lunes, 12 de marzo de 2012

Тюльпан


Anteayer he visto, de casualidad, esta película de Sergei Dvortsevoy (Tulpan, 2008). En principio la tomé por un documental improvisado. Luego he visto que, en efecto, el director se formó como documentalista, y el oficio se le nota a cada paso. Llegué al final sin saber si el magro reparto incluía algún actor profesional. Ninguno aparece en los iconostasios de Internet.
Profesionales desde luego no son los numerosos comparsas, algunos con intervenciones casi de actor secundario. Me refiero a los animales. Porque Tulpan es un idilio (a la manera de Teócrito y Mosco), una égloga o bucólica virgiliana, donde los humanos no son ni significan nada fuera del entorno natural, el paisaje y los animales que les dan sentido.

Humorismo
La buena creación pastoril casi siempre incluye un ingrediente de humor intrínseco. Esta comedia sentimental rezuma humor. Empezando por la paradoja del protagonista, Asa, un joven marino de trinquete, recién licenciado de la flota, que todavía con su uniforme y maleta del buque Сахалин vuelve a su tierra, decidido a navegar en la mar de arena por el resto de su vida.
Las películas documentales sobre la vida humana en lugares inhóspitos muchas veces dejan el regusto de lo trágico. Ésta no. Aunque nos sitúa en Bekpat Dala, la ‘Estepa del Hambre’, al sur de Kazajstán, ni por un momento es sombría. Humor y optimismo. Un optimismo algo conformista y hasta convencional, es la verdad. Tal vez sea la sabiduría acumulada de siglos sobreviviendo en la estepa. Un espacio donde sentido común y supervivencia van de la mano, si es que no son la misma cosa.
El argumento, por así llamarlo, es de lo más simple, un pretexto para contar la verdadera historia: la paradoja de otro género de existencia eterna que se extingue sin pena ni gloria, diluida en la globalización. Diluida y, lo que es peor, previamente humillada y banalizada. Esto también forma parte del mensaje humorístico, donde los únicos restos de la cultura material ancestral se reducen a la yurta y al gorro mongol, que los varones se calan para la faena. Todas las demás prendas de vestir proceden del baratillo internacional. ¿Y el azor? ¿Dónde está el ave que, siempre nos han dicho y nos lo han mostrado en auténticos documentales, siempre llevó consigo el caballero de las estepas centrales, patria de la nobilísima cetrería? Aquí, de aves domésticas, ni gallinas; y de presa, sólo los buitres en el cielo, oteando reses muertas.

Ruidos y sonidos
La banda sonora es excelente, porque es esencial. Estereoscópica envolvente, para buenos auriculares. Es una mezcla de ruidos y sonidos, voces animales y humanas, música y canciones. Los personajes hablan en kazako o en ruso, indistintamente, porque son bilingües, con el ruso como lengua ‘culta’. Así por ejemplo, cuando discuten lo hacen en ruso. No sé cómo lo verán nuestros euskaldunizadores.
Los cantares tradicionales son auténticas cantigas, de tonalidad y cadencia extrañamente familiar. Los balidos, rebuznos, relinchos, son parte de una conversación inacabable, impresión de emociones animales primarias, hambre y sed, dolor de parto, apetito de cópula. Cópulas utilitarias, peaje de una vida con pretensiones de perpetuidad. Hasta el galápago que sirve de juguete al niño pequeño, con toda su mudez de quelonio, todavía emplea su caparazón al caer al suelo, para dejar huella sonora.
Otro toque sonoro cargado de intención son los tres pitidos que preceden a los noticiarios. El chico mayorcito, Beke, es un adicto de la radio, a la que dedica todo su tiempo libre. Al final de cada sesión guarda el aparato en un armario verde con una inscripción cursiva pintada a mano con pintura blanca:

Геологоразведечная экспедиция Л/4

Un recuerdo de las campañas de prospección geológica, que el muchacho conoce al dedillo –me da que él será geólogo, si un día puede dejar de ser pastor–, en busca sobre todo de uranio y recursos hídricos.
En el cuerpo inmenso de la Madre Estepa, la radio es el cordón umbilical que une y mantiene vivo al pequeño mundo exterior de la cultura, la noticia y la propaganda. Luego el chaval regurgita la lección aprendida, recitándola a la hora de comer o tomar el te en familia. La radio también da música, y por un instante el final de la habanera de ‘Carmen’ sale de una yurta perdida en el Asia profunda. Y a fe que no desentona de las melodías autóctonas del repertorio de la niña Maha. (A quien no se oye en cambio es a Borodin, ni se le espera.)




       ¿Argumento?
No hay miedo de reventar la película. No es de las de contar, es de ver. Cine en estado puro. Bien, pues si me he enterado, la historia es como sigue:
El joven Asa, licenciado de la Marina Rusa, vuelve a su tierra y de momento es huésped en casa de su hermana mayor, Samal, casada con Ondas, un pastor asalariado de un terrateniente, y madre de dos niños y una niña, Beke, Nuka y Maha. La historia ocurre durante el nomadismo anual de primavera-verano, en la zona asignada por el «camarada patrón», un área inmensa pero de poco provecho.
La idea del ex marino es bien sencilla: ser feliz dueño de hacienda propia para mantener familia. Pero como en las tragedias, y como en los cuentos infantiles, una condición inexorable se interpone: casarse es lo primero, porque sin mujer no hay empleo. Y el cuñado está de acuerdo: el recién venido, que de ganado no entiende ni papa, es un huésped que ya apesta.
Porque además resulta que las cosas no van bien. Demasiados malpartos entre las ovejas. Impresiona el verismo documental del pastor partero, en relación amorosa con la pobre primeriza exhausta, arrancándole del vientre la cría para resucitarla con un boca a boca… No es agradable, desde luego, aunque sí menos visto y menos cruel  que la cadena trófica que nos recitan cada día las cámaras de National Geographic. Saben a qué me refiero; aquello de la vieja dama que se tragó primero una mosca, luego una araña, un gorrión, un gato, un perro… ¿Y todo para qué?:

She swallowed the dog to catch the cat,
She swallowed the cat to catch the bird,
She swallowed the bird to catch the spider,
She swallowed the spider to catch the fly.

Odio de corazón los recordatorios morosos del menú de la Madre Naturaleza devorando a sus hijos, para que ellos en sus entrañas se coman unos a otros. 
       A todo esto, aparece una moto con un veterinario ambulante. Muy cómico el hombre cuando, con el mismo aire experto que ostentaron sus abuelos, los chamanes de la horda, despacha la consulta: «es hambre». Habría que cambiar de pastos, lo que ordene el patrón.

Misteriosa Tulipán
Con todo, el problema de base sigue en pie, casarse. La única moza a tiro (un tiro nada corto, de unos 500 km a la redonda) es Tulipán, hija de un matrimonio tal vez peldaño y medio por encima de Ondas y familia, en la escala social. Por ejemplo, gastan tapices y, sobre todo, espacios de intimidad a base de cortinas.
Es una diferencia finita para un joven voluntarioso como el marinero, y de su experiencia mundana. Sólo que hay una pega: la presunta novia no tiene vocación de pastora y piensa en estudiar.
Graciosísimas las dos visitas a la yurta de esta familia sin nombre propio, la chica acechando tras su cortina. Asa se ha puesto sus galas de marinero, con la pasamanería que le acerque lo más posible a la estampa de un almirante. La embajada la dirige el cuñado;  pero el candidato, para darse valor, lleva también como casamentero a su amigo Boni, un vivalavirgen optimista, que a falta de alfombra mágica hace los repartos por todo el desierto con un viejo tractor no menos mágico. En la cabina lleva él sus ideales en forma de revistas urbanas y recortes de pin-ups, cuyas medidas conoce al dedillo. Él mismo es un urbanita vocacional, devoto de los vicios que sólo la gran ciudad ofrece, aunque los suyos propios no parecen muchos ni graves. Aparte de fumar de vez en cuando un puro algo sospechoso, mirar estampas eróticas y echar un trago, su golosina le ha costado cambiar su dentadura natural por otra de oro macizo, buen pretexto para reír lo que se pueda.

Un golpe de lo más chistoso, en la primera entrevista, cuando Odas en nombre del pretendiente, y como captatio benevolentiae, presenta a los padres de Tulipán una lámpara eléctrica preciosa para vista de día. Sin otra utilidad. Porque, excusado decirlo, en la yurta no hay corriente.
Ahora bien, como el espectador ya adivina desde el principio, la embajada fracasa. Lo que no habríamos adivinado jamás es el pretexto que pone la niña: Asa le disgusta por sus orejas, demasiado grandes y mal plantadas, como soplillos.
Aquí el amigo al quite, saca una revista con la foto del príncipe Carlos y lady Di a toda página, para demostrar por el método geométrico de la yuxtaposición de figuras que Carlos tiene los pabellones auriculares iguales que Asa, orejones  prince-size. ¡Y es un príncipe! Como si nada. Lo malo es que el marinero sale con una preocupación que no tenía: sus orejas. Tratará de paliar el defecto aplastándolas contra el cráneo con una cinta.
A todo esto, la madre de Tulipa no abre la boca, sin duda para que no le entre ninguna de las moscas que planean sobre su mantel, y que ella espanta sin cesar.
Asa intentará un par de veces la negociación directa con la bella invisible, a la puerta cerrada de la cuadra, pasándole requiebros por las rendijas, mostrándole una costumbre marinera. Por lo visto, cada recluta dibuja en el cuello vuelto de la casaca de su uniforme aquello que más desea. Asa trajo del barco su sueño de ser pastor, un dibujo infantil idealizado de la estepa. Dibujo en el que luego incluye un enorme tulipán.
Tanta pesadez colma la paciencia de la madre, que pala en ristre acomete al moscón. Asa derriba la puerta de la cuadra, sólo para descubrir  que su retórica ha sido vana, pues la amada no estaba allí. En su lugar sólo está la cabra, bellísima por cierto, y mucho más sensible que la dueña, dónde va a parar. «¿Debo casarme con una oveja?», había llegado a decir en su despecho el marinero. «Con una oveja no, desde luego», parece decirle la cabra, que compadecida del galán se le acerca amorosamente y le cubre de besos.
En fin, lo inevitable no se puede evitar, ni siquiera en la Estepa del Hambre. Asa se va. Pero de pronto un balido quejumbroso despierta al pastor que lleva dentro. La misma intervención mayéutica y neumática, en una secuencia de ocho interminables minutos, será el examen práctico, la habilitación y licenciatura para ejercer la carrera del pastoreo. Ocho minutos largos, una toma, se dice pronto. Semejante hazaña inspiró el apodo del filme en los festivales donde ha sido premiada (Toronto, Cannes): «La película ‘El parto de la oveja’». Ríanse, pero pónganse en el caso: ¿es que todo el mundo ha visto cómo vienen al mundo los corderitos que nos comemos asados al horno?

Cine sin rebeldía
El mongol que pinta el etnógrafo Dvortsevoy es un ser como fuera del tiempo, para quien el Zar, Stalin o el actual Presidente son sólo nombres. No es un converso ni un liberado del comunismo, porque seguramente nunca ha sentido qué es eso.
Familia real o ideal, tampoco importa demasiado. Creíble, y basta. Una familia conservadora muy unida,  con una unión que se materializa en pequeños ritos. Un ejemplo.  A lo que parece, no hay piojos (¿la censura, tal vez?), pero en su defecto sirven las espinillas. Tendido el padrazo en el suelo, su hijo Beke a caballo sobre su grupa le hace la espalda:

–«¡Mira, la que ha salido!».

Un Demodex de tamaño muy superior al normal es paseado en el extremo del dedo índice ante los ojos, primero de un Odas halagado en su propia potencia sebácea, luego del resto de la familia.
Aunque uno no haya estado nunca en una yurta real, vista la película se hace idea viva. Lo que haya de invención no lo sé, porque como digo no se nota. Leo, por ejemplo, que el rodaje de la película se complicó mucho por la peste de arácnidos y ofidios venenosos que invaden la estepa en primavera. En algo se iría un presupuesto estimado en más de 2 millones de euros, que la verdad, no lucen por ninguna parte.
Aun así, lamenta el autor-director que su obra no ha gustado al gobierno de su país. Los forasteros y la sinécdoque, ya se sabe, pueden imaginar que todo Kazajstán es así de atrasado. ¿Atrasado? Quede tranquilo Nazarbayev y el gobierno que preside. Es de dominio público que en invierno la media de su país es de -13º, que las familias aprovechan para recogerse confortablemente en los poblados, a reparar las yurtas y mandar a los niños a la escuela. Aunque soy extranjero, bien se me alcanza que todo un gran país formado por gentes como las de Tulpan a tiempo completo , ni con el argumento ontológico de San Anselmo es posible.
Me quedo pues, con una alegoría hermosa y un espectáculo entretenido, sin complicaciones. Abajo tiene quien esto lea un espacio todo suyo, para hacerme la caridad de avisarme si sólo soy un tonto simple de buen conformar.


lunes, 5 de marzo de 2012

Forsaco



Una característica de la Izquierda Abertzale ha sido y es el adanismo.  Incluso cuando plantean el desenlace o salida de una larga historia, como es la suya en o con ETA, ellos son adamitas por principio. Adamitas hasta de sí mismos. Con ellos se abre cada mañana un nuevo escenario, y todo valor universal se redefine: razón, justicia, democracia, el bien y el mal. Con ellos siempre se parte de cero, ellos son el cero absoluto. Desde esa premisa ejercen su magisterio infalible. 
Infalible, hasta en la autocrítica. Ahora la IA reconoce errores –errores de ETA, más que suyos, todo sea dicho– y hasta renuncia a su bien ganada victoria, en aras  de una reconciliación sin vencedores ni vencidos. ¿No es eso hacer autocrítica? Un gesto de condolencia, un «lo siento», queda bien. Socializado el sufrimiento, toca ahora socializar la reconciliación.


Socializar
Al nacionalismo sabiniano le dio por inventar palabras con su sentido propio: jeltzale, aberri, ikurriña, lendakari... Medio diccionario vasco es suyo.
El nuevo nacionalismo batasuno no suele crear neologismos, le basta en plan Humpty-Dumpty crear acepciones.  Así,  poco a poco, ese mundo se va haciendo con un léxico nada rico en verdad, pero que desde el primer párrafo permite identificar cualquier discurso suyo: escenario, mesa (para «sentarse a la mesa» o «poner sobre» ella algo), diálogo y negociación, parámetros, dar pasos, la pelota en el tejado, conflicto y fase resolutiva, lucha armada, represión,  presos políticos, fascismo…
«Poner sobre la mesa». Una ‘parabellum’, por ejemplo. Cuántas veces se ha oído aquello de «cuando José Miguel Beñaran, ‘Argala’, puso su pistola sobre la mesa de diálogo…» Acojona, ¿eh? Y eso es lo que cuenta, el gesto jaquetón, el empaque del rito, como en el western. (Lo insustancial es quitarle hierro, como hace ahora la IA, como que «aquella era la prueba de que ETA estaba dispuesta a dejar las armas allí mismo, si se llegaba a un consenso» . ¡Por favor, un respeto a la estética, aunque sea la de lo feo!
Otro artículo muy de poner sobre la mesa son los muertos. Ahora, en la etapa posviolenta, la consigna es socializar el luto: «¿Tus muertos? Pues aquí los míos, hagamos cuentas».

Equidistando
La equidistancia está mal vista. Con todo, acepto el envite. Yo también voy a buscar la equidistancia, definiendo primero el campo: ética o política.
La equidistancia en el oportunismo político no plantea dificultad alguna. Es amoral. Las reglas son simples: ‘Antón pirulero’ y ‘a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga’.  No; yo me atrevo aquí con la otra equidistancia, la ética pura y dura. Se es, o no se es un canalla, al margen de que el otro lo sea igual, o más. Tu honradez es sólo tuya, no depende para nada de la ajena.
¿Y qué pasa? Que nuestros adamitas redefinen la ética. Por lo visto, para ellos la ética absoluta pertenece a la esfera de ¡la Religión! La ética que a ellos les vale es la de su mundo, la relativa, la del «y tú», o «tú más». En eso consiste su reconciliación socializada.
Yo venía dispuesto a admitir como hipótesis rigurosa de trabajo que también existe la violencia injusta contra el crimen. Esa que ellos tanto jalean, como si el estado de gracia y de justicia fuese un balance mercantil, entre ETA y el Estado. Siempre como hipótesis, pero en serio, yo admito que todas las víctimas de agresión injusta son equivalentes, dignas por igual de consideración y reparación. ¿Lo admiten ellos? Yo diría que no, viendo cómo proceden.
Hasta ahora han ignorado por principio la dignidad de las víctimas de ETA. «No toca», decían. «Condenando no se arregla nada». De pronto, la consigna es que sí, que por narices nos tenemos que reconciliar. Pero aun ahora, el buen patriota de izquierda, antes de dar un pésame por una víctima de ETA, primero comentará en voz alta si lucía uniforme, placa policial; si ostentaba cargo público, liderazgo político; si escribía, en qué periódicos, si… «¿Lo ven? Era parte en el conflicto».
A falta de esos indicios escandalosos, al que sólo parece un simple cadáver de a pie, un pobre diablo colateral, todavía se le hurgará en los bolsillos, cualquier cosa vale, un papelito, qué ideas tenía, de qué pie cojeaba, cuál fue su «algo habrá hecho».
Todas las justificaciones del Holocausto, sin excepción, incluyen esa penosa tarea.

Religión
Pero, como digo, el último hallazgo del eusko-Humpty Dumpty es la exclusión del arrepentimiento, por su naturaleza ‘religiosa’.
¡Si sabrá de eso don Patxi Zabaleta! Por su boca, «Aralar asegura que el arrepentimiento que se exige a ETA es ‘religioso’»:

«No puede exigirse a los presos etarras que se arrepientan para acceder a beneficios penitenciarios, puesto que el arrepentimiento es un "concepto religioso"
El concepto de arrepentimiento es una cuestión de índole personal, individual, que no se puede transferir a la legislación… En la normativa, no existe ese concepto; porque no puede existir, porque es un concepto religioso… La objetividad legal exige que las cosas puedan ser comprobadas, y un arrepentimiento no puede ser comprobado nunca.»

¿En qué quedamos? ¿Por religioso, o por incomprobable? ¡Pero si da igual!:

1. Por sus estudios del seminario, el Sr. Zabaleta debe saber que ‘religioso’ no es lo mismo que teológico o sobrenatural. La ‘religión’ (religio), como la ‘piedad’ (pietas), entra perfectamente en la esfera secular, pues en definitiva es un concepto asociado a la naturaleza social del hombre. Por eso la sociedad civil y secular exige compromisos religiosos con el nombre genérico de ‘juramento’. No el del Catecismo de Astete, por supuesto, ni el de Scarlett O'Hara–«poner a Dios por testigo» etc. –; pero eso ya lo sabe Zabaleta. Por lo civil, un juramento no es más que un compromiso serio con la verdad. Y la verdad es lo más religioso que hay bajo la bóveda celeste.
2. Vamos ahora con lo otro: lo del arrepentimiento imposible de comprobar. A mí me da que también aquí le ayudan poco las nociones del seminario. Arrepentimiento se dice de muchas cosas, muy diferentes. A menudo se confunde con ‘contrición’, ‘dolor de corazón’ o mero pesar por el mal hecho o por sus consecuencias. Aquí no se trata de eso, sino del estado de ánimo que lleva al propósito de enmienda, la decisión firme de no reincidir.
¿Incomprobable? Como cualquier otro compromiso. ¿Qué diferencia hay entre «haré esto» y «no haré lo otro»? Cierto que hay hábitos que tocan a la ‘flaqueza humana’ –los pecados capitales, en general–, donde la reincidencia es más previsible o probable. No parece que sea el caso del  terrorista ‘arrepentido’, que decide dejarlo y colaborar con la Justicia. Parece que bastantes terroristas de hecho están arrepentidos en ese sentido, a falta sólo de que la disciplina de omertà se relaje. Figúrese,  yo creo mucho más en la reinserción de esas personas, que en la renuncia a la violencia de ETA/Batasuna, Bildu o Amaiur, por oportunismo, al calentón de las urnas. ¿No le ocurre lo mismo al Sr. Zabaleta?

Abrenuntio
La IA, tan criada a los pechos de la religión y al calor de sacristías, se ha quedado del cristianismo con la caricatura, y ha desechado lo más noble. La caricatura es el casuismo jesuítico que les lleva a la autojustificación del fariseo, complacido consigo mismo. Repudian en cambio el compromiso responsable: «No se puede servir a dos señores». Dicen que es religioso y no comprobable.
La iniciación bautismal, como bien sabe mucha Izquierda Abertzale, incluye una renuncia definitiva e irreversible a Satanás, sus obras y sus pompas. La renuncia del neófito (o sus padrinos) se complementa con un exorcismo.
Esto viene de muy antiguo. Y la pedagogía misionera a veces aconsejaba atar bien los cabos. A los germanos paganos, por ejemplo, el Diablo no les decía nada, no eran clientes suyos. Otra cosa era su vieja trinidad nacional, formada por Wotan (Odin), Thunar (Thor) y Fro (Freyr). ¡Renunciar a Thor, que les daba las las victorias! No había más remedio.
Copio de una fórmula de las más antiguas, de tiempos del Apóstol de Alemania, san Bonifacio (siglo VIII). Más antigua que las latinas conservadas. Aunque está en viejo bajo alemán se entiende perfectamente. El verbo ‘renunciar’ es casi como el inglés forsake;  ‘sociedad’ es gelde (como Gilde,  guild), ‘obra’ es wercu (como Werke, work), ‘palabra’ es wordu (como Wort o word). Con eso, a renunciar se ha dicho:

–Forsakhis du Diabolae? (¿Renuncias tú al Diablo?)
–Ec forsakho Diabolae (Yo renuncio al Diablo)
–End allum Diabol gelde? (¿Y a toda la sociedad del Diablo?)
–End ec forsakho allum Diabol gelde (Y yo renuncio a toda sociedad del Diablo)
–End allum Diaboles wercum? (¿Y a toda obra del Diablo?)
End ec forsakho allum Diaboles wercum end wordum: Thunar, ende Woden, ende Saxnote.
–Forsakhis du…?
–Forsakho…

A mí la fórmula me gusta. Secularizada, por su puesto. Y ese verbo,  forsacar. Basta de melindres y camelos, eso es lo que hay que oír, algo entendible y creíble:

–Forsaco a ETA. ¡Forsaco! ¡¡¡FORSACO!!!

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[Crédito de figura: Travis Louie]

lunes, 27 de febrero de 2012

Cambiazos



No parece que ‘eso’ tenga nombre en castellano. El Bächtold-Stäubli –el Diccionario Manual de las Supersticiones Alemanas–, en su crecido artículo Wechselbalg, dedica dos columnas a los equivalentes en distintos pueblos y latitudes de Europa, al norte de nuestro paralelo. Casi todos aluden al cambio. Changeling en inglés, Wechselbalg en alemán, dieron el neolatino cambio, -onis, algo así como ‘cambiazo’ o niño revezo.[1]
 Como el otro día escribí, el folclore universal registra el motivo del cambiazo del bebé. Un motivo con raíces en la psicología maternal. Un paso más, y esa preocupación se transforma en superstición: el hurtador es un maléfico, y el sucedáneo una criatura diabólica; un bebé llorón, glotón y apático, que la mamá cría por puro instinto, venciendo el horror y la repugnancia mientras ‘aquello’ viva, que no suele ser mucho. Ella no sabe, y aunque lo sospeche jamás reconocerá que lo que lleva en brazos no es lo que salió de su vientre. Alguien le dio el cambiazo.
A finales del siglo XV –traspasado el umbral de la Edad Moderna– la realidad de los Wechselbälgen era ya indiscutible, desde que el Martillo de brujas se ocupó de ellos, con el nombre de campsores (cambistas), en alemán Wechselkinder o ‘niños de recambio’.[2]
El libro estaba avalado por bula papal de Inocencio VIII [3]. Los autores, Institoris y  Sprenger, eran inquisidores dominicos, pero también profesores universitarios. No por casualidad.
 Y es que el tema de los Wechselbälge viene de perilla para entender por qué la Universidad Europea padeció alergia crónica a la Ciencia. Su ‘ciencia’ era sólo un Wechselbalg, un paquete sucedáneo pesado, devorador de energía, inútil y sin futuro. Por eso la verdadera Ciencia se crió, más o menos saludable, primero en semisótanos clandestinos, luego en academias, pero casi siempre fuera de las Facultades. O en ellas, pero de tapadillo, y nada bien vista. La disección de cadáveres humanos tuvo en jaque papal a facultades médicas heterodoxas, como Salerno. Galileo se llevó mal con el Santo Oficio, pero también con Pisa. El pobre Kepler, perseguido al alimón por católicos y protestantes, sobrevivió vendiendo horóscopos. Entre tanto, las grandes universidades bastante tenían con amamantar y mecer sus ‘cambiazos’: la tardo Escolástica en París, el Derecho bartolino en Bolonia, e cosi via.

Del niño revezo a la cabeza parlante…
Hace muchos años, en Málaga, el librero anticuario Antonio Mateos (cariñosamente, ‘Zapatones’) me mostró un legajo de opúsculos muy curiosos. Eran las típicas tesis y disputas académicas del Barroco alemán. Las había de Teología, Derecho, Medicina. También de Filosofía natural, según se entendía en el XVII: miscelánea erudita y abigarrada sobre lo curioso: el imán, los horóscopos, los duendecillos mineros (koboldos o cobaltos). Y cómo no, los ‘cambiazos’.
Ahora todo eso está en Google, y en parte se reedita. Entonces eran sólo rarezas caras, y como yo no podía permitírmelas, don Antonio tuvo la gentileza de prestarme unos cuántos títulos. Uno era la famosa Biga disputationum Physicarum de J. V. Merbitz, sobre los Cambiazos o Wechsel-Bälgen y sobre las Ninfas alemanas, las Wasser-Nixen [4].
La disputa que nos ocupa cubre 18 páginas. Se celebró, «con la venia de la Facultad de Filosofía de Leipzig, el 23 de agosto de 1671, defendiendo el maestro Merbitz y respondiendo Juan Gothofred Jahn, bachiller en Filosofía y estudiante de Teología».
¿Quién era Merbitz? Siempre buceando en la descomunal ‘Biblioteca Googeliana’, descubro un personaje extravagante:
Juan Valentín Merbitz (Dresde, 1650-1704), tras graduarse en Filosofía y Teología por la Universidad de Leipzig, sirvió en la de su ciudad natal y corte palatina (1676-1702), con cargo de conrector (vicerrector) al frente de la Escuela de Santa Cruz. Según eso, la disputa que tengo delante es de su primera época de Leipzig.[5]
Ahora bien, si su bibliografía habla de un individuo docto y polifacético, lo que de él impresionó a sus contemporáneos fue la inventiva mecánica, que en sólo cinco años le permitió poner a punto una estatua parlante maravillosa. Cualquier curioso, docto o llano, no tenía más que soplarle al oído cualquier pregunta, y la máquina con voz articulada respondía (¡atención!) en la lengua del preguntante, así fuese alemán, latín, francés, hebreo, griego. Hasta vascuence, supongo, pues la noticia no pone límite.
Si esto ya es admirable, lo que sigue pone a prueba toda credibilidad. Porque la estatua de marras también adivinaba:

«Una vez, en broma, una damisela de Dresde tuvo el atrevimiento de consultar con la estatua:

–Cuándo yo me case, ¿con quién compartiré lecho nupcial?
Mit einem Hauptmann. Con un capitán, mi graciosa señorita.

Cinco años después así se cumplió al pie de la letra.
 ¿Algo más? ¡Lo nunca oído! El androide detectaba secretos:
Cierto empleado de la ilustre corte de Polonia-Sajonia le susurró algo a la oreja. La estatua respondió en voz alta:

Höre zu! Ich will dir etwas verborgenes, so niemanden als dir bewust sagen. (¡Oye, tú! Lo que voy a decirte es un secreto que sólo a ti interesa y a nadie más).
Perplejo, el cortesano aplicó el oído a la boca que hablaba, y lo que escuchó le hizo exclamar:
Das hat dir der Teufel gesagt, das weiss niemand, als Gott and ich. (Eso te la ha dicho el Diablo, porque no lo sabe nadie más que Dios y yo).

Piense allá cada cual, nosotros registramos lo que oímos de varias personas de lo más fidedignas.»

La anécdota se entiende mejor sabiendo que Merbitz fue, por algún tiempo, Informator (asesor) del Príncipe Heredero de Polonia-Sajonia. Así, el artífice no olvidó enseñar a su estatua o cabeza parlante el ABC de los secretos oficiales.
De hecho no es difícil entender que el invento de Merbitz era un simple juguete, muy de época, para animar el salón del joven príncipe. Era el truco clásico de la estatua unida por tubos acústicos a la cámara oculta donde residía su voz y su entendimiento. [6]
Merbitz no se detuvo ahí. En la misma línea de progreso ‘científico’, él quería para su público etwas anderes, algo distinto y se embarcó en un proyecto más ambicioso. Dos estatuas parlantes, una de alumno preguntando, otra de maestro –él mismo, por qué no– respondiendo, desarrollarían en voz alta cualquier tema de omni re scibili, para instruir deleitando.
Hoy no tenemos más remedio que admirar la clarividencia de Merbitz. En vez de libros, autómatas audiovisuales. Un paso más, e inventa la televisión. Qué digo, audiovisuales; oigamos esto: «sus estatuas no sólo hablaban, sino que el aliento les olía, bien o mal, según el tema de palique». Olor a ajos de víspera y puchero enfermo, para disertar sobre el vicio; aroma de canela, rosa, jazmín y mirra, para recomendar la virtud. ‘Audiovisuosmático’, lo llamaría yo, si no fuese por la mezcla de latines y griego.
Por desgracia, aquel genio adelantado a su época no llegó a poner a punto la pedagógica pareja de androides, por culpa de un ictus apoplético fatal. Ocho años de trabajo perdidos. Se ve que su otra estatua locuaz y adivinadora del futuro, por envidia o por compasión, no quiso avisarle de que perdía el tiempo.
Él mismo, tras mantener por unas décadas nicho propio en los templetes de la Fama, cayó en olvido igual que sus ingenios. Si hoy me acuerdo de él, es gracias a otro de aquellos pliegos de cordel del legajo malagueño.
Porque todo lo dicho, por uno u otro cauce, me lleva a otra disquisición académica sobre… ¡exacto!: Las estatuas parlantes; mantenida en la Facultad de Filosofía de Leipzig por Conrado Pedro Meister, estudiante de Teología, el 21 de enero de 1705. [7]
Meister clasifica y discute los casos de andriantolalia (cháchara de estatuas) en la leyenda y la historia, sagrados y profanos, , auténticos y fraudulentos, antiguos y modernos. Hacia el final, obviamente, dedica toda una página al «nuevo Dédalo que superó el fallo de la antigüedad añadiendo el habla a sus ingenios, fallecido el año pasado», etc. etc.

… y retorno
 Volviendo a Merbitz y su disputación de los Infantes Supositicios, vulgo ‘Wechsel-Bälgen’, debo adelantar que, para nuestra curiosidad, no sostiene comparación con la de Meister sobre parlería estatuaria. Y la razón es simple: el autor se deja de historias para ir al meollo, de qué naturaleza son los tales ‘niños’.
Porque relatos los hay para todos los gustos, hablando unos de criaturas verdaderamente humanas, otros de diablos en forma de niños, o bien de criaturas infrahumanas, bichejos, incluso muñecos de carne; o ni eso siquiera, pedazos de carne inerte, troncos de madera, envoltorios de trapo… Tiene toda la razón. Claro que había niños sanos, fuertes, guapos,  cambiados por otros feos y enfermos. Claro que había y hay hidrocéfalos, cretinos, raquíticos. Y cuántas madres medio locas no habrán estrechado y acunado los bultos más raros.
Centrémonos en lo que importa, se dice Merbitz. Y lo que importa para un teólogo como él –un profesor que dejó inédito un tratado sobre La procesión del Espíritu Santo, ahí queda eso– es qué hay de verdad sobre los ‘hijos del diablo’.

       1. Porque es cierto que «hay demonios íncubos y súcubos». Lo íncubos, ya se sabe, y por si acaso, lo explicó san Agustín [8], son de una parte los que los médicos llaman efialtes, tapones en el ventrículo cerebral, causantes de pesadillas, que para la mujer pueden representar un macho corpulento con intención nada buena, como explica Pablo Egineta. Frente a esas fantasías están  los íncubos reales, seres en forma viril que cumplen como tales; y aquí vienen entre otras la autoridad de Martín del Río.[9] Como también los súcubos reales –‘súcubas’, más bien–, como las lamias y otras diablesas.
Aquí arrasa la autoridad de San Agustín, un teólogo que no podía ver diablos ociosos o en desempleo, pues nada hay como un chivo expiatorio para justificar los males del mundo. Añádase la afirmativa de Tomás de Aquino, y el problema de los auténticos ‘cambiazos’ está en el bote.
Al efecto, los demonios tienen cuerpo sutil, o bien lo improvisan, o lo toman prestado. [Aquí el autor aprovecha para meter una estocada a los ‘papícolas’ por lo del Purgatorio. Él es protestante, lo que no le impide alinearse en esto con católicos, como el dominico Sprenger y su Martillo, o con Del Río, jesuita.]

2. Ahora bien, «de tal coyunda demoníaca no puede nacer prole, sí más bien un cuerpo sin alma». El autor confiesa su pudibundez juvenil, pero venciendo su curiosidad a la vergüenza, con la venia de su público, se atreve a discutir el tema y refutar a autores tan serios como Reginaldo Schott y su Física curiosa.
No, y mil veces no. Un súcubo, por mujeril que parezca, no puede tener el complejo aparato reproductor femenino para llevar a término un feto. Los íncubos por su parte, ya se sabe, hurtan semen humano, pero cuando lo eyaculan está frío. Porque los demonios son fríos, y así lo reconocen las brujas que tienen contacto con ellos.

3. Según eso, «los niños revezo no son seres humanos, sino diablos moviendo un cuerpo formado con semen y sangre de la madre, o apañado de donde quiera de los espacios sublunares».
El fenómeno (dice) fue muy común en la antigüedad, aunque con la difusión del Evangelio las cosas han cambiado y casi no se da. En todo caso, al autor sólo le interesan los auténticos ‘cambiones’, los que de humano sólo tienen la piel.
¿Qué es, entonces, de los niños robados? Por lo visto, según se deduce de historias judías, hay un género de diablos, los Lilith o lamias, con instinto de crianza, que por ello acechan a los niños sin bautizar. ¿A qué efecto?
Y aquí viene lo estupendo, tal como lo cuenta otro dominico alemán, Juan Nider, en su libro El Hormiguero (h. 1435/37), puesto en boca de brujas:

«¿Que qué hacemos con los niños? Pues mire usted, señor padre inquisidor, les guardamos escondidos; y como no están bautizados, los cocemos un una caldera, hasta que desprendidos los huesos, la carne casi toda se vuelve sorbible y potable. De la parte más consistente fabricamos un ungüento adecuado a nuestros caprichos, artes y transmutaciones. Y de lo más delgado y líquido llenamos un frasco o una bota, que bebiendo de ello con unas pocas ceremonias los iniciados se vuelven maestros de nuestra secta.»  

Buen provecho, padre Nider. Y termino, pues va siendo hora. Grima da ver a aquellas universidades cargando con semejantes ‘paquetes’, en vez de aplicarse a la Ciencia. Ojalá las cosas hayan cambiado.
Y a todo esto, ¿en qué me toca pensar mañana? Ninfas acuáticas, Estatuas parlantes, Íncubos y súcubos… Las fantasías se traban como cerezas. Así es como nacieron las Mil y una noches.
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[1] H. Bächthold-Staubli / E. Hoffmann-Krayer, Handwörterbuch des deutschen Aberglaubens. De Gruyter, Berlin / New York, 2000, B. 9: 835-864; B. 10 (Register): 388.
[2] Malleus maleficarum (1487), p. 2, q. 2, cap. 8; ed. Francfort, 1588,  p. 471-473.
[3] Inocencio VIII, bula Summis desiderantes (1484).
[4] Biga disputationum Physicarum, quarum Prima de Infantibus Supposititiis, vulgo ‘Wechsel-Bälgen’, altera de Nymphis Germanis ‘Wasser-Nixen’. Incl. Facultatis Philosophiae Lipsiens. indultu publice habita a M. Joh. Valent. Merbitzio, Dresdensi. MDCLXXVIII. (Es reimpresión, «por escasear  ejemplares»).
[5] Una lista resumida de sus sus trabajos daría idea de su polifacetismo, pero no hace al caso. Baste recordar aquí su dedicación a la Germania de Tácito, tan tomada en serio por los humanistas alemanes para su ‘construcción nacional , y de la que Merbitz hizo una edición comentada.
[6] Este sistema de telefonía neumática llegué a conocerlo siendo escolar en un colegio de Bilbao, y funcionaba de maravilla. 
[7] De loquela imaginum: Disquisitio Academica... in celeberrima Lipsiensi Academia die XXI Jan. MDCCV... praeside M. Christiano Flemig, Gubena-Lusato, proponit respondens Conradus Petrus Meister, Weissensea-Thuringus, S.S. Theologiae Studens. Lipsiae, I. Titii. Algunos repertorios atribuyen la disertación a Christian Flemig que, como se ve, no hizo más que presidir el acto.
[8] La Ciudad de Dios, l. 15, c. 23.
[9] Disquisitionum Magicarum, l. 2, q. 27, sec. 11.

Acreditación de figura: Der Wechselbalg, por M. Steinmetz (detalle).