sábado, 28 de febrero de 2026

Historiando lo que nunca fue (3)



Volando al último aquelarre’ (detalle). Luca Signorelli, Orvieto (1499-1504)


Los vértices del pentáculo

Al cerrar capítulo sobre la brujería que nunca existió, no está de más insistir en que todo este recurso de polinomios y figuras geométricas es pura pedagogía y recordatorio, con su punto de humor. Si alguien quiere llevarlo más lejos, en clave esotérica, mejor que lo olvide, y a mí con ello. 

Estamos hablando de señas de identidad. Algo así como en la catequesis de antaño se nos hablaba de las ‘notas’ de la Iglesia verdadera: una – santa – católica – apostólica, que dice el Credo. Aquí tratamos de reconocer a la supuesta contra-Iglesia del anti-Dios, y en ese plan habría que admitir que, de esas cuatro notas, el Diablo se quedaría muy a gusto con dos, y hasta con tres. Con dos, seguro: una y católica, si (según los demonólogos que la descubrieron), el iluso aspira a suplantar a su Otro y quedarse él con todo. La cuarta nota, apostólica, también le sería aprovechable, no porque tenga nada que ver con los apóstoles Pedro ni Pablo, sino por el proselitismo a tope, donde sus adeptos tienen por obligación reclutar adeptos, en una labor de apostolado geométrico que para sí querría la Iglesia verdadera. En cambio, lo de santa, a la del maligno no le va: lo suyo tiene que ser todo malo, y peor aún, maléfico. 

Olvidemos, pues, ese tipo de ‘notas’, demasiado abstractas para una secta apocalíptica  con prisas por comerse al mundo. La propaganda demoníaca –siempre según los demonólogos–, prefirió fórmulas más a la moderna: «Damas y caballeros, ¡al diablo con dios!. Hágase de los nuestros, conozca a su íncubo, vuele gratis al aquelarre de las tentaciones, y triunfe ventilándose a sus enemigos, que son los nuestros. Satán le guarde a usted por todo una eternidad.»  

Vamos por orden.



1º. Pacto

Esta palabra de origen latino tiene su raíz casi onomatopéyica, pa(n)g, que significa clavar, imitando el golpe seco para que la estaca quede firme. En latín, esto de los pactos  tuvo un desarrollo jurídico enorme, pero sólo entre humanos. La Biblia hebrea fue más lejos. En la Torah o Pentateuco, su tema fundamental es la serie de pactos entre humanos y Dios, hasta el pacto del Sinaí, mediado por Moisés. La palabra correspondiente es berith, que significaría atadura o liga; y aquí topamos con otra raíz latina, lig, como en ligar y obligar. De ahí re-lig-io: la religión, como pacto obligatorio entre un dios, Yahweh, y un pueblo, Israel, que mutuamente se eligen en exclusiva y ‘para siempre’.  

Todo pacto solía tener su ‘instrumento’ físico como testigo: un mojón, un árbol copudo, una escritura, las tablas de la ley, el arca de la alianza, etc. La propia biblia era el instrumento del pacto religioso hebreo. Los cristianos heredaron la biblia judía como parte primera de su biblia propia, con el nombre de Testamento Viejo. Y «aunque algunos dicen: “Nunca segundas partes fueron buenas”», según el Quijote [1], este libro humano junto con la Biblia divina fueron la excepción. Su segunda parte o Testamento Nuevo salió mejor, según los cristianos, aunque los judíos siguen repitiendo que, en él, «lo nuevo no es bueno, y lo bueno no es nuevo». Dejémoslo así.

El Testamento Nuevo cristiano nació griego, como es bien sabido. No lo es tanto, que su primera edición impresa la preparó Erasmo, con el título latino,  Novum Instrumentum (1516). En comparación con su texto bíblico, descuidado y con prisas, ese título, ‘Instrumento’, no era desacertado, pero sonaba chocante, y en las ediciones siguientes desaparece en favor del nombre tradicional: testamento. [2]

Con este preámbulo, ya llevamos medio camino andado. ¿Puede haber pacto o tratos con los demonios? ¿Qué clase de pactos? ¿Desde cuándo se conocen? 

Los demonólogos lo tienen claro: la Biblia habla de esos pactos en ambos Testamentos. 

En el Evangelio figuran las tentaciones de Jesús en el desierto. En la tercera y última según Mateo, el tentador no va con indirectas, como en las anteriores: «Si eres el Hijo de Dios» manda esto, o haz lo otro. Esta vez, en una Montaña altísima, mirador del mundo entero con sus reinos y riqueza, el diablo propone un pacto: 

– «¿Ves todo eso? Pues a ti te lo doy, si cayendo de bruces me adoras.» 

– «Menos humos, Satán, porque escrito está», etc. [3]

No podemos reprochar a los demonólogos de hace siglos por trabajar los textos antiguos con la herramienta filológica de su tiempo. Hoy, todo este relato se lee como una parábola edificante, para ilustrar cómo el héroe supera las tres pruebas de rigor, gracias a su dominio de la Escritura. Es un examen de maestría bíblica, no de virtud moral. ¿Acaso estaba el diablo en condiciones de cumplir su parte? [4]

Pasando al Testamento Viejo, en Isaías se lee (28-15): 

«Hemos firmado pacto con la muerte, hicimos trato con el infierno»

Nuestros demonólogos lo citan como pacto diabólico manifiesto.  El problema es que el texto no se refiere al diablo, como tampoco al infierno de los condenados, sino al de los difuntos en general. En paralelo retórico con la muerte, el she’ol hebreo es la tumba y la ultratumba, el más allá. El sentido es claro: Isaías avisa una invasión mortífera, y los responsables del gobierno se burlan: «Vas listo, profeta, nosotros tenemos un seguro de vida». Incluso para escrituristas del 1500, las cosas como son. 


  Las primeras historias de pacto con el demonio son leyendas de la primera Edad Media, que pasadas por el santoral, alguna vino a parar al teatro medieval y barroco. Las dos principales se remontarían al siglo VI, procedentes de Levante: la de Cipriano el Mago con la bella pero virtuosa Justina; o la de Teófilo. el pactante arrepentido. En Occidente se popularizan a partir del siglo XIII, que es también cuando toman carrera las historias de pactos con el diablo, recogidas para la formación espiritual de monjes novicios, sin entrar aquí nosotros  en el mérito pedagógico de semejantes lecturas. En ambas, el mago de turno es, cómo no, un judío. La leyenda de Teófilo, versificada por Gonzalo de Berceo en sus Milagros de Nuestra Señora (h. 1250), forma parte de la primera historia de la lengua castellana.


2. Sexo y conyugio

Que alguien dibuje en el suelo un círculo de seguridad, llame al Diablo desde dentro, y éste se le aparezca en forma humanoide reconocible, no siempre resulta, aunque tiene su intriga. Pero de ahí a que el aparecido y su invocador se tomen confianzas –creo que me explico–, es más complicado, al menos para nuestras cabezas cuadradas. Para los demonólogos, de lo más natural y, por supuesto, verdad de fe según la Biblia (Génesis, cap. 6).

¿De veras? Allí se habla de «los hijos de Dios, enamorados de las hijas de los hombres», cuya unión produjo una raza mestiza: los nefilîm (bastardos o bordes), héroes legendarios de estatura gigantesca.[5] Esta aberración, más el deterioro moral de la humanidad, trajo el Diluvio. «A Yahweh le pesó de haber creado la humanidad», y fue como empezar de nuevo, con Noé y su familia en el Arca. Eso sí: se acabaron las vidas de cientos y cientos de años. El hombre más viejo, Matusalén, «vivió 969 años, y murió». El libro no dice de qué, pero por la cuenta que da, tuvo que ahogarse en el desastre. A partir de entonces, la existencia humana «se redujo al límite de 120 años» (Génesis, 6: 3).

Todo esto es muy interesante, y con gusto desearíamos más detalles, pero sobre todo, más claridad. Porque para ver aquí demonios íncubos hay que echarle imaginación. La Biblia en lenguaje poético llama ‘los hijos de Dios’ a los ángeles, no a los demonios. Por otra parte, habla de los nefilîm como raza extinguida, y por tanto, aunque los ángeles corruptos se hubiesen convertido en demonios, el sexo con las mujeres ya no funciona. En fin, aun admitiendo tales demonios íncubos para las brujas, ¿dónde están las súcubas para caballeros? 

Para más enredo, y siendo así que los nefilîm bíblicos nacieron obviamente de padres fecundos, la doctrina oficial cristiana negó a los demonios tal propiedad, por ser incapaces de producir semen activo. Para explicar los casos de criaturas supuestamente nacidas de íncubo con mujer, se discurrió una teoría enrevesada. El íncubo se transformaba en súcuba de un varón para obtener su semen, y con presteza, para no perder el calor natural fecundante, vuelto a su forma y papel de íncubo, lo introducía en el lugar adecuado. Todo perfecto, salvo que estos demonios estériles nada tenían que ver con los muy prolíficos ‘hijos de Dios’, según la Biblia, y por tanto no eran verdad revelada.

 Desengañémonos, una vez más, la demonología es arte de fantasía. No me importa repetirlo: uno de los títulos más certeros que conozco para un libro y su tema es el clásico de Stuart Clark, Thinking with Demons (1997). Fino análisis de la demonología a través de la psicología del demonólogo. Porque este especialista, más que estudiar demonios, las diseña y fabrica poniéndose en su lugar, pensando con y como ellos. Lo que, de paso, dice mucho sobre la mentalidad del propio sujeto pensante. Esto ocurre en muchos otros -ólogos y sus -logías, pero en la investigación de lo demoníaco esa proyección personal reflexiva del investigador en lo investigado es muy especial y contamina el resultado. Por suerte, y gracias al arte expositivo de Clark, la lectura de un libro tan extenso –más de 800 páginas– es gratificante; pero aunque no lo fuese tanto, el título solo ya ha dicho en tres palabras todo lo sustancial.


¿Sexo, para qué?

El pseudo-sexo demoníaco hipertrófico inagotable era el banderín de enganche de Satanás para captar mayormente féminas, «por tratarse del sexo frágil, por la concupiscencia insaciable que las domina con más fuerza que a los hombres» – según experiencia del inquisidor mallorquín Albertino, en sus Afirmaciones católicas.[6] La ventaja de cazar mujeres era que «ellas tienen la lengua fácil para lo escabroso, y lo que aprenden por mal arte apenas pueden callarlo a sus comadres» – testigo el cura navarro Martín de Andosilla, autor de Supersticiones. [7] Y como encima son más crédulas, como Eva con la serpiente, suelen hablar de más. 

La  inclinación sexual de la mujer, casi patológica para aquellos clérigos, se apuntalaba, cómo no, con textos de la biblia, donde los hay para todo gusto. Veamos uno que hizo mucho daño, no por el texto en sí, sino por su desgraciada traducción latina de san Jerónimo en la Vulgata, que era lo que leía la gente culta de entonces (Proverbios, 30: 15). Es una adivinanza del tipo, ‘cuatro cosas hay que’, y dice, según la Vulgata: 

Tres hay insaciables,

y [añade un] cuarto que nunca dice ‘basta’:

el infierno, y la boca de la vulva,

y la tierra que no se sacia de agua,

pero el fuego tampoco dice ‘basta’.

Así traducido, el segundo término, os vulvae, resulta sugerente pleonasmo en  crudo, y es mucho generalizar. Pero eso leían los clérigos, haciéndose idea hiperbólica del eros  femenino, que decía la versión griega: o sea, lo mismo, pero más elegante, aunque en Europa pocos sabían griego. Una traducción más exacta sería:

«Tres hay que nunca se hartan, 

y aun cuatro que no dicen ‘¡basta!’: 

fosa común y vulva mañera

la tierra que no se empapa 

y el fuego que no se apaga.» [8] 


Ese frío de los demonios

¿Qué tal pareja hacía el íncubo para la bruja? He aquí una de las paradojas de la demonología. Por un lado, se chismorrea que el Diablo las prefiere ‘ellas’ por ser más ávidas de sexo, lo que le facilita mayor captura y adhesión. Por el otro, se da como opinión muy extendida entre demonólogos que los demonios son desagradables al tacto, por lo fríos. Esto puede resultar extraño, para unos encargados de atizar calderas, si además son espíritus puros, impalpables. Y lo son, pero también aéreos, localizados en capas inferiores y frías de la atmósfera, lejos del ardiente empíreo de los ángeles buenos. Así pues, un demonio de tropa, ‘legionario raso’ –como los del evangelio de Marcos, 5: 9–, promovido a íncubo (o súcubo, daba igual), tenía que dotarse de un cuerpo material sólido, a base de aire espeso supercondensado, y eso llevaba el costo de la frialdad. Más de un perito en Física enarcará las cejas: no me pregunten, no soy físico ni demonólogo –si acaso, modesto demonologólogo aficionado–, y así remito al jesuita Martín del Río, en su notable hipótesis termodinámica del ‘demonio frío’, apuntada  en La Magia Demoníaca (Hiperión, 1991, pp. 81 y 569-570).

Debe de ser que a todo se hace uno/una. O que, según el refrán, ‘cuando no hay más, contigo, Satanás’. Porque, de creer a los cazadores de brujas, el sexo con demonios funcionó, mejor incluso  que el natural y normal entre humanos. Quien lo dude, no tiene más que abrir La Bruja, de Gianfrancesco Pico della Mirandola (1523).


De La Bruja’ de Pico

Este diálogo renacentista latino, en tres actos,  es la versión literaria de una purga de oposición política que hizo el autor en su feudo de La Mirándola, disfrazada de caza al brujo muy impopular, que implicó a más de sesenta personas y llevó a la muerte a tres mujeres y siete varones, incluido el anciano cura Benedetto Berni como capellán de la supuesta cofradía demoníaca, primicia de la quema en 1522-1523, reinando el papa Adriano VI. Otros huidos serán capturados más tarde y ejecutados al amparo de una bula del sucesor Clemente VII, dirigida al gobernador de Bolonia, la capital de aquel estado pontificio.

Bajo nombres simbólicos, el reparto de personajes es sencillo: una pareja de amigos  eruditos teorizantes (Frónimo y Apistio) alternan entre sí y con otra pareja formada por un inquisidor (Dicastes)  y una bruja (Estrige). En realidad, los primeros son la mismas persona, el autor del diálogo y promotor de la caza real: Apistio (Incrédulo), cuando de joven negaba la brujería; convertido en Frónimo (Reflexivo), ahora que no sólo cree en ella, sino que la promueve. Por su parte, Dicastes (Juez) encubre al inquisidor de la caza, el inquisidor dominico Girolamo Armellini, del círculo espiritual de fray Jerónimo Savonarola, que influyó en el cambio mental y moral de Pico. Finalmente, Estrige (Lechuza, Strix, en latín), la bruja-tipo, interrogada bajo tortura y confesa víctima del padre Armellini, lista para sentencia. Ella sería la protagonista del diálogo, de no verla reducida por el tormento a condición de inframujer, ofrecida en lamentable espectáculo a la curiosidad sincera del incrédulo que acabará convencido, como su otro yo.[9]

En este diálogo, Acto 2, la protagonista, la bruja Estrige –Lechuza, en latín–, es una mujer vieja y arrugada «como para espantar a un diablo», en observación poco caballeresca de su interlocutor Apistio, pero a sus 70 años tan lasciva que, siendo casada, engaña al marido por las caricias de Ludovico, el íncubo que la trae loca. El nombre del demonio evoca el ludus o juego, uno de los nombres del aquelarre, bien en su aspecto lúdico, o por antífrasis, lo más contrario a una carnavalada.

La pobre bruja, hecha un dolor, comparece traída de la sala de interrogatorio y tortura por su juez Dicastes, inquisidor dominico, para satisfacer la curiosidad del visitante Apistio, respondiendo a sus preguntas según lo confesado, sin desviarse un ápice, porque esa es ya la verdad oficial. Según eso,  Apistio empieza su interrogatorio, no sin antes haberla visto libre de sus dolorosas ataduras con que la traía el fraile, como a una bestia en proceso de domesticación.[10]


—Por favor, buena bruja, explica con franqueza tus amoríos.

—¿Hasta dónde quieres llegar?

—¿Cómo se acercaba a ti Ludovico?

—Le llamaba yo, aunque a menudo venía porque quería.

—¿Siempre en figura humana?

—Nunca en otra, si deseaba acostarse conmigo.

—¡Valiente coyunda, con una vieja arrugada!... Y dime: cuando acudías

al juego, ¿te preparabas de algún modo, o slo aguardabas a tu portador?

—Trazado un círculo, me untaba y, puesta a horcajadas en la banqueta, me

sentía elevar, y por los aires era llevada a la fiesta. A veces pisoteaba una

hostia consagrada puesta en el círculo, y al punto se presentaba Ludovico,

con el que me desahogaba a placer.

—¿Qué ungüento era ese?

—Preparado sobre todo a base de sangre de niños.

—¿Y qué te untabas?

—Mmm..., me da vergüenza decirlo.

—¡La muy desvergonzada puta de los demonios! ¿Lo que no te daba vergüenza

hacer, te lo da decirlo?

—¿Qué tiene eso de extraño?

—Escupe el veneno, víbora: ¿qué te untabas?

—Las partes que uso para sentarme.

—¡Qué pudorosamente lo has dicho! ... 


Aquí al diálogo entra en la descripción del vuelo y del  aquelarre propiamente, que son otros puntos de nuestro tema. Volvemos pues, a a lo que estamos, ya incorporados forzosos al voyeurismo del curioso preguntón, Apistio, cada vez menos fiel a su nombre:


—Sabemos que los demonios no tienen huesos ni carnes. ¿Cómo comen, y cómo copulan?

—Son como si fuesen de carne y hueso, revestidos de piel fina, y más crecidos que los de cualquier mortal.


Si, como es de suponer, Estrige responde a lo que se le pregunta, su descripcion se ciñe al miembro viril demoníaco, no a su físico en general. Sin embargo, parece que aquí se impuso cierta autocensura, como si la mujer derivase a la teoría de la corporeidad por condensación de partículas aéreas, ajena a su discurso. Según el cual, parece lógico leer pellicula, ‘piel fina’, en vez de partículae, partículas. 


—¿Podrías compararlos con algo? Sólo para hacernos una idea.

—No se me ocurre. Solo que son más crasos que los humanos y a la vez más muelles, como rellenos de estopa bien apretada, o como de algodón o lana vegetal … Quiero decir, eso  de rellenar colchas.

—Lo pillo. Sigue.

—Una vez saciada la libido, se nos devolvía a casa.

—¿Allí te iba a visitar alguna vez?

—Muchísimas. Y también otras.

[...]

– Lo que no acabo de entender es qué sentido tiene semejante cópula. 


Tampoco era tan difícil, y así se lo hace ver a Apistio su amigo y anfitrión Frónimo (Reflexivo), explicándole en qué consiste un juguete erótico, como siempre los hubo:


–Es para satisfacer a estas lobeznas (lupulis). Se es que puede haber satisfacción para las que se dicen hartas, pero no saciadas.

—Como tampoco se me alcanza de dónde obtienen el placer.


Y aquí viene esta vez en ayuda la pericia del fraile inquisidor, que haciendose el distraído seguía el interrogatorio, atento a las respuestas de la bruja:


—Orgasmo total, según ellas, y tan intenso que aseguran no hay otra sensación semejante en el mundo. Cosa que, conjeturo, puede provenir de varias causas. La primera, el semblante que adoptan los espíritus desertores, de lo más atractivo. Y más todavía, ese tamaño nada vulgar de su miembro. Si con lo primero les alegran el ojo, con esto otro les rellenan sus intimidades, mientras ellos se fingen cautivados por su amor: nada más grato para estas miserables mujerzuelas18. También puede ser que allá dentro les exciten algún punto sensible que les dé más placer que con varones. Y lo mismo pienso que debe de ocurrirles a estos cuando abusan de demonios súcubos. Como el muy malvado sacerdote del que antes hablé: el que decía tener mayor deleite acostándose con un demonio (al que puso por nombre Armellina), que con todas las mujeres con las que se acostó, y fueron no pocas... Tan enganchado estaba el miserable y tanto ardía en el deseo de su Armellina, que muchas veces se paseó en público con ella, aunque nadie más que él la veía.e se acostó, y fueron no pocas... Tan enganchado estaba el miserable y tanto ardía en el deseo de su Armellina, que muchas veces se paseó en público con ella, aunque nadie más que él la veía.


El padre inquisidor se refiere al cura Berni, su primera víctima. El mismo que, como repetía de memoria la domesticada Estrige, le proporcionaba las hostias consagradas para su profanación en el aquelarre y fuera de él. Elegir precisamente aquel nombre para su súcuba invisible, seguro que no hizo gracia a su inquisidor  Armellini, cuando al preguntar al buen cura en el potro el nombre de la diablesa, él se lo escupe a la cara: Armellina.

Dando aquí por suficiente la muestra de este panfleto que tanto influjo tuvo en su tiempo –aunque desconozco si hay traducción española–, notemos dos detalles significativos:

Uno, que en todo el diálogo no veo que se mencione la decantada frialdad al conctacto: una hipótesis nada oportuna para la causa, que con buen acuerdo se silencia. Pues bien, en la historia de la caza de brujas navarras por el licenciado Pedro de Balanza (1525) –y vaya de acécdota comparativa–, leemos la declaración del ‘brujo’ Martín de Zaldaiz, veterano frecuentador de un aquelarre con ayuntamiento de diablos y brujas procedentes de Valcarlos y Roncesvalles los viernes, donde el buen hombre, preguntado por su experiencia en la orgía ritual mixta, confesó que a él, nada de demonios íncubos ni súcubos, que no hay cosa más fría. Que él, cuando era la vez, «solía echarse y participar con una moza, y que con ella recibía más placer que con su mujer». [11] En cambio, el diálogo de Pico transparenta la idea de cierta unión cuasi conyugal entre el brujo o bruja y su demonio, que hasta hacen la rúa del bracete, aunque uno de la pareja no se deje ver.

Se hace tarde, y baste lo escrito para reflexionar sobre sobre el objeto de la Demonología. El Diablo.

El gran Testigo de Dios: su testigo de cargo y descargo. El que más sabe de Él, el Architeólogo. Dios/Antidios, a uno y otro lado del espejo. Conceptualmente, ambos se necesitan, Por eso, la ortodoxia enseña dos verdades complementarias en paradoja: una, que sin el consentimiento de Dios, el Diablo  no puede hacer absolutamente nada; la otra, que todo lo que hace el Diablo, pues que lo consiente Dios, redunda en bien. Esto es ‘pensar con ellos’.

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Notas:

1. Parte II, cap. 4, por boca del bachiller Carrasco.

2.  Descuidado y con prisas. Probablemente por pisar al tomo IV (Nuevo Testamento) de la monumental y muy cuidada Políglota de Alcalá, ya impresa pero todavía inédita, en trámites de permiso de circulación. En la Políglota, el original griego se acompañaba de su versión latina según la Vulgata de San Jerónimo. En el Instrumento Nuevo de Erasmo, un texto griego defectuoso se acompañaba de un arreglo de la Vulgata al gusto de Erasmo.

3. Hýpage: literalmente, bájate de ahí. Se entiende que el diablo se había puesto en el pico de la montaña, como amo del mundo. O simplemente: ¡largo¡

4.  Lucas da su versión algo diferente. Esta tentación es la segunda, antes de la del templo en Jerusalén. La visión del mapamundi es instantánea, y sobre su propia solvencia, el diablo asegura bajo palabra: « todo esto se me ha dado, y yo la doy a quien se me antoje. Si me haces la reverencia, será todo tuyo».

5.  Literalmente, abortos, pero en el sentido de borde, burdo (burdus), bastardo. En las crónicas castellanas de Pedro I, su hermanastro y rival Enrique II de Trastámara era conocido como ‘el Bort’. Los nefilîm del Génesis hebreo se tradujeron al griego como gigantes.

6. Arnaldo Albertí (h. 1483-1544), jurista por Bolonia, fue nombrado inquisidor para las Baleares por Adriano de Utrecht (1520), y pronto elevado al Consejo supremo de Inquisición con residencia en Zaragoza, Mallorca, Valencia y finalmente Sicilia, como Inquisidor de la isla y obispo de Patti. Es de notar que en su tierra siempre tuvo escolta armada. Dejó inédita una obra importante (De agnoscendis assertionibus, Roma, 1572), sobre cómo distinguir las tesis católicas y heréticas. Personaje interesante, porque desde el negacionismo total de la brujimagia, como jurista, ya nombrado inquisidor pasó casi de repente a la fe absoluta en las brujas. Peor aún, por su ascendiente ante el Inquisidor General Adriano, debió de contagiarle su credulidad, pues en efecto, como Papa Adriano VI (1522-1523) fue continuador decidido de la caza de brujas.
 
7. Martín de Andosilla  (o de Arles), canónigo agustino de la catedral de Pamplona, autor de un manual famoso sobre Supersticiones populares (h. 1500), nada crédulo en la realidad de la brujería demoníaca, pero por lo visto  tampoco mucho en la virtud innata de las mujeres – lo que supone mayor mérito para las virtuosas.

8. «Vulva mañera»: vientre estéril; v. DRAE, mañero2.  Tomo la traducción del hebreo ʿēṣẹr rāḥạm de un biblia en ladino castizo (Constantinopla, 1873). El original puede traducirse a la letra por menopausia, aunque no conozco biblia ninguna que lo diga.  
Mañera, según Covarrubias (1611), es «la mujer que, aunque es moza. no concibe, por cierto vicio de la matriz, que con la boca de ella, como con la mano, desvía la simiente del varón». Sin meternos en honduras, en castellano antiguo mañería era la carencia de hijos, sobre todo por esterilidad.

9. Publicado el diálogo en latín en 1423, todavía bajo Adriano VI, tuvo traducción italiana inmediata por otro dominico del gremio.

10. Lo que sigue es extracto de Antes de Zugarramurdi (Pamplona, UPNA, 2025), pp. 115-125.

11.  Antes de Zugarramurdi, o. cit., pp. 223-224, citando a Florencio Idoate.
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