viernes, 18 de junio de 2010

El silencio de los moruecos (2)


Este artículo debió cerrarse hace varios días. Ese al menos era mi plan. Pero el tema del Congo colonial belga es tan apasionante como espinoso, y la documentación consume tiempo.

Se trata nada menos que de un disputado caso de genocidio con agravante de crimen y terrorismo de estado, donde la referencia obligada suele ser la Shoá (el mal llamado ‘holocausto’) del pueblo judío bajo Hitler, medio siglo más tarde. Con una diferencia no despreciable: el horror del Congo bajo el régimen de Leopoldo II de Bélgica, desde el principio de su divulgación, tuvo matizadores e incluso negadores hasta hoy, sin incurrir por ello en nota de deshonestidad ni enfrentarse a censura legal.

No quiere decirse que los congoleños hayan olvidado el sufrimiento pasado; pero diríase que para algunos es un recuerdo que se expresa con sordina, a juzgar por lo visto en ocasiones como la Expo Universal de 1958. Tal vez las calamidades de hoy difuminan el ayer y borran el mito de una edad precolonial dorada.

Lejos, pues, de dar carpetazo a la entrada, la amplío por si interesa, siquiera porque revistas que uso son de acceso restringido en la red. No descubro nada nuevo. Todo ha empezado por un libro, La tragedia del Congo (2010), colección de varios textos de época. Y como el editor los ofrece a palo seco, poniendo de lo suyo sólo una nota de presentación y la solapa, he tenido que documentarme un poco por mi cuenta.

1. Leopoldo II de Bégica se apodera del Congo

Al hablar de Leopoldo II es imposible dejar de lado a su socio y cofundador del nuevo imperio del Congo durante 20 años. Si el rey de los belgas bajo su capa de filántropo era un gran hombre de negocios, el explorador Henry Morton Stanley jamás hizo alarde de filantropía ni desinterés.

Aventurero nato, del que se han hecho retratos morales poco atractivos, sin perjuicio de cualidades extraordinarias que hacen de él una gran figura de su siglo. Un reportero todavía con lectores, y escritor con títulos como A través del Continente Oscuro (1877, 2 vols) o El Congo (1885, 2 vols.), llenos de fabulaciones sin valor científico, pero indispensables en la literatura del género.

No interesa aquí su personalidad profunda –su misoginia–, sí su pragmatismo interesado, siempre atento a sus mecenas-clientes reales o posibles, para quienes describe, según conviene, la senda de Eldorado, o tierras míseras y vacías.

Como explorador fue único, despótico individualista, superviviente de sus propias aventuras, tan mortíferas en porteadores negros y en colaboradores blancos. Un depredador sin atisbo de sensibilidad ecológica ni humana:

«Cabe suponer que en la cuenca del Congo hay unos 200.000 elefantes repartidos en unos 15.000 rebaños; cada elefante portando en la cabeza un promedio, digamos, de 50 libras ee marfil; lo que cosechado y venido en Europa vendrá a representar cinco millones de libras esterlinas…»

«Cada kilogramo de marfil cuesta una vida humana, varón, mujer o niño. Por cada cinco kilos se quema una vivienda; por un par de colmillos se destruye una aldea; y cada dos décadas desaparecía una región entera con todos sus habitantes, aldéas y plantíos.»

No era cosa de perder tiempo, porque otros exploradores aprovechaban el suyo. Frente al avance del oficial de marina francés Pierre S. de Brazza, reclamando territorio para su país, Verney Lovett Cameron llegó incluso a declarar toda la cuenca del Congo posesión británica (1875). El astuto Leopoldo se hace el sueco y el año siguiente, 1876, aprovechando una Conferencia Internacional Geográfica en Bélgica, funda la Asociación Internacional Africana (AIA), con propósito declarado de abolir el tráfico de esclavos, una especialidad árabe:

«¿Es preciso recordar a Uds. que al traerles a Bruselas no me ha guiado ningún propósito egoísta? No, caballeros, si Bélgica es pequeña, es feliz y satisfecha con lo que tiene. Tampoco yo tengo otra ambición que servirla bien. Pero voy a insistir en que me siento orgulloso de pensar que un progreso esencial a nuestra época ha empezado en Bruselas. Espero que por ahí, Bruselas llegue a ser cuartel general de una misión civilizadora.»

En cuanto a la esclavitud, el regio orador la calificó de inmoral e infame, sin añadir lo que también era verdad y estaba en la cabeza de todos sus oyentes: una inmoralidad muy poco rentable en lo económico.

Al regreso de Stanley de su segundo viaje por África tropical (agosto 1878), le aguardaban en Marsella los agentes de Leopoldo. El explorador ya tenía el mejor cliente que jamás pudo soñar. A fines del mismo año, Stanley firmaba un contrato por 50.000 francos anuales, hoy unos 156.000 euros. Su compromiso: una nueva expedición (desde 1879), ya como explorador particular del rey belga, aunque bajo cobertura respetable: la filial belga de la AIA, controlada por Leopoldo.

Esta vez el explorador fue más sigiloso que de costumbre, dejando a Europa en ayunas de noticias suyas, sobre todo en cuanto a lo más importante de la empresa: negociar con los reyes y jefes congoleños la cesión de su soberanía al gran rey europeo y protector de África, Leopoldo II.

Aquí Stanley no tuvo que inventar nada, sólo copiar en su área lo que había hecho De Brazza en Gabón (1875), persuadiendo a los jefes locales por separado a que reconociesen la soberanía francesa. Una expresión de la que ignoraban hasta su significado. Tampoco estuvieron mejor enterados los interlocutores de Stanley, caudillos tribales analfabetos mayormente, que firmaban dibujando una X en un papel escrito en francés ‘legalés’, a cambio y por toda compensación de sendas piezas de tela a mes vencido.

La empresa llevó su tiempo, y la carrera por el reparto del África tropical también dio a Stanley quebraderos de cabeza. En septiembre de 1880 su rival De Brazza, que el mismo año acababa de ‘fundar’ (rebautizar) la ciudad de Franceville (Gabón), avanzaba hasta la orilla derecha del río Congo y establecía un puesto militar, convertido en gran centro administrativo, Brazzaville. Stanley tuvo que aceptar el hecho consumado, al que replicó dos meses más tarde fundando en la orilla opuesta, justo enfrente, la ciudad de Leopoldville (hoy Kinshasa), como reclamación de su patrono. La importancia estrategica del lugar venía dada porque desde allí, en el extremo occidental de las ‘Tablas de Stanley’ (Stanley Pool, hoy de Malebo), el Congo era entonces navegable. (Cfr. D. A. Ol’derogge y I. I. Potekhin, Narody Afriki, Moscú, 1954).

Una segunda expedición de Stanley tuvo lugar en 1882 bajo mandato de una nueva organización, el llamado Comité d’Études du Haut Congo, en que Leopoldo transformó la filial belga de AIA.


Por fin, en 1884, reaparece en Europa exhibiendo medio millar de aquellos ‘tratados’. El nuevo país unificado como Asociación Internacional del Congo (AIC, misterioso avatar del Comité d’Études, ahora personificado en el rey) tenía hasta capital, Vivi, fundada también por Stanley, y por supuesto bandera, una bandera azul con estrella amarilla, que los agentes de Leopoldo pasearon por Europa y EE. UU. en busca de reconocimiento del nuevo ‘estado independiente’.

Todo a punto, como un reloj. En 1884-85 el Congreso de Berlín, reunido para el reparto de África entre potencias coloniales, reconoce a Leopoldo II como jefe legítimo de la Asociación, rebautizada como Estado Libre del Congo, bajo soberanía personal y absoluta del rey, sin vínculo formal alguno con Bélgica como estado. (Frank M. Anderson, Handbook for the Diplomatic History of Europa, Asia and Africa (1870-1914), Read Books, 2009, págs. 161-167).

El primer goberno que aprobó el plan del rey belga y reconoció la AIC (22-04-1884) fue el de los Estado Unidos, con el señuelo de grandes tierras abiertas al libre comercio. Luego veremos el papel del catolicismo norteamericano en la defensa del proyecto leopoldino. «El único que caló a Leopoldo a la primera fue el viejo Bismarck. Pero su banquero, un entusiasmado Gerson Bleichröder –el primer judíos prusiano que obtuvo título nobiliario–, forzó el acuerdo.» (Dave Renton y otros, The Congo: plunder and resistance. Zed Books, 2007.)

El 26 de febrero 1885 se firmaba el Acta General de Berlín. En ella se reconocía a Leopoldo la posesión y soberanía sobre el Congo. Pero en la misma Acta iba incluido un memorable

«Artículo 7º. Todas las potencias en ejercicio de derechos soberanos o de influencias en dichos territorios se comprometen a velar por la preservación de las tribus nativas, y a procurar mejorar las condiciones de su bienestar moral, así como a colaborar en la supresión de la esclavitud, en particular el tráfico de esclavos.»

Una década más tarde (a mediados de los 90) se había consumado la ocupación de territorio. El Congo de Leopoldo cubría una extensión de casi 2,84 millones de km2 (80 veces la de Bélgica), con una población estimada en 11 millones de almas (el doble que la belga), con gran diversidad étnica y lingüística. Cuando llegue la indepencia (1960) vendrá el inevitable vendaval toponímico, pero la única lengua oficial será el francés.

2. El saqueo del Congo: el «régimen lepoldino»

Los costos de la empresa se disparan. Entre 1880-1890 Leopolodo invirtió unos 10 millones de francos belgas de entonces (más de 30 millones de euros). Y en 1890 y 1895 se instó al parlamento belga para que concediese créditos al rey por un total de 32 millones de francos, en concepto de empréstito por 10 años. Una cláusula decía que si no devolvía a tiempo, el gobierno bélga podría anexionarse el Congo. A Leopoldo le costó hacer quitar esta cláusula. Fuera de eso, Francia le prestó 80 millones de francos belgas, pero con la misma cláusula.

La primera fase de colonización del Congo Belga (‘régimen leopoldino’, prolongado hasta la I Guerra Mundial) fue de explotación preindustrial directa y salvaje de recursos naturales, incluida la población nativa, en auténtico derroche de vidas humanas.

La única gran empresa industrial fue la construcción de vías férreas, para dar salida a los productos brutos. Los dos más interesantes fueron el marfil y el caucho. El primero atrajo a gran número de cazadores aventureros y furtivos. Sobre los nativos recaía la corvée de portearlos hasta los puestos de las compañías concesionarias, y lo mismo para la recogida del caucho, más el aprovisionamiento de los puestos administrativos y militares.

Sirva de ejemplo Bumba. Hoy ciudad con más de 100.000 h. y puerto fluvial sobre la margen derecha del Congo, «Bumba era entonces una aldea mísera con un centenar de chozas. La aportación obligatoria mensual era de 5 carneros o cerdos, o bien 50 gallinas, 60 kg de caucho, 125 hatos de mandioca, 15 kg de maíz y otros 15 kg de boniato. Uno de cada 10 hombres debía estar en permanencia a disposición del funcionario local. Siempre debía haber un varón cumpliendo servicio militar anual. Y sobre todo, uno de cada cuatro días toda la colonia debía ocuparse en los llamados ‘trabajos sociales’: construcción y mantenimiento de caminos, transportes etc. Por ley, todo trabajo era remunerado, pero la cantidad y plazos dependían de la productividad local declarada por la compañía. Para más escarnio, la ridícula paga se podía hacer en especie, en artículos sin interés ni valor para los nativos» (Ol’derogge y Potekhin, o. cit., pág. 493.  Estos datos vienen a coincidir con los que aportan para otras regiones los documentos del libro La tragedia del Congo, por ej. en págs. 57-58, 66, 72-77 etc.)

No hay que preguntar por qué el sistema llevaba a la bancarrota. El saqueo del Congo no era empresa fácil. El marfil, por ejemplo. La cifra de 1.000 Tm anuales a fines del siglo XIX puede parecer fabulosa, y lo es; pero también una autopista a la ruina, sin una estrategia de gestión. Leopoldo mismo estuvo a punto de arruinarse, y dicen que hasta tuvo que recortar gastos de su mesa. Hasta que vino el hombre providencial que retrasó el desastre. El salvador fue un veterinario escocés que se llamaba John Boyd Dunlop, inventor y primer fabricante de neumáticos de bicicleta (1888-1889).

(Continúa: 3. «El caucho es muerte»: el reinado del terror. 4. El ojo de la Kodak.)

1 comentario:

  1. Belosticalle, Impresionante su estudio historiqado y referencias sobre el Congo. Gracias!
    ·
    arcu

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