lunes, 17 de enero de 2011

Soñar en celta (1)



Cuando Mario Vargas Llosa dio por terminada su último libro, El sueño del Celta –biografía novelada de Roger D. Casement (1864-1916)–, no tenía idea de que ese mismo año sería Nobel. Menos la tenía yo, que por entonces, junio del año pasado, me referí a Casement sin conocer siquiera ese proyecto del escritor a quien tanto admiro.

Mis notas sobre el Congo Belga del rey Leopoldo II, que al final crecieron en pequeño estudio de 30 páginas (Belosticalle, 8, 18, 23 y 28 de junio 2010), se centraban en un punto crítico de interés muy personal, como refleja el título: ‘El silencio de los moruecos: La Iglesia Católica ante el Congo Leopoldino (1885-1909)’. Aunque citaba a Casement –pues cómo no, por su Informe (1903) sobre tanta barbaridad silenciada, y por su papel en la humanitaria Asociación pro Reforma del Congo–, ‘el Celta’ no era mi protagonista. Por eso me limité a recordar de su vida lo que más impacta: su final trágico, con deshonor y horca, por alta traición a la Corona Británica.

Por supuesto, ya he leído la novela de Vargas Llosa, y como escritor sin público me da envidia admirativa, en las librerías, ver esas columnas salomónicas de ejemplares de El sueño –esos ‘altos’, como suele llamar él en su peruano a los montones o rimeros–. Mis horas con Mario me ha hecho volver con interés y empatía sobre el ser humano que fue Roger Casement.

¿Ha dado con él don Mario?
No hago crítica literaria. No sé, como otros, si el libro está o «no está a la altura de su autor ni de la historia que cuenta», si al novelista «le queda grande su personaje». Digo que me ha interesado, me ha informado y, en una palabra, me ha gustado. Pero no me ha colmado. 
Casement es una personalidad escurridiza de principio a fin. Una trimurti de personalidades en conflicto. Carne tentadora para novelistas y biógrafos. Pero Casement fue hombre de acción y agente histórico en una empresa no menos escurridiza, como fue el colonialismo. Al problema de sus motivaciones en los discutidos Informes Casement (sobre excesos coloniales en el Congo Belga y en la Amazonía peruana) se junta el Escándalo Casement de los desconcertantes Diarios Negros.
Y en esos barrizales históricos mi preferencia va por la investigación histórica, mucho más que por la novela. Incluso en la novela histórica, me gusta saber a qué carta quedarme, qué es ‘verdad’ y qué es invención. El autor, expresa y honestamente, se declara novelista (pág. 449); bien documentado, no cabe duda, pero sin el compromiso del historiador o el biógrafo con el dato. Mi impresión es que, en la bibliografía sobre el ‘Caso Casement’, este libro va a pasar como prescindible.
Como relato, El sueño del Celta me parece bien construido. Un acierto, ir presentando al héroe-villano como galería de autorretratos memorizados día a día, en las últimas ocho jornadas de espera angustiosa y dilemática del indulto o de la soga, en la cárcel de Pentonville. Un acierto pleno, el contrapunto del sheriff carcelero inglés, que detesta y desprecia al reo irlandés pero acaba empatizando con él. Un acierto, motivar los recuerdos al hilo de las visitas que recibe el preso, desde la sensible prima Gee, amor secreto de su juventud, pasando por la de su mentora en ‘celtismo’ irlandés, la erudita Alice S. Green  George G. Duffy, el abogado medio de oficio, y por último los capellanes católicos Carey y MacCarroll, o el verdugo y futuro suicida Mr. Ellis con su ayudante. Todo eso entretiene, pone intriga y hasta resulta buen truco para que tengas que releer el libro, porque tanto peinar la baraja te ha despistado.
Para mayor claridad, el discurso se parte en tres: ‘El Congo’ (125 págs.), ‘La Amazonía’ (199 págs.), ‘Irlanda’ (104 págs.). El relato se complementa con un  conciso epílogo post mortem, a modo de epitafio, catálogo de realia y recuerdos como guía del improbable peregrino sentimental, y un poco como justificación de autor. Nada parecido a un apéndice documental, ninguna orientación bibliográfica, una lástima. Ni un solo mapa de regiones inmensas, ignotas, que en tiempos de Casement entraban por vez primera en el Atlas.
Tres partes. Si de la primera restamos la introducción y primera etapa vital del personaje, queda para el Congo e Irlanda juntos la misma extensión que la dedicada a la Amazonía (200 páginas). Es lógico. Esta parte media fue la que movió el interés del escritor peruano, y es la más novedosa.
Tres partes. Algo así como tres avatares de un alma huidiza hasta de sí misma, en conflicto identitario religioso, étnico, ético. En triple conversión, que en realidad es trina y una: del idealista colonial al anticolonialista; del civil servant británico, al irlandés antibritánico; del protestante nominal, al católico formal. En suma: del Casement confuso, al Casement enigmático.
El novelista desarrolla sus tres partes como fases sucesivas de una biografía. Ciertamente la etapa amazónica fue consiguiente a la congoleña, cuando el diplomático británico era una celebridad respetada y denostada. Y la etapa irlandesa vino después de las otras, en lo que tuvo de traición y tragedia. Ahora bien, ¿fue Casement tan converso al nacionalismo? ¿Y una vocación tardía? Bueno, el libro no lo dice así, pero el hilo del relato lo deja suponer, quitando relieve a la conciencia nacionalista juvenil.

Los Diarios Negros
Empiezo por ellos, porque la intimidad sexual de Casement, como de cualquiera, en sí misma es irrelevante. La literatura diarística está llena de notas íntimas, a veces en clave, que los editores descifran para que el lector se entere de cuándo se masturbaba Amiel (otro que tal), o cuándo Samuel Pepys se iba de picos pardos.
Casement dejó notas de ese tipo, sólo que explícitas, muy crudas y reveladoras de un homosexual y pederasta. Ese material fue la base de unos Diarios que el Gobierno británico divulgó para difamarle y frenar la campaña en pro de su indulto. Lo primero lo consiguió de sobra, incluso entre correligionarios y antiguos amigos del desgraciado. En aquella sociedad era mucho peor que un fementido, un pervertido. La cuestión fue, y sigue siendo, qué hubo de verdad y de realidad en todo ello, y en qué medida tales ‘pruebas’ se falsificaron, en un país y una cultura de maestros en la especialidad del fake y del hoax.
En este punto, el novelista Vargas reconstruye varios episodios y contactos, todos fortuitos y tratados con castidad. Una última relación sentimental harto extraña, la que entabló en Nueva York (1914) con el joven aventurero noruego Eivind Adler Christensen, su amante y su judas.
Vargas Llosa es ecléctico: «Mi propia impresión –la de un novelista, claro está– es que Roger Casement escribió los famosos diarios pero no los vivió, no por lo menos integralmente, que hay en ellos mucho de exageración y ficción, que escribió ciertas cosas porque hubiera querido pero no pudo vivirlas.» Así de expeditivo.
Sin haberlos leído, no se puede tener idea formada, pero tampoco me entra en la cabeza un practicante de incógnito en las condiciones de Casement. Recuérdese, antes que diplomático ya había sido aventurero en África, precisamente a las órdenes de otro raro sexual como fue Stanley. Quien se figure que la selva congoleña o amazónica era buen escondite para nadar contra corriente en materia de sexo demuestra estar mal informado. Lo mismo vale para el diplomático en misiones ingratas, largos viajes siempre en compañía, en constante actividad. Si los diarios retratan a un obseso a tiempo completo, lo más probable es que estén muy, muy interpolados. Hay cosas imposible de ocultar; y como digo, la selva y otros despoblados no son de lo más discreto.
La Irlanda católica se sintió especialmente incómoda con los Black Diaries, a pesar de que Casement no era formalmente católico (v. pág. 369).Un estudio serio sobre el particular tendría que distinguir:  por una lado, una homosexualidad ‘normal’, digamos, –como la que en el relato unió por unos meses a Casement con Christensen (págs. 401-408)–, o como las catas erótico-esteticistas de cuerpos nativos hermosos; por el otro (que el libro ni menciona), una hipotética pederastia, incluso criminal y con abuso de poder, precisamente durante sus misiones de investigación humanitaria. Y aquí entraría la historia con ‘Charlie’, el negrito protegido de Casement, al que llevó consigo como criado durante 16 años (pág. 59). Lo cual, de contemplarse en serio, pondría al diplomático en inevitable parangón con sus compatriotas sacerdotes y religiosos adictos a cierta praxis tradicional que hace poco sale a luz, y no sólo en Irlanda.
Cambio de tercio.

Los motivos del cruzado
Este es, para mí, el aspecto más delicado de Sir Roger Casement. No su cruzada humanitaria en sí misma –la denuncia de los excesos coloniales contra pobres nativos–, sino el porqué. El filántropo irlandés Casement conoce a otro filántropo de origen francés, el histriónico Edmund D. Morel, que le viene muy bien para poner a la causa un rostro que no sea el suyo de diplomático. ¿Fue toda aquella alharaca filantropía en estado puro? Para el bueno de don Mario, parece como que sí. O, si se prefiere, deja que el lector lo decida. Y con los datos de una novela, eso no es posible.
Roger Casement, hijo de neuróticos, tuvo una personalidad neurótica, en perpetuo conflicto de identidades y lealtades. Esas preocupaciones las somatizaba hasta el masoquismo. Y los achaques le daban fuerte, qué coincidencia, siempre al comienzo de cada misión redentora.
Es verdad que contrajo paludismo, con reinfecciones tremendas. Un mal destructivo por sí solo, pero no contra nuestro irlandés. Sus dolencias, de lo más variadas, se hicieron crónicas, y como es frecuente en neuróticos, siempre domeñadas por una voluntad de hierro. Los que escriben vidas de santos conocen mucho de esto. Late en el fondo la idea obsesiva de «pureza de intención», con agonía incluso física, que una vez emprendida la acción se cura como por milagro, o no se siente.
De todas formas, el diagnóstico de neurosis no es temeridad mía. En Alemania, en la más violenta de aquellas crisis, Casement se atuvo a tratamiento psiquiátrico, incluso como interno por breve tiempo (v. págs. 428-431).
Como a los místicos neuróticos, la idea del suicidio no le fue extraña. «Ir a Irlanda, pensando que el Alzamiento está condenado al fracaso, es una forma de suicidio», se hace decir a un religioso irlandés (pág. 435). Pero el interpelado irá a Irlanda, e irá provisto de una dosis mortal de curare, por si los ingleses le capturan.
Volviendo a la cuestión: ¿Qué clase de Quijote fue Casement contra el Rey de los Belgas, Casement contra el Rey del Putumayo cauchero, Casement contra el Rey de Inglaterra?
Lo dejo en suspense, incluso para mí mismo.

(Continúa)

lunes, 10 de enero de 2011

«Mujer, ¿por qué lloras?»


–Mujer, ¿por qué lloras?
–Porque han quitado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.
Al decirlo, se vuelve ella a su espalda y ve a Jesús de pie, sin caer en cuenta que era Jesús.
Jesús le dice:
–Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?    (Juan 20: 13-15)

                                                                     
Nosotros aquí de cháchara sobre los Reyes Magos, mientras la Ciencia –Science, en inglés– daba otro paso de gigante, a los que nos tiene acostumbrados últimamente. Una zancada decisiva hacia la comprensión del secreto mejor guardado de la condición femenina.
El 6 de enero esa revista en su versión digital publicaba el trabajo de un equipo israelita, liderado por Noam Sobel, revelando que las lágrimas de mujer tiene poder refrigerante sobre el instinto sexual del varón, y aunque inodoras, podrían contener algún componente químico ignoto con función de feromona [1].

The First Con
La ocurrencia, o dicho en jerga científica, la hipótesis que dio pie al experimento, surgió a partir de los ratones, donde las lágrimas sirven de señal química entre individuos. Que las lágrimas humanas también son señales indicadoras, es cosa harto sabida sin experimentos de laboratorio. Ya en los principios del ferrocarril se dejó oír en distintas variantes este diálogo, hasta entonces inédito:

–Mujer, ¿por qué llora?
–Se me ha metido una carbonilla en el ojo, caballero.
–¿Me permite?...
–Si es usted tan amable…

Pero eran señales ópticas, o también acústicas, si la mujer se jaleaba con sollozos. Lo que nadie imaginó hasta ahora es que las lágrimas femeninas también ‘huelen’; y no deja de ser curioso, pues al mismo tiempo resulta que son inodoras.
Ante todo, ¿se trata de un trabajo serio? Depende. Los autores y la revista no van de broma, no es ninguna inocentada. El Dr. Sobel lleva un grupo de investigación en olfato, dentro del departamento de Neurobiología del Instituto Weizmann, y en este campo han desarrollado una silla de ruedas eléctrica que se gobierna ‘esnifando’ (en realidad, por la presión nasal). Una relación –se argüirá– algo remota con el bulbo olfatorio, centro de interés del grupo investigador, pero interesante y patentable.
Tampoco el experimento de las lágrimas afectaría al olfato propiamente dicho. Pero, como todo lo que se relaciona con el sexo, aquí hay gancho para el público y para la siempre reñida pesca de fondos. Buscamos en la red «lágrimas de mujer», «women’s tears» y cosas así, y he aquí que un tema tan de interés universal lo acapara Sobel.
Todo lo cuál no quiere decir que Sobel descuide sus deberes. Aquí por ejemplo, le vemos firmando un sesudo trabajo sobre electroolfatogramas (EOG), técnica de medir potenciales eléctricos semejante a la popular electroencefalografía (EEG), sólo que aplicada a las células sensoriales del epitelio olfatorio –la doble área en las fosas nasales superiores, unos 5 cm2 en total, por donde olemos–, estimulado por sustancias olorosas de verdad.

Japan strikes back
¿De qué va el hallazgo? Antes de contar el experimento, veamos su porqué.
En julio de 2010 un equipo japonés dio a conocer en Nature que la secreción lagrimal del ratón macho contiene una sustancia que estimula a la hembra (a través de una estructura cuasi olfatoria, llamada órgano de Jacobson) y la hace receptiva [2]. Manos a la obra, Sobel y colaboradores quieren saber si en humanos funciona algo parecido. Para fines de septiembre ya estaba la respuesta en poder de Science, que nos la ha traído como regalo de Reyes, el 6 de enero.
En principio, lo lógico sería remedar el experimento japonés. Es lo que haría cualquier atolondrado. El problema es que los humanos hemos perdido ese precioso órgano detector de moléculas, tan eficaz en roedores y carnívoros, reducido en nuestra especie a un vestigio evolutivo; y aun el olfato propiamente dicho lo tenemos bastante atrofiado, en beneficio de la vista sobre todo. No obstante, seguimos dependiendo del olfato también para detectar señales intersexuales emitidas con las secreciones: sudor, mocos, saliva tal vez, ¿por qué no lágrimas?
Otro problema está en las propias lágrimas humanas. Como secreción anti irritante valen lo mismo en ambos sexos, y prescindiendo del llanto común de los niños, en la edad adulta el sexo llorón por excelencia es el femenino. ‘Lágrimas de mujer’ es una expresión consagrada, que hace más prometedora en ellas la búsqueda de cualquier molécula ignota, en relación con el sexo.

The Set-up
Dicho y hecho. Como donantes de lágrima emocional se escogieron 6 mujeres de unos 30 años, de llanto fácil, capaces de llorar de encargo; las cuales provistas de sendas ampollas lacrimatorias (como la que usaba Nerón/Ustinov en Quo vadis?) visualizaron escenas fílmicas lacrimógenas y recogieron el llanto vertido, 1 ml por sesión.
Como control sucedáneo de las lágrimas se usó disolución acuosa salina (‘suero fisiológico’), y tras hacerle recorrer el mismo trayecto que las lágrimas por las mejillas femeninas (para captar la misma impronta de secreción cutánea, suciedad o cosméticos) se recogió en ampollas iguales.
Como excitante para comprobar efectos se prepararon imágenes de rostros femeninos manipuladas, combinando rasgos alegres y tristes para inducir ambigüedad emocional, de modo que el posible efecto no fuese atribuible a su atractivo o repulsión.
Como pacientes voluntarios actuaron 24 varones heterosexuales, entre 23 y 32 años. Durante el experimento, y como parte del mismo, cada uno llevó pegado debajo de la nariz, a modo de mostacho, un cuadrado de algodón empapado previamente en lágrimas no emocionales (lágrimas neutras).
1. Abierto un lacrimatorio fresco de 2 horas como mucho, o bien un control, cada paciente practicaba 10 inhalaciones nasales profundas.
2. Tras la inhalación, se le mostraban las imágenes faciales, pidiéndoles su apreciación sobre la emotividad y atractivo sexual de los mismos.
3. Antes de la inhalación y después de ella, durante la incitación visual (fase 2), se les tomaron a los pacientes medidas de los ritmos cardíaco y respiratorio, temperatura cutánea y nivel de testosterona.
4. También se les exploró la actividad diferencial del cerebro mediante resonancia magnética, empleando como estímulos visuales imágenes femeninas moderadamente eróticas.
Resultados y conclusión:
1. Ningún varón detecto diferencia alguna en el olor de las lágrimas y el agua salina.
2. Las lágrimas no influyeron en la apreciación de la tristeza de los rostros ni provocaron tristeza empática.
3. Tras inhalación nasal y olfacción de las lágrimas, los rostros parecieron sexualmente menos atractivos. Al mismo tiempo, descendieron los parámetros citados (pulso, respiración, temperatura, testosterona), señal de depresión sexual.
4. También la resonancia magnética reveló diferencias de comportamiento en las áreas cerebrales que de ordinario responden a la excitación sexual –concretamente el hipotálamo, amígdala y giro fusiforme del lóbulo temporal posterior. El olor de las lágrimas indujo depresión en la actividad de las mismas.
5. En suma, la respuesta a la inhalación olfatoria de lágrimas emocionales femeninas sugiere la presencia de algún factor químico inodoro que actuaría como feromona depresora del impulso sexual masculino.

The Round-up
¿Qué pensar? Por de pronto, se trata de un ensayo preliminar, que ha provocado el natural interés y la no menos natural rechifla de rigor en esta materia.
La comunicación intersexual tiene un código muy complejo y no bien conocido de señales codificadas visuales, acústicas y por supuesto, químicas. Un sistema originado y construido en la evolución, pero también modificado por la cultura, incluso en sus elementos más primarios, como es la interpretación del lenguaje molecular o químico.
Nuestros quimiorreceptores externos están representados mayormente por el gusto y el olfato, al que se asocia el referido órgano de Jacobson, muy desarrollado en mamíferos roedores y carnívoros, que también son grandes oledores, a diferencia de los primates, cortos de olfato y con el Jacobson perdido.
Tanto este órgano –en las especies donde funciona– como el olfato propiamente dicho van unidos al bulbo olfatorio, conectado a centros cerebrales donde se elaboran patrones de conducta instintiva.
Las lágrimas, que seguramente empezaron su historial como lubricantes de los limpiaparabrisas que son los párpados, incluyeron también sustancias antisépticas, como la lisozima, y también feromonas, como en el ratón macho. Pero los humanos tenemos en exclusiva el fenómeno del llanto, como también la risa, expresivos de emociones. Darwin les dedicó un estudio tan admirable como inconcluyente respecto a su origen y desarrollo.
La risa y el llanto tienen mucho de cultural –el llanto sobre todo–. La mujer como norma llora más que el varón («cuatro veces más», leo por ahí, no sé con qué fundamento), y lo hace más fácilmente, incluso de encargo (como las plañideras). Pero en otras épocas también los hombres lloraban mucho, sobre todo en público. El lloro de etiqueta –en latín luctus, de ahí ‘luto’– es mayormente cultural y aprendido, lo que no excluye su emotividad. Por otra parte, el llanto femenino lleva fama de ser (¿hasta cuatro veces, o más?) insincero.
En suma, sorprende que algo tan primitivo como una feromona lagrimal inodora siga funcionando precisamente en el llanto humano. Un supuesto de poco efecto en cualquier caso, pues en este dominio somos lo bastante perspicaces como para conocer los afrodisíacos habidos y por haber, reales e imaginarios, como también los depresores sexuales de alguna importancia, sin haber tenido que esperar al experimento de Sobel. Los clásicos, Eurípides, Ovidio…, no tuvieron ni idea de semejante efecto.
Y aquí termino por donde empecé. Nuestra cultura bíblica tiene mucho que ver con el llanto, pero bien poco o nada con la hipótesis de Sobel. Llanto de mujeres, varones y niños. Llanto de pena, o bien de alegría. De los pobres bienaventurados que lloran, y de los ricos condenados al infierno, que también lloran lo suyo. Lágrimas de la Virgen Dolorosa, Lágrimas de san Pedro
«Llorar como una Magdalena». La tradición identificó en una misma María a la hermana de Marta y Lázaro y a la anónima pecadora de Magdala arrepentida. Me parece ridículo imaginar que su llanto perpetuo tuvo por objeto el ‘efecto Sobel’, cuando por otra parte la tradición gnóstica heterodoxa implicaría lo contrario, por lo que respecta a sus sentimientos hacia Jesús.
La muestra de Sobel parece insuficiente, a tenor de trabajos como el de Toledano & Pfaus (2006)-  Otros van más lejos y protestan el dinero tirado. Como experimento, parece relativamente barato (por ahora), y más reprochable que hacerlo es concederle relevancia científica, pues en realidad no se ha descubierto nada.
¿O sí? Sobel relaciona su resultado con el hecho de que las mujeres lloran más durante el período. Con igual humor yo le diría que su ‘golpe’ explica también la costumbre de que las nuevas viudas se encierren en casa, en vez de ir al entierro del difunto marido. Para no espantar a eventuales pretendientes.  
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1) S. Gelstein & al.: 'Human tears contain a chemosignal'. Science DOI: 10.1126/science.1198331
2) Sachiko Haga & al.: Nature, 466 (julio 2010): 118-122.

jueves, 6 de enero de 2011

Siempre los Reyes Magos



Hace mucho que no les escribo, pero escribo de ellos. El año pasado por estas fechas les dediqué dos entradas: ‘Rey de los Judíos’ y Peregrinando a los Tres Reyes de Colonia. En la segunda me despedí «hasta la próxima». Hoy cumplo, sin repetirme, y no digo que no volveré. Una buena historia de magos ha de ser mágica ella misma, y un atributo de lo mágico es la cornucopia, el aumento indefinido, como en el cuento de Las habichuelas, o éste de los Reyes Magos. Uno de los mitos más fértiles de la cultura cristiana, y de los más intrigantes también.
Aquí conviene distinguir dos cosas: el Evangelio de Mateo, cap. 2, por un lado; y por el otro, todo lo demás. Vamos por partes.

1. El relato de Mateo…

En ‘Rey de los Judíos’ ya comenté la naturaleza del relato, a modo de cuento popular infantil con su ilusión, su desparpajo y trámite expeditivo, también su truculencia. Allí señalé la coincidencia del título regio que aplican a Cristo los Magos y la tabla del INRI.
Lo que no dije es que, precisamente por esto, el capítulo 2 de Mateo es desconcertante. Leamos el capítulo 2 de Lucas y comparemos. Éste es un relato sereno. Creíble o no, pero diáfano y desde luego incompatible con esa historia extraña y trágica que se trae Mateo.
Algo no encaja aquí. Metiendo al Niño en política ya desde el principio, Mateo contradice al Jesús adulto («mi reino no es de este mundo»), y da pie a sus enemigos, que le acusaron de agitador y falso Mesías:

–¿Jesús de Nazaret? ¡No me diga usted nada, menudo intrigante! El ‘Rey de los Judíos’. Uno que, ya de crío, tuvo que exiliarse como refugiado político, librándose de un baño de sangre inocente que él mismo provocó…

Una historia que, además, obliga a adelantar la fecha del nacimiento de Jesús hasta casi el año –8 antes de la Era cristiana. Tampoco sería mucho problema, cuando ni sabemos qué edad alcanzó Jesús.  ¿La treintena, la cuarentena? «Aún no tienes cincuenta años, ¿y conociste a Abraham?» (Juan 8: 57).
Lo más sencillo es ‘dejarse de historias’ –aquí, de Historia (con mayúscula)– y tomar el relato en su primera intención: contar un cuento imaginado sobre varias ‘profecías’ antiguas. Empezando por la ‘Estrella de Jacob y Vara de Israel’, que dijo Balaán (Números, 24: 17). ‘Estrella-Vara’, es decir, un cometa de aquellos que anunciaban a los grandes caudillos y héroes. ¿Y quién más entendido en esas cosas que los astrólogos caldeos y los magos persas? «Unos magos de Oriente…»
El desenlace de Mateo tampoco cuadra. Herodes, con toda su crueldad, no tuvo tiempo para ejecutar una matanza pueril en todos los sentidos. Además, Lucas lo dice bien claro: Jesús nació en Belén de casualidad, en un viaje burocrático de sus padres; pero nunca vivieron allí, sino en Nazaret.

2. … y todo lo demás

Si los buenos Magos, buscando al Rey de los Judíos, se liaron en un enredo político con Herodes, once siglos después de muertos acabarán metidos en política en cuerpo y alma. Esto es lo que ocurre en el siglo XII, cuando sus restos, perdidos en una iglesia de Milán desde no se sabe cuándo, reaparecen de la forma más extraña, y también más oportuna a ciertos intereses.
En 1158 el emperador germánico Federico I Barbarroja, en guerra con el papa Alejandro III, sitia la capital lombarda. No va a serle fácil tomarla. Pero mira por dónde, se rumorea que en la cripta de San Eustorgio se han hallado los cuerpos incorruptos de Melchor, Baltasar y Gaspar, los Tres Reyes Magos.

En esta operación está el Canciller del Reich Reinaldo de Dassel, que por sus buenos servicios en Italia recibe de Federico la mitra de Colonia (1159). Ganada por fin la plaza (1162), el nuevo príncipe-arzobispo discurre que aquel hallazgo le vendría bien en su sede, como nueva capital espiritual del Sacro Imperio, mejor que Aquisgrán.
¡Sacro Imperio! La rutina del uso no debe hacernos olvidar que esa fórmula –Sacrum Imperium– la creó precisamente Dassel, prodigándola en los diplomas de su cancillería, «con idea de fundar una santidad autógena del Imperio emulando la del Papado» (1).
Así fue como en 1164 los Tres Reyes viajan con todos los honores a su meta definitiva. Primeros peregrinos de la Cristiandad, por ellos Colonia fue la cuarta peregrinación más importante, después de Jerusalén, Roma y Compostela.
Por una mirilla del Arca maravillosa –una joya de la orfebrería medieval–, los devotos veían lo que había que ver: tres cuerpos «íntegros, incorruptos, embalsamados»; o bien, «enteros por fuera, en cuanto a la piel y cabello»; o tal vez ni eso, sólo las osamentas. Eso sí, aun enfriada la fe con el paso del tiempo, nadie ponía en duda que la testa de Melchor tiene un mechón de cabello pegado al hueso pelado, justo donde el Niño Jesús le puso su manita.

De esto ya dije algo en Los Tres Reyes de Colonia. Pero el ‘todo lo demás’ incluye las excrecencias legendarias y folclóricas. El Evangelio de Mateo sabe a poco, los Magos necesitan número y nombres, linajes, patrias.
En 1364 se cumplía el II Centenario del traslado de los Reyes a Colonia. El mismo año un canónigo coloniense, don Florencio de Wevelinghoven, era promovido a la mitra de Münster. Un publicista avispado vio la ocasión de sacar partido dedicándole en latín una Historia de los Tres Reyes. Este sujeto era el prior de los carmelitas de Hildesheim, y el éxito respondió a su esperanza. Todavía hoy, su libro es la obra de referencia (no la única, pero sí la más completa) para la leyenda medieval de los Magos, traducida con libertad a los principales idiomas.
Para componerla, fray Juan de Hildesheim compiló diversas fuentes e interpoló notas a su aire. No tuvo que forzar mucho el magín. Le bastaba con ser fiel al espíritu de su orden, tan adicta como la que más a la fábula. La Orden del Carmelo aparece a mediados del siglo XII, pero todavía en el XVII y después sostenían que sus fundadores fueron Elías y Eliseo, profetas del Antiguo Testamento. Preconizaban un escapulario que, fallecido el portador, le sacaba del purgatorio el sábado siguiente, y afirmaban sin pruebas que morir dentro de la orden libraba del infierno. 

3. La ‘Historia de los Tres Reyes’

Hoy es posible informarse sobre cualquier materia, y aun pasar por experto, a brincos por la Red Mundial. Así podemos disfrutar de esta obra en excelente edición crítica, lo mismo que de otros textos y estudios (2).
Es una novela de enredo, donde la leyenda de los protagonistas se complica con la de Santo Tomás apóstol de las Indias, y finalmente con la del misterioso Preste Juan.
El libro, naturalmente, da nombres de tierras y lugares. El eje geográfico es el Monte Vaus –Mons Victorialis, o de las Victorias–, observatorio astronómico de los magos. Pero no busquemos esa montaña en ‘Google Earth’, porque todo es una geografía de ensueño, al garete los puntos cardinales, con situaciones y distancias tan precisas como imposibles (3).
Tampoco el relato es coherente. Primero parece que los tres personajes eran socios en la empresa estelar, pero luego llegan a Jerusalén cada uno por su lado, intercambiando sus tarjetas de visita. Como si no se conociesen de nada.
La historia arranca de la profecía de Balaán sobre la «Estrella de Jacob». En el monte Vaus, el más alto de la India, un equipo de 12 astrólogos a las órdenes de los Tres Reyes Magos observa día y noche, hasta que la descubren. O más bien la Estrella se les descubre, se deja ver. Tiene cara de niño, y por si acaso, hasta es parlante: «Hoy ha nacido el Rey de los Judíos». Era la Nochebuena del año 42 de Augusto.
Los Tres Reyes se reparten las Tres Indias. La India Primera es de Melchor, rey de Nubia y Arabia con el Sinaí. Melchor presentará al Niño el oro: una manzana que fue de Alejandro Magno. También entregará 30 dineros. La Virgen los perderá en el desierto, en la huida a Egipto, y de mano en mano llegarán a las de Judas, cuando venda a su Maestro.
La India Segunda es de Baltasar, incluida Sabá, rica en incienso. En la India Tercera se halla Tarsis, reino de Gaspar, el rey-médico de la mirra, un etíope negro.
De los tres, Melchor era el más bajo, Baltasar el mediano. Pero no eran altos, al contrario, ellos y sus ejércitos llaman la atención por su breve estatura, pues ya se sabe, cuanto más al Oriente, la gente es más bajita, las hierbas más aromáticas, las serpientes más venenosas... Allí todo es diferente. El sol amanece con ruido ensordecedor; y en efecto, la gente es sorda, pero muy inteligentes, hablan por señas y son astutos mercaderes…
En 13 días, sin comer ni beber, ellos y sus ejércitos acampan ante Jerusalén, en una intensa niebla que oculta la estrella. Aunque hablan lenguas distintas, los tres magos se entienden.
De camino a Belén, se cruzan con los pastores: éstos son las primicias del judaísmo, ellos la primicia de la gentilidad.
Muy curioso el retrato de Jesús y María. El Niño Jesús era gordezuelo («aliquantulum pinguis»), en su pesebre con heno, envuelto hasta los bracitos en pobres pañales. La Virgen, metida en carnes y morenita («Maria erat in persona carnosa et aliquantulum fusca»), con la izquierda se recoge el manto azul, la cabeza envuelta en lino, menos el rostro.
–Si elige el oro, es que es rey; si el incienso, es un ser divino; si elige la mirra, es médico.
El Niño se quedó con todo: Dios, Rey, Médico del Mundo. A cambio, los visitantes reciben un cofrecito cerrado.
El viaje de vuelta por otra ruta es más animado, perseguidos por Herodes, que les echa una flota de Tarsis a pique. Con un ángel como guía, en un par de años estarán de vuelta en sus reinos (4).
La apertura del cofrecito les decepciona: sólo había una piedra sin valor. No entienden lo que significa y con desprecio la tiran a un pozo. ¡Torpes, con lo fácil que era! Un fuego divino les hace saber que la piedra simboliza la solidez de la Iglesia.
En el monte Vaus construyen ellos una, adornándola con su escudo de armas: la Virgen con el Niño y la Estrella. En la cima de Vaus, el solar de Melchor, se reúnen cada año por Navidades los Tres Reyes.
En una de éstas, pasa por allí el apóstol Tomás y reconoce el emblema del escudo. Se presenta, les predica la historia de Jesús, les bautiza y les ordena arzobispos de sus respectivos reinos. Al morir el apóstol, ellos aseguran la sucesión de la Iglesia en la India, ordenando al Preste Juan.
Pasan los años, y en una de las juntas se muere el más viejo, Melchor, en la octava de Navidad. A los cinco días, en Epifanía, le toca el turno a Baltasar. El último fallece Gaspar. A su entierro preocupa que falte sitio, pero ¡milagro!, los otros dos cadáveres se apartan para hacerle un hueco en medio.

¿Y qué se hizo del Preste Juan? El ‘Preste Juan’ –título hereditario del supuesto rey-obispo sucesor de los Magos en la Edad Media– reina no se sabe dónde. Un embajador suyo visita al emperador bizantino Manuel Comnenos (1165) con cartas en hebreo. Traducidas al latín, interesan también a Barbarroja y al papa Alejandro. Éste envía expediciones a buscar la corte misteriosa, desde la India a Etiopía; pero el Preste no vuelve a dar señales de vida.

Juan de Hildesheim relaciona el linaje de los Vaus (de Vaux, de Vauls, de Vallibus) con los caballeros Templarios, que en San Juan de Acre guardaban una corona y otros recuerdos de los Reyes Magos. ¡Los Templarios! ¡Zoroastro, la Gnosis, Tomás! ¿Qué más hace falta para que los sucesores del Doctor Jiménez del Oso tejan otra de sus historias de nunca acabar? Yo en cambio puedo prometer y prometo que aquí pongo fin a la mía. Por este año.
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       1) H. Kluger; cit. por H. Seibert, ADB & NDB, 21: 120.
       2) C. Horstmann, The Three Kings of Cologne. London, 1886. Edición crítica de una versión en inglés antiguo, junto con el texto original latino.
       3) Uno de los candidatos a Monte Vaus es el Sabalán o Savalán (4.811 m), volcán apagado en el Azerbayán Iraní, cerca de Ardabil. Su cráter lacustre viene bien para el baño ritual de los Reyes al emprender viaje (aunque nuestro autor habla de una fuente en una cueva). La montaña tiene también relación con leyendas del Zoroastrismo. Por lo demás, toda identificación es superflua para el caso.
       4) Otras versiones son en esto más lógicas: dos años para la idea, y para el retorno lo que haga falta. Así la siaríaca Revelación de los Magos; C. Landau, The Sages and the Star-Child. 'Revelation of the Magi'. Harvard, 2008 (Tesis doctoral).