lunes, 1 de junio de 2009

«En algunas ocasiones», y otros ripios



No es mi plan abrir la trastienda intimista. Y no creo hacerlo si apunto aquí algunas impresiones de estos días, por lo que tienen de objetivo y, en cierto modo, de ajeno, aunque también me caiga 'prójimo' (con jequis de México).

Verdad sea dicha, pertenezco a un grupúsculo singular. Colegas de promoción que todavía seguimos reuniéndonos, entre unos veinte y treinta y tantos, en un punto diferente cada año… ¡y de aquello hace ya cuarenta! Estrictamente vedado el acceso a consortes y demás familia, lo que no estorba topar con algún matrimonio que otro en el grupo, pues esos accidentes se dan hasta en las mejores promociones.

Jubilados unos, a punto el resto, organiza nuestro 'inserso' particular la compañera Maite, alma máter de la idea, con su punto de rigor necesario para que la intendencia funcione. He ahí la clave de arco de esta experiencia, motivada en cada edición por algún interés naturalístico, contando con el magisterio de elementos nuestros en activo por esos campos (y nunca mejor dicho): la propia Maite, Javier, Maruja, Checho, Ana…

Esta vez el encuentro ha sido en un Oviedo caluroso y festivo.

Una primera excursión, el viernes 29, nos lleva a Covadonga y a los lagos Enol y Ercina, en el Parque Nacional de Picos. También pagamos tributo a la dinomanía visitando en Colunga el Museo Jurásico de Asturias (MUJA). De vuelta, una espicha en Casa Trabanco (Lavandera, Gijón).

Desentumecidos y asilvestrados, el sábado desde Cangas del Narcea nos asomamos al Bosque de Muniellos, gran Reserva Natural Integral, haciendo a la bajada un recorrido por el precioso valle del mismo río. Allí vemos un par de cortines colmeneros a prueba de oso pardo. (No así de otros recolectores, bípedos implumes 'de uñas planas' –característica diferencial del homo platonicus, para distinguirlo del Gallo de Morón, o simplemente de un gallo desplumado a la manera de Diógenes). Comemos en un lugar de cuyo nombre bien me acuerdo, aunque me callo dónde, prefiriendo el silencio piadoso a una publicidad negativa, por la desfavorable relación atracón/atraco. De postre, como algunas otras veces, nos rifamos un ejemplar de mi último libro. Esta vez le ha tocado a Mimos.

Por la tarde, en Salas, visita al mausoleo de don Fernando de Valdés, Arzobispo de Sevilla (donde ni puso los pies); Gran Inquisidor que, con todo su gesto santurrón, fue ruin verdugo de su colega el Arzobispo de Toledo, Bartolomé de Carranza, al que, de cristiano a cristiano, bien que le hizo la puñeta.

De paso por Cornellana, visita a la románica iglesia de San Salvador, de triple nave, cuyo párroco nos ruega amablemente transitar por las laterales sin conculcar la central, en cuyo suelo él mismo en persona, con industriosas manos y una abrillantadora movida por fluido eléctrico, sacaba lustre a la cera.

…Y domingo 31. Naranco: Santa María, enigmático edificio. Y San Miguel. En las dos jambas de la puerta de esta iglesia, la misma escena en bajo relieve: Unos ludi consulares del Bajo Imperio o de Bizancio. Número fuerte del espectáculo: el salto de la garrocha sobre un león vivo, que ataca al saltarín sin quitarle ojo al zurriago del domador. («Y ahora, si desean hacer alguna pregunta…» «¿Es hombre el garrochista, o tal vez una fémina?» La pregunta no hace gracia a la cicerona.)

En la Catedral, un maestro organista se recrea improvisando sobre la poderosa máquina de hacer música, en arrebatadora ventolera. Se ve que disfruta tocando a pie de público, en el presbiterio, donde se ha instalado la nueva consola. Acústica soberbia. Contrabajón digno del Día del Juicio. ¡Dios, qué rejo!

Estos días, muchos vanos de Oviedo aparecen engalanados con la bandera española, donde campean cosidas una tijeras de alfayate recortadas en paño. ¿Preconstitucional? En cierto modo, sí. Incluso prevexilar. Nada menos que en el siglo XIII tuvo lugar el acto que dio origen a la fiesta movible de la Balesquida, la cofradía de sastres y cortadores, que culminará el próximo 'Martes de Campo'. Este primero de mayo, domingo de Pentecostés, ante la Catedral y San Tirso, es la 'Cabalgata del Heraldo', blanco como un armiño él y su cabalgadura, con gran fanfarria de gaiteros y otros músicos. Se nota bastante el vacío, por el fuerte calor y el éxodo festivo, con estreno de playa.

La Balesquida: es en lo que vino a dar el nombre de doña Velasquita Giráldez, allí cerca enterrada. La señora, compadecida de tanto sastre desastrado por culpa de malos pagadores, fundó una obra pía para la Cofradía del gremio, haciéndose acreedora de una gratitud que aún perdura, festejada desde mediados del siglo XV con un reparto de socorro y almuerzo campestre en el Campo de San Francisco.

A los del País Vasco, también de Navarra, nos da envidia el festejo asturiano, tan espontáneo, de todos para todos, sin esa embestida contra alguien o algo, que parece consustancial a nuestras celebraciones vascas. ¡Qué le vamos a hacer! Ellos pueden permitírselo, nosotros no. Somos un pueblo ofendido, una tribu incomprendida, una etnia maltratada, una nación hostilizada.


Sólo Europa será capaz de comprendernos algún día, devolvernos la razón que nos asiste, y mostrar al mundo que si nos quejamos no es por vicio, sino porque en efecto somos un pueblo ofendido, una tribu incomprendida, una etnia maltratada etc. etc. Porque aquí, en el Estado, todo el mundo nos debe algo, y así no es posible hacer ninguna fiesta que no se nos torne en lucha reivindicativa. Nuestro demonio familiar se encarga de ello. Hasta que mañana otro día seamos un país más en el concierto de las naciones. Y entonces se va a enterar Europa cómo las gastamos, cuando a la pobre le llegue el turno de aguantar nuestra monserga heptaquiliasmática, o séase septenmilenaria, con quién se creen ustedes que están tratando.

Los vascos somos el pueblo más viejo de Europa. Y se nos nota.

jueves, 28 de mayo de 2009

Memoria en sepia




Ayer caí por lo que parecía una presentación de libro a punto de empezar. Sorpresa grata, cuando veo aparecer a Imanol Villa con su recién nacida Historia del País Vasco durante el franquismo (Madrid, Sílex, 2009). Decepción, al anunciarse la ausencia del presentador Manuel Montero. Y una verdadera lástima, tener que dejar el acto por otro compromiso. A pocos metros de allí me aguardaba una conferencia apasionante. Nada menos que el origen y evolución de los bólidos y meteoritos, sus frecuencias de impacto en nuestro globo, y la eventualidad improbable de que un cruce de órbitas ponga fin a todas nuestras cuitas, a todos nuestros devaneos.

Así que me quedé sin la presentación, aunque no sin el libro, comprado esta misma mañana.

Lo primero que he buscado allí –en vano, por cierto– ha sido la expresión «en sepia». La había leído en alguna crítica, como cuño del mismo Villa, que en efecto la usó en su Historia breve del País Vasco (Sílex, 2006) como cabecera de sección: 'Historia en sepia: el "reinado" de Franco'. Con esta explicación: «en sepia, porque ése es el color de muchos de nuestros recuerdos».

Eso de recordar 'en sepia' cuadros de memoria no quiere decir que sean falsos, como no lo es Retrato en sepia de Isabel Allende, aunque se trate de una novela de proyección autobiográfica a un pasado no vivido. Ni siquiera el pasado tiene que ser necesariamente remoto. Imanol es un joven nacido en el 64. Por tanto, su 'sepia' fotográfico personal es un tanto retórico, ya que sólo cubre el franquismo terminal, que cómo el sabe perfectamente, fue atípico en muchos aspectos.

Este joven historiador encarna a una generación de vascos cuya vida reflexiva se abre con el puchero televisado de Arias Navarro, en el intento de pronunciar cinco sílabas, "Franco ha muerto"(1975).

Apurando más –y aunque no conozco a Villa personalmente, ni tengo noticia de su precocidad y evolución mental–, la memoria 'no sepia' del historiador, su presencia viva testimonial, viene a coincidir con la andadura de la Comunidad Autónoma Vasca y su Estatuto de Autonomía (1979).

El 9 de abril de 1980 el PNV accede en Euskadi al poder, que no perderá hasta el 5 de mayo de 2009. Han sido casi tres décadas de gobierno nacionalista, que desde unos comienzos moderados, a tenor con la bisoñez democrática por un lado, y por otro el espectro del golpismo, derivará a la prepotencia y las formas de un auténtico 'régimen'. Tan así es, que al producirse el desalojo de su lendacari de Ajuria Enea, los mismo voceros de su partido lo han equiparado a un golpe de estado. Tal ha sido su identificación con el ejercicio cuasi natural del poder político. Y lo más sensible del cambio para ellos, verse descabalgados, justo cuando su líder tocaba con la mano, para esta legislatura, la culminación de su Plan: encarrilar el tren vasco hacia la estación término de su independencia.

Estos 30 años y un pico más no son muchos como para retratarlos en sepia, ni Imanol Villa ni nadie. Todo lo más, habrá páginas del álbum que amarilleen, según la memoria y el interés de cada cual. En todo caso, esa es toda la memoria viva de su generación.

Pero hay otro grupo de edad, ya menos numeroso y en vías de extinción acelerada, por imperativo biológico. No incluyo a los más viejos, los que tienen veladas las neuronas del recuerdo, o los que no tienen gana y facultad de transmitirlo. Hablo de los ochentones todavía conscientes, grupo que alcanza hasta los últimos años de la monarquía, bajo la dictadura militar de Miguel Primo de Rivera (1923-1930).

Esos supervivientes comparten memoria viva, no porque tengan nada parecido a una 'memoria colectiva', sino por el tiempo común recordado. Su memoria viva cubre con suficiencia para el País Vasco ambas etapas: el régimen de Franco–objeto del libro de Villa–, y el régimen del PNV. Éste, en blanco y negro o en tecnicolor, digamos, en imagen más fresca. Aquél, en sepia o en azul; y con este 'azul' no me refiero al color de aquel régimen: las primeras fotos de producción casera que recuerdo eran azules. (Todavía conservo algunas milagrosamente a salvo de salvajadas infantiles.)

Pues bien, si algo vale el testimonio sincero de uno de esos mayores, aunque estuviese equivocado, he aquí el mío propio. Comparando mis dos álbumes, el azul y sepia de la dictadura y el todavía húmedo de esta dictablanda democrática que empezó con el euskoalunizaje del 80, la verdad es que encuentro parecidos, más de los que quisiera.

Es sorprendente la ligereza con que hablan hoy del franquismo los que no lo vivieron, e incluso muchos que habiéndolo vivido en parte, prefieren retocarlo para que entone mejor con su escenario y decorado presente.

'Franquismo' y 'fascismo' son dos términos que se oyen a cada paso en el lenguaje de los jóvenes patriotas vascos, a menudo sin venir a cuento, y casi siempre sin propiedad. Son sólo insultos, como 'español' o 'sinvergüenza'. No digo que esté bien, sólo que la ligereza juvenil puede valerles como disculpa. Pero dejando ese abuso acrítico del lenguaje, yo no tengo reparo en confesar que el poder nacionalista, sobre todo desde Lizarra, me recuerda demasiado el franquismo. La cosa es compleja. Ese énfasis en lo identitario, mitomanía, intolerancia, imposición del pensamiento único, desprecio al otro. Querencia por el comisariado político; por el conmigo o contra mí. «Mis enemigos, que son los de España (o los de Euskadi)». Ese «gora!», gritado en el mismo tono que «¡arriba!». Clientelismo, favoritismo, gutarrismo. Esos tics ceñudos, ese empaque doctrinal, esos trágalas. Seguro que otros han hecho el análisis y pueden hacerlo mejor que yo.

Lo diré de otro modo. Nacionalistas que vivieron acomodados al franquismo (y no son quimeras ni entes de razón) han podido vivir como si tal cosa desde la transición; mientras que el ciudadano no franquista ni nacionalista se siente igual de incómodo ahora que antes. No es reproche. Tipos respetables, unos y otros, gente normal. Hombre, si 'los eternos descontentos' (que decía el Caudillo), además de no, encima fuesen anti-, obviamente las cosas no les irían igual ahora, a menos que caigan en desgracia del terrorismo. Fuera de eso, el ostracismo viene a ser igual hoy que ayer para los desafectos al régimen. Para éstos sigue en vigor lo que recomendaba el gallego: «Usted haga como yo, no se meta en política». Fraga y su PP, Arzallus y su PNV, demasiado semejantes para llevarse bien en una misma arena. Nacionalismos románticos, lo uno y lo otro. Y por supuesto, unas formas que hoy son de etiqueta. Todo es cuestión de rascar.

Ya digo que todo esto puede ser alucinación mía. Y aquí sí que podríamos entablar debate sobre la utilidad de las memorias históricas individuales, igual que se compilan cuentos de viejas, dichos o baladas. No es preciso encarecer el valor de los diarios íntimos. Como interesantes son también los testimonios monográficos, por ejemplo sobre el bombardeo de Guernica. Un género especial de 'nuestra Guerra' son las pequeñas historias de pequeños refugiados. De estos relatos de bilbaínos 'niños de la Guerra', embarcados en 1937, me ha tocado prologar alguno muy reciente. El mío propio está por escribir.

En todo caso, la experiencia personal directa es más reducida que lo que parece. Si hacemos memoria, mucho de lo que 'recordamos' en realidad nos entró por el oído o lo leímos en los periódicos. Que es justamente lo que hace un historiador moderno como Villa, para componer sus recuerdos en sepia. O para regalarnos sus preciosas estampas históricas de color local, semana tras semana.

A todo esto, no he dado mi parecer sobre su libro. ¿Y cómo he de darlo, sin haberlo leído? Aquí sólo se trataba de una tonalidad del recuerdo, expresada en forma poética

Un buen amigo de bitácora, Monsieur de Sans-Foy, me decía hace poco: «Los poetas, al margen de nuestra edad, tenemos que tener presente el pasado». Gran verdad. Es así como puede otro joven del mismo oficio, desde los antípodas, evocar su 'memoria en sepia'*:

 While the demons clear the longevity of this place
and all the other night houses
built in the aftermath of heartless atrocities;
the demonic icons of irreversible history,
the sepia images of memory
in a landscape formed
along the blackened fringes
of this sunburnt country.

 (Mientras los démones despejan este lugar longevo
y todas las demás casas de noche,
levantadas a vuelta de atrocidades sin entrañas;
los iconos demónicos de una historia irreversible,
las imágenes sepia de la memoria,
en un paisaje formado
a lo largo del limbo ennegrecido
que rodea esta tierra abrasada de sol.)

 *) 'The Night House' , de Samuel Wagan Watson (Brisbane, 1972- ): Smoke Encrypted Whispers. Univ. of Queensland Press, 2004, págs. 124-125.

domingo, 24 de mayo de 2009

Euscaldunizar sin Eskandalizar

Maxima debetur puero reverentia. (Juvenal)




No hace falta ser del PP en esta Comunidad Autónoma para mirar con expectación los primeros pasos de la renovada Consejería de Educación. Los 'populares' tienen acuerdos firmados con los socialistas vascos, y es de suponer que vigilen su cumplimiento. Pero al margen de la política entre partidos, existe también una ciudadanía variopinta con ideas propias. Como ciudadano, sea este es mi granito de arena en la playa educativa vasca.

Isabel Celaa ha hecho declaraciones necesariamente inconcretas todavía, pero que se remiten a materias disputables. Luego las enumero. Como punto de partida –y de llegada–, me quedo con esta frase suya, de fácil aceptación: «Con los niños no se juega».

Muy oportuna, porque si con alguien se ha jugado en los últimos años de forma escandalosa ha sido con la infancia. Un botón de muestra, enunciado por la propia Consejera: el Plan de Paz, cuyo «programa se va a modificar con urgencia, para deslegitimar el terrorismo, porque la sociedad no puede permitir que se justifique el asesinato por opinión política». ¡Pero cómo!, ¿es posible…? Pues sí. Hay cosas tan elementales, que ni se plantean, hasta que se constata cómo los oportunistas aprovechan para sembrar de lo suyo.

Hay un segundo botón, del que también habla doña Isabel Celáa en estos términos: «La mitad de la población hata los 25 años conoce el euskera, y hasta los 15 años llega al 80 % ».

Esto no diría mucho, de no tener en cuenta los valores de partida. Ya no gusta tanto airear en cifras la población euskaldún al implantarse la Ley de Normalización Lingüística en 1982. Tampoco se señala lo obvio: que la euskaldunización se ha logrado a fuerza de imponerla a los niños, frente a un éxito minúsculo con los adultos. Pues bien, según EUSTAT, en 10 años (1991-2001), la proporción de euskaldunes entre 15 y 29 años ha crecido el 17 %, cifra que se eleva hasta el 22 % si se incluyen los 'cuasi-euskaldunes'.

Estas cifras dan idea sólo remota de la presión enorme de un experimento esencialmente escolar. Presión que bajo Tontxu Campos ya se hizo intolerable. De este personaje baste recordar su testamento, firmando en plena agonía política un decreto de euskaldunización radical de la infancia: ¡hasta los 6 años, en la escuela, todos euskaldunes y sólo euskaldunes!

Pues aun así, hace sólo un par de años, el Kontseilua de Baztarrika daba la alarma: «dos de cada tres alumnos vascos terminan la etapa escolar sin euskaldunizarse». Una valoración que revela con crudeza la brutalidad del experimento realizado con nuestros niños, por no decir contra ellos.

Y todo en nombre de la ley, en virtud de un supuesto derecho, propio de gobiernos totalitarios, a imponer por ley o decreto determinados artículos identitarios, como quien estampa un tatuaje en las reses de su rebaño. «¿Acaso tienen derecho los padres a quitar de programa la Aritmética?», se ha dicho con arrogancia. Como si lo uno tuviese algo que ver con lo otro.

La nueva Consejera merece aplauso y apoyo en su esfuerzo por, digamos, normalizar la normalización lingüística, anormalmente sobrenormalizada bajo su antecesor. Veremos hasta dónde le alcanza un presupuesto exprimido in extremis por Campos, gracias a una ley que ella misma votó, conviene recordarlo.

Hace bien Isabel Celáa remiténdose a la legalidad del 82 y el 93. Mas no se olvide que es la misma legalidad invocada por Campos, interpretándola a su aire para euskaldunizar por la brava.

Siempre sobre el dichoso vascuence, la Consejera apela también al consenso y el acuerdo. Mejor dicho, a los consensos y acuerdos, en plural. Refiriéndose a su partido y al PNV, dice así: «En la última diputación permanente, sacamos adelante una propuesta para seguir buscando consensos, a la luz de los acuerdos alcanzados en el Consejo Asesor del Euskera». Sí, claro; aquel 'consenso unánime' entre todos los grupos, sensibilidades y vivencias, donde sólo se notó la ausencia de «esa ínfima minoría del 70 % de la población vasca monolingüe que no habla sino castellano», como ironizaba J. Mª Ruiz Soroa en su artículo , 'Curioso consenso' (El Correo, 09-02-19). Cierto que un socialista puntualizó (02-25) que su partido estaba por modificar el nombre y la normativa del Consejo Asesor del Euskera. Pero no menos cierto es que, como replicó el mismo Ruiz Soroa, «los eurodiputados socialistas se han unido a los nacionalistas, en contra de los populares (PP), para tumbar una propuesta europea sobre lenguas minoritarias, porque en la misma se defiende el derecho de las familias a elegir lengua vehicular para la enseñanza de sus hijos».

Consenso entre convencidos. Todos ellos parten de axiomas comunes: el euskera, patrimonio cultural, nuestra lengua, factor necesario de cohesión, lengua rica y enriquecedora, milenaria y renacida, gracias al esfuerzo de todos... Euskaldunización = normalización.

Axiomas comunes, o lugares comunes. Con igual derecho y razón se pueden defender tesis contrarias: batúa, neolengua minoritaria, extraña, difícil, literariamente pobre e inculta, estudiada por obligación y olvidada con gusto. Discriminante hasta el atropello. Una curiosidad de museo, desempolvada al servicio de una construcción nacional. Euskaldunización = imposición. Todas las 'sensibilidades' quiere decir eso: todas. Por raras que nos parezcan. Pisamos suelo opinable. De todos, o de nadie.

En esta máquina de euskaldunización sin marcha atrás, pero ahora con freno, éste no lo han inventado los socialistas. El citado Baztarrika ha cubierto el último tramo de su carrera como asesor de política lingüística pisando freno. No porque no interese euskaldunizar; todo lo contrario, porque tan de prisa íbamos camino de dar al traste con una lengua débil, y encima aborrecida.

No ha sido el respeto al niño, o el respeto a la libertad; menos aún la Constitución, que prohibe discriminar por razón de lengua para acceder al trabajo; ni siquiera el sentido común, ante tamaño despilfarro. Lo que preocupa es el rechazo. Euskaldunizar, sí; pero sin escándalo.

«Este país ha avanzado mucho en el conocimiento del euskera… Pero resulta que la lengua vasca no pasa al uso en la misma proporción. No se está desarrollando el acercamiento al euskera. Desde la escuela vamos a cultivar esa vinculación de aprecio. Querer al euskera. Una lengua impuesta nunca será amada y una lengua querida será más usada.»

¿El Baztarrika de los últimos días? ¿el PNV del no a Tontxu Campos? ¿A que suena lo mismo? ¡Pues qué va! Es la nueva Consejera, que para mejor persuadir viene con un plan de educación trilingüe: castellano, vascuence, inglés. Cómo lo vamos a financiar, ya veremos. De momento, «rebajar el suflé en torno al tema lingüístico» –dice con humorismo de repostería– , donde la libertad de elección de una lengua (el castellano) «debe congeniarse con el necesario aprendizaje de la otra», para en definitiva «avanzar hacia ese trilingüismo de libre adhesión».

Pero entonces, ¿en qué hemos cambiado? Nuestros niños seguirán atiborrándose de euskera en el aula, para dejar de practicarlo en el recreo y olvidarlo al volver a casa. Porque si en la vida humana hay una edad con reflejos de supervivencia, esa es la escolar. Y si hay una sociedad masoquista hasta el extremo de quitarles a sus hijos de la boca su propia lengua materna, dejando que les impongan otra extraña, minoritaria, inculta, torpemente manipulada y manifiestamente inútil, sólo por si acaso algún día la necesitan para pedir de comer, esa sociedad sólo puede imaginarse en el País Vasco.

¿O sea que con Patxi López esto va a seguir como antes? No exactamente. Aunque el vascuence siga siendo obligatorio, siempre se podrá decir que no lo es para la construcción nacional. ¡Ya! Pero entonces..., ¿para qué…?