lunes, 16 de abril de 2012

Provincias Exentas (3)



Amigos del País de los Amigos
Si el juntero guipuzcoano Conde de Peñaflorida, como Delegado en Corte por la Provincia (1758-61/62) usó de epiqueya para atender asuntos propios, no está claro en qué concepto entraba su proyecto de la Bascongada. Porque nada más volver, y de manera harto extraña, Munibe presentó a Juntas Generales e hizo aprobar un Plan de una Sociedad Económica, o Academia de Agricultura, Ciencias y Artes Útiles, adaptado a las circunstancias particulares de Guipúzcoa.
Extraño, sí, porque el documento, sin nombre de autor y avalado por las firmas de 16 junteros, con el Conde a la cabeza, se admitió sin debate, aunque al editarlo en los Registro de la Provincia se hizo con paginación independiente. Ahora bien, un año después (1764)  se produjo el acta fundacional de la Bascongada, con lista de 17 socios fundadores bien distinta de aquélla. Tampoco parece que a todos los junteros les sentó bien la novedad. En su momento lo veremos.
De ahí en adelante, hasta lograr la aprobación y amparo como Real Sociedad (1770), se puentea a la Provincia y la tensión subió de punto. Pero es que también con Madrid hubo sus más y menos.
Y es que ciertos fundadores con ideas muy propias a veces tienen que proceder de forma tortuosa para salir adelante. Máxime cuando esas audacias se van perfilando sobre la marcha. Pensemos por ejemplo en José María Escrivá ‘barruntando’ –como él decía– su futuro y metamórfico Opus Dei. O sin salir de Guipúzcoa, Íñigo de Loyola, en una gestación de la Compañía de Jesús tan mutante, que al propio fundador le mudó la personalidad y hasta el nombre, haciéndose llamar Ignacio desde que puso los pies en la corte de Roma.
Esa gestación difícil afecta, sobre todo, a las sociedades con cierta vocación de cuerpo extraño o ‘estado dentro del estado’, incluidas las que el vulgo entiende por ‘mafias’ y masonería.

Un asunto de familia
La Bascongada desde sus orígenes tuvo buen cuidado de ir perfilando por escrito la imagen que el fundador iba deseando para la posteridad. A su muerte (1785), el empeño se alargó en abundantes escritos, con más difusión de los favorables, obviamente.
Nunca se ignoró del todo la evidencia de sombras en la obra y en su creador, como tampoco en definitiva el fracaso de una Bascongada que había, como quien dice, ‘nacido de pie’.
Al analizar las causas de esa trayectoria, con una constelación de nombres propios abrumadora, los historiadores se han ido fijando en los personajes, con sus nombres y apellidos, descubriéndose cómo no sólo Guipúzcoa, sino el conjunto de las Tres Provincias, estaba atrapado en una red endógama de jaunchos (‘señoritos’) con sus clientelas. Por circunstancias históricas en que no entramos, el sistema medieval de Parientes Mayores de raíz campesina se había urbanizado y adaptado, ganando iniciativa sin perder poder, constituyendo una fuerza viva puntera en España.
Así en el Siglo Ilustrado se da aquí la paradoja de un País Vasco dotado de instituciones y exenciones forales arcaicas (respetadas por los Borbones en atención a su lealtad), en poder de una burguesía tronco-piramidal capitaneada por una mini nobleza emparentada, reducida y cerrada, pero eso sí, ilustrada como ella sola. Si todo el país no era una ‘cosa nostra’ (todavía), el único estorbo era la triple foralidad autónoma (Territorios Históricos). Pero por ser triple, no por foral. Los caballeros de las Provincias Exentas jamás tuvieron la ocurrencia de jugar sin esa ventaja.
En el siglo XVI, el fenómeno de la lengua propia da pie a una conciencia incipiente de singularidad y unidad étnica. Pero con una pequeña contradicción: esa lengua, el vascuence, era una y única sólo en la apreciación de los extraños que no la entendían. Los vascohablantes siempre fueron muy conscientes de su fragmentación en dialectos, tan distintos entre sí como lo eran los del romance, o sea el catalán y valenciano o el galaico-portugués respecto al castellano. Si la frontera borrosa entre dialecto y lengua se define en función de la inteligibilidad, la noción de una ‘lengua vasca’ preservada intacta por la Providencia desde el Paraíso, o al menos desde Babel, al par de los sagrados Fueros ágrafos, se vuelve improbable.
La idea de una lengua vasca supra-dialectal –idealizada, por ejemplo en el apóstrofe famoso de D’Etchepare («¡Hescuara a plaza, hescuara al mundo!»)– tendría su correlato institucional en una unidad política supra-foral, que por diversas razones no se había sentido  necesaria hasta el siglo XVIII.

Proyecto de País
Es verdad que las ideas de cambio no suelen florecer cuando las cosas van bien. Sin decir que antes lo fueran, el hecho es que en la generación de Peñaflorida una alta burguesía con problemas económicos y en contacto con el fermento ilustrado extranjero, entiende llegada la hora de su revolución, legitimando lo que para ellos era realidad: Irurac Bat, la unidad de las Tres Provincias Exentas.
Monárquicos leales, si no todos convencidos, aquellos hombres encuentran en Xavier María de Munibe e Idiáquez un líder nato, con la fórmula o receta del aglutinante capaz de obrar el milagro: la Amistad. Amistad entre ellos, como miembros de una sociedad de élite, y amistad a la ‘patria’ o país que ellos poseen y controlan en virtud de sus títulos, señoríos, mayorazgos, patronatos, alcaldías y juntas, arrendamientos, préstamos, clientelas de todo tipo. Su País [1].
Los ilustrados vascos no tienen la menor idea de otra revolución fuera de la suya. Su ideal es que el interés individual y el de su Sociedad coincidan con el interés y bienestar del País en su conjunto. Como no podía menos de ser, si los tres territorios asumían el liderazgo natural de su clase dirigente. Y como tenía que ser, si toda España y sus Indias se dejaba penetrar e impregnar por los mismo ideales inspirados en la Bascongada.
Desde luego, un hombre sensible como el Conde no iba a empañar con particularismos familiares el espejo de la nueva Sociedad. Conozcamos su visión idealizada sobre el estado de cosas encontrado, y que los Amigos se propusieron reformar [2]:

1. Las tres Provincias de Alava, Vizcaia, y Guipuzcua, igualmente Illustres porque fueron noble y distinguida porcion de la antigua Cantabria, como por los heroicos hechos con que ha mantenido y aumentado el blason de su esclarecido origen, tenian en su vecindario un crecido numero de Cavalleros, dignos hijos de tal Patria.
Vna brillante educacion en muchos de ellos, los havia impuesto en las ventajas, que dan a las republicas, la cultura de las ciencias, y las artes; y el Amor a la Patria, que animava y distinguia a todos, les hizo pensar con seriedad en el establecim.to de varios proie(c)tos dirigidos todos á este alto fin.
2. Pero como las grandes empresas, nunca carecen de contradicciones, igualmente grandes, y aun á vezes maiores,  se sumergieron estos nobles pensamientos sin que llegasen á Execucion.
3. No contribuia poco á esta desgracia, la falta de motivos que juntasen con la frecuencia que pedia proiecto tan grande, los Cavalleros de estas tres Provincias.
De aqui nacia el mirarse como naciones diversas, y de esta impresion, el que se interesasen mui poco, las unas, en los negocios de las otras.
4. Esta indiferencia, era ciertamente perjudicial á todas tres, y desde luego se pribavan de las ventajas que la union, y buena correspondencia, devia procurarles; yá promoviendo su comercio, yá facilitando sus manufacturas, yá procurandose reciprocos socorros, que hiziesen comunes los intereses de todas juntas.
5. No estaban ynsensibles á estos males los Cavalleros Bascongados. Penetravan sus funestas consecuencias, deseaban con ansia el bien de la Patria, y solo esperavan, á que se presentase ocasión favorable de establecer sus nobles pensamientos y cimentar con ellos la gloria y la felicidad de la Patria.

Pues bien, aquellos caballeros bascongados –que en un principio se presentaron como caballeros guipuzcoanos, o en expresión burlesca del jesuita Francisco de Isla, los «caballeritos de Azcoitia»– pertenecían prácticamente todos a un puñado de troncos y apellidos, epígonos de la aristocracia parental y muchos de ellos decorados con títulos de nuevo cuño. Es lo que han demostrado pacientes estudios genealógicos, con árboles harto elocuentes. Así Aguinagalde, en los 24 socios de número de la Bascongada en su primera época, traza los nexos de parentesco como ‘ejes’ onomásticos: el eje Munibe, eje Corral, los Barrenechea – Mata Linares, eje Olaso – Unceta – Olaeta, eje Moyua (Marqueses de Rocaverde) [3]
Estos eran los elegidos, la aristocracia natural del País, una vez depurada de algunas excrecencias impropias. Me refiero concretamente al pequeño ‘misterio’, antes apuntado, de la diferencia entre los junteros guipuzcoanos promotores de un Plan de Sociedad Económica o Academia acomodada a las necesidades de Guipúzcoa, y los efectivos socios fundadores.
Ya José Ignacio Tellechea se mostró perplejo, sin respuesta a la triple pregunta:
– ¿Por qué no suscribieron el Plan todos los junteros?
– ¿Por qué lo suscribieron sólo los mencionados?
– ¿Por qué la inmensa mayoría de ellos no aparece luego en la futura R. S. Bascongada?
Por su parte, Cécile Mary-Trojani vuelve sobre lo mismo, proponiendo una explicación tan lógica como poco caballeresca, y en definitiva impresentable: la mayoría de junteros firmaban como ‘clientes’ de los magnates, firmaban como  sin leer el papel que les ponían delante, sobre la estructura de la Sociedad, y desde luego, firmaban sin idea de pertenecer a la misma. La autora no entra más a fondo.
Personalmente me he fijado en un juntero que por su condición de alcalde de Vergara tuvo que ver con las celebraciones de estreno de la Bascongada: el alcalde Moya.  Joaquín Ignacio Moya Ortega (1722-1785) era un vizcaíno experto en ferrerías, que se había casado con la hija de un empresario vergarés  para dirigir los talleres. Y aunque con el tiempo los Moya fueron recibidos en sociedad y labraron su escudo en la casa de su nombre en la plaza de Vergara, todavía en el momento de fundarse la Bascongada no son como para figurar como socios. En este caso concreto, es lo que me parece.

(Continúa)
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[1] Mikel Azurmendi, en su libro ‘Y se limpie aquella tierra’: Limpieza étnica y de sangre en el País Vasco (siglos XVI-XVIII) –Madrid, Taurus, 2000–, tituló el último capítulo, ‘Los Amigos del País o el País de unos Amigos’.
[2] Peñaflorida, Historia de la Sociedad de los Amigos del País, cap. 1º.
[3] F. Borja de Aguinagalde, ‘¿Por qué los archivos de la Bascongada son complicados? Notas archivísticas a un Coloquio sobre la Amistad.’ En A. Risco y J. M. Urkia (eds.), Amistades y Sociedades en el siglo XVIII. Real Sociedad Bascongada Toulouse, I Seminario Peñaflorida (1-3 Diciembre 2000), pp. 21-41. Cfr. Álvaro Chaparro Sainz, La formación de las élites ilustradas vascas: El Real Seminario de Vergara (1776-1804)  Tesis doctoral. Baracaldo, 2009, pág. 84; José María Imizcoz y Álvaro Chaparro, ‘Los orígenes sociales de los Ilustrados Vascos’; en J. Astigarraga et al. (eds.), Ilustración, ilustraciones, Donostia-San Sebastián, Real Sociedad Bascongada, 2009, pp. 993-1027.


sábado, 14 de abril de 2012

Provincias Exentas (2)


La Universidad ha muerto, viva la Academia

Uno de los hallazgos del Humanismo renacentista –alrededor de 1500– fue que la Universidad era un muerto de cuerpo omnipresente. Una gusanera de dómines, rábulas y matasanos. De pensamiento, nada. Poco a poco, al margen de la Escolástica, la apertura intelectual propició una forma nueva de ver el mundo, con curiosidad científica experimental e inductiva. La nueva ciencia procuró evitar los claustros universitarios para respirar en ámbitos asociativos más libres y espontáneos, las academias [1].
El siglo XVII fue académico en Europa, con mecenazgo de reyes y príncipes. La Royal Society de Londres fue emblemática, en este sentido, y sus brazos fueron largos, gracias a su red de correspondientes extranjeros de muchos países.
El fenómeno académico, salvo en lo literario, apenas cuajó en España. La Inquisición tal vez tuvo parte de culpa. O también, una mentalidad de conquistadores a la romana, más para la administración y explotación de las conquistas que para lo especulativo o lo técnico (“que inventen ellos”) [2].
La Guerra de Sucesión de España (1701-1714), con su carácter de guerra civil por las opciones dinásticas enfrentadas, trajo a los Borbones. El reinado de Felipe V coincide con el comienzo del Siglo de la Ilustración (o de las Luces), de marchamo francés por su figura más representativa: Voltaire. Las monarquías ilustradas en Europa, todavía dentro del ‘Antiguo régimen’ absolutista, desarrollan una forma peculiar de gobierno conocida como ‘Despotismo ilustrado’, resumido en el lema, «todo para el pueblo, sin el pueblo».

Academismo borbónico
Los primeros Borbones supieron utilizar a la élite nobiliaria y burguesa ilustrada para fomentar el academismo  para-universitario. Diríase que la Universidad se había vuelto irrecuperable, cuando un fray Benito J. Feijoo, profesor de facultad, propugna (1750) «la erección de Academias científicas debaxo de la protección Regia, por lo menos una en la Corte, a imitación de la Real de las Ciencias de París. Ésta daría el tono a todo el Reyno en orden a la elección de estudios útiles» [2].
«Estudios útiles». La ‘utilidad’, tan cara a la Ilustración, era  una virtud de proyección y desarrollo social, no el provecho y medro de las prebendas y sinecuras, desiderátum y techo intelectual para la masa universitaria. Casi la única excepción eran las facultades de Medicina menos malas, donde se refugiaba también algún  cultivo de las Ciencias Naturales y no pocas inquietudes humanísticas.
Todavía en 1771, a la propuesta del Consejo de Castilla para reformar los Planes de Estudios, la Universidad de Salamanca respondía con una profesión de inmovilismo, disimulando la pereza como gloria nacional [3]:

«Dixo que no se podia apartar del sistema del Peripato; que los de Neuton, Gasendo, y Cartesio, no simbolizan tanto con las verdades relevadas (sic), como los de Aristóteles…¿Qué concepto podia hacer formar semejante modo de pensar en la primera Universidad del Reyno? »

Salamanca, tras admitir su rémora en los Estudios de Gramática (rémora ¡con respecto a Vives y el Brocense!), «no reconoce igual atraso en la Facultad de Artes o curso de Filosofía; antes declara por el contrario, que juzga precisa la continuación de este estudio como estaba, en todas sus partes».
Y es que mal podían enseñar lo que ignoraban, la nueva filosofía y física de autores que los sonaban de oído, cuyos nombres ni sabían escribir, Newton, Gassendi, Descartes, Hobbes, Locke… El texto, copiado por Sempere Guarinos, se hizo antológico [4]:

«“También, dice, tenemos noticia de Tomás Hobes [hay quienes transcriben Obes], y del inglés Juan Lochio, que contiene quatro libros: pero el primero es muy obscuro, y el segundo sobre ser muy obscuro, se debe leer con mucha cautela… Lo mismo juzgamos del nuevo Órgano de Bacon de Verulamio…”.»

Las Facultades de Derechos (Civil y Canónico) abundan en el mismo oscurantismo y continuismo auto complacido, ahora con el aderezo de una mini blasfemia (otra flor para la antología del disparate universitario):

«“Nos parece, Señor, que con todas las católicas, y particularmente con la nuestras, hablan aquellas palabras: Non erit in te Deus recens, neque adorabis Deum alienum. Si has de agradarme (dice Dios a la Universidad de Salamanca, en quien está el principado de las católicas)…, no te me has de enamorar de algún numen flamante, que pretenda acariciarte con la novedad… Ni nuestros antepasados quisieron ser legisladores literarios, introduciendo gusto más exquisito en las Ciencias, ni nosostros nos atrevemos a ser autores de nuevos métodos”.»

La Facultad de Teología no iba a ser menos, sesteando en «los IV Libros del Maestro de las Sentencias, comentados por la Suma del Angélico Doctor Santo Tomás», es decir, en las preocupaciones de la Edad Media. Tan bajo había puesto el listón el faro salmantino, que su rival la Complutense casi salía airosa, siempre sin perder de vista que la matrícula estudiantil tenía objetivos muy pedestres.

Un colegial ilustrado
El sistema universitario incluía los colegios menores y mayores. Pues bien, en ‘el Viejo’, o sea el salmantino Colegio Mayor de San Bartolomé residió (1729-1740) un colegial alavés ilustrado, Tiburcio de Aguirre Ayanz, matriculado en Derecho, pero adepto vocacional de la nueva ciencia ultra pirenaica. Era un segundón, hermano de Francisco Tomás de Aguirre, III Marqués de Montehermoso, y destinado en principio a Iglesia.
De modo que a la sombra más oscura de la Alma Mater vivió tranquilamente once años un colegial clérigo ilustrado (y no sería el único), bien avenido con la ciencia moderna estudiada y practicada por libre. En efecto, había convertido su celda en auténtico museo y gabinete científico y experimental, donde organizaba reuniones al estilo de las academias extranjeras. Así pasó don Tiburcio a la Historia del Colegio, tal como lo pintó su amigo el I Marqués de Alventos [5]:


 Fijémonos en lo enmarcado en rojo. Ni el herbario, ni los coleópteros o las mariposas; la sección estrella son las conchas, al ser sus fósiles indicadores principales de estratos de interés geológico minero.
A este varón docto y ya muy bien situado, Capellán mayor de las Descalzas Reales y cortesano de confianza de Fernando VI, se presenta en Madrid en 1758-59 el Conde de Peñaflorida, Javier Munibe. Le acompañaría, es muy probable, un pariente y amigo de su misma edad, Javier de Aguirre, sobrino de don Tiburcio y muy pronto IV Marqués de Montehermoso, si es que ya no lo era [6]. Los dos compartían con el sacerdote la afición a las Ciencias, a la Física experimental. Javier Aguirre era además fuerte en Matemáticas.
Montehermoso, Peñaflorida, Aventos etc., título nuevos en la burguesía y pequeña nobleza ilustrada, que sin desdeñar la cultura, rompiendo la tradición nobiliaria española de horror al trabajo, se aplicaba a actividades empresariales y mercantiles.
Pero también a la nobleza antigua, a todos los niveles, llegaba algo del espíritu nuevo. Mucho antes y mucho más que los citados se había distinguido en amplios saberes un Grande de España, Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga, VIII Marqués de Villena (1650-1725), «muy conocido fuera de la Península por su relación con la Academia de las Ciencias de París, de la que era individuo, y por su comunicación con muchos sabios de Europa».
Para más de un barbero, don Juan era la reencarnación de su ancestro el mítico don Enrique de Villena (m. 1434); y a más de un cura, en efecto, le recordaría al ‘Nigromante’, aunque ya en los tiempos que corrían los tratos con el diablo eran más por forma de carteo con sabios extranjeros nada católicos. Un poco en esa vena de habladuría popular, Sempere –que le dedica su obra– recuerda que «en Escalona, pueblo de sus estados, hay una torre que llaman de la Chímica… y se conservan en ella todavía muchas hornillas y varios instrumentos…».
Pero a lo nuestro: Villena fue el promotor y primer director de la Real Academia Española de la Lengua (1713/1714). Y aun tuvo otro proyecto más ambicioso de una Academia General de Ciencias y Artes, que no fue ninguna veleidad, aunque era prematura [7]. La segunda real sería, pues, la Academia de la Historia, autorizada por el mismo Felipe V (1730) y formalizada bajo Fernando VI. Este mismo rey finalmente erigió en Real Academia la de Bellas Artes de San Fernando (1752), delegando el regio protectorado honorífico en don Ricardo Wall, y dando el cargo efectivo de ‘viceprotector’ a su bien amado don Tiburcio de Aguirre.

Asuntos de Guipúzcoa, asuntos propios…
Bien, ¿y qué se le ofrecía al Munibe con don Tiburcio?
En realidad, el Conde de Peñaflorida se encontraba de residencia en Madrid, junto con otro socio, como diputados en Corte por la Provincia de Guipúzcoa, para graves asuntos en relación con la salvaguarda foral. Dicho en expresión prosaica, un conflicto con Hacienda, que venía a ser el huevo de aquel fuero. 
Este tipo de gestiones en el Antiguo Régimen ilustrado implicaba meterse en un laberinto-máquina burocrático, empeño imposible sin contactos, máxime si de lo que se trataba era de sortear engranajes y palancas para ir derecho al Rey. Y para eso don Tiburcio era el hombre ideal. Mejor dicho, lo había sido, porque la embajada de Munibe coincidió con el ocaso y desaparición de Fernando VI (1759) y la entrada de su medio hermano Carlos III.
La embajada de Peñaflorida en Corte (agosto 1758 - julio 1761)  de suyo era incompatible con cualquier otra actividad. Bien es verdad que el rigor se había relajado, y los señores diputados tampoco descuidaban los asuntos propios. Máxime si, como ocurría esta vez, entre reales exequias y reales entradas, el real horno no estaba para bollos provincianos.
No nos escandaliza, pues, saber que a nuestro hombre la sobró tiempo para ocuparse de negocios relacionados con su hacienda y casa. Incluso se lo perdonamos en gracia de esta otra noticia: Munibe traía bajo el brazo otro negocio de utilidad pública, algo así como una academia que, siendo guipuzcoana o vascongada, fuese también de protección real. La quería parigual de las Tres Grandes, con sus privilegios y franquicias; sólo que, en vez de nacional, provinciana. ¿Academia, de qué? Pues de lo que faltaba. Más o menos, lo que ya tuvo pensado el de Villena, pero perfeccionado y puesto al día. Una Real Academia Bascongada de Conocimientos Útiles aplicados a la Agricultura, la Industria, el Comercio…
Por muy bien que viera don Tiburcio un proyecto así, no se le ocultaba lo que tenía de quimérico. El Antiguo Régimen no conocía la libertad de asociación, y tanto la burocracia como la etiqueta se complicaban con formalismos, más que barrocos, churriguerescos.
Por eso resulta admirable el acierto de aquella conjunción, Aguirre-Munibe, para interesar personalmente a Carlos III en una empresa tan escabrosa. Un desafío más indicado para suscitar recelo y hostilidad, incluso alarma, que el favor entusiasta que tuvo en principio.
Han pasado 250 años. Aunque sobre la Bascongada se ha investigado y escrito muchísimo, el cerebro de aquel Munibe sigue siendo una caja de sorpresas. Insisto, no he hecho investigación personal alguna, ni siquiera conozco bien los estudios ajenos. Lo que para mí son puntos oscuros pueden ser simples lagunas de ignorancia, y no es falsa modestia.
Hay un punto en particular que me intriga y me gustaría ver más claro. Que la Real Sociedad Bascongada tuvo en su proyecto y gestación una intencionalidad política, es algo que parece fuera de duda, y pronto se hizo sospechoso. Más problemático es determinar el verdadero alcance de lo político en una empresa de suyo cultural. ¿Hasta qué extremo la ambigüedad resultó contraproducente? Y dadas las circunstancias históricas, ¿en que medida pudo ser determinante de fracaso?

(Continuará)
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[1] Es el ritornelo de las Epistolae Obscurorum Virorum (‘Cartas de Desconocidos’, en la edición y versión española – Jesús Moya, Univ. de Málaga, 2008). La situación de los países del alemán era representativa. Erasmo sólo usó la institución universitaria para sacar título, sin comprometerse con ella, declinando invitaciones como la de Alcalá, con todos los honores y muy bien pagados.
[2] Cartas eruditas  t. 3 (1750), carta 31, 85
[3] Juan Sempere y Guarinos, Ensayo de una Biblioteca Española… del Reynado de Carlos III. Madrid, Imprenta Real, t. 4 (1787), s. v. ‘Planes de Estudios’, pp. 207 y ss.
[4] Ibíd., p. 211.
[5] Joseh (sic) de Roxas y Contreras (Marqués de Alventos), Historia del Colegio Viejo de S. Bartholomé, Mayor de la celebre Universidad de Salamanca. II Parte., t. 1 (Madrid, 1768), pág. 776. No confundir a nuestro personaje con su homónimo tío don Felipe Tiburcio de Aguirre y Salcedo, que también fue Colegial en el Viejo y que fue académico de la Española, honorario desde 1735 y supernumerario en marzo de 1737; cfr. Diccionario ‘de Autoridades’, t. 6 (1739), relación de Académicos.
[6] Su padre, el III Marqués, murió de repente y sin testar el 20 de mayo 1759.
[7] «He tenido el gusto de ver algunos apuntamientos escritos de su mano sobre este utilísimo pensamiento»; Sempere y Guarinos, o. cit., ‘Discurso preliminar’, t. 1, págs. 12-13.



miércoles, 11 de abril de 2012

Provincias Exentas (1)



Preámbulo sobre brocardos*
 Casi desde el principio de esta bitácora me declaré adicto a los brocardos. En Derecho, algo más que refranes y bastante menos que axiomas jurídicos, pero siempre a mano para un apuro. Con otro mérito: que si no siempre zanjan un caso, al menos distraen la atención hacia el brocardo mismo.
Es lo que le ocurría hace poco a Fernando Savater, con el brocardo «la excepción confirma la regla». Un artículo le dedicó (‘Topicazos’), total para poner en evidencia, con ayuda del ‘Diccionariodel Diablo’, que el agudo Bierce no dio con el sentido, si es que no entendió al revés la expresión latina, exceptio probat regulam [1].
Sé que es atrevimiento decirlo así, de un pensador y de un amigo como Fernando; pero es que tampoco me sentó bien el tono de suficiencia:

«… descubrí que lo que parecía un error y una bobada era, ¡oh sorpresa!, un error y una bobada… Algún tontaina tradujo mal hace siglos…»

«Tontaina, hace siglos»: me di por aludido, obviamente. Mas no iría yo de quijote contra un gigante de mucho respeto, que me tumba con la mirada, de no ser porque, para el templete dialéctico que voy a levantar, la primera piedra angular es justamente ese mismo brocardo que él desprecia, cumpliéndose a la letra aquel otro brocardo bíblico:

«el sillar que desecharon los constructores, ese misma sirvió de gran esquinero» [2]

Con todo, este mi desigual desafío va a tener un desenlace paradójico. Porque tras dejar sentado que Savater con su mentor yerra en la interpretación del brocardo en sí, terminaré reconociéndole que para el caso concreto da en el clavo, más por diablo que por filósofo, en virtud del axioma casi infalible, «piensa mal y te habrás quedado corto».
En efecto, voy a hablar de las Vascongadas llamándolas por nombre de excepción: Provincias Forales o también Provincias Exentas, como se decía en el siglo XVIII. Fuero y exención apuntan a lo excepcional de un régimen privilegiado, frente a la regla común de las otras regiones y provincias de España.
Esto nos lleva a medirlas con el brocardo de marras: «la excepción confirma la regla». Antes de preguntar si en el País Vasco eso se cumple, conviene precisar lo que significa exactamente.
Savater, siguiendo a su guía tuerto (por esta vez), se ampara en el verbo latino probare, «probar, poner a prueba», según él. Cierto, es una acepción; pero también significa «comprobar y aprobar, dar por bueno».
Desde luego, ninguna excepción por sí misma hace buena la norma, aunque tampoco la pone a prueba. Si en un arranque de generosidad Savater y yo perdonamos a todos nuestros deudores de 10 céntimos para abajo, ¿en qué ponemos a prueba nuestra intención de cobrarnos de todos los demás que nos deben por encima de esa cifra?
Además, hay otra razón aplastante, y es que el mismo aforismo se formula también así: exceptio confirmat regulam. Y aquí no valen acepciones ni ambigüedades: probare, sinónimo de confirmare, apuntalar, corroborar, hacer bueno.
La solución del tropiezo es bien sencilla: exceptio no es la ‘excepción’ a secas; es exceptio legis, la ‘excepción de ley’, el acto legislativo de exceptuar taxativamente uno o más supuestos, que por eso en lenguaje vulgar se conocen como la, o las excepciones. Ese reconocido y taxativo carácter excepcional confirma sin lugar a dudas que todos los demás supuestos son de ley.
La Iglesia, de siempre muy dada al privilegio, a la dispensa y en general a lo gracioso (tal vez por lo que haya podido tener para ella de rentable), considera las excepciones un poco como sub-leyes, otro poco como anti-leyes, todo ello emanado del mismo legislador, que precisamente porque exceptúa no se desdice ni se contradice.
En suma, la excepción confirma la regla, porque no sería excepción sin referencia a ella. En cambio la recíproca no es cierta: la norma no confirma excepciones, porque de suyo no las necesita.
Creo que insultaría al intelecto de mi admirado Savater alargando la explicación. Ahora, pues, me toca concederle que hay casos en que la excepción de ley es tan torpe, tan abusiva, tan injusta, tan irritante, que en verdad pone a prueba la misma ley y el cumplimiento de ella por parte de los no exceptuados.

Entrando en materia
Y ese vino a ser el caso de las famosas ‘Provincias Exentas’, cuando el progreso humano introdujo la igualdad ante la ley, sobre todo en materias fiscales y demás obligaciones que, al eximirse unos, repercutían sobre los demás.
Porque hay excepciones y excepciones. Algunas son tan de sentido común, que por algo se discurrió el brocardo, summum ius, summa iniuria (no hay mayor atropello que un rigor ciego). Si una ley de servicio militar exceptuaba al hijo de viuda, la gente lo aceptaba como excepción razonable. Pero si toda una provincia, y peor tres, se declaraban exentas de servicio por no sé que fuero antañón, eso sí que no. Y lo mismo en impuestos y gabelas, en prestaciones, en todo lo tocante a equidad y justicia distributiva.
En ese sentido se cumplió que la excepción vasca más de una vez supuso un mal ejemplo y puso a prueba la fiscalidad y la buena armonía. No hay más que abrir el Diccionario de Hacienda de Canga Argüelles (1834), artículo ‘Provincias Exentas’ [3]

«Este nombre llevan las de Navarra, Vizcaya, Álava y Guipúzcoa, conocidas también con el de vascongadas: porque regidas por fueros particulares no pagan las contribuciones reales que las demás…  no acuden con soldados al ejército ni con levas a la marina: no sufren el peso de los multiplicados impuestos que satisfacen las demás; pagan una cantidad alzada, que ellos acuerdan como donativo: se imponen los tributos, se los reparten y aplican a los objetos que en junta de provincia reputan convenientes: no tienen aduanas, ni estanco de sal, ni papel sellado; ni alcabalas…
Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, no reconocen otra autoridad real, que la del Corregidor de Bilbao y del Capitán General de Guipúzcoa. El poder legislativo reside en el cuerpo representante de las parroquias y ante iglesias, y el ejecutivo en el Diputado General que estas elijen. Sus funciones duran dos años; y ellas solas examinan su conducta, y la aprueban ó reprueban.
Este monstruoso sistema, hace de las referidas provincias una nación estraña dentro de la España: siendo origen de su insubordinación… De este principio subversivo… ¡Resto vergonzoso de las ideas de los siglos férreos de la dominación feudal!...» Etc., etc.

Acababa de estallar la I Guerra Carlista (1833-1840), sin que ello justifique el tono del artículo, que traigo sólo para recuerdo de que esto era ya en época constitucional liberal. Nada que ver, por tanto, con el Antiguo Régimen, ni siquiera con el absolutismo fernandino. Pero ahí seguía la excepción vasca suscitando más rechazo y envidia que simpatía.

El siglo XVIII, siglo de la Ilustración, coincidió en España con un cambio dinástico. Si ya los Austrias habían hecho lo posible por rebajar los techos de foralidad en los distintos ‘reinos’ y provincias, los Borbones fueron más radicales, y aprovechando los campos y lealtades en la Guerra de Sucesión (1702-1710) hicieron tabla rasa jurídica, sin más relieve foral que las Vascongadas y el Reino de Navarra. Dos territorios contiguos y rodeados de un rosario aduanero, continuación de la barrera general en las fronteras pirenaica y portuguesa, así como en el resto de las costas marítimas. Las demás reliquias de una situación arcaica, en especial las ‘libertades’ catalanas, como castigo a la opción equivocada en la Guerra, fueron barridas sin contemplaciones a favor de una ‘Nueva Planta’. Razón de más para el resentimiento y los celos, por parte de los castigados.
A ello se sumará el vendaval revolucionario francés, con su Égalité burguesa exportable, marca de un tiempo nuevo donde ciertas antiguallas no tenían ya sitio ni sentido.
Y aquí surge una paradoja histórica vasca. Precisamente en las Provincias Exentas, todavía beneficiarias de un sistema llamado a desaparecer, se crea la primera Sociedad de Amigos del País –la Bascongada–, con un lema cuando menos extraño, Irurac bat. Extraño, por su sentido esotérico y algo místico, y porque la ‘foralidad’ vasca no era tal –foralidad, en singular–, sino tres foralidades distintas y autónomas, unidas sólo por interés común frente a las demás y al Estado, pero siempre listas a pugnar entre sí, celosas cada una de lo propio.
El tema de la foralidad vasca está muy estudiado, y por otra parte, no siendo competente, bueno será si no desbarro, como para decir cosa nueva. Pero tampoco es mi plan meterme en honduras, sino contemplarla como telón de fondo de una de las empresas más notables del Siglo Ilustrado en España: la citada Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País.
Sin pretensiones, me gustaría contar cosas de cierto interés, incluso algunas sorprendentes. Como para mí lo han sido.

(Continuará)
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(*) Incomprensiblemente, la Real Academia, que admite en su Diccionario el adjetivo brocárdico (desusado, ¡!), no reconoce el sustantivo brocardo ni bocardo (el bucardo es otra cosa).
[1] El País (Cultura), 2012/02/27.
[2] Mateo 21: 42 y =; cfr. Salmo 118:22).
[3] José Canga Argüelles, Diccionario de Hacienda, t. 2, Madrid, 1834, págs 461-464. Como se ve, incluye a Navarra-provincia entre las exentas y ‘vascongadas’.