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miércoles, 15 de mayo de 2019

Mudanzas Loyola



Hace un montón de años, en una cuaresma fría y malcomida, en el colegio tuvimos ejercicios espirituales que nos dio un jesuita perito en el método de san Ignacio de Loyola. Éramos mayorcitos y petulantes, de modo que fue una experiencia entre insulsa y divertida, aquella fantasía de ‘composición de lugar’, divisando a vista de pájaro «un gran campo de toda aquella región de Jerusalén, adonde el sumo capitán general de los buenos es Cristo», frente a «otro campo en región de Babilonia donde el caudillo de los enemigos es Lucifer». A lo que el director de los ejercicios se permitía una gracieta:
–Observad la propiedad de los términos que emplea san Ignacio: Jesucristo es ‘capitán’, que viene del latín caput, cabeza; Lucifer es ‘caudillo’, de cauda, cola.
Como chiste no era malo. Capitán y caudillo derivan ambos de caput, cabeza. Para hacer de menos al diablo llamándole ‘caudillo’ cabría recordar, si acaso, que formalmente es diminutivo de lo otro, como ‘cabecilla’. Con la venia del entonces Caudillo de España, pues la humorada jesuítica venía repitiéndose de mucho antes. [1]
En elegir el buen campo y bandera nos iba la salvación eterna. Ejercicios de mañana y tarde, de sobresalto en sobresalto, con atinados golpes de humor del teatino para distender un poco, y en cuanto bajabas la guardia, nueva intentona suya de volverte el alma del revés. Tanto montaje, total para salir de la ‘tanda’ (o tunda) de ejercicios igual que se entró, si uno no está previamente condicionado o motivado. Y eso lo sabía el propio san Ignacio, que nunca ‘daba’ sus ejercicios sino a personas muy predispuestas. (Por qué será que en las campañas electorales me acuerdo siempre de aquel retiro atropellado.)
Pero a lo que iba. De aquella gimnasia y refregón me quedé con una máxima que se me grabó, porque contradecía al refranero. En bonanza, no hacer mudanza, solía decir mi abuela Según el jesuita y su maestro Ignacio, era al revés: En tiempo de tribulación, no hacer mudanza. Y la verdad, ambos consejos tan contrarios eran razonables. Mientras te vaya bien, ¿a qué cambiar? Y si te va mal, mientras estés confuso y perplejo no es momento de cambios, serénate primero.
El caso es que mi jesuita –el nombre no recuerdo ni hace al caso–, en lo de la tribulación (o turbación), citaba un poco de memoria, pues el consejo ignaciano dice exactamente: En tiempo de desolación nunca hacer mudanza. Ni tribulación ni turbación: desolación. [2]
¿Y qué era desolación para Ignacio? Lo contrario de consolación. Son dos estados de ánimo del hombre religioso, que unas veces siente a Dios y se consuela, otras en cambio le parece ausente y mudo, sumiéndose en «tristeza, desconfianza, falta de amor, sequedad», y en eso consiste la desolación ignaciana. Tiempo peligroso, que el mal espíritu aprovecha para tentar al devoto, en especial invitándole a mudar el plan de vida  que en la consolación hizo. [3]
A mucha gente de hoy que no vivió el ayer todo esto le suena a música celeste, y no se lo reprocho. Tan solo quiero recordar cómo los místicos describían la complicada red viaria que nos lleva al cielo, con sutileza comparable a la de nuestros políticos en sus programas que nos llevan al estado de bienestar. (Ya me dije entre paréntesis que los políticos en campaña parece que dan tandas de ejercicios.)
Ahora bien, estas elecciones generales de abril nos han pillado a muchos en estado de desolación, como también de tribulación y turbación. Nunca desde la Guerra Civil se había sentido crujir España como una patera de locos mal avenidos. Esquife desarbolado, sin capitán ni rumbo, mientras algunos caudillos políticos enredan en el timón y, como en la parábola talmúdica, se dedican a barrenar el casco debajo de sus asientos, porque (dicen) con lo suyo hacen lo que quieren.
Tiempo de desolación, tiempo de mudanzas
Los ejercicios espirituales de Loyola suponen desolaciones razonablemente breves. En los ejercicios ciudadanos del pueblo español las desolaciones se miden por legislaturas y pueden durar décadas.
En España desde la Transición democrática muchos, en lo participativo, hemos pasado por tres estados y nos disponemos a ingresar en el cuarto y definitivo:
1º. Participación entusiasta
2º. Abstencionismo escéptico
3º. Participación escéptico-apática
4º. Indiferencia beatífica
El estado 1º se señaló por la ponderación en el voto, a vista de siglas y programas, teniendo en cuenta el sistema electoral, tan complicado, tan injusto, total para votar a partidos, no a candidatos, que de todas formas estaban sujetos a disciplina de voto partidista. Por entonces yo creía en el ‘voto útil’. Voto entendido como ‘útil para qué’, cuando el sistema estaba diseñado como ‘útil para quién’. Y como nunca supe dar con la utilidad, los desengaños eran morrocotudos, en proporción al entusiasmo participativo. Hasta que la decepción reiterada derivó en frustración y caí en el estado 2º: la bolgia o foso dantesco del abstencionismo. Una postura que ni justificada como higiene mental me libró de disgustos.
Oficiales del CIS prospeccionando bolsas de votantes para macroencuesta electoral (por Botticelli)
No sé decir desde cuando fui abstemio electoral, pero sí cuándo recaí en la psefoforía,  que es como llaman al acto de votar los griegos, sus inventores. Fue en las generales de 2004, disgustado por cosillas de Aznar que, como todo, terminaron siendo agua pasada. Por no perder la costumbre volví con mal pie, pues aquellas elecciones trajeron la peste de Rodríguez Zapatero. La decepción con aquel espécimen inédito de desgobernante fue siempre a más, pero ya no como frustración sino al contrario, hacia un estado definitivo de ataraxia política, cosas de la edad. A partir de ahí uno vota lo que le peta, sin dejar que resultado alguno próspero ni adverso distraiga del carpe diem. Eso cuando hace bueno y el paseo de casa a la urna merece la pena, sin mejor pito que tocar, que si no, otra vez será. Si es que hay otra vez.
Estos cambios, más que elegidos impuestos por la desolación ignaciana –la llamaré por su nombre, aburrimiento– se corresponden con la idea, cada vez más firme, de que nuestro sistema de partidos políticos es nefasto. A menudo me viene compararlos con las órdenes religiosas, que se crearon con buen fin y celo, pero acababan flojeando, compitiendo unas con otras por el óbolo bobo, sin otro objetivo que sobrevivir. En estos comicios, los partidos se superan en confundir al votante de buena fe. Y eso ocurre en plena crisis de supervivencia de España como nación.  

Tenemos una Constitución que es una bomba de relojería, complicada con un mecanismo electoral que pone el artefacto en manos de minorías antisistema, sin que los partidos supuestamente constitucionalistas se hayan molestado en consensuar y corregir los defectos más sensibles y peligrosos para la salus populi. Como tenemos también un sistema político a la intemperie, bajo el paraguas vuelto del revés de una justicia tan garantista de los derechos individuales, sean auténticos o colorados, que los sobrepone a la suprema lex de la salvación nacional. Como tenemos, en fin, un laxismo práctico en la aplicación del fuero parlamentario a individuos electos que faltan a su juramento constitucional, por ejemplo promoviendo incluso en público la desobediencia a las leyes y la secesión de territorios.
Gracias a todo eso y más, las democracias que nos rodean contemplan atónitas cómo en España sujetos golpistas prófugos de la justicia tienen a la fiscalía estatal y al mismo Tribunal Supremo de su lado, velando por su pretendido derecho humano fundamental [sic] a ser elegidos para representar en el Parlamento Europeo a los españoles y a su Estado, el mismo que ellos se proponen destruir.
Y tal aberración es noticia de primera página, sin que el poder legislativo haya tomado medidas para evitarlo, como no las tomó el ejecutivo ante la fuga previsible de un Catilina/Puigdemont infraganti: «¿Pero en qué país vivimos? Ubinam gentium sumus?» ¿De verdad, España se suicida? Me cuesta creerlo. Todo depende de Pedro Sánchez, que él sabrá cómo quiere pasar a la Historia.

Proceso al ‘Proceso’ Catalán
El juicio en el Supremo a los separatistas catalanes que optaron por afrontar su responsabilidad penal tal vez porque no tuvieron la oportunidad o el favor de fugarse–, conforme pasan las sesiones se va pareciendo más y más a un trámite burocrático, mientras sube la apuesta por condenas menos graves, seguidas de indulto.
El delito más grave sería el de rebelión, seguido del de sedición. Otros delitos son malversación y desobediencia. Expertos penalistas dicen no ver en el caso la figura de rebelión, y algunos ni siquiera la sedición. Cabría suponer que esos expertos fundan su opinión en la praxis judicial, y no sólo en la especulación académica. Pero entonces viene la pregunta: desde la transición, y fuera del Tejerazo, ¿cuántos supuestos de golpe de estado se han juzgado en España?
Incapaz de discutir con expertos en su terreno, uno se limita a leer los textos legales vigentes a la luz de la Gramática y el Diccionario, con ayuda de otros textos históricos que ilustran la idea que siempre se tuvo sobre esos mismos, no ya delitos, sino ‘crímenes de lo más atroz’ (que así se llamaban: atrociora crimina).
¿Rebelión? Por el Código Penal, unos lo ven gris, otros ni lo ven. Por el Diccionario, 2ª acepción, parece más claro: consiste en «el levantamiento público y en cierta hostilidad contra los poderes del Estado, con el fin de derrocarlos». No aparece la palabra mágica, ‘violento’. Pero sí en el Código Penal, Art. 472, que determina: «Son reos del delito de rebelión los que se alzaren violenta y públicamente, etc.»
¿Qué es violento? Según el Diccionario (4ª acep.), lo «que implica el uso de la fuerza, física o moral». Ahora bien, tampoco es cosa de imponer la autoridad de la R.A.E. en Cataluña. Citemos, pues, a un testigo fuera de sospecha, el Diccionario Enciclopédico Pal-las, impreso en la mismísima Gerona (1916): «Rebelarse. r. Levantarse faltando a la obediencia debida. // … // fig.  [sic!] Oponer resistencia.» Mayor mansedumbre no cabe. El uso de resistencia o fuerza moral no deja duda en el 1-O catalán, donde ni siquiera faltaron los actos de fuerza física.
Pendiente la sentencia, la cuestión es, si los intérpretes más rigurosos del CP se conforman con lo visto y con lo atestado en juicio para deducir que los presuntos rebeldes usaron también de fuerza física para sus fines “contra la Constitución” (pues de esto trata el CP en su Título XXI, Cap. I. Rebelión).
Aquí ‘hace’ (facit, como se decía en la argumentación forense con textos legales) el Art. 473. 2. del mismo CP, donde dice: «Si se han esgrimido armas, o si ha habido combate [entre fuerzas rebeldes y leales a la autoridad legítima]», etc. Es decir, que puede perfectamente haber violencia rebelde sin combate y sin armamento. Como, a tenor del mismo texto, pueden faltar otras formas de violencia que, por cierto, sí se dieron en dicha efeméride: «estragos en propiedades» , «corte de comunicaciones… ferroviarias o de otra clase» , «violencias graves contra las personas», distracción de «caudales públicos».
Hace (facit) también el Art. 475, donde se contempla el supuesto de «los que sedujeren o allegaren tropas o cualquier otra clase de fuerza armada para cometer el delito de rebelión». Aquí entraría la ‘seducción’ de mozos de escuadra, por ejemplo. Y aunque el Art. 480.2.  donde se trata de «los meros ejecutores que depongan las armas» etc. y de « los rebeldes que se disolvieran o sometieran a la autoridad» etc., deja abierta igualmente la posibilidad de rebelión sin armas, sería recomendable una redacción más clara, para evitar la interpretación maximalista del delito como ‘rebelión armada’.
Interpretación maximalista, que parece ser la de Diego López Garrido. Este nombre reviste autoridad singular entre los demás expertos porque, según la Wikipedia, él «redactó el delito de rebelión [sic] en el Código Penal de 1995 e incluyó una enmienda explícita para que la rebelión hubiera de ser ‘violenta’». [4] 
Respetable López Garrido, pero nada más. El hecho de haber sugerido y redactado un texto legal termina ahí, y no convierte al autor en intérprete del texto para su aplicación a casos futuros. Quod scripsi scripsi.[5] El texto legal (redactado por él, o por quien sea) dice lo que dice, a la luz del diccionario, la gramática y la lógica. Y del mismo modo que la finalidad de una ley no es lo que la hace obligatoria, la intención o la mente del redactor de la ley tampoco la compromete. [6]
López Garrido es de los que entienden que «no hay encaje penal por rebelión contra los cargos del Govern, al no haber habido violencia». [7] Respetable opinión. Pero si eso quiso decir en su redacción del CP, debió redactarlo de otro modo. Ahora la interpretación no le toca a él, sino a los jueces, que leen lo redactado y que apenas disponen de  jurisprudencia.
De lo expuesto cabe extraer dos conclusiones:
La 1ª y principal,  que cualquier tipo de fuerza, moral o física, agresiva o resistente pasiva, siendo eficaz de suyo (al menos en la intención), basta para acreditar de rebelión un levantamiento civil en masa con el objetivo de realizar un simulacro de referéndum expresamente prohibido, que diera paso a otro simulacro de declaración de independencia.
La 2ª conclusión, consecuencia de lo anterior, es doble:
2ª.a. Que el juez instructor Llarena, tan denostado en ciertos medios, supo leer y entender la Ley cuando tipificó indicios de rebelión.
2ª.b. Que la instrucción gubernativa a la Abogacía del Estado para retirar de su blanco de tiro el delito de rebelión es cuando menos extraña y sospechosa, en cuanto que prejuzga contra toda evidencia que los imputados no quisieron emplearse a fondo para llegar a las últimas consecuencias de sus actos. Tal parece una lectura sesgada del CP, con la finalidad de facilitar en su caso el indulto.
La cantinela monótona de los testigos de la defensa en el Juicio del Supremo, sin dejar de poner en evidencia la naturaleza golpista del 1-O y la alta traición de sus cabecillas, revela una estrategia subversiva diseñada para burlar el Código Penal, eludiendo el delito de rebelión e incluso el de sedición. No hubo violencia catalana, qué va. Testigos –alguno con pinta de maestro en artes marciales– que, como si hablaran para idiotas, con mansedumbre risueña nos descubren a un pueblo catalán imbuido de la ahimsa de Gandhi, la no violencia de King, y la otra mejilla de Jesucristo, sin olvidar a Mandela. Un pueblo en peu de pau, que a la brutalidad de la policía reacciona como un solo hombre de paz con cánticos, danzas y manos abiertas. En Peu de Pau! «Al paso alegre de la paz», sería traducción aproximada y nada traidora. Gente de toda condición, de todas las edades, sin que nadie les convoque ni les  dirija, se autoorganizan para un mismo fin de ejercer su derecho natural al voto.
David Fernández (CUP) defendiendo sus talleres de Paz
Tanta insistencia en la naturaleza espontánea del fenómeno catalán suena a coña. Con lo puñetera y tan suya que es la Entropía, aquí parece que esta dama anduvo distraída, mientras Cataluña se dejaba hacer hacer una autoorganización modélica (como otros una autocrítica), con ancianos, inválidos y niños en primera fila, escudos humanos de la masa inerme. La índole pacífica del pueblo catalán, nunca desmentida por los hechos, junto con su instinto ancestral de solidaridad ciudadana, explica por sí sola esta gana súbita y colectiva de votar porque sí, porque tocaba el 1-O. Como cuando los chicos, de pronto, se ponen a mear juntos en orden sin que nadie les organice.
Todo lo anterior, insisto, es mera reflexión personal de profano en esta página irrelevante, sin más intención que trazar un bosquejo de mi punto de vista, desmañado y torpe, ni más objetivo que recibir con serenidad los resultados.
Rebelión, en la Historia del Derecho Penal hispano
En tiempos de Felipe II, las Cortes de Monzón (1585) fallaron en pro del lugar de Monclús (Boltaña) un pleito casi centenario contra sus señores, que se vieron obligados a cederlo a la Corona a cambio de una recompensa. Esta victoria jurídica de unos vasallos contra su señor ‘natural’ –y no es broma– estimuló a otros lugares que deseaban lo mismo, de modo que buena parte del reino estaba en estado de rebelión antiseñorial. Para poner coto, las mismas cortes deciden agravar en el Fuero De Rebellione la pena por rebelión de los vasallos (no hidalgos), en estos términos: [8]
Año 1585. Título De Rebellione vassallorum.
«Su Majestad, de voluntad de las Cortes, estatuece [9] y ordena que los vasallos de los señores en dicho Fuero nombrados, que tomaren las armas, o por otra vía directa o indirecta resistieren rebelándose a los señores, ipso facto incurran en pena de muerte natural, y otras que fueren bien vistas.»
Tomar las armas, o por otra vía directa o indirecta resistir rebelándose. Y es que, del mismo modo que «al mártir lo hace la causa, no el suplicio» (San Agustín), al rebelde lo hace el fin, no el procedimiento. Y hasta tal punto se veía así, que la complicidad pasiva con el rebelde se equiparaba y castigaba como rebeldía:
«Así mismo estatuece y ordena, que cada y cuando se ofrecieren dichas resistencias y alteraciones, todos los vasallos de los dichos señores que no acudieren a defender y servir a su señor, por esta razón sean habidos de la misma manera por traidores y rebeldes, como los que con efecto lo son, e incurran en las mismas penas.»
O bien aquellos antiguos eran zotes sin idea de lo que era y es rebeldía, o tal vez nuestros penalistas a lo López Garrido se han vuelto creativos. Si el desmantelamiento de un ente histórico sólido, como España, es un experimento de cocina a merced de tipos inermes como Putschdemont o los Jordis, merecido lo tenemos.
Rebelión hasta en el Cielo  

Sólo un sorbito más, para purgar el prejuicio de que no hay rebelión sin violencia física agresiva. Según la Biblia, la primera rebelión fue la de Lucifer en el cielo empíreo. Una rebelión que no pudo implicar violencia física ni lucha armada, por tratarse de ángeles, espíritus puros. La rebelión luciferina consistió en un acto ideal de desobediencia: Non serviam. “No obedezco”.
No obedecer, ¿en qué? Dicen que, por soberbia, un ángel de los principales habría querido igualarse a Dios. Pero según mito representado por el apócrifo Vida de Adán y Eva, el pecado de Satanás fue no humillarse ante el primer hombre Adán, recién creado “a imagen y semejanza de Dios”. El arcángel Miguel, en cambio, sí pasó la prueba de ‘adorar’ al ser humano, e invitó al colega a hacer lo mismo. Por cierto, no se sabe de cierto si ambos eran del mismo rango, o si tal vez Miguel aspiraba a un ascenso en el escalafón, a la altura de Lucifer. La teología cristiana vino luego a redondear el mito relacionando la adoración del hombre con Jesucristo, el Verbo encarnado, como descendiente de Adán. Sea como fuere, el ángel rebelde arrastró a una proporción importante de secuaces como vemos abajo, en la miniatura de la izquierda.  
Por ese delito de mera desobediencia ‘civil’ organizada por el caudillo Lucifer, éste y sus ángeles fueron degradados a la condición de demonios y arrojados del Cielo. La escena es de las que mueven la imaginación para todos los gustos He aquí dos versiones, que sumadas a la fantasía de Brueghel hacen tres, de lo que que se llama la ‘Caída de los Ángeles Rebeldes’. Denominación tendenciosa, donde sería más justo hablar de ‘Proceso de Autodeterminación de la minoría mayoritaria Angélica Oprimida. Una tercera parte de toda la Corte Celestial, según cálculos de expertos angelólogos. Proceso pacifista, donde la única violencia armada fue la de Miguel y sus fuerzas del orden constituido. De eso hace 60 siglos, y en su día ya se interpuso recurso por los perjudicados. El Tribunal Cósmico de Derechos Angélicos (si tal cosa existe) un día decidirá.


Volviendo al juicio y Sala de las Salesas, hay un concepto que se repite mucho, incluso por testigos de una defensa de los revoltosos algo errática: «Todos volveríamos a hacer lo mismo. ¿Hay en España cárceles donde encerrar a más de dos millones de catalanes?» Hombre, las cosas no funcionan así exactamente. Eso que se presenta como argumento tumbativo sólo demuestra el adanismo de una gente más de consigna que de criterio propio.
Rebeliones, alteraciones, guerras hubo siempre, y no son cosas de juego. ¡Qué más quisieran los alborotadores de Cataluña, que una represión, no digamos sangrienta, pero sí unos grados más caliente que la del día de autos! Pues bien, un estado de derecho como España no va a darles ese gusto. Aquí ‘hace’ el viejo aforismo, parcatur multitudini, la muchedumbre no delinque. Nada de castigo colectivo. Es un principio de gobierno perfectamente compatible con la aplicación de la Ley con todo su peso a los cabecillas responsables de lo que hubo y, ojo,  de lo que pudo haber.
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[1] Cfr. San Ignacio de Loyola, Obras completas. BAC, Madrid, 1963. La designación del Diablo como caudillo es constante, aunque en los mismos Ejercicios espirituales (ibíd., pág. 266) le compara a «un capitán y caudillo del campo». Y en su Diario espiritual (ibíd., pág. 337) el santo menciona a Jesús como «la cabeza <o caudillo> de la Compañía».  Cfr. Ignacio Echarte (ed.), Concordancia Ignaciana / An Ignatian Concordance. Ediciones Mensajero, Bilbao, 1996. ‘Capitán’, pág. 126: 13 veces, de ellas 5 en Ejercicios, a saber, 4 referido a Cristo, 1 a Lucifer indirectamente y como sinónimo de caudillo (Ejerc., 327, 2). ‘Caudillo’, pág. 144: 5 veces, todas ellas en Ejercicios y aplicado a Lucifer el Diablo.
[2] I. Echarte, o. cit.:‘Tribulación’, pág. 1282: una sola  vez, en Diario espiritual, 66, 4. ‘Turbación’, pág. 1283:  10 veces, de ellas 3 en Ejercicios (3 veces). Términos nunca relacionado con ‘mudanza’.
[3] I. Echarte, o. cit.: ‘Desolación’, pág. 356: 33 veces
[4] Wikipedia, ‘Rebelión’, nota 18.
[5] “Lo que escribí lo escribí” (Juan, 19: 20-22).
[6] Finis legis non cadit sub lege (brocardo jurídico).
[7] Wikipedia, ibíd., citando Cadenaser-com (2-10-2017).
[8] Fueros y observancias del Reyno de Aragón, del año de 1553 (Cortes de Monzón). Vol 2., 1664, fol. 219 v. Sobre la circunstancia histórica, cfr. Marqués de Pidal, Historia de las alteraciones de Aragon en el reinado de Felipe II, Tomo 1. M. 1862. Pág. 150.
[9] Estatuece: estatuye (es aragonesismo).


Comentarios
Pendiente de rehabilitar la entrada libre de comentarios, quienes deseen hacerlos pueden dirigirlos por correo a belosticalle@gmail.com, y con mucho gusto serán reinsertados aquí mismo. Disculpas y muchas gracias.
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A Bruno, 15-05-2019, 18:06 y 18:17
¡Qué sorpresa! ¿Cómo lo ha hecho? Creí que el desperfecto de los comentarios se había autorreparado, y que podíamos ir creyendo también en la eventualidad de la autoorganización catalana.
Desgraciadamente, yo mismo he sido desairado por Blogger, de modo que con toda humildad pongo aquí mi comentario.
Cierra usted su reflexión con un broche notable, que me hace recordar la digestión de los ofidios. Porque en definitiva, «las masas previamente reblandecidas» no es sólo que trabajen para unos agitadores: es que ellas son la sustancia de que esos aprovechados se nutren.


lunes, 14 de mayo de 2018

NosferETA



«Je peux dire qu’à partir de 14h00 aujourd’hui, le 3 mai, ETA a cessé d’exister.»
(Puedo decir que a partir de las 14.00 de hoy, 3 de mayo, ETA ha dejado de existir)

David Harland, director del Centro ‘Henri Dunant’ (Ginebra)
Nominalismo a la vasca
Que ETA diga que se desarma, se desmantela, se disuelve, se evapora, se desvanece..., no significa que deje de existir, si no renuncia a su nombre. Porque «todo lo que tiene nombre existe», según el proverbio vasco: izena daben guztiak izatea be badauke.
Es uno de los proverbios con más vocación metafísica de todo el vascuence. Como metafísica, un tanto rudo, hay que reconocerlo, pues se parece demasiado al argumento a simultaneo, el que empleó San Anselmo para ‘probar’ a sus ateos la existencia de Dios. Izena, izana: nombre = ser; o lo contrario: nombre ≠ ser ). Y es que en realidad ese refrán vasco y su argumento proviene de los cuentos mágicos, donde efectivamente basta con nombrar las cosas para que se aparezcan o desaparezcan; luego ya existían, y siguen existiendo.
Por lo demás, nada existe porque tenga nombre, aunque lo diga el refranero de los presbíteros Azkue o Barandiarán. Otra cosa es que hasta la difunta ETA para el nacionalismo siga existiendo a fuerza de nombrarla. Y eso es de temer que puede ocurrir; porque ETA, mal que nos pese a muchos, nos la han convertido en una institución vasca.
No es, por tanto, hacer mucha violencia al aforismo eusco-metafísico si lo enunciamos de este otro modo: «Todo lo que se nombra existe, y mientras se siga nombre seguirá existiendo». ETA no pegará tiros, no secuestrará ni extorsionará. No sembrará el terror ni socializará el sufrimiento, si eso ya no sirve para nada. Por lo mismo, el pueblo español se olvidará pronto de ETA. Qué digo, la tenía casi olvidada, desde que dejó de apretar el gatillo, de no ser por el recordatorio recurrente de estos montajes publicitarios, incluido el hasta ahora definitivo final de Cambó.
Donde ETA seguirá presente mucho tiempo es allí donde se la admira. El pueblo necesita héroes, y este pequeño pueblo vasco abducido carece de epopeya nacional. No será una presencia clamorosa, desde luego, aunque en reductos del país profundo todo es posible.

Sobrevivir en el Relato
La prueba de que una parte del Pueblo Vasco no tiene previsto dejar morir de olvido a ETA es que ya se nos anuncia su Relato. Un relato donde el fantasma de la banda asesina sea como aquel Ángel Exterminador, recurrente en la haggadá o relato ritual de la Pascua Judía: el que en la noche última de Egipto mató a la estirpe mala y respetó a la buena.
Gente generosa, los aberchales, conceden también a los demás, a los de ‘sensibilidades’ diferentes, construir sus relatos propios: «Ustedes lo cuentan a su modo, nosotros al nuestro. Nosotros tenemos la versión auténtica y todos los medio públicos para difundirla e imponerla en nuestra gente, ya desde la escuela. Pero ustedes mantengan la suya, no faltaba más.» Así nos invitan a los discrepantes a seguir nombrando a ETA, que es como insuflarle vida y existencia. Eso, o dejarles a ellos con su Relato único convertido en haggadá patriótica.
Una de las mañas a las que ETA con sus tentáculos político-sociales nos tiene acostumbrados es fijar ella siempre los tiempos para impartir doctrina, dar  explicaciones, amonestarnos y darnos consejos morales o de conducta: «Ahora toca a la sociedad vasca hacer esto, o dejar de hacer aquello». Con ocasión de disolverse vuelven a lo mismo (no podía ser de otro modo), pero esta vez llevando la insolencia al extremo de advertirnos, ahora que ellos se jubilan, que no nos aprovechemos para hacer trampas con lo que ha ocurrido aquí, no ya desde que ETA hizo su primera víctima, hace 50 años (junio 1968), sino desde «el bombardeo de Guernica» (abril 1937), hace más de 80.
«Nadie puede cambiar el pasado», filosofan. El futuro sí, y ellos saben cómo: vueltos «de cara al futuro, la reconciliación es una de las tareas a llevar a cabo en Euscal Herria». ¿Pero cómo, que no se puede cambiar el pasado? Si ETA tanto siente (o eso dice) el mal que ha hecho a ese pasado, en su mano tiene cambiarlo a mejor, a mucho mejor, reparando hasta donde pueda el daño moral y material que ha causado a todas sus víctimas, y colaborando con la Justicia en el esclarecimiento y sanción de tantas fechorías impunes.
Ese sí que sería un gran paso «de cara al futuro», con reconciliación o sin ella. Porque la reconciliación que nos recomienda ETA pasa por implicarnos a todos en su quimera de «conflicto político» del Pueblo Vasco con los estados Español y Francés, y en «una solución democrática», que para ETA significa conforme a su proyecto nacionalista.
Y ojo, que aunque la banda se va, su proyecto y razón de ser sigue en pie. De ahí sus advertencias. Primero a las gentes de aquí, los que nos tenemos que reconciliar: «La reconciliación… es un ejercicio necesario para conocer la verdad de modo constructivo, cerrar heridas y construir garantías para que ese sufrimiento no vuelva a suceder».  
–¡Pero estos tipos son incorregibles!
Lo son. «Conocer la verdad de modo constructivo», tiene narices … Cuando les parece, hablan de relatos múltiples, a la carta; bien entendido que relato-relato sólo hay uno constructivo, el suyo. Constructivo nacional. El único que garantiza que ETA no volverá a las andadas. O sí; porque (siguen advirtiendo), sólo «dando una solución democrática al conflicto político se podrá construir la paz y lograr la libertad en Euskal Herria».
ETA ha utilizado sus anuncios de despedida para lavarse la capucha y «reconocer el daño que ha causado en el transcurso de su trayectoria armada». Hasta pesarosos a su modo:
«Queremos mostrar respeto a los muertos, los heridos y las víctimas que han causado las acciones de ETA, en la medida que han resultado damnificados por el conflicto. Lo sentimos de veras.»
Porque, a ver si entendemos, la culpa de todo no la tiene ETA. La tiene el Conflicto, con sus víctimas colaterales, como en toda lucha armada:
«A consecuencia de errores o de decisiones erróneas, ETA ha provocado también víctimas que no tenían una participación directa en el conflicto, tanto en Euskal Herria como fuera de ella. Sabemos que, obligados por las necesidades de todo tipo de la lucha armada, nuestra actuación ha perjudicado a ciudadanos y ciudadanas sin responsabilidad alguna. También hemos provocado graves daños que no tienen vuelta atrás. A estas personas y a sus familiares les pedimos perdón.… »
¿Cinismo? Es posible que quienes redactaron este disparate lo hicieran conteniendo la risa, porque hablar de muertos «en la medida que han resultado damnificados» no es para menos. Cuando se pervierte el lenguaje de ese modo no es para entrar en valoraciones éticas, pero ‘cinismo’ es buena aproximación.
ETA distingue entre sus víctimas…, perdón, las víctimas del Conflicto, poniendo a un lado a las que «no tenían una participación directa» en el mismo, «ciudadanos y ciudadanas sin responsabilidad alguna». Total, para remitirse a «las necesidades de todo tipo de la lucha armada», como si se tratase de errores fortuitos y, por tanto, de daños colaterales.  
Aquí es obligado preguntar –por poner un ejemplo– qué necesidad de su lucha les llevó a lo de Hipercor (1987). Como también, a contrario, qué condición culposa se atribuye a las otras víctimas de ETA, las que a juicio de la banda incurrieron en alguna responsabilidad, que ella misma juzgó y sentenció a pagar con la tortura o con la vida. ¿Alcanzará esa supuesta responsabilidad a ser familia de guardiacivil y vivir en una casa-cuartel? Queda por ver dónde figurarán las otras víctimas, de las que a ETA no le pesa ni se arrepiente, en la haggadá del Ángel Exterminador nacionalista.
La miseria de los auto homenajeados en su acta de defunción y testamento político se hace notar hasta en el detalle de ponerlo en las bocas y rostros de un Ternera y una Amboto. Por lo demás, el montaje del Centro ‘Henri Dunant’ en Ginebra –más inteligente y discreto que la patochada de Cambo-les-Bains–, todo estuvo pensado, comme d’habitude, para escenificar el ninguneo y desprecio olímpico del nacionalismo vasco a quien aquí piense y lo vea de otro modo. Tanto ETA como PNV afectan de nuevo dirigirse al Mundo, aunque su mensaje sólo alcance a su mundo.
Ortuzar en el funeral de ETA
Cambó, Mayo 2018
Que conste, no soy yo quien junta esas dos siglas. El PNV se suma al mundo de ETA, haciéndose representar al más alto nivel en la ceremonia de Cambó. La ausencia del lendacari Urkullu no tiene misterio, la cabeza del partido la lleva Andoni Ortuzar.
Para qué ha servido ETA
¿Y qué ha dicho la boca del PNV que Ortuzar ostenta en su cabeza? Entre otras cosas, refiriéndose a la protagonista del entierro, la banda ETA, dijo quedar con las ganas de reclamarle «que conteste a la pregunta, para qué ha servido». Si no lo leo, no lo creo.

¡Perombrepordiós, Don Andoni!, no moleste a su difunta con esa duda  que cualquiera de por aquí le puede resolver. Usted mismo. Usted habrá oído la parábola del árbol y las nueces. Si su despacho en ‘Sabinechea’ es el mismo que ocupó Arzalluz, seguro que todavía la repiten las paredes.

Aplique la oreja, y ellas le explicarán cómo el terror de ETA ha servido para que la Constitución Española incluya cláusulas que no tenía por qué, pues para España son inútiles, pero a ustedes les sirven de maravilla, incluso contra  España.

El mismo terror armado ha servido para que un partido político, el que hoy preside Ortuzar, haya podido imponer a esta comunidad su nombre, bandera y demás parafernalia partidista, sin consultar al pueblo como es de rigor en democracia.

El mismo terror armado sirvió para que el PNV y otros partidos nacionalistas y separatistas tengan en el estado  un peso representativo exagerado, que les ha permitido practicar con los gobiernos de turno el chalaneo y el chantaje.

Hubo un tiempo atroz en que ETA diezmó a mansalva a los partidos no nacionalistas, que a duras penas cubrían sus candidaturas electorales. Listas que en lugares pequeños nadie se atrevía a votar, por no significarse. Fue tiempo de cosecha opípara para el nacionalismo. Y el PNV, en vez de denunciarlo y exigir por civismo y pura ética la suspensión de elecciones hasta recobrar la normalidad, ¡qué va!, entró en el juego con ventaja.

Hasta que tanta atrocidad etarra dejó de ser rentable, por el hastío y la reacción del público. Sólo entonces el PNV se sumó sin reservas a la repulsa de la violencia, mientras urgía la legalización de un brazo político de ETA, por su conveniencia: una izquierda nacionalista que, con sus alharacas marxistoides, espante al voto más conservador hacia ese partido que hoy pregunta, por esa boquita de Ortuzar, para qué ha servido el trabajo sucio de ETA.

Y ya para terminar: si un día los proyectos nacionalistas se hacen realidad, aquí como en Cataluña o en otras regiones, y si, como lo deseó Sabino con toda su alma, España se rompe, más de uno se acordará de ETA con reconocimiento.

Esta o muy parecida podría ser la respuesta de un ciudadano común no nacionalista, a la pregunta del buruquide, no muy discreta que digamos. Pregunta que refleja el fariseísmo  de quienes, en estas largas décadas de plomo y luto, nada tienen de qué arrepentirse, porque en ellos el acierto político es innato.
Vemos, por tanto, que aunque el PNV dice haberse personado en las exequias fúnebres de ETA como notario espontáneo del óbito, lo ha sido también de cierta apoteosis. La apoteosis del Relato. ETA no sube al Olimpo, pero tampoco fenece: se nos queda, como Nosferatu.
El conjuro de NosferETA
Cierto, disponemos de otro relato objetivo, documentado, sobre Los contextos históricos del terrorismo en el País Vasco y la consideración social de sus víctimas (1968-2010). Se trata del Informe Foronda, elaborado en la Universidad del País Vasco. Un informe que, además, se hizo «por encargo»  y «a instancias de la Dirección de Promoción de la Cultura, del Gobierno Vasco» a finales de 2013 y se fechó en Vitoria-Gasteiz, diciembre de 2014.
El problema con el Informe Foronda es que al PNV no le gustó, y por tanto el Gobierno Vasco desde el principio le aplicó su acostumbrada damnatio memoriae. Ese partido y ese gobierno prefieren por principio sus marcas propias y sus caldos propios. Para el caso, el Secretariado General de Paz y Convivencia, que Urkullu puso, él se sabrá por qué, en manos de Jonan Fernández. Fernández fue concejal de HB en 1987-1991, años plúmbeos en que tuvo más de una ocasión de condenar la violencia etarra y no lo hizo, ocupado más bien en contabilizar la violencia del Estado en sus diferentes formas. ¿Un converso? Nadie le ve así, él menos que nadie. Y aunque lo fuese, «los conversos, a la cola» (I. Anasagasti).
Jonan, buen ordeñador de teta pública, a cambio de flexibilidad ideológica, fue el creador de colectivos subvencionados, como el pacifistoide Elkarri, desdoblado en Lokarri con la misma utilidad pública de jugar a las palabras. Recordemos, JF/Elkarri empezó negando a ETA su atributo más preciado, la calidad terrorista, porque

«el lenguaje tiene cierta importancia, y ciertos calificativos no tienen mucha utilidad con vistas a una solución…; hay que utilizar un lenguaje y unas palabras para desbloquear el conflicto, y no para encorsetarlo más».
Elkarri/JF ha evolucionado, desde la equidistancia entre víctimas y verdugos a ser (en expresión de Santiago González) «sólo la bisectriz entre el PNV y Bildu». Cada vez que se aparece Jonan no puedo evitar acordarme de aquel Igor:
«¿Joroba…? ¿qué joroba?»
«Euskadi nunca fue víctima de un conflicto con el Estado, sino de un intento de imposición de un proyecto totalitario por parte de ETA». He aquí una de las tesis del Informe Foronda. ¿Cómo va a gustarle a Ortuzar, o a Jonan Fernández? Sólo que, desde su cargo oficial, no lo atacará por eso, sino porque «estigmatiza de forma genérica» al conjunto de la sociedad vasca, al reflejar su escaso apoyo a las víctimas de ETA. Según él, esa estigmatización «oculta la autocrítica que cada uno debe hacer en cada momento sobre cómo actuó con las víctimas, con la violencia….No puedo aceptar esa estigmatización de toda la sociedad sin atender a ningún matiz». ¿Que este galimatías no se entiende? Toma, de eso se trata. Una vez más, el combinador automático de cincuenta palabras hueras lo ha conseguido: dejar a todos con la boca abierta.
Con tan hábiles enterradores, hay vampiro para rato. ¡Vergüenza y lástima!
Un aspecto del Juego de Pelota de Hernani (Guipúzcoa) - Cortesía de Maite Pagaza