El tema de la pedofilia clerical se ha puesto de extraña actualidad. Extraña, sí, porque es una historia vieja de siempre, y quienes se hagan de nuevas será porque son gente de poco trato y menos lectura. Sea como fuere, la cosa está ahí. Y aunque es materia que me viene a desmano, no me importa mirarla un rato bajo algún aspecto más descuidado en los foros, o eso me parece.
Sin preámbulos. Parto del recuerdo y de la experiencia personal.
Desde siempre, mi familia era de la instrucción pública. ¿Cómo es que a mí me pusieron en colegio de curas? Muy sencillo. Tras las largas vacaciones del 36-37, cuando reabren las escuelas, la guerra seguía. Cada población importante ganada ‘para España’ se celebraba en Bilbao con desfile de escolares al Sagrado Corazón, misa de campaña, arenga, himnos, vuelta de seis en fondo y rompan filas; de modo y manera que, entre marchas y plantones, genuflexiones y pasos cambiados, mi pobres pies eran papilla doliente dentro de sus zapatos Segarra. Y encima no aprendíamos.
Dicha servidumbre patriótica no obligaba a los colegios de pago, así que me pusieron en uno, el más barato que se pudo hallar. Seis pesetas al mes creo que costaba. Algo masificado, eso sí. Los dos cursos primeros saturábamos un local enorme, bajo la férula de un hermano lego, prodigioso factótum, que lo mismo iniciaba a los más pequeños en el silabario, que a los mayorcitos en el misterio de la regla de tres. Hombre de genio, pero buen pedagogo aquel ‘fray M.’, que no nombro, porque voy a revelar de él algo de lo que no puede defenderse.
El caso es que el buen hermano nos tomaba la lección de dos en dos en su gran pupitre, un chaval a cada lado en la tarima. Y lo mismo que cumplía el precepto evangélico del acercamiento infantil, cumplía también el otro sobre el juego de manos, sin que sepa la una el trajín de su compañera. Mientras la diestra solía empuñar una palmeta nada ociosa, lo de la izquierda no era palo, aunque llamarlo zanahoria suena vulgar. Total, que:
–«Mamá, el hermano me toca.»Si dijera que mi madre montó en cólera mentiría. Mi impresión fue que no me hizo mucho caso. Pero algo debió de moverse, supongo, porque a mí y a otros más el hermano dejó de tomarnos la lección. Por lo visto, íbamos tan aprovechados que no nos hacía falta aquella tomadura, y mejor servicio hacíamos ayudando a los compañeros, que también es obra evangélica.
–«¿Cómo, que el hermano te toca?»
–«Mientra nos toma la lección. Me toca la pirula.»
Los dos cursos siguientes tuve a otros dos profesores presbíteros, buenos enseñantes también, gente campechana, aunque grandes adeptos del palo. Pero tampoco entonces perdí de vista al hermano M., porque este portento de la pedotribia ofrecía clase particular, que aunque costaba algo más que la matrícula (7,50 al mes). solía tener para sus predilectos un suplemento de pan con sardina, cacahuetes o lo que se terciara, nada despreciable en aquel régimen de cuaresma perpetua.
La verdad, del otro rollo nada más supe, y hasta pienso que el religioso se ‘convirtió’ in articulo mortis, lo digo sin cachondeo, porque en efecto murió y le enterraron. Todavía le veo de cuerpo presente, con su manteo y su rosario en un buen ataúd que, ahora que lo pienso, bien pudo ser de madera de Guinea, pues por aquella latitud ecuatorial tenía misiones aquella orden religiosa.
En fin, y acabo: si he mentado la violencia física –muy a la orden del día en otros tiempos–, quede claro que no lo relaciono con sadismo sexual expreso.
Este trivial relato se refiere a una experiencia pasajera y más ingrata que traumática. Precisamente por eso le doy la importancia que merece. Vamos por partes:
1. Pederastia dura y blanda. En el tema de la pederastia clerical, la sensación se nutre mayormente del trauma. Los casos más dolorosos y repugnantes son obviamente más noticia, donde entra también el morbo de las compensaciones económicas. Queda así muy en segundo plano otro aspecto del problema. La pederastia ‘blanda’, silenciosa y silenciada, tiene efecto demoledor sobre el educando, que asume su experiencia como cosa normal, y más tarde en la edad adulta puede imaginar que ‘todo el monte es orégano’. Muchos pederastas, pienso yo, se reclutan en ese campo del embotamiento moral y pérdida de respeto al alumno, sin trauma aparente y sin escándalo.
2. La Iglesia, en el pecado la penitencia. El escándalo actual se basa en la condición jurídica de los presuntos delincuentes como súbditos de la Iglesia. De ella dependen, ella ha conocido los hechos y los ha ocultado, haciéndose corresponsable también de las consecuencias. Es como si los eclesiásticos fuesen personas disminuidas. De hecho, para la Iglesia lo son.
Desde que Pablo desautorizó la justicia romana en favor de una justicia propia ‘cristiana’ (1 Corintios, 6: 1-8), la Iglesia (¡«sociedad ‘perfecta’»!) desarrolló su propia Derecho improvisado sobre la marcha a golpe de ‘cánones’ y decretos. Y cuando la Universidad medieval redescubre el Derecho Romano (Bolonia, siglos XI-XII), precisamente Roma no lo saluda con entusiasmo, prefiriendo fraguar su propia mole jurídica, abortando aquella oportunidad de tener un Derecho unificado para todo el Sacro Imperio. Es asombroso que la Iglesia se haya regido por un fárrago informe como el viejo Corpus Iuris Canonici hasta el primer Código de 1917, sustituido por el vigente de 1983, con iguales carencias en punto a dignidad de la persona. Códigos que de modernos sólo tienen las fechas.
Por lo demás, a los eclesiásticos que han querido dejar de serlo, la Iglesia tampoco ha tratado como personas cuando ha podido contar con la connivencia del poder civil, como en la España Nacional-Católica. Esto daría tema para otra reflexión.
3. Relación ‘pederastia-celibato clerical’. Lo mismo que el escándalo tiene detrás un lobby de reclamaciones pecuniarias que va a lo suyo y distrae del problema, diríase que también otro lobby tercía aquí a lo suyo, la abolición del celibato. Mientras unos insisten en la frustración celibataria del clero, otros sostienen que la incidencia de pederastia en laicos viene a ser la misma.
Seguramente hay estadísticas fiables sobre esto, aunque no las conozco. Cualquiera que tenga una mínima idea sobre estadística aplicada sabe que para extraer conclusiones sobre el punto concreto que tocamos –y no, por ejemplo, sobre la pederastia de los macacos en cautividad– hay que construir muy bien la tabla de correspondencias.
Lo que no acierto a entender es que curas y frailes entren en el mismo bombo, pues según tengo entendido, los religiosos profesan castidad de forma distinta de los clérigos seculares. El celibato de estos clérigos es de obligación eclesiástica, sin voto de castidad, aunque algunos canonistas hablan de «voto implícito», si es que eso quiere decir algo. Por el contrario, los religiosos prometen castidad por propia iniciativa y tras madura probación (o eso se dice). Debería, por tanto, apreciarse alguna diferencia en las respectivas transgresiones sexuales.
En todo caso, la revisión o abolición del celibato clerical en la Iglesia latina no afectaría para nada a la condición de los religiosos, monjes y monjas. Convendría precisar de qué va cada campaña.
4. Mudanza de valores éticos. Nuestra época ha visto una revolución sexual cualitativa, que ha removido los mojones y lindes del plano ético. Sustantivos infandos se pronuncian hoy con toda naturalidad y sin adjetivarlos. De sodomía ya no habla nadie en términos de presente, y el verbo sodomizar sólo se mantiene para un tipo de violación. Las leyes han cambiado al par de la ética; por supuesto, hacia la permisividad.
Paradójicamente, es ahora cuando la pederastia clerical se airea con severidad puritana, sin marcar distingos. Todo son abusos, desde luego; pero no los mismos abusos. Como hipótesis de trabajo podría pensarse en que viejas historias de siempre emergen desde la bendita hora en que generan reales o potenciales beneficios crematísticos. Indemnizaciones o compensaciones bien merecidas, qué diablo; pero a cada cosa por su nombre.
5. Respeto al menor. Una frontera objetiva entre el bien y el mal es la edad del sujeto paciente. La ley protege al menor, como debe ser. Pero cabe preguntar si esa misma sociedad antipederasta declarada protege a los menores con el mismo celo de agresiones traumáticas de otro tipo. Personalmente creo que no. Ahí está el botellón, por ejemplo. También la TV, incluida la pública, brindando prácticamente sin control espectáculos degradantes y agresivos para la sensibilidad de niños y muchachos. O el tráfico de pornografía por la Red.
6. Pedotribia y pederastia en el Catolicismo moderno. Datamos la modernidad desde el Renacimiento, en una cultura formalista y jurídica que se puede llamar ‘católica’ con más propiedad que ‘cristiana’. A esa catolicidad jurídica y formalista me refiero. Uno de los efectos de la modernidad renacentista fue la Reforma protestante, con su contraefecto, la Contrarreforma católica.
El catolicismo renacentista siguió con la vieja tradición del ‘haz lo que te digo y no mires a lo que hago’. La Ley y el Derecho fueron instrumentos de dominación, en un sistema bastante perverso, a la medida de una sociedad bastante hipócrita. Un observatorio instructivo: la Florencia de los grandes Médici. La de la Academia Platónica de Ficino (1459). La Florencia de los literatos y artistas; también la de Savonarola y sus piagnoni (llorones penitentes), con la gran pira de mundanidades en el Carnaval de 1497. Era en tiempos de Alejandro VI (papa en 1492-1503).
Ciñéndonos al tema, en Florencia funcionaba un tribunal especial para la represión de la sodomía –los Uffiziali de’ notti (‘Oficiales nocturnos’, por el horario de sus sabuesos)–, que en 1432 investigó a Leonardo da Vinci y en 1502 a Botticelli. En el intervalo se resolvieron más de 2.000 casos de varones adultos y muchachos, saliendo condenados menos de 200. El 10 %, una pequeñez, teniendo en cuenta que se admitían delaciones anónimas. Las penas eran severas: castración para adultos, multas para menores, amputación de mano al alcahuete (incluido el padre del menor convicto) y de pie al reincidente, demolición de las casas manchadas… Lo que, unido a lo que se sabe sobre la popularidad del ‘vicio’ en Florencia, da idea de la auténtica función del tribunal, instrumento represivo de espionaje y chantaje político, con su fachada de ejemplaridad santurrona.
Un libro de poemas muy leído era el Hermafrodito (1426) de Beccadelli, dedicado a Cosme de Médicis. Asequible en castellano (Akal, 2008).
Pero el príncipe de los humanistas florentinos era el clérigo y educador Agnolo Ambrogini, conocido como Ángel Policiano (1454-1494). En Santa María Novella le retrató Ghirlandaio en charla con otros colegas, Ficino, Landino, el Calderero…, todos ajenos a lo que se celebra. También, del mismo pintor, está Policiano en Santa Croce, aquí rezando para dar ejemplo a su jovencísimo alumno Pedro de Médici.
Policiano era un fenómeno capaz de improvisar versos en toscano, latín y hasta griego. Su primer epigrama erótico en esta lengua data de 1478-1480. Su título: Erotikón doristí (Amatorio, al modo dorio).
En cinco dísticos elegíacos dramatiza el tópico de l’embarras du choix entre el morenito de la guedeja lacia y el rubito ensortijado. Ambos le atraen por igual, el uno decidido, activo, el otro con un aire de chica. «Distintos en casi todo, salvo en la aspereza, ninguno vence al otro en hermosura y gracias. Con los dos, imposible, diosa Cipria: tú me aconseja cual de entrambas podría soportar».
El consejo que le pudo dar Afrodita no consta, aunque imaginarlo poco cuesta. Lo cierto es que en 1481 la suerte estaba echada. El epigrama 26 –‘Al chico’, es decir, ‘A su chico’– le da nombre: Crisócomo, el de la Dorada Cabellera.
Doce años más, 1493, y el mismo título lleva otra pieza, aunque ‘su chico’ por fuerza ha de ser otro, y no precisamente rubio. No es el pelo lo que trae loco al poeta, ahora es el lenguaje turbador del gesto, de la mirada.
XXIX. Εἰς τὸν παῖδα
Μή με πολυστροφάλιγξι κατάφλεγε νεύσεσι, κοῦρε,
ἄχρι φίληϛ αἰεὶ πυρσοβολῶν κραδίηϛ.
σοῦ γὰρ Ἔρως γελάοντος ἐν ὄμμασι δᾷδας ἀνάπτει,
ὦ ἐμὲ δοὺς ἐς ὅλας ζῶντ᾽ ἔτι πυρκαϊάς.
29. Al chico
Chaval, no me abrases con esos mohínes
revueltos, como lanzallamas
hasta las entrañas.
Cuando ríes, Eros enciende en tus ojos
antorchas, y vivo me arrojas
a hogueras en pompa.
Mucho se ha especulado sobre una posible intención alegórico-moral de estas piezas, que para otros eran claras como el mediodía. De éstos fue el rigorista Juan Luis Vives (1492-1540), cuando comentaba:
«Policiano despreciaba toda la Biblia… A Policiano le importaba más si hay que decir Carthaginensis o Carthaginiensis, si ha de escribirse mejor Vergilius que Virgilius, y de esas bobadas llenaba fichas a cientos, hasta que aburrido se pasaba a las musas, a componer algún epigramilla ocurrente sobre la Venus-macho en griego, por tener más de lo venéreo sin que los latinos lo entendiesen.»Para más argumento, Policiano tuvo que vérselas con el referido tribunal nocturno, y no una sino dos veces, en 1492 y 1494. Precisamente este año murió sifilítico y envenado, lo mismo que otro joven prodigio del humanismo, Juan Pico de la Mirándola. Flota en la duda si Pico y Policiano fueron amantes, y tampoco está claro si el doble asesinato fue por orden de Pedro de Médicis, el hermoso niño distraído que pintó Ghirlandaio.
(Vives, La Verdad de la Fe, lib. 2, c. 7)
Profesores homosexuales y pederastas siempre los ha habido. Algunas etapas culturales han sido más ambiguas que otras. Yo me he referido a un época de cambio, cuando laicos y clérigos parece que jugaban a la ambigüedad, cuando cardenales y papas ofrecen al historiador como tema de investigación sus preferencias sexuales. Cuando nos preguntamos qué era exactamente el cardenal Alidosi para el papa Julio II. Cuando el Aretino, todo lo maldiciente que se quiera, pero buen conocedor del percal, dedica a un conocido obispo amigo suyo este epitafio:
Qui giacce Paolo Giovio Ermafrodito
che seppe far da moglie e da marito.
che seppe far da moglie e da marito.
Hoy en día, cuando el lobby gay no necesita que nadie le defienda, conviene meditar (aparte lo dinerario, faltaba más) por qué el acoso mediático se ceba en el clero. como si sólo ahora saliese del armario. La transgresión desde la pedagogía o la pedotribia a la pederastia no es ninguna especialidad clerical y es tan vieja como Sócrates. Con el clero al menos, en teoría la frontera está bien clara. Cosa que no puede decirse del profesorado gay en su conjunto ahora, cuando su estatus reconocido legal, y también su reconocida militancia en un mundo mayormente heterosexual, que ellos consideran hostil, aconseja trazar esa frontera con la mayor claridad posible.





