lunes, 17 de diciembre de 2012

La O de María



Preámbulo
En Bilbao, tomo el autobús municipal, o ‘Bilbobus’. Como quiera que el nombre oficial de la Villa de Don Diego es sólo Bilbao (que no Bilbo), y no por ejemplo Bilbao/Bilbo o viceversa, pues eso: Bilbo-bus. Lógica impecable.
Estos días, a los viajeros, las ventanas del bilbobús nos felicitan la Navidad en varias lenguas. Del chino y el japonés no puedo decir nada. Las demás –español, francés, inglés, ruso, árabe…, catalán–, todas hacen referencia a la Navidad, algunas también a Cristo. Todas… menos el vasco: Zorionak.


Ni Navidades ni Cristo:
felicitades, y listo,
Bilbon, Zorionak!

       No sería mal estribillo para un bilbo-villancico de la nueva era post mesiánica.
Zorionak, Felicidades. ¿Felicidades, a santo de qué? Se da por supuesto, pero se calla. Un silencio parlante.
Y tan parlante. El día siguiente, 13, venía en El Correo un artículo de humorismo peculiar (‘Ateos,mula y buey, en peligro de extinción’), con esta tesis:
«Estas fechas siempre han sido complicadas para los ateos»
Sorprendente, ¿verdad? Pues veamos la matización:
«para los ateos, … los que esgrimen la aconfesionalidad del Estado».
Un lector del artículo, algo enfadado, estampaba su comentario con la casi siempre mal traída paradoja de Böll:
« Como decía Heinrich Boll (sic), ‘los   ateos me aburren, siempre están hablando de Dios’
Hombre, por aburrir, también aburren los ateos que se pasan la vida ‘callando de Dios’. Los que, a cuento del laicismo de Estado, no pierden comba para chistar que no se debe mentar la bicha, ni cosa que tenga que ver con el hecho religioso (sobre todo si es cristiano). En suma, los que por la vía del silencio forzado reniegan de algo que fue suyo. ¿Te engañaron? ¿te timaron? Pues avisado quedas, hombre, no eres el único. Pero tampoco te hagas un deber de airearlo a troche y moche, porque eso huele a proselitismo y a celo de neófito, con un pelín de mala conciencia. ¿A que sí?
Los ateos serios que conozco, empezando por mi más íntimo, no padecen esa superstición. Bien sea uno ateo de nacimiento o converso al ateísmo, el ateo de fuste sabe que la religión sigue ahí, siquiera reducida a tradición cultural; y la teología también está ahí, aunque sólo sea como parte de la filología y otros saberes, incluida la lógica. Lo que carece de toda lógica es apelar a la Constitución del Estado para aplicar la damnatio memoriae al pobre Jesucristo, aprovechando la ocasión de su cumpleaños. Si no se le felicita a él, ¿a qué viene felicitar al público? 
Esa falta de lógica se hace chirriante en el caso de los pretendidos laicos nacionalistas, que so pretexto de liquidar lo religioso aprovechan para colar de matute su propia religión, secta e integrismo, no menos dogmático y alienante que cualquier religión convencional. Ellos también piden su oportunidad para dar –para imponer– su timo.
Como ese tema ya lo toqué en la miniserie ‘Laicos de mucha fe’, para no repetirme invito a un sorbo de esa savia de cultura nuestra común a creyentes y descreídos.

La letra redonda: curiosidades y misterios
Hoy 17 de diciembre empieza la Semana de la O, y mañana 18 se celebra la Expectación (del Parto) de María. La popular María de la O.
Este que parece nombre de una letra vocal es en realidad la exclamación ¡Oh! en latín, poniendo título a la serie de siete ‘antífonas mayores’, que todas empiezan por esa llamada al Mesías prometido, para reclamarle que venga [1]:

Diciembre,
17: O Sapientia            (¡Oh Sabiduría!)
18: O Adonai                (¡Oh Adonay!)
19: O Radix Jesse        (¡Oh Raíz de Jesé!)
20: O Clavis David     (¡Oh Llave de David!)
21: O Oriens                  (¡Oh Oriente!)
22. O Rex Gentium     (¡Oh Rey de las Gentes!)
23. O Emmanuel         (¡Oh Manuel!)

Sin entrar en cada uno de los textos, sólo quiero señalar el carácter judaico de los mismos, en los epítetos mesiánicos tomados del Testamento Viejo, dos de ellos incluso en hebreo: Adonai y Emmanuel. Sin embargo, entre ellos no se incluye el que debería ser principal, Mesías (el cristo o ungido).
Observemos que ‘O Oriens’ corresponde al solsticio de invierno [2].
Otro secreto de las antífonas O es que el conjunto incluye la respuesta a la llamada. En efecto, los epítetos del Mesías componen un acróstico inverso, que se descubre leyendo de abajo arriba las iniciales marcadas en rojo: ERO CRAS (‘Estaré mañana’). Lo que se cumple el día 23, víspera de Nochebuena. Si ese acróstico es casual, obra de ingenio humano o de inspiración divina, Adonay lo sabe, pero ahí está.

Las antífonas O aparecen documentadas desde el último tercio del siglo IX pero son más antiguas, tal vez del VII, y su origen sigue incierto [3].
El carácter ambiguo de estos fervorines, entre ansiedad y esperanza por la salida de cuentas de María, aprovechó para aliviar un poco el ayuno de adviento. En algunas partes la entonación de cada antífona se reservaba a un dignatario o un empleo del cabildo o convento, debiendo el interesado corresponder con una propina. La antífona central ‘O clavis’, por lógica, le tocaba al hombre de las llaves, el mayordomo o despensero, y se entiende que la tarde del 20 era especialmente generosa, con una pitanza o piscolabis después de vísperas. El yugo de Cristo siempre era suave, pero en ciertos días la ligereza de carga se notaba más.
 En lo musical, una singularidad de estas piezas litúrgicas es el empleo del modo II en su melodía gregoriana. Escuchemos la primera, ‘O Sapientia’en dos versiones:
 1. Monodia coral masculina, con entrada:



2. Ahora a solo de voz blanca:



       Conozcamos también ese artilugio curioso que en algunas iglesias se plantaba sobre un mástil durante los días de la O. Este modelo de madera taraceada, no muy antiguo, con firma pirograbada de Cerdá, muestra al Niño en el centro de un aro sentado en un trono a modo de columpio. Se trata, pues, de una figuración simbólica, donde la O y el trono representan en abstracto la matriz y la vulva de la Virgen. Lo cual nos lleva al otro motivo conexo: el fruto del vientre de María.
¿Qué llevó realmente durante nueve meses la Virgen en su seno?
Nada como abrirlo, para verlo.
Pero primero, kanpora!, despejen nuestros ‘laicos’, que el espectáculo es un poco fuerte y podría herir su sensibilidad. Y mientras nos deshacemos de ese incordio, aquí tenemos otra prosa de Adviento, de lo más judaico de la liturgia, lo mismo en la tonalidad que en la letra:

Destilad rocío, cielos, desde arriba,
y las nubes lluevan al Justo.
(Ábrase la tierra
y germine al Salvador) (Isaías 45: 8).

Autor del ritornello: Isaías II, un desconocido que compone posiblemente en Babilonia, por la década de los 550-540 a. de JC. Incorporado al libro de Isaías, su aportación (Isaías, 40:1 – 55: 13) se conoce también como El Libro del Consuelo. Recomendable todo él para tiempos depresivos, como el presente.
El Rorate, coeli es una de mis piezas preferidas. Y mientras hoy malamente la tarareo, todavía me escucho, cuando la cantaba como niño de coro. Y gustaba, pueden creerme.
De nuevo propongo dos versiones:
1. Antifonal, monodia masculina.



       2. Y este milagro de monodia femenina.



       Hasta mañana... si Adonay quiere.
_________________________


[1] Su horario varió, de Laudes a Vísperas, para resaltar su relación con la Virgen y su cántico, el Magníficat, mejor que con el Benedictus.
[2] Oriente, en griego Ανατολή (existe el nombre Anatolio), también el Amanecer; como nombre mesiánico figura en el libro de Zacarías (3: 8 y 6: 12-13), según la versión griega judía de los LXX, a la que sigue la Vulgata latina. En cambio, el hebreo masorético pone Pimpollo: צֶמַח, (tsémah, pimpollo, vástago, renuevo. El destinatario del nombre mesiánico esperanzador era el sumo sacerdote Jesús Ben Josédec, que a la vuelta del destierro de Babilonia ejerce en estado de miseria, más que pobreza, como una plantita humilde que dara origen al nuevo sacerdocio.
[3] En la Vida de Alcuino de York, el sabio inglés al servicio de Carlomagno, se dice que la antevíspera de morir (mayo de 804) cantaba con alegría la antífona O clavis David, lo que no prueba el origen inglés de estas piezas. ¿Españolas tal vez? No es imposible, y algo hemos de ver al respecto, en relación con el Concilio Toledano X (año 656).
También el número de antífonas, su orden y su contenido, variaron, hasta una docena, algunas invocando a María y una hasta al apóstol santo Tomás (fiesta el 21 de diciembre, hasta 1969). Se impuso finalmente la septena actual.


martes, 11 de diciembre de 2012

Cerditos a Belén




El otro día visitamos un monasterio de clarisas. En una casa de esa Orden no puede faltar el Belén, de modo que aunque el trabajo ordinario es allí bastante duro, dos o tres monjas encontraban tiempo para montarlo.
Bromeando con ellas sobre el buey y la mula –tan de moda en relación con la veracidad evangélica–, estuvimos dando un repasitoo al resto de fauna belenística: vacuno, ovejas y cabras, aves de corral y palomas, bestias de carga, tiro y silla...
En esto, sor Raquel nos mostró una pieza notable. Aquí la vemos, en la palma de su mano: esa marrana hemosa y relajada, aliviándose de leche con sus tres gorrinos. Notable por su antigüedad y origen napolitano, notable también por la naturaleza de la especie. ¿Qué pintan cerdos en Belén?
El cerdo en la Biblia es prototipo de animal inmundo. En el Testamento Viejo, ni comerlo, ni tocarlo, vivo ni muerto. Excluido de la dieta humana, también lo está del sacrificio religioso. A Dios no le gusta el cerdo. Hazir: el hebreo bíblico no distingue entre el jabalí o cerdo montés y las variedades de cría. La hembra es hazirah y los lechones hazirón  y hazarzir. La raíz HZR aludiría a la costumbre de revolcarse o revolverse, pero también a su terquedad comprobada.
Sin embargo, un Midrash apunta otra razón: «¿Por qué ese nombre, hazir? Porque un día volverá a nosotros.» Es decir, el cerdo prohibido nos será devuelto. Volveremos sobre esta etimología.
El Testamento Nuevo tampoco hace favor al bicho. Cristo recomendaba no tratar de distraer a los puercos hambrientos mostrándoles perlas (Mateo 7: 6). El Hijo Pródigo toca fondo de su degradación haciendo oficio de porquero (Lucas 15: 15-16). Todo eso era en parábola. Pero recordemos también el episodio tremendo de una legión de demonios expulsados de un poseso, que se alojan en un gran piara de 2.000 animales y la hacen enloquecer, despeñándose las pobres reses al lago (Marcos 5: 1-13). Tres demonios por cerdo, calculando en 6.000 soldados la legión romana.

¿Por qué el cerdo?
El origen de ese tabú es oscuro. Se habla de una relación con el culto babilónico de  Dumuzi/Tammuz, dios titular de un mes del año solar. Una embestida de jabalí mató a Dumuzi, y no es casualidad que cerdo en turco se diga domuz. También entra en danza el dios egipcio Osiris, cuyo enemigo ritual Set se transformaba en cerdo. 
Pero sea cual sea la explicación ‘racional’, si existe, el criterio dietético de la ley de Moisés es caprichoso y flotante. Para los animales terrestres, el Levítico 11: 7 (= Deuteronomio 14: 3-8) lo basa en dos características: 1ª) pezuña hendida o pezuña entera (casco), y 2ª) rumiar o no rumiar. Sólo las especie que reúnan el doble carácter, pezuña partida y rumia, son puras. La oveja, la cabra, el vacuno, por ejemplo, no dejan lugar a dudas. El camello en cambio es impuro, según ejemplifica la propia Biblia, porque si bien es rumiante, no tiene la pezuña partida.
Pero si el criterio de las pezuñas no es del todo claro, lo de la rumia ya causa perplejidad. No se basa en observaciones anatómicas y fisiológicas, en los compartimentos estomacales y su función digestiva. Los artiodáctilos rumiantes son puros, salvo el camello, por la dichosa pezuña. Ahora bien, la liebre y el conejo son impuros, porque (al revés del camello) aunque no tienen pezuña hendida, sin embargo... ¡¡rumian!! De no haber puesto el Legislador ejemplos expresos, difícilmente se habría entendido como ‘rumiar’ el frotamiento de dientes que se observa en los hiracoideos (damán) y sobre todo en los lagomorfos (conejo, liebre), para controlar por desgaste la longitud de unos incisivos en crecimiento continuo. Por supuesto, los lagomorfos en su caída a la impureza arrastran consigo a los roedores (cfr. Isaías 66: 17), aunque estos no son tanto de ‘rumiar’.
Por la misma vía casuística o de ejemplos, el cerdo es manifiestamente impuro por la pezuña hendida y el no rumiar. ¿Y los perisodáctilos? El caballo y el asno son de carne impura porque sí. No son rumiantes, pero como si lo fueran. Con que salgamos de semejante embrollo, dejando flotar la duda: por qué esa fama pésima del cerdo, mucho peor que la del camello, el asno o el caballo.
Una mala fama que no se limita a la dietética, sino a la estética en general (Proverbios 11: 22):

Arandela de oro en hocico de puerco,
eso es la mujer hermosa pero falta de gusto.

La impureza del cerdo se ha querido explicar por su suciedad y su familiaridad con toda inmundicia, lo que le hace vector de enfermedades graves, como la triquinosis y las tenias, quizá también la peste y enfermedades de la piel; sin olvidar que los lamparones se llaman escrófulas, ‘cerditos’ en latín, igual que en hebreo hazirith. Los rabinos comparan al cerdo con una letrina ambulante, un retrete con patas y hocico que recicla hasta su propio estiércol [1]. 
Ahora bien, el estigma de sucio es infundado para un animal que en libertad, fuera del confinamiento inmundo de la cochiquera, es limpísimo, amigo del baño y de los revolcones higiénicos en el lodo, mal interpretados como afición a lo sucio. Un prejuicio del que ni con asistencia del Espíritu Santo se libró san Pedro Apóstol, o quien fuese el que lo escribió (2 Pedro 2: 22):

«Han hecho verdadero el refrán:
el perro vuelve a su vómito, 
y la puerca recién bañada a revolcarse en el cieno

Es verdad que los críticos no creen que esta carta sea de San Pedro. Para el caso da igual, sabiendo que el jefe del Colegio Apostólico fue una observante riguroso de la dietética judía. Recordemos aquella visión que tuvo de un mantel suspendido en el aire, cubierto de animales inmundos, mientras una voz le ordenaba: «Pedro, mata y come» (Hechos 10: 9-16). Espantado, rechazó la perspectiva de matar el hambre con aquellas porquerías, pero la voz le replicó: «No llames tú porquerías a lo que el Señor ha purificado».

El cerdo mesiánico
Ahí tenemos una posible pista del puerco como animal del Belén. Vamos a verlo.
En tiempos de Jesucristo, no todas las regiones judías eran observantes a rajatabla. Desde siempre los israelitas tuvieron familiaridad con el cerdo. En la época de adaptación cultural bajo los seleucidas, los tabúes ancestrales se relajan (de ahí la reforma macabea), y la cría de un animal tan rentable no fue rara, siquiera con fines comerciales y a cargo de pastores lumpen. El intento rigorista dietético en el llamado ‘Concilio de Jerusalén’ (Hechos, 15) no tuvo éxito en la diáspora, imponiéndose el aperturismo de Pablo en dietética y en la circuncisión.
Quedó claro que estas prácticas no tenían ninguna base higiénica o médica (eso pudo venir luego), ninguna explicación razonada. Eran sólo señas de identidad diferencial del judaísmo –un pueblo separado de todos los demás, fijadas en el Talmud para preservar con ellas la supervivencia de una nación sin estado dispersa  por el mundo.
En las crisis históricas con muchas ‘conversiones’ de judíos al cristianismo, las observancias del Talmud fueron piedra de toque para distinguir al ‘marrano’ (tornadizo) del converso sincero. El cerdo  se hizo emblemático, en ese sentido. El converso que no prueba de cerdo, malo. Si no cata la morcilla, marrano seguro. El propio animal se llamó por antonomasia marrano –una palabra que nació en Castilla, tal vez a mediados del siglo XIII, y que Europa nos devolverá como insulto dedicado a todos los españoles [2]

       La inclusión de cerditos en los belenes, empezando por los napolitanos –como el de la fotografía–, pudo ser sólo un rasgo de tipismo, como tantas figuras y actividades gratuitas o satíricas en ese escenario. ¿Gesto antijudío? Yo no lo veo.
Sin embargo, cabe una posible intención profunda, no precisamente antisemita, sino lo contrario. La tradición judía contempla la Era del Mesías como regeneración total. Entonces se revelará la bondad universal en las obras de Dios.
Hasta el más inmundo de los animales, el cerdo, será un manjar kosher en el banquete de los sábados. Eso sí, para adquirir ese estado de pureza, el cerdo tendrá que pasar por una etapa de cambios adaptativos. Cambios que no afectarán a su hermosa pezuña partida, pero sí a sus entrañas: ¡se volverá rumiante! La Ley es inmutable, y ni el mismo Dios puede cambiarla [3].

Con todo, una diferencia veo entre el puerco mesiánico judío por venir, y el nuestro que ya es. Precisamente por ser su Ley inmutable, jamás podrán los hijos de Israel degustar la morcilla. Ellos se lo pierden.
Para los cristianos, la nueva Era ya llegó, con morcilla y todo. El cerdo es algo más que comestible. Exquisito tostón, podemos interpretarlo como ‘el otro cordero pascual’, el de la Pascua navideña.
       A ello se suma la tradición germánica del ‘Cerdito de Adviento’, que por estas fechas se aparecía en los establos, como nuncio de ventura para el año nuevo. Representado en figuritas de bisutería, es talismán de buena suerte.
Ese podría ser el mensaje de los cerditos en el Belén. Como esta mamá puerca tranquila y satisfecha, después de haber sacrificado la mitad de su lechigada para el banquete pascual de Nochebuena, y así sacar adelante una prole reducida pero más vigorosa.
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[1] T. de Jerusalén, Berakhoth 1, 4c.  El puerco sería especialmente propenso a contraer negaím, toda suerte de ‘plagas’ o enfermedades de la piel (¡!): «Diez medidas de negaím bajaron al mundo, nueve se las quedó el cerdo, y sólo una a repartir entre el resto de las criaturas» ; cit. por Julius Preuss, Biblical and Talmudic Medicine, Jason Aronson Inc., reimpr. 1994, p. 345. El mismo Preuss recuerda que, según Plutarco y Tácito, los judíos no comen cerdo por temor a la lepra; una afirmación sin base en el Talmud (o. cit., pág. 338). En el texto de Plutarco (Cuestiones de sobremesa, 4. 5) los interlocutores mezclan motivos religiosos y de salud. Tácito por su parte se refiere expresamente no a la lepra, sino a la sarna (scabies), que se suponía enfermedad común a los judíos y a los puercos (Historias, 5, 2 y 4).
[2] Cfr. Corominas-Pascual, Diccionario etimológico, 3: 858-862).



lunes, 3 de diciembre de 2012

Si algo sobra en el belén ...





Diríase que ya estamos en Diciembre, el mes del eterno retorno.
Los meses en vascuence: vuelvo a repasar la lista.  Es opulenta y a la vez embarullada, confusa, como si el vasco no tuviera un cómputo fijo para los meses del año. El indicador de mes es –il(la), relativo a la lunación, aunque tampoco es seguro del todo. El calendario es esencialmente agrícola, con la relación de ‘los trabajo y los días’, y en parte también descriptivo y meteorológico.
¿Cómo se dice ‘diciembre’? La verdad es que hay una baraja de nombres a elegir. Algunos más que sospechosos, por los buenos oficios del padre Larramendi y otros estudiosos creativos. El nombre más antiguo es abendu (del latín Adventus, adviento). Creo que es el único més de evocación religiosa en el calendario. Bueno, todavía tiene diciembre otro nombre religioso, o casi: gabonil (el mes de Nochebuena), pero este neologismo no tiene más años que yo. Por lo cuál, los nuevos laicos se decantan más por lo agrícola o meteorológico, con nombres como lotazil, neg(u)il (?), o el horroroso hotzaro, algo así como  ‘la temporada de los resfriados’El vascuence unificado oficial recomienda el cristiano abendu, a ver lo que dura.
Es notable que en España, en los siglos XIV- XVI, el Año Nuevo empezaba en Navidad (‘estilo Navidad’, que decían). Quizá por eso, al pasar definitivamente el Año Nuevo al 1 de enero (‘estilo Circuncisión’, o Consular), arrastró consigo el nombre gabon, que significó ambas noches, la buena y la vieja.
He hablado de evocación religiosa, pero debo aclarar que lo religioso es aquí muy amplio, ya que el cristianismo aprovechó el solsticio de invierno (Sol Invictus) para suplantar ritos y fiestas paganas. En especial aquí se situó una fecha absolutamente incierta y convencional, como fue el Nacimiento de Jesús.
Belenes o nacimientos son todavía una tradición viva de las fiestas. Costumbre atribuida a san Francisco de Asís, que una nochebuena montó el primer pesebre en vivo, un cuadro plástico a modo de sermón dramático, que a la gente sencilla le hizo llorar de júbilo y emoción.
Popularizados los belenes o ‘pesebres’, el escenario se fue cargando de figuras en conjuntos abigarrados, con su ingrediente folclórico y con inspiración en los Evangelios apócrifos.
El buey y el asno (o la mula) no son evangélicos. Se dejaron caer por el pesebre, sin duda porque había heno, y con tal carburante esos bichos son excelentes caloríferos. Pero bromas aparte, hubo otra razón, aunque al evangelista Lucas se le pasó anotarla, que el hombre en eso era descuidadillo, nada que ver con Mateo. De haber sido éste el encargado por el Espíritu Santo de contar la leyenda del Belén, habría puesto sin duda el par de bestias, añadiendo esta razón: «para que se cumpliese la palabra de Dios por el profeta Isaías: Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre del amo’» (Isaías 1: 3).
Precisamente estos días está metiendo ruido la ‘depuración’ de esas dos figuras tan características, y algo más que comparsas en el ‘misterio’. Al parecer, el papa Benedicto XVI en su nuevo libro sobre Jesús de Nazaret comenta que esos animales no figuran en el relato de la Natividad.
Me guardo para otro día el arrebato de soberbia y desmesura para discutirle a todo un Señor Papa lo que sobra y falta en un Belén. Pero aprovechando ese gran Belén que ponen en la Plaza de San Pedro, delante de la Basílica, voy a despacharme yo solo, apuntando aquí lo que a mi juicio está más de sobra en aquel lugar, como un insulto por igual al intelecto de creyentes y descreídos.
(Flickr)
Burghesius: la verdad sea dicha, nunca me había fijado por fotografías. Pero la primera vez que pisé la Plaza y contemple en directo el fachadón teatral de Maderno, tapando casi la Cúpula de Miguel Ángel, fue como recibir un bofetón en todos los párpados. En la Plaza más emblemática de la Cristiandad Católica, en la basílica y cúpula más célebre del mundo entero, una inscripción colosal, bellamente escrita, con una palabra en medio, como centro gravitatorio de todo el mensaje (1612).
¿Y qué dice esa palabra? ¿‘JESUCRISTO’, obviamente? Frío, frío… O tal vez ‘SAN PEDRO’... Sí, pero no: se pregunta por la palabra central. A la vista está: BVRGHESIUS. «Oigan, que soy el Pontífice Máximo Paulo Quinto y me apellido Borghese, de los Borghesi de Siena, que vinimos hace apenas 70 años a la conquista de Roma, y aquí me tienen, todo un Borghese romano, primer cardenal y primer papa de la familia.»
Como dijo el saleroso Pasquino:

Tras los Carafa, Médicis, Farnesios,
hoy toca enriquecerse a los Burguesios.


Así que San Pedro a un lado y Cristo allá en el cielo, a la diestra de Dios Padre . En efecto, toda la inscripción es una dedicatoria de colega a colega, del 233º sucesor de Pedro al mismo Pedro, que si de veras fue alguna vez obispo de Roma, por su parte jamás usó el título de Pontífice Máximo, rigurosamente pagano.
Basta por hoy. Otro día conoceremos mejor al papa responsable de semejante ocurrencia. De momento, ahí le tenemos, retratado sin piedad por Ludovico Leone.
Y atención, por favor. Cuando digo que si algo sobra –infinitamente más que el buey y el asno o mula–, no estoy pidiendo que esa inscripción monumental se borre. Como dijo Pilato, «lo que escribí escribí». Siga como está, monumento al fin para eterna ignominia de Paulo V (1605-1621), que como buen advenedizo y nuevo rico, temió ser olvidado si no se anunciaba en mayúsculas por las paredes.