbaros españoles–, en una generación había envejecido mal, y hoy no tiene más mérito que su vitola de incunable. Muy bien impreso, por cierto. El plan no era malo; el desarrollo en cambio, muy mejorable. Su autor era entonces un maestro de latines que conocía España sólo por los clásicos que hablaron de ella en prosa o en verso. Tras la dedicatoria adulona a su protector D. Rodrigo de Pimentel, Conde de Benavente, el libro I sobre la situación de España se abre con un ‘homenaje’ al famoso comienzo de la Corografía de Pomponio Mela («Orbis situm dicere aggredior, impeditum opus» , etc.), sustituyendo el Orbe por España en atrevida sinécdoque. Y así lo demás. Por ejemplo, el apartado sobre Los peces de España, donde reconoce que el gasto se lo hace Estrabón, de pronto con un «leemos además», mete lo del pulpo gigante de Carteya (Cádiz), según Plinio. Y  pasando de lo gigante a lo enano habla del pequeño pez rémora que detiene las naves, y aquí entra Lucano con una tirada de la Farsalia puesta en prosa, para finalmente explayarse el autor con los delfines, sus aptitudes musicales y su pederastia, en digresión desmesurada que él mismo  reconoce. 

Las Cosas memorables de España no es una ‘segunda edición corregida y aumentada’ de las Loas. Es otra obra distinta; o si se quiere, la misma obra, pero bien hecha y bien titulada. El autor sigue siendo Marineo, Lucio Marineo Sículo; pero otro Lucio que ya conoce en directo España porque se la ha pateado. Propaganda siempre, pero más sustanciosa, informativa y en lo posible amena; o sea, más inteligente. En el título, la referencia clásica a los memorabilia (lo de recordar) viene a decir, que quien lea y asimile lo leído puede estar seguro de que tiene idea de lo que es España, y puede hablar  y discutir de España, de lo español y de los españoles con cualquiera, con conocimiento de causa. Al mismísimo emperador Carlos y a su señora, esta lectura no les vendrá mal – se atreve a decirles. Si el autor no puede excusar lo tópico, so pena de pasar por inculto, lo adorna con hallazgos suyos personales, notas y recuerdos de sus viajes, como capellán de una corte castellana nómada, y como curioso que aprovecha la itinerancia para visitar por su cuenta lo que le gusta. 

El índice alfabético de la edición latina contiene una llamada notable: Hispania caput Orbis (ibidem, fo. i). La misma se repite al márgen, en el artículo sobre la Situación y Forma de España, donde dice: 

«Muchos geógrafos quisieron que España es la cabeza del Orbe. Así Plinio al describir Europa dice que España es en ella el primer país; y en otro lugar divide el Orbe universo en tres partes, Europa, Asia y África, empezando por el poniente y el golfo de Cádiz. Aunque, en verdad, que España sea el principium, o el finis terrae, nada importa. Conque, dejando estar esa cuestión», etc.

Llama la atención que en la edición en castellano –¡que ya en aquel siglo se distinguía de su hermana mayor latina por omitir el índice alfabético!– falta la llamada marginal junto al texto: 

«Muchos de los que han escrito quieren que España sea la cabeza y principio del mundo. El Plinio, describiendo a Europa, dice de esta manera: En ella está España, que es la primera de las tierras; y el mismo dice en otra parte: Toda la redondez de la Tierra se divide en tres partes, Europa, Asia y África; y comienza del poniente y del mar de Cáliz (sic). Más a la verdad, poco le va a España que sea el pricipio o el cabo de la tierra», etc. 

Este toque de moderación tuvo sobrados motivos de prudencia política, de cara a la Europa recelosa de 1530, año de la coronación de Carlos por el papa Clemente VII como Emperador del Sacro Imperio (Bolonia, 24 de febrero), convertido así oficialmente en el hombre más poderoso de la cristiandad. En todo caso, el párrafo de Marineo evoca (y se echa de menos) uno de aquellos mapas antropomorfos que empezaban a plasmarse y que se ponen en circulación cuando convino a la propaganda Habsburgo. Recordemos la plancha de Johann Putsch, ‘Europa Prima Pars Terrae’ (1537), todavía en tiempo de Carlos emperador y de su hermano Fernando I rey de Romanos y rey de Bohemia y Hungría, donde Hispania es la ‘Cabeza de Europa’, y por ende Cabeza del Mundo.



“Toma ya Europa bajo forma de hermosa muchacha / que risueña tiene a Italia por la diestra y por la siniestra a Escandinavia, /y cuya cabeza rige el solar Hispano.” Versos tomados de un poema neolatino dedicado a Fernando I como rey de Bohemia (repárese en el medallón pectoral), si bien la corona imperial la lleva España en la cabeza de su rey Carlos I.


Las cosas memorables no es una obra equilibrada. El objetivo de propaganda impone tiradas descomunales, sobre todo en Historia de la Corona de Aragón, refrito de lo que Marineo tenía compilado y publicado a mayor gloria de Fernando el Católico. Tiradas que contrastan con el laconismo sobre cosas de actualidad tan importantes como la gesta americana, poco más que un apéndice de la conquista de Canarias:

«Habiendo los Príncipes Católicos sojuzgado a Canaria…, enviaron a Pedro Colón con treinta y cinco naos (sic) que dicen caravelas y con gran número de gente a otras islas mucho mayores que tienen minas de oro, no tanto por causa del oro (lo cual en ellas se saca mucho y muy bueno) cuanto por la salvación y remedio de las ánimas que en aquellas partes estaban. El cual como navegase casi 60 días vinieron finalmente a tierras muy apartadas de la nuestra. en las cuales, todos los que de allí vienen afirman que hay Antípodas… debajo de nuestro hemisferio, y que hay regiones de tanta grandeza, que más parecen tierra firma que islas. Y porque de estas islas muchos han escrito muchas cosas…, no hay necesidad de que yo escriba.

Sólo una cosa memorable diré, que según creo todos los demás han omitido: en una región que vulgarmente se llama Tierra Firme, de donde era obispo fray Juan de Quevedo, de la orden de San Francisco, «unos que excavaban en las minas a sacar oro» hallaron « una moneda sellada con el nombre e imagen de César Augusto». 

Moraleja: «A los navegantes que en nuestro tiempo se jactan de haber descubierto las Indias y ser los primeros que navegaron allá,  este hallazgo les quitó esa gloria y fama, pues por aquella moneda consta que ya los romanos mucho antes llegaron a las Indias.» 


Este desdichado capítulo, «De otras islas apartadas de nuestro hemisferio, llamadas las Indias», es de lo más desconcertado. El descubrimiento y primera conquista de América se despacha en 15/20 líneas, incluida la trufa grotesca de la monedita. Conceder a la empresa de Indias casi tanto espacio como el dedicado a la lengua vascongada, pone en evidencia a un hombre de criterio voluble.

Unas cosas con otras, el resultado es un libro todavía hoy aceptablemente sabroso. Un libro que ya entonces se anunció como artículo de regalo. De hecho, el propio autor así lo presenta, reproduciendo un cruce suyo de cartas con Baltasar Castiglione.

En octubre de 1525, estando Carlos V en Toledo, llegó el humanista y diplomático a presentarle sus credenciales de orador o legado papal para España, y deseoso de conocer el país se dirige a Lucio Marineo con un cuestionario de dudas. Éste le responde enviándole como anticipo copia manuscrita de la obra nueva que tenía entre manos. Castiglione le da las gracias por el regalo tan estupendo, con las respuestas a todas sus preguntas y muchísimo más, una verdadera enciclopedia y guía de España. 

Micer Baldassarre no tuvo su ejemplar del nuevo libro porque en febrero de 1529 pasó a mejor vida, precisamente en Toledo, con gran disgusto de Carlos que le acababa de dar la mitra de Ávila, y no menor disgusto propio de no llegar a poseerla y gozarla. Porque, como Lucio Marineo, también el autor de El Cortesano, al enviudar en 1520 corto de sueldos tiró por el clericato, un valor seguro.

La obra salió por primera vez en 1530 del taller de Miguel de Guía, o de Eguía, impresor navarro establecido en Alcalá de Henares. Para mayor difusión, se tiró en edición doble, latina y romance, las dos con el escudo imperial de Carlos V en portada, y con una particularidad tipográfica: la edición latina lleva el texto en letra redonda, al gusto humanista, y la romance castellana en gótica tradicional, que a nuestro gusto le sabe arcaica, pero que en Alemania se mantendrá desde Gutenberg hasta el siglo XX.


Bien, ¿y lo del vascuence?

Pues lo del vascuence en la obra de Marineo, sin rebajarlo a obiter dictum, porque el autor lo encaja en una teoría sobre si fue la lengua primitiva de toda España, tampoco es mucho más que otros adornos que el humanista introdujo para hacerse novedoso y ameno. Siempre será importante, para cualquier lengua, cuándo se puso en letras del molde. En este sentido no cabe duda, Bernat Dechepare hizo bien en titular su libro Linguae Vasconum primitiae (Burdeos, 1545), y no lo habría cambiado de haber sabido que quince años antes alguien había impreso y publicado una muestra de voces vascas con sus equivalentes en latín y romance. Esto no tiene nada que ver con «sacar el vascuence a la calle y al mundo», como dice y hace el mosén, haciéndole hablar en público a través de la letra impresa. 

El libro IV de la obra de Marineo se cierra con el capítulo «de la lengua de los antiguos españoles», los anteriores al latín de Romanos y Cartagineses. Cuestión especulativa, en que algunos se decantan por «la lengua que ahora usan los vascos y cántabros». En el siglo XVI, los ‘vascos’ por antonomasia eran los vascohablantes al norte del Pirineo, la ‘tierra de vascos’, pero la denominación se extendía por igual a los vasco-navarros, mientras que los de las Provincias Vascongadas se tenían por ‘cántabros’, confinantes con la parte oriental de las Asturias. Dicha conjetura se apoyaba en un supuesto indiscutible e indiscutido, por más que contrariaba la evidencia: 

«Vascos y cántabros, en tantos siglo y mudanzas de tiempos, jamás mudaron su lengua, costumbres y aseo corporal»; y eso porque «mientras en las demás partes de España, con la inmigración de gentes se mudó y corrompió el habla, entre los vascos y cántabros se mantuvo el idioma sin mudanza alguna, como lo indica el cuasi aislamiento de aquellas regiones y su ningún trato o comercio con extranjeros: las dos cosas que, como hemos dicho, más suelen mudar la lengua junto con las costumbres. De hecho en España las únicas especies de hombres (sic) indígenas puros, sin participación de gente extraña, son cuatro: gallegos, cántabros, vascos y montañese asturianos. Con ellos, ni griegos, ni judíos, cartagineses o romanos ni otras gentes extranjeras tuvieron comercio. ¿Cómo así? Cabe suponer, si no me equivoco, que porque los habitantes de esas regiones siempre fueron muy guerreros, y los generales que cantaron victoria sobre estas regiones (si es que los hubo), no aguantaron quedarse mucho en ellas, por la aspereza de los lugares o de las costumbres de aquella gente indómita.» 

Aquí al autor le invade la sospecha fundada de que el lector no le está siguiendo en su exploración imaginaria a los orígenes. De origine Hispani sermonis, a la letra significa ‘el origen del habla española’; pero al espíritu, debe traducirse ‘la lengua original de los españoles’, el vascuence: «Si nuestra opinión al respecto a algunos lectores les parece oscura y no tan probable, con un caso real de lo más parecido se vuelve la pura verdad.» 

Y va y pone el ejemplo de los moros de Granada: 

«En el reino de Granada vemos cómo los pueblos de aquella gente bárbara sometidos bajo los Reyes Católicos, por la costumbre y trato con cristianos ya todos han aprendido nuestra lengua que en vulgar llamamos castellana, y han olvidado o casi la suya propia, vernácula y nativa. En cambio, los que habitan los montes ásperos e inaccesibles que dicen las Alpujarras, esos siguen con sus  costumbres y lengua.

Dicho esto, ya nadie debería extrañarse de que lo mismo aconteció con los cántabros y vascos que en las batallas y tumultos de España se retiraron a regiones no bien conocidas por su aspereza. A propósito, de una cosa estoy sinceramente convencido: aquel idioma antiguo de los españoles, que ha permanecido entero e incorrupto casi hasta nuestra época, últimamente también entre los cántabros se ha deformado mucho por el trato ya generalizado con naciones extranjeras.» 

Por favor, que nadie se me sonría si en última frase yo entiendo la confidencia de micer Lucio como sugiriendo al rey Carlos I la necesidad de crear, pero ya, una Real Academia de la Lengua Vasca, para la limpia-fija y preservación de la reliquia más auténtica de la esencia de España. ¡Y que un hombre así no tenga estatuas, plazas y calles, parques, centros culturales a su nombre en todas las capitales vascas (proh dolor), ciega ingratitud!


De la edición castellana de Las cosas memorables de España


Marineo, buen pedagogo, cierra su artículo y teoría con un toque experimental:

« Para terminar, sólo nos falta una ligerísima degustación, siquiera a borde de labios (como dicen), de aquella lengua española.» 

Y este es su catering:

1. Formación del plural. «En la mayoría de las palabras de dicha lengua el número singular termina en -a, y el plural en -ac: como lurra, ‘tierra’ en singular, y lurrac, ‘tierras’ en plural.»   

2. Origen de la lengua. «Hay quienes opinan que este género de habla no se importó de otra parte, sino que es propio de los indígenas; dicho de otro modo, los españoles no lo aprendieron de gentes advenedizas, sino de la naturaleza.»

 3. Vocabulario. «De esta habla nos ha venido en gana poner algunos ejemplos»:

[Pongo sólo los conceptos, sin sus equivalencias y reducidos a mejor orden lógico]

3.1: Nombres: cielo, sol, luna, estrella, nube,  tierra, río, fuego, cuerpo

        hombre, marido, mujer, hijo, hija, padre, madre, hermano, hermana 

pan, vino, carne pescado

casa, población, cama, camisa

3.2: Adjetivos: blanco, negro, rojo, hermoso, viejo

3.3. Verbos:

3.3.1. En infinitivo:  comer, amar

3.3.2. En Indicativo: bebo, duermo, veo, corro, leo

3.4. Numerales:     dígitos, decenas, centena

Y por último, la noticia

La noticia, refundida de diferentes medios vascos, es que en septiembre pasado el Sr. Aritz Otazua, responsable de la editorial navarra Mintzoa y curioso de rarezas vascas, recibió de París aviso de haber aparecido en el sur de Italia, en poder de un particular, un ejemplar venal de la obra de Marineo Sículo en la versión latina. Otazua adquirió el ejemplar e hizo presentación del mismo, que finalmente pasó a poder de otro particular.

Entre la presentación y las informaciones de agencia, por lo publicado en la prensa se ve que cada corresponsal pilló la cosa por donde pudo, de modo que, como en la parábola de los ciegos y el elefante, el hallazgo quedó definido como un paredón como un columna, todo él en forma de serpiente a modo de gran abanico oscilante, del calibre de una maroma. Y si a esto se juntan los comentarios de lectores peleones sabihondos, un gran montón de excrementos es todo lo que queda del paquidermo. 

Editorial Mintzoa
       Una vez más, la noticia pone en evidencia la patología crónica que arrastra el eusquera como ombligo de sí mismo,  al margen de las ideas que transmite. A Aritz Otazua sólo cabe felicitarle por su empeño y por el hallazgo de lo que parece un ejemplar magnífico de un libro raro. Sería un placer felicitarle también como comunicador de la noticia, pero esto ya se me hace algo difícil, por la parte que él ha podido tener en el equívoco. Cierto que en su presentación dejó claro lo que presentaba, pero al centrar todo el interés del libro en un par de páginas exclusivamente, muchos han entendido que ese era el hallazgo. Un editor de hoy sabe, o debería, que cada vez por desgracia hay más personas, incluso periodistas, capaces de confundir términos como 'libro', 'ejemplar',  'obra', 'edición' y otros tecnicismos indiferentes para el profano. Pero es que ahora viene lo más gordo:

 «La pregunta es... ¿Cómo llegó un cronista siciliano a aprender y plasmar luego en un libro palabras y expresiones en euskera?... ¿Habría alguien que en 1533, una vez conquistada Navarra, supiera euskera y trabajase en las cortes castellanas? Es la pregunta del millón. Será muy complicado saber quién le ha dado esa información, porque se la ha dado alguien que lo hablaba», reflexionaba Otazu. El responsable editorial comentaba que esta edición pone de manifiesto el prestigio del que ha gozado el euskera durante años, ya que es el único idioma que aparece en este ejemplar y, además, lo nombran como el veterum (el más veterano). «Esto lo pone en valor como patrimonio cultural y no como un arma política», apunta. «Una vez conquistado Navarra, el idioma se conocía y era de prestigio. Si no, no aparecería en el libro».


Aquí lo dejo, mientras me preparo una tila doble con ginebra. ¿¡La pregunta del millón: si la conquista de Navarra dejó euscaldún para muestra, laico o clérigo, capaz de prestar servicio en el Estado o en la Iglesia a cualquier nivel!?... Conquistada Navarra, ¡el idioma vasco seguía conociéndose, no me diga...! ¡¡Y encima conservaba su prestigio!! ... Pero entonces, ¿qué clase de conquista fue aquella, que mantuvo el Consejo Real navarro, le puso como presidente a un tipo como Fortún García de Ercilla, euscaldún y padre del poeta de La Araucana, y toleró en la Navarra del vascuence, al que le diera la gana, seguir ‘viviendo en eusquera’ con si tal cosa?... Ya digo, y me perdone Aritz Otazu, que algo de culpa del embrollo recae sobre quien tal dice, o tal se deja entender.

Vuelvo, pues, a mi principio, a la versión de la noticia en La Vanguardia. Que pique la pequeña prensa vasca, entusiastas y a veces txotxolos de lo nuestro, se comprende y en parte se disculpa. Pero, ¿La Vanguardia?... Ahora caigo: Goyoaga lo tenía reservado como broma  para el día de los Inocentes, y por distracción suya o ajena se adelantó como bulo al 6 de noviembre, una fecha de rigurosa formalidad. Durante muchos años ese día ha sido la fiesta de un beato vizcaíno que hoy es san Valentín de Berriochoa, obispo y mártir, santo copatrón de Vizcaya, celebrado ahora el 4 de julio. Sea como fuere, ha sido buena ocasión para darle un repaso al humanista Lucca/Lucius, Lucius Marineus Siculus, a su libro nunca perdido y por fin hallado, y a su vieja primicia de la lengua vascongada o española.


viernes, 5 de noviembre de 2021

‘Ecclesia polluta’: El último tango en Toledo


¿Usted cree que era el lugar?

Para estas vanidades un mes es la eternidad. Muchos sin duda ya tienen felizmente olvidado el último tango de Tangana y Peluso en la Catedral de Toledo, si es que alguna vez la noticia les llegó al córtex cerebral, allí donde las impresiones son noticia. No voy a sumarme, pulgar arriba, pulgar abajo, al montón estadístico de opiniones, ¿a quién le importa eso? Me limito a reflexionar ante un hecho que sólo conozco por mensajes mediáticos y un video publicitario. ¿Escandaloso? ¿Patético? ¿Ridículo? A elegir adjetivo, me quedo con los tres, pero me pinta más el tercero, englobado en el segundo según la Academia:

Escandaloso. 1. Que causa escándalo.

Patético. 1. Que conmueve profundamente o causa un gran dolor o tristeza. Como no es mi caso, me quedo con 2. Penoso, lamentable o ridículo. Probemos con ridículo.  

Ridículo. Como adjetivo, nos basta con 1. Que por su rareza o extravagancia mueve o puede mover a risa. Como nombre, 5. m. Situación ridícula en que cae una persona.

Conque caer en ridículo, o hacer el ridículo, es propio de personas, qué interesante. Entendiendo por 

Persona: 1. Individuo de la especie humana; como también en Derecho, 6. Sujeto de derecho; o incluso en Filosofía, 7. Supuesto inteligente.

Y aquí topamos con la Iglesia de Toledo como «sujeto de Derecho», conformada en su clero por individuos «supuestos inteligentes»: de un lado, el Cabildo capitaneado por su Deán; del otro, el Arzobispo. Como individuos, a cada uno la inteligencia se le supone. Como cuerpo clerical y sujeto de derecho, no tanto, si en asunto lúbrico no han ido de acuerdo. 

«Asunto lúbrico por lo delúbrico», dicho sea en reguetón juguetón: lúbrico o resbaloso, porque algo  lúbrico o lascivo se realizó en un delubrum o recinto sacro. Para una pareja de baile, cantautor y cantautriz, se ha tenido la ocurrencia de promocionar su nueva obra, ‘Ateo’, grabándola en el templo de máximo rango en la Iglesia de España: la sede primada de Toledo. El mismo baile y cantinela ejecutado en lugar profano pasa desapercibido (hagan la prueba). Realizado en la catedral de Toledo bajo iluminación nocturna con el trascoro de fondo, y en la sala capitular llegando al orgasmo lírico entre las miradas de todos sus mitrados retratados en serie, es de un surrealismo morboso impactante. Y para ellos ha funcionado. ¿Por qué?

Es la transgresión de montarlo en sagrado lo que convierte la letra en blasfemia y el baile en sacrilegio. Dicho sea todo en el sentido técnico de los términos en cursiva, definidos en los diccionarios y calificados en el ordenamiento eclesiástico, al margen de la fe y el sentimiento religioso. 

Lo peliagudo del caso es que no se trata de una transgresión ‘robada’ ni clandestina, sino ejecutada en virtud de operación mercantil suscrita entre la sociedad productora del vídeo y una autoridad eclesiástica competente, aquí representada por el Deán del Cabildo catedral de Toledo. Más aún, al dejar el cabildo la realización totalmente en manos de la otra parte contratante, sin nadie de la casa supervisando lo que allí se guisaba, tiene figura de arrendamiento o alquiler de la catedral para lo que salte. Y lo que saltó ha llamado la atención, por supuesto. De eso se trataba, al menos para la parte contratante seglar que dijo haber pagado por usar el templo 30.000 €, o sólo la mitad según el deán.

Una diferencia contable de importancia, sin importancia. Quince o treinta mil, qué más da, el vídeo circula por la Red con la fluidez del éxito para la pareja de artistas, mientras la Santa Iglesia de Toledo y Primada de las Españas inicia su viacrucis. ¿Se puede ser menos inteligente?

Surgido el escándalo, el mismo deán sale al paso justificando el permiso como para la difusión de una obra buena y positiva. Según él, ‘Ateo’ de Tangana es «la historia de una conversión» a la fe en Dios por el amor, lo que le confiere valor religioso.

Yo era ateo, pero ahora creo,

porque un milagro como tú ha tenido que bajar del cielo.

Esto implica de parte del canónigo conocimiento pleno de la letra que acompaña al baile, del baile mismo y de la grabación toda, que si bien «utiliza un lenguaje visual provocador», recibe su nihil obstat en el sentido de que «no afecta a la fe»; mejor aún, «a ciertas actitudes de intolerancia contrapone la comprensión y acogida de la Iglesia, tal y como se manifiesta en las secuencias finales del vídeo» (¡!). Luego vemos esto.

Ya da en manía fundar las pretensiones artísticas plásticas en el maltrato a la cultura cristiana, al reclamo de la provocación y el escándalo. Cuanto más chabacano y a lo bruto, más llamativo y rentable, si al fin «todo Arte es propaganda» (Orwell).  Con el Islam se atreven menos, porque allí no funciona el principio de Tiberio: Deorum iniuriae diis cura (‘de injurias a los dioses, allá cuidados’). O sí funciona, sólo que allí Alá cuida de sí por medio de dos brazos humanos vengadores automáticos, uno penal y otro de acción directa. Aquí en cambio guisar cristos al microondas se ampara en la libertad de expresión artística… ¿qué digo, arte? Para el difunto Krahe (r. i. p. a la brasa), lo suyo era ¡filosofía!; y si alguien se da por escandalizado, que se fastidie o se adapte a la semiótica de los tiempos. Dejo fuera de debate si lo del Tangana con la Peluso es más derogatorio para la Religión que lo del fallecido en Zahara de los Atunes.

A propósito de atunes y Toledo, allí también el último agosto la Zahara daba que hablar con su cartel de ‘Puta’,  donde la cantautriz  se presentaba como la Virgen con el Niño y luciendo la gran banda azul celeste del viejo oficio. 

La cosa es compleja, por lo que tiene de subjetivo y hasta paradójico. En una sociedad  secularizada las creaciones religiosas mantienen su prestigio cultural y emotivo también para los no creyentes. Así ocurre que una misma irreverencia ofenda más a gente agnóstica y atea que a creyentes y practicantes, y todo por diferencias de sensibilidad estética, valga el pleonasmo si es aclarativo. Para colmo, hay clérigos de prestigio que ven normal y hasta positivo que la Iglesia vaya entrando en vereda y compromiso con las formas de expresión artística moderna, como si una pareja como T&P tuviese algo que mostrar con su ‘arte’ y manera, tan edificante que merezca el escenario insólito de un templo. 

El cartel de Zahara fue denunciado al consistorio toledano, que respondió con una censura civil administrativa prohibiendo su fijación pública en la ciudad, para salvaguarda del sentimiento religioso.  Por contraste, la profanación de la catedral con el rodaje de un vídeo impropio, chocante y escandaloso ha tenido no sólo el visto bueno del deán del cabildo, sino su aplauso. 


Sostenella y no enmendalla

Ignoro si el deán Sr. Ferrer Grenesche se pronunció sobre lo de Zahara. Con respecto al videoclip, en respuesta a «las reacciones provocadas por la publicación» del mismo, el 8 de octubre la Archidiócesis de Toledo (sic) archituiteaba una ‘nota’ del clérigo, que reproduzco, porque es para leída entera y despacio.



Analicemos: 

A una breve exposición del motivo («las reacciones provocadas») sigue un manifiesto del Sr. Deán en cinco puntos: 

Uno por uno, en todos justifica plenamente la grabación y en ninguno admite margen de error o motivo de reproche. 

Sólo en el punto 4. se toca el motivo de la nota, o sea las ‘reacciones’, que aquí se reducen a posible «desagrado» y posible «sensibilidad herida» en «algunas personas»; lo que «lamentamos» y «pedimos disculpas», bien entendido que «la finalidad ha sido exclusivamente» otra muy distinta. 

En plata: un daño colateral menor, al lado del buen fin procurado y de la bondad y calidad del contenido. 

Tras esto, el Sr. Deán fecha y firma. El que empezó en primera persona de singular («deseo manifestar»), así mismo cierra con su nombre y apellidos, aunque un punto del manifiesto, el 4. precisamente, va expresado en plural: «Lamentamos… Pedimos… La finalidad ha sido exclusivamente…» ¿Hablaba el deán como cabeza de un cuerpo colegiado, el cabildo canonical? ¿O tal vez era portavoz de la Archidiócesis de Toledo, como sugiere la cuenta y el membrete?

Nota tan notable de monseñor Ferrer no le sonó bien a su superior y cabeza de la Iglesia de Toledo. El mismo día 8 y sin aludir al deán ni a su tuíter el Arzobispado por la misma vía y órgano oficioso tuiteaba en nombre del arzobispo D. Francisco Cerro Chaves una ‘nota de prensa’:



Nota de prensa, o ‘nota aclaratoria’. En efecto, se trataba de «aclarar algunas cuestiones suscitadas al hilo de la publicación del vídeo musical grabado el pasado mes de septiembre en la S. I. Catedral Primada». 

¿Qué cuestiones? Concretamente tres, y en las tres el prelado aclara su postura contraria a la del deán en su nota: 

1. El Arzobispo desconocía totalmente la existencia del proyecto de grabación, su contenido y «el resultado final». 

2. El Arzobispo lamenta lo sucedido y desaprueba las imágenes grabadas. 

3. Lo hecho constituye «uso indebido de un lugar sagrado», por lo que «pedimos humilde y sinceramente perdón a todos los fieles laicos, consagrados y sacerdotes que se han sentido justamente heridos» por ello. Un final punto 4. va encaminado a asegurar que en el futuro no se pueda repetir algo semejante en ningún templo de la archidócesis. Ambos puntos, 3. y 4., expresan una condena sin paliativos de lo mismo que el deán aprobaba y alababa en su nota. Ni una palabra de condescendencia en atención a posibles valores religiosos ni culturales.

La respuesta del prelado pareció floja a los más descontentos. Tonante no es, ni siquiera culpa a nadie. Un correctivo al deán y su nota era esperable, pero también de su parte como pastor algún mea culpa ‘de non vigilando’, aun tratándose de una operación discreta y grabación nocturna, que para eso están los canes. D. Francisco ha preferido llamar a D. Juan-Miguel a capítulo en privado, y el efecto ha sido doble: el deán ha dimitido de su cargo, no sin antes enmendar su primera salida absurda con un reconocimiento algo más explícito de su responsabilidad, eso sí, compartida: «He pedido perdón por lo que hemos podido hacer mal; de palabra, de obra y omisión, según la responsabilidad de cada uno. Porque en el cabildo no todos tienen la misma responsabilidad». 

(En tan tibio ‘reconocimiento’ del deán, algún chusco le corregía  una supuesta errata: «hemos podido hacer mal, de palabra, de obra y [c]omisión», apuntando a los 15.000 € de diferencia entre el supuesto pago y el supuesto cobro.)  

Se diría que el hombre, o se hace el loco, o es incapaz de entender y sentir el quid del problema, a juzgar por esas declaraciones y otras que luego hizo a los medios: «Es verdad que cometimos el error, cuando eso se grabó, no había nadie que nos representara. Entonces no se pudo hacer advertencias, a lo mejor, a algunas de las cosas que luego han provocado el escándalo de algunas personas… Esto se tenía que haber evitado, fue un fallo». ¿Y la justificación que dio del contrato y permiso concedido, con base en el supuesto valor religioso de la letra de la canción y su ortodoxia («nada contra la fe»)?

Yo era ateo, pero ahora creo…

Quiero hacerle religión a tu melena, 

a tu boca y a tu cara,

y que  me perdone la Virgen de la Almudena 

las cosa’ que hago en tu cama.

Nada que rectificar: «Lo que tratábamos de decir [en el comunicado] era verdad, porque, sobre todo, lo que explicábamos eran las razones por las que se llegó al permiso».

¿Conque esa letrilla es para ti una balada religiosa de conversión a la fe? Amigo exegeta, te soy sincero: trato de ponerte en lo tuyo, explicando al pueblo el credo y los mandamientos, y me pongo nervioso.

Si alguna empatía y conmiseración se siente hacia quien de buena fe se equivoca, esa disposición favorable flaquea ante cabeza tan firme y segura de sí. Frente a la sensibilidad expresada por su arzobispo, el deán en todo el asunto sólo lamenta el ruido mediático y «el escándalo de algunas personas». Sólo le faltó recordar que no todo escándalo es legítimo, pues también hay escándalo de fariseos. Pero es que hasta el único error admitido –dejar sin supervisión a la pareja artística explayarse a sus anchas en la catedral y sala capitular– lo desvirtúa luego el deán con una disculpa apabullante: la normativa del Cabildo no contempla «todas las características como para evitar un conflicto de este tipo» (!). 

A don Juan-Miguel le preocupan hablillas de enfrentamiento entre él y el prelado y protesta hallarse «en total comunión con el arzobispo»: una expresión que en su sentido prístino tradicional se refiere a la esfera de la fe y caridad religiosa, sin excluir diferencias de criterio a otras niveles. Quien tenga alguna idea de historia de las diócesis sabe que la fricción y choque entre canónigos y obispo por cuestiones prácticas ha sido tanto excepción como regla, sin perjuicio de una comunión perfecta. Y es lógico, como ocurre en tantos organismos eclesiásticos y seglares: los obispos pasan, igual que los ministros, mientras los cabildos y el funcionariado en general permanecen. De hecho los canónigos tienen su autonomía y su reparto de atribuciones, y aquí entra la concesión de permisos como el que nos ocupa. ¿Qué tiene eso que ver con la total comunión –excusa no pedida– , ni ésta con los «fallos de comunicación» que el deán reconoce, sin reconocer también a qué se deben? La verdad, tanto apuntar a dianas distintas del propio patinazo a cuenta del vídeo aburre.

«Yo admito toda crítica y reconozco que me puedo equivocar e incluso hacer mal, espero que sin querer; pero cuando me corrigen también me gusta que me corrijan con un poco de caridad y respeto.» 

El martes 12 de octubre, fiesta patronal de la Guardia Civil, el todavía Deán de Toledo, al final de los actos castrenses, hizo declaraciones para la prensa sobre el ya famoso vídeo, a raíz de la noticia oficial de su dimisión. En ellas figura el párrafo anterior y otras apreciaciones del ya ex deán desde el sábado siguiente 16 de octubre, sin más consecuencia: no pesa sobre él ninguna pena canónica, sigue siendo canónigo, capellán, profesor, asesor y miembro de consejos,  etc. etc.

En todo esto, a él le preocupan sobre todo sus padres, que son mayores. Desde luego, si son personas a la antigua y han visto, como todo el mundo, lo que su hijo permite hacer por dinero en la catedral, es fácil imaginar la zozobra de una madre, o el cabreo y hasta la bronca de un padre que vuelve de echar la partida con los amigos avergonzado de la chirigota después de tragarse el vídeo.

La cerrazón del ex deán de Toledo es chocante si, como leemos, se trata de una persona capaz y muy preparada, con larga experiencia en cargos de responsabilidad y un cursus honorum brillante como favorito del valenciano cardenal Antonio Cañizares, que en su fase de Arzobispo de Toledo (2002-2009) tuvo a mons. Ferrer de Vicario General y encargado de Asuntos Económicos, y al ser nombrado arzobispo de Valencia (2014) quiso hacerle obispo auxiliar suyo, sin resultado.

Pero bueno, lo que aquí nos importa más es su  doctorado en Liturgia Sagrada obtenido en Roma (1994) y su prestigio en la materia, profesor en la misma, consultor y miembro de importantes comisiones que marcan el rumbo de nuevas formas de expresión religiosa pública católica más conforme al lenguaje estético de nuestro tiempo. En fin, desde el año 2000 es Capellán mayor de una singular capilla en la catedral de Toledo, la del rito Mozárabe con su liturgia propia. Es además autor de obras divulgativas de su especialidad, a destacar el Curso de liturgia hispano-mozárabe (1995). Un una palabra, don Juan-Miguel Ferrer es un liturgista de cuerpo entero.

Pues bien, y viniendo a lo primero: ¿qué es liturgia?


De la liturgia a la orgía, por filológica vía

Mi abuela, muy de iglesia, no usaba esa palabra, liturgia. Ella decía función. Liturgia es la función de iglesia como asamblea programada –la principal, la misa–. Liturgia es también el conjunto de funciones de iglesia ajustadas a forma o rito. Liturgia es, en fin, la ciencia y arte de ejecutar las funciones litúrgicas como está mandado: es por tanto la especialidad doctoral del ex deán de Toledo y capellán de su liturgia o rito mozárabe.

Con esta debilidad que padezco por la etimología –el estudio del origen de las palabras–, el reverendo me disculpará la pedantería de recordar de dónde viene ésta tan bonita, liturgia, ya que por lo que he podido ver él no lo hace en su libro citado, donde tanto la repite.  

Liturgia es palabra latina de origen griego (λειτουργία), donde se reconocen los elementos érgon (ἔργον: obra, servicio) y léiton/líton (λήιτον: lo popular o público), derivado de laós, (λός, también ληός y λεώς: pueblo). Es la función pública, en especial la desempeñada en lo público, en la casa del pueblo, o sea el templo.

De érgon (ἔργον) deriva órgion, órgia en plural (ὄργιον, ὄργια), forma especial para nombrar los servicios no públicos sino secretos y arcanos propios de religiones mistéricas. Las celebraciones de los misterios nocturnos de Baco y otros similares, a puerta cerrada y entre el entusiasmo desatado de los adeptos, en latín se decían orgia, nombre plural neutro que el francés hizo singular femenino, orgie, y de ahí también el español afrancesado hizo llana su orgía.

Y mira por dónde estos vericuetos filológicos nos llevan de nuevo a la catedral. Ahora ya tenemos nombre para la función dionisíaca allí celebrada y grabada a puerta cerrada con nocturnidad y misterio, mucho entusiasmo y poco freno: técnicamente una orgía.

Me sacaste de la oscuridad:

tú despierta ese diablo mío 

que me roba 

toda espiritualidad.

Yo era ateo, 

pero ahora creo...


De modo que, con la venia del Dr. Ferrer, si liturgia es la santa misa que él celebra en la Capilla Mozárabe, liturgia fue también la pachanga de T&P. Liturgia divina la primera, la misa; y liturgia profana ésta segunda: abuso grave del templo, lo que técnicamente se llama profanación y sacrilegio, aunque el arzobispo mon. Cerro prefiera rebajarlo a «uso indebido». Tanto es así, que por ello el domingo 17 en el mismo templo-catedral se practicó otra liturgia para el caso, como es el rito de reconciliación y purificación del templo.

Y como para todo hay gente, no faltaron cejas enarcadas como de quien ve fantasmas de la Edad Media. ¿Excesivo? Lo visto aquel domingo en Toledo era sombra de lo que fue esta liturgia, pensada para devolver al pueblo la confianza en un templo profanado, y por tanto inservible, donde no había misa ni perdón que valga, y rezarle allí a un Dios airado era inútil o contraproducente. Como rito expiatorio, el gesto principal era la humillación del obispo postrado en tierra durante las letanías.

Esto otro ha sido un acto penitencial más sencillo, pidiendo perdón por «las negligencias en el cuidado y respeto del templo», así en abstracto, que nadie se pique. Y, la verdad, contando Toledo con un liturgista de la talla del Dr. Ferrer, no habría estado mal que el arzobispo, ya que no ha querido implicarle en la culpa, le hubiese impuesto la pena de organizar el acto y dirigirlo como maestro de ceremonias. Habría sido fina penitencia para hombre tan cervigudo, dicho sea con todo el afecto y el respeto que a él le gusta de sus correctores, sin ser yo uno de ellos ni quién para corregirle. 


Cosas de otros tiempos

Lances de este género dan ocasión para curiosear un poco en temas que han evolucionado mucho de ayer a hoy, no siempre en la dirección que imaginábamos. Hoy los conciertos en los templos son cosa ordinaria, y aunque no todo es música sacra ni clásica, la norma es de dignidad. ¿Quién se acuerda de los excesos musicales italianos en funciones de iglesia, siglos XVII-XIX, donde sólo capones humanos (castrati) podían prestar voz al pentagrama orgiástico, y un público entusiasta sus oídos al éxtasis? 

'Farinelli il Castrato' (1994)
Evocación libre de Carlo Broschi Barrese (1705-1782)
La historia de semejante aberración no ha sido muy conocida, salvo a través de casos particulares, como la película ‘Farinelli’ (1994). Los testimonios concuerdan en la eficacia de aquella barbaridad que aparece en el XVI y alcanza su apogeo en el XVII-XVIII, sobrevive en el XIX y se extingue a principios del XX. Y aunque hubo castrati para teatros de corte, aquí nos interesa la otra especialidad, los de iglesia.

La primera documentación, o de las primeras, es precisamente de la capilla Sixtina en el Vaticano (1562), y entre sus grandes aficionados y mantenedores figuran cardenales y eclesiásticos que, al parecer, no se planteaban dudas morales sobre tal práctica. Más aún, una sólida teoría pone el origen de los capones cantantes en la lectura, algo atravesada, de un texto auténtico de San Pablo: «Las mujeres callen en la iglesia» (1 Corintios, 14: 34). Una forma de estar calladas las mujeres era no cantando, ni a coro ni a solo; de ahí la idea de sustituirlas por varones de voz blanca, ya en tiempo de Clemente VIII (1592-1605). Lo sustancial es que la voz de tales personas era perfectamente litúrgica. Para algunos incluso más litúrgica que la de las féminas no castradas.

Cierto que había contratenores, pero ni comparar su falsete con el tiple ‘natural’. El buen capón era la voz blanca ideal para el templo, sin el inconveniente del vibrato algo caprino que suelen emitir las féminas soprano, o eso se decía. Por lo demás, las esferas eclesiásticas seguían en esto el consejo del filósofo chino: «Un caballero a la mesa no se hace preguntas sobre lo que pasa en la cocina». Se inventaban tapujos de todo tipo: que si accidentes en la infancia, que si remedios médicos, mordeduras de animales etc.

Como curiosidad, el pueblo italiano del XVIII ante los extranjeros del Grand Tour se avergonzaba de sus castrati y hasta se negaba la existencia de compatriotas de tal condición. Benedicto XIV (1740-1758), el ilustrado Lambertini, fue uno de los primeros papas que no disimuló su disgusto por la operación; pero no se atrevió con unos profesionales que, por otra parte, tenían mayor seguridad laboral en la iglesia que en la farándula o la agitación cortesana. De hecho la Iglesia fue su último reducto y, de nuevo la Sixtina, su último testimonio. 

En 1922 fallecía en Roma con 63 años el cavaliere Alessandro Moreschi, famoso como ‘el último castrado’. En todo caso, el único de su condición que ha dejado registro sonoro impagable. Escuchemos al Moreschi en grabaciones de su cuarentena, cuando era director del Coro Sixtino.



Iglesia violada o poluta: reglas y excepciones

Tras esta digresión sobre un uso menos propio del templo, aunque dentro de lo artístico y lo litúrgico, demos un vistazo a los abusos que siglos atrás se consideraban más graves. Metidos en el ‘Jardín del Mal’ – ese botánico inmenso de las plantas nocivas–, para no perdernos y sin pisar parterres jurídicos, vamos derechos a la glorieta donde dice: ‘Iglesia violada o poluta’. Es como queda la iglesia o templo donde se han realizado con notoriedad actos pecaminosos especialmente indecentes para lugar sagrado. 

En esta excursión me llevan de la mano dos autores tan graves como rivales entre sí, un dominico y un franciscano, cuya coincidencia por tanto es garantía de verdad. Los dos escribieron sendas Sumas que tengo abiertas: el dominico fray Silvestre Mazzolini (1456-1523) la suya en latín, la ‘Sylvestrina’ (Roma, 1516); mientras que el franciscano portugués fray Manuel Rodrigues publicó su ‘Manuelina’ originalmente en castellano (Salamanca, 1596). Su Cap. 153 trata precisamente ‘De la Iglesia polluta [sic], y de su reconciliación’. La ‘Silvestrina tiene enfoque teológico y empaque magistral, como corresponde a un Maestro del Sacro Palacio (desde 1515), como quien dice el teólogo oficial del papa. Rodrigues era jurista y casuista. Razón de más para apreciar hasta qué punto representan ambos una misma teoría y praxis ya fijada sobre lo que nos interesa, a saber: qué clase de actos, realizados culposa y públicamente en un templo, lo contaminan y en cierto modo lo ‘desconsagran’, dejándolo  prácticamente inútil hasta la obligada ‘reconciliación’ del recinto.

En la lista de esos actos hay dos que nos llaman la atención porque se estudian juntos y aparte. Se trata del derramamiento de dos fluidos corporales humanos: sangre o semen. Cualquiera de los dos, se entiende. Efusión intencionada, culposa, notoria y (añaden) copiosa, nada de gotitas. Sangre, semen... ¿qué tienen que ver? Entran aquí sin duda tabúes culturales, y así lo reconocen los entendidos. Para el casuista dominico Martín Wigand (1703) –por poner un ejemplo–, «vemos que siempre fue así»

¿Aplicación práctica del supuesto? Hoy no se le ve mucha. Tal vez algún caso raro como este de Toledo, en que un permiso se concede sin la prudencia de un control y supervisión, a riesgo de lo que resulte. En otras épocas fue diferente. La cuchillada en el templo era un tópico casi tan trivial como el sexo en el mismo, según la regla del buen sentido: si algo se prohíbe, es porque se comete. Vamos por partes:

Efusión de sangre. La contaminación del templo por la sangre humana está muy vista en las historias, por su relevancia política. En estas páginas recordábamos un caso histórico: la catedral de Florencia a la misa mayor, como escenario del asesinato rebajado a la consideración de fea chapuza, en la Conjura de los Pazzi (1478). No fue caso único en Italia y a templo lleno. Pasemos a lo otro.

Lo del semen viene de muy antiguo, pero al ser mancha meramente religiosa, en lo particular está menos documentada. Por ejemplo, la Biblia recuerda muy de paso la historia de los hijos de Helí, pareja de sacerdotes indignos, que le sisaban a Dios la comida en el mismo altar, retirando  la carne de los sacrificios antes de soltar la grasa. Tras lo cual, bien comidos, en el mismo templo se servían sexualmente de las hieródulas [1].  

Sin ir tan lejos. El templo como lugar de apaño amoroso es tópico literario. En Santa Clara de Aviñón descubrió Petrarca a su Laura. En iglesias de su ciudad (¿Salamanca? ¿Toledo?...) hacía Celestina «sus devociones», y en el clero tenía ella su clientela más segura, como evoca en boceto autobiográfico con algo de hipérbole:

«En entrando por la iglesia, veía derrocar bonetes en mi honor, como si yo fuera una duquesa. El que menos había que negociar conmigo, por más ruin se tenía. De media legua que me viesen, dejaban las Horas. Uno a uno, dos a dos, venían a donde yo estaba, a ver si mandaba algo, a preguntarme cada uno por la suya. Que hombre había que, estando diciendo misa, en viéndome entrar se turbaba, que no hacía ni decía cosa a derechas.» 

Muchas iglesias, con tanta capilleja y recoveco, se prestaban a retiros y ejercicios menos santos. Por eso en las catedrales y otras iglesias principales había el perrero, clerizonte armado de un báculo, que durante los oficios hacía el suyo, como el nombre dice, echaperros, pero que también imponía silencio a las bocas parlanchinas, interrumpía los sueños con la vara y exploraba los rincones oscuros. 

Otrosí, ciertos santos tuvieron fama de casamenteros o prolíficos, y a sus santuarios se iba en romería a pernoctar, las mujeres solas o en pareja en busca de fruto del vientre, y a fe que por designios admirables más de una y de dos volvían contentas. 

Item más, en las edades media y moderna las peregrinaciones masivas a santuarios de prestigio eran ocasión de encuentros promiscuos. Los viejos ejemplarios recogen casos realmente escandalosos. Elijo uno, también italiano, por ser de un santuario mariano actualmente de moda por otro concepto que luego diré.

Por cierto, mi informante Carlos Stengel, abad benedictino bávaro a mediados del XVII, ni siquiera nombra el monasterio, como si lo pixelara, aunque da las pistas para identificarlo. Mis entrecomillados son mayormente suyos, de un capítulo pintiparado: ‘Los templos son para rezar, no para ser celebrados con canciones impuras, y mucho menos para ser violados con nefaria libídine’ [2].

Montevergine actual - Wikipedia

En el reino de Nápoles, bajo la Corona de Aragón, la abadía y santuario de Montevergine era uno de los focos de peregrinación más importantes de Italia, y ya a principios del XVII disponía de un complejo hotelero adelantado a su tiempo, «a modo de ciudad, con trescientos apartamentos o más», sin contar los muchos espacios de esparcimiento turístico. Y aquí entra el Diablo. Aquella hostería religiosa modelo «era insuficiente», entiéndese que la copaban los  ricos; los peregrinos de clase general se acomodaban, como toda la vida, en la gran iglesia, hombres y mujeres juntos, usándola como si fuera mesón y posada. 

Los registros oficiales de Montevergine recuerdan «el gran incendio de la hospedería en 1611». Hay también un par de folletos de un testigo a raíz de la tragedia. Stengel lo confirma, pero su reportaje es más explícito y crudo. Aquella noche del 21-22 de mayo, vigilia de Pentecostés, la iglesia presidida por el gran icono de la Madonna pintado por San Lucas era una Sodoma digna del fuego de Dios. Hartos de cenar y beber, los devotos se propasaban a los peores excesos  sexuales –nefaria stupra faciebant, non satis digna quae in intimis lupanariorum recessibus committerentur– «los que estarían mal vistos hasta en lo más escondido de los burdeles»:

«Empapados de vino los pavimentos, oliendo a comida las paredes, sonaban las flautas acompañando letrillas  de lo más subido, y ya todo era un hervor de estupros y violaciones, adulterios y hasta hurtos. Fue –comenta el piadoso abad– como forzar a Dios a hacer un escarmiento ejemplar sobre lo peligroso de ensuciar los templos suyos y de sus Santos.

Fue en el mes de junio de 1611, en la sagrada vigilia de Pentecostés, hacia la medianoche, cuando aquel gran edificio lleno de huéspedes reunidos en número de hasta 10.000 prendió fuego, y en cosa de dos horas se vino todo abajo.»  

Lo peor fue la avalancha del pánico en la estampida, pues de los dos portones del complejo uno lo encontraron cerrado «por descuido de los porteros».  Muchos perecieron aplastados, otros defenestrados y el resto encerrados en la barrera de fuego. Por todas partes, montones de cadáveres. Los supervivientes hablaban de 1.500 muertos por lo menos, la mayor parte en los portones. En el cómputo no entran los niños ni las criaturas en brazos de sus padres, tampoco los desaparecidos, y al mismo hay que sumar lisiados, ciegos, accidentados en general y madres que perdieron la razón.

Frente a la crudeza de mi bávaro sobre la razón de la tragedia, las fuentes locales son discretas. El único pecado que aventuran en aquella ocasión fue que algunos peregrinos habían introducido entre sus provisiones carne, huevos y lacticinios (cosas de leche), artículos vedados en un recinto que desde su fundación por San Guillermo de Vercelli (1119) profesaba abstinencia perpetua. De lo otro, ni palabra.

 Madonna de Montevergine (detalle)

Hoy en día, Montevergine sigue atrayendo peregrinos y turistas por igual, con buen contingente de homo- y transexuales. Hay allí cierta tradición de simpatía con los femminielli (mariquitas) devotos de la ‘Mamma Esclavona’. La mamma en cierta ocasión salvó de la justicia con un milagro a dos muchachos amantes, encerrándolos vivos dentro de un helero (el santuario está en la montaña del Apenino meridional a 1200 m de altitud). Debió de ser un 2 de febrero, porque la fiesta de la Mamma Schiavona, se celebró y celebra en la Candelaria [3].

Tirando del hilo, resulta que donde San Guillermo se instaló, en una vetusta iglesia lombarda, antes hubo un santuario de la Cibeles, cuyos sacerdotes eran capones (galli) vestidos de mujer. Se ve que en la transmisión de poderes, Nuestra Señora heredó de la Diosa Madre el compromiso para con aquellos marginados, víctimas de un rigor legal no compartido por una población más abierta.

Pero ya Montevergine y Nápoles se avergüenzan también de sus femminielli, como antes la Italia de sus castrati. Es tiempo de reivindicaciones:

«En Montevérgine había un pacto de no beligerancia, referido en el pasado sólo a los ‘femminielli’, una figura que en otro tiempo tuvo esta representación bucólica de híbrido, que por juntar ambos sexos era en cierto modo asexuado, y así se le admitía en las casas para ayudar a las mujeres. Hoy aquel femminiello ya no existe y ha cedido el puesto a una cuestión más problemática, que es la de la identidad de género…»   

Lo que va de ayer a hoy

Hablábamos de reglas con sus excepciones. El mismo Stengel, en su apartado de rigor sobre «la polución de templos, tal que deban ser de nuevo consagrados» , al hablar de la efusión de semen exceptúa: «aquí no se incluye la que se realice con causa justa por el acto conyugal» [4]. ¿Acto conyugal en la iglesia, y con causa justa? Algo sorprendido –lo reconozco– acudo a autores algo más modernos, como el maestro Wigandt, que por supuesto coincide:

«Lo mismo se diga del coito. Pero si los cónyuges se demoran demasiado en la Iglesia por causa razonable y llegan a usar del coito como es debido, la iglesia no queda poluta.» 

Más puntilloso, mi viejo portugués Rodrigues: 

«No queda poluta la iglesia por el derramamiento de la simiente in somnis. Ni por el derramamiento de la simiente en el coito conyugal que se tiene en la iglesia sin pecado, cuando los casados están contra su voluntad mucho tiempo en la iglesia, y no pueden fácilmente evitar el peligro de la continencia, si no es pagándose el débito, y se tiene este coito en secreto…. Porque haciéndolo públicamente se hace grande injuria a la iglesia, y esto basta para queda polluta en este caso… Y adviértase que para que el derramamiento de la simiente cause esta violación, ha de ser en cantidad, y no basta que se derramen una o dos gotas, porque aunque en este caso se comete pecado mortal, empero no se hace a la Iglesia notable injuria, ni injuria consumada.» 

Ahora caigo. Esta reserva evoca usos de antaño, como lo dicho de acudir las parejas estériles a la iglesia como lugar de fecundidad. De estos tenemos además un bonito ejemplo, aunque sea imaginario. Me refiero a la fábula de Torrente Ballester, ‘Crónica del Rey Pasmado’ y su traslado en cine. Allí se ve al Valido –trasunto del Conde-Duque de Olivares– con su señora doña Bárbara –trasunto a su vez de doña Inés de Zúñiga y Velasco, la esposa del Conde-Duque–, que con tal fin acuden al madrileño convento de benitas de San Plácido. Hecha allí por ambos confesión general ante el capellán padre Villaescusa, capuchino, suben al coro de las monjas. Éstas se disponen en corro, todas vueltas hacia afuera y dando la espalda al centro, donde una colchoneta en el suelo recibe a los cónyuges para la liturgia matrimonial, pujando él y suspirando ella al son cadencioso del salmo Miserere, mientras abajo en la iglesia el capuchino celebra la Misa.

Eso para entre casados, que no es el caso de Toledo. Pero los casuistas están en todo, y no hay cabo suelto que no sea bien atado en nuestra ‘Manuelina’:

«Por la oculta pollución [sic] o fornicación, o por otro semejante acto, no se hace polluta la iglesia…  ha de ser notorio el delito y público…  y entonces será el delito notorio cuando jurídicamente está probado. Y así, cuando dos o tres lo saben, no queda poluta, porque aún el delito queda oculto respecto del pueblo… Y así dice Soto que si públicamente consta que un hombre y una mujer cohabitan en la iglesia en una misma cama, es suficiente prueba para que se entienda quedar la iglesia polluta. Y añade Navarro, que aunque por hacerse el delito delante de dos no queda la iglesia polluta mientras se callan, quedar lo ha después publicándose el delito.» 

Notable la observación final, si por ejemplo un permiso imprudente y no controlado se utiliza en secreto para realizar filmaciones que luego se vayan revelando al público por entregas. 

Ya sabe, pues, el Deanato de Toledo para la próxima vez, si es su deseo, cómo dejar su catedral bien poluta como lo fija el Derecho. En cuanto al deán Ferrer, lo malo de ésta es que se le echará a mal no tanto el hacer arrendado la santidad del templo para un acto pecaminoso, sino la belleza del mismo templo para una ordinariez, y no tanto el haber cobrado por ello, sino haberlo cedido por tan poco. Los malos negocios tienen mal perdón.

El mal negocio de don Juan-Miguel con ‘Ateo’ ha empañado una carrera lucida de gestor de bienes y dineros eclesiásticos. Pues bien, abramos el Evangelio. Su colega en los Infiernos Judas Iscariote, administrador del Colegio Apostólico, sabía cómo sacar buenos cuartos de un ungüento precioso que una buena mujer enamorada del Maestro derrochaba en perfumarle los pies (Juan, 12: 1-8). Hasta 300 duros –«para los pobres», se entiende–, calculaba Judas. Sobresaliente en teoría. Y de allí a poco, el mismo economista va y malvende a Cristo por 30 tristes duros, la décima parte del tarro de perfume. También Judas pensó que no hacía mal porque su intención era buena: una reprimenda del clero judío al rabí pondría las cosas en orden, tras el escándalo de las mesas, monedas y mercancías derribadas en el atrio del templo. Jamás se le pasó por la cabeza al pobre Judas el problema político que había detrás, ni tenía idea de que el Inocente ya estaba condenado. Devolver el dinero no sirvió de nada, y el desdichado presentó su dimisión colgándose de una soga (Mateo, 27; Hechos, 1: 18-19) [5]

De Judas, todo el mundo recuerda sus 30 dineros en mano, pero casi nadie de los 300 volando. También el deán Ferrer será recordado por su mal negocio. Porque si el beneficio económico  de prestar el primer templo de España para el lanzamiento de un espectáculo –siquiera no fuese tan mediocre– tiene por destino las obras sociales de la Iglesia, hombre de Dios, 15 ni 30 mil euros no son dinero. 

Hace bien poco se ha restaurado la Sala Capitular. No ha salido gratis: pongamos 300.000, siempre en múltiplos de 30, la unidad de precio sagrado. De dónde salió el dinero, yo ni idea, pero consta que el Sr. Deán estaba justamente orgulloso de su papel. Y va, y a modo de lanzamiento al mundo de esa maravilla recuperada, se asocia con una pareja de baile y por un precio simbólico les arrienda la sala para escenario de cabaret. Un precio justo sería disculpado, y un dineral sería aplaudido, porque así es el mundo. Y cuenta que Judas también llevaba comisión en negro, y de las fuertes, de creer a su gran detractor y sin embargo colega, el apóstol y evangelista Juan [6].  Y basta de homilía.


Siempre el ridículo

Todos nuestros casuistas coinciden en una cuestión de principio muy importante: ninguna acción indecorosa o infame realizada en el templo puede mancharlo realmente, porque lo santo no es susceptible de ofensa material. Nuestro concepto de «iglesia violada o poluta», explican, no es más que eso, una apreciación nuestra, al repercutir sobre el lugar santo la ofensa a Dios. 


En este supuesto, concluyo por donde empecé, retomando la idea de ‘profanación por el ridículo’. Si yo tuviese que dar mi parecer sobre la mayor profanación de un templo en el mundo,  sin vacilar dirigiría el índice al más conocido de todos: San Pedro de Roma. Profanación impertérrita e impune desde 1612, un año después del incendio de Montevergine, y que ya recordé en otra ocasión [7]. No se trata de ninguna obscenidad ni otra ofensa cometida dentro de la basílica. Es por fuera, en lo más visible, donde, en letras descomunales, una inscripción recorre el inmenso arquitrabe del imafronte, para que todo el que llega lea y admire el potencial de la estupidez humana:  

IN HONOREM PRINCIPIS APOST PAULUS V 

BURGHESIUS 

ROMANUS PONT  MAX AN MDCXII PONT VII

«En honor del Príncipe de los Apóstoles, Paulo V Borghese Romano Pontífice Máximo, Año 1612, VII del Pontificado». Con 36 espacios antes y 36 después de una palabra central. Una palabra que no es ni el nombre de Dios, ni el de San Pedro a quien se dice honrar. El centro exacto de la cadena de caracteres lo ocupa el apellido o nombre de familia de Paulo V, antes Camilo Borghese, a honra de sí mismo y de su parentela. La sangre y el semen juntos para lo peor: el ridículo.

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Notas:

[1] 1 Samuel, 2: 12-17 y 22-25. El santuario de Silo, sin otro mérito que la posesión de una supuesta Arca de la Alianza, no se ajustaba a la norma mosaica y como en otros lugares de culto cananeos ofrecería servicios de prostitución sagrada.

[2] Carl Stengel, Hierologia, 1653. Es un ensayo de recopilación de datos sobre lugares sagrados en general, con más atención a las iglesias cristianas y su disciplina., Obra de corta y pega, interesante para una visión comparativa de época.

[3] Cfr. Monica Ceccarelli, ‘Mamma Schiavona’. La Madonna di Montevergine e la Candelora. Religiosità e devozione popolare di persone omosessuali e transessuali. Gramma, 210.

[4] Stengel, o. cit., págs. 186-187. 

[5] El final de Judas queda en el misterio. La versión de Pedro en Hechos y la de Mateo se contradicen. Según éste, Judas devuelve el dinero arrojándolo en el templo, y son los sacerdotes quienes lo recogen y lo destinan a la compra del Campo del Cerámico para cementerio de forasteros.  Pedro en cambio, hablando a sus colegas y al grupo sobre la sustitución del difunto Judas, les recuerda de paso que el campo o pieza de labor lo compró éste mismo antes de morir reventado (Hechos, 1: 18), y pasa al tema de la elección de sucesor alegando en apoyo un par de textos bíblicos de alcance (ibíd. vv. 20 y sigs.). (El v. 19, sobre cómo y por qué dicho campo se llamó Haqueldama, o ‘de la sangre’, es obviamente una glosa añadida, pues una tradición popular no surge de la noche a la mañana.)

[6] «A él los pobres le importaban un bledo. Lo de vender el perfume lo dijo porque era ladrón y como tenía la bolsa del común metía la mano a discrecón» (Juan, 12: 6). Juan es el único que pone la crítica en boca de Judas. Lo de haber vendido el perfume fue idea de «los discípulos»: todos, según Mateo, o sólo algunos según Marcos. Ni siquiera hay acuerdo sobre la casa donde se celebró el banquete: la de Simón el Leproso, según Mateo, o la de Lázaro el Resucitado, según Juan, que identifica a la mujer del perfume con María, hermana mayor de Lázaro. 

[7] ‘Si algo sobra en el Belén…’ (2012, 3 de diciembre).