lunes, 4 de octubre de 2010

La Virgen en el aquelarre


El aquelarre –por mal nombre sabat, de connotación antijudía, como sinagoga– tuvo diversas construcciones en el imaginario renacentista, barroco y romántico. Pero fue hacia 1420 cuando este avatar de la ancestral ‘Fiesta del Chivo’ se había manifestado, en el contexto de una versión ‘sintética’ nueva de la brujería, como sociedad secreta de adoradores del Diablo[1].

A partir de este dato, hay para gustos. Las descripciones que hicieron autores españoles de aquel siglo XV (el Tostado, fray Lope de Barrientos, el cardenal Torquemada, fray Alonso de Espina, entre otros), aplicada nuestra lógica, se reducen a reuniones festivas promiscuas y orgiásticas, en torno a una máscara caprina, armada de un falo tan ostentoso como su cornamenta y barba, de función desinhibitoria evidente y complementaria de una probable intoxicación etílica o alcaloidea.

Tales excesos se debían reprimir, desde luego; pero de suyo nada tenían que ver con ninguna apostasía religiosa, fuera del natural corte de manga a los rigores de la moral cristiana. Tanto era así, que a lo que se ve, algunos curas y frailes no desdeñaban tomarse un asueto de su apostolado, bajándose del púlpito a mezclarse con la feligresía y relajarse con ella en alguno de aquellos aquelarres[2]. La tradición clerical del risus paschalis y bromas similares en torno a lo más sagrado –con la función integradora social que los antropólogos les atribuyen– admitía excursos fuera del templo. Por ahí, no cuesta mucho imaginar, en alguna aldea doblemente ‘perdida’, al propio párroco ejerciendo de ‘Don Martín’.

Del otro lado, el fanatismo nunca entendió de bromas. Y aprovechando que la Cruzada contra la Medialuna iba para largo, la Cristiandad se inventó una cruzada anticristiana, contra herejes (cátaros, valdenses, disidentes de toda laya), metiendo a todos en una misma coctelera junto con magos y brujas, de donde resultó una fórmula magistral: la Contra-Iglesia, o el enemigo dentro.

Aquí se acabó el recreo. El cielo nocturno se pobló de viajeros yendo y viniendo de conventículos nefandos, a conspirar contra la república cristiana.


No se trata de ideas lógicas, por tanto caben incongruencias. Por el mismo entonces, la propia brujería se remodelaba. Teóricos misóginos decidieron que era cosa de mujeres. El papel del brujo se devaluó, y con ello el sabat salió perdiendo. El Boque de Biterna, la Noche de Valputa, la Función o Auto de Blocksberg, el Nogal de Benevento, el Aquer Larre y un sinfín de lugares ludomágicos perdieron presencia masculina. El rol viril quedó a merced de diablejos íncubos, cuyo contacto glacial no era el más propio para satisfacción del brujerío.

Creo sinceramente que los dominicos autores del Martillo de brujas no se hicieron cargo del daño que hicieron a la fiesta. Por ventura, la gente no les hizo en esto mucho caso, y allí donde hubo conventículos se procuró un reparto genérico más equitativo. Como aquí en Euscalerría, sin ir más lejos.

De Aránzazu a Zugarramurdi, pasando por los Jesuitas de Bilbao

Las cosas malas, ya se sabe, vienen todas de fuera. La brujería, por ejemplo, nos la trajo en tiempo remoto un tal Hendo, francés obviamente (de Guyena), que tras infectar Laborda y todo Iparralde pasó a la vertiente sur del Pirineo. Del éxito de este apóstol del Diablo se hizo lenguas Baltasar de Echave (1607) y luego el padre fray Juan de Luzuriaga (1690). Tanto así, que todavía hoy el cuartel general de monsieur Hendo se sigue llamando Hendaya (¡!).

El virus ‘hendayés’ tuvo también efectos retardados. El último, el episodio de las brujas vasco navarras del
Proceso de Logroño (1610). Y una vez más, el mal francés vino de Francia [3].

Todo anunciaba un remake de episodios anteriores, en especial lo de 1527, con las andanzas del cazabrujas Avellaneda. Para el obispo de Pamplona la papeleta no era lucida, pero tenía a su favor buena baza: llamarse don Antonio Venegas de Figueroa (h. 1550-1614), tener cabeza amueblada de sentido común y humanismo, y haber sido él mismo inquisidor antes que obispo. Su problema era enfrentarse a dos inquisidores muy crédulos o con muchas ganas de medro. Por suerte, el puesto de tercer inquisidor fue para el burgalés Alonso de Salazar y Frías (h. 1564-1636), el hombre que pasaría a la historia como ‘el Abogado de las Brujas’.

Pero la fama de Salazar no debería dejar en sombra a otro colaborador decisivo del obispo Venegas: un joven jesuita vizcaíno llamado Hernando de Solarte (1579-1626). Él fue en realidad el primero que descubrió el pastel, y le corresponde un sitio de honor junto a otros jesuitas como Tanner (1572-1632), Laymann (1575-1635) o Spee (1591-1635), frente a la postura irracional de su consocio Martín del Río en sus Disquisiciones mágicas (1599/1600), versión culta y ‘civilizada’ del infumable Martillo[4

La Inquisición pensaba que la superstición era mal fruto de la ignorancia, curable a fuerza de doctrina. Varias órdenes religiosas fueron invitadas a colaborar en una misión itinerante, eso sí, cada uno por su lado. Los jesuitas enviaron de Bilbao a dos euscaldunes, Solarte y Diego de Medrano. La primera tarea de Solarte fue convencer a su propio socio (llegado directamente de Logroño) para que se olvidara de las brujas.

Otros predicadores fueron los premostratenses de Urdax y los franciscanos de Aránzazu, a quién desbarraba más y mejor, sembrando confusión y miedo. La campaña de éstos últimos tuvo su Homero en el citado Luzuriaga, en un libro barroco pomposo titulado Paranynfo celeste. Caro Baroja lo utilizó en un último capítulo de su Brujería vasca. Hoy está disponible en la red, dirección citada (Madrid, 1690).

No hagamos presa fácil de un entusiasta de Aránzazu. Lea cada uno, y limíteme yo a recordar cómo los buenos padres aprovecharon para hacer caja barriendo para casa. Por de pronto, leyendo el Paranynfo diríase que el padre provincial seráfico, por inspiración celeste, eligió a tres lumbreras de la orden que se alzaron con el protagonismo. El remedio específico que anunciaban contra el Diablo era la devoción a la Virgen; pero no a cualquiera Virgen, sino a la de
Aránzazu, aparecida en 1469 al pastor Rodrigo de Balzategui.

La brujería navarra, como algunas otras, tuvo mucha intervención de chicos y chicas aprendices del arte. Aunque acudían al aquelarre, por su edad no tomaban parte en el baile, y mucho menos en la orgía sexual. Durante estos actos el demonio les tenía entretenidos aparte, armados de varetas a la orilla de un estanque, cuidando los sapos y sabandijas para los cocimientos mágicos y para entremeses del banquete pedofágico.

Pues bien, muchos de aquellos jóvenes, tanto de Francia como de España, dijeron que estando en aquella ocupación, se les apareció una Señora hermosísima con un Niño en brazos, adivinen quién. En aquellas visitas la Virgen les hablaba en vascuence, aconsejándoles dejar aquel sucio empleo y volver a la fe católica. Luego algunos iban a Aránzazu llevados por sus padres, unos a tomar exorcismos, otros a dar las gracias y la limosna. Todos al punto reconocían la santa imagen: «¡Esta es la Señora que nos solía visitar en Aquer Larre, cuando guardábamos los sapos!»

Es curioso que en todo el proceso de Logroño no se menciona Aránzazu. Consta un informe de los tres frailes  al obispo Venegas y al Tribunal de Logroño (marzo 1611), con autoevaluación alta a muy alta, con pruebas materiales de que la secta de brujas existía, habiendo ellos mismos visto y olido los tarros del ungüento volador y descubierto un sapo guisado al dente. Sus métodos, sin embargo, para el jesuita Solarte eran criticables. Una vez desnudaron a una muchacha y le aplicaron la acupuntura para ver si era bruja. O también, encendida una hoguera, amenazaron a una vieja con quemarla viva si no confesaba. El engaño y el miedo eran moneda corriente en sus interrogatorios. «¡Ah, padre Solarte –parece que dijo el obispo–, lo que me pesa de haber enviado a estos frailes!»


Pero si al señor Venegas le pesó, fuerza es reconocer que, gracias a los frailes de Aránzazu  –fray Martín de Ocariz, Juan de Sigarroa y Domingo de Sardo– la brujería vasca tiene hoy la exclusiva mundial de haber sorprendido a Nuestra Señora de aquelarre.
___________________
 

[1] ‘La fiesta del Chivo’ está copada por la novela de Vargas Llosa y su película. He probado a buscar en Google ‘sin las palabras’ Vargas y Llosa y ha sido inútil: no hay más fiesta del chivo que la suya. Un éxito.

[2] Aquí meterían algunos a aquel fray Alonso de Mella con su confradía del Espíritu libre, los Herejes de Durango’ (h. 1440).

[3] Por el Pays Basque empezó (1609) la gran cacería de brujas liderada por el sabueso civil Pedro de Lancre. Desde allí, de forma no muy clara, en todo caso en el contexto de un reajuste diocesano, en parte  interestatal (1575),  con sus esperables conflictos, por la remodelada diócesis de Pamplona se propaga la locura pánica brujeril, prácticamente desconocida en el resto de España, salvo en la banda pirenaica.

[4] Cfr. Jesús Moya, La magia demoníaca (Libro II de las 'Disquisiciones mágicas') de Martín del Río. Madrid, Hiperión, 1991. Con preámbulo de J. Caro Baroja.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Con Herodías de gaupasa (y 3)


La amante del Bautista

Resuelto el enigma Herodías /  Holda, queda por ver qué hubo entre Herodías/Salomé y Juan el Bautista. Sólo conozco una referencia a esa leyenda: en el Isengrim.

Isengrim es el título que dan a un poema épico-burlesco de mediados del siglo XII, en cerca de 3.300 dísticos elegíacos de aceptable factura. Olvidado desde el siglo XV, su descubridor Mone lo publica en 1832 con el título de Reinardus Vulpes (Reinardo el Zorro), cometiendo la gran pifia de considerarlo obra del siglo IX reescrita en el XII a base de embutido.

En pleno furor del Roman de Renart, editado por Méon (1826), el gran Grimm no ayudo mucho con sus luces, ocupado él mismo en su edición del Reinhart Fuchs (1834), versión alemana del fabliau que entusiasmó a Goethe.

Nuevo editor, E. Voigt (1884) lo identifica y fecha como Ysengrimus (h. 1150), atribuyéndolo a Nivardo, canónigo maestrescuela de Santa Faraílda de Gante. Pero es a J. Mann a quien debemos una edición moderna, que hace accesible una sátira magistral, aunque a menudo oscura, por alusiones no todas resueltas [1]. El autor mantuvo la trama de fábula animalística, cuyos héroes para el caso son el lobo Isengrim, juguete del astuto zorro Reinardo, adaptándola a una crítica social y eclesiástica muy punzante.

La alusión a la bailarina enamorada del Bautista se da en un contexto burlesco que conviene conocer.


Reinardo ha robado el gallo del cura Bovo, y la vieja ama Aldrada se dispone a asestar un hachazo al ladrón, invocando al efecto una letanía de santos que a ella le suenan de oído: la Virgen, san Pedro, san Miguel o santa Brígida, por supuesto, con una santa Ana equivocada, más la imaginaria pareja formada por san Excelsis y santa Osanna, santa Aleluya, mujer de san Pedro, las auxiliadoras Helpvara y Notburgis, «el fiel san Celebrant, gracias al cual, a falta de testigos, Roma fue dada a Pedro»; y en fin, 

«Farahílda la virgen, entregada a injusto trabajo».

Y aquí llega lo bueno:

      
Por ésta hija, famoso Herodes fue, y fuera dichoso
también, de no haberla herido amor desdichado.
Porque en su frenesí de yacer con solo el Bautista,
la doncella habia hecho voto: ser suya, o de nadie.
Molesto el padre al saber del extraño amorío,
al inocente Juan con el hacha feroz decapita.
Contristada la joven, pide en bandeja le traigan,
y el regio cliente así lo hace, la testa truncada.
Con muelles abrazos estrecha la santa cabeza,
riégala con su llanto, también besarla desea.
Pero de sus besos huyendo la cabeza resopla,
y en el torbellino, por el patio la joven se eleva.
Desde entonces la ira de Juan la persigue sin tregua
y la empuja por el vasto cielo con su resoplido.

Y el que vivo a la pobre no amó, ahora muerto la acosa,
sin que los hados la dejen morirse del todo.
Un honor su dolor, un respeto su pena reduce:
de humanos un tercio como a su dueña la sirve.
Entre avellanos y encinas, del filo de la media noche
hasta el primer cantar del negro gallo, se sienta
la que hoy Farahílda se llama, y antes Herodías
la bailarina, sin conocer varón ni jamás conocida
[2]

No he tenido más remedio que poner abajo el texto latino, para que nadie imagine que ha salido de mi pobre cabeza ese anticipo asombroso de la propulsión a chorro: la testa cortada del Bautista convertida en motor a reacción, arrastrando al rebufo para siempre, en la turbulencia de su resoplido, a la desventurada Herodías / Salomé / Farahilda.

Menos mal que en las noches (o en determinadas noches) el fenómeno se suspende desde la medianoche hasta el primer aviso de Cantaclaro, para que la Dama Triste pueda sentarse en majestad, en el boscaje de encinas y avellanos, a recibir el homenaje de sus fieles, ahí es nada: un tercio del género humano, se calcula. Porque hasta el amor culpable tiene su compensación y premio.


Santa Farahílda, o los trabajos de la virtud

A todo esto, ¿quién fue la santa Farahilda de verdad, la de carne y hueso? La de carne, no sé. De lo otro, los únicos huesos reales de esta santa fueron los que se trasladaron en procesión a su iglesia de Gante el año 1073, aunque nadie pudo garantizar que fuesen los de ella. En primer lugar, porque Gante, y todos los Países Bajos, fueron una gran oficina de reliquias espúreas y leyendas santorales fantásticas. Por algo la patria de los Bolandistas tuvo que ser Bélgica.

La leyenda de santa Farahílda virgen, y medio mártir la pobre, que habría vivido en los siglos VII/VIII, hablaba de una doncella de sangre noble, que se vio (como aquí se dice) «sometida a injusto trabajo», como fue casarse por obediencia a su señor padre. Hasta ahí llegó, y de ahí no pasó. Porque una vez pronunciado el ‘sí’, en cumplimiento del cuarto mandamiento, la doncella notificó a su esposo cómo ella tenía hecho voto de virginidad; así que, sintiéndolo mucho, no podía hacer otra cosa que invitarle a hacer él otro tanto.


Y más decía la leyenda. Frente a un marido que a fuer de joven sería fogoso, la santa por quitárselo de encima muchas veces faltaba de casa noches enteras, que pasaba en un convento vecino rezando. El muy incomprensivo, ahora también celoso, se volvió maltratador, para mayor mérito de Fara.  Como dice con zumba aquí el poeta: «el trabajo era duro, pero los santos hacen lo que les da la gana (sed sancti faciunt qualiacunque volunt)».

Si Farahilda fue un poco excéntrica en su conducta, sus milagro fueron a juego. Mientras los santos corrientes, cuando mucho, mudan las piedras en pan, ella lo hizo al revés: en su iglesia se mostraban dos o tres que fueron panes, convertidos en piedras de verdad. Y puesta a resucitar, no incurrió en la vulgaridad de devolver la vida a  persona alguna, sino a una oca salvaje que un criado se estaba comiendo sin permiso. Reclamó los huesos, las plumas y lo que quedaba del festín, y con la paciencia y el arte propio de una taumaturga restauró el ave para mejor ocasión. Por eso a santa Farahila la representan con unos panes pétreos en brazos, y a su lado la oca de compañía.

Ahora bien, aunque el editor Mann prefiere escribir el nombre sin hache, yo pongo Farahílda, como escribían antes, porque así recuerda mejor a la Herodías / Holda del canon Episcopi, que un clérigo culto como era Nivardo conocía perfectamente. Lo cual aprovecho para declarar mi escepticismo sobre el autor del poema. Un canónigo ni en broma se permitiría esa tomadura de pelo a cuenta de la santa titular de su propia iglesia. 


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[1] . Nivardus: Ysengrimus. Texto con traducción, comentario e introducción, por Jill Mann, Brill, 1987.

[2] Traditaque iniusto Pharaildis virgo labori,
sed sancti faciunt qualiacumque volunt.
Hac famosus erar felixque fuisset Herodes
prole, sed infelix hanc quoque lesit amor.
Haec virgo thalamos Baptistae solius ardens             75
Voverat, hoc dempto, nullius esse viri.
Offensus genitor, comperto prolis amore,
Insontem sanctum decapitavit atrox.
Postulat afferri virgo sibi tristis, et affert
Regius in disco tempora trunca cliens. 80
Mollibus allatum stringens caput illa lacertis
Perfundit lacrimis osculaque addere avet.
Oscula captantem caput aufugit atque resufflat,
Illa per impluvium turbine flantis abit.
Ex illo nimium memor ira Iohannis eandem              85
Per vacua celi flabilis urget iter.
Mortuus infestat miseram, nec vivus amarat,
Non tamen hanc penitus fata perisse sinunt:
Lenit honor luctum, minuit reverentia penam:         90
Pars hominum meste tertia servit here.
Quercubus et corylis a noctis parte secunda
Usque nigri ad galli carmina prima sedet.
Nunc ea nomen habet Pharaildis, Herodias ante,
Saltria nec subiens nec subeunda viro.

Edic. cit., pág. 266.
 

sábado, 18 de septiembre de 2010

Las brujas de Zugarramurdi (3)



Con Herodías de gaupasa (2)

Más de uno estará preguntando por qué no entro en materia de una vez, o qué tienen que ver Herodías ni Salomé con Zugarramurdi.

Un poco de paciencia. Como dije al principio, de Zugarramurdi hay mucho publicado. Repetirlo sin más no vale la pena. La pregunta clave siempre será, qué hubo de fondo de verdad en ello, y en general en todo lo que pudo motivar la caza de brujas. Todo lo que pueda ayudar a entenderlo sea bienvenido; en este momento, las señoras nombradas. De modo que vamos con ellas… de parranda.

El hecho de callar los Evangelios el nombre de la chica que bailó ante Herodes Antipas por la cabeza de Juan el Bautista ha dado pie a equívocos, el primero de todo confundir a la hija y la madre, a Salomé y Herodías . Este equívoco lo vemos en una leyenda muy antigua que ya circulaba a principios del siglo X. A ella alude el siguiente texto:

«Hoy en día hay muchos engañados hasta perder el alma, que adoptan por reina, o incluso por diosa, a la Herodías que hizo morir al Bautista de Cristo, afirmando que, en pago por el asesinato del profeta, le fue dada la tercera parte del mundo entero. Claro que todo eso no son más que trucos demoníacos para engañar a infelices mujeres, y peor aún a varones, más merecedores de reproche que ellas.»

A primera vista no se advierte el equívoco, ya que en efecto, la inductora del crimen fue Herodías, no su hija Salomé. Pero fue a ésta, y no a su madre, a la que el rey ofreció el premio por el baile: «Lo que me pidas te daré, hasta la mitad de mi reino» (Marcos 6: 23).

Sea como fuere, Digamos que el texto citado fue escrito hacia 933-935 por Raterio, un belga que llegó a ser conflictivo obispo de Verona, luego de Lieja, su patria, y otra vez de Verona. De Raterio podríamos estar hablando un buen rato, pero no es momento. Sólo me permito recordar una frase suya muy reveladora de su carácter: «Quitemos de la Iglesia a los incontinentes, y no quedan más cristianos que los chiquillos. Quitemos ahora a los bastardos, y ya ni ellos.» Un exagerado.

Del testimonio de Raterio se deduce que en su tiempo, mucho antes del año 1000, se hablaba como de una apoteosis de Herodías, venerada por una secta sobre todo femenina de servidoras, muy numerosa, pues comprendía la tercera parte de la humanidad. En seguida vemos en qué consistía ese servicio, confirmado por otro testimonio algo más antiguo.

Hacia 910 el abad Regino de Prüm compila un código, la Disciplina eclesiástica, llamado a tener mucho eco en el ‘nuevo derecho canónico’ que se hacía desear. Allí recogió una ordenanza que, entre otras cosas, decía así (lib. 2, n. 364; PL 132: 325):

«Algunas mujeres malvadas, convertidas en secuaces de Satanás, seducidas por ilusiones y fantasías demoníacas, creen y profesan que por las noches, en compañía de Diana, diosa de los paganos, y de multitud innumerable de mujeres, a caballo sobre ciertas bestias, a altas horas en el silencio de la noche, recorren grandes espacios de tierras, obedientes a sus órdenes como a señora, a cuyo servicio son convocada en determinadas noches.»

Cierto que aquí se habla de la diosa Diana, no de Herodías. Todo se andará. Lo que importa es que parece tratarse del mismo fenómeno, la misma secta mujeril, y ahora vemos qué clase de ‘servicio’ o culto tributaban a su diosa las adeptas: formar parte de la germánica Cabalgata de las Walkirias.

El abad Regino creía que ese texto era antiguo: un canon (o norma) de cierto concilio, que se llamará de Ancira –la actual Ankara–, supuestamente celebrado el año 314, recién salido el cristianismo de las catacumbas. No hay prueba de tal sínodo, y hoy se cree más bien que el texto no es anterior al siglo IX y responde a preocupaciones de época carolingia. En su forma más simple sólo se mencionaba a la diosa Diana. Luego se interpolarán otros nombres, Herodías entre ellos.

¿Y quién era la tal ‘Diana’? Pudo ser la diosa romana, bien conocida entre los bárbaros del norte. Gregorio de Tours habla de una estatua suya en Tréveris, tan popular que hubo que destruírla.

También cabe que fuese el nombre clerical y culto para designar sin nombrarla a la germánica Reina de la Noche. La diosa del panteón nórdico que dirige una cabalgata y ‘caza furiosa’ femenina, correlato de la otra caza furiosa masculina que sigue al dios Odín. Esa ‘Diana’ en latín sería en principio Freya, aunque la cosa no es tan simple, porque Freya también junta rasgos de Venus. No se debe ser rígido en las identidades mitológicas, sus enlaces y parentescos. Incluso en una misma mitología, la griega, no hay más que repasar la obra de Graves para entender que trata de personajes, no de personas, combinando caracteres a discreción.

Aquí viene bien recordar aquel sello mesopotámico de la diosa Istar, con atributos a la vez de de Diana cazadora (aljaba de flechas y arco) y de Venus (el lucero del alba y de la tarde), y si no cabalgando, sí subida en el lomo de una bestia. Por supuesto, Regino no tiene ni idea de tal sello, ni sabe de Istar más que lo que lee en la Biblia bajo el nombre de Astarte, la ‘Reina de los Cielos’, que según Jeremías recibía culto especial reservado a las mujeres (Jerem. 7: 18; 44: 17-18). Las creencias populares son reiterativas.

El hallazgo de Regino tuvo gran eco. Un siglo después (h. 1010), el obispo Burcardo de Worms lo aprovecha repetidamente para su nueva colección de Decretos. No sólo copia completo el ‘canon de Ancira’ (libro 10, ‘De los encantadores y augures’, cap. 1; PL 140: 831), sino que asocia a Diana el nombre de Herodías: «cum Diana paganorum dea, vel cum Herodiade et innumera multitudine mulierum equitare… ».

Confesarse en el año 1000

Pero Burcardo nos guarda otra sorpresa no menos interesante. El libro 19, ‘De la penitencia’, nos lleva directamente al confesonario, donde curiosos, divertidos o escandalizados podremos fisgonear qué pecados solían cometer (y también callar en confesión) los súbditos otonianos, es decir, los mismos pecados que los súbditos francos.

La confesión ‘auricular’ –cuya oscura historia fue muy bien escrita por Charles Lea (1896), el mismo historiador magistral de la Inquisición– dio origen a unos libros muy curiosos, los penitenciales, para guía de confesores: cómo interrogar al penitente, cómo sonsacarle, qué consejos darle y qué penitencia imponerle, según tarifa legal. Por esos libros conocemos algo mejor la vida y milagros de aquella buena gente, en qué gastaban su tiempo libre, por dónde les tentaba el diablo a la hora de la siesta, o qué ocurrencias les sugería. Más aún, por la tarifa penitencial estimamos la gravedad que entonces se atribuía a cada pecado.

Pues bien, el libro 19 del Decreto de Burcardo es uno de aquellos penitenciales que no tiene desperdicio. Al llegar al capítulo 5 se nota que el penitente tiene dificultades, tartamudea… Una confesión que iba de maravilla está a pique de naufragar. Burcardo está al quite:

«Como el sacerdote le vea vergonzoso, prosiga de esta manera:
–Tal vez, mi querido amigo, no todo lo que hiciste te viene de pronto a la memoria. Voy a ayudarte con unas preguntas. Y cuidado con ocultar nada, que es consejo del diablo.
Dicho esto, comience el interrogatorio por este orden.»

Y aquí viene una primera sorpresa. Porque el orden no es del todo lógico, y o bien el confesor también se embarulla, o los copistas han enredado el texto. Empieza preguntando sobre ‘arte mágica’ para pasar a ‘incredulidades’; y es aquí donde vuelven las cabalgatas de Diana:

«¿Has creído o tomado parte en aquella incredulidad: que algunas mujeres malvadas, convertidas en secuaces de Satanás, seducidas por ilusiones y fantasías demoníacas, creen y profesan que por las noches, a caballo sobre ciertos animales, con Diana la diosa de los paganos… », etc.

La segunda sorpresa es que de pronto el interrogatorio se vuelve genérico: «Aunque las anteriores preguntas valen por igual para mujeres y hombres, las preguntas que siguen tocan de modo especial a las mujeres (hae sequentes specialiter ad feminas pertinent)».

Todavía una tercera sorpresa se debe a que, sin olvidar del todo el concilio de Ancira, entra en juego otro supuesto concilio Ilerdense, esto es, de Lérida, para hablar sin duda de la misma creencia germánica que acabamos de ver. Dicho de otro modo, la Cabalgata de las Valkirias sobrevolaba los Pirineos, llegando por lo menos hasta la taifa de los tugibíes, y seguramente entraban como Pedro por su casa en la Marca Hispánica, por los dominios que fueron de Wilfredo el Velloso. Ahora bien, dado que el auténtico concilio de Lérida (siglo VI) no dice nada de todo esto, debe de haber otra confusión como la de Ancira.

De todas formas, las preguntas son de lo más interesante, como comprobará quien las lea:

«¿Has creído eso que muchas mujeres, convertidas en secuaces de Satanás, creen y afirman ser verdad, haciéndote creer que en el silencio de la noche tranquila, cuando estás acostada, con tu marido recostado en tu seno, puedes salir en cuerpo con las puertas cerradas, siendo capaz de sobrevolar países en compañía de otras engañadas del mismo error? ¿y que sin armas visibles podéis dar muerte a personas bautizadas y redimidas con la sangre de Cristo? ¿y que os coméis sus carnes cocidas? ¿y que poniendo en el lugar de su corazón algo de paja o de madera o cosa parecida, una vez devorados les podéis resucitar y devolverles la vida?
Si lo creíste, harás penitencia de cuarenta días (esto es, una cuaresma) a pan y agua, los siete años que vienen.» (PL 140: 973-974)

«¿Creíste lo que algunas mujeres suelen creer, que tú con otras miembros del diablo como tú, igualmente en el silencio de la noche tranquila, con las puertas cerradas te elevas por los aires hasta las nubes, y allí luchas con otras, e intercambiáis heridas?
Si tal creíste, harás penitencia dos años, en las fechas que fija la ley.» (Ibíd., col. 974)

Estas preguntas explican detalles sobre el modo de concurrir las buenas cofrades a sus devociones: siempre por vía aérea, atravesando puertas y muros, y lo más probable, dejando en la cama un paquete a modo de muñeca hinchable donde abrazarse el marido. Todavía no se habla de ungüento mágico ni palo de escoba; ni falta que hace, porque esas minucias eran conocidas de sobra por el Asno de Oro de Apuleyo y otras referencias latinas y griegas.

De Burcardo, el canon Episcopi pasó a otras colecciones jurídicas, y finalmente al Decreto de Juan Graciano (siglo XII), donde cobra valor oficial. Por el camino, muchos se han preguntado quién era aquella Diana, o qué pintaba allí Herodías. Las respuestas fueron ir pegando nombres para todos los gustos: Holda, Berta, Abundia...

Y bien mirado, ¿qué más da? Los críticos señalan la semejanza fonética entre Herodías y las formas antiguas de Holda, la Reina de la Noche. Pero Holda tiene también otros papeles. Una de sus habilidades es formar torbellinos. Son por lo general pequeños remolinos de polvo, suficientes para llevarse consigo unas hojas caídas y una alma al otro mundo, según creencia popular. Pero también los hay grandes, como para levantar por los aires a las brujas en alma y en cuerpo. Los artistas que plasmaron escenas brujescas siempre se han acordado de los dichosos torbellinos.

Y aquí vuelve a nosotros Herodías/Holda. En el artículo anterior se preguntaba de dónde salió la leyenda de Salomé/Herodías enamorada de Juan el Bautista. En el siguiente damos la respuesta, donde la veremos a ella misma elevada en su propio torbellino, junto con la turba de sus seguidoras.