martes, 25 de enero de 2011

Soñar en celta (3)




«He cavado mi Diario de mis días en el Putumayo –un texto muy voluminoso, en verdad, pues escribía día y noche, el tiempo que no me ocupaban los interrogatorios–…
Yo me encontraba aislado y hube de mantener la mente muy alerta, anotando cuanto observaba o llegaba a mis oídos. Lo hice con la mayor fidelidad humanamente posible, siempre con pluma o lápiz a mano, a menudo escribiendo a altas horas de la noche…
El Diario es bastante completo, y si tuviese libertad de publicarlo, daría una imagen de lo que pasa aquí, tan al rojo vivo como para convencer a cualquiera…
El Diario me vuelve a poner enfermo –positivamente enfermo– cada vez que lo releo; tan a lo vivo evoca aquella selva de infierno y toda aquella pobre gente sufriendo. Su virtud no es el lenguaje, es la fecha, y ser una transcripción fiel de lo que yo pensaba entonces y lo que pasaba a mi alrededor.
Si pudiese verlo mecanografiado… Pero el costo me aterroriza. Llevo gastadas cientos de libras de mi peculio en el Putumayo, y no veo motivo para seguir gastando.»
(R. Casement, en carta de diciembre 1912 [1])

Estos párrafos de Casement se refieren a lo que se conoce como Diario del Putumayo, testimonio escrito de su misión amazónica humanitaria de 1910, como diplomático del Reino Unido [2]. Así de satisfecho estaba un flamante Sir Roger de aquel documento escrito a conciencia, con tesón y mimo, a pesar de la salud quebrantada, con problemas graves de la vista por una inflamación ocular que casi le deja ciego, y en condiciones extremas, dos meses largos de viaje por la selva americana más remota.
El Diario del Putumayo, en la edición de A. Mitchell, cubre él solo 380 densas páginas, esto es, más del doble de la parte correspondiente en la obra de Vargas Llosa. «En los 75 días que cubre su Putumayo Journal, Casement escribió en total unas 250.000 palabras, a una media de unas 3.000 palabras por día» (A. M., pág. 279, nota 207). Se ve que el autor de El sueño del Celta ha bebido también de otras fuentes, y eso da valor a un relato que no es mero eco de Casement. La pregunta es, ¿qué hay de novelesco, y qué valor añade al reportaje? Hace muy poco ha aparecido un buen libro, The Devil and Mr. Casement (2010) por Jordan Goodman, retrato del personaje en el contexto de su visita a Perú, cien años atrás.
Fruto de aquel viaje, de aquellas notas y correspondencia, de los debates subsiguientes en el Parlamento británico, de los ecos de prensa y una opinión pública sabiamente dirigida, fue la publicación (1912) de un Libro Azul, o ‘Informe sobre el Putumayo’, versión amazónica de su ya famoso ‘Informe sobre el Congo’. No es necesario decir que en esencia era otra auto justificación de la ética colonial británica, sólo que esta vez con carácter auto exculpatorio.
Ahora bien, el Diario tenía entidad propia, y para su autor otro sentido personal, dentro de su cruzada pro Derechos Humanos, englobada ahora en otra cruzada más vasta, todavía secreta, contra todo imperialismo esclavizador de pueblos y destructor de culturas autóctonas. Era la justificación moral de la nueva cruzada del nacionalista Casement, liberador de la patria Irlanda. Será tema de otro capítulo.
La verdad es que, con tanto material y tan precioso a su disposición, parece como si el novelista Vargas Llosa se sintiese desbordado y hasta desmotivado. ¿A qué novelar, cuando la realidad es tan apasionante? Es la impresión como de desgana que saco en segunda lectura del final de esta parte de la novela; en especial desde las páginas 320 en adelante. Una crónica deslavazada de hechos de dominio público. Y por lo que toca a la psicología del héroe, un análisis poco convincente, sin duda por poco convencido.

La Cruzada del Putumayo

La etapa ‘africana’ de Casement se había cerrado con la publicación de su Informe, que en 1905 le reporta el reconocimiento público y varios premios por actividades humanitarias. Simultáneamente pide la excedencia del servicio diplomático, por motivos de salud. Coincide que, en 1905, se ha fundado la Liga Gaélica.
Las veleidades o simpatías de Casement por el nacionalismo nunca fueron un secreto. Había nacionalistas de todo pelo y grado, y muchos estaban en nómina del Gobierno, tanto en servicio civil como militar, incluso en cargos de alta responsabilidad. De todas formas, sería ingenuo pensar que el Gobierno en general y el Foreign Office en particular no llevaban cuenta de todos sus agentes. Nuestro hombre llegó a ser objeto de auténtico espionaje, y si alguien pudo no darse cuenta perfecta de ello, ése fue el propio Casement.
El cual seguí siendo útil a Gran Bretaña. En 1906 le vemos reincorporado al Foreign Office, como cónsul para los estados de Sao Paulo y Paraná (Brasil). La mayor parte de 1907 la pasa en el puerto cafetero de Santos; pero a principios de 1908 es destinado al puerto cauchero de Belem do Pará, en el estuario del Amazonas. Llega allá el 21 de febrero, a bordo de un vapor donde viaja también desde Madeira otro pasajero de 1ª clase, Julio Cesar Arana, el rey del caucho peruano.
Gran Bretaña fue la primera potencia que se dio cuenta del potencial económico de la selva amazónica. Las expediciones de Spruce, Wallace y Bates en los años 1850 fueron botánicas, con especial atención al caucho. Las plantas caucheras en América fueron dos principales, de los géneros Hevea  y Castilloa, de látex blanco y negro respectivamente. Éste era de mejor calidad, pero menos rentable. El boom cauchero levantó ciudades como Manaos e Iquitos, en los años 80.

(Había aventureros de todas partes, también de origen irlandés. Fitzcarraldo es como sonaba en la selva el apellido Fitzgerald, propio original del terrible cauchero peruano Carlos Fermín Fitzcarrald (1862-1897), que en la película de Werner Herzog (1982) es Brian Sweeney Fitzgerald, irlandés soñador. Megalómano y melómano a la vez, en los años 1890 se empeña en construir un Teatro de Ópera en Iquitos para llevar allá a su ídolo Caruso. Le encarna Klaus Kinski, el mismo que, también para Herzog, hizo de Aguirre (1970). Por cierto, transportando por trochas selváticas, a hombros de indígenas, un vapor desmontado en piezas (1894) –no descomunal y entero, como en la película–, el barón nos hace recordar la hazaña del propio Casement, transportando otro casco similar con destino al río Congo [3].)

Pero al mismo tiempo, la misma Gran Bretaña vio que aquella riqueza podía serle más rentable en otra parte. Fue la hazaña prometeica, el robo, no del fuego, sino del caucho prohibido: 70.000 semillas de Hevea brasiliensis se sacaron de contrabando, y aclimatadas dieron origen a plantaciones racionales en el SE asiático.
Entre tanto, Arana e Inglaterra juntos pueden hacer negocios. Casa Arana Hermanos pasó por empresa modelo, que en 1907 se transforma en Peruvian Amazon Company (PAC), con domicilio social en Londres y mucho capital británico. El propio César Arana era figura respetable en la City.
Hasta que, en 1909, el periódico The Truth publica declaraciones de un joven ingeniero alemán, W. Hardenburg, venido de la selva para contar a la prensa el ataque armado a una estación cauchera colombiana por fuerzas de la PAC con apoyo militar peruano. La opinión pública se alarmó, el Gobierno británico se alarmó de la alarma, y Casement fue el hombre indicado para un remake de lo del Congo. Con una diferencia: ahora una compañía inglesa aparecía como culpable. Su nueva misión debía adaptarse a esa circunstancia.
Para entonces, 1909-1910 la nueva industria asiática del caucho ya era competitiva. Sonaba la hora de arruinar la producción americana.

El pretexto moral fue que desde 1890 –mucho antes de lo de Hardenburg, y antes también de crearse la PAC–, al elevarse la demanda mundial de caucho, en la Amazonía se resucitó la esclavocracia y explotación del indio, juntamente con el caucho. Así lo precisó muy oportunamente el cónsul Casement, según testimonio de su gran amigo y colaborador filantrópico Morel.
De los numerosos indios amazónicos, una de las naciones más aisladas eran los witotos o huitotos, una cultura impregnada de ritualismo, resumida por un cacique al etnólogo alemán Theodor K. Preuss con laconismo magistral: «Trabajamos para bailar». Estos indios fueron especialmente explotados y diezmados por los caucheros blancos. Allí el negocio del caucho se complicaba por la disputa fronteriza entre Perú y Colombia, con agresiones y refriegas recíprocas que cogían a los indios en su fuego cruzado.
Ahora el gran Arana era el gran villano, y sus bases caucheras, como ‘Colonia Indiana’, o La Chorrera, visitada por Casement con detenimiento, eran centros explotación criminal.
Pues bien, todo cuadra en los diarios de Casement, en su cronología, con la realidad del mercado cauchero. Coincide que al tiempo de la denuncia la compañía anglo peruana de Arana operaba en la vasta región fronteriza en disputa entre Perú y Colombia. Incluso admitiendo compromiso moral del jefe de Casement, Sir Edward Grey, hay quienes recelan que el humanitarismo fue tapadera del imperialismo mercantil, junto con la intriga política. En abril el cónsul viaja Amazonas arriba para supervisar las obras del ferrocarril cauchero Madeira-Mamaré. Desde 1872, la empresa era una locura, pero Casement emite buenos informes. En todo caso, se llevó adelante, con pérdidas humanas por millares hasta su conclusión en 1912, cuando el caucho amazónico ya no valía nada, porque le sustituía con ventaja las plantaciones de Indonesia.
Otros habían descrito horrores, Casement descubre genocidio. El resultado fue una retracción de la inversión, el crack amazónico, y en definitiva, el abandono de tribus enteras a su suerte.
En 1911 Casement, que una vez más ha cumplido bien el papel encomendado, recibe su recompensa y es ennoblecido con el título de Sir, mientras el Parlamento británico debatía sus informes. Casement, que todo ese tiempo se deja querer de sus superiores y del público, en 1912 alega motivos de salud (muy verdaderos, por otra parte), para pedir la excedencia del servicio diplomático y se retira definitivamente en 1913. Desde entonces se implica más y más en la causa nacional irlandesa. Y lo hace en términos no ya de militancia, sino de protagonismo. Pero ese es capítulo para otro día.
Para terminar por hoy: Como anticipando la película de R. Joffre, The Mission (1986), Casement añora una especie de ‘reducción’ jesuítica o franciscana, donde los nativos estén protegidos en la moral por misioneros, pero en la material también por su propia fuerza armada. De hecho –cosa impropia de un diplomático–, él mismo suministraba armas y munición a jefes indios y hasta planeó un levantamiento armado en 1911 (v. pág. 207-208). ¿En qué medida iba por cuenta propia, o siguiendo instrucciones de los alto? No tengo respuesta, pero lo de la misión, con cuatro franciscanos irlandeses, funcionó por breve tiempo. Hasta la debacle definitiva.

(Continúa)
________________
       [1] Cit. por A. Mitchell, The Amazon Journal (1997), pág. 36
[2] Angus Mitchell (ed.), o. cit. Me he beneficiado ampliamente de la generosa disponibilidad de esta obra en Libros Google, para asomarme al texto del diario de Casemente y a las preciosas anotaciones del editor, junto con su introducción impagable, que volveré a utilizar.
[3] Cfr. Mitchell, o. cit. pp. 244-245, nota 191).

jueves, 20 de enero de 2011

Soñar en celta (2)




«Como un niño idiota» (pág. 193). No es la única vez que Mario Vargas Llosa aplica a su héroe una expresión de cortedad mental. Siempre por figura retórica, queda entendido. La primera es cuando el jovencísimo Roger, empleado de una naviera inglesa con base en Liverpool, repetía como lección aprendida en libros y prospectos de propaganda el credo imperial británico, sobre la misión civilizadora de la Europa colonial: «Sus compañeros de oficina cambiaban miradas burlonas, preguntándose si el joven Roger Casement era un tonto o un vivo, si creía esas tonterías o las proclamaba para hacer méritos ante sus jefes.»
Casement, que de bobo ni de ingenuo no tuvo nada –aunque en efecto, «no muy preparado intelectualmente» (dejó la grammar school a los 16 años para ganarse la vida)–, sorprenderá al mundo con escritos lúcidos y documentados, dignos de la pregunta evangélica: «¿Cómo sabe éste de letras sin haber estudiado?» (Juan 7: 15).
No se hizo el Imperio a base de titulitis, sí en cambio con una escolaridad escueta y castrense, de probada eficacia como preparación para la vida. Casement fue una muestra. Organizador nato, más que teórico, fue a la vez lector de gran apetito y buena digestión. En una de sus últimas publicaciones, Sir Roger se referirá a sí mismo en tercera persona como quien «ha hecho de la historia de Europa un estudio de por vida, y cuya preparación en el servicio consular inglés le ha colocado en situación de argumentar sobre base fáctica segura» [1].
Por eso mismo desconciertan tanto las pocas pero grandes tonterías de su vida. En particular, su última liaison con el confidente Eivind, sin prudencia alguna; o, simultáneamente, su plan absurdo de meter a Alemania en la guerra de independencia de Irlanda. La hormona y el destino no razonan.


Diplomacia
Casement se embarca en la aventura colonial casi desde la adolescencia, y la vive plenamente en África desde los 20 a los 40. El padre viudo había muerto siendo él niño todavía, dejándole el recuerdo de un miles gloriosus imperial retirado, que había servido en Asia. Roger Casement hijo no le seguirá en el servicio militar, prefiere el civil, y será diplomático, no por casta naturalmente, ni por preparación académica, sino forjado en la experiencia colonial africana.
La lógica nos pide fe para creer que le animaba un altruismo juvenil. Un alma pura y purificadora, que por sus pasos irá descubriendo el horror del colonialismo no británico. Tampoco los británicos son perfectos, pero no se trata de eso; y en todo caso, ni comparación con los monstruos latinos.
¿Cómo cuánto tiempo le llevó la bajada del limbo al infierno? Sin prisas. Pone pie firme en África Ecuatorial con 20 años (1884), se enrola en empresas típicamente coloniales pioneras, creando bases, abriendo vías comerciales.
En especial, dos veces trabaja para Stanley. La primera, en la expedición congoleña de 1884, por cuenta de Leopoldo II de Bélgica, sonsacando a los jefes nativos el compromiso escrito de ceder al hombre blanco sus gentes, tierras, riquezas y derechos, a cambio de la civilización. Una broma pesada, que hace recordar aquel ‘requerimiento’ famoso de los conquistadores hispanos a los caciques indios. En seguida vino la Conferencia de Berlín (1885) y la entrega del Congo a merced de Leopoldo.
Empleos temporales que Roger va dejando por su voluntad, eso sí, con nota de cumplidor eficaz; también «amigo de los negros», que no para todo el mundo significaba un elogio.

Por probar de todo un poco, un par de meses estuvo al servicio de una misión bautista. La novela ‘El sueño del Celta’ (págs. 62-66) pone énfasis religioso en este episodio, que en marzo de 1889 cierra una primera etapa africana. A su vuelta de la metrópoli (1890) se hace amigo de otro aventurero de origen polaco, que luego fue novelista célebre con el seudónimo de Joseph Conrad.
Por lo visto, este Konrad Korzeniowski también iba a África en misión blanca, de la que su trato con Casement le sacó, en propia confesión, «desvirgado» (pág. 73). Y su peculiar bajada a los infiernos se tituló El corazón de las tinieblas, ensayo de pesimismo agustiniano en clave literaria.
En el cap. VI (pág. 80), el Celta es ya desde hace años miembro del servicio consular británico. Cómo ha accedido a este empleo, donde hará carrera brillante, no se dice en la novela. Para ser cónsul o cosa parecida no es preciso ser diplomático, pero entonces hay que ser alguien, apellidarse algo, tener un negocio, una reputación, relaciones.
¿Desde cuándo Roger Casement era agente de Inglaterra?
Pongamos, desde el principio. Desde 1884, o antes. Si yo fuese novelista, dejaría suelta la imaginación por covachuelas del Foreign Office, con ficheros de agentes y espías diseminados por la telaraña imperial global. Las navieras de Liverpool facilitaban oficinistas y factores muy discretos y muy enterados del movimiento mercantil mundial. Gente ideal para buscar las vueltas a cualquier competidor de la Gran Bretaña.
En África ecuatorial el competidor a vigilar se llamaba Francia, se llamaba Bélgica –o mejor dicho, Leopoldo I del Congo–, se llamaba Alemania. Portugal en cambio no contaba, porque el enorme potencial africano de este dócil y probritánico país lo gestionaban los propios ingleses. Así que, para espiar a los dos vecinos nombrados, Francia y Leopoldo, mi fantasía pondría el observatorio más adecuado en alguna colonia inmediata portuguesa, digamos Mozambique o Angola.
Pues sí, en efecto. En 1895 era nombrado cónsul de Lorenzo Marques, la capital de Mozambique, que hoy se llama Maputo. Antes, en 1892, el agente Casement había dejado el Congo por Nigeria, como ‘Comisionado Itinerante para el Protectorado de la Corte del Níger’. Algo había que poner en la tarjeta de visita y en el membrete de las cartas.
Al cambio de siglo, los abusos del Congo Belga ya son chirriantes incluso para una colonia no británica. Un publicista, Edmundo Morel, ha descubierto que en el casino del rey Leopoldo se juega. El juego consiste en cambiar armas, chicotes y cuentas de vidrio por marfil, caucho y otras mercancías de gran valor.
Aquella misión de Stanley, en la que tomó parte Casement, arrancando firmas y cesiones a los nativos, da sus frutos. El cumplimiento de ‘contrato’ se exige por ley marcial. Los misioneros en general lo saben. Católicos o evangélicos, están habituados a esos modales coloniales y encomiendan la causa al Señor, con la boca bien cerrada. Sólo espíritus inocentes, como son los misioneros norteamericanos, se escandalizan de lo que ven y levantan la voz.

[A Casement le caen muy bien esos americanos. Él mismo, de no haberle llamado el Destino o ‘Principio Primero’ a la misión de África, pudo haber sido uno de ellos, otro inmigrante en América. Con pocos años más, quién sabe, uno de los valientes imbéciles irlandeses caídos con el comandante Custer (1876), cuando él en el Ulster se estaba quedando ya del todo huérfano.
Años más tarde, en la selva peruana, el cónsul Casement sabrá distinguir perfectamente entre dos masacres de indios, según ocurrían a uno u otro lado de la línea equinoccial: en Norteamérica era daño colateral necesario; en la Amazonía, una salvajada sin paliativos. Pero no anticipemos, cada cosa a su tiempo.]

Aquí, ya efervescente, mi fantasía llama de nuevo a escena al flamante cónsul, que con mucho gusto revelará lo que sabe, y lo que no sabe lo averiguará, para que el mundo sepa las malas artes de la competencia. Así cualquiera. Habíamos quedado en que las tres lacras a borrar del mundo salvaje eran esclavismo, canibalismo y paganismo. Y va el Leopoldo y sale con estas: chicote, mutilación, explotación, genocidio. Eso es violar el fair play. Así cualquiera extrae caucho competitivo.
He ahí la cruzada del caballero Casement, en cabeza del movimiento ciudadano por los Derechos Humanos y la Reforma del Congo. Ni oportunista ni farsante. Buen funcionario. Y, oiga, este hombre sabe escribir.
Por de pronto, entiende de maravilla el lenguaje diplomático: Para encontrar las llaves de la política «no hay que buscarlas en los Libros Azules ni Blancos, donde los encargados de esconderlas al público dan pistas cuidadosamente estudiadas». El Casement que así descalificaba la verdad del diplomático –refiriéndose a la Gran Guerra y sus causas, en el panfleto citado–, estaba haciendo exactamente lo mismo que reprochaba, o sea, lo mismo que él tenía practicado en lo muchísimo que escribió, salvo en algunas cartas íntimas, algunas poesías, alguna página que otra de sus diarios.

Memorias de África
Huyendo del horror del Congo, tal como se pinta en el Informe general de Mr. Casement (Londres, diciembre 1903), y aun recelando que se quedaba corto, pensé relajarme un poco en alguna otra colonia menos ingrata, y viajo con el pensamiento al edén de la baronesa Karen von Blixen-Finecke, que en 1913 fue a establecerse a 3 leguas de Nairobi, en Kenia. Como parque natural, este país se hizo famoso en el mundo por el safari de Theodor Roosevelt (1909). El hall de ingreso al Museo de Historia Natural de Nueva York exhibe algunas pruebas materiales de aquella efusión naturalista del señor Presidente.
(Para entonces, Casement planeaba su aventura equinoccial en el continente americano. El caucho, otra vez.)
Todos hemos soñado paraísos en África joven y perdida. El cine ayuda lo suyo. La película de Pollack (1985), con Meryl Streep y Robert Redford triangulando a Klaus Maria Brandauer, nos da el trabajo prácticamente hecho. La pongo, y de paso hojeo la novela, ‘Out of Africa’.
Desde luego, no es mi intención aguarme la fiesta con comentarios a destiempo. Pero tampoco puedo impedir que otro los haga:

«’I had a farm in Africa’ (Yo tuve una granja en África) trata bastante de historia, y no hay literatura inocente de historia»
No debe olvidarse que la implantación británica en el país de los kikuyus fue brutal, primero a manos del traficante John Boyes, detenido finalmente por robo a mano armada, sin que el poder viniese a mejores manos ni las matanzas desaparecieran.
«Entre 1902-1906 grupos kikuyus (iraini, embuku) fueron exterminados. La expedición de febrero 1904 contra los iraini dejó, «en cifras oficiales, 400 muertos; pero Meinerzhagen, que estuvo personalmente implicado, consideró que un cálculo de 1.500 se quedaba corto. Cifra que, no obstante, se suprimió de su relación siguiendo instrucciones de Eliot, al temer éste que traería problemas a Hinde, si una lista de bajas tan larga llegase a Inglaterra.»
«En junio 1905 el ataque fue contra los sotik: 92 muertos, 2.000 reses de ganado mayor, 3.000 de ovejas y cabras, al reparto de botín. Pocos meses después se dio muerte a 400 miembros de la tribu gusu. En la provincia de Kisumi la resistencia fue feroz. En 1905-1906 los británicos, con mercenarios masais y somalíes, atacaron a los nandi por sexta vez, causándoles 1.117 bajas mortales… » [2]

La misión oficial de Casement por aquel entonces era investigar y publicar, para espanto del mundo civilizado, las brutalidades del colonialismo belga en su saqueo del Congo. Luego le tocará el turno a la Amazonía, devastada por peruanos sin conciencia y consentidos suyos.
Todo sea por la goma de mascar y para otros usos.

(Continúa)
 
[1] Roger Casement: The Crime Against Europe. A Possible Outcome of the War of 1914. The Echo Library 2007 , 76 págs (Artículos escritos antes de estallar la guerra. Publicado primero en Filadelfia, luego en Berlín. Introducción fechada en Diciembre, 1914).
[2] David Ward, Chronicles of Darkness. Routledge, 1989, págs. 49-50.

lunes, 17 de enero de 2011

Soñar en celta (1)



Cuando Mario Vargas Llosa dio por terminada su último libro, El sueño del Celta –biografía novelada de Roger D. Casement (1864-1916)–, no tenía idea de que ese mismo año sería Nobel. Menos la tenía yo, que por entonces, junio del año pasado, me referí a Casement sin conocer siquiera ese proyecto del escritor a quien tanto admiro.

Mis notas sobre el Congo Belga del rey Leopoldo II, que al final crecieron en pequeño estudio de 30 páginas (Belosticalle, 8, 18, 23 y 28 de junio 2010), se centraban en un punto crítico de interés muy personal, como refleja el título: ‘El silencio de los moruecos: La Iglesia Católica ante el Congo Leopoldino (1885-1909)’. Aunque citaba a Casement –pues cómo no, por su Informe (1903) sobre tanta barbaridad silenciada, y por su papel en la humanitaria Asociación pro Reforma del Congo–, ‘el Celta’ no era mi protagonista. Por eso me limité a recordar de su vida lo que más impacta: su final trágico, con deshonor y horca, por alta traición a la Corona Británica.

Por supuesto, ya he leído la novela de Vargas Llosa, y como escritor sin público me da envidia admirativa, en las librerías, ver esas columnas salomónicas de ejemplares de El sueño –esos ‘altos’, como suele llamar él en su peruano a los montones o rimeros–. Mis horas con Mario me ha hecho volver con interés y empatía sobre el ser humano que fue Roger Casement.

¿Ha dado con él don Mario?
No hago crítica literaria. No sé, como otros, si el libro está o «no está a la altura de su autor ni de la historia que cuenta», si al novelista «le queda grande su personaje». Digo que me ha interesado, me ha informado y, en una palabra, me ha gustado. Pero no me ha colmado. 
Casement es una personalidad escurridiza de principio a fin. Una trimurti de personalidades en conflicto. Carne tentadora para novelistas y biógrafos. Pero Casement fue hombre de acción y agente histórico en una empresa no menos escurridiza, como fue el colonialismo. Al problema de sus motivaciones en los discutidos Informes Casement (sobre excesos coloniales en el Congo Belga y en la Amazonía peruana) se junta el Escándalo Casement de los desconcertantes Diarios Negros.
Y en esos barrizales históricos mi preferencia va por la investigación histórica, mucho más que por la novela. Incluso en la novela histórica, me gusta saber a qué carta quedarme, qué es ‘verdad’ y qué es invención. El autor, expresa y honestamente, se declara novelista (pág. 449); bien documentado, no cabe duda, pero sin el compromiso del historiador o el biógrafo con el dato. Mi impresión es que, en la bibliografía sobre el ‘Caso Casement’, este libro va a pasar como prescindible.
Como relato, El sueño del Celta me parece bien construido. Un acierto, ir presentando al héroe-villano como galería de autorretratos memorizados día a día, en las últimas ocho jornadas de espera angustiosa y dilemática del indulto o de la soga, en la cárcel de Pentonville. Un acierto pleno, el contrapunto del sheriff carcelero inglés, que detesta y desprecia al reo irlandés pero acaba empatizando con él. Un acierto, motivar los recuerdos al hilo de las visitas que recibe el preso, desde la sensible prima Gee, amor secreto de su juventud, pasando por la de su mentora en ‘celtismo’ irlandés, la erudita Alice S. Green  George G. Duffy, el abogado medio de oficio, y por último los capellanes católicos Carey y MacCarroll, o el verdugo y futuro suicida Mr. Ellis con su ayudante. Todo eso entretiene, pone intriga y hasta resulta buen truco para que tengas que releer el libro, porque tanto peinar la baraja te ha despistado.
Para mayor claridad, el discurso se parte en tres: ‘El Congo’ (125 págs.), ‘La Amazonía’ (199 págs.), ‘Irlanda’ (104 págs.). El relato se complementa con un  conciso epílogo post mortem, a modo de epitafio, catálogo de realia y recuerdos como guía del improbable peregrino sentimental, y un poco como justificación de autor. Nada parecido a un apéndice documental, ninguna orientación bibliográfica, una lástima. Ni un solo mapa de regiones inmensas, ignotas, que en tiempos de Casement entraban por vez primera en el Atlas.
Tres partes. Si de la primera restamos la introducción y primera etapa vital del personaje, queda para el Congo e Irlanda juntos la misma extensión que la dedicada a la Amazonía (200 páginas). Es lógico. Esta parte media fue la que movió el interés del escritor peruano, y es la más novedosa.
Tres partes. Algo así como tres avatares de un alma huidiza hasta de sí misma, en conflicto identitario religioso, étnico, ético. En triple conversión, que en realidad es trina y una: del idealista colonial al anticolonialista; del civil servant británico, al irlandés antibritánico; del protestante nominal, al católico formal. En suma: del Casement confuso, al Casement enigmático.
El novelista desarrolla sus tres partes como fases sucesivas de una biografía. Ciertamente la etapa amazónica fue consiguiente a la congoleña, cuando el diplomático británico era una celebridad respetada y denostada. Y la etapa irlandesa vino después de las otras, en lo que tuvo de traición y tragedia. Ahora bien, ¿fue Casement tan converso al nacionalismo? ¿Y una vocación tardía? Bueno, el libro no lo dice así, pero el hilo del relato lo deja suponer, quitando relieve a la conciencia nacionalista juvenil.

Los Diarios Negros
Empiezo por ellos, porque la intimidad sexual de Casement, como de cualquiera, en sí misma es irrelevante. La literatura diarística está llena de notas íntimas, a veces en clave, que los editores descifran para que el lector se entere de cuándo se masturbaba Amiel (otro que tal), o cuándo Samuel Pepys se iba de picos pardos.
Casement dejó notas de ese tipo, sólo que explícitas, muy crudas y reveladoras de un homosexual y pederasta. Ese material fue la base de unos Diarios que el Gobierno británico divulgó para difamarle y frenar la campaña en pro de su indulto. Lo primero lo consiguió de sobra, incluso entre correligionarios y antiguos amigos del desgraciado. En aquella sociedad era mucho peor que un fementido, un pervertido. La cuestión fue, y sigue siendo, qué hubo de verdad y de realidad en todo ello, y en qué medida tales ‘pruebas’ se falsificaron, en un país y una cultura de maestros en la especialidad del fake y del hoax.
En este punto, el novelista Vargas reconstruye varios episodios y contactos, todos fortuitos y tratados con castidad. Una última relación sentimental harto extraña, la que entabló en Nueva York (1914) con el joven aventurero noruego Eivind Adler Christensen, su amante y su judas.
Vargas Llosa es ecléctico: «Mi propia impresión –la de un novelista, claro está– es que Roger Casement escribió los famosos diarios pero no los vivió, no por lo menos integralmente, que hay en ellos mucho de exageración y ficción, que escribió ciertas cosas porque hubiera querido pero no pudo vivirlas.» Así de expeditivo.
Sin haberlos leído, no se puede tener idea formada, pero tampoco me entra en la cabeza un practicante de incógnito en las condiciones de Casement. Recuérdese, antes que diplomático ya había sido aventurero en África, precisamente a las órdenes de otro raro sexual como fue Stanley. Quien se figure que la selva congoleña o amazónica era buen escondite para nadar contra corriente en materia de sexo demuestra estar mal informado. Lo mismo vale para el diplomático en misiones ingratas, largos viajes siempre en compañía, en constante actividad. Si los diarios retratan a un obseso a tiempo completo, lo más probable es que estén muy, muy interpolados. Hay cosas imposible de ocultar; y como digo, la selva y otros despoblados no son de lo más discreto.
La Irlanda católica se sintió especialmente incómoda con los Black Diaries, a pesar de que Casement no era formalmente católico (v. pág. 369).Un estudio serio sobre el particular tendría que distinguir:  por una lado, una homosexualidad ‘normal’, digamos, –como la que en el relato unió por unos meses a Casement con Christensen (págs. 401-408)–, o como las catas erótico-esteticistas de cuerpos nativos hermosos; por el otro (que el libro ni menciona), una hipotética pederastia, incluso criminal y con abuso de poder, precisamente durante sus misiones de investigación humanitaria. Y aquí entraría la historia con ‘Charlie’, el negrito protegido de Casement, al que llevó consigo como criado durante 16 años (pág. 59). Lo cual, de contemplarse en serio, pondría al diplomático en inevitable parangón con sus compatriotas sacerdotes y religiosos adictos a cierta praxis tradicional que hace poco sale a luz, y no sólo en Irlanda.
Cambio de tercio.

Los motivos del cruzado
Este es, para mí, el aspecto más delicado de Sir Roger Casement. No su cruzada humanitaria en sí misma –la denuncia de los excesos coloniales contra pobres nativos–, sino el porqué. El filántropo irlandés Casement conoce a otro filántropo de origen francés, el histriónico Edmund D. Morel, que le viene muy bien para poner a la causa un rostro que no sea el suyo de diplomático. ¿Fue toda aquella alharaca filantropía en estado puro? Para el bueno de don Mario, parece como que sí. O, si se prefiere, deja que el lector lo decida. Y con los datos de una novela, eso no es posible.
Roger Casement, hijo de neuróticos, tuvo una personalidad neurótica, en perpetuo conflicto de identidades y lealtades. Esas preocupaciones las somatizaba hasta el masoquismo. Y los achaques le daban fuerte, qué coincidencia, siempre al comienzo de cada misión redentora.
Es verdad que contrajo paludismo, con reinfecciones tremendas. Un mal destructivo por sí solo, pero no contra nuestro irlandés. Sus dolencias, de lo más variadas, se hicieron crónicas, y como es frecuente en neuróticos, siempre domeñadas por una voluntad de hierro. Los que escriben vidas de santos conocen mucho de esto. Late en el fondo la idea obsesiva de «pureza de intención», con agonía incluso física, que una vez emprendida la acción se cura como por milagro, o no se siente.
De todas formas, el diagnóstico de neurosis no es temeridad mía. En Alemania, en la más violenta de aquellas crisis, Casement se atuvo a tratamiento psiquiátrico, incluso como interno por breve tiempo (v. págs. 428-431).
Como a los místicos neuróticos, la idea del suicidio no le fue extraña. «Ir a Irlanda, pensando que el Alzamiento está condenado al fracaso, es una forma de suicidio», se hace decir a un religioso irlandés (pág. 435). Pero el interpelado irá a Irlanda, e irá provisto de una dosis mortal de curare, por si los ingleses le capturan.
Volviendo a la cuestión: ¿Qué clase de Quijote fue Casement contra el Rey de los Belgas, Casement contra el Rey del Putumayo cauchero, Casement contra el Rey de Inglaterra?
Lo dejo en suspense, incluso para mí mismo.

(Continúa)