viernes, 13 de enero de 2012

Kolosala




Como en el III Reich –salva proportione–, ya todo despliegue de masas será aquí kolosala, por imperativo legal. Todavía recuerdan los humanos la más reciente y colosalísima manifestapena, el 7 de enero, colapsada la villa de Bilbao por una avalancha de 300 autobuses.
¿Que cuánta gente desfiló? 15, 30, 60 mil, ¿eso qué importa? Estaban los que debían. No tiene sentido poner a lo colosal límites numéricos. Las guerras de cifras bien están para las manifestaciones de humanos mortales, no para el plebiscito sobrehumano que el Pueblo autoconvoca y a la vez promulga como kolosala.
Me ha llamado la atención esa palabra. Pero no por sus resonancias germánicas que digo, sino por su novedad en vascuence. Los puristas la han usado parcamente y en los diccionarios apenas si entra. Mi admirado Ibon Sarasola ni la registra. No voy a entrar en el porqué.
Y hete aquí que, de pronto, una manifestación se anuncia a bombo y platillo como que «ha de ser colosal» (kolosala izango da).
El lema, en vascuence, es el título de un relato de Joseba Sarrionandia (2003), situado en la Guerra civil. Y no deja de ser curioso que se refiere… al Krone. Al gran Circo Krone alemán que, para sobrevivir en la crisis de los 30 a base de giras, puntualmente nos visitaba, con gran expectación de los niños de mi edad, como el pequeño héroe de ‘Sarri’. Hasta la II Guerra Mundial, en que el circo pierde su alma –Carl Krone Jr. († 1943)–, y luego se eclipsa.

Colosal
La afición al léxico y al alma de las palabras  invita a fijarse un poco en ésta. ¡Cómo nos atraen y nos distraen los colorines que la lengua viva pone en sus figuras de escayola, que son las palabras!
‘Colosal’ no es lo mismo que grande ni grandioso. Implica desmesura, y de ahí para arriba, los ingredientes de efecto para impresionar, sobrecoger, apabullar, despertando admiración no exenta de papanatismo.
El colosalismo fue típico del arte egipcio en su vertiente propagandística, herencia de las construcciones megalíticas. Colosalidad y propaganda han ido muy unidas en edificios y en estatuas.
Por otra parte, colosalismo y kitsch tampoco se llevan mal. El Coloseo o Coliseo asombra por su mole, su técnica y su arte, ¿para qué?: todo ello al servicio de los espectáculos más brutales y de menor calidad artística que inventó Roma decadente: gladiadores, fieras,  naumaquias.  A su lado, el circo con sus carreras, exhibiciones ecuestres y de animales sabios, sus acróbatas, era refinado. Y no digamos el teatro.
‘Coliseo’ y ‘colosal’ vienen de coloso, estatua gigantesca. De hecho, el Coliseo romano se llamó así no por su grandeza propia, sino porque tuvo al lado un Nerón colosal en bronce.
Pero la palabra en sí, ‘coloso’, es de origen incierto. Hay quien lo ha buscado en el egipcio antiguo; y en verdad Heródoto sólo la aplica a estatuas egipcias. Otros miran a la ciudad de Colosas (Κολοσσαί), en Frigia. Pero su población, muy venida a menos, de poco podía presumir salvo de tintorería lanera, cuando alguien a nombre del Apóstol Pablo escribió a los colosenses una epístola que figura en el Nuevo Testamento.

Excursión a Palestina con desvío a Veleia
‘Coloso’ en griego se decía κολοσσός,  o κολοττός en dialecto ático. A mí esta forma siempre me ha recordado a Goliat, el gigantón filisteo vencido por David (1 Samuel, 17). Pura especulación mía. No obstante, especulemos un poquito, no pasa nada.
David y Goliat pudieron haber vivido hace 30 siglos, y todavía mucha gente sigue llamándose David. Goliat es más raro en personas, aunque tampoco desapareció así como así. Hace más de 70 años se descubrió en el N de Sinaí una inscripción bizantina del siglo VII con un nombre extraño. Era un trozo de estela funeraria que un tal Golot, hijo de Diocleciano, dedicó a su hijo Esteban, fallecido el 1 de mayo de 668 o 670. Los filólogos relacionaron a este Gôlôt  (Γωλωτ) con el viejo Goliat de la Biblia, cuyas vocales en realidad no son seguras.

Olvidado tenía yo a ese buen señor y buen padre, cuando veo que su nombre vuelve a sonar en relación con hallazgos recientes. Se trata de un par de tejoletas grabadas –lo que los arqueólogos llaman ostracos– de probable origen filisteo. Una de las piezas es de Gat y podría datar del siglo X a. de C. ¡De Gat, la mismísima patria chica del Goliat bíblico, y más o menos de su tiempo! Demasiado. La escritura (sin vocales) podría leerse GLWT o GLYT.
Por si fuera poco, el mismo nombre podría leerse en otra pieza de Khirbet Quiyafa, 30 km SO de Jerusalén, colina fortificada dominando un entorno del que se nos dice, nada más y nada menos: «En esta área tuvo lugar una de los batallas más famosas del mundo (sic), la librada  entre David y Goliat». Colosal, por tanto.
Al contemplar este par de reliquias es inevitable el recuerdo de nuestra Veleia, con sus ostracos y demás imposturas forjadas para apuntalar el identitario vascongado nacionalista. Un fraude, por cierto, con extremos por esclarecer y responsabilidades sin depurar hasta la fecha.
¿Son de fiar los hallazgos filisteos?
La verdad, teniendo en cuenta los puntos débiles de la Arqueología en Israel, tan mal guiada durante décadas por prejuicios nacionalistas como los de por aquí, hay que andar con pies de plomo. Además, una cosa es cada ostraco en sí, y otra la lectura e interpretación de lo escrito, mucho más subjetiva. En todo caso, nos daríamos con un ostraco en los dientes si los ‘hallazgos’ de Iruña/Veleia hubiesen sido objeto de análisis técnicos tan rigurosos como los que parecen usados en estas campañas judías de los años 2007-2011.

El Coloso de la Entrepierna
El Coloso por excelencia fue el de Rodas. Se contó entre las Maravillas del Mundo, más que por otra cosa por su gran tamaño, para ser una estatua de bronce. Porque desde luego, lo de situarlo sobre el ostial del puerto, abierto de piernas para dejar paso a las trirremes, es fantasía pura.
Pero una fantasía muy sugerente. Cuando se habla de manifestación colosal, como la del pasado día 7, y a la vez se pretende que representaba a todo el auténtico Pueblo Vasco, reclamando perentoriamente al Estado lo que éste no puede dar, se evoca de forma subliminal el Coloso  pasándose por la entrepierna o arco de triunfo todo aquello que no le gusta, porque no emana de su albedrío. Hoy es el Código Penal, mañana otro día será la Constitución Española, el Estado español. Europa, la propia Carta de las Naciones Unidas, ándense con ojo, si por lo que sea dejaren de complacernos.
«Kolosala izango da». Toda la reivindicación programada estos días en torno a los ‘presos políticos’ de ETA invita a pasar por alto el origen circense del lema tomado de ‘Sarri’. Busquemos otro espacio imaginario. La entrepierna del Coloso, por ejemplo.
Así la más kolosala de todas las manifestaciones de la Historia vasca no pasará al Guinness por su magnitud; ni de eso se trata, si el objetivo es humillar al Estado. Si cuela, cuela. Todo depende del tamaño relativo. Si el Derecho se encoge, si el Estado se achica lo suficiente, claro que pasará bajo el perineo de un figurón que tampoco es excesivamente grande, porque no lo aguantarían sus pies de barro.



jueves, 5 de enero de 2012

‘O herrar, o quitar el banco’




El 20 de diciembre Iñaki Antigüedad hizo su pinito de Historia al estrenarse como diputado portavoz de su coalición Amaiur, admitida al Congreso por sentencia del Tribunal Constitucional no menos histórica, con éxito electoral sin precedentes. Se explica así que su intervención fue estelar, escuchada religiosamente, no tanto por mérito oratorio como por la novedad de lo nuevo.
Me quedé con esta frase suya: «No vamos a reclamar aquí la independencia». Repetida un par de veces, a más de uno debió de sonarle a moderación o pragmatismo; algo así como, «no es aún el momento, aunque todo se andará».
Sin embargo, el orador no iba en esa dirección. Fijarse bien: «a reclamar,  aquí». Para éstos, la independencia de Euskal Herria no está a merced de España ni de  Francia, como algo que esos estados pueden otorgar. En su día y a su hora, la nación vasca declarará su independencia unilateral sin pedírsela a nadie, en mero ejercicio de su innata soberanía. «Eso es cosa nuestra, de nuestro ámbito de decisión», como aclaró luego el mismo tribuno.
Muy distinto es –y a eso sí que «venimos aquí» y a donde haga falta– exigirle a Madrid que reconozca ese «ámbito vasco de decisión». Lo mismo que, también aquí y con apoyo de Batasuna, vino a reclamar en su día Ibarretxe, para montar un referéndum de cara a Europa y a las Naciones Unidas.
Este aviso a España tiene su miga, en la situación en que Zapatero ha dejado encallada la cuestión vasca. Con una ETA inactiva, aunque armada y no disuelta, y su brazo político convencido de estar en condiciones de negociar de igual a igual con el Estado, cualquier desaire del nuevo Gobierno Rajoy puede interpretarse como faltar a la palabra dada –pues ya se sabe que esos compromisos se heredan con la transmisión de poderes–, y en rigor desvincularía también a la propia ETA de su compromiso unilateral con la paz.
¿Cuándo y cómo se sabrá la hora de Euskal Herria? La lógica invita a esperar a las próximas elecciones autonómicas, que de suyo tocan en 2013. El objetivo de ‘Bildu’ –mejor como ‘Sortu’, con nuevo favor del Constitucional– es ganarlas y sacar lendacari propio, llámese Otegi, Urrutikoetxea o como se llame.
Entretanto, el día a día va a ser lo que el mismo Antigüedad anunciaba: «Si hay que atornillarse a la mesa hasta el amanecer, vamos a estar». Estar a su manera, se entiende: estar a las maduras. Ellos siempre de acreedores agraviados. En todo momento, ellos habrán adelantado largos pasos, nunca correspondidos con suficiencia por el Gobierno. Es como lo de ‘Aquiles y la tortuga’, sólo que al revés: el Estado-tortuga jamás alcanzará a Aquiles-ETA/Batasuna… A menos que el quelonio dé media vuelta y se mueva en sentido contrario, cosa que por ahora nunca ha hecho.
¡Y nos quedan 14 meses de legislatura, qué espanto! El victimismo abertzale tendrá tiempo de dar varias veces la vuelta al globo. Veremos si Mariano Rajoy se mantiene a la altura de su tan celebrado desplante inicial: «Yo a usted no le debo nada». Al diputado Iñaki Antigüedad, desde luego, no. A Batasuna-ETA, ya se verá cuando vayan apareciendo las facturas.

Independencia, ¿para cuándo?
Cuando Doña Ocasión va de pelona, dejarla pasar tiene disculpa. Pero de ofrecerse luciendo copiosa cabellera, no habría más remedio que echarle el guante: elegir balcón, enarbolar una icurriña y decirle agur a España. Cualquier vacilación delataría lo que es bien cierto y harto sabido: que la independencia se desea, pero no tan pronto. De hecho ahora mismo, en esta coyuntura, no hay ninguna prisa.
Y como no hay prisa, de algún modo hay que entretener el tiempo. Un buen sudoku son los presos y sus familias, dispersión, acercamiento, libertad. Lo ideal (de boquilla) sería una amnistía, pero es difícil. Además, ¿qué haríamos ahora con tanto preso a la intemperie? Que se vayan aproximando, que vayan saliendo, que se note. Y cuanto más dure la matraca, mejor.
Ahora bien, caso de ganar un nuevo pulso electoral y, quién sabe, con un Estado poco firme, la operación de paso al límite sería improrrogable, pongamos de aquí a un par de años. Porque si la izquierda radical recibe tantos votos, no es por su garantía de buena gestión, nunca acreditada, sino por su talento político. Nadie espera con fundamento que gobiernen con fundamento, sólo que cumplan las expectativas que ellos han creado. Lo suyo es tocarle las narices al Estado, en eso son magistrales. Pero seguir en ese mismo  plan desde el poder sin atreverse al órdago sería frustrante para una masa en estado galvánico transitorio.
 En todo este negocio de la independencia hay una cuestión no desdeñable. ¿Cuánta gente hay detrás? ¿Cuántos líderes van en serio a ella, sin reservas mentales? Yo creo que no se sabe. Y no sólo a falta del dichoso referéndum, sino porque nadie ha formulado la pregunta adecuada.
El ‘Plan Ibarretxe’ ciertamente no lo hizo. Aquella consulta previa o preparatoria que planteaba, sobre nuestro «derecho a decidir», aquel ejercicio inútil de tautología, hecho suyo ahora por la izquierda abertzale, sería sólo una táctica de balones fuera. Porque con una sociedad tan compleja como la vasca, y con vistas a un evento de independencia, la pregunta o preguntas dignas de un referéndum vinculante dan vértigo.
Un sofisma muy corriente, gracias a la propaganda, es suponer que la tesis independentista está clara. Y en abstracto puede que sí, la gente entiende de qué va. Lo dicho: «Agur España!». En ese sentido muchísimos vascos ya se sienten, creen y autoproclaman ‘no españoles ni franceses’, por tanto independientes. Muy bonito, pero hay que bajar del nimbo a la realidad.
La gestación de un nuevo estado serio se supone que lleva aparejado mucho estudio. Por pequeño que sea ese estado, es un macroproyecto que da para muchos especialistas jugando con muchísimos datos y guarismos.
Según eso, en la hora actual del proyecto vasco, los escaparates de las librerías y los quioscos deberían estar repletos de monografías rigurosas, de síntesis divulgativas, de información algo más jugosa que los textos de las pancartas a favor de la independencia. ¿Alguien ha visto algo de eso? Yo no. Es más, he buscado en Google; por ejemplo, he cruzado lemas como “futuro estado vasco” con “previsiones económicas”, obteniendo por toda respuesta… RafaelaVilchez, especialista en tarot. Comprueben

Me da, por tanto, que o no hay tantas prisas como se quiere hacer ver, o si las hay es para que cogidos de las manos nos tiremos al vacío.
El sofisma de la idea clara se conjuga peligrosamente con otro sofisma sobre la democracia infalible. Se enuncia así: «El pueblo decide,  luego no se equivoca». Cada día hay gente haciendo cábalas con los síes y los noes, por las distintas áreas de Euskadi y Navarra, de donde resulta que algunas ya están mayoritariamente por la independencia. En Guipúzcoa incluso se podría diseñar una circunscripción visible en el mapa y desde satélite –lo que algunos llaman con zumba ‘el Bildustán’–, que no estaría mal para un primer ensayo de estadillo independiente, antes de comprometer a todo el resto en una aventura de riesgo irreversible. Si les va bien, allá que vamos todos.
Sin broma. No estemos tan seguros sobre la infalibilidad de las masas. Hablando por mí, cada vez que veo una gran manifa de ‘independentzia’ pegando los gritos de rigor, con todo el entusiasmo propio de pechos patrióticos, pero sin más sustancia intelectual que la que se pueda escurrir retorciendo la sábana de cabecera, me acuerdo del ‘Flautista de Hamelin’, versión poética del destino del lemming y otros roedores. Pienso también en la Cruzada de los Niños.
No es faltarle a nadie, no es denigrar la democracia. Es un recelo legítimo de que tanta gente de buena fe pueda tal vez estar desinformada o engañada. La voluntad de independencia  es fruto de un trabajo tenaz, que en política es agitación, propaganda, con  mucho de seducción, intoxicación, reflejo condicionado, consigna. No se nace independentista, ni siquiera patriota. Se machaca mucho con lo de la ‘construcción nacional’, pero como digo, nadie ha visto los planos. Ni falta que hace, porque el patriotismo tampoco funciona por lo racional.

Esto es un sinvivir, con peligro de aburrimiento. Yo sin ser independentista, como tampoco soy anti-soberanista por sistema, confieso que como el anciano Simeón, siento curiosidad por ver al Mesías tan prometido. Tengo además la suerte de poder elegir entre quedarme con él, o bien buscarme la vida por donde apuntó el índice de Arzalluz. Total, a unas decenas de kilómetros, sin salir siquiera de mi Autrigonia. ¡Ojalá todas las víctimas del ‘conflicto’ hubiesen gozado del mismo expediente! 
Válgame todo ello de disculpa, si pido que este proceso agónico no se prolongue ni una década más de lo necesario, sin excusas ni rodeos. Tanta sangre, tanta miseria, no puede haber sido sólo para que nuestros redentores se instalen en el sistema, como un partido más, aplazando y aplazando la escena del balcón hasta las calendas griegas. Nuestro destino como pueblo ha de cumplirse.
«La que has de hacer, hazlo ya», dijo Cristo a Judas. Más pronto que tarde, todo en este mundo tiene fecha de caducidad, como reza el proverbio: «o herrar, o quitar el banco». ¿Herramos? Pues adelante, señores: Bildustán al potro.




viernes, 30 de diciembre de 2011

Víctimas


De los cuatro evangelistas canónicos, sólo dos se interesaron por los orígenes del hombre Jesús de Nazaret: Mateo y Lucas. Las genealogías discordantes que ofrecen de José han dado para un mar de tinta, a decir verdad poco útil, si José no fue el padre biológico, sólo el marido legal de María. Tampoco los respectivos apéndices biográficos conocidos como ‘Evangelio de la Infancia de Cristo’ son coherentes.
Digo ‘apéndices’ con toda intención, y aunque van al principio. En la biografía clásica  antigua, lo importante de todo gran hombre era su madurez. Podía interesar su final sobre todo si era trágico, y su cuna y niñez sólo si daba alguna clave de su destino. Tal era el caso del divo: θεος  νήρ, el ‘varón divino’.
Pues bien, si para mensaje de paz y buena ventura hemos tenido el relato de Lucas (2: 1-20), esa historia muy pronto se oscurece y se tiñe de sangre.


Bandera de discordia
El presagio sombrío ocurre en el momento menos esperado: en la ceremonia del rescate del Niño primogénito en el Templo, a los cuarenta días de nacido (Lucas, 2: 22-38). Se celebra como la Candelaria, el 2 de febrero.
En ocasiones tales nunca faltaban felicitadores espontáneos, decidores de la buenaventura por una moneda, como también personas de respeto:

–Miren, ahí está don Simón con doña Ana. Pregúntenles, qué va a ser del niño.
–¡Eso, eso! Tío Simón, ¿a usted qué le parece que va a ser este Jesusito?

El buen viejo Simón tenía la corazonada de no morirse sin haber visto al Mesías, y con esa idea frecuentaba el templo. Con su edad, la espera no podía alargarse.

–¿Con que Jesús? Bonito nombre: ‘Salvación’... ¿Pero qué veo, Señor? Ya me puedo morir en paz, porque esta criatura que tengo en brazos, ahí donde la veis, es el Mesías en persona.
–¡Viva Jesusín y viva la madre que le parió!
–¡Olé por don Simón! ¿Y qué más hay? Siga usted, siga…

La gente bromea, porque nadie se ha tomado en serio lo del Mesías. Cada día se presentan en el Templo una docena de pequeños mesías, que luego menudos golfos. La gente lo celebra, porque no tienen ni idea de lo que significa ser el Mesías. Todas las madres de varón sueñan con que su niño lo será. Todos ríen. Sólo el anciano se pone serio, porque va en serio.

–Mujer, este hijo tuyo trae la revolución social de Israel, los de arriba abajo y los de abajo arriba. Será bandera de discordia. Mujer, y tú que lo veas: será una espada traspasante que pondrá en evidencia el alma de cada uno.

¡Pero qué ocurrencias las de don Simón! Con el cuchicheo, la última frase ni se ha podido entender.

–¿Qué ha querido decir?
–Chssst… Parece que le ha dicho a María: «Este hijo tuyo será una espada que te traspase el alma».

El viejo chochea. ¿A quién se le ocurre…? Menos mal que andaba por allí al quite doña Ana, la viuda beata, con más años a cuestas que don Simón pero con más sentido. De un codazo hizo callar al agorero –«no le hagan ustedes mucho caso»–, y con su mejor gracia disipó las nubes, contando maravillas de aquel niño ‘Salvador’, que ya en su misma ceremonia inaugural por poco no debuta como signo contradictorio.
       Con que la revolución a Israel. Cada cual, las cartas boca arriba...

Los Inocentes
Hasta aquí sólo sombras. Ahora viene la sangre de verdad.
La matanza de los Niños Inocentes, coetáneos de Jesús, fue consecuencia de la torpeza de los Magos de Oriente, que  acudiendo a rendir homenaje al Mesías Rey de los Judíos, fueron a buscarlo en casa del rey Herodes I el Grande.
  Esta historia es exclusiva de Mateo y su preocupación fundamental acumular ‘profecías’ cumplidas en la persona de Jesucristo y en todo lo que tuvo que ver con él.
De los Magos –los ‘Reyes Magos’, en su leyenda– algo queda dicho en este blog. Como leyenda popular es encantadora, y como popular tampoco es raro que tenga su parte de horror y violencia.
El malo de la historia es Herodes, y ni como leyenda ni como historia hay problema para atribuirle una monstruosidad no mayor que las que ejecutó en su propio harén y familia, asesinando a su mujer, a varios de sus hijos y a no pocos familiares.
Suprimir en una localidad de su reino a todos los niños varones de dos años y algo menos –los coetáneos del niño Jesús, según el tiempo de aparición de su estrella– fue un crimen más en su carrera. ¿Y qué? Cualquier otro déspota habría hecho lo propio.
¿Cuánta sangre, para ser exactos? La truculencia es muy del gusto popular, y estas historias piden un buen baño. Lo que resulta tragicómico y un poco grotesco son los cálculos hechos con la mayor seriedad sobre el número de víctimas: «entre unas 10 o 12 a 20 y tantas»; o quizá «de 30 a 40», por decir algo, pues también pudieron aproximarse al centenar, o incluso superarlo [1].
Pero a una saga no le basta con la salvajada, tiene que ser algo épico, digno del vaticinio de Jeremías (31: 15) citado por Mateo; digno también del modelo heroico de Moisés, salvado del infanticidio dictado por el Faraón (Éxodo 1: 15 – 2: 10). El arte vendrá en ayuda de la fantasía.  Algún exagerado pone hasta 144.000 criaturas. Sin llegar ni con mucho a tanta masacre, la Edad Media pudo ser pródiga en reliquias y hasta en cuerpos enteros de santos Inocentes [2].
Con todo, lo más desconcertante para el lector de hoy es la poca sensibilidad de los antiguos frente a un relato ‘inmoral’. La Providencia salva al Niño y a los Magos, mientras los Inocentes perecen y sus madres lloran [3]:

«Raquel llorando por sus hijos
 inconsolable, porque no existen»
                                                                          
De esas pequeñas víctimas ‘colaterales’ nadie se acuerda, no tienen nombre. No es que hayan ido al cielo, los hijitos de Raquel; se han ido al carajo, «no existen». Tardarán unos pocos siglos en recibir honra oficial de mártires –cosa que en rigor no fueron–, por una causa que tampoco fue suya. Aun así, el día de su fiesta, 28 de diciembre, fue visto en la Edad Media como de mal agüero, marcando esa mala nota el día de la semana para todo el año siguiente.
¿Puedo decir con franqueza qué situación  actual me viene al pensamiento evocando estas historias?...  No. No me atrevo. Podría ser mal interpretado.
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[1] Cfr. Andrés Fernández Truyols, Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Madrid, B.A.C., 2ª ed., 1954; Armando Rolla, en Diccionario bíblico (F. Spadafora, ed.). Madrid, E.L.E., 2ª ed. 1963.

[2] Uno de ellos, en urna de cristal,  fue donado por Luis XI de Francia a la iglesia de Los Inocentes de París, demolida en 1786 con el cementerio vecino para hacer sitio al gran mercado homónimo, anexionado luego a Les Halles. Una pena, porque según dicen, el templo gótico tenía una acústica singular, por el sistema vitrubiano de los ‘vasos de eco’.

[3] La Sagrada familia, avisada por un ángel, huyó a refugiarse en Egipto. La leyenda oriental salvó también al pequeño Juan el Bautista, incluyendo en la masacre su aldea próxima a Belén. Santa Isabel con su niño Juan fueron escondidos en las entrañas de la tierra, tal como se ve en un mosaico del nártex de San Salvador de Chora, en Constantinopla. Cfr. Protoevangelio de Santiago, 22:3-4 (en A. de Santos Otero, Los Evangelios Apócrifos. Madrid, B.A.C., 1956, pp. 183-184).


[La figura de cabecera tiene referencia.]