sábado, 31 de enero de 2026

Historiando lo que nunca fue (2)


Al muy apreciado amigo Lemuel Gulliver

para satisfacción de su justificado interés 

por la secuencia de esta historia de lo que nunca fue.

 

Elaborar la brujería herética: El triángulo crítico

Íbamos por la novedad de cómo producir en serie gente bruja con fuerte sabor a herejía. Recordemos: este último requisito –el ‘sabor a herejía manifiesto’– puso el papa Alejandro IV (Accusatus, 1258), para permitir a los inquisidores de la fe ocuparse de delitos menores, como la brujería o magia, el mal de ojo y otros maleficios, adivinaciones, sortilegios y demás categorías de superstición. El papa no negó que en el mundo cristiano existiesen brujos herejes o brujerías heréticas, era cuestión de demostrarlas. Pero la avidez de los inquisidores les llevó a más: dar con la fórmula ideal para poder lanzar cacerías a lo grande, con mayor rendimiento.

Aunque desde el principio los inquisidores fueron mayormente dominicos, es significativo que el primer documento-aviso de Alejandro IV iba dirigido a los franciscanos. Por lo visto, aunque eran menos en el Santo Oficio, anduvieron más listos en organizar su inquisición de forma rentable, incluso con mentalidad empresarial. No por casualidad, la orden del poverello San Francisco de Asís se ocupó también de reconducir la usura y meterla en vereda cristiana, con la invención de los ‘montes de piedad’ y los minicréditos por san Bernardino de Feltre y otros del cordón. Y, a propósito: el mismo Alejandro también avisó que los inquisidores, no distrajeran su precioso tiempo persiguiendo a usureros, si no era herejes manifiestos.

Pero no nos distraigamos nosotros, y volvamos a la cocina frailuna. En teoría, la receta buscada era muy simple. Basta combinar tres conceptos, como indica el diagrama triangular: 

– ¡Será una broma!…  

– Sólo según se mire. Ya digo que estamos en modo teórico; y si el papel lo aguanta todo, como dicen, la teoría aguante eso y mucho más. Nuestro fraile demonólogo no ha comenzado todavía su verdadera labor. Sólo guisa conceptos, por ahora. Los suyos, no los nuestros, aunque las palabras sigan siendo las mismas: brujería – herejía – diabolismo. Por abreviar, nosotros damos por bueno que ellos las tomaban en su sentido del lenguaje ordinario.


 1. Brujería. Brujería y magia son lo mismo. De hecho, en la época que nos ocupa en torno a 1500, se habló de ‘brujimagia’. [2] Magia significa el arte o ciencia de los magos, casta de Persia con aristócratas sabios, como aquellos ‘orientales’ que se presentaron en Jerusalén preguntando por el nacido ‘Rey de los Judíos’, según la saga recibida en el evangelio según Mateo (3: 12). La brujería era una forma de magia vulgar, indocta, aprendida sin libros ni razones. De ahí la distinción, que hoy dirían ‘machista’: la magia, cosa de hombres; brujería, de mujeres. Los efectos brujimágicos, a efectos prácticos, se dividen en buenos (magia blanca) y malos (nigromancia, maleficios). Desde el punto de vista legal y penal, los maleficios han sido más importantes, por su peligrosidad.

2. Herejía. De su primer significado en griego, ‘elección’ o preferencia, paso al peyorativo de ‘posición falsa’ o heterodoxia, que en la Edad Media ensanchó su campo semántico prodigiosamente. Así fue que la brujería se atribuyó y asimiló a varias herejías (cátaros, valdenses etc.), que nada tenían que ver, ni con ella, ni entre sí. Ya con esto, los inquisidores tomaban pie para ocuparse de brujos. 

3. Diabolismo. Equivalente a satanismo y afín a demonismo; palabras modernas todas ellas, como tantos -ismos. Sus referentes, demonio, diablo y satán, aparecen en la Biblia, aunque no con el mismo valor en en uno de otro testamento. La Biblia Hebrea apenas tiene voz equivalente al griego demonio, tan familiar en los Evangelios como nombre común. En cambio utiliza satán, traducido más como diablo al griego y conservado en latín. En cuanto a los significados respectivos:

Demonio calca el griego daimónion (δαιμόνιον, ‘ente demoníaco’), derivado de daímon (δαίμων, -ονος), calcable también como demon. En la Biblia, los demonios son ángeles rebeldes, dedicados al mal.

Satán. Palabra hebrea, que en el Testamento Viejo aparece como nombre común, en contextos negativos de malquerencia verbal o violencia física. No es necesariamente un demonio: incluso el ‘Ángel de Yahweh’ se presenta alguna vez como satán vengador. [4] Las versiones al griego lo entienden como malsín, delator, acusador, adversario, agresor etc. El Nuevo Testamento emplea igualmente diablo, unas veces como sinónimo de demonio, pero otras como equivalente de Satán o Satanás, ya definitivamente como nombre propio del Demonio principal o ‘Príncipe de los demonios’.

Diablo calca el griego diábolos (διάβολος, calumniador, malsín). En el Testamento viejo es la versión más usada del hebreo satán. En el nuevo, es el tentador, pero también Satanás, como el personaje rival de Dios.

En el esquema tripartito que contemplamos, el elemento diabólico es fundamental como cierre del círculo para obtener una magia herética productiva. ¿Cómo? Entrando el mago en contacto y pacto con el Diablo, quid pro quo.  ¿Esa pacto es herético? No siempre. Puede serlo por la naturaleza de la contraprestación humana; por ejemplo, entrega del alma (renuncia a la salvación), o apostasía de la religión católica y homenaje y culto al demonio. Pero aun sin eso, también depende del modo de abordar el trato. Si el pactante humano se dirige al demonio en tono imperioso y sin respeto, no se percibe sabor de herejía. En cambio, tratarlo con cortesía, zalamerías, o peor, con sumisión, mirándole de abajo arriba, es por lo menos sospechoso. Ojo, pues, que si en esta guisa nos sorprende un inquisidor, seguro que nos busca las vueltas de cordel en la ‘cuestión de tormento’.


A la brujería por acumulación. Brujas de diseño

La acumulación en denuncias y procesos penales es hoy práctica de recibo, con garantías legales, pero en el pasado lo fue mucho más y a la brava: 

«El asesino de doña Fulana tiene que ser Mengano, con quien ya tuvo palabras a cuenta de ciertos reales y maravedises que ella le reclamaba, no sin antes haber el susodicho abusado de la hija de una sobrina suya; y, amén de eso, él sin duda fue el que robó las gallinas de doña Zutana, como este declarante denunció ser voz común en su día, y desde entonces el acusado le mira mal…» 

   Los demonólogos inquisidores de los siglos XIV-XV hilaban más fino. Además, en su fase creativa, todavía no buscaban pruebas de hecho, sino de derecho: condimentos varios, para que el buscado delito de brujería nueva tuviese carácter demoníaco y fuerte sabor a herejía en el paladar más exigente.


 

       La popularidad del concepto acumulativo de brujería data de unas cuatro décadas, cuando Brian P. Levack lo propuso como explicación de la cacería masiva de brujas por Europa a lo largo de 300 años, desde 1450 a 1750. Su libro, The witch-hunt in early modern Europe (1987), con varias ediciones en inglés y múltiples traducciones –en español, La caza de brujas en la Europa Moderna, Alianza, 1995– tuvo tal éxito, que mucha gente piensa que tal concepto es suyo, cuando tiene un siglo y cuarto, desde que lo nombró como de pasada el gran investigador pionero y documentalista del fenómeno, Joseph Hansen (1900 y 1901). El autor lo definía así (1900):

«Concepto mixto, cuyos elementos son: maleficio, bruja, traslaciones, relación sexual entre humanos y demonios, veneración del diablo en el Sabbat nocturno. Elementos, por lo demás, difundidos en ámbitos grecorromanos, judeo orientales y celta germánicos, recibidos por la Iglesia cristiana», con especial mención de san Agustín.


En cuanto al origen o foco de dispersión del concepto, Hansen lo situaba con acierto en el área de los Alpes, «donde las autoridades civiles lo reciben en toda su amplitud». Así daba a entender que, en la caza de brujas, hubo más colaboración que pugna entre inquisición y autoridades locales, civil y diocesana. La justicia seglar no sólo cumplía su papel de brazo ejecutor de la Iglesia en lo penal, sino que, frente a las demasías de algunos inquisidores, los gobernantes alegaban con razón su derecho y deber de castigar delitos con supuestos efectos civiles (como los maleficios en general), y más todavía los calificados de lesa majestad. Era notorio que en procesos por brujería y cazas de brujas, el brazo seglar solía ser  más duro que el eclesiástico, salvo casos de inquisidores abusones y sanguinarios.

Demos ahora un vistazo a cómo funcionaba la creación acumulativa de la nueva brujería. Partiendo del esquema triangular, y de la conexión Bruja-Diablo, para obtener el resultado apetecido, Herejía, la nueva brujería diabolo-herética era la ecuación de un polinomio de atributos delictivos, abierto a la inventiva del demonólogo, pues estamos en fase de ‘ingeniería teológica’ con modelos varios en competencia de mercado, pero que en sustancia se plasmaron en cinco (el orden, al gusto):

Pacto + Conyugio (o Sexo) + Vuelo + Aquelarre + Maleficio

Lo cual, a efecto de diagrama intuitivo, nos invita a usar el pentáculo inscrito en un círculo. Su interior representa el espacio del Diablo, y el exterior inmediato, el mundo de las brujas (que diría Caro). Los vértices del pentáculo serían las vías de interacción diablo-bruja, de donde resultan los cinco caracteres acumulativos. Para imagen del diablo, elegimos la gárgola famosa de Notre-Dame de París, sugerente del cazador al acecho, para perdición de las almas incautas.



El Diablo funda su Iglesia

Ahora nos damos cuenta, de qué va la nueva brujería. No es un ‘tú a tú’ entre el individuo y su demonio. Es una nueva realidad social en la sombra. Una religión organizada. Una iglesia con vocación de multitudes: la contra-Iglesia de Satanás

Ya dos siglos antes, el gran papa Inocencio III despedía el XII con una bula pesimista desde el título (Vergentis in senium, 1199), donde, sin remilgos,  hablaba de «el mundo que se hace viejo y ya huele a podrido», por culpa de los herejes cátaros. Ahora en el XV, al final de la Edad Media, la nueva brujería demoníaca anunciaba que el viejo agoniza. Era la hora apocalíptica del Diablo a la desesperada, en su última oportunidad… Esto suena trágico, y en la retórica cristiana del momento, lo era. Se repetía desde los púlpitos al aire libre, y el gentío se santiguaba llorando, entre abrazos y golpes de pecho. Pero, mientras tanto, cada mañana seguía amaneciendo, como en los días prístinos de la creación, y vaya usted a saber. Como protestaba el pequeñín de la casa, en su inocencia: «¡Jo!, que ni se muere padre, ni cenamos». Retóricas aparte, los inquisidores a lo suyo, como si les quedara una eternidad por delante. 

Un repaso a los cinco caracteres acumulados como figuras de delito, y terminamos. Pero eso ha de ser, Dios mediante, en la próxima entrada.

_____________________________________

Notas:

[1]  Martín del Río tituló Disquisiciones mágicas su enciclopedia sobre todo lo que hoy llamamos ‘ocultismo’, incluida la brujería. Tras breve introducción sobre la magia en general y sus clases (libro I), pasa directamente a la Magia demoníaca (libro II), donde incluye la brujería demoníaca. Por cierto, en español deberíamos decir magía (o maguía), como en latín măgīa, tomado del griego μαγεία.

[2] En su relación con lo religioso, la ‘magia blanca’’ se llamó teúrgia (o teurgía, en griego, ‘obra divina’), y su contraria, goetia (o goetía, de γοητεία, arte del γόης, -ητος, encantador; literalmente, ‘quejumbroso’, que musita con voz lastimera)

[3] Para el DRAE no son sinónimos: Demonismo, m. Creencia en el demonio u otros seres maléficos. Diabolismo, m. Carácter o comportamiento diabólico (‖ perteneciente al diablo). Satanismo, m. Culto a Satanás. Esta última acepción es la más próxima al fenómeno que estudiamos.

[4] Caso típico, en la leyenda de Job, el satán que comparece en la corte de Dios como funcionario inquisidor  que recorre el mundo fiscalizando conductas censurables. En la saga de Balaam y su encuentro con el ángel de Yahweh (Números, 22), éste se presenta como el satán que, espada en mano, le cierra su camino porque va errado, y menos mal que su burra le vió primero y se apartó, salvándole la vida. Henry A. Kelly (2o17), en estudio exhaustivo, concluye que sentido propio de satán es el verdugo (de Dios) o ministro de justicia; cfr. su Satan in the Bible, God’s Minister of Justice.

[5]  Hansen, J. (1901) , Quellen und Untersuchungen zur Geschichte des Hexenwahns und der Hexenverfolgung im Mittelalter, p. 416 y p. 445. Se ve que el autor elaboraba el concepto por entonces, pues un año antes no hablaba de Cumulativ-, sino de Kollektivbegrif ‘Hexe’; cfr. ídem (1900), Zauberwahn, Inquisition und Hexenprozess im Mittelalter und die Entstehung der grossen Hexenverfolgung, Introducción, cap. 1, p. 1.






No hay comentarios:

Publicar un comentario