lunes, 19 de agosto de 2013

Sabino Arana: la enfermedad del bronce



            «Cuando se sacan a luz los hechos con los nombres de sus autores, no hace falta aplicar a éstos ningún calificativo, porque el lector se encarga de juzgarlos.» (Sabino Arana Goiri, ‘El Bizkaitarra’, Nº 4, dic. 1893)
El 30 de noviembre de 2003, el ya caído o descabalgado preboste del Partido Nacionalista Vasco (PNV), Xavier Arzalluz, se despedía a su estilo  autocrático, inaugurando en Bilbao la primera estatua del fundador Sabino Arana.
Fue idea toda suya. La designación de artista y aprobación del proyecto, suya la elección de emplazamiento, suyo el discursito  inaugural, biliososo como suyo y maleducado, donde no tuvo el detalle de dar las gracias o pedir disculpas a la ciudadanía, por haber  plantado semejante estorbo en lugar público. Presidiendo nada menos que los Jardines de Albia, feudo secular de D. Antonio de Trueba (Benlliure, 1895), hay que ser patán.
Y de pocas luces el Ayuntamiento que lo dio por bueno, imponiendo a la Villa la presencia cotidiana de quien es hoy en día, incluso para el partido político sabiniano, un impresentable en sus escritos.
Porque todo monumento es lo que la palabra dice: un recordatorio. Pues bien, recordemos al estatuario Sabino Arana. No es otro el propósito de esta serie de capítulos entre Navarth y yo, con toda la frustración que supone hurgar en un bronce hueco y una personalidad esquiva. ¿Entonces…? Pues eso: que la estatua está ahí, expuesta al público, y lo menos que puede hacer el transeúnte es preguntarse (ya que nadie se lo explica en la peana) qué méritos nos hizo el tal Sabino para estar donde nos lo han puesto.
Porque toda estatua pública pide una explicación. Y Azcuna nos la debe, como alcalde nuestro que es; aunque a diferencia del de Villar del Río, no nos la piensa pagar.
El Trueba de enfrente, sin ir más lejos. ‘Antón el de los Cantares’, seudónimo del cuentista y cronista del Señorío de Vizcaya, no será gran figura literaria, pero fue un tipo honesto y sobre todo popular, que en su peana ofrece el catálogo de sus pequeñas obras sencillas y sensibleras. Tan popular como lo fue la suscripción que sufragó el monumento.
Pero este otro bronceado, ¿qué pinta aquí?
Fundó un partido político....
Bien, ¿y eso qué?
Deje acabar. No un partido cualquiera. Sabino Arana  fundó el PNV, un partido centenario, el partido-guía.  El Partido. Además nació aquí al lado, en ‘Sabin-Etxea’, la actual sede central del Partido.
Ahí le iba. Lo lógico sería erigir la estatua en ese  solar natal, en el atrio de la sede del partido. Aquí donde está es una publicidad partidista inadmisible.
—  ¿A usted qué le importa, si no le cuesta nada? Esta estatua la costearon los afiliados al partido.
— Pues razón de más para no plantarla en un parque público, como si fuese su  jardín particular. ¿Qué le debe a Sabino Arana quien no sea del PNV ni nacionalista?
—  A Sabino Arana debemos el nombre de Euskadi, la bandera de Euskadi,  el himno de Euskadi.
—  Imposible, señor mío. Euskadi es una comunidad autónoma de España constituida a tenor de la Constitución Española de 1978.  Arana  no pudo nombrar lo que nunca conoció. Además, él renegó de España y de todo lo español, así que mál pudo dedicar himno ni bandera a un ente político basado en la Constitución española. Si algo tuvo que ver la Euzkadi sabiniana con la Euskadi actual, sería como antítesis.
— Es una manera de ver las cosas. Los nacionalistas lo vemos de otro modo.
— Sí, jugando al equívoco con las palabras y los símbolos. Pero es que Sabino, además de antiespañol furibundo, fue un racista xenófobo sembrador de odio entre los vascos contra los ‘maquetos’ españoles y un lenguaraz. Un sujeto así no merece monumento público. Una estatua tiene que ofrecer un minimo de ejemplaridad ciudadana.
— Lo del racismo se ha exagerado. Sabino Arana fue hombre de su tiempo, y entonces todo nacionalismo era xenófobo, incluso racista. ¿Acaso no celebra España el Día de la Raza?
—   ¿Me toma usted el pelo? Esa ‘raza hispana’ (como retórica, discutible) es término inclusivo, no exclusivo. En él entran por igual castellanos, andaluces, gallegos, aragoneses, navarros, catalanes y, por supuesto, vizcaínos y guipuzcoanos… El racismo de Sabino es todo lo contrario: racismo biológico excluyente, hasta negar (con toda razón) la existencia de una raza española, mientras mantiene la suya, la raza vasca, como raíz y principio de todo derecho cívico.
—   
El diálogo imaginario podría hacerse interminable. Es así siempre con el nacionalismo. El diálogo que siempre ofrecen y reclaman es de desgaste. Dejémoslo así.
Pero algo hemos aprendido en la imaginaria discusión: la estatua de Sabino no se ha pagado con dinero público ni tampoco con suscripción popular. ¿Cómo pues? Si es cierta la versión nacionalista, Arzalluz habría pasado la gorra por toda la lista de  afiliados al partido, a cambio de sendos ‘sabines’: diplomas personalizados para enmarcar y colgar en la chimenea de la sala, para orgullo de hijos y nietos. Se non e vero...
Al santo por la peana
Nos acercamos con disimulo a la estatua. Es la primera vez que lo hacemos, y nos da reparo, parece que la gente nos observa. Casi de reojo y sin detener el paso leemos la inscripción del bloque que la sostiene:
EUZKOTARREN  ABERRIA  EUZKADI  DA
SABINO ARANA GOIRI
1865 -I- 26   1903-XI-25
Mal empezamos, faltando al respeto al bronceado. Él no quiso firmarse así, sino Goiri eta Arana’ taŕ Sabin. Pero no importa, y hasta lo celebro.  En adelante me permitiré la misma licencia para escribir nombres, apellidos y topónimos vascos con mi ortografía escolar, que fue la tradicional de todos ellos.
Otro tanto cabe decir del lema. El original sería más o menos así: «Euzkotaŕen abeŕija Euzkadi da».
Tercera consideración: qué vida tan corta, 38 años y 10 meses.
En efecto, Sabino Arana murió joven, del síndrome de Addison o ‘enfermedad del bronce’; una degeneración suprarrenal misteriosa en sus causas, que pudo ser debida a tuberculosis, aunque también se ha especulado con la sífilis. No tengo datos de esto último, ni me molesto en buscarlos, porque me da igual.
La  estatua engaña. Sabino no fue el hombre provecto que ella representa, por cierto, con poco parecido físico, como lo demuestra abundante iconografía.
Como obra de arte, qué decir. Al senador peneuvista Iñaki Anasagasti le encantó, porque —sólido criterio estético—  «se entiende a la primera».
Tipológicamente es una estatua anodina, como aquellas romanas antiguas ‘de testa intercambiable’. Ni fu ni fa, entre el paseante desocupado con la mano izquierda bien metida en el bolsillo del pantalón, y el contemplativo con la mirada fija en algún punto del espacio… un punto…
[¡Pero qué punto, madre mía! El balcón de Colón de Larreátegui, 13, 4º izquierda. El balcón del que fue mi despacho editorial durante más de 30 años. Qué coincidencia. Menos mal que ya no trabajo allí.]
Así pues, Sabino Arana vivió poco, y de ese poco, su carrera política se redujo a dos décadas. Debió de ser, según eso, hombre de cerebro fecundo y actividad frenética... Pues no. Por más que la hagiografía lo quiera paliar, Sabino fue, como su hermano y mentor Luis, un señorito bilbaino zángano, que vivió de sus rentas. Y en cuanto a actividades, salvo para enredar, apenas dieron golpe.
La gandulería de Sabino Arana no fue ninguna imputación de sus enemigos. Él mismo la reconoció a menudo; y no sólo en la intimidad, sino nada menos que en el famoso banquete y discurso de Larrazábal (3 de junio 1893), que fue su debut, su estreno de pantalón largo ante un grupo variopinto de políticos que le invitaron a merendar, por curiosidad y para tomarle las medidas al nuevo líder salvapatria.
Otro día hablaremos de aquella merienda-cena y homilía de marras, en que el nuevo profeta puso a sus anfitriones a caldo. Es de suponer que Sabino sabía lo que decía, y lo que todos pensaban de él, cuando les leyó estas palabras:
          «Por ella [mi Patria] desde hace diez años estoy trabajando: por ella dejé la carrera, pues me parecía indigno el ocupar mi  poca actividad en acopiar bienes de fortuna..., y si hasta ahora tan poco he producido, ha sido por la negativa pasión de la pereza, que por desdicha largas temporadas me ha tenido dominado. Efecto de esa pasión...  Unos cuantos folletos y el opúsculo ‘Bizkaya por su independencia’ es cuanto mi pluma hasta el presente ha dado a la publicidad.»
El propio Sabino reconocía sin rubor que en su vida leyó muy poco, y que si por casualidad abría un libro raramente llegaba a terminarlo. Pues lo mismo en todo lo demás. ¿Y por qué había de ruborizarse, si esa era su manera de afirmar su originalidad absoluta?
Pero volvamos a la lacónica peana. ¿Qué dice el lema? Traducido del euzkera sabiniano, esto dice, ni más ni menos:
«El aberri de los euzkotarras es Euzkadi»
¡Pero eso no es una traducción! Cierto, no lo es, porque tampoco el original es vascuence. Ningún vascongado de cuna en su tiempo lo pudo entender sin comentario; porque quitado el verbo sustantivo, las otras tres palabras fueron invento de Sabino: aberri, Euzadi, euzkotarra. ¿En qué neoparla o jerigonza se inscribe, pues, el principio y fundamente y quintaesencia de toda la doctrina del hombre de la estatua?
Ya esta primera muestra grabada en la piedra pone de relieve la personalidad incongruente del tipo de la mano en el bolsillo. Enuncia este su primer teorema sobre un pueblo multimilenario, y de entrada hete con que ese pueblo no tiene nombre. Un pueblo con lengua propia, la mas antigua de Europa y una de las más antiguas y perfectas del mundo, y resulta  que esa lengua no tiene palabras para expresar los pensamientos de Sabino.
Aberri: ‘la tierra o pueblo de ab’, ¿cómo se come eso? Pero si es muy fácil: si  abizen (ab-izen, el ‘nombre de ab’) —otro invento sabiniano—  quiere decir ‘nombre patrio, apellido’, entonces aberri (ab-erri), ha de ser ‘tierra patria, la patria’. Aun así, ¿de dónde ha salido ese ab o aba, ‘padre’, más arameo que vasco?
Las otra dos palabras también se las traen. Para Sabino, ni siquiera existía un equivalente vasco para decir ‘vasco’. Cierto, había una forma tradicional de designar el país y pueblo vasco:  Euscalerria (o Euscal Herria, también Escual Herria). Pero por alguna razón ese término no agradó al demiurgo, cuya mollera emanó el verdadero nombre de la cosa, digo, de lo vasco: euzk(o).
Dijo, pues, el demiurgo: «Haya Euzkadi». Y Euzkadi fue.  Volvió a decir el demiurgo: «Puéblese Euzkadi de euzkotarras, oriundos de Euzkadi». Y las cumbres y valles y tierra llana y costas de Euzkadi bulleron de gente ezkotarra, hombres y mujeres primigenios en el paraíso primigenio. Y hubo ocaso y hubo aurora. Era el día primero.
De ese modo el demiurgo, con toda soltura y desparpajo, fue cubriendo las carencias y tapando las vergüenzas de la geografía y de la lengua primigenia y perfecta. Y del mismo modo que Adán, según el Génesis «pasó revista a todas las criaturas poniéndoles nombre, y el nombre que Adán les impuso era el verdadero», así también el adanismo sabiniano dio para todo un diccionario vasco de neologismos para las ocurrentsias que iba creando.
Y una de las primeras fue Euzkadi, término formado por aglutinación de dos elementos, euzk-adi, donde -adi aporta la idea de conjunto o agrupamiento. Euzkadi, el conjunto de los vascos.
De los verdaderos vascos, para ser más exactos. Euzkadi no era, ni es para los patriotas vascos, lo que hoy entendemos por ‘sociedad vasca’, ni con mucho. Euscalerría estaba toda infiltrada de maketos y de vascos espurios. La verdadera Euzkadi es como la verdera Iglesia:  no el mogollón de toda la ciudadanía, sino sólo el cogollito de los predestinados, reconocibles entre ellos por la marca de adhesión al ideario sabiniano.
Al término Euzkadi, o Euskadi (como se impuso), se le ha reprochado de forma un tanto puntillosa esa terminación, -adi (o -di), propia de conjuntos vegetales, como si los vascos de Sabino fuesen alguna especie arbórea, fruticosa o herbácea. «El follaje vasco», que escribió aquí una vez D. Luigi. Supongo que nuestro demiurgo produjo su euzkadi sobre la falsilla de gizadi, gentío, y mi reserva, más que por lo botánico, va por el carácter amorfo, inorgánico, de ese conjunto que ni merece el nombre de sociedad.
Obras completas: el empujón del vago
En 1893, tras una década de trabajo patriótico, un indolente Sabino Arana se reconocía en público como pensador prácticamente ágrafo. Diez años después, enfermo grave de un mal incapacitante, decae y en pocos meses fallece. En este intervalo, sin embargo, desarrolló una actividad literaria que da para unas 2.500 páginas por lo menos, en las ediciones de sus Obras Completas.
La cosa es más notable, por cuanto que toda esa producción no incluye ningún libro ni trabajo de aliento –a menos que entendamos por tal la confección de cuadros gramaticales del vascuence, como ejercicio de oposición (frustrado) a una cátedra de esta lengua suya propia, que nuestro hombre desconocía por completo y nunca llegó a hablar con soltura. Otro día vemos esto.
Sabino ‘al completo’ se editó primero en Buenos Aires (1965), y nuevamente en San Sebastián (Sendoa, 1980, 3 tomos). Bien presentado, pero asaz caro para el bolsillo medio. Existe una gran Fundación ‘Sabino Arana’, entre otras cosas depositaria de los textos sabinianos, la cual debería tener como primer compromiso una edición crítica con garantías. Lejos de ello, se reserva el derecho de admisión y acceso a sus depósitos, y para el público sólo ha publicado antologías ‘ad usum delphini’.
Es verdad, por tanto, que «esos textos siguen en las catacumbas», aunque esto lo diga José Dueso, autor de una Antología de Sabino Arana (Roger, 1999). Y digo ‘aunque’, porque para este colaborador habitual de ‘Gara’, la culpa de que se interprete mal al buen Sabino la tienen sobre todo los españoles, que por sistema le sacan de contexto. ¡Con lo interesante, revelador  y hasta ameno que es Arana leído en directo!
Obras completas, tres tomazos y muy variados, en prosa y en verso . ¿Con que de un empellón el perezoso cambió las ‘ociosas plumas’ por la de escribir y se volvió polígrafo? Sólo a su aire. Siguió tan superficial como siempre y tan reiterativo como un molinillo de oración dándole vueltas a los mismos mantras. Mantras  insultantes, hay que añadir. Insultantes a España, ofensivos al maqueto, desde luego; pero sobre todo insultantes a la razón, a la inteligencia y al civismo.
Al emprender esta incursión por andurriales tan ingratos, tanto mi socio como yo hemos tomado como brújula la frase de nuestro hombre que encabeza este artículo. Cuando un ciudadano se convierte en bronce hay que escuchar cómo suena. Y si alguna frase suena a cuerda de horca, el contexto de la misma  es para el autor como su propio cuerpo, que le aprieta el nudo corredizo.
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Crédito de la foto: Wikimedia Commons (autor: Zarateman)

domingo, 11 de agosto de 2013

Los agotes (y 2), por Navarth



El papa León X con dos cardenales, por Rafael Sanzio


En 1514 los agotes de Navarra recurrieron al papa León X, quejándose de su situación, heredada de las persecuciones a cátaros y valdenses. El papa tomó bien el ruego, pero suspendió el juicio a mejor investigación. Así aburridos, en 1517 los agotes llevaron la queja a los estados de Navarra, sin mejor fortuna. Otros dos años de espera, hasta que el arcediano de Santa Gema decidió aplicar la bula y dar trato igual a agotes, so pena de censura eclesiástica y multa fuerte. También los estado de Navarra confirmaron lo mismo en 1520. Pero el pueblo siguió haciendo caso omiso. Entonces los agotes recurrieron a Carlos V, que en 1524 emitió orden imperial, apoyando la bula y elevando la multa a 1000 ducados.
En el siglo XVIII los agotes fueron ganando terreno legal. En este período tuvo lugar la intervención de Montesquieu como magistrado en un juicio promovido por los cagots de Biarritz (1723-4), asunto del que luego tratará en El Espíritu de las Leyes [4].
Un pleito interesante es presentado en el valle del Roncal en 1655:
Con ocasión de la cercanía que dicho valle tiene con Francia y con el Valle de Sola han llegado y hecho assiento en el dicho valle unas quantas familias de gentes que se dicen agotes y gente infecta que serán hasta una docena de casas y con la continua residencia han procurado y procuran introducirse entre los naturales de la tierra de que resultan y pueden resultar muy grandes inconvenientes (...) si no se provee y como dentro de un breve término sean expelidos porque ellos por calificar su naturaleza procuran casarse con naturales de la misma tierra, causa para que se obscurezca la nobleza de dicho valle y (da) motivo a muy grande confusión”.

En este pleito se pone de manifiesto lo que verdaderamente está en juego. Los vecinos denuncian la llegada a su valle de gentes de otros lugares sin demostrar la limpieza de su sangre. Y están muy alarmados porque los recién llegados, con el fin de integrarse en el lugar, buscan contraer matrimonio con gentes del lugar, lo que consideran un desastre porque contaminaría la pureza de su torrente sanguíneo.
 Torquemada intima a los Reyes Católicos
 la expulsión de los judíos de España (Emilio Sala)

       Esto de la limpieza de sangre venía de antiguo. Por el Edicto de Granada de 31 de marzo de 1492 los Reyes Católicos ordenaron a los judíos que no fueran bautizados que abandonasen sus reinos en el plazo de cuatro meses. ¿Y los judíos conversos? En principio podían eludir la expulsión, pero ya desde antes del Edicto la Inquisición había establecido un periodo de sospecha que abarcaba a las dos primeras generaciones de conversos. Pero en el Señorío de Vizcaya y la provincia de Guipúzcoa se dio un paso más allá.
Guipúzcoa dirigió una petición en 1510 a la reina Juana, que fue atendida por Real Cédula de 24 de diciembre, según la cual también los conversos judíos y moros tendrían que abandonar la provincia en el plazo de 6 meses. Esta ordenanza fue confirmada por Carlos V a petición de la Junta General reunida en Cestona en 1527. Los cristianos nuevos veían así prohibida su permanencia en la provincia, lo que se consolidó en la redacción del Fuero de 1696:
Primeramente porque la limpieza de los caballeros hijosdalgo de esta muy noble y muy leal provincia de Guipúzcoa (en tantos años con tanta integridad conservada) no sea ensuciada con alguna mixtura de Judíos o Moros (...) ordenamos y mandamos que ninguna persona, así de Cristianos nuevos, que se hubieran convertido de Judíos y Moros a nuestra Santa Fe Católica, como del linaje de ellos, que estuviere o que viniere a morar y vivir en esta provincia de Guipúzcoa, o en alguna de las villas o lugares de ella, no pudieran estar ni morar en ellas, y si estuvieran que dentro de seis meses (...) vayan y salgan fuera de esta provincia (...) so pena de prendimiento de bienes y de las personas a merced de la Majestad Real.”
Vizcaya por su parte formuló la petición en 1511 con el mismo fundamento que en Guipúzcoa (no enturbiar la limpieza de sangre y debilitar así la hidalguía universal del Señorío) y fue atendida por Provisión Real de septiembre de ese año. La disposición fue incluida en el Fuero de Vizcaya de 1526 según el cual “los nuevamente convertidos de judíos y moros, ni descendientes, ni de su linaje, no puedan vivir ni morar en Vizcaya”. Así cualquier nuevo vecino tendría que acreditar la limpieza de su sangre en el plazo de sesenta días si quería permanecer en el Señorío. Es más, en caso de que se presentara algún sospechosos de converso amparado por una disposición real, el Fuero mandaba que esa disposición “sea obedecida y no cumplida”, y que se iniciaran las gestiones para que prevaleciera la Provisión de 1511 sobre la nueva instrucción.
Es decir, Vizcaya y Guipúzcoa consiguieron que no sólo fueron considerados expulsables los judíos sino también los conversos. Y la garantía de sangre no contaminada resultante de estas medidas justificaba la hidalguía de sus habitantes. A lo largo del siglo XVI el Consejo de Castilla trató de mitigar estas disposiciones. En 1561 un Auto ordenaba ”que no se ejecute lo dispuesto en las provisiones presentadas por el Condado de Vizcaya para que en él no haya judío ni moro y que los que hubiere salgan”. Y cuatro años más tarde un nuevo Auto reiteraba que “no se de provisión en el Señorío de Vizcaya para que los nuevamente conversos salgan de él.”
En este escenario los agotes eran un elemento de más que venía a perturbar la hidalguía general. A partir de ese momento todo el que quería gozar de privilegios inherentes a ésta debía demostrar “no descender de judío, moro, agote, ni penitenciado por el tribunal de la Santa Inquisición.”
Una de las características físicas de los agotes citadas con mayor frecuencia era la ausencia de lóbulos en las orejas, lo que se atribuía, por razones que se me escapan, al hecho de haber nacido de noche. Por esta circunstancia eran frecuentemente llamados belarrimochas (“orejas cortas”). Aunque también este término puede tener otro origen. Como los agotes habían cruzado los Pirineos desde Francia eran identificados con los landeses y labortanos, tradicionalmente considerados ladrones por los vascos. Dado que, en función de la gravedad del robo, a los ladrones se les cortaba una oreja o sólo media, se asumía que los agotes carecían de ellas, sospecha que se intensificaba si el sujeto en cuestión llevaba el pelo largo, sombrero o capucha. En cualquier caso belarrimocha era un mote infamante, que sufrió un cambió en sus destinatarios y ha durado hasta nuestros días como veremos.
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[4] Montesquieu entiende la segregación por motivos de salud, como en el caso de los leprosos, pero rechaza identificar leproso y agote sin base médica. En cuanto a limitar a una gente a un profesión única (la carpintería), para él es puro despotismo.



Publicado por NAVARTH


domingo, 4 de agosto de 2013

Los agotes (1), por Navarth



Advertencia
Es de sobra conocido el interés de Navarth por figuras extravagantes que, por razones no siempre explicables, han llegado a ejercer influencia sociopolítica. De ellos ha juntado buena muestra en su blog.
Pues bien, últimamente —creo que con ocasión de haberle regalado a Navarth su señora, por su compleaños, cierto volumen de Obras completas— no ha tenido más remedio que fijarse en otro espécimen de los que estudia. Sólo que éste, ¡ay!, nos cae a todos más de cerca: Sabino de Arana Goiri. El fundador del PNV, y por consiguiente el verdadero Padre de la Patria Vasca.
Pero no es eso todo (ojalá lo fuera): para espanto mío, el buen Navarth también se ha fijado en mi persona, no para estudiarme y disecarme conceptualmente, como a Arana Goiri, a Dios gracias, sino para que entre los dos intentemos ofrecer un boceto medianamente comprensible del fenómeno. Y como a un requerimiento de tal procedencia y naturaleza no sé decir ‘no’, pues heme aquí embarazado; dichoso por colaborar con un gran amigo, aunque seguro de no rayar a su altura en la finura del análisis.
Nuestros esfuerzos mancomunados irán apareciendo simultáneamente en el blog de Navarth y aquí. De todas formas, habiéndose augurado el estreno para este fin de semana (según cierta zahorí del Blog de Santiago González), me dice mi colega que me adelante, que no será mucho.
Aquí va, a modo de obertura o proemio, un artículo  de Navarth sobre el grupo humano de los agotes o cagots de allende y aquende los Pirineos. Sirva de ilustración de esas fobias primitivas, misteriosas y absurdas que nos hacen odiar a ‘los otros’ como coartada para afirmar la super excelencia del ‘nosotros’. Uno de los apodos aplicados al agote fue belarrimotza, el de oreja corta, o más bien cortada. Apodo caro a Sabino, que curiosamente lo prodigó a los inmigrantes o maquetos, venidos en el siglo XIX de toda España a industrializar Vasconia, y de paso corromper la pureza racial euscariana. 


Por si se aburren..., Navarth tiene la palabra.
Una procesión de cagots
“(...) los dichos agotes dezienden del dicho Zihezi maldito y no de la compañía del dicho conde Don Ramón la qual maldición oy siempre les ha durado y les dura porque por las partes interiores quedaron leprosos y damnyados (...) y aunque sean cristianos no se suelen batizar en pila donde los otros cristianos se batizan y ellos que sean leprosos inficionados siempre claramente porque haun las yerbas que con sus pies tocan se secan y pierden la birtud natural y una manzana o alguna otra fruta que pongan en sus manos o seno se prodere y en sus personas y cosas queden como personas que son contamynadas de grave dolencia cuya conbersación entre los otros fieles cristianos sería muy contagiosa y peligrosa” [1].
Así argumentaba en el año 1517 Caxar Arnaut, ujier del Consejo Real de Navarra, al pedir a las Cortes que no fallasen a favor de los agotes de Bozate, en el valle del Baztán. Por esas fechas también los agotes del navarro valle del Roncal, procedentes de Bearne, entablaban un pleito para que se les reconocieran iguales derechos que a sus vecinos. Porque en ambos valles, así como en todos los lugares donde se establecían, los agotes constituían minorías discriminadas y marginadas. Normalmente los pleitos les daban la razón, pero las sentencias rara vez se cumplían, y así los litigios se volvían crónicos.
¿Por qué esta discriminación? ¿Quiénes eran los agotes? Lo cierto es que nadie se ponía de acuerdo en esto. Ni siquiera sobre su aspecto físico. Según Pío Baroja tenían la cara ancha de pómulos prominentes y el pelo castaño o rubio, aunque él mismo reconoce que los había morenos y de cara alargada. Justin Cénac-Moncaut, menos benévolo, les atribuía cabeza grande, cuerpo raquítico, piernas torcidas, bocio y mirada apagada, esto último normal, dado todo lo anterior. Otros autores afirmaban que en lugar de pelo exhibían una especie de plumón. Según otros tenían una de las orejas considerablemente más grande que la otra y cubierta de pelo, lo que daba mucho juego en historias en las que un agote era descubierto al quitarse el sombrero. Curiosamente en otras fuentes se menciona que tenían fama de guapos. De hecho, a pesar de la estricta prohibición existente de casarse con agotes, no era infrecuente tomar mujeres agote como amantes.
Matracas de leproso
Los agotes provenían de Francia, donde eran conocidos por muchos nombres pero especialmente por el de cagots [2]. El primer texto que habla de ellos es la Coutume de Marmande (1396), según la cuál se les imponía la obligación de identificarse llevando de forma visible una señal de tela roja en el vestido, so pena de multa y confiscación de éste [3]. La marca tenía que tener forma de huella de pie de pato, y sobre esto hay explicaciones pintorescas. Además de la marca, a veces se exigía a los agotes hacer sonar unas tablillas, como a los leprosos, para alertar a la gente de sus presencia.

Leproso con su matraca
Se cree que en el siglo XI los cagots del Bearne se vendían y se legaban en testamento como esclavos, y en juicio se necesitaba el testimonio de siete cagots para igualar el de un hombre libre. En el siglo XV se les prohibía caminar descalzos para que no quemaran las plantas y no infectaran el empedrado callejero. La discriminación se manifestaba especialmente en las iglesias, donde los agotes debían ocupar los últimos bancos, tenían una pila bautismal diferenciada, y en ocasiones una puerta aparte. No se les permitía acercarse al altar a recibir la comunión, y no podían recibir la ceniza en cuaresma. Además sus ofrendas de pan se separaban cuidadosamente de las del resto a fin de no contaminarlas.
Pila benditera especial para cagots
Curiosamente en ocasiones la discriminación les proporcionaba ventajas. Por ejemplo los cagots estaban exentos de realizar el servicio militar y de pagar el impuesto de la talla. Además, como tenían asignados oficios considerados indignos, acababan prestándolos en régimen de monopolio.
El desprecio y la discriminación eran muy reales; las razones para ello no tanto. Para algunos los agotes eran descendientes de los cátaros albigenses. Para otros, de los sarracenos que fueron derrotados por Carlos Martel en Poitiers. El mencionado Caxar Arnaut aporta en sus alegatos una versión libremente adaptada del Antiguo Testamento. Todo empezó cuando el general Naamán de Siría contrajo la lepra y fue curado por el profeta Elíseo. Agradecido, Naamán quiso recompensar a Eliseo, pero este lo rechazó orgullosamente. Sin embargo su siervo Giezi sí los acepto lo que motivó la cólera de Eliseo y la transferencia de la lepra erradicada previamente de Naamán a Giezi. Los agotes, según Arnaut, eran leprosos que descendían de este último (Zihezi), aunque no precisaba de dónde había extraído esta revelación. El asunto de la lepra no parece muy convincente: si los agotes hubieran sido leprosos, no habrían estado conviviendo con sus vecinos sino recluidos en lazaretos. Sin embargo la identificación de los agotes con leprosos es recurrente, aunque ante la ausencia de la enfermedad física se solía aludir a que eran algo así como “leprosos del alma”, malditos por la realización de algún hecho innombrable.
Eliseo rechaza el obsequio de Naamán (Pieter F. de Grebber)
Para los vecinos de los agotes todas estas sutilezas carecían de importancia: venían de fuera, debían ser discriminados y punto. Racionalizaban posteriormente su odio aludiendo a supuestos pactos de los agotes con el diablo, o a que abrasaban la hierba al pisarla con los pies desnudos. A esto añadían motivos variados y con frecuencia contradictorios: los agotes eran taimados, obtusos, viciosos, coléricos, cretinos, zoofílicos, avaros... Estas razones eran intercambiables. Si tanto los odiamos, parecían pensar los vecinos, sin duda debe existir alguna razón.
En los últimos tiempos se ha relacionado a los agotes con los inevitables templarios. Según esta innovadora versión los agotes poseían un conocimiento oculto, extraído del templo de Salomón, que les permitió ser los maestros constructores de catedrales góticas. Además el pie de pato que portaban en sus vestiduras no era una señal de oprobio, sino un signo gnóstico (y aquí vuelven a aparecer los cátaros) que remitía a un misterioso juego de la oca (tal cual) cuyo avance en el tablero permitía desentrañar los secretos del mundo.



[1] Estas transcripciones de pleitos de los agotes provienen del libro “Los agotes. El fin de una maldición”, de María del Carmen Aguirre Delclaux.
[2] La etimología de cagot o cacous es discutida. Para algunos derivaría de “perros godos”, pues según esta teoría se trataba de descendientes de godos arrianos renuentes a adoptar el catolicismo.
Louis le Pelletier deriva el nombre de "caque"  (barrica para almacenar arenque; apócope de casque, en castellano casco), lo que haría una referencia al mal olor. Court de Gebelin asegura que el nombre dado a los cagots  y a los cacous "es el nombre céltico "Caeh", "cakod", "Caffo" que significa  "hediondo", "sucio", "leproso"". Baurein veía que la denominación de "gahet" derivaba del verbo gascón "gahar", que significa engancharse, atraparse, atarse, sin duda, dice él, porque los gahets estaban afectados de una enfermedad que se propalaba fácilmente (Variedades Bordelesas; T. I, pl 258; t. IV, p. 16).


Laboulinière parece tomar la etimología del nombre de los cagots de una lengua africana: "M. Bruce, al respecto de Abisinia dice que el nombre "gafat" viene a decir oprimido, desarraigado, rechazado, expulsado violentamente; y habla de una nacion de tal nombre que parece haber hecho parte de las tribus perseguidas por Roboam, hijo y sucesor de Salomón. Más adelante, habla de otro pueblo condenado a servir a los reyes de los agaazi o de los pastores [En Abisinia] a  causa de la maldición de Canaan, y que de tiempos inmemoriales llevan el agua y cortan la madera" (Viaje a las fuentes del Nilo , tomo II, p.223 y 225). Más adelante, p. 79, Laboulinière se explica así en otra nota: "Lo más probable es que esta nueva denominación de "cagots" sea una alteración de los antiguos y que no haya sido empleada como ellos, sino como signo de desprecio. En la Romagna y Nápoles, se da el nombre de "caffoni" a las gentes de la campiña, las menos civilizadas y más groseras".
Rabelais se sirve frecuentemente del nombre de "cagot" y que acompaña casi siempre de aquellos de "bestia maloliente". La lepra y el mal olor eran dos de los reproches que se le hacían a los cagots.
Pero la más curiosa etimología de esta palabra, es aquella que ha dado recientemente un autor que, nos parece , habría debido evitar, en atención a la gravedad del sujeto. Véase como se explica el Sr. Pierquin de Gembloux en su libro de los dialectos y de la utilidad de su estudio (Historia literaria , filológica y bibliográfica de los dialectos, París, 1841): "En algunas de nuestras provincias los cretinos son llamados "cagots". Vanamente investigué la etimología graciosa de este binomio, ininteligible a día de hoy. Sin embargo esta denominación no figura por primera vez más que en la "nueva costumbre de Béarn" reformada solamente en 1551, mientras que los manuscritos dicen "chrestiaas", es decir aquellos a quienes pertenece el cielo, los pobres de espíritu, los cabezas de familia, los cristianos por excelencia. Ahí podría muy bien estar el origen tan buscado también de "cretino", que tanto se parece a "cristiano".
Pero los nombres que acabamos de enumerar no son los únicos que se les han dado a los cagots; los de la vertiente Meridional de los Pirineos no solo eran llamados "Agotes", sino también "Sistrones" o "Chistrones" ("Ponderaron por afrentosas...y están comprehendidas las que a esta parte hazen las contrarias, llamandolos "Agotes", "Chistrones" y "Leprosos""
[3] Como la señal judía, también estas de leprosos y agotes caen pronto en desuso.
Los cónsules de viarias villas de Languedoc y Guyena consultan al rey Carlos VI, que por patentes de 7 de marzo 1407 renueva las ordenanzas, añadiendo alguna otra sobre cierta especie de leprosos (capots, casots), obligados a llevar marca distintiva. Como los cagots de Languedoc, los de Bearne también habían abandonado la señal. En 1460 los Estados piden a Gastón de Bearne, príncipe de Navarra, que obligue a los cagots a llevar la antigua marca de pata de oca o pato, y ello en el convencimiento de que eran ladres. Un siglo después, 1573, los jurados de Burdeos, que hasta entonces no se habían preocupado del problema, emiten una ordenanza, que no osen salir de sus casas ni entrar en la ciudad sin portar la señal y andar calzados. F. Michel, Histoire des races  maudites de la France et de l’Espagne (París, 1847), recoge testimonios de Oihenart, Florimond de Raemond etc. sobre ordenanzas de entonces, aunque variando la pena (multa, azotes, destierro); 1578, Casteljaloux; 1581, Capbreton; 1592, Espelette; 1593, Labourt; 1604, Soule.