jueves, 31 de octubre de 2019

Exhumación


Este mes ido ha tenido como santo y seña una palabra: exhumación
En tiempos normales no sé; lo que es ahora, todo el mundo conoce lo que significa.  Pero, ¿de dónde viene, qué historia tiene, qué secretillos guarda, qué curiosidades ofrece?...  
Me asomo al tema, y en verdad que hay carrete para una conferencia o artículo, que con gusto escucharía o leería de un buen especialista. Lo cual no me quita la gana de trenzar unos garabatos para matar el tiempo, mientras se nos viene encima el 10-N y se verifica el impacto de la Super Exhumación en los comicios. Sin pretensión, exhumemos aspectos curiosos y hasta paradójicos de la cultura.
Exhumación. «Acción de exhumar», define la Academia Española.
Exhumar (1ª acepción): «desenterrar un cadáver o restos humanos»; que viene «de ex- y el latín humus, ‘tierra’. Lo contrario de inhumar.
Inhumar: «enterrar un cadáver», «del latín inhumare».
Salta a la vista, para dos verbos tan afines y de un mismo origen latino, el trato etimológico tan dispar. Si ‘inhumar’ viene de inhumare, ¿cómo es que ‘exhumar’ no viene de exhumare directamente, sino dando un rodeo por humus?
Se me ocurren varias explicaciones, que todas convergen en una: el redactor consultó un buen diccionario latino clásico, y no encontró exhumare; sí en cambio inhumare, como también inhumatio. Y es que en los buenos tiempos del latín se ‘inhumaba’, pero la acción contraria ni siquiera tenía palabra, como si fuese algo insólito o impensable. 
 Tanto es así, que en todo el Corpus del Derecho Romano, la expresión que más se aproxima a eso que no se nombra es nada menos que violatio sepulchri. Expresión algo fuerte, que no pide muchos latines para hacerse entender. Era uno de los delitos que por su gravedad especial y rechazo social acarreaban infamia.
Luego vemos el porqué de ese fenómeno. Antes demos un vistazo al primer diccionario académico español, el ‘de Autoridades’ (Madrid, 1726-1737). En él curiosamente  no tiene entrada inhumar/inhumación, pero sí en cambio el verbo contrario, veamos:
EXHUMAR. v. a. Desenterrar, sacar de la tierra o sepulchro algún cuerpo, cadáver, o huessos de alguna persona. Por lo regular se suele entender quando de orden del Papa se manda reconocer el cuerpo de alguna persona insigne en virtúd y santidad, y después de reconocido se vuelve a poner en la sepultúra. Latín. Exhumare, de donde viene.
Es decir, que exhumar y exhumación sí son voces latinas, pero no clásicas sino de la Edad Media. El ‘Du Cange’ –el glosario o diccionario más familiar para estos latines y latinajos– dice de ellas:
EXHUMARE. Excavar del suelo un cadáver; en francés, exhumer.  Exhumatio. Desenterramiento; en francés, exhumation. Lo uno y lo otro se lee en el concilio de Riez (1282), etc. 
Pero si las dos voces, según el Glosario, concurren en un texto del siglo XIII tardío, seguro que venían de antes. ¿Como de cuándo? Esta vez toca abrir el Corpus del Derecho Canónico o Eclesiástico, es decir, el Decreto (siglo XII) y las Decretales (siglos XII-XV).
Es significativo que en el  Decreto de Graciano (h. 1150) no hay rastro de esas palabras, que en las Decretales sí se repiten, aunque bien poco. Digamos pues que, creadas para la lengua técnica y culta, corren desde el siglo XII y se divulgan en el XIII.  Y por supuesto, no suplantaron a los populares ‘enterrar/desenterrar’. (A propósito, yo recuerdo de niño la expresión eufemística ‘dar tierra’, que me intrigaba mucho: «A la bisabuela le dan tierra mañana» – era como para desatar la fantasía.)

La sepultura en el Derecho Romano
¿Por qué los romanos, y los antiguos en general, fueron tan reacios al desentierro de cadáveres? En buena parte, por las mismas ‘razones’ que hoy nos siguen moviendo a desear y procurar a los difuntos el descanso en paz. Concretemos.
Jurídicamente hablando, las sepulturas eras cosas. Había cosas de derecho humano, y éstas eran las más: cosas tratables y manejables según las leyes humanas. Pero otras cosas eran de derecho divino, cosas sagradas, pertenecientes a la religión, tanto la privada y familiar como la pública. Un templo era sagrado por su dedicación a divinidades ‘de arriba’. Un sepulcro era sagrado por su relación natural con divinidades y númenes ‘de abajo’, en especial los manes subterráneos, tutelares y titulares de los muertos enterrados y de sus tumbas. 
'A los Dioses Manes' - Museo Regional de Tréveris
En todo caso, las cosas sagradas eran para el Derecho Civil lo que los dineros públicos son para la ministra Carmen Calvo: no eran de nadie. Y al no ser de nadie, no eran objeto de tasación ni transacción. Es verdad que hay muchas noticias sobre transacciones, legados, ventas o cesiones de sepulcros, como si fuesen patrimonio hereditario de las familias. En rigor son abusos de lenguaje, confundiendo el sepulcro con el derecho de entierro en él. Ese derecho sí que era tasable, transmisible, negociable; pero el sepulcro como tal cosa sagrada no, al no tener dueño entre los vivos.
Es más, una vez decaída o destruida la cosa sagrada –bien el templo, o el sepulcro etc.–, el suelo donde estuvo seguía siendo sagrado. Con dos excepciones: si hubo ocupación enemiga, o si hubo evocación previa. Así los romanos, antes de tomar una ciudad enemiga –cuyas defensas eran sagradas–, ‘evocaban’ a todos los dioses locales invitándoles a pasarse a Roma [1].
Larario doméstico - Pompeya
La consagración y execración de templos y otras cosas de religión pública  estaba reservada a los pontífices, o al príncipe en función de sumo pontífice. La tumba en cambio, como el hogar doméstico, eran cosas tan primarias y necesarias, que cualquiera persona podía hacer religioso y sagrado un lugar limpio de su propiedad, si encendía allí un hogar, si ponía a los domésticos dioses lares un altarcito (larario), o si enterraba  a un muerto. Por lo mismo, la execración de esos lugares podía resultar complicada. La de los sepulcros en especial era vista como mal negocio y peligroso, porque los manes tenían sus manías y no les agradaba ser molestados
En Derecho Civil o Romano, las tumbas tuvieron tratamiento y protección especial, que se continuó en el Derecho Eclesiástico o Canónico. El sepulcro era inviolable, y de la infracción se ocupa el Digesto, Libro 47, en su Título 12: De sepulchro violato. Su ley 1ª dice así:
«La acción de sepulcro violado irroga infamia». 
Su ley última (la 11) dice: 
«Los reos de sepulcros violados, si hubieren llegado a extraer los cuerpos (ipsa corpora) o a sacar huesos: si son de baja condición se les castiga con pérdida de fortuna en grado máximo; a los nobles se les deporta a una isla; o bien se les relega, o se les condena al metal (a las minas).»
Por su parte, el Código de Justiniano abunda en lo mismo (Libro 9, Título 19, De sepulchro violato), como también el Código Teodosiano. Dejémoslo así, sin descender a detalles. 
La inmunidad del sepulcro alcanzaba al cuerpo o cuerpos sepultados, al suelo, a la edificación sepulcral en conjunto y a cada uno de sus elementos, que no se podían retirar, reciclar ni vender etc. 
Pero, ojo, había una excepción notable, que el jurisconsulto Pablo enunció así:
 «Los sepulcros de los enemigos no son religiosos para nosotros; por lo cual podemos convertir a cualquier uso las piedras retiradas de allí, sin que competa acción de sepulcro violado»
Es fácil ver aquí una aplicación del principio general antes citado: las cosas sagradas perdían este carácter si las ocupaba el enemigo.
¿El enemigo de quién? Obviamente la ley no trata de enemistades particulares o grupales. En la guerra exterior era claro quién era el enemigo; en la civil, ya no tanto. Y para el caso de los sepulcros, la ley se refería a personajes notorios o declarados enemigos públicos de Roma, del estado y pueblo romano. Como tampoco dice que esos sepulcros no fuesen sagrados en absoluto, sino que no tenían la consideración de tales, y por tanto no gozaban de protección jurídica, ni su violación era perseguible legalmente. Como quien dice, ‘allá los dioses manes’. 
Torre de los Escipiones (Tarragona),
probable cenotafio. Grabado de Laborde
¿Y los cenotafios? El cenotafio (tumba vacía) era un monumento honorífico de aspecto sepulcral; mero simulacro sin cuerpo dentro, bien porque se perdió, o porque ya tenía tumba en otro sitio, o por otra causa. Función similar tuvo el túmulo o catafalco postizo en la liturgia de difuntos celebrada sin cuerpo presente.
Como tal simulacro, el cenotafio no era más religioso que cualquier otro monumento, aunque incluyese el nombre, retrato o estatua del difunto recordado. Sobre los cenotafios honoríficos utilizados luego para enterramiento, hubo discusión si eran religiosos o no; hasta que un edicto imperial decidió que pasaban al fuero de lo sagrado. 


La aportación eclesiástica
El cristianismo marcó su huella en el derecho tocante a las sepulturas, con impronta de origen judaico mezclada con costumbres paganas, ideas neoplatónicas y aportes nuevos. Entre las novedades, se permitió enajenar cosas sagradas, también sepulcros, para alimentar a los pobres en tiempo de hambruna, para redimir a cautivos o para pagar deudas de la Iglesia. Pero sin duda la innovación más notable fue el auge de las exhumaciones, lo que dio origen a esta palabra.
¿Exhumar, para qué? Vimos arriba como, para la Real Academia en 1732, la exhumación tenía un uso positivo, en la canonización de santos. Las primeras canonizaciones papales se registran en torno al milenio, pero la institución se formaliza en el siglo XIII con el papa Gregorio IX y la promulgación de sus Decretales (1234). Entre ellas figuraba y figura una sobre el particular (Libro 3, título 45. ‘De las reliquias y veneración de los santos’, cap. 1), a nombre de Alejandro III y fechada en Roma y julio de 1170. Se trata de la demasiado famosa decretal Audivimus (‘Hemos oído’).
Digo, demasiado famosa, porque esta decretal como suena es apócrifa. Su redactor, el catalán san Raimundo de Peñafort, al preparar la colección por encargo de Gregorio IX se tomó mucha libertad con los textos. Éste atribuido a Alejandro III es contrahechura de un simple párrafo de una carta suya al rey Canuto I con el clero y pueblo de Suecia. Un párrafo tan insólito, que merece ser recordado. Empezaba así: «Por último, algo hemos oído…» etc. ¿Qué rumor le había llegado al Santo Padre?  
Pues que cierto individuo (al que no nombra), muerto en pleno estado  etílico, estaba siendo venerado por algunos (tampoco dice quiénes) como santo y mártir, como que hacía milagros. Ahora bien, el tal ‘santo bebedor’ era..., era... el rey Eric el Santo. Sí, ¡el padre de Canuto!
Supuesto relicario de Eric el Santo
Eric IX el Santo había muerto degollado (mayo de 1161), tal vez por encargo de su rival danés Magnus Henrikssen, pretendiente al trono sueco y beneficiario inmediato  del asesinato. El haber ocurrido en la catedral de Upsala, o a la salida de misa, bastó para que un rey, por otra parte gran conquistador y gran misionero, mereciese antes su gente la palma del martirio.
Lo de la embriaguez (que tampoco era tan grave en aquellos tiempos y latitudes) fue sin duda un chisme de los pretendientes rivales; porque aparte de Magnus estuvo Carlos VII, para quien Eric había sido un usurpador. Y por parte del papa fue un patinazo hacer mención de ello, pues a lo que parece confundió al padre de Canuto con el auténtico ‘santo bebedor’ de la leyenda: un tal Pirón, un borrachín que se ahogó en un pozo, pero que en su caída, en vez de la esperada blasfemia, le oyeron invocar al cielo, y diz que hacía milagros. 
Lo que el papa intentaba con tan poco tacto era recordar que el nombramiento de santos competía a la Santa Sede. Esto último era lo que importaba también a san Raimundo, y de ahí forjó la decretal [2]. 
El proceso de canonización de un presunto santo ya venía incluyendo el adminículo de su exhumación, ante todo para identificar y reconocer el estado de sus restos mortales, preciosas reliquias. Y no digamos si aparecían incorruptos, para edificación del pueblo piadoso y siempre amigo de sensaciones.
Eso por la parte buena. Porque una vez puestos a exhumar santos, por la misma regla se pasó a desahuciar y desalojar de sus tumbas a gente menos recomendable. Ya vimos cómo el Derecho Romano no reconocía inmunidad a la sepultura del enemigo. ¿Y qué mayor enemigo público que el hereje, el apóstata, el excomulgado? 
El Sínodo 'ad Cadaver': Exhumación y juicio del papa Formoso

Aquí es inevitable recordar la exhumación más famosa en la Historia de la Iglesia; también la más infame y la más estúpida. Tuvo lugar en febrero/marzo del año 897, cuando el papa Esteban VI (896-897), por congraciarse con el emperador germánico Lamberto II de Espoleto, reúne sínodo en la basílica romana de Letrán y cita a juicio nada menos que a un difunto. Como suena: a su predecesor el papa Formoso (891-896, 4 de abril), por haber coronado emperador al rival Arnulfo de Carintia. El cadáver de unos once meses fue exhumado y revestido de pontifical para su comparecencia. El papa vivo hizo al papa difunto el interrogatorio, y como ‘quien calla otorga’, la farsa macabra se cerró  con la condena del reo, su degradación simbólica, la mutilación de tres dedos de la mano derecha (los que usaba para bendecir) y el lanzamiento del cadáver al Tíber. 
El episodio del Sínodo cadavérico se sitúa en la ‘Edad de Hierro’ del papado, en que tanto papel jugaron mujeres, incluida la legendaria Juana de Maguncia, la ‘Papisa Juana’. El montaje contra Formoso pudo ser un acto de vesania de Esteban, pero la inductora fue Agiltruda (Gertrudis), la madre de Lamberto y promotora de su candidatura a la corona imperial. 
Inocencio III el Grande (1198-1216) abrió nueva época en la Iglesia. Fue sin duda un gran papa, un papa enorme; pero como humano tuvo sus sombras, y entre ellas el haber sido gran promotor de la exhumación de cadáveres.
Una decretal a su nombre proviene de una carta suya, fechada en 1199 y dirigida al Arzobispo de Nidarós (la antigua capital de Noruega, llamada luego Trondheim), en respuesta a su consulta: ¿qué hacer con los huesos de excomulgados enterrados en cementerio eclesiástico? Apelando a los sagrados cánones y a la costumbre, argumenta el papa:
«Los que fueron excomulgados en vida excomulgados sigue ya difuntos, si no se reconciliaron in artículo mortis, y no tienen derecho a sepultura eclesiástica. Según eso …, si es posible distinguirlos entre los demás cuerpos deben ser exhumados y arrojados lejos de toda sepultura eclesiástica. De los contrario, no creemos conveniente que junto con los huesos de excomulgados se desentierren cuerpos de fieles.»  
El verbo latino que traduzco por ‘desenterrar’ es extumulare (sacar del túmulo), que no pasó al castellano, y aquí se usa para no repetir exhumare.
Pero no fue esa la única contribución de Inocencio III a la exhumación de cadáveres, ni la más importante. El movimiento de los cátaros o albigenses por todo el sur de Francia, donde concurrían intereses religiosos y políticos, le hizo ver la herejía bajo nueva luz. Era el mayor peligro público, un crimen de excepción en Derecho. Nacía así la Inquisición, el Santo Oficio. Desenterrar cadáveres y huesos, quemarlos y aventar cenizas, formó parte del repertorio del Santo Oficio contra la herética pravedad, en un campo semántico de siniestras flores: proceso, tortura, confiscación, penitencia, multa, prisión, exhumación, hoguera... 
Y por si el entusiasmo decaía, ahí estaban los papas para reavivarlo. Como Alejandro IV (1258), quien para que ciertas exhumaciones fuesen válidas puso una condición sorprendente:
«Cualquiera que a sabiendas presumiere de dar sepultura eclesiástica a los herejes y a sus creyente, receptadores, defensores o fautores, sepan que quedan excomulgados hasta que den satisfacción idónea; y que no han de merecer el beneficio de la absolución si con sus propias manos no desentierran públicamente y arrojan los cuerpos de esos  condenados; y que aquel lugar no se use para sepultura a perpetuidad.» 
«Desenterrar con las propias manos», ¡qué tiempos! Menos mal que, como digo, toda esta lectura va de pasatiempo, sin insinuar ni de lejos que tenga aplicación en nuestros días. ¿Quién cree ya en los manes? ¿o en la sacralidad de la tumba, más allá de la metáfora? Estas antiguallas no son pautas de conducta. Con todo, siguen siendo parte de la herencia cultural a la que pertenecemos. Y como tal cultura, aunque sólo sea para referencia, algo han de pesar en el juicio que hagamos de lo presente. Pero dejemos eso para otra velada.

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 [1] Una tradición tardía pretendía que para ellos precisamente se hizo el Panteón, como hospedería para los dioses vencidos. Tocante a las ‘evocaciones’, se tenía por más seguro interpelar a las divinidades por sus nombres propios, cuando eran conocidos. Porque también había nombres secretos, como era el caso de los dioses custodios de Roma, y hasta el nombre ‘verdadero’ de la Urbe, que nunca se reveló. Macrobio (en las Saturnales 3, 9) registró la fórmula de ‘evocación’ empleada en la toma de Cartago, y por ella se ve que los romanos no sabían los nombres de los dioses tutelares púnicos. 
[2] La santidad de Eric como cuenta política ya estaba cancelada con creces cuando se promulgó la decretal, pues fue reconocida por el papa Inocencio III al final de su pontificado, en 1216.




domingo, 22 de septiembre de 2019

‘Monje y Demonio’



«El maligno enreda, el demonio tienta,
el diablo molesta, pero Satán persigna.» 
(‘Proverbio’ ruso) [*]

Hace unas semanas di por casualidad con un cartel de película rusa tentadora. Qué menos: Monakh i bes (2016). En inglés, ‘The Monk and the demon’. Pero el ruso, como el latín, carece de artículo, de modo que en castellano podría ser ‘Monje y demonio’. Y esta sería la traducción más exacta, ya que la historia versa sobre un buen monje endiablado, mejor que endemoniado a secas. Tentadora, pues, por definición
El tópico del santo poseso (o la santa), en la mística cristiana es una extravagancia curiosa y más bien desagradable, cuando no repulsiva. Tratarlo con humorismo y gracia, para recreo filosófico, depende del talento narrativo y plástico, y hace el mérito de esta comedia. 
Dirigida por Nikolay Dostal, sobre guión de Yurii Arabov, con Timofey Tribuntsev como monje y protagonista, secundado por Georgiy Fetisov en el papel de demonio, más un atinado panel de intérpretes, recrea vida y milagros en un monasterio perdido de la Rusia profunda, primera mitad del siglo XIX [1]. 
Película de fantasía y magia, misticismo y picaresca, ironía y sátira, paradoja y humor a lo Gógol, y algo también a lo Pushkin – ambos mencionados (sin nombrarles) en una escena de la película. Y dado que en otro pasaje se da a Pushkin como todavía vivo, la acción transcurriría entre 1826 y 1837, pongamos hacia 1830 o poco después. Primera década de Nicolás I (1825-1855), cuando éste ya dispone de su famosa policía secreta, y de incógnito, con su privado el conde Aleksandr Khristóforovich Benkendorf, recorre en persona sus dominios inmensos en guisa de inspector militar, atento al desarrollo, pero no a costa de la seguridad del territorio. 
Un santo endemoniado
Iván Simiónovich es un monje inquieto por su convicción de llevar dentro de sí o pegado a los talones a un mal espíritu, con el que convive malamente y en vano trata de quitárselo a patadas contra el aire. 
De ahí le viene, junto con una pequeña tartamudez, un trastorno bipolar severo: a ratos humilde monje, a ratos cínico o violento, imprevisible y extraño siempre en sus palabras y obras. Obras de efecto admirable aunque ambiguo, que a ojos  simples pueden pasar por milagros, pero a espíritus más avisados –como el del igúmeno o padre abad (Borís Kamorzin)–, más parecen pompas de magia demoníaca. Desconcertante, porque si los  discursos del monje Iván no son siempre conformes con la lógica, tampoco su personalidad se ajusta al canon de la santidad. ¿O tal vez sí?
Con todas sus alharacas, el mal espíritu nada puede contra el libre albedrío de un asceta forjado en el dominio de sí mismo, con ayuda divina. En efecto, Iván no es esclavo de su demonio familiar en ninguno de los pecados capitales, y en este sentido sería un santo normal o del común. Sin embargo, él se acusará ante Dios y los hombres de toda maldad imaginable, resumida en un solo y único pecado gravísimo, que le ha sumido en esta situación miserable y desesperada. 
¿Qué clase de pecado? Aquí la paradoja. Ante todo, no un pecado in actu, sino in habitu: un modo de ser, una segunda naturaleza pecaminosa. Un estado de amor compulsivo universal  a todas las criaturas en Dios. Amándolas tales como ellas son, mejores o peores. Lo explicará el propio Iván al abad en confesión:
– ¿Y qué hay respecto a los prójimos?
– A los prójimos, miedo me da hasta corregirles. Los quiero tanto, que no puedo  vivir sin ellos. En especial a los enemigos.
– A ver, a ver: ¿tú amas también a tus enemigos?
– Tengo esa debilidad.
– ¿Incluso a los enemigos de la Iglesia de Cristo?
– A esos en particular.
Amor tanto más fuerte, cuanto más enemigos son. ¿Y quién mayor enemigo y más aborrecible que el demonio?
Pues bien, resulta que Iván una vez, siendo todavía un niño, oyó explicar en la iglesia el precepto evangélico del amor. Y esa fue su ‘conversión’ a mejor vida, de modo que salió de misa hecho un mar de lágrimas. Cierto demonio que andaba por allí al acecho reconoce por instinto al santo en ciernes, y aprovecha para hacerse querer e introducirse en él, convirtiéndose en su ‘demonio de la guarda’.  
Un demonio subalterno, limitado en sus poderes, sin prestigio, sin ficha, un diablo anónimo. De hecho, a falta de nombre propio, dirá llamarse Legión, igual que aquel diablejo en el Evangelio de Marcos (5: 9), como quien dice ‘del montón, uno de tantos’. 
– Extraño nombre el tuyo: ‘Legión’. ¿Es de origen armenio?
– ¿Lo has olvidado, cómo dijo Él de nosotros? «Se llaman ‘Legión’»
 – O sea, que tú también conoces a Cristo?
– Yo no. Mi abuelita.
– ¿Y qué te dijo?
– Le caía bien
– ¡Embustero!...
– Nosotros éramos los únicos que sabíamos que él no era el Mesías, pero…
– En el nombre de Dios, cierra el pico.
– Judas de hecho quiso alzarse contra Roma, e informó a Jesús sobre ello.
– No te entiendo, Legión. Cuándo me mientes, y cuándo no. Eres un tipo raro. U-u-un extraño.
–¿Cómo puede ser un extraño quien lleva tantos años contigo? Y eso que en una ocasión la fastidié, aunque… Bueno, yo tenía que haber puesto una bomba a los pies del monarca e implantar la república este mismo año.
– ¡Demonio tenías que ser! ¡Al ungido de Dios, ¿una bomba?!
– Exacto. Pero me dio lástima, y por el bien de nuestra carrera. ¡Yo quiero ponerte en lo más alto!
– ¡Simiente de Judas!... ¡Escoria! Diablo, Caín… Y Satanás… –perdón, Dios mío– ¿qué pinta tiene?
– Un líder muy eficaz.
– Con todo, ¿tú no le quieres?... ¿verdad, Legión?
– Yo… le odio. Es nuestra norma.
– Extraño lugar, el i-i-infierno. Todo el mundo se odia, pero viven juntos.
– El vuestro es aún peor.
 – ¿P-p-por qué?
– Recuerdo una vez, acostado en mi cama, abro los ojos…, y mi mamá, con mucha dulzura –acababa de rizarse los cuernos–, y tan suave: «Legiosha, hay que calentar la sartén. La noche ha sido muy fría…» –conque me levanto– «Echa un poco de carbón, para que sufran los pecadores» … –¡ah! y hacer los deberes para casa, y aprenderte de memoria el ‘Secreto de la Iniquidad’» 
–¿Y eso qué es? … ¿el s-s- ‘Secreto de la Iniquidad’? ¿Me lo puedes revelar?
– Anda, ve a dormir. Mañana pensamos cómo destruir el mundo.
Diabolismo optimista
Pushkin con un demonio
El diabolismo es típico en la literatura rusa, con exponentes románticos como los poemas de Pushkin (Bes, ‘El demonio’, 1823; Besy, ‘Los demonios’), o Lermontov (Moi bes, ‘Mi demonio’, 1829/30; Bes, 1839). Típica tambièn la figura del melkii bes, diablo menor o incluso diablejo, cuya maldad a la postre no resulta  ‘menos mala’ que la de sus superiores en rango.
Insignificancia, a lo que se ve, compatible con la ambición de medrar y hacer carrera. Nuestro melkii bes, o sea Legión –’Legiosha’ para sus íntimos (empezando por el propio  Iván)– vio en su huésped el instrumento idóneo para poner el  monacato ruso patas arriba. Pero no se pienso en una relajación moral al uso, a base aflojar en los votos religiosos y observancias de convento. Eso a Legiosha le traía sin cuidado. Su revolución era más original y más de su tiempo. Laica progresista de izquierdas (valga todo el pleonasmo).
Generalizando el ejemplo de la película, cabría juzgar que dicho monacato vegetaba en solemne rutina, cerrado a la cultura y a la sociedad, e inútil total para ésta. El plan de Legión iba por una reforma social revolucionaria de signo populista: libertades individuales, «el sufragio femenino, talleres de costura, emancipación de la mujer respecto del hombre y viceversa, emancipación total, de todo respecto a todo»... De entrada, fundar en el convento una sociedad secreta para desbancar al abad. Luego una comuna, ‘La Ciudad del Sol’... Pasito a pasito, hasta el poderío universal, éxito seguro. (La estrategia de propagar la mala semilla desde un monasterio silvestre, dirigido por Iván,  supongo que sería para burlar a la ‘III Sección’, la policía secreta zarista.)
Ahora bien, el monje Iván hijo de Simón no le salió dócil a su maestrillo. El que por amor puro a la criaturas cayó víctima del parásito oportunista, enemigo de Dios y del género humano, jugará la baza divina de ese amor para redimir finalmente al compañero y amigo, su ‘demonio de la guarda’. 
Este extremo paradójico no tiene sentido en el esquema teológico convencional adoptado por la Iglesia de Occidente. Aquí tenemos, en lo místico, el caso de Francisco de Asís y su Cántico de las Criaturas, expresión de amor universal, pero menos, pues no incluye a los demonios. Para esa ortodoxia (repito, convencional), los ángeles caídos, al igual que los humanos réprobos , son criaturas irrecuperables, y por eso su exclusión es eterna [2]. Estas pobres criaturas pueden ser objeto de compasión humana, pero no de amor, no a lo menos de un amor teologal.
Por el contrario, algunos teólogos antiguos orientales, como Orígenes (m. 254) contemplaron un panorama más optimista, donde el beneficio de la redención por Jesucristo alcanzaría finalmente y por igual a todos los hombres, e incluso a los demonios. Es la idea de la apocatástasis, restauración o repesca total, donde el Infierno algún día quedará inservible y será destruido – a menos que se disponga conservarlo como museo de horrores, curiosidad eterna de lo que fue, según Dante, “la última de las obras creadas para la eternidad”:
Dinanzi a me non fur cose create,
se non eterne; ed io eterno duro.
¿Cómo se tomaba estas cosas el demonio de la película? Ante todo, Legión es poco o nada religioso. Le ha tocado ser como es, y no cuestiona ni renuncia a su destino, o si se prefiere, a su vocación de cambiar las cosas, de mejorar el mundo a su manera. Todo  demonio es un ángel caído y condenado para siempre. De hecho, aunque parte de su trabajo lo hagan en el mundo y entre los humanos, su domicilio propio es el infierno, donde de pequeño Legiosha obedecía a su mamá echando una palada de carbón a la caldera de los pecadores. Ahora aquel diablillo es un adulto. ¿Y luego? A Iván le intriga la cuestión:
– Por curiosidad, ¿a dónde va un demonio cuando muere?
– Al cielo.
– ¡¿A la bienaventuranza eterna?! ¿Cómo así?
– Bienaventuranza, lo será para vosotros, los humanos… Para nosotros, un espanto.
– ¡Otra vez mintiendo!...
– Está bien, no me hagas caso. Por una vez, digo la verdad.
Verdad diabólica, pero lógica: si el goce de un demonio enamorado de su oficio es tentar, molestar y atormentar, ¿qué destino más horrible para él que alabar a Dios por siempre, bajo la mirada burlona y risitas de los ángeles, sus antiguos compañeros, y el desprecio de los santos a los que no supo engañar?  El diablo en el cielo es la imagen de un fracaso total. Al mismo tiempo, es la versión irónica de la ‘restauración general’, según Orígenes y su escuela, con resonancias en la ortodoxia rusa.
 T. Tribuntsev (monje Iván) - B. Kamorzin (Abad) - N. Tarasov (Nicolás I) - G. Fetisov (demonio Legión)
Un cuento divertido y bien contado 
Que todo este preámbulo no haga fruncir el ceño a mis invitados al cine, recelándose un bodrio teologal infumable. Todo lo contrario, nos espera una historia humana simpática y entretenida. Me he alargado en las premisas porque son clave para exprimirle el jugo, y también porque he visto críticas negativas de gente defraudad, a mi juicio por ignorar o no tener en cuenta el motivo teologal paradójico que sustenta la trama. 
Hace ya tiempo recomendé aquí mismo otra película rusa de monjes, Ostrov, ‘La Isla’ [3]. Y recuerdo que entre sus valores señalé uno que en ninguna de las críticas que pude leer entonces vi destacado: el humorismo. Aquí esta cualidad no hay casi ni que mencionarla, porque ‘Monje y demonio’ es humor y es ironía desde la primera secuencia hasta la última.
Ambas historias coinciden en tener como protagonista de la lucha eterna  yo-bueno/yo-malo a un monje excéntrico, extravagante, caído por ventura en una comunidad regular más bien rutinaria y pedestre. 
Ante todo, confieso mi debilidad desde muy joven por las viejas historias monásticas edificantes en general, sobre todo las de yermos y conventos molestados por el diablo, o si se prefiere, sacudidos de su somnolencia por algún  yuródyv, uno de aquellos temibles devotos ‘locos de Dios’ (o locos por Dios), medio chiflados, medio pícaros por fuera, inquietantes y sugerentes por dentro.
Adelanto sin embargo que lo de hoy no es más de lo mismo. Dentro del género, son dos obras totalmente diferentes. En ‘La Isla’ era el drama de un hombre, Anatoly, atribulado por el peso de una cobardía que le salvó la vida a costa de la de un compañero. Huido del mundo, la lectura profunda de su conciencia le ha enseñado a leer también las de los demás. Por lo demás, Anatoly no realiza milagros convencionales.
‘Monje y demonio’, por su parte, es tragicomedia mechada de comedia bufa. No es un caso de ‘crimen y castigo’, sino una parodia de leyendas monásticas del santoral ruso. En particular, la biografía legendaria de un san Barlaam de Khutin , muerto a finales del siglo XII, aunque no puede decirse que el monje vagabundo y poseso Iván hijo de Simón sea un trasunto o redivivo de aquel personaje. Se trata de alusiones, coincidencia, equívocos y algún que otro sinsentido, como todo a lo largo de este absurdo casi creíble (el Credo, quia absurdum incluso se cita en la película).



Pequeña guía para ver ‘Monje y Diablo’
‘Monje y Diablo’ es una comedia de diálogo y acción por igual, donde palabras, silencios y gestos, todo va cargado de sentido, y donde las pausas sólo son un respiro para tomar carrera. Es obra para vista más de una vez, siempre con gusto creciente.
La copia insertada, hablada en ruso, lleva subtítulos en inglés, que pueden transcribirse en libreto temporizado. Disponibles igualmente subtítulos en rumano y un serbio, pero no el libreto ruso original, una lástima. Archive.org ofrece la película con subtítulos en español, bastante incorrectos, y peor la imagen: ‘Monje y Demonio’
El filme dura 1 h, 50’, o poco menos. Demasiado, para algunos; yo me reitero en lo que escribí sobre el rito oriental, a propósito del mismo ‘defecto’ en ‘La Isla’. Para mí las dos obras duran lo justo.
Muchos comentarios distinguen dos partes netas: 1ª Parte, hasta 1 h, 10’; 2ª Parte, el resto. Comedia al fin, propongo una división en tres actos, en sucesión geométrica aproximada, que en efecto aligera el ritmo:
Acto I: Iván en el Monasterio. Episodios de la vida conventual (1  h) 
Acto II: El Demonio de descubre. Peregrinación a Tierra Santa (½ h)
Acto III El Retorno (¼ h)

Acto I - Escenas:
1. El monje Iván, en estado de autocombustión, recibido en el monasterio. 
2. Preparando el baño. Primera explosión de cólera
3. En el refectorio. Día de San Barlaam (6 de noviembre). Iván cuenta de su vida
4. Limpiando el viejo pozo
5. Las cuentas del Abad 
6. ¡El pozo ya está limpio!
7. En la Iglesia. Iván se confiesa con el Abad, que le niega la comunión
8. Sospechas sobre Iván y registro de su celda. Turbador hallazgo en el catre
9. Por orden del Abad, Iván de pesca
10. La visita del extraño Archimandrita...
11. … Que resultó ser diabla
12. Un pescado prodigioso
13. Viaje fluvial frustrado: el río devuelve a Iván a contracorriente
14. Destino para Iván: lavandería y plachado. Siempre a su manera 
15. Visita sorpresa: el zar Nicolás en coche averiado
16. Degustación del gran pescado
15. ¡Aquí se esconde un taumaturgo!
16. En la lavandería: Iván entrevistado por el Zar y su ministro
17. Iván como político. Consejos sibilinos y reformas para Rusia
18. El coche imperial arreglado con saliva
19. Despedida del Zar. Su gratitud en un anillo de esmeralda
20. Un retiro para Iván. A talar el bosque

Acto II - Escenas:
1. El Demonio ‘Legión’ se manifiesta. Diatriba con Iván
2. Gran desayuno: tentación de gula
3. Complot de Legión contra el Abad, frustrado
4. El Demonio se venga. Iván salvado de la hoguera
5. Último portento: el bosque talado
6. La tentación suprema: ¡a la Ciudad Santa!
7. Transporte aéreo
8. Falta de experiencia: Nos hemos pasado (Petra)
9. Por fin, en Jerusalén. Decepción de Iván
10. Mercado de reliquias y barullo en el templo. Iván desencantado...
11. ...Derriba los tenderetes. Le muelen a golpes. Legión le cura.
12. El Diablo agencia una visita privada al Santo Sepulcro. Iván le obliga a entrar
13. Algo ocurre dentro. Sale Iván. En sus brazos, el Diablo en síncope
14. A curarse en el Mar Muerto. Misión cumplida
15. Regreso problemático. La plegaria de Iván
16. Fletemos un barco
17. Diatriba: ¿Puede salvarse un demonio?

Acto III - Escenas:
1. De vuelta en Rusia. A la comisaría
2. Autoacusación en falso. Pena de azotes. El sayón se emplea a fondo
3. Agonía y muerte de Iván
Epílogo:
4. El Diablo, desposeído de Iván, le reemplaza en la lavandería del monasterio

Acreditada por millones de visitas, disfruten de una excelente película. 
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[*] Citado a menudo como ‘proverbio ruso’, la frase está sacado de un párrafo de un viejo diccionario de folclore supersticioso de Rusia: «Maligno (chërt), diablo (dyavol), demonio (bes), Satán (Satana): a estos personajes de ficción el pueblo llano  les asigna diversos grados y dignidades, y así aseguran que el maligno enreda, el demonio tienta, el diablo molesta, mientras que Satanás hace la señal (de la cruz)». Mijaíl D. Chulkov, Abecedario (Abvega) de las supersticiones rusas, ofrendas sacrificiales idolátricas, ritos nupciales del pueblo sencillo, hechicerías, chamanismo etc. Moscú, 1786 [en ruso]. Hay edic. contemporánea de la obra: АБеВеГа русских суеверий...  Aegitas, 2014, 274 págs. Es patente el sabor volteriano del texto. El insigne lexicógrafo y folclorista ruso Vladimir I. Dal’ (o Dahl), sin referirse a Chulkov, modificó el papel de Satanás: «En numerosos cuentos sobre el espíritu inmundo encontramos también definidas las diferencias entre sus múltiples denominaciones: el chërt’ enreda, el bes tienta, el dyavol molesta, el satán hace falsos milagros para seducir». Sobre creencias, supersticiones y prejuicios del pueblo ruso [en ruso]. Artículos de revista (1845-1846), editados como libro póstumo en 1880. Edic. moderna, DirectMedia, 1996, pág. 376.

[1] Las escenas correspondientes se filmaron en el dominio del gran monasterio Kirillo-Belozersky (San Cirilo de Lago Blanco), en la región de Vólogda, al N de Moscú y al E de San Petersburgo.
[2] En Teologìa escolástica se discutió hasta el agotamiento, sin conclusión cierta obviamente, la cuestión de la predestinación al cielo o al infierno. Cuestión relacionada lógicamente con el conocimiento previo que Dios tiene de la suerte final de cada criatura salvable o condenable. Sin entrar en ello, recordemos el significado de la palabra precito (del latín prae-scitus, sabido de antemano), condición de aquellos que finalmente se condenarán, y Dios lo sabe, aunque esa condenación no se produce hasta el juicio post mortem, y entre tanto Él se comporta con tales criaturas como si nada estuviese decidido.
[3] Donde por cierto también interviene Tribuntsev, doblando en joven al protagonista.