jueves, 14 de marzo de 2013

“¿Cómo quieres ser llamado?”







«Quo nomine vis vocari?»

 A esta pregunta tan simple y anodina, tecleada en latín, en menos de ¼ de segundo responde Google con 23.700 resultados.
Ha sido la gran pregunta,  ayer y hoy: quién será y cómo se llamaría el inminente papa.


Sería divertido saber también con cuántos posibles nombres de posibles e imposibles papas han ensoñado despiertas las cabezas de los señores cardenales. En primera persona, naturalmente.

–«¿Aceptas tu elección canónica para Sumo Pontífice?»
–«¿Con qué nombre quieres ser llamado?» 

 La respuesta sustantiva –«acepto»–, convierte al elegido en Papa. Viene luego la pregunta adjetiva, «¿con qué nombre?».
Nos parece la cosa más natural que a los nuevos papas se les cambie el nombre de pila. Es tradición antigua, que incluso se quiere arrastrar hasta el principio, cuando Jesucristo a su primer vicario le cambió el Simón por Pedro. Es forzar las cosas. Empezando porque en aquellos primeros tiempos no había propiamente ‘papas’ ni papado; como tampoco hubo esa tradición .

Mercurio/Juan II (533). El cambio de nombre de un papa romano se registra por vez primera en el siglo VI. Fue curioso, y hasta podría hablarse de cierto despiste del Espíritu Santo.
En octubre de 532 muere Bonifacio II. Le cupo el discutible honor de ser el  primer papa ‘no santo’, sin duda por la corrupción que rodeó su nombramiento y por su mal gobierno en menos de dos años que ocupó la sede. Su peor abuso habría sido la pretensión de crearse sucesor, en la persona de un diácono de su cuerda.
En realidad, nadie ha explicado nunca por qué un papa no puede nombrar al que le siga. El papa tiene poder absoluto en la Iglesia y sus decretos no mueren con él. Si puede dictar normas para que un cónclave futuro nombre papa, bien podría (siquiera en casos especiales) hacer la designación él mismo. Creo que hay algún ejemplo. Y con más razón, si renuncia, ¿por qué no podría entregar él mismo a otro las llaves de Pedro?
No sé si Bonifacio era de la misma opinión. Por si acaso, no fue eso lo que hizo, designar él a dedo, sino algo más atravesado. Juntó un concilio en San Pedro, y allí como papa blindó el nombramiento, forzando o comprando firmas y juramentos. Esto último sí que estaba feo, pero tampoco era lo nunca visto.
El Senado Romano y la corte de Rávena vieron que se les escamoteaba la elección –mal precedente–, y replicaron obligando a repetir el concilio. Parece que el papa se volvió de su acuerdo.
Muerto Bonifacio, tras dos meses y medio de sede vacante, sale elegido un modesto cura de la basílica de San Clemente. Sólo un problema: el buen sacerdote se llamaba Mercurio. O Mercurial, vaya usted a saber. A la gente le daba la risa. En todo caso, nombre malsonante de un dios pagano. Se lo cambió por Juan: Juan II (533-535).

Casos dudosos. Siendo tan especial el motivo, aquella novedad no hizo ley. Los papas sucesores (san Agapito I, san Silverio, Vigilio, Pelayo o Pelagio I) siguieron conservando el propio nombre. Hasta 561, en que un tal Catelino figura en lista como papa Juan III (561-574). Sólo que lo de Catelino tiene toda la pinta de mote, y el electo tal vez se llamaba realmente  Juan. Mucho más serio que esa minucia fue que en su papado empezó la terrible invasión de los lombardos sobre Italia (desde 568).
No más claro es el caso de su sucesor Benito o Benedicto I (575-579), que quizá se llamaba Bonoso. Nada se sabe de él, sólo la hambruna terrible que asoló el país, entre correrías lombardas y escaramuzas bizantinas.

Octaviano/Juan XII (955). El segundo cambio seguro de nombre fue el de Juan XII (955-964). Su nombre era Octaviano, hijo de Alberico II y nieto de Alberico I y de la Marozia. Alberico (Jr.) era también hermanastro del difunto  papa Juan XI (931-935), hijo de la misma Marozia cuando fue amante del papa Sergio III (904-911), antes de dejarle ella para casarse con Alberico padre. Eso al menos es lo que  contó el cronista Luitprando de Cremona, maldiciente reconocido, pero creído en este caso por los doctos historiadores eclesiásticos César Baronio y Andrés Duchesne. Y en verdad, no era cosa inaudita, en aquel ambiento corrupto, que el cardenal historiador Baronio llamó la ‘pornocracia’.  
Alberico II se había hecho el amo de Roma (932), a título de ‘Príncipe y Senador de todos los Romanos’, hasta su muerte (agosto de 954). Sintiéndose morir, convocó a la nobleza y clero ante el altar mayor de San Pedro y les hizo jurar que a la muerte del papa viviente, Agapito II, nombrarían sucesor a su propio hijo Octaviano. Éste debía de tener entonces unos 17 años.
El mismo año muere Agapito (diciembre 954) y, en efecto, eligen a Octaviano. Sin embargo pasa un año hasta que se le consagra papa (diciembre 955), seguramente mientras recibía alguna preparación eclesiástica. Con tal ocasión se impuso, o le impusieron, el nombre de Juan. Dicen que si fue por el escrúpulo de llamarse un papa por el mismo cognomen que usaron  los paganos Julio César y el emperador Augusto. Colar el mosquito y tragarse el camello: Octaviano/Juan continuó haciendo su vida de seglar –ahora más a lo grande–, y siguiendo tradición de la familia, «instalado en el palacio papal de Letrán lo convirtió en un burdel surtido de beldades y efebos».
El emperador Calígula había nombrado cónsul a su caballo. Sin llegar a tanto, Juan XII ordenó de diácono a su caballerizo. Bien es verdad que lo hizo estando los dos bebidos. Pasada la resaca, el mismo papa, para recompensar a otro favorito, un adolescente, no vio cosa mejor que hacerle obispo.
Por lo demás, no creamos a pie juntillas todo lo que se dijo de este papa, pues en aquellos siglos bárbaros la corrupción y la calumnia alla se iban.   
Tiempo después (noviembre de 963), el emperador germánico Otón I el Grande (962-973), dueño de Roma, convocó en San Pedro un concilio para juzgar por felonía a Juan XII. Ya se sabe que antiguamente en tales procesos  salían en autos los trapos más abigarrados, con tal que estuviesen sucios, y toda suerte de crímenes, incluso contradictorios, siempre que fuesen horrendos. Juan, que estaba huído en Córcega, fue condenado en rebeldía, depuesto y sustituido por León, un funcionario laico que se tituló León VIII.
A todo esto, Juan XII desde la isla movía sus palillos, y por habilidad o por suerte, en ausencia de Otón, logra volver a Roma en plan tirano. Por poco tiempo. Sólo tres meses después (14 de mayo 964), un demonio íncubo celosillo le pilló en la cama con Estefaneta, una mujer comprometida suya por pacto diabólico. Eso amén de otro pacto matrimonial que ella tenía con su marido,  pues era casada. Hubo, pues, quórum y cornamenta bastante para explicar cómo el Octaviano salió despedido por una ventana.  ¿Qué quién lo dice? Siempre Luitprando. Según otros, el papa murió de apoplejía. Ahora bien, ¿es incompatible lo uno con lo otro?
Sea como fuere, la muerte libró a Octaviano de la cólera de Otón, quien de vuelta a Roma repuso a su León, antipapa-papa. Éste conservó su nombre, y así otros pontífices hasta el año 983.

Pedro/Juan XIV (984). Si hasta entonces las mudanzas fueron para mejor –la de un nombre pagano u otro cristiano, o de un apodo a un nombre serio–, esta vez fue justo al contrario. Por primera vez en tantos siglos un electo papa se llamaba Pedro. Un respeto. San Pedro, el primer papa y obispo de Roma, no debía tener segundo. Pedro de Pavía pasó a llamarse Juan XIV (984-984).
Desde entonces, el cambio de nombre se hizo regla no escrita, como significando que el hombre-papa vuelve a nacer. Renacimiento, o si se quiere, apoteosis.

Curiosidades. El nombre elegido puede ser arbitrario. A veces es  gratitud a otro papa que le ayudó, devoción personal, moda del tiempo, incluso fantasía.
Hemos visto cambios de nombres por ser paganos. Pero el caso inverso también se habría dado, si es cierto que Rodrigo de Borja se hazo llamar Alejandro VI (1492-1503) en honor de Alejandro Magno. Y por Julio César el cardenal Julián della Róvere se llamó Julio II (1503-1513).
También parece que  Eneas Silvio Piccolomini se hizo llamar Pío II (1458-1464) por alusión al pius Aeneas de Virgilio.
       A Pío II sucedió el veneciano Pedro Barbo (1464). Lo lógico habría sido ponerse Eugenio V, siendo como era sobrino de Eugenio IV, que le hizo cardenal a los 20 años por nepotismo puro. Sin embargo, todavía a sus 46 años el electo era muy galán y presumido. Así, al preguntarle por el nombre, dijo que Formoso, es decir, Hermoso. No era nombre nuevo, pero tampoco tenía sentido –fuera del ridículo personal–, ya que el único papa Formoso (891-896) fue una de las figuras más trágicas del Papado, con aquella escena de su momia desenterrada, juzgada y degradada por su enemigo y sucesor Esteban VI en el macabro ‘Concilio del Cadáver’ (febrero de 897). Quitada la idea, quiso llamarse Marcos; pero eso era demasiado mentar a Venecia y su grito guerrero. Finalmente se conformó con ser Pablo o Paulo II (1464-1471).
Así pues, Formoso sólo hubo uno. De esos papas ‘unicos’, el último hasta ayer era Cristóbal I (903), si es que fue papa, pues la lista oficial no le reconoce.
Tampoco es probable que san Pedro deje de ser único, por un tabú muy explicable, que además lo confirma la supuesta ‘Profecía de San Malaquías’: con Pedro II vendría la destrucción de la Urbe de las Siete Colinas. Demasiada responsabilidad, por muy apócrifo que sea el anuncio.
Sixto no suena mal; pero, como previó Guiseppe Belli en uno de sus sonetos romanos,  Sixto V  lo dejó imposible:

perché nun ce po’ esse tanto presto
un antro papa che je piji er gusto
de méttese pe’ nome Sisto Sesto.

(porque no puede ser que haya tan presto
un otro papa que le pille el gusto
a ponerse por nombre Sixto Sexto.)


Jorge Mario/Francisco. El nuevo papa Jorge Mario Bergoglio estrena nombre: Francisco I. Dicen que por Francisco de Asís, santo italiano y enamorado de la pobreza. ¿Seguro? Con un jesuita nunca se sabe, tal vez esa devoción sea indirecta. Sus consocios Francisco Javier y Francisco de Borja, después de todo, también se llamaron así por el mismo santo de Asís.
Larga vida a Su Santidad Francisco I.

Donde los papas pueden llorar un rato
Es la hora de mostrar en público al triunfador y revelar al mundo su nuevo nombre. Todo por sus pasos. La renovación de Papa se ajusta a un programa y ritual de normas escritas, más otras optativas, consuetudinarias o improvisadas. Con su parte de teatro.
Ha sido muy corriente que el ya papando, antes de la votación decisiva, ofrezca al sacro Colegio un espectáculo, suplicando con lágrimas a sus electores que no descarguen tamaño peso sobre sus frágiles hombros y piensen en otro papable. Algo así se destapa ahora del cardenal Bergoglio, en su competición con Ratzinger (2005).
No menos frecuente ha sido en la Historia de los Papas otra escena melodramática, con aspavientos de horror y abatimiento, declarándose el electo  indigno, entre genuflexiones, conjuros y lloros, según el temple y virtuosismo de cada cual. Y eso incluso en casos de apetito notorio a una dignidad buscada por todos los medios, simonía incluída. Por supuesto, eran otras épocas.
Pues hablando de llanto. Se entiende que la investidura de una dignidad como la de Vicario de Cristo puede acumular tensión emocional. Para su descarga hay prevenida en la Sixtina, a la izquierda de la cabecera, una pequeña sacristía llamada Camera lachrimatoria. En ella se encierra el nuevo papa el tiempo necesario para serenarse, antes de darse a conocer en el balcón de San Pedro.
Al efecto, la cámara dispone de una  chaise longue, una tumbona más bien hortera, tapizada en rojo, para que la descarga emocional se realice en la postura que resulte más cómoda. Un espacio bastante prosaico, por lo demás,  donde lo más notable que se ofrece a la vista del nuevo papa es la triple versión de las vestiduras papales en tres tallas diferentes. Porque tras el reposo más o menos húmedo, la ‘cámara de las lágrimas’ se convierte en un probador, donde el sastre pontificio remata su obra lo mejor que puede, para el gran espectáculo:

«Annuntio vobis gaudium magnum… »  
Tras el llanto, el gozo. Y a partir de ahí, el calvario.



martes, 5 de marzo de 2013

Eloísa debajo de sus velos




Íncipit de la 'Historia calamitatum' de Abelardo






       En el Roman de la Rose
Empecemos por la versificación de Juan de Meung en el Roman de la Rose. La tirada  no será un modelo de finura artística –mi traducción mucho menos–, pero la sustancia es fiel y bien elegida. Téngase en cuenta que el Cojitranco (Clopinel) escribe hacia 1280,  con perspectiva ya muy cambiada, pero aun así más próxima que la nuestra. 
La cita se inscribe, y eso aumenta su vis cómica, en el Razonamiento de una Marido Celoso que busca munición en contra del matrimonio. El tipo terminará confesando que este caso no lo entiende, ni cree que mujer tal haya existido. Salvo que los libros la hayan trastornado de su condición femenina (que para él no tiene secretos), «car certes se Pierres la creust / Oncques espousée ne l’eust» (pues si  Pedro la hubiese creído, jamás quisiera ser su marido). [1]


Pierre Abayelart or confesse
que seur Heloyse l’abesse
du Paraclit, qui fu s’amye
accorder ne si vouloit mye
pour rins qui la tenist a fame.
Ainsi li fasoit la bonne dame,
bien entendant et bien lectree
et bien amant et bien amee,
argumens pour li chastier
qu’il se gardast de marier ;
et li provait par escriptures
et par raisons vives et pures
condition de mariaige
combien que li fame soit saige,
car les livres avait bien leuz,
bien estudies et bien veuz,
et li murs femenins savait,
car testous en lui les avoit,
et requeroit que il amast,
mes que nul droit ne reclamast
fors que de grace et de franchise,
sans seignorie et sans mestrise,
et qui puet bien estudier
tout seul tout franc, sans soi lier,
et quil entendist a l’estuide
qui de science n’est pas vide,
et li redisoit toutes voyes
que plus plaisans ieres les joies
et li solas plus en cressoient
quant plus atart s’entreveoient.

Mes il si com escript nous a,
qui tant l’amait, puis l’espousa
contre son amonnestement
si li en mescheut malement
car puisque furent, ce mensemble,
a lacort d’embedues ensamble
d’Argentoil nonnain revestue,
fu la coille a Pierre tolue
a Paris en son lict de nuis,
dont moult ot travax et anuis,
et fu pour celle mescheance
moines a Saint Denis en France,
puis abbes d’un autre abeïe,
puis apres fonda en sa vie
une abeïe renommee
qui est du Paraclit nommee,
dont Heloys si fu abesse
qui devant iert nonnain professe.

Elle meisme nous le raconte
et escript, et n’en ot pas honte,
a son ami que tant amoit,
que pere et signor le clamoit,
une merveilleuse parole
que moult de gent tendront a fole,
et est escript en ces espitres
qui chercheroit bien les chapitres,
et li manda par lettre expresse
depuis ce quelle fu abesse
en celle forme gracieuse,
como fame bien amoureuse :

«Se l’Empereur que est a Romme,
soubs qui doivent estre tout homme
me daignoit vouloir prendre a fame
et faire moi du monde dame,
si vorroie je mieux ce dist elle,
et Dieu a temoin apelle,
etre ta putain apelee
qu’estre emperiere clamee.»
Pedro Abelardo nos confiesa
que sor Eloísa, la abadesa
del Paráclit0, que fue su amiga,
en menos tuvo que una higa
ser su mujer en mala hora,
y así le hacía la señora,
bien entendida y bien letrada
y buena amante y bienamada,
argumentos por le enseñar
que se guardase de maridar;
y le probaba por escrituras
y por razones vivas y puras
la condición matrimonial,
siendo mujer intelectual
y al mismo tiempo inteligente,
de muchos libros gran leyente
que de mujer las mañas sabía,
pues en él probado había,
exigiéndole que la amase
mas no derechos reclamase,
sino de gracia y por favor,
sin ejercer de amo y señor;
así podría bien estudiar
soltero y libre sin se atar,
a sus estudios aplicado
si se quería aprovechado;
repitiéndole en mil guisas
ser mucho más dulces las risas
y los solaces más crecieran
si más de tarde en tarde se vieran.

Pero él, y escrito lo dejó,
tanto la amó, que la desposó
contrariando su advertencia;
de ello sufrió la consecuencia,
porque estando, y yo me fío,
ambos de acuerdo en el monjío,
 en Argentol ella enropada,
fuele a Pedro la bolsa cortada
en París con nocturnidad,
preludio de su adversidad,
siendo por esta resultancia
monje en San Dionisio de Francia;
luego fue abad de otra abadía;
más luego aún, fundó en su día
una abadía renombrada
que del Paráclito es llamada,
donde Eloísa fue abadesa,
desde anteayer monja profesa.

Ella misma nos lo cuenta
y así lo escribe sin afrenta
a su amigo, al que tanto amaba,
que padre y señor le aclamaba,
este dicho que tanto choca
y muchos la tendrán  por loca,
aunque figura en cartas ciertas,
si sus capítulos bien aciertas,
y le envió por posta expresa
tiempo después, siendo abadesa,
con expresión harto agraciada
muy de mujer enamorada:

«Si un día el César que allá en Roma
del universo imperio toma
me propusiera su mujer,
primera Dama del mundo ser,
preferiría (eso asegura
poniendo a Dios por cobertura)
antes tu puta ser llamada
que emperatriz verme aclamada. »


1. Edad de Eloísa
Abelardo nació en 1079 para morir en 1142, relativamente joven pero muy gastado. «Hecho una llaga en carne viva, consumido por la sarna», según el Abad de Cluny Pedro el Venerable, en carta Eloísa su viuda. Pero la sarna de entonces era bastante vaga y multiuso para diversas enfermedades cutáneas, siempre mal vistas.
¿Cuántos años se llevaban? Desde el siglo XVII la tendencia ha sido rejuvenecer a la amante, hasta hacerla casi una quinceañera, al gusto romántico. Una cronología más prudente sería: Eloísa (h. 1085/1100 – 1164). Nótese el intervalo natal, pues tiene su importancia. Muchos piensan hoy que la diferencia de edad sería de unos 10 años, incluso menos.  Yo no creo en una historia de ninfomanía, ni la propia Eloísa tampoco, la que en ningún texto reconoce a Abelardo como su iniciador. Todo el análisis que ella hace de su pasión revela una madurez impropia de una jovencita.

2. Origen de Eloísa
El origen ilegítimo es más que probable. En el obituario monástico del  Paráclito –o Paracleto, el último convento de Eloísa– figuran, junto con ella, su madre, su tío materno, su cuñada Dionisia, el hijo Astrolabio y por supuesto, Abelardo, pero no el padre de la abadesa.
La tesis ‘romántica’, siempre novelando, juntó la bastardía al incesto y sacrilegio, pues el tío clérigo Fulberto sería el padre, que lo mismo que había abusado de su hermana lo haría también con la niña.
El canónigo Fulberto,
uno de los figurines dibujados por J. Gigoux 

para la antología de Guizot (1839)
Seguro que no. Buena parte del clero en todos sus grados era poco ejemplar, y en muchos lugares no entraban las reformas gregorianas, sobre todo en los extensos ambientes rurales, con curas amancebados y casados. Ahora bien, eso no va con un señor canónigo de Notre Dame de París, respetado y rico, que mira mucho su honra y la promoción de su sobrina. Precisamente sus alharacas frente al abuso de confianza y su venganza ruin dicen de alguien que a su manera quiere a la sobrina y le prepara un estado decoroso.
¿Nobles? Se pensó que sí: Montmorencis, Garlandes…, todo sin pruebas. Ahora bien, el supuesto de un origen de plebeyos enriquecidos pierde terreno frente a otra hipótesis nueva tan sorprendente como convincente:  La madre de Eloísa, doña Hersenda, habría sido la compañera de fatigas del bienaventurado y muy discutido  Roberto d’Arbrissel (h. 1045-1116), cofundadora de Fontevraud, primera priora y primera abadesa in pectore, de no haberlo impedido su fallecimiento. [2]
De ser así, claro que era noble, nobilísima, del linaje de Champaña, el mismo del conde Teobaldo IV el Grande (h. 1090/1095 - 1152), protector de Abelardo y Eloísa.
Lo notable de la empresa de Roberto/Herisenda fue que su monasterio era doble, masculino y femenino, con los monjes supeditados a las monjas bajo la autoridad suprema de la madre abadesa. Aquella forma de monacato, tan común en la Península Ibérica hasta entonces, representaba en Francia una novedad con su parte de sorpresa y también escándalo. Tanto los monjes negros de Cluny como los blancos del Císter arremetieron contra aquel género de vida, y en España siempre que ocuparon un monasterio doble, su primera tarea fue expulsar a las monjas a su suerte.
Por otra parte, es conocida la preferencia de Roberto por las mujeres casadas y  viudas para gobernar sus monasterios: tienen más experiencia de la vida y suelen proceder con más sentido común que las monjas doncellas. Como también llamó la atención la especialidad de aquel asceta extravagante, de reclutar magdalenas, esto es, mujeres arrepentidas.
Otro día nos asomamos a aquella aventura que dio origen a la abadía y la orden de Fontevraud. Ese monumento románico, con aquella cocina fantástica, a modo de trullo coronado de chimeneas…


3. La cultura de Eloísa
De niña la ponen con las monjas benedictinas de Argenteuil, un monasterio elitista con internado de chicas que hacían vida de monjas. No tan difícil, pues aquellas damas vivían sabiamente, con bastante confort y libertad bien entendida.  
Argenteuil defendía la promoción cultural de la mujer. Eloísa recibe una formación excelente. Dominaba el latín y su literatura clásica, tal como se conocía y usaba en los monasterios de aquel siglo. Se dijo que también el griego y el hebreo, pero aparte rudimentos, aquí puede haber sobre todo reminiscencia literaria de un modelo ideal: San Jerónimo (m. 420) en Belén, como director de la institución femenina de Santa Paula, mujer erudita.
Por el año 1100 Eloísa deja el internado para residir con tío Fulberto en Notre Dame. No es que dé por acabados sus estudios; al contrario, en la Escuela Catedralicia hay buena biblioteca. Pero sobre todo, allí es maestro público Abelardo, como canónigo maestrescuela. No se piense en órdenes mayores, la tonsura era suficiente para disfrutar de cualquier beneficio eclesiástico, desde una capellanía a un obispado.
Es entonces cuando don Fulberto da entrada en su casa al colega Abelardo para que sea preceptor particular de la joven. Y el consiguiente idilio.
Un idilio muy peculiar, polarizado desde el principio entre dos sensibilidades opuestas: la carnalidad egoísta de Abelardo, y la entrega amorosa y consciente de Eloísa.

4. Eloísa enamorada
El enamoramiento de Eloísa añade una dimensión ética admirable. Desprecia el matrimonio tal como lo miraba la sociedad: contrato de conveniencia, con aquella cláusula tan sobada: «el amor vendrá después… si es que viene, bienvenido sea». Semejante servidumbre la subleva. Ella prefiere la amistad y las historias de amantes como en las Heroidas de Ovidio, que ella se sabe de memoria, sin otro comentario explicativo que el Arte de Amar, del mismo autor.
Ahora bien, es esencial para entenderlo tener en cuenta que Abelardo y Eloísa no se plantearon entonces ninguna teoría de su relación. Todo lo que se cuentan entre sí es parte de un carteo muy posterior, cuando ya son como tantas parejas de entonces, que de pronto se separaban para entrar en el convento.
El ejemplo lo tenían en los propios padres de Abelardo. Un buen día recibe él carta de su madre Lucía pidiéndole que deje París y vuelva a casa, porque el caballero don Berenguer la ha abandonado para hacerse monje. La pobre señora necesita consuelo y ánimo del hijo para dar ella el mismo paso. Desde luego, Pedro no se lo quitó de la cabeza. 
Fue una auténtica manía, en aquel siglo, imaginar que un hábito religioso aseguraba la vida eterna. A los monjes, por otra parte, les venían bien aquellos legos y donados que les mantenían como mano de obra sin sueldo. A menudo entregaban consigo su hacienda, dejando a la familia en la miseria. Y como el monacato se vendía como ‘segundo bautismo’, se repitió el espectáculo de aquellos cristianos antiguos, que no se bautizaban hasta la muerte, para gozar más de la vida. Así también los más cobardes en renunciar al mundo,  mandaban en su testamento pagar un hábito monástico para morir y enterrarse con él, como una forma decorosa de presentarse ante Dios.
Según eso, en el tiempo real, la relación entre los dos amantes sólo se expresaba en forma de cancionero erótico-galante. Abelardo de joven fue, además de gran profesor, popularísimo cantautor, lo que a un vanidoso como él le volvía loco. También ella componía trovas. Pongo aquí la réplica en forma de diálogo:

–Tanta era mi fama, tan guapo sobresaliente era yo, que de cualquier mujer podía permitirme encapricharme, sin temer su rechazo.
–Dos cosas, lo reconozco, tenías de particular, con las que al punto te ganabas la voluntad de cualquier hembra: tu gracia en componer letras y en cantarlas. Tus canciones corrían de boca en boca y tenían embobadas a las mujeres. Y siendo así que en su mayor parte trataban de nuestros amores, al  poco tiempo me conocían por todas partes, ganándome la envidia de muchas.

 Todo prácticamente se ha perdido. Tan sólo alguna que otra pieza goliardesca se quiere relacionar con Abelardo o Eloísa. De melodías, ni una.
Por cierto, otro que también pasó el mismo sarampión fue san Bernardo de Claraval, el gran enemigo y verdugo de Abelardo. Tenemos un carta del escolástico Berenguer, en defensa de Pedro, donde se burla del prolífico abad:

«Nadie tiene la menor idea de tu currículo escolar, y mira por dónde, tus escritos recorren el mundo… Asombra en sujeto como tú, ajeno a las Artes liberales, esa facundia inagotable como una marea que todo lo inunda… Aunque, a decir verdad, yo no veo nada de sorprendente. Lo contrario sería lo raro, que tu verborrea se hubiese agotado, cuando sabemos que tu parloteo pueril ya se desplegaba en chanzonetas bufonescas y en estribillos callejeros…»
  
En el artículo anterior comprobamos cómo un supuesto prior benedictino, Fulcón de Dueil, tenía ideas poco claras sobre los efectos de la castración masculina, como remedio radical de toda concupiscencia. Una razón más para mirar la carta como juego literario. Lo que sí parece lógico y real es que el pobre Abelardo contrajo un frigidez psíquica, que se manifestó también como apatía o indiferencia, falta de emotividad hacia las situaciones y las personas. Eso, más una insidiosa manía persecutoria en auge hasta la muerte.
La reacción de Eloísa fue, primero, tratar de ‘curarle’ despertándole la fantasía y la pasión. Luego, ante su rechazo, le promete no molestarle más con recuerdos que más bien le irritaban, y ensaya tentarle por la vía intelectual, pidiéndole consejos y proponiéndole problemas. Tampoco esta estrategia dio gran resultado, si no se toma por tal unos escritos desmayados, salvo cuando ella los anima con su talento.
¿Y el hijo? Astrolabio no fue para Abelardo el hijo deseado. La relación cordial que pinta el poema Astralabe, pieza gnómica en forma de avisos de padre a hijo, es pura ficción. Más parece que Abelardo se portó con indiferencia, también en esto. Tal vez hasta el sobrenombre fue ocurrencia de Eloísa, pues el nombre de pila del niño era Pedro, como su padre.
Se sabe que fue clérigo y sobrevivió a Abelardo. Debió de ser un tipo gris, pero siempre contó con el instinto maternal. Muerto el padre, la abadesa Eloísa recomienda el huérfano a su gran amigo el Abad de Cluny, para que le consiga alguna prebenda, lo que sea. El Venerable le responde con afecto que hará lo posible sin tardanza, aunque pintando la cosa difícil. No se sabe si lo logró –parece que en 1150 vivía en Nantes un canónigo de ese nombre–, ni se sabe más de Astrolabio, salvo que murió un  29 de octubre, según el obituario del Paráclito: «Quarto calendas novembris obiit Petrus Astralabius, magistro nostro Petro filius» (no dice también de Eloísa). [3]
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[1] La numeración de los versos es convencional (8759-8832). La grafia también varía hasta el capricho, ésta me parece razonable.

[2] Es la propuesta bien razonada de Werner Robl (2000). En el obituario del Paracleto, a 1 de diciembre: Hersindis mater dominae Heloise abbatisse nostre. Hersenda se llamaba la 1ª priora de Fontevraud, hija de Huberto III de Champaña, con fecha 30 de noviembre en el obituario fontebraldense. En dicho obituario del Paracleto, el tío Fulberto figura, a 26 de diciembre: Hubertus canonicus domine Heloise avunculus.
[3] Algunos pretendieron sin fundamente que Eloísa perdió el hijo muy pronto, a raíz de las primeras dificultades y entrada en el convento. No hubo tal, pues las cartas de Eloísa y el Abad son auténticas y posteriores a la muerte de Abelardo. Pueden verse en Opera Abailardi, edic. 1616, págs. 343-344.


(Concluirá)



jueves, 28 de febrero de 2013

Abelardo y Eloísa: peripecias de un mito



«Jamás (lo sabe Dios) busque nada en ti sino a ti, deseándote sólo a ti, y nada más que tuviera que ver contigo. Ni pactos matrimoniales ni dotes. Como tampoco mis placeres o quereres, sólo los tuyos, como bien sabes. Y si el nombre de ‘esposa’ suena como más santo y más poderoso, a mí me supo siempre más dulce  palabra la de ‘amiga’; o si no te ofendes, tu ‘concubina’ o tu ‘puta’
(Carta II. La priora doña Eloísa a su marido   el abad don   Pedro Abelardo)


Es el caso que, a primero de este mes, Doña Viejecita,  a propósito de ‘Pedotribia y pederastia’, sacó el tema de los enamorados Abelardo y Eloísa (o Heloísa); a lo que respondí proponiendo: «¿Qué tal una entradita?» Pues venga. Y si ha de ser en febrero –y no es bisiesto–, debo darme prisa.
No se trata de resolver ningún enigma histórico, sino de revisar un tópico, y tal vez aventar un error común. Yo mismo no tengo formada una idea, no digo definitiva, ni siquiera clara sobre caso tan complejo. Juan de Meung, que en su extensa aportación al Roman de la Rose (h. 1270-1280) se fijó de modo especial en el párrafo de cabecera, creo que también tuvo sus dudas.
Pedro Abelardo (1079-1142) fue personaje emblemático de su época, en el llamado ‘Renacimiento del siglo XII’. Gran figura intelectual, bien conocido por sus diferencias con la ortodoxia del momento, pero más (y peor) por su relación con Eloísa (¿-1164), en el catálogo de parejas de amantes famosos.
Para una biografía convencional de Abelardo, propongo la entrada del Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (Montaner y Simón, Barcelona, 1887, t. 1, págs. 109-11.
Abelardo no fue ningún universitario, por la simple razón de que en su tiempo no había universidades. A su muerte, faltan 16 años para que la primera universidad europea, la de Bolonia, reciba sus estatutos del emperador Federico I (1158), y eso sólo como facultad de Derecho.
Lo mejor que había entonces para sacar un título y poder acceder a un empleo o ‘beneficio’ era la Catedral, con su Escuela pública regida y animada a su aire  por el canónigo Magister, el maestrescuela. Allí se mejoraba la lectura y escritura, la declamación y la redacción, un poco también el cálculo y otras nociones. No nos hagamos muchas ilusiones con todo aquello del Trivium/Quatrivium. Ayer como hoy, la instrucción, por pública que fuese, nunca suplió los talentos naturales.
Pues bien, en aquellas escuelas nace un método peculiar de abordar y exponer cuestiones: la escolástica. Una forma de ver el mundo, donde ya en tiempos de Abelardo se enfrentan dos sistemas o ‘vías’: los conservadores o antiguos, y los llamados ‘modernos’. Abelardo fue un moderno convencido y peleón. El sistema moderno es lo que llamamos ‘nominalismo’, opuesto al ‘realismo’ de entonces, que para nosotros es ‘idealismo’.
¿Y la mujer? La mujer en el siglo XII se instruía. Y no tenía que ser una Eloísa brillante, sólo poder pagárselo.  De ello se ocupaban muchos monasterios femeninos, como el de Argenteuil cerca de París, donde se preparó de niña Eloísa.  No salían demasiado caros, una vez entendido que su misión principal era preparar los cuadros del propio monasterio, pues las educandas vivían como monjitas.
¿Algún problema? Nada de particular, salvo que la niña Eloísa era una superdotada. «Estas bastardas es lo que tienen,» –se dijo la madre priora en voz alta, y la madre maestra asintió con la cabeza– «salen más listas que las chicas bien. Pueden resultarnos excelentes monjas, pero las más terminan en París, Rue Saint-Jacques, como bien sabéis». Y sí que lo sabía, esta vez las cabezadas de la monja  maestra fueron reiterativas.

Carrera seglar de Pedro Abelardo
Pierre de Le Pallet, más conocido como Abelardo, nace en Le Pallet, pueblo bretón cerca de Nantes, en 1079. Su padre Berenguer, caballero de la pequeña nobleza militar, orienta a su primogénito a las letras. El brillante joven emprende una vida de estudiante giróvago. Oye a maestros famosos, como el dialéctico Roscelín o el filósofo ‘realista’ Guillermo de Champeaux, maestrescuela de Notre Dame de París. Con todos termina a la greña, porque el bretón no se muerde la lengua y es vanidoso. El de Champeaux no le ha gustado, pero su escuela sí. Ah, si un día aquel zote dejara libre aquel puesto, digno de un Abelardo.
Desde 1101 abre escuela propia: Melun, Corbeil, Santa Genoveva, en auténtica marcha sobre París. Fuerte en la Dialéctica, ahora se atreve con la Teología por libre, aplicando siempre la vía moderna.
Hacia 1115  baja de la colina de Santa Genoveva para instalarse en la Cité. Ya es canónigo maestrescuela de Notre Dame. Su magisterio arrasa entre la juventud de todas partes, pero a la vez le crea envidias, sin contar los rivales académicos que él mismo se busca constantemente.
En la residencia de los canónigos, Abelardo se prenda de la joven e inteligente Eloísa, sobrina de otro canónigo, don Fulberto, y la seduce. La relación trasciende y debilita la posición del maestro, que por entonces sufre un ataque en regla para moverle de su cátedra.
El lío con Eloísa se complica al quedar ella embarazada. La joven es prácticamente secuestrada y enviada en secreto a Bretaña, a casa de una hermana de Abelardo.
El desenlace es tragicómico. Nace el niño, y Abelardo le pone por nombre Astrolabio‘Toma, coge los astros’, es lo que significaba el nombre de aquellos cacharros de metal, que todavía muchas veces venían escritos en arábigo. Sí, hombre, para astrolabios estaba el tío-abuelo don Fulberto. 
El arreglo lógico era una boda. Extrañamente, Eloísa se opone, «por no estorbar la carrera de su amante». Solución: matrimonio secreto. Pero don Fulberto mira por su honra, y lo propala. La sobrina replica que ella no dio su consentimiento. Nueva cólera del tutor, y nueva torpeza (o frescura) del galán: encerrar a Eloísa en las monjas de Argenteuil, que tanto la quisieron desde niña. Demasiado para un señor canónigo de Notre Dame. Don Fulberto ni lo duda, visita los bajos fondos y contrata a unos matones para un escarmiento ejemplar: asaltar de noche la casa de Abelardo y caparlo.
El crimen no quedó impune. Dos de los autores y un criado fiel de Abelardo sufrieron la pena del talión, y a alguno también le sacaron los ojos. Don Fulberto hubo de pagar fuerte multa, que seguro dio por bien gastada. Pero el pobre Abelardo quedó moral y hormonalmente hundido. Deja la canongía y la enseñanza y toma el hábito de San Benito en la gran abadía de Saint-Denis, cerca de París.
 En cuanto a Eloísa, terminará sus días (1164) como abadesa de un monasterio archifamoso y de extraño nombre, El Paracleto, otra fantasía y creación de Abelardo y de ella misma. Allí dispuso una tumba doble, para el que fue su amante y marido y para sí, cuando muera en aura de respeto. El monasterio la sobrevivió hasta la desamortización, en la Revolución Francesa. Sólo el sarcófago con los restos se salvó en el nuevo Museo de París, de donde pasaron a un mausoleo romántico en el Cementerio del Padre Lachaise.
Pero hoy nos toca seguir con Abelardo.
Todavía 15 o 20 años después del escándalo había gente despuesta a recordárselo al pobre monje, que vivió bastante amargado. El tono general de la imputación podemos deducirlo de una carta que le escribe Roscelín de Compiegne, su antiguo profesor, luego rival, y ahora uno más entre sus enemigos de escuela:

«En París fui testigo de  cómo un clérigo llamado Fulberto os recibió en su casa, y tratándoos como a uno de la familia os encomendó a su  sobrina, joven distinguida y sensata, para que fueseis su preceptor. Lo vuestro para con hombre tan noble, clérigo e incluso canónigo de la iglesia de París, no fue tanto descuido como desprecio a tal huésped y señor, que tan bien se portó con vos. Sin respeto a una doncellez que fue confiada a vuestro cuidado, vos la hicisteis juguete de vuestro desenfreno, enseñándola no a razonar, sino a fornicar; juntando en una misma acción los crímenes de deslealtad y abuso de confianza con la lujuria y corrupción del pudor virginal. Dios se vengó de vos a su manera, y os visteis privado de aquello por do pecado habíais. »

Abelardo nunca negó los hechos, ¿cómo iba a hacerlo? Pero a su modo y con habilidad, forzando la retórica y echándose la culpa, los presentará de forma harto teatral en un relato epistolar, supuesta carta a un supuesto amigo sin nombre, que circuló con el título de Historia calamitatum suarum (‘Historia de mis desdichas’).
Allí –otro día lo vemos con más detalle– presentaba el incidente como efecto de una pasión sexual incontrolada, y hasta casi un experimento filosófico (al modo de Salomón en el Eclesiastés, por probar de todo un poco), hasta que se dio cuenta de que aquel devaneo le distraía de su verdadera vocación de pensador.
Este proceder autojustificativo no es raro en el género ‘confesiones’.  El autor carga las tintas sobre un pasado poco lucido, y pinta una crisis redentora, de modo que hasta el mal redunda en bien, y Dios es grande en sus obras. San Agustín con sus Confesiones hizo escuela.

La mirada crítica, que empaña los espejos
La historia de Abelardo y Eloísa, desde el siglo XVII al XIX, evoluciona para entrar en la leyenda y lista de las grandes parejas de enamorados.  Todo con base en una colección de ocho Cartas, de él y de ella –incluida como primera de la serie la Historia calamitatum–, conservadas en el manuscrito 802 de Troyes (manuscrito T).
Sobre este documento, de letra de fines del siglo XIII o principios del XIV, hay varias teorías:

1. La Historia de mis desdichas es un relato auténtico y fiel de Abelardo, como también hubo correspondencia epistolar entre él y y Eloísa. Los textos reflejan sus mentalidades respectivas, aunque los conocemos manipulados, tal vez por la propia Eloísa. Esta fue la tesis de Etienne Gilson, el gran historiador de la Filosofía Medieval, y ha sido la más compartida.
2. En 1913 Berhard Schmeidler argumenta que las cartas son todas de Abelardo, pero como ficción literaria, aunque partiendo de algún carteo real.
3. En 1933 Charlotte Charrier retoca la tesis de Schmeidler, de modo que (por decirlo en exageración irónica) «lo que a mí me gusta de las cartas de Heloísa es auténtico; lo que no me gusta, es interpolación de  Abelardo».  La Charrier cree reconocer en el ms. T materiales realmente antiguos, de tiempos de Eloísa.
4. Varias propuestas de ficción literaria y/o mixtificación introducen a un ‘tercero’, bien un fabulador o simple manipulador. Se pensó en algún monje que escribe a poco de morir Abelardo (Orelli); en varias manos de la Escuela de Orleans, siglo XII (Petrella); o incluso en una monja del Paracleto: una reaccionaria antifeminista que mezcla y refunde materiales auténticos y falsos, con objeto de cambiar la organización de la Abadía.
5. En 1972 D. W. Robertson, Jr., vuelve sobre la ficción literaria, haciendo hincapié en el autorretrato irónico y moralizante del supuesto Abelardo.
6. Advierto a quien me lea que todavía sigue vacante y disponible la tesis de Eloísa como autora exclusiva de todo el paquete.

Como vemos, el enredo se las trae. Cierro esta primera entrega con un documento poco conocido, para abrir boca. Porque, a todo esto, ¿qué hubo del supuesto flechazo? ¿Fue Eloísa el primero y único amor o amorío de Abelardo?
El caso es que el epistolario de la época nos ha dejado una carta de un prior benedictino, llamado Fulco o Fulcón, a Abelardo. En ella, con motivo de su ‘conversión’ y toma de hábito,  le da un repaso al París de sus triunfos, donde lo mucho que ganaba como profesor no le alcanzaba para aquel tren de vida, siempre en brazos de prostitutas. Traduzco extractando la larga y sustanciosa epístola:

«Roma te transmitía sus alumnos. Jóvenes ingleses cruzaban el peligroso canal de la Mancha en tropel. La remota Bretaña te destinaba sus animales para que tú se los amaestraras. Los angevinos feroces se te rendían. Los del Poitou, los Vascones e Iberos, Normandía, Flandes, el Teutón y el Suevo… En cuanto a lo que trajo tu perdición, según dicen, prefiero callarlo, singular mujeriego, pues no conviene a nuestra orden y estado.  Además, esas historias hacen más daño que bien. »

Obviamente, si un clérigo retórico del siglo XII anuncia que calla, es que va a soltarse el pelo. No falla:

«Encaramado sobre aquella muchedumbre de buenas gentes que boquiabiertos te rodeaban, Dios castigó tu vanidad. Esa partecita de tu cuerpo, que por juicio y favor del Todopoderoso perdiste, te perdía ella a ti, como lo demuestra  tu empobrecimiento, más que cualquier discurso mío. Todo el excedente de tus ingresos con la venta de saberes, según me contaron, lo echabas a pique en vorágine continua de derroche fornicario. La rapacidad de las meretrices te dejaba sin blanca. Tu miseria parece demostralo, pues dicen que de tanto como ganabas sólo tenías lo puesto. ¡De buena te has librado, a Dios gracias!... »

Así va discurriendo el colega, siempre sin mentar para nada lo de Eloísa ni el  matrimonio de Abelardo, ni el hijo, ni el tío canónigo. Sólo dice y repite que a Pedro le caparon, pero a saber quién y por qué, tampoco importa, con tanto marido burlado por el donjuán. Pero qué caramba, si hasta esa circunstancia, para la vida en el convento, resultaba ventajosa. El peculio que el nuevo monje pueda amasar ya no se irá por los desagües de la lujuria:

«En adelante, libre de impulso libidinoso, se te dará mejor la ciencia filosófica. Además, tu dinero (que, como monje, con permiso podrás tener en propiedad) no estará al albur de gastos nocivos.  Y otra ventaja no pequeña: un eunuco como tú, fuera de sospecha, cualquiera podrá recibirte en casa con toda confianza. El marido ya no temerá que le violes la mujer o le invadas la cama. 
Pasarás por entre piñas de matronas con toda decencia, sin que ellas se sientan en peligro.  Los coros de doncellas resplandecientes en la flor de su juventud, las que con sus meneos encienden en ardor libidinoso incluso a los viejos privados del calor carnal, tú podrás admirarlas seguro, impecable, sin miedo a sus  andares y seducciones. Los escondrijos de los sodomitas, detestados por la justicia divina sobre todas las demás torpezas, sus juntas sórdidas que siempre aborreciste, dejarán de existir para ti en adelante.
En fin, y eso sí que lo veo como gran regalo que te ha hecho Dios para ahora que eres monje, tan libre te verás de las poluciones nocturnas y fantasías oníricas, como es cierto que nada significan si la  voluntad no cede.  Las caricias de la esposa, el contacto de cuerpos imprescindible en el matrimonio, el cuidado especial de los hijos, no te distraerán de agradar a Dios. »

Echa dom Fulco una última ojeada a «la ferocidad leonina de las meretrices, que ya desde el primer momento avisa a sus clientes», antes de pasar revista a las ilustres parejas de santos eunucos, Juan y Pablo, Proto y Jacinto, deteniéndose en la persona de Orígenes, automutilado por el reino de los cielos:

«Con que, hermano, no te duelas ni te pese; y lo que no tiene arreglo déjalo estar así» (esto es, sin retoques de cirugía estética) «y recuerda que con buen ánimo y resignación lo irreparable se hace tolerable. Sírvate de consuelo, como dijo el otro, que cuando te caparon no estaban violando lecho ajeno ni fornicando. Dormías a pierna suelta y despreocupado, cuando una mano impía y un hierro destructor no dudó en verter sin motivo tu sangre inocente.
Llora entonces por tu herida y daño el buen señor Obispo, que procuró hacer justicia hasta donde pudo. Llora la muchedumbre de ilustres canónigos y nobles clérigos. Lloran los ciudadanos, tomándolo a deshonra de la ciudad, violada con la efusión de tu sangre… »

A punto estaba de añadir «tu sangre redentora», pero dom Fulco se guardó la blasfemia.

«No entro a referir los lloros de tantas mujeres, que a su manera regaron sus rostros por ti, su campeón caído, como si cada una hubiese perdido al marido o al amigo en el campo de batalla. Tan llorado fue lo que perdiste, que más te valiera morir que haberlo conservado. Criatura feliz, no sabe cuánto le quieren. Casi toda la ciudad se quedó anonadada en tu dolor. Ahí tienes las arras de un amor verdadero… »

A estas alturas, supongo que cualquier lector está mosqueado, si es de los pocos que no ha comprendido aún que la carta no se tiene de pie. Y eso que no hemos leído hasta el final.
De pronto, dom Fulco sospecha que Abelardo no se resigna, y que piensa llevar su causa hasta Roma. Desgraciado, ¿tú sabes lo que eso cuesta, la entrada hasta el Papa? La más cara de las putas parisinas te sale de balde, comparada con la Curia Apostólica. ¿De dónde piensas sacar el dinero? Tú no tienes ni un duro. ¿Arruinar a tus deudos y que te maldigan? ¿Meter en gastos a tu monasterio? ¿Ir tú solo a pie a Roma, con la alforja vacía? ¡Desgraciado! Volverás condenado en costas, y toda la Iglesia de París te odiará:

«Si es venganza lo que te acucia, deja de atormentarte, que en lo principal ya estás vengado. Porque algunos de aquellos que te mutilaron ya lo han pagado con la pérdida de sus ojos y sus genitales. Y el inductor, por más que lo ha negado, ha sido multado con toda su hacienda… Escucha mi consejo, de monje a monje. Si persistes en odiar a tu enemigo, el hábito que has tomado voluntariamente no te servirá de nada… Deja de amenazar, de exagerar tu caso para nada… Persevera hasta el fin en el santo propósito, y todo eso que perdiste Cristo te lo repondrá con creces admirablemente en la glorificación  de los cuerpos futuros bienaventurados. Entonces se verá falsada la regla de los dialécticos: ‘la privación nunca puede volver al habito’. Adios en el Señor.»

De privatione ad habitum non est regressus. Sólo ese chiste final, más la promesa de un cuerpo resucitado glorioso y super viril con dos o tres pares, basta para dar la puntilla a toda credulidad,  dando a entender  la carta como un ‘ejercicio de redacción’, en la didáctica del ars dictaminis. Y por este hilo sacar todo el ovillo de burla y parodia que despliega el supuesto monje moralista, tan preocupado por la estrategia financiera de las prostitutas parisienses.
Abelardo recurrió, en efecto, a Roma. Pero no para vengarse de la agresión a su virilidad, sino para vindicar su ortodoxia difamada por san Bernardo y los demás enemigos. La parodia aquí es perfecta, y eficaz. Ahora se entiende toda la broma de la carta, ya desde el título:


Petro Deo gratias cucullato,  frater Fulco, vitae consolationem praesentis et futurae.
(A Pedro [Abelardo], a Dios gracias encogullado, fray Fulcón [envía o desea] consuelo de la vida presente y futura.)


En Petri Abaelardi Opera (ed. F. de Amboise), París, 1616. Cfr. también Petri Abaelardi Opera. Ed. Victor Cousin. T. prior, París, 1849, Appendix,  pp. 703-707.

(Continuará)