miércoles, 20 de marzo de 2019

Pisa, o el descubrimiento de Cataluña


       En el Atlas de Abraham Cresques (1375) el Mediterráneo ya no era el Mare nostrum de Pisa, sino de Aragón


Al amigo Fernando Navarro, del que fui gustoso cireneo
en viacrucis de placer por ‘El Patriota Insufrible’.
Pisa, comparada con la vecina Luca, resulta más familiar incluso para quienes no la han visitado nunca. Sus iconos tópicos producen esa ilusión, por lo menos la Torre Inclinada, que a todo el mundo le suena a cosa vista.  
Tras este señuelo visité la ciudad, hace la friolera de años, en una despreocupación que pudo costarme cara. Aprovechando breve escala náutica en Livorno, tomé el autobús a Pisa para un recorrido de dos o tres horas a pie por la Plaza de los Caballeros, el Campo de los Milagros y el Lungarno. Toda mi idea de Pisa entonces, según la catalano-españolísima Enciclopedia Espasa, la Biblia del saber.
Esto fue en agosto de 1956, cuando ese tiempo daba mucho de sí, andarín que uno era. Y tan embelesado me dejó la marcha, que de regreso me subí al coche contrario, en dirección a Luca. Una agonía. Cuando por fin me vi en el puerto, el S/S Benisanet me arrimó la escala que retiraba. Uno de los contados pasajeros de aquel buque carguero mixto, el Dr. Carlos Elósegui Sarasola, hematólogo notable, me felicitó: «Por el canto de un duro no se ha quedado usted en tierra».


He querido traer aquí al Dr. Elósegui, tal y como le conocí, porque en aquel viaje ‘redondo’ de un mes por Levante algo aprendí de tan excelente persona, y de su hermano Juan, sobre cómo viajar y no viajar. Y aun tuvo el tiempo y la bondad de iniciarme en los misterios de la nueva serología. Como también le debo unas primeras nociones de Egiptología, su gran afición.

Fue un aviso discreto, y estoy de acuerdo. Más prudente habría sido, y no menos provechoso, lo que hicieron los Elósegui: un paseo por la vieja Liorna sefardita, que sigo sin conocer. Pero fue como fue y así lo cuento. Media bonita mañana de agosto en Pisa, y aun así tuve todos los monumentos para mí solo. Nada que ver con la contaminación turística actual, incluso fuera de temporada.
Larga vida al Hotel Royal Victoria
Si en Luca optamos por una solución ‘B&B’ llave en mano, aquí preferimos todo lo contrario. El Royal Victoria, en el lungarno diestro, es un hotel histórico con 180 años a cuestas como establecimiento a la moderna. En su época dorada del XIX-XX fue el más prestigioso de Pisa, sin ser el más caro, y aún hoy, en su decadencia actual entrañable, mantiene la atmósfera suntuaria cosmopolita que le imprimió su fundador. Este es el caballero que nos supervisa desde su retrato al óleo en la recepción: Pasquale Piegaja (1794-1874), que desde hace unos años tiene placita dedicada enfrente, en la otra orilla del Arno, justo detrás del Palacio Azul.
Una de aquellas guías británicas –para el caso, la Murray’s de 1842–, que ofrecían utilidad con precisiones rayanas en el chismorreo, pontificaba así en los primeros años del Victoria [1]:
«Posadas en Pisa: Albergo dell’Ussero, en la margen izquierda del Arno, en una callejuela detrás de la oficina de Correos; y Le Tre Donzelle, llamada hoy Hotel Peverada, en el lado norte, o soleado, del Lungarno, cerca del Puente Mediano, ambas dirigidas por Peverada… Las familias que prefieren apartamentos privados… se pueden acomodar en Casa Lenzi, contigua al Puente Mediano, y que también pertenece al Sr. Peverada. Este señor, que habla bien el inglés, es agente de Mrs. Coutts & Co., a quienes lleva el negocio de la banca…, a la vez que es agente comisionista para la expedición de obras de arte y otros enseres a Inglaterra y los Estados Unidos de América. La Locanda della Vittoria, en el Lungarno, cerca de Las Tres Doncellas, la lleva Pascual Piegaja…, que ha vivido en familias inglesas. Es un hotel excelente y bien equipado, donde se muestra gran atención y educación, y las precios son muy razonables. El Gran Bretaña, en el Lungarno… En Pisa ejercen el Dr. Cook y el Dr. Nankivell, médicos ingleses. El ferrocarril entre Pisa y Livorno se ha abierto desde el 14 de marzo 1844. El viaje dura 25 minutos, en una longitud de 12 millas y 740 yardas...»
Piegaja quiso mantener al principio para su flamante hotel el nombre antiguo, Locanda de la Victoria, así llamada desde el siglo XV, cuando Pisa fue sometida y anexionada a Florencia. A don Pasquale ese cartel recordatorio de la gran derrota pisana no le molestaba lo más mínimo, porque él era de Luca. Eso sí, como buen hombre de negocios, cuando sus huéspedes británicos dieron en hablar de ‘Hotel Victoria’ (por su graciosa majestad la reina de Inglaterra), no dudó en cambiarlo, primero a Hôtel Royal de la Victoire, y ya con descaro Royal Victoria Hotel.
Torre de los Vinateros, en un exvoto a la Madonna
que libró a una familia de los efectos del rayo
Por lo demás –dicen los que entienden–, estamos ante un caso tal vez único en toda la hostelería italiana, ya que el complejo adquirido por Piegaja incluía construcciones milenarias, torres medievales y vestigios tardorromanos. Allí tuvo su sede desde el siglo X la Universidad de los Vinateros, gremio con fonda y taberna tan respetable, que luego pasó a ser el Estudio o Universidad propiamente dicha. Su hermosa Torre del Reloj –que conocemos por testimonios gráficos– ya no existe, pero desde el patio y terraza del hotel vimos parte de otra torre del siglo XII, que Piegaja pensó incorporar a un  proyecto más ambicioso, nunca realizado.
En su andadura moderna, este Hotel Victoria ha albergado a cerca de tres millones de huéspedes, y en sus libros de recepción figuran nombres como Dickens, los Dumas, Ruskin, D’Annunzio, Marconi, Eleonora Duse, Zola, Mascagni, Elena de Servia, varios Rockefeller y Leopardis… Con tanto fantasma vagando por aquellos salones en el hotel semi vacío, no nos sentimos tan solos.
Fue buena idea elegir este refugio, y mejor habría sido tomar habitaciones al río Arno. No sólo por las vistas y a pesar del tráfico, sino porque de nuestro lado trasero las dos noches se oyó bastante jarana a altas horas, como de gente matándose entre sí, de no ser por algunas risotadas. No era culpa de la casa, por supuesto. Hojeando la prensa local del viernes 18 de enero resultó que de madrugada, por la céntrica calle del Borgo y travesías  adyacentes, se había repetido la no rara reyerta a navajazos, quejándose el vecindario del descontrol de gente foránea que campa por aquella zona. La solidaridad humana es hermosa, pero más lo sería si sus engorros no afectasen siempre a los mismos ciudadanos, y nunca a sus ediles.
No es un Canaletto, pero tiene su luz... El 'Royal Victoria' es el edificio blanco de cuatro pisos sobre el extremo derecho del Puente Mediano
        Pisa gibelina y marítima

Cuando hablamos de la pequeña Luca, de algún modo estamos pensando en Pisa ‘la grande’. Tampoco exageremos. El doble de lo pequeño no hace lo grande, y la Pisa medieval al norte del Arno (la ciudad propiamente dicha) apenas doblaba el área lucana.
Galera en plato de mayólica antigua
Otra cosa era  la diferencia en el ánimo emprendedor. Los pisanos gibelinos  siempre despreciaron a sus vecinos güelfos de Luca como a paletos destripaterrones, menestrales y tenderos, sin más horizonte que su muralla. Pisa en cambio arrojó su esperanza a la mar, con provecho rápido, que por descuido del potencial militar duró poco. En el siglo XI se hace potencia mediterránea, con victorias en Reggio Calabria (1005), Cerdeña (1016), Bona –la antigua Hipona de san Agustín, en la costa norteafricana–(1034), Palermo (1063), Antioquía (1098). Y aunque la acción militar pisana en la conquista del Santo Sepulcro (1099) es harto dudosa, es un hecho que en la I Cruzada el papa Urbano II nombró legado suyo al arzobispo de Pisa Daiberto, al frente de una gran flota de apoyo, y en todo caso le nombró I Patriarca Católico de Jerusalén. [2]
También hacia adentro, el Común de Pisa se configura desde 1080, primero bajo la autoridad episcopal. En sus empresas bélicas figuró a menudo como capitán o almirante el obispo en persona con armadura y espada al cinto, no como un clérigo trabucaire espontáneo, sino como señor en cumplimiento de su deber feudal. En esa etapa se dota Pisa de un Consulado civil (1088), y a partir de ahí se erige en república independiente, ya en el siglo XII.
Y como lo gibelino no quitaba lo devoto, buena parte del botín de guerra se invirtió en obras pías y en edificios sagrados. Empezando por el cuarteto en el gran Campo de los Milagros, que hace la fama de Pisa: el Duomo o catedral de la Asunción, con su campanario o Torre inclinada, el templo de San Juan Bautista o Bautisterio y el Camposanto. El proyecto monumental más grandioso de todo el Medioevo italiano, y tan conocido que su descripción huelga.
Cataluña a la vista
Desde el 'Royal Victoria', por el Puente de Enmedio, al Palacio Gambacorta
De todas sus empresas marinas, Pisa guardó recuerdo de tres ‘cruzadas’ frente al Islam. Para hacernos idea de ellas, abramos los ojos por la mañana y tendemos la vista desde nuestro Hotel Victoria a la otra orilla, al Lungarno Gambacorta. El palacio que le da nombre, del siglo XIV, forma parte del complejo central del Comune o Ayuntamiento de Pisa. Lo tenemos nada más cruzar el puente de Enmedio, desde la plaza Garibaldi a la XX Septiembre, frente al Palacio Pretorio (o del Gobierno) con su reloj de torre, reconstruido todo junto con el puente tras los bombardeos de 1944.
En el Palacio Gambacorta es notable la llamada Sala Balear, con tres grandes frescos del XVII tardío: en el testero, ‘El Asalto a la Ciudadela de  Jerusalén’, entre la ‘Empresa de Cerdeña’ (derecha) y ‘Conquista de las Baleares’ (izquierda). Todo recién restaurado y visitable (También virtualmente).
Es curioso que esta última pintura haya dado nombre a toda la sala, y es significativo que su representación no sea un hecho de armas, sino la escena final del reembarco, con secuestro y rapiña, donde todo resto de dignidad humana lo ostentan los vencidos.


La pintura de las Baleares se centra en el cautiverio de la Reina mora de Mallorca. Es una toma de posesión a lo bestia, concebida por el artista como parodia del rapto de Proserpina por Plutón, alzada la señora en volandas por un almogávar forzudo, sin remilgos de etiqueta. En vano sus damas la quieren arrancar de los brazos de aquel bruto, mientras ella se vuelve con desesperación al Rey y a su hijito, impotentes ante la soldadesca cristiana y un montón de moros muertos en cueros vivos. Con la capital balear y su castillo como fondo, el segundo plano de la escena es todo él de expolio nada ejemplar. ‘Troppo vero’, como estímulo patriótico en general, máxime si el artista quiso reflejar el carácter atribuido a los pisanos, gente de lo más apañada, rindiendo de paso un homenaje al gran Bernini, de fresca memoria.
De hecho, ni este fresco ni tampoco el de enfrente, obras ambas del romano Giacomo Farelli muy bien pagadas, cayeron bien en su momento, de modo que para la pared y tema  principal de la sala el Gran Duque de Toscana Cosme III de Médicis trajo a otro artista con más nervio, aunque la épica sea del todo imaginaria, como queda dicho.
La 'Cruzada Noruega' de Sigurd I (h. 1107-1111): a Jerusalén y retorno
La empresa pisana pudo inspirarse en el episodio reciente de la ‘Cruzada noruega’ del rey Sigurdo I Magnussen, concretamente el ataque de los escandinavos a las Baleares (1109) y Sicilia (1106-1110), en ruta a Jerusalén [3]. Los nórdicos se movían por la mar como en su elemento, sirviéndose de sus barcas incluso en tierra, mientras que los pisanos no eran lo que se dice unos vikingos, como vamos a ver.
La fuente de información más copiosa sobre la expedición de Pisa no es ninguna crónica cristiana ni musulmana, sino un poema épico latino titulado Liber Maiolichinus o ‘Libro mallorquín de las gestas ilustres de los pisanos’. Poema ya recordado en este blog, por contener la primera referencia literaria a Cataluña y a los catalanes por este nombre. [4] También es de recordar el relato Gestas triunfales hechas por los Pisanos [5]:
«El año 1114 [6], presidiendo el Papa Don Pascual II, un fuego divino encendió los ánimos de los ciudadanos de Pisa y de otras ciudades de la Toscana contra Mallorca. Porque el rey de dicha isla, o mejor dicho tirano cruel de la peor ralea (aunque eunuco), llamado Nazaredeo, tenía una muchedumbre incalculable de cristianos cautivos atormentados largo tiempo en prisiones y cárceles. Por ello, el ejército de Pisa en 300 naves zarpó de las Bocas del Arno el día de San Sixto para liberar a los cristianos…»   
Trescientas galeras, a 150 soldados cada una, portaban un ejército de unos 45.000 hombres. Pisa –como bien se dijo– quedó despoblada de varones, circunstancia que no pasó inadvertida a las rivales Luca y Florencia. Pero el papa, que estaba en todo, y en este su negocio de ‘cruzada’ quería evitar líos en Italia, sugirió que los florentinos, gente fuerte en tierra pero carentes de armada, acampasen cerca de Pisa para custodiar vidas y haciendas.
La despedida se hizo, como de costumbre, entre lloros de viejos, niños y mujeres.  La liberación de cautivos era el paño de honestidad religiosa para una expedición de castigo a los moros piratas, y en todo caso una empresa de italianos liderados por Pisa. Pero la misma Providencia divina que movió aquello, a punto estuvo de desbaratarlo, pues entre disensiones y mala mar, aquella primera Armada Invencible cristiana no daba con las dichosas islas Baleares.
Finalmente los barcos tocaron en distintos puntos de una costa que los curtidos navegantes tomaron por Mallorca, encomendándose al diablo para emprender sin más el ataque y saqueo. Pronto resultó que no, que aquello era Catalania, país de cristianos catalanenses. Dos palabras que se daban por bien conocidas, pero que hasta entonces nadie había escrito. En efecto, eran los dominios del Conde de Barcelona.

Ramón Berenguer III
El tal conde no era enemigo de Pisa, y en ningún caso objetivo de una cruzada. Leamos su presentación (vv. 261-263):
Cui nomen Raimundus erat, qui laudis equestris
Fructus innumeros clarosque paraverat actus,
Hispanos cuius terror commoverat hostes.
(El llamado Ramón, que a fuer de buen caballero,
tuvo en su ejecutoria empresas muchas y claras,
cuyo terror a las huestes hispanas medrosas tenía.)
Ramón Berenguer III visto por Fortuny (1857)
Aquí hay algo que chirría en este elogio del conde, y es el último verso; literalmente: «cuyo terror tenía conmovidos a los enemigos hispanos». ¿Qué más prueba de que entonces Cataluña no era España, cuando su Conde catalán era el terror del enemigo español? Y eso debía saberlo toda Europa mediterránea, si aquí lo atestigua un poeta foráneo ya desde los años 1100, cuando el nombre de Cataluña aparece en escritura.
Cierto que el verso así leído llama la atención, pero es por lo contradictorio con otros versos y con el contexto del poema, donde no sólo Cataluña se identifica como española, también las Baleares, que no eran catalanas. Por muy catalán que aquí se revele el Conde de Barcelona, sus costas eran españolas, para los navegantes (vv. 239-241):
Hac crescente die ceperunt cernere terras
Hispanas, sed eas Baleares esse putabant,
Blandensi donec comittitur anchora ripe.
(Clareando ese día empezaron a divisar tierras
hispanas, aunque ellos pensaban ser las Baleares,
hasta que el ancla fondea en la ribera de Blanes)
«Blanes, ribera y tierra española» ¿Y dónde estaba el Montjuich sino en España?  (vv. 543-550). Allí vino a reunirse toda la flota pisana. Lo mismo Tortosa, y Denia («gozos de la tierra española»; vv. 873-874), con Ibiza enfrente (vv. 1228-1233)…, todo bajo el mismo adjetivo: español, o bien su sinónimo ibero. No podía ser de otro modo, si los dominios condales de Ramón Berenguer caían en lo que siempre fue la Marca Hispánica, trazada por los Carolingios según la toponimia romana.
Según eso, ¿cómo se entendía que un español, siquiera flamante catalán, tuviese «aterrorizados a sus enemigos los españoles»? ¿Qué españoles y qué enemigos? El propio Ramón Berenguer,  yerno del Cid Campeador y luego suegro del rey Alfonso VII de León, aunque valiente, fue más diplomático que guerrero, y evitó medirse en armas con el Cid. ¿Entonces?   
Sintiéndolo mucho por la causa catalanista, no hay más remedio que apagar en fría crítica textual esta ilusión antiespañola, porque el poeta nunca dijo tal cosa. El texto recibido del Libro Mallorquín, según la edición de Carlo Calisse (Roma, 1904), reproduce sin más el códice Pisano, que en efecto contiene ese disparate de copista entre otros muchos. Pero para eso está el aparato crítico a pie de página, con la variante del códice Británico perfectamente inteligible y lógica [7]:
Hispanus cuius terror conmoverat hostes
Ramón «el español, cuyo terror tenía asustados a los enemigos»; o bien, «cuyo terror a la española tenía a los enemigos asustados». Entiéndase así o asá, la españolidad añeja de Ramón Berenguer III y su estirpe no se contrapone ni estorba en absoluto a su catalanidad, más bien nueva en documento escrito.
No es mi propósito contar la aventura pisana, aunque sí contrastar descubrimiento tan de actualidad y apasionante como fue el de Cataluña y los catalanes como españoles diferenciados. [8]
Hasta aquí se nos ha hablado, en verso o en prosa, de una empresa de inciativa papal que Pisa hizo suya con entusiasmo [9]. Ahora bien, los pisanos no estuvieron solos. Con ocasión de su arribada forzosa a Cataluña, el Conde de Barcelona se interesó en la aventura, como refiere el poema (vv.  419-422) y consta por instrumentos pisanos y aragoneses, sumándose luego otros próceres catalanes y de allende el Pirineo [10].  Tras una invernada de pestilencia y reparación de naves en Barcelona, el primer objetivo fue Ibiza [11], tomada tras asedio de un mes el día de san Lorenzo (10 de agosto 1114), «con matanza admirable de paganos».
Esta última apreciación escueta y prosaica de las Gestas triunfales se explaya en el poema hasta extremos de salvajismo (vv. 1420-1425):
Qui per rupturas intrarunt denique muri
Barbara concidunt fugientum corpora ferro.
Tune percussa cadit gladiis Ebusina iuventus.
Hic caput atque manus, illic sunt crura pedesque,
Quaque pedem faceres hominum prosecta iacebant
Eruta corporibus. Morientum milia calcant
Belligeri cunei...
(Los que al fin entran por brechas abiertas del muro
a hierro tronzan los cuerpos del bárbaro que huye.
Cae entonces a espada la juventud ibicenca,
mano y cabeza aquí, por allá los pies y las piernas:
donde ponías pie, yacían miembros humanos
sin sus cuerpos; las cuñas guerreras avanzan pisando
moribundos a miles…)
De allí pasan a Mallorca, mucho más dura de pelar, con medio año de asedio y refriegas, «en que murieron más de 50.000 paganos» (entiéndase infieles mahometanos).
La victoria pisana tuvo un coste enorme. Muchas naves habían naufragado en el lido abierto de Barcelona, y en los veinte meses que duró la campaña hubo muchas bajas. Parte de los caídos fueron enterrados en Marsella, a la vuelta. Con todo, los cristianos liberados sumaron cerca de 30.000, según la cifra épica, y el botín llevado a Pisa, en un clima de entusiasmo, «hizo olvidar por completo la pérdida de barcos, hombres y equipo». Como lo leen. Compensación pueril, máxime si se contempla qué clase de trofeos públicos cubrían entonces el sacrificio en vidas humanas: columnas de pórfido y otras preciosidades, lápidas y bronces para el adorno público, y por supuesto, oro, plata, joyas y ricas telas, en buena parte libres de impuestos para bolsillos privados, porque la cruzada era inversión, era negocio. Artículo especial del botín fue la cerámica hispano morisca que los italianos llamaron luego mayólica (‘mallorca’).

El papel de Cataluña en la jornada balear
Volviendo al Conde de Barcelona, según el relato pisano, don Ramón se sumó a la jornada balear como por casualidad, seguido de otros condes catalanes y provenzales, como quien aprovechaba una ocasión de lucro;  y él concretamente no perseveró hasta el fin, pues en cierto punto decidió regresar a defender sus fronteras.
La amenaza general a la sazón venía de los ‘moabitas’: no los habitantes bíblicos de Moab, en Transjordania, sino el término que usa el poeta por ‘morabitos’, o sea los almorávides, que habían invadido la península Ibérica (1061-1106) y muy pronto también las Baleares, en cuanto zarparon los de Pisa con Ramón Berenguer y compañía.
El relato catalán, como es lógico, atribuirá todo el protagonismo a Ramón Berenguer III y sus aliados catalanes y occitanos, con el subsidio naval de los pisanos. En todo caso, no faltarían negociaciones y acuerdo previo, bajo la bandera pontificia que a todos interesaba, tratándose de tomar posesión de islas. [12]
El historiador oficial de la Corona de Aragón, Jerónimo Zurita, se adhiere a la versión catalanista, como era su deber para el caso, sin meterse a analizar documentos. He aquí su texto, según la edición de 1585:
Tampoco Garibay en su Compendio Historial [13]escatima mérito al Conde catalán, al que llama don Ramón Arnaldo Berenguer, hijo de Ramón Berenguer ‘Cabeza de Estopa’. Aceptando también sin crítica lo que dijeron autores catalanes, reconoce que entre ellos hay discrepancia. Según unos, la empresa catalana sobre Mallorca pasó en 1101-1102, en tiempos de la Primera Cruzada, y la iniciativa no habría sido del Conde de Barcelona, sino del de Urgel don Armengol, «muerto en 14 de Septiembre del año 1102 en una pelea junto a las murallas de la ciudadad». Y en cuanto al primero, don Ramón Arnaldo, «según algunos autores quieren, se halló en esta jornada, y tomando a Mallorca la redució (redujo) a los cristianos» [14]. A todo esto, «los moros de las fronteras de Cataluña» ponen asedio a Barcelona, obligando al conde a acudir –siempre según los mismo autores–, dejando «encomendada Mallorca a los genoveses», mientras él metía en cintura a los intrusos.
Pero «entretanto los genoveses, siendo corrompidos con dineros, dando la ciudad de Mallorca a los moros, fue tanta la justa indignación del Conde y de todos los Catalanes, que refieren algunos autores, que desde la sazón firmaron perpetua enemistad con genoveses para los siglos futuros». Esta era una de las versiones catalanas.
«Pero otros quieren que pasó esto en el año que luego se señalará. [...] En el año siguiente [1113]... comenzó, según otros autores, el conde don Ramón Arnaldo Berenguer a entender en el viaje de la conquista de Mallorca, para cuya mejor expedición, pasando el conde a las marinas de Italia, escriben que trajo la armada de Génova, y haber conquistado  en el años de 1115 la isla de Mallorca, y no en el tiempo arriba señalado.»
Según eso, con intervención del Conde de Barcelona o sin ella, y con viaje del mismo a las marinas italianas o sin viaje, ni la una ni la otra versión catalana mencionaba a Pisa para nada, aunque es cierto que algunos testimonios italianos mencionan la traición genovesa.
Son detalles que tampoco importan mucho, salvo por lo que demuestran, y es que los historiadores españoles de entonces, cualquiera que fuese su nacionalidad, aceptaban las gestas catalanas como propias, sintiendo una comunión española inmediatamente subordinada a la comunión cristiana y católica.
El Rey Moro de Mallorca
Las crónicas genovesas y pisanas de los siglos XI-XIII repiten el nombre de un ‘rey moro’, Mugeto, pirata fantasmagórico, que aun vencido y muerto una vez y otra reaparecía en diferentes mares y costas como un navegante espectral, en un decurso de tiempo muy superior a una vida humana. Obviamente se trataba de distintos personajes bajo un mismo epíteto, al-Muyáhid, o el empeñado en la guerra santa. Precisamente fueron estos ‘muchetos’ o muyahidin, obedientes al quinto mandamiento de la Ley Coránica,  los modelos que inspiraron la idea cristiana de las Cruzadas, por mucho que esto desplazca al relato progre-creativo para denigrarlas y verter unas lágrimas sobre la inofensiva Medialuna.
Cabe incluso la alta probabilidad de que fuesen oriundos de familias cristianas renegadas (muladíes), pues en las taifas que nacen de la descomposición del Califato Cordobés a la muerte del todopoderoso ministro Almanzor (1002), muchas figuras emergentes fueron esclavos de ese u otro origen, convertidos en libertos por sus amos para meterlos en su clientela. Eso explicaría las conversiones y bautizos fáciles que luego vamos a encontrar.
Valíes, emires, visires..., ¿qué más da? La precisión de los títulos suele constar sobre todo en los contratos y pactos, que como es sabido no abundan entre enemigos en tiempos de borrasca, para frustración de historiadores y alegría de aficionados. Dejémoslos en reyes. Por ellos, y por sus sucesores almorávides, Jaime I de Aragón (1213-1276) el Conquistador pudo llamarse también rey de Mallorca (1229), de Valencia (1238) y de Murcia (1266).  
Un primer Muyáhid para el caso fue el que se hizo llamar también al-Muwaffaq, el ‘Asistido’ (de Alá). Muladí liberto de la clientela de Almanzor, muy bien educado en armas y letras, intrigante a río revuelto, creador de efímeros califas de paja. El último suyo, el de Denia (1009), para el que ganó las Baleares, disputando también sin éxito Cerdeña a genoveses y pisanos (1015-1016), cien años antes de nuestra guerra balear. Muyáhid murió en 1045. Su corte tuvo algo de academia por donde pasaron intelectuales y poetas, y él mismo fue héroe de leyenda y de novela (novella = ejemplo, anécdota), como la que cuenta de él en su Crónica el obispo Ditmaro de Merseburgo [15]:
Estrategia de disuasión: mijo contra castañas
«Año 1016. En la Lombardía toscana, los sarracenos llegados en barco invaden la ciudad de Luni, tras poner en fuga a su obispo, y con poderío y seguridad se asientan por todo el contorno, abusando de las mujeres de los habitantes.
Llegó la noticia al papa Benedicto, que reunió a todos los rectores y defensores de la madre Iglesia, rogándoles y ordenándoles que se unieran a él, para devolver como hombres la visita a los enemigos de Cristo tan audaces, y que con ayuda de Dios los matasen. Al mismo tiempo y en secreto envió por delante una flota indecible de barcos que les cortase la retirada. [16]
Enterado de ello el rey sarraceno, y tras el primer enfado, finalmente en un esquife con unos pocos consiguió burlar el cerco y evadirse. Peor aún, todos sus hombres a una contraatacan a los cristianos invasores, les repelen y, lástima da decirlo, por tres días con sus noches los abatieron. Hasta que nuestro Señor, aplacado por el gemido de los piadosos, puso en fuga a sus odiadores, derrotándolos de manera que, sin quedar ni uno vivo en el campo, los vencedores no pudieron contar los muertos ni sus cuantiosos despojos.
Capturada la reina mora, pagó con su cabeza la audacia del marido. El oro de su diadema con todo su adorno y pedrería, el Papa lo reclamó como primicia para sí, y acto seguido envió al Emperador su parte, por valor de mil libras. Repartido todo el botín y cantados los himnos de gracias a Cristo triunfador, la turba victoriosa volvió a sus lares con alegría.
El rey moro, fuera de sí por la muerte de su esposa y de los suyos, remitió al pontífice un valiente saco lleno de castañas, intimándole por el portador:
–Recibe por ahora este regalo mío, y cuenta las castañas que espero disfrutes hasta el verano que viene, en que te enviaré otros tantos soldados.
Recibida la embajada, el papa devolvió al mensajero un talego equivalente lleno de mijo, con este recado:
–Si no te basta con el daño que has hecho a la Hacienda Apostólica, repite la visita. Pero primero cuenta bien los granos de mijo, en la certeza de que encontrarás aquí otros tantos defensores armados de punta en blanco.
‘El hombre propone y Dios dispone’, como reza el libro de los Proverbios (16: 9). Pídale todo fiel cristiano que misericordioso aparte de nosotros esa plaga y piadoso nos conceda la seguridad de esa paz tan deseada y que tanto necesitamos.»     
Este relato ejemplarizante de Ditmaro, aunque fantasioso, fue premonitorio, pues justamente un siglo después tuvo lugar la captura de otro rey de Mallorca con su mujer e hijo por los pisanos. Y no fue el mayor disparate forjado sobre nuestro tema. Otro  cronista monje del Císter, tal vez influido por aquella aventura septentrional del rey noruego Sigurdo, transportaba las Baleares al mar Báltico, afirmando que los de Pisa conquistaron aquellas ínsulas Boreales [sic], que luego el papa Gelasio II [sic, por Pascual II] no tuvo el menor inconveniente en regalar a la ilustre República de Pisa. [17]
No entremos en la tabla confusa de gobernadores y emires por la taifa de Denia en Baleares en el siglo XI. Bastante sería poner nombre histórico a los protagonistas sarracenos del fresco de la Sala Balear o del poema Mallorquín. A tal efecto, los que pueden llamarse ‘reyes’ fueron tres:
1. Murtada: Ibn Aglab al-Murtada
2. Mubáshir: Nasir al-Dawla Mubashir
3. Burrabé: Abu Rabía Sulaymán
1. Murtada (1076-1093) debutó como valí de Mallorca por la taifa de Denia, hasta 1087 en que se erige en emir independiente. Él diseñó y en parte realizó las fortificaciones formidables de las islas, que tanto quehacer dieron a los ingenieros militares pisanos. (Luego hablaré de mi encuentro fortuito con este personaje.)
2. Mubáshir Nasir ad-Dawla (1094-1114) es el ‘Mugeto’ de la guerra Balear. Nativo de la comarca de Lérida, el poema y los anales pisanos andan algo confusos sobre su nombre, que circuló en latín más o menos como Nazaradeolus. Esta forma suena a diminutivo, y así lo entendieron muchos: Nazaradeo ‘el Chico’. Pero no había tal cosa, sino escribir de oído el arábigo Nasir ad-Daula (Salvador del Estado): el título que se dió Mubáshir cuando subió trono, a la muerte de Murtada, de quien fue eunuco, primero esclavo, luego liberto.
Él completó el programa de fortificaciones de Mallorca, tan bien descrito en el poema Mallorquín, pero también fue refinado constructor de palacios, pabellones, baños y jardines, todo lleno de materiales preciosos y obras de arte. Algo de ello existe todavía, parte en Mallorca, algo también como botín de guerra que se trajo a Pisa. Aquella bonanza dio dinero, materiales y ocasión para llevar a término lo que tanto anhelaba el obispo Pedro y halagaba al pueblo pisano: una catedral grandiosa, de lo mejor en la Cristiandad.
En cambio no se sabe qué fue de la celebrada biblioteca reunida por este cultísimo, al par que ferocísimo ‘Mugeto’, émulo de su homónimo el conquistador de Baleares. El poema dice (vv. 2632-2637) que un buen lote de documentos de archivo la había puesto a salvo en Denia, pocos años antes, con ocasión del ataque del normando noruego Sigurdo I. Pero, ¿y los demás libros? «Chi sa che ne fecero i Pisani?», comentaba con ironía el arabista italiano Amari en su elogio del rey moro de Mallorca, como quien piensa en cucuruchos para especias y aplicaciones similares.
«Aunque eunuco, fue valiente guerrero y depredador», si bien no consta en qué medida esta fama le vino de prestado. También se le acusó de crueldad con los cautivos cristianos, con historias de que las fortificaciones que él levantó eran auténticos panteones, con sus muros llenos de cuerpos de cristianos crucificados y emparedados. Una reacción explicable quizá porque en su niñez fue hecho cautivo por los cristianos, hasta su rescate por un embajador de Murtada.
3. Burrabé (1114-1115) es la aproximación fonética de Abu l-Rabí Sulaimán. Poco cierto hay que contar de quien reinó tan brevemente, no se sabe bien a título de qué, posiblemente por razón de su matrimonio con una princesa del linaje de Murtada, como apunta alguna fuente:
Según las Gestas triunfales, en la caída definitiva de la ciudadela de Mallorca cayó prisionera una hermana del difunto rey Murtada con hijos, nietos y cantidad enorme de oro, plata y vestimenta. A todos se les perdonó la vida, en atención a que ella había sido compasiva con los cautivos cristianos. La dama finalmente se quedó en la isla de Mallorca, pero una de sus hijas, la reina, junto con un hermano y un hijo pequeño, vino por su voluntad a Pisa con el ejército pisano, y abjurando del paganismo tomó, junto con su pequeño, nombre cristiano.
Dicha sobrina de Murtada sería la mujer de Burrabé y quizá la reina propietaria, siendo él rey a título de consorte. En fin, especulaciones para dar sentido a noticias dispares en crónicas y epigrafía. Y como los almorávides no llegaban, a él le tocó el papel histórico de rendir Mallorca a los cristianos (1115), aunque sólo por poco tiempo, pues un año después ya mandaba allí el almorávide Wanur ibn Abi-Bakr (1116-1126). Es por tanto el rey moro que se entrega con su hijito en el fresco de las Baleares, mientras ve impotente cómo se llevan cautiva a su reina. Según otra versión, Burrabé en el último momento intentó fugarse en una barca –vaya, otro imitador del Muyáhid legendario–, pero fue interceptado y preso.
A propósito de intentos de fuga, El Liber Maiolichinus aporta otra pieza para complicar  un rompecabezas enrevesado. A mediados de diciembre de 1114, un invierno especialmente riguroso no quitó a los pisanos el buen humor por la marcha de la campaña de Ibiza. Y este fue el incidente (vv. 2885-2896):
Pero antes una nave pequeña procedente de la Balear
tocó en Ibiza con destino a las costas iberas.
A bordo viajaba una dama de ilustre linaje
de regreso a la patria con un hijito pequeño...

A punto estaban de caer en manos de moros exploradores, cuando un batallón de cazadores pisanos se adelantó, los mató y se hizo cargo de la madre y el hijo. Resulta sugestivo imaginar que se trataba de la reina esposa de Burrabé con el hijo de ambos, pero ¿por qué no lo aclara el poeta, en vez de llamarla «clarissima quaedam»? A menos que quisiera indicar que viajaba de incógnito...
La captura de Burrabé pone fin a la guerra Balear, que el poema hace coincidir  con la Pascua, 18 de abril de 1115. La flota de Pisa, para no volver a extraviarse, regresó costeando las playas de Cataluña y Provenza, desembarcando los socios en sus lugares, y aprovechando una escala en Marsella para enterrar a sus muertos. Entre los trofeos viajaba el último taifa balear Burrabé, libre de sus cadenas, pero destinado a exhibirse en Pisa y por toda Italia como «spectabile monstrum» (vv. 3525-3526). El sintagma latino venía bien para redondear el hexámetro, y aquí parece reciclado de otro poema épico algo más antiguo, Las Gestas de Roberto Guiscardo, obra de finales del siglo XI. Allí se describe la captura de un pez monstruoso espectacular, del que nuestro rey moro pescado en el mar sería trasunto [18].
Escrito en las paredes
Iglesia de San Sixto y lápida de al-Murtada rey de Mallorca
En aquella visita mía fugaz de 1956 (repaso mi libreta), al pasar junto a una iglesia románica nada conspicua por fuera me fijé en una lápida con inscripción árabe cúfica incrustada en el muro a la calle. Entonces me daba por el árabe y algo saqué, lo justo para entender que era un epitafio. De su importancia histórica, entonces ni idea. Hoy entiendo que la iglesia (en la que no entré) era San Sixto, aunque la inscripción ya no está allí donde creo recordar que le vi, sino dentro del templo a buen recaudo. Lástima de camarita fotográfica dejada en el barco, pues por lo que leo, aquel texto del que nadie hacía caso ha sido después muy estudiado, y habría sido para mí un buen ejercicio de interpretación, o al menos un rompecabezas en aquel periplo.
Es la lápida sepulcral del referido emir de Mallorca Ibn Aglab, auto proclamado rey independiente de la taifa de Denia con el epíteto al-Murtada (1076-1094), algo así como el Consentido (de Alá, se entiende): epíteto alusivo a la complacencia divina que dio el visto bueno a sus atrevimientos. La lápida, hoy rota y mutilada, debió de formar parte del botín de guerra que trajeron los pisanos de su expedición a Mallorca y desvalijamiento de la isla. Se supone que el trofeo se puso en San Sixto, por ser entonces la iglesia comunal de Pisa. [19]

Acabamos de rodear la gran Catedral de Pisa. Notable como creación estética, este edificio lo es también como paredón inmenso de inscripciones. Algo así como el apocalíptico Libro de los Siete Sellos, escrito todo él por dentro y por fuera. Quédese lo de dentro para otra ocasión, y veamos algo de lo escrito en la fachada.
Monumento funerario de Busqueto, primer arquitecto de la Catedral
Empezando por la primera arcada ciega, entre la esquina izquierda, o norte, y la puerta lateral izquierda de la misma fachada, se destaca a media altura el sarcófago antiguo del arquitecto de la catedral, Busqueto, con varias escrituras a propósito. Debajo del mismo se halla una gran lápida con la relación de victorias navales contra los sarracenos en la primera mitad del siglo XI, todo en dísticos latinos de autobombo verboso, propio de esta propaganda.
Pues bien, más abajo de la inscripción naval, ya cerca del suelo, hay otra pequeña, gastada y un tanto misteriosa, por ser el epitafio de una mujer anónima que se dice reina de Mallorca y botín de guerra de los pisanos. Posiblemente estamos ante la piedra más intrigante de toda la catedral, aunque ha pasado muy inadvertida. Siempre en dísticos latinos, viene a decir:
Prole real me engendró, los pisanos me raptaron,
    Presa suya de guerra fui junto con mi hijo.
Reina fui de Mallorca, mas ahora bajo la piedra
    Que ves yazgo, alcanzado mi final.
Así, quien seas, de tu condición haz memoria
    Y con ánimo pío ruega por mí a Dios.
Epitafio de la Reina de Mallorca
¿Quién podría ser esta reina anónima de Mallorca, si no la mujer de Burrabé, la misma que vimos en brazos de su raptor pisano en el fresco de Farelli? Produce sorpresa encontrar la sepultura de una reina mora en el muro de una catedral. Sorpresa que se vuelve emoción al indicarnos ella misma de forma velada que murió cristiana. Discreción que contrasta con la denuncia de su cautiverio, y cómo ella no vino a tierra de cristianos por su voluntad. Que no es exactamente lo que hemos leído en las Gestas Triunfales Pisanas, donde se afirmaba que ella vino con el ejército pisano por su voluntad, dejando a su madre en Mallorca, y sin duda con intención de hacerse cristiana.
¿Pero por qué precisamente emparedada? Otra vez la conjetura.  Habría que hacer alguna prospección –si es que no se ha hecho– para averiguar si estos monumentos, el de la Reina de Mallorca y el del arquitecto Busqueto, son tumbas o cenotafios. A diferencia de las inscripciones fundacionales o propagandísticas, que estarían aquí fuera desde siempre, los sepulcros pudieron estar en el interior del templo. Tengamos en cuenta que esta Catedral de Pisa ardió en pompa en 1595, y en la reconstrucción muchas piezas se desplazaron.
También su hijo el príncipe, del que ella habla sin ponerle nombre, fue regalado al arzobispo Pedro de Pisa, que no sólo le educó y bautizó llamándole Lamberto, sino que le hizo merced de un sitial de canónigo en el cabildo catedral, en el mismo templo donde enterró a su madre. ¿Escribiría él mismo los versos del epitafio?

Es tradición que este joven se hizo querer bien de los pisanos, y esto es creíble sin dificultad. Añaden que ese amor llegó a tal punto, que siendo Lamberto sólo clérigo y no de mayores, le propusieron al papa para se investido... ¡rey de Mallorca! Feudatario de la Santa Sede. Y esto sí que se hace más cuesta arriba, aunque proponer es libre y repetir lo que se lee  no tiene engaño.

Yo por mi cuenta aventuro mi propia hipótesis de trabajo, o por lo menos de pasatiempo: la Reina de Mallorca vino a Pisa a hacerse cristiana con el príncipe su hijo, con el objetivo de interesar a la Iglesia y al Imperio en la reposición de su Lambertito en el trono de Mallorca. ¿Hace?
En fin, que estos finales agridulces de madre e hijo compensan un poco la curiosidad insatisfecha por conocer la suerte final de Burrabé, un avez agotado su destino político como espectáculo de ferias. ¿Terminó, también él, cristiano? Respóndanse ustedes mismos, en la seguridad de que todos acertamos.
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[1] Murray’s Hand-Book for Travellers in Northern Italy... [By Sir Francis Palgrave.] John Murray (Firm), 1842, págs. 440-441.
[2] La flota de Daiberto arribó a Siria, donde se pensaba que estarían los cruzados, a fines de septiembre, cuando Jerusalén ya había caído. La supuesta participación pisana en la toma de la Ciudad Santa se funda en testimonios de oído, como el llamado Bartolfo de Nangis, allá quien lo vio.
[3] Cfr. M. A. Linton, The Crusades. A Wikipedia Compilation, cap. 24, págs. 172-175.
[4] Liber Maiolichinus de gestis Pisanorum illustribus. Edic. Carlo Calisse. Roma, 1904.
[5] Gesta triumphalia per Pisanos facta, de captione Hierusalem, et civitatis Maiorcarum, et aliarum civitatum. En Rer. Ital. Script., 6 (cols. 97 y sigs.).
[6] Calendario estilo pisano, ab Incarnatione; año común 1113.
[7] «La presente edición se ajusta al códice Pisano, que difiere notablemente de los demás...» (C. Calisse, Introd., pág. XLIV); «las variantes de los demás códices van fuera de texto, en notas críticas»
[8] La fecha entrado el siglo XII les parece a algunos tardía para su Cataluña eterna, y hay quien resta  importancia a la primicia del Maiolichinus («curiosa referència», según Joan Armangué Herrero, “El ‘Liber maiolichinus de gestis pisanorum illustribus’ (s. XII).” Quaderns de la Selva, 14 (2002): 271-278; cita a Santiago Sobrequés, Els grans Comtes de Barcelona (Barcelona: Ediciones Vicens Vives, 1980, 3a ed., pàgs. 144-145. Cfr. P. Balanyà, “Catalunya, ‘La Terra de la Riquesa’”. Medievalia, 10 (1992): 41-53; Luis Rubio García, “Catalán - Cataluña”, Estudios Románicos, 1, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Murcia, Murcia, 1978, págs 239-272. Con todo, téngase en cuenta la observación siguiente, tomada de la nota biográfica sobre José Antonio Conde, el autor de la Historia de la dominación de los árabes en España, en su edición de Barcelona, Imprenta y Librería Española, 1844, 3 tomos; T. I, págs. VII-VIII: «...Durante algunos siglos, la historia de los árabes y moros fue casi la única que pudo llamarse de España; pues ocupado lo más de su territorio por aquel pueblo …, aun por los mismos cristianos de las provincias septentrionales solía darse exclusivamente el nombre de ‘España’ a la parte ocupada por los árabes.» Sin tomarlo como regla absoluta, ni mucho menos («solía»), pongo un ejemplo, del Chronicon Pisanum (edic. de Michele Lupo Gentile, Bologna, 1936, pág. 100:
«Año 1012. Una flota vino de España a Pisa y la destruyó. Año 1016. Los pisanos y los genoveses guerrearon con Mug(i)eto y le vencieron. Año 1017. Mug(i)eto vuelve a Cerdeña y empieza a edificar allí una gran ciudad, mientras emparedaba a hombre vivos crucificados. Entonces los de Pisa y Génova vinieron allá, y él despavorido huyó a África...»  
[9] Tronci en sus  Anales Pisanos, al año 1114, dice que Su Santidad nombró capitán general de la armada al arzobispo de Pisa Pedro Moriconi y, como a legado suyo, le concedió el uso del estandarte pontificio, extensivo a otras empresas similares como privilegio a perpetuidad (págs. 43-44).
[10] Tratado de alianza entre Ramón Berenguer de Barcelona y los Pisanos (San Feliu, 7 de septiembre 1114); recordado y confirmado por Jaime I en su tratado con los mismos (Barcelona, 8 de agosto 1233). Copias en R. Archivo de Estado de Pisa y Archivo de la Corona de Aragón; texto latino en C. Calisse, Liber Maiolichinus, o. cit., Apéndice, Doc. 1, págs. 137-140.
[11] «Reunidos en Ibiza, que es la Menorca… », según Tronci, o cit. pág. 47; el cual sin embargo escribe a página seguida: «Los ibicencos (porque Ibiza era el nombre de la ciudad)...»
[12] La curiosa ‘teoría insular’, por la que el papa se atribuía la posesión raíz de todas las ínsulas, y por extensión también de las penínsulas, confiriendo su feudo a voluntad, ya la recordamos en otro artículo: ‘Soñar en celta (4)’.  
[13] Libro 31, caps. 34-35; tomo 4, págs. 27-28, de la edic. de Barcelona, 1628; edic. Amberes, 1571, págs. 690-692.
[14] La supuesta expedición del Conde de Urgel a Mallorca, de la que habla también Zurita, es rebatida por Campaner, como confusión de Mallorca con Mayeruca o Moyerusa; o. cit., pág. 94.
[15] Crónica de Ditmaro, 7, 45 (31). Ditmaro de Merseburgo es conocido nuestro en el blog: ‘San Carlomagno’, 2018/01/01.
[16] Benedicto VIII (1012-1024), papa tan espiritual como temporal y guerrero, disponía de una flota, de la que nombró almirante a su propio padre. En el desembarco sarraceno de 1016 en la ‘Toscana Lombarda’ la flota pontificia se hizo a la mar, mientras el papa en persona, dejando a un hermano suyo encargado de la seguridad de Roma, puesto al frente de un ejército alcanzaba una gran victoria terrestre. Los sarracenos se enrocaron en Cerdeña, pero la flota papal con las de Pisa y Génova los desalojó, quedando la isla como colonia de Pisa.  
[17] Cfr. Benedicto Mastiani, De bello Balearico. Edic. anotada por D. Moreni, Florencia, 1810, pág. 10, n. 2.
[18] Guillelmus Apuliensis, Gesta Roberti Wiscardi, libro 3. Nótese también el paralelismo de Burrabé, cautivo pero desencadenado por la magnanimidad pisana, y la misma actitud de Roberto para con el enemigo vencido y prisionero. El mismo hemistiquio (spectabile monstrum) le sirve a Petrarca para ponderar la maravilla del nacimiento de la Sorge regurgitada por la gruta de Vaucluse (Epístolas, libro 3), como sirvió a Nivardo en el Ysengrimus (lib. 5, v. 371) para acentuar la comicidad de una deglución prodigiosa.
[19]  Al-Murtada o Mortadá aparece citado en las Gestas triunfales; cfr. L. Maiolichinus, ed. de C. Calisse, o. cit., págs. 126 y 132. Cfr. Carmen Barceló, “L’epitafi del rei mallorquí Ibn Aglab conservat a Pisa.” Hace hincapié en el formato típico andaluz del texto, y sobre todo identifica al difunto con el rey al-Murtada de Mallorca. Álvaro Campaner y Fuertes, Bosquejo histórico de la dominación islamita en las Islas Baleares. Palma, 1888, págs. 57 y sigs.; 81-82; 85 y sigs.



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Belosti Belosticalle.
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2019-03-21


Belosticalle: A Viejecita y Atalanta (03-20):
Querida Atalanta, no es cuestión de erudición, sino de prevención: salir ‘galeatus’ para no volver a casa ‘goleatus’.
Los blogs en general no tienen fama de fiables y sí bastante de plagiarios. Por eso, si no eres una autoridad, o al menos una vaca sagrada, no está de más cubrirse y apuntalarse con testimonios contrastables.
Sin pasarse, claro, con la cantidad de material que circula por la Red.  Pero para eso está Dª Viejecita, un cielo de lectora, que con su contento o con su silencio da la pista.


Belosticalle: A Gulliver (03-20):
Así es, maese Lemuel.
Mujer bragada, la Berenguela. Cosa no difícil de entender, ya que el año de su boda termina en ‘8’, dígito feminista si los hay (según dictamen atribuido a Dª Carmen Calvo).
Pero qué curioso, con boda de tanto tronío entre la Berenguer y el Emperador, y con descendencia reinante, apenas se oye ni se lee nada de una ‘corona catalano-leonesa’. Habrase visto. ¿Será culpa de las malhadadas corridas de toros?
Un saludo.


Fernando Navarro (Navarth)
24 de marzo, 23:16

Querido Don BELOSTICALLE, muchísimas gracias por el honor que me hace al dedicarme esta entrada.
Un relato, por cierto, tan completo que comienza como una novela de aventuras -con el viaje de los despistados paisanos- y acaba, en tono de novela policiaca, con  el descubrimiento de la lápida de la infortunada mujer de Burrabé.
Tiempos crueles para los mallorquines, que quizás sean el embrion de la turismofobia que ahora padecen nuestras islas.
Lo dicho, un fuerte abrazo.