miércoles, 3 de febrero de 2016

Constitución Española: esa bomba de relojería



No es la primera vez que me ocurre. Ponerme a escribir sobre un tema, tener la sensación de que me repito y, en efecto, al tercer párrafo  darme cuenta de que estoy reescribiendo una vieja entrada.
Reflexionando sobre la crisis política de España, siempre acaba uno queriendo echarle la culpa a la Constitución, hecha como de encargo para poner a esta nación en vilo. Como si sus redactores no hubiesen conocido el paño, la historia y la idiosincrasia del pueblo para el que la escribían.
Como carta de ordenamiento de una democracia soberana moderna de cultura occidental, la Constitución es garante de libertad e inmunidad, faltaría más; pero que sea igual  para todos. Por eso ha de fijar también los límites de esa libertad, hablando no sólo de derechos sino también, con igual o mayor énfasis, de deberes.
Lo de mayor énfasis va por mor del brocardo jurídico, odia sunt restringenda, favores ampliandi: lo odioso encoge, lo favorable se estira. Todos somos generosos en lo que toca a nuestro derecho, y más bien cicateros para las obligaciones. Por eso la Carta Magna no debería tomarse como una oda a la alegría, “¡ancha es Castilla!”, sino como el muro y antemural que defiende por encima de todo la seguridad del Estado, el bien común frente a sus enemigos. Los de fuera y los de dentro.
¿Se ajusta a ese criterio la Constitución Española? Más bien no. Compárese la frecuencia de los términos derecho y deber:
Derechos(s)
146 veces
Deber(es)
 16 veces

Emparejemos ahora libertad y obligación:
Libertad(es)
 46 veces
Obligacion(es)
  17 veces [incluido obligado(s)/a(s)]
Total, en términos del brocardo: favores, 192; odios, 33. Mucho más chicle que corsé.
Podríamos alargar el juego sin variar el resultado. En suma, nuestra Constitución abunda en términos ‘favorables’ (y extensibles), y es parca en sus contrarios ‘odiosos’ (y restringibles); que sin embargo deberían ser los más propios de una ley fundamental con su garantía fundamental: la de existir como estado libre soberano.

Abramos ahora otra constitución, la americana de los Estados Unidos. Qué me digo, ni siquiera hay que abrirla. Tengo en las manos el facsímil, una sola hoja de vitela. La palabra derecho (right) aparece ¡sólo una vez! La palabra libertad (liberty), ¡sólo una vez! Cierto que deber(es) (duty, duties) se repite 10 veces; pero es que se refiere sobre todo a impuestos y tasas, y sólo un par de veces a los deberes de un cargo público. Del mismo modo, obligación (obligation) no se repite, porque se refiere a contratos onerosos, no por otra cosa. Burguesía librecambista, qué le vamos a hacer. Pero no nos engañemos.
Lo que sí se prodiga en la breve Constitución Americana es el ‘no’ prohibitivo, de tradición bíblica. ‘No Person’ (nadie), ‘no State’ (ningún estado), ‘no Senator or Representative’ (ningún senador o representante), ningún impuesto o tasa, ningún dinero, ninguna apropiación del mismo, ninguna preferencia, ningún título de nobleza, ninguna prueba religiosa, ninguna enmienda (a la Constitución); no, no y no, hasta 27 veces en total.
¿Qué pasa? ¿Es que a los próceres americanos les importaban un pepino las libertades individuales? Todo lo contrario. Pero no era la Constitución el texto legal para desarrollarlas y defenderlas, pues ‘para casos tales tienen los maestros oficiales’. La Constitución bien entendida sólo abre la espita del derecho, no lo agota.
Fijémonos especialmente en el taxativo ‘ningún Estado’, sin perder de vista que se trata de una federación:
«Ningún Estado tomará parte en tratado alguno, alianza o confederación» , etc.
«Ningún Estado, sin Consentimiento del Congreso, pondrá impuestos o cargas cualesquiera», etc.
«Ningún Estado, sin consentimiento del Congreso, impondrá derecho alguno de tonelaje, mantendrá tropas o barcos de guerra en tiempo de paz, entrará en acuerdo o pacto alguno con otro estado o con otra potencia extranjera, o entrará en guerra a menos que sea invadido de hecho, o en peligro tan inminente que no admita demora» .
«Ningún Estado, sin su consentimiento (del Congreso), será privado de su sufragio igual en el senado.»
Finalmente, hay un término que en la lacónica Constitución Americana se repite siete veces, mientras que en la verbosa Española es un hápax : ‘traición’. En ésta, la «acusación por traición o por cualquier delito contra la seguridad del Estado en el ejercicio de sus funciones» se limita al Presidente y demás miembros del Gobierno, y se trae a cuento para restringirla y hacer difícil que prospere (Art. 102, 2). ¿Quién osaría denunciar como traidor a Zapatero, por comisión? ¿O a Rajoy, por omisión? ¿Y por analogía, por ambas cosas, a presidentes subalternos como Artur Mas y su sucedáneo?
La seguridad del Estado
Demasiado se repite, en disculpa de los defectos de nuestra Constitución, que se redactó en circunstancias especiales, tras larga y severa dictadura, bajo intimidación o presión de ‘poderes fácticos’ etc. Como que se nos dio hecha, o poco menos: la tomas o la dejas. Mentira. El único poder fáctico que amenazó a la democracia con luz y taquígrafos – y ahora hasta en vídeo– fue la pistola de Tejero, años después (1981), y a ver lo que duró. Mucho menos se habla de los tejemanejes entre muñidores políticos de la Constitución –incluidos los nacionalistas–, cada cual a los suyo. Partidos políticos al asalto del cielo, que hoy encuentran la horma de su zapato y su caricatura en Podemos.
Todas las constituciones se escriben en circunstancias especiales. Las de la Unión americana frente a la metrópoli inglesa no fueron plácidas, y ahí está ese monumento, ‘We the People’. Más duradero que el bronce, y no es frase hecha: «un instrumento a prueba de edades futuras, diseñado para la inmortalidad, hasta donde las instituciones humanas puedan pretenderla».
La cita es de un texto de común alcance, de un magistrado de la Corte Suprema  norteamericana, sobre la Constitución de su país. Henry Baldwin (1780-1844): Vista general del origen y naturaleza de la Constitución y Gobierno de los Estados Unidos (Filadelfia, 1837). El subtítulo no es baladí: ‘Deducida de la historia política y situación de las colonias y estados (1774-1788), y las decisiones de la Corte Suprema, junto con opiniones… surgidas en torno a las restricciones de los poderes de los estados [1].
Sin meterme en lo que no entiendo –como, por ejemplo, la puntuación del autor en la historia del constitucionalismo–, sólo diré que es envidiable un país con juristas supremos de esa talla; que por otra parte, más que erudición, lo que demuestran es puro sentido común. «Gramática, Gramática, Gramática», parodiando al otro.
«Una ley de obligación suprema… ha de entenderse que emplea las palabras en su sentido natural, y que quiso decir lo que dice. Nada de interpretaciones amplias, extendiendo los términos más allá de su sentido obvio. Como tampoco una aplicación estrecha… que paralice al gobierno y le incapacite para su función. Una ley cuyo espíritu debe respetarse no menos que su letra, si bien el espíritu debe extraerse sobre todo de las palabras… Si hay conflicto interno…, que haga preciso desechar el sentido llano de una provisión, en el convencimiento de que los redactores no quisieron decir lo que dicen, ha de ser tal, que el absurdo y lo injusto de aplicarlo al caso concreto sea tan monstruoso, que todo el género humano concuerde en su rechazo.» [2]
Baldwin reconoce las circunstancias históricas difíciles en que se redactó la Constitución americana, los enredos de la confederación, las motivaciones del momento. Muy a propósito, reproduce un sello primitivo curioso por su impronta masónica. A primera vista diríase un esqueleto torácico, con costillas, esternón y diafragma. Pero no, son doce brazos implantando una columna coronada por el gorro frigio de la Libertad, usando a modo de plinto la Carta Magna inglesa. Pese al conflicto con la Metrópoli, las XII Colonias o estados –como las XII Tribus de Israel sobre la Toráh– erigen su nueva Constitución sobre la base del viejo derecho británico. Una leyenda en torno dice:
HANC TUEMUR – HAC NITIMUR
A ésta (la columna) defendemos. En ésta (la carta) nos apoyamos

Aquí no. Aquí hay gentes que reniegan de su propia historia, de cómo sus abuelos tomaron parte en empresas y glorias nacionales. En especial, tenemos dos o tres comunidades autónomas, dos o tres miniestados de primera clase, privilegiados sobre el resto a cuenta de unos pretendidos ‘derechos históricos’ (que ellos mismos interpretan y estiran a su capricho), distinguidos sobre el resto con el nombre de ‘nacionalidades’ (ídem de ídem), por disponer de ‘lengua propia oficial’ (otra varita mágica de poderes sobre la educación, el mercado laboral, la RTV pública, contratas, ayudas y lo que se tercie).  
Esta singularidad dentro de un Estado de Autonomías fue una cesión –en buena parte bajo chantaje terrorista– ante quienes, por su parte, nunca ocultaron su propósito de independencia. Una cesión que los nacionalistas interpretan ahora como reconocimiento de soberanía propia radical, sin que ninguna autoridad les disuada de ese ‘error’, ya superado en las Constituciones españolas anteriores, desde 1812, y explicable sólo por contumacia y mala fe. Si en aquella ‘primera transición’ se hubiese diseñado aquí, en memoria de la Nueva Alianza española, un sello parecido al norteamericano, dos al menos de los brazos deberían figurar empujando la columna que los demás sostienen. En el símil de la caja torácica, dos costillas ‘falsas’.
Aquí un diputado en plena Cámara maltrata la Constitución, y todo se queda en retirarle la palabra y «que no conste» su gesto, sin que al atrevido le caiga encima una inhabilitación con un multazo que le cure la gana de repetirlo.
Aquí el andiki de una facción política ex terrorista va, se pone y exige en su territorio «dar jaque mate a la Guardia Civil», y que se larguen también las demás ‘fuerzas de ocupación’ del Estado. Y menos mal que la fiscalía prestó apoyo, que si no, la denuncia de particulares a lo mejor ni se admite. Porque el andiki tiene bula: es parlamentario regional y, como ETA ha dejado de matar, eso le vale para chulear al «Estado terrorista».
Aquí cada cargo público electo, para el acatamiento de la Constitución como requisito de ejercicio y emolumentos, dispone de amplia tabla de piruetas retóricas que le permiten exteriorizar como sea su desagrado y desprecio a la misma, y al pueblo español que representa. Lo mismo ocurrirá con los símbolos oficiales (banderas, retratos), porque sólo son símbolos –mientras no sean los ‘propios’, claro–, y siendo españoles no tienen mayor importancia.
Del procés catalán sobra todo comentario. Independencia cantada, unilateral, a fecha fija. Dieciocho meses, que se van volando. Eso sí, tendrán siempre a Mariano Rajoy enfrente, menos mal y que se preparen, buena les espera.
También el nacionalismo vasco ‘moderado’ aprovecha el desgobierno nacional para poner su reloj en hora. Sin tanta prisa, emprende una ‘segunda transición’ hasta 2020, año en que se propone gozar de un nuevo ‘estatus jurídico-político’. A nadie se le oculta lo que ese eufemismo significa.
Aquí no es como en la parábola rabínica, ‘La barca de todos’. Aquí cualquiera puede barrenar la barca, si es debajo de su asiento. Cualquiera puede por su cuenta ‘desconectarse del Estado’ (¡?), llevándose consigo su parte alícuota de pueblo, territorio, infraestructuras, patrimonio.
La seguridad del Estado debería ser el principal cuidado de la Constitución, en virtud del principio, Salus populi suprema lex esto. Sin embargo, dicha expresión sólo una vez se menciona en el articulado (Art. 102, 2). Reaparece, sí, como al desgaire al margen del Art. 104, para denominar «Las Fuerzas y Cuerpos de seguridad del Estado»; con cierta impropiedad, ya que a tenor del mismo Art. 104, 1, se llaman sólo «Fuerzas y Cuerpos de seguridad», con misión de «proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana». Nada que ver con la seguridad del Estado propiamente dicha.
Nótese de paso el orden extraño de prioridad en la misión de esas fuerzas, que como todo el mundo sabe son y deben ser ante todo coercitivas, garantizando la seguridad pública y el cumplimiento de la ley mediante la persecución de la infracción y el delito. Y en cuanto al «libre ejercicio de derechos y libertades» (sic), lo que esas fuerzas y cuerpos deben proteger es su ejercicio dentro del marco legal. Tan reverencial temor o ingrata memoria dejaron esos cuerpos y fuerzas bajo la dictadura franquista («Acojonan, ¿eh?»), que el legislador todavía trémulo hasta el tartamudeo les convierte en protectores de la libertad libremente ejercida, como auténticos ángeles custodios de la guarda.
Gramática, Gramática, Gramática
Ciertamente ha habido actuaciones e intervenciones impresentables en la Cámara Baja española, como la citada del bildutarra Sabino Cuadra, arrancando de la Constitución las hojas que no eran de su gusto. Sin embargo, como torpeza, tal vez ninguna mayor que la de todo un Jefe de Gobierno haciendo chirigota sobre la entidad de España. «Concepto discutido y discutible.»: exacto o no, así ha quedado para las antologías. Y no sin razón.
Uno de los fallos del texto constitucional es su empleo equívoco del término nacionalidad. Repetido siete veces, seis de ellas tiene el sentido claro de la condición jurídica del sujeto que es ciudadano de una nación o estado («nacionalidad española», «doble nacionalidad» etc.). Sin embargo, una sola vez,  se habla de nacionalidades dentro de la Nación española, en el Art. 2:
«La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.»
¿Cuál es la diferencia entre nación y nacionalidad? ¿la diferencia entre nacionalidad y región? Esta era la cuestión, aquel 17 de noviembre de 2004 en el Senado, cuando el portavoz del PP, Pío García Escudero la sacó a cuento.
A cuento o no, la intervención provocó en Zapatero este alarde de pedantería:
«Usted ha dicho que el concepto de nación es claro y unívoco en la doctrina y la ciencia política. Pues bien, permítame –y no desde mi condición anterior de profesor de Derecho Constitucional, sino simplemente como persona que se aproxima sin ningún tipo de prejuicio a lo que representa ese concepto– que le diga que quizá no haya un concepto tan discutido en la teoría política, en la ciencia política y en la ciencia constitucional como el concepto de nación, y es algo que sabe en efecto cualquier estudiante de Derecho. (Fuertes aplausos en los escaños del grupo parlamentario Socialista). Además, es un concepto que ha provocado no sólo ríos de tinta sino pasiones, y ha conformado buena parte de la formación de las estructuras políticas modernas».
«Mi condición anterior de profesor de Derecho Constitucional.» Todos rebuscando en vano la bibliografía científica zapateril, mientras el sujeto recoge velas: «No me han entendido» ¿Quiénes? ¿los que le aplaudieron de su partido? «Cuando hablaba de nación no me refería a España». Vaya con Dios, es su problema, el daño está hecho.
En cuanto a léxico y gramática, algo queda bien escrito:
Art. 1. 2. 2. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.
Art. 2. La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles…
Art. 6. Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos.
Art. 8. Las Fuerzas Armadas… tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional.
Art. 14. Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.
O lo tomamos al pie de la letra –que es el espíritu de la Ley–, o la misma Constitución hecha para defendernos nos estallará en la cara. Al tiempo.
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[1] Henry Baldwin, A General View of the Origin and Nature of the Constitution and Government of the United States. 1837, 197 págs., pp. 11-12
[2] “A law of supreme obligation, made for the purposes it declares, lb. 381; by enlightened patriots; men, whose intentions required no concealment, employing words which most directly and aptly expressed the idea they intended to convey, as well as the people who adopted it; must be understood to have employed words, in their natural sense, and to have intended what they said.”



lunes, 25 de enero de 2016

La bula de Pablo y Pedro



Bula es palabra que todo el mundo conoce. ¿Sabe igualmente todo el mundo lo que significa? Para muchos es ‘privilegio’, ‘licencia especial’: tener bula para algo. La gente mayor sabemos que esta expresión viene de la Bula de Cruzada: privilegio papal al pueblo español, concediendo varias gracias a cambio de varias cosas, entre ellas dinero por vía de limosna entregada a la Comisaría de la Bula. De todo aquel dinero, sumas enormes, la parte del león era para la Iglesia, a repartir entre la Santa Sede y el Comisariado español. El resto, por concesión del Papa,  se lo quedaba la Corona.
Las gracias o bulas más populares eran:
  1. Bula de difuntos. Para sacar del purgatorio almas de seres queridos.
  2. Bula de carne. Dispensa de abstinencias.
  3. Bula de composición. Para quedarse con bienes ajenos, retenidos de buena fe, si no constaba el verdadero dueño a quien devolverlos.
Esta última bula y la de carne eran las más escandalosas, o al menos las más criticadas por los extranjeros, tanto protestantes como católicos. Fuera de eso, ¿qué es exactamente una bula? Del Diccionario de la R. Academia extracto estas acepciones:
bula Del lat. bulla.
1. f. Documento pontificio..., expedido por la Cancillería Apostólica y autorizado por el sello de su nombre u otro parecido...
3. f. Sello de plomo que va pendiente de ciertos documentos pontificios y que por un lado representa las cabezas de san Pedro y san Pablo y por el otro lleva el nombre del papa.
4. f. Distintivo, a manera de medalla, que en la antigua Roma llevaban al cuello los hijos de familias nobles hasta que vestían la toga.
5. f. desus. burbuja.
Sin discutir aquí el acierto de las definiciones, yo diría que, para entender bien lo que significa bula, las acepciones debe leerse en orden inverso, de la 5 a la 1. Porque bulla en latín significa burbuja (5), como también bola, más o menos aplastada, en forma de medalla. Como la que se imponía en Roma a los chicos de buena familia etc. (4). De ahí, el sello de plomo que va pendiente de ciertos documentos pontificios etc. (3). Y de ahí, finalmente, el propio documento pontificio…, autorizado por dicho sello u otro parecido (1).
Afinando un poco, la bula-sello de documentos solemnes no era exclusiva de la cancillería papal, ni era siempre de plomo. Hubo también bulas imperiales, como hubo bulas de oro. La Bula de Oro del emperador germánico Carlos IV (1356) fue la constitución fundamental del Sacro Imperio desde el final de la Edad Media.
Con esto entramos en materia: las bulas-sello pontificias, y su novísima emisión aquí en España.
Aunque vamos a contemplar un objeto cristiano, no olvidemos su origen pagano: amuletos contra el mal de ojo (fig. 1); amuletos de buena ventura, como uno etrusco con el genio de alas doradas, también llamado Fatum subridens, el ‘Destino sonriente’ (fig. 2). La celebrada sonrisa etrusca, un poco lela, ahí la tienen.

 
Pagana fue también la costumbre de emparejar figuras en una misma medalla conmemorativa; por ejemplo, los Dióscuros (Cástor y Pólux), o las testas enfrentadas del César y su Augusto, etc. Esto último lo cristianiza la iglesia, emparejando en medallas o bulas a los apóstoles Pedro y Pablo, ya desde el siglo IV. No se sabe el uso de estas medallas, tal vez amuletos religiosos que se vendían a los peregrinos en Roma.
Desde muy pronto en la Edad Media, la cancillería papal adoptó ese formato para los sellos de sus documentos más importantes. Estas bulas de plomo o de cera (según la importancia) iban sujetas al pergamino con cordón de cáñamo o de hilos de seda rojos y amarillos (fig. 3).
La bula-sello, por el reverso, lleva el nombre del papa. Pero lo más peculiar es el anverso, troquelado con las cabezas de ambos apóstoles mayores, Pedro y Pablo. Curiosamente, Pedro cediendo su derecha a Pablo –dicen que por humildad–. Los dos se presentan como retratos convencionales: Pablo calvo o con poco pelo y barba apuntada; Pedro en cambio, con cabellera y barba ensortijadas. Entre los dos hay una cuz. Encima, la inscripción SPASPE: o sea, S(an) PA(blo) - S(an) PE(dro), para que no haya duda de quién es quién.
Las dos cabezas típicamente se rodeaban de sendos collares de puntos, como se ve en la figura. Y no era tontería: como el rayado en los billetes de banco, aquí los puntitos, su número y disposición con otros detalles, han servido para detectar bulas falsas. No todas, desde luego. No las muchas que ya salían falsas de origen, de la propia cancillería papal con sus oficinas paralelas, pues el negocio movía muchísimo dinero, y por tanto había oficiales corruptos, buladores burladores.
Con estos criterios bien amarrados, ya estamos en condiciones de decidir si la emisión de bulas producida en España la semana pasada tiene visos de autenticidad, o puede tratarse de una falsificación. En favor obra la posición preferente de Pablo con respecto a Pedro, como también los collares de puntos. Lo demás es como el juego de los Siete Errores. Sospechoso es que Pablo no sea calvo, pero también es verdad que ni el Nuevo Testamento, ni los los Hechos de Pablo (apócrifos), ni tampoco las Clementinas con las Actas de Pablo y Tecla, niegan tajantemente que el Apóstol usara jamás peluca con coleta. Como tampoco es de fe que san Pedro nunca se afeitó.
Si de la bula-sello pasamos a la bula-documento, aquí sí parece más claro que podría tratarse de una bula-bola, que el delantero SPA quiere colar en la portería de su colega SPE, y no precisamente en la celestial. Tres ministros y otras tantas ministras –una de ellas con su rorro–, todos y todas al bollo, es mucha bola para un portero a la suya, ensimismado buscándose el ombligo que no tiene.
Recordemos también: no todo en las bulas se reducía a chollo y bollo. Las temidas bulas de excomunión, por ejemplo. Una de las más famosas, la que dedicó el papa León X a Lutero (1520). Otra, la que tenemos entre manos: el dueto SPASPE descomulgando a Mariano Rajoy Vaderretro, con todas sus PomPas y vanidades.
De Lutero se dice que quemó su bula. Desde entonces, la sátira protestante se cebó en la etimología del término: bulla = burbuja, pompa y vanidad. Bulla, bullanga, ruido. Bola, bulo, bolo, bollo, francobollo y demás... Aquel fraile dominico Tetzel, vendedor de bulas, pasó a ser el bulero-bolero… DRAE: bolero, de bola. 1. Que dice muchas mentiras; 3. Novillero (persona que hace novillos).
¿Y Rajoy? ¿Qué hace Rajoy? Por de pronto, novillos, como suele. Es su estrategia, que esta vez puede llamarse también táctica. Don Mariano es flemático –no como el Doctor Martín–, y no quema la bula, sea o no falsa. Sin leerla, la devuelve al remitente y listo, él a quemar otro puro, «yo no renuncio a nada».
(No renuncia. ¿Así que no tiene a nadie, no conoce a una sola persona de su confianza, a quien pasar el testigo? Pues muy preocupante. Por cierto, ¿alguien ha investigado la frecuencia del pronombre ‘yo’ en boca de Rajoy? A mí me suena que alta. Lo mismo que el adverbio ‘absolutamente’, siempre enganchado al ‘yo’ como a bestia de tiro. Todos o la mayoría de políticos son yoístas, pero los hay que se pasan).
En suma, que todos boleros. Algunos incluso escarabajos boleros.  España, por bulerías. Todo tan hueco.





miércoles, 20 de enero de 2016

Simeón y su larga escuela


(Conclusión de ‘San Simeón Estilita’)
Los dos Simeones, el Viejo y el Joven

A todo esto, poco dije del propio Simeón. Y habiendo prometido hablar de él, bueno será tenerlo de cara porque,  persona bonísima, fue de esos santos irascibles, no por vicio capital sino por temperamento colérico, según sus hagiógrafos.
Su historia contada por Teodoreto se encaja en todo un retablo de santones sirios, más algunas ascetas femeninas de menor relieve.
«Figuras casi todas de baja extracción, cuya vocación monástica pudo ser también rechazo de un mundo socialmente ingrato. A menudo son personas desaseadas e incultas, y los hubo que, consagrados desde muy niños, jamás conocieron otra forma de vida. El maestro de Simeón, Heliodoro el Admirable, encerrado en el convento ¡desde los tres años!, se jactaba de no haber visto en su vida un gallo o un puerco…» [1]
Simeón no fue de los que se hacían monjes huyendo de la miseria, pues desde niño tuvo a su cargo el rebaño familiar y a la muerte de sus padres hereda fortuna. No se sabe si entendía el griego y bien pudo ser analfabeto. Su formación religiosa no pasó de rudimentaria. Su idea del ascetismo fue torturarse sin límite, imitando y superando en lo posible a los modelos de la devoción popular. Lo más parecido a lo suyo era el atletismo, y no porque yo lo diga, que jamás me atrevería. Teodoreto mismo, que designa el monasterio como palestra,  llama a su héroe ‘sufridor pentatleta’. Pentatlón a lo divino, pero sobre la misma base de sufrimiento físico que el deporte olímpico. Simeón fue un  campeón sufridor toda la primera mitad del siglo V, hasta su muerte en 459.
‘Atletas’ fue la palabra griega aceptada incluso en arameo y siríaco para designar a los mártires. Ahora que no hay mártires, ni más persecuciones que las de cristianos entre sí o contra un paganismo vestigial, los monjes hacen propaganda de sí mismos y su vida sacrificada, como ‘el nuevo martirio’ y atletismo. Y así como hubo mártires decapitados, desmembrados, crucificados, asaeteados, asados y torturados de cien modos, también el nuevo martirio atlético se especializa. Continencia y abstinencia son cosa elemental, ejercicios de calentamiento. La auténtica carrera atlética puede elegir entre la privación de alimento (ayuno) o de sueño (agripnia) [2]. Tuvo su moda también el emparedamiento (inmuratio), la  estación vertical (estasis), de pie sin apoyo, etc. Los propios monjes, pagados de su esfuerzo –o a lo menos del de sus colegas campeones, como ocurre entre seguidores deportivos–, se jactan de su martirio como más duro que el de los antiguos mártires, que despachaban pronto, mientras que ellos agonizan toda la vida.
Este orgullo, junto con su inconformismo social, les lleva a erigirse en grupos de presión y choque si alguien les sabe manejar, arremetiendo contra lo que no les gusta: ermitas paganas o sinagogas judías,  supersticiones, juegos y espectáculos; o contra monjes rivales (véase el alegato de Libanio al respecto). También tomando partido en disputas religiosas, que ni entienden, y en debates de concilios para intimidar a la minoría disidente.
Por supuesto, hubo núcleos monásticos cultos, y exponente de ello es el propio Teodoreto. El citado jesuita Delehaye, no sin cierta malicia, propone una pista orientativa: los nombres sirios y semíticos en general serían más bien de palurdos, y los griegos de gente educada. (Aquí funciona: Simeón es nombre semita, Teodoreto es griego.)
Junto a las historias tremendas de reclusos y reclusas, voluntarios sepultados en vida, hay otras de exhibicionismo en vivo y en directo. Algunas parecen inspiradas en los tormentos del infierno mitológico. Así, en la historia 28ª de Teodoreto topamos con Teleleo, un hombrachón que se inventa una jaula en forma de tambor entre dos ruedas de carro, colgada de un patíbulo, y allí se mantiene quieto diez años, las rodillas clavadas en el mentón, en posición fetal. Un hueso a repartir entre la hagiografía y la psiquiatría.
A este género aparatoso pertenecen las historias de estilitas, empezando por el primero en la serie oficial, Simeón el Viejo, o el Grande (h. 388- 459), famoso por haber vivido sus últimos casi 40 años encaramado en lo alto de una columna o pilar. He aquí su presentación por Teodoreto:
«Al célebre Simeón, la gran maravilla del mundo, le conocen todos los súbditos del Imperio Romano [= Bizantino], pero también los persas, medos y etíopes, y hasta los nómadas escitas ha corrido su fama... Y aunque tengo como testigo como quien dice a la humanidad entera, todavía me preocupa que mi relato pueda parecer a los hombres del mañana una novela. Aquí están pasando cosas que superan a la naturaleza humana…»
La reserva no era ociosa. Simeón andaba en boca de todos, pero no todo el mundo le tomaba en serio. Teodoreto se expresa como un entusiasta para entusiastas, y lo mismo cuando describe la marea humana:
«A su fama acude gente de todas partes, semejando los caminos ríos confluentes en aquel mar humano. Y no sólo de nuestro estado, también ismaelitas, persas, armenios súbditos de Persia, iberos (de Georgia), homeritas y de más lejos. También muchos del lejano oeste: hispanos, bretones y galos, por no citar a italianos. Dicen que en Roma la Grande es tan famoso este hombre, que en todos los pórticos de los foros tiene pequeñas imágenes, como amuletos protectores»
Simeón en su atalaya
A todo esto, Simeón no debutó como estilita, sino a ras de suelo. Expulsado de su monasterio (por celos profesionales de unos colegas ‘atletas’ peor dotados), en 412 es recibido en otro convento, unas 15 leguas al E. de Antioquía, al pie de Telenisa. «¡Regalo del cielo!», se frotaba las manos el abad. Y cuando el recién llegado solicita vivir aparte en lo alto de la colina, en un recinto murado, el buen superior accede al capricho de un asceta tan prometedor y tan maloliente.
Una vez instalado allí, como en un corral cercado por un muro o barda –la mandra–  , el santo se ancló a una gran piedra por el tobillo derecho con una cadena de hierro, consistiendo su ejercicio en procurar mantenerse de pie y despierto el mayor tiempo posible durante cuaresmas enteras de ayuno. La gente, obviamente, acude al espectáculo. Alguien le persuade para no dar que decir con aquel amarre. Un herrero rompe la argolla, y se le retira un manguito protector de cuero entre el hierro y la piel. Pues bien,
«al desgarrar el cuero cosido… aparecieron más de veinte chinches gordas escondidos debajo. Menciono el detalle –explica el biógrafo– como nueva muestra de la resistencia de este hombre, que pudiendo pellizcar el cuero con la mano y aplastar las chinches sin dificultad, prefirió aguantar sus picaduras molestas, amigo de entrenarse en lo pequeño para mayores combates.»

¿Estaba ya allí la columna esperando al héroe? No, según Teodoreto, pero vaya usted a saber. Según él, los devotos se agolpaban para tocar el nuevo santo y arrancarle jirones de la pelliza. La barda no basta para proteger a Simón que,
«molesto por ello, discurre subirse a lo alto de una columna. Primeramente mandó labrarla de 6 codos, luego de 12, más adelante de 22 codos, y en la actualidad mide 36. Porque aspira a volar al cielo y alejarse de esta vida terrenal.»
Tal explicación es poco convincente y no se ve confirmada en otros documentos . El propio Teodoreto da pie a la duda cuando añade, a la defensiva:
«Yo supongo que esta situación no se ha producido sin plan divino. Y así a los que critican les recomiendo refrenar la lengua y no hablar por hablar… La novedad del espectáculo garantiza la enseñanza, y el que viene por curiosidad se va instruido en las cosas de Dios… Tal es el beneficio de esta columna denostada por lo burlones…»
En vidas de santos se repite mucho la misma historia del acoso de los devotos, y siempre lo lógico es la retirada a un escondite. A ninguno se le ocurre plantar una columna. De hecho, la Vida de San Simeón en siríaco no da esa razón, y más que la columna en sí, al biógrafo le interesa dar la lista de milagros que iban asentando la fama del estilita.
La devoción popular funciona así. Lo que se buscaba en los santones no eran sus extravagancias, sino la solución de problemas. Sin curaciones, sin embarazos, sin lluvia, buenaventura, profecías cumplidas, el espectáculo cansa pronto. Taumaturgos a ras de tierra los había por todas partes. El salto a la fama –que tampoco sería mundial de la noche a la mañana– se explica mejor suponiendo que la columna era el reclamo, la seña de identidad. Escuchada la cuita, el santo pasaba a hacer su verdadero trabajo: sembrar el bien en las almas.
En toda Siria, lo que sobraban eran columnas, como en todas partes del mundo grecorromano. ¿Por qué tenía que faltar una en un altozano conocido como Telaniso, la ‘Colina de las Mujeres’? [3]  Nombre sugerente para un santuario pagano de culto femenino, orgiástico, en torno a un pilar fálico. Lugar que Simeón ocupa y cristianiza.
Esto explicaría también la conveniencia de retocar aquel sustentáculo, que en principio medía unos 2,7 m. de altura solamente. Lo suficiente para dejarse ver por encima de la cerca, sin que el público invadiese el recinto de la mandra [4].
La reforma afectaría sobre todo al extremo superior, no sólo por obsceno (si era un falo) sino por impracticable. La tradición hablará del ‘moyo’ (modio), representado en lo iconos como una oquedad en el lugar del capitel, donde se instala el estilita. Su vista nos recuerda el ‘nido’ del estilóbata de la diosa Atargatis, según Luciano.
Aparcando, pues, de momento a Teodoreto, la Vida siríaca (escrita en 473, fresca todavía la memoria) dice que Simeón, con permiso del abad, se instaló en un sombrajo sobre un pilar de poca altura. Allí viene a visitarle la celebridad, y es entonces cuando el santón tiene la humorada de ir elevando su columna, bien para estar cada vez más cerca de Dios, o simplemente, al aumentar el gentío, para ser visto más de lejos.
La misma Vida dice que el último deseo de Simeón fue tener un pilar de 30 codos (unos 13,3 metros), todo  de una pieza, pero no se pudo hacer. Perplejo el santo, se conformará con otro de 40 codos (cerca de 18 m), con el fuste partido en tres tambores iguales, en honor de la Santa Trinidad. De éste sería la base conservada, muy maltratada. El resto, dicen, se fue en reliquias o recuerdos de viaje.
Los primeros testimonios escritos y gráficos se refieren a una columna o pilar macizo, con el santo a la intemperie sin bajar nunca de allí, accesible mediante una escalera de mano de quita y pon. Otros en cambio figuran una columna hueca, a modo de torre con aspilleras correspondientes a un husillo o escalera de caracol. Allí se ofreció Simeón el Grande en espectáculo, con horario de visitas (masculinas) y tiempo dedicado a devociones. La más aparatosa, una especie de reverencia o metánia repetida indefinidamente, muy de estilo oriental, pero que en su caso excede lo creíble. Volvamos con Teodoreto:
«Para mí, lo más admirable es su aguante. Noche y día se tiene en pie a vista de todos... , espectáculo nuevo y sorprendente, una veces quieto largo tiempo, otras encorvándose con agilidad en adoración a Dios. En cada inclinación, su frente se acerca a las puntas de sus pies. Esa facilidad del espinazo para encorvarse se explica porque el estómago sólo recibe alimento, y ese escaso, una vez por semana. Muchos del público incluso van contando a coro sus inclinaciones. Uno de mis acompañantes contó hasta 1.244 seguidas, cuando distraído perdió la cuenta.»
Claro que, humano al fin, pagó tributo a la flaqueza del cuerpo, contrayendo un edema espantoso de pies y piernas, hasta reventarle una úlcera supurante crónica, pero que no le hizo desistir de «su filosofía».
A cierto visitante le sucedió como a nosotros, que expresó dudas sobre la naturaleza humana o incorpórea de semejante visión. El santo hizo arrimar la escalera e invitó al curioso impertinente a subir a la columna y comprobar por sí mismo a ojo y al tacto el estado deplorable de aquel cuerpo maltratado, pero también le hizo demostración de que comía. En fin:
«En las fiestas principales ejecuta otro alarde de resistencia física. De sol a sol, toda la vigilia nocturna la pasa a pie firme y con los brazos levantados al cielo, ni tentado de sueño ni vencido de fatiga.»
Esto en cuanto al ‘pentatlón’. Pero todo este aparato y su propaganda era sólo el reclamo para lo más importante. Desde su columna, el estilita pasa de lo privado a lo público, metiéndose en política religiosa y civil como un profeta. Dicta cartas que envía a grandes de la tierra en Oriente y Occidente. Entre sus corresponsales se recuerda a Santa Genoveva, la amable protectora de París. Teleniso es un oráculo mundial.
De hecho, Simeón se convierte en personaje cuando la Corte imperial toma cartas en el fenómeno y decide instrumentalizar al santón excéntrico y la institución que se ve venir, pues un discípulo, un tal Daniel, ya se entrena y se postula para sucederle.
Es la época de la controversia agria sobre la naturaleza única o doble de Cristo. Lo más alambicado de la teología bizantina coincide con el personalismo y la bandería. No se dice, «creo en esto, creo en lo otro» , sino, «creo con Cirilo; creo contra Nestorio».  La bandera de la ortodoxia la tiene el Concilio de Calcedonia (451), convocado por el emperador Marciano ante la desazón de León, el papa de Roma, que ve venir nueva herejía. Los disidentes de Calcedonia forman el bloque de iglesias monofisitas. Ambos bandos se disputan a Simeón y ponen en circulación cartas a su nombre. Se decía, por ejemplo, que Teodoreto con su visita y zalemas al santo traía la misión de atraerle al partido imperial, o de Calcedonia.
Qalat Samân - Basílica cuádruple y Martyrion central 
La muerte del primer estilita oficial fue una apoteosis. De inmediato, la Iglesia y la Corte del emperador Zenón toman medidas para la erección de un monumento colosal, el mayor templo de la cristiandad, cuyas ruinas todavía nos dejan pasmados. Cuatro basílicas en cruz griega convergen en un octógono llamado el ‘martirio’, porque en su centro se levanta lo poco que queda de la famosa columna. Todo ello en un complejo monástico sobre una terraza con vista espléndida al río Orontes y al Líbano septentrional.


El complejo de Qalat Semán (Alcalá de Simeón), cuya ruina actual debe ser comparada con su descripción en los Edificios de Procopio,  guarda misterios. En especial, todavía se discute si el martirio octogonal del crucero tuvo o no bóveda u otro tipo de cubierta, o si ex profeso se dejó a la intemperie, tal como estuvo la mandra con la columna del Santo.

Los epígonos estilitas
Hemos citado al primero de ellos, san Daniel (409-493), asceta duro pero moderado. Establecido en Constantinopla, fue en cierto modo el primer estilita cortesano, aunque con buen acuerdo evitó mezclarse en la política bizantina.
Simeón el Joven con el culebro (Plata- Louvre)
Recordemos también a san Simeón Estilita el Joven (521-592). Su vocación fue asumida por su madre, santa Marta, que decidió convertirle no sólo en tocayo sino en sosias de su epónimo el Viejo, haciéndole iniciar su carrera siendo un niño de cinco años, en el Monte Admirable, cerca de Seleucia Pieria, puerto marítimo no lejos de Antioquía. Fue igualmente sanador y milagrero. Cuando se les pinta juntos a los dos Simeones, el joven se identifica por un extraño atributo: una culebra al pie da la columna o abrazada a ella. Era un ofidio macho, que en representación de su hembra recurrió al santo para exponerle problemas de fecundidad. El extraño caso revela la mentalidad subyacente a estas leyendas.
Ya con Daniel, pero ahora más con el nuevo Simeón, el estilitismo se institucionaliza y, por ejemplo, en la iglesia los monjes cubren los oficios divinos subidos en pedestales, como otros ocupan sitiales.
La lista se alarga en los siglos, en Oriente, hasta los siglos XVIII-XIX en la Iglesia eslava, según Delehaye. En Occidente en cambio este género de ascetismo fue raro, aunque no desconocido. En España, ya hable de un monumento castellano que en mi opinión es el más completo del mundo en relación con el estilitismo. Se trata de la ermita mozárabe de San Baudel, en Casillas de Berlanga (Soria).
No tengo a mano la monografía de Delehaye. Sólo diré que este autor, sin haber conocido en absoluto el monumento soriano, da una descripción exacta de sus elementos esenciales, como si estuviese interpretando su uso por algún desconocido estilita del siglo X-XI. El texto en cuestión trata de uno de los estilitas más célebres, san Lázaro el Galesiota, o de Monte Galesio (al N de Éfeso), el cual floreció precisamente a principios del siglo XI –contemporáneo, por tanto, de nuestro supuesto soriano. La coincidencia tampoco sería extraña, considerando el flujo de influencia oriental en la religiosidad hispana.
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[1] Cfr. Las máscaras del santo. J. Moya, Madrid, Espasa, 2000, pág. 300.
[2] En Constantinopla existió una orden de ‘acemetas’ (los que no se acuestan), que combinaba ambas cosas, sólo que por turnos: mientras una parte de la comunidad reza en pie en la iglesia, los demás descansan o trabajan.
[3] Tel Nesín, en siríaco: una lectura e interpretación muy probable.
[4] Mándra en griego significa aprisco o redil de ganado, y la cerca que lo rodea. Por extensión se aplicó a la clausura monástica y al monasterio en general. De ahí archimandrita, el jefe de la mandra. La mandra de Simeón era su clausura y espacio de respeto, donde sólo accedían sus sirvientes y las visitas admitidas, exclusivamente del sexo masculino.