lunes, 4 de abril de 2011

La prueba de la cebolla




En la historia bíblica de Jefté hay un episodio típico de rivalidad tribal que, como de costumbre, se ventila por la brava. El encumbramiento de Jefté, oscuro proscrito del clan de Galaad –sub tribu separatista del complejo Efraín-Manasés–, despierta recelo en los de Efraín y estalla una guerra a muerte, donde éstos llevan la peor parte (Jueces, 12):

Galaad cortó a Efraín los vados del Jordán, y cuando los fugitivos efraimitas pedían paso, los de Galaad preguntaban: «¿Eres de Efraín?» Si negaba insistían: «¿Con que no? Pues di shibolet.» Y si el otro, incapaz de pronunciarlo, decía sibolet, sin más era detenido y ejecutado sobre los mismos vados.

La anécdota, en lo que tiene de observación filológica, fue comentada por los humanistas hebraístas españoles, como Nebrija. Por lo demás, reconocer por el acento es trivial, como en el Evangelio una criada se fija en el apóstol Pedro: «Tu habla te delata, eres galileo» (Mateo, 26: 73). Y como estratagema bélica, ha debido de ser universal.
En hebreo, shibolet es la corriente de agua, aunque también significa ‘espiga’. La palabra es lo de menos. Era una letra, un modo de pronunciarla, lo que marcaba la diferencia. Y en todo caso, la historieta era y es archisabida.
No tan conocido en cambio es su remake o remedo a la española, en la rebelión de los moriscos de las Alpujarras (1569). Allí había gente de todo pelo, musulmanes de lengua arábiga, aljamiados y también cristianos muy castellanizados. En la represión feroz e indiscriminada no valían trajes ni avales, para reconocer al enemigo.

Algún enterado sacó entonces a colación la vieja historia sagrada, y su posible aplicación al caso. ¡Cómo! Si hasta tenemos en castellano una palabra casi igual que la hebrea: shibolet – cebolleta. No tiene nada que ver, pero hace el mismo servicio. Nuestro moros y moriscos no pronunciaban la ce o cedilla (ç) a la española. Incluso entre hispanos ya se notaba el ceceo de unos y seseo de otros. Pero frente a todos ellos, el moro andaluz xexeaba, como tampoco pronunciaban la ll, de modo que cebolla en boca morisca sonaba xebolia [1].
No era probable que los moriscos –a diferencia de los judíos– estuviesen muy al corriente de tretas bíblicas. Ésta además era preciosa para distinguir a los jóvenes moreznos. Sólo los que de muy niños se criaron en familias castellanizadas pronunciaban bien.
La noticia nos ha llegado por Bernardo Aldrete en Varias Antigüedades de España, África y otras provincias (Amberes, 1614, pág. 153), obra escrita en plena crisis de la expulsión de los moriscos de España (1603-1614) [2]

La cebolla, en la ensalada vasca
Valga el cuento por la moraleja.
El fallo del Tribunal Supremo contra la legalización de Sortu como nuevo avatar de Batasuna/ETA, con el voto discrepante de varios magistrados, pone en evidencia cuánta falta nos hace aquí alguna ‘prueba de la cebolla’, para distinguir entre terrorismo y política.
Ya se sabe que en esta materia no podemos esperar a un Dedekind que nos haga una ‘cortadura’. Pero sin llegar a la discriminación lógico-matemática, ¿tan imposible es fijar una distinción jurídica clara entre lo que es de ley y su contrario? Y si tal cosa fuese tan difícil o imposible en Derecho, ¿lo es igualmente en Ética? Fijémonos en este aspecto ético, más que en lo jurídico.
Según algunos, la expresión discriminante ya ha sido pronunciada: «Rechazamos la violencia, incluso la de ETA.» ¿Qué más pedir? No sé qué valor tenga una declaración así, más o menos, en unos estatutos de asociación política. Tal como suena es ambigua. Incluso ETA de vez en cuándo desiste de su propia violencia, mientras afirma su deseo de llegar a una paz condicionada. Es como si bastara un flatus vocis, sin entrar en finuras conceptuales. Cebolla, en lugar del Filioque.
La violencia, el terror, se puede rechazar en absoluto y por principio, o solamente por estrategia y táctica. En este sentido, no sólo es ambiguo el rechazo por parte de Sortu, también lo han sido muchas declaraciones de líderes y partidos democráticos: «ETA sobra, ETA es un estorbo». Casi siempre parece implícito algún adverbio: ‘ahora’, ‘ya’.
Lo que se echa de menos, y sería altamente clarificador, es rechazar a ETA ahora y siempre, porque es absolutamente rechazable, porque nunca tuvo razón de ser, ni la tendrá jamás en democracia. Pero, ay, esta cebolla es rara en la ensalada vasca, y prácticamente ausente en el recetario nacionalista.
No es sólo la doctrina del árbol y las nueces. Es eso y más. Cuando en los principios de ETA muchos jóvenes se alistaron a la solución ‘militar’, muchos tuvieron la bendición del padre o el abuelo rematada en un suspiro: «¡Ah, si yo tuviese tu edad!». Y cuando ETA asesinó a Carrero Blanco, mucha gente incluso ajena al nacionalismo lo celebró como un fasto para la democracia española, sin percibir que ésta a la organización le traída sin cuidado. Una ligereza que contribuyó no poco en su momento a ensanchar aquella primera ‘base social’ de la violencia.
A partir de ahí, todavía son muchos los que justifican a ETA con varias razones:
1. La primera, explicándola como reacción frente a una violencia franquista ejercida específicamente contra el pueblo vasco.
2. Reacción que, desaparecido el franquismo, hubo que sostener, porque el Estado español heredó la misma función opresora.
3. Aun admitiendo que la violencia no sea tal vez el medio ideal más deseable para la liberación del pueblo vasco, justo es reconocer que ETA ha contribuido lo suyo hasta el heroísmo, mereciendo respeto, gratitud y premio por los servicios prestados.
4. Si ETA tuvo razón de ser como reacción a una violencia de Estado, es posible que en un futuro pueda volver a tenerla, si el Estado sigue en las mismas, con medidas opresivas como la Ley de Partidos, o su aplicación en casos como el de Sortu.
Todo esto es perfectamente compatible con la suscripción de fórmulas como «ETA kanpora, fuera ETA», como en un divorcio por palabras de presente, sin referencia al pasado ni al porvenir. Sea cual sea a los efectos el ancho de vía del Derecho, siempre habrá una senda ética más estricta, donde sólo circule gente de paz ‘a la cebolla’. La senda de la convivencia. Lo demás es volver siempre a las andadas.
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       [1] La diferencia se refería principalmente a los sonidos de las letras arábigas sin / shin (س /ش), representada la segunda por x en textos castellanos antiguos.

       [2] El clérigo Bernardo de Aldrete (o Alderete, h. 1560/5-1641/5) fue un adelantado de la filología moderna, a veces confundido con un homónimo teólogo jesuita más joven (1594-1657). El texto original que nos interesa es asequible en la Red: Portada y obra completa; el shibolet hebreo (pág. 152) y la cebolla castellana (pág. 153).

Grabado: Moriscos granadinos de camino (h. 1563), según J. Hoefnagel


lunes, 28 de marzo de 2011

De dos aguas, hacer una (y 2)

Leyendo a Marina Pino y Jon Juaristi

Puse ‘Continúa’, y bien que me pesa, porque significa hablar…; peor, escribir de cosas comprometidas. Pero lo puse, y salga el sol por Antequera. Ahora toca Jon Juaristi.
El libro que tengo entre manos [1] recoge los testimonios de diferentes personas llamadas a declarar por su relación más o menos directa con el personaje-bisagra ya citado, Tomás Bilbao. Pero en seguida se ve que, sin hablar de pretexto, los autores que acaban de conocerse y reconocerse como primos por accidente lo que hacen es contarse sus vidas. Se trata en efecto de dos autobiografías proyectivas, dos películas de autor donde Marina y Jon se descubren mutuamente a través de sus respectivos entornos familiares, con el misterioso Tomás Bilbao como leitmotiv, cantus firmus y bajo continuo.
Dos escollos debo evitar. El primero, hacer comparación entre dos relatos incomparables. El segundo, semejante al primero, juzgar a las personas. Quede esto para Marina, que tan bien se ha desempeñado con su gente, y quede sobre todo para Jon, que por su parte no va a disimular sus opiniones y sentimientos. Hombre, si digo que la familia de ella es como más desvalida y en ese sentido mueve a com-pasión (pero sólo en el sentido etimológico del término), ya parece que estoy comparando. Y más si se me ocurriese añadir que antecesores de Jon, como su bisabuelo don Patricio de Bilbao o su abuelo don Pablo Juaristi, no me inspiran sim-patía alguna; cosa que por otra parte a nadie le importa.

El abuelo Pablo
El propio Jon obviamente no sufre esa inhibición, y como en otras ocasiones usa su privilegio de autobiógrafo proyectivo para ajustar cuentas familiares, en especial con el abuelo. Pues si una vez escribió aquello de

“nuestros padres mintieron, eso es todo” [2],

en su caso debe de ser metonimia imperada por el metro, ‘padres’ por antepasados o mayores en general.
¿Y en qué mintieron? ¿cuál fue esa mentira total? Hela aquí:

«Algo que en mi familia se nos dejaba claro desde el principio es que habíamos tenido la inmensa suerte de nacer nobles» (pág. 252).
«Pedías explicaciones a tus mayores, y entonces te enterabas de que tu nobleza… derivaba del hecho mismo de ser vasco. Eras noble, porque eras vasco, y tu sangre no se había mezclado con la de judíos, moros, godos y maquetos en general. Entonces te acometía la angustia: ¿y qué pasaba con tu familia materna, esos Linacero y Peña cuya maquetez se olía a distancia? Mi abuelo Pablo me miraba con pena, como debían de mirar los propietarios de ingenios en Cuba al nieto mulato…, y para consolarme decía:
–Hombre, los Linacero eran gente muy culta, no como el resto de republicanos y socialistas.
De los Peña, ni palabra…
¿Cómo había sobrevivido esta sandez de la nobleza colectiva de los vascos en la Bilbao industrial?»

«Esta sandez.» Es un descargo que sean vascos –siquiera vascos a medias– los que descalifican, porque los nada vascos carecen de autoridad para meter baza en estos asuntos, aunque algunos no podamos contener la risa. Risa de conejo, cuando caes en la cuenta del alcance de esa mentirilla de apariencia inocente. Hoy te dirán que aquel racismo era un andancio de la época; que hoy en día todo el nacionalismo vasco, la izquierda abertzale y hasta la propia ETA reconocen apellidos foráneos, sin distinción. Las dos últimas palabras hoy por hoy están de más, y el día que dejen de estarlo será el fin del nacionalismo. Entre tanto, ‘sin distinción’ entre apellidos foráneos, concedo; sin distinción con los vascos, ¡anda ya!

      Genio y figura, el abuelo Pablo recibirá del nieto Jon en las páginas 368 y sigs. una despedida inmisericorde. No sin previo aviso (pág. 362):

«Mi abuelo… no renegaría jamás… de sus convicciones nacionalistas… Los resentimientos de mi abuelo tuvieron una influencia decisiva en la deriva hacia ETA de los nietos a los que directamente indoctrinó en su versión ortodoxamente aranista del nacionalismo vasco, inasimilable por un PNV que jugaba, desde la posguerra, la baza de la democracia cristiana.»

Bueno, eso que también se llama «la doble alma del PNV» realmente ya se daba de algún modo mucho antes, cuando el bisabuelo Patricio prestaba militancia clientelar en la línea pragmática de los Sota, frente a la ortodoxia aranista, representada por su yerno, el abuelo Pablo. Pelillos a la mar, donde este último se retrata de cuerpo entero es en los documentos que el nieto transcribe, como muestra de cómo enfocaba dicho señor su expulsión de la Caja de Ahorros Vizcaína, dirigidos unos a la administración franquista, otros al obispo diocesano.

«Pablo Juaristi seguía despreciando al Estado franquista, como había despreciado al republicano, y a España en general, sin tomarse la menor molestia en disimularlo… Como nacionalista, se había mantenido  –o eso creía– al margen de un conflicto de maquetos. En el fondo, debía de saber que su nacionalismo era la causa de su despido, de su encarcelamiento, de su proceso militar y de la negativa de la Caja a reintegrarlo en la plantilla, pero admitirlo ante jueces o directivos habría equivalido a confesar que se daba por enterado de que los españoles tenían un problema que también a él le concernía, y eso nunca.»

«Mi abuelo era bastante chulo, por decirlo finamente»: es obvio que una cosa así sólo puede escribirla un nieto. Que por otra parte tampoco es reproche, como lo sería en boca o pluma de un extraño. Esa chulería como idiosincrasia tampoco nos concerniría a los lectores, de no ser porque refleja un punto de vista mucho más extendido hoy que entonces. Todo el movimiento soberanista (incluida una de las almas de ese caso teratológico que es el PNV) comparte la chulería de pensar que los vascos son ellos, que la tierra es suya, que la democracia la detentan ellos, y en consecuencia se conducen como si ese supuesto derecho suyo originario e imprescriptible primase sobre la realidad política. Y en cuanto rascamos un poco, ay, enseguida asoma el rH, la limpieza racial, los apellidos vascos en base cuatro y en base ocho.
Nuestros padres murieron, pero su mentira sigue viva como nunca. Por eso no desaparece ETA.
El arquitecto Tomás Bilbao, hijo del contratista Patricio Bilbao, se despide de Bilbao no como constructor, sino al contrario, cumplido el encargo del primer lendacari Aguirre de volar los puentes de la Invicta Villa, como quien gana tiempo para escapar hacia el desastre y la vergüenza de Santoña. A partir de ahí, en el exilio, Tomás Bilbao –fundador de Acción Nacionalista Vasca (ANV), no se olvide–, sin renunciar al nacionalismo se entrega a la república como ministro de Negrín. Las más de 60 páginas últimas que le dedica Juaristi, desde la 378 en adelante, son un intento más meritorio que logrado de desentrañar la personalidad definitivamente enigmática del personaje que vertebra todo este interesante estudio.
Para alguien como yo, de la generación anterior a la de Jon, su trabajo es doblemente apreciable. Lo primero, al comprobar que es fiel a la idea que otros testigos tenemos, incluso de una etapa que él no alcanzó, y sin embargo domina. Y lo segundo, en un ambiente reducido como era el de aquella Bilbao hasta el franquismo, por el inevitable cruce de situaciones familiares convergentes, divergentes y paralelas.
En mi familia, por ejemplo, teniendo bien poco que ver con los Bilbao-Juaristi, encuentro paradojas similares a la suya con los Linacero. Deriva del carlismo hereditario de mi abuelo en mis tíos hacia posiciones republicanas variopintas, incluido un nacionalismo tibio, en parte contraído en la militancia católica parroquial, en parte también clientelar paterno, y de consecuencias catastróficas en la depuración franquista.
No lo digo como cosa interesante. De hecho, ya me importa bien poco incluso a mí mismo. Me refiero a que este libro, esta “indagación republicana”, además de información valiosa y bien contada, a muchos traerá también la propina de recuerdos más personales.

Dos fontanas
El motivo de las aguas y de las fuentes ha sido fecundo para los paradoxógrafos o coleccionistas de maravillas. En particular, dos fuentes próximas con propiedades diferentes siempre han llamado la atención: una salada, la otra dulce; una clara, la otra turbia; una caliente, la otra fría. De esta condición eran las dos que junto a los muros de Troya vertían al río Escamandro, según la Ilíada (XXII: 143 y sigs.). O la doble Fuente del Niño y de la Niña, en la Atalanta fugiens [3], recreación  barroca del chorro sagrado del oráculo de Júpiter Amón, ardiente y glacial, en el oasis de Siwa, a donde peregrinó Alejandro Magno.
¿Cuál es aquí la fuente fría, y cuál la caliente? Yo diría que en este libro se cumple el epigrama latino que ilustra el icono: «Caliente la fuente del Niño, fría la de la Niña»:

Sunt bini liquido salientes gurgite fontes,
     Hinc Pueri calidam suggerit unus aquam:
Alter habet gelidam, que Virginis Unda vocatur,
     Hanc illi jungas, sint aquae ut una duae:
Rivus et hic mixtas vires utriusque tenebit,
     Ceu Jovis Hammonis fons calet atque riget

Sea cual fuere, lo importante es que, fundidas las dos en una misma corriente, sus propiedades se mantienen inconfusas. Enhorabuena y gracias, Marina y Jon.
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[1] A cambio del olvido. Una indagación republicana (1872-1942). Barcelona, Tusquets, 2011.
       [2] ‘Suma de varia intención’ (1987). En Poesía reunida (1985-1999). Madrid, Visor, 2000.
       [3] Michael Maier, Atalanta fugiens, hoc est, Emblemata nova de Secretis Naturae Chimica. Oppenheim, 1618, Emblema 40.


miércoles, 23 de marzo de 2011

De dos aguas, hacer una

     
 (Leyendo a Marina Pino y Jon Juaristi)


      Si se puede tocar el piano a cuatro manos, nada impide que un libro se ejecute a dos. Pero el recuerdo que tengo de lo primero es malo, en aquellas temibles veladas literario-musicales del colegio. Y me pregunto si tendrá que ver con el repelús que me dan los libros al alimón.
      No me refiero a obras colectivas o de ‘varios autores’, donde cada cual responde de lo suyo. Creo que mi primera lectura de un libro de dos autores fue La vuelta al mundo de dos pilletes, del Conde Henri de la Vaulx y Arnould Galopin. Precisamente por ser un relato tan apasionante, me enfadaba no saber a cuál de los dos firmantes se le había ocurrido tal o cual episodio. Y mira qué debía importarme, si ambos colaboradores eran sólo un par de nombres sin cara.
      Vaya de preludio, para anunciar que estoy leyendo ‘A cambio del olvido. Una indagación republicana (1872-1942)’, de Jon Juaristi (Bilbao, 1941) y Marina Pino (Barcelona, 1942). Una historia de vidas cruzadas. Cuyo efecto prodigioso está siendo reconciliarme con el piano a cuatro manos bien tocado, que aunque como digo jamás lo oí, la partitura que tengo delante me da una idea. Es la síntesis lograda de dos partes –tesis y antítesis las podríamos llamar—; y al mismo tiempo la emulsión de dos líquidos inmiscibles. O mejor, es la operación que los alquimistas llamaban, ‘de dos aguas, haced una’ (Ex duabus aquis unam facite).
      Es un libro donde todo está al revés. El orden de firmantes es alfabético, la jota de Juaristi por delante de la pe de Pino, aunque a Marina corresponde la iniciativa del libro y suya es la primera parte, mientras que Jon en la segunda cubre en exclusiva el relato anterior a la II República.
      La bisagra de este díptico, la charnela de este bivalvo, es Tomás Bilbao Hospitalet (1890-1954). Bilbao fue un arquitecto bilbaíno de renombre y personaje político en su momento, que primero tuvo una relación sentimental y carnal con una oscura mujer de condición social inferior a la suya. Así dicho, suena como muy manido y poco prometedor. ¡Ah! Pero es que el tal Bilbao fue abuelo natural de Marina, que de él lo ignoraba casi todo, hasta que se entera de que fue también tío abuelo de Jon.
      ¿Para qué más? Marina se revela buena documentalista, bien orientada en parte por un siempre informado Juaristi. El cual a su vez no pierde ocasión de pintar otra jornada del gran fresco familiar. Aquí se agrupan, con Tomás, los nombres y eventos de algún relieve social, mientras que el mundo de la Pino es insignificante y oscuro, vulgar sin paliativo y hasta sórdido.
      Ahí precisamente radica el milagro de esta obra literaria. Dos mundos que ni se conocen, que nada se dicen porque nada tienen en común, salvo el incidente genésico (o contratiempo, según de qué parte se mire), se solapan, se acoplan y en definitiva se funden en un mural literario fiel a una realidad histórica.
      Ambos autores se reparten por igual un espacio de 460 páginas. Sólo llevo leída la primera mitad. De lo de Juaristi, unas catas nada más, para prometerme otra de sus sagas juaristeas, desde aquel enorme Bucle melancólico.  Claro que lo leeré también entero, y me encantará (como todo lo suyo), pero no va a sorprenderme.
      Así que por el momento me ciño a la narrativa de Marina Pino (Barcelona, 1941). Y esta sí que es para mí un descubrimiento. No recuerdo semblanzas familiares más inmisericordes, y a la vez con tanta carga humana. Hay que ser muy mujer para hablar así de sí misma y de las mujeres de la familia: la madre, la abuela, las tías… Sin dejar títere con cabeza, pero sin hacer sangre, sin un rasgo ganchudo, sin resentimiento ni delectación morbosa.
      Los hombres de su relato tampoco salen todos mejor parados, dicho sea desde la misma serenidad. Gente toda de poca religión, pocos curas, pocos sacramentos –donde (como en la Iglesia primitiva) no entraba el matrimonio–, donde ni siquiera un proceso criminal o la misma cárcel eran algo inaudito, como lo habría sido en el clan católico de Jon.
      Marina reconstruye su autobiografía como sin preocuparle que sea la suya, proyectándose en otros. Me ha seducido. Ya conozco a su parentela casi tanto como a la mía. Y en parte, mejor que a la mía, porque uno de sus fuertes es poner en evidencia el trampantojo de los pretendidos recuerdos, las instantáneas o los clips que componen el álbum de la seudo memoria familiar.

      En un cajón había medicinas y documentos. Los leí todos. Los documentos siempre me han interesado mucho… Los documentos saben hablar a quien quiere escucharlos y siempre cuentan cosas interesantes.

      Información excepcional, por supuesto. La vía ordinaria para enterarse no era la documentaria, era por las conversaciones de su madre y tías, con intervenciones perentorias de la abuela. Sólo que

pese a su continua cháchara, no era fácil reconstruir la historia. Nunca se habló de nada con claridad, ni sobre la guerra, ni sobre la posguerra… Nunca dejaron de hablar de esos asuntos. Sólo que lo hacían a ráfagas, en frases desflecadas, tan convenidas como contraseñas:
      —A papá no le tocaba ir al frente…
      —Pues claro que le tocaba. Para eso era militar.
      —Estoy segura de que lo mataron a traición.
      —¿Los suyos, quieres decir?
      —No los suyos, mujer, los otros.
      —El asistente que trajo sus cosas, ¿te acuerdas?, dijo que ese día había calma total en el frente y qué… Un solo tiro limpio en el corazón, yo lo vi y parecía dormido.
      —¿Te acuerdas de todos aquellos milicianos armados, que ponían los pies en la mesa?
      —¡Vaya chusma!
      —No querían militares. A papá lo asesinaron.
      Bajaban la voz para criticar a un tal Azaña, y eso les llevaba un buen rato, la tenían tomada con él…
      Como en toda charla ritual, cada episodio y cada frase llegaban en su momento, sin faltar nunca ninguno a la cita.

      “Papá” era don Amadeo Ynsa Arenal, teniente coronel (¿o sólo comandante?), militar leal a la república, caído en el frente de Aragón. Pero no en “un día de calma total”, cuando en efecto es fácil descubrirse y que alguien del otro lado te tire a dar y te dé. No. Fue en la toma de Sástago (4 de agosto 1936), con poquísimas bajas: sólo siete heridos y un único muerto, el comandante, “Papá”. Así que no se puede excluir del todo lo que las mujeres insinuaban a medias palabras. Para muchos milicianos –gente capaz de todo, hasta de poner los pies sobre la mesa–, los militares eran enemigos de casta, mejor caídos, la postura lo de menos, de frente o por la espalda. Sólo la mezquindad de Franco para con sus colegas del otro bando era más despreciable que la insolidaridad de aquella “chusma” miliciana, o más injusta que el desapego ‘civilista’ de un Manuel Azaña.
      “Papa” fue un buen hombre y un padre de familia amantísimo, que desde un retrato suyo al óleo siguió presidiendo aquella comunidad femenina viuda y huérfana. Lo que la nieta llama “su serrallo”, donde tal vez quiso decir gineceo. La carta que les escribió la víspera de morir es una preciosidad, incluso caligráfica (reproducida en facsímil, pág. 103).
      El primer capítulo de la autora pertenece en rigor a la biografía de una calle barcelonesa en los años 50, la castrense calle Wellington. Un escenario cambiado por la Villa Olímpica. Era parte del marco del Parque de la Ciudadela. Alcancé a conocer la zona en la misma década, y aunque no era callejeo preferido, vuelvo a respirar su atmósfera en el relato. Su casa de fieras era tan elemental y tan cutre como la del Retiro madrileño, creo recordar.
      ¡Wellington, Wellington! Los españoles hemos exagerado la gratitud a ese inglés que nos ayudó, sí, pero como nosotros a Inglaterra, prestándoles el campo de batalla ideal, más la guerra y la guerrilla, más ayudas de costa y ciudades para quemar y saquear. Creo que estamos en paz, y con el título de duque va que arde, sin tanta calle. Por lo demás, nunca supe que aquella rúa tétrica era Wellington, porque solía guiarme por el plano de la Espasa, y allí ponía Sicilia.
      No cerraré esta entrada sin celebrar las páginas que Marina Pino dedica a su relación con la Sección Femenina de la Falange.
      Con la misma sangre fría con que recuerda que el Madrid de las purgas no lo controlaron tanto los anarcos, cuanto los bien organizados y más cerebrales comunistas y socialistas, así denuncia también la damnatio memoriae de las falangistas y su peculiar feminismo por parte del Movimiento Feminista, que en 1999 “recuperó” el Institut de Cultura de la Dona, silenciando en su web la anterior etapa y pedagogía ‘azul’, no tan negativa en la memoria de una niña ‘roja’ y proletaria. Las páginas 64-68 no tienen desperdicio. Así ventilan la Historia, entre nacionalistas y progres.
(Continúa)