lunes, 5 de marzo de 2012

Forsaco



Una característica de la Izquierda Abertzale ha sido y es el adanismo.  Incluso cuando plantean el desenlace o salida de una larga historia, como es la suya en o con ETA, ellos son adamitas por principio. Adamitas hasta de sí mismos. Con ellos se abre cada mañana un nuevo escenario, y todo valor universal se redefine: razón, justicia, democracia, el bien y el mal. Con ellos siempre se parte de cero, ellos son el cero absoluto. Desde esa premisa ejercen su magisterio infalible. 
Infalible, hasta en la autocrítica. Ahora la IA reconoce errores –errores de ETA, más que suyos, todo sea dicho– y hasta renuncia a su bien ganada victoria, en aras  de una reconciliación sin vencedores ni vencidos. ¿No es eso hacer autocrítica? Un gesto de condolencia, un «lo siento», queda bien. Socializado el sufrimiento, toca ahora socializar la reconciliación.


Socializar
Al nacionalismo sabiniano le dio por inventar palabras con su sentido propio: jeltzale, aberri, ikurriña, lendakari... Medio diccionario vasco es suyo.
El nuevo nacionalismo batasuno no suele crear neologismos, le basta en plan Humpty-Dumpty crear acepciones.  Así,  poco a poco, ese mundo se va haciendo con un léxico nada rico en verdad, pero que desde el primer párrafo permite identificar cualquier discurso suyo: escenario, mesa (para «sentarse a la mesa» o «poner sobre» ella algo), diálogo y negociación, parámetros, dar pasos, la pelota en el tejado, conflicto y fase resolutiva, lucha armada, represión,  presos políticos, fascismo…
«Poner sobre la mesa». Una ‘parabellum’, por ejemplo. Cuántas veces se ha oído aquello de «cuando José Miguel Beñaran, ‘Argala’, puso su pistola sobre la mesa de diálogo…» Acojona, ¿eh? Y eso es lo que cuenta, el gesto jaquetón, el empaque del rito, como en el western. (Lo insustancial es quitarle hierro, como hace ahora la IA, como que «aquella era la prueba de que ETA estaba dispuesta a dejar las armas allí mismo, si se llegaba a un consenso» . ¡Por favor, un respeto a la estética, aunque sea la de lo feo!
Otro artículo muy de poner sobre la mesa son los muertos. Ahora, en la etapa posviolenta, la consigna es socializar el luto: «¿Tus muertos? Pues aquí los míos, hagamos cuentas».

Equidistando
La equidistancia está mal vista. Con todo, acepto el envite. Yo también voy a buscar la equidistancia, definiendo primero el campo: ética o política.
La equidistancia en el oportunismo político no plantea dificultad alguna. Es amoral. Las reglas son simples: ‘Antón pirulero’ y ‘a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga’.  No; yo me atrevo aquí con la otra equidistancia, la ética pura y dura. Se es, o no se es un canalla, al margen de que el otro lo sea igual, o más. Tu honradez es sólo tuya, no depende para nada de la ajena.
¿Y qué pasa? Que nuestros adamitas redefinen la ética. Por lo visto, para ellos la ética absoluta pertenece a la esfera de ¡la Religión! La ética que a ellos les vale es la de su mundo, la relativa, la del «y tú», o «tú más». En eso consiste su reconciliación socializada.
Yo venía dispuesto a admitir como hipótesis rigurosa de trabajo que también existe la violencia injusta contra el crimen. Esa que ellos tanto jalean, como si el estado de gracia y de justicia fuese un balance mercantil, entre ETA y el Estado. Siempre como hipótesis, pero en serio, yo admito que todas las víctimas de agresión injusta son equivalentes, dignas por igual de consideración y reparación. ¿Lo admiten ellos? Yo diría que no, viendo cómo proceden.
Hasta ahora han ignorado por principio la dignidad de las víctimas de ETA. «No toca», decían. «Condenando no se arregla nada». De pronto, la consigna es que sí, que por narices nos tenemos que reconciliar. Pero aun ahora, el buen patriota de izquierda, antes de dar un pésame por una víctima de ETA, primero comentará en voz alta si lucía uniforme, placa policial; si ostentaba cargo público, liderazgo político; si escribía, en qué periódicos, si… «¿Lo ven? Era parte en el conflicto».
A falta de esos indicios escandalosos, al que sólo parece un simple cadáver de a pie, un pobre diablo colateral, todavía se le hurgará en los bolsillos, cualquier cosa vale, un papelito, qué ideas tenía, de qué pie cojeaba, cuál fue su «algo habrá hecho».
Todas las justificaciones del Holocausto, sin excepción, incluyen esa penosa tarea.

Religión
Pero, como digo, el último hallazgo del eusko-Humpty Dumpty es la exclusión del arrepentimiento, por su naturaleza ‘religiosa’.
¡Si sabrá de eso don Patxi Zabaleta! Por su boca, «Aralar asegura que el arrepentimiento que se exige a ETA es ‘religioso’»:

«No puede exigirse a los presos etarras que se arrepientan para acceder a beneficios penitenciarios, puesto que el arrepentimiento es un "concepto religioso"
El concepto de arrepentimiento es una cuestión de índole personal, individual, que no se puede transferir a la legislación… En la normativa, no existe ese concepto; porque no puede existir, porque es un concepto religioso… La objetividad legal exige que las cosas puedan ser comprobadas, y un arrepentimiento no puede ser comprobado nunca.»

¿En qué quedamos? ¿Por religioso, o por incomprobable? ¡Pero si da igual!:

1. Por sus estudios del seminario, el Sr. Zabaleta debe saber que ‘religioso’ no es lo mismo que teológico o sobrenatural. La ‘religión’ (religio), como la ‘piedad’ (pietas), entra perfectamente en la esfera secular, pues en definitiva es un concepto asociado a la naturaleza social del hombre. Por eso la sociedad civil y secular exige compromisos religiosos con el nombre genérico de ‘juramento’. No el del Catecismo de Astete, por supuesto, ni el de Scarlett O'Hara–«poner a Dios por testigo» etc. –; pero eso ya lo sabe Zabaleta. Por lo civil, un juramento no es más que un compromiso serio con la verdad. Y la verdad es lo más religioso que hay bajo la bóveda celeste.
2. Vamos ahora con lo otro: lo del arrepentimiento imposible de comprobar. A mí me da que también aquí le ayudan poco las nociones del seminario. Arrepentimiento se dice de muchas cosas, muy diferentes. A menudo se confunde con ‘contrición’, ‘dolor de corazón’ o mero pesar por el mal hecho o por sus consecuencias. Aquí no se trata de eso, sino del estado de ánimo que lleva al propósito de enmienda, la decisión firme de no reincidir.
¿Incomprobable? Como cualquier otro compromiso. ¿Qué diferencia hay entre «haré esto» y «no haré lo otro»? Cierto que hay hábitos que tocan a la ‘flaqueza humana’ –los pecados capitales, en general–, donde la reincidencia es más previsible o probable. No parece que sea el caso del  terrorista ‘arrepentido’, que decide dejarlo y colaborar con la Justicia. Parece que bastantes terroristas de hecho están arrepentidos en ese sentido, a falta sólo de que la disciplina de omertà se relaje. Figúrese,  yo creo mucho más en la reinserción de esas personas, que en la renuncia a la violencia de ETA/Batasuna, Bildu o Amaiur, por oportunismo, al calentón de las urnas. ¿No le ocurre lo mismo al Sr. Zabaleta?

Abrenuntio
La IA, tan criada a los pechos de la religión y al calor de sacristías, se ha quedado del cristianismo con la caricatura, y ha desechado lo más noble. La caricatura es el casuismo jesuítico que les lleva a la autojustificación del fariseo, complacido consigo mismo. Repudian en cambio el compromiso responsable: «No se puede servir a dos señores». Dicen que es religioso y no comprobable.
La iniciación bautismal, como bien sabe mucha Izquierda Abertzale, incluye una renuncia definitiva e irreversible a Satanás, sus obras y sus pompas. La renuncia del neófito (o sus padrinos) se complementa con un exorcismo.
Esto viene de muy antiguo. Y la pedagogía misionera a veces aconsejaba atar bien los cabos. A los germanos paganos, por ejemplo, el Diablo no les decía nada, no eran clientes suyos. Otra cosa era su vieja trinidad nacional, formada por Wotan (Odin), Thunar (Thor) y Fro (Freyr). ¡Renunciar a Thor, que les daba las las victorias! No había más remedio.
Copio de una fórmula de las más antiguas, de tiempos del Apóstol de Alemania, san Bonifacio (siglo VIII). Más antigua que las latinas conservadas. Aunque está en viejo bajo alemán se entiende perfectamente. El verbo ‘renunciar’ es casi como el inglés forsake;  ‘sociedad’ es gelde (como Gilde,  guild), ‘obra’ es wercu (como Werke, work), ‘palabra’ es wordu (como Wort o word). Con eso, a renunciar se ha dicho:

–Forsakhis du Diabolae? (¿Renuncias tú al Diablo?)
–Ec forsakho Diabolae (Yo renuncio al Diablo)
–End allum Diabol gelde? (¿Y a toda la sociedad del Diablo?)
–End ec forsakho allum Diabol gelde (Y yo renuncio a toda sociedad del Diablo)
–End allum Diaboles wercum? (¿Y a toda obra del Diablo?)
End ec forsakho allum Diaboles wercum end wordum: Thunar, ende Woden, ende Saxnote.
–Forsakhis du…?
–Forsakho…

A mí la fórmula me gusta. Secularizada, por su puesto. Y ese verbo,  forsacar. Basta de melindres y camelos, eso es lo que hay que oír, algo entendible y creíble:

–Forsaco a ETA. ¡Forsaco! ¡¡¡FORSACO!!!

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[Crédito de figura: Travis Louie]

lunes, 27 de febrero de 2012

Cambiazos



No parece que ‘eso’ tenga nombre en castellano. El Bächtold-Stäubli –el Diccionario Manual de las Supersticiones Alemanas–, en su crecido artículo Wechselbalg, dedica dos columnas a los equivalentes en distintos pueblos y latitudes de Europa, al norte de nuestro paralelo. Casi todos aluden al cambio. Changeling en inglés, Wechselbalg en alemán, dieron el neolatino cambio, -onis, algo así como ‘cambiazo’ o niño revezo.[1]
 Como el otro día escribí, el folclore universal registra el motivo del cambiazo del bebé. Un motivo con raíces en la psicología maternal. Un paso más, y esa preocupación se transforma en superstición: el hurtador es un maléfico, y el sucedáneo una criatura diabólica; un bebé llorón, glotón y apático, que la mamá cría por puro instinto, venciendo el horror y la repugnancia mientras ‘aquello’ viva, que no suele ser mucho. Ella no sabe, y aunque lo sospeche jamás reconocerá que lo que lleva en brazos no es lo que salió de su vientre. Alguien le dio el cambiazo.
A finales del siglo XV –traspasado el umbral de la Edad Moderna– la realidad de los Wechselbälgen era ya indiscutible, desde que el Martillo de brujas se ocupó de ellos, con el nombre de campsores (cambistas), en alemán Wechselkinder o ‘niños de recambio’.[2]
El libro estaba avalado por bula papal de Inocencio VIII [3]. Los autores, Institoris y  Sprenger, eran inquisidores dominicos, pero también profesores universitarios. No por casualidad.
 Y es que el tema de los Wechselbälge viene de perilla para entender por qué la Universidad Europea padeció alergia crónica a la Ciencia. Su ‘ciencia’ era sólo un Wechselbalg, un paquete sucedáneo pesado, devorador de energía, inútil y sin futuro. Por eso la verdadera Ciencia se crió, más o menos saludable, primero en semisótanos clandestinos, luego en academias, pero casi siempre fuera de las Facultades. O en ellas, pero de tapadillo, y nada bien vista. La disección de cadáveres humanos tuvo en jaque papal a facultades médicas heterodoxas, como Salerno. Galileo se llevó mal con el Santo Oficio, pero también con Pisa. El pobre Kepler, perseguido al alimón por católicos y protestantes, sobrevivió vendiendo horóscopos. Entre tanto, las grandes universidades bastante tenían con amamantar y mecer sus ‘cambiazos’: la tardo Escolástica en París, el Derecho bartolino en Bolonia, e cosi via.

Del niño revezo a la cabeza parlante…
Hace muchos años, en Málaga, el librero anticuario Antonio Mateos (cariñosamente, ‘Zapatones’) me mostró un legajo de opúsculos muy curiosos. Eran las típicas tesis y disputas académicas del Barroco alemán. Las había de Teología, Derecho, Medicina. También de Filosofía natural, según se entendía en el XVII: miscelánea erudita y abigarrada sobre lo curioso: el imán, los horóscopos, los duendecillos mineros (koboldos o cobaltos). Y cómo no, los ‘cambiazos’.
Ahora todo eso está en Google, y en parte se reedita. Entonces eran sólo rarezas caras, y como yo no podía permitírmelas, don Antonio tuvo la gentileza de prestarme unos cuántos títulos. Uno era la famosa Biga disputationum Physicarum de J. V. Merbitz, sobre los Cambiazos o Wechsel-Bälgen y sobre las Ninfas alemanas, las Wasser-Nixen [4].
La disputa que nos ocupa cubre 18 páginas. Se celebró, «con la venia de la Facultad de Filosofía de Leipzig, el 23 de agosto de 1671, defendiendo el maestro Merbitz y respondiendo Juan Gothofred Jahn, bachiller en Filosofía y estudiante de Teología».
¿Quién era Merbitz? Siempre buceando en la descomunal ‘Biblioteca Googeliana’, descubro un personaje extravagante:
Juan Valentín Merbitz (Dresde, 1650-1704), tras graduarse en Filosofía y Teología por la Universidad de Leipzig, sirvió en la de su ciudad natal y corte palatina (1676-1702), con cargo de conrector (vicerrector) al frente de la Escuela de Santa Cruz. Según eso, la disputa que tengo delante es de su primera época de Leipzig.[5]
Ahora bien, si su bibliografía habla de un individuo docto y polifacético, lo que de él impresionó a sus contemporáneos fue la inventiva mecánica, que en sólo cinco años le permitió poner a punto una estatua parlante maravillosa. Cualquier curioso, docto o llano, no tenía más que soplarle al oído cualquier pregunta, y la máquina con voz articulada respondía (¡atención!) en la lengua del preguntante, así fuese alemán, latín, francés, hebreo, griego. Hasta vascuence, supongo, pues la noticia no pone límite.
Si esto ya es admirable, lo que sigue pone a prueba toda credibilidad. Porque la estatua de marras también adivinaba:

«Una vez, en broma, una damisela de Dresde tuvo el atrevimiento de consultar con la estatua:

–Cuándo yo me case, ¿con quién compartiré lecho nupcial?
Mit einem Hauptmann. Con un capitán, mi graciosa señorita.

Cinco años después así se cumplió al pie de la letra.
 ¿Algo más? ¡Lo nunca oído! El androide detectaba secretos:
Cierto empleado de la ilustre corte de Polonia-Sajonia le susurró algo a la oreja. La estatua respondió en voz alta:

Höre zu! Ich will dir etwas verborgenes, so niemanden als dir bewust sagen. (¡Oye, tú! Lo que voy a decirte es un secreto que sólo a ti interesa y a nadie más).
Perplejo, el cortesano aplicó el oído a la boca que hablaba, y lo que escuchó le hizo exclamar:
Das hat dir der Teufel gesagt, das weiss niemand, als Gott and ich. (Eso te la ha dicho el Diablo, porque no lo sabe nadie más que Dios y yo).

Piense allá cada cual, nosotros registramos lo que oímos de varias personas de lo más fidedignas.»

La anécdota se entiende mejor sabiendo que Merbitz fue, por algún tiempo, Informator (asesor) del Príncipe Heredero de Polonia-Sajonia. Así, el artífice no olvidó enseñar a su estatua o cabeza parlante el ABC de los secretos oficiales.
De hecho no es difícil entender que el invento de Merbitz era un simple juguete, muy de época, para animar el salón del joven príncipe. Era el truco clásico de la estatua unida por tubos acústicos a la cámara oculta donde residía su voz y su entendimiento. [6]
Merbitz no se detuvo ahí. En la misma línea de progreso ‘científico’, él quería para su público etwas anderes, algo distinto y se embarcó en un proyecto más ambicioso. Dos estatuas parlantes, una de alumno preguntando, otra de maestro –él mismo, por qué no– respondiendo, desarrollarían en voz alta cualquier tema de omni re scibili, para instruir deleitando.
Hoy no tenemos más remedio que admirar la clarividencia de Merbitz. En vez de libros, autómatas audiovisuales. Un paso más, e inventa la televisión. Qué digo, audiovisuales; oigamos esto: «sus estatuas no sólo hablaban, sino que el aliento les olía, bien o mal, según el tema de palique». Olor a ajos de víspera y puchero enfermo, para disertar sobre el vicio; aroma de canela, rosa, jazmín y mirra, para recomendar la virtud. ‘Audiovisuosmático’, lo llamaría yo, si no fuese por la mezcla de latines y griego.
Por desgracia, aquel genio adelantado a su época no llegó a poner a punto la pedagógica pareja de androides, por culpa de un ictus apoplético fatal. Ocho años de trabajo perdidos. Se ve que su otra estatua locuaz y adivinadora del futuro, por envidia o por compasión, no quiso avisarle de que perdía el tiempo.
Él mismo, tras mantener por unas décadas nicho propio en los templetes de la Fama, cayó en olvido igual que sus ingenios. Si hoy me acuerdo de él, es gracias a otro de aquellos pliegos de cordel del legajo malagueño.
Porque todo lo dicho, por uno u otro cauce, me lleva a otra disquisición académica sobre… ¡exacto!: Las estatuas parlantes; mantenida en la Facultad de Filosofía de Leipzig por Conrado Pedro Meister, estudiante de Teología, el 21 de enero de 1705. [7]
Meister clasifica y discute los casos de andriantolalia (cháchara de estatuas) en la leyenda y la historia, sagrados y profanos, , auténticos y fraudulentos, antiguos y modernos. Hacia el final, obviamente, dedica toda una página al «nuevo Dédalo que superó el fallo de la antigüedad añadiendo el habla a sus ingenios, fallecido el año pasado», etc. etc.

… y retorno
 Volviendo a Merbitz y su disputación de los Infantes Supositicios, vulgo ‘Wechsel-Bälgen’, debo adelantar que, para nuestra curiosidad, no sostiene comparación con la de Meister sobre parlería estatuaria. Y la razón es simple: el autor se deja de historias para ir al meollo, de qué naturaleza son los tales ‘niños’.
Porque relatos los hay para todos los gustos, hablando unos de criaturas verdaderamente humanas, otros de diablos en forma de niños, o bien de criaturas infrahumanas, bichejos, incluso muñecos de carne; o ni eso siquiera, pedazos de carne inerte, troncos de madera, envoltorios de trapo… Tiene toda la razón. Claro que había niños sanos, fuertes, guapos,  cambiados por otros feos y enfermos. Claro que había y hay hidrocéfalos, cretinos, raquíticos. Y cuántas madres medio locas no habrán estrechado y acunado los bultos más raros.
Centrémonos en lo que importa, se dice Merbitz. Y lo que importa para un teólogo como él –un profesor que dejó inédito un tratado sobre La procesión del Espíritu Santo, ahí queda eso– es qué hay de verdad sobre los ‘hijos del diablo’.

       1. Porque es cierto que «hay demonios íncubos y súcubos». Lo íncubos, ya se sabe, y por si acaso, lo explicó san Agustín [8], son de una parte los que los médicos llaman efialtes, tapones en el ventrículo cerebral, causantes de pesadillas, que para la mujer pueden representar un macho corpulento con intención nada buena, como explica Pablo Egineta. Frente a esas fantasías están  los íncubos reales, seres en forma viril que cumplen como tales; y aquí vienen entre otras la autoridad de Martín del Río.[9] Como también los súcubos reales –‘súcubas’, más bien–, como las lamias y otras diablesas.
Aquí arrasa la autoridad de San Agustín, un teólogo que no podía ver diablos ociosos o en desempleo, pues nada hay como un chivo expiatorio para justificar los males del mundo. Añádase la afirmativa de Tomás de Aquino, y el problema de los auténticos ‘cambiazos’ está en el bote.
Al efecto, los demonios tienen cuerpo sutil, o bien lo improvisan, o lo toman prestado. [Aquí el autor aprovecha para meter una estocada a los ‘papícolas’ por lo del Purgatorio. Él es protestante, lo que no le impide alinearse en esto con católicos, como el dominico Sprenger y su Martillo, o con Del Río, jesuita.]

2. Ahora bien, «de tal coyunda demoníaca no puede nacer prole, sí más bien un cuerpo sin alma». El autor confiesa su pudibundez juvenil, pero venciendo su curiosidad a la vergüenza, con la venia de su público, se atreve a discutir el tema y refutar a autores tan serios como Reginaldo Schott y su Física curiosa.
No, y mil veces no. Un súcubo, por mujeril que parezca, no puede tener el complejo aparato reproductor femenino para llevar a término un feto. Los íncubos por su parte, ya se sabe, hurtan semen humano, pero cuando lo eyaculan está frío. Porque los demonios son fríos, y así lo reconocen las brujas que tienen contacto con ellos.

3. Según eso, «los niños revezo no son seres humanos, sino diablos moviendo un cuerpo formado con semen y sangre de la madre, o apañado de donde quiera de los espacios sublunares».
El fenómeno (dice) fue muy común en la antigüedad, aunque con la difusión del Evangelio las cosas han cambiado y casi no se da. En todo caso, al autor sólo le interesan los auténticos ‘cambiones’, los que de humano sólo tienen la piel.
¿Qué es, entonces, de los niños robados? Por lo visto, según se deduce de historias judías, hay un género de diablos, los Lilith o lamias, con instinto de crianza, que por ello acechan a los niños sin bautizar. ¿A qué efecto?
Y aquí viene lo estupendo, tal como lo cuenta otro dominico alemán, Juan Nider, en su libro El Hormiguero (h. 1435/37), puesto en boca de brujas:

«¿Que qué hacemos con los niños? Pues mire usted, señor padre inquisidor, les guardamos escondidos; y como no están bautizados, los cocemos un una caldera, hasta que desprendidos los huesos, la carne casi toda se vuelve sorbible y potable. De la parte más consistente fabricamos un ungüento adecuado a nuestros caprichos, artes y transmutaciones. Y de lo más delgado y líquido llenamos un frasco o una bota, que bebiendo de ello con unas pocas ceremonias los iniciados se vuelven maestros de nuestra secta.»  

Buen provecho, padre Nider. Y termino, pues va siendo hora. Grima da ver a aquellas universidades cargando con semejantes ‘paquetes’, en vez de aplicarse a la Ciencia. Ojalá las cosas hayan cambiado.
Y a todo esto, ¿en qué me toca pensar mañana? Ninfas acuáticas, Estatuas parlantes, Íncubos y súcubos… Las fantasías se traban como cerezas. Así es como nacieron las Mil y una noches.
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[1] H. Bächthold-Staubli / E. Hoffmann-Krayer, Handwörterbuch des deutschen Aberglaubens. De Gruyter, Berlin / New York, 2000, B. 9: 835-864; B. 10 (Register): 388.
[2] Malleus maleficarum (1487), p. 2, q. 2, cap. 8; ed. Francfort, 1588,  p. 471-473.
[3] Inocencio VIII, bula Summis desiderantes (1484).
[4] Biga disputationum Physicarum, quarum Prima de Infantibus Supposititiis, vulgo ‘Wechsel-Bälgen’, altera de Nymphis Germanis ‘Wasser-Nixen’. Incl. Facultatis Philosophiae Lipsiens. indultu publice habita a M. Joh. Valent. Merbitzio, Dresdensi. MDCLXXVIII. (Es reimpresión, «por escasear  ejemplares»).
[5] Una lista resumida de sus sus trabajos daría idea de su polifacetismo, pero no hace al caso. Baste recordar aquí su dedicación a la Germania de Tácito, tan tomada en serio por los humanistas alemanes para su ‘construcción nacional , y de la que Merbitz hizo una edición comentada.
[6] Este sistema de telefonía neumática llegué a conocerlo siendo escolar en un colegio de Bilbao, y funcionaba de maravilla. 
[7] De loquela imaginum: Disquisitio Academica... in celeberrima Lipsiensi Academia die XXI Jan. MDCCV... praeside M. Christiano Flemig, Gubena-Lusato, proponit respondens Conradus Petrus Meister, Weissensea-Thuringus, S.S. Theologiae Studens. Lipsiae, I. Titii. Algunos repertorios atribuyen la disertación a Christian Flemig que, como se ve, no hizo más que presidir el acto.
[8] La Ciudad de Dios, l. 15, c. 23.
[9] Disquisitionum Magicarum, l. 2, q. 27, sec. 11.

Acreditación de figura: Der Wechselbalg, por M. Steinmetz (detalle).


lunes, 20 de febrero de 2012

Dos hombres para una lengua



El euskera rara vez es noticia, sólo letanía. De higos a brevas tiene su paseíllo triunfal un Elortza irreducible en su euskolonoskopia. O bien, se airea que si Bildu quiere censar a su cabaña euscalduna y marcarla con doble euskolábel de kalitatea (KK), y cosas así. Aunque el notición-notición –el que todos esperamos más que al Mesías prometido– sería la partida contable del Nosferatu este del vascuence; la encabezada con el eufemismo ‘política lingüística’.
Mientras tanto, la semana pasada nos ha brindado una conjunción noticiable y de lo más curiosa, por tocar a los extremos más opuestos de la sociedad: la dignidad que encarna Patxi López como lendacari, por arriba; y en el otro polo un delincuente común, terrorista convicto de ETA, un tal ‘Txirula’.
El brillo de esa conjunción por poco eclipsa un tercer dato, no menos interesante a la clarificación de la misma cuenta, a saber: lo gastado en la liberación lingüística de Osakidetza (el Servicio de Salud vasco).
Aparte la coincidencia en el tiempo, la triple noticia converge en delatar la situación grotesca que vive este país, a cuenta de la lengua propia. Vamos con lo primero.

El imposible intentado
Como digo, mientras hacemos cábalas sobre lo que engulle y pesa este ‘cambiazo’, este changeling o Wechselbalg [1] en que se ha convertido el vascuence, por la manía identitaria, bien está que se sepa lo que nos cuesta euscaldunizar a nuestro conciudadano más ilustre.
Cuesta escribir sobre estas cosas.  Aquí todo lo relativo a ‘normalización’ nacionalista nos parece normal, es la consigna. Pero los extraños no entienden nada. Para darles una idea, euscaldunizar a un lendacari es como darle clases de latín al Papa, o enseñar hebreo al Espíritu Santo.
Todo viene de cuando Patxi López fue cazado por sorpresa en el manto de armiño que le echó sobre los hombros el PP vasco. Tan orgásmico fue el evento, que el socialista transmutado en lendacari tuvo un subidón de responsabilidad, de esos que por falta de experiencia llevan a hacer y decir cosas irresponsables. Así Patxi López hizo voto o promesa de ponerse a estudiar vascuence, entre el estupor de los vascos en general y la rechifla del mundo aberchale.
Se supone que una declaración así compromete a algo más que estudiar los rudimentos de ‘Gramática agurzale’, o ‘El euskera en cuatro días. Y que, si no dominar una lengua reputada difícil, el declarante pretendía hablarla con cierta soltura, antes de concluir su mandato. Y esto es dentro de un año.
Tamaño compromiso suponía gran dedicación. No recuerdo si habló de tiempo laboral o libre, todos entendimos lo primero. Nada de inmersión lingüística, aunque tampoco chapuzones ni aguadillas.  Algo más serio, bajo tutor bañista particular altamente calificado.

La decisión del lendacari socialista no era nueva. Su antecesor, Juan José Ibarretxe, se valió del mismo método para suplir su deficiencia con la lengua vasca. Ya entonces se dio por supuesto que la euscaldunización de un lendacari la costea el erario, y por cierto muy generosamente, como debe ser en cosa tan nueva y delicada. Pero lo de Ibarretxe fue más discreto, y no dio tanto que hablar. Qué digo, todavía mucha gente cree que el de Llodio entró aprendido en Ajuria Enea.
Lo de Francisco Javier no tiene comparación con lo de Juan José. Y aunque la tuviere, mejor ni mentallo. Porque no estamos hablando ahora de esprit,  ni de elegancia interior, ni mucho menos de principios éticos; que ahí sí que cabría  quimera entre caracoles. Hablamos de estudiar vasco. Hablamos de estudiar. Y Juan José ha estudiado.
Después de todo, Ibarretxe es un individuo tesonero, pedalero; con ideas tan elementales como fijas, no un veleta. Para él, como nacionalista, poseer la lengua matriz de su imaginario era deber moral, algo que él se debía a sí mismo, y un gesto público de valor político. Habría sido ‘dinero bien gastado’, si la expresión aplicada al vascuence no fuese de entrada un oxímoron.
Claro que esto fue al final de tres mandatos –más otro anterior como vicelendacari–; pero tuvo mérito, sostener en euskera, sin trabucarse, un debate televisado en directo, frente a adversarios duchos. Uno de ellos nada menos que Andoni Unzalu, reconocido euskaltzale.
El Sr. López Álvarez no tiene por qué tener los motivos de un Ibarreche Malquartu [2]. Él no es nacionalista (se supone), y no deberían resonarle en las tripas las estremecedoras ‘voces ancestrales’.
López además lleva fama de estudiante poco estudioso –no sé si en la categoría escolar de ‘vago’, o sólo un ‘flojo’—, nada perseverante en la carrera que emprendió, y sin afición especial al vascuence. Llamarse ‘Patxi’ (el antiguo ‘Pacho’) no es argumento de esto último. ¿Que se le da el saxofón? Pues mejor para él, su rival es bueno con la bicicleta [3].
Y luego está la cuenta de resultados. Entre pitos y flautas, el propio lendacari reconoce que hace bastantes ‘piras’. (Pregunta obligada, señor Fiscal: ¿Repone el dinero? ¿O le vale que, como él ha dicho en entrevista concedida al periódico Gara, «Euskadi tiene también otras prioridades», incluso más priores que ésta?).

Tirar dinero
Esta pregunta nos lleva a un enfoque más general del caso: el por qué y para qué de ese gasto. Respecto al ‘porqué’:
1º. Para ser lendacari no se exige ser euscalduna, ni prometer serlo, por ningún imperativo legal. Por tanto, la decisión que un lendacari tenga de euscaldunizarse es cosa suya, y debe pagarla de su bolsillo. Que su partido le resarza, si así les conviene.
2º. Si hubiese algún interés y bien público en que un lendacari se euscaldunice –o perfeccione su vascuence, si ya es euscalduna–,  debería aplicarse la norma general: liberar al funcionario lendacari (total o parcialmente) y una de dos, o promover a un vicelendacari, o mejor, abrir concurso para nombrar un sustituto que desempeñe la lendacaricha mientras dure el aprendizaje.
Todo lo demás es malversación de fondos públicos, que es lo que se hizo con el lendacari anterior y se repite con el actual.
Lo del ‘para qué’ ni lo discuto, porque es entrar en juicios de intenciones sobre una decisión personal. Importa un bledo qué movió a Patxi a comprometerse con el euskera. Cualquier respuesta que se nos ocurra lo pone peor.
Por ejemplo: lo último que cabría esperar incluso de un botarate es que se tome la lendacaricha por jubilación anticipada, y piense que la entrega de llaves de Ajuria Enea es el mejor momento para emprender lo que siempre se deseó y no se hizo por falta de tiempo. Que es lo que reprochan a López sus adversarios políticos, en especial sus ‘enemigos oficiales’, la izquierda aberchale.
Por ejemplo también: lo penúltimo que debería esperarse del Sr. López es que se aplique al vascuence por cubrir apariencias, por parecerle que así complace a dichos adversarios. No tiene más que echar un vistazo a los comentarios que ellos vierten sobre él y su euskera (los jocosos, de los otros ni caso), en periódicos y en blogs.  
Conste que estas consideraciones valen por igual para uno y otro lendacari: para el aprovechado Ibarretxe y para el proficiente (esperemos) López. Porque aparte del lucimiento personal en aquel debate televisivo, no sé qué uso hará hoy aquél de su vascofonía, ni qué nos importa ya que siga o no practicando, si ya cuando era lendacari daba lo mismo.
Y vamos ya de una vez con

‘El amante bilingüe’
Así es como ha llamado mi admirado amigo ‘Luigi’ al etarra Daniel Pastor, (a) ‘Txirula’, a propósito del accidente sufrido en la Audiencia Nacional, y que yo también en juego de palabras me atrevo a calificar: ad perpetuam rei memoriam («para perpetua memoria del reo», para eterno ridículo suyo y de su cosa).
Pastor con sus compinches ya dio la nota en enero, en la vista de su causa, en una de las habituales representaciones programadas para humillar a la Justicia. De paso también ver si un magistrado, juez o jueza pierde los estribos, para impugnar los autos. Inconvenientes que, supongo, se podrían remediar con un protocolo más estricto sobre comportamientos en Sala. 
Si aquello fue indignante, lo del viernes 17 ha sido la repanocha. En su turno de última palabra, donde al parecer tenía que pronunciar un texto memorizado en vascuence, el tal ‘Txirula’  desmintió su apodo quedándose en blanco, y este fue su balbuceo:

–«Querría decir algo en euskera, ese idioma que tanto quiero, y no lo puedo hacer, porque no lo controlo
El resto fue echar la culpa a los guardias que le custodiaron, porque «con su sentido del humor no le habían dejado descansar». Por esta razón (añadió):
–«No me encuentro en disposición física para hacerlo.»
Ahí lo tenemos: un hombre joven que se supone escolarizado en el modelo D –esa panacea infalible hasta para el pelotón de los torpes–, que frustrado tal vez en su fracaso escolar, cambia la gramática vasca por la pistola y la bomba lapa, para que un día el euskera sea nuestra lengua querida, propia, materna y única, que todos los demás ‘controlemos’.
El desgraciado, que en prisión ha tenido tiempo para estudiarse y mudar su estética –como se aprecia en las fotos–, no lo ha encontrado para memorizar un breve parlamento con las cuatro frases derrigor en vascuence.

Suele ocurrir. Hay buenos comparsas mudos, buenos también para gritones ‘malditos’, pero que como solistas la ciscan (con perdón). Repetir, repetir, repetir…; y en el momento crítico:
–«Señorate, el chocolito.»
O peor (gallo incluido):
–«¡¡¡Viva Quirlos Canto!!!...»

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[1] Wechselbälgen (‘cambiones, cambiazos’): En la superstición germánica y europea general, criaturas espurias que suplantan a los niños de pecho secuestrado por diablos, brujas o lamias, sin apercibimiento de las madres. Éstas los amamantan hasta secarse, dada la voracidad del pequeño monstruo, que crece desmesurado y deforme. En inglés los dicen changelings, y el folclore astur-galaico habla de xaninos. En vascuence no lo sé, ni veo que Azkue los mencione, si no es muy de refilón, hablando de bebés y niños llorones. Porque otra gracia de esos niñatos era que berreaban a destajo. Cfr. Martín del Río, La magia demoníaca (ed. y notas de J. Moya), Madrid, 1991, págs. 320-321.
 [2] Marcuartu, variante de Malcuarto, el siguiente de Maltercio (y si se quiere, el  anterior a Malquinto). Nada que ver con arto, artu, el panizo o maíz. Es gente un poco  como familiar mía. Caserías en la parte de Luyando.
[3] Tocar el saxófono en Ajuria Enea podría hacerse tradición, pero de momento hay quien le suena tan antivasco y tan sacrílego como el oboe de Guernica.