Todos los que tuvimos la suerte de sobrevivir al naufragio del Titanic, aquella noche triste de abril de 1912, llevamos en el tímpano la frase sacramental, «Mujeres y niños primero». Era, todo en uno, invitación cortés, orden terminante y amenaza subrayada por el cañón de un revólver. Esto último, poca cosa frente a una multitud enloquecida, cuando intuimos el nulo propósito de hacerse obedecer a rajatabla. [1]
Aquella frase, con su situación dramática, viene ahora evocada por otra en paralelo: «Españoles primero». La propuesta del líder de Vox está sacudiendo a medio espectro político, que clama alarma social, insulto a la Constitución, a la Carta Internacional de Derechos Humanos (1948, 1966), y hasta blasfemia contra el Espíritu Santo, azuzando a la Conferencia Episcopal española contra estos renegados del Evangelio y el Decálogo en su versión cristiana (Mateo, 22: 39). Eso, sin olvidar los principios y valores morales de la izquierda progresista, incompatibles con cualquier prioridad de España y lo español frente a su contrario, lo no español, en cualquier sentido y circunstancia próspera o adversa. Hasta ahí podíamos llegar.
Lo curioso es que, en esa voz de alarma, esta clase política docente no representa a su discente feligresía, que en alta proporción comulgaría con el lema nefando, según encuestas fiables. En cuanto a la derecha, tampoco los votantes del PP hacen tanto remilgo como sus votados portavoces del partido, porque lo de ‘españoles primero’, en España, les parece de sentido común.
¿De verdad, dos palabras juntas dan para tanta guerra? Es lo que aquí se trata de entender.
Su misma literalidad, ‘españoles primero’, parece inspirada en el lema ‘América primero’: traducción literal de un ‘America first’ (1915) nada inclusivo, pues se refería a los Estados Unidos de Norteamérica, y a nadie más del continente americano. Esto es lo único fijo e invariable en la semántica de la expresión, ambigua y cambiante desde hace más de un siglo. La misma ambigüedad y multiuso del lema, aplicado a España y los españoles, obliga a leerlo en su contexto político actual: como respuesta al Real Decreto de 14 de abril pasado. Estudiado con calma, hasta es posible que tenga sentido razonable y acorde con la gran mayoría del pueblo español.
En primer lugar, ese real decreto no tiene nada que lo justifique como tal. Dentro del récord de reales decretos –unos 165– que lleva acumulados el gobierno Sánchez, éste es de relevancia particular, porque toca nada menos que al corpus y quórum del Pueblo Español, S. L.: el conjunto de individuos que conforman la nación y estado llamado España, dentro de la Unión Europea. Algo que está definido en la Constitución española, y no se puede cambiar por decreto. Más aún, su cambio es de los que piden referéndum, como está ocurriendo en Suiza sobre una propuesta interna de limitar su población a 10 millones (numerus clausus). Cierto que Suiza no forma parte de la Unión Europea, pero sí del espacio Schengen, a efectos de libre circulación de personas. Cierto también que la Confederación Helvética es de democracia directa, muy consultiva popular; pero en este caso vale la analogía, porque se trata de lo mismo, aunque tratado al revés: allí, para conservar la población autóctona suiza, evitando su dilución en aluvión de inmigrantes; aquí, para lo contrario: acelerar la dilución y ‘reemplazo’ de los españoles, ya ‘en agujas de extinción’, por dejadez de la función reproductiva.[2]
Españoles por españoles: la teoría del reemplazo
Esta intencionalidad no vendrá expresada ni reconocida en los textos legales, aunque sí en soflamas populistas. Un ejemplo: la eurodiputada Irene Montero, en un mitin de su partido (Zaragoza, 31 de enero), pedía «por favor» a las personas «migrantes y racializadas (?)» que «no nos dejen solas con tanto facha».
A propósito, hablo con la IA sobre eso que dicen, de la sustitución o reemplazo intencionado de nativos por foráneos, como pesca de votos para la izquierda. Cortés como siempre, al principio la doña me presentaba la ‘teoría del reemplazo’ como una mera suposición en el debate político, una teoría conspiranoica de la derecha. Apretándole yo un poquito, reservas fuera, me llevó derecho a las fuentes sobre lo de Zaragoza, donde la líder insistió textualmente: «Claro que yo quiero el reemplazo: reemplazo de fachas, reemplazo de racistas y de vividores en este país, con gente trabajadora». Como también –según mi citada informante–, en aquellas ocasión se exigía al gobierno que la regulación de inmigrantes incluyese de inmediato el derecho a voto, bien fuese agilizando la nacionalidad, o cambiando la ley electoral. Ergo…
Según eso, la intencionalidad reemplazo no es fantasía, más allá de lo natural que cualquiera puede ver a diario, cuando se cruza por la acera, o en el metro cede el paso a una dama entre dos niños, el más pequeño, de la mano, mientras con la otra empuja un cochecito con un bebé (si no son dos), y ella luciendo vientre curvo de buena esperanza. ¿Racializada, por multípara? Dígalo doña Irene, pero por supuesto, no española. A ese paso, reemplazo seguro, aunque los votos de los españoles nuevos están por ver.
Quien hace un cesto, digo, un decreto …
Pasemos ahora de arrebatos mitineros, para reparar en lo que importa, y ni nos damos cuenta. Porque, en efecto, por este real decreto «se modifica el Real Decreto 1155/2024, de 19 de noviembre, por el que se aprueba el Reglamento de la Ley Orgánica 4/2000, de 11 de enero, sobre derechos y libertades de los extranjeros en España y su integración social».
La explicación burócrato-críptica –valga el pleonasmo–, se refiere a un mero cambio en el Reglamento de Extranjería, introduciendo una regulación extraordinaria para inmigrantes ‘sin papeles’. Dicho así, una norma reglamentaria sin rango de ley, potestativa del gobierno sin pasar por las cámaras. Ahora bien, si la regulación ‘introducida’ por decreto resulta ser tan ‘extraordinaria’ y tan permisiva que infrinja la propia Ley de Extranjería, en su letra o su espíritu, burlándola por un coladero, ese fraude de ley viciaría de nulidad el decreto, cabe pensar, pero allá los expertos en funambulismo legal y saltos a la torera. [3] – Según eso –me planteo–, lo que el gobierno realmente modifica de urgencia por decreto en abril de 2026 es su propio Reglamento de Extranjería, aprobado también por decreto en noviembre del 24, pero que entró en vigor en mayo de 2025. El cambio de reglamento se justificaba, para eliminar estorbos burocráticos. Ahora, tras un año corto de rodaje, la urgencia del nuevo cambio se basa en razones morales, como nuestra «vocación de país garante de los derechos humanos», por la cual «esta norma incorpora la perspectiva de la infancia como principio informador del conjunto del texto»(¡?). Como también, «del mismo modo, la norma otorga un carácter preponderante a la perspectiva de género, que también actúa como principio informador transversal, de forma que el texto contribuye a generar un impacto positivo en términos de género» (sic), etc. ¡Pero qué broma es esta! ¿De verdad, tanta verborrea aguanta el B.O.E.?
– Tranquilo, Belosti –me respondo–. Si nos fijamos bien, es la versión galimatiprogre de ‘las mujeres y los niños primero’. Sólo que aquí se invierte el orden, porque los niños que le importan al gobierno decretista no son los hijos de las mujeres supuestamente migratorias, sino los menas, acrónimo, ‘menores extranjeros no acompañados, y que a menudo ni siquiera son menores. Luego, si quieres, hablamos de estos infelices que, por alguna razón adivinable, son casi todos (94%) del género masculino.
Por otra parte, la ‘perspectiva de género con impacto positivo’ tampoco piensa en la mujer como principio biológico y cultural de la especie humana: mediante la producción de nuevos seres, y su primera incardinación territorial. Y esto es así en todas las razas y pueblos del planeta, como única máquina capaz y condicionante. Recordemos lo obvio, como Reg a su camarada transexual Stan/Loretta, en La vida de Brian’ (1979): «Tú tendrás los derechos que gustes, pero tú no puedes parir: no tienes matriz».
En fin, para colmar el insulto a la inteligencia, el decreto nos regala este ‘valor añadido’: «la aportación cultural y social de estas personas, cuya diversidad de orígenes, lenguas y tradiciones enriquece la vida comunitaria, refuerza la cohesión social y proyecta una imagen de país plural y dinámico. (Este valor añadido justifica también la adecuación de su situación administrativa al grado real de integración alcanzado.)
Para mayores sin reparos, el Decreto en cuestión puede leerse en el BOE de 15 de abril de 2026, N.º 92. Son sólo 21 páginas de nada. Tan de nada, que valen de hilo conductor en el laberinto sanchista, por lo que toca a ‘política’ migratoria desde que manda el ‘Puto Amo’ –que le aduló un siervo suyo, o que por tal se tenía–. Porque uno puede no ser de Vox, ni siquiera simpatizar con su líder, y sin embargo entender que «españoles primero», en la España del régimen, no es la barbaridad que algunos airean.
Quién no ha visto repetirse la escena, día sí y día también. En urgencias hospitalarias, la madre extranjera, visiblemente racializada, con su criatura moribunda en brazos, retroceder ante la turba que le grita: «¡Españoles primero!» Triste espectáculo, en verdad. Bochornoso e inhumano… Ah, ¿que ustedes no han presenciado tal cosa? Yo tampoco; pero a que impresiona, ¿verdad que sí? Porque los sermones –también los de odio–, calan mejor predicados en parábolas.
En mi descargo, puedo decir que no me considero de la ultraderecha. De ningún extremismo, en general. Por razones varias, pero sobre todo por estética, porque alguien dijo que toda afectación es mala. Aun así, incluso yo entiendo que el lema puede no tomarse a mala parte. ‘Españoles primero’ es el reparo más cuerdo a la praxis migratoria de este gobierno, y no de este solo. El control de fronteras no es potestativo, es obligación primaria de todo gobierno. Si el dueño de un establecimiento, una cafetería, puede reservarse el derecho de admisión en ella, no es el caso de un gobierno que sólo administra un estado en nombre del pueblo soberano del mismo.
Migración y emigración pueden ser cuasi sinónimos, pero inmigración no significa lo mismo. Emigrar puede ser potestativo, pero la inmigración o ingreso y asentamiento en otro país está sujeto a normas. Al margen de ellas, y burlando todo control, la entrada es irregular y no genera derecho de admisión, más bien de suyo merece expediente de expulsión.
Fuera de Jauja, Magonia y algún otro paraíso imaginario, en todos los demás países los recursos suelen ser limitados y su distribución, delicada. Por lo mismo, un buen gobierno debe calcular la cuota y calidad de inmigración, exclusivamente regular, por algoritmo ajustado a cuatro criterios: necesaria, conveniente, sostenible y proporcionada. De no hacerse así, o peor aún, haciendo lo contrario, por desidia o por solidaridad mal entendida –que suelen ser las tapaderas intercambiables de intereses espurios–, o descaradamente, por reemplazar a una parte de ciudadanos que otra parte decide, porque no le gustan, ninguna reforma reglamentaria de la extranjería surtirá ese efecto benéfico, soñado o señuelo, de enriquecimiento cultural, cohesión social y música celestial. Con regulaciones masivas exprés y por decreto, tal vez el poder apañe votos para que nadie gobierne, pero entonces, «españoles primero» será la consigna creciente y atronadora, aunque al fin sólo sea para disputar a los foráneos los puestos de mendicidad con alguna esperanza de llevar algo a la boca.
Se nos quiere vender que en la historia siempre se dio el fenómeno de las migraciones, con saldo positivos en términos de progreso. Sin ir más lejos: las invasiones bárbaras que transformaron el Impero Romano en la Europa de naciones. No tan simple. La Filosofía de la Historia está muy por hacer, y de su Teología –como le dijeron los atenienses del Areópago al apóstol Pablo–, «mejor si lo dejamos para otra ocasión» (Hechos, 17: 32).
El cambio que hoy nos pilla en pijama es la globalización tecnológica, sin contrapartida cultural equipolente. Se nos quiere vender la bondad intrínseca de las migraciones, como ejercicio y taller de derechos humanos para la convivencia. Ensayo tan peligroso devora esfuerzo, dinero y propaganda interesada, que mucha gente no acaba de entender ni agradecer. Sería más lógico invertir en ayuda al desarrollo de los pueblos de origen y la promoción interna de los individuos, moderando la emigración forzosa o forzada. Por desgracia, la corrupción de sus gobiernos consume con creces cualquier ayuda, y brinda ocasión a otros corruptos para el tráfico y comercio de personas…
Aquí mi demonio de la guarda me tira de la manga, que no me enrede, y punto en boca. Sólo una consideración, y concluyo. A la gente mayor por la general no nos tranquiliza que nos muden el paisaje físico y su decorado humano. Preferimos la variedad de países, al revuelto de culturas. De unos años acá, evitamos ciertos lugares de la propia geografía urbana que nos era familiar. Adelantamos la hora del retiro a casa y –por qué no confesarlo– vernos de repente solos en un concurso de ‘personas racializadas’, a veces nos desasosiega. Sin disculpas. Cosas de la edad.
Coda
Estaba despejando la pantalla para apagar el ordenador, cuando mi ángel de la guarda, sin decir palabra, me invita a darle un vistazo al nuevo decreto dado a conocer este 6 de mayo. En su ‘virtud’ (¡?) –dicho en modo sarcasmo–, el Gobierno declara SECRETO o RESERVADO cualesquiera informes y documentación tocante a la regularización masiva de inmigrantes. Tupido velo sobre el número de personas, su procedencia, antecedentes policiales y penales, etc., todo hasta dentro de 35 años.
Desde su entrada en vigor, la consigna «españoles primero» decae en favor de un más lógico «sálvese quien pueda». Y muchos años antes del plazo señalado, alguien saboreará un puro mientras se fuma la película, ‘El hundimiento de una nación, de cuyo nombre no quiero ni acordarme’.
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Notas:
1. Para ilustración general, la Wikipedia ofrece un buen artículo sobre la historia y alcance del citado mandamiento. Por lo demás, en el Titanic real parece que no hubo disparos ni suicidio del primer oficial Murdoch, que murió por accidente.
2. DRAE, aguja, 16. No estamos en vías de extinción, todavía, pero entramos en agujas, en jerga ferrovial.
3. Dura Lex, sed toreram saltare, de Kalikatres el Sapientísimo, ¿alguien se acuerda?.
