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miércoles, 14 de abril de 2021

El Imaginario Enfermo (3)

 Tartarín de las Brujas


Recapitulemos:

Aquel cuadro artístico en que se vio a fray Enrique Kramer bautizando a dos reos judíos en el patíbulo, tiritando de frío y de angustia bajo la mirada del verdugo apoyado en el hacha (16 de enero de 1476) no era el final del drama del Santo Niño Simón de Trento, sí de la intervención de nuestro dominico, que ya nada pintaba en el escenario alpino. De nuevo su sitio estaba en Roma, donde su testimonio contra los hebreos sería valioso. Recordemos, el gran adversario en aquella causa movida por el obispo de Trento Juan Hinderbach era el de Ventimilla Bautista de’ Giudici, dominico como fray Enrique, y es lógico un encuentro de estos religiosos de confianza para Sixto IV, bien en la Curia o en el convento de la Minerva, justo detrás del Panteón. Y aunque de esto no veo constancia, lo cierto es que se limaron diferencias, y Sixto terminó aprobando el proceso a los judíos de Trento, por bula de 1478, 20 de junio. Con fecha de 7 de julio, el principal ‘orador’ o agente de negocios de Hinderbach en Roma, Aprovinus, escribía a su señor Hinderbach el esperado «causa finita est contra judaeos»; y en prueba de que iba en serio, a la noticia adjuntaba la minuta de gastos. Poco después, el 1 de noviembre Sixto IV a instancias de los Reyes Católicos, concede una Inquisición nueva para la Corona de Castilla y bajo control regio, en principio para perseguir a los judíos conversos judaizantes. Entre tanto, otros  problemas ocuparon la cabeza y el corazón del Santo Padre, como nuestra curiosidad irá viendo.

El Año Santo del papa Sixto acabó mal para Roma. La riada de gente peregrina en una ciudad todavía medieval y sin higiene, junto con otra riada de verdad en noviembre que la inundó de agua y fango, propició la pestilencia. La cual el año siguiente, 1476, rebrotó más virulenta y expansiva, sobre todo en el verano, cuando el pontífice presidió solemne rogativa, que tampoco fue lo que se dice  la purga de Benito. No era tiempo para asuntos menores, y el de Kramer aspirante a inquisidor a nadie más le importaba.

Kramer no era hombre de olvidar sus propósitos, aunque sabía esperar. Y bien que tuvo que demostrarlo, porque hasta marzo de 1479 no le llegó el nombramiento. Directamente del Papa, como él quería, con destino a «toda la Alta Alemania, pululante de errores y herejías, allí donde al presente falten inquisidores»

Sixto IV

Kramer tenía toda la confianza del papa, en el sentido que pueda tener la expresión aplicada a personajes del Renacimiento italiano, y más tratándose de Sixto IV. Una confianza según para qué, si es cierto lo que uno lee curado de espantos. Prestemos atención. El fraile recibe por la vía ordinaria el correspondiente breve sixtino, con el nombramiento de predicador papal en Suiza, y hasta aquí normal. Pero de allí a cuatro meses, por vía extraoficial y secreta, alguien llama aparte al recién nombrado predicador, para soplarle al oído el guión de sus prédicas a los suizos. Algo así como esto: 

«El Santo Padre vería con gusto que vos, con vuestra elocuencia émula de un Crisóstomo, remováis allí las conciencias y agitéis para levantar a la Confederación Helvética en armas contra el enemigo de la Iglesia y del Papa, el tirano de Florencia… Vos sabéis quién, sin que yo os lo nombre (aquí bajando la voz): el excomulgado Lorenzo de Médicis.»  

Semejante propuesta, que bien se puede llamar maquiavélica y viniendo de un papa suena escandalosa, nos sorprenderá menos si reparamos en la cronología. 



La Conjura de los Pazzi


La primavera de 1478 vino señalada por la conjura florentina de los Pazzi contra los Médici. Mejor dicho, lo que la Historia ha cargado a cuenta de los Pazzi, cuando la cuestión de fondo se ventilaba entre dos individuos, ninguno de ese apellido: el Médici Lorenzo, llamado el Magnífico, y el Róvere Francisco, o papa Sixto [1]. 

Y aquí sí que los negocios tocaron a lo personal. Porque en un principio Sixto IV había sido  afecto a Florencia y su Magnífico, hasta el punto de nombrar a Lorenzo de Médicis banquero pontificio y confirmarle la explotación del valioso alumbre de Tolfa. ¡Ah!, y por poco se me olvida: hasta le dijo tomar en serio su pretensión de hacer a su hermanito Julián cardenal de la Santa Iglesia. Pero la entente se fue deteriorando hasta el punto de ruptura en mal momento para Sixto, cuando su enemigo tenía detrás a Venecia, al Duque de Milán y al rey de Francia, con el Turco metiendo pie en la Bota itálica por abajo y por arriba (Otranto y Venecia Julia). 

En 1474 muere a los 28 años, víctima de sus excesos, el cardenal Pedro Riario, nepote predilecto y consentido de Sixto IV –hijo suyo probablemente–, que entre otras mil prebendas lucrativas sine cura acumulaba el arzobispado de Florencia. Para sucederle, el papa tenía un candidato florentino, un Salviati dispuesto a pagar los 3.000 florines de oro que valía aquella mitra y pagar las deudas del difunto; pero Lorenzo sin contemplaciones impuso a un Orsini suyo cuñadísimo. 

Siguiente jugada. De allí a poco el mismo año muere el arzobispo de Pisa, un Médici, y esta vez el papa nombra a su Salviati, que Lorenzo repudia y no le deja tomar posesión. A la recíproca, cuando los florentinos reclaman al papa el capelo de cardenal para un conciudadano –entiéndase bien, lo reclamaba Lorenzo para uno de sus chicos–, Sixto da largas.  Lorenzo llegó a escribir a un confidente (1477, 1 de febrero):

«A mí me conviene una autoridad repartida, y si fuese posible sin escándalo, mejor tres papas o cuatro que uno solo» 

Para entonces Sixto había retirado la confianza financiera a Lorenzo en favor del banquero rival Francisco Pazzi. De ahí la alianza natural para derribar al tirano de Florencia; y así lo veía sobre todo el hermano menor del difunto cardenal Pedro Riario, «el conde Jerónimo, hijo, nepote o ‘allegado’ del papa Sixto» [2].

A tal fin, lo más efectivo y seguro era asesinar a Lorenzo junto con su hermano Julián. Y aunque en principio se pensó hacerlo en un banquete, finalmente fue la catedral el escenario elegido, el domingo 26 de abril de 1478, en la misa solemne y en lo más solemne de la misa, al toque de alzar [3]. Sólo era copiar el reciente  modelo milanés de 1476, cuando para apuñalar al tirano duque Galeazzo María  Sforza se eligió la fiesta, templo y misa de San Esteban. ¿En qué creía aquella buena gente?, uno se pregunta.


Este que aquí vemos fue uno de los conjurados, huido a Estambul y extraditado por el Gran Turco. 

Leonardo da Vinci así lo dibujo, con su letrero del revés, que leído al espejo es la descripción detallada de cómo iba vestido: «berretina color castaño, farsetto de raso negro…» etc, para terminar:

« Bernardo di Bandino Baroncigli, calzas negras» [7]

 

Como es sabido, la conjura fracasó de la peor manera posible: cosido a puñaladas el Médici menor, Julián, mientras Lorenzo, herido menos grave por dos curas maletas, se zafaba en la sacristía. El arzobispo Salviati, encargado de tomar el palacio de la Señoría y proclamar desde allí el cambio de gobierno, también lo hizo mal. La respuesta fue inmediata, desde que colgando de una ventana el público vio bailar en la soga a Salviati en persona, con Francisco Pazzi y otros dos compañeros de danza. Por cierto, más o menos, donde Aníbal Lecter cuelga al inspector Rinaldo Pazzi (Giancarlo Giannini), supuesto descendiente del mismo apellido, en evocación truculenta del suceso [4]. La escena original fue más cruda que en la película: después del baile mortal se cortaron las sogas y los cuerpos cayeron sobre la turba, para su ensañamiento y diversión. 

Tanta rapidez en las ejecuciones sin juicio y todo el proceso calculado de represión en la ciudad de Maquiavelo invita a pensar que, con el precedente de Milán, la chapuza no pilló al astuto Lorenzo tan de nuevas, pues desde el primer momento se sintió fuerte como nunca y arropado por los florentinos para ejercer el poder absoluto [5]. Lo mismo que hizo colgar sin juicio al arzobispo de Pisa, detuvo como rehén a otro joven cardenal nepote de Sixto, sólo por fastidiarle. La respuesta fue un largo escrito de agravios inferidos al papa por «el hijo de iniquidad y criatura de perdición, Lorenzo de Médicis» [6], fulminando la excomunión contra Lorenzo y sus fautores, o peor aún el entredicho contra Florencia, sin mesura ni conciliación, haciendo suyo el papa el espíritu rencoroso de su Jerónimo Riario. 

 Visto el ningún caso que los florentinos hicieron de las censuras, el papa con su conde Jerónimo les declararon la guerra que duró dos campañas (1478 y 1479), para escándalo farisaico de otros príncipes y estados. Francia incluso agitó la idea de convocar concilio contra el papa y renovar el cisma, tal como deseaba Lorenzo, que aunque llevó la peor parte se mantuvo en el poder. Finalmente el costo de la discordia impuso la tregua y Sixto levantó el brutal entredicho (3 de diciembre 1479).   


_____________________________________

1. El papa sin lugar a dudas deseaba el cambio de gobierno y expresamente aprobó el complot, aunque insistiendo demasiado en que no quería sangre (¡?). Como si no supiese en qué siglo vivía. El instigador principal, incluido el asesinato, fue Jerónimo Riario, hermano del difunto cardenal Pedro y su sucesor en el afecto del papa su tío, padre, o lo que fuese en realidad. Sixto IV quería para él a toda costa la plaza de Imola, comprado con dinero de la banca Pazzi contra la voluntad de Lorenzo, donde Jerónimo sería príncipe vasallo y capitán general de la Iglesia. Cfr. A von Reumont, Lorenzo de’ Medici, trad. ingl., Londres, 1876, 1: pp. 284 y ss.; 313 y ss.

2. Según Infessura. Cfr. Diario della Città di Roma di Stefano Infessura scribasenato. O. Tommasini (ed.), Roma, 1890, pág. 81.

3. Las fuentes discrepan sobre el momento de la misa fijado para el asesinato. Me atengo a Baronio-Raynaldi, que expresamente dice, «al alzar» («cum eucharistia atolleretur»). Era lo más sacrílego, pero lo más práctico y seguro, cuando todo el mundo se concentraba en el misterio, y el único momento en que nadie se permitía deambular y conversar por las naves laterales del templo, cosa ordinaria entonces. Baronio-Raynaldi, Annales Eccles., Sixti IV a. 8º (1478), n. 1; A. Theiner (ed.), Paris, t. 26: 579. La santidad del lugar y tiempo hizo echarse atrás al principal brazo conjurado, el militar Juan Bautista de Montesecco. Encargado de liquidar a Lorenzo de Médicis, se negó en redondo a hacer su trabajo en tal sitio. Sobre la marcha se ofrecieron dos clérigos poco duchos, los cuales marraron, y el Médicis se les volvió, herido sin peligro en el cuello. Estos dos fueron los responsables principales del fracaso. El encargado de Julián de Médicis, Bernardo Bandini, de una cuchillada despachó a su víctima, que sólo pudo dar un paso a ninguna parte. Francisco de’ Pazzi se lió a cuchilladas con el caído y ya probablemente muerto, con tal furia que él mismo, como haciendo bueno su apellido, se hirió gravemente en un muslo (Pazzi es plural de pazzo, ‘loco’ en italiano). El atentado tuvo lugar en el coro, bajo la gran cúpula de Santa Reparata, como se titulaba entonces la catedral de Santa María del Fiore. La gente huyó despavorida, la mayoría sin saber de qué y muchos creyendo que el cupolone de Brunelleschi amenazaba ruina.

4. Hannibal (2001).

5. «El número de cómplices era tan elevado, que apenas se entiende cómo el proyecto no llegó a oídos de los Médicis.» Reumont, o. cit., 1: p. 324.

6. Iniquitatis filius et perditionis alumnus Laurentius de Medicis (1 de junio 1478). Texto en Baronio y Rainaldi, ibíd., nn. 4-11; pp.  580-584. El papa hizo imprimir la bula para la venta.

7. Texto y comentario en The Notebooks of Leonardo Da Vinci. Aegitas, 2015, vol. 1, p. 345.



Ahora entendemos el largo, demasiado largo compás de espera para Kramer como aspirante a inquisidor, y el porqué de su misión como agitador en Suiza. Los suizos se vendían como los mejores soldados mercenarios de Europa, y algunos cantones eran especialmente adictos a la Iglesia (güelfos, como se seguía diciendo). El encargo secreto a Kramer revela dos cosas: 1ª, la obsesión del papa por limpiar a Florencia de Médicis; y 2ª, la cara oscura de la personalidad de Sixto IV, nada escrupuloso con tal de convertir a su ‘nepote’ o hijo Jerónimo Riario en un príncipe hereditario en territorios de la Iglesia. Hoy queda más el Sixto mecenas del arte (Capilla Sixtina), de la cultura (Biblioteca Vaticana) y del urbanismo (Roma, de sórdido laberinto medieval a capital moderna). 

Convertido en Inquisidor, más aún, en agente secreto del papa, fray Enrique se sintió, no diré más seguro de sí mismo, cosa metafísicamente imposible, pero sí más a cubierto de sus superiores. Nada amigo de perder el tiempo, lo aprovechó en Roma para sacar su doctorado y así lucir insignias y título en sus andanzas. De las sanciones que tenía pendientes en la orden nunca más se supo. Eso sí, para tenerle algo sujeto –vana pretensión– el maestro general le impuso como socius o compañero a un profesor de Colonia y también inquisidor por aquellas tierras tierras alemanas. Su nombre, fray Jacobo Sprenger

Sprenger era un fraile dominico en las antípodas de Kramer. De carrera académica rigurosa, recibió el cargo de inquisidor por pura obediencia. Su vocación era también la caza/pesca –metafóricamente hablando–, pero no de brujas, sino de almas devotas rezadoras de rosarios en su nueva versión típica de la orden. Una aparición de la Virgen, según dicen, le inspiró tender como una red por Alemania esta devoción antigua en su nueva forma mediante la Cofradía del Santísimo Rosario. Sprenger apenas acompañó a Kramer en sus aventuras, ocupado él en Colonia y la Universidad, donde además salió elegido decano de su facultad en 1480.

Un individualista como Enrique Kramer para nada necesitaba a fray Jacobo, ni como socio, ni menos como guarda de vista, pero tampoco podía rechazarlo. En otro capítulo veremos cómo Kramer hizo de la necesidad virtud, utilizando el nombre y prestigio del obligado socio para promocionarse él mismo junto con su libro más audaz y ambicioso, poniendo a Sprenger de parachoques y mascarón de proa del Martillo de brujas. De hecho, el prólogo galeato que va delante de la obra como Apología, a la defensiva, lleva firma de Sprenger.

Si ahora nos preguntamos de dónde le vino a Kramer la idea de su Martillo, la respuesta puede sorprendernos. Que el fraile era un pervertido misógino, eso ni se discute y hasta puedo escribirlo sin que el ultrafeminismo mueva una ceja, pues se trata de un varón. Ese ‘para qué’ del libro ya lo sabemos. Su ‘porqué’ circunstanciado es lo que nos importa. 

Digamos, pues, que fue su desquite de las mujeres como género, por una mala experiencia tenida como inquisidor con una de ellas, encarnación de la femineidad. Represalia de inquisidor humillado y frustrado por ‘ellas’, por una de ellas en representación de aquella mitad tan extraña del género humano. Una bruja tan bruja, que nadie más que él supo que lo era y nadie lo creyó. Su Lisístrata  –porque hasta tenía nombre griego– se llamaba en realidad Elena, Elena Scheuberin, y el choque frontal entre la bruja y su inquisidor se produjo en Innsbruck, septiembre-octubre de 1485.

Entre 1480 y 1485 fray Enrique tuvo tiempo de demostrar su personal hacer de inquisidor y predicador, pero también de confiscador y colector itinerante. Su campo de batalla coincide bastante con su recorrido de 1476 en busca de crímenes de sangre judíos, que él aprovechó para informarse y tomar contactos sobre lo que le interesaba personalmente (aparte del dinero): la nueva brujería satánica.

Su primer caso se le ofreció precisamente en su ciudad natal, Selestad, donde tenían presa a una supuesta bruja, o ex bruja pedófaga, que en sus buenos tiempos participó con otras en festines de caldereta infantil (igualito que en los cuentos), según se decía. Pero la maldita se le fue de entre las uñas, porque cuando él llegó la habían soltado y puesto en seguro por falta de pruebas. 

El caso de las Beatas de San Mauricio

En Augsburgo se detuvo algún tiempo (1480-1482), entre inquisición y negocios temporales. Esto de los negocios merece nota, como veremos, porque resulta extraño que en tanto tiempo no le saliera ni un solo caso de brujería, en aquella tierra de promisión, su imaginado paraíso de inquisidores. Kramer comprendió hasta dónde llega la astucia del Enemigo, pues allí donde no hay brujas manifiestas es más de sospechar que cada mujer esconda a una, y cuanto más cristiana parece una ciudad, más probabilidades hay de que por dentro sea un cripto-aquelarre.

Guiado por esta idea luminosa el inquisidor exploró las iglesias augustanas, y en la de San Mauricio  descubrió una cofradía de beatas a las que su párroco daba de comulgar a diario. La comunión frecuente no era frecuente entonces, y comulgar cada día era una rareza, sin más. No así para el sabueso Kramer, curtido en disputas eucarísticas con los herejes de Bohemia. La cofradía de San Mauricia pintaba secta. Un conventículo de brujas comulgantes, sin duda. Y con tanta devota en torno, el párroco tenía que ser un diablo de incógnito. 

El dominico llevó el caso al obispo Johann von Werdenberg, que conociendo bien a su párroco, hombre culto y pío, tuvo curiosidad por oírle defenderse del inquisidor. El reverendo Juan Molitor (o Müller) no le defraudó, pues había estudiado más que Kramer, y ambos se enzarzaron en disputa escolástica sobre el tema de la comunión frecuente, citando el primero a los santos doctores santo Tomás y el beato Buenaventura. A éste segundo bien pudo llamarle santo también, pues por entonces (1480) andaba en el trámite de los milagros, imposibles de demostrar, hasta que Sixto IV zanjó el proceso y le canonizó por bula. 

La réplica de Kramer fue decir que aquellos doctores de la Iglesia se referían a los sacerdotes, que viviendo del estipendio de la misa no tienen otro recurso sino celebrarla o morirse de hambre. De hecho, ni el papa ni los cardenales, ni los obispo y eclesiásticos con buenas rentas decían misa a diario, sólo cuando la solemnidad lo pedía. En cuanto al nuevo santo Buenaventura, temporadas estuvo sin celebrar ni comulgar, por respeto al sacramento. Porque –y aquí pasó al ataque– el abuso de la comunión consentido por el párroco de San Mauricio no nacía de la fe, sino de la «liviandad femenina», siempre amiga de extravagancias con tal de llamar la atención.

Con esto se acabó la discusión aquel día, aunque lo más gracioso quedaba por ver. El 13 de septiembre las beatas del reverendo fueron interrogadas por el inquisidor, siempre delante del obispo, cada vez más regocijado cuando las mujeres, en alarde de cultura religiosa, citaron de memoria el Evangelio de san Juan, capítulo 6, donde Cristo expone de primera mano su idea de la eucaristía, y recordaron el Padrenuestro, donde se pide el pan de cada día para el cuerpo y para el alma. «¿Cómo se atreven? Frecuentar los legos la sagrada Escritura es propio de herejes, y tomarla en su boca las mujeres para interpretarla  es abominación que Su Reverendísima no debería tolerar», argüía sulfurado el maestro Kramer.

En fin, y para colmo, resultó que el párroco Müller, o Molitor, buen latino y teólogo, era nada menos que el delegado de Sprenger para su Congregación del Rosario en el sur de Alemania. Digo bien: Fray Jacobo Sprenger, el socius de fray Enrique. Socius a larga distancia, y no sólo física por lo que se ve. 

Y ahora, una breve pausa para el cotilleo.

La estancia de Kramer en Augsburgo se prolongó, más que por la cosecha de brujas probablemente por el rendimiento económico, entre confiscaciones y venta de perdones. Parte de lo recaudado tocaba a los dominicos, que descubrieron un trabacuenta o sisa de nuestro inquisidor, llamado a Roma para dar satisfacción, o estar a las consecuencias, sin excluir su expulsión de la orden.

Esto fue a finales de marzo de 1482. Pues bien, con rara celeridad, sólo inferior a la de las brujas en sus escobas, a primero de abril la Curia papal despachaba orden urgente al obispo de Augsburgo, si por ventura Kramer se encontraba allí todavía, de formar una comisión secreta que se entendiese con él, para recuperar el desfalco por las buenas. Fray Enrique, con las maletas aún por hacer, no pierde aplomo y lleva a los interventores a casa de cierta viuda devota suya. Allí tenía en depósito lo que buscaban, y contra recibo les hizo entrega de todo, dinero, metales preciosos, gemas y joyas, que con la misma rapidez volaron a Roma. A Roma, pero no a la procura de los dominicos, sino al tesoro del papa.

 Una vez más sin cargos y casi en triunfo, en junio Kramer pudo viajar a Roma para regresar en septiembre con nuevos favores de su protector Sixto. Él por su parte aprovechó para postularse (no sé si con éxito) como fundador de una cofradía, no del Rosario o de las Ánimas del Purgatorio etc., sino Contra las Brujas. El hombre no era malo en eso de llamar la atención.

La verdad es que el cazador de brujas más célebre de la Historia no llevaba camino de lucir muchos trofeos. El mismo en su Martillo se autoevaluaba en «más de 200 brujas». ¿Quemadas? A los investigadores no les sale la cuenta, y eso calculando procesos, no ejecuciones. A menos que las ejecuciones de fray Enrique fuesen no de vidas, sino de haciendas, que estas sí se le daban mejor. «Los únicos procesos por brujería en que se puede probar [documentalmente] que Kramer tomó parte son los de Ravensburg (1484) e Innsbruck (1485)». Vamos, otro teórico del género.

Pasando por alto cazas y quemas por la diócesis de Basilea –donde el deporte ya se venía practicando antes de pasar por allí Kramer (sept. 1482)– notemos que aun estando en racha tuvo que dejarlo para volver a su patria, no por ningún brote de brujas, sino porque su convento de Selestat le ha elegido prior. ¿Cómo así?

Una de las mercedes obtenidas por Kramer en Roma fue, como ayuda de costa para sus gastos de inquisidor, una bula personal de indulgencia, con fruto a repartir entre él mismo y el que fue su primer convento, más un resto para la Cámara Apostólica. Los frailes con buen acuerdo votaron por mayoría darle el mando, y así la casa que fue testigo de sus fervores de novicio (si los tuvo) pasó a ser su cuartel general de cazador de brujas. Cierto que físicamente paraba poco allí, por sus obligaciones; pero aún así ese poco le dió tiempo para pelearse con algunos de sus frailes, que sería los que le votaron con bola negra. 

En este intervalo a Kramer se le muere el papa Sixto (agosto, 1484), su gran protector. No obstante, pronto tuvo ocasión de ver el gran acierto del Espíritu Santo en la elección del sucesor Inocencio VIII, que no era otro que Juan Bautista Cibo, viejo amigo suyo de la Curia romana. La noticia le llegó durante su campaña de Ravensburg, aquí con víctimas. De entre ellas, dos mujeres condenadas a la hoguera dejaron especial recuerdo.

El papa Inocencio será la catapulta de Kramer en el lanzamiento del Martillo de Brujas.

Próxima entrega: La Mujer fatal


Nota sobre la ilustración de cabecera

“El Triunfo de Santo Tomás de Aquino sobre la Herejía”  (detalle)

Cuando Filippino Lippi pintaba este gran fresco en la pared derecha de la capilla Caraffa en Santa María sopra Minerva, la iglesia de los dominicos en Roma (h. 1490), fray Enrique Kramer estaba bien vivo –sobrevivió al pintor un par de años– y pudo admirar el realismo de una escena que le resultaba familiar.

Lo que sería atrevido sugerir es que el fraile dominico pintado de cuerpo entero en el ángulo inferior derecho sea el retrato del autor del Martillo de las Brujas, cuando la verdad oficial es que se trata de fray Joaquín Torriani, maestro general de la orden. En todo caso, como documento ilustrativo es rigurosamente de época.





lunes, 9 de julio de 2018

La Navarra pre-Arista (y 2)

Garibay, visto por Julen Urrutia

Hasta aquí hemos visto por qué ambages y vericuetos documentarios llegó Esteban de Garibay a su idea de una monarquía navarra muy anterior a la convencional, adelantando en un siglo el reloj de la primera Reconquista pirenaica. A tal fin explotó la tardía y absurda Crónica de San Juan de la Peña, navarrizando aquella invención aragonesa y vasquizando por su cuenta la historia pirenaica, a expensas de godos, francos y otras gentes: en suma, llevando el agua a su molino del vasco-tubalismo primordial y esencial de España.
La serie dinástica según Garibay
De aquella fuente contaminada, más algún sorbo de otras más sanas, bien destilado todo por su caletre, he aquí la monarquía navarra que le resulta [1].
A. Reyes pre-Arista:
1º. García Jiménez. 2.º García Íñiguez I. 3.º Fortún Garcés I. 4.º Sancho I Garcés. 5.º Jimeno, «de quien la común opinión de los autores no ha hecho mención» [2].
Aquí algunos historiadores postulaban un interregno, del que habría salido elegido rey Íñigo Arista. Garibay, legitimista y enemigo de cambio dinástico, lo rechaza. Su Jimeno tuvo por hijo y sucesor a Íñigo, de apellido Jiménez (mejor que García, según otros, y mucho mejor que de padre desconocido) :
B. Desde Arista, a la primera unión histórica con Aragón (siglos IX-XI):
6.º Íñigo Jiménez Arista. 7.º García Íñiguez II.
Aquí de nuevo rechaza «lo que los autores hablan» de un segundo interregno navarro, pues «al rey D. Garci Íñiguez sucedió su hijo mayor el rey D. Fortuno, segundo de este nombre»:  
8.º Fortún II (Garcés) el Monje, «de quien ningún autor hasta ahora ha hecho
mención».  9.º Sancho II (Garcés) Abarca, que «sucedió a don Fortún su hermano, y no al padre». 10.º Garci Sánchez I, «de quien hasta ahora ningún autor tampoco ha hecho mención». 11.º Sancho III (Garcés), «del cual tampoco, como de su padre,  ningún autor nos ha dado noticia alguna». 12.º García (Sánchez) II el Tembloso, «que hasta ahora ha sido contado por hijo de Sancho Abarca, recibiendo en ello manifiesto engaño, porque fue biznieto». 13.º Sancho IV (Garcés) el Mayor. 14.º Garci Sánchez III de Nájera.
Con Sancho el Mayor alcanzamos el Año 1000, y la historia navarra se hace más segura, al tiempo que se mezcla con la de los reinos vecinos, Castilla y Aragón. De hecho, el libro 22 se cierra con el interregno (éste sí) que puso en el trono navarro a Sancho Ramírez, «rey de Aragón, uniéndose por algunos años Navarra y Aragón» (1063-1094).
Un cuadro ayudará a golpe de vista:

En fondo amarillo se marca la ‘prótesis’ de Garibay, lo que llamamos la Navarra pre-Arista. La 1ª columna fija la serie numérica, marcando en verde los tres nombres de reyes calcados y repetidos de la serie histórica ‘jimena’ posterior, en marrón, de modo que 2 = 7, 3 = 8, 4 = 9. Por otra parte, van escritos en marrón los reyes descubiertos por Garibay, que hicieron fortuna, así como los parentescos que él señaló. También figuran sobre azul los dos primeros interregnos que otros autores ponían con cambio dinástico y Garibay rechaza.

¿Arista o Aritza? Sobre el apellido o apodo de D. Íñigo
Muchas cosas quedan por aclarar, pero sólo nos fijaremos en dos: ¿Quién era aquel D. García I, supuesto fundador de la monarquía navarra? ¿Quién fue, y de dónde, el primer rey ‘histórico’ de Pamplona, Íñigo Arista?
Sobre lo primero, como fábula que es, allá Garibay, que navarriza la leyenda del Reino de Sobrarbe. Según él, los nobles reunidos en la capital aragonesa Ainsa
«alzaron por su Rey y señor al dicho García Ximénez, señor de Abárzuza, en este mismo año de [setecientos] diez y seis, en el año que el Rey don Pelayo fue alzado en Asturias» [3].
En cuanto a D. Éneco o Íñigo apellidado Arista, la cosa se complica. El arzobispo Rada creía saber que fue de la parte de Bigorra, y que lo de ‘Arista’ (en latín, ‘filamento áspero de la espiga seca, brizna inflamable’) era apodo que le vino por su ardor en la pelea. Garibay se atiene a ello, aunque sin poner en duda su oriundez navarra, como ya hizo con la de García Jiménez [4]. Bigorra y Sobrarbe caen en el mismo tramo del Pirineo, en las vertientes norte y sur respectivamente, como ya observó el historiador aragonés Zurita, totalmente contrario a las novedades de Garibay, aunque ni le nombra [5].
A D. Íñigo, muchos le hicieron godo, y casi todos aquitano de Bigorra; aragonés, según alguno, pero mejor navarro, y concretamente de Viguri o Viguria, cerca de Estella, según García de Eugui, historiador navarro y obispo de Bayona. Confundir la oscura aldea navarra con el condado de Bigorra era fácil, con tal de demostrarlo.
Ahora corre la moda de  vascongar el Arista en Aritza (roble, en vascuence). Creo que lo divulgó primero el navarro Arturo Campión, siguiendo más o menos una conjetura del francés suletino Arnaldo de Oihenart. Éste trata del linaje y patria de Arista en su Noticia de ambas Vasconias (1638). Él también pensaba que Bigorra era confusión del topónimo, y hasta creía tener y probar otra solución mejor [6]. Abrevio el pasaje omitiendo detalles:
«Hay en la Baja Navarra una aldea llamada Baigorria, distante sólo diez leguas vascongadas de Pamplona. Lugar que antaño también se llamó Biguria, escrito a veces Beygur, o más a menudo Baigoer. En dicha aldea todavía queda la antigua e ilustre familia de los Vizcondes de Baigorri, que hasta los tiempos de nuestros abuelos siempre usó como suyos propios los nombres de Iñigo, García y Jimeno, con sus apellidos.
Yo diría que Íñigo García [sic, no Jiménez] fue de esta aldea, más bien que del condado de Bigorra; porque además de próxima a Navarra y pegante a su frontera, cae en los lugares montuosos y ásperos del Pirineo, a los que expresamente de refiere el Toledano don Rodrigo como preferidos de Íñigo: condiciones ambas que faltan en el Condado de Bigorra…
Ayuda no poco a nuestra conjetura la onomástica, tan importante para distinguir las familias antiguas. En toda la serie de Condes de Bigorra no hay un solo nombre que se corresponda con los de los reyes navarros, mientras que en los Vizcondes de Baigorri la concordancia onomástica con los primeros reyes de Navarra apenas falla… [Oihenart aporta documentación al canto.]
Todavía hay otras conjeturas que nos inducen a hacer a Iñigo Arista oriundo de los señores de Baigorri… Y en fin, el apellido Arista (mal derivado de las ‘aristas’ por el común de los historiadores) tiene fácil explicación, si se admite que la patria de Íñigo fue dicha aldea baigorritana, pues su barrio principal, hoy conocido como Ermita de Sant-Esteban, antes se llamó Harizeta, como consta por tablas antiguas del Vizconde de Baigorri Lope Íñiguez que cité arriba. Ahora bien, los navarros en general, al pronunciar palabras del vascuence, suelen omitir la aspiración, como también eliden muchas vocales entre consonantes; y así de Harizeta sacaron Arista. Y como harizeta en vascuence significa Robledo, yo diría que de ahí les vino a estos reyes primeros llevar el roble como enseña.»
Me he alargado en la cita, porque creo que algunos apreciarán su curiosidad. No cabe duda de que la conjetura es ingeniosa y bien trabajada por el erudito de Mauleón. Otra cosa es su valor crítico, pues dejando aparte la incongruencia heráldica, estamos hablando de un personaje del siglo IX, del que poco cierto podían decir los papeles de un oscuro vizconde del XVII, que encima se tenía por descendiente. Sin duda una familia de hidalgos agramonteses oriundos de la Navarra peninsular y afincados en la ‘Tierra de Vascos’. Pero, en fin, el Harizeta > Arizta de Oihenart es de esas cosas que engolosinan al vulgo aberchale, y a nadie debería chocar ni ofender que ese público lo reciba con entusiasmo.
Cumplido así el compromiso del título, aquí podría concluir este relato. Nadie piense que nuestro autor se limitó a piratear un producto ajeno averiado. Garibay tenía sus ideas muy claras, y para sostenerlas fue trabajador inteligente. Aparte de los reyes apócrifos de La Peña –que no son más que dobletes de otros que vinieron después–, él documentó su propuesta de otros desconocidos: Jimeno (el padre de Arista), Fortún Garcés, García Sánchez I y Sancho Garcés II. Esta novedad se considera acertada o interesante. Hizo también ajustes de parentesco en la línea dinástica:  Íñigo Arista fue hijo de Jimeno; Sancho Garcés II fue hermano de Fortún Garcés; García Sánchez II el Tembloroso fue biznieto, no hijo, de Sancho Garcés Abarca.
Enemigo de la Ley Sálica, Garibay reconoce el derecho de las hembras ‘propietarias’ y es respetuoso con lo que él llama ‘hacerse femenina’ una línea dinástica, sin que eso le obligue a ocultar su preferencia por «la sancta y bendita línea masculina» que nos viene de Adán [7].
Y lo mismo que no simpatiza con lo francés en general, tampoco comulga con el goticismo de Rada, que hizo escuela y casi iglesia entre la nobleza española. Garibay, que como genealogista de profesión tanto supo de falsos linajes, casi compadecía a sus clientes aferrados a lo godo, siendo así que la hidalguía más rancia era la española, y la más genuinamente española de todas, la suya vascongada. Ambas reconquistas, la astur-cántabra y la pirenaica, tienen para Garibay raíz hispana autóctona, no goda, con su máxima expresión en el caso de Navarra.
De ahí el silencio perplejo del historiador mondragonés ante indicios históricos de que aquella estirpe navarra resultó ser, entre todas las de la España reconstruida, la más contaminada por la mezcla con el enemigo moro. De ahí su repugnancia a admitir que todo un rey navarro como Íñigo Arista hubiese otorgado fuero de coronar, por razón de estado, incluso a un ‘pagano’, un rey de Navarra musulmán. De ahí su autocensura, para no mencionar siquiera el hallazgo estupendo de su colega el cronista Ambrosio de Morales: las que hoy conocemos como Genealogías de Roda [8].
Antigua iglesia Catedral de Roda de Isábena (Huesca)
De Rada a Roda
Con este juego de palabras trato de fijar la atención sobre la singularidad histórica de Navarra entre los reinos de la Reconquista española.
Metidos en este laberinto de monasterios, códices y catálogos regios, va siendo hora de salir a la luz, y vamos a hacerlo por la más extraña de las bocas: la Genealogía de Roda. Se trata de otra serie de reyes de Pamplona, según el Códice de Roda, propiedad de la Real Academia de la Historia. Se llama así, o también Códice Rotense, porque algún tiempo estuvo en la antigua catedral aragonesa de Roda de Isábena (en Ribagorza), aunque su origen se podría buscar  en la propia Corte Navarra cuando la capital fue Nájera (en La Rioja), y posiblemente por los alrededores del año mil.

El códice Rotense es de lo más orosiano, en el sentido que dijimos. De hecho empieza por la Historia de Orosio con otros textos históricos conocidos, a los que añade a modo de suplemento listas de reyes cristianos y moros, incluida la serie de Pamplona desde Íñigo Arista, expresada al modo bíblico [9].
Y aquí viene la sorpresa: el parentesco de mixta religión de aquellos monarcas, como puede verse en esta página del códice (al folio 191, recto), que transcrita en su latín macarrónico y puesta en romance dice así:

ORDO NVMERUM REGUM PAMPILONENSIUM

1. [E]nneco cognomento Aresta genuit Garsea Enneconis et domna Assona qui fuit uxor de domno Muza qui tenuit Borza et Terrero…

2. Garsea Enneconis accepit uxor domna ...  filia de ... et genuit Furtunio Garseanis et Sanzio Garseanis et domna Onneca qui fuit uxor de Asnari Galindones de Aragone.

3. Furtunio Garseanis accepit uxor domna Oria filia de ...  et g. Enneco Furtunionis, et Asenari Furtuniones, et Belasco Furtuniones, et Lope Furtuniones, et domna Onneca qui fuit uxor de Asenari Sanzones de Larron.

4. Sanzio Garseanis accepit uxor domna [... ] et g. Asnari Sanziones qui et Larron.

5. Asnari Sanzionis accepit uxor domna Onneca, Furtuni Garseanis (fi)l(ia), et [g.] Santio Asnari, et domna Tota regina, et domna San(zia...). Ista Onneca postea accepit uirum regi Abdella, et g. Mahomat Ibin Abdella.   [... ]


ORDEN NUMÉRICO DE LOS REYES DE PAMPLONA

1. Íñigo apellidado Arista engendró a García Íñiguez y a doña Assona, que fue esposa de don Muza, teniente de Borja y Terrer...

2. García Íñiguez tomó esposa a doña … hija de …, y engendró a Fortún Garcés y a Sancho Garcés y a doña Óñeca [Íñiga], que fue esposa de Aznar Galíndez de Aragón.


3. Fortún Garcés tomó esposa a doña Oria, hija de…, y engendró a Íñigo Fortúnez  y a Aznar Fortúnez y a Belasco Fortúnez y a Lope Fortúnez, y a doña Óñeca que fue esposa de Aznar Sánchez de Larraun.


4. Sancho Garcés tomó esposa a doña …, y engendró a Aznar Sánchez, que también de Larraun.

5. Aznar Sánchez tomó esposa a doña Óñeca, hija de Fortún Garcés, y engendró a Sancho Aznárez y a doña Toda reina, y a doña Sancha... Esta Óñeca luego tomó por esposo al emir Abdalá y engendró a Mohamed Ibn Abdalá. ...

Con que «Don Muza... , el rey (o emir) Abdalá I, su hijo Mahomat ibn Abdalá», es decir, el padre del primer califa de Córdoba Abderramán III, ¡descendientes directos del fundador de Navarra, Íñigo Arista! ¿Qué enredo era este?
Ahora entendemos el sobresalto que tuvo el cronista oficial regio de Felipe II, Ambrosio de Morales, cuando descubrió y leyó esta misma lista de Roda en copia de la biblioteca de San Marcos de León. ¿Una broma de falsario? No lo pareció, y menos desde que volvió a leerla en otro códice del Escorial, donde Morales era bibliotecario. Así lo describía en 1586, para sorpresa  de muchos –también de nuestro Garibay [10].
«Yo diré aquí ahora una cosa muy nueva y extraña; mas, por haberla hallado en un libro muy antiguo de la libreria de Santo Isidoro de León, cuya copia también está en el real monesterio de San Lorenzo del Escurial, la pondré como allí está…»  
[Morales repite lo que acabamos de ver; y concluye:]
«Así el rey Abderramán es nieto de la reyna de Córdoba Íñiga, y bisnieto del rey García Íñiguez, y cuarto nieto de Íñigo Arista. Hasta aquí llega aquella memoria… Yo digo en esto todo lo que hallo, y de lo cierto doy los testimonios que lo comprueban, y después prosigo con conjeturas. A quien estas no le parecieren bien, siga las mejores que el tuviere.»
Enlaces Pamplona - Córdoba - Aragón (G. Martínez Díez)
Lo que hoy sería sólo un hallazgo documental para la Historia, en la España del siglo XVI era una bomba. Una bomba de racimo, si se permite el anacronismo; porque sin limitarse a la estirpe regia navarra, la mezcla de sangres a cualquier vascongado podía reventarle la hidalguía. Porque el privilegio de los vascos dentro de España, empezando por su hidalguía universal, se fundaba en la pretensión de ser inmunes de mezcla racial judía o agarena, como gente que siempre vivió aparte en sus montañas.
No era para menos. Morales revelaba algo que sin duda todos los buenos historiadores sospechaban, aunque nadie lo decía. Era levantar la cortina sobre un parentesco demasiado próximo entre los cristianos navarro-aragoneses y la morisma en sus esferas más altas.
Garibay, que tanto se preciaba de haber revuelto los archivos monásticos de Navarra y La Rioja, debió de quedarse atónito. Él mismo había cerrado su Compendio Historial con una historia de la España árabe, donde no supo o no dijo nada parecido. También conoció lo que vimos del Fuero de Sobrarbe, y cómo Íñigo Arista decretó que si alguna vez los navarros no encontraban rey cristiano que les conviniese, podrían elegir a un infiel [11]. Garibay recoge la noticia, añadiendo de su cosecha que «lo tocante a infiel no quisieron admitir, como cosa fea y malsonante», sin sospechar que para el rey de Pamplona al fin todo quedaba en la familia: una familia extensa y mixta de cristianos y musulmanes.
Garibay acierta sin duda cuando dice que la mayor parte de la tropa que invadió España con los árabes estuvo formada por norteafricanos muladíes (conversos al Islam) o incluso cristianos. Más difícil era, en su ambiente y para su mentalidad, reconocer la amplitud del fenómeno de conversiones al Islam o al Judaísmo –que en las invasiones musulmanas  solía afectar a familias enteras, incluso a poblaciones–; pero sobre todo la persistencia de matrimonios mixtos precisamente en una raza como la vascona, supuestamente la más antigua de España y la más purasangre católica. Familias muladíes medievales en el poder, como los Banu Qasi, rompían el esquema, mezcladas de un lado con sus correligionarios musulmanes, del otro con sus convecinos y parentela cristiana. El prejuicio moderno de la limpieza de sangre se proyectaba sobre unos ancestros totalmente ajenos a tales preocupaciones. Todo ello en favor de una pedagogía nacional orosiana,  y para sosiego de conciencias nobiliarias. De ahí la autocensura generalizada y el ocultar o ignorar los historiadores el elemento islámico navarro-aragones.
Como historiador, Garibay no ignoró la existencia de los Banu Qâsi (los Casios o Cásiez, diríamos hoy, Hijos de Casio) señores del Valle del Ebro en los siglos VIII-X, clientes primero y enemigos después de los Omeyas de Córdoba. El epónimo fue un conde Casio, uno de los primeros conversos hispanos al Islam y maula o cliente de los Omeyas. Un descendiente suyo, Musa ibn Musa ibn Fortún (h. 800-862), fue el popularísimo y coloquial ‘Moro Muza’, llamado en su tiempo «el tercer rey de España», aunque lo que nos importa más aquí es su doble parentesco con Íñigo Arista: nacidos ambos  hermanos de madre, a su tiempo fueron también yerno y suegro.
La madre común se llamó doña Óñeca, casada primero con un Jimeno, y en segundas nupcias con un ‘casio’ llamado Musa.  Dos familia muy unidas, pues Arista dio a su medio hermano por esposa en matrimonio fecundo a su hija Asona; de modo que el ‘Moro Muza’ y el segundo rey de Pamplona, García Íñiguez, fueron cuñados. Son circunstancias que hacen pensar en otros muchos enlaces mixtos que no pasaron a la Historia [12].
Vemos, por otra parte, cómo el códice rotense deja espacios en blanco para suplir nombres que desconoce. Dice, por ejemplo, que «Fortún Garcés –Fortún el Monje, de Garibay– tomó por esposa a doña Oria, hija de …». Hija de Lubb ibn Musa, es decir, del casio Lope, hijo del moro Muza, con Asona, y nieto por tanto de Arista.
Pero esto no era lo más fuerte. La gran revelación del Códice de Roda, que pasmó a Morales y quedó sepultada en el silencio, decía que una Doña Óñeca o Íñiga, hija de Fortún Garcés el Monje y bisnieta de Íñigo Arista, casó en segundas nupcias con el emir de Córdoba Abdalá (888-912), con el que tuvo a Mohamed ibn Abdalá, padre de Abderramán III. El fundador del Califato de Córdoba era nieto de esta otra Óñeca, y cuarto nieto de Íñigo Arista, como advirtió Morales.
Un cuadro genealógico simplificado bastará para dar idea de lazos muy estrechos familiares y políticos entre Córdoba y Pamplona, aquí a través de los Banu-Qasi.


Óñeca (o si se prefiere, Íñiga Ordóñez), en el harén cordobés fue conocida como ‘Al-Durr’, la Perla. Pero no una perla en solitario, ya que su nuevo marido el emir Abdalá I tuvo por madre a Uxar ‘la Vascona’. Lo que significa que por Abderramán III circulaba más sangre navarra que árabe, o al menos una muy notable proporción. Y algún atractivo físico, moral y político tendrían las reales hembras navarras, cuando también el háchib o Gran Chambelán del Califato, Almanzor, siguiendo el ejemplo de su señor, se casó con una hija de Sancho Abarca.

Medina Azahra, la ciudad mágica de Abderramán III cerca de Córdoba, este pasado 1 de julio ha sido incluida en el Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Por allí anduvo doña Óñeca. Más de un visitante vasco-navarro se figurará su sombre huidiza en el Salón Rico, y creerá oír por algún rincón psicofonías femeninas e infantiles en vascuence, no es disparate. ¿Llegó a haber euscalteguis en aquella corte? ¿Cátedras de uskara, academia de la lengua? ¿Se produjo en la sabia y políglota Córdoba la primera gramática vasca? Preguntas en el aire que, con algún estipendio público, más de uno estaría dispuesto a investigar.





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[1] Compendio Historial, t. 3, libros 21-22.
[2] Ibíd., lib. 1, c. 13; t. I, pág. 26 (edic. de Barcelona, 1628).
[3] Comp. Hist. 21, 7; 3: 16. También: «En algunas obras se escribe que fue señor de Amescua y Abárzuza, pueblo no lejos de donde se fundó después la ciudad de Estella».
[4] Comp. Hist. 21, 13 (3: 27-28); 22, 1 (3: 29-31). «Yñigo Arista, a quien otros llaman don Yñigo Garcia, que era señor de Abarzuza y Bigorra, y quieren más algunas historias de Navarra, que tenía su casa y habitación en Val de Junquera, que las mesmas obras dicen ser cerca de Salinas de Oro, y que su padre se llamó don Ximén Yñiguez Arista [sic]…» (3: 28).
[5] Zurita es totalmente contrario a las tesis de Garibay, aunque ni le cita, y como mucho admite que los ‘reyes nuevos’ anteriores a Arista serían duques de obediencia franca.
[6] A. de Oihenart, Notitia utriusque Vasconiae, tum Ibericae, tum Aquitanicae.  París, 1638, lib. 2, cap. 12; págs. 248-252. Diré de paso que, por contraste con Zurita, Oihenart es más considerado con Garibay, al que a menudo cita, en pro o en contra; cfr. Notitia, pág. 224.
[7]  Comp. Hist, 1, 10; 1: 10.
[8] El citado T. Ximénez Embún quitaba importancia a las genealogías del Códice de Roda, dándolo como «uno de tantos entretenimientos monásticos de los siglos XIII o XIV». Ensayo histórico, o. cit., pág. 50. Sin embargo es pieza de primer orden. Sin embargo, se considera pieza histórica de primer orden.
[9] Del Códice de Roda hay edición facsímil digital de su depositaria, la Real Academia de la Historia:
[10] A. de Morales, Los cinco libros postreros de la Corónica General de España. Córdoba, 1586, libro 15, cap. 36, fols. 183-184.
[11] Comp. Hist., 3: 28, A-40.
[12] Ver Cuadros genealógicos en Gonzalo Martínez Díez, El Condado de Castilla (711-1038). Pons-Historia, 2005, vol. I. Los Banu Qasi, pág. 141; Dinastía de Pamplona I: Enlaces con Aragón y los Banu Qasi, pág. 174 En este línea, una tataranieta de Musa ibn Musa, doña Urraca bint Abdalá se casará con el rey de León Fruela II (h. 925); ibíd., pág. 141.
[13] Sobre lo tratado puede verse bibliografía más amplia en el artículo de referencia: Jesús Moya Mangas, Esteban de Garibay y la invención de la Navarra pre-Arista. HUARTE DE SAN JUAN. Geografía e Historia (Univ. de Navarra), 24 (2017): 9-50.