miércoles, 11 de abril de 2012

Provincias Exentas (1)



Preámbulo sobre brocardos*
 Casi desde el principio de esta bitácora me declaré adicto a los brocardos. En Derecho, algo más que refranes y bastante menos que axiomas jurídicos, pero siempre a mano para un apuro. Con otro mérito: que si no siempre zanjan un caso, al menos distraen la atención hacia el brocardo mismo.
Es lo que le ocurría hace poco a Fernando Savater, con el brocardo «la excepción confirma la regla». Un artículo le dedicó (‘Topicazos’), total para poner en evidencia, con ayuda del ‘Diccionariodel Diablo’, que el agudo Bierce no dio con el sentido, si es que no entendió al revés la expresión latina, exceptio probat regulam [1].
Sé que es atrevimiento decirlo así, de un pensador y de un amigo como Fernando; pero es que tampoco me sentó bien el tono de suficiencia:

«… descubrí que lo que parecía un error y una bobada era, ¡oh sorpresa!, un error y una bobada… Algún tontaina tradujo mal hace siglos…»

«Tontaina, hace siglos»: me di por aludido, obviamente. Mas no iría yo de quijote contra un gigante de mucho respeto, que me tumba con la mirada, de no ser porque, para el templete dialéctico que voy a levantar, la primera piedra angular es justamente ese mismo brocardo que él desprecia, cumpliéndose a la letra aquel otro brocardo bíblico:

«el sillar que desecharon los constructores, ese misma sirvió de gran esquinero» [2]

Con todo, este mi desigual desafío va a tener un desenlace paradójico. Porque tras dejar sentado que Savater con su mentor yerra en la interpretación del brocardo en sí, terminaré reconociéndole que para el caso concreto da en el clavo, más por diablo que por filósofo, en virtud del axioma casi infalible, «piensa mal y te habrás quedado corto».
En efecto, voy a hablar de las Vascongadas llamándolas por nombre de excepción: Provincias Forales o también Provincias Exentas, como se decía en el siglo XVIII. Fuero y exención apuntan a lo excepcional de un régimen privilegiado, frente a la regla común de las otras regiones y provincias de España.
Esto nos lleva a medirlas con el brocardo de marras: «la excepción confirma la regla». Antes de preguntar si en el País Vasco eso se cumple, conviene precisar lo que significa exactamente.
Savater, siguiendo a su guía tuerto (por esta vez), se ampara en el verbo latino probare, «probar, poner a prueba», según él. Cierto, es una acepción; pero también significa «comprobar y aprobar, dar por bueno».
Desde luego, ninguna excepción por sí misma hace buena la norma, aunque tampoco la pone a prueba. Si en un arranque de generosidad Savater y yo perdonamos a todos nuestros deudores de 10 céntimos para abajo, ¿en qué ponemos a prueba nuestra intención de cobrarnos de todos los demás que nos deben por encima de esa cifra?
Además, hay otra razón aplastante, y es que el mismo aforismo se formula también así: exceptio confirmat regulam. Y aquí no valen acepciones ni ambigüedades: probare, sinónimo de confirmare, apuntalar, corroborar, hacer bueno.
La solución del tropiezo es bien sencilla: exceptio no es la ‘excepción’ a secas; es exceptio legis, la ‘excepción de ley’, el acto legislativo de exceptuar taxativamente uno o más supuestos, que por eso en lenguaje vulgar se conocen como la, o las excepciones. Ese reconocido y taxativo carácter excepcional confirma sin lugar a dudas que todos los demás supuestos son de ley.
La Iglesia, de siempre muy dada al privilegio, a la dispensa y en general a lo gracioso (tal vez por lo que haya podido tener para ella de rentable), considera las excepciones un poco como sub-leyes, otro poco como anti-leyes, todo ello emanado del mismo legislador, que precisamente porque exceptúa no se desdice ni se contradice.
En suma, la excepción confirma la regla, porque no sería excepción sin referencia a ella. En cambio la recíproca no es cierta: la norma no confirma excepciones, porque de suyo no las necesita.
Creo que insultaría al intelecto de mi admirado Savater alargando la explicación. Ahora, pues, me toca concederle que hay casos en que la excepción de ley es tan torpe, tan abusiva, tan injusta, tan irritante, que en verdad pone a prueba la misma ley y el cumplimiento de ella por parte de los no exceptuados.

Entrando en materia
Y ese vino a ser el caso de las famosas ‘Provincias Exentas’, cuando el progreso humano introdujo la igualdad ante la ley, sobre todo en materias fiscales y demás obligaciones que, al eximirse unos, repercutían sobre los demás.
Porque hay excepciones y excepciones. Algunas son tan de sentido común, que por algo se discurrió el brocardo, summum ius, summa iniuria (no hay mayor atropello que un rigor ciego). Si una ley de servicio militar exceptuaba al hijo de viuda, la gente lo aceptaba como excepción razonable. Pero si toda una provincia, y peor tres, se declaraban exentas de servicio por no sé que fuero antañón, eso sí que no. Y lo mismo en impuestos y gabelas, en prestaciones, en todo lo tocante a equidad y justicia distributiva.
En ese sentido se cumplió que la excepción vasca más de una vez supuso un mal ejemplo y puso a prueba la fiscalidad y la buena armonía. No hay más que abrir el Diccionario de Hacienda de Canga Argüelles (1834), artículo ‘Provincias Exentas’ [3]

«Este nombre llevan las de Navarra, Vizcaya, Álava y Guipúzcoa, conocidas también con el de vascongadas: porque regidas por fueros particulares no pagan las contribuciones reales que las demás…  no acuden con soldados al ejército ni con levas a la marina: no sufren el peso de los multiplicados impuestos que satisfacen las demás; pagan una cantidad alzada, que ellos acuerdan como donativo: se imponen los tributos, se los reparten y aplican a los objetos que en junta de provincia reputan convenientes: no tienen aduanas, ni estanco de sal, ni papel sellado; ni alcabalas…
Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, no reconocen otra autoridad real, que la del Corregidor de Bilbao y del Capitán General de Guipúzcoa. El poder legislativo reside en el cuerpo representante de las parroquias y ante iglesias, y el ejecutivo en el Diputado General que estas elijen. Sus funciones duran dos años; y ellas solas examinan su conducta, y la aprueban ó reprueban.
Este monstruoso sistema, hace de las referidas provincias una nación estraña dentro de la España: siendo origen de su insubordinación… De este principio subversivo… ¡Resto vergonzoso de las ideas de los siglos férreos de la dominación feudal!...» Etc., etc.

Acababa de estallar la I Guerra Carlista (1833-1840), sin que ello justifique el tono del artículo, que traigo sólo para recuerdo de que esto era ya en época constitucional liberal. Nada que ver, por tanto, con el Antiguo Régimen, ni siquiera con el absolutismo fernandino. Pero ahí seguía la excepción vasca suscitando más rechazo y envidia que simpatía.

El siglo XVIII, siglo de la Ilustración, coincidió en España con un cambio dinástico. Si ya los Austrias habían hecho lo posible por rebajar los techos de foralidad en los distintos ‘reinos’ y provincias, los Borbones fueron más radicales, y aprovechando los campos y lealtades en la Guerra de Sucesión (1702-1710) hicieron tabla rasa jurídica, sin más relieve foral que las Vascongadas y el Reino de Navarra. Dos territorios contiguos y rodeados de un rosario aduanero, continuación de la barrera general en las fronteras pirenaica y portuguesa, así como en el resto de las costas marítimas. Las demás reliquias de una situación arcaica, en especial las ‘libertades’ catalanas, como castigo a la opción equivocada en la Guerra, fueron barridas sin contemplaciones a favor de una ‘Nueva Planta’. Razón de más para el resentimiento y los celos, por parte de los castigados.
A ello se sumará el vendaval revolucionario francés, con su Égalité burguesa exportable, marca de un tiempo nuevo donde ciertas antiguallas no tenían ya sitio ni sentido.
Y aquí surge una paradoja histórica vasca. Precisamente en las Provincias Exentas, todavía beneficiarias de un sistema llamado a desaparecer, se crea la primera Sociedad de Amigos del País –la Bascongada–, con un lema cuando menos extraño, Irurac bat. Extraño, por su sentido esotérico y algo místico, y porque la ‘foralidad’ vasca no era tal –foralidad, en singular–, sino tres foralidades distintas y autónomas, unidas sólo por interés común frente a las demás y al Estado, pero siempre listas a pugnar entre sí, celosas cada una de lo propio.
El tema de la foralidad vasca está muy estudiado, y por otra parte, no siendo competente, bueno será si no desbarro, como para decir cosa nueva. Pero tampoco es mi plan meterme en honduras, sino contemplarla como telón de fondo de una de las empresas más notables del Siglo Ilustrado en España: la citada Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País.
Sin pretensiones, me gustaría contar cosas de cierto interés, incluso algunas sorprendentes. Como para mí lo han sido.

(Continuará)
_______________________ 
(*) Incomprensiblemente, la Real Academia, que admite en su Diccionario el adjetivo brocárdico (desusado, ¡!), no reconoce el sustantivo brocardo ni bocardo (el bucardo es otra cosa).
[1] El País (Cultura), 2012/02/27.
[2] Mateo 21: 42 y =; cfr. Salmo 118:22).
[3] José Canga Argüelles, Diccionario de Hacienda, t. 2, Madrid, 1834, págs 461-464. Como se ve, incluye a Navarra-provincia entre las exentas y ‘vascongadas’.



lunes, 2 de abril de 2012

Bizcochalde



Debo escribir aquí este nombre. Para que algún día conste que no fui indiferente al rebautismo de los colegios de Basauri. El ‘Lope de Vega’, que ahora quiere  llamarse Bizkotxalde, y el complejo ‘Velázquez-Cervantes’, que se transmuta en Soloalde.
No pienso entrar en análisis ni discusión de lo que está claro y va a misa: es una decisión antiespañola. La han tomado los respectivos consejos escolares; ha sido aprobada por la mayoría nacionalista del ayuntamiento de Basauri, y ahora toca al Gobierno Vasco retratarse con la última palabra.
Sea cual sea el desenlace, el número se ha montado y ejecutado según  el guión, a satisfacción de los empresarios del espectáculo –circo, en este caso–, y ellos no se van a impresionar por los juicios adversos que mueva el aparente disparate. Que no es tal. Ellos no tienen nada contra Lope ni contra Velázquez. Simplemente, esto no es España, esa es la cuestión.
No entremos al capote. Sería torpe argumentar sobre la base de ignorancia, incultura, fanatismo o aldeanismo. En absoluto. Esto se queda para los foros o vomitorios, donde de una y otra parte, ahí sí, se desfoga el antagonismo visceral.
No nos quepa duda,  en cada consejo escolar, entre los ideólogos del cambio hay gente preparada como la que más; profesores y personas cultas, que saben muy bien quiénes fueron Velázquez y Lope. No, no es ninguna improvisación, por si alguien lo había imaginado. Es su hora y modo  de hacer política marcando territorio.
Pero tampoco es un desafío frontal. El truco está en que, como entres al envite, parecerá que el desafiante eres tú. Además pierdes el tiempo, porque la cosa ya viene adjetivada: «polémica artificial». Por tanto, no pierdo tiempo ni lo hago perder con gasto de neuronas o de bilis. Que les ponga en su sitio quien puede y sabe que debe.

Aquel Basauri que se nos fue
¡Qué pena de Basauri! Porque para la pareja que hacemos mi mujer y yo, ese pueblo trae recuerdos muy gratos.
Recién venida ella a Bilbao, encontró su primer empleo en el Instituto de Basauri, casi enfrente del Cuartel. Cada año por Santa Bárbara, los militares ofrecían una recepción castrense, invitando siempre al Instituto. Unos caballeros.
Mi mujer desde el principio se sintió a gusto en aquel centro. Buen ambiente, cordialidad, respeto de los alumnos, buena relación con las familias. El Instituto era doble, chicos y chicas aparte. Ella daba clases en el femenino. 
Los chavalotes eran majos. Entre clases  jugaban a guerras, con las tizas como balas, y como artillería el borrador del encerado, tomando a veces munición de las aulas del otro ‘género’. Por tal razón, el bedel tenía marcados los borradores con tinta indeleble. La señora de Belosticalle, en su primer día de clase, con la tiza en una mano y el borrador en la otra, casi suelta la carcajada, porque allí ponía: «Instituto Femenino de Chicas». Visibilidad de género, ya entonces, y anoten: en Basauri.  
 En aquellos años 60 Basauri era una población muy normal. Tan normal (en la acepción del Diccionario), que al advenimiento del nacionalismo era una de las más necesitadas de ‘normalización’ (en el sentido de la neoparla patriótica); y de hecho  la han  ‘normalizado’ sin contemplaciones. Ahora toca a don Lope y a don Diego liar el petate, puesto que no pertenecen a nuestra cultura propia. Bizcochalde sí es nuestro. 
Algunos ignorantes no lo ven así y hacen chistes fáciles:

– ¿Tú dónde estudiaste?
– En el Bizcochalde.
– ¡Anda ya! ¿Con que graduado en repostería, o qué?

El pobre ex alumno  –que de toponimia vasca sabe probablemente menos que de ‘Las lanzas’, ‘Las meninas’ y ‘Los borrachos’– se achica, pensando en lo mucho que nos queda por normalizar. ¡Infeliz! Un poco de kultura toponímica le permitirá saltar al cuello del burlón ignorante, demostrando como un teorema la vasquidad de ese vocablo. ¿Vocablo digo? Todo un pequeño diccionario, veamos:

Bizcochalde, por su afijo -alde, significa a la parte de Bizcocha, que según entendidos sería deformación de Beascoechea. Este era en 1665 el nombre de una casa, tal vez la misma  en 1777, y ella habría dado nombre al barrio (escrito con z en 1846, variante sin importancia). Hablamos de un enclave de Basauri en Arrigorriaga, que ha tenido sus vicisitudes.
Más problemático es que dicho barrio sea «el mismo que luego se llamó Beaskoetxealda» (sic), ya que esta forma es pura ‘normalización’ sin base documental. Porque otra escritura de archivo de 1829 sí hace mención de una casa llamada Beascoechealde, donde se cobraban los diezmos y primicias para la Iglesia. Lo que no es nada seguro, ni siquiera muy probable, es que esta casa sea la misma de los siglos XVIII-XVII. Si acaso, sucesora.
Los años pasan, la toponimia evoluciona. Gracias a la obsesión toponímica que tanto nos ocupa y tanto dinero nos cuesta, tenemos la impagable satisfacción de conocer el ‘verdadero nombre’ ad libitum del mismo lugarejo (se supone), al correr del tiempo. No agoto las referencias; consúltese el ‘servicio’ especializado  Labayru. Tampoco salgo fiador de transcripciones cuyo original no he visto.

1745: Beascoechealdea
1829: Beascoechealde («la casa» llamada»)
1842: Vascoechealde
1866: Beascoechealde, Biscoechalde, Biscochalde
1868: Vesco-Chalde («caserío»)
1873: Bescosalde («el punto llamado B.»).
1889: Biscochalde («el barrio de B.»);
Basoolchaldea («la casería    nombrada»);
Bascochealdea  («casería»).
1890: Bizcochalde («barrio de B.»).
1894: Beascozalde («casa-casería conocida hoy…»)
1895: Biscochalde («barrio de Benta, calle de B.»).
1910: Beiscosalde
1912: Bizkoetzalde (« barrio de B.»)
1923: Biscosalde: («nombre de la finca: B. Este caserío… »)
1932: Bizcotzalde («el barrio de B.»)

Suponiendo que sea un mismo tópos el que ora se llama ‘punto’, ora ‘calle’ y ‘barrio’, cuando en el registro más antiguo era una ‘casa’, salta a la vista que la forma más ‘normalizada’, es decir, la menos auténtica de todas, es la que impuso algún edil nacionalista de obediencia ortográfica sabiniana, con las letras k y tz nunca vistas antes.
Lo más admirable de todo este embrollo es cómo los normalizadores nos traen al retortero, fundando dogmas de fe sobre arenas tan movedizas. Ya que ellos viven ricamente de ese cuento –a costa de nosotros–, tuvieran al menos el detalle de dejarnos en paz con nuestros errores.
Pongamos broche con un pensamiento de signo positivo. Por muy españolista que uno se ponga, habrá de confesar que, junto al proteico Bizcochalde o como se diga, los  ‘Lope de Vega’, ‘Velázquez’ o ‘Cervantes’ son nombres muy poco maleables y normalizables. 





jueves, 22 de marzo de 2012

El ombligo de Adán




El ombligo de Adán y el de Eva, para ser más exactos. Y más correctos.
 El otro día Santiago González escribía en su Blog:

«Hemos pasado de odiar el franquismo a llamar ‘franquista’ a todo lo que odiamos.»

A lo que puse esta glosa:

«Con el ‘fascismo’ pasa igual. Los nacionalistas periféricos deberían mirarse más al espejo y menos al ombligo.»

A los diez minutos, el remero Euskalmeteco muy amablemente me hacía este recordatorio:

«Estimado Belosticalle, creo que se denomina onfaloscopía
quizá merezca un estudio erudito de los suyos.»

Respondí que, tanto como un estudio, no tengo hecho ninguno,  ni siquiera erudito, pero que la onfaloscopia no era extraña a mi bitácora

«¿Por qué somos el pueblo más onfalóscopo del planeta? Una vez más, Caro Baroja tenía razón.
(¿Qué qué quiere decir onfalóscopo? El que practica la onfaloscopia. La palabra lo dice: del griego ómfalos, ombligo, y skopein, observar. Podríamos anteponer el prefijo auto-, para indicar que el ombligo que contemplamos los vascos con fruición y embeleso es el nuestro propio. Preocupante.)»

Euskalmeteco me remitía a cierto “Word_log: Diccionario  Desenfadado de Neologismos y otras Entidades Lexicográficas”. Una posada tentadora en principio, pero que sólo aguantó un par de meses de 2006, hace una eternidad.
Allí un BelAtreides/Xavier Roig escribía:

«ONFALOSCOPIA: [del gr. omphalos (ombligo) y scopia (acción de ver)] f. Arte o manía de contemplarse el ombligo, en sentido figurado y/o (¿por qué no?) literal. 
[…]
No encuentro en el DRAE términos con la preformante ónfalo u ómfalo, lo cual es empobrecedor. El inglés cuenta cuando menos con omphalism (centralización en el gobierno [sic]), omphalic

No puedo estar más de acuerdo: la Real Academia Española debería desenvararse más para lo bueno, a ejemplo de la soltura anglosajona. Por algo la lengua inglesa no goza ni padece de Academia propia, bastándole con tener buenos hablantes y escritores cultísimos que la manejan a la perfección.

Ombligo y razón suficiente
A todo esto, yo venía a poner hoy la primera piedra del estudio sugerido. Y tomando como siempre suelo las cosas ab ovo, desde el principio, debo empezar por los Primeros Padres.
Si la onfaloscopia es un defecto o vicio, de algún modo tiene que estar ligado al pecado original. Somos concupiscentes, soberbios, envidiosos etc. porque Adán lo fue primero. Ahora bien, ni como vicio ni como virtud o hábito indiferente, ¿pudo el primer Hombre contemplarse su propia cicatriz umbilical? ¿Acaso Adán y Eva gastaron ombligo?
Si se averiguara que la primera pareja fueron dos tripas lisas carentes de ombligo, el corolario sería que la onfaloscopia no es pecado. Aunque sólo fuese por ese alivio de conciencia, vale la pena estudiarlo.
Dejando de lado bibliografía moderna, tipo Adam’s Navel, de Michael Sims (2003), el gran paleontólogo y erudito Stephen Jay Gould exhumó un viejo libro escrito en 1857 por un naturalista de lo más obtuso, Philip H. Gosse; libro titulado precisamente Omphalos. ¿El Ombligo? Sí, pero no. El título completo es Omphalos: Un intento de soltar el nudo geológico. He ahí el ‘nudo’, el ombligo como nudo gordiano, que Gosse va a cortar, más que desatar.
¿Y qué pinta el ombligo en un libro de paleontología y geología? Razonable pregunta. La tesis del libro, en caricatura de Gould, es que «Dios puso los fósiles en las rocas para engañar a los geólogos». Ellos ven los estratos, con sus correspondientes fósiles, y la lógica humana les hace ver evolución donde no la hay, porque Dios hizo el mundo ‘como si’, imitando una evolución de formas, aunque todas las creó al mismo tiempo.
Y ahí entra en juego el ombligo de Adán. Dos veces (pp. 89-90 y p. 334) lo pone como ejemplo de su ‘evolución instantánea’: Dios formó al primer hombre como adulto, pero con todas las trazas del desarrollo propio de su especie. Por tanto, incluyendo la cicatriz umbilical, testimonio de una vida fetal digamos implícita. (Es lo que él bautiza procronismo, acto previo a la temporalidad propiamente dicha o diacronismo.)
Gosse, en vez de hacer como que demuestra lo que sólo afirma, con igual o mayor razón pudo argüir que Adán tuvo ombligo porque así lo pintaron siempre los mejores artistas, trabajando para gentes de Iglesia. Y en efecto, cita largamente al clásico médico inglés Sir Thomas Browne, que en su divertida miscelánea Pseudodoxia Epidemica (1646), hablando de pinturas, tocó el tema umbilical y pictórico, para defender lo contrario que Gosse: Rafael, Miguel Ángel y demás erraron pintando a los Primeros Padres con un aditamento impropio de la sabiduría de Dios, que no hace cosas inútiles ni superfluas. (¡Ya! ¿y las tetillas varoniles, Sir Thomas?). Ya en otra obra anterior, la célebre Religio Medici (1634), el autor se había referido a Adán como «el hombre sin ombligo». [1]
Según eso, arrojado el nuevo hueso a la palestra científica, los mastines del pensamiento se dividieron como siempre en dos bandos a muerte: umbilicistas y antiumbilicistas (de umbilicus, ombligo en latín): partidarios los unos del ombligo universal, y los contrarios haciendo excepción de tal accidente en el Protoplasto y su Costilla.
Pero como es sabido, los humanos casi siempre se unen ‘contra’ algo. Lo que quiere decir que los umbilicistas, a su vez, se dividieron en escuelas rivales:
1. Umbilicistas radicales. Para éstos, Adán gastó ombligo desde que fue formado, cuando el Divino Alfarero dio el último toque a su obra imprimiéndole el pulgar en el abdomen; y lo mismo a Eva. A su imagen y semejanza. (Lo cual, de paso, implica que el propio Dios tiene ombligo. Y por la misma lógica, que Él es hermafrodita, porque «a semejanza de Dios le creó, macho y hembra».)
2. Umbilicistas moderados. Formado Adán sin ombligo, y lo mismo Eva, la primera pareja lo adquirió como estigma de su pecado; bien en el instante mismo de la caída (co-umbilicistas), o bien como maldición posterior (post-umbilicistas). Los primeros (también llamados umbilicistas simultáneos) arguyen incluso que cuando el Génesis habla de que Adán y Eva «se dieron cuenta de su desnudez», se refería a dicha neoplasia abdominal, pues la desnudez genital ya la conocían.
 En definitiva, el cuadro de opiniones quedaría así:


 Vemos, pues, que el debate no es nuevo, aunque tampoco puedo precisar desde cuándo los intelectuales se picaron de esa sutileza. En toda la Patrología no he tenido suerte de ver ni rastro del problema.
Sólo como curiosidad: san Jerónimo, en carta a su amiga y alumna la joven Eustoquio, le explica que la Biblia usa eufemismos diferentes para nombrar los genitales. Así ombligo en algunos textos sería el sexo de la mujer, como polo de atracción sexual. Allá los psicoanalistas. [2]
       Tampoco en el Talmud veo nada. Consulto el ‘Preuss’, por supuesto. Si calla, es que no hay nada que contar. Pero tampoco nos vamos de vacío, veamos:

1. Muy importante: el hebreo bíblico distingue entre el ombligo anatómico (shor) y el ombligo como centro de algo ( abbur), ‘ombligo del país’, ‘Bilbao, ombligo del mundo’. [3]

2. En el Abboth de Rabí Nathán hay un texto que alinea este sabio entre los umbilicistas. Comparando macrocosmos y microcosmos –el Mundo con sus componentes y el cuerpo de Adán– dice que las depresiones y concavidades terrestres tienen su correspondencia en el ombligo del primer Hombre. [4]

3. Esto indica que la forma ‘normal’ de ombligo humano es la cóncava. De ahí que los poetas judíos en desvarío amoroso, al llegarle su turno al ombligo de la mujer amada, «lo comparan a una botella de vino» (¡?) [5]

 Tomadura de pelo
        No hace mucho, a propósito de los niños ‘Cambiazos’, me refería aquí mismo a disertaciones académicas de los siglos XVII-XVIII, a menudo sobre temas  esotéricos, truculentos, humorísticos y en todo caso divertidos; como eso mismo del trueco de bebés, las estatuas parlantes o las travesuras de los duendes mineros.
       No he visto ninguna a nuestro propósito. El único impreso que en principio tomé por una de esas tesis me ha salido rana. Christian Reinhards fue médico y jurista germano-polaco, que con el tiempo será abogado de Corte en el Principado de Sagan, en Schlessen. De momento, en agosto de 1731, escribe en Camenz (Polonia), Investigación de la cuestión: ¿Si nuestros Primeros Padres Adán y Eva tuvieron ombligo? [6].  

        Con ese título, me figuré que me daría el trabajo hecho. Nada de nada. Es un simple panfleto de 20 páginas  sin la menor gracia, resumiendo conocimientos anatómicos, más algún consejo de higiene puerperal. El título es sólo un gancho. Ya mosquea el autor cuando advierte al principio que «si alguien piensa que bromeo, sepa que no me voy a enfadar por ello».
       Para él, los inquilinos del Paraíso fueron anónfalos, sin ombligo, ya que tampoco tuvieron cordón umbilical. Él da su opinión sin acritud, allá cada uno, pues no piensa enredarse «en otra Guerra de los Cien Años», ni perder tiempo en algo tan claro, así le quemen como a hereje: «¡Al infierno! Hinab zur Höll, hinab zum Satanas!»
       La conclusión es desoladora: el primer hombre que estrenó ombligo fue Caín. Así lo recuerda el impresor del panfleto en unos versos estrambóticos, de intención moralizante. Una tomadura de pelo.


       El caso de Eva

       Llama la atención que, en un problema donde lo estético y lo erótico pesan tanto o más que lo teológico, todos mis sesudos varones miran al ombligo de Adán, y ni uno repara en Eva. Se comportan como unos antiguos, dando por supuesto que la mujer corre la suerte del marido.

       Si me es lícito opinar –y sin que salga de la pantalla de este blog–aun admitiendo que Adán no necesitó el ombligo para nada, de doña Eva no me atrevo a decir lo mismo.

       Desde mi mesa de trabajo, mirando por encima del ordenador, en la pared de enfrente tengo colgado un díptico de la Primera Pareja, según Durero. Eva sin el ombliguito queda horrorosa. Y si un pobre mortal como yo es capaz de apreciarlo, mucho más el Creador. A la Sabiduría infinita no se les ocultaba lo humillante que habría sido para la Madre común carecer de ese toque y acabado que hace el orgullo de sus hijas. Conociendo además la condición femenina, bien sabía Dios que, de no darle un ombligo a Eva, ella misma se lo habría pintado en el punto exacto, sin titubeos, como quien se pinta un lunar.

       Y aquí cumplo, aquí me planto; como el autor de mi panfleto:

       Und bis dahin geht unsre Plifcht,
       Und weiter nicht.

_________________________
[1] Pseud. epid., 5, 5; ed. S. Wilkin, London, 1835, vol. 3, pp. 99 y s.
[2] Epist. 22, 11; PL 22: 401. A la inteligente hija de santa Paula debió de parecerle edificante y muy interesante.
[3] Cfr. Ezequiel 38:12. En esta acepción hablé del ónfalo de Delfos, a propósito de ‘Oráculos’
[4] ‘Abboth R. Nathan. A, cap. 31.
[5] Julius Preuss, Biblical and Talmudic Medicine. J. Aronson, 1994, p. 59.
[6] Christian Tobias Ephraim, Untersuchung der Frage : Ob unsere ersten Urältern, Adam und Eva, einen Nabel gehabt? S. l. (Camenz), 1731, x + 20 pp.