Debo escribir aquí este nombre. Para que algún día conste que no fui indiferente
al rebautismo de los colegios de Basauri. El ‘Lope de Vega’, que ahora quiere llamarse Bizkotxalde, y el
complejo ‘Velázquez-Cervantes’, que se transmuta en Soloalde.
No pienso entrar en análisis ni discusión de lo que está claro y va a misa:
es una decisión antiespañola. La han tomado los respectivos consejos escolares; ha sido aprobada por la mayoría nacionalista del ayuntamiento de Basauri, y
ahora toca al Gobierno Vasco retratarse con la última palabra.
Sea cual sea el desenlace, el número se ha montado y ejecutado según el guión, a satisfacción de los empresarios
del espectáculo –circo, en este caso–, y ellos no se van a impresionar por los
juicios adversos que mueva el aparente disparate. Que no es tal. Ellos no
tienen nada contra Lope ni contra Velázquez. Simplemente, esto no es España,
esa es la cuestión.
No entremos al capote. Sería torpe argumentar sobre la base de ignorancia,
incultura, fanatismo o aldeanismo. En absoluto. Esto se queda para los foros o
vomitorios, donde de una y otra parte, ahí sí, se desfoga el antagonismo
visceral.
No nos quepa duda, en cada consejo
escolar, entre los ideólogos del cambio hay gente preparada como la que más; profesores
y personas cultas, que saben muy bien quiénes fueron Velázquez y Lope. No, no es ninguna improvisación, por si alguien lo había
imaginado. Es su hora y modo de hacer
política marcando territorio.
Pero tampoco es un desafío frontal. El truco está en que, como entres al envite, parecerá que el desafiante eres tú. Además pierdes el tiempo, porque la cosa ya viene adjetivada: «polémica
artificial». Por tanto, no pierdo tiempo ni lo hago perder con gasto de neuronas o de
bilis. Que les ponga en su sitio quien puede y sabe que debe.
Aquel Basauri que se nos fue
¡Qué pena de Basauri! Porque para la pareja que hacemos mi
mujer y yo, ese pueblo trae recuerdos muy gratos.
Recién venida ella a Bilbao, encontró su primer empleo en el Instituto de
Basauri, casi enfrente del Cuartel. Cada año por Santa Bárbara, los militares ofrecían una recepción castrense, invitando siempre al Instituto. Unos caballeros.
Mi mujer desde el principio se sintió a gusto en aquel centro. Buen
ambiente, cordialidad, respeto de los alumnos, buena relación con las
familias. El Instituto era doble, chicos y chicas aparte. Ella daba clases en
el femenino.
Los chavalotes eran majos. Entre clases jugaban a guerras, con las tizas como balas, y como artillería el borrador del encerado, tomando a veces munición de las aulas del otro ‘género’. Por tal razón, el bedel tenía marcados los borradores con tinta indeleble. La
señora de Belosticalle, en su primer día de clase, con la tiza en una mano y el
borrador en la otra, casi suelta la carcajada, porque allí ponía: «Instituto
Femenino de Chicas». Visibilidad de género, ya entonces, y anoten: en Basauri.
En aquellos años 60 Basauri era una población muy normal. Tan normal (en la acepción del Diccionario), que al advenimiento del nacionalismo era una de las más necesitadas de ‘normalización’ (en el sentido de la neoparla patriótica); y de hecho la han ‘normalizado’ sin contemplaciones. Ahora toca a don Lope y a don Diego liar el petate, puesto que no pertenecen a nuestra cultura propia. Bizcochalde sí es nuestro.
Algunos ignorantes no lo ven así y hacen chistes fáciles:
– ¿Tú dónde estudiaste?
– En el Bizcochalde.
– ¡Anda ya! ¿Con que graduado en repostería, o qué?
El pobre ex alumno –que de toponimia vasca sabe probablemente menos que de ‘Las lanzas’, ‘Las meninas’ y ‘Los borrachos’– se achica, pensando en lo mucho que nos queda por normalizar. ¡Infeliz! Un poco de kultura toponímica le permitirá saltar al cuello del burlón ignorante, demostrando como un teorema la vasquidad de ese vocablo. ¿Vocablo digo? Todo un pequeño diccionario, veamos:
Bizcochalde, por su afijo -alde,
significa ‘a la parte de Bizcocha’, que según entendidos sería deformación de Beascoechea.
Este era en 1665 el nombre de una casa, tal vez la misma en 1777, y ella habría
dado nombre al barrio (escrito con z en 1846, variante sin importancia).
Hablamos de un enclave de Basauri en Arrigorriaga, que ha tenido sus
vicisitudes.
Más problemático es que dicho barrio sea «el mismo que luego se llamó Beaskoetxealda»
(sic), ya que esta forma es pura ‘normalización’ sin base documental. Porque
otra escritura de archivo de 1829 sí hace mención de una casa llamada Beascoechealde,
donde se cobraban los diezmos y primicias para la Iglesia. Lo que no es nada
seguro, ni siquiera muy probable, es que esta casa sea la misma de los siglos
XVIII-XVII. Si acaso, sucesora.
Los años pasan, la toponimia evoluciona. Gracias a la obsesión toponímica
que tanto nos ocupa y tanto dinero nos cuesta, tenemos la impagable
satisfacción de conocer el ‘verdadero nombre’ ad libitum del mismo lugarejo (se supone), al
correr del tiempo. No agoto las referencias; consúltese el ‘servicio’
especializado Labayru. Tampoco
salgo fiador de transcripciones cuyo original no he visto.
1745: Beascoechealdea
1829: Beascoechealde («la
casa» llamada»)
1842: Vascoechealde
1866: Beascoechealde,
Biscoechalde, Biscochalde
1868: Vesco-Chalde («caserío»)
1873: Bescosalde («el punto
llamado B.»).
1889: Biscochalde («el barrio
de B.»);
Basoolchaldea («la casería
nombrada»);
Bascochealdea («casería»).
1890: Bizcochalde («barrio
de B.»).
1894: Beascozalde («casa-casería
conocida hoy…»)
1895: Biscochalde («barrio
de Benta, calle de B.»).
1910: Beiscosalde
1912: Bizkoetzalde (« barrio
de B.»)
1923: Biscosalde: («nombre
de la finca: B. Este caserío… »)
1932: Bizcotzalde («el barrio
de B.»)
Suponiendo que sea un mismo tópos el que ora se llama ‘punto’, ora ‘calle’
y ‘barrio’, cuando en el registro más antiguo era una ‘casa’, salta a la vista
que la forma más ‘normalizada’, es decir, la menos auténtica de todas, es la
que impuso algún edil nacionalista de obediencia ortográfica sabiniana, con las
letras k y tz nunca vistas antes.
Lo más admirable de todo este embrollo es cómo
los normalizadores nos traen al retortero, fundando dogmas de fe sobre arenas
tan movedizas. Ya que ellos viven ricamente de ese cuento –a costa de nosotros–,
tuvieran al menos el detalle de dejarnos en paz con nuestros errores.
Pongamos broche con un pensamiento de signo positivo. Por muy españolista que uno se ponga, habrá de confesar que, junto al proteico Bizcochalde o
como se diga, los ‘Lope de Vega’, ‘Velázquez’ o ‘Cervantes’ son nombres
muy poco maleables y normalizables.






