jueves, 20 de enero de 2011

Soñar en celta (2)




«Como un niño idiota» (pág. 193). No es la única vez que Mario Vargas Llosa aplica a su héroe una expresión de cortedad mental. Siempre por figura retórica, queda entendido. La primera es cuando el jovencísimo Roger, empleado de una naviera inglesa con base en Liverpool, repetía como lección aprendida en libros y prospectos de propaganda el credo imperial británico, sobre la misión civilizadora de la Europa colonial: «Sus compañeros de oficina cambiaban miradas burlonas, preguntándose si el joven Roger Casement era un tonto o un vivo, si creía esas tonterías o las proclamaba para hacer méritos ante sus jefes.»
Casement, que de bobo ni de ingenuo no tuvo nada –aunque en efecto, «no muy preparado intelectualmente» (dejó la grammar school a los 16 años para ganarse la vida)–, sorprenderá al mundo con escritos lúcidos y documentados, dignos de la pregunta evangélica: «¿Cómo sabe éste de letras sin haber estudiado?» (Juan 7: 15).
No se hizo el Imperio a base de titulitis, sí en cambio con una escolaridad escueta y castrense, de probada eficacia como preparación para la vida. Casement fue una muestra. Organizador nato, más que teórico, fue a la vez lector de gran apetito y buena digestión. En una de sus últimas publicaciones, Sir Roger se referirá a sí mismo en tercera persona como quien «ha hecho de la historia de Europa un estudio de por vida, y cuya preparación en el servicio consular inglés le ha colocado en situación de argumentar sobre base fáctica segura» [1].
Por eso mismo desconciertan tanto las pocas pero grandes tonterías de su vida. En particular, su última liaison con el confidente Eivind, sin prudencia alguna; o, simultáneamente, su plan absurdo de meter a Alemania en la guerra de independencia de Irlanda. La hormona y el destino no razonan.


Diplomacia
Casement se embarca en la aventura colonial casi desde la adolescencia, y la vive plenamente en África desde los 20 a los 40. El padre viudo había muerto siendo él niño todavía, dejándole el recuerdo de un miles gloriosus imperial retirado, que había servido en Asia. Roger Casement hijo no le seguirá en el servicio militar, prefiere el civil, y será diplomático, no por casta naturalmente, ni por preparación académica, sino forjado en la experiencia colonial africana.
La lógica nos pide fe para creer que le animaba un altruismo juvenil. Un alma pura y purificadora, que por sus pasos irá descubriendo el horror del colonialismo no británico. Tampoco los británicos son perfectos, pero no se trata de eso; y en todo caso, ni comparación con los monstruos latinos.
¿Cómo cuánto tiempo le llevó la bajada del limbo al infierno? Sin prisas. Pone pie firme en África Ecuatorial con 20 años (1884), se enrola en empresas típicamente coloniales pioneras, creando bases, abriendo vías comerciales.
En especial, dos veces trabaja para Stanley. La primera, en la expedición congoleña de 1884, por cuenta de Leopoldo II de Bélgica, sonsacando a los jefes nativos el compromiso escrito de ceder al hombre blanco sus gentes, tierras, riquezas y derechos, a cambio de la civilización. Una broma pesada, que hace recordar aquel ‘requerimiento’ famoso de los conquistadores hispanos a los caciques indios. En seguida vino la Conferencia de Berlín (1885) y la entrega del Congo a merced de Leopoldo.
Empleos temporales que Roger va dejando por su voluntad, eso sí, con nota de cumplidor eficaz; también «amigo de los negros», que no para todo el mundo significaba un elogio.

Por probar de todo un poco, un par de meses estuvo al servicio de una misión bautista. La novela ‘El sueño del Celta’ (págs. 62-66) pone énfasis religioso en este episodio, que en marzo de 1889 cierra una primera etapa africana. A su vuelta de la metrópoli (1890) se hace amigo de otro aventurero de origen polaco, que luego fue novelista célebre con el seudónimo de Joseph Conrad.
Por lo visto, este Konrad Korzeniowski también iba a África en misión blanca, de la que su trato con Casement le sacó, en propia confesión, «desvirgado» (pág. 73). Y su peculiar bajada a los infiernos se tituló El corazón de las tinieblas, ensayo de pesimismo agustiniano en clave literaria.
En el cap. VI (pág. 80), el Celta es ya desde hace años miembro del servicio consular británico. Cómo ha accedido a este empleo, donde hará carrera brillante, no se dice en la novela. Para ser cónsul o cosa parecida no es preciso ser diplomático, pero entonces hay que ser alguien, apellidarse algo, tener un negocio, una reputación, relaciones.
¿Desde cuándo Roger Casement era agente de Inglaterra?
Pongamos, desde el principio. Desde 1884, o antes. Si yo fuese novelista, dejaría suelta la imaginación por covachuelas del Foreign Office, con ficheros de agentes y espías diseminados por la telaraña imperial global. Las navieras de Liverpool facilitaban oficinistas y factores muy discretos y muy enterados del movimiento mercantil mundial. Gente ideal para buscar las vueltas a cualquier competidor de la Gran Bretaña.
En África ecuatorial el competidor a vigilar se llamaba Francia, se llamaba Bélgica –o mejor dicho, Leopoldo I del Congo–, se llamaba Alemania. Portugal en cambio no contaba, porque el enorme potencial africano de este dócil y probritánico país lo gestionaban los propios ingleses. Así que, para espiar a los dos vecinos nombrados, Francia y Leopoldo, mi fantasía pondría el observatorio más adecuado en alguna colonia inmediata portuguesa, digamos Mozambique o Angola.
Pues sí, en efecto. En 1895 era nombrado cónsul de Lorenzo Marques, la capital de Mozambique, que hoy se llama Maputo. Antes, en 1892, el agente Casement había dejado el Congo por Nigeria, como ‘Comisionado Itinerante para el Protectorado de la Corte del Níger’. Algo había que poner en la tarjeta de visita y en el membrete de las cartas.
Al cambio de siglo, los abusos del Congo Belga ya son chirriantes incluso para una colonia no británica. Un publicista, Edmundo Morel, ha descubierto que en el casino del rey Leopoldo se juega. El juego consiste en cambiar armas, chicotes y cuentas de vidrio por marfil, caucho y otras mercancías de gran valor.
Aquella misión de Stanley, en la que tomó parte Casement, arrancando firmas y cesiones a los nativos, da sus frutos. El cumplimiento de ‘contrato’ se exige por ley marcial. Los misioneros en general lo saben. Católicos o evangélicos, están habituados a esos modales coloniales y encomiendan la causa al Señor, con la boca bien cerrada. Sólo espíritus inocentes, como son los misioneros norteamericanos, se escandalizan de lo que ven y levantan la voz.

[A Casement le caen muy bien esos americanos. Él mismo, de no haberle llamado el Destino o ‘Principio Primero’ a la misión de África, pudo haber sido uno de ellos, otro inmigrante en América. Con pocos años más, quién sabe, uno de los valientes imbéciles irlandeses caídos con el comandante Custer (1876), cuando él en el Ulster se estaba quedando ya del todo huérfano.
Años más tarde, en la selva peruana, el cónsul Casement sabrá distinguir perfectamente entre dos masacres de indios, según ocurrían a uno u otro lado de la línea equinoccial: en Norteamérica era daño colateral necesario; en la Amazonía, una salvajada sin paliativos. Pero no anticipemos, cada cosa a su tiempo.]

Aquí, ya efervescente, mi fantasía llama de nuevo a escena al flamante cónsul, que con mucho gusto revelará lo que sabe, y lo que no sabe lo averiguará, para que el mundo sepa las malas artes de la competencia. Así cualquiera. Habíamos quedado en que las tres lacras a borrar del mundo salvaje eran esclavismo, canibalismo y paganismo. Y va el Leopoldo y sale con estas: chicote, mutilación, explotación, genocidio. Eso es violar el fair play. Así cualquiera extrae caucho competitivo.
He ahí la cruzada del caballero Casement, en cabeza del movimiento ciudadano por los Derechos Humanos y la Reforma del Congo. Ni oportunista ni farsante. Buen funcionario. Y, oiga, este hombre sabe escribir.
Por de pronto, entiende de maravilla el lenguaje diplomático: Para encontrar las llaves de la política «no hay que buscarlas en los Libros Azules ni Blancos, donde los encargados de esconderlas al público dan pistas cuidadosamente estudiadas». El Casement que así descalificaba la verdad del diplomático –refiriéndose a la Gran Guerra y sus causas, en el panfleto citado–, estaba haciendo exactamente lo mismo que reprochaba, o sea, lo mismo que él tenía practicado en lo muchísimo que escribió, salvo en algunas cartas íntimas, algunas poesías, alguna página que otra de sus diarios.

Memorias de África
Huyendo del horror del Congo, tal como se pinta en el Informe general de Mr. Casement (Londres, diciembre 1903), y aun recelando que se quedaba corto, pensé relajarme un poco en alguna otra colonia menos ingrata, y viajo con el pensamiento al edén de la baronesa Karen von Blixen-Finecke, que en 1913 fue a establecerse a 3 leguas de Nairobi, en Kenia. Como parque natural, este país se hizo famoso en el mundo por el safari de Theodor Roosevelt (1909). El hall de ingreso al Museo de Historia Natural de Nueva York exhibe algunas pruebas materiales de aquella efusión naturalista del señor Presidente.
(Para entonces, Casement planeaba su aventura equinoccial en el continente americano. El caucho, otra vez.)
Todos hemos soñado paraísos en África joven y perdida. El cine ayuda lo suyo. La película de Pollack (1985), con Meryl Streep y Robert Redford triangulando a Klaus Maria Brandauer, nos da el trabajo prácticamente hecho. La pongo, y de paso hojeo la novela, ‘Out of Africa’.
Desde luego, no es mi intención aguarme la fiesta con comentarios a destiempo. Pero tampoco puedo impedir que otro los haga:

«’I had a farm in Africa’ (Yo tuve una granja en África) trata bastante de historia, y no hay literatura inocente de historia»
No debe olvidarse que la implantación británica en el país de los kikuyus fue brutal, primero a manos del traficante John Boyes, detenido finalmente por robo a mano armada, sin que el poder viniese a mejores manos ni las matanzas desaparecieran.
«Entre 1902-1906 grupos kikuyus (iraini, embuku) fueron exterminados. La expedición de febrero 1904 contra los iraini dejó, «en cifras oficiales, 400 muertos; pero Meinerzhagen, que estuvo personalmente implicado, consideró que un cálculo de 1.500 se quedaba corto. Cifra que, no obstante, se suprimió de su relación siguiendo instrucciones de Eliot, al temer éste que traería problemas a Hinde, si una lista de bajas tan larga llegase a Inglaterra.»
«En junio 1905 el ataque fue contra los sotik: 92 muertos, 2.000 reses de ganado mayor, 3.000 de ovejas y cabras, al reparto de botín. Pocos meses después se dio muerte a 400 miembros de la tribu gusu. En la provincia de Kisumi la resistencia fue feroz. En 1905-1906 los británicos, con mercenarios masais y somalíes, atacaron a los nandi por sexta vez, causándoles 1.117 bajas mortales… » [2]

La misión oficial de Casement por aquel entonces era investigar y publicar, para espanto del mundo civilizado, las brutalidades del colonialismo belga en su saqueo del Congo. Luego le tocará el turno a la Amazonía, devastada por peruanos sin conciencia y consentidos suyos.
Todo sea por la goma de mascar y para otros usos.

(Continúa)
 
[1] Roger Casement: The Crime Against Europe. A Possible Outcome of the War of 1914. The Echo Library 2007 , 76 págs (Artículos escritos antes de estallar la guerra. Publicado primero en Filadelfia, luego en Berlín. Introducción fechada en Diciembre, 1914).
[2] David Ward, Chronicles of Darkness. Routledge, 1989, págs. 49-50.

lunes, 17 de enero de 2011

Soñar en celta (1)



Cuando Mario Vargas Llosa dio por terminada su último libro, El sueño del Celta –biografía novelada de Roger D. Casement (1864-1916)–, no tenía idea de que ese mismo año sería Nobel. Menos la tenía yo, que por entonces, junio del año pasado, me referí a Casement sin conocer siquiera ese proyecto del escritor a quien tanto admiro.

Mis notas sobre el Congo Belga del rey Leopoldo II, que al final crecieron en pequeño estudio de 30 páginas (Belosticalle, 8, 18, 23 y 28 de junio 2010), se centraban en un punto crítico de interés muy personal, como refleja el título: ‘El silencio de los moruecos: La Iglesia Católica ante el Congo Leopoldino (1885-1909)’. Aunque citaba a Casement –pues cómo no, por su Informe (1903) sobre tanta barbaridad silenciada, y por su papel en la humanitaria Asociación pro Reforma del Congo–, ‘el Celta’ no era mi protagonista. Por eso me limité a recordar de su vida lo que más impacta: su final trágico, con deshonor y horca, por alta traición a la Corona Británica.

Por supuesto, ya he leído la novela de Vargas Llosa, y como escritor sin público me da envidia admirativa, en las librerías, ver esas columnas salomónicas de ejemplares de El sueño –esos ‘altos’, como suele llamar él en su peruano a los montones o rimeros–. Mis horas con Mario me ha hecho volver con interés y empatía sobre el ser humano que fue Roger Casement.

¿Ha dado con él don Mario?
No hago crítica literaria. No sé, como otros, si el libro está o «no está a la altura de su autor ni de la historia que cuenta», si al novelista «le queda grande su personaje». Digo que me ha interesado, me ha informado y, en una palabra, me ha gustado. Pero no me ha colmado. 
Casement es una personalidad escurridiza de principio a fin. Una trimurti de personalidades en conflicto. Carne tentadora para novelistas y biógrafos. Pero Casement fue hombre de acción y agente histórico en una empresa no menos escurridiza, como fue el colonialismo. Al problema de sus motivaciones en los discutidos Informes Casement (sobre excesos coloniales en el Congo Belga y en la Amazonía peruana) se junta el Escándalo Casement de los desconcertantes Diarios Negros.
Y en esos barrizales históricos mi preferencia va por la investigación histórica, mucho más que por la novela. Incluso en la novela histórica, me gusta saber a qué carta quedarme, qué es ‘verdad’ y qué es invención. El autor, expresa y honestamente, se declara novelista (pág. 449); bien documentado, no cabe duda, pero sin el compromiso del historiador o el biógrafo con el dato. Mi impresión es que, en la bibliografía sobre el ‘Caso Casement’, este libro va a pasar como prescindible.
Como relato, El sueño del Celta me parece bien construido. Un acierto, ir presentando al héroe-villano como galería de autorretratos memorizados día a día, en las últimas ocho jornadas de espera angustiosa y dilemática del indulto o de la soga, en la cárcel de Pentonville. Un acierto pleno, el contrapunto del sheriff carcelero inglés, que detesta y desprecia al reo irlandés pero acaba empatizando con él. Un acierto, motivar los recuerdos al hilo de las visitas que recibe el preso, desde la sensible prima Gee, amor secreto de su juventud, pasando por la de su mentora en ‘celtismo’ irlandés, la erudita Alice S. Green  George G. Duffy, el abogado medio de oficio, y por último los capellanes católicos Carey y MacCarroll, o el verdugo y futuro suicida Mr. Ellis con su ayudante. Todo eso entretiene, pone intriga y hasta resulta buen truco para que tengas que releer el libro, porque tanto peinar la baraja te ha despistado.
Para mayor claridad, el discurso se parte en tres: ‘El Congo’ (125 págs.), ‘La Amazonía’ (199 págs.), ‘Irlanda’ (104 págs.). El relato se complementa con un  conciso epílogo post mortem, a modo de epitafio, catálogo de realia y recuerdos como guía del improbable peregrino sentimental, y un poco como justificación de autor. Nada parecido a un apéndice documental, ninguna orientación bibliográfica, una lástima. Ni un solo mapa de regiones inmensas, ignotas, que en tiempos de Casement entraban por vez primera en el Atlas.
Tres partes. Si de la primera restamos la introducción y primera etapa vital del personaje, queda para el Congo e Irlanda juntos la misma extensión que la dedicada a la Amazonía (200 páginas). Es lógico. Esta parte media fue la que movió el interés del escritor peruano, y es la más novedosa.
Tres partes. Algo así como tres avatares de un alma huidiza hasta de sí misma, en conflicto identitario religioso, étnico, ético. En triple conversión, que en realidad es trina y una: del idealista colonial al anticolonialista; del civil servant británico, al irlandés antibritánico; del protestante nominal, al católico formal. En suma: del Casement confuso, al Casement enigmático.
El novelista desarrolla sus tres partes como fases sucesivas de una biografía. Ciertamente la etapa amazónica fue consiguiente a la congoleña, cuando el diplomático británico era una celebridad respetada y denostada. Y la etapa irlandesa vino después de las otras, en lo que tuvo de traición y tragedia. Ahora bien, ¿fue Casement tan converso al nacionalismo? ¿Y una vocación tardía? Bueno, el libro no lo dice así, pero el hilo del relato lo deja suponer, quitando relieve a la conciencia nacionalista juvenil.

Los Diarios Negros
Empiezo por ellos, porque la intimidad sexual de Casement, como de cualquiera, en sí misma es irrelevante. La literatura diarística está llena de notas íntimas, a veces en clave, que los editores descifran para que el lector se entere de cuándo se masturbaba Amiel (otro que tal), o cuándo Samuel Pepys se iba de picos pardos.
Casement dejó notas de ese tipo, sólo que explícitas, muy crudas y reveladoras de un homosexual y pederasta. Ese material fue la base de unos Diarios que el Gobierno británico divulgó para difamarle y frenar la campaña en pro de su indulto. Lo primero lo consiguió de sobra, incluso entre correligionarios y antiguos amigos del desgraciado. En aquella sociedad era mucho peor que un fementido, un pervertido. La cuestión fue, y sigue siendo, qué hubo de verdad y de realidad en todo ello, y en qué medida tales ‘pruebas’ se falsificaron, en un país y una cultura de maestros en la especialidad del fake y del hoax.
En este punto, el novelista Vargas reconstruye varios episodios y contactos, todos fortuitos y tratados con castidad. Una última relación sentimental harto extraña, la que entabló en Nueva York (1914) con el joven aventurero noruego Eivind Adler Christensen, su amante y su judas.
Vargas Llosa es ecléctico: «Mi propia impresión –la de un novelista, claro está– es que Roger Casement escribió los famosos diarios pero no los vivió, no por lo menos integralmente, que hay en ellos mucho de exageración y ficción, que escribió ciertas cosas porque hubiera querido pero no pudo vivirlas.» Así de expeditivo.
Sin haberlos leído, no se puede tener idea formada, pero tampoco me entra en la cabeza un practicante de incógnito en las condiciones de Casement. Recuérdese, antes que diplomático ya había sido aventurero en África, precisamente a las órdenes de otro raro sexual como fue Stanley. Quien se figure que la selva congoleña o amazónica era buen escondite para nadar contra corriente en materia de sexo demuestra estar mal informado. Lo mismo vale para el diplomático en misiones ingratas, largos viajes siempre en compañía, en constante actividad. Si los diarios retratan a un obseso a tiempo completo, lo más probable es que estén muy, muy interpolados. Hay cosas imposible de ocultar; y como digo, la selva y otros despoblados no son de lo más discreto.
La Irlanda católica se sintió especialmente incómoda con los Black Diaries, a pesar de que Casement no era formalmente católico (v. pág. 369).Un estudio serio sobre el particular tendría que distinguir:  por una lado, una homosexualidad ‘normal’, digamos, –como la que en el relato unió por unos meses a Casement con Christensen (págs. 401-408)–, o como las catas erótico-esteticistas de cuerpos nativos hermosos; por el otro (que el libro ni menciona), una hipotética pederastia, incluso criminal y con abuso de poder, precisamente durante sus misiones de investigación humanitaria. Y aquí entraría la historia con ‘Charlie’, el negrito protegido de Casement, al que llevó consigo como criado durante 16 años (pág. 59). Lo cual, de contemplarse en serio, pondría al diplomático en inevitable parangón con sus compatriotas sacerdotes y religiosos adictos a cierta praxis tradicional que hace poco sale a luz, y no sólo en Irlanda.
Cambio de tercio.

Los motivos del cruzado
Este es, para mí, el aspecto más delicado de Sir Roger Casement. No su cruzada humanitaria en sí misma –la denuncia de los excesos coloniales contra pobres nativos–, sino el porqué. El filántropo irlandés Casement conoce a otro filántropo de origen francés, el histriónico Edmund D. Morel, que le viene muy bien para poner a la causa un rostro que no sea el suyo de diplomático. ¿Fue toda aquella alharaca filantropía en estado puro? Para el bueno de don Mario, parece como que sí. O, si se prefiere, deja que el lector lo decida. Y con los datos de una novela, eso no es posible.
Roger Casement, hijo de neuróticos, tuvo una personalidad neurótica, en perpetuo conflicto de identidades y lealtades. Esas preocupaciones las somatizaba hasta el masoquismo. Y los achaques le daban fuerte, qué coincidencia, siempre al comienzo de cada misión redentora.
Es verdad que contrajo paludismo, con reinfecciones tremendas. Un mal destructivo por sí solo, pero no contra nuestro irlandés. Sus dolencias, de lo más variadas, se hicieron crónicas, y como es frecuente en neuróticos, siempre domeñadas por una voluntad de hierro. Los que escriben vidas de santos conocen mucho de esto. Late en el fondo la idea obsesiva de «pureza de intención», con agonía incluso física, que una vez emprendida la acción se cura como por milagro, o no se siente.
De todas formas, el diagnóstico de neurosis no es temeridad mía. En Alemania, en la más violenta de aquellas crisis, Casement se atuvo a tratamiento psiquiátrico, incluso como interno por breve tiempo (v. págs. 428-431).
Como a los místicos neuróticos, la idea del suicidio no le fue extraña. «Ir a Irlanda, pensando que el Alzamiento está condenado al fracaso, es una forma de suicidio», se hace decir a un religioso irlandés (pág. 435). Pero el interpelado irá a Irlanda, e irá provisto de una dosis mortal de curare, por si los ingleses le capturan.
Volviendo a la cuestión: ¿Qué clase de Quijote fue Casement contra el Rey de los Belgas, Casement contra el Rey del Putumayo cauchero, Casement contra el Rey de Inglaterra?
Lo dejo en suspense, incluso para mí mismo.

(Continúa)

lunes, 10 de enero de 2011

«Mujer, ¿por qué lloras?»


–Mujer, ¿por qué lloras?
–Porque han quitado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.
Al decirlo, se vuelve ella a su espalda y ve a Jesús de pie, sin caer en cuenta que era Jesús.
Jesús le dice:
–Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?    (Juan 20: 13-15)

                                                                     
Nosotros aquí de cháchara sobre los Reyes Magos, mientras la Ciencia –Science, en inglés– daba otro paso de gigante, a los que nos tiene acostumbrados últimamente. Una zancada decisiva hacia la comprensión del secreto mejor guardado de la condición femenina.
El 6 de enero esa revista en su versión digital publicaba el trabajo de un equipo israelita, liderado por Noam Sobel, revelando que las lágrimas de mujer tiene poder refrigerante sobre el instinto sexual del varón, y aunque inodoras, podrían contener algún componente químico ignoto con función de feromona [1].

The First Con
La ocurrencia, o dicho en jerga científica, la hipótesis que dio pie al experimento, surgió a partir de los ratones, donde las lágrimas sirven de señal química entre individuos. Que las lágrimas humanas también son señales indicadoras, es cosa harto sabida sin experimentos de laboratorio. Ya en los principios del ferrocarril se dejó oír en distintas variantes este diálogo, hasta entonces inédito:

–Mujer, ¿por qué llora?
–Se me ha metido una carbonilla en el ojo, caballero.
–¿Me permite?...
–Si es usted tan amable…

Pero eran señales ópticas, o también acústicas, si la mujer se jaleaba con sollozos. Lo que nadie imaginó hasta ahora es que las lágrimas femeninas también ‘huelen’; y no deja de ser curioso, pues al mismo tiempo resulta que son inodoras.
Ante todo, ¿se trata de un trabajo serio? Depende. Los autores y la revista no van de broma, no es ninguna inocentada. El Dr. Sobel lleva un grupo de investigación en olfato, dentro del departamento de Neurobiología del Instituto Weizmann, y en este campo han desarrollado una silla de ruedas eléctrica que se gobierna ‘esnifando’ (en realidad, por la presión nasal). Una relación –se argüirá– algo remota con el bulbo olfatorio, centro de interés del grupo investigador, pero interesante y patentable.
Tampoco el experimento de las lágrimas afectaría al olfato propiamente dicho. Pero, como todo lo que se relaciona con el sexo, aquí hay gancho para el público y para la siempre reñida pesca de fondos. Buscamos en la red «lágrimas de mujer», «women’s tears» y cosas así, y he aquí que un tema tan de interés universal lo acapara Sobel.
Todo lo cuál no quiere decir que Sobel descuide sus deberes. Aquí por ejemplo, le vemos firmando un sesudo trabajo sobre electroolfatogramas (EOG), técnica de medir potenciales eléctricos semejante a la popular electroencefalografía (EEG), sólo que aplicada a las células sensoriales del epitelio olfatorio –la doble área en las fosas nasales superiores, unos 5 cm2 en total, por donde olemos–, estimulado por sustancias olorosas de verdad.

Japan strikes back
¿De qué va el hallazgo? Antes de contar el experimento, veamos su porqué.
En julio de 2010 un equipo japonés dio a conocer en Nature que la secreción lagrimal del ratón macho contiene una sustancia que estimula a la hembra (a través de una estructura cuasi olfatoria, llamada órgano de Jacobson) y la hace receptiva [2]. Manos a la obra, Sobel y colaboradores quieren saber si en humanos funciona algo parecido. Para fines de septiembre ya estaba la respuesta en poder de Science, que nos la ha traído como regalo de Reyes, el 6 de enero.
En principio, lo lógico sería remedar el experimento japonés. Es lo que haría cualquier atolondrado. El problema es que los humanos hemos perdido ese precioso órgano detector de moléculas, tan eficaz en roedores y carnívoros, reducido en nuestra especie a un vestigio evolutivo; y aun el olfato propiamente dicho lo tenemos bastante atrofiado, en beneficio de la vista sobre todo. No obstante, seguimos dependiendo del olfato también para detectar señales intersexuales emitidas con las secreciones: sudor, mocos, saliva tal vez, ¿por qué no lágrimas?
Otro problema está en las propias lágrimas humanas. Como secreción anti irritante valen lo mismo en ambos sexos, y prescindiendo del llanto común de los niños, en la edad adulta el sexo llorón por excelencia es el femenino. ‘Lágrimas de mujer’ es una expresión consagrada, que hace más prometedora en ellas la búsqueda de cualquier molécula ignota, en relación con el sexo.

The Set-up
Dicho y hecho. Como donantes de lágrima emocional se escogieron 6 mujeres de unos 30 años, de llanto fácil, capaces de llorar de encargo; las cuales provistas de sendas ampollas lacrimatorias (como la que usaba Nerón/Ustinov en Quo vadis?) visualizaron escenas fílmicas lacrimógenas y recogieron el llanto vertido, 1 ml por sesión.
Como control sucedáneo de las lágrimas se usó disolución acuosa salina (‘suero fisiológico’), y tras hacerle recorrer el mismo trayecto que las lágrimas por las mejillas femeninas (para captar la misma impronta de secreción cutánea, suciedad o cosméticos) se recogió en ampollas iguales.
Como excitante para comprobar efectos se prepararon imágenes de rostros femeninos manipuladas, combinando rasgos alegres y tristes para inducir ambigüedad emocional, de modo que el posible efecto no fuese atribuible a su atractivo o repulsión.
Como pacientes voluntarios actuaron 24 varones heterosexuales, entre 23 y 32 años. Durante el experimento, y como parte del mismo, cada uno llevó pegado debajo de la nariz, a modo de mostacho, un cuadrado de algodón empapado previamente en lágrimas no emocionales (lágrimas neutras).
1. Abierto un lacrimatorio fresco de 2 horas como mucho, o bien un control, cada paciente practicaba 10 inhalaciones nasales profundas.
2. Tras la inhalación, se le mostraban las imágenes faciales, pidiéndoles su apreciación sobre la emotividad y atractivo sexual de los mismos.
3. Antes de la inhalación y después de ella, durante la incitación visual (fase 2), se les tomaron a los pacientes medidas de los ritmos cardíaco y respiratorio, temperatura cutánea y nivel de testosterona.
4. También se les exploró la actividad diferencial del cerebro mediante resonancia magnética, empleando como estímulos visuales imágenes femeninas moderadamente eróticas.
Resultados y conclusión:
1. Ningún varón detecto diferencia alguna en el olor de las lágrimas y el agua salina.
2. Las lágrimas no influyeron en la apreciación de la tristeza de los rostros ni provocaron tristeza empática.
3. Tras inhalación nasal y olfacción de las lágrimas, los rostros parecieron sexualmente menos atractivos. Al mismo tiempo, descendieron los parámetros citados (pulso, respiración, temperatura, testosterona), señal de depresión sexual.
4. También la resonancia magnética reveló diferencias de comportamiento en las áreas cerebrales que de ordinario responden a la excitación sexual –concretamente el hipotálamo, amígdala y giro fusiforme del lóbulo temporal posterior. El olor de las lágrimas indujo depresión en la actividad de las mismas.
5. En suma, la respuesta a la inhalación olfatoria de lágrimas emocionales femeninas sugiere la presencia de algún factor químico inodoro que actuaría como feromona depresora del impulso sexual masculino.

The Round-up
¿Qué pensar? Por de pronto, se trata de un ensayo preliminar, que ha provocado el natural interés y la no menos natural rechifla de rigor en esta materia.
La comunicación intersexual tiene un código muy complejo y no bien conocido de señales codificadas visuales, acústicas y por supuesto, químicas. Un sistema originado y construido en la evolución, pero también modificado por la cultura, incluso en sus elementos más primarios, como es la interpretación del lenguaje molecular o químico.
Nuestros quimiorreceptores externos están representados mayormente por el gusto y el olfato, al que se asocia el referido órgano de Jacobson, muy desarrollado en mamíferos roedores y carnívoros, que también son grandes oledores, a diferencia de los primates, cortos de olfato y con el Jacobson perdido.
Tanto este órgano –en las especies donde funciona– como el olfato propiamente dicho van unidos al bulbo olfatorio, conectado a centros cerebrales donde se elaboran patrones de conducta instintiva.
Las lágrimas, que seguramente empezaron su historial como lubricantes de los limpiaparabrisas que son los párpados, incluyeron también sustancias antisépticas, como la lisozima, y también feromonas, como en el ratón macho. Pero los humanos tenemos en exclusiva el fenómeno del llanto, como también la risa, expresivos de emociones. Darwin les dedicó un estudio tan admirable como inconcluyente respecto a su origen y desarrollo.
La risa y el llanto tienen mucho de cultural –el llanto sobre todo–. La mujer como norma llora más que el varón («cuatro veces más», leo por ahí, no sé con qué fundamento), y lo hace más fácilmente, incluso de encargo (como las plañideras). Pero en otras épocas también los hombres lloraban mucho, sobre todo en público. El lloro de etiqueta –en latín luctus, de ahí ‘luto’– es mayormente cultural y aprendido, lo que no excluye su emotividad. Por otra parte, el llanto femenino lleva fama de ser (¿hasta cuatro veces, o más?) insincero.
En suma, sorprende que algo tan primitivo como una feromona lagrimal inodora siga funcionando precisamente en el llanto humano. Un supuesto de poco efecto en cualquier caso, pues en este dominio somos lo bastante perspicaces como para conocer los afrodisíacos habidos y por haber, reales e imaginarios, como también los depresores sexuales de alguna importancia, sin haber tenido que esperar al experimento de Sobel. Los clásicos, Eurípides, Ovidio…, no tuvieron ni idea de semejante efecto.
Y aquí termino por donde empecé. Nuestra cultura bíblica tiene mucho que ver con el llanto, pero bien poco o nada con la hipótesis de Sobel. Llanto de mujeres, varones y niños. Llanto de pena, o bien de alegría. De los pobres bienaventurados que lloran, y de los ricos condenados al infierno, que también lloran lo suyo. Lágrimas de la Virgen Dolorosa, Lágrimas de san Pedro
«Llorar como una Magdalena». La tradición identificó en una misma María a la hermana de Marta y Lázaro y a la anónima pecadora de Magdala arrepentida. Me parece ridículo imaginar que su llanto perpetuo tuvo por objeto el ‘efecto Sobel’, cuando por otra parte la tradición gnóstica heterodoxa implicaría lo contrario, por lo que respecta a sus sentimientos hacia Jesús.
La muestra de Sobel parece insuficiente, a tenor de trabajos como el de Toledano & Pfaus (2006)-  Otros van más lejos y protestan el dinero tirado. Como experimento, parece relativamente barato (por ahora), y más reprochable que hacerlo es concederle relevancia científica, pues en realidad no se ha descubierto nada.
¿O sí? Sobel relaciona su resultado con el hecho de que las mujeres lloran más durante el período. Con igual humor yo le diría que su ‘golpe’ explica también la costumbre de que las nuevas viudas se encierren en casa, en vez de ir al entierro del difunto marido. Para no espantar a eventuales pretendientes.  
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1) S. Gelstein & al.: 'Human tears contain a chemosignal'. Science DOI: 10.1126/science.1198331
2) Sachiko Haga & al.: Nature, 466 (julio 2010): 118-122.