lunes, 4 de junio de 2012

Las Columnas de Serapis




Entre todas las fijaciones infantiles que recuerdo, una de las más tenaces y vivas ha sido la imagen de las Tres Columnas del Serapeo de Pozzuoli. La misma que Lyell adoptó como frontis de su obra magna, Principios de Geología (1830-1833, 3 tomos).
La tríada de monolitos de mármol cipolino claro con ancha banda oscura a media altura perforada por moluscos marinos está diciendo tres cosas: 1ª) esas piezas arqueológicas de hace 2.000 años siempre han estado de pie, 2ª) mientras el suelo con ellas descendía varios metros bajo el nivel del mar y tras largo tiempo volvía a subir, 3ª) moviéndose con la suavidad suficiente para no derribarlas.
Estas cosas aprendidas de niño marcan para toda la vida, y el ‘Templo de Serapis’ próximo a Nápoles entró en mi lista de las cosas que hay que ver. Por qué, no sabría explicarlo. Hoy diría que porque aquello entraba en la categoría de lo que los antiguos llamaron ‘paradojas’ (cosas raras), thaúmata o mirabilia: las ‘maravillas del mundo’. Las Maravillas del Mundo: precisamente era el título de mi primer álbum de cromos ‘Nestlé’, manoseado con fruición, aunque no recuerdo si las columnas  estaban allí.
Sorprendente en sí mismo este paraje geológico, despierta otra sorpresa mucho mayor: ¿cómo es que la Geología –palabra en uso desde principios del siglo XVII– no se hizo ciencia moderna hasta el siglo XIX ?[1]
Si para nuestro reloj biológico y vida breve era difícil hacernos a la idea del tiempo geológico, el mito cosmogónico y la ‘historia’ sagrada de la Biblia lo puso más difícil. Cierto que la Biblia habla de un cataclismo o diluvio universal, de una catástrofe ígnea que devoró la Pentápolis del Mar Muerto, de una parada del sol y la luna, incluso de un movimiento retrógrado de la sombra en algo parecido a un reloj de sol. Pero se trata de ‘milagros’ divinos, al margen de todo razonamiento crítico, analítico o predictivo.
La Geología nació y creció esclava doméstica de la Teología. Lo dijo Charles Lyell (un científico creyente), «los sistemas geológicos más populares en el siglo XVIII fueron de lo más ingenioso para ajustar los ‘hechos’ al relato de Moisés» (concordismo) [2]. Es una página patética, porque el gran geólogo la enfila contra Voltaire, quien por supuesto «was ignorant of the real state of the science», al margen de su mala fe, «bad faith». Y eso de la mala fe ajena lo escribía un hombre de ciencia que terminó haciéndose sus trampillas al solitario para salvar la suya.
Cuando el joven Darwin se embarca en el ‘Beagle’ (1831-1836), el capitán Fitz-Roy le invita a compartir su camarote. Allí en un anaquel de libros estaba el de Lyell, que para Darwin fue de cabecera todo el viaje, llevándole a conclusiones nada aceptables para los teólogos. Ante el evolucionismo darviniano, Lyell nadó y guardó la ropa: rechazó la teoría y siguió siendo conciliador respecto a unos relatos bíblicos que él creía revelados por Dios y auténticos «de Moisés».
Todavía en aquel tiempo mucha gente con ideas propias en Biología y Geología las publicaba en folletos anónimos [3]. Y eso en el Reino Unido, a donde no llegaba el brazo del Santo Oficio. Asombroso, porque ya en los siglos II-III los pensadores cristianos cultos, como Orígenes, al corriente de las teorías científicas de entonces, proponían para la Biblia sentidos místicos e interpretación alegórica. Frente a eso, la ortodoxia se decantó por tomar al pie de la letra lo que sólo eran mitos y leyendas. El resultado a la vista está.
De todas formas, incluso superado el obstáculo de la Cosmogonía mosaica y abordado el problema con nueva mentalidad, la ciencia geológica no dio el salto decisivo hasta que vino la ‘revelación/revolución’ de la deriva continental, el principio de isostasia y el modelo de la Tectónica de Placas.
Volviendo a nuestros Campos Flegreos, la inestabilidad de la zona se manifiesta también en surgencias hidrotermales explotadas desde los romanos. Este aspecto balneario quédese para otro día.

Plutón respira
Las columnas de Pozzuoli –una de ellas muy cinchada— pertenecen a la historia de la ciencia. La realidad del bradiseísmo o ‘terremoto lento’ era conocida allí desde muy antiguo, cuando se le atribuía significado religioso. Era como si el mundo de los muertos allá abajo palpitara, como si el pecho gigantesco de Plutón subiera y bajara en sosegado ritmo respiratorio.
La fase ascendente se acompañaba de retroceso de la línea de costa, apareciendo tierras de nadie. Este ir y venir del litoral surtía efecto jurídicos sobre la propiedad del suelo emergente. Así el 6 de octubre de 1503 los Reyes Católicos fallaron a favor de la universidad o comuna de Pozzuoli, atribuyéndole la propiedad del nuevo suelo con toda su raíz. Y pocos años después, en 1511, el virrey de Nápoles en nombre de Fernando de Aragón, como rey de las Dos Sicilias, amplia la concesión a «quoddam demaniale territorium mare desiccatum circum circa praefatam civitatem Puteolorum, in continenti eiusden situatum» (23 mayo 1511) [4].
No siempre fue todo tan tranquilo, también se han conocido aquí terremotos de los buenos y vulcanismo, como el que en el mismo siglo XVI originó de la noche a la mañana el levantamiento del cráter llamado Monte Nuevo (1538).
A todo esto, en 1749 alguien ‘descubre’, ocultas por los arbustos, la parte superior de tres columnas casi enterradas. Al punto los eruditos locales recordaron el lugar llamado ‘A las Tres Columnas’ por el cronista Juan Villani (siglo XVI), como también la Viña de las Tres Columnas, en otros documentos. Se ve que aquellos cipotes tan verticales y alineados siempre llamaron la atención. Pero nadie sabía lo que había debajo, hasta la excavación iniciada en 1750.
En los trabajos apareció una estatua de Júpiter/Serapis, así como un tholos o peristilo circular central. Por eso se llamó ‘Templo de Serapis’. Hoy se piensa que no hubo tal, sino que se trata de un macellum o mercado de comestibles. Toda la excavación se mantuvo totalmente en seco hasta finales de aquel siglo  XVIII, cuando empezó a ‘subir’ el nivel de agua.
Por supuesto, no había tal subida, sino que era el suelo el que bajaba. Y por lo visto no era la primera vez, aclarando así un enigma de la excavación, con dos pavimentos antiguos, uno encima de otro.
Otro enigma de las columnas –y del yacimiento en general– era la ancha banda oscura a media altura, con el ataque de los moluscos. Por entonces (1792) el geólogo y vulcanólogo ítalo-alemán Escipión Breislak entiende que esto último era efecto de una larga inmersión marina, la cual podía repetirse.
Con todo esto, más el volcanismo de la región, etc., este lugar cobró celebridad mundial como etapa del Grand Tour en los Campos Flegreos. Cierto que toda el área puzolana era deprimida y palúdica. Pero para eso estaba el optimista De Jorio, invitando al viaje turístico con cúmulo de razones: «las riquezas del suelo, la amenidad del clima, las vistas hermosas y pintorescas y la feliz tranquilidad producida por el Gobierno» [5]. Como gancho, un grabado basado en un dibujo de 1810 por el arqueólogo artista John Izard Midleton, donde el agua ya llegaba a las bases de las columnas, dando un toque romántico de lo más emotivo.

Peregrinos de la Ciencia
Pero ya no eran sólo turistas, todo geólogo con autoestima se hacía un deber de visitar el sitio. ¿Y quién era entonces geólogo? La distinción entre profesional y aficionado era harto difusa. El gran Lyell, sin ir más lejos, era un abogado converso. ¿Pues y Babbage? A Charles Babbage le conoce todo el mundo como  padre de la computación automática, inventor de la primera calculadora digital. Sin embargo, su biografía en mi edición de la Britannica (15ª edición, 1990) no dice ni palabra de su incursión en la geología puzolana; una falta que también se nota en la Wikipedia. Y eso que su opúsculo sobre el particular es una obrita tan rigurosa como elegante, y una joya bibliográfica [6]
Las Columnas del Templo de Serapis eran tres notarios mudos de un seísmo a cámara superlenta. Algo así como en Egipto los nilómetros, sólo que al revés: aquí el nivel del agua es el referente fijo, mientras el testigo se mueve. Los visitantes del siglo XIX comprobaban el hundimiento progresivo. Hoy en cambio el lugar arqueológico está en seco.
Entre los visitantes precoces hay que citar a nuestro valenciano Juan Vilanova y Piera, uno de los padres de la Geología y Paleontología española, quien celebra el gusto que tuvo de estar allí en 1825 [7].
Tres años después (1828) dos visitantes británicos se dejan caer por allí. Uno se llama Charles Lyell, el otro Charles Babbage. Los dos conocen al canónigo De Jorio y su monografía a caballo entre estudio arqueológico y guía turística.
Lyell está escribiendo su opus maius, que «en sucesivas ediciones será su principal fuente de ingresos a lo largo de su vida» –quién habló, el gran vendelibros, mi admirado y llorado Stephen Jay Gould–. Desde 1830 adapta el grabado de De Jorio (Principles, 1830), todavía con el agua a flor de suelo. Luego preferirá otra versión  más concisa y precisa, por Whitney Jocelyn Annin, que es la que contemplo en mi ejemplar de la 11ª edición (London, 1872) en 2 vols. Para entonces el agua ha subido.
Por su parte, a Babbage sus Observaciones le permiten deducir al menos tres episodios de deposición y subsidencias. Aunque el ensayo fue leído en 1834, el autor no lo publicó hasta 1847. Es interesantísimo, y a la vez muestra del temperamento de Babbage, un poco neurótico, yo diría. Así, comentando la Tabla 3, sobre ‘Expansión del granito  en función de la temperatura’, aprovecha para hacer publicidad del invento que le traída de cabeza, en estos términos (pág. 32):

«Esta tabla fue calculada por la Máquina Diferencial desde la primera línea, tomada obviamente del experimento. Obsérvese que los valores son siempre exactos hasta la última cifra, compensación realizada por la propia máquina. Dado que dicha máquina no ha sido enseñada a imprimir sus cálculos, la exactitud de la tabla se limita a la de una impresión cuidadosa.»

Para colmo, de las 3-42 páginas de texto, a partir de la 35 nos embarca en un viaje a… la Luna. A la Luna, sí, catapultados en un sorprendente Suplemento, sobre ‘Conjeturas tocante a la condición física de la superficie lunar’, donde de partida salimos con este  mal pie:

«Una lectura ocasional (perusal) de la explicación de Mr. Darwin para la formación de arrecifes de coral y de los atolones me llevó a comparar esas islas con aquellas montañas cónicas en forma de cráter que cubren la superficie de la luna; y creo que no podría encontrarse lugar mejor que éste para bosquejar las siguientes conjeturas… »

Fuera de eso, la edición es muy esmerada. La encuadernación en tela roja lleva estampado en oro un hierro de las Tres Columnas (ver abajo, [6]). Y el corte esquemático del yacimiento y del proceso geológico es sencillamente magistral, como puede verse:


Erupciones y erupciones
También el vulcanismo napolitano se puso de moda, en la pintura paisajística como en la ciencia. Así Lyell para otro tomo de su libro elige una vista de la bahía de Nápoles. Babbage, siempre a su aire, completará su ascensión al Vesubio con un descenso al cráter. Va tranquilo, porque antes se había entrenado metiéndose a ratos en un horno a la temperatura de ebullición del agua.
 Pero antes que ellos otro vulcanólogo se había hecho célebre por sus visitas a la zona vesubiana. Sir William Hamilton en 1764 dejó Inglaterra como embajador de su G. M. Británica en la Corte de Nápoles, hasta 1800. Allí se dio a sus dos pasiones volcánicas: la primera, en sentido literal, con hasta 65 ascensiones al Vesubio y varias monografías científicas sobre vulcanismo [8]. Su segunda pasión fue el coleccionismo arqueológico, no siempre de clara procedencia, que acumuló en su residencia de Posílipo, ‘Villa Emma’.
El nombre era un tributo al tercero de sus amores, bastante menos volcánico que los dichos: lady Emma Hamilton.
Emma Lyon –o como realmente se llamase–, de tumbo en tumbo había aparecido por Nápoles hacia 1783, primero como huésped de Sir William, luego como su amante y finalmente su esposa legítima (1791). En el ínterin, aquella deliciosa aventurera entretuvo a la buena sociedad napolitana con danzas de su invención. En ellas empleaba la mímica, remedando poses y actitudes de beldades antiguas, donde la gracia estaba en adivinar el personaje mimetizado.
El nuevo arte hizo furor, pues era de lo más napolitano. Y yo me pregunto hasta qué punto aquel espectáculo pudo influir en el interés posterior de De Jorio por la relación entre mímica y arqueología.
http://en.wikipedia.org/wiki/File:Cognocenti-Antique-Gillray.jpeg
Ya conocemos el genio travieso del canónigo. Y no es temerario suponer que mientras escribía las 30 páginas de su libro dedicadas a “le corna”, más de una vez se acordaría de sir Hamilton, que aparte de erupciones volcánicas y exploraciones por el Monte Nuovo, tuvo ocasión de experimentar otra doble erupción y excrecencia en su propia frente. Sólo dos años después de convertirse en Lady Hamilton, Emma conoce en Nápoles al gran almirante Nelson, etcétera, etcétera.


Y de aquí al fin del mundo
Si la Biblia nos ofrece una Cosmogonía relativamente serena, desde el «¡Haya luz! Y hubo luz», el fin del mundo en cambio se anuncia catastrófico. ¿Lo será? En mi tiempo impresionaba mucho una ‘muerte térmica del universo’, con base en la entropía; una muerte más bien dulce. 
Sin esperar tanto, y sin salirnos siquiera de los Campos Flegreos, recordemos que este círculo es en realidad un supervolcán, que según voces alarmistas amenaza a Italia y hasta a Europa entera.
Si esas voces dicen verdad, este Plutón que mueve el pecho arriba y abajo en sueño tranquilo podría despertar de repente, en una explosión tan grande que dejaría en ridículo al vecino Vesubio. Súper caldera Solfatara: por la regla de La Codorniz, si nos hemos reído con los cuernos de sir William, ahora toca temblar.
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[1] La palabra geología, ciencia o tratado de la Tierra, se atribuye a Ulises Aldrovandi (Bolonia, 1603), que en su testamento , al disponer de su biblioteca y museo, dice: «et anco la Giologia, ovvero deFossilibus» (G. Fantuzzi, Memorie della vita di Ulisse Aldrovandi, Bologna, Lelio dalla Volpe, 1774,  p. 81). Allí aparece por vez primera la tríada que compone la Historia Natural: Botanología, Zoología, Geología. 
Primera aparición de la palabra giologia
La forma ‘giología’ se explicaría por el iotacismo del griego moderno, donde la η de γη- (tierra, térreo) suena i; aunque no parece necesario, y en todo caso al griego moderno ha pasado γεωλογία, en correspondencia con las clásicas γεωγραφία, γεωμετρία, γεωργία etc. Cfr. Gian Battista Vai, “Aldrovandi’s Will: introducing the term ‘Geology’ in 1603 / Il Testamento di Ulisse Aldrovandi: l’introduzione della parola ‘Geologia’ nel 1603”; en G.B. Vai, W. Cavazza (eds.): Quatricentenario della parola geologia. Ulisse Aldrovandi 1603 Bologna. Bologna, Minerva, 2004,  pág. 73.
[2] Cfr. Lyell,  Principles, 6ª ed., vol. 1, pág. 97.
[3] Un ejemplo: Vestiges of the Natural History of Creation. London, John Churchill, 1844. Obra de Robert Chambers, con una continuación o Sequel igualmente anónima.
[4] A. de Jorio, ‘Ricerche sul Tempio di Serapide, in Puzzuoli’ (Napoli, 1820), p. 60.
[5] Guida di Puzzuoli e contorni. 2ª ed., Nápoli, Stamperia Reale, 1822, p. iij.
[6] Ch. Babbage, Observations on the Temple of Serapis at Pozzuoli near Naples. London, 1847, 42 pp., con ilustraciones y 2 láminas plegadas; encuadernación tela con plancha dorada (las Tres Columnas); impresión privada. Por ahí he visto un ejemplar en oferta al precio de $ 4,500.00.
[7] Juan Vilanova y Piera, Compendio de Geología. Madrid, 1872, pág. 60 (‘Templo o Termas de Serapis’). Para De Jorio era ambas cosas, un templo con una sala de baños, «donde el falso dios daba la salud a los que no les dejaba peor» (Ricerche, p. 68).



martes, 29 de mayo de 2012

Nos vamos al Infierno


J.M.W. Turner: El Ramo de Oro (‘The Golden Bough’), 1834. Tate Britain


Si alguien desea viajar al Otro Mundo, esta es la mejor temporada. Con la que está cayendo y la que se ve venir, hasta el menos picado de curiosidad por lo ignoto, o el más agarrado a esta realidad efímera, tienen motivo para desear ausentarse por un tiempo, mientras escampa. Cuenten conmigo, si en algo puedo ayudar, ya desde esta misma página.
Entre los viajes literarios al más allá hay que destacar dos tópicos: el Paraíso terrestre y el Infierno. Nuestro viaje de hoy será de esta segunda clase, lo que se dice en griego una catábasis o bajada al hondón del necrocosmos, el mundo de los muertos.
Decir ‘bajada a los Infiernos’ es pleonástico, ya que infierno significa ‘lugar inferior’, y sólo eso, nada de lugar de tormentos. Cierto que los héroes clásicos que se plantearon tal viaje vieron sombras o almas con diferentes destinos en diferentes lugares; pero el personaje a quien buscaban no era ningún malhechor condenado y atormentado. Orfeo baja para rescatar a Eurídice, Ulises desea consultar al adivino Tiresias, y Eneas quiere ver a su difunto padre con el mismo fin.
La ‘bajada al Hades’ más antigua se relata en el mito sumero-acadio de Inanna/Ishtar, que no es consultivo, sino un mito de rescate, como el de Orfeo. La diosa se aventura a colarse en el ‘País de Irás y No Volverás’, pero identificada y muerta tiene que ser resucitada y rescatada por su leal secretario Ninshubur, siguiendo instrucciones de Enki, el dios sabio, con templo y oráculo en Eridu.
Qué se le había perdido allí a Ishtar o Ester –la Venus mesopotamia–, no se sabe. Antes se pensaba que fue a rescatar a Dumuz (equiparado a Adonis). Excluida esa lectura, cabe pensar que la diosa del ‘Gran Arriba’ sólo fue a fisgar por la Casa de Lapislázuli de su hermana mayor y gran enemiga Erashkigal, la diosa del ‘Gran Abajo’.  Tal metedura de narices no hizo la menor gracia a la temible dama infernal, y a los Siete Grandes Jueces de aquel mundo tampoco.
Por otra parte, para practicar la ‘nequiomancia’ o consulta sacrificial a los muertos no es imprescindible ir a ellos: también se les puede evocar, como hizo Saúl con el alma del profeta Samuel, en el Antro de la Pitonisa de En-Dor [1]. De hecho, tampoco Ulises en la Odisea baja a ningún infierno. Llegado a un punto de contacto, es Tiresias quien sube a la cita, y con él otros muertos no invitados, atraídos por la nekyia, la ofrenda mortuoria del visitante [2].
Otra mito-topografía, no sé si más moderna o sólo diferente, sitúa aparte el ‘País de los Vivos’ –lo que en principio debió haber sido el Edén o Paraíso terrenal–, bien en algún país remoto, o ya en un Paraíso celeste, arriba de la bóveda del cielo. Todo esto es muy sabido y no debe distraernos.

El Canto VI
El viajero a Nápoles tiene la suerte de poder visitar muy cerca el escenario del Canto VI de la Eneida, situado en los Campos Flegreos, al oeste de la ciudad. Aquí un paisaje de origen volcánico en un área reducida de unos 20-30 Km2 juntaba los elementos reales e imaginarios que Virgilio elaboró para componer el libro nuclear a su poema.
No fue por casualidad. Desde joven, el mantuano era un napolitano adoptivo. Nápoles había nacido como ciudad griega focea, filial de Cumas, que pasaba por ser la más antigua colonia helena en Italia. En el ‘Siglo de Augusto’, la obsesión de Roma es dotarse de pedigrí homérico, y Virgilio acude con sus mitos y supuestas profecías sobre la Urbe y el propio Augusto. Mientras el panteón latino-etrusco se heleniza, Eneas y sus compañeros emigrados de Troya ponen pie en Cumas para convertirse en ancestros de las estirpes romanas más ilustres, incluida por supuesto la gens Iulia del emperador.

Con habilidad, Virgilio injerta su relato en el tronco mítico sagrado de los Libros Sibilinos, de origen troyano, que de sibila en sibila llegaron a poder de Deífoba, la Sibila de Cumas. Las sibilas fueron mujeres poseídas del numen de Apolo, que puestas en trance emitían oráculos o daban consejos. Esta Cumana tuvo el privilegio de una vida milenaria sin el de una eterna juventud. Por tanto,  ya en tiempo de Eneas, con sus 700 años a cuestas, era el vejestorio feo y malhumorado, pero robusto, que Miguel Ángel pintó en la Sixtina, junto con otras colegas más jóvenes y hermosas.
Los Libros Sibilinos, guardados en el Capitolio, fueron como la Biblia de Roma, obra de consulta para situaciones críticas. Escritos en versos griegos, en realidad eran sólo una reliquia, la tercera parte de una colección, que la Sibila de Cumas ofreció a Tarquinio el Soberbio por un precio que al rey le pareció  exagerado, pero que al fin hubo de pagar sólo por ese tercio, al quemar ella una y otra vez los otros dos sin rebaja alguna.
La verdad es que también ese resto se quemó en el incendio del año 83 a. de C., y el ejemplar en tiempos de Virgilio era una reconstrucción como mejor se pudo. Augusto se interesó mucho por ellos, pensando que se referían a él y su linaje. Pero su destino fatal era por lo visto el fuego, si es cierto que los hizo quemar el general Estilicón en 405 [3]. Pudo ser en un fanático auto de fe cristiano, o tal vez porque se utilizaban para criticar la política del bizantino. ¿Bien hecho? Coincidencia: sólo cinco años después (410) Alarico con sus godos saqueó la ciudad.
No se deben confundir dichos libros con los Oráculos Sibilinos, también en hexámetros griegos, y que figuran entre la literatura bíblico-apócrifa de origen judeocristiano. De los auténticos Libros Sibilinos (mejor dicho, de sus copias) sólo queda una pieza que anuncia el nacimiento de un hermafrodita, y lo que conviene hacer al respecto.

Profetisa cristiana

                                 Día de ira y pesadilla,
                                 arde el mundo cual cerilla,
                                 según David con Sibilla.

Todo el mundo conoce la primera estrofa del Dies irae, terceto monorrimo medieval donde la Sibila de Cumas y el rey David van del bracete anunciando el acabose. ¿Cómo así? La verdad es que si alguien sobra aquí es David, pues el profeta bíblico citable sería más bien Sofonías. Pero qué más da, Sofonías no cabe en el verso.
El caso es que en el siglo XIII todo el mundo creía que la Sibila de Cumas era una profetisa inspirada, que anunció el nacimiento del niño Jesús, según lo recogió Virgilio en la Égloga IV.
La cosa venía de atrás. A pesar de su fuerte carga pagana, a pesar también de compañía tan sospechosa como la Égloga II, de contenido homosexual –¡ah, «el pastor Coridón ardiendo por el bello Alexis»!–, el cristianismo triunfante bajo Constantino miró a otro lado y se quedó con aquello de:

         Ya la postrera edad del Cumeo cantar ha llegado:
                Un gran orden del mundo nace nuevo del todo;
         Ya vuelve la Virgen, ya vuelve de Saturno el reinado;
                Ya una nueva progenie del alto cielo baja.

En la misma vena, la sanción moral en el infierno virgiliano, con los malos en el Tártaro rodeados por el río de fuego Flegetón, y los buenos por los Campos del Elíseo departiendo sobre filosofía platónica, más algún otro toquecillo  espiritual, bastaron para canonizar el Cantar VI y la Eneida toda, junto con el poeta. Así, cuando Dante emprende su viaje al Más Allá, su guía y mentor será un Virgilio cristianizado. ¿Exageración? Para entonces (y no se me rían), ‘San Virgilio’ ya tenía nicho en algunos altares [4].

Mapa Google-Earth, girado según la orientación del de De Jorio
  Cartografía de ultratumba
El mito dice que Schliemann descubrió Troya mientras iba recitando de memoria la Ilíada. El mito dice que los arqueólogos de Israel con la Biblia hebrea en la mano han ido poniendo cada cosa en su sitio. Hoy muy pocos se creen esto ni aquello, pero sigue en pie la pregunta: ¿Es posible seguir a Eneas por los Campos Flegreos usando el Canto VI a modo de GPS literario?
Como hay gente para todo, en mi pantalla tengo abierto en PDF al reverendo De Jorio, en su libro titulado Viaje de Eneas al Infierno y a los Elíseos [5]. En poco más de 100 páginas de lectura fácil, y a veces divertida, el autor ofrece una propuesta de turismo realmente original, tras los pasos del héroe troyano. Y para no perdernos, el texto se acompaña de un mapa con el itinerario numerado según los versos del poema, con los nombres poéticos y los modernos de cada lugar.
Andrea de Jorio (1769-1851) fue un canónigo napolitano nacido en la isla de Prócida, muy conocido como anticuario especialista en ‘vasos etruscos’ –como se solía llamar entonces a la cerámica griega en general– y en pintura pompeyana. Su fama, sin embargo, se debe sobre todo a la genialidad o la ocurrencia de haber conjugado arqueología  y etnografía, relacionando la gestualidad de las figuras y escenas antiguas con el lenguaje gestual de los napolitanos modernos.  Su libro ilustrado, La mímica de los antiguos investigada en la gesticulación napolitana, pasa por ser pionero en el género [6]. Es ciertamente de lo más original, igualmente entretenido y curioso, desenfadado cuando ilustra, por ejemplo, las formas de «far le corna», con todo detalle, en triple apartado (págs. 89-120):

1. De cuántas especies de cuernos hacen uso los napolitanos.
2. Ideas que ellos asocian a los cuernos, sin excluir el gesto y la voz cuernos.
3. Finalmente, si los antiguos tuvieron, en todo o en parte, las mismas ideas y usos, así como los mismo gestos de los modernos, respecto al cuerno.

El buen canónigo estaba convencido de que sus compatriotas y él mismo, como descendientes directos de los fundadores y habitantes de Cumas y de Parténope –la Palépolis o ciudad antigua, por contraposición a Neápolis (decir «la antigua Nápoles» es oxímoron)–, habían heredado el carácter de sus abuelos, y había continuidad real entre la mímica moderna y la antigua. Descartada esta pretensión, todavía el libro ha merecido los honores de una traducción al inglés comentada.
Con igual bonhomía se desempeña De Jorio en su paseo por el más allá. Su punto de partida es la playa de Cumas, lugar de desembarco de Eneas, subiendo luego a la acrópolis, donde Dédalo tomo tierra desde Creta, y al templo de Apolo, donde dejó como exvoto las alas artificiales que le sirvieron para volar, etc.
Con todo, ya don Andrés nos avisa que la topografía ha cambiado bastante desde aquello. Y no menos desde el libro hasta hoy, podríamos añadir. El mismo Averno de hoy, poblado de patos y pollas de agua, tiene muy poco que ver con el cráter lagunar hosco y desolado, de aguas sombrías y  mefíticas, cuyo nombre según la etimología popular significaba «sin aves», en griego, porque ninguna osaba impunemente sobrevolarlo.
Obviamente Virgilio no pudo hablar del Monte Nuevo, surgido en la erupción volcánica de 1538; pero aunque el acceso al lago sigue siendo el mismo, ya no se aprecia la hoz o garganta identificada como « fauces del Averno», borrada tal vez en el mismo o en otro episodio sismo-volcánico.
Por cierto, a los viajeros del Gran Tour aquí mismo a mano izquierda se les mostraba el Antro de la Sibila. Hoy en cambio se lo sitúa en la propia Cumas, bajo la acrópolis, en un lugar mágico espectacular. Así lo adivinó De Jorio, y en 1932 lo confirmaba el arqueólogo Amedeo Maiuri con aplomo no confirmado, ya que aunque hay allí mucha obra antigua, una buena parte de los restos, incluido el antro propiamente dicho, podrían ser de época virgiliana o incluso posterior.
¿Y qué más da? ¿Qué se hizo de los Campos Elíseos y del propio Elíseo, anegado todo en una marea prosaica de chalets y casas modernas? ¿Y el río de fuego? Porque lo más parecido hoy a un Flegetón sería la Solfatara, no incluida por De Jorio en su mapa.
Y es que los lugares mágicos son para soñar. En este caso, para imaginar una réplica subterránea, desdibujada y confusa, por donde acompañamos a Eneas en pos de la Sibila que con la Rama de Oro en su mano nos muestra la ruta.  


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[1] 1 Samuel, 28: 3-25.
[2] Odisea, cantos X-XI. Todavía hay una segunda nekyia en el canto XXIV, harto sospechosa de ser interpolación.
[3] Rutilio Namatiano, De reditu suo, 2: 52. Bibliotheca Classica Latina, 126: Poetae Latini Minores, N. E. Lemaire, Paris, 1825, t. 4, p. 171. Cfr. ibíd. Excursus VIII, pp. 196 y ss
[4] Cfr. John W. Spargo, Virgil the Necromancer: Studies in Virgilian Legends. Harvard Univ. Press, Cambridge, Mass., 1934, pp. 100 y ss. (Chap. 3:  ‘Saint Virgilius’?).
[5] Andrea de Jorio, Viaggio di Enea all’ Inferno, ed agli Elisii secondoVirgilio. 2ª ed., Napoli, Stamperia Francese, 1825.




domingo, 20 de mayo de 2012

Vedere Napoli ...




«Durante unos días de la primavera de 1983 estuve en Nápoles por vez primera en mi vida.»

Así empezaba Caro Baroja un artículo en El País (8/12/1983), anunciando urbi et orbi su bautismo napolitano, a punto de cumplir los 70. Esta confesión de don Julio me alivia el empacho de decir que yo también acabo de pasar por la misma experiencia vernal y rito iniciático.
Caro llegó a Nápoles con un bagaje de «muchos años de contacto con lo napolitano a través de la lectura, de la música y de la imagen». Yo he ido con lo puesto.  Claro que me sonaba Nápoles, como a todo el mundo: ‘Soldado de Nápoles’  le gustaba mucho a mi padre, que cantaba bien. Pero repasando mis recuerdos, es curioso, la ciudad no importaba en ellos por sí misma, sino por cosas a su alrededor: el Vesubio, Pompeya, Sorrento y Capri, los Campos Flegreos con la Solfatara, el lago Averno y la Sibila de Cumas… Nápoles era sólo una gran ciudad y puerto mediterráneo rodeado de maravillas.

Con Google Earth, las ciudades se entienden pronto, y para cuando las visitamos ya las hemos callejeado. De Nápoles llama la atención su planta cuadricular, como una gran lasaña o pizza al taglio. Tomando como eje o cardo del centro antiguo la vía Atri-Nilo con suave pendiente al mar, tres decumanos paralelos equidistantes lo cortan en ángulo recto. El intermedio es el Decumano Mayor o vía de los Tribunales. Sin embargo, es el inferior el más aparente, a modo de tajo recto que, visto desde el mirador de San Martino a poniente, autoexplica su nombre familiar, Spaccanapoli (‘Parte-Nápoles’). Aquí descuella el imponente complejo monástico de Santa Clara. 
Ciudad compacta, de calles demasiado estrechas o edificios demasiado altos, con problemas sanitarios gravísimos, epidemias terribles (sin contar la sífilis), siempre dependió de la ayuda de los santos. A cada nuevo desastre, nuevos abogados. Por esa táctica San Cayetano, un parvenu moderno, le disputó la primogenitura al mismísimo san Jenaro, aviniéndose al fin los dos a compartir el patronazgo de la ciudad. Pero hoy por hoy el santito de moda es el capuchino  padre Pío, ubicuo de día y bien alumbrado de noche.
La fe napolitana es optimista. Si una iglesia se titula Santa María de la Ayuda, otra la mejora anunciando a una Madonna ‘de la ayuda instantánea’. Esto en lo divino. Pero en lo humano también: no lejos de allí está la antigua Farmacia de los Incurables, que casi es un oxímoron, fuera de Nápoles. De ahí la devoción excesiva, multiplicación prodigiosa de iglesias barrocas o barroquizadas, que se suceden, se enfrentan y a menudo hasta se tocan, o incluso se superponen, pues debajo de la Nápoles visible está la otra subterránea de las criptas y catacumbas. Hay puntos en la ciudad donde un buen cristiano, plantado en medio de una plazuela, podía oír hasta tres o cuatro misas a la vez, de otras tantas iglesias abiertas.
Limitándonos al espacio aéreo, la opulencia constructiva podría ser la explicación de un fenómeno poco común, que registran los anticuarios locales: apenas quedan restos romanos a la vista, nada de templos, pórticos, termas, teatros y circos. De murallas o acueductos sólo vestigios. Pelliccia daba una razón piadosa, achacándolo a «superstición desmedida de nuestros mayores contra lo pagano, para mandarlo todo al hondón del infierno» [1]. Digamos mejor que desde la Edad Media y aprovechando los terremotos, los constructores lo han reciclado todo sin dejar piedra sobre piedra.
En una plataforma sísmica sólo lo bien hecho aguanta. La vieja Nápoles llama la atención por la robustez y verticaliad de conjunto. La impresión es que quedan iglesias y palacios para rato, duren lo que duraren; porque eso sí, su restauración es imposible. Como ocurre en San Petersburgo, la mayoría de palacios y caserones están repartidos en casas de vecindad, cada patio con su vida íntima propia.
Lo mismo que he ido a Nápoles con una maleta mental casi tan pequeña como la maleta física, así también la guía que he consultado es la misma que llevo consultando hace décadas: L’Italie des Alpes à Naples de Baedeker, edición de 1909. Una información más próxima a la de los viajeros del Grand Tour que a la Nápoles tan cambiada en estas últimas décadas. Ya se encargará la realidad de sorpenderme con lo que hay, sin renunciar yo a mis ensoñaciones románticas de lo que hubo. Para empezar, qué bonita lección aquella que ponían las Baedeker de aquellos años en la página iv, a vuelta de la portada:

                            Qui songe à voyager
                            Doit soucis oublier,
                            Dès l’aube se lever,
                            Ne pas trop se charger,
                            D’un pas égal marcher
                            Et savoir écouter [2].

La tirada de ripios podría alargarse; por ejemplo : Pas de rien s’étonner. No asustarse por nada, porque en Nápoles todo es posible. De pronto, en plena calle Tribunales, en el corazón palpitante del casco antiguo, cerca de las 11 de la noche, una ventana abierta de par en par te mete de ojos en un salón-dormitorio privado. Una pareja anciana desde una mesa camilla mira la televisión. A sus espaldas una cama de matrimonio, siglo XVIII como nueva, grande y elegante, luce colcha blanquísima y un par de almohadas impolutas, lista para usarse en cuanto se despida el programa.
(Luego cenando tuvimos debate, si es o no es ético fotografiar y filmar este género de ‘intimidades’ al aire libre. Hacerlo con discreción, se entiende, no te vayan a increpar a la manera napolitana, o que alguien te parta la jeta. Los viejos, desde luego, no tienen empacho en que se les vea, nada tienen que esconder, y hasta pienso que la señora hace ostentación de un mueble valioso donde ella misma nació y engendró a sus hijos; herencia familiar que ha servido de tálamo durante generaciones.)

El complejo de Santa Clara
El descomunal monasterio doble franciscano del siglo XIV ya no tiene el aspecto bronco de fortaleza murada que tuvo, junto a la puerta antigua angevina de la ciudad, que estuvo aquí hasta los años 1500. Aunque en rigor son dos conventos distintos, cada uno con su iglesia,  el conjunto evocaba el modelo monástico dúplice tal como se dio en siglos anteriores, con predominio del elemento femenino y con la abadesa como máxima autoridad.
De todas formas, el anacronismo ya en su tiempo causó admiración, y algunas suspicacias encontraron argumento en épocas algo flojas. Así por ejemplo, a fines del siglo XVI, en tiempos del virrey don Enrique de Guzmán, Conde de Olivares, «corren historias de monjas con frailes y con galanes, y el papa Clemente VIII corta por lo sano, retirando a los franciscanos la dirección espiritual de la casa» [3].
Claro que para tales huelgas no eran imprescindibles los frailes. Igual servicio podía prestar por ejemplo el nepote de un papa, si éste papa se llamaba Bartolomé Prignano, es decir, Urbano VI. La historia es poco edificante, pero valga su recuerdo para enmienda de nuestras vidas.
Consumado el Gran Cisma (1378), el principal culpable, el papa Urbano, se dio en cuerpo y alma a encumbrar a su sobrino o nepote Francesco Moricotti Prignano, apodado Butillo, un obispete de armas tomar y un impresentable. Primero le hizo cardenal decano y regente de la Cancillería Apostólica (una mina de oro, para entendernos); y luego le nombró gobernador de la Campania, con idea de crearle  allí un principado –lo cuenta escandalizado el piadoso Muratori–, «expoliando iglesias y altares para surtir de moneda a éste su campeón favorito» [4].
En 1383, tras quitarle a la reina Juana su reino de Nápoles para dárselo a Carlos III (Durazzo), Urbano decidió presentarse aquí en persona, a recordar al nuevo rey que era feudatario suyo, comprometido a ceder al nepote el ducado de Capua y Amalfi con otros territorios, esto es, lo mejorcito de aquel reino.
A este disparate –prosigue Muratori–

«se opusieron seis o siete cardenales; pero este papa, tan lleno de pensamientos mundanos, era cabezudo y no admitía consejo ni contradicción…»

Pasó en efecto a Nápoles el papa con el Butillo, y

«de allí a poco este mal hombre, perdido en la sensualidad y dado tan solo a los placeres, raptó del monasterio de Santa Clara a una monja noble profesa, reteniéndola varios días consigo. Procesado y citado por el rey Carlos, fue condenado a muerte en rebeldía.
El papa, que disculpaba al nepote por su juventud (y eso que andaba ya por los cuarenta), se hizo el muy dolido, y así se dio carpetazo al proceso.» [5]

El nepote fue ascendido por su tío papa al cargo de Vice-canciller de la Santa Iglesia Romana, otro empleo de lo más sustancioso.
–¿Y la monjita?
Buena pregunta. Pero mejor que para mí, para un Stendhal, que solía estar más al corriente de esas minucias italianas. Como yo no soy Stendhal, sólo se me ocurren respuestas prosaicas. Tal vez con una compensación económica razonable –el caso no tenía nada de nuevo– el convento la readmitió. O bien, si su estado era de buena esperanza, le buscarían un matrimonio honorable, dependiendo de la calidad de la señorita. Ese solía ser el arreglo.

Santa Clara sigue siendo un centro neurálgico de la vieja Nápoles y lo hemos  visto todo muy normal, superados al parecer los asaltos vandálicos del año pasado.
Precisamente el sábado día 5 asistimos a la procesión múltiple, que de varios puntos concurre a esta basílica con uniformes, estandartes, fanfarrias y los enormes bustos relicarios de plata, pero sobre todo desde la catedral con la testa y la sangre de san Jenaro. Se hace así para que todo el mundo, los santos como los mortales, puedan ser testigos de la licuación milagrosa, que el día siguiente primer domingo de mayo tiene lugar en esta iglesia. (La otra licuación, la de su fiesta el 19 de septiembre, es en la propia capilla de la catedral.)
El convento fue fundado en 1310 por Roberto de Anjeo o Anjou [6], con una iglesia colosal  que Giotto y su escuela cubrieron de pinturas. El bombardeo y quema de 1943 por los Aliados acabó con casi todo lo que habían dejado los sucesivos emplastos barrocos de los siglos XVII-XVIII, de modo que el interior está muy desnudo.
No menos imponente es el claustro, de estructura gótica, famoso sobre todo por la transformación de todo el patio y cementerio en colorida pérgola barroca revestida de azulejería, con escenas de animada mundanidad (1739).  Es el famoso Chiostro maiolicato.  

Los asuntos pintados, salvo algunas alegorías, son casi todas todos de género, paisajistas y costumbristas, con predominio de la caza y la vida del campo, como también escenas vulgares o burlescas, sin faltar siquiera la representación de un burdel.
Sólo un cuadro he visto relacionado con la vida conventual; pero incluso éste, en clave humorística profana: una religiosa en el momento de repartir pececillos a una patulea de gatos.
Se recuerda así que allí hubo dos estanques para el pescado cuaresmal, grandes aunque sin duda insuficientes para el crecido número de inquilinas, que entre postulantas, novicias y clarisas, más las criadas de servicio, rozarían el millar. Por otra parte, la gata es el animalito mascota de Santa Clara, por una que tuvo, según cuenta su Vida. Ahora bien, la misma rareza de esta imagen monástica tan intacta me hace desear que sea auténtica, y no invención moderna, entre los muchos apaños que ha sufrido todo este conjunto.
El claustro de Santa Clara hace pensar en la doble vida de Nápoles en la Contrarreforma tardía. A fines del XVII, una abadesa rica y devota, doña Teresa Gattola, tuvo el capricho de hacerse una copia exacta de la Escala Santa de Roma, con indulgencias y todo. Cuarenta años después, otra abadesa también rica pero más de mundo, doña Hipólita Carmignano, allí mismo soñó un teatro realmente idóneo para las recepciones y fiestas que por entonces se daban, con ocasión de velos y profesiones de novicias, con otros fastos de tinte religioso o civil.

El claustro logró el imposible de conjugar dos paraísos contrarios: el místico barroco, representado en las escenas bíblicas y hagiográficas todo a lo largo de 300 metros de paredones, y en medio el otro paraíso sensual con parterres, paisajes y juegos de agua. Una tentación muy dura para las monjas. Apetito de los ojos, pero más aun de la fantasía reprimida.
La interpretación que el arquitecto Vaccaro hizo del sueño de la abadesa fue  audaz: la mística del ‘Paraíso-Edén’, del ‘Huerto Cerrado’, subvertida en un Jardín de Delicias, laberinto rococó de sorpresas profanas, como contrapunto y desafío al programa religioso bíblico del contorno. Y aun parece que el proyecto no llegó a completarse. Me pregunto, qué más pudo rondarle a doña Hipólita por debajo de la toca.


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[1] Alessio A. Pelliccia, ‘Sobre el Cementerio o Catacumba Napolitana’, disert. v; en De Christianae Ecclesiae politia, Bassano, 1782, III/2, pág. 5.  
[2] “El que piense en viajar, / Cuidados a olvidar, / Al alba madrugar, /No se sobrecargar, /Con paso igual andar, / Y saber escuchar.”
[3] Cfr. Jesús Moya, El Compás de Santa Clara, Villarcayo, 2010, pp. 242-243.
[4] Ludovico A. Muratori, Annali d’Italia, t. 12, p. 637 (Milano, 1819).
[5] Ibíd., p. 649-650.
[6] Qué lástima, antes en castellano teníamos Angeo, o Anjeo, palabra que queda como nombre común de una especie de lienzo de allí, el anjeo. Por sus razones, la Academia lo escribe sólo con jota, cuando el patronímico de Anjou y Angers es angevino.