sábado, 14 de febrero de 2015

Qué dijo Mahoma (3)



Las mujeres de Mahoma
El mujerío del Profeta siempre ha sido punto fuerte de controversia entre apologistas y detractores del Islam. Sólo que aquí no hay controversia. Este trabajo se ajusta a su título, ‘Qué dijo Mahoma’. Para ello acudimos al Hadiz auténtico en su texto original y la interpretación autorizada. Por lo demás, la información en la Red es copiosa, en pro y en contra de Mahoma y del Islam, allá cada uno.
La historia social de la Arabia pre- y proto-islámica, incluidos los hábitos sexuales de la época, formas de matrimonio (poligamia, matrimonio temporal…), divorcio, etc. no interesa aquí, como tampoco la base social de los cambios introducidos por Mahoma. En cambio, del propio Mahoma, como ‘modelo humano universal’ retratado en la Suna, nos fijaremos sobre todo en lo que supone una extrañeza para nuestra cultura occidental: su poligamia, su uso de esclavas sexuales, las reacciones de su propia gente ante su conducta, su pretendido  privilegio sexual personal y sus medios de conseguirlo: oráculos cambiantes en torno al mismo tema, registrados en el Corán.
Un tema que no dejó fríos a los creyentes desde el principio. En la colección de biografías antiguas de Mahoma que publicó E. Sachau –con base en las Tabaqat (Categorías) de Inb Sa‘ad–, al llegar a la semblanza del personaje nos estrenamos con estos capítulos:
1) Descripción de Mahoma en la Torah y el Evangelio (!).
2) Carácter y costumbres de Mahoma.
3) Facultad del Profeta para el coito.
Luego se nos describirá su manera de hablar y su hermosa voz, su estilo de predicar, de andar, de comer, de rezar… para volver sobre su vida amorosa, siempre en ambiente perfumado [1].
Primer matrimonio
Mahoma nace oficialmente en 570 A. D. y muere el año 10 de la Hégira, junio de 632, entrado en los 60 años de edad. Algunos le han hecho 10 años más joven. Sea como fuere, su primera mujer fue su patrona Jadicha hija de Juweilid , una cuarentona dos veces viuda y con hijos, y empresaria mercantil autónoma, que se fija en las dotes de su joven empleado y le pide en matrimonio a su tío y tutor Abu Talib (595). Para esta embajada, una esclava de la dama, llamada Meisara, le sirve de tercera.
Tan apreciable diferencia de edad –unos 15 años–, algunos quieren rebajarla, mientras genealogistas como M. ibn Sa‘ad (siglo IX) establecieron que Jadicha era tía abuela materna de Mahoma [2]. Da igual. Matrimonio monógamo y feliz, no sin cierta relación matri-filial muy lógica, que marca al Profeta. Tuvieron tres hijos varones muertos muy niños, y cuatro hijas que se casaron (incluida la famosa Fátima).
Aquella boda desigual dio para comentarios.  Según unos, el padre de Jadicha había muerto, y ofició la boda tío Amru ibn Asad. Pero pronto circularon por la Meca otras versiones más picantes, por el ingrediente folclórico. Un Juweilid vivo y bien vivo se opone a la boda de su hija con un pelagatos. Entonces ella le emborracha y el padre les casa sin saber lo que hace. Vuelto en sí. enfurecido quiere deshacer el entuerto. Riñen las partes, brillan las dagas, se apela al honor… todo en puro teatro, donde reconciliados unos con otros se abrazan [3].
Por diciembre del año 619 Mahoma enviuda en la Meca. En mal momento, pues Jadicha –la primera creyente y ‘Madre de los creyentes’– apoyaba con su prestigio la prédica reformista de su marido, frente a sus burlones paisanos. Porque el Islam empezó por una cuestión de culto local: la restauración de un monumento religioso antiguo, la Caaba, ligado a tradiciones judeo-cristianas y árabes paganas.
Hacia la poligamia. Aixa la favorita
¿Cuánto duró la viudez de Mahoma? Dos años, dato oficial. O dos meses, según otros. Dos años resulta excesivo: por muy enamorado doliente que se le suponga, no era su estilo. Cuando además, libre de la vieja y desdentada Jadicha, heredero suyo quizá, ya puede el acomodado Profeta seguir su vocación de polígamo. Sin dirimir la cuestión, observamos que cronologías muy ortodoxas sitúan en un mismo año, 619, el fallecimiento de Jadicha y las bodas con Sauda y con la niña Aixa. Mahoma ronda los 50 y lleva 10 ejerciendo de Apóstol de Alá.
Su primera esposa sera otra viuda con hijo, Sauda. Nuevo matrimonio desigual, esta vez porque él le lleva más de 15 años, mientras ella le aventaja en estatura y corpulencia, gruesa, nada bonita y de tez oscura, si su nombre quería decir algo: Sauda, la Negra. Por lo demás, una mujer jovial, buena ama de casa y un acierto para esposa única.
Mas he aquí que se atraviesa otra oferta. Abu Bakr, el futuro primer califa, propone a Mahoma ser su suegro casándole con su hijita Aixa, chiquilla de 6-7 años. Celebrados los esponsales, la pequeña queda en casa de sus padres a seguir jugando con sus muñecas.
En este negocio de Aixa también medió mujer tercera, aunque bien se podría hablar de alcahueta: Jaula, una buena amiga de Mahoma. No le costaría mucho a la celestina encandilar al Profeta, que ya para entonces no paraba de alabar y recomendar los matrimonios con vírgenes. Mahoma ha sido un feliz marido-hijo. ¿Por qué no un feliz marido-padre? Tres años después Mahoma reclama a su esposa y el viejo desflora a la niña.
Pero vamos con los testimonios sobre Aixa y Jadicha:
Aixa, revelada en sueños a Mahoma  
Según Aixa (SB 5, 58, nº 235)
El Profeta le dijo:
–Tú me fuiste mostrada por dos veces en mis sueños. Te ví retratada en una tela de seda, y uno me dijo: «Es tu mujer». Al destapar el retrato vi que eras tú y dije: «Si es cosa de Alá, así ha de ser».
La misma Aixa lo contaba con ligera variante  (SB 7, 9: nº 5078):
–Yo te vi en sueño un par de veces. Un hombre te traía envuelta en un corte de seda y me dice: «Es tu mujer». La descubro, y eras tú, etc.
«La pequeña que casó con viejo».  
Lo pongo entre comillas porque es así como titula el Bujari las noticias (SB 7, 11: nº 5081):
El Profeta pidió a Abubeker la mano de Aixa. Éste le dijo:
–El problema es que soy tu hermano.
–Claro que eres mi hermano, en la religión de Alá y de su Libro; pero ella me está permitida.


Según Aixa, el Profeta se casó con ella cuando tenía seis años, y consumó su matrimonio con ella cuando tenía nueve (MSB 7, 62, nnº 64-65).
Hixam dijo: Tengo entendido que Aixa convivió con el Profeta nueve años [es decir, hasta su muerte].
Del Padre de Hixam (Ibíd.,  nº 236)
–Jadicha murió tres años antes de partir el Profeta para Medina [por tanto, en 619]. Él permaneció viudo un par de años [sic!], luego [sic!] se casó con Aixa, una niña de seis años, que tenía nueve cuando él consumó el matrimonio con ella.
Excelencia de Jadicha  MSB, nº 1573 y 1575 (p. 732-733)
Decía Aixa:
–De ninguna de las mujeres del profeta estuve tan celosa como lo estoy de Jadicha. Y eso que no la conocí. Pero el Profeta la recordaba a menudo, y de vez en cuando mataba una oveja, la descuartizaba y enviaba los trozos a repartir entre las amigas de Jadicha.
A veces yo le decía:
–¡Como si no hubo en el mundo mujer alguna, sino Jadicha!
Entonces él decía:
–Ella era así y era asá. Y de ella tuve un hijo varón.
Dijo Aixa:
–Hala, la hija de Juwailid y  hermana de Jadicha, pidió al Apóstol de Alá permiso para entrar. Él reconoció el estilo de Jadicha pidiendo entrada, y conmovido dijo:
–¡Dios mío, Hala!
Yo me puse celosa:
–¿Qué te hace recordar a una vieja de las viejas de Quraish, la de encías rojas [desdentada al completo], muerta hace un siglo? Por cierto, Alá te ha dado otra mejor que aquélla [señalándose a sí misma].
Harén modular ampliable
El año 1 de la Hégira (622), recién instalado Mahoma con sus ‘refugiados’ en Medina, se construye la ‘Mezquita del Profeta’. Una banda se reservó para levantar de momento dos viviendas, luego más, para las esposas sucesivas. Él no tuvo apartamento propio. El acceso era directo desde el harén del Profeta a la mezquita, y aunque todo está muy cambiado, todavía hoy la puerta oeste se llama Babu-n-Nisá, Puerta de la Mujeres (las de Mahoma), aunque fue él quien la usó en exclusiva.
En 624/625 Mahoma vuelve a casarse, con otra viuda llamada Hafsa. Si Sauda fue para Aixa como un madre, esta tercera esposa fue una rival. Debía de ser joven, pues sobrevivió a Mahoma casi 50 años.
Del cuarto matrimonio, con su nuera Zainab, ya vimos el escándalo que provocó y el desparpajo del Profeta resolviéndolo a golpe de oráculos. Cuatro mujeres legítimas era el límite para el musulmán. Pero no se había cumplido el mes cuando el Profeta se dispensa de la norma negociando quinta boda con nueva viuda, Umm Salma, madre de varios hijos. Se celebra en marzo de 626.
Es un período de razias y golpes de mano, cuyo botín saca a los creyentes de la penuria y, sobre todo, refuerza el prestigio del caudillo. En una de estas ‘batallas’, a finales de 626, toman a varias cautivas, una de ellas la bella Juwairiya, hija de un jeque. Mahoma pagará su rescate a modo de dote para casarse con ella. En aquella transacción estuvo presente y con mal disimulado disgusto Aixa.
Los comentarios en la ciudad ante la multiplicación de viviendas en el ala este de la mezquita exacerban los celos de Mahoma, y el Corán se enriquece con estas joyas (Azora 33: 6 y 50):
« El Profeta está más próximo a los creyentes que sus propias almas, y sus mujeres son sus madres…»
« ¡Oh vosotros los creyentes! No entréis en las moradas del Profeta sin aguardar un rato, y sólo si se os invita a comer pan. Cuando se os ordene entráis, y en cuanto hayáis comido os largáis. Y no os toméis familiaridades en la conversación, porque en verdad esto incomoda mucho al Profeta, y Alá no se corta de decir la verdad. Y cuando pidáis algo a sus mujeres, pedidselo desde detrás de un velo: esto será más puro para vuestros corazones y los de ellas. No está nada bien que incomodéis al Apóstol de Alá; como tampoco que os caséis con sus mujeres nunca. En verdad, esto sería grave pecado a los ojos de Alá…»
La misma discreción impuso Mahoma a sus mujeres fuera de casa. Cuando llevaba a alguna consigo a la guerra, la mujer viajaba perfectamente invisible en un camarín o litera sobre el camello. A la llegada o partida, el artilugio se arrimaba a la puerta de la tienda de campaña o a la puerta de casa.
Aixa bajo sospecha, rehabilitada
En la razia anterior ya hemos visto a Aixa como acompañante de su marido, y nada feliz por la nueva boda. Por si fuese poco, al regreso a Medina, cuando los criados bajan del camello el camarín velado y lo arriman a la puerta de la vivienda de Aixa resulta que ella no estaba dentro. Se había perdido por el camino. Pronto llega un refugiado llevando de la brida su camello con Aixa encima.
La explicación que dio ella fue que había echado de menos un collar y dejó su camarín para ir a buscarlo. Los porteadores por lo visto no se dieron cuenta cuando lo cargaron en el camello. Tan liviana era la muchacha. La cual remacha denunciando estar tan flaca porque Mahoma tenía a sus esposas a dieta superligera, a base de puches de cebada, sin dejarlas probar la carne.
Dijo también que el refugiado la había hallado por pura casualidad, y al reconocerla le rogó subiera a su camello mientras él se volvía de espaldas. Todo sin mediar palabra de Aixa, y con su salvador siempre en silencio y sin mirarla.
La gente escuchó el relato con escepticismo y poniéndose en lo peor. Tanto así, que Mahoma a punto estuvo de repudiar a la favorita, castigándola con su desvío. Aixa al principio se hizo la distrída, pero luego enfermó, y ante la actitud de su marido le pidió permiso para volver a casa de su padre Abubéker. Con esto, los murmullos se vuelven críticas abiertas, mientras los poetas ponen en solfa a Aixa y a su cornudo. De las otras esposas, ninguna sacó la cara por la honra del colectivo y alguna incluso se alegró.
Un mes aguantó el Profeta la rechifla incluso de gente amiga, hasta que no pudo más y desde el púlpito les reprendió en un sermón, con el resultado de un alboroto. El propio Mahoma pidió consejo a algunos íntimos. Su yerno Alí, el marido de su hija Fátima, le aconsejó el divorcio y exigió un examen físico por una matrona.
Finalmente fue el Profeta quien abordó a la sospechosa en casa y en presencia de sus padres: «Si lo que dicen es cierto, pide perdón de Dios» . Ella esperaba de su madre o su padre una palabra de defensa, pero callaron, y su silencio le provocó un acceso de dignidad. Jamás se arrepentiría de lo que no había hecho. Alá conocía su inocenia, sólo Él sería su ayudador.
Aquí tocaba al Profeta su turno de trance. Le acuestan, le ponen una almohada, le tapan. Al poco rato vuelve en sí: «¡Alégrate, Aixa! Alá me ha revelado tu inocencia». «¡Loado sea Alá!», contestó la joven.
Entonces Mahoma se dirigió al pueblo para recitarles el oráculo recién caído del cielo, que se incrustó en la azora 24 (‘La Luz’): vv. 4-5; 10 y sigs.:
«Los que calumnian a mujeres guardadas [casadas] sin aportar cuatro testigos, propinadles cuatro veces veinte azotes, y nunca más recibáis su testimonio, porque son prevaricadores…  En verdad, aquellos de entre vosotros que urdieron mentiras, no les tengáis como un mal para vosotros, sino al contrario, un bien. Pues cada uno de ellos tendrá su merecido de culpa, y a mayor calumnia mayor castigo… »
Aparte algunos castigos, los historiadores notan la contención política de Mahoma, que dominando sus celos optó por la vía conciliadora. Aixa, siempre discreta, vuelve a su domicilio propio en el harén, en posición tan sólida o más que antes del percance. Hasta los poetas que la vilipendiaron, ahora la ponen por las nubes. Uno de ellos, Hasán, le dedica una oda, con unos versos que decían:
«Honesta, prudente, no le alcanza sospecha,
y hambrienta amanece, no metida en carnes como las vagas.»
Aquí ella le interrumpe con agudeza:
–Que no es tu caso, gordinflón [4].
Aixa era para Mahoma la reina del harén, bien entendido que si no le da un hijo varón nunca será  digna sustituta de la difunta Jadicha. El divino contestador automático –Alá el más Sabio– no le quiere explicar a su Profeta las leyes de Mendel, la herencia del sexo o la disfunción del cromosoma Y. Todo su legado biológico queda depositado en su hija Fátima. Criatura sacralizada (su mano abierta es un talismán), pero mujer al fin y al cabo, con la mitad de inteligencia y discernimiento que un varón equivalente. El Corán no la nombra y el lugar de su tumba se desconoce.
Besos colombinos
Los motivos de disgusto para Aixa no terminaban en sus rivales. Según tradición recogida en la Vida de Mahoma por el autor de Las Señas de la Buena Dirección (A‘lâmu -l-hudâ):
« El Apóstol de Alá tenía por costumbre besar en la boca a su hija Fátima. Celosa Aixa le dijo:
–¡Oh Apóstol de Alá, veo que se te da besar a menudo la boca de Fátima metiéndole la lengua en la boca.
–Cierto, Aixa. Cuando fue transportado al Cielo en el viaje nocturno, Gabriel me introdujo en el Paraíso y llevándome al Árbol de la Dicha me ofreció una de sus frutas y yo la comí. Aquella fruta en mis testículos se convirtió en semen. De vuelta a la tierra, dormí con Jadicha, que concibió a Fátima. Así pues, cada vez que me vuelve la gana del Paraíso, yo la beso y le meto la lengua en la boca, y de ella siento la brisa del Paraíso y el aroma del Árbol de la Dicha, entre terreno y celestial.»
Ampliaciones en el ala este
No interesa aquí el detalle de todas y cada una de las mujeres que fue tomando Mahoma en Medina, hasta formar un harén que casi triplicaba el permitido al musulmán corriente. Pero el quincuagenario Mahoma no era un musulmán corriente. Era un líder político y un emisario de Dios. La verdad es que la cifra de 9 o de 11 esposas es más bien moderada. La opinión más común fijó el número en 21, tal vez en 26 legítimas, sin contar a cuatro concubinas esclavas.
De dichas mujeres, a 6 las repudió, 5 se le murieron, y al morir dejó viudas a Aixa y a otras más, incluidas algunas con las que no llegó a consumar el matrimonio. Y es que en aquella sociedad un jefe como él pudo tener muchos compromisos, porfiando los parientes mayores en emparentar con él, y hasta las mujeres libres ofreciéndose al Profeta.
Esta última circunstancia planteo problemas contemplados en la Sunna.
«¿Puede la mujer entregarse a uno?» A esta pregunta responde Bujari con este ejemplo (SB 7, 30: nº 5113):
Lo contó Hixem, recibido de su padre:
–Jaula bint Hakim fue una de las que se entregaron en persona al Profeta.
Dijo Aixa:
–¡Cómo! ¿Es que puede una mujer entregarse en persona al hombre?
Pero cuando vino la revelación: «De entre ellas, harás esperar a la que quieras, y recibirás a la que quieras» (Corán, 33: 51), yo dije:
–¡Oh Apóstol de Alá! Por lo que veo, tu Señor como que corre a tu deseo.
La ronda de la mujeres
Una historia bastante repetida se refiere a las costumbres sexuales de Mahoma, y en particular la ronda de visita a sus mujeres. Previamente Aixa le perfumaba y, lo que al parecer interesa más a los tradicionistas, el Profeta practicaba los coitos sin tomar entre uno y otro el baño purificador. Sin embargo, observaba la joven esposa:
«Tras esto, él amanecía revestido del ihram, esparciendo perfume»
El ihrâm es la vestimenta ritual de la persona en estado especial de consagración, como en la peregrinación a la Meca.
Ibíd., nº 268
Refiere Qatada que Anas Ibn Malik dijo:
–El Profeta solía hacer la ronda a todas sus mujeres en una hora de la noche y [otra]  del día, y ellas eran once.
–¿Tanto podía?
–Solíamos decir que podía como treinta.
Sin embargo, Saíd puntualizó que, según Qatada, Anás les habló [sólo] de nueve mujeres.
Anas Ibn Malik refirió que el Profeta de Alá solía visitar a todas sus mujeres en una misma noche (SB 1: 284). O a todas menos a una: ¿tal vez un ejercicio ascético de continencia? El relato en cuestión no es nada explícito:
«Muchas mujeres»  (ibíd. nº 5067)
Lo pongo entre comillas, porque es el título original en Bujari (SB, 7: pág. 21)
Nos encontrábamos con Ibn Abbas en el cortejo funeral de Maimuna, en Sarif. Dijo Ibn Abbas:
–Esa es la mujer del Profeta, así que cuando levantéis las angarillas no la sacudáis ni la meneéis, antes movedla con cuidado. Porque el Profeta tuvo nueve mujeres, de las que visitaba a ocho, y a una no la visitaba.
La puesta en limpio
Cumplido el débito conyugal, y tras el baño purificador, el Profeta se dispone a pasar a la mezquita para la plegaria matutina. Pero los efectos de la proeza nocturna se le notan en el vestido, y es Aixa la encargada de ponérselo en limpio. Son sus palabras (MSB, 50: nº 172):
–Yo solía limpiar las manchas de semen de la ropa del Profeta, y él salía a la oración con las humedades perceptibles en la ropa.
La joven viuda del Profeta repetía la misma historia a instancia de distintos curiosos, introduciendo detalles como que unas veces la mancha era única, otras en cambio tenía que limpiar en diferentes sitios de la ropa. Y añadía que a veces, aun después de la limpieza, todavía los fieles durante la oración podían notar las preciosas manchas.
Algunos consejos de Mahoma sobre matrimonio
La mejor fuerza de choque que tuvo Mahoma en Medina y sus pretorianos fueron jóvenes valientes, incondicionales y muy religiosos, pero pobres como ratas. Las expediciones de pillaje a caravanas y secuestro de ganado pronto mejoraron su situación. Sólo el medro económico permitía crear familia. Para los menos afortunados, el consejo tampoco era alentador:
Si no puedes casarte, ayuna   (SB9 7: nº 5066).
Dijo Abdullah:
Estábamos con el Profeta. Éramos entonces unos muchachos, unos pelados sin blanca. El Profeta nos decía:
–Jóvenes: el que pueda permitírselo, que se case, que el matrimonio ayuda a abrir el ojo, y es lo más decente para el sexo. Y el que no pueda casarse, que ayune, pues eso le enfriará los ímpetus.
Del mejor, el ejemplo  (Ibíd., nº 5069)
De Saíd Ibn Jubair:
Díjome Ibn Abbas:
–¿Estás casado?
–No.
–Pues cásate. El mejor de este pueblo tuvo muchas mujeres.

Las mejores mujeres
Aunque personalmente Mahoma las prefirió matronas y viudas, según la Sunna se interesaba por las preferencias de los jóvenes novios, ponderándoles las ventajas de las doncellas, «a las que puedes acariciar y con la que puedes juguetear» .
Ahora bien, a la hora de decidir lo mejor del género, él no tenía duda (SB 7, 12: nº 5082):
«Las mejores de las mujeres, las jinetas de camellos. Son las más devotas de todo Quraish. Las más cariñosas con los hijos en su tierna edad, y las más diligentes custodias del marido, respecto a su hacienda.»


(Concluirá)


[1] Eduard Sachau (Ed.), Ibn Saad. Biographien Muhammeds. Tomo 1/2 (E. Mittwoch, E. Sachau, eds.) Biogr. Muhamm. (Eventos de su época medinesa etc.), E. J. Brill, Leiden, 1917, págs. 92-97 (Cap.: ‘Coeundi facultas prophetae’). En rigor no hay tal biografía, si acaso materiales para ella, una sarta de testimonios o hadizes no siempre fáciles de interpretar.
[2] Una tía paterna de Jadicha, Umm Habib bint Asad, era la bisabuela materna de Mahoma. También por línea materna estaba emparentada Jadicha con la madre de Mahoma. Puede consultarse a Ibn Sa’d, Kitab al-Tabaqat al-Kabir, 1/1: 12-14 y 36 (trad. inglesa). http://www.soebratie.nl/religie/hadith/IbnSad.html
[3] Cfr. W. Muir, The Life of Muhammad. London, 1861, 4 vols; 2: 207-208. Aquí se puede reconocer una reminiscencia de las hijas de Lot emborrachando al padre
[4] Muir, o. cit., 3: 252. citando a A. P. Caussin de Perceval, Essai sur l’Histoire des Arabes. Paris, Didot, 1848, 3: 174.


Crédito de figuras: 'Mano de Fátima' (aldaba, por Bernard Gagnon); Mezquita del Profeta en Medina


viernes, 6 de febrero de 2015

Qué dijo Mahoma (2)



Higiene y sexo, rito y etiqueta
Estas páginas no van dirigidas contra el Islam ni su profeta Mahoma. Por lo mismo, llevan pocos adjetivos y juicios de valor. Ofrecen una muestra de textos auténticos tomados de ediciones islámicas oficiales y traducidos con fidelidad. Cualquier sugerencia de mejora en este sentido es bienvenida y agradecida de antemano.
Pintar a Mahoma como un compendio de toda perfección, bien está para los panegíricos. O para sus ‘retratos verbales’ (como el de cabecera).  No es aquí el caso. Como observaba Luigi Marracci (1698), nadie tiene que suponer nada, los propios musulmanes han dejado testimonios históricos de sobra para hacerse una idea de la calidad humana de su Profeta [1].
Sus devotos le atribuyeron el privilegio de la ‘isma, la «inmunidad» de error y pecado, así como la exclusiva de al-hall wa ’l-rabt, «soltar y atar». Perfecto: como San Pedro o el Papa. Sin entrar siquiera en ello, pues es punto de creencia subjetiva, lo que consta es que la conducta moral de Mahoma causó preplejidad entre los suyos más de una vez. Recordemos el caso de su matrimonio con Zeinab o Zenobia, tal como lo registró  el Tabari (839-923) en su Crónica.

Año 5º de la Hégira 

Este año el Apóstol de Alá tomó por esposa a Zeinab bint Jahsh...

      Fue el Apóstol de Alá a casa de Zaid ibn Haritha; aunque a este Zaid sólo se le conocía como Zaid ibn Muhammad [como hijo adoptivo que era de Mahoma].
Pues bien, necesitando a Zaid con urgencia, el Apóstol de Alá preguntó dónde estaba, y se dirigió a su casa en su busca, pero no le halló. Salió en cambio a recibirle su mujer Zainab, ligera de ropa, y viendo que el Apóstol de Alá la evitaba, dijo:
–Él no está aquí, Apóstol de Alá, pero entra, pues tú eres mi padre y mi madre.
El Apóstol de Alá rehusó entrar. Zeinab iba a vestirse, y cuando le dijeron que el Apóstol de Alá seguía a la puerta lo hizo más que de prisa, provocando la admiración del Apóstol de Alá, que se puso a mascullar algo ininteligible, salvo que exclamaba: «¡Gran Dios, alabado sea! ¡Alabado sea Dios, que trastorna los corazones!»  

Al volver Zaid a casa, su mujer le informó de la visita del Apóstol de Alá.
–¿No le has dicho que entrara?
–No le he parecido bien así, y se ha negado.
–¿Le has oído si decía algo?
–Le oí decir algo así como «¡Gran Dios, alabado sea! ¡Alabado sea Dios, que trastorna los corazones!»  
Zaid salió y no paró hasta encontrar al Apóstol de Alá:
–¡Oh Apóstol de Alá! Estoy enterado de que has venido a mi morada. ¿Cómo es que no entraste? Tú eres mi padre y mi madre, ¡oh Apóstol de Alá! ¿Acasa Zeinab te ha llamado la atención? Porque me divorció de ella.
–Ten a tu mujer.
Desde aquel día Zaid no volvió a cohabitar con ella. Terminó divorciándose de ella, y una vez separados quedó soltera.
Encontrábase el Apóstol de Alá conversando con Aixa, cuando le tomó el trance, y cuando se le pasó pronunció el ‘bismil-lah’ y dijo:
–¿Quién va a Zeinab a pedirle albricias por decirle que Alá me ha casado con ella?

En efecto, acababa de serle revelado un oráculo nuevo, que el Profeta recitó  entonces, y hace el versículo número 37 de la azora 33 del Corán:
«Y [recuerda] cuando dijiste a aquel a quien Alá hizo favor, y tú también se lo hiciste, ‘Ten a tu mujer y teme a Alá’. Pero tú disimulabas lo que Alá manifestaría, porque temías a los hombres. ¡Más te vale temer a Alá! Así que cuando Zaid tomó su decisión acerca de ella, Nos te unimos a ella, de modo que no tuviesen culpa los creyentes tomando las mujeres de sus ahijados, una vez tomada su decisión. El mandato de Alá es para obedecerlo.»
El revuelo en Medina fue inevitable. Cederle  a un amigo la mujer, como cualquier otra pertenencia, era potestativo del marido árabe. Pero aquí se trataba de la mujer de un hijo adoptivo, que para el caso era como la del hijo carnal [2].
Aquel versículo improvisado tampoco resultó muy convincente. Para salir del atolladero, nuevos oráculos fueron revelados e incrustados en la misma azora, a saber: el 4, donde Dios manda no confundir filiación natural y adoptiva; y el 47, donde el mismo Dios apostrofa a su Profeta para otorgarle una dispensa ad hoc y un privilegio:
«¡Oh el Profeta! En verdad te hemos permitido las mujeres que tienes, a las que tú mismo dotaste; como también las que vinieron a tu mano diestra de lo que Dios te concedió [las esclavas ganadas como botín], y las hijas de tu tío paterno y  las de tus tías paternas, y las hijas de tu tío materno y las de tus tías maternas, que emigraron contigo [de la Meca]; y toda mujer creyente, si ella misma se entregare al Profeta, siempre qué él quiera tomarla por esposa. PRIVILEGIO TUYO EXCLUSIVO respecto a los demás creyentes. Ya sabemos lo que para ellos decretamos acerca de sus mujeres», etc.
Aixa, al oír esta revelación tan alarmante para ella y sus colegas de harén, comentó con sorna:
–¡Bien veo cómo Alá se da prisa en complacerte!
Una historieta o chisme así daría argumento para una comedia, de no cruzarse lo sagrado. Porque si se cruza, la comedia es doble, o se vuelve drama. ¿Dice Tabari la verdad? ¿fue Tabari buen musulmán? Porque aparte de historiador, este gran intelectual persa fue también coranista y tradicionista. En todo caso, los ‘cristianos’ nada tienen que ver en todo esto.
Deriva de historias bíblicas: agua, piedra, golpes
Mahoma en su ingenuidad primera estaba convencido de que la revelación que recibía, calcada de un libro o tabla celeste, era la misma de la Biblia judía o el Evangelio cristiano. El anciano escriba Waraqa, como vimos, le indujo a ese error. De hecho, al cumplirse el aviso de Waraqa sobre la hostilidad que sufriría Mahoma de parte de sus paisanos de la Meca, éste se arrimó primero al lobby judío, poderoso en Medina. Hasta que éstos llegaron a la conclusión de que no tenía idea de la Historia Sagrada y se lo echaron en cara. Mahoma entonces pasó de la simpatía al odio antijudío. Su aversión al cristianismo no llegó a tanto, tal vez por su buena relación con monjes.
La deformación de relatos bíblicos se aprecia en el Corán, pero sobre todo en la Suna y en las tradiciones islámicas. Este ejemplo me parece ilustrativo:
La Historia Sagrada (Éxodo 17: 6) cuenta cómo Moisés, por orden de Dios, golpeó con su vara milagrosa una piedra e hizo brotar agua de ella para los israelitas en el desierto. Pero el relato añade que Moisés, desengañado de su pueblo duro de mollera, tuvo sus dudas sobre  el éxito de la operación y golpeó la piedra con fuerza varias veces. Por otra parte, un texto de san Pablo (1 Corintios 10: 4) podría dar a entender que la piedra no se quedó en su sitio, sino que acompañó como fuente móvil al pueblo peregrino. Una tradición improbable, aunque muy bonita.
Pero a Mahoma le preocupaba otra cosa: la decencia en los baños. Así aquel relato épico y simbólico de la Biblia pudo degenerar en chascarrillo. Es de Abu Huraira (uno de los más prolíficos transmisores).
Al-Bujari titula: «el que se bañó desnudo a solas». No menos apropiado sería:
Travesura de una piedra y su castigo  MSB 5, 10, nº 197 (pp. 139-140)
Dijo el Profeta:
–Los israelitas se bañaban desnudos, mirándose el uno al otro. En cambio Moisés se bañaba solo. Ellos decían: «¡Por Alá! Nada impide a Moisés bañarse con nosotros, salvo que tiene potra».
Una vez fue él a bañarse y puso su ropa sobre una piedra. Pero la piedra salió corriendo con su ropa, y Moisés tras ella: «¡Piedra, mi ropa! ¡piedra, mi ropa!»
Hasta que los israelitas se fijaron en Moisés y dijeron: «¡Por Alá, Moisés no tiene el defecto!» [Es decir, que no tenía la supuesta potra o hernia escrotal.]
Finalmente Moisés tomó su ropa y la emprendió con la piedra a golpes.
Y añadía Abu Huraira:
–Por Alá, que a la piedra le salieron mataduras: seis o siete, de los golpes tan fuertes que recibió.

No bañarse a la vista de la gente  MSB 5, 11, nº 19 (p. 140)
Esto lo cuenta una señora, Umm Hani, hija de Abu Talib. Era por tanto prima carnal de Mahoma. El padre rehusó el Islam en su lecho de muerte (cfr. SM7 1: nº 132, 39), pero la hija sin duda era musulmana.
Fui una vez a ver al Apóstol de Alá el año de la Conquista [de la Meca], y le encontré tomando un baño, mientras Fátima le ocultaba tras una cortina.
–¿Quién es?
–Soy Ummu Hani.
Y eso fue todo. La sustancia del relato sería la cortina.
Sexo, impureza y baño
Las preocupaciones rituales por razón del sexo alcanzan tanto a la mujer como al varón. Por supuesto, son ellas las que lo tienen más complicado, pues a la rutina menstrual se suma otro problema que luego vamos a ver.
Entre las purificaciones rituales es muy importante el baño que limpia la impureza causada por emisión de semen –la chanâba o janâba–, en el coito o fuera de él.
El baño ritual comenzaba por una ablución. Varios relatos nos informan de cómo realizaba Mahoma dichas maniobras. Como en otras materias, aquí se revela una personalidad rutinaria, por no decir maniática (SB7 1 nº 248):
«Según Aixa, mujer del Profeta, cuando éste se disponía a tomar el baño post eyaculatorio, primero se lavaba las manos y luego hacía una ablución como para la oración. Luego metía los dedos  en el agua y los pasaba mojados por las raíces del pelo. A continuación vertía sobre su cabeza por tres veces lo que cabe en ambas manos, y finalmente vertía el agua por todo su cuerpo.»
Esta versión y protagonismo de Aixa no satisfizo a los musulmanes curiosos, como tampoco a otra esposa de Mahoma, rival de aquélla (Ibíd. nº 249 y 257).
«Según Maimuna, esposa del Profeta, el Apóstol de Alá hacía la ablución como para la oración, salvo los pies. Limpiaba sus partes [farch: literalmente, la ‘raja’] y lo que hubiese de inmundicia, y luego vertía agua sobre sí. Finalmente apartaba los pies del lugar y los lavaba. En eso consistía su baño limpiador post eyaculatorio.»
La misma Maimuna, en otra versión más genérica (SB9 1: nº 266)
«Yo le ponía al Apóstol de Alá el agua del lavatorio y le ocultaba con un velo. Él vertía agua sobre su mano y la lavaba una o dos veces [Dijo Solimán: «No recuerdo si dijo hasta tres, o no»]. Luego con su mano derecha vertía agua sobre la izquierda y con ésta se limpiaba las partes. Luego restregaba dicha mano en tierra o en la pared. Luego se enjugaba la boca y las fosas nasales, se lavaba la cara y los antebrazos y se lavaba la cabeza. Luego vertía agua sobre su cuerpo. Finalmente se movía del sitio y se lavaba los pies. Yo le ofrecía una toalla, pero él hacía seña con la mano como que no la quería.»

Cantidad de agua lustral
Aixa dijo:
–Yo solía bañarme con el Profeta, con agua de una misma jarra de las que llaman faraq, con cabida de un qadah  [2 litros largos] (Ibíd., nº 250).
Según Ibn Abbas, el Profeta y Maimuna [otra de sus mujeres] se bañaban de un mismo jarro (Ibid., nº 253).
La cantidad de agua suficiente para un baño era de 1 sâ´ = unos 3 litros. Algún sujeto de pelo en pecho objetó:
–Eso a mí no me basta.
–Le bastaba a uno con más pelo que tú, y mejor que tú [aludiendo a Mahoma] (Ibíd. nº 252).

Rito del perfume (Ibíd. nº 258)
Según Aixa:
–Solía el Profeta, cuando tomaba el baño post eyaculatorio, pedir la ‘leche’ [hilab, nombre de un perfume]  o cosa por el estilo, y tomándolo en la palma de la mano se frotaba la cabeza, primero el lado derecho, luego el izquierdo y finalmente la parte de arriba  con ambas manos.

Cuándo obliga el baño post coitum  (MSB 5, 14 nº 202)
El capítulo se titula escuetamente: Idha-ltaqâ al-khitânân
«Cuando ambos órganos sexuales se encuentran»
[Más al pie de la letra: cuando se encuentran (o entran en contacto), las partes circuncisas del órgano masculino y femenino. La lengua árabe es cruda, como lo demuestran los buenos diccionarios.]
La información, una vez más, procede de Abu Huraira.
Dijo el Profeta:
–Cuando él se sienta sobre las cuatro partes [los labios vulvares], y luego puja, el baño obliga.
La palabra ‘puja’ es yáhada (de la misma raíz semántica que yihâd). Respecto al grado de esfuerzo o puja, hay esta púdica nota explicativa a pie de página:
«The head of his private organ entered in her private female part.»

Humedades en la mujer
La impureza seminal es achaque típico masculino. Sin embargo, la misma preocupación se daba respecto al famoso ‘semen femenino’, incluso para sorpresa de algunas féminas, como Umm Salama.
Esta señora oye hablar del fenómeno, y con la confianza no reñida con el respeto encara al Profeta. En público, por supuesto:
De Umm Salama  (MSB, nº 106; cfr. SB9 1: nº 130)
Fue Umm Sulaim al Apóstol de Alá y dijo:
–¡Oh Apóstol de Alá. En verdad, Alá no se corta de decir la verdad. ¿Debe la mujer lavarse si tuvo un sueño [húmedo]?
Dijo el Profeta:
–Sí, si ella notó la humedad
Umm Salama se echó a reír [otra versión: se veló el rostro] diciendo:
–¡Oh. Apóstol de Alá!, ¿tiene sueños de esos la mujer?
–Pues claro: ¿de qué, si no, se le parece el hijo?

Mahoma no discurre mal, defendiendo que la madre aporta algo en la generación, igual que el padre, basándose en el parecido. Y tampoco estará mal acompañado en la idea errónea de que ese aporte o ‘semen femenino’ es el equivalente del  masculino. El óvulo de mamíferos no se descubre propiamente hasta el siglo XIX (Ernst von Baer). Los espermatozoides se vieron bastante antes, pero malinterpretados como parásitos del líquido seminal y desconocida su función.
Sobre esto de los parecidos hay otro relato curioso:
La calidad profética de Mahoma puesta a prueba   SB9 4: nº 3329
Abdullah Ibn Salam, enterado de la llegada del Profeta a Medina, se dirigió a él con tres cuestiones:
–Voy a  preguntarte sobre tres cosas que nadie sabe si no es profeta.: 1. ¿Cuál será el primer portento de la Hora? 2. ¿Cuál el primer plato que comerá la gente del Paraíso? 3. ¿Y a qué se debe el que el hijo se parezca a su padre? ¿y a qué se debe que se parezca a sus tíos maternos?
Respondió el Apóstol de Alá:
–Celebro que me hagas esas preguntas, porque son las mismas que acaba de notificarme Gabriel.
Cortó Abdullah:
–Ese es, de entre los ángeles, el más enemigo de los judíos.
Pero el Apóstol de Alá prosiguió:
–El primer portento de la Hora será un fuego que empujará a los hombres desde oriente hacia poniente.  El primer plato que comerá la gente del Paraíso será la excrecencia de hígado de pez [el lóbulo caudado]. En cuanto al parecido del niño, si el hombre cubre a la mujer y eyacula antes que ella, el parecido es de él; pero si ella se adelanta, el parecido es de ella.
–Doy fe de que tú eres Apóstol de Alá.
Así Ibn Salám se dio por satisfecho, antes de volver a la carga contra los judíos. Pero esto no nos interesa ahora, y basta de digresión.

Distillatio urethralis (SB9 1: nº 269)
Todos los moralistas del sexo han descrito y comentado, a veces con morosidad, ese reflejo banal. Nuestros coleccionistas no iban a ser menos. Esta vez el testimonio viene del mismo Alí, el marido de Fátima y yerno del profeta. Un hombre, como el mismo dice, ‘húmedo’, pero a la vez tímido y vergonzoso. Es el título que pone Bujari: «El que tuvo vergüenza de preguntar y encargó a otro hacer la pregunta»:
Esto es lo que dijo Alí:
–Siendo yo un hombre húmedo, encargué a Al-Miqdad que consultase [por mí] al Profeta. Así lo hizo, y él respondió:
–Debe hacer el wudû [ablución]


Dejemos eso. La Suna también toca otros temas de higiene. Por ejemplo:
Un ratón en la comida (MSB 52: nº 175)
El Apóstol de Alá, consultado acerca de un ratón que cayó en la manteca, dijo:
–Quitadlo con lo de alrededor y tiradlo, y comed vuestra manteca.
Y una mosca en la bebida (SB9, 4: nº 3320: cfr. nº 5782)
De Abu Huraira:
Dijo el Profeta:
–Si cae una mosca en la bebida de uno de vosotros, primero se la sumerge y luego se la retira. En efecto, en una de sus alas lleva el daño y en la otra el remedio.
Aquí el editor islámico anota, no sin admiración, que hoy se sabe que las moscas son portadoras de gérmenes patógenos en distintas partes de su cuerpo, pero que también Alá creó organismos y otros mecanismos curativos («el hongo de la penicilina, por ejemplo, mata los estafilococos etc.») Y añade:
«Experimentos recientes realizados bajo supervisión indican que una mosca lleva la enfermedad (patógenos), más el antídoto para esos organismo patógenos. De ordinario, cuando una mosca toca un alimento líquido lo infecta con sus patógenos. Así pues, conviene sumergirla para que suelte también el antídoto para esos patógenos.»
Cita también a un especialista en hadîth de la Universidad de Al-Azhar (El Cairo), autor de un artículo sobre este dicho del Profeta, donde afirma que los microbiólogos han demostrado la presencia de levaduras parásitas en el abdomen de la mosca, las cuales para repetir su ciclo vital se asoman por los túbulos respiratorios del insecto; de modo que si éste es sumergido en el líquido, dichas células se hinchan y revientan en él, liberando su antídoto contra los patógenos que transporta la misma mosca [3].
No mear en agua quieta (MSB, nº 177)
Dijo el Profeta:
–No debéis mear en agua quieta, la que no corre. Así luego podréis lavaros en ella.
Nada que objetar. La pregunta es, ¿inspiración profética, o sentido común?
Esputos (SB 1: 183; cfr. 4, c. 70, nº 241):
Aunque al traductor inglés parece darle igual (spit, spittle), no es lo mismo expectorar (tanahhama) que escupir (bazaqa). Hay relatos del Profeta haciendo lo uno o lo otro sobre las personas de sus acompañantes, seguramente por descuido. La enseñanza, en todo caso, es que aquellos fluidos corporales de Mahoma no producían asco y eran incluso apreciados:
«Cuando el Profeta expectoraba, y por casualidad la flema caía en la mano de cualquiera del corro, el afectado se frotaba con ella el rostro y la piel.»
Al compañero Anas, por su parte, le cayó un salivazo sobre la ropa. Y aunque el relato no especifica, cabe interpretar que la prenda ganó en el aprecio del agraciado.

De barbas y bigotes, y teñirse el cabello (‘El libro del atuendo’, MSB nº 1997-1998)

Dijo el Ápóstol de Alá:
–Haced al revés de los paganos: afeitaos el bigote y dejáos la barba libre
Dijo el Profeta:
–Los judíos y los cristianos no se tiñen. Así que vosotros haced lo contrario.
¿Piojos? (SB 9: nº 7001-7002)
Del Sahih de Bujari, libro 91 (‘La interpretación de sueños’), cap. 12 (Soñar de día) es este relato:
El Apóstol de Alá solía entrar a visitar a Umm Harami bint Milhan, la cual estaba sometida a ‘Ubada ibn as-Sámit.
Un día entró a  donde ella, la cual le dio de comer y se puso a despiojarle la cabeza. El Apóstol de Alá se quedó dormido, y cuando despertó se reía.
Antes de proseguir, hay una nota editorial que dice:
«El Profeta era muy limpio y acostumbraba bañarse a diario, incluso dos veces al día, y no es lógico que pudiese tener piojos en la cabeza» [4].
Efectivamente, buscar piojos (fala, yafly) no implica encontrarlos. Suena sin embargo a excusa no pedida, enmendando la plana al relator, que es nada menos que el compañero Anas Ibn Malik. Éste habla de una operación rutinaria  femenina, lo bastante prolija como para descabezar una siesta el paciente masculino, y es probable que aquellas visitas y sobremesas terminaran siempre así. Por su parte, a Anas le tienen sin cuidado los insectos presentes o no. Su relato se centra en lo que soñó el Profeta, que le hizo reír.
Sigue el relato con la pregunta de la mujer:
–¿Qué te ha hecho reír, oh Apóstol de Alá?
Había soñado con una batalla naval, una victoria que le hizo feliz. Ella tuvo la ocurrencia de desear estar presente. Así se lo prometió y volvió a quedarse dormido, para despertar de nuevo riendo.
–¿De qué te ríes ahora, Apóstol de Alá?
Había soñado con los combatientes gloriosos, y ella le pidió figurar entre ellos.
–Tú serás de los primeros.
Pasaron los años, y «en tiempos del califa Moavia ella hubo de viajar por mar, y tras el desembarco prosiguiendo el viaje en camello tuvo una caída y se mató».
Encontramos aquí los ingredientes del cuento popular: la repetición del sueño, con la risa y la pregunta; la expresión de un deseo, y el presagio a la vez feliz y funesto. El destino trágico de la hija de Milham y madre de Harami corrió, que duda cabe, en romances, antes de remansar en el Hadîth y la Sunna.
Y a todo esto, los piojos mereciendo nota aclaratoria. Un poco de seriedad; o lo que es lo mismo, un poco de risa. La risa es humanismo.

Cierro esta selección con testimonios de la opinión negativa de Mahoma para con el animal que otros llaman el mejor amigo del hombre.

Hombre con perro malo
       Davids Samling, Copenhage

Pobres perros  (Ibíd. 4: nº 3222-3225)
Dichos del Profeta:
«Los ángeles no entran en casa donde hay perro o imagen pintada»
Según Abdulah ibn Umar:
«El Apóstol de Alá ordenó matar a los perros»
Aquí se comenta que los compañeros de Mahoma lo entendieron de los perros rabiosos. Como en el relato nada apoya esa salida, los expertos siguen discutiendo si a los perros inofensivos hay que matarlos o no.
Según Abu Hurairi
Dijo el Apóstol de Alá:
–El que tiene perro verá descontado un quilate diario [de la recompensa] por sus obras, salvo que el perro sirva a la agricultura o al pastoreo.



[1] L. Marracci, ‘Vida y hechos de Mahoma’, en Alcorani textus universus, Padua, 1698, t. 1, pp. 31-32.
[2] At-Tabari, Târîh al-rusul wa 'l-mulk (Annales), ed. M. J. de Goeje & al., E. J. Brill, Lugd. Batav., 1879-1881, I/3, págs. 1460-1462; Târîh al-’umam wa-l-mulûk, ed. Baitu-l-afkâr ad-dawliyyah, Jordania y A. Saudita, s. a., pág. 391. [Disponibles en la Red].
[3] V. por ejemplo SB 7, 7: nº 5072, donde Mahoma crea un lazo de hermandad entre dos ‘compañeros’, uno bien establecido en Medina, y el otro un recién venido  de la Meca con lo puesto. El primero, casado con dos mujeres, propone al compañero pobre quedarse con una, y con la mitad de su fortuna. Celebrado el matrimonio, Mahoma lo aprueba, exigiendo al nuevo que ofrezca un banquete, «aunque sólo sea de una oveja».
[4] SB, 4: pág. 322, nota (2).
[5] SB, 9: pág. 95, nota (2).