viernes, 4 de marzo de 2011

Desde Bilbao, “Reinar en España”


El comentario anterior sobre censura de símbolos civiles me ha llevado como de la mano a una reflexión en paralelo, sobre la presencia pública de símbolos religiosos. Digo símbolos ‘civiles’, mejor que ‘políticos’, porque también los religiosos pueden ser políticos. La misma imbricación o mezcolanza de lo profano y lo sacro cabe en unos y en otros, como se dio en el nacional catolicismo hispano.
Si se entiende por ‘bilbainada’ –fuera de lo músico, o de una masa informe de bilbainos– cualquier empresa concebida y realizada por autoridades y fuerzas vivas de Bilbao, con peculiar desmesura y general reconocimiento auto admirativo de la gente como cosa propia, bien se puede decir que el monumento al Sagrado Corazón de Jesús de esta mi villa es una bilbainada de tamaño natural. Cierto que esa pieza se inscribe en una serie de realizaciones similares, a cual más ostentosa y triunfalista. Hay Sagrados Corazones encaramados en las más variadas perchas, donde superar el ‘más difícil’ es dificilísimo. Con todo, el caso bilbaíno no desmerece entre los mejores, por su magnitud, forma, ubicación, y por su historia rocambolesca.
Vaya por delante mi respeto a lo religioso. Si me permito alguna leve ironía o crítica, no es mi intención pasar de la epidermis, y a ser posible ni llegar a ella, quedándome en las excrecencias y perifollos, que es precisamente el universo de las bilbainadas, por lo general. Nada de arañazos ni zarpazos de segundo y tercer grado.

Sagrado Corazón
La devoción al Sagrado Corazón de Jesús partió de lo que podemos llamar ‘lógica Longinos’. Longinos es el nombre convencional tradicional del anónimo soldado que en el Gólgota alanceó el cuerpo muerto de Jesús crucificado, provocando un brote de sangre y linfa (Juan, 19: 33).
El Evangelio no dice que el líquido brotara del corazón, abierto con la llaga póstuma, ni las imágenes antiguas lo reflejan. Por ejemplo, en el claustro de Silos, Cristo invita al incrédulo Tomás a meter el dedo en la llaga levantando el brazo derecho extendido (cfr. Juan, 20: 27). (A propósito: ojalá alguien no lo entienda como saludo fascista, y el peso de la Ley de Memoria Histórica no caiga sobre esta delicia románica del siglo XI.)
Avanzada la Edad Media, empezó a tomarse a la letra el término miseri-cordia, y aquella sangre y agua tuvo que brotar precisamente del corazón, a cuyo efecto era más lógico desplazar la herida al costado izquierdo.
Con todo, y omitiendo antecedentes normales en estas cosas, el culto sistemático al Corazón de Jesús nace en la Francia de Luis XIV, hedonista y sentimental, con una serie de visiones y revelaciones del Señor a una oscura monja salesa. Es corriente en tales casos la mano del padre confesor, reduciendo a corrección teológica los posibles excesos místicos. Esta vez fue el padre jesuita Colombière, que se las vio y deseó, pidiendo ayuda a consocios más preparados.
A la sazón, la Compañía de Jesús estaba a la greña con los ‘herejes’ jansenistas, como éstos lo estaban contra el sistema teológico jesuítico. (Recordar solamente las divertidas cartas ‘Provinciales’ de Pascal satirizando la moral casuística de los padres.) Finalmente la nueva devoción se abrió camino, preconizada como antídoto contra la peste del jansenismo.
La Compañía y el Sagrado Corazón hicieron buena pareja. A los padres les vino bien apropiársela, como otras órdenes tenían el rosario, el escapulario, la porciúncula… Ellos, con su utilitarismo espiritual, sacaron partido sobre todo de la ‘Gran Promesa’ del Corazón de Jesús: la salvación eterna, sólo a cambio de comulgar bien nueve primeros viernes de mes seguidos.
¡Los Nueve Primeros Viernes! La de quebraderos de cabeza que nos daba de jóvenes la bendita ilusión. Que si tragabas pasta de dientes y no podías comulgar, que si perdías la cuenta… Y, lo que más fastidiaba, con todo en regla hasta el sexto y séptimo viernes, olvidar el octavo, ¡o el noveno!, y vuelta a empezar.
De todas formas, una devoción tan barroca a un órgano disecado virtualmente pudo haber sucumbido al cambio de gustos, de no ser por la tenacidad jesuítica y una oportuna relación con el ideario monárquico. Desposeído de su poder temporal, el Papa-Rey se miró como vicario de Cristo-Rey, icónicamente encarnado en el Sagrado Corazón. Sólo que éste no era ya la víscera aislada, sino Jesucristo de cuerpo entero, con el corazón visible en el pecho (más raramente en la mano).
Pío XI instauró la fiesta de Cristo Rey, y en un movimiento de restauración católica frente a un mundo moderno equivocado por los errores que denunció Pío IX en el Syllabus, prosperan las manifestaciones, congresos, peregrinaciones y demás expresiones multitudinarias de fervor. Se puso de moda consagrarlo todo al Corazón de Jesús, desde los hogares y familias hasta el mundo entero, pasando por reinos y ciudades. Todo ello muy ligado a partidos confesionales católicos y mayormente monárquicos.

Monumento polémico
Nuestra Piel de Toro ibérica tiene un centro geográfico convencional, identificado con un cerro en Getafe (Madrid), que los franciscanos tenían dedicado a su Virgen de los Ángeles, patrona del pueblo. Así, cuando llegó a España el turno de ser consagrada al Corazón de Jesús (1919), se eligió ese ‘Cerro de los Ángeles’ para dedicar un monumento, en la tradición de los umbilicus orbis, a modo de espiritual ‘kilómetro cero’.
Bilbao no quiso ser menos. En 1920 se perfilaba el ensanche de la Villa, cuando un desconocido devoto tuvo, literalmente, la ‘corazonada’ de ver un monumento al Sagrado Corazón. Pero no en cualquiera de las elevaciones que rodean al ‘Bocho’, sino en el corazón del propio ensanche. El hombre era socio del Apostolado de la Oración, entidad piadosa controlada por los jesuitas de la Residencia del Sagrado Corazón. Los padres acogen la propuesta. Total, que el Ayuntamiento de Bilbao, en 1922, se encontró con un plan consumado, al que dar el sí o el no.
No voy a repetir la historia de un monumento discutible y discutido desde su origen –entre otras razones, por su connotación política–, aunque sin oposición frontal al fervor popular.
El concurso internacional fue muy concurrido, quedando vencedores los proyectos de la pareja formado por el veterano escultor sevillano Coullaut Valera y el joven arquitecto Muguruza Otaño (1893-1956). Madrileño vasco de pura cepa, Muguruza con el tiempo sería el Director General de Arquitectura bajo el régimen de Franco, y primer artífice del faraónico ‘Valle de los Caídos’.
El Sagrado Corazón bilbaíno (1924-1927) siempre fue provocativo, un trágala, para mucha gente. Para los obreros de la Euskalduna, el Cristo de bronce dorado de 7 m de altura, sobre una peana y fuste que hace 40 m en total, era ‘el Listero del Dique’. La polémica se enconó seis años después, durante la República, con los recursos dialécticos de entonces. El alcalde Ercoreca sacó por margen estrecho un plan de demolición (febrero 1933), recurrido por los católicos ante la Justicia con éxito rapidísimo (mayo del mismo año). Ante la amenaza de derribo, se montaron piquetes de resistencia, y diz que ‘La Gaceta del Norte’ no vaciló en publicar algún fotomontaje, con guardias de asalto cargando sobre una multitud orante.

Todo empezó en Bilbao
Para el nacionalismo sabiniano, un monumento tan jesuítico no debía resultar molesto, salvo por un detalle: bajo los pies de la estatua, una inscripción en grandes letras también de bronce dorado decía: “REINARÉ EN ESPAÑA”. La restauración de 2004-2005 brindó ocasión al Consistorio de Azkuna para quitarla, con polémica sobre el auténtico motivo: por razones técnicas, según versión oficial; por odio a España, según los contrarios.
Un argumento esgrimido por el nacionalismo fue que esa leyenda se puso en 1940, bajo el franquismo, y no era por tanto original. Argumento débil, porque la expresión en sí, muy lejos de ser nueva, piadosamente se atribuye al mismísimo Sagrado Corazón, que la habría pronunciado ya en el siglo XVIII.
Sin entrar en debate sobre si estuvo bien o mal puesta, mal o bien quitada, hay algo que merece recordarse: La frase de marras tuvo en cierto modo su origen aquí mismo, en Bilbao. Más aún, en el mismo lugar donde vino al mundo el primer lendacari José Antonio de Aguirre, junto a la Iglesia de los Santos Juanes, que antes fue convento de los jesuitas.
Si el Sagrado Corazón era francés de origen, y borbónico en cierto modo, al implantarse esta dinastía en España el rey Felipe V la trajo consigo. En 1727 escribe al papa Benedicto XIII –no Pedro de Luna, sino el segundo papa del mismo nombre–, pidiendo para sus reinos misa y oficio de la nueva fiesta.
Por entonces también la misma devoción se nacionaliza, con las nuevas revelaciones a un joven jesuita, Bernardo de Hoyos (1711-1735), colegial de San Ambrosio de Valladolid.
La historia empezó, como digo, en Bilbao, donde el jesuita guipuzcoano Agustín de Cardaveraz era nuevo apóstol de la devoción anti jansenista. Cardaveraz era amigo de Hoyos, y recordando haber visto en aquella biblioteca vallisoletana cierto libro sobre el particular, le pide copia de algunos párrafos para sus sermones.
Hoyos, estudiante teólogo, pone mano a la obra, rebusca en los libros del padre Croisset y otros jesuitas, y he aquí que al conocer la experiencia mística de la monja Alacoque él mismo se conmociona y sufre otra similar. Desde mayo de 1733 tiene revelaciones –no se sabe hasta qué punto teledirigidas desde Bilbao–, siendo la más famosa cuando el Sagrado Corazón / Cristo Rey hace la gran promesa: “Reinaré en España, y con más predilección que en otras partes”.
Si  esta anécdota dice verdad, el Sagrado Corazón no es del todo forastero en la Villa de Don Diego, y tiene todo el derecho a hacerse aquí sus planes. Aunque reinar en España desde Bilbao se le pone difícil. Y aunque a muchos parezca todo esto una solemne bilbainada.



 

domingo, 27 de febrero de 2011

A la Historia por la desmemoria



Ayer salía en los periódicos y hoy lo repite la tele: La Cámara Vasca ha votado que la Ley está para ser cumplida… Miento, no todas. Lo acordado en  sesión memorable el 24 –aprovechando que Febrero rima con Tejero– ha sido instar el cumplimiento de una ley concreta, la de ‘Memoria histórica’ (2007); y no toda ella, sino uno de sus preceptos, quizá el más paradójico en una ley de memoria: la retirada de ciertos recuerdos.

La iniciativa partió de Aralar. Cosa rara, a primera vista, que a un partido independentista  vasco le entre celo por una ley española. Se dirá que se trata de la simbología franquista, pero no vale. El franquismo es de mal recuerdo también para gente no nacionalista. Yo diría incluso que, por más que el nacionalismo se atribuya la palma del anti franquismo, muchos no se la cedemos. Esta urgencia de Aralar se explica mejor con Sortu a la vuelta de la esquina. Hay que espabilarse, que la parroquia a repartir es la misma.
En Aralar, en el nacionalismo vasco en general, militan muchos hijos de carlistas y otras yerbas, que no tuvieron problemas bajo Franco. También legiones de nacionalistas sobrevivieron con relativo acomodo, como procuró hacerlo casi todo el mundo. Refunfuñando, eso sí, y también mordiéndose la lengua un poco, a ver quién no. Y cuando nadie lo esperaba, cuando pocos creían que eso iba a suceder, Franco se nos murió a todos en la cama. A todos, incluso a la ETA de entonces. Así, a fecha de hoy, ciertas valentonadas hacen sonreír recordando el refrán, «a moro muerto… »
Sí, muchos tenemos mal recuerdo del sistema, en especial los que lo aguantamos de principio a fin; desde que la guerra civil se anunció por signos en el cielo (antes del 18 de julio del 36, por supuesto), hasta el 20 de noviembre de 1975, cuando el Caudillo se nos apagó a todos y cada uno en nuestra cama, sin más agresores que su equipo médico y familia. Sin más tiros de sus adversarios que los tapones de champán, y eso pagándonos nosotros. Tal vez por eso, el personaje y su régimen nos repugna tanto o más que a Aralar y compañía. Pero le aborrecemos mejor, más de razón y menos de alharacas.

Un poco de Heráldica…
Como digo, hoy repetían la noticia. Y aunque el día ha estado lluvioso, antes que sea tarde, bajo a Bilbao a tomar unas malas fotos del escudo grande de la Plaza Moyúa.
¿Por qué éste, precisamente? Es uno de los mayores, si no el mayor, una bilbainada. También el más señalado en la lista negra. Pero no es por eso. Es porque tiene para mí un recuerdo muy especial.
En los años 40-42 del siglo pasado, nuestra pandilla de críos incluía a ‘los Andaluces’, Alejandro y Luisito Zobaran, destacados arietes futbolísticos. El patio del Colegio San José estaba justo enfrente de su casa, en Elcano, donde su padre tenía también el estudio de arquitecto.
A veces, los más amigos nos juntábamos allí a merendar algo y oír música de un gramófono de maletín, tumbados en la tarima. Era un local destartalado, como improvisado. De hecho habían venido de Almería, toda la familia, por el proyecto de un edificio colosal. Las trazas de la futura Delegación de Hacienda en Vizcaya se desplegaban sobre un gran tablero de dibujo, y algunas por el santo suelo.
Eran los primeros planos que veía en mi vida, y me impresionaron tanto que casi decido ser arquitecto. Hasta creo recordar que el proyecto tenía bastante más altura, figúrenselo, comiéndose literalmente una plaza que por aquel entonces quedó de las más bonitas de Europa.
No puedo recordar si el escudo en lo más alto del edificio lo dibujó el propio don Antonio, o se lo dieron dibujado. La cosa no daba para muchas alegrías. Aun así, cualquiera advierte que, tal como hoy se ve, no responde a la ortodoxia heráldica de la época. Falta la divisa «UNA GRANDE LIBRE», como también el yugo y las flechas. La primera, en letras de bronce, evidentemente ha sido arrancada; lo otro también, si es que fueron un par de apliques metálicos, eso no lo recuerdo. Tampoco se lee el «Plus Ultra», que a diferencia de lo otro, hoy sigue siendo constitucional.
La parafernalia simbólica franquista no vino de golpe. En cuanto al escudo, la prensa del 38 se prodigó en descripciones divulgativas, que pronto aprendimos, de copiarlas al dictado en la escuela. Fue mi primer baño de Heráldica, la noble ciencia del Blasón, aquel lenguaje técnico lleno de gules y sinoples, oros y platas, ondas de azur…

Pues bien, una de las cosas que más se grabaron en mi infantil memoria histórica fue el énfasis de aquellos textos en que el escudo no era nuevo, sino aproximación al primer escudo de España, el de los Reyes Católicos, con el añadido de las Columnas de Hércules y divisa de Carlos V. Eso sí, el «TANTO MONTA» se sustituyó por el «UNA, GRANDE, LIBRE», que tampoco es ninguna blasfemia.

… Y otro poco más de ignorancia
Por eso sorprende la persistencia de errores comunes acerca de tal escudo. El primero, llamarlo ‘franquista’, como si fuese un engendro del ‘Movimiento’, o Franco hubiese hecho de él un uso personalista. En este sentido, franquista fue el estandarte y guión personal del Caudillo (1940), pero no un escudo nacional historicista.
Con la misma ligereza nuestros talibanes llaman ‘águila imperial’ al Águila de San Juan, que usó Isabel la Católica en recuerdo del día en que fue Princesa de Asturias (27-12-1473). Pues nada, hombres, ‘imperial’. Sin entrar hasta qué punto un ave emblemática es asignable a una especie zoológica concreta (aquí, Aquila heliaca), lo incorrecto heráldicamente es llamarla imperial, como lo fue la bicéfala de Carlos V. En fin, puestos a ver franquismo por todas partes, el yugo y las flechas se les antoja invento de la Falange.
Esta ignorancia supina o de mala fe trae muchos inconvenientes. Un ejemplo: En Bidaurreta (Oñate, Guipúzcoa), las pobres monjas clarisas han llevado fama de españolistas y hasta franquistas –‘seculares’ (esta vez sí)–, porque desde hace 500 años, en la fachada de la Trinidad, el escudo franciscano está flanqueado por una pareja de escudos gemelos con el águila, el yugo y las flechas. Escudos que puso allí el fundador, Juan López de Lazarraga, no tanto en doble alarde de franquismo, como por su condición de Secretario de los Reyes Católicos.
De paso digo lo que siento. Sin ser ni de lejos un isabelino devoto, de esos que piden se haga santa a la Reina Católica, lo que ningún vasco enterado negará es el predicamento que doña Isabel tuvo aquí como Señora de Vizcaya, requerida en la pacificación de bandos y otros problemas graves, y gran aficionada a lo vascongado y a los vascos –los de entonces–, por su lealtad.

He mentado la palabra ‘talibanes’ y no ha sido lapsus. Pienso (si parva licet componere magnis, o salvada la proporción) en los Budas de Bamiyán (2001). Para los mulás afganos eran ídolos paganos, y para mí también. Como el escudo de Moyúa: a los de Aralar les recuerda el franquismo nefasto, a mí también.
La diferencia tiene un nombre: superstición. Para mí el escudo de Moyúa (cuando me fijo en él, o sea casi nunca) es un despertador de memoria histórica, un testimonio de algo que fue y un aviso de algo que nunca más debería ser. En cambio, para mis conciudadanos de Aralar y compañía diríase que es peor que eso, algo terrible, insufrible, como es terrible el coco nunca visto, y es insufrible el dolor nunca sentido en carne propia.
Señores políticos, no seamos supersticiosos y dejen las piedras en paz. Lo que fue y estuvo mal, ya lo hemos cambiado, felizmente. ¿Que la Ley de Memoria sirva para reparar injusticias, atropellos, olvidos? Pues venga. Pero invocarla para conjurar fantasmas es pueril, e imaginar que quitando escudos se enmienda la Historia es de chiflados.

A tiempo estamos

       De todos modos, aún me cabe la esperanza de que ese escudo descomunal de Moyúa me sobreviva. Si, como dicen, el motivo de la moción y acuerdo parlamentario es cumplir la Ley, ésta permite salvar objetos de valor arquitectónico.  
Además, está el precedente de otro escudo monumental, el de Vizcaya. Un buen día, la Diputación decidió que «menos lobos», y quitó el recuerdo de nuestros Señores los López de Haro. ¿Simpleza? Dejémoslo así. Sin embargo, en el Palacio Foral de la Gran Vía el gran escudo esmaltado ahí sigue, a vista de todos. Sus lobos, que se sepa, no han mordido a nadie.
Quisiera terminar con una nota amena; otro recuerdo también humano y no tan lejano en el tiempo. Pues verán, una vez Hacienda, a un buen amigo mío y a sus vecinos de la Villa, les embargó el piso.
Fue (como ocurre siempre con Hacienda) de la manera más tonta. La alcaldesa Pilar Careaga, en uno de sus berrinches con la Virgen de Begoña, le quitó a la Virgen la calle, que por algún tiempo pasó a llamarse Mari Aguirre. Aquel baile de nombres, amén de ofender al cielo, lió al vecindario con Correos y con el fisco, hasta hacerles en Boletín Oficial dicha publicidad gratuita. Finalmente, restaurado el callejero y aplacada la ‘Amachu’, los cuitados, no sin algún quebranto económico (como ocurre siempre con Hacienda), firmaron finiquito en Moyúa, bajo la égida de cierto escudo...
De mi voto, siga como está.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Vascuence sin sexo, vascuence sin seso




No, si ya me parecía a mí. Algo en mi anti sexismo visceral chirriaba el otro día, cuando escribí aquello del ‘Vascuence maternizado’. ¡Juntar los conceptos de ‘lengua’ y ‘madre’, qué barbaridad! Ahora sé que «algunos especialistas como el profesor Dolz de la Universidad de Ginebra lo vienen diciendo»: «’lengua materna’ es una denominación sexista».

Debo el aviso a la Dra. Itziar Idiazabal Gorrotxategi, colega de Joaquim Dolz Mestre, a cuento del Día internacional de la lengua materna (El Correo, 25-02).

La cual lo explica así, para que hasta los más torpes lo entendamos:

«En nuestra sociedad y en otras muchas no solo las madres sino también los padres y otros agentes se hacen cargo de la transmisión lingüística. Es también una denominación de marcado carácter biológico.
Los niños, hasta el momento al menos, nacen de madres y es esa naturaleza biológica la que se le atribuye también a la lengua como si fuera una característica anatómica, fruto o consecuencia de la intervención biológica de la madre.»

De cajón. Como «los niños nacen de madres» (hasta la fecha en que esto se escribe), y como lo hacen trayendo una lengüecita en la boca, con la que (entre otras cosas) un día romperán a hablar; de ahí que el vulgo, confundiendo los conceptos ‘lengua-órgano’ y ‘lengua-habla’, se figura que esta última es también algo anatómico, de herencia materna, como la sin hueso. De ahí el abuso de llamarla ‘lengua materna’.
Sexismo puro, porque en muchas sociedadesincluida la nuestra vasca– enseñar la lengua al niño es cosa también del padre y «otros agentes». Denominación esta última que pudorosamente incluye sin nombrarlos a los Gobiernos Autonómicos –el catalán del prof. Dolz, y el vasco de la profesora Idiazabal–, con sus respectivas políticas lingüísticas y lo demás.
Y eso no es todo. Hablar de ‘lengua materna’ es incurrir en biologismo, usando un paradigma inadecuado. (Quédese esto para otro día.)
Resumiendo el preámbulo:

«Denominaciones como primera lengua, lengua familiar, primera lengua de socialización, etcétera, me parecen más ajustadas a la realidad que la de lengua materna. Asimismo, hay que tener en cuenta que tanto en nuestra sociedad como en otras bilingües/multilingües muchos individuos tienen al menos dos lenguas primeras.»

‘Primera lengua’, ‘lengua familiar’… ¿es lo mismo? Y lo de ‘primera lengua de socialización etc.’, pues no sé, parece algo retorcido. Otro eufemismo como el de los ‘agentes’, para esconder algo impronunciable. ¿Qué tal, ‘lengua de ikastola’? ¡Que sí, mujer! Porque a ello vamos, o no voy entendiendo papa.
Eso, ¿a dónde vamos, si se puede saber?

«El objetivo de este artículo no es tanto discutir o proponer alternativas al término ‘lengua materna’, sino reflexionar en torno al concepto que subyace o al uso que se hace del término, fundamentalmente en el ámbito educativo y de la investigación.»

Ahora sí que no, señora mía. Usted acaba de afirmar que ‘lengua materna’ está mal dicho, y sin molestarse en demostrarlo quiera pasar a otra cosa. Pues verá, yo creo que está bien dicho, y que lo puedo demostrar, partiendo del equivalente alemán Muttersprache, que el filólogo Friedrich Kluge suponía traducción del latín lingua materna.
Ahora bien, ¿cómo saben Dolz y compañía que el adjetivo materna se refiere a madre biológica alguna, y no a la lingua en sí. Lengua materna es lo mismo que lengua madre, como ‘tierra patria’ (o simplemente patria) es donde nace uno, no su padre. ¿Es eso sexismo? ¿Es sexista doña Itziar cuando interviene en un congreso titulado Ama Lurra? Aquí, con el agravante de que el vascuence lur (tierra) es asexuado. Una vez más, compárese el doblete alemán Vaterland / Mutterland (patria/matria). En alemán, Land (tierra, país) es neutro, mientras que Sprache es femenino y no admite Vatersprache.
Así, cuando digo ‘mi lengua materna’ no tengo por qué pensar en ‘la lengua de mi madre’. Y si soy de familia bilingüe, bien puedo hablar de ‘mis dos lenguas maternas’, sin insinuar que tengo dos madres. No es mi caso, pero podría serlo el de la propia Sra. Idiazabal, quien reconoce que «tanto en nuestra sociedad (¡y dale!) como en otras bilingües/multilingües muchos individuos tienen al menos dos lenguas primeras». O dos maternas, dígalo sin reparo.
Tan es así, que Muttersprache en segunda acepción es antónimo o contrario de Tochtersprache, no ‘la lengua de la hija’, sino ‘lengua hija’, como las romances lo son del latín, a diferencia del vascuence, que es de padre y madre desconocidos. Nada biológico, ni sexista, ni mejor o peor, y sin tufillo politiquero.
En inglés es igual. Para el Concise Oxford (4ª ed.), mother tongue, one’s native tongue, como motherland, one’s native land. El gran Wester’s Thirth National Dictionary (1976) por un momento flojea cuando define mother tongue como the language of one’s mother (o sea, mother’s tongue); pero al punto recapacita y, sin salir de la misma acepción, redefine como ‘el lenguaje naturalmente adquirido en la infancia y niñez’; one’s first language (primera lengua).
Para terminar de una vez, mother wit no es el ingenio de la madre, sino sinónimo de native wit, common sense.

Cobayitas humanos
No demos al artículo de la Dra. Idiazabal una importancia que no tiene. Pero una vez leída la mitad, tampoco despreciemos la otra media, donde promete tocar los aspectos educativo y científico.
Mejor no lo hiciera. Porque si antes ha criticado gratuitamente el título de la fiesta que conmemora, con igual alegría descalifica toda la historia del movimiento pro-vernáculo aplicado a la enseñanza, como carente de base científica, sólo porque se defendía lo que en principio parece más lógico y de sentido común: que al niño hay que darle la primera instrucción en su lengua materna.
«¿Pues en qué otra?», se pregunta el lector estupefacto, «¿En qué consistía el error científico?»  En que, según la articulista,
«desde los años sesenta del siglo pasado, estudios iniciados en Canadá y desarrollados posteriormente en todo el mundo, fundamentalmente en Occidente, han demostrado ampliamente que la educación bilingüe y plurilingüe, y en concreto, los programas de inmersión, lejos de ser perniciosos generan beneficios tanto a nivel personal como social; proporcionan un mayor desarrollo cognitivo y una mayor capacitación lingüística que a su vez favorecen la supervivencia de lenguas minorizadas y minoritarias y aportan condiciones indispensables para la integración social y cultural

Esto empieza a sonarnos, esto nos suena, esto nos deja sonados. ¿No se estará refiriendo…? Pues sí, precisamente:

«Algunos de los programas bilingües/plurilingües más exitosos se han desarrollado a partir de lenguas minorizadas como catalán o euskera. Y una gran proporción de los escolares que han disfrutado de estos programas educativos no han sido escolarizados en su lengua materna.»

Así, con esa alegría y frescura, se escribe a brochazo pretendidamente científico la pancarta del autoelogio a la catalanización y euscaldunización forzosa de escolares. Dos procesos que, digamos de paso, tienen muy poco que ver entre sí, pues (aunque la autora lo disimule), catalán y español son lenguas romances y hermanas en su estructura y comprensión, mientras que el vascuence es lengua aislada e incomprensible para el no iniciado en ella.
Con el mismo desparpajo se abona un experimento de resultado feliz, según la tesis oficial, avalada por «los resultados de las pruebas PISA 2009»… que por cierto en Euskadi se hicieron mayormente en español, ni más ni menos que las de 2006.
No entro a discutir lo evidente: Estudiar en vascuence es la panacea frente al fracaso escolar y nos pone a nivel europeo. Pero con una condición: tiene que ser sólo en vascuence. «¿Se puede escolarizar en cualquier lengua? ¿Es indiferente cuál sea la lengua primera o familiar para planificar los sistemas educativos? Evidentemente, no.» Y aquí viene lo bueno, para justificar ese ‘no’, esa inmersión, el modelo D exclusivo:

«Sabemos que los escolares cuyas lenguas familiares son mayoritarias parten con ventaja, porque gracias a la infinidad de usos y estímulos que aporta la sociedad en esas lenguas a través de los más diversos cauces (familiares, socio-culturales, informáticos, comerciales...) estos escolares desarrollan sus lenguas sin merma alguna y pueden aprovechar la escuela para aprender otra/s lengua/s y convertirse así en bilingües o plurilingües con todas sus ventajas. »

¿Y los euscaldunas? Si el beneficio se debe a la inmersión lingüística en otra lengua no primaria o materna, ¿que pasa con los niños vascongados, que no practican tal inmersión? En pura lógica, deberían salir retrasados. Pero no; como son todos bilingües, llegan al mismo resultado. Por eso digo que no es tanto el bilingüismo en sí, sino el estudio unilingüe en eusquera lo que produce ese resultado maravilloso en esta tierra. Y a la lógica, al mother wit, al sentido común, que los parta un rayo.
Algún lector preocupado por la ética, tanto como por la ciencia, se preguntará cómo es posible que una sociedad normal y no intoxicada ni embaucada se haya prestado a un experimento nuevo y nunca visto, con generaciones de escolares como cobayas, y de resultado incierto. Porque aunque fuese verdad que el ensayo está resultando bien (q. e. d.), queda en el aire la cuestión ética: ¿y cómo se sabía?
De ahí la vergüenza ajena ante el descoco con que se cierra el artículo:

«Llama la atención que la sociedad vasca, laboratorio lingüístico de gran interés científico, haya invertido más en la creación de centros de investigación neurolingüística que en la investigación lingüística asociada a la educación y a los comportamientos sociales relacionados con el uso de las lenguas.»

«Laboratorio lingüístico de gran interés científico», pero maldita sea. ¿Es decir, Dra. Idiazabal, que nos la están ustedes dando con queso? Un experimento masivo, radical, que el Estado planifica a largo plazo y lo monta sin investigación previa, con objetivos que el propio Estado fija y evalúa… Dios, cuánto recuerda todo eso otros experimentos ‘científicos’ de funesta memoria.