El lunes 22 de abril tomé el autobús Madrid-Bilbao de las 14 horas. A mi lado se acomoda una joven que a primera vista me parece semipunk, por las áreas parietales rapadas y un como boceto de cresta, pero sin mayores argumentos para un indocumentado como yo. Imaginé a una trotamundos ligera de equipaje, mientras echaba un vistazo al correo, antes de ponerme a dormitar, como acostumbro.
Andaríamos por Somosierra, cuando me di cuenta de que mi vecina entablaba por teléfono una conversación que le duró creo que hasta Aranda. El volumen de voz era el justo para no interrumpir mi duermevela, y a la vez transmitirme fragmentos de un discurso reiterativo. El timbre era ligeramente ronco, y eso sí, la entonación rebosaba franqueza y una sana seguridad en sí misma.
No entro en detalles de la conferencia, y no por discreción, sino porque realmente no suelo escuchar lo que no me concierne. Por lo oído supe que la joven había pasado una temporada en el norte de Navarra, en un curso de formación, y que disponiendo ahora de cierta ayuda de costa, su próximo destino era ampliar estudios en Viena.
Ni que decir que una persona así era como para caer simpática. Pero hubo un detalle que me chocó: citando diversos topónimos vascos, todos ellos los pronunciaba en riguroso vascuence impostado. Ella no había estado en Navarra, sino en Nafarroa, donde salieron a relucir Lekunberri (no Lecumberri), Lesaka, Leitza (no Leiza), Iruña (no Pamplona), Iparralde… y por supuesto, Bilbo. Por ella supe que íbamos a Bilbo; ella para tomar el avión en el aeropuerto de Bilbo, y dale que te Bilbo.
Así, por tan leve indicio, y sin perder un punto en mi estima una señorita tan animosa, tuve la sospecha de estar viajando en compañía de una practicante aberchale. Nada de particular, pero que me intrigó, porque algunas piezas de lo oído no me cuadraban.
A todo esto llegamos a Lerma, con parada y fonda de 30 minutos. Casi todo el mundo bajamos, salvo un par de personas negras (¡lo que viaja esta gente!) que siguieron en sus asientos.
Desde mi mesa, con un bocadillo y un café, veo a mi vecina sentada en un taburete alto tomando lo suyo. Fue entonces cuando observé, arriba de su cabeza, colgados del techo unos cartelones de anuncio con textos en inglés, francés, español y, en letra algo más chica, en eusquera.
En las tres primeras lenguas, los textos decían lo mismo: «No olvide hacer sus compras en nuestra tienda». El cuarto discrepaba en un matiz: «No olvide sus compras en nuestra tienda»: Ez ahaztu gure dendan zure erosketak, si mal no recuerdo.
A la salida se lo comento a la cajera. Ni se había fijado en los carteles, colgados la semana anterior «por los de la San Miguel». Nos reímos un poco sobre la diferencia sutil entre ‘olvidar comprar’ y ‘olvidar lo comprado’ en una tienda –«¡la de cosas que se dejan, no lo sabe usted bien!»–, y eso fue todo.
De nuevo en marcha, aquello me pareció buen pie para pegar la hebra con mi navarrica. Tampoco ella había reparado en los carteles. Y aunque hubiera, pues de vasco no entendía nada. Resultó que era toledana-manchega, de los Montes de Toledo, lindando con la Mancha.
Resultó también que la chica tenía una ganas enormes de conversación. Muy espontánea, era de las que te dan con la mano en el antebrazo, y aun con las dos, como expresión comunicativa.
Me contó un poco de su vida. Había tocado algo de Arte, que dejó para ser guía turística en su tierra. Comarca maravillosa, por cierto, aunque la conozco poco y de paso. El Parque Nacional de Cabañeros le despertó un interés, que tras su experiencia en Nafarroa pensaba completar en Austria.
–¿Por qué Austria, y no Osterreich? ¿o Wien, en vez de Viena?– bromeé.
–No le entiendo…
Y claro que me había entendido. De tonta, ni un pelo.
–Mujer, si hablando en castellano dices Nafarroa y Bilbo… Lo de Bilbo sobre todo. Es que ni en vascuence le veo fundamento, salvo como forma coloquial entre aldeanos de Munguía…, vamos, la zona del Aeropuerto. ¿Qué es eso de que Bilbao no es nombre vasco? Tan vasco como castellano, y todavía estoy por conocer a nadie que se apellide Bilbo, o Fulanito de Bilbo. Sencillamente porque Bilbo es un coloquialismo. Todo lo simpático que se quiera, pero una deformación coloquial, un mote.
¡Toma Belosti! La chica, muy seria, ¡me prometió enmendarse! No, por Dios, si a mí me daba igual. Sólo que me parecía que sus mentores navarros (o lo que fuesen) eran unos doctrinarios. Porque, por supuesto, allí todo lo aprendió en castellano. Todo, menos la toponimia sagrada, ‘los santos lugares’.
Bueno, la toponimia, y algo más. Me dijo que todo el mundo la había tratado muy bien –también es verdad que ella hizo todo su posible por asimilarse–; pero entre veras y bromas, para ellos era siempre ‘la Española’.
Todavía un par de veces se le escapó el ‘Bilbo, perdón, Bilbao’, nuevo motivo de chanza. ¡Pero hay qué ver con qué saña machacan el hierro dócil los aberchales!
–Amiga mía, si un día decide usted quedarse en Bilbao, será bienvenida y una bilbaina de pro. Pero no le dé vueltas, para cierta gente usted no será jamás una de los suyos.
–La verdad, esa misma impresión saqué yo.
Nos apeamos, le indico
el bus al Aeropuerto. Ella (no sé su nombre) pensaba hacer noche allí mismo y volar de mañana. Amiga mía, en Viena o donde fuere, tiene usted buenas bazas para ser feliz.
Pues que lo sea. Y si, como usted se prometió a sí misma, lee ‘Belosticalle’,
reciba este cordial saludo desde Bil… bao.





