martes, 7 de febrero de 2012

100.000




Hoy, por un breve rato, esta entrada se adornará con un detalle especial. En el contador Bravenet de visitas al blog, seis dígitos: 100000.
La cifra coincide con otros datos también numéricos: 6.562 puestos cedidos por este blog en el último mes; 8.084 en tres meses, desde noviembre. En noviembre de 2011, ‘Belosticalle’  tocó el cénit de su breve historia, en el puesto 3.731 de un ‘ranking general’ (sic), construido por Ebuzzing (antes Wikio). 
La clasificación es automática, calculada con un «algoritmo que tiene en cuenta los contenidos compartidos y recomendados en Twitter, Facebook y las principales plataformas de intercambio».
Tampoco Blogger coincide con Bravenet contando visitas. Es casi un 25 % más tacaño. Cierto que a Blogger le tengo encargado que no cuente las mías propias. Aun así, no creo, qué digo (con lo desordenado que soy), estoy seguro de no ser, ni con mucho, tan asiduo autovisitante.
¿Tiene eso algún significado?
Desde luego, no el que parece a primera vista. ‘Belosticalle’  no ha tenido 100.000 páginas o entradas leídas, ni siquiera vistas. Para mejor presentar mis ideas y hacerme atractivo, aprendí pronto a ilustrarme con fotos y grabados, sin tomar la precaución de camuflarlos con nombres crípticos. El resultado es que mis ilustraciones (lo de ‘mías’ es un decir) son localizables, y de hecho la gran mayoría de visitantes no viene por mí, sino por ellas. A ojo de buen cubero, o menos bueno, la cifra ‘lector-entrada’ no pasará mucho de la tercera parte de la global.

Tormento sin éxtasis
Después del último artículo sobre el Eclesiastés, pienso en la condición humana sedienta, condenados a rueda perpetua de «apañar y aparvar viento». Y la mención del viento y de la rueda me enlaza al hijo de Eolo, Sísifo, y a sus colegas de tormento, Ixión el de la rueda y Tántalo el de la sed.
¡Pobre Sísifo! Tal y como le vio en los infiernos su propio hijo Ulises. Si es que era hijo suyo; porque de Ulises, como de muchos héroes y algunos mortales, la madre era más cierta que el padre [*].
Mientras la mayoría de los muertos se aburrían mortalmente –permítase la redundancia– paseando con levedad de sombras por aquel Campo de los Asfódelos, o sea el Gamonal, algunos no tenían tiempo de aburrirse, acosados por el rencor eterno de un dios.
Sísifo, por haber metido las narices en los amoríos de Zeus, tenía que subir empujando una gran piedra hasta la cima de una colina. Y cuando estaba a punto de coronar su tarea, el peso le hacía caer de culo, y ¡zas! (ατις, o sea  ¡zas!, en griego homérico),

al punto rodaba de nuevo a la base la piedra insolente

                                                                           (Odisea, 11: 593)

Eso se repetía cada vez que el desdichado, con su peñazo a cuestas, ya se veía dominando el ránking del Ebuzzing del Hades.
De los otros infelices para qué hablar. Ixión, dale que le das a la gran rueda, que para mayor fastidio estaba que ardía. Y Tántalo sufriendo el suplicio de Tántalo, el nombre lo dice.
Este Tántalo recibía su merecido, porque invitado por Zeus a la mesa de los dioses, al catar la ambrosía y el néctar, les tomó tanto gusto que al final del banquete le pillaron hurtando un pequeño alijo. No para traficar, sólo para consumo propio y con amigos. Como si en el Olimpo las trolas tuviesen igual crédito que aquí abajo. Ahora, metido en agua hasta el cuello, rodeado de frutales exquisitos, todo se le escapa sin aplacar el hambre y la sed.
De Ixión, en cambio, la culpa está menos clara, aunque todo apunta al pecado de ingratitud. Si por eso fue, ‘Belosticalle’ no tendría que temer la rueda.
‘Belosticalle’ surgió como una barquichuela a remolque de una hermosa nave, la ‘Argos’ de Santiago González. Desde el principio lo reconocí, y así es como flota y navega.
Una sola vez he procurado corresponder a mi amigo. En la ocasión excepcional de aparecer su libro hoy archiconocido, Lágrimas socialdemócratas, me permití dedicarle una entrada. Una gotita en el lago de las críticas favorables; un soplido asmático en el alisio en popa de un crucero que ni siquiera es de vela, pues le mueve su propio y poderoso motor.
El beneficiado he sido yo. Santiago no habrá vendido ni un ejemplar gracias a mí. En cambio, el artículo Sorbete de Lágrimas es, con mucha diferencia, el más visto y leído de toda mi serie. Más de 2.100 visitas, casi triplican las 720 de ‘Primero la verdad que la paz’. Gente que acudió al Sorbete sólo por el libro de Santiago, no por ninguna ilustración que valiese la pena.

Complicarse la vida
Cohelet, mi Charlatán, salta de pronto (7: 29):

«Mira no más lo que he encontrado:
Dios o la Naturaleza hizo al Hombre derecho,
y ellos se buscaron muchos problemas».

Tiene que haber cientos de tesis doctorales y gigas de tesinas sobre el porqué de este fenómeno global, esta pandemia y pandemonio de las bitácoras. No he leído ningún estudio de esos, ni me interesan.
No hace mucho di por casualidad en una centralita de blogs, donde se hacía mención de éste con un comentario curioso: « interesante, si supiésemos de qué va». ¿Lo sé yo acaso?
Los artículos más leídos no siempre son mis preferidos. Los temas que más parecen interesar no son los que más me importan. Si escribiese sólo de lo que más me gusta, creo que me gustaría a mí solo.
Pero un simple 100.000 tampoco es como para contemplarse uno el ombligo. Recapitular un poco, eso sí. Tengo que dar un repaso a lo escrito, que ya ni me acuerdo, y me repito.
Con la fiabilidad de las cosas que tocan a la vanidad vana –no a la vanidad metafísica de Cohelet–, y concedida su parte a la impostación del personaje-avatar que el autor manipula, me digo a mí mismo que  en este pequeño infierno de ‘Belosticalle’, donde no hay Tántalo, sí que hay Sísifo e Ixión.
Nuestro Ixión que mueve la rueda es conmigo el grupúsculo de lectores, encabezado por los adictos y amigos de la ‘Argos’. Mucho agradezco sus comentarios, motor principal de la rueda. Sólo les pido me hagan la caridad de no abrumarme con desmesuras que yo no pueda tomar y llevar a cuestas.
¿Y Sísifo? Nuestro Sísifo es Ebuzzing. En esta fase, la piedra rodando cuesta abajo. Hasta que amigos influyentes como Jon Juaristi o Hermann Tertsch vuelvan a ver aquí algún motivo para citarme. O mejor, que Santiago González saque otro título (que lo hará); y entonces sí, al rebufo del nuevo libro tendremos la próxima remontada. 
_____________________
[*] El hijo de Anticlea tuvo por padre a Laertes, y así consta en la Ilíada; incluso en este Canto XI, la Nekyia o ‘Auto Infernal’, tenido por apócrifo. Pero otras leyendas y los trágicos hacían a Ulises hijo de Sísifo. 







martes, 31 de enero de 2012

El Charlatán



Hay un libro en la Biblia por el que siento especial debilidad. No será el mejor, y tampoco su lectura levanta el ánimo. Desconcertante, irritante por sus inconsecuencias, cuesta leerlo de corrido, aunque es breve. Pero siempre vuelvo a él. Y cuando más me gusta, me doy cuenta de que es porque me lo estoy tomando en clave de humor. Como lo que no es. O lo que dicen que no es.
Es evidente que hablo de Cohelet, el Eclesiastés.
Este librito figura entre los ‘sapienciales’ o filosóficos del Testamento Viejo.  Yo diría (si no es mucha irreverencia) que ese etiqueta de ‘sapiencial’ no es como para abrir el apetito. La ‘sabiduría’ bíblica es una filosofía poco comprometida con la lógica, el método, o simplemente con el orden. Si Filosofía es ante todo rigor, o como dijo el otro, un «discurso del método», entonces un libro bíblico tan sapiencial como los Proverbios es –como cualquier refranero– una cita con el psiquiatra. Y mira que me chiflan los refranes; pero como lo que son, no la quintaesencia del pensamiento.
Cohelet es otra cosa. Su apariencia es la de un manualito filosófico, de filosofía vital. ¿Un soliloquio? Podría ser, pero en voz alta, porque –el nombre lo dice– se pronuncia ante un cahal, un sínodo o asamblea. El sabio Salomón, nada menos, presenta su case history, como muestra y como prueba de que es inútil brujulear en metafísicas, para buscarle un sentido especial a la existencia humana. Lo que pomposamente se dice, ‘el destino del hombre’. Gran empeño. Pero a poco que arañas –sobre todo, si arañas poco– te suena a monserga y filosofía barata.
Claro que, viniendo de Salomón, tampoco cabe esperar finuras. Su colección de Proverbios, antes citada, es bastante pedestre. ¿Y su ejecutoria como sabio? Aquel juicio ‘salomónico’ de rajar a un bebé es decepcionante. Señor juez, las mujeres –las madres incluso– pueden ser algo cortitas, pero no hasta ese extremo. Bueno, tampoco el Salomón refranero, o aquí el pensador, se hace grandes ilusiones con las féminas. Que, por otra parte, le traían loco, pero en la cama. Sus ‘tetonas’, es como las llama (luego lo vemos).

¿Dónde y cuándo apareció Cohelet?
El libro es tan ‘salomónico’ como aquellas cuatro columnas helicoidales que Constantino trajo de no se sabe dónde, para adornar el presbiterio de San Pedro del Vaticano. En la Edad Media se dijo que procedían del Templo de Salomón. Rodeadas de misterio, en el nuevo San Pedro no hubo más remedido que imitarlas, lo que hizo Bernini en su colosal  baldaquín en bronce, sobre el altar del Papa.
Excluida toda relación con Salomón, este es uno de los libros más modernos de la Biblia hebrea. Su postura es opuesta a todo entusiasmo religioso o nacionalista judío, y por la ideología y lenguaje no puede ser muy anterior al siglo II [1].
Cohelet repudia el particularismo judío exaltado en movimientos de autocomplacencia o de esperanza mesiánica; lo que finalmente será el judaísmo farisaico y rabínico. En ningún momento se enfrenta a la religión oficial, pero deja bien clara su convicción de que la sociedad real en que vive no tiene nada que ver con la ‘restauración’ autista en la línea de Esdras o de los Macabeos: legalismo, ritualismo, racismo.

Libro sagrado
La verdad es que, con este libro,  la Iglesia cristiana, como antes la Sinagoga judía, tuvo dolores de cabeza para tomarlo como ‘palabra de Dios’. Porque, en efecto, varios de sus capítulos lo mismo podría haberlos escrito un descreído o un cínico [2].
Baruc Spinoza fue buen lector del Eclesiastés, pensamiento muy conforme con su panteísmo: aquello suyo de «Dios, o bien la Naturaleza» (Deus, sive Natura). Al Dios de Cohelet no se le conoce como ser, sino como obrar, y su obra eterna y cíclica es ese ser vivo natural, el Mundo.
El Elohim de Cohelet se parece demasiado a una tríada femenina de lo más pagana: Fortuna/Necesidad/Némesis. Estos eran los verdaderos nombres divinos en la época helenística tardía, cuando se compone esta obra, en una sociedad corta de valores, sin orden ni concierto.
Un punto álgido es, por ejemplo, la condición animal del hombre (3: 18-22; cfr. 6:12, 7:14, 9:3):

«Hombre y bestia, allá se andan. Uno y otra respiran igual, y como muere el hombre muere la bestia. Su destino es el mismo: del polvo salen, al polvo vuelven.
¿Quién sabe de cierto que el espíritu de los humanos sube a lo alto, y el de los brutos baja a tierra? Nada mejor cabe al hombre que disfrutar en lo que hace. Es toda su paga.»

Lo que está diciendo Cohelet es que la dicha o la desgracia en la vida no tienen nada que ver con la conducta moral. En este punto la llamada Providencia («la mano de Dios») no trata a nuestra especie de forma distinta a las demás, sujetas al encuentro fortuito y ley del más fuerte, del más astuto o del más afortunado.
Contra la gente como Cohelet tronó otro predicador bíblico, el misterioso Malaquías, último  de los profetas (3: 14):

«Y aun decís, ‘¿Qué hemos dicho o hecho contra Ti?’ Habéis dicho: ‘Servir a Dios es inútil. ¿Qué se saca con cumplir sus mandamientos, o si no, arrepentirse?»

Pero esto no es nada. Todo un libro entero se escribió para refutar a Cohelet, sin nombrarle, aunque muy elocuentemente titulando Sabiduría de Salomón, haciendo de este rey un verdadero sabio, en los antípodas del despreciable charlatán.
Sin embargo, los judíos no recibieron a este Salomón piadoso en su Biblia, y sí en cambio al «impío necrófilo», que es como llama el de la Sabiduría a su rival. ¿Cómo así?
Por lo visto, el panfleto de escándalo cayó en manos de algún judío ortodoxo, y en vez de refutarlo con otro escrito, como suele hacerse, él fue más original: lo arregló sin misericordia, hasta volverlo como un calcetín. Lo copió entero, y de trecho en trecho, cuando algo le parecía mucha barbaridad, metía un correctivo a modo de antídoto. Acabada su chapuza, el buen hombre la remata estampando un Epílogo de su cosecha, donde incluso se permite recomendar las obras completas de Cohelet –es decir, de Salomón–, una vez que le ha hecho decir unas cosas y sus contrarias. Como explicaron algunos rabinos: «‘Vanidad de vanidades’, sí, pero ‘bajo el sol’. Del Sol para arriba, las cosas son muy diferentes.»
La teoría de los dos autores es ingeniosa: Cohelet el escéptico, y el Dr. Pío sobre la marcha enmendándole la plana. Pío es la traducción más que aproximada del hebreo hasid, individuo de la secta de los hasideos o ‘piadosos’, los precursores de los fariseos.
Es como si el Santo Oficio, en vez de meter el Cándido de Voltaire en los libros prohibidos, lo hubiese canonizado e indulgenciado interpolando sentencias del abate Bergier:

Cándido (espantado, desconcertado, perdido): «–Si este es el mejor de los mundos posibles, ¿cómo son los otros?»
Bergier: «–¿Qué nos importa que exista Dios, si nosotros no le importamos a Él? ¿De qué sirve un Dios que no cuide de todas sus criaturas?»

Así visto el libro, habría que imprimirlo en consecuencia, como en los diálogos y comedias, señalando quién dice cada cosa. Tal como está en las biblias –incluso en una tan cuidada tipográficamente como es la ‘Biblia de Jerusalén’– es muy difícil aclararse. Más difícil todavía, teniendo en cuenta que los traductores en general siempre han procurado armonizar las discordancias y limar asperezas.


Propuestas de lectura
El gran respeto que inspiraba la Biblia no permitió hasta el siglo XVII a los estudiosos atreverse a criticarla. El primer investigador sistemático en este sentido fue Richard Simón (1638-1712) sacerdote católico que vio, de entrada, que el Génesis comienza contando dos historias del Creación diferentes e incompatibles [3]
Respecto al Eclesiastés, su incoherencia es palmaria.  ¿Estaremos ante un libro descabalado? Jirones tal vez de un rollo mal recosido o de un códice con las hojas trastrocadas. Pero los ensayos de montaje no lo arreglan todo. ¿Y si un texto molesto ha sido manipulado, interpolado? Es lo que aquí parece.
Uno de los primeros que pensó en varias manos fue Juan Enrique van der Palm, en una tesina juvenil defendida tal día como hoy, 31 de enero, a las 10 de la mañana  (Leiden, 1784) [4]. Partiendo de la incoherencia notoria e invencible –hubo autores que incluso lo achacaron a la idiosincrasia hebrea, incapaz de pensamiento analítico–, pensó como otros, que el texto estaba trastrocado, pero sobre todo se atrevió a proponer algo nuevo. Aquí habla más de una boca.
Algunos intérpretes habían buscado otra solución más simple. No es un discurso, sino varios. Cohelet es el presidente del Cahal de sabios de distintas tendencias o escuelas, que hablan por turno –un poco como Job y sus amigos en el libro de Job–, abriendo aquél la discusión y cerrándola con este broche de oro: «Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque eso es ser persona cabal». Un final así lo absuelve todo.
O bien, en versión más económica, los hablantes se reducen a dos: un tálib o estudioso que va largando sus dudas, y un maestro que se las quita sin más.
En fin, podría tratarse de un soliloquio. El pensador recurre al dialogismo retórico, planteándose propuestas alternativas, que el mismo rechaza, más que refuta.
En todo caso, tratándose de Biblia, los intérpretes han procurado quitar la mala impresión de pesimismo y fatalismo que rezuma este libro por la mitad de sus versículos. Algunos lo han tomado tan a pechos, que creen ver una demostración de la inmortalidad del alma y la vida futura, por reducción al absurdo. Asombroso. 

El ‘Auto del Charlatán’
De todas formas, sin poner en duda una teoría que convence, creo que la alternativa del autor único se puede mantener en parte. Eso sí, a condición de entenderle como un dialéctico humorista que nos embroma poniendo en solfa las disputas teologales.
Mi Cohelet o Predicador podría titularse también Auto del Charlatán. No es un texto para leído, sino para representado por un juglar que se presenta en plaza disfrazado de Sabio Salomón. Un Salomón de feria. Para más efecto, y como quien da una pista, mi ‘Charlatán’ probablemente luce también algún atributo de loco o de payaso. Porque una vez formado el corro de oyentes, en vez de contarles un cuento o recitarles un poema, les va a entretener con una lección de filosofía, sin dejar títere con cabeza.
Mezclando prosa y verso, palabras y música, gravedad y gestualidad, mi Charlatán pantomimo va a ser a la vez el Sabio y el Gracioso, el malo y el bueno, el filósofo y el devoto, o a ratos el tartufo.
Pero como buen juglar, no dejará que el argumento se le vaya de las manos. A intervalos, cuando la broma va demasiado lejos, una morcilla ortodoxa restaura el orden. Claro que el efecto cómico se acentúa, por contraste, pero ni el rabino de paso ni el alguacil ni el chivato tendrán por dónde atrapar al atrevido. Que, por si acaso, al final lo dejará todo en regla, con un toque sensato:

«Basta de palique. He dicho. Tú teme a Dios y guarda sus mandamientos, que eso es ser persona cabal. Y en cuanto a las obras, Dios lo juzgará todo, también lo escondido, sea bueno, sea malo.»

Como debe ser. Los charlatanes y cómicos de antes siempre terminaban con una moraleja conservadora. Había que seguir actuando.

Un hombre feliz
En el capítulo 2 el supuesto Salomón habla de su desengaño con lo placeres. Y para convencernos, nada mejor que enumerarlos todos. Nadie gastó tanto como él en darse buena vida. Y por lo visto, el colmo de los colmos fue procurarse…, procurarse… ¿qué cosa?
La ‘Biblia de Jerusalén’, siguiendo aquí a la Vulgata latina y al griego de los LXX, más que el hebreo, traduce (2: 8-9):

 «Me procuré cantores y cantoras, toda clase de lujos   humanos, coperos y reposteros

Las palabras traducidas en negrita son en hebreo una misma, femenina, en singular y en plural: shiddah ve-shiddoth. Un término que sólo aparece aquí, y en toda la Biblia no se repite (lo que se llama técnicamente un hápax). Así el rabino provenzal David Kimhi (m. 1235), por paralelismo con los ‘cantores y cantoras’, conjeturó ‘sinfonía y más sinfonía’. El griego alejandrino había puesto ‘escanciador y escanciadores’, que la Vulgata latina convirtió en un juego completísimo de aparador: ‘copas y botellas’. Para otros, aquel placer sumo fue la variedad de ‘baños’ (o el baño con sus secciones habituales:  tepidario, caldario, frigidario…). Jacques Gousset (1702) tradujo «los placeres devastadores», pensando tal vez en las enfermedades venéreas de su tiempo.
Para mí, el que acierta es el gran erudito  Juan Cocceius (1603-1669): shiddah viene de shod, que en Isaías y en Job significa ‘ubre’ o ‘teta’.
La palabra pervive en el árabe sitt, ‘dama, señora’. Todo lo cortés y pulida que se quiera, con el debido respeto, etimológicamente es lo mismo que en latín, mammosa: ‘la de (hermosas) tetas’; o sea, la ‘tetuda’.
No perdamos el contexto: Salomón está hablando de su ensayo con los placeres. Y aunque insista en que fue sólo por probar, y no por vicio, nos explica al detalle qué entendía él por vivir «a cuerpo de rey»: palacios, jardines, una alhambra con su generalife y todo, esclavos y criadas, buena mesa y mejor bodega…; y el no va más, «las delicias de los hombres»…
       ¿A alguien se le ocurre que podía olvidarse de su harén? El polígamo empedernido, que tras la hija del Faraón coleccionó hasta 700 esposas y 300 concubinas; el enamorador de la Reina de Saba, a la que «no negó nada de cuanto ella le pidió, hasta dejarla sin respiración y hacerla exclamar, ‘¡olé tus mujeres!’»   (1 Reyes, 10), ¿iba a salirnos ahora con que el clímax de su goce lo tuvo… oyendo músicas? ¿O peor aún, viendo el garbo de sus maîtres escanciando  las bebidas? Seamos serios, como nos invita el gran Coccejus.
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[1] Se ha pensado en la ciudad egipcia de Alejandría, hacia el 205 a. de C. La pista no es segura. De pronto el autor comenta: «¡Ay del país que tiene por rey a un crío!». Tomándolo como alusión política, se puede pensar en Tolomeo V Epífanes, que efectivamente reinó siendo un niño juguete de sus tutores.

[2] Se ha visto influencia estoica, aunque también epicúrea. Extraño epicureísmo, en verdad, el de uno que dice: «Mejor ir de funeral que de banquete; porque aquello a todos toca». Lógico: no perdiendo funerales haces más probable que tengas gente en el tuyo.

[3] Histoire critique du Vieux Testament, Paris, 1678; 2ª ed., Rotterdam, 1685. 

[4] Ecclesiastes philologice et critice illustratus, Leiden, 1784. 



domingo, 22 de enero de 2012

Sebastián, o el santo equívoco



  
«Pocos días después de haber vuelto Fabiola de su quinta, creyóse Sebastián en el deber de visitarla y poner en su conocimiento lo hablado entre Corvino y la esclava negra [Afra], hasta donde fuera posible sin producirle desazón innecesaria.
Hemos ya hecho observar que, de entre los muchos jóvenes nobles que Fabiola había conocido en casa de su padre Fabio, ninguno había excitado su admiración y respeto, fuera de Sebastián. Tan franco, tan generoso, tan valiente, y con todo tan poco pretencioso, tan gentil, tan bueno en obras y palabras …
Así pues, cuando se anunció a la dama que el oficial Sebastián deseaba hablarla a solas,  en una de las salas del piso bajo, su corazón latió a ritmos insólitos y evocó de repente mil fantasías raras sobre el tema de aquella entrevista. Agitación que no remitió cuando él, tras pedir disculpas por lo que parecía entrometimiento, hizo notar con una sonrisa… »

La cita es de Fabiola, o la Iglesia de las Catacumbas (1854), la popular novela histórica  del cardenal sevillano Nicolás Wiseman (1802-1865). Ayer, el día de San Sebastián me ha invitado a recordar y hojear ese libro tan pesado y tan pasado [1]. De la infiel versión peplum de Blasetti (1949) casi ni me acuerdo. Su Fabiola, Michèle Morgan; su Sebastián lo hizo Massimo Girotti [2].
Aunque el autor advierte en el prólogo que no se trata de un libro histórico ni de una relación anticuaria de la Iglesia primitiva, el público en general prefirió leerlo como una construcción realista y fidedigna de un mundo que, por otra parte, veía emerger de las Catacumbas Romanas, con todas las garantías de la ciencia arqueológica. O eso se creía [3].
Para su montaje narrativo, situado en la gran persecución de Diocleciano,  Weisman se remitía en primer lugar a las  ‘Actas de los Mártires’. Pero en ese batiburrillo literario lo más raro de hallar son precisamente actas, ignoradas o perdidas en el montón de fábula y novela. Esto vale sobre todo para aquellos últimos mártires, en vísperas de la revolución de Constantino.


Actas comme il s’en faut: San Marcelo de Tánger (o de León)
Además, las actas más auténticas (o menos sospechosas) son demasiado lacónicas para venir en ayuda de un novelista. Estoy pensando –por ceñirme a otro santo militar de entonces–, en la Pasión del centurión San Marcelo de Tánger, tan manipulado por falsarios españoles, pero con base en un documento fidedigno.
El incidente –porque otra cosa no fue– ocurrió poco antes de lo novelado en Fabiola
El año 298, en una guarnición de Tingitania (actual Marruecos), con ocasión del aniversario del emperador Maximiano, 21 de julio, el centurión ordinario Marcelo termina deponiendo armas e insignias, de lo que se levanta acta como indisciplina grave. Una semana después, el 28, Marcelo comparece ante el praeses Fortunato, que visto el caso lo remite  a Tánger, a su superior jerárquico Agricolano, 30 de julio. 
El doble interrogatorio que llevará a la sentencia capital y su ejecución (30 de octubre) apenas cubre medio centenar de líneas. Escueto y formalista a más no poder, porque lo que se ventila no es la fe religiosa del reo –su nomen christianum–, sino el sacramentum militiae, la sagrada disciplina militar.
El mismo Fortunato así lo da a entender al interrogado: nada personal, simplemente «no me es posible disimular tu atrevimiento, y por lo mismo debo transmitir esta acta a oídos de nuestros señores los Césares Augustos». El rito era rito «por imperativo legal» –aquél sí–, sin circunloquios ni rodeos.
Ante el teniente de pretor Aurelio Agricolano, un alguacil abre el segundo acto, respecto al insubordinado:

–A disposición de tu Excelencia hay un escrito que le concierne, y si me lo ordenas lo leo en voz alta.
–Léase…  Bien. Marcelo, ¿dijiste lo leído en el acta del presidente?
–Lo dije.
–¿Estabas de servicio como centurión de primer grado?
–Sí estaba.
–¿Qué trastorno mental transitorio te llevó a violar el compromiso, diciendo cosas tales?
–Ningún trastorno. El que teme a Dios no es ningún perturbado.
–¿Dijiste pues todas y cada una de las expresiones contenidas en las actas?
–Las dije.
–¿Arrojaste las armas?
–Las arrojé. [No está bien a un cristiano prestar servicio en milicias seglares, si teme al Señor Cristo].
–Es todo lo tocante a Marcelo. Queda sujeto a sanción disciplinar. En consecuencia: «Dado que Marcelo, al rechazar en público su compromiso, ha manchado el centurionado en acto de servicio, añadiendo expresiones plenas de locura, según consta en acta, deberá ser pasado por la espada» [4].

Laconismo militar, ¿verdad que sí? Pues todavía se puede suprimir tranquilamente  la línea entre paréntesis cuadrados, porque tiene toda la pinta de añadido apócrifo [5]. 


Sebastián, dos veces mártir
Ese lenguaje sobrio de las Actas ‘auténticas’ contrasta con la verborrea de las novelescas, como las de San Sebastián. Porque más todavía que Fabiola, son una novela, aunque eso sí, igualmente cargada de ideología. La tesis principal versa sobre la «milicia cristiana», un tema equívoco en la Historia de la Iglesia, en su relación con la guerra. Las de religión y las otras.
El héroe es sólo uno de los personajes principales de Wiseman: el tribuno Sebastián, cuyo nombre en Fabiola se repite casi un centenar de veces. La acción se sitúa en la más famosa de las persecuciones, bajo los emperadores Diocleciano y Maximiano, tras el edicto del 303. Diez años después el Cristianismo «sale de las catacumbas» para elevarse a religión de Estado.
Un rasgo típico de los mártires fabulosos es su raro apego a la vida. Por más que hacían por perderla provocando a sus verdugos, éstos a menudo lo tenían difícil. Los más sofisticados ingenios de tortura fallaban. El último recurso solía ser el más elemental, el hierro afilado en forma de espada o de hacha.
No fue el caso de Sebastián, murió a golpes de fusta. Pero lo que quedó fijado como típico de este santo fue un primer martirio frustrado, bajo una lluvia de flechas.

«Irritado Diocleciano mandó llevarlo a campo abierto, y atado como blanco de saetas mandó coserlo a flechazos. Así lo hicieron los soldados, y de aquí y de allí tantas saetas le clavaron que parecía un erizo (hinc inde ita repleverunt eum sagittis, ut quasi hiricius ita esset insutus). Dándole por muerto, se fueron. 
A la noche una tal Irene vino a llevarlo y enterrarlo. Pero al hallarle vivo, le llevó a su casa, en un apartamento alto donde vivía, junto a Palacio. Allí en cosa de pocos días recobró por completo la salud en todos sus miembros.» [6] 

 ¡A las puertas del Palacio imperial! Desde luego, en vez de huir como le aconsejaron, el tribuno se quedó donde estaba, y no tuvo que esperar mucho a Diocleciano para provocarle de nuevo. Repuesto de la sorpresa, el tirano esta vez manda que se le conduzca al hipódromo de palacio (sic), y allí desnudo se le azote a muerte. 
A la noche retiraron el cuerpo y lo arrojaron a la Cloaca Máxima, «para que los cristianos no le hagan un mártir de los suyos» Pero san Sebastián se apareció en sueños a Lucina, santa y devotísima matrona y le dijo: «En el tramo de la cloaca junto al Circo está mi cuerpo enganchado. Tómalo y llévalo a las Catacumbas, a la entrada de la Cripta, junto a las reliquias de los Apóstoles… »

 La carne impasible
El San Sebastián que más ha impactado en el Arte ha sido el desnudo blanco de las flechas. Aquel  cuerpo erizado de flechas –el ‘erizo’ que los ingenuos pintores del gótico trataron de reproducir–, se irá desembarazando de ellas hasta descubrir una belleza apolínea y turbadora.

 Ocurrió en esto lo mismo que en otros compromisos de la religión con el arte: con la pintura y la escultura, también la música.
La Iglesia oficial moderna y barroca veía a sus artistas plásticos como en la Edad Media había visto a sus comediantes y juglares. Inmorales en su vida privada, demoníacos,  pero capaces de captar y transmitir lo más sublime de los misterios. También el mundo de la música sacra, con sus falsetti, sus sopranisti y luego sus castrati, se volvió ambiguo.
Cuesta comprender hoy la mentalidad que llevó a la producción masiva de niños castrados para explotar su voz. Una idea al parecer original de medios eclesiásticos o cortesanos en el siglo XV –hay quienes apuntan a la España de los Trastámara–, aunque desde la segunda mitad del XVI en Nápoles se consagra como especialidad casi exclusiva italiana. Y se consagra también religiosamente por el papa Clemente VIII (1599), «ad honorem Dei».
La misma Divinidad, sin hacerse invocar como en aquella barbaridad de los mocitos capones, cargó con el honor de los nuevos San Sebastianes iconografía riquísima, en una carrera místico profana hacia un icono de  masculinidad ambigua.



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[1] Traducción española del diplomático don Ángel Calderón de la Barca, a la sazon embajador en los Estados Unidos. Publicada primero sin su nombre, por S. Sánchez Rubio (Madrid, 1856); con él, por Tejado (Madrid, 1857).
[2] Antes hubo por lo menos otra adaptación de Fabiola al cine (E. Guazzoni, 1916), Fabiola, o los mártires de la fe. La de Blasetti fue todo un anticipo, por su espectacularidad y attrezzo.
[3] «Si el lector visita el Palacio de cristal [de Sydenham, cerca de Londres], hallará en el patio romano un hermoso modelo del Foro. Sobre el terraplén elevado del ponte Palatino, entre los arcos de Tito y Constantino, verá una capilla aislada de bellas propociones. Esta es a la que hacemos alusión. Últimamente ha sido reparada por la familia Barberini.» Por lo visto, la pedagogía arquelogizante no era del todo extraña al Cardenal.
[4] Acta SS. Oct. XIII (Paris, 1883), pp. 281-282. Cfr. E. Pucciarelli, I cristiani e il servizio militare. Nardini, Firenze, pp. 300-307. San Marcelo es patrono de León. El Legendario Hispánico le hizo gallego, y casándolo con santa Nonia le atribuyó hasta una docena de hijos dispersos por la geografía patria: Claudio, Lupercio, Vitórico, Facundo y Primitivo, Emeterio y Celedonio, Servando, Germán, Fausto, Jenaro y Marcial. Todos varones, una saga de santos militares.
[5] Es de extraño sonido esa frase en boca de un oficial del ejército, y tal vez se ha tomado de otro incidente también militar algo anterior (12 de marzo 295); cuando en Tebessa, cerca de Cartago, un objetor de conciencia llamado Maximiliano se negó al servicio, alegando su condición de cristiano. Pero san Maximiliano era sólo un recluta, no un oficial, y la protesta que le llevó al martirio fue con motivo de la conscripción o leva forzosa.
[6] Pasión de S. Sebastián y Compañeros mártires, nn. 101-102. En A. Fábrega, Pasionario Hispánico, CSIC, Madrid/Barcelona, 1955, t. 2, p. 175.


De iconografía sebastianea


    Giovanni Baglione, Bronzino, Perugino...
   Abajo: Bazzi, llamado 'Sodoma', pocos tiros en el blanco, pero uno de ellos mortal de         necesidad. Poco conforme con la historia de una rápida curación, o más milagrosa., 


De la novela Fabiola (trad. española 1857):

«Sebastián, por su parte, no amaba menos a Pancracio a causa de su sincero y ardiente entusiasmo, de su inocencia y candor; pero previendo los riesgos a que expondría al mancebo su impetuosidad, le estimulaba a permanecer siempre a su lado para poderle dirigir, y si necesario fuera, sujetarle.» (Pág. 60)

«Y a propósito de esto, trabóse una competencia de amor entre el santo sacerdote Policarpo y Sebastián, empeñándose cada cual de ellos en permanecer en Roma, a fin de aprovechar la primera ocasión de sufrir el martirio.» (Pág. 81)


«… sentía Fabiola que la pena le desgarraba el corazón como un aguda saeta. Parecíale que iba a perder algo suyo propio, y que la suerte de Sebastián se hallaba ligada íntimamente a cuanto personalmente le era caro…
Interrumpióla repentinamente la entrada de una esclava con una vela encendida. Era la negra Afra, que venía a poner la mesa…
–Señora, ¿habéis oído la noticia?
–¿Qué noticia?
–Que Sebastián va a ser muerto a flechazos mañana por la mañana… ¡Qué lástima! ¡Un mozo tan gallardo!...
–Cállate, Afra, a no ser que tengas algo más que decirme acerca de ese suceso.
–Sí tengo, mi ama, y mis informes son muy interesantes…» (Pág. 374)

«Sebastián fue conducido al patio inmediato del palacio, que separaba el cuartel de estos flecheros africanos de la que hacía sido en él su propia habitación, y que estaba cubierto de varias calles de árboles consagrados a Adonis.
Caminaba alegre en medio de sus verdugos, y seguido de todos los demás soldados, a los cuales sólo se les permitió asistir como espectadores, cual si fuese un ejercicio de extraordinaria destreza.
Llegado al árbol designado, fue el oficial despojado de sus vestidos y atado a un árbol; y los cinco flecheros elegidos se colocaron enfrente de él, serenos e impasibles.
Aun más que éstos se mostraba sereno el noble soldado, gozoso ante el espectáculo de la muerte que se acercaba…
El primer moro extendió la cuerda de su arco hasta hacerla tocar con la oreja, y su flecha crujiendo fue a retemblar en las carnes de Sebastián. Los cinco fueron disparando a su vez; y a cada tiro estallaba un estrepitoso aplauso… » (Págs. 381-382)


«¿Expiró acaso, extendido como un noble guerrero, en la postura en que hoy se le contempla representado en mármol debajo del altar de la iglesia que lleva su nombre? Como quiera que sea, es imposible imaginarle más hermoso. 
Y no sólo reverenciamos esa Iglesia con especial predilección, sino también la antigua capilla que se encuentra en medio del Palatino ruinoso, y que fue edificada sobre el sitio mismo a donde vino a parar desde el árbol.» (Págs. 383-384; aquí al final, la nota 'arqueológica' [2] copiada arriba.)




El cuerpo de San Sebastián es arrojado a la Cloaca Máxima (Carracci)

«Viendo ya concluida su obra, mandó el Emperador que Sebastián no fuese arrojado al Tíber ni a las estercoleras.
–Cargadle, –dijo, –con bastante peso, y echadle en una cloaca, para que allí se pudra y sea pasto de animales inmundos. Esta vez no irá a manos de los cristianos.
Ejecutóse así. Pero las Actas del Santo nos informan que aquella misma noche se pareció a la matrona Lucina, y le dio las señas del sitio donde se hallarían sus restos sagrados, los cuales, encontrados efectivamente, fueron enterrados con todo acatamiento en el sitio donde hoy día se osstenta la basílica de su advocación.» (Fabiola, pág. 398)



San Sebastián curado de sus heridas (Ribera, Bilbao)