
«Un juez de Barcelona…»
La expresión nos resulta familiar como comienzo de una noticia. Por supuesto, cualquier juez puede aspirar a ser noticiable, y otros jueces no de Barcelona, ni siquiera catalanes, lo consiguen. Sin embargo, ahí están esas 10.600 referencias que salen, si uno le tienta a Google con la citada cadena de caracteres.
«Un juez de Barcelona…
… absuelve al segundo violador del Ensanche…
… absuelve a un joven que dejó morir de hambre a su perro…
… condena a un nudista, a pesar de saber que el nudismo no es ilegal…
… confirma el cierre de un bar…
… tumba otro intento de las operadoras contra la tasa local…
… censura el 'decretazo'…
… tiene dudas de que el canon sea justo…
… anula una sentencia dictada minutos antes por él mismo…
… cita un filme de Walt Disney para dictar condena…
… emprende una cruzada contra el Código Penal.»
Realmente, si nuestro Código es tan malo que hay que recurrir a las películas de Disney para sustanciar el Derecho, se comprende la cruzada del juez. La misma perplejidad nos embarga ante redacciones como ésta: «Un juez de Barcelona ha absuelto a un hombre acusado de maltratar y golpear a su mujer».
Pero no es mi intención tocar al foro secular, sino comentar otra noticia relativa al foro eclesiástico. Si en la búsqueda gugueliana reemplazamos juez por párroco, dos cosas llaman la atención. La primera, la relativa parquedad de resultados (233). La segunda, que casi todos ellos se refieren a un mismo párroco y un mismo caso, que ha sido noticia ayer y anteayer en toda la prensa nacional:
«Un párroco de Barcelona se niega a dar la primera comunión a una niña que padece del síndrome de Down».
Para no repetir lo que ya todo el mundo conoce, baste una referencia que parece fiable. El hecho ha generado interpretaciones diversas y hasta contradictorias. No hay más que asomarse al listado de 'opiniones' de cualquiera de los periódicos, donde hay para todos los gustos.
Los opinantes en su mayoría se muestran adversos, incluso airados. Hay quienes invitan a la represalia pecuniaria (estamos en Cataluña), omitiendo la cruz al clero en la declaración de la renta. Alguno es más expeditivo: «Hay que desertar(¿?) al cura del pueblo». Tampoco se echa de menos la jurisprudencia: «Esto ya pasó hace años en Sant Julià de Vilatorta con Mossén Jaume, el párroco del pueblo (aún en activo), que pertenece al Opus Dei…» Un agitprop aprovecha la ocasión y exige: «Primera Comunión por lo civil, ¡ya!» No podía faltar el diagnóstico nacionalista: «La gente no se imagina cómo está la Iglesia en Cataluña. Un altísimo porcentaje de curas son más políticos que curas; y si no, que les pregunten a los integrantes del Foro Joan Alsina.»
Por supuesto, el párroco también tiene partidarios. Si la niña Carla, la paciente, ha demostrado en efecto ser deficiente mental profunda, hasta no discernir el pan eucarístico del pan cotidiano o común, entonces tendría razón mosén Josep Lluís Moles, el párroco de Teià (Barcelona), al decidir que la pequeña no necesita la comunión, aunque luego lo explique con un circunloquio eufemístico: «porque es un ángel de Dios». ¿Tanto puede un simple cromosoma de más? Porque esa es la causa asociada al síndrome, que antes se llamaba crudamente mongolismo. Con todo, lo más curioso es ver esa misma idea suscrita por otro opinante en este contexto:
«Vaya por delante que no soy católico. Ni siquiera religioso. Y sé perfectamente que lo que voy a decir no es políticamente correcto… Entiendo que para recibir un sacramento hay que ser plenamente CONSCIENTE. No se trata de integrar a esta niña con sus compañeros, o que pase un día contenta. No se trata de hacerle una gracia a sus padres. Actualmente la comunión para los niños se ha convertido en un festival familiar y social, pero creo que debería prevalecer su significado. En síndrome de Down, ¿es consciente de lo que está haciendo en la comunión?»
Tiene toda la razón el señor laico. A mí también me sorprendió, en un transporte público, un diálogo entre jovencitos, sobre dónde habían comulgado la vez primera:
–Yo en la parroquia del Carmen.
–Yo en mi colegio, el Urdaneta.
–Pues yo en la capilla del convento de mi tía la monja.
–Yo no hago la comunión. No somos practicantes…
–¿Y tú, dónde has hecho la comunión?
–Yo, espera... ¡ya!, en la 'Casa Vasca'.»
Debo añadir que nadie del grupo se rió de la salida. Muchos restaurantes anuncian (y dan o sirven) 'bodas, bautizos, comuniones'.
Pero si algo no ha podido estar ausente en el caso catalán es la voz del seny. Hablemos, pues, del seny.
Recuerdo mi primer contacto con el seny. Acababa de poner por primera vez los pies en Barcelona y subí a conocer Montserrat. En el viaje me tocó al lado un caballero con ganas de conversación. En cuanto me sonsacó que yo era de Bilbao, iba a decir que me felicitó, pero más bien se felicitó a sí mismo por ello:
–Los vascos y los catalanes tenemos mucho en común. Ustedes los vascos comparten con nosotros algo de esa característica tan catalana, tan nuestra: el seny…
–Ya, el sentido común…
–No exactamente, oiga. Sentido común, sensatez, cordura, buen juicio; todo eso, y mucho más. El seny es intraducible, y es muy difícil que el no catalán comprenda el alcance de…
Sorprendente. Al cabo de tantos años, aquella explicación recibida de un eventual vecino de asiento vuelvo a encontrarla, casi en los mismos términos, y me pregunto si el mismo individuo, algo más joven que yo (y por ende, muy posiblemente vivo todavía), habrá sido el autor de la entrada seny
en la Wikipedia.
Renuncio, pues, a comprender esa cualidad positiva que yo mismo, como vasco, en alguna medida debo de poseer, aunque no con la propiedad del identitario catalán. Como renuncio también a traducirlo o definirlo. En vascuence, aberri no es una patria cualquiera, sino 'la patria vasca'; como ikurriña es la bandera vasca, o erztaina un policía vasco. Pero patria, bandera, policía, al fin. Con seny la cosa se pone más difícil. No tiene equivalencia, y decir 'seny catalán' es un pleonasmo tan grande como el Tibidabo.
Otra cosa me enseñó aquel primer maestro catalán –que por cierto, también me salió luego catalanista–: para iniciar una aproximación provechosa al seny, nada mejor que acudir a su quintaesencia, es decir, El Criterio, de Balmes, cuya lectura me recomendó como indispensable. Más tarde he tenido amplia oportunidad de constatar cómo, en efecto, bastantes catalanes llevan un chip del Criterio balmesiano en el disco duro de la mollera.
De todo aquel fárrago –que si las 'víboras de Aníbal', o la 'mudanza de don Nicanor en breves horas', etc., yo me quedo con un capítulo: 'el hombre riéndose de sí mismo'; el que, por la práctica, parece que interesa menos a los propios catalanes.
Volviendo al tema. Esté tranquilo mosén Josep Lluís, que no seré impertinente con él. Eso sí, voy a recordar un ejemplo autorizado. Es un caso muy repetido en la Edad Media, cuya primera versión en Occidente se remonta a san Gregorio de Tours (siglo VI), que lo sitúa apud Bituricas, o sea en la ciudad de Bourges:
En una escuela primaria, los niños hacen su primera comunión. Uno de ellos, que era judío, también comulga. Al saberlo su padre, que era vidriero, monta en cólera y le mete en el horno encendido. La madre suplica en vano, sin poder hacer nada, hasta que se apaga el horno. Entonces aparece el niño dormido, ileso. Una señora con un bebé en su regazo le ha protegido de las llamas. La población cristiana exulta. El niño es bautizado, la madre se convierte. El padre judío es condenado al horno.
Esta leyenda se hizo muy popular, primero en anglonormando y francés, luego en otras lenguas. En castellano la recoge Alfonso el Sabio en las Cantigas, añadiendo de su cosecha los nombres del padre y de la madre, Samuel y Raquel, que le venían de perlas para rimar con menino d'Israel.
En este relato hay algo que no casa: a santo de qué comulga el niño judío en la escuela. En efecto, la misma historia tuvo otra versión recogida en la Historia Eclesiástica del sirio Evagrio el Escolástico, un abogado coetáneo de san Gregorio. Y aquí la cosa cobra sentido, si como apunta el historiador, el hecho sucedió en Oriente, concretamente en Constantinopla. En efecto, entre los orientales era costumbre renovar la eucaristía dando a consumir las especies viejas a los niños pequeños. Desde el patio de la escuela, la chiquillería oye al sacerdote que les llama para repartir el pan santo, y acuden a todo correr, antes de que se acabe. Entre los rápidos estaba el judío, y lo demás ya lo sabemos.
Leyenda o sucedido, esta anécdota del antisemitismo ancestral sirva al menos para meditar sobre las vueltas que da la vida. Ya sé que una historieta no va a darnos respuesta para las preguntas vitales: ¿Por qué un 'ángel de Dios' no puede recibir la eucaristía, si también la llaman 'Pan de Ángeles'? ¿Por qué para comulgar se requiere un discernimiento y asenso nunca exigido para administrar el bautismo? ¿Debe implantarse la comunión civil, y bajo qué especies civimentales? ¿Puede un agnóstico ser un padre de la Iglesia? ¿es correcto, incluso en Cataluña, expresar mediante sanciones pecuniarias la discrepancia religiosa? ¿Pueden el seny y el sentido común ir cada uno por su lado?...
Demasiada metafísica para esta humilde página.


