En la historia bíblica de Jefté hay un episodio típico de rivalidad tribal que, como de costumbre, se ventila por la brava. El encumbramiento de Jefté, oscuro proscrito del clan de Galaad –sub tribu separatista del complejo Efraín-Manasés–, despierta recelo en los de Efraín y estalla una guerra a muerte, donde éstos llevan la peor parte (Jueces, 12):
Galaad cortó a Efraín los vados del Jordán, y cuando los fugitivos efraimitas pedían paso, los de Galaad preguntaban: «¿Eres de Efraín?» Si negaba insistían: «¿Con que no? Pues di shibolet.» Y si el otro, incapaz de pronunciarlo, decía sibolet, sin más era detenido y ejecutado sobre los mismos vados.
La anécdota, en lo que tiene de observación filológica, fue comentada por los humanistas hebraístas españoles, como Nebrija. Por lo demás, reconocer por el acento es trivial, como en el Evangelio una criada se fija en el apóstol Pedro: «Tu habla te delata, eres galileo» (Mateo, 26: 73). Y como estratagema bélica, ha debido de ser universal.
En hebreo, shibolet es la corriente de agua, aunque también significa ‘espiga’. La palabra es lo de menos. Era una letra, un modo de pronunciarla, lo que marcaba la diferencia. Y en todo caso, la historieta era y es archisabida.
No tan conocido en cambio es su remake o remedo a la española, en la rebelión de los moriscos de las Alpujarras (1569). Allí había gente de todo pelo, musulmanes de lengua arábiga, aljamiados y también cristianos muy castellanizados. En la represión feroz e indiscriminada no valían trajes ni avales, para reconocer al enemigo.
Algún enterado sacó entonces a colación la vieja historia sagrada, y su posible aplicación al caso. ¡Cómo! Si hasta tenemos en castellano una palabra casi igual que la hebrea: shibolet – cebolleta. No tiene nada que ver, pero hace el mismo servicio. Nuestro moros y moriscos no pronunciaban la ce o cedilla (ç) a la española. Incluso entre hispanos ya se notaba el ceceo de unos y seseo de otros. Pero frente a todos ellos, el moro andaluz xexeaba, como tampoco pronunciaban la ll, de modo que cebolla en boca morisca sonaba xebolia [1].
No era probable que los moriscos –a diferencia de los judíos– estuviesen muy al corriente de tretas bíblicas. Ésta además era preciosa para distinguir a los jóvenes moreznos. Sólo los que de muy niños se criaron en familias castellanizadas pronunciaban bien.
La noticia nos ha llegado por Bernardo Aldrete en Varias Antigüedades de España, África y otras provincias (Amberes, 1614, pág. 153), obra escrita en plena crisis de la expulsión de los moriscos de España (1603-1614) [2]
La cebolla, en la ensalada vasca
Valga el cuento por la moraleja.
El fallo del Tribunal Supremo contra la legalización de Sortu como nuevo avatar de Batasuna/ETA, con el voto discrepante de varios magistrados, pone en evidencia cuánta falta nos hace aquí alguna ‘prueba de la cebolla’, para distinguir entre terrorismo y política.
Ya se sabe que en esta materia no podemos esperar a un Dedekind que nos haga una ‘cortadura’. Pero sin llegar a la discriminación lógico-matemática, ¿tan imposible es fijar una distinción jurídica clara entre lo que es de ley y su contrario? Y si tal cosa fuese tan difícil o imposible en Derecho, ¿lo es igualmente en Ética? Fijémonos en este aspecto ético, más que en lo jurídico.
Según algunos, la expresión discriminante ya ha sido pronunciada: «Rechazamos la violencia, incluso la de ETA.» ¿Qué más pedir? No sé qué valor tenga una declaración así, más o menos, en unos estatutos de asociación política. Tal como suena es ambigua. Incluso ETA de vez en cuándo desiste de su propia violencia, mientras afirma su deseo de llegar a una paz condicionada. Es como si bastara un flatus vocis, sin entrar en finuras conceptuales. Cebolla, en lugar del Filioque.
La violencia, el terror, se puede rechazar en absoluto y por principio, o solamente por estrategia y táctica. En este sentido, no sólo es ambiguo el rechazo por parte de Sortu, también lo han sido muchas declaraciones de líderes y partidos democráticos: «ETA sobra, ETA es un estorbo». Casi siempre parece implícito algún adverbio: ‘ahora’, ‘ya’.
Lo que se echa de menos, y sería altamente clarificador, es rechazar a ETA ahora y siempre, porque es absolutamente rechazable, porque nunca tuvo razón de ser, ni la tendrá jamás en democracia. Pero, ay, esta cebolla es rara en la ensalada vasca, y prácticamente ausente en el recetario nacionalista.
No es sólo la doctrina del árbol y las nueces. Es eso y más. Cuando en los principios de ETA muchos jóvenes se alistaron a la solución ‘militar’, muchos tuvieron la bendición del padre o el abuelo rematada en un suspiro: «¡Ah, si yo tuviese tu edad!». Y cuando ETA asesinó a Carrero Blanco, mucha gente incluso ajena al nacionalismo lo celebró como un fasto para la democracia española, sin percibir que ésta a la organización le traída sin cuidado. Una ligereza que contribuyó no poco en su momento a ensanchar aquella primera ‘base social’ de la violencia.
A partir de ahí, todavía son muchos los que justifican a ETA con varias razones:
1. La primera, explicándola como reacción frente a una violencia franquista ejercida específicamente contra el pueblo vasco.
2. Reacción que, desaparecido el franquismo, hubo que sostener, porque el Estado español heredó la misma función opresora.
3. Aun admitiendo que la violencia no sea tal vez el medio ideal más deseable para la liberación del pueblo vasco, justo es reconocer que ETA ha contribuido lo suyo hasta el heroísmo, mereciendo respeto, gratitud y premio por los servicios prestados.
4. Si ETA tuvo razón de ser como reacción a una violencia de Estado, es posible que en un futuro pueda volver a tenerla, si el Estado sigue en las mismas, con medidas opresivas como la Ley de Partidos, o su aplicación en casos como el de Sortu.
Todo esto es perfectamente compatible con la suscripción de fórmulas como «ETA kanpora, fuera ETA», como en un divorcio por palabras de presente, sin referencia al pasado ni al porvenir. Sea cual sea a los efectos el ancho de vía del Derecho, siempre habrá una senda ética más estricta, donde sólo circule gente de paz ‘a la cebolla’. La senda de la convivencia. Lo demás es volver siempre a las andadas.
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[1] La diferencia se refería principalmente a los sonidos de las letras arábigas sin / shin (س /ش), representada la segunda por x en textos castellanos antiguos.
[2] El clérigo Bernardo de Aldrete (o Alderete, h. 1560/5-1641/5) fue un adelantado de la filología moderna, a veces confundido con un homónimo teólogo jesuita más joven (1594-1657). El texto original que nos interesa es asequible en la Red: Portada y obra completa; el shibolet hebreo (pág. 152) y la cebolla castellana (pág. 153).



