viernes, 14 de julio de 2017

Perplejos en Melque




La jornada de Carranque (Toledo), tras el almuerzo en un cigarral con vistas  al Tajo, nos llevó a los de la ‘ONCE’, en una tarde también arqueológica, hasta Melque.
La iglesia de Santa María de Melque es singular en toda España, y si el complejo de Carranque es un enigma, este otro no le va en zaga. Sus bloques de granito desnudo no ofrecen la vistosidad de las superficies polícromas, pero sí una grandiosidad inquietante y un misterio que también aquí invita a viajar por la conjetura razonable hasta el reino de la fantasía.
La ambigüedad de Melque surge ya desde su propio descubrimiento, a principios del siglo pasado. Que los cimiento y mosaicos de una villa romana, como la de Carranque, se descubran hace poco y por casualidad es normal. Se trata de excavaciones. Pero que una  construcción monumental de la alta Edad Media, iglesia por más señas, casi intacta de abajo arriba, se aparezca de repente y sin previo aviso en el siglo XX, saliendo del incógnito absoluto para pasar en pocos años a uno de los primeros puestos de la paleo-arquitectura peninsular, es uno de esos hallazgos que –como el de la comarca de Las Hurdes con ocasión de una cacería regia (Alfonso XIII, 1922)–, en el occidente de Europa  casi sólo son posibles en España.
Un conde de los de antes
El Conde de Cedillo y vizconde de Palazuelos, Jerónimo López de Ayala y Álvarez de Toledo (Toledo, 1862-1934) fue un vástago digno de sus apellidos, ilustres en armas y letras. Descendiente de los López de Haro que fundaron y refundaron Bilbao [1].
Alumno de los jesuitas en Orduña, allí debió de ser compañero de Sabino Arana Goiri, un par de años más joven. Graduado por  la escuela superior de Diplomática, doctor en Filosofía y Letras (1886), del cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Miembro de las RR. Academias de la Historia (1889) y de Bellas Artes de San Fernando (1992) etc. Entre 1903-1910 estuvo encargado de formar el Catálogo Monumental de la provincia de Toledo.
Fue más o menos al principio de este encargo, durante el otoño, cuando se hallaba con otros amigos en el castillo de Guadamur, ocupando los días en el estudio y partidas de caza por aquel entorno.
Un día en que él se había quedado en la posada, los compañeros cazadores a la vuelta le dan la noticia. En término de San Martín de Montalbán, en un paraje solitario de aquellos Montes de Toledo, habían encontrado una iglesia rural bastante grande, convertida en pajar y cuadra–como tantísimas entonces en España, tras la desamortización–, y que por todas las señas parecía antiquísima.
Don Jerónimo se dio prisa para hacer una escapada y toma de contacto con el monumento, completo aunque semienterrado, que colmó con creces todas sus expectativas, taanto como su capacidad de duda.
Pronto volvió al lugar, esta vez acompañado del famoso arquitecto y arqueólogo don Vicente Lampérez. Juntos midieron y estudiaron el edificio, siempre de sorpresa en sorpresa creciente, al par de la incógnita. Tanto así que Lampérez, tiempo después, le recomendaba publicar el hallazgo cuanto antes, sin esperar a la publicación del Catálogo monumental, que podría demorarse hasta las calendas griegas –como de hecho sucedió: no salió impreso hasta 1959 [2].
El conde era fundador principal de la Sociedad Española de Excursiones, y el órgano de la misma le sirvió de altavoz para anunciar al mundo la primicia increíble: ‘Un monumento desconocido: Santa María de Melque’ [3].
La 'ONCE' en Melque
Se trataba de un templo entre visigodo y mozárabe, único por muchos aspectos de su arquitectura, tan arcaizante como innovadora. El aparejo, por ejemplo: sus grandes  bloques de granito ajustados sin argamasa son de tradición romana y hacen pensar en el acueducto de Segovia. La conclusión de aquel primer estudio o reseña era un interrogante enorme, destinado a una longevidad imprevisible:
«Una iglesia que por su aparejo y sus macizos se parece a lo romano; por la disposición de sus departamentos secundarios, a lo latino; por su planta, a lo bizantino; por la contextura de sus arcos, a lo visigodo y a lo árabe primario; por sus bóvedas, su cúpula y sus semicolumnas, a lo románico; por el modo de ejecución, a lo bárbaro; por otros detalles, a varias de aquellas artes, ¿QUÉ ES?...»
Con todo lo retórico de la pregunta, Cedillo se pronuncia por un templo mozárabe del siglo X, a favor de la política tolerante del califa cordobés Abderramán III, una vez asegurando el control sobre Toledo.
Lampérez por su parte hizo un análisis comparativo del edificio en su monumental Historia de la Arquitectura cristiana española en la Edad Media [4]. Siguiendo los prejuicios de entonces y los de su escuela, se remite a «las dos grandes y verdaderas escuelas de la arquitectura de la Alta Edad Media: la latina y la bizantina» (pág. 230), para notar que en el área de Toledo el tipo general fue la basílica, con la excepción de Melque, en cruz griega con cúpula en el crucero, como Santa Comba de Bande (Orense). Semejanza que le lleva a la comparación con el mausoleo de Gala Placidia en Rávena (Italia) (pág. 240). Pero, refiriéndose luego a la bóveda de Melque, escribe (pág. 237):
«La bóveda del crucero de Santa María de Melque es de planta cuadrada, de arista en sus arranques… y cupuliforme en su zona alta; forma singular que participa de la arista y de la baída, y que da lugar a las dudas que se expondrán en la monografía de este monumento.»
‘Singular’, ‘excepcional’, ‘extraño’, ‘diferencia’, ‘mención especial’, son términos que se suceden y repiten en la descripción de esta iglesia, que finalmente y sin gran convencimiento Lampérez  declara en tercera persona: «clasificada como mozárabe» (pág. 244). Téngase en cuenta que en aquellos tiempos eran muy pocos los españoles que osaban defender la existencia en España de monumentos visigóticos auténticos, mientras que «los extranjeros levantaron la bandera de la incredulidad más absoluta» [5].  
Para entonces ya se había ocupado también de Melque Manuel Gómez Moreno (1870-1970), con su veredicto predecible, dado su entusiasmo de neófito y de pionero por todo lo mozárabe. Su autoridad (1919) impuso para Melque una fecha tardía, «bien dentro del siglo IX», o apurando más, entre 862 y antes de 930 (siglo IX-X) [6].
Pasaba el tiempo y todo eran apreciaciones. Las trazas visigóticas se fundían con un desarrollo técnico islamizado. Melque sería (en plan eslogan) «la última iglesia visigoda y primera mozárabe».
Frente a la tesis cerrada y dominante de los mozarabistas, sólo unas pocas voces teóricas se alzaron en favor del visigotismo tardío (Puig Cadafalch, 1950, publ. 1961; Camón Aznar, 1963. Pero fueron las excavaciones y metodos positivos de Luis Caballero Zoreda (década 1970) lo que vino a confirmar el carácter visigodo de este edificio, específicamente monástico, que se remontaría al siglo VII, nada menos. Lo corroboraba el hallazgo de relieves decorativos en Melque (vides estilizadas con racimos entre cruces ‘de Malta’ y otros motivos típicos visigóticos) [7].
Parecía cuestión zanjada, cuando se interpuso el reclamo de motivos omeyas en  los perfiles redondeados de la iglesia y otros detalles, haciendo volver de su acuerdo al propio Caballero Zoreda. Ya no sería tanto cuestión de mozarabismo, sino de arabismo superpuesto a esquemas visigóticos [8]:
«...es conclusivo que la implantación del monasterio y su iglesia se debe llevar a un lapso entre el tercer cuarto del s. VII y la segunda mitad del s. VIII. Dentro de ese margen, nosotros suponemos más segura la fecha del s. VIII.» (pág. 186).
Teoría de Melque monástico
Este autor hace hincapié en no aislar la iglesia de su contexto arqueológico: un  dominio monástico vasto, con amplia base económica, gracias al aprovechamiento agrícola de represas en los arroyos que surcan la dehesa.
La erección de un monasterio rico a raíz de la conquista islámica, o su permanencia bajo el dominio árabe es perfectamente asumible, como tributario y en virtud de pacto, sobre todo bajo el amparo de la nobleza goda. Mejor aún si eran del bando de los hijos del rey Witiza, que en su guerra civil contra D. Rodrigo propiciaron la ‘entrega’ de España a la morisma con la esperanza de recobrar la corona. Según parece, el monasterio no duró mucho, si a mediados del s. IX se crea aquí un poblado islámico.
Por ahora:
«Melque es de fecha controvertida en el momento actual. el deseado consenso científico no se ha producido y sigue habiendo un importante grupo de investigadores obstinado en mantener su cronología visigótica. Melque une su destino cronológico a las así llamadas ‘iglesias visigodas’, El Trampal, Baños, Bande, La Nave, Quintanilla de las Viñas, que nosotros consideramos posteriores al siglo VII.» (pág. 192).
Sea como fuere, lo que nunca debemos proyectar hacia aquellas épocas es lo que vemos hoy: tétricos muros, arcos y bóvedas, todo de piedra vista. Las superficies eran para ser enlucidas o estucadas, ofreciendo espacios para la blancura o la alegría del dibujo y el color.
El ‘Cristóbal Colón’ de Melque
Entre tantas dudas y preguntas hay una previa a todo lo demás: ¿De veras, no se conocía en absoluto Santa María de Melque? En estas cosas ocurre a veces como cuando Colón ‘descubre América’, que ni era todavía América, ni era desconocida del todo para sus habitantes los ‘indios’, que tampoco eran indios. Eso sin contar con que, antes del descubridor Colón, otros europeos habían andado por allí.
Algo así pasaba con Melque. Hasta las desamortizaciones (1836; 1855), la ‘ermita’ de Melque fue polo de devoción en toda la comarca, y al cerrarse al culto se retiró la imagen antigua de Nuestra Señora de Melque.
También se sabía que la ermita estuvo en posesión de los Templarios, instalados en el castillo de Montalbán, que la leyenda popular suponía conectado por corredores subterráneos a otros castillos, iglesias y cuevas de tesoros. Luego hablamos de eso.
Sin embargo, lo más estupendo es saber, por la monografía de don Jerónimo, que el primer descubridor de Melque habría sido un paisano y tocayo suyo: el jesuita toledano Jerónimo Román de la Higuera (h. 1538-1611).
Santos de Toledo (1651)
 del jesuita A. de Quintanadueñas,
seguidor del falsario Higuera
–«¡¿Higuera?! Vade retro!!» oigo saltar a quien me lea. Y con razón. El padre Higuera, consocio del famoso historiador Juan de Mariana, llegó como éste a la fama, pero por vericuetos tortuosos. Fue el principal responsable de una serie de falsificaciones históricas, conocida como los ‘Falsos Cronicones’.
Cualquier día lo echamos a perros para hablar de aquella aventura loca de un ególatra que quiso reescribir la Historia de España a la medida de cierto nacionalismo religioso y civil, fabricando sobre la marcha  los documentos oportunos y halagadores del orgullo colectivo. Esta fue la clave del éxito de tanta superchería, que siglos más tarde tendrá imitadores al surgir los nacionalismos periféricos [9]
Hasta el meticuloso Esteban de Garibay, convertido en vecino de Toledo, en su afición a complacer a su señor don Felipe II  fue víctima de una ‘broma’ del padre Higuera, a cuenta de San Tirso y su pasión y culto en Toledo. Sobre ello escribió más tarde una carta al rey (1595), justificándose por el patinazo.
En plan serio, el padre Higuera dejó escrita una Historia de Toledo. Inédita, como casi todo lo que compuso; pues si el autor no era ningún bobo, los superiores de la Compañía ya le tenían calado y fichado por su demonio enredador, hasta crearle cierta psicosis persecutoria:
«Temo que cuando este padre Benavides venga de Roma con orden del padre General [Claudio Aquaviva] no me destruya. Que ya pasaba con tenerme aquí arrinconado, y empantanados algunos libros, que creo serían de servicio de Dios, y de algún lustre de mi nación, como la Historia de Toledo …; el Itinerario de Antonino Pío enmendado y declarado; muchos trabajos sobre los Concilio de España»

Pues sí: Higuera fue la primera fuente citada sobre esta iglesia de Melque, «de extraña fábrica de piedras sin cal…, y que muestra en sí mucha antigüedad».
Sin embargo, también existían y eran bien conocidas las Relaciones de Felipe II (1578) –para entendernos, un precedente del Catastro del Marqués de la Ensenada (siglo XVIII)–, con una relación de este lugar algo sibilina:
«Hay en esta jurisdicción otra iglesia, a tres leguas de aquí, en una dehesa que se dice Melque, por la iglesia que se dice Nuestra Señora de Melque, que es un edificio no muy grande, metido debaxo de tierra, que entran por gradas sin cubierta ninguna. Es toda de piedras grandes labradas y de bóveda, y creo que la causa porque está debaxo de tierra es porque la bóveda no la cubriera. Parece ser edificio de más de mil años. Están junto a la iglesia dos valles atajados por medio con muy gruesa pared [para] recoger agua en ellos, de que beben, que fueron hechos tan antiguos como la iglesia… Fue una gran población [de la que] parecen ahora los cimientos…; y ansí parece haber tenido esta tierra en otros tiempos más población que ahora tiene…»
Todavía cabe señalar antes otra circunstancia histórica curiosa, que de haberse cumplido hubiese anticipado la fama del monumento. Cuando Carlos V decidió abdicar de sus estados y encargó al maestro Pedro de Esquivel le buscase un retiro adecuado, éste le recomendó uno de dos, por este orden: Gálvez, aquí en los Montes de Toledo, o Cuacos/Yuste, en la Vera de Plasencia. El emperador optó por Cuacos y Yuste, por caer Gálvez demasiado cerca de Toledo, que era corte. O sea que de chiripa Carlos pudo haber finado por estos parajes, y Santa María de Melque no habría pasado desapercibida. Aunque bien mirado, mejor así, porque una obra tan ‘bárbara’ habría sido adulterada o demolida sin contemplaciones.
Avatares de un lugar arqueológico
El relator de turno para Felipe II tenía razón: la dehesa de Melque estuvo poblada en lo antiguo. Las primeras prospecciones creyeron identificar una finca y villa romana dedicada a explotación minera (hierro, cobre, plomo, plata), hasta las invasiones bárbaras.
En tiempos de los visigodos, aquí se habría instalado una comunidad monástica, en un vasto recinto irregular murado, cuya reconstrucción ideal evoca los monasterios coptos de Egipto, y en todo caso habla de influencias orientales. La conquista de la península por los árabes (desde 711) no significó el final del monasterio, que perdura otros dos siglos –bien como comunidad cristiana, o bien muladíes conversos al Islam–, hasta su quema y destrucción por las huestes de Abderramán III, cuando Córdoba somete a los rebeldes de Toledo (h. 930).
A partir de ahí, el monasterio con su robusta iglesia se convierte en fortín califal, con torre levantada sobre el crucero de la iglesia o mezquita. Con la reconquista cristiana de Toledo (1085) se recupera la iglesia, que más tarde pasa en encomienda a la orden militar de los Templarios. Con la desamortización, el último destino de Santa María de Melque fue servir de pajar, cuadra y secadero de tabaco para una casa de labor.
Termino cediendo la palabra a un experto, que no se corta para decir lo que yo nunca me hubiese atrevido por mi cuenta, por mucho que me gustaría fuese verdad:
«La iglesia de Melque es la mejor conservada de su época, … prácticamente íntegra en su interior y en un 70 % de su exterior. Es además la mayor iglesia abovedada y en pie de época prerrománica en España, y posiblemente la mayor de su tiempo en todo el Mediterráneo Occidental. Asimismo las excavaciones han sacado a la luz los restos del primer monasterio visigodo español conocido, con un trazado en planta que tiene sus paralelos en algunos monasterio orientales.»
¿Conque «primer monasterio visigodo»? Pues hay quien no ve tal cosa, sino una gran finca residencial rural con su ‘iglesia propia’ de carácter funerario, suntuosa aunque no muy grande (A. Chavarría Arnau, 2005). Un trasunto altomedieval de lo que ya fue en época tardorromana, como villa o quinta de beneficio mineral, y a la sazón agrícola-ganadera. ¿Razón? No hay documento, no hay vestigio alguno de monasterio supuestamente importante, ni lo apoya la toponimia, que habla más bien de otra cosa. Porque, ¿qué quiere decir Melque?
El nombre nos lleva a una raíz semítica inconfundible: MLK, con la idea de ‘rey’ (MaLiK), reino o realeza (MuLK), real o regio (MaLKí)  etc. De mediados del siglo XII se conoce una bula del papa Eugenio III (Reims, 1148), donde confirma a la sede de Toledo la jurisdicción de este lugar con el nombre arábigo Balatalmelc. Hay quienes lo interpretan ‘Calzada Real’, y es correcto; pero aquí parece más propio ‘Palacio del Rey’, si es que nos tira el especular sobre una fundación regia visigótica, o bien como término técnico bajo la fiscalidad árabe (Caballero Zoreda, 2013).
El Melque esotérico de los Templarios
Tantas lecturas e hipótesis sobre un mismo edificio –una simple iglesia, y no de las grandes o complicadas–, a vuelta de tantos estudios, con tanto dinero invertido, resulta frustrante para el profano, y larga rienda al caballo loco de la especulación. Como en Carranque, aquí también hay tela para una buena novela histórica.
En Melque han acomodado una parte de las dependencias como centro de interpretación, con paneles que explican la supuesta evolución de este lugar arqueológico en su contexto geográfico y temporal. Una serie de paneles trata de la ocupación de este sitio por los Caballeros Templarios (a. 1181), junto con el castillo de Montalbán (1192-1307), disputado a la orden de Alcántara. El empeño común contra los moros no impidió a estas órdenes religiosas militares pelearse entre sí. Los de Alcántara pegaron fuego a Melque, y el castillo fue testigo de un choque sangriento entre alcantareños y templarios (1240). La orden del Temple, tras un proceso escandaloso promovido por Felipe IV el Hermoso de Francia, fue suprimida en 1308-1312. Fernando IV de Castilla aplicó parte de sus bienes a otras órdenes militares, pero mayormente a la Corona.
Esto es historia verdadera. Pero el Temple va muy unido a lo esotérico y simbólico, por una parte, como también a la acumulación y ocultación de tesoros, a menudo fantásticos. Por ejemplo, en Melque o su entorno puede aparecer cualquier día la prodigiosa Mesa de Salomón, pillada en Toledo o en Alcalá por los conquistadores arábigos, y escondida luego por los templarios en estos pagos. Historiadores árabes la pintan como si la hubiesen visto, aunque cualquiera diría que no todos hablan de la misma mesa. La fabricaron genios serviciales del rey Salomón para sus ensayos de magia.
Para mayor enredo, hay expertos que ponen en danza otro mueble análogo: la Tabula smaragdina, Tabla o Mesa de Esmeralda, bruñida como un espejo, según tradición hermética. A diferencia de los espejos ordinarios, que nos devuelven la imagen tal como somos, el que se mira en aquella mesa ve a un sabio cabal, porque su espejo transmite la Sabiduría, con mayúscula.
A ver si ese artefacto aparece pronto en Melque, o donde sea, y lo colocan donde más falta hace: en el hemiciclo del Congreso, como atril de los oradores.
En fin, que nos fuimos de Melque tan contentos como vinimos, pero con la misma pregunta que hace ciento y diez años se hacía su descubridor, el Conde de Cedillo: «¿QUÉ ES?»
_______________________________________
[1] Vicente Castañeda, ‘El Excelentísimo Señor Conde de Cedillo.’ Bol. R. Acad. de la Historia, 104/2 (1934): 367 y sigs.
[2] Conde de Cedillo, Catálogo Monumental de la Provincia de Toledo. Excma. Diputación de Toledo, 1959. Original mecanografiado (facs.), 4 tomos.
[3] CULTURA ESPAÑOLA, Nº 7 . Madrid, Imprenta Ibérica, 1907, 30 págs.
[4] Tomo I. Madrid, Espasa-Calpe, 2ª ed., 1930.
[5] Lampérez, o. cit., 1: 217.
[6] M. Gómez-Moreno, Iglesias mozárabes. Arte español de los siglos IX a XI. Madrid, Centro de Estudios Históricos, 1919.
[7] Caballero Zoreda, L. y Latorre Macarrón, J. I., ‘Santa María de Melque y la arquitectura visigoda’, II Reunió d’Arqueologia Paleocristiana Hispànica (Montserrat 1978). Barcelona, 1982, págs. 303-332. Caballero Zoreda, L., ‘Monasterios Visigodos. Evidencias arqueológicas’, Codex Aquilarensis, 1 (1987): 31-50.
[8] Caballero Zoreda, L. y Moreno Martín, F. J., ‘Balatalmelc, Santa María de Melque. Un monasterio del siglo VIII en territorio toledano.’ En: X. Ballestín y E. Pastor (eds), Lo que vino de Oriente. Horizontes, praxis y dimensión material de los sistemas de dominación fiscal en Al-Andalus (ss. VII-IX),  BAR, Oxford, 2013, págs. 182-204.
[9] De amenísima lectura, Godoy Alcántara, Historia crítica de los Falsos Cronicones. Madrid, 1868.