viernes, 30 de abril de 2021

El Imaginario Enfermo (4)

 La Mujer Fatal

Por recomendación de 'Viejecita'
En el capítulo anterior hemos visto a fray Enrique Kramer en avío de cazador de brujas. En el espejo de la Biblia, posiblemente él se veía «como Nemrod, el Gran Cazador ante Yahweh» (Génesis, 10: 09). El espejo de la Historia más bien refleja  (si vale el anacronismo) un tartarín algo ridículo; y mejor así que haber sido un asesino en serie. Lo malo fue su desquite, un manual para cazadores de brujas que hizo escuela de asesinos en serie. Ese fue el triste mérito del Martillo de Brujas de Kramer, también el primer macguffing de la era Gutenberg.  

Vamos a conocer la última proeza venatoria de Kramer el Desbrujador. El Desbrujador embrujado. Ocurrió en el Tirol de 1485, dominio de Segismundo de Habsburgo (1427-1496) en lo temporal, y en lo espiritual, del obispo de Bresanona Jorge Golser (1464-1488).

Aquí tuvo Kramer su intervención más documentada, también la más intrigante. Caso único en la historia de la Inquisición contra las brujas fue su choque frontal con una imputada, Elena Scheuber, una desconocida sin relieve, pero que tuvo la virtud de descolocarle.

Descolocado es la palabra. Fuera de juego. En su inexperiencia del mundo real, el teórico Kramer subestimaba la astucia del Maligno, que para humillar al Inquisidor discurrió bajar a la arena a medirse con él, pero no dando la cara, sino escondido detrás de una mujer. ¡Que si le humilló! Cualquier otro se habría dado por vencido, pero no Kramer. Varón impasible, sale reforzado en su quimera sobre la intrínseca relación de pareja ‘mujer-demonio’, que es lo que hace a la bruja. Las psicosis delirantes funcionan así. Tal fue el origen del Martillo de Brujas.

La historia que voy a contar es breve para el digesto de información consultada; y ojalá la digestión haya sido buena. Es tela con muchos flecos, también un puzle falto de piezas. Habría que conocer mejor los motivos de los personajes, para interpretar una documentación parcial alusiva y a la vez elusiva. 

Habemus Papam

En 1484, siendo Kramer prior de su convento de Selestat, se le moría Sixto IV. Este papa fue un caso prodigioso de personalidad transformada por la dignidad suprema en la tierra. De buen fraile franciscano pío y docto, general de su orden y raro cardenal cuya casa parecía un convento, tres días de cónclave en agosto de 1471 bastaron para convertir a Francisco della Róvere en papa Sixto, modelo inédito de nepotismo y falta de escrúpulos. De él se dijo, por contraste con su antecesor: 

«Ayer: Paulo II, buen papa y mala persona. 

Hoy: Sixto IV, buena persona y mal papa» 

Y aun este juicio debió de ser al principio de su reinado. Con el tiempo, lo de ‘mal papa’ pasaría al superlativo, y lo de ‘buena persona’ al modo irónico. 

En 1484 y también en agosto, otro cónclave simoníaco trajo a Inocencio VIII, primer papa que se exhibió en público como padre feliz de una pareja de hijos perfectamente legitimados.  Pocos dos, para el libertino que fue de joven Bautista Cibo, pero para eso estaba el sobrinazgo numeroso a disposición de Pasquino [1]:

Octo Nocens pueros genuit totidemque puellas:

Hunc merito poterit dicere Roma patrem

Ocho engendró Nocencio mozos, y otro tanto muchachas: 

a éste podrá con razón Roma su padre llamar.


 Medalla de Inocencio VIII – Anv.: Inocencio Genovés VIII Pont. Máx. 1484 - Rev.: Justicia Paz Abundancia

La elección de Cibo fue para Kramer excelente noticia. Ya el mismo año, el 5 de diciembre, el papa emitía para él y su compañero Jacobo Sprenger una bula de presentación y recomendación a las autoridades alemanas en su ámbito como inquisidores en campaña contra la plaga del satanismo maléfico, mandando y agradeciendo de antemano a las autoridades seglares y eclesiásticas les facilitaran su trabajo.

Con gafas de hoy, era como el gran lanzamiento de una empresa plagicida, sólo que privilegiada con monopolio. Entonces también se anunciaban ensalmadores ambulantes, espantanublados y flautistas de Hamelín. La bula de Kramer era eso mismo, pero a lo divino. No valía pretexto de que «en mis estados, o en mi diócesis, no padecemos de ratas, gorgojos o brujas». Siempre había brujas donde un buen inquisidor las buscaba.

La Summis desiderantes,  conocida como la ‘Bula de las Brujas’, tal vez en sí y objetivamente no sea para tanto, pero de hecho Kramer la utilizó para sus fines particulares, imprimiéndola como introducción de su Martillo de Brujas sin dar explicaciones, y tampoco nadie se las pidió [2]

La bula era una muestra de la despreocupación de Inocencio, al armar así a un sujeto sin experiencia ni plan de trabajo. No quiero demorar el relato, pero hay un dato que no cuadra. La bula recomienda nominalmente a la pareja inquisitorial formada por Institoris/Kramer y su socio Sprenger, y sin embargo en Innsbruck y la diócesis de Bresanona el segundo no interviene. Kramer tuvo consigo varios colaboradores dominicos, pero con Sprenger no trató ni por carta. Con la bula tenía bastante para trabajar a su manera, o eso imaginaba.

Un Archiduque y un Príncipe-Obispo

En 1485 Innsbruck, la vieja ciudad de paso y servicios del Iter Italicum, sin perder su encanto provinciano se hermosea y moderniza como corte del Conde del Tirol y Archiduque de Austria (con el archi- desde 1474) Segismundo el Rico. En alemán, Münzenreich, el rico en monedas: alusión a sus minas de plata que, como suele suceder, a otros enriqueció dejándole sólo el título para los chistes


Las esposas de Segismundo del Tirol (desde la izquierda):

1. Radegunda (1445), hija de Carlos VII de Francia, prometida, m. a los 20 años.

2. Leonor de Escocia (1449-1480). La verdadera ‘mujer detrás del hombre’ para Segismundo.

3. Catalina de Sajonia (1484). Joven cazadora y despreocupada, al enviudar de Segismundo (1496) sin tardanza se buscó pareja.         © innsbruck.antonprock.at


En 1485, cuando fray Enrique Kramer emprende su campaña tirolesa, Segismundo era un viejo verde, a sus 58 años reverdecido en segundas nupcias  con la princesa Catalina de Sajonia, de 16 años, 41 más joven que él cuando se casaron en 1484. Sin descendencia legítima, arrecia la pugna por el futuro del Tirol –¿Austria o Baviera?–, mientras el propio Archiduque se siente amenazado por embrujos y maleficios. Es el momento justo en que Kramer se interesa por la corte de Innsbruck, y es este un punto histórico que todavía guarda secretos. Fuera de su monomanía, ¿tuvo una misión o segunda intención política? Finalmente ganarán los austríacos sin aguardar siquiera a la desaparición de Segismundo, que seis años antes de morir tuvo que abdicar en su sobrino segundo Maximiliano (1490), Rey de romanos y futuro emperador de Alemania.

Huérfano a los 12 años, el duque de Austria y conde del Tirol vio su minoría de edad alargada a conveniencia de su primo y tutor el emperador Federico III hasta los 19 cumplidos, de modo que la responsabilidad no era su fuerte. Nunca fue de muchas luces ni voluntad, y los casi 40 años de gobierno no enmendaron sus defectos, todo lo contrario, se volvió más crédulo y supersticioso, flojo, despreocupado y amigo del placer, siempre dependiente de consejeros a una y otra bola. 

¿Espléndido? A su manera. En febrero de 1474 el rey Cristián I de Dinamarca, peregrino al jubileo de Roma, se anuncia con una comitiva de 150 caballos. Sin moverse de Innsbruck, Segismundo envía a recibirlo a su esposa Leonor de Escocia con dos carrozas doradas repletas de cortesanas, amén de otras 50 mujeres y doncellas a caballo. Con tanta hueste femenina no es de extrañar que un Segismundo sempervirens, que en sus dos matrimonios no tuvo más hijo que uno malogrado de Leonor, presumía en cambio de una descendencia bastarda rondando el medio centenar entre hijos e hijas. 

Irreflexivo también. Su estúpido choque puntual fronterizo con la Confederación Suiza (Guerra de Waldshut, 1468) pudo saldarlo sin perder territorio, pero a costa de los platos rotos, pues en tan poco espacio y tiempo su tropa, aparte de dañar la ciudad, había quemado 200 aldeas y destruido y saqueado 26 castillos.

En religión era supersticioso, dentro de su sinceridad. Creía en la magia, como temía el maleficio, aunque como ‘moderno’ se permitía ser escéptico, por el bien quedar y sin meterse en honduras [3]:  

«Si esa gente pudiera, como dicen, mover tempestades, los príncipes podríamos licenciar a tanta tropa, pues sale más barato contratar a una cuadrilla de brujas, digo yo… ¿Que ellas mismas reconocen sus tratos con el demonio? El tormento arranca las confesiones más absurdas. Y aun sin eso, la locuacidad mujeril es capaz de repetir historias que ellas terminan creyendo.» 

El maleficio de ligamiento e impotencia desde luego no iba con él – si acaso, con sus esposas legítimas. ¿Pero qué decir de otros maleficios? ¿De qué se le murió su único vástago? ¿Y la muerte misteriosa del marido de su amante Ana Spiess? ¿Y el aviso de Kramer? ¿Y la estufa parlante… ? Luego vemos esto, en aquella corte de milagros. 

En tiempo de Segismundo, el papa Pío II había nombrado cardenal y obispo de Bresanona al célebre Nicolás de Cusa (1448-1464), una de las lumbreras del siglo y hombre de paz si lo hubo. Segismundo no le admitió; más aún, consiguió el imposible de estar con él en conflicto perpetuo, que le supuso una excomunión de varios años. En 1464 fallece en Italia el Cusano, y el cabildo elige sucesor a  Jorge Golser (1464-1488), que ya de canónigo había militado en la oposición a su prelado y se entendía bien con Segismundo [4]

Ambos príncipes, el seglar y el eclesiástico, recibieron a Kramer con su Bula con toda cortesía, como cosa del Papa. En diciembre de 1484 Segismundo le libró salvoconducto por un año para proceder libremente en sus estados. El documento estaba dado «en Innsbruck, día de la Concepción de Nuestra Señora del año 1484». (Con mucho tacto se evita expresar «la Concepción Inmaculada», dirigiéndose a un religioso dominico que como buen tomista no creía en ella, o sea en el adjetivo, mera opinión propalada por los franciscanos.) [5] 

Para algunos, el archiduque recibió a Kramer con verdadero interés, si no es que él mismo agenció la visita, preocupado por la existencia de brujos en sus tierras. Yo no lo veo. Curiosidad, sin duda alguna. Segismundo con sus amigas y sus cortesanos: un poco la actitud de Herodes Antipas cuando Pilato le envió a Jesucristo. Un taumaturgo ambulante, qué mejor distracción para un príncipe y su corte, ofreciendo alguna demostración de sus trucos mágicos (cfr. Lucas, 23: 8).

El obispo por su parte acata la bula, pues cómo no, y en Bresanona el inquisidor es recibido en presencia del cabildo. Kramer hace relación de su campaña anterior  en Ravensburgo –por cierto, dos meses antes de la dichosa ‘Bula de las Brujas’–, donde se alzó con un trofeo de dos mujeres quemadas, más otras casi cincuenta imputadas como carne de hoguera, todo ello gracias al celo y ‘colaboración’ del obispo de Constanza. Acto seguido, el 23 de julio Golser da publicidad a la Bula, pide ayuda para el inquisidor en toda la diócesis, y quienes colaboren pueden contar con 40 días de indulgencia. Hasta aquí, todo como en la diócesis de Constanza.

Y aquí empiezan las diferencias, según criterios. Hay quienes creen que Golser en un principio apoyó sin reservas a Kramer y su caza de brujas. Si yo puedo decir lo que pienso, el obispo no fue tan receptivo, y aunque en julio no tenía los ojos tan abiertos como los tendrá en octubre-noviembre, tampoco estaba de acuerdo con la oportunidad de la visita. No confundamos cortesía eclesiástica con sinceridad evangélica. Además, tampoco era el único en guardar reservas sobre Kramer. Gente sabia y prudente las tenía, como Dom Conrado abad de Tegernsee, muy crítico del fraile.

Dejando aparte la pifia de Augsburgo con el párroco Müller y sus beatas comulgantes –que llegó hasta Roma, donde dio mucho que hablar y qué reír semejante ‘herejía’ inventada por Kramer–, lo de Ravensburgo  tuvo más de complacencia y dejar hacer por parte del obispo, que era el de Constanza, diócesis empobrecida, más acuciada por la urgencia confiscatoria que por las brujerías [6].  

Así pues, y ya en privado, Golser le planteó a Kramer lo que como pastor de almas esperaba de él: la palabra de Dios para instruir al pueblo y erradicar supersticiones. Menos inquisición y más catequesis. Por supuesto, Kramer era inquisidor, lo suyo eran los procesos, y lo decía la bula. Aquí Golser sólo puntualizó que, por Derecho canónico, los inquisidores debían ir de acuerdo con el obispo local. Por otra parte, había que respetar la competencia seglar en materia de maleficios, según el Derecho civil. En tal sentido propuso a Kramer proceder de acuerdo con la magistratura tirolesa, conocedora del terreno. El obispo por su parte no tenía intención de inmiscuirse personalmente, por motivos de salud.

Y en fin, una cosa dejó bien clara Don Jorge, ya desde su edicto de publicación de la Bula del Padre Santo, a todos sus diocesanos: 

«Os mandamos que admitáis con benignidad y recibáis y tratéis con reverencia al dicho fray Enrique [Kramer] y sus sustitutos, cuando se dirijan a vosotros por razón de predicar la palabra de Dios a efecto del oficio de inquisición o de informar al pueblo (sobre ello), para que no se sigan tales errores e ilusiones de demonios.» 

«Errores et demonum illusiones»: nada de vender el alma al Diablo, acostarse con él o volar por los aires. La indulgencia de 40 días la daba por ayudar al padre inquisidor para desarraigar aquella creencia errónea (perfidia) [7]. En esto Golser era digno sucesor de Nicolás de Cusa.


Innsbruck visto por Durero - Albertina de Viena

La Mujer y el Inquisidor

Todo esto para Kramer era música celestial: ¡para catequesis estaba él, ni para ocupar otra silla que la de juez! Agarrado a su bula, sin replicar palabra partió de Bresanona para Innsbruck, dispuesto a no perder más tiempo. Un par de días llevaba en la ciudad, cuando una desconocida se cruzó con él y parándose en público escupió en el suelo y le lanzó a la cara este saludo: 

– Al infierno contigo, monje de pega, mal rayo te parta.

Como incidente no era nada del otro mundo. La libertad de expresión no era tan rara entonces, y menos en mujeres, a la manera bíblica. Podía ser una espontánea, pero también una portavoz, o una mandada. Desde este primer encuentro, Elena Scheuber se alza con el protagonismo. El saludo transcrito es una aproximación a las ipsissima verba que ella pronunció, grabadas en la memoria de Kramer tan a fuego, que él mismo las copió en alemán de entonces:

«Pfei dich, du sneder minch, daz dich das fallend übel», etc. 

Du sneder minch! Algo así como ‘monje de sastrería’, haciendo burla del hábito aparatoso de los dominicos [8]. El saludo de Elena Scheuber fue martillazo de bruja en la testa del inquisidor, y lo demuestra el hecho excepcional (éste sí) de haber dedicado Kramer sólo a ella y su proceso, entre medio centenar de encausados, una Instrucción particular donde recoge los agravios y humillaciones recibidos de la fémina que le desenmascaró, desarmó y  puso en rídículo. El Artículo I lo dedica precisamente a aquel primer encuentro y saludo, repetido luego en varias ocasiones [9]

«Sin contar que ya desde el principio, con afrentas continuas… me molestó de tal manera, que … haciéndose la encontradiza por la calle y como si no me conociese, escupía en el suelo a la vez que repetía… Pero más grave fue lo otro, cuando...» 

Veamos la otra afrenta, más grave. Desde principio de agosto Kramer puso manos a la obra, recogiendo denuncias que él mismo provocaba en sermones diarios durante dos semanas. En ellos explicaba a quiénes había que denunciar y por qué indicios. Por ejemplo: 

«Las brujas al comulgar no toman la hostia en la lengua, sino debajo de ella; en la confesión callan los pecados mortales; hacen chiste de las cosas santas. Pero sobre todo niegan que las brujas existan, cuando negar la brujería es herejía manifiesta

Aquí el predicador enumeraba las diferentes formas de maleficio contra personas, animales y cosechas; todo lo que se debía denunciar sin temor a represalias, pues los nombres de los delatores se mantendrían secretos… ¡Como si el demonio no pudiese revelarlos a sus queridas brujas! 

Pero notemos que el astuto Kramer en la Instrucción escrita apenas menciona el demonismo: ni íncubos o súcubos, ni brujas volantes, ni aquelarres etc. Era lo acordado con el obispo Golser. Una excepción confirma la regla:

«Recomendar vigilancia muy especial sobre la chiquillería, pues por numerosas declaraciones de brujas que fueron quemadas consta que sacrificaron criaturas humanas al Diablo.» 

¿No nos recuerda esto último, en Trento, el aviso de fray Bernardino de Feltre contra los judíos en la Semana Santa? Judería y brujería son dos esquinas del triángulo comunicante que cierra la tercera, la herejía.

Así pues Kramer, a juzgar por su escrito, en el púlpito evitaba desarrollar su idea de   la brujería diabólica, limitándose a las supersticiones mágicas vulgares: conjuros, filtros, figuras, gestos, muñecos y cosas así. 

A una primera tanda de sermones diarios, los primeros quince días, siguió otra en los días festivos, los dos meses que llevaron los interrogatorios. Y aquí viene aquello de que «más grave fue lo otro». Porque ‘lo otro’, o sea el peor insulto de la Sheuberina [10], también el más insufrible para un predicador de mérito: en cuanto él se acercaba al púlpito, la mujer dejaba el templo o no acudía, peor aún, le quitaba toda la audiencia que podía, «todo lo cual supe por relación de muchos», pobre Kramer. 

Conque Elena Scheuber no asistía a los sermones de fray Enrique Kramer. Y sin embargo la muy bruja estaba perfectamente enterada de su contenido. Incluso en ausencia veía ella al mismísimo Diablo llevando al predicador escaleras arriba a la tribuna del púlpito. Al menos eso parece atribuirle el propio Kramer en su alegato:

«Con respecto a la doctrina católica que yo sembraba en la iglesia, en un corro de ciertas mujeres aseguró que era doctrina herética. Al pie de la letra, esto fue lo que dijo:

–Cuando el Diablo lleva al monje allá arriba, él sólo predica herejía, así le alcance un rayo en su calavera gris [11].

Todo esto lo confesó estando presa. Y al preguntarle yo:

– ¿Por qué llamáis herética a la doctrina que yo predico, si es la de la Iglesia? 

– Porque vuestra predicación sólo trata de brujas y brujería. Vos mismo habéis enseñado cómo se golpea una cántara de leche para saber qué bruja ha quitado la leche a las vacas.

Al replicarle yo que esas cosas las saqué contra ellas por vía de reprensión, no de enseñanza, ella repitió que en adelante, una vez perdonada, jamás iría a oír mis sermones. Así pues, aunque no tuviese más motivo de reproche y culpa, esto sólo la hace sospechosa de herejía.» 

Kramer no se corta en poner por escrito las objeciones de su ‘bruja’, y hasta registra la convicción de la mujer en que saldría libre de sus garras. Su cerebro de corcho no podía entender cómo, a través de sus medias palabras y sus circunloquios, ella le leía el pensamiento: un predicador que sólo piensa en brujas y diablos, que los ve por todas partes, en el púlpito tampoco puede hablar de otra cosa y eso no es predicar la palabra de Dios. Para el inquisidor, qué más prueba de que la Scheuberin era bruja: «Negar que haberlas haylas, es el artículo primero del credo del Demonio».

Un folclorista malogrado

El reclamo de denunciantes que hizo Kramer en Innsbruck (agosto de 1585) fructificó con rapidez en una captura excelente. Para el 14 de septiembre ya tenía a medio centenar de personas sospechosas de brujería. Dos eran hombres y el resto, naturalmente, mujeres. 

Como muestra estadística, muy objetable [12]. Los datos conservados reflejan bastante homogeneidad social, incluso proximidad y hasta convivencia. Personas que viven en el mismo Callejón de la Plata (Silbergasse). Salen a relucir parentescos, amos y criados, relaciones cruzadas, como que todo el mundo se conoce. Y lo más destacable: hay personas y maleficios que tocan directa o indirectamente a la corte de Segismundo. Es el caso de la propia Elena Scheuberin, sin ir más lejos.  

"Seleccionó a siete mujeres, que hizo encerrar..."
'Hexenhammer' (2012) - Tiroler LandesTheater 

De aquella captura seleccionó a siete mujeres, que hizo encerrar mientras durase la declaración sobre ellas de unos 30 testigos a lo largo de octubre. La más interesante para él, Elena Scheuber.

Hasta aquí el inquisidor ha trabajado por libre, pero ahora de pronto las cosas han cambiado. No había que tener la astucia de un Kramer para caer en cuenta de que la detención selectiva de las féminas era un paso muy serio. Todas ellas, directa o indirectamente, estaban relacionadas con la corte y entorno de Segismundo. Aquello fue la comidilla de la ciudad, y para algunas familias importantes un escándalo.

Por fin preocupado, Segismundo escribe al obispo: ¿Qué hacemos con el molesto  inquisidor? El 21 de septiembre Golser le recomienda, tranquilamente, delegar en el caso. En otras palabras, meter en varas al fraile y tomar las riendas del proceso. Pero el mismo día escribe también a Kramer. Muy cortésmente acusa recibo del material que ha puesto a disposición del Archiduque y que este le ha enviado, aunque él por un ataque de artritismo no ha podido leerlo a gusto, ni menos acudir en ayuda del inquisidor. Con todo, aprovecha para darle un repaso de las normas canónicas sobre el particular, ante de repetirle la misma recomendación de su entrevista primera:

«Bueno sería que V. Paternidad se valiese de algunos de los doctos consejeros de nuestro Príncipe, o al menos les pidiese consejo.»  

Poco de nuevo a primera vista. Pero notemos un detalle de la carta: va suscrita por notario y dos testigos, más un tercero en blanco. Un burofax, para entendernos. Kramer queda avisado de oficio.

Zalamero, el 7 de octubre Kramer hace como que pide al obispo, ya que no puede acompañarle en persona por su achaque, nombre a un delegado que le ‘asista’ con su mera presencia en los interrogatorios. ¡A buenas horas! Sin duda sospechaba o tenía noticia de los nombramientos: por parte de Golser, Segismundo Samer, canonista y párroco; por el archiduque, un clérigo de prestigio, el Dr. Paul Wann, canónigo de Passau, predicador y también canonista. Wann sobre todo da la vuelta al proceso y en definitiva puso fin a la corta carrera de Kramer como inquisidor. Con todo, sin Elena Scheuber eso no hubiese sido posible. Su victoria moral condiciona la derrota jurídica. 

"Comienzan las interrogatorios..."
'Hexenhammer' (2012) - Tiroler LandesTheater 

Comienzan, pues, los interrogatorios (del 4 al 25 de octubre), prácticamente en manos del inquisidor y su gente, salvo alguna participación presencial extraña. No consta que utilizase el tormento, pero tampoco se excluye que lo hiciese como intimidación. La orientación de los testigos por el inquisidor en sus preguntas es patente.

Lo conservado de aquellas actuaciones es de leer y no creer, hasta que uno se da cuenta de que las mismas historias manipuladas las ha leído en el Martillo de Brujas. Patochadas vulgares. No esperemos ver a la Scheuberin y compañeras de bacanal nocturna por los aires en compañía de íncubos rijosos. Eso tendría cierta grandeza, o por lo menos imaginación. No se describen ritos satánicos, banquetes horrendos. Todo vulgar.  Innsbruck y su Corte están llenos de hechicerías: mujeres sobre todo, pero también hombres que saben de conjuros, ratones muertos, huesos de niño sin bautizar, zangarrianas y mal de ojo, muñecas-acerico… Una testigo tuvo una riña con una de las presas, Bárbara Selachin, a la que tenía por bruja:

«Cruzamos palabras, y ella se fue muy enfadada conmigo. En consecuencia, yo caí muy enferma y perdí el conocimiento. Días después un alfarero vino a visitarme. Me dijo que estaba embrujada, y para demostrarlo iba él a hacer la prueba del plomo en el agua. Vertiendo en agua plomo derretido, se formaban las figuras de los objetos de mi embrujo. Mi marido y yo debíamos buscarlos debajo de la puerta de casa. 

Así lo hizo mi marido, en presencia y con ayuda del alfarero, y encontraron allí una figura de mujer de cera, grande como una mano, toda agujereada de parte a parte, con dos agujas clavadas, una desde el pecho al hombro izquierdo, la otra desde el pecho a la espalda. Precisamente mis partes más doloridas, aunque por lo demás me dolía todo el cuerpo, lo mismo que la figura de cera toda atravesada. 

También  aparecieron debajo de la puerta dos retales de tela, uno envolviendo diferentes semillas, y los dos con astillas arrancadas de las horcas [públicas], huesos de los pies de niños sin bautizar (¡?), pelos e hilos arrancados de los ornamentos del altar, etcétera etcétera.» 

Así pues, la cosa se animaba de vez en cuando. Kramer naturalmente se interesó por el alfarero. 

«La testigo dijo que éste les había advertido a ella y su marido, mejor dicho, prohibido decir nada a nadie de lo que apareció enterrado debajo de la puerta. A la pregunta, de dónde sabía eso el alfarero, respondió la testigo que el tal había sido novio de la acusada, y que de ella lo había aprendido.» 

Kramer utilizó luego estos materiales en su Martillo, y es una lástima, porque en otro contexto pudo ser adelantado benemérito de los hermanos Grimm. Pero su interés iba por el lado malo, y así estampó en sus papeles esta Instrucción:

«El dicho alfarero ya padece de gota y habría que interrogarle con dureza, porque es gravemente sospechoso de herejía, e interrogarle por tormento, pues podría revelar muchos secretos, en especial por haber impedido a la deponente al tiempo de la inquisición poner en mi conocimiento cosas pasadas. 

Se le debe interrogar sobre su experimento del plomo líquido vertido en agua y de las formas de objetos que allí aparecen. Otrosí hágase el mismo interrogatorio a la bruja [sic, sin presunta], después de tomarle juramento por los santos evangelios ante notario y testigos.» 

A un paciente de gota no debía de costar mucho interrogarlo ‘duramente’, incluso sin requerir los servicios  del sayón experto con el potro. Pero ahí lo dejamos. Kramer nos ha decepcionado.

Quién era Elena Scheuber

Prácticamente todo lo que vamos sabiendo de la mujer Elena Scheuber proviene de habladurías. No eran otra cosa las declaraciones, muchas tomadas sin formalidad ni juramento, de supuestos testigos espontáneos que se aliviaban descargando su maledicencia o su envidia, y encima ganaban 40 días de indulgencia.


'Hexenhammer'
 (2012) - Tiroler LandesTheater 

A través del chismorreo recogido por el fraile y su equipo vamos conociendo a una mujer llamada vulgarmente la Scheuberina, por llevar ocho años casada con un Sebastián Scheuber. Tiene fama de mujer fácil por caprichosa, aunque también peligrosa. Los desaires amorosos la enfurecen, y entonces sus amenazas suenan a maleficios, a veces cumplidos. Varios testigos aseguran haberse acostado con ella y saben lo que dicen. Por lo que, o bien el Sebastián era un cornudo complaciente, o la Scheuberina vivía separada. Yo así lo entiendo, pues aunque luego figura que él, como marido legítimo, salió «fiador de su mujer para las costas» del proceso, qué remedio, si seguía teniendo el usufructo de la dote. Y puestos a murmurar también nosotros, si el hombre no disponía de otro recurso, su razón y disculpa  tenía para no pedir el divorcio.

La Scheuberina, por la muestra, nos recuerda el caso evangélico de la mujer adúltera, a la que nadie pudo lanzar la primera piedra (Juan, 8: 1-11). Las denuncias contra ella van casi todas por su vida amorosa desordenada, aunque tirando de las lenguas Kramer sacó indicios de inclinación brujesca ya desde joven, pues era herbolaria. Eso sin contar con las licencias que el propio inquisidor se tomó con las declaraciones para ajustarlas a su idea y plan de acción; lo mismo hará después en su Martillo de Brujas, donde utiliza varias de estas historias insbrucenses retocadas para su fin ejemplar. 

De tantas relaciones como dizque tuvo,  la más inculpatoria era un caballero Jorge von Spiess, al que ella supuestamente habría matado con hierbas o maleficio. 

El noble apellido Spiess estaba representado en la corte tirolesa por individuos de distinto rango social. Jorge Spiess era Portero del principado, un puesto más bien modesto, lo que no le impidió mostrarse ofendido por el archiduque cuando supo que el gran mujeriego se fijaba mucho en su mujer Ana. (O viceversa, si él mismo se fijaba tanto en la Scheuberina.)

–Conque orgulloso, y encima pobre: quedáis despedido. 

A partir de entonces el hombre no levantó cabeza. ¿Pero por qué? Un misterio en medias palabras, doble misterio. Dos testigos innominados declaran el mismo día ante el inquisidor y otros dos frailes de su orden:

«El 13 de octubre. El testigo jurado, a la pregunta, si ha conocido al caballero Jorge Spiess, muerto por magia de la acusada, dice que le conoció bien, y estuvo a su servicio. Sobre su muerte dice, que el último carnaval, de vuelta a su casa, el dicho se sentó en una silla y dijo:

–Algo he comido que no puedo con ello.

Más adelante relata el testigo que volvió y oyó que un médico italiano, apuntándo al caballero con el dedo a la mano [del pulso], le dijo:

–Señor, no tenéis que preocuparos.

A lo cual, el caballero volvió el cuello y el rostro del médico y cayó muerto.

El mismo día 13 de octubre. El testigo jurado dijo haber oído a la hermana del difunto caballero Spiess, que la acusada [Sheuberina] le quitó la vida con un guiso de carne de niño. Y que al preguntarle él, cómo lo había consentido, ella respondió:

–Soy demasiado pobre para poder vengarme.» 

El día siguiente otro testigo jurado y sin nombre declara ante el inquisidor, pero esta vez sólo con uno de los dominicos y el notario Kanter, más el delegado del obispo que se quedaría de un aire al escuchar esta versión melodramática, aunque no suficiente para quemar a una bruja :

«El 14 de octubre. El testigo jurado  dice, que la Scheuberina tiene mala fama. Sobre su ortodoxia hay serias dudas, pues anda con gente sospechosa de hechicería. Se dice en especial que ella quitó la vida al caballero Jorge Spiess; pero el modo y género de muerte él no lo sabe. Sólo sabe que cierto médico italiano tuvo prohibido a Spiess volver a visitar a la Scheuberina, pues de hacerlo moriría. También una parienta de Spiess le ha dicho al testigo que a la muerte del caballero ella oyó de su propia boca: 

– Me muero, porque ella me ha matado. 

El 15 de octubre: Otros dos testigos, lo mismo: […] También tiene oído que un médico italiano prohibió a Spiess seguir visitando tan a menudo a la Scheuberina, o no se libraría de la muerte; pero Spiess no le hizo caso. Y todo esto es voz común.» 

El 18 de octubre. En presencia del Inquisidor, el maestro Juan de Rösbach y el notario Kanter. La testigo conoce a la Scheuberina sólo de nombre, pero la tiene por bruja, pues se cree embrujada por ella en todo su cuerpo y en todos sus miembros. Se basa en lo siguente: 

Cuando su esposo la trajo de Baviera a casarse, entre los invitados a la boda estuvo también la dicha Scheubrina. Durante el banquete, la dicha se le acercó y dijo:

– Tú no tendrás día bueno ni sano.

Al preguntar quién era la tal persona, le respondieron que la Scheuberina. Y lo que ella dijo fue verdad, pues sólo desde S. Bartolomé hasta San Galo [del 24 de agosto al 16 de octubre] estuvo la testigo sana; pero desde entonces siete años ha, ella se siente embrujada por la Scheuberina.

El marido de la testigo confiesa bajo juramente lo que sigue: que estando él soltero muchas veces conoció carnalmente a la Scheuberina. Que ésta había querido casarse con él, pero no consintiendo él en tal cosa, la dicha (según él supone) infligió a su mujer ese sufrimiento.

Finalmente, el 19 de octubre otro testigo jurado y no nombrado cuenta la misma historia del primero del día 13 sobre la indigestión, pero sin médico italiano y sí en cambio con la imputada, sobre la que pesa la muerte del caballero como razón vehemente para poner en duda su ortodoxia:

«Sobre el género y manera de dicha muerte el testigo conoce lo siguiente: El último Carnaval Spiess, que se había repuesto de anterior enfermedad, cenó en casa de la acusada, y vuelto a su casa se sentó en una silla, puso las manos sobre las rodillas y dijo en presencia de un criado llamado Jurch, que ahora está en casa de Rindsmaul, y de una muchacha que ahora están en casa del señor Ulrico ven Schlandersberg:

– Algo he comido que no puedo con ello.

Y con esto dió al dicho muchacho dos cruceros para que de la botica le trajese triaca.» 

Todavía un último testigo repite el mismo día la misma versión que acabamos de oír, para hacernos idea del tesón y paciencia de Kramer en su búsqueda de la verdad, aunque nos sorprenda tanta jornada, tanto testigo y empeño para tan magra evidencia. Y más todavía, que un supuesto pecado mortal contra el quinto mandamiento se cargue en la cuenta de la ortodoxia, como si la moral y la fe fuesen lo mismo. 

Para Kramer la cosa tiene su explicación, y la Scheuberina marca la pauta:

«Esta mujer es sospechosa de doble herejía, así de fe como de maleficios, amén de su mala fama por la muerte de cierto soldado Spiess, y esto no ya en Innsbruck sino en todo el contorno, y sobre todo entre los nobles y potentados. Si le mató con veneno o con maleficio, sigue en la duda, aunque la opinión común es que fue con maleficio, pues desde su juventud se dedicó a los maleficios, aplicada a ellos en sus años de soltera y fuera del lecho marital, como en el proceso se deduce.» 

Razón tuvo el obispo Golser, tiempo después, cuando en carta a un cura confidente suyo  le resumía la pirueta de Kramer:

«Su primer plan por escrito estuvo magistral; pero luego en la práctica se reveló su falta de sentido común – literalmente, su fatuidad (apparuit fatuitas sua).»   


(Próxima entrega: ‘A las 11 a. m. en punto: La Hora de la Verdad’)

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[1] Cfr. Valerio Marucci, Pasquinate del Cincque e Seicento. Salerno Editrice, Roma, 1988, pág. 29. Extrañamente el autor asigna el epigrama a Alejandro VI, observando que los hijos de éste fueron sólo cuatro. El nombre del sujeto, Nocens (el Nocivo) hace burla de Innocens o Inocencio.

[2] Eric Wilson (1996), «Institoris at Innsbruck: Heinrich Institoris, the Summis Desiderantes and the Brixen Witch-Trial of 1485», pp. 87-100; en B. Scribner, T. Johnson, Popular Religion in Germany and Central Europe, 1400-1800. Macmillan Press Ltd. Wilson habla de la «importancia exagerada en demasiada atribuida normalmente a la bula del papa Inocencio VIII…, que la convierte tal vez en el documento más sobrevalorado en toda la historia de la persecución de la brujería en Europa». La bula justificaba la campaña en el contexto de la peligrosa epidemia herética de diabolismo. Pero esta brujería ‘moderna’ se situaba en un contexto escatológico, y la verdad, no parece que el papa ni los príncipes sus corresponsales estaban muy convencidos de tal inminencia, a juzgar por el afán de Inocencio por sacar adelante a su prole, familia y allegados.

[3] Puesto en boca de Segismundo en diálogo con el autor de Las lamias y mujeres pitonisas, Ulrico Müller (o Molitor). 

[4] Sin embargo, en Roma el papa Paulo II no le quiso reconocer, alegando que el cabildo de Bressanone estaba excomulgado y suspendido en su derecho de elegir. El lance se arreglo en 1471 con el nuevo papa Sixto IV deseoso de complacer a Segismundo.

[5] Sixto IV había dedicado su flamante ‘Capilla Sixtina’ a la Inmaculada Concepción de María. Se puede imaginar el desaire del Maestro del Sacro Palacio –el teólogo oficial del Papa, que suele decirse–, que por privilegio era siempre un dominico de prestigio. Sixto era franciscano.

[6] En 1474 el papa Sixto IV había nombrado obispo auxiliar de Constanza con derecho a sucesión a Ludovico de Freiberg, pero el mismo año muere el titular, y sin tener noticia de aquello el cabildo elige por mayoría al canónigo Otto Truchsess de Sonnenberg. La disputa por la diócesis la cerró el propio Sixto IV (nov. 1480), deseoso de complacer al emperador Federico III en favor de Otto, pero para entonces una diócesis nada boyante estaba en la ruina.

[7] Cfr. Hartmann Ammann. Der Insbrucker Hexenprocess von 1485. Ferd. Zeitschrift. III. Ser.; Apéndice, pág. 79.

[8] Otra interpretación sería ‘valiente monje’ (Schneide, valentía, gallardía). La expresión das fallen übel, como en español el mal caduco, se refiere a la epilepsia. Corriente en alemán antiguo, en castellano se usa más el rayo. 

[9] Ammann, o. cit., pág. 40.: nedum continuis obprobriis ab initio… me molestavit taliter… in terram spuebat publice… Sed gravius illud fuit, quod...

[10] El protocolo dice Scheuber o Scheyber. El marido y fiador o garante se llamaba Sebastián Scheuber, su esposo legítimo con todos sus bienes.

[11] Wenn fiert der düfel den Münch enweg, er bredigit nüst dan ketzerei: das in das fallend übel in sein grawen schedil ange. O bien: «Cuándo se lleva el diablo al monje: sólo predica herejía. Así el mal caduco entre en tu cráneo gris.»  En el interrogatorio de fray Enrique a Elena (4 de octubre) la respuesta directa fue: «Das dir das fallen übel in deinen grauwen scheitel sol. Wen wil dich der tüfel infieren» (Así el mal caduco se te meta en ese cráneo gris. A ver cuándo te lleva el diablo). Pido disculpas, si mi imaginación viene a suplir mi pobre conocimiento de la filología alemana.

[12] Ammann, o. cit., pág. 26. «La mayoría de los testigos tienen alguna relación con los acusados, mayormente enemistad crónica, relaciones sexuales consentidas pero con desaire matrimonial, envidias. El supuesto maleficio se traduce en dolencias prolongadas o la muerte, si por ventura no se descubre el hechizo y se entrega al fuego.»





miércoles, 14 de abril de 2021

El Imaginario Enfermo (3)

 Tartarín de las Brujas


Recapitulemos:

Aquel cuadro artístico en que se vio a fray Enrique Kramer bautizando a dos reos judíos en el patíbulo, tiritando de frío y de angustia bajo la mirada del verdugo apoyado en el hacha (16 de enero de 1476) no era el final del drama del Santo Niño Simón de Trento, sí de la intervención de nuestro dominico, que ya nada pintaba en el escenario alpino. De nuevo su sitio estaba en Roma, donde su testimonio contra los hebreos sería valioso. Recordemos, el gran adversario en aquella causa movida por el obispo de Trento Juan Hinderbach era el de Ventimilla Bautista de’ Giudici, dominico como fray Enrique, y es lógico un encuentro de estos religiosos de confianza para Sixto IV, bien en la Curia o en el convento de la Minerva, justo detrás del Panteón. Y aunque de esto no veo constancia, lo cierto es que se limaron diferencias, y Sixto terminó aprobando el proceso a los judíos de Trento, por bula de 1478, 20 de junio. Con fecha de 7 de julio, el principal ‘orador’ o agente de negocios de Hinderbach en Roma, Aprovinus, escribía a su señor Hinderbach el esperado «causa finita est contra judaeos»; y en prueba de que iba en serio, a la noticia adjuntaba la minuta de gastos. Poco después, el 1 de noviembre Sixto IV a instancias de los Reyes Católicos, concede una Inquisición nueva para la Corona de Castilla y bajo control regio, en principio para perseguir a los judíos conversos judaizantes. Entre tanto, otros  problemas ocuparon la cabeza y el corazón del Santo Padre, como nuestra curiosidad irá viendo.

El Año Santo del papa Sixto acabó mal para Roma. La riada de gente peregrina en una ciudad todavía medieval y sin higiene, junto con otra riada de verdad en noviembre que la inundó de agua y fango, propició la pestilencia. La cual el año siguiente, 1476, rebrotó más virulenta y expansiva, sobre todo en el verano, cuando el pontífice presidió solemne rogativa, que tampoco fue lo que se dice  la purga de Benito. No era tiempo para asuntos menores, y el de Kramer aspirante a inquisidor a nadie más le importaba.

Kramer no era hombre de olvidar sus propósitos, aunque sabía esperar. Y bien que tuvo que demostrarlo, porque hasta marzo de 1479 no le llegó el nombramiento. Directamente del Papa, como él quería, con destino a «toda la Alta Alemania, pululante de errores y herejías, allí donde al presente falten inquisidores»

Sixto IV

Kramer tenía toda la confianza del papa, en el sentido que pueda tener la expresión aplicada a personajes del Renacimiento italiano, y más tratándose de Sixto IV. Una confianza según para qué, si es cierto lo que uno lee curado de espantos. Prestemos atención. El fraile recibe por la vía ordinaria el correspondiente breve sixtino, con el nombramiento de predicador papal en Suiza, y hasta aquí normal. Pero de allí a cuatro meses, por vía extraoficial y secreta, alguien llama aparte al recién nombrado predicador, para soplarle al oído el guión de sus prédicas a los suizos. Algo así como esto: 

«El Santo Padre vería con gusto que vos, con vuestra elocuencia émula de un Crisóstomo, remováis allí las conciencias y agitéis para levantar a la Confederación Helvética en armas contra el enemigo de la Iglesia y del Papa, el tirano de Florencia… Vos sabéis quién, sin que yo os lo nombre (aquí bajando la voz): el excomulgado Lorenzo de Médicis.»  

Semejante propuesta, que bien se puede llamar maquiavélica y viniendo de un papa suena escandalosa, nos sorprenderá menos si reparamos en la cronología. 



La Conjura de los Pazzi


La primavera de 1478 vino señalada por la conjura florentina de los Pazzi contra los Médici. Mejor dicho, lo que la Historia ha cargado a cuenta de los Pazzi, cuando la cuestión de fondo se ventilaba entre dos individuos, ninguno de ese apellido: el Médici Lorenzo, llamado el Magnífico, y el Róvere Francisco, o papa Sixto [1]. 

Y aquí sí que los negocios tocaron a lo personal. Porque en un principio Sixto IV había sido  afecto a Florencia y su Magnífico, hasta el punto de nombrar a Lorenzo de Médicis banquero pontificio y confirmarle la explotación del valioso alumbre de Tolfa. ¡Ah!, y por poco se me olvida: hasta le dijo tomar en serio su pretensión de hacer a su hermanito Julián cardenal de la Santa Iglesia. Pero la entente se fue deteriorando hasta el punto de ruptura en mal momento para Sixto, cuando su enemigo tenía detrás a Venecia, al Duque de Milán y al rey de Francia, con el Turco metiendo pie en la Bota itálica por abajo y por arriba (Otranto y Venecia Julia). 

En 1474 muere a los 28 años, víctima de sus excesos, el cardenal Pedro Riario, nepote predilecto y consentido de Sixto IV –hijo suyo probablemente–, que entre otras mil prebendas lucrativas sine cura acumulaba el arzobispado de Florencia. Para sucederle, el papa tenía un candidato florentino, un Salviati dispuesto a pagar los 3.000 florines de oro que valía aquella mitra y pagar las deudas del difunto; pero Lorenzo sin contemplaciones impuso a un Orsini suyo cuñadísimo. 

Siguiente jugada. De allí a poco el mismo año muere el arzobispo de Pisa, un Médici, y esta vez el papa nombra a su Salviati, que Lorenzo repudia y no le deja tomar posesión. A la recíproca, cuando los florentinos reclaman al papa el capelo de cardenal para un conciudadano –entiéndase bien, lo reclamaba Lorenzo para uno de sus chicos–, Sixto da largas.  Lorenzo llegó a escribir a un confidente (1477, 1 de febrero):

«A mí me conviene una autoridad repartida, y si fuese posible sin escándalo, mejor tres papas o cuatro que uno solo» 

Para entonces Sixto había retirado la confianza financiera a Lorenzo en favor del banquero rival Francisco Pazzi. De ahí la alianza natural para derribar al tirano de Florencia; y así lo veía sobre todo el hermano menor del difunto cardenal Pedro Riario, «el conde Jerónimo, hijo, nepote o ‘allegado’ del papa Sixto» [2].

A tal fin, lo más efectivo y seguro era asesinar a Lorenzo junto con su hermano Julián. Y aunque en principio se pensó hacerlo en un banquete, finalmente fue la catedral el escenario elegido, el domingo 26 de abril de 1478, en la misa solemne y en lo más solemne de la misa, al toque de alzar [3]. Sólo era copiar el reciente  modelo milanés de 1476, cuando para apuñalar al tirano duque Galeazzo María  Sforza se eligió la fiesta, templo y misa de San Esteban. ¿En qué creía aquella buena gente?, uno se pregunta.


Este que aquí vemos fue uno de los conjurados, huido a Estambul y extraditado por el Gran Turco. 

Leonardo da Vinci así lo dibujo, con su letrero del revés, que leído al espejo es la descripción detallada de cómo iba vestido: «berretina color castaño, farsetto de raso negro…» etc, para terminar:

« Bernardo di Bandino Baroncigli, calzas negras» [7]

 

Como es sabido, la conjura fracasó de la peor manera posible: cosido a puñaladas el Médici menor, Julián, mientras Lorenzo, herido menos grave por dos curas maletas, se zafaba en la sacristía. El arzobispo Salviati, encargado de tomar el palacio de la Señoría y proclamar desde allí el cambio de gobierno, también lo hizo mal. La respuesta fue inmediata, desde que colgando de una ventana el público vio bailar en la soga a Salviati en persona, con Francisco Pazzi y otros dos compañeros de danza. Por cierto, más o menos, donde Aníbal Lecter cuelga al inspector Rinaldo Pazzi (Giancarlo Giannini), supuesto descendiente del mismo apellido, en evocación truculenta del suceso [4]. La escena original fue más cruda que en la película: después del baile mortal se cortaron las sogas y los cuerpos cayeron sobre la turba, para su ensañamiento y diversión. 

Tanta rapidez en las ejecuciones sin juicio y todo el proceso calculado de represión en la ciudad de Maquiavelo invita a pensar que, con el precedente de Milán, la chapuza no pilló al astuto Lorenzo tan de nuevas, pues desde el primer momento se sintió fuerte como nunca y arropado por los florentinos para ejercer el poder absoluto [5]. Lo mismo que hizo colgar sin juicio al arzobispo de Pisa, detuvo como rehén a otro joven cardenal nepote de Sixto, sólo por fastidiarle. La respuesta fue un largo escrito de agravios inferidos al papa por «el hijo de iniquidad y criatura de perdición, Lorenzo de Médicis» [6], fulminando la excomunión contra Lorenzo y sus fautores, o peor aún el entredicho contra Florencia, sin mesura ni conciliación, haciendo suyo el papa el espíritu rencoroso de su Jerónimo Riario. 

 Visto el ningún caso que los florentinos hicieron de las censuras, el papa con su conde Jerónimo les declararon la guerra que duró dos campañas (1478 y 1479), para escándalo farisaico de otros príncipes y estados. Francia incluso agitó la idea de convocar concilio contra el papa y renovar el cisma, tal como deseaba Lorenzo, que aunque llevó la peor parte se mantuvo en el poder. Finalmente el costo de la discordia impuso la tregua y Sixto levantó el brutal entredicho (3 de diciembre 1479).   


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1. El papa sin lugar a dudas deseaba el cambio de gobierno y expresamente aprobó el complot, aunque insistiendo demasiado en que no quería sangre (¡?). Como si no supiese en qué siglo vivía. El instigador principal, incluido el asesinato, fue Jerónimo Riario, hermano del difunto cardenal Pedro y su sucesor en el afecto del papa su tío, padre, o lo que fuese en realidad. Sixto IV quería para él a toda costa la plaza de Imola, comprado con dinero de la banca Pazzi contra la voluntad de Lorenzo, donde Jerónimo sería príncipe vasallo y capitán general de la Iglesia. Cfr. A von Reumont, Lorenzo de’ Medici, trad. ingl., Londres, 1876, 1: pp. 284 y ss.; 313 y ss.

2. Según Infessura. Cfr. Diario della Città di Roma di Stefano Infessura scribasenato. O. Tommasini (ed.), Roma, 1890, pág. 81.

3. Las fuentes discrepan sobre el momento de la misa fijado para el asesinato. Me atengo a Baronio-Raynaldi, que expresamente dice, «al alzar» («cum eucharistia atolleretur»). Era lo más sacrílego, pero lo más práctico y seguro, cuando todo el mundo se concentraba en el misterio, y el único momento en que nadie se permitía deambular y conversar por las naves laterales del templo, cosa ordinaria entonces. Baronio-Raynaldi, Annales Eccles., Sixti IV a. 8º (1478), n. 1; A. Theiner (ed.), Paris, t. 26: 579. La santidad del lugar y tiempo hizo echarse atrás al principal brazo conjurado, el militar Juan Bautista de Montesecco. Encargado de liquidar a Lorenzo de Médicis, se negó en redondo a hacer su trabajo en tal sitio. Sobre la marcha se ofrecieron dos clérigos poco duchos, los cuales marraron, y el Médicis se les volvió, herido sin peligro en el cuello. Estos dos fueron los responsables principales del fracaso. El encargado de Julián de Médicis, Bernardo Bandini, de una cuchillada despachó a su víctima, que sólo pudo dar un paso a ninguna parte. Francisco de’ Pazzi se lió a cuchilladas con el caído y ya probablemente muerto, con tal furia que él mismo, como haciendo bueno su apellido, se hirió gravemente en un muslo (Pazzi es plural de pazzo, ‘loco’ en italiano). El atentado tuvo lugar en el coro, bajo la gran cúpula de Santa Reparata, como se titulaba entonces la catedral de Santa María del Fiore. La gente huyó despavorida, la mayoría sin saber de qué y muchos creyendo que el cupolone de Brunelleschi amenazaba ruina.

4. Hannibal (2001).

5. «El número de cómplices era tan elevado, que apenas se entiende cómo el proyecto no llegó a oídos de los Médicis.» Reumont, o. cit., 1: p. 324.

6. Iniquitatis filius et perditionis alumnus Laurentius de Medicis (1 de junio 1478). Texto en Baronio y Rainaldi, ibíd., nn. 4-11; pp.  580-584. El papa hizo imprimir la bula para la venta.

7. Texto y comentario en The Notebooks of Leonardo Da Vinci. Aegitas, 2015, vol. 1, p. 345.



Ahora entendemos el largo, demasiado largo compás de espera para Kramer como aspirante a inquisidor, y el porqué de su misión como agitador en Suiza. Los suizos se vendían como los mejores soldados mercenarios de Europa, y algunos cantones eran especialmente adictos a la Iglesia (güelfos, como se seguía diciendo). El encargo secreto a Kramer revela dos cosas: 1ª, la obsesión del papa por limpiar a Florencia de Médicis; y 2ª, la cara oscura de la personalidad de Sixto IV, nada escrupuloso con tal de convertir a su ‘nepote’ o hijo Jerónimo Riario en un príncipe hereditario en territorios de la Iglesia. Hoy queda más el Sixto mecenas del arte (Capilla Sixtina), de la cultura (Biblioteca Vaticana) y del urbanismo (Roma, de sórdido laberinto medieval a capital moderna). 

Convertido en Inquisidor, más aún, en agente secreto del papa, fray Enrique se sintió, no diré más seguro de sí mismo, cosa metafísicamente imposible, pero sí más a cubierto de sus superiores. Nada amigo de perder el tiempo, lo aprovechó en Roma para sacar su doctorado y así lucir insignias y título en sus andanzas. De las sanciones que tenía pendientes en la orden nunca más se supo. Eso sí, para tenerle algo sujeto –vana pretensión– el maestro general le impuso como socius o compañero a un profesor de Colonia y también inquisidor por aquellas tierras tierras alemanas. Su nombre, fray Jacobo Sprenger

Sprenger era un fraile dominico en las antípodas de Kramer. De carrera académica rigurosa, recibió el cargo de inquisidor por pura obediencia. Su vocación era también la caza/pesca –metafóricamente hablando–, pero no de brujas, sino de almas devotas rezadoras de rosarios en su nueva versión típica de la orden. Una aparición de la Virgen, según dicen, le inspiró tender como una red por Alemania esta devoción antigua en su nueva forma mediante la Cofradía del Santísimo Rosario. Sprenger apenas acompañó a Kramer en sus aventuras, ocupado él en Colonia y la Universidad, donde además salió elegido decano de su facultad en 1480.

Un individualista como Enrique Kramer para nada necesitaba a fray Jacobo, ni como socio, ni menos como guarda de vista, pero tampoco podía rechazarlo. En otro capítulo veremos cómo Kramer hizo de la necesidad virtud, utilizando el nombre y prestigio del obligado socio para promocionarse él mismo junto con su libro más audaz y ambicioso, poniendo a Sprenger de parachoques y mascarón de proa del Martillo de brujas. De hecho, el prólogo galeato que va delante de la obra como Apología, a la defensiva, lleva firma de Sprenger.

Si ahora nos preguntamos de dónde le vino a Kramer la idea de su Martillo, la respuesta puede sorprendernos. Que el fraile era un pervertido misógino, eso ni se discute y hasta puedo escribirlo sin que el ultrafeminismo mueva una ceja, pues se trata de un varón. Ese ‘para qué’ del libro ya lo sabemos. Su ‘porqué’ circunstanciado es lo que nos importa. 

Digamos, pues, que fue su desquite de las mujeres como género, por una mala experiencia tenida como inquisidor con una de ellas, encarnación de la femineidad. Represalia de inquisidor humillado y frustrado por ‘ellas’, por una de ellas en representación de aquella mitad tan extraña del género humano. Una bruja tan bruja, que nadie más que él supo que lo era y nadie lo creyó. Su Lisístrata  –porque hasta tenía nombre griego– se llamaba en realidad Elena, Elena Scheuberin, y el choque frontal entre la bruja y su inquisidor se produjo en Innsbruck, septiembre-octubre de 1485.

Entre 1480 y 1485 fray Enrique tuvo tiempo de demostrar su personal hacer de inquisidor y predicador, pero también de confiscador y colector itinerante. Su campo de batalla coincide bastante con su recorrido de 1476 en busca de crímenes de sangre judíos, que él aprovechó para informarse y tomar contactos sobre lo que le interesaba personalmente (aparte del dinero): la nueva brujería satánica.

Su primer caso se le ofreció precisamente en su ciudad natal, Selestad, donde tenían presa a una supuesta bruja, o ex bruja pedófaga, que en sus buenos tiempos participó con otras en festines de caldereta infantil (igualito que en los cuentos), según se decía. Pero la maldita se le fue de entre las uñas, porque cuando él llegó la habían soltado y puesto en seguro por falta de pruebas. 

El caso de las Beatas de San Mauricio

En Augsburgo se detuvo algún tiempo (1480-1482), entre inquisición y negocios temporales. Esto de los negocios merece nota, como veremos, porque resulta extraño que en tanto tiempo no le saliera ni un solo caso de brujería, en aquella tierra de promisión, su imaginado paraíso de inquisidores. Kramer comprendió hasta dónde llega la astucia del Enemigo, pues allí donde no hay brujas manifiestas es más de sospechar que cada mujer esconda a una, y cuanto más cristiana parece una ciudad, más probabilidades hay de que por dentro sea un cripto-aquelarre.

Guiado por esta idea luminosa el inquisidor exploró las iglesias augustanas, y en la de San Mauricio  descubrió una cofradía de beatas a las que su párroco daba de comulgar a diario. La comunión frecuente no era frecuente entonces, y comulgar cada día era una rareza, sin más. No así para el sabueso Kramer, curtido en disputas eucarísticas con los herejes de Bohemia. La cofradía de San Mauricia pintaba secta. Un conventículo de brujas comulgantes, sin duda. Y con tanta devota en torno, el párroco tenía que ser un diablo de incógnito. 

El dominico llevó el caso al obispo Johann von Werdenberg, que conociendo bien a su párroco, hombre culto y pío, tuvo curiosidad por oírle defenderse del inquisidor. El reverendo Juan Molitor (o Müller) no le defraudó, pues había estudiado más que Kramer, y ambos se enzarzaron en disputa escolástica sobre el tema de la comunión frecuente, citando el primero a los santos doctores santo Tomás y el beato Buenaventura. A éste segundo bien pudo llamarle santo también, pues por entonces (1480) andaba en el trámite de los milagros, imposibles de demostrar, hasta que Sixto IV zanjó el proceso y le canonizó por bula. 

La réplica de Kramer fue decir que aquellos doctores de la Iglesia se referían a los sacerdotes, que viviendo del estipendio de la misa no tienen otro recurso sino celebrarla o morirse de hambre. De hecho, ni el papa ni los cardenales, ni los obispo y eclesiásticos con buenas rentas decían misa a diario, sólo cuando la solemnidad lo pedía. En cuanto al nuevo santo Buenaventura, temporadas estuvo sin celebrar ni comulgar, por respeto al sacramento. Porque –y aquí pasó al ataque– el abuso de la comunión consentido por el párroco de San Mauricio no nacía de la fe, sino de la «liviandad femenina», siempre amiga de extravagancias con tal de llamar la atención.

Con esto se acabó la discusión aquel día, aunque lo más gracioso quedaba por ver. El 13 de septiembre las beatas del reverendo fueron interrogadas por el inquisidor, siempre delante del obispo, cada vez más regocijado cuando las mujeres, en alarde de cultura religiosa, citaron de memoria el Evangelio de san Juan, capítulo 6, donde Cristo expone de primera mano su idea de la eucaristía, y recordaron el Padrenuestro, donde se pide el pan de cada día para el cuerpo y para el alma. «¿Cómo se atreven? Frecuentar los legos la sagrada Escritura es propio de herejes, y tomarla en su boca las mujeres para interpretarla  es abominación que Su Reverendísima no debería tolerar», argüía sulfurado el maestro Kramer.

En fin, y para colmo, resultó que el párroco Müller, o Molitor, buen latino y teólogo, era nada menos que el delegado de Sprenger para su Congregación del Rosario en el sur de Alemania. Digo bien: Fray Jacobo Sprenger, el socius de fray Enrique. Socius a larga distancia, y no sólo física por lo que se ve. 

Y ahora, una breve pausa para el cotilleo.

La estancia de Kramer en Augsburgo se prolongó, más que por la cosecha de brujas probablemente por el rendimiento económico, entre confiscaciones y venta de perdones. Parte de lo recaudado tocaba a los dominicos, que descubrieron un trabacuenta o sisa de nuestro inquisidor, llamado a Roma para dar satisfacción, o estar a las consecuencias, sin excluir su expulsión de la orden.

Esto fue a finales de marzo de 1482. Pues bien, con rara celeridad, sólo inferior a la de las brujas en sus escobas, a primero de abril la Curia papal despachaba orden urgente al obispo de Augsburgo, si por ventura Kramer se encontraba allí todavía, de formar una comisión secreta que se entendiese con él, para recuperar el desfalco por las buenas. Fray Enrique, con las maletas aún por hacer, no pierde aplomo y lleva a los interventores a casa de cierta viuda devota suya. Allí tenía en depósito lo que buscaban, y contra recibo les hizo entrega de todo, dinero, metales preciosos, gemas y joyas, que con la misma rapidez volaron a Roma. A Roma, pero no a la procura de los dominicos, sino al tesoro del papa.

 Una vez más sin cargos y casi en triunfo, en junio Kramer pudo viajar a Roma para regresar en septiembre con nuevos favores de su protector Sixto. Él por su parte aprovechó para postularse (no sé si con éxito) como fundador de una cofradía, no del Rosario o de las Ánimas del Purgatorio etc., sino Contra las Brujas. El hombre no era malo en eso de llamar la atención.

La verdad es que el cazador de brujas más célebre de la Historia no llevaba camino de lucir muchos trofeos. El mismo en su Martillo se autoevaluaba en «más de 200 brujas». ¿Quemadas? A los investigadores no les sale la cuenta, y eso calculando procesos, no ejecuciones. A menos que las ejecuciones de fray Enrique fuesen no de vidas, sino de haciendas, que estas sí se le daban mejor. «Los únicos procesos por brujería en que se puede probar [documentalmente] que Kramer tomó parte son los de Ravensburg (1484) e Innsbruck (1485)». Vamos, otro teórico del género.

Pasando por alto cazas y quemas por la diócesis de Basilea –donde el deporte ya se venía practicando antes de pasar por allí Kramer (sept. 1482)– notemos que aun estando en racha tuvo que dejarlo para volver a su patria, no por ningún brote de brujas, sino porque su convento de Selestat le ha elegido prior. ¿Cómo así?

Una de las mercedes obtenidas por Kramer en Roma fue, como ayuda de costa para sus gastos de inquisidor, una bula personal de indulgencia, con fruto a repartir entre él mismo y el que fue su primer convento, más un resto para la Cámara Apostólica. Los frailes con buen acuerdo votaron por mayoría darle el mando, y así la casa que fue testigo de sus fervores de novicio (si los tuvo) pasó a ser su cuartel general de cazador de brujas. Cierto que físicamente paraba poco allí, por sus obligaciones; pero aún así ese poco le dió tiempo para pelearse con algunos de sus frailes, que sería los que le votaron con bola negra. 

En este intervalo a Kramer se le muere el papa Sixto (agosto, 1484), su gran protector. No obstante, pronto tuvo ocasión de ver el gran acierto del Espíritu Santo en la elección del sucesor Inocencio VIII, que no era otro que Juan Bautista Cibo, viejo amigo suyo de la Curia romana. La noticia le llegó durante su campaña de Ravensburg, aquí con víctimas. De entre ellas, dos mujeres condenadas a la hoguera dejaron especial recuerdo.

El papa Inocencio será la catapulta de Kramer en el lanzamiento del Martillo de Brujas.

Próxima entrega: La Mujer fatal


Nota sobre la ilustración de cabecera

“El Triunfo de Santo Tomás de Aquino sobre la Herejía”  (detalle)

Cuando Filippino Lippi pintaba este gran fresco en la pared derecha de la capilla Caraffa en Santa María sopra Minerva, la iglesia de los dominicos en Roma (h. 1490), fray Enrique Kramer estaba bien vivo –sobrevivió al pintor un par de años– y pudo admirar el realismo de una escena que le resultaba familiar.

Lo que sería atrevido sugerir es que el fraile dominico pintado de cuerpo entero en el ángulo inferior derecho sea el retrato del autor del Martillo de las Brujas, cuando la verdad oficial es que se trata de fray Joaquín Torriani, maestro general de la orden. En todo caso, como documento ilustrativo es rigurosamente de época.