A mediados del siglo pasado, en Valladolid, el Real Colegio de Filipinos hacía gala de tener los servicios litúrgicos en regla. Para ello contaba con dos coros superpuestos, situados detrás del retablo mayor del templo. El bajo, a nivel del presbiterio, para las ceremonias privadas, con sillería de traza tradicional sencilla, servía también de sala capitular. Para la liturgia pública solemne se usaba el coro alto, con sillería dispuesta en torno a la consola exenta del órgano de tubos, espacio abierto por encima de dicho retablo a la iglesia. Pero, sobre todo, una comunidad monástica numerosa, convertía aquel espacio estático en máquina potente para mover pensamientos y emociones mediante el concierto de gesto, palabra, voz y música, con intervalos de quietud y silencio.
Esta parte del colegio sigue igual que cuando lo viví, mediado el siglo pasado. Igual, o casi, menos en lo principal. Como tantos espacios similares, la vida monástica tradicional ha desaparecido por falta de quórum… perdón, de vocaciones.
Años de juventud relativamente confortables, a la manera de entonces. Con más ponderación que entusiasmo, todavía hoy tengo por fortuna y hasta privilegio haber vivido y estudiado en un colegio como aquél: trato llano, maestros y compañeros, biblioteca y coro, disciplina y recreo, paseos y discusiones de nunca acabar… Tantas horas de curiosidad y sorpresa en aquellos ‘gabinetes’ de ciencias físico-naturales. O en aquel maremagno de cultura china y filipina, cuyo extracto organizado es el Museo Oriental, desde 1980. O en los fondos bibliotecarios, insondables, donde nos ofrecía tarea sin fin su ángel custodio, encarnado en aquel paradigma de elegancia humana, el venerable padre Francisco Aymerich Codina (Berga, 1888- Valladolid, 1979), que no sé si si le quieren hacer beato, cuando ya fue santo en vida... Por si algo se echaba de menos en aquella vida de pobreza rigurosa, cercana estaba una bonita finca de siete hectáreas, ribera del Pisuerga. Para nosotros, como ‘La Flecha’ de fray Luis de León. Allá íbamos todos, durante el curso, en días de campo, o en paseos largos por La Rubia. Pero lo bueno era en las vacaciones de veranos, en turnos de unos treinta. Lugar ameno, abierto al campo infinito para largas marchas deportivo- culturales. Allí los rezos se abreviaban, para estirar un poco la mesa. Allí este cuitado descubrió al Baroja de Camino de Perfección, mientras me reponía de una costalada en mis primeros ensayos de equitación a pelo, con una yegua blanca de tiro y labranza, más suya que mía trotando por el vasto pinar . En resumidas cuentas, por lo que me tocó en aquellos años: más de largo que de ancho, y más ancho que profundo. Porque, como enseña santo Tomás de Aquino, «lo que se recibe, al modo y medida del recipiente se recibe».[1]
Lo declarado baste para fletar esta entrada que, a palo seco, no se entendería del todo.
Las Cuatro Pasiones de Cristo
La ‘Semana Santa’ –Semana Mayor, de nombre oficial–, era la ocasión obligada para repasar la Pasión del Señor. Pasión única, pero no refundida en en un relato –como, por ejemplo, el de Giuseppe Ricciotti en su Vida de Jesucristo–, sino desdoblada en sus cuatro versiones del Evangelio: según Mateo (lunes), Marcos (martes), Lucas (miércoles) y Juan (viernes). Para casi todos nosotros, esta era la ocasión en todo el año de repasar textos bíblicos tan importantes.
A propósito de ‘evangelio
Es palabra griega, εὐαγγέλιον.[2] Curiosa, por cierto, por habérsela apropiado los cristianos, como su ‘buena noticia’ (εὐ-αγγέλιον): el mensaje de Cristo, y en especial la ‘buena noticia’ de su resurrección.
En la gran pascua cristiana, los orientales se evangelizan unos a otros con este saludo: ‘¡Cristo ha resucitado!’ En la raíz de la palabra leemos ‘ángel’ (ἄγγελος, mensajero). La primera noticia de la resurrección de Jesús la transmiten apariciones angélicas, y precisamente a mujeres.[3] Por lo demás, la narrativa de la crucifixión, muerte, sepultura y resurrección de Jesús es confusa y prácticamente imposible de reducir a relato unificado, como veremos en otro estudio.
Volviendo a la palabra, evangelio, el prefijo eu- –como no lo explica el DRAE– aporta el sentido positivo, tanto al mensajero (evángelos, ‘ángel bueno’, o de buen mensaje), como a su mensajería (la angelía, ἀγγελία): la función del mensajero, y su razón de serlo, el mensaje o noticia.
Y aquí viene lo más curioso, o menos conocido. Para los griegos clásicos, evangelio no era la ‘buena noticia’ en sí –la evangelía–, sino la recompensa que se daba al evángelos, casi siempre en plural, euangelios o recompensas; como en castellano castizo, albricias (dar, pedir albricias). Evangelios eran también los sacrificios públicos a los dioses, con ocasión de buenas noticias, como la derrota de los persas y apertura del golfo –refiriéndonos, claro estál al Helesponto, y a una guerra muy anterior a la de Trump, cuyas albricias podemos esperar sentados.
Hablando de histriones, en la Cartago del siglo IV se contaba el chiste de uno, muy celebrado, que para asegurarse el lleno del día siguiente cerró su actuación anunciando al respetable esta buena nueva:
–Si volvéis mañana, me daréis albricias, porque os prometo adivinaros a todos el pensamiento.
Corrió la voz, y al otro día en el graderío no cabía un tonto más. El histrión socarrón alargaba su número, como olvidando su promesa. Sólo cuando empezó el pataleo, hizo como que recordaba:
–¡Ah, sí, lo del pensamiento! ¿Lo que todos tenéis en la cabeza? Sedme sinceros: comprar barato y vender caro.
Lo cuenta san Agustín, como que el teatro se vino abajo de las risas. Lo que demostraría que el humorismo, desde entonces acá, ha empeorado.
No se sabe quién compuso el primer evangelio propiamente dicho, en sentido cristiano. ¿Marcos, tal vez? Quienquiera que fuese, individuo o grupo, fue como inventar un género literario, algo así como las creaciones atribuidas al Volkgeist, el alma popular. Por la segunda mitad del siglo II los evangelios o ‘buenaventuras’ se multiplican en marea de versiones, como instrumentos de propaganda tendenciosa. Ningún evangelio es, ni lo pretende, un documento biográfico ni histórico, en el sentido moderno. Los hay que se parecen a la novela, como los que cuentan la infancia (y travesuras) de Jesús niño. Por el lado contrario van los que ‘revelan’ misterios esotéricos, vías extrañas de salvación, con derivación a otros géneros literarios.
La llamada Gran Iglesia pronto seleccionó como auténticos y canónicos el cuarteto de libros que inauguran el Nuevo Testamento de la Biblia cristiana. ‘Los Cuatro Evangelios’ , según Mateo, Marcos, Lucas y Juan, respectivamente. Este ‘según’ era el reconocimiento de diferencias y discrepancias entre las versiones, dobletes y silencios significativos, incluso embarazosos, cuando no contradicciones. Muy pronto se advirtió que tres de los evangelios se parecían entre sí mucho más que el cuarto, tan diferente. Reducidos los cuatro textos a fichas, y ordenadas éstas en cuatro columnas, la vista conjunta (sinopsis, en griego) mostraba a las claras el parecido de los tres ‘sinópticos’, frente al evangelio según Juan, cuya columna con sus llenos y sus claros, denunciaba una obra distinta en su contenido. (Una muestra de lo dicho la tenemos más abajo.)
Quién copiaba a quién, o le corregía, o le ignoraba; y de dónde procedían las noticias con sus variantes, es un rompecabezas sin resolver. El caso particular de los sinópticos plantea la llamada Cuestión sinóptica, con la hipótesis de una fuente perdida (documento Q), y mucho, pero que mucho debate.[4]
Leído cada evangelio por separado, su singularidad no chirriaba tanto; pero aprendidos de memoria y comparados los cuatro, todo eran preguntas. Y las preguntas, ya se sabe, salvo las del catecismo, no son buenas para la fe. Los catequistas y su público, para no liarse, pedían con el deseo un evangelio total refundido de los cuatro, y pronto lo tuvieron. Más de uno, por cierto, aunque sólo uno se impuso y sobrevivió. Fue la obra del sirio Taciano (Tatianos), hacia el año 170 de la era cristiana. Su éxito fue colosal por razones obvias, incluida la económica y, desde luego, la pedagogía. En muchas iglesias, la lectura de los cuatro evangelios cayó en desuso, en favor del quinto Evangelio mixto, también llamado el Diatesarón (en griego, ‘pasa-por-cuatro’). [5]
Curiosamente, de aquel ‘quinto evangelio’, tan popular en griego, latín, siríaco y otras lenguas, no nos ha llegado ni un solo ejemplar para muestra. El Diatesarón que hoy conocemos es una reconstrucción o montaje, lo más completo posible, a partir de sus citas fragmentarias en diferentes contextos y autoridades.[6]
No poner de acuerdo consigo mismo al Espíritu Santo
Remendando, más que recordando, las impresiones del ‘colegial medio’ en aquellas Semanas Mayores de Valladolid, la cuestión sinóptica –tan memorizada en lecciones de curso–, referida a la Pasión de Cristo, no molestaba demasiado en las misas del lunes, martes y miércoles, que eran ‘rezadas’, donde los evangelios leídos en latín monótono se hacían algo pesados. La cosa cambiaba el Viernes Santo, con la misa y su evangelio todo cantado por el celebrante y una pareja de diáconos. El primero, desde su sitio en el altar, y los diáconos, con estolas moradas en bandolera sobre el blanco ropón, colocados en el presbiterio o en el crucero, como mandaba la rúbrica: renibus ad aquilonem versis, literalmente, «los riñones vueltos al aquilón». El aquilón, o bóreas, es el viento del norte. [7]
Así colocados, los tres clérigos procedían al canto dramatizado del evangelio, con este sencillo reparto:
Cronista. Diácono 1º, barítono, para el recitativo de la narración.
Turba. Diácono 2º, tenor, para los parlamentos, salvo los de Jesús.
Cristo. Presbítero, bajo, para los parlamentos de Jesús.
Con este aparato, la del Viernes Santo se convertía en la Pasión por excelencia, secundum Johannem. El colegial medio apenas se daba cuenta de sus roces, empellones y encontronazos con las otras tres pasiones sinópticas. Pero, sobre todo, hoy creo que ni mi colegial medio ni la mayoría de sus compañeros entrábamos en la cuestión de fondo: no en las diferencias como tales, sino en la diferencia radical que es la marca de este Cuarto Evangelio, enmendando la plana a una terna tampoco totalmente de acuerdo consigo misma.
Los relatos evangélicos de la Pasión comienzan después de la Cena, con la caminata de Jesús con sus discípulos al monte del Olivar. Allí solían, con buen tiempo, tener su velada de doctrina y rezos en el huerto de la Almazara (Get-Shemaní, en hebreo, ‘lagar de aceite’). No debieron de hablar mucho, tras la escena tensa que acababan de vivir como remate de aquel encuentro de despedida. A Jesús le turbaba el pensamiento de ser traicionado precisamente por uno de los suyos. Así, según el evangelista Juan, en su discurso se había ido alterando hasta no poderse contener:
–Os lo aseguro: uno de vosotros me va a entregar.
Cuando salieron, los discípulos eran sólo once. Judas ya se había ido del cenáculo, sus colegas mirándose unos a otros a los ojos, preguntándose quién sería el canalla denunciado de repente por el Maestro, sin nombrarle. Eso sí, le dijo:
– Lo que vas a hacer, hazlo pronto.
El mismo evangelista anota que Judas, tras comprobar que el Maestro conocíade lo suyo, «salió de prisa». Y concluye, sin más: «Era de noche». Los Cuatro concuerdan en que Jesús era consciente de lo que le aguardaba, y para facilitar las cosas no hizo cambio en su rutina de retirarse al mismo lugar tranquilo.
El recorrido no era corto ni derecho. Había que salir de la ciudad por calles tortuosas, cuesta abajo, al paso del torrente Cedrón, para subir el repecho del monte. Pero aunque, como había notado Juan, «era de noche», pudo añadir «noche clara», excusando la necesidad de faroles. Y eso gracias al calendario lunar, la víspera de la Pascua, «por ser entonces plenilunio, cuando la luna, bañada por el sol, como sol de la noche la convierte en día». [8]
Marcos y Mateo concuerdan en que «cantado el himno» de acción de gracias, salen hacia el monte, y ha aquí que el Maestro les suelta otra andanada. Esta no iba por el traidor, ya identificado en ausencia. Iba por todo el cortejo (Mt 26: 30-31 = Mc 14: 26-27):
–Esta noche todos vosotros os espantaréis de mí. Porque está escrito: «Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño»
«Heriré al pastor». La cita es del profeta Zacarías (13, 4), pero tanto el texto hebreo como el griego lo dan como proverbio, en segunda persona: «hiere al pastor, y todo el rebaño se dispersa». Jesús lo traduce a primera persona, de parte de Dios, para acentuar su carácter profético.
¿Hubo agonía en la Oración del Huerto?
En el monte de los Olivos está la Basílica de Getsemaní, o de la Agonía, con la peña tradicional de la oración agónica de Cristo.[9] Pero no es el lugar físico lo que nos importa, supuesto testigo de algo que tal vez no ocurrió, sino el lugar literario de los tres Evangelio sinópticos, en sinopsis con el Cuarto.
Es aquí donde el relato de la última velada y reposo de Jesús con los suyos, a la espera de la visita de Judas, da pie a una discrepancia notable entre evangelistas, ¿Discrepancia? Juan llega a contradecir a sus colegas; más aún, a negar con su silencio un episodio tan significativo como la Agonía de Jesús.
Según los Cuatro:
Observamos el silencio clamoroso de Juan. No es una distracción, un olvido, todo lo contrario, es el rechazo a relatar algo que, si de verdad sucedio, no debe ser recordado, por lo menos aquí y ahora. Anteriormente, Juan ha recordado (12: 27) cómo Jesús pasó por el mismo trance, y su oración fue muy distinta:
–Ahora mi alma está turbada, ¿y qué diré? ¿«Padre, líbrame de esta hora»? ¡Pero si por eso he venido! ¡¡Para esta hora!!
Aunque la puntuación venga añadida, es así como la frase cobra sentido. Un sentido opuesto por el vértice a la rogativa de los sinópticos, por conformista que ésta sea. El blanco de la columna de Juan muestra que conoce bien a los sinópticos, y su silencia es de ‘ultrasinóptico’, si así puede decirse.
Una propuesta reciente viene a decir que la cuestión sinóptica, planteada en su enunciado tradicional (sinópticos: 3 / asinóptico :1), es incorrecta, al excluir a Juan de la sinopsis. Es un modo nuevo de expresar una verdad antigua. El evangelio según Juan es el de Jesús-Verbo de Dios, frente al Jesús-Hijo del hombre, de los sinópticos. Mateo y Lucas, como seguidores del lacónico Marcos, echan de menos una progenie humana para su Filius hominis, y cada uno propone la suya… que bien miradas de nada sirven, si una y otra, o más bien ninguna de las dos, es la de José, el esposo de la virgen María y sólo padre putativo del hijo de ella. .
Juan, para su Verbo hecho carne, también conoce la expresión enigmática, ‘Hijo del hombre’. Pero diríase que la usa lo menos posible. Menos que cualquiera de los sinópticos –cinco veces, creo, frente a las 13 veces de Lucas, 10 de Mateo, 8 de Marcos–; y pone en contrapunto con ‘Hijo de Dios’ (Juan, 5: 27-28), o con su ‘clarificación’, cumplida ya desde el presente, en su vida mortal (Juan 13: 31-32). A Juan le parece que sus colegas se quedan cortos en reconocer la naturaleza divina de Jesús, y para compensar empuja el péndulo hacia lo divino.
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1. Quidquid recipitur, ad modum recipientis recipitur. Cfr. Summa Theol., I, q. 75, a. 5; III, q. 5. Robidoux, Dunstan (2009, “Applying a Thomist Principle: Quidquid recipitur, ad modum recipientis recipitur”.
2. En griego, el fonema ng (νγ) se escribe gg (γγ).

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