miércoles, 23 de junio de 2010

El silencio de los moruecos (3)


3. «El caucho es la muerte»: el reinado del terror



Con el boom del vélo, la bici, el caucho se hizo precioso. O sea, un desastre para los congoleños. Fue en torno a la recolección de caucho donde el régimen leopoldino alcanzó cotas de terror genocida. Una frase en lingala se hizo proverbio: matofi pilamoko akufi («el caucho es como la muerte»). Lo era en todos los sentidos: extenuación, toxicidad, ejecuciones y mutilaciones, azotes y castigos de todo género.

En 1888 se instaló el sistema contractual laboral para las compañías, en paralelo con la instauración de la Force Publique, cuerpo represivo nativo bajo mando de oficiales blancos. Leopoldo desde Bélgica hacia el pedido, las compañías concesionarias con el brazo armado de la FP hacían el resto.

Al margen de eso, grandes compañías, como la Anglo-Belgian-Indian Rubber (ABIR) tenían sus propios cuerpos paramilitares actuando fuera de la ley. Aquella colonia tan especial fue un gran ensayo de anticipación; y así como el rey Leopoldo sirvió de modelo a los cleptócratas del Congo post-belga, también el uso de la fuerza dejaba entrever lo que sería la explotación capitalista postcolonial.

En cuanto al caucho congolés, salvo casos excepcionales, no se trataba de plantaciones y cosecha por incisión, sino de tala salvaje. Los bosques de lluvia del África tropical eran ricas en plantas laticíferas. La mayoría apocináceas, familia donde abundan las especies tóxicas por la presencia de glucósidos cardioactivos.


A esa familia pertenece el género Landolphia, con especies sobre todo arbustivas y lianas trepadoras, algunas con valor comercial. L. kirkii, junto con L. owariensis fueron históricamente las fuentes primarias del caucho hasta la virtual extinción de la planta, mientras la población nativa bajo el terror leopoldino iba hacia el mismo paradero.

Lo mismo con las landolfias que con el género afín Vahea, la recolección se hacía trepando a los árboles para cortar las lianas cauchíferas, hasta una altura de 30 m o más, hasta donde da el sol, y una vez las plantas abajo se recogía el látex, que fluye con rapidez. Cada liana rinde 3-4 kg de caucho, que secado al sol o en ceniza caliente se moldeaba en pellas.

El régimen leopoldino se justificaba con teorías racistas, unas radicales y otras menos, como la de considerar al negro como indolente por naturaleza y sólo obediente al castigo físico. Por su parte, Stanley propalaba otra teoría de su cosecha, asegurando que el hombre blanco trasplantado a colonias mejoraba sus aptitudes. Tal vez se miraba en su propio espejo, porque la realidad general abundó más en tipos desarraigados y degradados.


Para hacerse idea de esto último no hay que ir a la novela o el cine. El citado historiador afroamericano Rev. Jorge W. Williams lo describe, y no en aventureros apátridas sino en funcionarios belgas.

Cuenta, por ejemplo, cómo remontando el Congo vio a dos oficiales belgas apostándose 5 libras a que con sus rifles alcanzaban a una pequeña embarcación de carga. «Tres disparos convirtieron la canoa en un ataud.»

Vio también un vapor belga acercarse a la costa, donde una multitud distendida y alegre hacía el mercado. Los soldados formaron en líneas de fuego y dispararon a discreción, mientras la gente enloquecida pedía clemencia. La escena siguiente fue más desagradable: la pelea entre oficiales belgas disputándose las mujeres supervivientes de la masacre.

Williams publicó en el New York Herald Tribune una Carta abierta al rey Leopoldo II  (julio 1890), muy reproducida en su país y en Europa, denunciando casos concretos, con 12 cargos contra el gobierno del rey. El régimen leopoldino era de guerra injusta y cruel contra los nativos.

Esta y otras denuncias no hicieron mella en Leopoldo II, que pasó al contraataque por medio de activos apologistas, mientras él movía sus influencias, que no eran pocas en lo civil y lo eclesiástico.

El debate dio un giro en 1903, cuando el Parlamento británico decide enviar al consul Casement al Estado Libre del Congo como observador. El Informe Casement (1903) ofreció la novedad de ir ilustrado con fotografías.

En efecto, había aparecido un testigo de excepción: la kodak de Eastman. Frente a toda apreciación subjetiva en testimonios verbales o escritos, el objetivo de la cámara fotográfica se convirtió en el paradigma de la objetividad, un prestigio que se fue perdiendo a golpe de fotomontaje, y que ya pasó a la historia, en la era de la composición digital.

4. El ojo de la Kodak

La kodak no fue una cámara fotográfica más. Fue el sistema Kodak el que trajo un revolución cultural, al sacar la fotografía del esoterismo de laboratorio y ponerla al alcance de todo el mundo. El registro gráfico fue ya un elemento esencial de cualquier reportaje, de cualquier noticia.

Desde finales del siglo XIX, la imagen fotográfica entra de lleno en la comunicación. No se trataba sólo de la reproducción de fotos en libros y revistas. Era algo mucho más vivo y directo: la proyección de imágenes fotográficas.

El invento atribuido al jesuita Atanasio Kircher (h. 1650) y divulgado con el nombre de ‘linterna mágica’ había dejado de ser una diversión de salón para convertirse, a finales del XIX, en vehículo de información y propaganda audiovisual.

Las conferencias y charlas ‘de linterna’ –como se llamó a las ilustradas con proyección de imágenes– se pusieron de moda por espacio de medio siglo, hasta el advenimiento de los proyectores modernos de diapositivas. [Todavía en el curso 1965-1966 el que esto escribe tuvo a su cargo, como alumno ayudante en la cátedra de Paleontología de la Universidad Complutense de Madrid, manipular un arcaico armatoste, ciertamente no tan antiguo como los fósiles que estudiábamos,  alimentado por pesadísimas raciones de transparencias de vidrio (9 x 9 cm).]

Muy pronto los comunicadores de toda especie se apoderaron del invento, siendo los catequistas uno de los gremios más entusiastas. [También yo de niño recibí bastantes sesiones de catequesis de linterna, cuyas imágenes fijas siguen imborrables.]

Esta aplicación empezó en América hacia 1890, en manos de misioneros ingeniosos para recaudar fondos. Entre aquellos precursores del ‘power point’ interesa aquí cierto Dr. Guinness, que hizo pasar a miles de espectadores por sus sesiones sobre el Estado Libre del Congo. Lo que daba por el precio módico de una entrada era una charla de linterna con interludios de música de órgano, fervorín, himnos, plegarias y, por supuesto, la colecta voluntaria.

Pedagogo de masas, el buen predicador empezaba con un vistazo general al país y sus gentes. Seguía el relato épico de las exploraciones europeas y los esfuerzos filantrópicos del rey Leopoldo II de Bélgica. En el esquema primitivo, tocaba luego hablar de la degradación moral de aquellas tribus paganas, canibalismo, poligamia, esclavitud etc., para contraste y resalto de la benéfica acción misionera.

Ahora bien, al divulgarse la fea cuestión congoleña, la charla de Guinness se puso al día con un giro notable, donde el salvajismo de los negros africanos encontraba su réplica en las salvajadas de sus colonizadores, ilustradas a través de fotografías enviadas por los misioneros. Desde entonces, el título-reclamo pasó a ser ‘A Reign of Terror in the Congo’. No hace falta decir que el público del Dr. Guinnes se multiplicó por varios dígitos.

Por entonces (1904), el Informe Casement había reclutado activistas como Edmund D. Morel, gran conocedor de la realidad congoleña por sus empleos coloniales allí, en actividades mercantiles.

Hacia 1900, Morel había descubierto por su cuenta dos fenómenos muy extraños: lo que más importaba el Estado Libre del Congo era armas y munición, mientras que sus exportaciones valían muchísimo más que lo declarado. Concluyó de ahí que aquel ente político estaba controlado por una sociedad semisecreta de asesinos y defraudadores, con un rey como consocio. Dejó, pues, su trabajo de contable chupatintas para dedicarse al periodismo de investigación y agitación. Casement se fijó en Morel, para encargarle hacer algo que él personalmente no podía, por su condición de diplomático: fundar una Asociación pro Reforma del Congo (CRA), de inspiración laica en favor de los derechos humanos.

A ejemplo de Casement, Morel hizo amplio uso del documento fotográfico. Y aunque discrepaba del uso (según él) ideológico-crematístico por parte de los misioneros como Guinness, la CRA terminaría convirtiendo la fotografía por vez primera en su principal arma de propaganda.

En cuanto a los misioneros y religiosos en general, sin dejar de guardar y aumentar las distancias, el nuevo movimiento les copió la apelación al sentimiento cristiano, vista su eficacia entre la gente. De hecho, algunas de las fotos más impactantes procedían de la kodak de Alice Harris, una misionera con base en el Estado Libre.

Las fotos que dieron la vuelta al mundo apoyaban como pruebas forenses las denuncias más graves ya enunciadas por Casement, a saber: el encadenamiento de presos como animales, el secuestro de rehenes, los azotes con el chicote, la amputación de miembros y las ejecuciones a modo de cacería humana; todo ello en connivencia o por mano de la FP. Las manos cortadas, sobre todo, serían el icono de las atrocidades del régimen.

El horror de las manos del Congo se hizo emblemático. Eran manos amputadas casi siempre a muertos, aunque a veces también a vivos, incluso a niños. Manos que, adobadas al humo para su conservación, se enviaban a los centros administrativos para recuento. Se habló de montones de manos de hasta una tonelada métrica en un solo día. También es verdad que muchos se negaron a creerlo, tachándolo de ‘infundios’, o simplemente lo ignoraban.

[Observo que una gran Historia Universal como la de W. Oncken (1876-1891), en su continuación española por Manuel González Hontoria (1922), no dice ni palabra crítica sobre el régimen leopoldino.]

La fotografía no acabó con el arte del cartel y el dibujo satírico.
Vemos así un Jean Villemot (1908), en la vena ácida de Mark Twain, caricaturizando al odioso tirano y verdugo del Congo. Pero fue la foto la protagonista de la polémica. Fotografía polémica en sí misma, inevitablemente, disputándose entre congófobos y congófilos tanto su autenticidad como su cantidad y hasta la interpretación de lo que al principio pasó por evidencia.

5. ¿Genocidio?

La primera reacción de Leopoldo frente al activismo de la CRA fue hablar de campaña de desprestigio basada en la calumnia, el infundio y los intereses bastardos. Sea como fuere y por las razones que fuere, en 1908 el rey se doblega a la opinión pública de su propio país, Bélgica, y le cede o vende el Estado libre del Congo, que ya como colonia se llamó Congo Belga.

El traspaso no supuso un cambio automático y radical de la situación. Ahora bien, el gobierno belga garantizó a los misioneros nuevas estaciones, y ellos por gratitud dejaron de publicar horrores. Con ello, el divorcio entre Morel y los misioneros fue total, lo que restó argumento a la causa ‘congófoba’. En fin, la I Guerra Mundial (1914-1918) trabajó a favor de Leopoldo, distrayendo la atención y eclipsando la memoria colectiva.

Valgan dos cuestiones para ilustrar el quid de la polémica congoleña: las manos cortadas y la baja de población.

Lo del corte de manos, ya denunciado por Casement, se interpretó en principio como una costumbre ciertamente bárbara y repugnante, pero no tan cruel como podría parecer, si eran manos cortadas a cadáveres muertos por bala. ¿Con qué finalidad? De suyo, para exhibirlas como pruebas de servicio cumplido, como también para el cómputo y reposición de municiones a la FP.

El verdadero escándalo llegó con los testimonios de las mismas manos amputadas como castigo a personas vivas, incluso a niños. De esto último se exhibieron fotos impactantes, acompañadas de testimonios inequívocos.

La pregunta fue, y sigue siendo: ¿regla o excepción? Todavía tiene valedores la tesis de los casos aislados y numéricamente limitados, aunque (dato sed non concesso)  las historias y las fotos fueran auténticas. Con todo, la opinión más compartida es la contraria. Muchos nativos perdieron una y aun ambas manos, aunque no siempre por amputación. Algunos policías y oficiales le daban gusto al gatillo, y el resto lo hacía la necrosis y una cirugía elemental.

Respecto a la población, no parece que la cuestión se pueda resolver, al no haber estadísticas ni cómputos fiables. Una cifra de 40 millones de habitantes para todo el Congo que ganó Leopoldo se considera exagerada. La mitad estaría más cerca de la realidad. El Congo Belga de 1909 podría tener unos 10-12 millones. Una caída de 8-10 millones en cosa de 20 años ya sería catastrófica, y si su causa fue el acoso a la población por parte de los colonizadores (en último término, del Estado), con toda propiedad podría hablarse de genocidio. Los congófilos siempre alegaron que la innegable caída demográfica, primero, no fue tanta, y sobre todo fue debida a guerras intertribales y a causas naturales, dominando entre éstas el paludismo y la enfermedad del sueño.

Otro factor no desdeñable sería el hambre. Pero si no hay constancia cuantificada de plagas como la langosta o la sequía, y sí de hambre estructural impuesta por el sistema de explotación, poco importa eso a la hora de excluir y exculpar el crimen de genocidio.

Tampoco en esto la opinión dominante favorece a Leopoldo. La enfermedad no puede ser una coartada absoluta, y parece fuera de toda duda que su ambición se fue cimentando y encaramando sobre una pirámide de cadáveres de súbditos previamente depauperados por el régimen de explotación humana. Perderse en distingos entre muertes violentas y otras más o menos ‘naturales’ termina fácilmente en ejercicio de cinismo. Bien es verdad que en toda cuestión histórica hay que estar a nuevos datos que pueden obligar a cambiar los esquemas admitidos. Datos que, de haberlos conocido el rey y sus abogados, ellos habrían sido los primeros en divulgarlos.

(Concluye: 6. La actitud de la Iglesia Católica.)

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