viernes, 30 de diciembre de 2011

Víctimas


De los cuatro evangelistas canónicos, sólo dos se interesaron por los orígenes del hombre Jesús de Nazaret: Mateo y Lucas. Las genealogías discordantes que ofrecen de José han dado para un mar de tinta, a decir verdad poco útil, si José no fue el padre biológico, sólo el marido legal de María. Tampoco los respectivos apéndices biográficos conocidos como ‘Evangelio de la Infancia de Cristo’ son coherentes.
Digo ‘apéndices’ con toda intención, y aunque van al principio. En la biografía clásica  antigua, lo importante de todo gran hombre era su madurez. Podía interesar su final sobre todo si era trágico, y su cuna y niñez sólo si daba alguna clave de su destino. Tal era el caso del divo: θεος  νήρ, el ‘varón divino’.
Pues bien, si para mensaje de paz y buena ventura hemos tenido el relato de Lucas (2: 1-20), esa historia muy pronto se oscurece y se tiñe de sangre.


Bandera de discordia
El presagio sombrío ocurre en el momento menos esperado: en la ceremonia del rescate del Niño primogénito en el Templo, a los cuarenta días de nacido (Lucas, 2: 22-38). Se celebra como la Candelaria, el 2 de febrero.
En ocasiones tales nunca faltaban felicitadores espontáneos, decidores de la buenaventura por una moneda, como también personas de respeto:

–Miren, ahí está don Simón con doña Ana. Pregúntenles, qué va a ser del niño.
–¡Eso, eso! Tío Simón, ¿a usted qué le parece que va a ser este Jesusito?

El buen viejo Simón tenía la corazonada de no morirse sin haber visto al Mesías, y con esa idea frecuentaba el templo. Con su edad, la espera no podía alargarse.

–¿Con que Jesús? Bonito nombre: ‘Salvación’... ¿Pero qué veo, Señor? Ya me puedo morir en paz, porque esta criatura que tengo en brazos, ahí donde la veis, es el Mesías en persona.
–¡Viva Jesusín y viva la madre que le parió!
–¡Olé por don Simón! ¿Y qué más hay? Siga usted, siga…

La gente bromea, porque nadie se ha tomado en serio lo del Mesías. Cada día se presentan en el Templo una docena de pequeños mesías, que luego menudos golfos. La gente lo celebra, porque no tienen ni idea de lo que significa ser el Mesías. Todas las madres de varón sueñan con que su niño lo será. Todos ríen. Sólo el anciano se pone serio, porque va en serio.

–Mujer, este hijo tuyo trae la revolución social de Israel, los de arriba abajo y los de abajo arriba. Será bandera de discordia. Mujer, y tú que lo veas: será una espada traspasante que pondrá en evidencia el alma de cada uno.

¡Pero qué ocurrencias las de don Simón! Con el cuchicheo, la última frase ni se ha podido entender.

–¿Qué ha querido decir?
–Chssst… Parece que le ha dicho a María: «Este hijo tuyo será una espada que te traspase el alma».

El viejo chochea. ¿A quién se le ocurre…? Menos mal que andaba por allí al quite doña Ana, la viuda beata, con más años a cuestas que don Simón pero con más sentido. De un codazo hizo callar al agorero –«no le hagan ustedes mucho caso»–, y con su mejor gracia disipó las nubes, contando maravillas de aquel niño ‘Salvador’, que ya en su misma ceremonia inaugural por poco no debuta como signo contradictorio.
       Con que la revolución a Israel. Cada cual, las cartas boca arriba...

Los Inocentes
Hasta aquí sólo sombras. Ahora viene la sangre de verdad.
La matanza de los Niños Inocentes, coetáneos de Jesús, fue consecuencia de la torpeza de los Magos de Oriente, que  acudiendo a rendir homenaje al Mesías Rey de los Judíos, fueron a buscarlo en casa del rey Herodes I el Grande.
  Esta historia es exclusiva de Mateo y su preocupación fundamental acumular ‘profecías’ cumplidas en la persona de Jesucristo y en todo lo que tuvo que ver con él.
De los Magos –los ‘Reyes Magos’, en su leyenda– algo queda dicho en este blog. Como leyenda popular es encantadora, y como popular tampoco es raro que tenga su parte de horror y violencia.
El malo de la historia es Herodes, y ni como leyenda ni como historia hay problema para atribuirle una monstruosidad no mayor que las que ejecutó en su propio harén y familia, asesinando a su mujer, a varios de sus hijos y a no pocos familiares.
Suprimir en una localidad de su reino a todos los niños varones de dos años y algo menos –los coetáneos del niño Jesús, según el tiempo de aparición de su estrella– fue un crimen más en su carrera. ¿Y qué? Cualquier otro déspota habría hecho lo propio.
¿Cuánta sangre, para ser exactos? La truculencia es muy del gusto popular, y estas historias piden un buen baño. Lo que resulta tragicómico y un poco grotesco son los cálculos hechos con la mayor seriedad sobre el número de víctimas: «entre unas 10 o 12 a 20 y tantas»; o quizá «de 30 a 40», por decir algo, pues también pudieron aproximarse al centenar, o incluso superarlo [1].
Pero a una saga no le basta con la salvajada, tiene que ser algo épico, digno del vaticinio de Jeremías (31: 15) citado por Mateo; digno también del modelo heroico de Moisés, salvado del infanticidio dictado por el Faraón (Éxodo 1: 15 – 2: 10). El arte vendrá en ayuda de la fantasía.  Algún exagerado pone hasta 144.000 criaturas. Sin llegar ni con mucho a tanta masacre, la Edad Media pudo ser pródiga en reliquias y hasta en cuerpos enteros de santos Inocentes [2].
Con todo, lo más desconcertante para el lector de hoy es la poca sensibilidad de los antiguos frente a un relato ‘inmoral’. La Providencia salva al Niño y a los Magos, mientras los Inocentes perecen y sus madres lloran [3]:

«Raquel llorando por sus hijos
 inconsolable, porque no existen»
                                                                          
De esas pequeñas víctimas ‘colaterales’ nadie se acuerda, no tienen nombre. No es que hayan ido al cielo, los hijitos de Raquel; se han ido al carajo, «no existen». Tardarán unos pocos siglos en recibir honra oficial de mártires –cosa que en rigor no fueron–, por una causa que tampoco fue suya. Aun así, el día de su fiesta, 28 de diciembre, fue visto en la Edad Media como de mal agüero, marcando esa mala nota el día de la semana para todo el año siguiente.
¿Puedo decir con franqueza qué situación  actual me viene al pensamiento evocando estas historias?...  No. No me atrevo. Podría ser mal interpretado.
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[1] Cfr. Andrés Fernández Truyols, Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Madrid, B.A.C., 2ª ed., 1954; Armando Rolla, en Diccionario bíblico (F. Spadafora, ed.). Madrid, E.L.E., 2ª ed. 1963.

[2] Uno de ellos, en urna de cristal,  fue donado por Luis XI de Francia a la iglesia de Los Inocentes de París, demolida en 1786 con el cementerio vecino para hacer sitio al gran mercado homónimo, anexionado luego a Les Halles. Una pena, porque según dicen, el templo gótico tenía una acústica singular, por el sistema vitrubiano de los ‘vasos de eco’.

[3] La Sagrada familia, avisada por un ángel, huyó a refugiarse en Egipto. La leyenda oriental salvó también al pequeño Juan el Bautista, incluyendo en la masacre su aldea próxima a Belén. Santa Isabel con su niño Juan fueron escondidos en las entrañas de la tierra, tal como se ve en un mosaico del nártex de San Salvador de Chora, en Constantinopla. Cfr. Protoevangelio de Santiago, 22:3-4 (en A. de Santos Otero, Los Evangelios Apócrifos. Madrid, B.A.C., 1956, pp. 183-184).


[La figura de cabecera tiene referencia.]








domingo, 25 de diciembre de 2011

Felicitación





Aunque los Evangelios canónicos están en griego, 
el contenido es semítico y las expresiones traducen 
el arameo de los relatos orales. 
Por eso, para una mejor aproximación al sentido 
y hasta al sonido original, 
se recurre a las versiones siríacas 
(peshitta*, diatessaron), 
que a menudo más que traducir 
diríase que copian de oído

El anuncio de la Navidad a unos pastores 
se cierra con una felicitación 
del mundo angélico al género humano (Lucas 2: 14). 


Una felicitación 
que en el ‘original’ griego es restrictiva: 
Paz “a los hombres de bien”, “a los bien vistos (de Dios)”, 
o como ahora dicen, “a los que ama el Señor”, etc. 

El equivalente arameo es general y universal: 


paz y buena ventura a los hijos de hombre 



La expresión ‘buena ventura’ (o enhorabuena) en siríaco es literalmente 
‘buena esperanza’, pero en el sentido más amplio: 
‘buen ánimo’, ‘buenas noticias’. 
El griego debería decir eso mismo (evangelio, buena nueva). 
Sin embargo, alguna preocupación extraña 
desvirtuó el más sencillo y universal de los saludos: 

« Paz y felicidades a todo el mundo »


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*) Cfr. Peshitta de Lucas, con traducción inglesa entre líneas. 









  

miércoles, 21 de diciembre de 2011

El ‘Obispillo’


El bebé San Nicolás rechazando el pecho materno
Ya que hemos mencionado un viejo rito de transgresión, la ‘Risa Pascual’, relacionado con la pascua florida, recordemos otro más unido a la pascua de Navidad. Que el maestro Covarrubias nos hable del Obispillo [1] 
No se trata de la rabadilla de las aves o uropigio, también llamado ‘bocado de obispo’, que el maestro no describe, pues su ‘obispillo’ de comer es otra cosa que tampoco viene a cuento.
El obispillo que nos importa era lo que el nombre dice: un obispo en miniatura:

«Antiguamente en las yglesias cathedrales, en memoria de la santa elección que se hizo de San Nicolás, obispo de Myra, era un infante de coro que con solenidad, colocándole en medio de la Yglesia en un cadahalso, baxava de lo alto de las bóvedas una nube, y parando en medio del camino se abría. Quedavan unos ángeles que traían la mitra y baxavan hasta ponérsela en la cabeza, subiendo luego por la misma orden que havían venido. Esto vino a ser ocasión de algunas licencias, porque hasta el día de los Inocentes tenia cierta jurisdición, y los prebendados tomavan oficios seglares, como alguaziles, porquerones, perreros y barrenderos. Esto, a Dios gracias, se ha quitado totalmente.»

La tramoya barroca era un añadido, muy en la línea del Misterio de Elche y los autos sacramentales. Por lo mismo, sospecho que cuando el lexicógrafo dice que «esto se ha quitado totalmente», o bien se refiere sólo a la última parte (degradación de los clérigos), o mejor expresa un deseo, más que un logro.
Lo esencial de la fiesta era el nombramiento de un ‘colasito’, un obispo de burlas en la persona de un niño, con mando en plaza desde la víspera de San Nicolás (5/6 de diciembre) hasta el día de Inocentes, es decir, tres semanas y media. Algo largo para broma, máxime con el cabido catedralicio haciendo el loco por los sagrados recintos, el señor deán de silenciario y espanta galanes, el chantre de apagavelas, el maestrescuela pasando el cepillo, y así sucesivamente.
La relación del ‘obispillo’ con San Nicolás, junto con el gran número de iglesias, ermitas, altares y personas de ese nombre, da idea de la promoción que tuvo en Occidente este santo oriental y su leyenda. Casi un desconocido hasta el siglo XI, su culto se propaga con rapidez desde el XII, y el personaje terminará convertido para el folclore en Santa Claus o Papa Noël.

De Nicolás de Mira a Nicolás de Bari…
Tanta popularidad contrasta con la oscuridad del personaje, del que sólo es cierto el nombre y título de obispo de Mira, en Licia.  La tradición precisa que no era de allí mismo, sino de la vecina Pátara. Ni su época sabríamos, de no ser por una noticia que le sitúa en tiempos de Constantino el Grande (siglo IV). Todo lo demás que se cuenta de él es legendario y en parte confundido con otros de igual nombre.

La antigua Mira se llama hoy Demre, en la costa meridional de Turquía. Como otros puntos de Licia, merece un recorrido por mar, para admirar las fantásticas necrópolis rupestres en los acantilados. También se conserva la basílica restaurada, pero no el sepulcro.
En 1087 el cuerpo santo fue transportado a Bari, en Apulia, donde hubo colonias bizantinas, pero que ya era base normanda. Desde entonces se dijo San Nicolás de Bari. Por esta navegación póstuma, y por otros motivos más legendarios, san Nicolás es un santo patrón  náutico.
Desde Bari, su fama de milagrero inunda Europa. Su perfil popular definitivo en el siglo XIII lo da sobre todo la Leyenda Dorada’ [2]. En ella, san Nicolás debuta como santo asceta oriental, con algún ramalazo de hostilidad al sexo y la fisiología en general:

«Tras engendrarle sus padres en la primera flor de su juventud, luego llevaron vida célibe. El primer día que le bañaron, se mantuvo erguido de pie en la palangana. Los miércoles y viernes sólo mamaba una vez al día…»

Criado el niño, educado y bien heredado el mocito, sus padres pierden utilidad. Y las leyendas son siempre utilitarias, conviene recordarlo. Huérfano, rico y buen cristiano, el joven Nicolás busca dónde colocar bien su dinero:

1. «Un conciudadano de cierta alcurnia, pero pobre, con tres hijas doncellas, se ve obligado a prostituirlas para poder comer de aquel comercio infame. 
Enterado el santo y horrorizado, envolvió en una paño cierta suma de oro, y de noche a escondidas la introdujo en casa del hombre por una ventana. Por la mañana el hombre descubre la suma de oro, y dando gracias a dios celebró las bodas de la primogénita. 
No mucho después, el siervo de Dios repitió la obra. El otro  en plena euforia se propuso vigilar, a ver quién era el bienhechor de su pobreza. A los pocos días arrojó por la ventana doble cantidad de oro. Al ruido se despertó, y corriendo en pos de Nicolás le echó el alto y reconociéndole quería besarle los pies. Muy contrariado, Nicolás le exigió no publicarlo mientras él viviese. »

Sobre esta base se fundaron en la Edad Media cajas de caridad para dotar a chicas pobres.
En la misma vena económica, San Nicolás vela por los bienes materiales de sus devotos. Incluso de los que no lo eran tanto, como este judío (para que no falte el toque antisemita):

9. «Un judío, viendo el poderío milagroso de san Nicolás, mandó hacer una imagen del santo y la puso en su casa para que le guardara todo en sus ausencias, diciéndole: 
Mira, Nicolás, tú te encargas de todo. Si no me lo cuidas bien te castigaré con azotes. 
Una vez, en su ausencia, vienen los ladrones y lo roban todo, menos la imagen.  Vuelve el judío, y al ver el expolio apostrofa a la imagen: 
Don Nicolás, ¿no te puse en mi casa para que la guardaras de ladrones? Ahora verás lo que es bueno. 
Y azotó la imagen bárbaramente.
¡Milagro! Estaban los ladrones repartiéndose la rapiña, cuando se les aparece el santo con gesto de dolor: 
¿Por qué he tenido que aguantar una azotina por culpa vuestra? ¡Ved estos moretones, esta sangre! Ya estáis devolviendo lo que os llevasteis, o se hará público y os colgarán por ello…
Por este milagro el judío se hizo cristiano.»

Otra historia de judío es famosa porque la recoge el Quijote, aunque Cervantes no va de judíos y a San Nicolás ni le nombra. Es la justicia de Sancho, gobernador de la Barataria, cuando descubre el fraude del dinero prestado y oculto en el hueco de una caña que cambiaba de mano [3].
La leyenda hace a san Nicolás obispo nombrado por la Providencia. Vacante la diócesis, reñida la elección, se resuelve por el método del ‘pasaba por allí’, como ya lo conocemos por el papa san Fabián. La familia del santo era levítica, como tantas entonces, cuando hubo auténticas dinastías episcopales. Su leyenda, sin embargo es celibataria o ‘encratita’, y el obispo que le ordena muy joven es su tío materno.
Esta elección ‘divina’ de un clérigo joven e inocente será la base para la broma del ‘obispillo’, tal vez desde el siglo XIV.
Por lo demás, todo es suposición y enredo. Se dijo que el santo asistió al Concilio de Nicea (325), donde se juzgó y condenó a Arrio. Pero ni su nombre figura en actas, ni se registró intervención suya oral. En compensación, la leyenda atribuye al santo en tal ocasión un estilo de argumentar algo especial, cuando el buen obispo cierra la boca del hereje de un sopapo.

La figura de san Nicolás se ve a menudo acompañado de tres muchachos. A veces son monaguillos o pequeños clérigos, o bien tres jovencitos en cueros en un barreño. El episodio, de lo más extraño,  refleja la idea de que el canibalismo no era insólito en la Edad Media, con profesionales de la restauración poco escrupulosos que daban gato por libre, o cosa peor.

Fue el caso que tres jóvenes viajeros dieron en una de aquellas posadas, donde mientras dormían fueron degollados por su dinero, y sus cadáveres troceados y puestos en salazón.  Años después, perdida toda pista del crimen, pasa por allí el obispo san Nicolás y pide de comer. El posadero le recita la carta, pero nada le apetece.
–¿No hay nada más para elegir?
–Padre, sí, pero no es menú del día… Tampoco os lo aconsejo: demasiado alto en sal, para un anciano como vos…
Pero el santo, terne que terne, cual preñada con antojo. Con fino paladar y un poco de soplo divino descubre el pastel. Al echar la bendición, los tasajos se recomponen, los tres jóvenes resucitan con regusto de sal en la boca, el posadero avariento recibe una reprimenda bien merecida. Eso no se hace, hombre.

Legal o no, la traída de san Nicolás a Bari fue gran idea, pues este puerto en la raíz del tacón de la bota italiana fue  base privilegiada para el comercio con Levante, las peregrinaciones y las cruzadas.
Además, la nueva tumba de san Nicolás resultó milagrosa. Muchos sepulcros de la cristiandad tenían la propiedad de segregar fluidos admirables. En la cripta de Bari, por un agujero, con una esponja sujeta a una caña, se extraía el licor de san Nicolás de Mira. No se sabe si Myra es licio, ni lo que pudo significar en esa lengua; pero en griego sonaba como myron: ungüento aromático. Así, aunque el líquido de Bari era lo que parecía y sigue pareciendo a día de hoy, agua pura, a los efectos de entonces era ungüento salutífero que se administraba a pie de obra, o también diluido en agua bendita se expendía en ampollitas con mucha demanda.
Tampoco se debe descartar que el santo cuerpo ya segregara ungüento en su primer sepulcro; pues si san Nicolás había nacido en Pátara era paisano nada menos que del dios Apolo, que allí tuvo una de sus patrias y oráculos.

… y de San Nicolás a Santa Claus             
La transgresión definitiva del santo Obispillo se consumará en Norteamérica, en los siglos XIX-XX, aseglarando al personaje y vistiéndole de gnomo publicitario, a beneficio de caja. Primero fue el dibujante Thomas Nast (desde 1862). El toque definitivo lo dará Coca-Cola, por los años 1930.
Pero siglos antes, en el XVI y en los Países Bajos, un Sinter Klaas todavía de pontifical acudía puntualmente desde España la noche del 5/6 de diciembre a repartir regalos a los niños buenos. Montado en caballo blanco y asistido por su paje morisco, Piet el Negro, cumplida su tarea regresaban al sur.
¿Y los niños malos? Se decía que se los llevaba a España, pero eso debía ser sólo a los traviesos, porque para los malos-malos de verdad ya estaba el Duque de Alba. Es más creíble, sin embargo, que el buen Santa Claus jamás se prestó a ser ‘hombre del saco’, y menos al servicio de pedagogía tan cutre.

Un buen vecino
San Nicolás en la España medieval tuvo menos nombre que en Italia, Francia o los países germánicos. La Corona de Aragón naturalmente estuvo más abierta al Mediterráneo. Pero incluso en Castilla hay que hacer excepción con Burgos.
Ya en 1075 –años antes del traslado de san Nicolás a Bari– Alfonso VI de Castilla mandó levantar en Burgos una primera catedral dedicada a Santa María, Santiago y San Nicolás, que en 1092 ya estaba en uso. Sin duda jugó aquí la influencia francesa en la política alfonsina.
Gran pieza de esa política era el Camino Francés de Santiago, donde mucho trabajó santo Domingo de La Calzada, con su discípulo y ayudante Juan de Quintana-Ortuño. Éste, a la muerte del rey y del santo ingeniero, aprovechó el parón por la guerra entre Castilla y Aragón para quitarse de en medio con una escapada a Tierra Santa (1112-1120). En peligro de naufragio promete a San Nicolás una ermita, y ya de vuelta, establecido en la aldea de Ortega, cumple lo prometido. Hoy es San Juan de Ortega, patrono de los arquitectos.
Justo por entonces se multiplican en tierra burgalesa las iglesias románicas dedicadas a nuestro santo. La mejor de todas, la de El Almiñé (Valdivielso), que tan buena pareja hace con la otra maravilla románica del mismo Valle, San Pedro de Tejada en Puente Arenas.
Verla desde casa, con su cimborrio-torre sobre un paisaje de ensueño, es como un privilegio. Gracias sean dadas a San Nicolás bendito, tan bueno para vecino.


El Almiñé (Burgos) - San Nicolás, desde mi ventana

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[1] Tesoro de la lengua castellana o española (1611 y 1674).
[2] Jacobo de la Vorágine, Legenda Aurea, ed. Th. Graesse, 2ª ed. Lipsiae, 1850; III, 1 (pp. 22-23) y 9 (pp. 27-28). Hay trad. española de fray J. M. Macías, Alianza, 2 tomos.
       [3] Don Quijote, II, 45.