viernes, 26 de julio de 2013

El alumbrado en su sombra (2)


Alumbradismo y dejadismo
Es bien sabido que Loyola estuvo procesado por la Inquisición. Procesado o investigado, no una, sino varias veces y por muy diversos tribunales. Primero fue en Alcalá (1526) y Salamanca (1527); luego en París (1535), en Venecia y Vicenza (1536) y por último en Roma (1538).
Un proceso inquisitorial, en aquellos tiempos, no era cosa grave de necesidad. Cualquiera podía ser víctima de un malentendido, una malquerencia, o merecer un rapapolvo de laevi  por salirse de norma. Pero repetir proceso, y hacerse uno investigar con aparato de testigos, requería cierta vocación de notoriedad y victimismo persecutorio. Sobre todo, cuando uno siempre salía absuelto, y luego misteriosamente desaparecían las actas, o la sustancia de ellas.
Victimismo no del todo aprensivo, ya que los críticos de Íñigo/Ignacio tuvieron nombre y apellido; pongamos, el dominico Melchor Cano (1509-1560). Sólo que crearse enemigos así, tan ruidosos y tan tercos como ineficaces, también es un arte.
La verdad es que a Ignacio en Roma el juego llegó a cansarle, porque sin añadir lustre a su persona, perjudicaba a su negocio de la Compañía. Desde entonces, más de una vez él mismo pasó a la contraofensiva exigiendo depuración de cargos, frente a sus ‘perseguidores’.
¿De qué desviaciones se acusó a Loyola? La más persistente, ser de la ‘secta de los alumbrados’. ¿Secta? Fea palabra. Las sectas muchas veces sólo existen desde fuera, las crean sus enemigos. Y los enemigos de los alumbrados fueron inquisidores ‘contra la herética pravedad’.
Los alumbrados fueron ante todo gente que trataba de convencerse a sí misma de que, por la vía contemplativa, sin trabajo del entendimiento, el espíritu bien dispuesto es capaz de recibir iluminación, uniéndose a la divinidad hasta asimilarse a ella más y más, tal vez hasta la identificación panteística. Aquí ya se traspasaba la frontera de la heterodoxia.
Obviamente esta unión ontológica iba acompañada de otros dones, en especial la penetración intuitiva en los misterios de la fe, como también el don profético, extasis y arrobos, levitaciones y otros fenómenos paranormales.
Tanta ciencia infusa solía ser compatible con una ignorancia olímpica del método expositivo escolástico, y al mismo tiempo con una tendencia compulsiva a la comunicación restringida, al cenáculo, donde las beatas y monjas alumbradas eran reinas del salón.
No pensemos en mujeres bobas ni simples. Muy al contrario, las más influyentes fueron lúcidas y de fuerte personalidad. Un prototipo en tiempos de Loyola era la ‘Beata del Barco de Ávila’, sor María de Santo Domingo, admirada hasta la chochez por varones tan inteligentes como el cardenal Cisneros o el cardenal Adriano de Utrecht, luego papa Adriano VI. Para otros, como don Prudencio de Sandoval, la beata del Barco «fue una embustera notable» [1].
Cuenta Garibay cómo en diciembre de 1515 , con ocasión de la boda de doña Ana de Aragón, nieta de Fernando el Católico e hija del Arzobispo de Zaragoza, su bastardo,  con el Duque de Medina Sidonia, enfermo de muerte el rey en Plasencia,  «uno del Consejo vino a verse con la Beata del Barco, cuyas cosas en este tiempo eran tenidas en Castilla y en toda España por muchas gentes en grande santimonia y veneración, y dixo al Rey de parte de ella, que no había de morir hasta conquistar a Jerusalén. Pero como las cosas por venir reservó Dios para sí solo, assí esta Beata y su falso oráculo erraron, como presto veremos» [2].
Y tan presto: el 23 de enero siguiente fallecía don Fernando en Madrigalejo; tan fiado en la palabra de la beata, que por poco no se dejó morir sin sacramentos. Al parecer, tras abusar de la cantárida como afrodisíaco, ansioso de descendencia en doña Germana de Foix, para remate le sentó mal un guiso de criadillas de toro, con el mismo objeto.
Lo curioso era la variedad de rasero que se aplicaba a beatas alumbradas, como ésta  del Barco, María de Cazalla, Isabel de la Cruz, Francisca Hernández etc., en comparación con visionarias ‘ortodoxas’, como santa Catalina de Sena o la sueca Santa Brígida.
El hecho es que en los primeros tiempos de la reforma luterana florecen en España capillas de alumbrados, que para contarse unos a otros sus experiencias hablan más que escriben, lo que complica precisar cuál era exactamente su ideario.
Muchos eran aficionados a Erasmo de Rotterdam. Solían ser las personas más cultas, y por ende las menos ‘alumbradas’.
La intelectualidad conocía a Erasmo más por su vena satírica, cuyo exponente es el  Elogio de la Necedad (1511). Esta obra y la colección de Coloquios familiares, con piezas no menos corrosivas, eclipsaron su faceta religiosa, representada por el Enquiridio del Soldado Cristiano (desde 1503).
Esta obrita ascético-mística, hoy del todo olvidada, fue de lo más leído de Erasmo. Muy discutida por su enfoque naturalista y liberal del fenómeno religioso, circuló en ediciones y traducciones, casi todas expurgadas o censuradas, aunque por las muestras que han quedado se ve que no era tan fácil pillar al holandés en renuncio.
El artículo de A. Márquez, ‘Alumbrados’ [3] habla de estos grupúsculos, a menudo palaciegos al amparo de nobles devotos, títulos y Grandes de España, que les daban cobijo. Por donde se ve que no poca gente, más lista que preparada, se había hecho del alumbradismo un medio de vida. Y en el gremio no podía faltar nuestro Íñigo, el perseguido  de Alcalá y de Salamanca.
El Íñigo procesado en España  alguna idea tenía de Erasmo, aun sin conocer bien el Enquiridio, que no se publicó en castellano hasta 1528. Y cosa rara:
Según el jesuita Ribadeneira, cuando Loyola estudiaba rudimentos de gramática latina en Barcelona, en 1524, varias personas le recomendaron (y entre ellas su confesor) hincarle el diente al Enquiridio en latín, como lectura de provecho espiritual y modelo de estilo. Así lo hizo —tal vez con ayuda de alguna traducción manuscrita castellana, sugiere EGH (pág. 151)—, siempre según su método de sacar apuntes para más fijar la atención.
«Pero advirtió una cosa muy nueva y muy maravillosa» (prosigue el biógrafo), y es que nada más abrir el libro y ponerse a leer se le enfriaba la devoción, y cuanto más leía más se enfriaba. Total, que «a la fin echó el libro de sí, y cobró con él y con las demás obras de este autor [Erasmo] tan grande ojeriza y aborrecimiento, que después jamás no quiso leerlas él, ni consintió que en nuestra Compañía se leyesen, sino con mucho delecto y mucha cautela».
Tome cada uno como le parezca la extraña noticia de este antierasmismo institivo y visceral, cuando el modelo de ‘soldado cristiano’ que propone Erasmo no tenía por qué chocar para nada a Loyola.
Erasmo, por Erasmo
La tradición jesuítica en general minimizó el influjo de su aborrecido burlón –el ‘Luciano Holandés’ le llamaban–, y aquí la conseja biográfica anticipa una situación muy posterior, cuando el descrédito de Erasmo le vino bien a la Compañía para alzarse ellos con buena parte de los despojos.
Curiosamente, el verdadero manual ascético de Íñigo desde la etapa de Barcelona —siempre según Ribadeneira— fue La Imitación de Cristo (atribuida a Tomás de Kempis), «cuyo espíritu se le embebió y pegó a las entrañas». Curioso, sí, porque da la casualidad de que  Erasmo se formó precisamente entre los Hermanos de la Vida Común, donde floreció Kempis y la Imitación.
Por lo demás, si se comparan las influencias respectivas del Soldado Cristiano y de los Ejercicios, aquí san Ignacio vence en toda la línea, entre otras cosas porque a Erasmo no le interesó el control de las personas, clave de la estrategia del jesuita.
Para cerrar esta idea sumaria y necesariamente confusa del alumbradismo, recojo la referencia de Márquez al Edicto de Toledo de 1525, que fue como un primer clarinazo sobre la existencia de un ola de errores de nuevo cuño. Lo malo es que los redactores del mismo se embarullan en su lista de 48 proposiciones, la mayoría heréticas según ellos, aunque sólo dos luteranas y otras dos como ‘begardas’ (?), el resto vaya usted a saber.
¿Y el dejadismo? Era consecuencia lógica de un alumbradismo radical. Si el alma iluminada es poseída por la divina gracia, cada vez le será más difícil pecar. No digamos, si realmente se llega a la unión transformante, porque entonces el pecado se convierte en un imposible metafísico.
Por descontado, la carne mortal sigue siendo débil, sujeta a los dictados de la concupiscencia. Pero al alma dichosa ya todo eso no debe importarle, porque no va con ella. Lo que tiene que hacer el místico (o la mística) es abandonarse, ‘dejarse’, pues en su estado impecable hasta los movimientos del apetito carnal contribuyen al desposorio con Dios.
Por aquí ya nos metemos en un auténtico jardín. Jardín incluso de delicias, cuya estética escapaba por completo a la idiosincrasia de los inquisidores, siempre proclives a ver lo más oscuro de la condición humana.
Pero dejémonos de teoría y vamos a lo práctico: ¿Fue Loyola un alumbrado? Y de haberlo sido, ¿se le pudo acusar de dejadismo?
La Iñigología jesuítica jamás admitió lo primero, y es novedoso que EGH le dedique todo un capítulo, aunque escriba vida «alumbrada» entre comillas.
«Ignacio habla de alumbrados en carta escrita en 1545 al rey portugués Juan III, pero para negar todo contacto con ellos» (pág. 17). Dicho así, es una licencia retórica muy generosa, porque «en sus años cortesanos en Arévalo y Nájera (1506-1521)… y luego en Manresa (1522), trabó conocimiento y se relacionó con personas que más tarde fueron acusadas de alumbradismo o simpatizaban con esa tendencia… » (págs. 18-19).
Licencia retórica, que además es indemostrable, porque como queda dicho, la documentación procesal falta. Y falta porque se hizo desaparecer; porque el confidente jesuita padre Nadal aseguró que él disponía de las actas de Alcalá y Salamanca (pág. 18).
Pero no sólo han desaparecido papeles procesales. En vida de Ignacio, sus compañeros compilaron sinfín de apuntes sobre su persona: Nadal, Laínez, Polanco, Ribadeneira, Cámara, etc., incluso la amiga de Ignacio Isabel Roser. Muchos de aquellos  papeles se escribieron al dictado del fundador.
Pues bien, cuando Francisco de Borja se hace con la Compañía, como 3º General de ella, su primera preocupación es retirar tanto manuscrito, mientras Ribadeneira escribía la única biografía oficial. «El propio Borja exigió a Nadal que entregara sus papeles, pero la respuesta de éste fue bien dura: no daría nada, hasta que se publicara la biografía por Ribadeneira» (EGH, pág. 19).
De todo aquel acervo biográfico, ¿adivinamos qué manuscritos fueron los más recogidos y censurados? ¡Exacto! Los de la Autobiografía ignaciana. De hecho, Ribadeneira fue alargando y alargando su trabajo, hasta que prácticamente todo lo ajeno se retiró de circulación. Y como Ribadeneira gozó de una longevidad matusalénica, al final se quedo él solo con la última palabra.
El testimonio de Melchor Cano. Uno de los adversarios más enconados de Ignacio fue el teólogo dominico y obispo dimisionario de Canarias, Melchor Cano. Sin que sepamos bien sus motivos profundos, el hombre se tomo en serio seguir los pasos del vasco para desmitificar la hagiografía que se le estaba escribiendo en vida.
«En 1554 declaró públicamente que la Compañía era “la Orden de los Alumbrados”.» «De Íñigo sé cierto –escribió a un amigo– que se fue huyendo de España y le habían empezado a hacer procesos cuando lo de los alumbrados.» (Págs. 22-23). Y en fin, metiendo en el mismo saco a gentes que solían andar entonces bastante juntas, anotó: «A esta Orden se llega gente ambiciosa, a saber, judíos o vizcaínos, los cuales en esta orden se han amigado».
No tomo partido por Cano, tampoco defiendo a sus contrarios. Descalificaciones aparte, en el año de Manresa (1522-1523), bajo el influjo de la ‘Beata del Barco’, Íñigo tuvo una crisis de escrúpulos, dudas y desesperación, con obsesiones de suicidio. Otras veces tenía visiones consoladoras, que le ilustraban los misterios de la fe  mediante formas geométricas y resplandores, muy en la línea alumbrada, es decir, incomunicable. Por eso, aunque tuvo un alumbramiento sobre la Trinidad, tan rico que hasta se puso a escribir un libro, San Agustín y los demás doctores trinitarios no tienen nada que temer de Ignacio: la obra se quedó en proyecto. Y es que mirando mandalas no se resuelven los enigmas teológicos.
También veía a menudo, a su manera abstracta, a Cristo en la Eucaristía y de otras formas; visiones que, según EGH, le «fueron inspiradas y sugestionadas por la Beata». (Pág. 128). En fin, por si fuese menester más prueba de alumbradismo, he aquí dos perlas,  sobre tales visiones e iluminaciones:
Una es del propio Ignacio en la Autobiografía: «Si no hubiese Escritura que nos enseñase estas cosas de la fe, él se determinaría a morir por ellas, solamente por lo que ha visto». La frase, de corte alumbrado impecable, podía valer por un desafío al Edicto de 1525 contra los alumbrados. Pero no fue ocurrencia pasajera, pues muchos años después seguía en lo mismo, según Laínez, su sucesor en el Generalato:
«Acuérdome de haberlo oído decir al Padre Maestro Ignacio, hablando de los dones que que nuestro Señor allí le hizo en Manresa, que le parece que, si por imposible, se perdiesen las Escrituras y los otros documentos de la fe, le bastarían para todo lo que toca a la salvación la noticia y la impresión de las cosas que Nuestro Señor en Manresa le había comunicado».
Pero dado que estas experiencias siempre tienden a más, hizo falta una revelación suprema –la Eximia illustración, como la llamó el padre Nadal–. Un día de agosto de 1522 a orillas del Cardoner, un Íñigo exhausto, inestable y a punto de enfermar gravemente, padece «una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas…, como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto».
Así lo comunicó él a sus ‘íñigas’, encantadas ellas. Años más tarde también se lo contará a  sus jesuitas. Los cuales, en su peculiar exégesis, entenderán el fenómeno psíquico como la revelación por Dios a Ignacio de las dos cosas más importantes «desde que los Apóstoles anduvieron por el mundo hasta hoy» –por usar una expresión de Garibay–, a saber: la Compañía de Jesús y los Ejercicios espirituales.
(Continuará)
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[1] Historia del Emperador Carlos V, Amberes, 1681, parte I, pág. 35; Lib. I, % 59.
[2] Compendio Historial,  Barcelona, 1628, t. II, pág. 804, lib. 20, c. 23.
[3] En la Enciclopedia de Historia Eclesiástica de España, EDHEE (Q. Aldea & al., dirs.). Madrid, CSIC, 1972, 1: 47-50.

EGH: Enrique García Herrán, Ignacio de Loyola, Taurus, 2013.

miércoles, 3 de julio de 2013

El alumbrado en su sombra (1)

La cara oculta de Ignacio de Loyola



Acabo de leer el Ignacio de Loyola, de Enrique García Hernán [1]. Con interés, y algunos capítulos con fruición.
Sin ánimo de reseñar el libro, digo que me ha gustado por lo que dice, más que por cómo lo dice, pues al autor no parece importarle mucho el arte de bien decir [2]. Aquí y allá, las tiradas de nombres propios no dirán gran cosa a muchos lectores, aunque son necesarias, y a lo último dan de sí para cubrir hasta 30 páginas del Índice analítico.
Esta profusión onomástica llama la atención también en otras biografías de Ignacio. No digamos la del padre Villoslada, con sus 2.000 entradas en el Índice de personas y lugares [3].
Y es que el santo varón, el místico «engolfado en Dios» de la hagiografía canónica, en pisando tierra nos deja atónitos por el número y variedad de sus contactos humanos. El hermético Loyola trató con mucha, pero que muchísima gente de toda laya social: humildes, clases medias, intelectuales, cortos, pícaros, nobles y príncipes, beatas y frailes, rufianes y putas, cardenales y papas.
¿Quién fue Íñigo de Loyola?
Ante todo, un seductor.  De mujeres y de varones. ‘Los hombres y las mujeres de Ignacio’, es uno de los capítulos del libro [4]. De los más sabrosos, por cierto. Ignacio hablaba de sus conquistas espirituales como «meter en la red». Un enredador enredado, con ellos y ellas.
Hidalgo guipuzcoano segundón pobre, nacido probablemente en 1491, hace carrera en Castilla como cortesano y servicial en nómina de casas grandes, hasta los 30 años. La arruinada casa de Loyola se apuntó a la clientela del Ducado de Nájera.
Sin ser escribano de profesión, entendió de pluma y buena letra; como sin ser militar entendió de armas y guerra. Pero no levanta cabeza, porque gasta en mujeres, juego y bien vestir. Hasta aquí, nada del otro jueves.
Por poco se me olvida: como segundón guipuzcoano, fue clérigo desde su niñez, para gozar de beneficio y fuero de Iglesia. Por lo demás, ni guardó la tonsura ni fue religioso devoto, más que cualquiera.
Tuvo por lo menos una hija. Hija ‘natural’, pero hija. No ‘sobrina’, como se disimulaban las hijas e hijos de los curas, obispos, cardenales y papas de entonces.
Lo del fuero eclesiástico le vino bien, nada menos que en una causa criminal por homicidio. Íñigo se hizo enemigos mortales, hasta el punto de obtener licencia de armas y dos guardaespaldas. Toda esta parte de la vida del santo buscavidas quedó en la sombra. Los jesuitas repartieron más su estampa del santo militar.
Así en 1521, sirviendo al II Duque de Nájera, defendió el indefendible castillo de Pamplona. En cuya acción quijotesca una bombarda francesa le hiere de gravedad. El castillo se rinde, y nuestro hombre se estropea.
Derrotado y humillado,  le llevan a la casa-torre familiar, a Loyola. Allí resucita de milagro, y distrayendo la convalecencia con lecturas varias –libros de caballerías y libros devotos– entra en fase de conversión. Esa ha sido la versión oficial.
Según la misma, a partir de ahí, Íñigo se busca la vida por la vía del misticismo. Ermitaño escondido en una cueva de Manresa, peregrina a Montserrat y luego a Jerusalén, hasta que se autodescubre fundador de la Compañía de Jesús en el Montmartre de París. Los Jesuitas, encarnación de la Contrarreforma católica, frente a la herejía de Lutero. ¿Que quién fue Ignacio? Por su obra le conocéis. Ecce Nos!, la Compañía.
En efecto, gracias a la Compañía de Jesus, buena parte de Ignacio/Íñigo de Loyola sigue y seguirá incógnita. Porque el personaje sí que quiso darse a conocer a los suyos, pero los suyos no le conocieron. La Autobiografía de Ignacio el Peregrino  –su Pilgrim’s progress– no gustó, se  manipuló, se censuró, se amputó, y finalmente se descartó su lectura en la orden, previa desaparición del original manuscrito. Toda la correspondencia de Ignacio fue objeto de censura inmisericorde, no sólo con vistas a su proceso canónico de santidad, sino para imagen pública de la Compañía.
Razón de más para distinguir –lo que las Vidas de San Ignacio nunca hicieron– entre el hombre y su obra, Íñigo vs. Compañía.
La ‘conversión’ de Loyola
El seductor Íñigo parece que tuvo un problema con las señoras. Les olía fatal. A los caballeros también, pero era disimulable, hablándoles de lado. Con ellas, imposible. Por García Hernán aprendo que el conquistador Loyola padeció de ocena. La verdad, gustaría ver más documentado en el libro este tema, que cubrió la friolera de 20 años críticos de la vida del héroe [5].
La ocena es una rinitis crónica que cursa con atrofia degenerativa de la mucosa olfatoria, con hedor apestoso, que el paciente nota cada vez menos porque pierde el olfato (anosmia).  
En un galán mujeriego, por fuerza tuvo que influir en su carácter, y del Ignacio jesuita se sabe su escrúpulo por la limpieza, siempre preguntando a sus íntimos qué tal olía. Sin permitirse por otra parte el expediente de entonces, el perfume, por el qué dirán.
¿De la anosmia océnica a la impotencia sexual psíquica? Releo otra biografía, ‘Ignacio de Loyola. Psicologìa de un santo’, del jesuita Meissner [6]. De ocenas y anosmias no sabe nada. El autor es un psicoanalista, y como tal, un generador de preguntas a un ausente de su diván. La verdad, en el  laberinto de los complejos, tranferencias y contra-transferencias, crisis regresivas y «destilación de significado» (pág. 436), por ahí me pierdo. Y como de lo que me interesa no me aclara, pues adiós muy buenas.
Pero contamos con un dato del propio Loyola y sus entusiastas biógrafos: de repente se descubrió casto. Nunca en adelante sintió moción carnal. Ni psíquica, ni tampoco física, que en el varón tiene un significado bien claro.
Sin meternos en dibujos (si la apatía sexual tiene que ver con la santidad, etc.), hay un hecho: el ‘converso’ Íñigo, ya casto, triunfa de nuevo entre mujeres. Conquistador espiritual, y aprendiz de ellas.
Mujeres beatas, mujeres seducidas, beatizadas por él. Incluso en Roma –la malpensada y maldiciente Roma–, el antiguo galantederra azpeitiano vuelve a las andadas con sus mujeres, empreñadas todas ellas en ser jesuitisas.  
Algunas en plan ‘cripto’,  como madama Margarita de Austria, la hija natural del emperador Carlos V, casada por política con el niñato  Octavio Farnese, nieto del papa Paulo III. Divorciada de hecho, la Madama se pone bajo la obediencia de Loyola. Fue voz común que por ella tuvo Ignacio del papa lo que quiso. Y es creíble, si el salaz  papa-suegro estuvo enamorado de ella más que el marido. Pasquín tiene la palabra.
La historiografía oficial jesuítica viril puede cantar misa: la Compañía de Jesús, o Compañía de Ignacio, empezó entre mujeres. El gremio de ‘iñiguistas’, extendido luego a varones, fue femenino en sus principios.
Incluso después, en Roma, cuando el Íñigo transmutado en Ignacio, General  de la Compañía, renuncia al trato con féminas («excepto que sean nobles»), llamará la atención repitiendo la idea descabellada de redimir al puterío romano metiéndolo en galera.
Loyola es como Don Quijote, pero sin el ‘como’. Un loco con su tema, por lo demás un cuerdo como el mejor. El tema del buen Quijano monógamo platónico fueron las caballerías y su Dulcinea. El tema del buen Íñigo polígamo impotente fueron las caballerías y sus Íñigas.
¿Santo, el Loyola? Ni entro, ni salgo, sólo pregunto: fuera del iconostasio vaticano y jesuítico, a ver cuánta gente le reza y le pide favores, como a los santos de verdad.
Pero veo que me canso, y tal vez canso. Mañana otro día vuelvo con mi admirado Íñigo de Loyola.

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[1] Taurus, 2013, 568 págs, 19 ilustr. color.
[2] A ello se suman descuidos, como Velasio por Vesalio, en el episodio de la disección del cadáver de Ignacio, pág. 443 del texto, y en el Índice.
[3] Ricardo García-Villoslada, s. j., San Ignacio de Loyola. Nueva biografía. BAC, Madrid, 1986. Una especie de testamento espiritual para tranquilidad del autor, que sin aportar nada nuevo echa otra mano de yeso a la máscara de su personaje.
[4] Págs. 329-407.
[5] Para la patología de Ignacio el autor se remite al «estupendo artículo» de G. Marañón, aunque no veo que lo cite; v. págs. 439 y 482; ni Gregorio Marañón figura en el Índice. Debe de referirse a ‘Notas sobre la vida y la muerte de San Ignacio de Loyola’, en Archivum Historicum Societatis Iesu, 25 (1956): 134-155. Allí diagnostica la ocena, como también la litiasis biliar, descubierta en la autopsia. Esta habría sido la enfermedad mortal, como colecistitis aguda y sepsis biliar, al haber perforado uno de los cálculos la vena porta, a tenor de una nota de mi buen amigo el Dr. Ricardo Franco Vicario, ‘Ignacio de Loyola: Patobiología de la Voluntad’;  en (J. Caro Baroja y A. Beristain, eds.) Ignacio de Loyola, Magister Artium en París, 1528-1535. San Sebastián, 1991: 288-289.
[6] W. W. Meissner, s. j., Ignacio de Loyola. Psicología de un santo. Anaya & M. Muchnik, 1995. Traducción del inglés monstruosa, a nombre de Nora Muchnik, plagada de disparates; donde, por ejemplo, ‘Alfonso XII de Castilla (pág. 38) puede pasar por errata; pero poner «la Dieta de Gusanos» (pág. 187), en vez de la Dieta de Worms, no tiene disculpa.