La apatía
del Gobierno ante el desafío catalán da que pensar, y por reacio que uno sea a
escribir de política, esta es la pregunta que me ronda: hasta qué punto
el fenómeno es efecto de la Constitución Española.
Me
explico. La pasividad de este Gobierno no parece cosa de apaño político, que su
mayoría absoluta no necesita. La pregunta va por si su parálisis es síntoma de
temor reverencial a la letra de algunos artículos de la propia Constitución
y a su oráculo y cancerbero, el Tribunal Constitucional.
Vamos, que Mariano Rajoy prefiere silbar mirando a otro lado, no sea que un gesto suyo de
autoridad se interprete como lesivo de los derechos cívicos y las libertades, y
le den con el texto en la testa. Eso sin hablar de Estrasburgo.
Algo tiene
que haber, dado el supergarantismo reconocido de nuestra Carta Magna,
administrado a discreción por dicho Tribunal, para que frente a las cabriolas
de Artur Mas, Rajoy opte por quedar a la expectativa, en vez de tensar las
riendas del orden puesto en jaque por el trotón catalán.
Y es que
tal parece como si la Constitución del Estado, en vez de defenderse a sí misma
por medio de quien la cumple y hace cumplir, amparase más bien a quien la
ningunea y busca la ruina del propio Estado.
Un
ejemplo elocuente de ese temor reverencial elevado a pavor patológico se vio en
el caso del preso Bolinaga, cuando el supuesto enfermo terminal aleccionó a su
juez penitenciario ("cumpla usted la Ley"), y el
ministro del Interior Jorge Fernández Díaz se apresuró a ponerle en libertad sin
previo arrepentimiento, argumentando que "hacer lo contrario
habría sido prevaricación". Hoy, según dicen, el moribundo impenitente
cumple religiosamente su viacrucis chiquitero por las tascas de su
pueblo; es más, ha salido en la tele, no sólo andando por su pie, sino
aguantando en su hombro el brazo de un amigo que casi le doblaba la estatura.
Y a todo
esto, el excarcelado dale con que no se arrepiente, sin que el Gobierno
reconsidere su caso. Quién sabe si tras las próximas elecciones autonómicas,
siempre al amparo de la bendita Constitución, podrá decirse del 'Boli'
lo que Cicerón de Catilina [1]:
«El tío vive. ¿Cómo, que vive? ¡pero si hasta
viene al senado, toma parte en el concejo público y, de paso, se queda con nuestras caras! Mientras nosotros, valientes que somos, bastante hacemos por la cosa pública
con esquivar los dardos de su furia... O tempora, o mores!»
¿Es una
buena constitución, la española? Es la que hay. De Derecho Constitucional sé tanto como Sócrates:
nada. Pero de leer sabe cualquiera, y algo de lo que leo en nuestra Constitución
nunca me inspiró confianza.
Creo
recordar que en su día voté ‘no’ a ese documento. Por dos o tres razones
principales y una accesoria:
La razón accesoria
fue que su texto se me antojaba verboso y mal escrito, con vaciedades, ambigüedades y equívocos que lo hacían poco practicable y hasta
inseguro.
De las
razones principales para el ‘no’, la una fue colarnos de rondón la Monarquía, sin
referéndum previo. Todavía era nuevo el Rey de España, proclamado en virtud de
la Ley de Sucesión franquista el 22 de noviembre del 75. Aquel día me puse de mal humor y me hice esta reflexión para entre mí y mi cuaderno:
Siempre
que en España resonó fatal
la hora
del retorno del Borbón prognato,
figuró en
la yunta de su carromato
la astada
figura de algún general.
Le hacía
pareja la mitra, leal
de
siempre al conyugio de tronos y altares;
y al compás
de músicas nunca populares,
coronado
un memo, de nobleza nulo,
por el
patio de armas entraba de culo,
que es
como andan reyes, clero y militares.
¡Qué burradas
se le ocurrían a uno de joven! Y conste que no me pesa de ello, aunque hoy las cosas
parecen de otro modo. En particular, el ‘prognatismo borbónico’. Yo cambiaría lo «del Borbón prognato» por otro ripio: «del Borbón no chato». Don Juan Carlos I ha superado las expectativas de muchos, pero la cuestión no
es eso, sino el trágala de una restauración monárquica impuesta por un dictador.
Ahora
bien, lo más indigesto para mí de la nueva Carta Magna era, y sigue siendo, la
consagración de una desigualdad entre españoles, al distinguir por un lado no
sé que ‘nacionalidades’ y no sé qué ‘regiones’ (art. 2), y por otro reconociendo
‘derechos forales o especiales’ (art. 149. 1, 8ª) y privilegiando a ‘territorios
forales’ con sus ‘derechos históricos’ (disp. adic. 1ª).
¿Qué mandangas de derechos, qué foralidad? ¿qué nacionalidades? ‘Nacionalidades’, en plural, sólo una
vez aparece en el texto consticional (art. 2), sin definirse allí lo que significa, que
no puede ser lo mismo que ‘nacionalidad’ en otros lugares (art. 11 y
art. 149): el estatus del ciudadano de la nación
española, con exclusión de cualquiera otra ‘nacionalidad’ dentro del mismo
Estado [2].
Tras
esto, no tiene mucho sentido declarar pomposamente (art. 139. 1) que «todos
los españoles tienen los mismos derechos y obligaciones en cualquier parte de
territorio del Estado». ¡Pero si ni siquiera en una misma Comunidad
Autónoma como Euskadi son iguales ante la ley los ciudadanos de sus ‘territorios
históricos’!
No entro a ponderar otros lunares y verrugas en el rostro de Doña
Constitución, en especial ese feo lupus de las autonomías erigibles en reinos
de taifas a base de traspaso de competencias sin vuelta atrás. Lo
que cuenta es que el documento se aprobó, que hoy sigue siendo nuestra
constitución de todos los españoles, y que
todo lo que en España se hace debería ajustarse a su normativa, o de lo
contrario acarrear sanción. ¿Es así? No; pero aquí no pasa nada.
Aprobada la Constitución, sus redactores y parteros fueron saludados
como próceres, sabios y casi taumaturgos, al haber consensuado y dotado al país
de un instrumento de gobierno tan maravilloso. Hoy los ‘Padres de la
Constitución’ se ufanan menos, visto el resultado. Incompetentes no serían, pero
ingenuos harto, respecto a la condición humana y española. Algún sabio dijo que
hay que legislar para el bien común de la sociedad, esto es, en favor de su
parte sana, pero como si todos fuesen pícaros o delincuentes en potencia.
El mismo sabio dijo también que el imperio de la ley puede no dar premio, pero
nunca debe prescindir del miedo al castigo. Y aquí el desprecio a la Constitución, cuando no sale gratis es porque rinde dividendos.
¿Pues qué decir de una ley fundamental que los padres de la patria
pueden acatar con fórmulas peregrinas y circunloquios a capricho, incluso
expresando que lo hacen a regañadientes («por imperativo legal»)? A
partir de ahí, ya no choca ver aquí o allá el nombre de España vitando, la
bandera nacional arriada, el retrato del Jefe del Estado encubierto o vuelto contra la
pared, el idioma común oficial postergado o prohibido en favor de las lenguas ‘propias’.
Claro que si todo un Jefe de Gobierno como Rodríguez Zapatero se
permitió frivolizar sobre España, un «concepto discutido y discutible», difícil se puso fijar dónde empieza la felonía y
la traición.
«¿Pero usted quién se cree que es?» Ese
desplante del Jefe de la Oposición en el Congreso a Juan José Ibarretxe el año 2005 no lo
repite Rajoy ahora que es Jefe del Gobierno al President Mas, que no lo
merece menos que aquel lendacari.
Con esperpentos bajo palio constitucional, como los que se representan a
diario sobre todo en Vascongadas y Cataluña, no es extraño que fuera nos miren
como a un país pintoresco. Y encima pobres, pero eso sí, corruptos a carta
cabal.
__________________________________
[1] Catilinaria I, 1: «Hic tamen vivit. Vivit? immo vero
etiam in senatum venit, fit publici consili particeps, notat et designat oculis
ad caedem unum quemque nostrum. Nos autem
fortes viri satis facere rei publicae videmur, si istius furorem ac tela
vitemus... »
[2]
El Diccionario de Autoridades (IV: 644; 1734) definía nación como
«la colección de los habitadores en alguna Provincia, País o Reino». La
Universidad medieval dividía a sus miembros por ‘naciones’, identificadas por las grandes lenguas vernáculas, y la misma distinción se aplicó en otras
instituciones como los concilios y dietas, a efectos de votar.
En
cuanto a ‘nacionalidad’, el mismo Diccionario remite a la
autoridad del padre José de Moret, que la emplea en un sentido parecido al ‘nacionalismo’
moderno. Por ejemplo, sobre el reinado de Sancho IV el Sabio de Navarra (1150-1194)
: «En aquellos tiempos antiguos no havia echado tan ondas, y dañosas raìces
la passion de la Nacionalidad. Vivíase más à buena fè. Buscabanse los hombres
para los Puestos de quaquiera parte, no los Puestos para los hombres de la
afeccion Nacional, Sangre, ò Familia.»
(Annales del Reyno de Navarra, l. 19, c. 2, § 4, n. 23; Pamplona, P. Ibáñez, 1766; II: 472).







