miércoles, 14 de abril de 2021

El Imaginario Enfermo (3)

 Tartarín de las Brujas


Recapitulemos:

Aquel cuadro artístico en que se vio a fray Enrique Kramer bautizando a dos reos judíos en el patíbulo, tiritando de frío y de angustia bajo la mirada del verdugo apoyado en el hacha (16 de enero de 1476) no era el final del drama del Santo Niño Simón de Trento, sí de la intervención de nuestro dominico, que ya nada pintaba en el escenario alpino. De nuevo su sitio estaba en Roma, donde su testimonio contra los hebreos sería valioso. Recordemos, el gran adversario en aquella causa movida por el obispo de Trento Juan Hinderbach era el de Ventimilla Bautista de’ Giudici, dominico como fray Enrique, y es lógico un encuentro de estos religiosos de confianza para Sixto IV, bien en la Curia o en el convento de la Minerva, justo detrás del Panteón. Y aunque de esto no veo constancia, lo cierto es que se limaron diferencias, y Sixto terminó aprobando el proceso a los judíos de Trento, por bula de 1478, 20 de junio. Con fecha de 7 de julio, el principal ‘orador’ o agente de negocios de Hinderbach en Roma, Aprovinus, escribía a su señor Hinderbach el esperado «causa finita est contra judaeos»; y en prueba de que iba en serio, a la noticia adjuntaba la minuta de gastos. Poco después, el 1 de noviembre Sixto IV a instancias de los Reyes Católicos, concede una Inquisición nueva para la Corona de Castilla y bajo control regio, en principio para perseguir a los judíos conversos judaizantes. Entre tanto, otros  problemas ocuparon la cabeza y el corazón del Santo Padre, como nuestra curiosidad irá viendo.

El Año Santo del papa Sixto acabó mal para Roma. La riada de gente peregrina en una ciudad todavía medieval y sin higiene, junto con otra riada de verdad en noviembre que la inundó de agua y fango, propició la pestilencia. La cual el año siguiente, 1476, rebrotó más virulenta y expansiva, sobre todo en el verano, cuando el pontífice presidió solemne rogativa, que tampoco fue lo que se dice  la purga de Benito. No era tiempo para asuntos menores, y el de Kramer aspirante a inquisidor a nadie más le importaba.

Kramer no era hombre de olvidar sus propósitos, aunque sabía esperar. Y bien que tuvo que demostrarlo, porque hasta marzo de 1479 no le llegó el nombramiento. Directamente del Papa, como él quería, con destino a «toda la Alta Alemania, pululante de errores y herejías, allí donde al presente falten inquisidores»

Sixto IV

Kramer tenía toda la confianza del papa, en el sentido que pueda tener la expresión aplicada a personajes del Renacimiento italiano, y más tratándose de Sixto IV. Una confianza según para qué, si es cierto lo que uno lee curado de espantos. Prestemos atención. El fraile recibe por la vía ordinaria el correspondiente breve sixtino, con el nombramiento de predicador papal en Suiza, y hasta aquí normal. Pero de allí a cuatro meses, por vía extraoficial y secreta, alguien llama aparte al recién nombrado predicador, para soplarle al oído el guión de sus prédicas a los suizos. Algo así como esto: 

«El Santo Padre vería con gusto que vos, con vuestra elocuencia émula de un Crisóstomo, remováis allí las conciencias y agitéis para levantar a la Confederación Helvética en armas contra el enemigo de la Iglesia y del Papa, el tirano de Florencia… Vos sabéis quién, sin que yo os lo nombre (aquí bajando la voz): el excomulgado Lorenzo de Médicis.»  

Semejante propuesta, que bien se puede llamar maquiavélica y viniendo de un papa suena escandalosa, nos sorprenderá menos si reparamos en la cronología. 



La Conjura de los Pazzi


La primavera de 1478 vino señalada por la conjura florentina de los Pazzi contra los Médici. Mejor dicho, lo que la Historia ha cargado a cuenta de los Pazzi, cuando la cuestión de fondo se ventilaba entre dos individuos, ninguno de ese apellido: el Médici Lorenzo, llamado el Magnífico, y el Róvere Francisco, o papa Sixto [1]. 

Y aquí sí que los negocios tocaron a lo personal. Porque en un principio Sixto IV había sido  afecto a Florencia y su Magnífico, hasta el punto de nombrar a Lorenzo de Médicis banquero pontificio y confirmarle la explotación del valioso alumbre de Tolfa. ¡Ah!, y por poco se me olvida: hasta le dijo tomar en serio su pretensión de hacer a su hermanito Julián cardenal de la Santa Iglesia. Pero la entente se fue deteriorando hasta el punto de ruptura en mal momento para Sixto, cuando su enemigo tenía detrás a Venecia, al Duque de Milán y al rey de Francia, con el Turco metiendo pie en la Bota itálica por abajo y por arriba (Otranto y Venecia Julia). 

En 1474 muere a los 28 años, víctima de sus excesos, el cardenal Pedro Riario, nepote predilecto y consentido de Sixto IV –hijo suyo probablemente–, que entre otras mil prebendas lucrativas sine cura acumulaba el arzobispado de Florencia. Para sucederle, el papa tenía un candidato florentino, un Salviati dispuesto a pagar los 3.000 florines de oro que valía aquella mitra y pagar las deudas del difunto; pero Lorenzo sin contemplaciones impuso a un Orsini suyo cuñadísimo. 

Siguiente jugada. De allí a poco el mismo año muere el arzobispo de Pisa, un Médici, y esta vez el papa nombra a su Salviati, que Lorenzo repudia y no le deja tomar posesión. A la recíproca, cuando los florentinos reclaman al papa el capelo de cardenal para un conciudadano –entiéndase bien, lo reclamaba Lorenzo para uno de sus chicos–, Sixto da largas.  Lorenzo llegó a escribir a un confidente (1477, 1 de febrero):

«A mí me conviene una autoridad repartida, y si fuese posible sin escándalo, mejor tres papas o cuatro que uno solo» 

Para entonces Sixto había retirado la confianza financiera a Lorenzo en favor del banquero rival Francisco Pazzi. De ahí la alianza natural para derribar al tirano de Florencia; y así lo veía sobre todo el hermano menor del difunto cardenal Pedro Riario, «el conde Jerónimo, hijo, nepote o ‘allegado’ del papa Sixto» [2].

A tal fin, lo más efectivo y seguro era asesinar a Lorenzo junto con su hermano Julián. Y aunque en principio se pensó hacerlo en un banquete, finalmente fue la catedral el escenario elegido, el domingo 26 de abril de 1478, en la misa solemne y en lo más solemne de la misa, al toque de alzar [3]. Sólo era copiar el reciente  modelo milanés de 1476, cuando para apuñalar al tirano duque Galeazzo María  Sforza se eligió la fiesta, templo y misa de San Esteban. ¿En qué creía aquella buena gente?, uno se pregunta.


Este que aquí vemos fue uno de los conjurados, huido a Estambul y extraditado por el Gran Turco. 

Leonardo da Vinci así lo dibujo, con su letrero del revés, que leído al espejo es la descripción detallada de cómo iba vestido: «berretina color castaño, farsetto de raso negro…» etc, para terminar:

« Bernardo di Bandino Baroncigli, calzas negras» [7]

 

Como es sabido, la conjura fracasó de la peor manera posible: cosido a puñaladas el Médici menor, Julián, mientras Lorenzo, herido menos grave por dos curas maletas, se zafaba en la sacristía. El arzobispo Salviati, encargado de tomar el palacio de la Señoría y proclamar desde allí el cambio de gobierno, también lo hizo mal. La respuesta fue inmediata, desde que colgando de una ventana el público vio bailar en la soga a Salviati en persona, con Francisco Pazzi y otros dos compañeros de danza. Por cierto, más o menos, donde Aníbal Lecter cuelga al inspector Rinaldo Pazzi (Giancarlo Giannini), supuesto descendiente del mismo apellido, en evocación truculenta del suceso [4]. La escena original fue más cruda que en la película: después del baile mortal se cortaron las sogas y los cuerpos cayeron sobre la turba, para su ensañamiento y diversión. 

Tanta rapidez en las ejecuciones sin juicio y todo el proceso calculado de represión en la ciudad de Maquiavelo invita a pensar que, con el precedente de Milán, la chapuza no pilló al astuto Lorenzo tan de nuevas, pues desde el primer momento se sintió fuerte como nunca y arropado por los florentinos para ejercer el poder absoluto [5]. Lo mismo que hizo colgar sin juicio al arzobispo de Pisa, detuvo como rehén a otro joven cardenal nepote de Sixto, sólo por fastidiarle. La respuesta fue un largo escrito de agravios inferidos al papa por «el hijo de iniquidad y criatura de perdición, Lorenzo de Médicis» [6], fulminando la excomunión contra Lorenzo y sus fautores, o peor aún el entredicho contra Florencia, sin mesura ni conciliación, haciendo suyo el papa el espíritu rencoroso de su Jerónimo Riario. 

 Visto el ningún caso que los florentinos hicieron de las censuras, el papa con su conde Jerónimo les declararon la guerra que duró dos campañas (1478 y 1479), para escándalo farisaico de otros príncipes y estados. Francia incluso agitó la idea de convocar concilio contra el papa y renovar el cisma, tal como deseaba Lorenzo, que aunque llevó la peor parte se mantuvo en el poder. Finalmente el costo de la discordia impuso la tregua y Sixto levantó el brutal entredicho (3 de diciembre 1479).   


_____________________________________

1. El papa sin lugar a dudas deseaba el cambio de gobierno y expresamente aprobó el complot, aunque insistiendo demasiado en que no quería sangre (¡?). Como si no supiese en qué siglo vivía. El instigador principal, incluido el asesinato, fue Jerónimo Riario, hermano del difunto cardenal Pedro y su sucesor en el afecto del papa su tío, padre, o lo que fuese en realidad. Sixto IV quería para él a toda costa la plaza de Imola, comprado con dinero de la banca Pazzi contra la voluntad de Lorenzo, donde Jerónimo sería príncipe vasallo y capitán general de la Iglesia. Cfr. A von Reumont, Lorenzo de’ Medici, trad. ingl., Londres, 1876, 1: pp. 284 y ss.; 313 y ss.

2. Según Infessura. Cfr. Diario della Città di Roma di Stefano Infessura scribasenato. O. Tommasini (ed.), Roma, 1890, pág. 81.

3. Las fuentes discrepan sobre el momento de la misa fijado para el asesinato. Me atengo a Baronio-Raynaldi, que expresamente dice, «al alzar» («cum eucharistia atolleretur»). Era lo más sacrílego, pero lo más práctico y seguro, cuando todo el mundo se concentraba en el misterio, y el único momento en que nadie se permitía deambular y conversar por las naves laterales del templo, cosa ordinaria entonces. Baronio-Raynaldi, Annales Eccles., Sixti IV a. 8º (1478), n. 1; A. Theiner (ed.), Paris, t. 26: 579. La santidad del lugar y tiempo hizo echarse atrás al principal brazo conjurado, el militar Juan Bautista de Montesecco. Encargado de liquidar a Lorenzo de Médicis, se negó en redondo a hacer su trabajo en tal sitio. Sobre la marcha se ofrecieron dos clérigos poco duchos, los cuales marraron, y el Médicis se les volvió, herido sin peligro en el cuello. Estos dos fueron los responsables principales del fracaso. El encargado de Julián de Médicis, Bernardo Bandini, de una cuchillada despachó a su víctima, que sólo pudo dar un paso a ninguna parte. Francisco de’ Pazzi se lió a cuchilladas con el caído y ya probablemente muerto, con tal furia que él mismo, como haciendo bueno su apellido, se hirió gravemente en un muslo (Pazzi es plural de pazzo, ‘loco’ en italiano). El atentado tuvo lugar en el coro, bajo la gran cúpula de Santa Reparata, como se titulaba entonces la catedral de Santa María del Fiore. La gente huyó despavorida, la mayoría sin saber de qué y muchos creyendo que el cupolone de Brunelleschi amenazaba ruina.

4. Hannibal (2001).

5. «El número de cómplices era tan elevado, que apenas se entiende cómo el proyecto no llegó a oídos de los Médicis.» Reumont, o. cit., 1: p. 324.

6. Iniquitatis filius et perditionis alumnus Laurentius de Medicis (1 de junio 1478). Texto en Baronio y Rainaldi, ibíd., nn. 4-11; pp.  580-584. El papa hizo imprimir la bula para la venta.

7. Texto y comentario en The Notebooks of Leonardo Da Vinci. Aegitas, 2015, vol. 1, p. 345.



Ahora entendemos el largo, demasiado largo compás de espera para Kramer como aspirante a inquisidor, y el porqué de su misión como agitador en Suiza. Los suizos se vendían como los mejores soldados mercenarios de Europa, y algunos cantones eran especialmente adictos a la Iglesia (güelfos, como se seguía diciendo). El encargo secreto a Kramer revela dos cosas: 1ª, la obsesión del papa por limpiar a Florencia de Médicis; y 2ª, la cara oscura de la personalidad de Sixto IV, nada escrupuloso con tal de convertir a su ‘nepote’ o hijo Jerónimo Riario en un príncipe hereditario en territorios de la Iglesia. Hoy queda más el Sixto mecenas del arte (Capilla Sixtina), de la cultura (Biblioteca Vaticana) y del urbanismo (Roma, de sórdido laberinto medieval a capital moderna). 

Convertido en Inquisidor, más aún, en agente secreto del papa, fray Enrique se sintió, no diré más seguro de sí mismo, cosa metafísicamente imposible, pero sí más a cubierto de sus superiores. Nada amigo de perder el tiempo, lo aprovechó en Roma para sacar su doctorado y así lucir insignias y título en sus andanzas. De las sanciones que tenía pendientes en la orden nunca más se supo. Eso sí, para tenerle algo sujeto –vana pretensión– el maestro general le impuso como socius o compañero a un profesor de Colonia y también inquisidor por aquellas tierras tierras alemanas. Su nombre, fray Jacobo Sprenger

Sprenger era un fraile dominico en las antípodas de Kramer. De carrera académica rigurosa, recibió el cargo de inquisidor por pura obediencia. Su vocación era también la caza/pesca –metafóricamente hablando–, pero no de brujas, sino de almas devotas rezadoras de rosarios en su nueva versión típica de la orden. Una aparición de la Virgen, según dicen, le inspiró tender como una red por Alemania esta devoción antigua en su nueva forma mediante la Cofradía del Santísimo Rosario. Sprenger apenas acompañó a Kramer en sus aventuras, ocupado él en Colonia y la Universidad, donde además salió elegido decano de su facultad en 1480.

Un individualista como Enrique Kramer para nada necesitaba a fray Jacobo, ni como socio, ni menos como guarda de vista, pero tampoco podía rechazarlo. En otro capítulo veremos cómo Kramer hizo de la necesidad virtud, utilizando el nombre y prestigio del obligado socio para promocionarse él mismo junto con su libro más audaz y ambicioso, poniendo a Sprenger de parachoques y mascarón de proa del Martillo de brujas. De hecho, el prólogo galeato que va delante de la obra como Apología, a la defensiva, lleva firma de Sprenger.

Si ahora nos preguntamos de dónde le vino a Kramer la idea de su Martillo, la respuesta puede sorprendernos. Que el fraile era un pervertido misógino, eso ni se discute y hasta puedo escribirlo sin que el ultrafeminismo mueva una ceja, pues se trata de un varón. Ese ‘para qué’ del libro ya lo sabemos. Su ‘porqué’ circunstanciado es lo que nos importa. 

Digamos, pues, que fue su desquite de las mujeres como género, por una mala experiencia tenida como inquisidor con una de ellas, encarnación de la femineidad. Represalia de inquisidor humillado y frustrado por ‘ellas’, por una de ellas en representación de aquella mitad tan extraña del género humano. Una bruja tan bruja, que nadie más que él supo que lo era y nadie lo creyó. Su Lisístrata  –porque hasta tenía nombre griego– se llamaba en realidad Elena, Elena Scheuberin, y el choque frontal entre la bruja y su inquisidor se produjo en Innsbruck, septiembre-octubre de 1485.

Entre 1480 y 1485 fray Enrique tuvo tiempo de demostrar su personal hacer de inquisidor y predicador, pero también de confiscador y colector itinerante. Su campo de batalla coincide bastante con su recorrido de 1476 en busca de crímenes de sangre judíos, que él aprovechó para informarse y tomar contactos sobre lo que le interesaba personalmente (aparte del dinero): la nueva brujería satánica.

Su primer caso se le ofreció precisamente en su ciudad natal, Selestad, donde tenían presa a una supuesta bruja, o ex bruja pedófaga, que en sus buenos tiempos participó con otras en festines de caldereta infantil (igualito que en los cuentos), según se decía. Pero la maldita se le fue de entre las uñas, porque cuando él llegó la habían soltado y puesto en seguro por falta de pruebas. 

El caso de las Beatas de San Mauricio

En Augsburgo se detuvo algún tiempo (1480-1482), entre inquisición y negocios temporales. Esto de los negocios merece nota, como veremos, porque resulta extraño que en tanto tiempo no le saliera ni un solo caso de brujería, en aquella tierra de promisión, su imaginado paraíso de inquisidores. Kramer comprendió hasta dónde llega la astucia del Enemigo, pues allí donde no hay brujas manifiestas es más de sospechar que cada mujer esconda a una, y cuanto más cristiana parece una ciudad, más probabilidades hay de que por dentro sea un cripto-aquelarre.

Guiado por esta idea luminosa el inquisidor exploró las iglesias augustanas, y en la de San Mauricio  descubrió una cofradía de beatas a las que su párroco daba de comulgar a diario. La comunión frecuente no era frecuente entonces, y comulgar cada día era una rareza, sin más. No así para el sabueso Kramer, curtido en disputas eucarísticas con los herejes de Bohemia. La cofradía de San Mauricia pintaba secta. Un conventículo de brujas comulgantes, sin duda. Y con tanta devota en torno, el párroco tenía que ser un diablo de incógnito. 

El dominico llevó el caso al obispo Johann von Werdenberg, que conociendo bien a su párroco, hombre culto y pío, tuvo curiosidad por oírle defenderse del inquisidor. El reverendo Juan Molitor (o Müller) no le defraudó, pues había estudiado más que Kramer, y ambos se enzarzaron en disputa escolástica sobre el tema de la comunión frecuente, citando el primero a los santos doctores santo Tomás y el beato Buenaventura. A éste segundo bien pudo llamarle santo también, pues por entonces (1480) andaba en el trámite de los milagros, imposibles de demostrar, hasta que Sixto IV zanjó el proceso y le canonizó por bula. 

La réplica de Kramer fue decir que aquellos doctores de la Iglesia se referían a los sacerdotes, que viviendo del estipendio de la misa no tienen otro recurso sino celebrarla o morirse de hambre. De hecho, ni el papa ni los cardenales, ni los obispo y eclesiásticos con buenas rentas decían misa a diario, sólo cuando la solemnidad lo pedía. En cuanto al nuevo santo Buenaventura, temporadas estuvo sin celebrar ni comulgar, por respeto al sacramento. Porque –y aquí pasó al ataque– el abuso de la comunión consentido por el párroco de San Mauricio no nacía de la fe, sino de la «liviandad femenina», siempre amiga de extravagancias con tal de llamar la atención.

Con esto se acabó la discusión aquel día, aunque lo más gracioso quedaba por ver. El 13 de septiembre las beatas del reverendo fueron interrogadas por el inquisidor, siempre delante del obispo, cada vez más regocijado cuando las mujeres, en alarde de cultura religiosa, citaron de memoria el Evangelio de san Juan, capítulo 6, donde Cristo expone de primera mano su idea de la eucaristía, y recordaron el Padrenuestro, donde se pide el pan de cada día para el cuerpo y para el alma. «¿Cómo se atreven? Frecuentar los legos la sagrada Escritura es propio de herejes, y tomarla en su boca las mujeres para interpretarla  es abominación que Su Reverendísima no debería tolerar», argüía sulfurado el maestro Kramer.

En fin, y para colmo, resultó que el párroco Müller, o Molitor, buen latino y teólogo, era nada menos que el delegado de Sprenger para su Congregación del Rosario en el sur de Alemania. Digo bien: Fray Jacobo Sprenger, el socius de fray Enrique. Socius a larga distancia, y no sólo física por lo que se ve. 

Y ahora, una breve pausa para el cotilleo.

La estancia de Kramer en Augsburgo se prolongó, más que por la cosecha de brujas probablemente por el rendimiento económico, entre confiscaciones y venta de perdones. Parte de lo recaudado tocaba a los dominicos, que descubrieron un trabacuenta o sisa de nuestro inquisidor, llamado a Roma para dar satisfacción, o estar a las consecuencias, sin excluir su expulsión de la orden.

Esto fue a finales de marzo de 1482. Pues bien, con rara celeridad, sólo inferior a la de las brujas en sus escobas, a primero de abril la Curia papal despachaba orden urgente al obispo de Augsburgo, si por ventura Kramer se encontraba allí todavía, de formar una comisión secreta que se entendiese con él, para recuperar el desfalco por las buenas. Fray Enrique, con las maletas aún por hacer, no pierde aplomo y lleva a los interventores a casa de cierta viuda devota suya. Allí tenía en depósito lo que buscaban, y contra recibo les hizo entrega de todo, dinero, metales preciosos, gemas y joyas, que con la misma rapidez volaron a Roma. A Roma, pero no a la procura de los dominicos, sino al tesoro del papa.

 Una vez más sin cargos y casi en triunfo, en junio Kramer pudo viajar a Roma para regresar en septiembre con nuevos favores de su protector Sixto. Él por su parte aprovechó para postularse (no sé si con éxito) como fundador de una cofradía, no del Rosario o de las Ánimas del Purgatorio etc., sino Contra las Brujas. El hombre no era malo en eso de llamar la atención.

La verdad es que el cazador de brujas más célebre de la Historia no llevaba camino de lucir muchos trofeos. El mismo en su Martillo se autoevaluaba en «más de 200 brujas». ¿Quemadas? A los investigadores no les sale la cuenta, y eso calculando procesos, no ejecuciones. A menos que las ejecuciones de fray Enrique fuesen no de vidas, sino de haciendas, que estas sí se le daban mejor. «Los únicos procesos por brujería en que se puede probar [documentalmente] que Kramer tomó parte son los de Ravensburg (1484) e Innsbruck (1485)». Vamos, otro teórico del género.

Pasando por alto cazas y quemas por la diócesis de Basilea –donde el deporte ya se venía practicando antes de pasar por allí Kramer (sept. 1482)– notemos que aun estando en racha tuvo que dejarlo para volver a su patria, no por ningún brote de brujas, sino porque su convento de Selestat le ha elegido prior. ¿Cómo así?

Una de las mercedes obtenidas por Kramer en Roma fue, como ayuda de costa para sus gastos de inquisidor, una bula personal de indulgencia, con fruto a repartir entre él mismo y el que fue su primer convento, más un resto para la Cámara Apostólica. Los frailes con buen acuerdo votaron por mayoría darle el mando, y así la casa que fue testigo de sus fervores de novicio (si los tuvo) pasó a ser su cuartel general de cazador de brujas. Cierto que físicamente paraba poco allí, por sus obligaciones; pero aún así ese poco le dió tiempo para pelearse con algunos de sus frailes, que sería los que le votaron con bola negra. 

En este intervalo a Kramer se le muere el papa Sixto (agosto, 1484), su gran protector. No obstante, pronto tuvo ocasión de ver el gran acierto del Espíritu Santo en la elección del sucesor Inocencio VIII, que no era otro que Juan Bautista Cibo, viejo amigo suyo de la Curia romana. La noticia le llegó durante su campaña de Ravensburg, aquí con víctimas. De entre ellas, dos mujeres condenadas a la hoguera dejaron especial recuerdo.

El papa Inocencio será la catapulta de Kramer en el lanzamiento del Martillo de Brujas.

Próxima entrega: La Mujer fatal


Nota sobre la ilustración de cabecera

“El Triunfo de Santo Tomás de Aquino sobre la Herejía”  (detalle)

Cuando Filippino Lippi pintaba este gran fresco en la pared derecha de la capilla Caraffa en Santa María sopra Minerva, la iglesia de los dominicos en Roma (h. 1490), fray Enrique Kramer estaba bien vivo –sobrevivió al pintor un par de años– y pudo admirar el realismo de una escena que le resultaba familiar.

Lo que sería atrevido sugerir es que el fraile dominico pintado de cuerpo entero en el ángulo inferior derecho sea el retrato del autor del Martillo de las Brujas, cuando la verdad oficial es que se trata de fray Joaquín Torriani, maestro general de la orden. En todo caso, como documento ilustrativo es rigurosamente de época.





martes, 30 de marzo de 2021

El Imaginario Enfermo (2)

Kramer con Kramer. La conexión judía 

Libelo de Sangre

Recapitulemos: 

En la pandemia doble que padece España –virus pseudo gripal y féminas pseudo feministas–, el confinamiento por el virus  me ha producido con ellas y sus pseudo teorías sexuales un déjà vu que no es tal, sino evocación. Memoria histórica de un libro, un autor, una mentalidad y, en suma, un parecido más que razonable en el disparate. 

Mi correlato es fray Enrique Kramer (h. 1430-1505), autor principal o único del Malleus maleficarum (1486), o ‘Mallo de brujas’: un libro con vida propia, cuya fama relegó al olvido a su creador. El supuesto prototipo de cazador de brujas ha sido hasta hace relativamente poco un desconocido. Hoy la situación ha cambiado. Concentrados en él los focos de la investigación, se nos aparece un sujeto curioso en sí mismo; pero más que eso, se nos desnuda el fraile capaz de imaginar su criatura, dar forma escrita al engendro, y hacer pasar su novela de novelas absurdas de mujeres por obra científica, seria y normativa para la sociedad. Y encima best seller.

Un cosa así sólo es posible en situaciones de gran confusión y crisis de valores, campo abierto a todo insulto a la razón. Hoy como hace cinco siglos, no se trata de enfermos imaginarios, sino de imaginarios enfermos. Es lo que hace poderosas y peligrosas ciertas obsesiones.

Recrear la vida y milagros de fray Enrique es mi propósito, en dos etapas que titulo: 1) Kramer con Kramer, y 2) Kramer contra Kramer. No me detengo a explicarlo, y de paso reventar la intriga. 

Ahora retomemos el hilo.


En 1475, Año Santo o de Jubileo, dejábamos a fray Enrique en Roma atendiendo a las turbas de peregrinos, cuando a lo largo de la semana ‘in albis’, entrado abril, los recién llegados de Alemania por el paso del Brénero traen la noticia: 

– En Trento los judíos han vuelto a tener Pascua de Sangre. Han sacrificado a un niño cristiano. Menos mal que esta vez la justicia anduvo lista. Los criminales ya están presos y el juicio se anuncia rápido. Se dice que los van a quemar vivos a todos, a ver si es verdad …»

 – Pues oíd ésta. El niño es santo y hace milagros. El obispo de Trento ha declarado que san Simonino es mártir, y lo tiene expuesto en la iglesia para que la gente le rece.

No eran pocos los romeros que hacían parada en Trento, a espera de las muertes anunciadas y de los milagros. Porque, en efecto, el pequeño Simón Unverdorben (el ‘Incorrupto’), desde su cuerpecito en descomposición manifiesta, que obligaba a condimentarlo con aromas, no paraba de hacer curaciones [1]. Para los entusiastas, Trento era un jubileo casi como la misma Roma. Y como siempre, los eternos burlones sonreían y meneaban la cabeza susurrando que sí, que el niño había muerto, pero ahogado en el Fossato, y que la supuesta judiada era un montaje del señor obispo de Trento, aprovechando el Año Santo para hacer caja.

En cuanto a fray Enrique, ya decíamos que prestó atención al hecho insólito como un hito en su vida. Bien, pero ¿que había de insólito?

«Insólito: raro, extraño, desacostumbrado», según el Diccionario. Paradójicamente, en tiempos de fray Enrique Kramer y para la opinión pública en muchas regiones de la Cristiandad, el rito de sangre atribuido a los judíos era más que una costumbre, toda una institución religiosa. Entre los cargos contra el ‘Pueblo deicida’, uno de los más odiosos y por tanto más creídos era éste: que para la judería no había mesa de  Pascua buena sin la sangre de un cristiano, mejor niño inmolado como cordero en ceremonia ritual. Algo tan poco raro, tan poco extraño, tan acostumbrado y repetido, que muchos predicadores al final de la cuaresma lo advertían al pueblo: 

«Hermanos, habéis oído el Evangelio de la Pasión, y cómo los judíos, cuando pedían a Pilato la muerte en cruz de Nuestro Señor Jesucristo, echaron sobre sí la maldición: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” Así pues, vigilad a vuestros pequeños estos días. En todo tiempo es de temer el asalto diabólico de lamias y brujas a las cunas no protegidas por amuletos religiosos. Pero en la Semana Santa, como ya lo avisó el sacrosanto Concilio de Letrán hace 260 años, el peligro viene sobre todo de los judíos, que compran niños cristianos secuestrados, o ellos mismo los raptan, para crucificarlos y sacarles la sangre que luego consumen y emplean en sus ázimos y ritos nefandos. Como también sabéis que de sacristanes traidores como Judas, y de la boca sacrílega de comulgantes cristianos,  consiguen los judíos hostias consagradas para renovar en ellas la crucifixión del Señor, y la misma sangre pueril les sirve para teñir de rojo el sacrilegio...» 

Precisamente aquella cuaresma en Trento la había predicado el prior de los franciscanos, antisemita furibundo. Lo cuenta Lucas Wadding en los Anales de la Orden [2]:

«Este año Bernardino de Feltre tuvo sermones cuaresmales al pueblo de Trento, al que tantas veces prohibió el trato demasiado familiar con los hebreos. En especial el médico Tobías y la muy zorra de doña Bruneta [3], la mujer de don Samuel el prestamista, entraban con toda libertad en las casas de los cristianos a entrometerse en sus asuntos. Fray Bernardino solía decir que ‘mucho cuidado con ellos’. Algunos estaban molestos de tanta insistencia:

– No es justo, reverendo. Aparte de su religión, los judíos son buena gente.

– Esos que os parecen buena gente, es porque no tenéis idea del mal que os traen. Pues más os digo: No pasará esta Pascua sin que esa ‘buena gente’ os dé una prueba digna de su bondad.» 

Se reconoce aquí la típica profecía autocumplidera. Fray Bernardino tenía fama de santo, y ese camino llevaba cuando murió en 1494, aunque nunca pasó de beato. Su obsesión antijudía, sobre todo a cuenta de la usura, tuvo que ver con el proyecto franciscano de los ‘montepíos’, una banca innovadora a base de microcréditos y de empeños sin interés. 

Pocos cristianos negaban en redondo que el asesinato ritual fuese una práctica regular entre judíos. La lista de episodios ‘comprobados’ era representativa, aunque no demasiado numerosa, sin duda porque aquel tráfico lo cubrían gentes miserables, también adictas al aborto y al infanticidio sin remilgos bautismales. Los casos más sonados, los que implicaban a hebreos con nombres y apellidos en proceso judicial, se achacaban a fallos en la cadena regular  de suministro, “ya se sabe, las improvisaciones de última hora llevaban a cometer imprudencias”, y en este sentido eran ‘insólitos’.  Esta última explicación me parece entender en el relato del Santo Niño de Trento, según la Chronica Mundi de Schedel, página ilustrada archifamosa, que fue el altavoz más universal y eficaz de la noticia.

El ex santo’ o ex beato Simón de Trento (1472-1475), con fiesta tal día como hoy 24 de marzo (cuando esto escribo), fue borrado del santoral y abrogado su culto en 1965. La historia de la inocente criatura se sitúa en el contexto de mitos antijudíos, como el Crimen ritual y el Libelo de sangre [4]. Dejando su estudio para otra ocasión, aquí nos ceñiremos a lo esencial para entender lo que significó para nuestro Kramer.

Simonino de Trento (1475)

Lavanderas en el Fossato San Simone - Postal

Aquel año jubilar de 1475 se repitió en Trento el episodio de unos judíos acusados de  asesinato ritual en la persona de un niño de dos años y pico. La tarde del 23 de marzo, el pequeño Simón hijo de Andrés, pellejero o curtidor de origen alemán, se perdió del domicilio paterno en el arroyo del Fossato, hasta la mañana del 26, en que un vecino descubre el cuerpo aguas abajo del arroyo, retenido en la reja de entrada de su cauce que cruzaba el sótano de su casa, y con otros testigos denuncia el hallazgo a la autoridad. 

Infausta constelación de coincidencias: El 23 era Jueves Santo, por tanto el 26  era Domingo de Pascua. El hallador era Samuel de Nuremberg, judío jefe de la minúscula comunidad askenazi de Trento, y el cauce o acequia donde apareció el niño surtía de agua su casa y la sinagoga que tenía en ella. Otrosí don Samuel y Ángel, otro judío socio suyo, llevaban un banco de préstamos. Si a esto se juntaba la ‘profecía de un santo varón fray Bernardino, ya todas las piezas casaban para montar un ‘Libelo de Sangre’, y así se hizo por orden del príncipe-obispo de Trento Juan de Hinderbach (1418-1486) [5]. 

En Trento llovía sobre mojado. Greta la Rubia  (Gelbegret, en autos) recordaba que unos 12 años atrás, día de Jueves Santo, a ella también se le perdió su niño. Y qué tres malos días y noches pasó, hasta que por fin le oyó llorar dentro del establo de… ¿Apostamos de quién?... ¡de Samuel el judío, el domingo de Pascua! Y mira que se había registrado la casa del prestamista de arriba abajo por la madre y tres corchetes del obispado. Samuel, nuevo entonces en la ciudad, había presentado mil disculpas, él no tenía idea cómo pudo meterse el chico en su establo; y más, tratándose del hijo de una estimada cliente como doña Greta, que tenía empeñada en su razón social ‘Samuel & Angelo’ una cama y una otomana… [6]

Por aquel entonces, hacia 1463, el obispo era el antecesor del actual Hinderbach, a la sazón preboste del cabildo y que recordaba muy bien el caso. Por eso, dos años antes (1473), cuando por las mismas fechas de Semana Santa se extravió otro niño, el de los Eysenbusch, y días después apareció vivo, el ya obispo Hinderbach mandó hacer un examen forense, en busca de posibles señales de extracción de sangre [7]. 

Así pues, el obispo de Trento no daba palos de ciego.

Pero hay otro detalle digno de atención. Lo recoge el mismo cronista fraciscano, al que nadie negará su afición a los documentos. Tras referir la desaparición de Simón prosigue[8]

«Mientras María, la madre, acongojada buscaba a su niño por todas partes, los chiquillos le gritaban:

– ¿Buscas a Simonino? Han sido los judíos. Lod judíos lo han matado.

A esto, fray Bernardino asentía:

– De la boca de los niños sale la verdad. No son ellos los que hablan, son voces del cielo. A todos digo: donde hay que buscar al corderito es entre los cabrones.

A los amigos de los hebreos esto les parecía mal, pero Bernardino sin cortarse les replicaba:

– Como si lo viera: los que mataron a Cristo han representado en el cuerpo del niño los pasos de la Pasión.» 

Esta intervención del coro infantil, como de tragedia griega, con fray Bernardino de corifeo, resulta intrigante, hasta que uno la relaciona con otra anécdota del mismo personaje, años después.  


  

Florecilla del beato Bernardino de Feltre

Martín Tomitani, de familia noble y rica de Feltre, al hacerse franciscano (1456) pasó a llamarse Bernardino de Feltre en honor de su admirado san Bernardino de Siena. Este santo de la Orden del Cordón había sido canonizado en 1450, a sólo seis años de su muerte, cuando Martín era un chico de 10/11 años. 

El nuevo Bernardino fue predicador y hombre de empresa, cuando apuntaba la revolución del sistema capitalista. La Historia de la Economía le tiene por principal promotor de los minicréditos con sus ‘Montes de Piedad’, para acabar con la usura como plaga social endémica, con la mira puesta en los banqueros y prestamistas judíos. 

Sus recursos de orador popular en el púlpito se acompañaban a veces de iniciativas populistas en la calle. Por ejemplo en Florencia, su proyecto de ‘monte’ y casa de empeño sin interés chocó con la oposición de un banquero fuerte judío, socio de los Medici. Enemigo difícil para el fraile, porque el judío  facilitaba liquidez al común. 

Cierto día, predicando sobre la materia, su sermón se vio turbado por los gritos de la chiquillería que jugaba a los soldados y a la guerra de ‘Italianos contra Bárbaros’

Acabada la ceremonia, fray Bernardino se dirigió a ellos con una ocurrencia. ¿Por qué no seguir jugando a buenos y malos, pero de verdad? A jugar, pues.

– Pero díganos, padre, ¿quiénes son los buenos y los malos?

– ¡Ah!, si hubieseis escuchado el sermón lo sabríais. Vosotros seréis el ejército de ángeles buenos contra las fuerzas del demonio. ¿Veis la casa de aquel judío? Pues es el castillo del enemigo. Así que todos ordenados al ataque, hasta que se rinda. Pero ojo, vuestras armas serán las oraciones del cristiano. Sólo a golpe de rezar padrenuestros, avemarías y gloria-patris, hasta que veáis a los diablos salir en desbandada.  

Los voluntarios encantados montan el ‘escrache’ avant la lettre según el plan previsto de fray Bernardino: ‘A Dios rogando’, o plan A. Pero pronto agotada la munición espiritual –o dicho de otro modo, aburridos del rezo–, visto que el enemigo no daba la cara, los angelitos por su cuenta improvisaron su plan B, o ‘Con el mazo dando’,  a pedrada limpia contra la casa y por la judería, «con tal ímpetu, que de no intervenir la autoridad aquello habría sido la venganza de San Esteban protomártir, apedreado por los judíos», dice el biógrafo, que más claro imposible (*). 

Estas maneras del frailuco –a fray Bernardino para medir dos varas de estatura le faltaba un palmo–, en su repertorio estratégico incluían provocar la expulsión de indeseables, según su mala influencia en cada lugar. «Así en la misma Florencia sobraban los ‘viciosos públicos’ (término más honesto que ‘sodomitas’), los jugadores en Parma, y por todas partes los hebreos, como en Trento, Vicenza, el condado de Cesena, Faenza etc.». En Trento precisamente denunció las usuras de la razón social Samuel & Ángel, exhortando a echarlos de la ciudad, o atenerse a una Pascua de sangre.

Sobre el caso y fracaso de Florencia encuentro más noticias en una monografía de Marino Ciardini. La chiquillería sumó alrededor de «800 putti, por lo demás ferocísimos», eso durante el rezo, que para el asalto ya eran «mil contra la casa del hebreo, que por poco lo matan»

El choque tuvo lugar en 1488, y el judío se llamaba Manuel de Abraham o de Bonaiuto,  que bajo protección de Lorenzo de Médicis se opuso con éxito al montepío de fray Bernardino. Ello sin perjuicio de que años después el mismo hebreo en trance de muerte mandó por testamento un legado en favor del montepío dominico de fray Jerónimo  de  Savonarola, en vías de creación.

Este último rasgo del judío generoso lo pone Ciardini entre signos de admiración, y la verdad, no veo por qué. El propio don Manuel, «capo di tutti li banchi de Firenze e de tuta la Toscana»,  se lo habría explicado muy a la italiana: «Nada personal, sólo negocios» (**).

Más allá de la anécdota hagiográfica, la ejecutoria de Bernardino Tomitani y otros religiosos de su tiempo, en especial franciscanos y algunos de familias ricas como la suya, se debe encuadrar en la convulsión social por efecto de un capitalismo joven que iba muy por delante de sus protagonistas, como suele suceder en las transformaciones históricas.

En Castilla, la iniciativa franciscana tuvo eco en las ‘Arcas de Misericordia’ creadas en sus dominios por Pedro Fernández de Velasco (1390-1470), I Conde Haro, contemporáneo de Bernardino de Feltre y miembro él mismo de la Orden Tercera Franciscana.

_________________

(*)   Gratiano da Bevagna, Vita del beato padre Bernardino Tomitani da Feltre. Venecia, 1628, págs. 78-80. Esta vez al fraile su celo indiscreto le valió ser él el expulsado, dejando el púlpito vacío a mitad de la Cuaresma por orden de la municipalidad florentina, «corrompida (no hacía falta decirlo) por el oro del judío», «un hebreo de Pisa que era el capo de todos los bancos de Florencia y de toda la Toscana»

(**)  Cfr. Mario Ciardini, I banchieri ebrei in Firenze nel secolo XV e il monte di pietà fondato da Girolamo Savonarola. Borgo S. Lorenzo, 1907, págs. 23 y 76-78.



Ahora, y más con la ‘profecía’ de fray Bernardino, lo que tenía que ser ya era un hecho, por fin, y al obispo le correspondía  gestionarlo de la forma más conveniente para el interés de la Iglesia en general y de la suya de Trento en especial.

Puesto el caso en manos del podestà (o alcalde), éste hizo detener a Samuel con varios imputados en la fortaleza del Buen Consejo. A ellos se unirían otros más, hasta 18, así como varias mujeres judías, algunas con sus niños. 

El día siguiente 27, lunes de Pascua, tuvo lugar el reconocimiento forense del cadáver . Dos médicos y un cirujano determinaron que la muerte no fue por ahogamiento, sino por asfixia y hemorragia. Ambos galenos supieron leer e interpretar las múltiples lesiones del cuerpecillo, cuyos instrumentos irían apareciendo, punzantes, cortantes y lacerantes. Lo más característico era la circuncisión, pero a lo bárbaro, cercenando el glande para recoger la sangre de la criatura en algún recipiente que, por supuesto, también apareció: una palangana que iría a parar al convento de fray Bernardino.


El proceso a los judíos 

El 28 de marzo se abría el proceso más completo y detallado, habido y por haber, sobre el crimen de sangre ritual judío –también el más accidentado–, que se saldó con varias ejecuciones, varios bautismos, varios perdones, un mar de tinta de calamar y de la otra, y por último con un santito nuevo que a fin de mes se estrenaba con su primer milagro.

El clima era de exaltación popular, en una ciudad de paso de romeros en pleno Jubileo. A las voces viajeras se añadió la propaganda impresa en hojas volantes y pliegos de cordel. Lo «nunca oído» desde la Pasión de Cristo, desde aquel mismo abril circuló impreso en Roma y otros lugares. El crimen se reconstruyó en xilografías volantes, con caras sin pixelar y sus nombres en letra de molde. Era el nuevo poder de la imprenta, y quizás el primer uso del invento en plan propagandístico a gran escala. Por su parte, las juderías tampoco estuvieron quietas.


El martirio de Simón de Trento en la Chronica Mundi


Según los ‘hechos probados’, el inductor y principal imputado era Samuel. En la preparación de la pascua judía de aquel año, él y su socio Ángel echaron de menos la sangre infantil cristiana, que entre otras virtudes paliaba el mal aliento típico de la raza judía. Ellos instaron al autor material del secuestro, el médico Tobías, como buen conocedor de su clientela cristiana…  Todo esto y muchísimo más se iría sustanciando y detallando en un proceso  dirigido desde el principio a la reconstrucción, no de un crimen judío anticristiano más, sino del Crimen Ritual Pascual en sí mismo con toda su liturgia. 

Cierto que los imputados judíos primero negaron y luego se embarullaron por no tener mucha idea de lo que esperaba de ellos el señor obispo. Para eso precisamente estaba la tortura: para descubrir la verdad, no para fastidiar al reo, ni para que los hombres de hoy nos rasguemos las vestiduras. 

Así los varones adultos fueron confesando, uno tras otro, y condenados a muerte fueron ejecutados todos, menos dos. Moisés el Viejo, el octogenario tío de Samuel, negativo obstinado como nadie y cuya confesión final es dudosa, no llegó a oír su condena porque apareció muerto en la cárcel. Luego se habló de suicidio, para asemejarle a Judas. La otra excepción fue un criado cocinero de Tobías, que con llamarse Salomón era mentecato y eso le eximió de culpa y pena, aunque no de ser bautizado. 

En fin, el mismo día que se cerraba la primera etapa del proceso, Israel, un joven ‘judío errante’, huésped de Tobías de paso por la ciudad, al verse implicado de manera tan tonta, el 21 de abril pedía el bautismo, y con el nombre de Wolfgang obtuvo la libertad vigilada. Sus imprudencias le devolverían a la prisión y finalmente al patíbulo.

Hemos hablado del tormento, pero también es de considerar otro recurso persuasivo de naturaleza muy diferente. Como queda dicho, el 31 de marzo se anunció el primer milagro producido ante el cadáver del niño mártir. Una antiquísima idea de némesis quería que el cuerpo de la víctima inocente delata a su asesino sangrando en su presencia. En el cuerpo de Simonetto ya se hizo notar su color rubicundo y las heridas frescas, a lo que se juntaba ahora la virtud taumatúrgica como prueba de cargo.


Los milagros de San Simonino

La noticia no cayó nada bien en las altas esferas: ni al papa Sixto IV, ni al emperador Federico III, ni tampoco en Innsbruck, pequeña corte del archiduque de Austria Segismundo, que como Conde del Tirol entraba en competencia jurisdiccional con el príncipe-obispo de Trento. El crimen ritual era tabú en la penología papal e imperial, más que por su absurda figura jurídica, por los servicios de la banca judía a la corona y a la tiara. Sin embargo, el primero en reaccionar fue el archiduque. 

El 21 de abril Segismundo ordena parar el proceso. De Innsbruck se avisa también que la judería se está moviendo en todas partes y a todos los niveles sin escatimar dinero. ¡Ah!, y que si en Trento había confiscaciones, que no se las quedase el obispo.

También éste se movía, escribiendo y haciendo escribir e imprimir, en prosa y en verso, en letra y en estampa, los milagros del santito. Su culto en la iglesia parroquial de San Pedro era en sí un milagro. Un Hinderbach admirado y entusiasmado lo presentaba a Segismundo como prueba de la verdad, animándole a no hacer caso de consejeros cegados por el oro judaico.

De hecho, el 5 de junio se pudo continuar el proceso en algunos de los imputados, no en todos: las mujeres y niños con algunos varones subalternos quedaban al margen, provisionalmente.

El resultado fue en todo punto el esperado, salvo en que no se hizo esperar: el día 6 Samuel prometía, y el 7 cumplía cantar de plano. Había que darse prisa. La primera sentencia de muerte (19 de junio) recayó en Moisés el Viejo, aprovechando que al llamarle a declarar apareció muerto en su mazmorra.  Un día después eran quemados vivos Samuel, su hijo Israel, Ángel y Tobías. El siguiente, 22, fue el turno de Vidal y Mohar. Tocaba también a dos llamados Bonaventura (Zeligman), pero estos pidieron el bautismo a cambio de un despacho expeditivo, de modo que el 23 de junio murieron cristianos y decapitados. Este último detalle se añadió por orden del obispo, para evitarles posible recaída en el error judaico.

Tanta prisa justiciera tenía su fundamento en rumores que llegaban de Roma. El día mismo de las últimas ejecuciones, Sixto IV escribía al obispo de Trento deseando y esperando se abstuviese de toda investigación sobre los judíos, a la espera de un legado suyo que entendería con él en el proceso. El dominico Bautista De’ Giudici, obispo de Ventimilla, paisano y amigo del papa, fue el sujeto elegido para aguar la fiesta al colega tridentino. Interrumpido así por segunda vez el proceso a los judíos de Trento, el legado se hizo esperar hasta primeros de agosto. La carta del papa se cruzó con otra del obispo de Trento, que el 30 del mismo mes le hacía relación del caso, poniendo el acento en los milagros del pequeño mártir, postulando su canonización.

Castillo de Buon Consiglio - Trento


Sixto había terminado su carta de 23 de junio recomendando a su enviado a las atenciones fraternas de su coepíscopo Juan, máxime siendo el de Ventimilla de salud delicada. Fue dar ideas al de Trento, que buscó el antro más lúgubre, húmedo y llovido de su palacio para albergue de aquel huésped nada deseado, con encargo al servicio de ponerle mala mesa, cara y a porte debido. De hecho el pobre don Bautista no tardaría en enfermar, y temeroso de morir envenenado por cualquier fámulo de la casa con ambición de ascenso, se agenció asilo en Rovereto, al amparo de Venecia y sin el espionaje de su anfitrión.

El recién llegado era portador de un breve papal. Sixto reconocía a su dilectísimo hermano Juan obispo de Trento haber procedido rectamente, pero las críticas de muchos señores hacían aconsejable tener la fiesta en paz. El legado mostró luego sus instrucciones. La primera y más odiosa, juntar todas las piezas de lo actuado y enviar copia a Roma. Sobre los milagros del niño, investigar ambos obispos de acuerdo y hacer las sugerencias pertinentes. En el punto sensible de los bienes de los judíos, hacer inventario notarial, y toda eventual confiscación registrarla a nombre del señor Papa. A las mujeres y niños detenidos, sacarles de la cárcel. Y en cuanto a todo el negocio, ventilarlo a la mayor brevedad.

El interludio procesal desde 23 de junio hasta octubre del mismo año 1475 no fue aburrido; muy al contrario, la fiebre polémica subió en paralelo con la temperatura del verano, poniendo al rojo vivo la solución final.

La cuestión era disyuntiva: crimen judío sí, crimen judío no. Nada era negociable. Hubo una vía media –crímen sí, pero no judío– con un cristiano imputado, un tal Schweizer. El individuo, antijudío notorio, habría utilizado el niño, o su cadáver, para vengarse. No prosperó, por coartada bajo juramento de su mujer. La alternativa al crimen ritual era reconocer el asesinato de los judíos ya ajusticiados Ahora bien, éstos tuvieron un juicio justo, luego eran culpables. 

Interviene Kramer. La escuela de un inquisidor

El obispo Hinderbach y su capellán

El obispo Hinderbach optó por la huida hacia adelante, ahora en dos frentes: contra las posiciones judías y contra el legado Ventimilla. Dos frentes que el de Trento veía unidos por un lazo de oro puro con que los judíos tenían sujeto al legado, a cambio de pasarles las actas del proceso y demás información sobre el caso. Hemos hablado también de la propaganda impresa estrenada en Trento. Pero entre las iniciativas de Hinderbach nos interesa aquí otra que figura en las actas a nombre del dominico fray ‘Enrique de Selestat’, encargado de recoger informes por el sur de Alemania sobre casos recientes de crímenes rituales judíos.

Cuestión previa: este fray Enrique, ¿era nuestro Kramer? 

El interés por la persona de Enrique Kramer, recordemos, es reciente. Su supuesto apellido Kramer es retraducción del neolatino Institor (o en genitivo, Institoris, Del Tendero), que usaban humanistas con dicho apellido alemán. Dentro de la orden dominica, el apellido Institor cobra importancia desde la aparición del Martillo de Brujas con la bula del papa Inocencio. Hasta entonces, el apellido paterno de fray Enrique de Selestat sonaba poco, hasta el punto de confundirlo y llamarle Sutoris (Zapatero, en vez de Tendero). Los autores de la gran Bibliografía de la Orden de Predicadores ni siquiera sabían «en qué academia estudió, en qué ciudad alemana nació ni en qué convento profesó» [9]; es decir, no le relacionan para nada con el hoy tan investigado ‘Enrique de Selestat’, ni por tanto con el caso de Trento, aunque traen información que hoy día apoya la identidad. Una autoridad como Behringer en su estudio sobre el autor del Hexenhammer ni la pone en duda [10 ]. W. Treue, a quien sigo de forma especial, la pasa por alto cuando habla de un «Enrique de Selestat, probablemente un miembro del convento dominico de S. Lorenzo» [11 ].  Escrúpulo respetable, aunque a mi juicio la palabra ‘miembro’ (Mitglieder) está de más, ya que los conventos también albergaban huéspedes, en especial de la orden, como sería el caso de nuestro Kramer si acudió a Trento, pues era lo preceptivo. Hsia tampoco se moja, por más que su fray Enrique de Schlesstett era «profesor de sagrada Teología». Sin ironía, ¿cuántos profesores teólogos tocayos y paisanos tenía Kramer? [12].


El historiador y obispo de Trento Alberti (1701-1702), tratando el caso,  entendía la misión de fray Enrique como embajada por las cortes de Alemania, para contrarrestar la propaganda enemiga, lo mismo que Hinderbach  envió a Roma una pareja de oradores. Eso no excluye la recogida de precedentes cercanos en el espacio y el tiempo [13]

Aquel cálido y movido verano de 1475,  a Kramer en Roma le fue fácil estar al corriente de las cosas de Trento, interesantes para él. Por entonces todavía no le preocupaba mayormente la cuestión de brujas. Siempre le ocupó más otro tema teológico muy diferente y nada relacionado con aquel en apariencia, aunque sí con el crimen de Trento. Hablamos de la presencia real, física y material del cuerpo y la sangre de Cristo bajo las apariencias o ‘especies’ del pan y del vino en la eucaristía. El crimen ritual judío y su libelo de sangre se ejecutaban en víctimas infantiles cristianas, como el niño Simón. Pero a más de eso, mucho más frecuente que eso y muchísimo más grave era el mismo crimen con hostias consagradas. Sobre el misterio eucarístico, Kramer ya venía entrenado de sus disputas con herejes bohemios. Si realmente deseaba ser inquisidor, en Trento tenía una ocasión de ganar experiencia sobre la perfidia judaica contra lo más sagrado del cristianismo: el Cuerpo de Cristo.

El contacto con los agentes del obispo Hinderbach era fácil para un familiar de la Curia romana, como lo era nuestro fraile. Bien sea que él mismo se ofreció, o que el de Trento le invitó, poco importa. Como Leví el publicano dejó su mostrador para seguir la llamada de Jesucristo y convertirse en san Mateo, así Kramer abandonó su tenderete de indulgencias en el atrio de San Pedro de Roma  para acudir a su nueva misión. Era a finales de septiembre o principios de octubre

Conque ya tenemos al inquieto dominico en turismo de trabajo por la región del lago de Constanza y el Alto Rin en plena vendimia, gozando del espectáculo, haciéndose invitar a los lagares a bendecir el mosto, catando de él y opinando sobre la nueva añada en comparación con la anterior… En esas tertulias morigeradamente báquicas escuchamos a Kramer –que ya de suyo fue buen orador–  encajar  sus reflexiones sobre el vino convertido en sangre, y de ahí sobre las hostias sangrantes, sobre los judíos y sus crímenes rituales, con hostias y con niños. Toda Alemania estaba en vilo por el crimen de Trento.

A diferencia del púlpito, donde sólo uno habla mientras los demás callan, tosen o duermen, este contacto del fraile predicador con la gente era una mina de historias vivas y sorprendentes. Kramer aprendió mucho sobre hostias, niños y judíos, pero mucho también sobre otro leitmotiv endémico en la zona: las brujas y sus tratos con el demonio.

Kramer no descuidó su deber principal. En distintas localidades recogió documentación certificada de crímenes rituales. En Ravensburgo, 1430, precisamente en la bodega de la casa de un judío; en Pfullendorf, 1461, crimen y libelo también registrado. Y el más reciente de 1470, sólo cinco años atrás, en Endinga, una familia cristiana víctima de un ataque judío. 

Con esta visita, el 21 de octubre, Kramer dio por terminada la gira y volvió a su base de Trento a entregar el botín. Lo que no entregó fue su cosecha propia de recuerdos y notas del viaje, contactos y relaciones personales, en el que sería su campo de acción como inquisidor de la herética pravedad contra la secta diabólica de las brujas. La conexión judía fue como una iluminación para fray Enrique. Por el camino había descubierto a la Mujer. Ahora por primera vez en su vida de fraile iba a toparse con ella.

El encuentro con la Fémina

De vuelta a Trento, Kramer encontró una escena de final de tragedia acelerado. Ricos judíos de Verona pedían el traslado de la causa a Roma, incluidas las personas de las mujeres judías detenidas en Trento con sus hijos, que quedarían bajo la protección del papa. La siempre mala relación entre el obispo de Trento y el de Ventimilla De’ Giudici, legado de Sixto IV, estaba rotas sin vuelta atrás, entre mutuas acusaciones de corrupción y amenazas de excomunión. Tanto, que ya se barajaban nombre de cardenales para una comisión que vería el caso.

Una comisión de cardenales –con el sacro Colegio lleno de nepotes del papa Rovere–, estudiando un crimen ritual convertido en pleito entre dos obispos, pringando de saliva las puntas de los folios vueltos con curial pachorra, lejos en Roma, y con música judía de fondo… El 1 de diciembre el legado pedía audiencia a Sixto. A un Juan Hinderbach en pánico le urgía vaciar de sombras de judíos las mazmorras del Buen Consejo y ejecutar por la vía breve, como ya lo hizo en junio.

Dos de las mujeres judías, suegra y nuera enfermas, llevaron mal el tormento y habían fallecido en prisión sin poder abrazar a sus hijos y nietos. De los varones, aquel bautizado Israel/Wolfgang había vuelto a la cárcel en octubre, estando Kramer de viaje, y de simple espía que era, el tormento hizo de él asesino peligroso que tramaba envenenar a Su Ilustrísima, su bienhechor. Hasta 16 sesiones hubo de aguantar el infeliz a la cuerda. Su último interrogatorio fue el 11 de enero de 1476. 

El proceso estaba prácticamente concluido y Kramer ya no tenía más que hacer en Trento, Roma le esperaba. Antes de partir discurrió, que para el auto de fe como espectáculo, nada sería más edificante para el pueblo tridentino que ver a alguno de los condenados israelitas morir besando el mayor invento de sus padres, el crucifijo. Tanteada la carne restante de hoguera a la rueda, se halló que dos de los varones judíos, recodando la suerte de los dos colegas ‘bienaventurados’ de junio, estarían dispuestos a dejarse bautizar a cambio de una muerte menos cruel. El mismo Kramer, demorando su partida de Trento, les bautizó el 16 de enero al pie de la horca, con gran sentimiento y lágrimas de la gente sencilla.

¿Y las mujeres? Más adelante, las supervivientes a la tortura confesaron haber conocido la muerte de Simonino. Su precio fue recuperar a sus hijos. La contraoferta, hacerse cristianas como ellos, y de la confiscación salvarían sus dotes matrimoniales para subsistir y criarlos. 

De todo cuanto he podido leer sobre esta sórdida historia, lo único confortante ha sido lo relativo a las mujeres de las tres familias judías inmoladas a la gloria del inocente san Simonino. También ellas fueron torturadas, bien es verdad que con ciertos melindres obligados por el Derecho para la validez de los testimonios. En el libro de Ronnie Hsia, el capítulo ‘The Women’, emociona [14]. En sus confesiones, sólo ellas piensan en voz alta sobre el curso de sus vidas; y en los diálogos con su juez, en el potro o en descanso, un tema recurrente es su fisiología como mujeres, su sangre menstrual, la preñez. La transcripción atropellada del escribano no consigue borrar sus personalidades tan distintas. Algunas eran jóvenes, y en los interrogatorios finales las casadas ya eran viudas. 

Emocionante Ana la nuera de Samuel, 23 años, de buena familia y culta, habla con soltura en italiano y alemán por lo menos, y sabe leer su libro religioso hebreo. 

«En uno de sus interrogatorios, en casa de su suegro, el alcalde le pide detalles sobre la pascua judía y en particular sobre las maldiciones hebreas contra el pueblo egipcio (que en la práctica se entendían contra los cristianos). No las sabe de memoria, pero puede encontrarlas en su cuaderno de la Haggadah, en la cabecera de su cama. Se lo traen, pero ella es incapaz de pasar las páginas, destrozados los dedos por la tortura. Se las pasan, y así Ana puede meldar el pasaje en hebreo, que ella misma traduce a su interrogador.» Impresionante.

Brunetta

Por lo demás, el dosier de Trento no se prodiga en hablar de las mujeres. En realidad eran un estorbo para la causa. Desde el final del proceso, por el 6 de abril de 1476, las mujeres bajo arresto domiciliario son ignoradas hasta enero siguiente. Tras haber confesado su conocimiento del asesinato ritual (cosa de hombres), se las prepara para recibir el bautismo y convertirse en mujeres normales. Todas, menos una: Bruneta, la mujer de Samuel, ni en el tormento confesó, ni para ser perdonada se dejó bautizar. 

Sobre esta mujer de fuerte personalidad las documentación es reticente y ambigua. Una versión dijo que ella también abrazó la fe de Cristo como las demás. No es creíble, como tampoco que muriese en el patíbulo maldiciendo a sus asesinos. Lo más probable es que doña Bruneta, como el viejo Moisés, se fue sin despedirse. Pudo morir en la cárcel, pudo quitarse en ella la vida, o también pudo ser borrada de los vivos por el verdugo en la clandestinidad, sin espectáculo. 

Cierro este capítulo pensando en Kramer. Él tuvo acceso a toda la documentación, y me atrae pensar que se fijo en la psicología de las mujeres judías, con atención especial a una de ellas, doña Bruneta. Ahora que fray Enrique, por la conexión judía, se había asomado al mundo de las mujeres satánicas, Bruneta la hebrea debió de fascinarle.

En la próxima entrega nos espera Enrique Kramer de vuelta al escenario Alto Renano, ya flamante inquisidor y, para ustedes, ‘Tartarín de las Brujas’.

__________________________________________


1. Se ha discutido si Unferdorben (o Unverdorben) era el apellido paterno de Simón. Cierto que en alemán existía y existe ese apellido. El entusiasmo popular pretendió (contra toda evidencia visual y olfatoria) que el cuerpo de Simón permanecía incorrupto . Pero al revés, también cabe que el entusiasmo de panegiristas y hagiógrafos jugó con el apellido para celebrar al pequeño mártir ‘incorrupto’ y ‘virgen’, dos significados del participio pasivo alemán unverdorben. Cfr. Wolfgang Treue, Der Trienter Judenprozeß. Voraussetzungen - Abläufe - Auswirkungen (1475-1588), p. 78, n. 2.

2. Lucas Wadding, Annales Ordinis Minorum, t. 14: p. 132 (año 1475) 26. La traducción es mía.

3. En latín,  vaferrima. literalmente, ‘la muy astuta’, según el cronista; pero téngase en cuenta que los frailes italianos del XIV-XV en sus prédicas populares usaban lenguaje florido coloquial. 

4. La diferencia entre crimen ritual y libelo de sangre estriba en que el libelo imputa a los judíos el uso de la sangre de la victima de un crimen ritual. El libelo es una excrecencia probablemente desarrollada en relación con el dogma de la transubstanciación del pan y del vino en carne y sangre verdadera de Cristo hombre (Concilio de Letrán IV, 1215). Según eso, el crimen ritual incluyó también historias de hostias profanadas y maltratadas, incluso hostias sangrantes.

5.  Juan Hinderbach, buen canonista y humanista aficionado, era alemán de Hesse y educado en Austria. Siendo consejero y secretario del emperador Federico III, este le envió como orador a Roma ante el papa Paulo II y luego le premió apoyando su elección en ausencia para la mitra de Trento (1465). Juan aprovechó en Roma para pedir la confirmación papal, no sin dificultad, por interés contrario del Cardenal Francesco Gonzaga. 

6. Texto: «unam turcham», una otomana o cama turca; cfr. W. Treue, o. cit., pp. 80-81. 

7. W. Treue, ibíd., pp. 168-169. Las actas del proceso registran dos confesiones de Samuel muy parecidas, una del 31 de marzo 1475, referida al año anterio, la otra del 7 de junio referida a un par de año. antes, ésta con el apellido del niño. Fuesen un mismo suceso o dos, lo que parece es que el obispo de Trento andaba al alcance  del  judío.

8. L. Wadding, o. cit., a. 1484, p. 348.

9. Cfr. J. Quetif, J. Echard, Scriptores Ordinis Praedicatorum (Paris, 1719), 1: 896: «etsi cuius ille fuerit academiae, vel cuius in Germania civitatis, conventusve Ordinis professus compertum non habeamus».

10. Wolfgang Behringer, "Bruder Heinrich bei der Judenverfolgung in Trient", en la Introd. a Der Hexenhammer, o. cit., pp. 42-43.

11. «Heinrich von Schlettstadt, wohl ein Mitglied des Trienter Dominikanerkonvents von S. Lorenzo», W. Treue, o. cit.  p. 92. 

12. Ronnie Po-Chia Hsia, Trent 1475. Stories of a Ritual Murder Trial. New Haven, Yale Univ. Press, 1992, pp. 76-77 y 104.

13. Cfr. Francesco F. degli Alberti, Annali del Principato di Trento. T. Gar (ed.),Trento, 1860, pp. 357-358. Alberti fue canónigo y luego obispo de Trento, 1758-1762. 

14. R Po-Chia Hsia, o. cit., pp. 105-116; 162-163.