lunes, 29 de julio de 2013

El alumbrado en su sombra (3)


Las jornadas del ‘Peregrino’
'El Peregrino con su libro' (William Blake)
1. La jornada de Montserrat-Manresa
      «Hasta los 26 años de su edad fue hombre dado a las vanidades del mundo, y principalmente se deleitaba en exercicio de armas, con un grande y vano deseo de ganar honra».

La ficha podría ser esta:
Autor:  Ignacio de Loyola
Seudónimo:  ‘El Peregrino’
Edad:  62 (según él, pero se quita años)
Lugar: Roma
Género: Autobiografía
Título: ‘Discurso de su vida’ (o bien, ‘Relato del Peregrino’; o ‘Autobiografía’)
Al ponerse Ignacio a dictar, entra hablando –en tercera persona y sin nombrarle–  de su ‘hombre viejo’, Íñigo de Loyola.  Y entra con pie muy típico de la mentalidad hidalga guipuzcoana de su tiempo. (Inevitable recordar el también autobiográfico ‘Discurso de mi vida’ de Esteban de Garibay, otro memorión narcisista, selectivo, tendencioso, autojustificativo, insincero) [1].
¿Qué le ocurrió a Íñigo en aquella edad todavía juvenil, aunque menos? Lo dice él mismo a continuación: el desastre del castillo de Pamplona, inducido exclusivamente por él,  «contra el parecer de todos los caballeros… Y así, cayendo él, los de la fortaleza se rindieron luego a los franceses».
Esto fue en 1521, siendo así que Ignacio había nacido en 1491, según el cómputo más probable. O sea que, como tantos hombres de su tiempo, no sabía bien la edad que tenía.
Diga pues lo que quiera el gran biógrafo García-Villoslada, con el extraño argumento de que «la memoria de Ignacio fue siempre verdaderamente prodigiosa».  Prodigio sería recordar uno el propio nacimiento. En este punto, la buena memoria sería fiable si se lo contaron bien.
Lo que el santo parece insinuar es que desde entonces se quitó de vanidades. De las militares y de las otras. Porque hasta entonces Íñigo había sido «inclinado a armas y a otras travesuras (sic)… combatido y vencido del vicio de la carne» (Laínez).
Pues de esto también se curó, como vimos.  Y de forma mucho más radical que del apetito de gloria militar. La expresión del mismo Laínez al consocio Polanco no puede ser más gráfica: «Cuasi no siente nada en la parte inferior» [2] Más que de castidad parece estar hablando de frigidez sexual o impotencia.
Sobre la causa de esta mutación, hay para elegir: o bien alguna explicación fisiológica, como la ocena que padecía; o (según el propio Ignacio) una aparición  que tuvo de la Virgen con el Niño Jesús en brazos. Entendido que lo uno no quita lo otro.
Hasta entonces, su piedad religiosa había sido elemental. Por ejemplo: «Cuando se desafiaba, componía oración a Nuestra Señora. Música, ni en viernes ni en sábado no tañó», dice el padre Araoz, un jesuita pariente de Ignacio.
En su larga convalecencia, distraía el aburrimiento y el dolor con fantasías, oscilando de lo devoto a lo profano. Mientras lee vidas de santos le da por retarles a cada uno en su especialidad y campeonato; sobre todo en ejercicios de resistencia física a fuerza de voluntad. Resabios de banderizo vascongado, de aquellos ‘parientes mayores’ cuyo sentido de la vida y la acción era «a quién valía más» (Lope García de Salazar, Bienandanzas y fortunas).
Mas cuando cerraba el mamotreto, la loca de la casa tomaba otros derroteros. En especial su monotema preferido, que le ocupaba hasta
«dos y tres y cuatro horas sin sentirlo, imaginando lo que había de hacer en servicio de una señora, los medios que tomaría para poder ir a la tierra donde ella estaba, los motes, las palabras que le diría, los hechos de armas que haría en su servicio. Y estaba con esto tan envanecido, que no miraba cuán imposible era poderlo alcançar; porque la señora no era de vulgar nobleza: no condesa, ni duquesa, mas era su estado más alto que ninguno destas.»
¿Pero no quedábamos en que la gloria militar quedó atrás? Pues no, si se trataba de remedar las gestas de un Amadís de Gaula y sus caballerías.
Se cree saber que la dama de sus sueños era una de dos bastardas reales   de Fernando el Católico, confinadas en jaula de oro en las agustinas de Madrigal [3]. Probablemente la menor, María Esperanza de Aragón, más pizpireta y movida que la mayor, doña María a secas, la Abadesa. Íñigo pudo conocerlas siendo doméstico del Contador Mayor Juan Velazquez.  Se debe suponer que el amorío fue platónico y tal vez ni declarado. ¿Se debe?
Prendarse de una monja estaba a la orden del día. Y no siempre a lo platónico (sea lo que fuere lo que eso signifique). A propósito, una de las aventuras más quijotescas típicas de Ignacio tuvo que ver con galanes de monjas. Hela aquí, aunque sea rompiendo el orden del relato.

“Ayer converso, hoy reformador..., ¡y de monjas!”
Algo parecido dijo un sarcástico San Jerónimo. No iba por Íñigo, por supuesto.
Fue en Barcelona (1524-1525), en relación con una campaña contra las ‘clausuras abiertas’, todo un oxímoron. Campaña en la que, curiosamente, tomaba parte la misma María Esperanza de Aragón: la agustina de Madrigal, convertida de pronto en reformadora de las clarisas de Pedralbes. Luego la premiarán haciéndola Abadesa de las Huelgas de Burgos, la mayor dignidad eclesiástica que cabía para una mujer en España. Así pues, agustina - clarisa - bernarda, O tempora!
Pues, Señor, he aquí a nuestro archipopular Peregrino, espontáneo entrometido a visitador de conventos. Jerónimas, benedictinas, clarisas… todas van recibiendo la visita de Ignacio.
Algunas monjas se enfervorizaban tras él, como sor Antonia y sor Brígida, de las jerónimas. Otras no querían saber nada. Todo esto no hacía ninguna gracia a otro tipo de visitantes masculinos, demasiado asiduos y poco respetuosos del horario y de la grada.  Íñigo, como siempre, a lo suyo impertérrito.
Lo realmente duro fue con las terciarias dominicas del convento de ‘Los Ángeles Viejos’, comidilla de la ciudad, porque allí muchas monjas tenían un novio por lo menos, se decía. Inés Pujol –o Pascual, por su segundo marido–, la mujer que tenía acogido a Ignacio en su casa, lo comentó, y el santo caballero, mirando por la honra de aquellas mujeres encerradas no siempre por su vocación y voluntad, emprendió una tanda de visitas diarias, plática o sermón incluído, hasta que las hizo recapacitar.
¡Y cómo! Una partida de galanes desairados y frustrados deciden hacerle  un escarmiento. Una tarde, cuando Íñigo volvía de su buena obra, un negrazo esclavo le sale al paso, lo acorrala en un rincón y a golpes de vergajo lo dejó por muerto.
Todo esto lo contará Juan Pascual, el hijastro de Inés. Como también la llorera de su madrastra, cuando unos molineros le llevaron el herido a casa. Y así termina, no menos quijotescamente, su anécdota el buen Juan: «Visitóle en mi casa lo mejor de Barcelona, así de damas como de caballeros, y todos le agasajaron infinito.» [4]
La ‘íñiga’ Inés, toda pesarosa, instaba a su molido huésped a no poner los pies nunca más en los Ángeles. «¿Y qué cosa más dulce para mí, que morir por amor y honor de Cristo y por mi prójimo?» En verdad, que daba gusto oír a semejante hombre. Por suerte, lo de morir no hubo lugar, porque Íñigo dio por terminada su primera formación en Barcelona para perfeccionarse en Alcalá.
Tras el inciso, volvamos ahora al Peregrino en su primera salida y jornada.

Donde el lector o la lectora verá lo que en el texto y figura se contiene
Íñigo, el menor de los Loyola, rompe de hecho con el mayorazgo de la familia, y con el cerebro cargado de lecturas sacras y profanas emprende su primera salida de la casa solariega. Primera etapa: Montserrat. Allí piensa armarse caballero andante espiritual, tras velar sus armas y dedicarlas a la Virgen.
Al efecto, lleva consigo en una mula o cuartago su armadura vestigial: una espada y una daga. Pero lleva también recado de escribir, porque sabe hacerlo y es calígrafo. Escribe y escribirá en su vida muchas cartas, miles de cartas, a personas de su interés, por los motivos más diversos, sin desdeñar el sablazo cuando la necesidad lo pida.
Lleva también muy envuelto un libro en blanco de buen papel, donde va escribiendo despacio lo que se le ocurre de provecho para su nuevo camino interior, con buena letra y hasta con tintas de colores, según materias. Es el embrión de su primera obra maestra, los Ejercicios espirituales. (La otra serán las Constituciones de la Compañía.)
Por el camino se merca un hábito de peregrino, auténtico disfraz o adefesio, compuesto de túnica talar de saco, bordón de palo y calabacilla. No es impostura, porque su idea es viajar a Jerusalén, y surte el efecto de poder pedir limosna sin buscarse problemas.
Aquél avío cumple además para Íñigo la supuesta función de ocultar su personalidad y humillarle, aunque la realidad será que llame la atención de la gente. Y siendo como es persona bastante conocida aquí y allá, todo el mundo termina sabiendo que Loyola, o se ha vuelto loco, o va para santo.
En cuanto al bordón, era casi necesario para su pierna, muy resentida. Muchos peregrinos lo usaban también como espanta perros. No sospechaba que pronto tendría para él una utilidad casi olvidada desde los Padres del Yermo: espantar al demonio.
El Peregrino ya conocía Montserrat, y era conocido de este monasterio, metido a viva fuerza en la reforma de San Benito de Valladolid. En Montserrat dos comunidades paralelas, catalana y castellana, se llevaban a matar, o dicho más piamente, vivían en conflicto interno, mientras de puertas afuera se guardaban las apariencias hasta cierto límite.
Además de velar sus armas y hacerlas colgar en la iglesia como exvoto, el Peregrino hace y repite una y otra vez confesión general por escrito, sin quedar satisfecho, porque ya apunta su obsesión perfeccionista, escrupulosa. Él, que tan aplomado ha sido siempre.
Recibe consejo espiritual, que tampoco le satisface; y lo que aprecia más, cierta orientación de lecturas para su método. En esta etapa, Íñigo procura ponerse al corriente de la literatura espiritual en boga, hasta donde se lo permite su desconocimiento de las lenguas.

Manresa
Tras esto, el Peregrino baja a Manresa por breve tiempo, que se alargará en varios meses. La pequeña y bonita ciudad del río Cardoner es el verdadero punto de partida de su carrera mística, la cuna de su método, los Ejercicios.
Y por supuesto, en Manresa se convierte en espectáculo viviente y semoviente.  
‘El hombre del saco’ (l’home del sac): así llama la chiquillería  al tipo raro, del que diz que si  era caballero de mucha cuenta y mucha renta, aunque ahora es sólo un mendigo cojo y desaseado.  
¿No era una de su fantasías medirse con los santos atletas? Pues esta vez –como bien sospechó Villoslada– le toca el turno con san Onofre, el anacoreta egipcios que cuando le vio san Pafnució le huyó, tomándole por una alimaña [5]:
«No comía carne, ni bebía vino, aunque se lo diesen…  Y porque había sido muy curioso de curar el cabello, que en aquel tiempo se acostumbraba, y él lo tenía bueno, se determinó dejarlo andar así, según su naturaleza, sin peinarlo ni cortarlo, ni cobrirlo…  Y por la misma causa dejaba crecer las uñas de los pies y de las manos, porque también en esto había sido curioso.»
Otras extravagancias, sin embargo, recuerdan más las tentaciones de San Antonio:
«Le acaeció muchas veces en día claro ver una cosa en el aire junto de sí, la cual le daba mucha consolación, porque era muy hermosa en grande manera. No devisaba bien la especie de qué cosa era; … le parecía que tenía forma de serpiente, y tenía muchas cosas que resplandecían como ojos, aunque no lo eran. El se deleitaba mucho en ver esta cosa… ; y cuando aquella cosa le desaparecía, le desplacía dello.» [6]
Una bonita serpiente que daba gusto verla... ¿Qué diantre podía ser? Ni idea. Hasta que, tras aquella otra iluminación espléndida  del río Cardoner (ya mencionada, que «duró un buen rato», en que por ciencia infusa aprendió de golpe más que todo lo asimilado luego «en todo el discurso de su vida»), dice que se puso de rodillas a dar gracias a Dios ante una cruz cercana,


«y allí le apareció aquella visión que muchas veces le aparecía y nunca la había conocido, es a saber, aquella cosa… muy hermosa, con muchos ojos. Mas bien vió, estando delante de la cruz, que no tenía aquella cosa tan hermosa color como solía; y tuvo un muy claro conoscimiento, con grande asenso de la voluntad, que aquel era el demonio; y así después muchas veces por mucho tiempo le solía aparecer, y él a modo de menosprecio lo desechaba con un bordón que solía traer en la mano.» [7]
Conocemos también sus dudas sobre el futuro, sus escrúpulos y miedos, su idea del suicidio:
« Le venían muchas veces tentaciones con grande ímpetu para echarse de un agujero grande que aquella su cámara tenía… Mas conociendo que era pecado matarse, tornaba a gritar: «¡Señor, no haré cosa que te ofenda!»
Con semejante plan de vida, no puede extrañar que «con ser al principio recio y de buena complexión, se demudó totalmente cuanto al cuerpo» (Laínez). En consecuencia, hubo división de opiniones sobre la santidad o locura de aquel ermitaño y troglodita del Cardoner, ‘el hombre del saco’. O ‘el hombre santo’, que replicaban sus fans, laicos y clérigos, pero sobre todo la clientela femenina que allí empezó a reunir: les ‘íñigues’.
En Manresa
«le seguían los ojos de todo lo mejor de la ciudad, y en particular de mujeres honradas, casadas y viudas, que de noche y de día andaban tras él con la boca abierta, muertas por oír las pláticas espirituales que siempre decía, y por ver las buenas obras que hacía» (Juan Pascual) [8].
En los meses (once, tal vez) de Manresa, su primera protectora y discípula, la viuda Inés Pascual, le remite primero al hospital o albergue de Santa Lucía, luego a los dominicos y por último a varias casas de viudas. No vio prudente recibirle en la suya de allí, pero no por el qué dirán, sino «por los reparos de sus propios parientes, con quienes andaba en pleitos» [9] Luego, en Barcelona, será diferente, como ya vimos que le tuvo en casa con el hijastro.
En Manresa sitúa el Peregrino también su encuentro y trato, que ya conocemos,  con otra mujer de más relieve, pero no en plan de discípula sino de maestra: la citada ‘Beata del Barco’. El padre Villoslada, aunque transcribe el pasaje correspondiente de la ‘Autobiografía’, no la identifica o no quiere saber nada de ella. De hecho, sor María de Santo Domingo ni siquiera figura en su nomenclátor.

(Concluirá)
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[1] Esteban de Garibay, ‘Discurso de mi vida’. Bilbao, Servicio Editorial UPV, 1999. Cfr. J. Moya, ‘Esteban de Garibay: Un guipuzcoano en la Corte del Rey Felipe’. Bilbao, RSBAP, 2000. Garibay llama a su relato autobiográfico (o ‘Memorias’) «discurso de mi vida» (O. cit., libro 1, tít. 1; ed. cit., pág. 43; la misma expresión de Loyola, «discurso de su vida», en tercera persona (Autobiografía o Relato del Peregrino, 30).
[2] Carta de 1547; cit. por G.-V., pág. 95.
[3] También se ha pensado en Catalina de Austria, la bella y jovencísima hija de Carlos V. Respecto al convento de Madrigal, EGH padece aquí un lapsus llamándolo «de Santa Clara» (pág. 103), cuando era de Santa María de Gracia y de monjas agustinas, como bien puso él mismo (pág. 52).  
[4] Recoge la historieta el padre Villoslada, que primero ha dicho, al presentar a Juan Pascual (p. 205), «que en su primera vejez le fallaba la memoria»; y el relato que dio de la entrada del santo en Manresa lo califica de «inverosímil y novelesco» (p. 206). En efecto, «los testimonios procesales en orden a la beatificación o canonización de un sujeto siempre son muy sospechosos»; «testigos generalmente ancianos, que hablan de oídas o recogen rumores populares». Sí, padre; pero diga también, testigos debidamente trabajados y aleccionados por los postuladores, en este caso jesuitas o jesuíticos.
[5]  García-Villoslada, pág. 210, nota.
[6]  Autobiografía, 19.
[7]  Autobiografía, 31. El paralelo antoniano es más explícito luego, de viaje a Jerusalén: «En todo este tiempo… parescíale que vía una cosa redonda y grande, como si fuese de oro, y esto se le representaba» (Autobiografía, 44; cfr. ‘Vida de san Antonio’ por san Atanasio, 11-12 : visión de una bandeja de plata (imaginaria), seguida de visión de piezas de oro (reales) en su viaje por el desierto.
[8]  En G.-V., pág. 209.
[9]  Ibíd., pág. 208.

viernes, 26 de julio de 2013

El alumbrado en su sombra (2)


Alumbradismo y dejadismo
Es bien sabido que Loyola estuvo procesado por la Inquisición. Procesado o investigado, no una, sino varias veces y por muy diversos tribunales. Primero fue en Alcalá (1526) y Salamanca (1527); luego en París (1535), en Venecia y Vicenza (1536) y por último en Roma (1538).
Un proceso inquisitorial, en aquellos tiempos, no era cosa grave de necesidad. Cualquiera podía ser víctima de un malentendido, una malquerencia, o merecer un rapapolvo de laevi  por salirse de norma. Pero repetir proceso, y hacerse uno investigar con aparato de testigos, requería cierta vocación de notoriedad y victimismo persecutorio. Sobre todo, cuando uno siempre salía absuelto, y luego misteriosamente desaparecían las actas, o la sustancia de ellas.
Victimismo no del todo aprensivo, ya que los críticos de Íñigo/Ignacio tuvieron nombre y apellido; pongamos, el dominico Melchor Cano (1509-1560). Sólo que crearse enemigos así, tan ruidosos y tan tercos como ineficaces, también es un arte.
La verdad es que a Ignacio en Roma el juego llegó a cansarle, porque sin añadir lustre a su persona, perjudicaba a su negocio de la Compañía. Desde entonces, más de una vez él mismo pasó a la contraofensiva exigiendo depuración de cargos, frente a sus ‘perseguidores’.
¿De qué desviaciones se acusó a Loyola? La más persistente, ser de la ‘secta de los alumbrados’. ¿Secta? Fea palabra. Las sectas muchas veces sólo existen desde fuera, las crean sus enemigos. Y los enemigos de los alumbrados fueron inquisidores ‘contra la herética pravedad’.
Los alumbrados fueron ante todo gente que trataba de convencerse a sí misma de que, por la vía contemplativa, sin trabajo del entendimiento, el espíritu bien dispuesto es capaz de recibir iluminación, uniéndose a la divinidad hasta asimilarse a ella más y más, tal vez hasta la identificación panteística. Aquí ya se traspasaba la frontera de la heterodoxia.
Obviamente esta unión ontológica iba acompañada de otros dones, en especial la penetración intuitiva en los misterios de la fe, como también el don profético, extasis y arrobos, levitaciones y otros fenómenos paranormales.
Tanta ciencia infusa solía ser compatible con una ignorancia olímpica del método expositivo escolástico, y al mismo tiempo con una tendencia compulsiva a la comunicación restringida, al cenáculo, donde las beatas y monjas alumbradas eran reinas del salón.
No pensemos en mujeres bobas ni simples. Muy al contrario, las más influyentes fueron lúcidas y de fuerte personalidad. Un prototipo en tiempos de Loyola era la ‘Beata del Barco de Ávila’, sor María de Santo Domingo, admirada hasta la chochez por varones tan inteligentes como el cardenal Cisneros o el cardenal Adriano de Utrecht, luego papa Adriano VI. Para otros, como don Prudencio de Sandoval, la beata del Barco «fue una embustera notable» [1].
Cuenta Garibay cómo en diciembre de 1515 , con ocasión de la boda de doña Ana de Aragón, nieta de Fernando el Católico e hija del Arzobispo de Zaragoza, su bastardo,  con el Duque de Medina Sidonia, enfermo de muerte el rey en Plasencia,  «uno del Consejo vino a verse con la Beata del Barco, cuyas cosas en este tiempo eran tenidas en Castilla y en toda España por muchas gentes en grande santimonia y veneración, y dixo al Rey de parte de ella, que no había de morir hasta conquistar a Jerusalén. Pero como las cosas por venir reservó Dios para sí solo, assí esta Beata y su falso oráculo erraron, como presto veremos» [2].
Y tan presto: el 23 de enero siguiente fallecía don Fernando en Madrigalejo; tan fiado en la palabra de la beata, que por poco no se dejó morir sin sacramentos. Al parecer, tras abusar de la cantárida como afrodisíaco, ansioso de descendencia en doña Germana de Foix, para remate le sentó mal un guiso de criadillas de toro, con el mismo objeto.
Lo curioso era la variedad de rasero que se aplicaba a beatas alumbradas, como ésta  del Barco, María de Cazalla, Isabel de la Cruz, Francisca Hernández etc., en comparación con visionarias ‘ortodoxas’, como santa Catalina de Sena o la sueca Santa Brígida.
El hecho es que en los primeros tiempos de la reforma luterana florecen en España capillas de alumbrados, que para contarse unos a otros sus experiencias hablan más que escriben, lo que complica precisar cuál era exactamente su ideario.
Muchos eran aficionados a Erasmo de Rotterdam. Solían ser las personas más cultas, y por ende las menos ‘alumbradas’.
La intelectualidad conocía a Erasmo más por su vena satírica, cuyo exponente es el  Elogio de la Necedad (1511). Esta obra y la colección de Coloquios familiares, con piezas no menos corrosivas, eclipsaron su faceta religiosa, representada por el Enquiridio del Soldado Cristiano (desde 1503).
Esta obrita ascético-mística, hoy del todo olvidada, fue de lo más leído de Erasmo. Muy discutida por su enfoque naturalista y liberal del fenómeno religioso, circuló en ediciones y traducciones, casi todas expurgadas o censuradas, aunque por las muestras que han quedado se ve que no era tan fácil pillar al holandés en renuncio.
El artículo de A. Márquez, ‘Alumbrados’ [3] habla de estos grupúsculos, a menudo palaciegos al amparo de nobles devotos, títulos y Grandes de España, que les daban cobijo. Por donde se ve que no poca gente, más lista que preparada, se había hecho del alumbradismo un medio de vida. Y en el gremio no podía faltar nuestro Íñigo, el perseguido  de Alcalá y de Salamanca.
El Íñigo procesado en España  alguna idea tenía de Erasmo, aun sin conocer bien el Enquiridio, que no se publicó en castellano hasta 1528. Y cosa rara:
Según el jesuita Ribadeneira, cuando Loyola estudiaba rudimentos de gramática latina en Barcelona, en 1524, varias personas le recomendaron (y entre ellas su confesor) hincarle el diente al Enquiridio en latín, como lectura de provecho espiritual y modelo de estilo. Así lo hizo —tal vez con ayuda de alguna traducción manuscrita castellana, sugiere EGH (pág. 151)—, siempre según su método de sacar apuntes para más fijar la atención.
«Pero advirtió una cosa muy nueva y muy maravillosa» (prosigue el biógrafo), y es que nada más abrir el libro y ponerse a leer se le enfriaba la devoción, y cuanto más leía más se enfriaba. Total, que «a la fin echó el libro de sí, y cobró con él y con las demás obras de este autor [Erasmo] tan grande ojeriza y aborrecimiento, que después jamás no quiso leerlas él, ni consintió que en nuestra Compañía se leyesen, sino con mucho delecto y mucha cautela».
Tome cada uno como le parezca la extraña noticia de este antierasmismo institivo y visceral, cuando el modelo de ‘soldado cristiano’ que propone Erasmo no tenía por qué chocar para nada a Loyola.
Erasmo, por Erasmo
La tradición jesuítica en general minimizó el influjo de su aborrecido burlón –el ‘Luciano Holandés’ le llamaban–, y aquí la conseja biográfica anticipa una situación muy posterior, cuando el descrédito de Erasmo le vino bien a la Compañía para alzarse ellos con buena parte de los despojos.
Curiosamente, el verdadero manual ascético de Íñigo desde la etapa de Barcelona —siempre según Ribadeneira— fue La Imitación de Cristo (atribuida a Tomás de Kempis), «cuyo espíritu se le embebió y pegó a las entrañas». Curioso, sí, porque da la casualidad de que  Erasmo se formó precisamente entre los Hermanos de la Vida Común, donde floreció Kempis y la Imitación.
Por lo demás, si se comparan las influencias respectivas del Soldado Cristiano y de los Ejercicios, aquí san Ignacio vence en toda la línea, entre otras cosas porque a Erasmo no le interesó el control de las personas, clave de la estrategia del jesuita.
Para cerrar esta idea sumaria y necesariamente confusa del alumbradismo, recojo la referencia de Márquez al Edicto de Toledo de 1525, que fue como un primer clarinazo sobre la existencia de un ola de errores de nuevo cuño. Lo malo es que los redactores del mismo se embarullan en su lista de 48 proposiciones, la mayoría heréticas según ellos, aunque sólo dos luteranas y otras dos como ‘begardas’ (?), el resto vaya usted a saber.
¿Y el dejadismo? Era consecuencia lógica de un alumbradismo radical. Si el alma iluminada es poseída por la divina gracia, cada vez le será más difícil pecar. No digamos, si realmente se llega a la unión transformante, porque entonces el pecado se convierte en un imposible metafísico.
Por descontado, la carne mortal sigue siendo débil, sujeta a los dictados de la concupiscencia. Pero al alma dichosa ya todo eso no debe importarle, porque no va con ella. Lo que tiene que hacer el místico (o la mística) es abandonarse, ‘dejarse’, pues en su estado impecable hasta los movimientos del apetito carnal contribuyen al desposorio con Dios.
Por aquí ya nos metemos en un auténtico jardín. Jardín incluso de delicias, cuya estética escapaba por completo a la idiosincrasia de los inquisidores, siempre proclives a ver lo más oscuro de la condición humana.
Pero dejémonos de teoría y vamos a lo práctico: ¿Fue Loyola un alumbrado? Y de haberlo sido, ¿se le pudo acusar de dejadismo?
La Iñigología jesuítica jamás admitió lo primero, y es novedoso que EGH le dedique todo un capítulo, aunque escriba vida «alumbrada» entre comillas.
«Ignacio habla de alumbrados en carta escrita en 1545 al rey portugués Juan III, pero para negar todo contacto con ellos» (pág. 17). Dicho así, es una licencia retórica muy generosa, porque «en sus años cortesanos en Arévalo y Nájera (1506-1521)… y luego en Manresa (1522), trabó conocimiento y se relacionó con personas que más tarde fueron acusadas de alumbradismo o simpatizaban con esa tendencia… » (págs. 18-19).
Licencia retórica, que además es indemostrable, porque como queda dicho, la documentación procesal falta. Y falta porque se hizo desaparecer; porque el confidente jesuita padre Nadal aseguró que él disponía de las actas de Alcalá y Salamanca (pág. 18).
Pero no sólo han desaparecido papeles procesales. En vida de Ignacio, sus compañeros compilaron sinfín de apuntes sobre su persona: Nadal, Laínez, Polanco, Ribadeneira, Cámara, etc., incluso la amiga de Ignacio Isabel Roser. Muchos de aquellos  papeles se escribieron al dictado del fundador.
Pues bien, cuando Francisco de Borja se hace con la Compañía, como 3º General de ella, su primera preocupación es retirar tanto manuscrito, mientras Ribadeneira escribía la única biografía oficial. «El propio Borja exigió a Nadal que entregara sus papeles, pero la respuesta de éste fue bien dura: no daría nada, hasta que se publicara la biografía por Ribadeneira» (EGH, pág. 19).
De todo aquel acervo biográfico, ¿adivinamos qué manuscritos fueron los más recogidos y censurados? ¡Exacto! Los de la Autobiografía ignaciana. De hecho, Ribadeneira fue alargando y alargando su trabajo, hasta que prácticamente todo lo ajeno se retiró de circulación. Y como Ribadeneira gozó de una longevidad matusalénica, al final se quedo él solo con la última palabra.
El testimonio de Melchor Cano. Uno de los adversarios más enconados de Ignacio fue el teólogo dominico y obispo dimisionario de Canarias, Melchor Cano. Sin que sepamos bien sus motivos profundos, el hombre se tomo en serio seguir los pasos del vasco para desmitificar la hagiografía que se le estaba escribiendo en vida.
«En 1554 declaró públicamente que la Compañía era “la Orden de los Alumbrados”.» «De Íñigo sé cierto –escribió a un amigo– que se fue huyendo de España y le habían empezado a hacer procesos cuando lo de los alumbrados.» (Págs. 22-23). Y en fin, metiendo en el mismo saco a gentes que solían andar entonces bastante juntas, anotó: «A esta Orden se llega gente ambiciosa, a saber, judíos o vizcaínos, los cuales en esta orden se han amigado».
No tomo partido por Cano, tampoco defiendo a sus contrarios. Descalificaciones aparte, en el año de Manresa (1522-1523), bajo el influjo de la ‘Beata del Barco’, Íñigo tuvo una crisis de escrúpulos, dudas y desesperación, con obsesiones de suicidio. Otras veces tenía visiones consoladoras, que le ilustraban los misterios de la fe  mediante formas geométricas y resplandores, muy en la línea alumbrada, es decir, incomunicable. Por eso, aunque tuvo un alumbramiento sobre la Trinidad, tan rico que hasta se puso a escribir un libro, San Agustín y los demás doctores trinitarios no tienen nada que temer de Ignacio: la obra se quedó en proyecto. Y es que mirando mandalas no se resuelven los enigmas teológicos.
También veía a menudo, a su manera abstracta, a Cristo en la Eucaristía y de otras formas; visiones que, según EGH, le «fueron inspiradas y sugestionadas por la Beata». (Pág. 128). En fin, por si fuese menester más prueba de alumbradismo, he aquí dos perlas,  sobre tales visiones e iluminaciones:
Una es del propio Ignacio en la Autobiografía: «Si no hubiese Escritura que nos enseñase estas cosas de la fe, él se determinaría a morir por ellas, solamente por lo que ha visto». La frase, de corte alumbrado impecable, podía valer por un desafío al Edicto de 1525 contra los alumbrados. Pero no fue ocurrencia pasajera, pues muchos años después seguía en lo mismo, según Laínez, su sucesor en el Generalato:
«Acuérdome de haberlo oído decir al Padre Maestro Ignacio, hablando de los dones que que nuestro Señor allí le hizo en Manresa, que le parece que, si por imposible, se perdiesen las Escrituras y los otros documentos de la fe, le bastarían para todo lo que toca a la salvación la noticia y la impresión de las cosas que Nuestro Señor en Manresa le había comunicado».
Pero dado que estas experiencias siempre tienden a más, hizo falta una revelación suprema –la Eximia illustración, como la llamó el padre Nadal–. Un día de agosto de 1522 a orillas del Cardoner, un Íñigo exhausto, inestable y a punto de enfermar gravemente, padece «una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas…, como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto».
Así lo comunicó él a sus ‘íñigas’, encantadas ellas. Años más tarde también se lo contará a  sus jesuitas. Los cuales, en su peculiar exégesis, entenderán el fenómeno psíquico como la revelación por Dios a Ignacio de las dos cosas más importantes «desde que los Apóstoles anduvieron por el mundo hasta hoy» –por usar una expresión de Garibay–, a saber: la Compañía de Jesús y los Ejercicios espirituales.
(Continuará)
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[1] Historia del Emperador Carlos V, Amberes, 1681, parte I, pág. 35; Lib. I, % 59.
[2] Compendio Historial,  Barcelona, 1628, t. II, pág. 804, lib. 20, c. 23.
[3] En la Enciclopedia de Historia Eclesiástica de España, EDHEE (Q. Aldea & al., dirs.). Madrid, CSIC, 1972, 1: 47-50.

EGH: Enrique García Herrán, Ignacio de Loyola, Taurus, 2013.