martes, 11 de diciembre de 2012

Cerditos a Belén




El otro día visitamos un monasterio de clarisas. En una casa de esa Orden no puede faltar el Belén, de modo que aunque el trabajo ordinario es allí bastante duro, dos o tres monjas encontraban tiempo para montarlo.
Bromeando con ellas sobre el buey y la mula –tan de moda en relación con la veracidad evangélica–, estuvimos dando un repasitoo al resto de fauna belenística: vacuno, ovejas y cabras, aves de corral y palomas, bestias de carga, tiro y silla...
En esto, sor Raquel nos mostró una pieza notable. Aquí la vemos, en la palma de su mano: esa marrana hemosa y relajada, aliviándose de leche con sus tres gorrinos. Notable por su antigüedad y origen napolitano, notable también por la naturaleza de la especie. ¿Qué pintan cerdos en Belén?
El cerdo en la Biblia es prototipo de animal inmundo. En el Testamento Viejo, ni comerlo, ni tocarlo, vivo ni muerto. Excluido de la dieta humana, también lo está del sacrificio religioso. A Dios no le gusta el cerdo. Hazir: el hebreo bíblico no distingue entre el jabalí o cerdo montés y las variedades de cría. La hembra es hazirah y los lechones hazirón  y hazarzir. La raíz HZR aludiría a la costumbre de revolcarse o revolverse, pero también a su terquedad comprobada.
Sin embargo, un Midrash apunta otra razón: «¿Por qué ese nombre, hazir? Porque un día volverá a nosotros.» Es decir, el cerdo prohibido nos será devuelto. Volveremos sobre esta etimología.
El Testamento Nuevo tampoco hace favor al bicho. Cristo recomendaba no tratar de distraer a los puercos hambrientos mostrándoles perlas (Mateo 7: 6). El Hijo Pródigo toca fondo de su degradación haciendo oficio de porquero (Lucas 15: 15-16). Todo eso era en parábola. Pero recordemos también el episodio tremendo de una legión de demonios expulsados de un poseso, que se alojan en un gran piara de 2.000 animales y la hacen enloquecer, despeñándose las pobres reses al lago (Marcos 5: 1-13). Tres demonios por cerdo, calculando en 6.000 soldados la legión romana.

¿Por qué el cerdo?
El origen de ese tabú es oscuro. Se habla de una relación con el culto babilónico de  Dumuzi/Tammuz, dios titular de un mes del año solar. Una embestida de jabalí mató a Dumuzi, y no es casualidad que cerdo en turco se diga domuz. También entra en danza el dios egipcio Osiris, cuyo enemigo ritual Set se transformaba en cerdo. 
Pero sea cual sea la explicación ‘racional’, si existe, el criterio dietético de la ley de Moisés es caprichoso y flotante. Para los animales terrestres, el Levítico 11: 7 (= Deuteronomio 14: 3-8) lo basa en dos características: 1ª) pezuña hendida o pezuña entera (casco), y 2ª) rumiar o no rumiar. Sólo las especie que reúnan el doble carácter, pezuña partida y rumia, son puras. La oveja, la cabra, el vacuno, por ejemplo, no dejan lugar a dudas. El camello en cambio es impuro, según ejemplifica la propia Biblia, porque si bien es rumiante, no tiene la pezuña partida.
Pero si el criterio de las pezuñas no es del todo claro, lo de la rumia ya causa perplejidad. No se basa en observaciones anatómicas y fisiológicas, en los compartimentos estomacales y su función digestiva. Los artiodáctilos rumiantes son puros, salvo el camello, por la dichosa pezuña. Ahora bien, la liebre y el conejo son impuros, porque (al revés del camello) aunque no tienen pezuña hendida, sin embargo... ¡¡rumian!! De no haber puesto el Legislador ejemplos expresos, difícilmente se habría entendido como ‘rumiar’ el frotamiento de dientes que se observa en los hiracoideos (damán) y sobre todo en los lagomorfos (conejo, liebre), para controlar por desgaste la longitud de unos incisivos en crecimiento continuo. Por supuesto, los lagomorfos en su caída a la impureza arrastran consigo a los roedores (cfr. Isaías 66: 17), aunque estos no son tanto de ‘rumiar’.
Por la misma vía casuística o de ejemplos, el cerdo es manifiestamente impuro por la pezuña hendida y el no rumiar. ¿Y los perisodáctilos? El caballo y el asno son de carne impura porque sí. No son rumiantes, pero como si lo fueran. Con que salgamos de semejante embrollo, dejando flotar la duda: por qué esa fama pésima del cerdo, mucho peor que la del camello, el asno o el caballo.
Una mala fama que no se limita a la dietética, sino a la estética en general (Proverbios 11: 22):

Arandela de oro en hocico de puerco,
eso es la mujer hermosa pero falta de gusto.

La impureza del cerdo se ha querido explicar por su suciedad y su familiaridad con toda inmundicia, lo que le hace vector de enfermedades graves, como la triquinosis y las tenias, quizá también la peste y enfermedades de la piel; sin olvidar que los lamparones se llaman escrófulas, ‘cerditos’ en latín, igual que en hebreo hazirith. Los rabinos comparan al cerdo con una letrina ambulante, un retrete con patas y hocico que recicla hasta su propio estiércol [1]. 
Ahora bien, el estigma de sucio es infundado para un animal que en libertad, fuera del confinamiento inmundo de la cochiquera, es limpísimo, amigo del baño y de los revolcones higiénicos en el lodo, mal interpretados como afición a lo sucio. Un prejuicio del que ni con asistencia del Espíritu Santo se libró san Pedro Apóstol, o quien fuese el que lo escribió (2 Pedro 2: 22):

«Han hecho verdadero el refrán:
el perro vuelve a su vómito, 
y la puerca recién bañada a revolcarse en el cieno

Es verdad que los críticos no creen que esta carta sea de San Pedro. Para el caso da igual, sabiendo que el jefe del Colegio Apostólico fue una observante riguroso de la dietética judía. Recordemos aquella visión que tuvo de un mantel suspendido en el aire, cubierto de animales inmundos, mientras una voz le ordenaba: «Pedro, mata y come» (Hechos 10: 9-16). Espantado, rechazó la perspectiva de matar el hambre con aquellas porquerías, pero la voz le replicó: «No llames tú porquerías a lo que el Señor ha purificado».

El cerdo mesiánico
Ahí tenemos una posible pista del puerco como animal del Belén. Vamos a verlo.
En tiempos de Jesucristo, no todas las regiones judías eran observantes a rajatabla. Desde siempre los israelitas tuvieron familiaridad con el cerdo. En la época de adaptación cultural bajo los seleucidas, los tabúes ancestrales se relajan (de ahí la reforma macabea), y la cría de un animal tan rentable no fue rara, siquiera con fines comerciales y a cargo de pastores lumpen. El intento rigorista dietético en el llamado ‘Concilio de Jerusalén’ (Hechos, 15) no tuvo éxito en la diáspora, imponiéndose el aperturismo de Pablo en dietética y en la circuncisión.
Quedó claro que estas prácticas no tenían ninguna base higiénica o médica (eso pudo venir luego), ninguna explicación razonada. Eran sólo señas de identidad diferencial del judaísmo –un pueblo separado de todos los demás, fijadas en el Talmud para preservar con ellas la supervivencia de una nación sin estado dispersa  por el mundo.
En las crisis históricas con muchas ‘conversiones’ de judíos al cristianismo, las observancias del Talmud fueron piedra de toque para distinguir al ‘marrano’ (tornadizo) del converso sincero. El cerdo  se hizo emblemático, en ese sentido. El converso que no prueba de cerdo, malo. Si no cata la morcilla, marrano seguro. El propio animal se llamó por antonomasia marrano –una palabra que nació en Castilla, tal vez a mediados del siglo XIII, y que Europa nos devolverá como insulto dedicado a todos los españoles [2]

       La inclusión de cerditos en los belenes, empezando por los napolitanos –como el de la fotografía–, pudo ser sólo un rasgo de tipismo, como tantas figuras y actividades gratuitas o satíricas en ese escenario. ¿Gesto antijudío? Yo no lo veo.
Sin embargo, cabe una posible intención profunda, no precisamente antisemita, sino lo contrario. La tradición judía contempla la Era del Mesías como regeneración total. Entonces se revelará la bondad universal en las obras de Dios.
Hasta el más inmundo de los animales, el cerdo, será un manjar kosher en el banquete de los sábados. Eso sí, para adquirir ese estado de pureza, el cerdo tendrá que pasar por una etapa de cambios adaptativos. Cambios que no afectarán a su hermosa pezuña partida, pero sí a sus entrañas: ¡se volverá rumiante! La Ley es inmutable, y ni el mismo Dios puede cambiarla [3].

Con todo, una diferencia veo entre el puerco mesiánico judío por venir, y el nuestro que ya es. Precisamente por ser su Ley inmutable, jamás podrán los hijos de Israel degustar la morcilla. Ellos se lo pierden.
Para los cristianos, la nueva Era ya llegó, con morcilla y todo. El cerdo es algo más que comestible. Exquisito tostón, podemos interpretarlo como ‘el otro cordero pascual’, el de la Pascua navideña.
       A ello se suma la tradición germánica del ‘Cerdito de Adviento’, que por estas fechas se aparecía en los establos, como nuncio de ventura para el año nuevo. Representado en figuritas de bisutería, es talismán de buena suerte.
Ese podría ser el mensaje de los cerditos en el Belén. Como esta mamá puerca tranquila y satisfecha, después de haber sacrificado la mitad de su lechigada para el banquete pascual de Nochebuena, y así sacar adelante una prole reducida pero más vigorosa.
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[1] T. de Jerusalén, Berakhoth 1, 4c.  El puerco sería especialmente propenso a contraer negaím, toda suerte de ‘plagas’ o enfermedades de la piel (¡!): «Diez medidas de negaím bajaron al mundo, nueve se las quedó el cerdo, y sólo una a repartir entre el resto de las criaturas» ; cit. por Julius Preuss, Biblical and Talmudic Medicine, Jason Aronson Inc., reimpr. 1994, p. 345. El mismo Preuss recuerda que, según Plutarco y Tácito, los judíos no comen cerdo por temor a la lepra; una afirmación sin base en el Talmud (o. cit., pág. 338). En el texto de Plutarco (Cuestiones de sobremesa, 4. 5) los interlocutores mezclan motivos religiosos y de salud. Tácito por su parte se refiere expresamente no a la lepra, sino a la sarna (scabies), que se suponía enfermedad común a los judíos y a los puercos (Historias, 5, 2 y 4).
[2] Cfr. Corominas-Pascual, Diccionario etimológico, 3: 858-862).



lunes, 3 de diciembre de 2012

Si algo sobra en el belén ...





Diríase que ya estamos en Diciembre, el mes del eterno retorno.
Los meses en vascuence: vuelvo a repasar la lista.  Es opulenta y a la vez embarullada, confusa, como si el vasco no tuviera un cómputo fijo para los meses del año. El indicador de mes es –il(la), relativo a la lunación, aunque tampoco es seguro del todo. El calendario es esencialmente agrícola, con la relación de ‘los trabajo y los días’, y en parte también descriptivo y meteorológico.
¿Cómo se dice ‘diciembre’? La verdad es que hay una baraja de nombres a elegir. Algunos más que sospechosos, por los buenos oficios del padre Larramendi y otros estudiosos creativos. El nombre más antiguo es abendu (del latín Adventus, adviento). Creo que es el único més de evocación religiosa en el calendario. Bueno, todavía tiene diciembre otro nombre religioso, o casi: gabonil (el mes de Nochebuena), pero este neologismo no tiene más años que yo. Por lo cuál, los nuevos laicos se decantan más por lo agrícola o meteorológico, con nombres como lotazil, neg(u)il (?), o el horroroso hotzaro, algo así como  ‘la temporada de los resfriados’El vascuence unificado oficial recomienda el cristiano abendu, a ver lo que dura.
Es notable que en España, en los siglos XIV- XVI, el Año Nuevo empezaba en Navidad (‘estilo Navidad’, que decían). Quizá por eso, al pasar definitivamente el Año Nuevo al 1 de enero (‘estilo Circuncisión’, o Consular), arrastró consigo el nombre gabon, que significó ambas noches, la buena y la vieja.
He hablado de evocación religiosa, pero debo aclarar que lo religioso es aquí muy amplio, ya que el cristianismo aprovechó el solsticio de invierno (Sol Invictus) para suplantar ritos y fiestas paganas. En especial aquí se situó una fecha absolutamente incierta y convencional, como fue el Nacimiento de Jesús.
Belenes o nacimientos son todavía una tradición viva de las fiestas. Costumbre atribuida a san Francisco de Asís, que una nochebuena montó el primer pesebre en vivo, un cuadro plástico a modo de sermón dramático, que a la gente sencilla le hizo llorar de júbilo y emoción.
Popularizados los belenes o ‘pesebres’, el escenario se fue cargando de figuras en conjuntos abigarrados, con su ingrediente folclórico y con inspiración en los Evangelios apócrifos.
El buey y el asno (o la mula) no son evangélicos. Se dejaron caer por el pesebre, sin duda porque había heno, y con tal carburante esos bichos son excelentes caloríferos. Pero bromas aparte, hubo otra razón, aunque al evangelista Lucas se le pasó anotarla, que el hombre en eso era descuidadillo, nada que ver con Mateo. De haber sido éste el encargado por el Espíritu Santo de contar la leyenda del Belén, habría puesto sin duda el par de bestias, añadiendo esta razón: «para que se cumpliese la palabra de Dios por el profeta Isaías: Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre del amo’» (Isaías 1: 3).
Precisamente estos días está metiendo ruido la ‘depuración’ de esas dos figuras tan características, y algo más que comparsas en el ‘misterio’. Al parecer, el papa Benedicto XVI en su nuevo libro sobre Jesús de Nazaret comenta que esos animales no figuran en el relato de la Natividad.
Me guardo para otro día el arrebato de soberbia y desmesura para discutirle a todo un Señor Papa lo que sobra y falta en un Belén. Pero aprovechando ese gran Belén que ponen en la Plaza de San Pedro, delante de la Basílica, voy a despacharme yo solo, apuntando aquí lo que a mi juicio está más de sobra en aquel lugar, como un insulto por igual al intelecto de creyentes y descreídos.
(Flickr)
Burghesius: la verdad sea dicha, nunca me había fijado por fotografías. Pero la primera vez que pisé la Plaza y contemple en directo el fachadón teatral de Maderno, tapando casi la Cúpula de Miguel Ángel, fue como recibir un bofetón en todos los párpados. En la Plaza más emblemática de la Cristiandad Católica, en la basílica y cúpula más célebre del mundo entero, una inscripción colosal, bellamente escrita, con una palabra en medio, como centro gravitatorio de todo el mensaje (1612).
¿Y qué dice esa palabra? ¿‘JESUCRISTO’, obviamente? Frío, frío… O tal vez ‘SAN PEDRO’... Sí, pero no: se pregunta por la palabra central. A la vista está: BVRGHESIUS. «Oigan, que soy el Pontífice Máximo Paulo Quinto y me apellido Borghese, de los Borghesi de Siena, que vinimos hace apenas 70 años a la conquista de Roma, y aquí me tienen, todo un Borghese romano, primer cardenal y primer papa de la familia.»
Como dijo el saleroso Pasquino:

Tras los Carafa, Médicis, Farnesios,
hoy toca enriquecerse a los Burguesios.


Así que San Pedro a un lado y Cristo allá en el cielo, a la diestra de Dios Padre . En efecto, toda la inscripción es una dedicatoria de colega a colega, del 233º sucesor de Pedro al mismo Pedro, que si de veras fue alguna vez obispo de Roma, por su parte jamás usó el título de Pontífice Máximo, rigurosamente pagano.
Basta por hoy. Otro día conoceremos mejor al papa responsable de semejante ocurrencia. De momento, ahí le tenemos, retratado sin piedad por Ludovico Leone.
Y atención, por favor. Cuando digo que si algo sobra –infinitamente más que el buey y el asno o mula–, no estoy pidiendo que esa inscripción monumental se borre. Como dijo Pilato, «lo que escribí escribí». Siga como está, monumento al fin para eterna ignominia de Paulo V (1605-1621), que como buen advenedizo y nuevo rico, temió ser olvidado si no se anunciaba en mayúsculas por las paredes. 

lunes, 26 de noviembre de 2012

Los ‘malos usos’ de Cataluña Vieja



       La noche de los cuchillos largos para el despiece de España no la gasté en adivinar lo que ayer mismo había de saber. Me dediqué en cambio a la lectura de un librito viejo, con un estudio serio sobre un tema que para mucha gente es historia-ficción. El título, ‘Del derecho del señor en la antigua Cataluña’, se refiere «al inmoral é inverosímil derecho, cuyo nombre sirve de epígrafe a este artículo», explica (es un decir) el autor, reticente a llamar por su nombre al ius primae noctis o ‘derecho de pernada’.
       ¿Qué por qué se me ocurrió elegir esa lectura? Reminiscencia y asociación de ideas. Artur Mas había dicho al cierre de su campaña electoral: «No som vassalls de l'Estat espanyol». Y me acordé de aquellos catalanes que en lo antiguo sí fueron vasallos, pero de otros catalanes, como auténticos siervos de la gleba, sin derecho a dejar el mas o ‘manso’ sin licencia y pago al señor feudal. Los vasallos de remensa, sujetos por ‘derecho’ a malos tratos y malos usos, que generaron guerra sangrienta. Todo ello en relación con el tema de ‘Los catalanes y la violencia’.

       Antes de entrar en brega, tengo una duda sobre el término ‘pernada’. Al parecer, fue Covarrubias (1611) el primero que lo registró –dentro de la voz ‘pierna’–, como «el golpe que da la bestia con el pie». O no tan bestia, pues ya la Academia desde su primer Diccionario [1]  hasta hoy la define como el «golpe que se da con la pierna», o el «movimiento violento que se hace con ella». Coz o patada, da igual para el caso: ‘pernada’, de pierna.
       ¿Y el derecho de pernada? Pues bien, el DRAE a pie de entrada remite a ‘derecho de pernada’: «derecho que se ha atribuido al señor feudal, por el que este yacía con la esposa del vasallo recién casada». Vamos, que también esta ‘pernada’ vendría de pierna. Y como no es creíble que aquel señor, por bruto que se le imagine, la emprendía a coces con la novia, alguien supuso que la supuesta pernada feudal se quedó en coyunda simbólica o ritualizada. Algo así como poner el caballero una de sus dos piernas en la cama de la mujer, en ademán de irse a acostar con ella, sin pasar a mayores.
       Otros textos, sin embargo, son más atrevidos. Sin ir más lejos, dos tan autorizados como el ‘Proyecto de Concordia’ (1462) y la ‘Sentencia Arbitral de Guadalupe’ (1486), que supuso la abolición de los malos usos por Fernando el Católico:

«Item, pretenen alguns Senyors, que com lo pages pren muller, lo senyor ha de dormir la primera nit ab ella, e en senyal de senyoria, lo vespre que lo pages deu fer noces esser la muller colgada, ve lo senyor e munte en lo lit pessant de sobre la dita dona… » [2]
(Proyecto de Concordia, cap. 8)

«Item, sententiam, arbitram, e declaram, que los dits Senyors no pugan pendre per didas pera sos fills, o altres qualsevol creaturas, las mullers dels dits pagesos de remensa, ab paga ne sens paga, menys de luz voluntat; ni tampoc pugan la primera nit que los pages pren muller dormir ab ella, o en senyal de senyoria, la nit de bodas, apres que la muller sera colgada en lo llit passar sobre aquel sobre la dita muller... » [3]
(Sentencia Arbitral, cap. 9)

       Dichos textos, que sin duda alguna sabían de qué hablaban, sugieren un ejercicio viril señorial más expresivo, subiendo el derecho habiente con toda su humanidad al tálamo nupcial, pasando sobre el cuerpo de la mujer sin mancharla, para apearse por el mismo, o mejor por el lado opuesto. En parte depende de que leamos passar y passant, o pessar y pessant, respectivamente. Eso aparte, aquí la pernada sería el fugaz contacto de las piernas masculinas con las del otro sexo. Y lo confirma el catalán cuando dice dret de cuixa, como en francés, droit de cuissage: en rigor, ‘muslada’.
       Etimología sugerente, concedo, aunque estoy más con los que entienden ‘pernada’ como apócope de ‘pernoctada’, de modo que el derecho de pernada sería mera traducción del latín ius pernoctationis, sinónimo de ius primae noctis.

       La pernada, ¿mito o verdad?
       Si en la Cataluña de hoy tienen carta de naturaleza las  «corrupciones irregulares» –en fórmula pintoresca de doña Alicia Sánchez  Camacho para referirse  a casos como el Palau de Barcelona, o las cuentas del Presidente–, no hay razón para poner en duda en el mismo país y en la Edad Oscura  la posibilidad de derechos torcidos y de usos abusivos. 
       De hecho nadie niega la realidad de unos ‘malos usos’ catalanes –eufemismo para referirse a abusos y atropellos del fuerte contra el débil–, legitimados por el derecho consuetudinario, que hicieron del sistema feudal en la Cataluña profunda el más brutal y atrasado de la Península, y al nivel de lo más bajo que pudo conocerse en el orbe cristiano. Fue una violencia constitucional que generó violencia, guerras y bandidaje. Y no deja de ser curioso, para la historia de la mentalidad catalana, que aquellos abusos, reconocidos como tales, no se suprimieron sin más, sino que se sustituyeron por multas o compensaciones pecuniarias al agresor injusto. Es decir, el payés debía ir pagando a su señor por el hecho de no infligirle éste toda una larga serie de vejámenes y humillaciones.  Después de todo, hablamos de vasallos de remensa (redimencia), que si querían cierta libertad de movimiento tenían que comprarla.
       Los ‘malos usos’ catalanes son algo que hoy se saben de carrerilla toda la canalla escolar del Principado: intestia, exorquia, cugucia, arcia y firma de spoli. Reducidos a cinco en mi Minguijón, suman seis con la remensa o redimencia personal, sin contar otros monopolios y gajes señoriales bastante comunes en la época (molinos, hornos, yugadas etc.) [4].
       En rigor, los malos usos no tendrían marchamo catalán, sino de Aragón como reino, reconocidos por Pedro IV en Cortes de Zaragoza (1380). Pero fue en la Cataluña Vieja, al norte del Llobregat, donde la institución se realizó en toda su crudeza, sin olvidar que el Jus maletractandi se había consagrado en Cortes de Cervera, ya en 1202.
       Como se ve, el derecho de pernada no entra en lista, y aun podemos añadir que ninguna lista oficial de malos usos lo incluye de forma explícita, hasta los textos citados del siglo XV, en relación con la extinción de los mismos. La reticencia ha sido tal, durante siglos, que muchos autores –la mayoría quizá– han puesto en duda o negado que tamaña vergüenza se haya dado en el país con carácter institucional, salvo casos anecdóticos, como en cualquier parte de España y del mundo antiguo o moderno. Ninguna escuela catalana, ningún escolar aprobaría hoy en día el examen, creyendo en la realidad histórica del derecho de pernada. Muchos ni siquiera oyen hablar de algo tan inadecuado para la mente infantil.
       Sin embargo, tratándose de un debate jurídico, bien estará decirnos a nosotros mismos: audiatur et altera pars. Y aquí es donde viene mi librito, y ya era hora de nombrar a don Francisco Cárdenas, doblemente académico, de la Historia y de la de Ciencias Morales y Políticas, autor de Estudios Jurídicos, (2 tomos, Madrid, 1884), donde reimprime su estudio, ‘Del Derecho del Señor en la Antigua Cataluña’, publicado antes en 1874. El ‘derecho del señor’, en elipsis pudibunda victoriana, era por antonomasia nuestro derecho de pernada.
       Frente a autores que lo negaron, Cárdenas está persuadido de que fue algo más que un abuso ocasional [5]. No es mi intención meterme en semejante jardín, pero confieso que al cabo de bastantes años, esta relectura de don Francisco me confirma en la impresión primera, que es un trabajo documentado y a la vez desapasionado, todavía hoy muy digno de tenerse en cuenta.
       Comienza explicando la naturaleza del vasallaje de remensa, y cómo la torpeza de la reina Gobernadora doña María, mujer de Alfonso IV de Aragón, dio ocasión a larga guerra entre señores y vasallos (1462-1472, 1484-1486), entreverada con el alzamiento de Cataluña contra el rey Juan II, atizada por su hijo don Carlos, el Príncipe de Viana [6]. 
       Tampoco voy a resumir un texto que hoy es asequible en la red, en espléndida edición digital. A ella remito a quienes interese el tema [7].
       Arriba hemos visto un par de textos harto expresivos. Fijémonos en el de 1486, que no sólo describe el derecho de pernada, sino que añade otro mal uso, sobre obligar el señor a las payesas a servirles de amas de cría. Esto a primera vista puede parecer menos bárbaro que la pernada, incluso en su acepción literal. Pero bien mirado, la situación moral era mucho más comprometida para la mujer, con el marido ausente en la faena, y ella virtualmente en poder del amo, con el preservativo de la lactancia para no cargarle de bastardos.
       Para terminar, es sabido que el golpe definitivo a los malos usos lo dio Fernando el Católico con su Sentencia Arbitral de 1486. Pero dado que la política de este rey había sido vacilante en un principio, y que constituido en árbitro elige el Monasterio de Guadalupe para firmar el fallo (junto con otros detalles del propio texto), no me parece gratuito ver la influencia de doña Isabel, mucho más sensible en lo humano y lo moral que su maquiavélico marido. 

       Y eso que tampoco entonces los catalanes eran vasallos de Castilla, que diría el Molt Inefable Artur Mas.
______________________________________
       [1] Diccionario de Autoridades, tomo 5, 1737.
       [2] «Item, pretenden algunos Señores que, cuando el payés toma mujer, el Señor ha de dormir la primera noche con ella, y en señal de señorío, la víspera en que el payés debe consumar la boda, estando la mujer colocada en la cama, el señor sube a la cama y pesa sobre la dicha mujer… »
       [3] «Item, sentenciamos, arbitramos y declaramos, que los dichos Señores no puedan tomar por nodrizas para sus hijos, u otras cuales quiera criaturas, a las mujeres de los dichos payeses de remensa, con paga ni sin paga, a menos que ellos consientan; ni tampoco puedan, la primera noche que el payés toma mujer, dormir con ella, o en señal de señorío, la noche de bodas, una vez colocada la mujer en el lecho, pasar sobre el mismo sobre la dicha mujer…»
       [4] Salvador Minguijón Adrián, Historia del Derecho Español, 4ª ed. Barcelona, Labor, 1953, págs. 318-319. Cfr. Luis G. de Valdeavellano, Curso de historia de las Instituciones Españolas. 3ª ed. Madrid, Rev. de Occidente, 1973, págs. 253-4, 360-1.

       [5] Esta tesis fue la defendida más tarde, entre otros, por Eduardo Hinojosa y Naveros (Existió en Cataluña el “ius primae noctis”? Obras, vol. 1, p. 232.; El régimen señorial y la cuestión agraria en Cataluña durante la Edad Media. Madrid, 1905.). Especialista en Derecho Catalán, en particular el de Gerona, su autoridad se impuso.
       [6] Es muy notable que el cabecilla en estas luchas, Francisco de Verntallat (1426-1498/99) fue tenido por «un simple campesino, cuando en realidad era un hidalgo pobre»: J. Vicens Vives (Dir.), Historia social y económica de España y América. Barcelona, Teide, 1957, t. 2, pág. 465.
       [7] F. cárdenas, Estudios Jurídicos. Tomo1. Tomo 2.