domingo, 20 de mayo de 2012

Vedere Napoli ...




«Durante unos días de la primavera de 1983 estuve en Nápoles por vez primera en mi vida.»

Así empezaba Caro Baroja un artículo en El País (8/12/1983), anunciando urbi et orbi su bautismo napolitano, a punto de cumplir los 70. Esta confesión de don Julio me alivia el empacho de decir que yo también acabo de pasar por la misma experiencia vernal y rito iniciático.
Caro llegó a Nápoles con un bagaje de «muchos años de contacto con lo napolitano a través de la lectura, de la música y de la imagen». Yo he ido con lo puesto.  Claro que me sonaba Nápoles, como a todo el mundo: ‘Soldado de Nápoles’  le gustaba mucho a mi padre, que cantaba bien. Pero repasando mis recuerdos, es curioso, la ciudad no importaba en ellos por sí misma, sino por cosas a su alrededor: el Vesubio, Pompeya, Sorrento y Capri, los Campos Flegreos con la Solfatara, el lago Averno y la Sibila de Cumas… Nápoles era sólo una gran ciudad y puerto mediterráneo rodeado de maravillas.

Con Google Earth, las ciudades se entienden pronto, y para cuando las visitamos ya las hemos callejeado. De Nápoles llama la atención su planta cuadricular, como una gran lasaña o pizza al taglio. Tomando como eje o cardo del centro antiguo la vía Atri-Nilo con suave pendiente al mar, tres decumanos paralelos equidistantes lo cortan en ángulo recto. El intermedio es el Decumano Mayor o vía de los Tribunales. Sin embargo, es el inferior el más aparente, a modo de tajo recto que, visto desde el mirador de San Martino a poniente, autoexplica su nombre familiar, Spaccanapoli (‘Parte-Nápoles’). Aquí descuella el imponente complejo monástico de Santa Clara. 
Ciudad compacta, de calles demasiado estrechas o edificios demasiado altos, con problemas sanitarios gravísimos, epidemias terribles (sin contar la sífilis), siempre dependió de la ayuda de los santos. A cada nuevo desastre, nuevos abogados. Por esa táctica San Cayetano, un parvenu moderno, le disputó la primogenitura al mismísimo san Jenaro, aviniéndose al fin los dos a compartir el patronazgo de la ciudad. Pero hoy por hoy el santito de moda es el capuchino  padre Pío, ubicuo de día y bien alumbrado de noche.
La fe napolitana es optimista. Si una iglesia se titula Santa María de la Ayuda, otra la mejora anunciando a una Madonna ‘de la ayuda instantánea’. Esto en lo divino. Pero en lo humano también: no lejos de allí está la antigua Farmacia de los Incurables, que casi es un oxímoron, fuera de Nápoles. De ahí la devoción excesiva, multiplicación prodigiosa de iglesias barrocas o barroquizadas, que se suceden, se enfrentan y a menudo hasta se tocan, o incluso se superponen, pues debajo de la Nápoles visible está la otra subterránea de las criptas y catacumbas. Hay puntos en la ciudad donde un buen cristiano, plantado en medio de una plazuela, podía oír hasta tres o cuatro misas a la vez, de otras tantas iglesias abiertas.
Limitándonos al espacio aéreo, la opulencia constructiva podría ser la explicación de un fenómeno poco común, que registran los anticuarios locales: apenas quedan restos romanos a la vista, nada de templos, pórticos, termas, teatros y circos. De murallas o acueductos sólo vestigios. Pelliccia daba una razón piadosa, achacándolo a «superstición desmedida de nuestros mayores contra lo pagano, para mandarlo todo al hondón del infierno» [1]. Digamos mejor que desde la Edad Media y aprovechando los terremotos, los constructores lo han reciclado todo sin dejar piedra sobre piedra.
En una plataforma sísmica sólo lo bien hecho aguanta. La vieja Nápoles llama la atención por la robustez y verticaliad de conjunto. La impresión es que quedan iglesias y palacios para rato, duren lo que duraren; porque eso sí, su restauración es imposible. Como ocurre en San Petersburgo, la mayoría de palacios y caserones están repartidos en casas de vecindad, cada patio con su vida íntima propia.
Lo mismo que he ido a Nápoles con una maleta mental casi tan pequeña como la maleta física, así también la guía que he consultado es la misma que llevo consultando hace décadas: L’Italie des Alpes à Naples de Baedeker, edición de 1909. Una información más próxima a la de los viajeros del Grand Tour que a la Nápoles tan cambiada en estas últimas décadas. Ya se encargará la realidad de sorpenderme con lo que hay, sin renunciar yo a mis ensoñaciones románticas de lo que hubo. Para empezar, qué bonita lección aquella que ponían las Baedeker de aquellos años en la página iv, a vuelta de la portada:

                            Qui songe à voyager
                            Doit soucis oublier,
                            Dès l’aube se lever,
                            Ne pas trop se charger,
                            D’un pas égal marcher
                            Et savoir écouter [2].

La tirada de ripios podría alargarse; por ejemplo : Pas de rien s’étonner. No asustarse por nada, porque en Nápoles todo es posible. De pronto, en plena calle Tribunales, en el corazón palpitante del casco antiguo, cerca de las 11 de la noche, una ventana abierta de par en par te mete de ojos en un salón-dormitorio privado. Una pareja anciana desde una mesa camilla mira la televisión. A sus espaldas una cama de matrimonio, siglo XVIII como nueva, grande y elegante, luce colcha blanquísima y un par de almohadas impolutas, lista para usarse en cuanto se despida el programa.
(Luego cenando tuvimos debate, si es o no es ético fotografiar y filmar este género de ‘intimidades’ al aire libre. Hacerlo con discreción, se entiende, no te vayan a increpar a la manera napolitana, o que alguien te parta la jeta. Los viejos, desde luego, no tienen empacho en que se les vea, nada tienen que esconder, y hasta pienso que la señora hace ostentación de un mueble valioso donde ella misma nació y engendró a sus hijos; herencia familiar que ha servido de tálamo durante generaciones.)

El complejo de Santa Clara
El descomunal monasterio doble franciscano del siglo XIV ya no tiene el aspecto bronco de fortaleza murada que tuvo, junto a la puerta antigua angevina de la ciudad, que estuvo aquí hasta los años 1500. Aunque en rigor son dos conventos distintos, cada uno con su iglesia,  el conjunto evocaba el modelo monástico dúplice tal como se dio en siglos anteriores, con predominio del elemento femenino y con la abadesa como máxima autoridad.
De todas formas, el anacronismo ya en su tiempo causó admiración, y algunas suspicacias encontraron argumento en épocas algo flojas. Así por ejemplo, a fines del siglo XVI, en tiempos del virrey don Enrique de Guzmán, Conde de Olivares, «corren historias de monjas con frailes y con galanes, y el papa Clemente VIII corta por lo sano, retirando a los franciscanos la dirección espiritual de la casa» [3].
Claro que para tales huelgas no eran imprescindibles los frailes. Igual servicio podía prestar por ejemplo el nepote de un papa, si éste papa se llamaba Bartolomé Prignano, es decir, Urbano VI. La historia es poco edificante, pero valga su recuerdo para enmienda de nuestras vidas.
Consumado el Gran Cisma (1378), el principal culpable, el papa Urbano, se dio en cuerpo y alma a encumbrar a su sobrino o nepote Francesco Moricotti Prignano, apodado Butillo, un obispete de armas tomar y un impresentable. Primero le hizo cardenal decano y regente de la Cancillería Apostólica (una mina de oro, para entendernos); y luego le nombró gobernador de la Campania, con idea de crearle  allí un principado –lo cuenta escandalizado el piadoso Muratori–, «expoliando iglesias y altares para surtir de moneda a éste su campeón favorito» [4].
En 1383, tras quitarle a la reina Juana su reino de Nápoles para dárselo a Carlos III (Durazzo), Urbano decidió presentarse aquí en persona, a recordar al nuevo rey que era feudatario suyo, comprometido a ceder al nepote el ducado de Capua y Amalfi con otros territorios, esto es, lo mejorcito de aquel reino.
A este disparate –prosigue Muratori–

«se opusieron seis o siete cardenales; pero este papa, tan lleno de pensamientos mundanos, era cabezudo y no admitía consejo ni contradicción…»

Pasó en efecto a Nápoles el papa con el Butillo, y

«de allí a poco este mal hombre, perdido en la sensualidad y dado tan solo a los placeres, raptó del monasterio de Santa Clara a una monja noble profesa, reteniéndola varios días consigo. Procesado y citado por el rey Carlos, fue condenado a muerte en rebeldía.
El papa, que disculpaba al nepote por su juventud (y eso que andaba ya por los cuarenta), se hizo el muy dolido, y así se dio carpetazo al proceso.» [5]

El nepote fue ascendido por su tío papa al cargo de Vice-canciller de la Santa Iglesia Romana, otro empleo de lo más sustancioso.
–¿Y la monjita?
Buena pregunta. Pero mejor que para mí, para un Stendhal, que solía estar más al corriente de esas minucias italianas. Como yo no soy Stendhal, sólo se me ocurren respuestas prosaicas. Tal vez con una compensación económica razonable –el caso no tenía nada de nuevo– el convento la readmitió. O bien, si su estado era de buena esperanza, le buscarían un matrimonio honorable, dependiendo de la calidad de la señorita. Ese solía ser el arreglo.

Santa Clara sigue siendo un centro neurálgico de la vieja Nápoles y lo hemos  visto todo muy normal, superados al parecer los asaltos vandálicos del año pasado.
Precisamente el sábado día 5 asistimos a la procesión múltiple, que de varios puntos concurre a esta basílica con uniformes, estandartes, fanfarrias y los enormes bustos relicarios de plata, pero sobre todo desde la catedral con la testa y la sangre de san Jenaro. Se hace así para que todo el mundo, los santos como los mortales, puedan ser testigos de la licuación milagrosa, que el día siguiente primer domingo de mayo tiene lugar en esta iglesia. (La otra licuación, la de su fiesta el 19 de septiembre, es en la propia capilla de la catedral.)
El convento fue fundado en 1310 por Roberto de Anjeo o Anjou [6], con una iglesia colosal  que Giotto y su escuela cubrieron de pinturas. El bombardeo y quema de 1943 por los Aliados acabó con casi todo lo que habían dejado los sucesivos emplastos barrocos de los siglos XVII-XVIII, de modo que el interior está muy desnudo.
No menos imponente es el claustro, de estructura gótica, famoso sobre todo por la transformación de todo el patio y cementerio en colorida pérgola barroca revestida de azulejería, con escenas de animada mundanidad (1739).  Es el famoso Chiostro maiolicato.  

Los asuntos pintados, salvo algunas alegorías, son casi todas todos de género, paisajistas y costumbristas, con predominio de la caza y la vida del campo, como también escenas vulgares o burlescas, sin faltar siquiera la representación de un burdel.
Sólo un cuadro he visto relacionado con la vida conventual; pero incluso éste, en clave humorística profana: una religiosa en el momento de repartir pececillos a una patulea de gatos.
Se recuerda así que allí hubo dos estanques para el pescado cuaresmal, grandes aunque sin duda insuficientes para el crecido número de inquilinas, que entre postulantas, novicias y clarisas, más las criadas de servicio, rozarían el millar. Por otra parte, la gata es el animalito mascota de Santa Clara, por una que tuvo, según cuenta su Vida. Ahora bien, la misma rareza de esta imagen monástica tan intacta me hace desear que sea auténtica, y no invención moderna, entre los muchos apaños que ha sufrido todo este conjunto.
El claustro de Santa Clara hace pensar en la doble vida de Nápoles en la Contrarreforma tardía. A fines del XVII, una abadesa rica y devota, doña Teresa Gattola, tuvo el capricho de hacerse una copia exacta de la Escala Santa de Roma, con indulgencias y todo. Cuarenta años después, otra abadesa también rica pero más de mundo, doña Hipólita Carmignano, allí mismo soñó un teatro realmente idóneo para las recepciones y fiestas que por entonces se daban, con ocasión de velos y profesiones de novicias, con otros fastos de tinte religioso o civil.

El claustro logró el imposible de conjugar dos paraísos contrarios: el místico barroco, representado en las escenas bíblicas y hagiográficas todo a lo largo de 300 metros de paredones, y en medio el otro paraíso sensual con parterres, paisajes y juegos de agua. Una tentación muy dura para las monjas. Apetito de los ojos, pero más aun de la fantasía reprimida.
La interpretación que el arquitecto Vaccaro hizo del sueño de la abadesa fue  audaz: la mística del ‘Paraíso-Edén’, del ‘Huerto Cerrado’, subvertida en un Jardín de Delicias, laberinto rococó de sorpresas profanas, como contrapunto y desafío al programa religioso bíblico del contorno. Y aun parece que el proyecto no llegó a completarse. Me pregunto, qué más pudo rondarle a doña Hipólita por debajo de la toca.


__________________________
[1] Alessio A. Pelliccia, ‘Sobre el Cementerio o Catacumba Napolitana’, disert. v; en De Christianae Ecclesiae politia, Bassano, 1782, III/2, pág. 5.  
[2] “El que piense en viajar, / Cuidados a olvidar, / Al alba madrugar, /No se sobrecargar, /Con paso igual andar, / Y saber escuchar.”
[3] Cfr. Jesús Moya, El Compás de Santa Clara, Villarcayo, 2010, pp. 242-243.
[4] Ludovico A. Muratori, Annali d’Italia, t. 12, p. 637 (Milano, 1819).
[5] Ibíd., p. 649-650.
[6] Qué lástima, antes en castellano teníamos Angeo, o Anjeo, palabra que queda como nombre común de una especie de lienzo de allí, el anjeo. Por sus razones, la Academia lo escribe sólo con jota, cuando el patronímico de Anjou y Angers es angevino.




lunes, 14 de mayo de 2012

Hematología teologal napolitana


  
La Archidiócesis de Nápoles se presenta al mundo en su página oficial de la Red Chiesa di Napoli’—, encabezada con una viñeta de su Eminencia el Arzobispo Cardenal Sepe, en el acto de demostrar la Sangre de San Jenaro, que se licúa y coagula milagrosamente. La comprobación del cambio de fase (de sólido a líquido y viceversa) se ajusta a un protocolo cuasi científico, girando y balanceando pausadamente el viril con las dos ampollas que contienen la reliquia, mientras el oficiante fija en ellas una mirada crítica. El reloj de pulsera del eclesiástico viene a situar el evento en el tiempo actual.
El ‘milagro de San Jenaro’ es así el logotipo y emblema de toda una gran Iglesia napolitana.
¿Milagro? La palabra lo dice: ‘cosa admirable’. Admirable cosa es, en efecto, que año tras año, a fechas fijas, personas respetables ofrezcan al público la exhibición de un fenómeno tan estupendo como gratuito. Un milagro que se agota en sí mismo, sin servir para nada más. No cura, no ayuda, no resuelve nada, sólo mueve admiración. Milagro en estado puro.
Todavía no hace tantos años, con la catedral de Nápoles de bote en bote, si el milagro se hacía esperar demasiado, la muchedumbre descargaba su descontento sobre el santo, increpándole con dicterios nada reverentes, pues por alguna razón se entiende que la no licuación es de mal augurio. He ahí otro motivo de asombro: que el cielo termine cediendo a la sinrazón del insulto y la blasfemia.
Nada cierto se sabe del contenido de las ampollas ni su procedencia. El culto de San Jenaro en Nápoles pasa por inmemorial, aunque su formalización litúrgica es relativamente moderna. En 1337 se estrenó un oficio religioso, sin referencia alguna a algo tan característico y tan raro como es un milagro a plazo fijo. Tan sólo medio siglo después, el 17 de agosto de 1389, se menciona por vez primera el fenómeno de la licuación. También por entonces, curiosamente, el mismo se repite como por simpatía en diferentes reliquias sanguíneas por toda la región campana. No se trata, sin embargo, de influjo local, ya que semejantes reliquias, trasladadas a otros países pueden ostentar la misma virtud. Es el caso de la sangre de san Pantaleón, traída de Italia a Madrid, a las monjas de la Encarnación.
Concurren en esto dos factores:
1. En el siglo XIV se desarrolla toda una hematología teologal o teología de la sangre, empezando por la de Cristo, tanto la física como la eucarística, derramada de su cuerpo en la pasión, o por hostias sangrantes. Francisco de Asís había estrenado el fenómeno místico de las llagas o estigmas, en que luego tendrá competidores como Catalina de Sena. En el siglo XIV Europa entera sangra en ejércitos de flagelantes. Hasta las imágenes sudan sangre, y en todo caso los crucifijos se pintan muy llagados y sangrientos. Los cuerpos de los mártires no podían quedar atrás. Después de todo, una antigua creencia admitía que el cadáver del hombre asesinado injustamente sangra en presencia de su matador, a modo de denuncia válida incluso como prueba testifical.
2. Al mismo tiempo parece que ya en dicho siglo, alquimistas de la región vesubiana, con reactivos naturales fáciles de obtener en la zona, descubren recetas de sangre artificial licuable y coagulable.
Hablamos de sangre artificial, en el supuesto de que el fenómeno de Nápoles y demás sitios no implica sangre verdadera. La coagulación de la sangre es un proceso autocatalítico en cascada, de enorme complejidad y muy relacionado con la aglutinación y otros fenómenos del sistema inmunitario. Si las ampollas fueran de sangre, entonces sí que podría hablarse de auténtico milagro, pues los antiguos nada supieron del mecanismo de la coagulación ni de la disolución de coágulos o trombos.
Excluida, pues, la sangre –aunque el análisis espectral se dice que da positivo para la hemoglobina–, se han probado diferentes mezclas que imitan la apariencia del fenómeno. Casi todas se basan en cambios ligeros de temperatura, como una que dieron varios estudiosos de ‘magia natural’ en el siglo XIX [1].

Tixotropía
       Hace una veintena de años la revista Nature publicó una carta de tres científico italianos, con una receta muy simple y eficaz que se hizo famosa en todo el mundo. Partiendo del supuesto de que «el fenómeno parece genuino, está bien documentado y todavía se ve como no explicado, descartaban el cambio térmico a favor de otra explicación físico-química: la tixotropía. Así se llama la fluidificación reversible de un gel por efecto de toque, vibración o sacudida mecánica (thíxis, en griego) [2]:


«En la típica ceremonia de la licuefacción de la sangre, realizada a diferentes grados de temperatura ambiental, el acto de comprobar si el fenómeno se ha producido incluye invertir repetidas veces el relicario manual con viril tranparente, de modo que en ese crítico momento se está aplicando un estrés de rozamiento. Así pues, la realización exitosa del rito no implica fraude consciente. De hecho, a menudo se han observado eventos de licuefacción imprevista a lo largo de los siglos, con ocasión de reparar el receptáculo que contiene la ampolla sellada.»

Los autores concluían irónicamente:

«La naturaleza química de la reliquia napolitana sólo se puede determinar abriendo el recipiente, si bien la Iglesia Católica prohíbe un análisis completo. Nuestra reproducción del fenómeno parece hacer innecesario tal sacrificio.»

La carga irónica no debe ocultar que más que reproducción  (replication) se trata de un remedo del fenómeno, y un estudio serio no estaría de más para asegurar la respetabilidad de un rito religioso. La mera afirmación de haberse obtenido el espectro de la hemoglobina no dice gran cosa sobre lo que de hecho se maneja.
       Ironizando también nosotros recordemos que la sangre de san Jenaro se ha licuado también con ocasión de mostrarla a personalidades de relieve,  eclesiásticas o seglares, atribuyendo a la reliquia del mártir una acepción de personas harto sospechosa.
Pero basta de zarandajas, he aquí la fórmula magistral y científica, ahorrando unos pocos detalles técnicos:

A una disolución de 25 g de FeCl3.6H2O en 100 ml de agua se agregan lentamente 10 g de CaCO3, dializando luego la mezcla contra agua destilada durante 4 días (vale como dializador el pergamino o la tripa animal). La disolución resultante se deja evaporar en un disco de cristalización hasta un volumen de 100 ml (con un contenido de FeO(OH) de 7,5 % aproximadamente. Se añade 1,7 g de NaCl, obteniéndose un sol pardo oscuro tixotrópico, que en cosa de una hora se gelifica. Agitando suavemente, el gel se licúa de forma reversible, en un ciclo repetible muchas veces.

Los mismos autores hacían hincapié en que los materiales de su experimento estaban todos disponibles para el estado del arte en el siglo XIV, precisando que el cloruro férrico se halla formando la especie mineral molisita en volcanes activos como el Vesubio.
       Recuerdo que, a raíz de aparecer la receta en Nature, comentándola con otro colega que la había ensayado, decidimos ofrecer una demostración en la cadena de TV vasca ETB-2. La dirección del programa aceptó con mejor voluntad que criterio televisivo, ya que el reducido espacio que nos cedieron se fue prácticamente en el bla-bla de una entrevista, con una demostración más virtual que otra cosa, y aún dudo de que nuestra presentadora estuvo en el ajo. El público desde luego no. Debieron de tomarnos por prestidigitadores sin escuela.
Desde entonces conservo un tubito de ensayo con ‘sangre de san Jenaro’. Muchas veces repetí con ella el milagro durante años, sin presagio alguno de catástrofe, hasta que por descuido el gel se desecó. Pero no acabó ahí mi aventura con el amable santo.

      Contramilagro
El pasado 6 de mayo, víspera del primer domingo del mes, encontrándome en Nápoles tocó milagro, que me perdí. Sí pude en cambio presenciar su contrademostracíón, que a mi juicio una de dos, o tira por tierra la tesis tixotrópica, o la de la buena fe del clero.
En efecto, el día 8 por la mañana, visitando la catedral y capilla de San Jenaro, mientras contemplaba el gran relicario con la ‘sangre’ sólida de color rojo oscuro, se presentó un pequeño cortejo presidido por un obispo que sin preámbulo tomó de él la pieza manual con el ostensorio de las ampollas y lo ofreció a la adoración de varias personas, ejecutando repetidas veces la maniobra del volver y revolver, sin asomo de licuefacción. Por tanto, o no todo es cosa de tixotropismo, o bien el oficiante sabe evitarlo de forma artera, meneando el recipiente de forma distinta de cómo se hace en la función miracular.
Como yo no tenía idea de este rito de contraprueba, o si se quiere, ‘contramilagro’, fue grata sorpresa poder observarlo y filmarlo muy de cerca y sin golpe de público. Debo decir también que, contra lo que entonces creí, no era el cardenal-arzobispo en persona el que realizaba el trámite, sino alguno de sus auxiliares. De minimis non curat praetor.


____________________________________
       [1] Joahnn N. Martius y Johann H. M. von Poppe en Gesammelte Schriften über natürliche Magie, t. 1, n. 77. Stuttgart, 1839, pp. 353-354.
       [2] L. Garlaschelli, F. Ramaccini y S. della Sala, ‘A thixotropic mixture like the blood of Saint Januarius (San Gennaro)’, Nature, 353 (10 Oct. 1991).



lunes, 30 de abril de 2012

Provincias Exentas (y 5)



En el ejercicio físico-matemático del Real Seminario de Nobles hemos visto al cortesano y académico don Tiburcio de Aguirre moviendo con habilidad los hilos ante Carlos III para el negocio de Peñaflorida y de Guipúzcoa. Al efecto, asoció como ‘arguyentes’ a otros dos personajes de cuenta, y como de encargo: don Alejandro Pico de la Mirandola, y el IV Marqués de Montehermoso.
Ambos eran fuertes en Matemáticas, como Aguirre y Peñaflorida lo eran en la ciencia de moda, la Física experimental, con sus polipastos y caídas de graves, sus bombas neumáticas y sus botellas eléctricas. Pero el reverendo Pico, clérigo como don Tiburcio, amén de desempeñar el arcedianato de Córdoba, prestaba su dominio de los números en servicio del Rey, como consejero de Hacienda. Y el de Montehermoso, sobrino de don Tiburcio y vitoriano como él, además de cortesano gentilhombre de Cámara y recién nombrado Guardia de Corps, era una gran promesa en el proyecto de la Bascongada. Por desgracia, Francisco Javier de Aguirre y Ortés de Velasco no vería la Sociedad, pues falleció en 1763 a la edad de 31 años.

Los caballeritos de Azcoitia
Javier María de Munibe e Idiaquez (1729-1785), VIII Conde de Peñaflorida, se había formado como interno de los jesuitas en Toulouse, donde se aficionó a los números, la música y la ciencia experimental.
De vuelta a su Azcoitia (1746), con otros jóvenes de su clase organizaban tertulias más bien alegres y de francachela, donde entre naipes, baile, humo de tabaco y sorbos de vino o de chocolate, también se trataban asuntos serios.
Si yo fuese un hagiógrafo escribiendo una vida de santo, aquí tocaría hablar de una ‘conversión’, evocando la de Íñigo de Loyola, muy cerca de allí. Munibe no quiso ser un señorito ocioso, y con los más sensatos del grupo transformó la timba en academia.
Así surgió el ‘triunvirato’ con Manuel Ignacio de Altuna y Portu (1722-1762), José María de Eguía, III Marqués de Narros (1733-1803): los «caballeritos de Azcoitia», según el jesuita Isla, que tuvo con ellos un rifirrafe, a cuenta de las n0vedades (no sólo técnico-científicas) de importación ultrapirenaica.
Aquellos jóvenes tal vez ni conocían a su inédito contemporáneo escocés, el psicólogo y economista Adam Smith (1723-1790); pero en cierto modo anticiparon su pensamiento, en cuanto a cohonestar utilitarismo con altruismo, y sus ventajas particulares con el bien general del país [1].
Los jóvenes caballeros intuían que la recuperación económica del terruño pasaba por el saneamiento de sus fortunas personales, con intereses raíces y familiares extendidos por las tres Provincias Bascongadas, y aun muy fuera de ellas. Provincias, por otra parte, bien llamadas ‘Exentas’: auténtico paraíso de delicias fiscales –entre otras muchas reales, más alguna que otra imaginaria–; ventajosas ‘libertades’ que a toda costa convenía conservar, restaurar, fomentar y, sobre todo, unir en esfuerzo común. Y esta era la misión que se habían atribuido aquellos optimates con vocación de clase dirigente, unidos por la Amistad, en Sociedad patriótica; ellos y el País, bajo el lema Yrurac Bat.
He hablado de ‘conversión’, y me reitero, aunque sea en laico. Porque mucha ascesis se necesitaba para cumplir el programa espartano que se impusieron los Amigos para sus reuniones:

Lunes:                    Matemáticas
Martes:                  Física
Miércoles:             Historia y Literatura
Jueves:                   Música
Viernes:                  Geografía
Sábados:                Actualidades
Domingos:             Concierto

Pero es que además el plan no se limitaba a las juntas. Era una vocación y entrega total. Se era Amigo del País a tiempo completo, dedicando no sólo talento y esfuerzo, también hacienda:

«Así los Socios de el Numero, como los Supernumerarios se obligaràn à dejar en sus testamentos una manda, sea en dinero, ò sea en libros, para la Sociedad, sin expresar la cantidad, y ciñendose cada uno à su posibilidad.» [2]

«[La ‘Bascongada’]… no como otras Academias de Artes: el que entra en ella, entra a trabajar y a gastar». [3]

El objetivo económico no debía esfumar el patriotismo, entendido como ejemplaridad ética. Hagiográfico fue también el elogio fúnebre que Narros hizo de su amigo Peñaflorida, y significativo el lema que elige, al modo de los predicadores, aunque tomado de un filósofo y moralista gentil, Cicerón [4]:

Ego autem nobilium vita victuque mutato, mores mutari civitatum puto.

(No perdamos el contexto: Platón decía que las canciones de moda dan el tono a la sociedad. Cicerón prefiere atribuir el mismo efecto moral al ejemplo, bueno o malo, de los nobles en su tenor de vida. Un prejuicio este muy extendido en el despotismo ilustrado.)

¿Masonería ‘blanca’?
Entre idas y venidas, para Xavier Munibe los años de su delegación en Corte (1758-62) fueron de maduración vertiginosa. La idea de una pequeña academia localista provinciana quedó superada, a favor de otro modelo de mucho mayor calado político. Hoy por hoy, no es posible desglosar en esos cambios lo debido a influencias ajenas, en particular las de don Tiburcio de Aguirre.
Lo cierto es que este señor resultó providencial para ganar el favor del nuevo rey Carlos III, que de pequeño tuvo como aya a su abuela, y como compañeros de juegos a pequeños Aguirre, residentes en palacio. [5]
El modelo de Sociedad que finalmente se perfiló fueron las tres Reales Academias borbónicas, en especial la de Bellas Artes de San Fernando (1752), cuyo viceprotector en nombre del Rey era el reverendo don Tiburcio. La Bascongada, juntando los ideales ilustrados del trío académico, cubriría ella en solitario el hueco de las Ciencias aplicadas (o ‘útiles’, como se decía), más la incipiente Economía. [6]
De las Reales Academias, a un provinciano ‘exento’ como Munibe le interesaba especialmente la inmunidad:

«Ningún juez ni tribunal se mezclará de oficio en el gobierno de la Academia: la que estará sujeta inmediatamente al Rey N. Señor, del mismo modo que están las Reales Academias Española, de Historia y de San Fernando».

Así decía el Plan de una Sociedad Económica o Academia (1763), presentado a la aprobación del Rey. Otra exención apetecible era poder publicar por vía expeditiva, sin las trabas de la censura común. Ambas cosas significaban mucho en una época cuando no había libertades de asociación e imprenta.
En el nuevo estatus y panorama, aquella vinculación primera de la Bascongada a las Juntas Generales de Guipúzcoa y los otros organismo provinciales dejaba de ser interesante y pasó al olvido.
Una traba no grata a la mentalidad de Munibe y sus amigos era el elitismo nobiliario de las Reales Academias, que las convertía en clubs de diletantismo, relumbrón e inoperancia [7].
Entiéndase:  nuestros aristócratas para nada deseaban dentro ni fuera de la Sociedad una democracia tal como hoy se entiende. Ellos mismo disfrutaban o aspiraban a títulos nobiliarios. Lo peculiar era que el vasco, con el mito asumido de su hidalguía universal igualitaria, miraba esos títulos como aditivo foráneo, y cedió menos que otros españoles al prejuicio del horror al trabajo [8]

«¿Qué provincia podrá jactarse, como las nuestras, de haber tenido una nobleza que se ocupase únicamente en promover la felicidad de sus pueblos, hasta hacer profesión declarada del estudio por conseguirla?» [9].

«Los Amigos del País tienen por principio el estudio, son los personas más distinguidas. Por esa cualidad, han de emplearse necesariamente en el gobierno de sus repúblicas y provincias. ¡Qué ventaja para ellas, tener sujetos cultivados para el manejo de sus negocios y para ocupar con acierto su representación

Este sorprendente párrafo de un texto anónimo, atribuible a Miguel José de Olaso Zumalave, primer Secretario que tuvo la Bascongada, expresa con absoluto candor una vocación política de gran empeño, por encima de cualquier camarilla o ‘parcialidad’ (partidos políticos no había entonces). Lo que se pretende es una penetración de todo el País por quienes, sintiéndose más capacitados, se disponen a ocupar puestos de decisión en el organigrama administrativo.
El núcleo de la Bascongada eran sus 24 Amigos de Número –8 por cada provincia–, bajo la dirección vitalicia de Peñaflorida. El cuerpo material lo componían los amigos supernumerarios, en número indefinido. Una tercera categoría: los amigos de mérito y agregados, expertos en saberes útiles a la Sociedad, incluso extranjeros.
En Azcoitia, el 24 de diciembre de 1764, reunidos la mayor parte de los 16 caballeros fundadores, adoptan el nombre de Amigos del País. Y el 16 de febrero del 65 en Vergara tienen la primera Junta General, donde se acuerda crear una clase de amigos alumnos para los caballeros jóvenes, hasta cumplir los 18 años. Estos serían el semillero o seminario de socios, asegurando el relevo generacional: «útiles individuos del estado, celosos republicanos y miembros ilustres de la Sociedad».
Para la formación sobre todo de estos «caballeritos» –los alumnos– se funda el Real Seminario Patriótico Bascongado en Vergara (1767). Sin embargo, no creo que la categoría de Amigos Alumnos se deba restringir a los matriculados.  El Seminario era un centro educacional elitista, inspirado en el Real Colegio de Nobles. Más tarde hubo también proyecto de otro Colegio para chicas, que el rey aprobó para alumnas de todo el reino, y no pasó de ahí (1784).
Las gestiones de don Tiburcio dieron resultado en abril, con la aprobación de los primeros Estatutos, con orden a las autoridades provinciales de dar todo su apoyo y libertad de movimientos a la Bascongada. En agosto el Rey aprobaba el Reglamento de Alumnos.
Todavía se ingenieron otras categorías de socios. Un grupo restringido y muy selecto de amigos honorarios («de quienes se pueda prometer sacar ventajas hacia èste establecimiento»), exentos de deberes comunes, tenían por cometido cultivar las cortesías y atenciones a los poderosos, en nombre de la Sociedad... El sistema fue en algún momento más complicado.
En fin, algo hay que decir del socio benemérito: cualquier persona de buena nota, celosa patriota, dispuesta a pagar una anualidad de 100 reales  por adquirir una patente de ‘amigo de la Bascongada’. Y es que una empresa tan vasta requería muchísimo dinero, que en principio se pensó recaudar con una lotería privada. Desechada ésta, se ideó un mecanismo de doble efecto: especie de ‘simonía laica’ –vender prestigio social por dinero–, que a la vez que daba ingresos reclutaba posibles agentes de reclamo e infiltración. De hecho el número de estos amigos creció prodigiosamente, sobre todo por América. Pero fue a costa de un tercer efecto indeseable, y aun un cuarto: inflar listas de amigos benméritos inoperantes, que obtenida la patente se olvidaban de pagar la cuota, convirtiendo en gasto la burocracia recaudatoria [10].
Todo esto, más la insistencia en la Amistad-Amistad-Amistad, más una serie de normas minuciosas, prolijas y algo raras,  sobre el trato de los amigos entre ellos, más el emblema (de sobriedad icónica y laconismo raro para la época), etc. etc., muchas veces ha hecho pensar en influencias masónicas.
Desde luego, no se puede sostener que la Bascongada fue sucursal de la Masonería, o que las llamadas ‘juntas’ fuesen tenutas disfrazadas. Otra cosas es que bastantes socios fueron también masones a título individual. Ni siquiera un historiador tan suspicaz como Vicente de La Fuente se atreve a afirmarlo, sólo lo da como conjetura. En su Historia de las Sociedades Secretas (Madrid, 1870, t. 1, págs. 101 y sigs.) trata de la Francmasonería española en tiempo de Carlos III en Madrid, pasando luego a hablar de ‘Los machines vascongados: Sociedad Vascongada de Amigos del País’ (págs. 121-125).
Este encabezamiento desorienta más que informa. La machinada o revuelta popular de 1776, aunque coincidente en el tiempo con el motín contra Esquilache, fue un protesta local motivada por la carestía de subsistencias, tras un invierno muy duro, «y lo prueba bien el haberse helado el mar en las costas de Vizcaya», según el propio Carlos III en carta de Tanucci (4 de febrero 1766) [11].
Por supuesto, en la coyuntura económica no faltaron manejos especulativos de los jaunchos, la casta de Peñaflorida. Los mismos que acudieron a la represión armada sin contemplaciones.
Pero todo eso nada tiene que ver con masonería ni con la Bascongada, como sugiere La Fuente, apoyándose en que los Amigos leían la Enciclopedia (con permiso del rey), fueron vistos con recelo por el clero (por una parte de él, también tuvo amigos clérigos) y, faltaba más, «la misma divisa de las tres manos unidas… un signo masónico de los más conocidos».
Muy distinto es, como hipótesis de trabajo, estudiar la Bascongada bajo la metáfora de una masonería ‘blanca’, como se ha hecho a veces con la compañía de Jesús o el Opus Dei. De paso, recordemos que tambien los fundadores de la Bascongada la presentaron al Rey, con modestia, como «la Obra».

Un plan político
Aunque las Vascongadas y Navarra capearon la embestida borbónica contra la foralidad, en el siglo XVIII padecen crisis que tuvo sus intérpretes y profetas en panfletistas, como el jesuita guipuzcoano Larramendi o el militar navarro Perochegui. La personalidad del primero es mucho más notoria.
Juan de Perochegui, capitan de artillería, publica en 1731 en tirada muy corta Origen y antigüedad de la Lengua Bascongada y de la Nobleza de Cantabria. Barcelona, 1731. Obra dedicada a don Juan de Idiaquez, Conde de Salazar. Esta obra sería ‘primera parte’ de lo que siguió en 1737/1738 (Barcelona) como partes segunda y tercera, «probando ser dicha lengua la estirpe y origen de la Augustísima Casa de Borbón», y que «la Casa de Capet y la Ausgustísima de Borbón  son de un mes raza», esto es, arrimando el capitán la sardina borbónica a su ascua.
La edición definitiva y más divulgada fue la de Pamplona, 1760, aprovechando seguramente el cambio de reinado, como antes se aprovecho el declive biológico de Felipe V (1724-46).
Entre la edición primera y la definitiva hubo gran movimiento en el fuerismo, hasta provocar repulsa. Los ‘nacionalistas’ de entonces se quejaban de ‘emulación’, celos, envidia a lo vascongado (lo mismo repite uno de los religiosos censores que aprueban la obra).
Leyendo textos primitivos de la vascongada, no es difícil hallar resonancias de esas tesis, y aunque la prudencia de Peñaflorida les pone sordina, la estridencia se hará sentir conforme se evidencie el fracaso de la Bascongada.
Todavía en 1766 (Junta General en Vitoria), en optimismo desbordante y a ratos pueril, no faltan alusiones a la crisis socioeconómica. Por otra parte, el estudio qe allí se hace de la economía del País, en cuanto a Agricultura, Minería, Industria, Comercio, es de la más interesante porque contempla al País Vasco en perspectiva unitaria, como si todo él fuese un estado autónomo viable por sus propios medios.
La sorprendente ponencia trabaja sobre el supuesto autosuficiente de las tres provincias, con explotación a tope de recursos propios como si fuesen ilimitados, contemplando expropiación forzosa de baldíos (p. 192) y trasiego de gente a una Álava agrícola y despoblada.
La más que aconsejable supresión de aduanas interiores o ‘puertos secos’ ni se contempla, para un estado que comercia por igual con Inglaterra y Francia que con Castilla y resto de España (p. 189), para lo que dispone de flota mercante propia, a saber, la de la Real Compañía de Caracas (la Guipuzcoana), «que ha contribuido siempre gustosa a todo lo que sea ventajoso al país» (pág. 190).
Se pregunta uno, hasta qué punto podía interesar a la Sociedad el traslado de las aduanas al mar, o incluso la franquicia, dada la circunstancia de que los Montehermoso en Vitoria detentaban la escribanía de todo el distrito aduanero de Cantabria.
________________________________________-

[1] Smith publicó The Theory of Moral Sentiments en 1759, y The Wealth of Nations es de 1776. Peñaflorida alcanzó a conocer las dos obras. Los Sentimientos se tradujeron al francés desde 1764 (como Métaphysique de l’Âme como sobretítulo), y Jean-Louis Blavet, que también hizo su versión en 1775, tradujo La richesse en 1781. La riqueza de las naciones se publicó en español en  1794, en versión de José Alonso Ortiz, con algunas notas propias, así como retoques y cortes impuestos por la censura de Godoy.
 [2] Estatutos de la Sociedad Bascongada de los Amigos del País. San Sebastián, 1765, art. xxxij, p. (24).
 [3] Peñaflorida, III Ensayo (privado), 1770. El propio conde dio ejemplo, en este sentido, con gran quebranto de su hacienda.
[4] Cicerón, Legibus, 3, 13, 4. (debe decir 3, 31, XIV). El Elogio de don Javier Munive se publicó tras el Discurso de Apertura de las Juntas Generales de la Bascongada en Vergara, 28 de julio de 1785 (en Extractos del mismo año).
[5] Ferrer del Río transcribe algunas expresiones del afecto íntimo de Carlos a doña María Antonia de Salcedo, viuda de Vicente José de Aguirre. No recuerdo ahora el pasaje, en la Historia del reinado de Carlos III.
[6] Las Ciencias en general venían envueltas con la Medicina, y así nació embarullada una Real Academia de Medicina y CC. Naturales (Felipe V, 1734), por lo que el Marqués de la Ensenada encargó a un super ocupado Jorge Juan separar ambas ramas. En 1752 se redactó el plan de la Real Sociedad de Ciencias de Madrid; pero pronto cae Ensenada y el proyecto se paraliza. Medicina siguió absorbiendo malamente la Historia Natural y Botánica, la Química y Física, en competencia con Farmacia, que tampoco tuvo academia, sólo Real Colegio de Farmacéuticos (Felipe V, 1737), refundación del viejo Colegio de San Lucas y la Purificación.
[7] De las tres Academias, Bellas Artes era la más técnica, y de hecho fue iniciativa de artistas. Fue por ello la que tuvo una metamorfosis más radical, hasta poner la Real institución en manos de nobles, y a los artistas como quien dice ‘en su sitio’. Otra versión del despotismo ilustrado: ‘todo para el artista, pero sin el artista.
[8] Antes habían sido los oficios ‘mecánicos’ o serviles; luego fueron las empresas mercantiles. Los textos pedagógicos de la primera Bascongada inciden en inculcar a los caballeritos jóvenes hábitos de laboriosidad, quitándoles prejuicios contra el ejercicio del comercio.
[9] Junta General de Vitoria, Discurso preliminar, p. 7.
[10] También se había pensado en crear una lotería propia como fuente de ingresos, coincidiendo con la puesta en marcha de la Lotería Nacional (la ‘Primitiva’); pero sin efecto.
[11] Cit. por Ferrer del Río, o. cit., t. 2, p. 11.