martes, 2 de febrero de 2010

Trilín, tralán, Isabel Celaá...



¡Ay, mi Señora Doña Isabel Celaá! Que nos estamos liando, con eso de la panglosia. Que eso fue en la pascua de Pentecostés, y aquí no hemos salido de la Cuaresma.

Con que bilingües en euskera y castellano, y trilingües con el inglés. Por ese orden. Y eso de «el vascuence, tan difícil...»; más que el gallego y el catalán juntos... Suena a sucedáneo de aquello otro de 'ayudar a la lengua más débil'. Y el resultado va a ser el mismo: primar el euskera por encima del castellano, que total, se aprende por sí solo. ¿Y el inglés? Ése de postre, para los niños buenos que se coman todo el euskera del plato sin dejar sobras por los bordes.

(Me repito, soy consciente. De veras, no me hace feliz revolver en estas cuestiones, teniendo tantas cosas positivas para disfrutar. Pero es que subleva un poco que te tomen por idiota. Y en este tentadero de idiotas, cada día nos sorprende un sofisma nuevo. En realidad, el mismo sofisma con nuevo aderezo. Ahora toca trilingüismo bilingüe. ¿Pues qué, si no?)

Soy de los que celebrábamos el cambio de gobierno, y en particular la consejería de Celaá. Este último detalle demuestra, supongo, que no soy del PP. Nos alegrábamos, digo; y no era difícil. Aunque sólo fuese por el alivio de despachar al petardo de Consejero. Pero también con esperanza, porque su sucesora traía fama de inteligencia, sensatez, honestidad. Personalmente no la conozco. Sólo en una ocasión, hace bien poco, hemos cruzado unas frases de circunstancia, y la impresión no ha defraudado. Mujer muy política, y sin embargo espontánea. O eso me pareció.

Pues bien, ahora toca decir lo dicho, y añadir estotro: que tampoco me hice grandes ilusiones. Como todo el PSE, Isabel Celaá tiene una política lingüística más próxima a la de los talibanes como Campos que, por ejemplo, a la mía. Por una simple razón: los talibanes tienen política lingüística, y yo prefiero que no haya ninguna.

Años atrás, uno era más idealista. Veía factible cierta política favorable al vascuence, sobre la base de un compromiso social. Visto lo visto, he espabilado (por usar la expresión del ex lendacari Ibarretxe). El uso interesado del euskera con fines políticos de discriminación, lucro, poder y construcción nacional me ha resabiado, lo confieso.

La mejor política lingüística, aquí y hoy, es el laissez-faire, ese coco del nacionalismo impositivo y gorrón. Que cada cual mueva la lengua como guste (sin acabar como el penitenciado de Goya), y el que quiera caprichos que se los pague.

Ayer mismo, a las declaraciones de Celaá, salía uno diciendo que leía El Correo aunque fuese en castellano, pero que lo prefería en euskera. Pues ya lo sabe, amigo, a costearse la edición, y no nos venga con que entre todos financiemos esa fantasía.

Quien ame el vascuence, que lo estudie como otros hemos hecho, y si gusta, que lo hable en privado y en público, que lo escriba, lo enseñe, lo cante y lo baile. Pero por favor, sin dar la murga al prójimo.

¿Protección oficial a la lengua? Hasta ahí llego –ingenuo impenitente que es uno–; pero eso ya con reservas. La letra pequeña, ya saben; dar la mano y quedarte sin brazo. ¿Recuperación de la lengua? Si es lo mismo que euskaldunización o normalización lingüística, no, gracias. ¿Requisito laboral? Depende: en áreas de bilingüismo real, psch. Lo que estamos viendo al respecto, qué voy a decir, un atropello. Más a nivel personal, creo en el darvinismo lingüístico y me parece un despilfarro lo que nos está costando esa especie protegida. Lo siento. Si la supervivencia del moribundo asistido dependiera de una sola palabra, he aquí la mía: «Desconecten».

Me cuesta escribirlo. Sabiendo, además, que esta página es intrascendente. La cuestión no es lo que uno escribe o dejo de escribir, sino cuánta gente piensa lo mismo y no se manifiesta. Esa si que es consulta pendiente, no la de Ibarretxe.

Así pues, doña Isabel, no se me pique si adorno este ejercicio de redacción inútil con esa tabla tan bonita del Bosco, El Trilero. No va por usted, persona honesta en quien confío. Va como alegoría de la Política, que algunas veces nos engaña a los ciudadanos transeuntes, pero muchas más pega el timo a su verdadero público, ustedes los  políticos profesionales. Porque su perspicacia, doña Isabel, ha pillado mi intención al vuelo. La dama a la que le cortan el bolso podría ser usted misma, que cree en la magia, no yo, que soy escéptico. Un servidor, si acaso, sería el chiquillo del molinete que le mira a usted y le avisa de la jugada.

En efecto, tengo la impresión de que usted, sin querer, está haciendo el juego al trilero. Al bilingüismo por el trilingüismo, creo que se llama el truco. «Damas y caballeros, respetable público: Prueben aquí su agudeza visual. ¿Dónde está la bola del inglés?»

Eso, ¿dónde está la bola? Porque el inglés va de bola.  Vea, Consejera, yo metí al nieto en una ikastola de esas que se anuncian 'trilingüe'. De eso hace una pila de años, que ni la cuento. Y me daré con un canto en los dientes si con todo eso, más las profes particulares, más unos audiovisuales de la BBC, más las estancias en Irlanda como toda la vida, etc. etc., a poco que el rapaz se esfuerce y ponga de su parte, espero que termine desempeñándose en inglés tan bien como su abuelo y mejor. ¿Decepcionado, entonces, con la ikastola? ¡Qué va, por Dios! Para poder decepcionarse uno habría tenido primero que tragarse la bola del anuncio. Bilingüe, y gracias.

Usted, profesora de inglés, lo sabe mejor que yo. ¿Dónde está ese ejército de profesores trilingües? ¿Cómo improvisarlos? ¿Cómo reclutar enseñantes de inglés, sin que el talibanato sindical se eche encima? Porque ya verá usted cómo esos tipos le roban el bolso con el cuento de siempre: ese flamante profesorado suyo se sabrá el Chéspir de carretilla, pero podría no dar el perfil de euskera que ellos marquen.Y ahora pregunto: Sólo por complacer a esa gente patriótica, ¿hay que  atiborrarse primero de cocina vasca para que, ya sin ganas, le dejen a uno catar el pudin inglés, si es el pudin lo que apetece?

Aguardando respuesta, aquí me quedo con esta fabulilla, tan al pelo como el pelo de los moluscos lo permita:

Dos caracoles un día
tuvieron fuerte quimera
sobre quién mayor carrera
en menor tiempo daría.
Una rana les decía:
–He llegado a sospechar
que sois ambos a la par
algo duros de mover.
Moraleja:
Antes de echar a correr,
mirad si podéis andar.
Eso que no podéis dar,
mal hacéis en prometer.
No creáis, buena mujer,
del trujamán falso el truco,
que aunque parle el mameluco
los lenguajes de Babel,
siendo unilingüe, Isabel,
miente, aquí y en Pernambuco.


miércoles, 27 de enero de 2010

Pedernales




Hace tres meses hice aquí un sencillo elogio de los Territaifas Históricos vascos, ese hecho tan diferencial nuestro que son las Diputaciones forales con sus Diputados generales. Fue con ocasión de su epifanía o manifestación pública. Porque esos entes poderosos que hoy acosan al Gobierno de Vitoria, bien se guardaron en tiempos de Ibarretxe de exhibir la grandeza de su poderío. Sobre todo la diputación vizcaína, la más rica y soberbia de las tres.

Se dirá que los diputados generales, siendo del mismo partido que el lendacari, tenían que remar juntos. Valga. Aunque ¡bueno era el caudillo como para irle con historias forales! Ni con historias de partido, él era el partido. Sea como fuere, el hecho demostrado por cien encuestas es que el 'hombre de la calle' (que le dicen) jamás supo en aquella era cómo se llamaban los diputados generales; y apurando, apurando, ni que existieran. Incluido el superdiputado de Vizcaya, un perfecto desconocido entonces.

Pero cayó Juan José, al toque de sus propias trompetas, más que a la embestida de los bárbaros PSE-PP. Y es entonces cuando los tres entes se erigen en reductos de contrapoder ultra-autonómico, como la resistencia romana ante Breno en el Capitolio. Es también la hora de los gansos capitolinos.

Así paradójicamente, gracias a un insignificante Patxi López y al fulgor de su Gobierno espectral, el ciudadano se entera de que hay diputaciones, o por lo menos, diputados generales. El de Vizcaya en particular, con la caída de su jefe descubre al político que lleva dentro –un líder, el próximo lendacari, ¿por qué no tú?– y prodigándose en imagen y verbo, en breves semanas a todo el mundo le sonaba su nombre.

Nuestro Marco Manlio se llama José Luis Bilbao, el político peneuvista que más en serio se ha tomado lo de 'gobernar desde la oposición'. Oposición que, para el Sr. Bilbao, significa quien o lo que se le ponga por delante en su forma de gobernar. Gobernar: otro término que, en el mismo léxico personal, equivale a ordenar y mandar como un auténtico Señor de Vizcaya. Es como le llaman sus aduladores, y a él le halaga.

Con el mutis de Ibarretxe, cada diputado ha dado lustre a su faceta más personalista. Y esa faceta en José Luis Bilbao se llama 'ego'. Bilbao como político tiene muchos partidarios y enemigos, cosa que a su ego le complace. En cambio, el ego de don José Luis sólo tiene un partidario –él mismo, obviamente– y un sólo enemigo. Pero un enemigo mortal, que se llama hybris. La hybris (desmesura) es un enemigo íntimo, que según las leyes de la tragedia lleva a la perdición. Es un demonio sin grandeza. Sus posesos, como los fantasmones de Don Quijote, «gente descomunal y soberbia». Algunos frivolizan esa condición humana del superdiputado: que si es un fanfarrón, un bocazas, que si las suyas son chulerías o bilbainadas –doblemente, en su caso–, que si cosas de Joselu y eso. Bobadas. Lo suyo tiene toda la pinta de una hybris de libro, cosa mala, porque ese desarreglo no hay dios que lo sufra. Al tiempo.


En el campo me metí
a lidiar con mi deseo:
conmigo mismo peleo,
defiéndame Dios de mí,
si yo mismo me guerreo.


El gran peñazo que Manlio Bilbao levanta para arrearle al Breno López en toda la tiña es el Guggenheim II de Urdaibai. No es ninguna iniciativa de gestión, donde usando la razón quepa discutir sobre prioridades, adecuación de medios y fines, esfera competencial y otros aspectos técnicos. Es un proyecto de lujo, un riesgo voluntarista, desafiante, polémico en sí y por su ubicación, en nuestra pequeña y única Reserva de la Biosfera. Total para implantar allí, precisamente allí, un macromuseo que podría funcionar igual en otra parte...

No digo nada del proyecto en sí. Sólo de su primera víctima anunciada, la Colonia Escolar de Pedernales, obra entrañable de don Ricardo Bastida.

Es curioso que para ir 'orientando' a la opinión pública se pongan tachas al valor arquitectónico del edificio: que si no es monumento, que si no es tan original, ni de gran mérito... Todo eso es muy secundario, frente al atentado a la memoria vivencial que se va a perpetrar.

Mi contacto con la Colonia fue ocasional, aunque impactante para toda la vida. Pedernales era todavía Pedernales, medio siglo antes de inventarse Sukarrieta. Veraneando de crío en Pedernales –el Bar de Pacho, creo que se llamaba la fonda–, la Colonia de la Caja de Ahorros me parecía un paraíso en el Paraíso.

Por cierto, de todas las instalaciones de la Colonia –un modelo a nivel europeo, para la época– mi preferida era la más discutible: aquellas playas artificiales, donde los niños con gafas protectoras se tostaban a la luz UV, no sólo tomando color para la vuelta a casa, sino como refuerzo vitamínico. Aquellas playitas pocholas, ideadas en los años de la gran depresión, quedarían relegadas a piezas de museo por el avance médico, pero también gracias al avance dietético.

Nunca fui colono en Pedernales, pero como si lo hubiera sido. Uno de mis primeros premios escolares fue el libro de Julián Zugazagoitia, Pedernales: Itinerario sentimental de una Colonia Escolar (1929). Es un libro muy cuidado, muy bien impreso. Por dentro, todo él un poema en prosa cargada de humanismo y melancolía. Me sabía de memoria párrafos enteros, y aunque en parte los olvidé, las ilustraciones de Ricardo Arrúe todavía las llevo en la pupila interior.

Yo creía que la Colonia de Pedernales era intocable, que su demolición sería sacrilegio nefando, para escrito en los anales de los paraísos perdidos.

Cuando he aquí que un graznido estentóreo de ganso sobresalta mi ingenuidad. ¡La piqueta para esa maldita colonia!

Dicen que el diputado general Bilbao se ha armado de una docena de informes técnicos para justificar la empresa que va a realizar él solo, si no puede ser en compañía de otros. A ese material hay que juntar el coro de opinión de gansos que le animan a dar el paso, unos porque sí, otros porque joroba a Patxilo. Todos, sin embargo, respecto a la Colonia suelen ver su desaparición como mal necesario, mal menor, o ni mal siquiera, una pérdida sólo sensible o indiferente.

Faltaba el ganso de los gansos. Alguien que, con base en un trauma personal, recomienda la destrucción del edificio donde la infancia vasca se vio sometida a vejaciones patrióticas. Nuestro ganso pedernalino se firma Yo, y su alegato dice así:


«Respe[c]to al edificio actual ¡QUE LO DERRIBEN! allí obligaban a los niños de Bizkaia a cantar el cara al sol y desfilar con mosquetones averiados (no todo ha sido lúdico en esa colonia ) además los niños iban al mando de monjitas adictas al ré[g]imen que ponían gran entusiasmo en los cánticos. ¿Qué os parece? Si alguien quiere conocer algo más le indico la fecha de cuando se hacían esas demostraciones patrióticas. ¡QUE LO DERRIBEN!»


Con que ya tiene el Señor de Vizcaya un argumento tumbativo que añadir a sus informes. El franquismo contaminó la Colonia, afuera con ella. Claro que luego, por la misma higiene, habrá que derribar las escuelas, los ayuntamientos, sin dejar uno, y finalmente la Diputación, pues yo mismo vi a Franco en el balcón, aclamado por los diputados y la muchedumbre. O sea que, si no arrasamos también la Villa entera, al menos deberíamos fumigarla.
En cuanto al amigo ganso, lástima por él, si la monserga franquista le pudo tanto que no le deja recordar lo bien que se comía en aquella casa, los viajes maravillosos en 'gasolino' a la playa, o el buen ambiente de camaradería. Máxime si, como él dice, «los niños iban al mando de monjitas», qué gozada. Aunque fuese con mosquetones averiados, lo que me perdí...
En serio, lo más de compadecer a este buen hombre es, en aquellos años de caralsol, no haber leído Pedernales, de aquel socialista de las gafotas redondas, buen hombre y escritor que fue Zugazagoitia, 'Zuga'. Asesinado por rojo-separatista.

¡Qué! ¿quemamos también el libro, para que no nos amargue la memoria?

sábado, 23 de enero de 2010

Vexilomnesia


(Banderas en el recuerdo)


Uno. No es por quitar ni meter hierro al tema del Obradoiro, que comenté ayer. Quod scripsi, scripsi. Mientras las banderas oficiales en España sean símbolos –convencionales por definición, pero consagrados por pacto constitucional–, hay que respetarlas y hacerlas respetar.

Dos. Otra cosa es, en el plano teórico y distendido de una sobremesa, especular sobre si la bandera es aún en nuestro tiempo un símbolo adecuado de lo que se supone. Herencias del Medioevo peleón, ¿tal vez una educación más al día debiera superar esas antiguallas, de ejecutoria no siempre impoluta? Las banderas, como el sábado, deberían ser para el hombre. Pero mientras pocos hombres habrán muerto de descanso sabático, hay que ver la de vidas humanas que han costado las banderas. Y si ya poco se santifican las fiestas, las banderas siguen inspirando superstición, como en los tiempos oscuros. ¿No irá siendo hora de jubilarlas?

Los nacionalistas a veces hacen como que toman esta posición 'progresista', cuando parecen quitar importancia a la polémica de símbolos. Impresión engañosa. Ese discurso superador lo reservan contra las banderas 'estatales'. Las banderas propias –como las lenguas 'propias'– son puchero aparte. Para los nacionalistas vascos en particular, su bandera ni siquiera es bandera, es la Ikurriña, con artículo determinado singular, y hasta con mayúscula.

Esto ha generado en la Comunidad Autónoma Vasca un problema añadido, desde que se cayó en la ingenuidad morrocotuda de aceptar como bandera oficial ese símbolo privado de un partido político. Se apeló a que ya lo había sido bajo el primer Estatuto y República de Euzkadi, con amplia aceptación. Un argumento especioso, dada la zozobra de entonces. Es como decir que todo el mundo estaba aquí encantado con aquel pandemónium chapucero que presidió el lendakari Aguirre hasta Santoña. El exilio demostraría que no hubo tal, y que la ikurriña ni fue, ni podía ser, ni sería jamás la bandera de todos los vascos-vascos-vascos.

Pues bien, olvidada o no aprendida la lección, en la Transición se vuelve a las andadas, aceptando para esta flamante Comunidad dos regalos tóxicos: el nombre de Euzkadi/Euskadi, y la ikurriña como emblema. Podríamos añadir un tercer regalito, el vascuence como 'lengua propia', pero esa es otra copla, porque el euskera no es propiedad de ningún partido político. Los otros dos sí, ambos sabinianos, con marchamo y © del PNV.

La torpeza que fue aceptar esos obsequios, nada desinteresados, sigue lastrando nuestra convivencia. Aun suponiendo que esos símbolos tuviesen el arraigo que se les atribuyó –nego suppositum–, el traspaso de la ikurriña debió condicionarse a la renuncia del propietario. El PNV debió inventarse otra 'ikurriña' (si eso es posible metafísico). Lo inadmisible es que idéntica bandera ondee en edificios y actos del Gobierno Vasco como emblema comunitario, y a la vez en sedes, bachoquis y procesiones del PNV. Una ambigüedad que se hizo extensiva a los partidos retoños del nacionalismo. Así, algo que debería ser identificador unívoco, como mero y utilitario símbolo político-administrativo, es un equívoco perpetuo y conflictivo. Peor aún, antagónico, con el efecto añadido de la guerra de banderas. «Para mástiles (de la española), ni un puto duro», que dijo el otro.

Tres. Nunca me ha dado por la lencería, ni desde que salí de la niñez me han entusiasmado las banderas. Ninguna bandera. Esta frialdad podría deberse al impacto relativista que es para un niño descubrir que esos emblemas de colores se inventan y se cambian. Nací bajo bandera monárquica, aunque mi primera memoria consciente de una bandera como emblema de respeto fue la republicana, en las Escuelas de Ibaizábal (La Peña, Bilbao).

En aquellos años de la República, las colgaduras festivas de los balcones se ajustaban a un código sutil identificador de preferencia religioso-política. Eran sábanas blancas con un Corazón de Jesús pegado en medio y, en su caso, una orla banderiza. Las familias nacionalistas prendían la suya bizcaitarra. Los monárquicos a veces ponían banda roja sobre blanco (en particular los carlistas), que nuestra exégesis infantil descifraba como la bandera de Bilbao. Había gente que no ponía orla alguna, o que ni ponía colgaduras. Y no por miedo a significarse. En el barrio se sabía de qué pie cojeaba cada cual. Las mujeres católicas iban a la iglesia del Buen Pastor, saludadas con comentarios sarcásticos desde los pisos por conocidas comadres del barrio, sin que tampoco las devotas se mordiesen la lengua.

Un buen día supe que vivía en un país distinto, llamado República de Euzkadi. Con moneda propia y billetes de banco modernistas, que no se parecían nada a los del Banco de España, salvo en que todo iba de pesetas. Y ahora resultaba que, además de la bandera republicana, teníamos la nacionalista. En el castellano de mi entorno eran de uso corriente palabras vascas, todo un pequeño léxico, donde no recuerdo que sonara mucho ikurriña. En todo caso, muchísimo menos que (con perdón) mocordo, y esto lo puedo jurar como un lendacari, «humillado de pies y manos sobre la tierra vasca ante el Árbol de Guernica».

En la calle, de acera a acera, las bandas de críos se denostaban a golpe de pareados, como loros repitiendo :

            Rojo, blanco, verde, la bandera del moco verde.

            Rojo, amarillo y morau, la bandera del cagau.

A todo esto, una noche nos embarcaron en Santurce para Francia, refugiados. Primero estuvimos internados en Morbihan (Bretaña), luego con parientes franceses en Biarritz. Mi impresión fue que los franceses en bloque tenían bastante con una sola bandera para todos. Vascos y bretones incluidos. En el País Vasco Francés que pude conocer –Biarritz, Bayona, San Juan de Luz, no vi más ikurriñas que las que exhibían refugiados nacionalistas –'les espagnols', para los nativos–.

Cuatro. A la vuelta, en el Puente Internacional, al paso de la frontera casi me gano un moquete:

–Mamá, ¿qué bandera es esa?

El meneo que recibí todavía me hace tambalear cuando lo recuerdo:

–Esto es para que te vayas acostumbrando, que las cosas no son como antes.

La verdad, los carabineros o policías españoles no debieron de notar mi inocencia. Los agentes alemanes (que también nos controlaban al paso), menos todavía.

¿Con que ya conocía mi bandera definitiva? Ni hablar. En trámite estaba un nuevo escudo de España que marcaría la nueva identidad nacional. Y no para todo el mundo, por el momento. Algunos familiares seguían en el frente bajo el icono republicano. Lo que luego nos vino encima me ayudó poco, supongo, a ver las banderas como la plasmación más objetiva y fiable de esencias y valores.

Cinco. Aquí debo hacer mención de mi abuelo materno –el único que conocí–, por lo mucho que le admiraba, pues entre otros muchos conocimientos, se sabía el padrenuestro en castellano, francés, latín y tagalo. Natural de Fuentesaúco, empezó a estudiar en Zamora bajo la férula de un tío canónigo, que le educó en el carlismo y en ayudar a misa. De joven pasó algún tiempo emigrado con la familia en Francia, y chapurreó el francés. Pero antes había sido de los últimos de Filipinas, prisionero de tagalos, monaguillo de algún cura aglipayano que fue su profesor de padrenuestro: Ama naming nasa kalangitán, etc. etc.

Como carlista notorio, el abuelo Isauro repartía su desprecio entre las dos banderas tricolores, la republicana y la bizcaitarra, aunque el franquismo tampoco le gustó nada. En su casa, las colgaduras eran blancas con sagrado corazón y orla roja. No era hombre de banderas ni cosas por el estilo. Su experiencia militar en Filipinas le había llevado a conclusiones muy parecidas a la de Clausewitz, ya saben: «la guerra es una... »

Seis. Mi siguiente encuentro con la vexilología o ciencia banderil se produjo bastantes años después, cuando me tocó 'hacer los ejercicios', como tantos mozalbetes de la nacional-católica España.

Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio los 'daba', por supuesto, un jesuita. Como todo el mundo sabe, en ese juego de rol que son los ejercicios hay un lance crucial: la meditación de Las Dos Banderas. El de Loyola, gran banderizo, hijo y nieto de buena familia vasca que, como todas las buenas familias vascas de su tiempo, no tenía mejor pito que tocar que marcar a 'los nuestros' y distinguirles de 'los otros' como en un campo de batalla, echó el resto en esa fantasía célebre a lo divino.

«Representación del lugar», anunciaba el cura. Y como quien alza el telón de un escenario, nos hacía imaginar y ver el campo inmenso de Babilonia (creo recordar), con dos huestes enfrentadas, cada una con su bandera, y los dos grande Jefes enemigos: Cristo y Satanás.

Por cierto, el padre director introducía una distinción finísima: «Observad con qué propiedad llama san Ignacio a los dos jefes. A Jesucristo le llama capitán, del latín caput, capitis, la cabeza. En cambio a Satanás le llama caudillo, del latín cauda, caudae, la cola.» Etimología burlesca, que el buen jesuita se guardaría de soltar si alguna vez le tocó actuar en El Pardo ante su Excelencia el Generalísimo, tan Caudillo él como el propio Diablo.

y Siete. Lo dicho no obsta para que, si este país tiene una Constitución democrática, una bandera y un Código Penal, mientras las reglas del juego sean las mismas para todos, las banderas merezcan un respeto y, en su defecto, amparo de oficio.