martes, 15 de enero de 2013

Constitución, Constitución...



La apatía del Gobierno ante el desafío catalán da que pensar, y por reacio que uno sea a escribir de política, esta es la pregunta que me ronda: hasta qué punto el fenómeno es efecto de la Constitución Española.
Me explico. La pasividad de este Gobierno no parece cosa de apaño político, que su mayoría absoluta no necesita. La pregunta va por si su parálisis es síntoma de temor reverencial a la letra de algunos artículos de la propia Constitución  y a su oráculo y cancerbero, el Tribunal Constitucional. Vamos, que Mariano Rajoy  prefiere silbar mirando a otro lado, no sea que un gesto suyo de autoridad se interprete como lesivo de los derechos cívicos y las libertades, y le den con el texto en la testa. Eso sin hablar de Estrasburgo.
Algo tiene que haber, dado el supergarantismo reconocido de nuestra Carta Magna, administrado a discreción por dicho Tribunal, para que frente a las cabriolas de Artur Mas, Rajoy opte por quedar a la expectativa, en vez de tensar las riendas del orden puesto en jaque por el trotón catalán.
Y es que tal parece como si la Constitución del Estado, en vez de defenderse a sí misma por medio de quien la cumple y hace cumplir, amparase más bien a quien la ningunea y busca la ruina del propio Estado.
Un ejemplo elocuente de ese temor reverencial elevado a pavor patológico se vio en el caso del preso Bolinaga, cuando el supuesto enfermo terminal aleccionó a su juez penitenciario  ("cumpla usted la Ley"), y el ministro del Interior Jorge Fernández Díaz se apresuró a ponerle en libertad sin previo arrepentimiento, argumentando que "hacer lo contrario habría sido prevaricación". Hoy, según dicen, el moribundo impenitente cumple religiosamente su viacrucis chiquitero por las tascas de su pueblo; es más, ha salido en la tele, no sólo andando por su pie, sino aguantando en su hombro el brazo de un amigo que casi le doblaba la estatura.
Y a todo esto, el  excarcelado dale con que no se arrepiente, sin que el Gobierno reconsidere su caso. Quién sabe si tras las próximas elecciones autonómicas, siempre al amparo de la bendita Constitución, podrá decirse del 'Boli' lo que Cicerón de Catilina [1]:  

«El tío vive. ¿Cómo, que vive? ¡pero si hasta viene al senado, toma parte en el concejo público y, de paso, se queda con nuestras caras!  Mientras nosotros, valientes que somos, bastante hacemos por la cosa pública con esquivar los dardos de su furia... O tempora, o mores!» 

¿Es una buena constitución, la española? Es la que hay. De Derecho Constitucional sé tanto como Sócrates: nada. Pero de leer sabe cualquiera, y algo de lo que leo en nuestra Constitución nunca me inspiró confianza.
Creo recordar que en su día voté ‘no’ a ese documento. Por dos o tres razones principales y una accesoria:
La razón accesoria fue que su texto se me antojaba verboso y mal escrito, con vaciedades, ambigüedades y equívocos que lo hacían poco practicable y hasta inseguro. 
De las razones principales para el ‘no’, la una fue colarnos de rondón la Monarquía, sin referéndum previo. Todavía era nuevo el Rey de España, proclamado en virtud de la Ley de Sucesión franquista el 22 de noviembre del 75. Aquel día me puse de mal humor y me hice esta reflexión para entre mí y mi cuaderno:

Siempre que en España resonó fatal
la hora del retorno del Borbón prognato,
figuró en la yunta de su carromato
la astada figura de algún general.
Le hacía pareja la mitra, leal
de siempre al conyugio de tronos y altares;
y al compás de músicas nunca populares,
coronado un memo, de nobleza nulo,
por el patio de armas entraba de culo,
que es como andan reyes, clero y militares.

¡Qué burradas se le ocurrían a uno de joven! Y conste que no me pesa de ello, aunque hoy las cosas parecen de otro modo. En particular, el ‘prognatismo borbónico’. Yo cambiaría lo «del Borbón prognato» por otro ripio: «del Borbón no chato». Don Juan Carlos I ha superado las expectativas de muchos, pero la cuestión no es eso, sino el trágala de una restauración monárquica impuesta por un dictador.
Ahora bien, lo más indigesto para mí de la nueva Carta Magna era, y sigue siendo, la consagración de una desigualdad entre españoles, al distinguir por un lado no sé que ‘nacionalidades’ y no sé qué ‘regiones’ (art. 2), y por otro reconociendo ‘derechos forales o especiales’ (art. 149. 1, 8ª) y privilegiando a ‘territorios forales’ con sus ‘derechos históricos’ (disp. adic. 1ª).
¿Qué mandangas de derechos, qué foralidad? ¿qué nacionalidades?  ‘Nacionalidades’, en plural, sólo una vez  aparece en el texto consticional (art. 2), sin definirse allí lo que significa, que no puede ser lo mismo que ‘nacionalidad’ en otros lugares (art. 11 y art. 149): el estatus del ciudadano de la nación española, con exclusión de cualquiera otra ‘nacionalidad’ dentro del mismo Estado [2].
Tras esto, no tiene mucho sentido declarar pomposamente (art. 139. 1) que «todos los españoles tienen los mismos derechos y obligaciones en cualquier parte de territorio del Estado». ¡Pero si ni siquiera en una misma Comunidad Autónoma como Euskadi son iguales ante la ley los ciudadanos de sus ‘territorios históricos’!
No entro a ponderar otros lunares y verrugas en el rostro de Doña Constitución, en especial ese feo  lupus de las autonomías erigibles en reinos de taifas a base de traspaso de competencias sin vuelta atrás. Lo que cuenta es que el documento se aprobó, que hoy sigue siendo nuestra constitución de todos los españoles,  y que todo lo que en España se hace debería ajustarse a su normativa, o de lo contrario acarrear sanción. ¿Es así? No; pero aquí no pasa nada.
Aprobada la Constitución, sus redactores y parteros fueron saludados como próceres, sabios y casi taumaturgos, al haber consensuado y dotado al país de un instrumento de gobierno tan maravilloso. Hoy los ‘Padres de la Constitución’ se ufanan  menos, visto el resultado. Incompetentes no serían, pero ingenuos harto, respecto a la condición humana y española. Algún sabio dijo que hay que legislar para el bien común de la sociedad, esto es, en favor de su parte sana, pero como si todos fuesen  pícaros o delincuentes en potencia. El mismo sabio dijo también que el imperio de la ley puede no dar premio, pero nunca debe prescindir del miedo al castigo. Y aquí el desprecio a la Constitución, cuando no sale gratis es porque rinde dividendos.
¿Pues qué decir de una ley fundamental que los padres de la patria pueden acatar con fórmulas peregrinas y circunloquios a capricho, incluso expresando que lo hacen a regañadientes («por imperativo legal»)? A partir de ahí, ya no choca ver aquí o allá el nombre de España vitando, la bandera nacional arriada, el retrato del Jefe del Estado encubierto o vuelto contra la pared, el idioma común oficial postergado o prohibido en favor de las lenguas ‘propias’. 
Claro que si todo un Jefe de Gobierno como Rodríguez Zapatero se permitió frivolizar sobre España, un «concepto discutido y discutible», difícil se puso fijar  dónde empieza la felonía y la traición.
«¿Pero usted quién se cree que es?» Ese desplante del Jefe de la Oposición en el Congreso a Juan José Ibarretxe el año 2005 no lo repite Rajoy ahora que es Jefe del Gobierno al President Mas, que  no lo merece menos que aquel lendacari.
Con esperpentos bajo palio constitucional, como los que se representan a diario sobre todo en Vascongadas y Cataluña, no es extraño que fuera nos miren como a un país pintoresco. Y encima pobres, pero eso sí, corruptos a carta cabal.
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[1] Catilinaria I, 1: «Hic tamen vivit. Vivit? immo vero etiam in senatum venit, fit publici consili particeps, notat et designat oculis ad caedem unum quemque nostrum. Nos autem fortes viri satis facere rei publicae videmur, si istius furorem ac tela vitemus... » 
[2] El Diccionario de Autoridades (IV: 644; 1734) definía nación como «la colección de los habitadores en alguna Provincia, País o Reino». La Universidad medieval dividía a sus miembros  por ‘naciones’, identificadas por las grandes lenguas vernáculas, y la misma distinción se aplicó en otras instituciones como los concilios y dietas, a efectos de votar.
       En cuanto a ‘nacionalidad’, el mismo Diccionario remite a la autoridad del padre José de Moret, que la emplea en un sentido parecido al ‘nacionalismo’ moderno. Por ejemplo, sobre el reinado de Sancho IV el Sabio de Navarra (1150-1194) : «En aquellos tiempos antiguos no havia echado tan ondas, y dañosas raìces la passion de la Nacionalidad. Vivíase más à buena fè. Buscabanse los hombres para los Puestos de quaquiera parte, no los Puestos para los hombres de la afeccion Nacional, Sangre, ò Familia.»  (Annales del Reyno de Navarra, l. 19, c. 2, § 4, n. 23; Pamplona, P. Ibáñez, 1766; II: 472).


viernes, 4 de enero de 2013

Una leyenda en Begoña


Los eruditillos y eruditejos tenemos poco en común con los eruditos de verdad o los eruditazos de tomo y lomo. Así nadie nos confunde, fuera de nuestro bloguifundio.
Compartimos sin embargo una debilidad humana: nos gusta firmar lo que hacemos y por ello ser conocidos, o más bien, re-conocidos. Si algo hallamos, para todos lo hallamos, pero preferimos que se sepa quién lo halló. Que por lo general (dejémonos de historias) no suele ser el Pueblo ni su Volkgeist, sino un miserabile ‘ego’  que acertó a pasar por donde tantos pasan, y se picó de curiosidad que otros no sintieron.
Esta vez el eruditillo no iba de paso. Vivo a la sombra matinal de la Basílica de Begoña. Su reloj y carillón me gobiernan. Me relaja su interior, recreación tardogótica del viejo modelo basilical. En esta pila bautizaron a mi madre Rosario. Aquí pasó largas veladas de rezo, acompañado a veces por sus hijos, mi abuelo Isauro, cofundador del grupo de Adoración Nocturna en Begoña.  Me embelesa el órgano Cavallé-Coll bien tañido. Aún creo ver al que fue muchos años organista, Antón Juaristi, el padre de mi amigo Jon, leyendo el periódico en aquella sacristía, pastiche décimonónico entre jansenista y sulpiciano con toque ‘prerrafa’ en las bóvedas. Nunca me atreví a perturbar al maestro.
El interior del templo es vasto y abigarrado, lo suficiente para que no todo lo que hay allí me guste. Y aunque no voy a pasar lista, imposible olvidar lo más importante. Me repele el acabado espectral –no me sale llamarlo encarnación– de la imagen titular, Nuestra Señora de Begoña. Tal vez se ha querido aproximar su rostro a cierto tipo convencional de ‘mujer vasca’, con el resultado de una facies cadavérica, tanto en la Señora como en el Niño, cuando estas vírgenes-madres de la Baja Edad Media solían ser risueñas y rebosantes de salud. Un poco de colorete, por piedad. También una iluminación más cálida. Una Andra-Mari no tiene que parecer una etxekoandre a fin de mes.

Leyenda gótica
La nave norte o del Evangelio está presidida por un tabernáculo también tardogótico, tallado en piedra, con su puerta de hierro muy bien labrada, y en ella una inscripción de suprema elegancia, pero no tan fácil lectura. La ficha  explicativa que hay en el suelo ni la menciona. Más aún, debajo del tabernáculo está el sagrario funcional moderno, con un remedo de inscripción de traza como arábiga cúfica sin sentido, como si el orfebre ni sus asesores tuvieron idea de lo que imitaban.
Tengo fijación con las inscripciones. Las miras y remiras, memorizas y se te aparecen despierto y soñando. Hasta que, si hay suerte, algunas de pronto se te leen ellas solas. Es lo que me ocurrió con la del tabernáculo. Allí decía con toda claridad:

PORTA DOMUS DEI
PUERTA DE LA CASA DE DIOS

Nombre obvio para un sagrario. Aunque tambien hay que añadir, poco frecuente. ¿Podría encerrar misterio? Porque este mueble de piedra y hierro, dicen que flamenco, se trajo aquí de una iglesia de Navárniz dedicada a la Virgen. Veamos.
«Terrible lugar éste: es la Casa de Dios y Puerta del Cielo»: es lo que dijo Jacob al despertar de su sueño de la Escala (Génesis 28: 17).
La Casa de Dios era el Cielo arriba, pero en la tierra era el Tabernáculo o tienda móvil de Moisés, y más tarde el Templo de Jerusalén, con puertas que se mencionan en varias ocasiones. Pero además del Templo real la Biblia describe otro Templo ideal en la profecía de Ezequiel. Una de sus puertas, la de Oriente, era especialísima, porque por ella entró el Arca de la Alianza, y con el Arca, Dios. Así aquella entrada no sería practicable:
«Esta puerta permanecerá cerrada, nunca más se abrirá, ni varón alguno entrará por ella» (Ezequiel 44: 2).
Con su habitual crudeza, la teología mariana vió en aquella puerta y expresión literal una profecía de la virginidad perpetua de María. Buceando en la patrística latina, veo en san Ildefonso, arzobispo de Toledo (657-667) la expresión «porta Domus Dei» aplicada a la Virgen, precisamente en una obrilla polémica de juventud, en defensa de aquel dogma.

‘Ego’ miserabile y existencia caduca
Resuelto el enigma del texto venía ahora darlo a conocer; pero antes compulsar si era noticiable.  No es cosa de echar campanas a vuelo por algo ya resuelto.
Un amigo me puso en contacto con el rector de la Basílica, don Jesús Garitaonaindia. Hombre cordial, le pareció muy bien mi idea de preparar una publicación –un artículo de periódico me parecía suficiente–, pues en su conocimiento mi lectura era nueva.
Con su permiso para tomar las fotos necesarias, preparé un PDF didáctico, explicando por ejemplo cómo la anamorfosis, el escorzo o raccourci, facilitan la lectura de grafías góticas tan estiradas como ésta, o más aún la inscripción mural  de Alaiza (Álava).

También incluí una carta al rector, adelantándole aquella primera exploración sobre el posible doble sentido de una expresión en principio banal para un tabernáculo, pero también aplicada por san Ildefonso al sexo de María. Esto era a principio de abril pasado. (Hay errata en el año: debí poner 2012.)
Así las cosas, el 14 de noviembre vuelvo a ver a don Jesús. A mano tenía mi informe. Al decirle yo que tenía listo para publicación el material, me hizo saber que le había gustado tanto, que pensaba aprovecharlo para la tarjeta de felicitación navideña. Lo cual me pareció un gran honor, entendiéndolo como el anuncio de mi fazaña. Aunque también tuve cierta aprensión, todo sea dicho.
Pues nada, que el 2 de enero corre la noticia triste, no esperada: la víspera, el buen Rector ha muerto. Mañana asisto a su funeral. Entre tanto, pasé a preguntar por la tarjeta, y aquí la tengo. Las fotos son mías, el texto y datos también. Todo desde el más riguroso anonimato.

Todavía no he salido del estupor. ¡Cualquiera diría que esa leyenda se ha entendido desde  siempre! ¡Y lo de san Ildefonso de Toledo y demás lo sabía todo el mundo!  No apunto a don Jesús ni a nadie, no hay cuestión de mala fe. Lo lúdico, más que nada, tiene que ser deportivo. Quien finalmente haya sido el responsable del entuerto, sepa que ha hecho polvo mi ego miserable. Eso no se hace, y menos con gentecilla famélica de afanar pequeños méritos y prestar pequeños servicios a nuestra cultura vascongada.
En cuanto al Rector de Begoña, desde donde se halle, sepa que sigue siendo honorable para mí haber colaborado en la tarjeta.  Hoy don Jesús F. Garitaonaindia ha recibido descanso eterno en su tierra que tanto amaba. Que ella le sea leve.

viernes, 28 de diciembre de 2012

La letra, con verso entra




En fecha tan señalada, quiero hacer a mis lectores partícipes de esta rigurosa primicia en exclusiva. 
Un comunicante anónimo cuyo nombre (por discreción y lógica) no debo ni  puedo revelar– me envía el prospecto de una obra que el nuevo Gobierno de la Generalidad de Cataluña piensa publicar por sorpresa el 1 de Enero, en edición facsímil, con destino a las bibliotecas de todos los colegios inmersos del Principado. 
Una tirada especial en papel de hilo verjurado y rigurosamente numerada, con las firmas conjuntas del Muy Honorable Artur Mas y de su ángel custodio, el historiador Oriol Junqueras, se reserva para los centros  así mismo inmersos de Barcelona y su Condado.
Lo primero y más urgente que se me ocurre es avisar a los íntimos que me frecuentan y poner a su disposición sendas copias del original en PDF, para que se las bajen gratis. Y ándenme listos, que en cuanto salga a luz la edición en papel,  todo esto ya será de pago (+ IVA, + 3% + recargo transitorio pro independecia).

La obra y su Autor
Se trata del Sumario Histórico-Cronológico, en verso, de los Condes de Barcelona, con la cronología de estos Soberanos, para instrucción de la Juventud Catalana. Barcelona, 1836.
Dedicado –, como reza el título y se repite a vuelta de hoja– a la susodicha  Juventud Catalana, el Autor de la publicación firma modestamente como

                            Vuestro apasionado P. de B.

P. de Bofarull, por Vallmitjana (1860)
Estas iniciales, en su tiempo, a nadie escondían la personalidad del poeta didáctico, aunque hoy Don Próspero de Bofarull y Mascaró (Reus, 1777-1859, Barcelona) está algo apolillado para la Nueva Cataluña. Digo yo, si es por esto que el actual Gobierno catalán desea hacer desagravio, dando a conocer al que fue organizador y casi segundo creador del Archivo de la Corona de Aragón, que a su llegada era un trastero en desorden.
Es proverbial la dificultad que los escolares han tenido siempre para memorizar la lista de los Reyes Godos. Pues bien, la de los Condes de Barcelona no le va en zaga, desde Wifredo el Velloso (que a veces confundíamos con Vellido Dollfuss), con tanto Ramón Berenguer y Berenguer Ramón, más los reyes de Aragón y de España con sus números condales cambiados.
Para estas cosas, nada como las coplas y pareados, a poder ser con música, pero al menos la letra y rima, que en este caso se grabarán sin dificultad y para siempre en el barro nuevo de los cerebros infantiles, como dijo Horacio. 
A Don Próspero ya le conocíamos nosotros aquí, citado por su obra de más aliento, Los Condes de Barcelona vindicados, y Cronología y Genealogía de los Reyes de España, considerados como soberanos independientes de su Marca. Barcelona, 1836, 2 vols. En la misma incluye versificado el mismo Sumario cronológico, que publicó aparte el mismo año.
Dedicada la gran obra al Sr. Rey D. Fernando IV de Barcelona y Aragón, VII de Castilla, es muy probable que el mismo Gobierno de la Generalitat decida reeditarla el año próximo por estas fechas, si para entonces tiene un respiro de las fatigas económicas que a todos nos agobian, pero al Principado mucho más, con España a cuestas y encima les rob... (qué feo).
 Desde luego, este obsequio digital a nadie excuse de consultar directamente la nueva edición en prensa, cuando aparezca. Porque según me dicen, como propina incluye un Apéndice también en verso, a la manera de las profecías de Nostradamus, con estrofas halladas en unos pliegos sueltos, en papel y letra como del siglo XVII, con alusiones bastante claras al destino de la Nueva Cataluña, ese carromato de Tespis arrastrado cuesta arriba por la noble yunta ‘Mas-Junquera’.
 Que lo disfruten.