domingo, 5 de diciembre de 2010

Lo vasco que nunca existió (1)


A estas alturas, ya mucha gente sabe que la verdad del político no siempre coincide con la verdad a secas, pero a menudo ni siquiera con la verdad científica. Mucha gente lo sabe, otros lo sospechan. Pero también hay quien sigue en la higuera. Como el Dr. Ibarretxe, que lleva años repitiendo que el pueblo vasco tiene 7.000 años de antigüedad. A propósito, el lingüista Joaquín Gorrochategui ironizaba: 


«¿El pueblo vasco? Ya se sabe que, popularmente hablando, el pueblo vasco, remonta a la más oscura prehistoria de los tiempos. Así, el anterior lehendakari le había conferido, no sé por qué, 7.000 años de antigüedad, aunque para nosotros eso no tiene ningún sentido

Para Ibarretxe, sí. Esa es una de sus grandes verdades de político, y hasta ahí, todo normal. Lo grave es que incluso reciclado como profesor universitario y conferenciante por esos mundos, el ex lendacari ha seguido repitiéndola como mantra. Hasta se murmura que a punto estuvo de meterla en su reciente tesis doctoral. El colmo, un científico tomando en serio su propia verdad de político.
La cita del profesor Gorrochategui la tomo de un librito reciente, que acabo de leer de un tirón: Actas del ‘Encuentro sobre la Prehistoria Vasca: Presente y Futuro’– El Escorial, 9 de mayo de 2009. (Madrid, 2010, 175 págs., pág. 25). Organizado por Euroforum y la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, es una síntesis interdisciplinar de expertos (Lingüística, Antropogenética, Arqueología), donde a este profano le interesa la mirada al futuro de esa ciencia, la Prehistoria Vasca, pero muchísimo más el panorama de su estado presente.
–Bueno, ¿qué importancia tiene todo eso? Después de todo, la Prehistoria como ciencia no es relevante en lo político.
Así es, por regla general. Pero se da la circunstancia de que en Euskadi, durante toda una generación –desde la transición democrática–, la política real está basada en supuestos de proyección prehistórica. Borremos el imaginario prehistórico del nacionalismo, y toda su política se viene abajo. El nacionalismo reivindica un pueblo independiente, en unos territorios históricos, hablando una lengua propia, todo ello con una sola base: la Prehistoria. A Sabino Arana le quitas la sustancia prehistórica, y es que no queda nada, nada en absoluto, salvo trifulcas de taberna contra el maqueto.
Trataré de hacerlo ver, discurriendo por tres temas de calado político:

1.      Independencia vasca.
La eventualidad de un País Vasco independiente no es monopolio del nacionalismo. Yo, que no me considero nacionalista militante ni triunfante –si acaso, purgante–, contemplo tal posibilidad con estoicismo y flema. Eso sí, me gustaría verla fundada en verdades con más enjundia que las que nutren la política nacionalista.
Cualquiera entiende que un equipo de pensadores, sociólogos, economistas etc., tras estudiar a fondo la realidad del país, llegue tal vez a la conclusión de que, en la actual coyuntura, lo mejor para la ciudadanía vasca (supongamos que también para España) sería cambiar el estatuto actual por una secesión acordada y amable, abriendo cuanto antes un proceso de consulta, referéndum y autodeterminación.
–¡Pero eso es lo que propuso Ibarretxe!
Bueno, la propuesta de una consulta o referendo por ese comité ideal de expertos no sería técnicamente muy distinta del ‘Plan Ibarretxe’. ¿Entonces…? Pues que no sería el ‘Plan Ibarretxe’. No tendría nada que ver con él, ni en el punto de partida ni en el de llegada.
De partida, mi comité de expertos se basaría en considerandos científico-técnicos. De llegada, el nuevo estado surgido de ese experimento ideal tendría que dotarse de una constitución, conforme a un modelo de sociedad asumible desde postulados científico-técnicos.
Lo de Ibarretxe es otro mundo. Como nacionalista vasco, su Plan parte de una imagen política de Euskal Herria, lo que ellos toman como el pretérito indefinido de este país, proyectándola al futuro. Nuestros nacionalistas no quieren ser españoles, ante todo y sobre todo porque se tienen por distintos y por vascos desde mucho antes de existir España y cualquier otro ente político ajeno a ellos. Vascos desde la Prehistoria. “Los vascos no datamos”, que dijo el otro.
El mismo abismo separa los respectivos puntos de llegada. Podemos no tener idea clara del modelo de país que recomiende nuestro comité de sabios. Lo que podemos adelantar con certeza es la inclusión de un pluralismo real, en los antípodas de los bachoquis y herricotabernas, donde el pluralismo se excluye o se tolera como mal necesario.

2) Lengua vasca.
La política lingüística nacionalista va por la euskaldunización de toda la población de Euskadi, extensiva a todo el territorio de Euskal Herria, al Sur y al Norte de la raya pirenaica.
La euskaldunización, sobre el modelo lingüístico artificial del vascuence unificado (euskera batua), es un fenómeno singular en el mundo entero, comparable sólo a la hebraización masiva de la población de Israel. El costo de la llamada ‘normalización lingüística’ no se conoce, pero nadie discute que ha sido, es y va a seguir siendo fabuloso, por tiempo indefinido. Un cuento de nunca acabar.
La pregunta obligada es: ¿Por qué y para qué? Respecto a lo segundo –el ‘para qué’–, mejor será pasarlo por alto, para no distraernos de la proyección hacia atrás en esta diatriba.
Pero ese ‘para qué’ tiene por delante un ‘por qué’. El descomunal esfuerzo y gasto invertido en euskaldunización y, como la llaman, ‘normalización’ lingüística tiene como principio y fundamento un dogma político, con varios artículos de fe acerca del euskera:

El euskera es nuestra lengua propia como vascos.
El euskera es la lengua más antigua de Europa, o una de las más antiguas.
El euskera como lengua data del Neolítico, o de ahí para arriba.
El euskera se ha preservado maravillosamente desde la más remota antigüedad.
Por todo ello y algo más, por ser lengua única en el mundo y exclusiva nuestra desde siempre, es un bien cultural que, como pueblo, tenemos obligación de amar, conservar, conocer, hablar y propagar.

Eso es lo que se nos dice –todo de golpe, o a pequeñas dosis–, y vamos a suponer que con sinceridad. Eso es también lo que se inculca al niño vasco desde que entra en una guardería.
Pero es que todo ello es rigurosamente falso, de principio a fin, sin una sola proposición que se salve. En realidad ya lo sabíamos, pero por si acaso, el Encuentro sobre Prehistoria Vasca lo viene a recordar, punto por punto: nada de lengua propia ni exclusiva de un pueblo o área determinada; nada de antigüedad neolítica; nada de preservación. El vascuence actual no es más antiguo que el castellano, y en su evolución como cualquier otra lengua (máxime, siendo ágrafa) ha tenido cambios diacrónicos en su distribución geográfica y pueblos hablantes. Si realmente es bien cultural, no lo es en el sentido que se le atribuye, ni con las responsabilidades que se quieren deducir.
Si no queremos enredarnos en una catequesis buenista, al estilo de Babel o barbarie de Baztarrika, hay que preguntar con valentía qué clase de bien cultural es el vascuence. Humboldt y otros sabios del siglo XIX prestigiaron esta lengua pensando que, en efecto, era una reliquia prehistórica, un fósil viviente, cuyo estudio podía resolver puntos oscuros de la lingüística general e indoeuropea. Sólo por eso. Curiosidades tan curiosas como el euskera, un explorador tan viajado como Humboldt las había visto a porrillo. Si el vascuence le llamó más la atención fue sobre todo por la supuesta utilidad académica.
La epigrafía ha desmontado el mito del euskera milenario. Y aunque (por la razón que sea) los antiguos vasco hablantes debieron de ser muy reacios a la escritura, los vestigios que se adivinan, más que se ven, llevan a conclusiones más bien negativas. No sabemos ni el dónde ni el cuándo ni el cómo. Y sobre todo: de lengua prehistórica, nada.
Ante el vacío de cualquier evidencia objetiva, epigráfica, sobre la distribución diacrónica de hablas euscaroides, hay quien arguye: “Bueno, en alguna parte tuvo que hablarse el euskera”. Subrayo ‘el euskera’, en singular. ¿Y eso, qué es?
Notemos el razonamiento: hoy se habla euskera en alguna parte, luego en el siglo I en alguna parte tuvo que hablarse. Es como decir: hoy se habla castellano, luego en el siglo I alguien y en alguna parte tuvo que hablarlo.
—No vale: el castellano es lengua romance, derivada del latín, nace en la Edad Media, tiene sólo 1.000 años de antigüedad.
Así que me concedes que el castellano no es latín, y a la vez pretendes que yo te conceda que en el año 1000 y en el año 1 se hablaba el euskera?
El vascuence ágrafo de tiempos de Cesar y de Augusto, hablado no sabemos por quiénes ni dónde –gentes, eso sí, de contactos múltiples y móviles, debió de evolucionar mucho más de prisa que el latín. Con el trasiego cultural, la lengua no escrita se volvería incomprensible cada 3 o 4 siglos, por decir algo. El euskera empieza a fijarse por escrito en el siglo XVI. Leamos en público un texto de entonces; por ejemplo, un poema de Lazarraga, a ver cuántos ‘vascongados’ lo entienden. (Uso aquí ‘vascongado’ como el equivalente de euskaldunberri. Sé que puede sorprender o molestar, pero es correcto.)
En suma, lo que se pregunta: ¿cuál es concretamente el patrimonio cultural que tenemos que preservar? No ‘la lengua milenaria’, desde luego, pues sólo existe en la imaginación. ¿El euskera moderno? Pero llamar a eso ‘patrimonio sagrado de todos los vascos’ es excesivo y ridículo, cuando hasta sus dialectos vivos se han planchado con el batua. El euskera moderno tiene indudable valor afectivo y cultural para los euskaldunas que lo tienen como lengua materna. Para los demás no significa lo mismo, una lengua que no es más antigua que el castellano, que es minoritaria, sin apenas literatura, difícil y nada práctica.
–Bueno, es que fuera de eso, también hay otras razones para la euskaldunización. Y en último término, es lo que hemos aprobado como ley, y hay que cumplirlo.
No, si al final esta última va a ser la razón de peso. La sociedad vasca se ha impuesto a sí misma una cruz sólo porque sí, por puro masoquismo. O también porque es tonta, y se ha tragado lo del bien cultural prehistórico. Neolítico, para ser exactos.
Antes soslayamos el ‘para qué’, y ahora vemos que porqué y para qué son el misma cantar. En definitiva, nos euscaldunizan porque una minoría de vascohablantes, un reducido porcentaje de la sociedad vasca, así lo decidió. Lo de la Prehistoria y el patrimonio cultural era un embeleco. Nos euscaldunizan en aras de la construcción nacional. Totalitarismo camuflado de estafa.

3. Etnia vasca.

El argumentario racista, tan decisivo en los planteamientos del nacionalismo vasco primigenio, circula hoy como de incógnito y con sordina, después de lo de Hitler. Pero ni ha sido abolido, ni tampoco fue invento nacionalista:

“La etnicidad es algo que caracteriza hasta nuestros días a muchos vascongados de diferentes ideologías.”

Lo dijo Julio Caro Baroja, nada menos. Razón de más para andar con pies de plomo cuando el nacionalismo lo trufa en su concepto de ‘pueblo vasco’. Cuando el Dr. Ibarretxe repite –como hizo en la presentación de su ‘tesis-libro’ (15-04-2010)— que «los Fueros del pueblo vasco, siguen siendo la auténtica Constitución del pueblo vasco», es obvio que no se refiere a todo el batiburrillo actual de ciudadanos a los que presidió, sino sólo a la pars sanior, al elemento genuino de esa sociedad mezclada; en suma, al auténtico pueblo vasco milenario y prehistórico.
La etnia o raza son también términos del léxico científico, bien entendido que no significan lo mismo que en boca del político. La Antropología Física tiene hoy una herramienta muy poderosa para caracterizar a grupos humanos como pueblos y etnias, analizando ‘marcadores genéticos’ que pueden rastrearse hasta la prehistoria.
En el Encuentro sobre Prehistoria Vasca, la Genética antropológica estuvo representada sobre todo por Concepción de la Rúa, que presentó una ponencia muy interesante por lo documentada y razonada, amén de pedagógica.
Aprender es siempre hermoso, pero la emoción es inexplicable cuando quien te enseña es un antiguo alumno o alumna, convertida en autoridad mundial. De la intervención de ‘Conchi’ sólo diré que no habrá hecho muy felices a los hinchas del pueblo vasco autóctono, prehistórico, homogéneo, perdurable, continuo, aislado, uno y único...
Notable paradoja: Al contrario de la epigrafía, pobre de solemnidad, aquí el problema es una sobreabundancia de trabajos, a menudo mal diseñados y peor interpretados, que representan ruido y artefacto a la hora de hacer las comparaciones de rigor con otras etnias, muchísimo peor estudiadas, incluida esa Aquitania que es como una pesadilla para los soñadores del Pirineo como Edén vascongado.
La pregunta, entonces, es: ¿Por qué, ese exceso? ¿Por qué somos el pueblo más onfalóscopo del planeta? Una vez más, Caro Baroja tenía razón.
(¿Qué qué quiere decir onfalóscopo? El que practica la onfaloscopia. La palabra lo dice: del griego ómfalos, ombligo, y skopein, observar. Podríamos anteponer el prefijo auto-, para indicar que el ombligo que contemplamos los vascos con fruición y embeleso es el nuestro propio. Preocupante.)


lunes, 29 de noviembre de 2010

Chacolí (y 2)




Pues, como iba diciendo: El patio de mi casa antiguamente no se mojaba, porque no era patio. «¿Qué hubo aquí, señor Demetrio?», pregunté al anterior dueño. «Un lagar. En el pueblo hubo varios» Uno tras otro, han ido desapareciendo en Valdivielso, aunque algunos quedan. Éste era del siglo XVI, pero hay restos muy anteriores dispersos.

De todo eso pensaba hablar, al hilo de la diatriba sobre el chacolí, pues lo que se producía en el corazón de las Montañas de Burgos no era otra cosa. Dejando aparte el nombre, que por allí se difunde algo después que en Vascongadas, los documentos que he manejado ponen aquel vino en la misma categoría barata de los del norte de Burgos, Santander, Encartaciones –Enkarterri, que dicen ahora, como llaman también a la Ribera alavesa Arabako Errioxa, con el mismo fervor cómico de reconquista–, Mena o Ayala. Es decir, la mismísima realidad que la Real Academia registró como chacolí (1729).

Ahora se me han ido las ganas de hablar de ello. Las ganas y el humor. No hay lugar para una discusión amable y educada. El cerrilismo nacionalista vuelve por donde solía, bronco y desaforado. Su txakolina se les ha subido a la cabeza, y ojo, que aunque flojo, tuvo fama de ‘mal vino’: «borracho, y de chacolí», cosa mala. Cambiemos, pues, de registro sin perder la compostura.

Nos ayuda, como casi siempre, el amigo Horacio. Le recordaba aquí mismo hace poco, mostrando su genio para condensar arte y filosofía en píldoras coloquiales de fórmula griega. Esta vez le dejaremos que empiece por una traducción literal y casi pedestre de Alceo, el gran poeta báquico:

μηδν λλο φυτεσς πρότερον δένδρον μπέλ
Nullam, Vare, sacra vite prius severis arborem
Ningún árbol plantes, Varo, antes que la vid sagrada

Por lo visto, ese Varo, venido a más –de barbero y zapatero en Cremona, en Roma se hizo abogado y entró con buen pie en política– estrena villa en Tívoli, donde va a ser vecino de Horacio, que le da un consejo: lo primero, las uvas.

Nada plantes, nada, Varo, antes que la vid sagrada
en el labrantío Tívoli, cabe el muro de Catilo.
A los secos, los más duros recuerdos el dios evoca,
Y si algún afán remuerde, sólo bebiendo se espanta.
Tras el trago, ¿quién denuesta la milicia o la pobreza?
¿quién te olvida, padre Baco, y a ti también, Venus santa?

La oda transcurre, incisiva, en asclepiadeos mayores. Transparente, se la ve venir: «ahora va a hablar contra el exceso en la bebida, seguro.» ¡Buen ojo, sí, señor!:

Pues para que nadie exceda del beber justa medida
la riña de los Centauros y Lapitas, por el vino,
que en Tesalia acabó en guerra, un severo Baco avisa…

Pero, pero… Aquí hay gato encerrado. Vamos a ver. Asclepiadeos mayores…, Varo… Varo… ¿No es éste el Alfeno Varo al que Catulo apostrofa igualmente en asclepiadeos de a quince –una docena justa, que hacen la Oda 30–, poniéndole de vuelta y media, fementido traidor a no sé que amistades particulares que se traían?

A Horacio aquello ni le va ni le viene. Como tampoco los quidprocuós del tipo aquel con el amigo Virgilio, otro que tal: la égloga 7 de las Bucólicas virgilianas está dedicada precisamente a un Varo, entre alusiones y equívocos, llevándole al espectáculo de un Sileno durmiendo la mona crónica, sin soltar el cántaro desportillado vacío... No, no puede ser casualidad: el tal Varo se iba de la mui, porque el muy maricón alcahuete tenía además mal vino.


Centauros y lapitas eran primos hermanos que se llevaban bien, hasta que en una boda familiar a los primeros se les sube el vino a la cabeza, suscitándose una quimera que degeneró en guerra. El pretexto, como dice Horacio: «una diferencia sobre el filo de la navaja –el fas y el nefas, el bien y el mal–, a la luz del egoísmo».

Al nacionalismo vasco le encanta ese juego de pisar la raya, y siempre con intereses mal disimulados. Tal se ve ahora al PNV pidiendo al Gobierno Español que blinde en Europa los términos txakoli, chacolí, txakolin, chacolín y txakoina, para que fuere de Euskadi no puedan aplicarse a ningún otro vino. ¿Egoísmo? Mucho más que eso: «este vino blanco está vinculado al País Vasco, con su historia y sus raíces como pueblo» (Joseba Agirretxea, PNV). Vamos, que lo llevamos en la sangre, corre por nuestras venas y forma parte de «nuestros preciosos fluidos corporales» ('Dr. Srangelove').

Europa pensará, «pero estos Centauros están locos». Toda Europa acude a Europa para ampararse frente a otros estados . Sólo España lleva allá sus guerras intestinas, euskadianos contra burgaleses y cántabros, lapitas contra centauros … Vayan otros a Europa a hacer cola; nosotros, a hacer colada.

A nuestros centaurillos pottokas, a los jaunchos de los territaifas vascos, Europa acaba de darles buen revés por las vacaciones fiscales. Otra batallita que nos sale cara, y mira que estaba cantada la derrota. Pues como si nada. «No vamos a sufrir que Burgos se beneficia de nuestro esfuerzo, de lo gastado por el anterior Gobierno Vasco y las Diputaciones del PNV para convertir una purrela en vino de prestigio y calidad. Llegaremos hasta donde haga falta.»

Nadie niega que con dinero público a raudales (como se hacen aquí las cosas) se ha logrado un producto de nivel; como cuánto de alto nivel, allá los expertos. Baste al menos que se reconozca gasto público en lo que para unos será prioritario; para muchos más, no tanto, y aun habrá quien lo mire como despilfarro, pues el erario no recupera todo lo invertido en ayudas de todo género.

Tampoco atenta contra el buen hacer de los productores recordar que la enología no nace con el chacolí. Al contrario, lo mejor de ese buen hacer ha sido buen aprovecharse de la mejor tecnología actual.
Hay quien estima que el chacolí está sobre preciado y aguanta a fuerza de proteccionismo. De ahí el pavor ante la competencia, porque el tinglado se viene abajo, a poco que las cubas vecinas fermenten.

Juegan, por otro lado, las contradicciones del nacionalismo. Chacolí de Burgos, no. ¿Y qué hay de Navarra? ¿Y de la bien amada (y subvencionada) Iparralde? Si les pagamos ikastolas por su bien, también en esto podemos ayudar, por ejemplo, otorgándoles bula y dispensa, y hasta subvencionándoles, si son buenos… En serio, cualquier chacolinero francés se reiría de la pretensión prohibitiva.

«Nuestro esfuerzo, nuestro talento.» El prejuicio sabiniano del vasco laborioso y emprendedor, frente a los otros, obtusos zánganos de colmena. Y esta vez no va por los madrileños, los extremeños o andaluces. Ahora son nuestros vecinos inmediatos, de los que nos separa esa raya fina, horaciana, entre el bien y el mal: la dichosa, la asfixiante ‘muga’.

¿Pero qué digo, ‘nuestros vecinos’? ¡Nosotros mismos! Yo no sé hacer buen vino, pero como decía, en casa lo he visto hacer año tras año a mi vecino, como una querencia ancestral hacia el lagar que allí existió. Con unos cestos de uva asilvestrada obtiene un caldo blanco que, con segunda fermentación en botella, es chacolí auténtico. Con denominación de la Real Academia.

Pues bien, como bilbaíno que pago mis impuestos en Vizcaya, si un buen día en el pueblo me da por copiarle a mi vecino su vino, pregunto: ¿a quién debo pedir permiso para etiquetarlo como tal chacolí, diputado Agirretxea?

Que responda Horacio:

Cándido zorruno, amigo,
yo contigo no me meto, ni te robaré el secreto
que entre pámpanos escondes. Deja en paz la chalaparta
y el tamboril agresivo, que mueve egoísmo ciego,
esa gloria patriotera tan altiva como huera,
porque más que el vidrio claro, Varo, se te ve el plumero.

«Cándido zorruno». ‘Zorrunos’ (bassarei, de ‘zorro’, en griego) llamaban a los bacantes en los misterios dionisíacos, por algún gorro o prenda de esa piel que se ponían. Cándido zorruno, como anillo al dedo aquí, para quien confunde marca de vino y seña de identidad. «Se quieren aprovechar de nosotros, quieren explotar nuestra marca.» Perlucidior vitro!, termina esta oda, que toda ella hace literal otra metáfora también de Alceo: el vino es el espejo del hombre (de ciertos hombres, en particular):

ονος γρ νθρώποις δίοπτρον

¿Verdad que la pieza horaciana, tan anodina en primera lectura, parece una profecía? Con razón llamaron vates a los poetas.

«Iremos a Europa, y a donde sea». Pues ea, señores, tengan ustedes buen viaje. Solamente dejen de tirar con pólvora del rey, y en vez de ir de estudiosos primero y de pleiteantes ahora, páguense de su peculio unas vacaciones. Con las fiscales que nos han dado ustedes, nosotros vamos bien servidos.

_______________

Para quienes no hayan reconocido a Flaco en mis torpes glosas en prosa y verso, aquí va el texto latino de la Oda 1, 18 (léase marcando las cesuras):

Nullam, Vare, sacra / vite prius / severis arborem
Circa mite solum / Tiburis et / moenia Catili;
Siccis omnia nam / dura deus / proposuit, neque
Mordaces aliter / diffugiunt / sollicitudines.
Quis post vina gravem / militiam / aut pauperiem crepat?
Quis non te potius, / Bacche pater, / teque decens Venus?
Ac ne quis modici / transiliat / munera Liberi,
Centaurea monet / cum Lapithis / rixa super mero
Debellata monet / Sithoniis / non levis Euhius,
Cum fas atque nefas / exiguo / fine libidinum
Discernunt avidi. / Non ego te, / candide Bassareu,
Invitum quatiam / nec variis / obsita frondibus
Sub divum rapiam. / Saeva tene / cum Berecyntio
Cornu tympana, quae / subsequitur / caecus amor sui.
Et tollens vacuum / plus nimio / Gloria verticem
Arcanique fides / prodiga per- / lucidior vitro.


jueves, 25 de noviembre de 2010

Chacolí (1)



Si se patentan genes, no es extraño que se patenten palabras. Que es el modo de poseer en exclusiva lo que expresan. Porque el nombre de las cosas es el certificado de su existencia:

Izena daben guztiak izatea be badauke
(Todo lo que tiene nombre, también tiene ser)

Eso viene a decir un proverbio vascongado, aunque luego vienen sus distingos:

Izenak eztu egiten izana.
Izena bat ta izana bi.

(El nombre no hace el ser. El nombre es uno; el ser, dos.)

Y el chacolí, tres, podemos añadir. Porque, vamos a ver: ¿existe el chacolí?

El chacolí ha existido, hubo algo que se llamó así. La Real Academia Española, en la primera edición de su Diccionario (1729, t. 2, pág. 292) lo registró:

«Vino de baxa calidad y poca substancia, por no llegar la uva de que se hace à perfecta madurez, por cuya causa es de poca duracion. En España solo se halla en las Provincias de Vizcaya y Montañas de Burgos

No sugiere etimología, aunque para la palabra siguiente sí lo hace, chacolotear (onomatopeya de un sonido). Nada dice de que chacolí sea vascuence. Es notable que, siendo aquel diccionario ‘de Autoridades’, no se ofrece ninguna para el chacolí, como si fuese palabra no escrita. Más tarde la misma Academia se enmienda, sobre todo en dos puntos: Cantabria es chacolífera y el chacolí es un vino tinto.

En 1742 el jesuita Isla menciona «un chacolí o vinagrillo de la tierra», no referido al País Vasco (Fray Gerundio, 3, 4, 8).

Por entonces, su consocio Larramendi copia de la Academia: «Chacolí, vino de poca sustancia». En vascuence pone chacolina, arnaguea, pero nada dice de origen vasco de la palabra. Y eso que el autor no pierde comba en esto; por ejemplo, casi a continuación: «Chacona. es voz Bascongada, y viene de chocuna, chucuna… », dice por decir (Diccionario trilingüe, 1745; t. 1, pág. 192).

Del mismo siglo XVIII tenemos a Cadalso, Memorias o compendio de mi vida (1762): «hablar vascuence, beber chacolí, plantar castaños…» Aquí sí, el contexto es vizcaíno (Bilbao, Zamudio), pero con eso el chacolí no tiene por qué ser más vascuence que los castaños.

¿Vascuence, chacolí? A los vascófilos no les cabe duda, y hasta discurren etimologías. Por afinidad fonética se relaciona con etxeko, de casa. Por ejemplo, preguntado un chacolinero cuánto fabrica, su respuesta canónica sería: «etxeko ain» (convertida para el caso en etexkolain), «como para casa». Pero, por la misma regla de tres, tan casera y chacolinera sería la sidra, pues quitando a Don Lope el Vizcaíno, rico en manzanas, pobre en pan y vino, y alguno más, los hidalgos a lo Garibay y los labradores sólo hacían sidra ‘patrimonial’, para el consumo propio. Y hablando de etxea, también el perro, txakurra, lo meten algunos en casa como «el (animal) casero» por excelencia. O sea que seguimos donde estábamos.

Tampoco el moderno Orotariko Euskal Hiztegia de la Real Academia de la Lengua Vasca / Euskalzaindia aclara el misterio, ni hurga en fondos documentales vascongados. En este sentido, sólo veo dos afirmaciones sin prueba: que la palabra, documentada desde el siglo XVI, se difunde en el XVII –aunque el Covarrubias (1611, 1673) no la conoce–, y que esa difusión parte del extremo oriental de Guipúzcoa, para designar vinos de origen francés. Veo también citado a Antonio de Trueba, que en Vizcaya no encontró el término hasta un documento de Olabeaga (1630), llamando chacolí a un vino de Burdeos, que a falta de otro se propinó a una soldadesca. Pero si aquí lo hacemos galo, de Francia nos lo devuelven con el Grand Larousse.

La intentona de vasconizar el nombre no se para en barras. Si el término propio vasco es txakolin –en grafía sabiniana, pronunciado chacoliña, con el artículo–, hasta eso se vuelve argumento, pues también otros líquidos bebibles terminan igual: ozpin (vinagre), pitipin, txuzpin (vino aguado, aguachirle). Hombre, si fuese txakopin, sería más convincente.

Siempre hay un consuelo:

«Lo que sí sabemos con rotunda seguridad es la fecha, el lugar, y casi la hora en que la palabra chacolí, en el País Vasco, pasó a ser txakoli. Fue en la Nochebuena de 1895. Sabino Arana se encontraba preso en la cárcel de Larrínaga en Bilbao… » (M. Corcuera y otros, Chacolí / Txakolina, 2010, pág. 161).

Sí, sí, nos lo han contado cien veces, nos sabemos de memoria el menú pantagruélico de aquella cena del político perseguido, en compañía de sus íntimos. Pero aquel fogonazo de inspiración, aquella inmersión lingüístico-etílica del término por la vía ortográfica no pasa de anécdota.

Como, por la otra parte, el francés ni el castellano tampoco ayudan, antes de dejarlo por imposible anoto una propuesta de etimología… hebrea: shehakol (שהכל), pronunciado con e brevísima, sheakol.

 El ritual judío tiene hasta cinco bendiciones distintas para tomar un tentempié. Cuatro son específicas de ciertos manjares. La quinta, llamada shehakol, es multiuso, como el nombre indica («para todo»); por ejemplo, vinos no de uva se etiquetan con la advertencia: «vino sheakol». El adjetivo correspondiente sería shakolí: «vino chacolí», como se decía también en castellano. La palabra está tomada de la bendición, que como todas, empieza: Baruch ata Adonay Elohenu Melek haolam (Bendito tú, Señor Dios nuestro, Rey del Universo); concluyendo ésta: shehakol nihyah bidvaro (el que todo existió por su Palabra).

      Es sabido que los judíos en la Edad Media anduvieron muy metidos en alcabalas y aduanas, pero no sólo en España, también en Francia. ¿Es posible que en su jerga profesional los vinos de poco fuste entraran irónicamente como ‘chacolí’? Se non e vero, e ben trovato. Hasta la n del vascuence txakolina la ven algunos en la misma bendición: shakoli-nihyah… ¿Quién da más?

Estamos, pues, como al principio, es decir, en ayunas. Lo peor de las etimologías viene cuando compiten varias. Es como ir al médico, y oírle que lo tuyo puede ser del hígado, o bien del corazón, aunque también parece una artrosis de cadera, tal vez complicada con un astrocitoma de cerebelo.

¿Qué significa Bakio? «Remanso de Paz» (bake, préstamo latino clásico, es la paz). Valiente sosada. Baquio es uno de los sobrenombres de Dionisio, el dios del vino. Llamar así a la capital del chacolí no sólo es más propio, sino que puede hacerse razonable inventando un mito milenario sobre la venida de Baco fundador, trayendo un mugrón en vez de un ramo de olivo.  Mi propio nombre, Belosticalle, tiene su pequeño tesauro de etimologías. ¿Qué tal esta otra? Belosti, to be lost. Al menos encierra algo de verdad.

En medio de tanta incertidumbre, he aquí que, como hubo Guerras del Chaco, ahora tocan las Guerras del Chacolí. Ha empezado Burgos, dicen, pero interesa también a Cantabria, y puede que a Navarra. Porque Navarra tiene chacolí, como nos recuerda mi buen amigo el profesor Humberto Astibia (UPV/EHU), paleontólogo, experto en caldos del país casi tanto como en sus dinosaurios fósiles.

¿Guerra político-identitaria? ¿Guerra mercantil? ¿Es por el nombre, es por la cosa? Como no soy experto en vinos ni tampoco en marcas y patentes, me ceñiré a lo que tengo más cercano: el chacolí auténtico y autóctono que siempre se hizo y veo hacer en un lugar de la Montaña de Burgos. Para ser un poco más concreto, en mi propia casa.

El patio de mi casa…  Pero veo que es algo tarde. El próximo día vuelvo sobre ello.