«ETA debe reconocer el daño causado, pero no pedir perdón»
La derecha es insaciable. Oigamos esto que decía a El País, hace cinco meses, un tal Paul Ríos, uno de los marmitones de la ‘Paz al Currin’:
«Hace cinco años decían que ETA tenía que declarar el final definitivo de la violencia. Ahora es la disolución, mañana será la entrega de armas, luego que pidan perdón, que paguen las indemnizaciones.
La derecha tiene una insatisfacción absoluta porque le han quitado el juguete de las manos.»
Esto era hace cinco meses. El ‘mañana’ quedó atrás, y en efecto, mucha gente sigue insatisfecha. Bien porque, como dice este señor, son de derechas. O quizá porque en efecto hay cuentas todavía pendientes, perdones, indemnizaciones etc. En suma, porque ETA sigue estando ahí, y no hay forma de darle carpetazo, por buena voluntad que se ponga.
A todo esto, en el párrafo ha salido a relucir la palabra ‘perdón’. Pues vamos con el perdón.
Ríos no quiere –o no quería— que ETA pida perdón; y menos como exigencia. ¿Razón? Porque el perdón es humillante. Y añade: «humillante para ETA, pero también para las víctimas».
¿Es esa una razón? Si Ríos y yo hablamos la misma lengua, estaremos de acuerdo en que quien comete un acto degradante, él solito se humilla a sí mismo. El asesino es un humillado. Auto-humillado, para ser exactos.
Por tanto, todo lo que contribuya a salir de esa degradación, lejos de humillarle le honra. ¿Entonces?
Lo que ocurre es que tal vez ETA no cree haber hecho nada degradante. Y entonces sí, hacerles pedir perdón por algo que para ellos no es degradante, sino todo lo contrario, es noble, eso es humillarles. Y lo mismo a las víctimas: invitándoles a perdonar como villanos a quienes en realidad son héroes, se las rebaja y humilla.
Repasando declaraciones como esta, y concretamente ese modo tan retorcido de asociar humillación a una cosa tan noble como el perdón y la compasión, me preguntaba dónde hemos visto todos un ejemplo de aberración moral tan monstruosa.
Y efectivamente, en La lista de Schindler hay una escena de lo más dura y repulsiva –para mayor mérito de una interpretación magistral–, cuando el capitán de las SS y comandante de un campo de concentración, Amon Göth, hasta entonces mero ángel de la muerte, de pronto descubre que su poder es más diabólico si se da el capricho de ser también perdonavidas. «Yo te perdono». El actor Ralph Fiennes borda el papel repitiendo la frase hasta hacerse odioso, sobre todo cuando la ensaya ante el espejo, como perdonándose y absolviéndose a sí mismo, sin pudor ni arrepentimiento.
Administrar la vida y la muerte es privilegio que se otorga el terrorista, que a diferencia del militar, elige y consagra a sus víctimas para el sacrificio. Y claro, visto así el perdón, no cabe duda de que para un etarra, como para un nazi, después de haber sido un dios, rebajarse a pedir perdón a sus ‘perdonados’ (los que él pudo matar y no lo hizo, porque no le dio la divina gana), eso tiene que ser una humillación insufrible.
Paul Ríos lo entiende de maravilla. Y ahora, rebobinada la película de Spielberg, entiendo la moral y la lógica también de otros personajes y personajillos, los correveidiles y facilitadores de la ‘fase resolutiva del conflicto’ .
Esto del ‘perdón’, para el caso de ETA, suele darse como una exigencia del Código Penal. Y no es así exactamente. Es exigible sólo a efectos de acogerse voluntariamente a ciertos beneficios penitenciarios, que precisamente por ese carácter de favor legal admiten condiciones también legales. Y con razón, pues todo ello va en el espíritu de ayuda a la reinserción social del reo, según indicios razonables.
Los procedimientos siempre son discutibles, y la petición de perdón también. Si cubre las expectativas, vale; si no, pues se cambia, y punto. Yo no la pondría como exigible, ya que hay situaciones muy especiales. Aparte de que tampoco la parte ofendida tiene obligación de perdonar, y hasta puede que de antemano haya declarado que nunca perdonará la ofensa. Bien entendido que, aun en tal caso, pedir perdón será exponerse a un desaire. Pero no es ninguna humillación, diga lo que quiera Paul Ríos.
De todas formas, hasta una mentalidad así de tortuosa entiende que suena fuerte ir por ahí diciendo que los asesinos se pueden reintegrar sin gesto alguno de acercamiento a sus damnificados. Por eso el mismo Ríos, por ejemplo, admite que, sin pedir perdón, ETA debe reconocer el daño causado. ¿Qué significa esto?
Reconocer el daño causado puede ser una obviedad. El asesino convicto y confeso no puede negar que mató. Por tanto, no parece tratarse de ese reconocimiento de lo que está a la vista de cualquiera.
El reconocimiento de daño causado se refiere sin duda a una conciencia sobrevenida, un caer en cuenta en algo que antes no se veía, o se veía de otro modo. En suma, lo que dice la palabra griega metánoia, cambio de mente. Dicho por otros nombres: poenitentia en latín; en castellano, arrepentimiento. Donde antes el terrorista sólo veía un daño colateral ajeno a su responsabilidad, ahora lo ve de otro modo y asume el deber de reconocerlo. Reconocer y confesar que algo que antes se dio como no culposo, ahora resulta que estuvo mal hecho.
En todo caso, ante tanto aplomo y frescura es inevitable preguntar, con qué autoridad ciertas personas deciden lo que debe hacerse y lo que no. Como si no hubiera leyes. Para lo del perdón, ya hemos visto, el pretexto era la ‘humillación’. ¿Y ahora?
En todo caso, ante tanto aplomo y frescura es inevitable preguntar, con qué autoridad ciertas personas deciden lo que debe hacerse y lo que no. Como si no hubiera leyes. Para lo del perdón, ya hemos visto, el pretexto era la ‘humillación’. ¿Y ahora?
El problema es que esta interpretación del ‘reconocimiento de daño’ es mía, no del Sr. Ríos. Y mucho me temo que no le satisfaga, pues por este hilo sale demasiado ovillo para su propósito, que es aligerarle a ETA el paquete.
Funambulismo puro. Todo es hacer equilibrios para eludir responsabilidad, y con ella la obligación de reparar el daño, incluso pecuniariamente, e incluso mediando perdón del agravio y daño moral. De ahí ese engolamiento en la expresión, generalizando: «ETA debe reconocer». Cada asesino en particular habrá cumplido con un «¡vaya!, pues y cómo lo siento, no era mi intención, nada personal, estamos en paz y que ustedes se alivien».
Pero los abogados del diablo todavía nos van a sorprender sacando de la chistera otro conejito: la religión. Tanto el perdón como su correlato el arrepentimiento, no tienen cabida en esta fase de liquidación del ‘conflicto’, porque son conceptos religiosos, que nada pintan en una sociedad y ordenamiento laicos.
¿Es eso cierto? ¿Vale como argumento? En otro artículo le damos un repaso.




