martes, 13 de abril de 2010

Pedotribia y pederastia



El tema de la pedofilia clerical se ha puesto de extraña actualidad. Extraña, sí, porque es una  historia vieja de siempre, y quienes se hagan de nuevas será porque son gente de poco trato y menos lectura. Sea como fuere, la cosa está ahí. Y aunque es materia que me viene a desmano, no me importa mirarla un rato bajo algún aspecto más descuidado en los foros, o eso me parece.

Sin preámbulos. Parto del recuerdo y de la experiencia personal.

Desde siempre, mi familia era de la instrucción pública. ¿Cómo es que a mí me pusieron en colegio de curas? Muy sencillo. Tras las largas vacaciones del 36-37, cuando reabren las escuelas, la guerra seguía. Cada población importante ganada ‘para España’ se celebraba en Bilbao con desfile de escolares al Sagrado Corazón, misa de campaña, arenga, himnos, vuelta de seis en fondo y rompan filas; de modo y manera que, entre marchas y plantones, genuflexiones y pasos cambiados, mi pobres pies eran papilla doliente dentro de sus zapatos Segarra. Y encima no aprendíamos.

Dicha servidumbre patriótica no obligaba a los colegios de pago, así que me pusieron en uno, el más barato que se pudo hallar. Seis pesetas al mes creo que costaba. Algo masificado, eso sí. Los dos cursos primeros saturábamos un local enorme, bajo la férula de un hermano lego, prodigioso factótum, que lo mismo iniciaba a los más pequeños en el silabario, que a los mayorcitos en el misterio de la regla de tres. Hombre de genio, pero buen pedagogo aquel ‘fray M.’, que no nombro, porque voy a revelar de él algo de lo que no puede defenderse.

El caso es que el buen hermano nos tomaba la lección de dos en dos en su gran pupitre, un chaval a cada lado en la tarima. Y lo mismo que cumplía el precepto evangélico del acercamiento infantil, cumplía también el otro sobre el juego de manos, sin que sepa la una el trajín de su compañera. Mientras la diestra solía empuñar una palmeta nada ociosa, lo de la izquierda no era palo, aunque llamarlo zanahoria suena vulgar. Total, que:


–«Mamá, el hermano me toca.»
–«¿Cómo, que el hermano te toca?»
–«Mientra nos toma la lección. Me toca la pirula.»
Si dijera que mi madre montó en cólera mentiría. Mi impresión fue que no me hizo mucho caso. Pero algo debió de moverse, supongo, porque a mí y a otros más el hermano dejó de tomarnos la lección. Por lo visto, íbamos tan aprovechados que no nos hacía falta aquella tomadura, y mejor servicio hacíamos ayudando a los compañeros, que también es obra evangélica.

Los dos cursos siguientes tuve a otros dos profesores presbíteros, buenos enseñantes también, gente campechana, aunque grandes adeptos del palo. Pero tampoco entonces perdí de vista al hermano M., porque este portento de la pedotribia ofrecía clase particular, que aunque costaba algo más que la matrícula (7,50 al mes). solía tener para sus predilectos un suplemento de pan con sardina, cacahuetes o lo que se terciara, nada despreciable en aquel régimen de cuaresma perpetua.

La verdad, del otro rollo nada más supe, y hasta pienso que el religioso se ‘convirtió’ in articulo mortis, lo digo sin cachondeo, porque en efecto murió y le enterraron. Todavía le veo de cuerpo presente, con su manteo y su rosario en un buen ataúd que, ahora que lo pienso, bien pudo ser de madera de Guinea, pues por aquella latitud ecuatorial tenía misiones aquella orden religiosa.

En fin, y acabo: si he mentado la violencia física –muy a la orden del día en otros tiempos–, quede claro que no lo relaciono con sadismo sexual expreso.

Este trivial relato se refiere a una experiencia pasajera y más ingrata que traumática. Precisamente por eso le doy la importancia que merece. Vamos por partes:

1. Pederastia dura y blanda. En el tema de la pederastia clerical, la sensación se nutre mayormente del trauma. Los casos más dolorosos y repugnantes son obviamente más noticia, donde entra también el morbo de las compensaciones económicas. Queda así muy en segundo plano otro aspecto del problema. La pederastia ‘blanda’, silenciosa y silenciada, tiene efecto demoledor sobre el educando, que asume su experiencia como cosa normal, y más tarde en la edad adulta puede imaginar que ‘todo el monte es orégano’. Muchos pederastas, pienso yo, se reclutan en ese campo del embotamiento moral y pérdida de respeto al alumno, sin trauma aparente y sin escándalo.

2. La Iglesia, en el pecado la penitencia. El escándalo actual se basa en la condición jurídica de los presuntos delincuentes como súbditos de la Iglesia. De ella dependen, ella ha conocido los hechos y los ha ocultado, haciéndose corresponsable también de las consecuencias. Es como si los eclesiásticos fuesen personas disminuidas. De hecho, para la Iglesia lo son.

Desde que Pablo desautorizó la justicia romana en favor de una justicia propia ‘cristiana’ (1 Corintios, 6: 1-8), la Iglesia (¡«sociedad ‘perfecta’»!) desarrolló su propia Derecho improvisado sobre la marcha a golpe de ‘cánones’ y decretos. Y cuando la Universidad medieval redescubre el Derecho Romano (Bolonia, siglos XI-XII), precisamente Roma no lo saluda con entusiasmo, prefiriendo fraguar su propia mole jurídica, abortando aquella oportunidad de tener un Derecho unificado para todo el Sacro Imperio. Es asombroso que la Iglesia se haya regido por un fárrago informe como el viejo Corpus Iuris Canonici hasta el primer Código de 1917, sustituido por el vigente de 1983, con iguales carencias en punto a dignidad de la persona. Códigos que de modernos sólo tienen las fechas.

Por lo demás, a los eclesiásticos que han querido dejar de serlo, la Iglesia tampoco ha tratado como personas  cuando ha podido contar con la connivencia del poder civil, como en la España Nacional-Católica. Esto daría tema para otra reflexión.

3. Relación ‘pederastia-celibato clerical’. Lo mismo que el escándalo tiene detrás un lobby de reclamaciones pecuniarias que va a lo suyo y distrae del problema, diríase que también otro lobby tercía aquí a lo suyo, la abolición del celibato. Mientras unos insisten en la frustración celibataria del clero, otros sostienen que la incidencia de pederastia en laicos viene a ser la misma.

Seguramente hay estadísticas fiables sobre esto, aunque no las conozco. Cualquiera que tenga una mínima idea sobre estadística aplicada sabe que para extraer conclusiones sobre el punto concreto que tocamos –y no, por ejemplo, sobre la pederastia de los macacos en cautividad– hay que construir muy bien la tabla de correspondencias.

Lo que no acierto a entender es que curas y frailes entren en el mismo bombo, pues según tengo entendido, los religiosos profesan castidad de forma distinta de los clérigos seculares. El celibato de estos clérigos es de obligación eclesiástica, sin voto de castidad, aunque algunos canonistas hablan de «voto implícito», si es que eso quiere decir algo. Por el contrario, los religiosos prometen castidad por propia iniciativa y tras madura probación (o eso se dice). Debería, por tanto, apreciarse alguna diferencia en las respectivas transgresiones sexuales.

En todo caso, la revisión o abolición del celibato clerical en la Iglesia latina no afectaría para nada a la condición de los religiosos, monjes y monjas. Convendría precisar de qué va cada campaña.

4. Mudanza de valores éticos. Nuestra época ha visto una revolución sexual cualitativa, que ha removido los mojones y lindes del plano ético. Sustantivos infandos se pronuncian hoy con toda naturalidad y sin adjetivarlos. De sodomía ya no habla nadie en términos de presente, y el verbo sodomizar sólo se mantiene para un tipo de violación. Las leyes han cambiado al par de la ética; por supuesto, hacia la permisividad.

Paradójicamente, es ahora cuando la pederastia clerical se airea con severidad puritana, sin marcar distingos. Todo son abusos, desde luego; pero no los mismos abusos. Como hipótesis de trabajo podría pensarse en que viejas historias de siempre emergen desde la bendita hora en que generan reales o potenciales beneficios crematísticos. Indemnizaciones o compensaciones bien merecidas, qué diablo; pero a cada cosa por su nombre.

5. Respeto al menor. Una frontera objetiva entre el bien y el mal es la edad del sujeto paciente. La ley protege al menor, como debe ser. Pero cabe preguntar si esa misma sociedad antipederasta declarada protege a los menores con el mismo celo de agresiones traumáticas de otro tipo. Personalmente creo que no. Ahí está el botellón, por ejemplo. También la TV, incluida la pública, brindando prácticamente sin control espectáculos degradantes y agresivos para la sensibilidad de niños y muchachos. O el tráfico de pornografía por la Red.

6. Pedotribia y pederastia en el Catolicismo moderno. Datamos la modernidad desde el Renacimiento, en una cultura formalista y jurídica que se puede llamar ‘católica’ con más propiedad que ‘cristiana’. A esa catolicidad jurídica y formalista me refiero. Uno de los efectos de la modernidad renacentista fue la Reforma protestante, con su contraefecto, la Contrarreforma católica.

El catolicismo renacentista siguió con la vieja tradición del ‘haz lo que te digo y no mires a lo que hago’. La Ley y el Derecho fueron instrumentos de dominación, en un sistema bastante perverso, a la medida de una sociedad bastante hipócrita. Un observatorio instructivo: la Florencia de los grandes Médici. La de la Academia Platónica de Ficino (1459). La Florencia de los literatos y artistas; también la de Savonarola y sus piagnoni (llorones penitentes), con la gran pira de mundanidades en el Carnaval de 1497. Era en tiempos de Alejandro VI (papa en 1492-1503).

Ciñéndonos al tema, en Florencia funcionaba un tribunal especial para la represión de la sodomía –los Uffiziali de’ notti (‘Oficiales nocturnos’, por el horario de sus sabuesos)–, que en 1432 investigó a Leonardo da Vinci y en 1502 a Botticelli. En el intervalo se resolvieron más de 2.000 casos de varones adultos y muchachos, saliendo condenados menos de 200. El 10 %, una pequeñez, teniendo en cuenta que se admitían delaciones anónimas. Las penas eran severas: castración para adultos, multas para menores, amputación de mano al alcahuete (incluido el padre del menor convicto) y de pie al reincidente, demolición de las casas manchadas… Lo que, unido a lo que se sabe sobre la popularidad del ‘vicio’ en Florencia, da idea de la auténtica función del tribunal, instrumento represivo de espionaje y chantaje político, con su fachada de ejemplaridad santurrona.

Un libro de poemas muy leído era el Hermafrodito (1426) de Beccadelli, dedicado a Cosme de Médicis. Asequible en castellano (Akal, 2008).

Pero el príncipe de los humanistas florentinos era el clérigo y educador Agnolo Ambrogini, conocido como Ángel Policiano (1454-1494). En Santa María Novella le retrató Ghirlandaio en charla con otros colegas, Ficino, Landino, el Calderero…, todos ajenos a lo que se celebra. También, del mismo pintor, está Policiano en Santa Croce, aquí rezando para dar ejemplo a su jovencísimo alumno Pedro de Médici.

Policiano era un fenómeno capaz de improvisar versos en toscano, latín y hasta griego. Su primer epigrama erótico en esta lengua data de 1478-1480. Su título: Erotikón doristí (Amatorio, al modo dorio).

En cinco dísticos elegíacos dramatiza el tópico de l’embarras du choix entre el morenito de la guedeja lacia y el rubito ensortijado. Ambos le atraen por igual, el uno decidido, activo, el otro con un aire de chica. «Distintos en casi todo, salvo en la aspereza, ninguno vence al otro en hermosura y gracias. Con los dos, imposible, diosa Cipria: tú me aconseja cual de entrambas podría soportar».

El consejo que le pudo dar Afrodita no consta, aunque imaginarlo poco cuesta. Lo cierto es que en 1481 la suerte estaba echada. El epigrama 26 –‘Al chico’, es decir, ‘A su chico’– le da nombre: Crisócomo, el de la Dorada Cabellera.

Doce años más, 1493, y el mismo título lleva otra pieza, aunque ‘su chico’ por fuerza ha de ser otro, y no precisamente rubio. No es el pelo lo que trae loco al poeta, ahora es el lenguaje turbador del gesto, de la mirada.

XXIX. Εἰς τὸν παῖδα

Μή με πολυστροφάλιγξι κατάφλεγε νεύσεσι, κοῦρε,
ἄχρι φίληϛ αἰεὶ πυρσοβολῶν κραδίηϛ.
σοῦ γὰρ Ἔρως γελάοντος ἐν ὄμμασι δᾷδας ἀνάπτει,
ὦ ἐμὲ δοὺς ἐς ὅλας ζῶντ᾽ ἔτι πυρκαϊάς.

29. Al chico

Chaval, no me abrases con esos mohínes
revueltos, como lanzallamas
hasta las entrañas.
Cuando ríes, Eros enciende en tus ojos
antorchas, y vivo me arrojas
a hogueras en pompa.

Mucho se ha especulado sobre una posible intención alegórico-moral de estas piezas, que para otros eran claras como el mediodía. De éstos fue el rigorista Juan Luis Vives (1492-1540), cuando comentaba:
«Policiano despreciaba toda la Biblia… A Policiano le importaba más si hay que decir Carthaginensis o Carthaginiensis, si ha de escribirse mejor Vergilius que Virgilius, y de esas bobadas llenaba fichas a cientos, hasta que aburrido se pasaba a las musas, a componer algún epigramilla ocurrente sobre la Venus-macho en griego, por tener más de lo venéreo sin que los latinos lo entendiesen.»

(Vives, La Verdad de la Fe, lib. 2, c. 7)
Para más argumento, Policiano tuvo que vérselas con el referido tribunal nocturno, y no una sino dos veces, en 1492 y 1494. Precisamente este año murió sifilítico y envenado, lo mismo que otro joven prodigio del humanismo, Juan Pico de la Mirándola. Flota en la duda si Pico y Policiano fueron amantes, y tampoco está claro si el doble asesinato fue por orden de Pedro de Médicis, el hermoso niño distraído que pintó Ghirlandaio.

Profesores homosexuales y pederastas siempre los ha habido. Algunas etapas culturales han sido más ambiguas que otras. Yo me he referido a un época de cambio, cuando laicos y clérigos parece que jugaban a la ambigüedad, cuando cardenales y papas ofrecen al historiador como tema de investigación sus preferencias sexuales. Cuando nos preguntamos qué era exactamente el cardenal Alidosi para el papa Julio II. Cuando el Aretino, todo lo maldiciente que se quiera, pero buen conocedor del percal, dedica a un conocido obispo amigo suyo este epitafio:

Qui giacce Paolo Giovio Ermafrodito
che seppe far da moglie e da marito.

Hoy en día, cuando el lobby gay no necesita que nadie le defienda, conviene meditar (aparte lo dinerario, faltaba más) por qué el acoso mediático se ceba en el clero. como si sólo ahora saliese del armario. La transgresión desde la pedagogía o la pedotribia a la pederastia no es ninguna especialidad clerical y es tan vieja como Sócrates. Con el clero al menos, en teoría la frontera está bien clara. Cosa que no puede decirse del profesorado gay en su conjunto ahora, cuando su estatus reconocido legal, y también su reconocida militancia en un mundo mayormente heterosexual, que ellos consideran hostil, aconseja trazar esa frontera con la mayor claridad posible.

jueves, 8 de abril de 2010

Barattieri





Cuando Dante, en su recorrido por el Malebolge –el Octavo Círculo del Infierno–, vio a sus pies el Foso Quinto, le pareció «mirabilmente oscuro». Es el dominio de los Malebranche (los ‘Malas-Zarpas’), pelotón formado por una docena de demonios y su jefe Malacoda (‘Malacola’). Pero sobre todo es el dominio de la pez hirviente y negra, que no deja ver a los desgraciados que se cuecen en ella.

Los dos turistas del inframundo, Dante y Virgilio, en animada charla se han metido por el puentecillo gótico que atraviesa el foso. El espectáculo que ven desde allí les corta el hilo y el resuello. Virgilio no se dice en qué piensa, seguramente en su «ibant obscuri», tan celebrado.  Dante sí; Dante conoce bien Venecia, y aquello le trae a la memoria el Arsenal en invierno, la época de reparar las naves usadas y hacer las nuevas.

Tal, no por fuego, por divinas artes,
hervía abajo allá una pez espesa
que envisca la ribera en todas partes.

(Infierno, canto XXI, 16-18)
«¡Atención, atención!»– el guía grita al absorto poeta. Un diablo negro, de aspecto fiero, corriendo por la escollera con las alas desplegadas llega por detrás. A caballo sobre los hombros lleva a un pecador sujeto por las pantorrillas.

En aquel condenado reconoce el poeta a un tipo que le es familiar:


–«¡Diablos! ¡pero si es uno de los Ancianos de Santa Zita! Clavadito: de los de Luca. Apéalo, diablo, que ahora voy y te traigo otros iguales de la misma tierra, cuantos quieras. Allí en Luca todo el mundo es barattiere..., menos Bonturo. Allí el ‘no’, por dineros, se convierte en ‘sí’.»

El diablo a lo suyo, arroja su carga viva al baño de pez, y por la misma escollera vuelve por más. El luqués difunto se hunde en el magma, luego reflota entre las burbujas de la pez hirviente. Los diablos ‘malas-zarpas’, bajo la arcada del puente, le gritan:


–«¡Aquí no vale el Santo Volto –el Santo Cristo de Luca–; aquí se nada de otra forma que en el Serchio! Si no quieres probar nuestras garras, mejor será que no asomes la jeta por encima de la pez.»

No vamos a ensañarnos aquí nosotros con el desgraciado, mirando cómo los sayones de maese Malacoda le pescan y repescan con horcas ganchudas, revolviéndole en la pez (comenta jocoso el Dante) «como los marmitones la carne en el caldero, para que no flote». Bastante tiene el barattiere con su castigo, a todas luces desaforado para un delito tan liviano, y sobre todo tan del común, la baratería...

¡Alto ahí! Baratteria. La lengua italiana pasa por fácil, porque se parece mucho al castellano. Por lo mismo, cuidado con los ‘falsos amigos’: palabras que suenan igual pero no dicen lo mismo. Así en italiano, baratto no significa ‘barato’, de bajo precio, sino el comercio de trueque, sin mediar dinero. Y ‘baratero’, en tiempos de Dante, era el que desempeñando oficio público prevaricaba por interés. Vamos, el corrupto, el del cazo; el individuo de una especie que, si entonces era endémica de Luca (según el Dante, pero no olvidemos que era florentino), hoy es una pandemia de la que no se libra ni la virtuosa España. Euskalerría incluida, que hasta hace bien poco era, en el cuerpo de la doncella demi-vierge, el rinconcito pudendo en ejercicio heroico de castidad. Ya ni eso. Ya todos putrefactos.

«Menos Bonturo», comenta irónico el Poeta. Bonturo Dati fue un demagogo que al escribirse la Commedia vivía y coleaba, y era el amo de su cotarro luqués por aquel tiempo. Cuando tomó las riendas, acusando de corruptos a sus adversarios, él mismo se declaró incorruptible. Y en efecto, mientras corrió con los fondos públicos no dejó que trascendieran demasiado sus ‘baraterías’. Hasta que otro menos visto vino y le echó del poder, y entonces sí, para entonces ya sonaban sus trabacuentas. Por si fuera poco, al despedirse Bonturo vació a toda prisa las arcas del erario. Y a tanto llegó su descoco, que el día mismo en que entregaba la vara de aquella república firmó una libranza por varios millones de florines en concepto de limosna para cierta obra pía de su propia familia, y para misas por su ánima. ¡Pues vaya con el Bonturo! Miren, eso si que fue ‘correr con los fondos’.


Viejas historias. Pasemos página de la Divina Comedia, a ratos cómica de verdad, en episodios de humor como éste. Dichosa aquella Edad Oscura, edad de fe, cuando la baratería era cosa de pocos –una especialidad italiana, como quien dice–, castigada como Dios manda con un infierno también especial.

–¡Como! ¿pero tú crees en los dioses?
–Yo sí. –¿Y en qué te fundas?
–En que los tengo de espaldas, ¿no es evidente?
–Me has convencido.

Esto ya no es de Dante. Es de otra comedia menos divina, Los Caballeros de Aristófanes. Y es que donde esté un buen Tomás Apóstol, el del dedo en la llaga, sobran los otros Tomases de Aquino, demostrando por silogismos que hay un Dios justiciero en este paraíso de trincadores.

Con la Ley de Partidos, decididamente Dios existe para los ciudadanos de a pie, porque lo tenemos de espaldas.


martes, 30 de marzo de 2010

La escopeta tricolor




La sentencia del Tribunal Supremo contra la caza en ‘contrapasa’ me ha dado una alegría tan grande, tan grande, que no la sabría explicar si no es comparándola con la rabieta y la pataleta de Sarasketa y su compaña de la escopeta, condenados en costas. Tan así es, que pensé comentar algo.

Dejándolo, dejándolo, de pronto me topo con esta indecencia inefable que se despliega aquí arriba en todo su impudor. A primera vista pensé en algo tan inverosímil como una campaña a favor del trilingüismo, encabezada por algún reverendo de la Kristau Eskola. Muy lejos de eso, era la utilización de unos críos exhibiendo una jaula de palomas y unas pancartas a favor de cómo matarlas a contrapasa. Yo pensaba que ciertos modos de usar a los niños no están permitidos. Por lo visto sí, cuando una asociación privada como ADECAP se lo auto permite, y hasta lo auto ennoblece bajo la enseña oficial tricolor.

Todavía con el mal estómago en la boca, he aquí que la televisión me brindó un repaso de Stalingrado: El enemigo a las puertas, de Annaud-Godard. Tal coincidencia me ha permitido revivir el filme como lo viven sus dos protagonistas, cazadores recíprocos en estado puro, ellos a lo suyo mientras el mundo estalla a su alrededor. Dos duelistas que, aunque visten de soldado, no lo son ni hacen ‘la guerra’, sino ‘su caza’. Este estudio psicológico es todo un valor de la película, precisamente porque deja al espectador abstraerse –él, con los cazadores Zaitsev y König– de otros valores igualmente positivos, como las escenas bélicas, y no digamos las concesiones al folletín y final feliz.



Volviendo ahora al esperpento venatorio tricolor. La reacción de Sarasketa y su compaña de la escopeta, a cada uno de los fallos judiciales y administrativos que se han ido sucediendo, demuestra un autismo y cerrazón que hace inútil cualquier ensayo de diálogo. Lo digo por sus adversarios ecologistas, que son los que han llevado el caso a las instituciones y ante la justicia. Yo, como muchísima gente, voy por otro lado. ‘Contrapasa sí / contrapasa no’, para mí es como debatir la ventaja de la inyección letal sobre la silla eléctrica, si se está contra la pena de muerte. No a la caza, punto.

No discuto que, hoy por hoy, la caza legal es legal. Hasta ahí llegan mis luces, y me adapto. Simplemente, me ocurre lo mismo que a Sarasqueta y su compaña de la escopeta, sólo que al revés. Ellos hablan de «ir hasta donde sea, para cambiar la legislación europea» que no les gusta. Yo por mi parte también deseo que se cambien las leyes de caza, primero en el sentido de restringirla a cotos lo bastante herméticos, para que la actividad cinegética no suponga peligro ni molestia para el público (si es que tal hipótesis es intrínsecamente posible). Logrado eso, si la sociedad está dispuesta a seguir complaciéndome, yo le pediría la abolición de la caza. Alegaría diversas razones racionales, porque las hay; bien entendido que me principal motivo sería otro: porque no me gusta que se cace. ¿A Sarasqueta sí? Pues a mí no. Así que empatados.

Entre tanto, creo que somos legión los que pedimos apretar las tuercas en eso que llaman ‘caza’ Sarasqueta y su compaña de la escopeta. ¿Deporte tradicional ancestral? Sí, mire usted, como el fumar. Antes era libre, ahora cada vez menos, y algún día tal vez se tolere con escafandra autónoma.

Yo he visto a cazadores en el monte echar pestes (lo mismo que yo) al paso de unos motoristas de campo través a escape libre, metiendo ruido y arrasándolo todo. ¿Verdad que la naturaleza no es para eso? Por desgracia, ahí termina la solidaridad de los cazadores para con el ‘urbanita’, como ellos dicen. Aquéllos no tardaron en turbar mi paseo con sus disparos, tan molestos como las motos y más peligrosos.

Antes me he referido a la reacción de los escopeteros cada vez que les dan en la cresta. Son para enternecer. Primero fue contra el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco: «Fallo injusto, ensañamiento», según el portavoz de ADECAP. El mismo portavoz que, convertido en boceras, se despacha ahora contra el mismo Supremo al que recurrieron:
«una injusticia como la copa de un pino»; de nuevo, «un ensañamiento de los jueces, que nos han humillado».
Hasta aquí el desahogo. Entrando en la sentencia propiamente dicha, la moteja de «humillante, porque no tiene ningún fundamento ecológico ni naturalístico», y ha dado la razón a unos contrarios que sólo han alegado «memeces». ¿Qué más se puede decir? Agotado su análisis jurídico del fallo, el meritado boceras vuelve a su tesis de la animosidad personal de los jueces: es un «ataque directo al cazador vasco», «un cazador que suda la camiseta…, admirado por el escritor Miguel Delibes».

A Sarasqueta sólo le ha faltado pronunciar una palabra: prevaricación. Digo pronunciarla, porque implícita ya va en el desfogue.

Luego, con la deportividad a tono con tan buen perder, se insulta a la parte contraria –esos «grupos anticaza», los ecologistas de las memeces–, antes de anunciar que ADECAP «recurrirá a donde haga falta» y trabajará a los partidos para que se cambien las leyes.

Con tal corifeo, no es raro que a los secuaces se les calienten los cascos. Ahorraré los comentarios, por cierto, muy mal escritos. De esa basura sólo voy a recoger lo que suena a amenaza. La sentencio del Supremo salvará torcaces, pero pone a los humanos en la mira. Cualquier cosa semoviente podrá ser tomada por un ecologista, y ¡pum, catapum!, un enemigo menos. ¿Exagero? Yo no por cierto:
–« Hay que parar los pies a los ecofascistas. No tienen límite, habrá que ponérselo»– sentencia un tal Kepa. ¿Qué límite? El que acaba de trazar un colega suyo que se firma Pato:

–« Me hace gracia los ecolofascistas… Ahora habria que empezar a salir al monte a cazar ecologistas… »
Inquietante, ahora sí. Algunos opinantes tienen miedo, dado que «los cazadores o son violentos, o son raros, o les gusta demasiado matar; espero que sólo animales, aunque luego pasa lo que pasa». Se comenta «el ansia de sangre de un colectivo… disparando desde puestos palomeros a gavilanes, milanos, incluso grullas», y hasta a la milana bonita... Eso las escopetas calientes. Las frustradas llegan a ser peligro en potencia, o al menos es lo que cuentan las historias.

Me gustaría cerrar el comentario con alguna amenidad (que viene de ‘amén’). Pues ahí van tres:

1ª. Los amigos de la contrapasa apelan a la tradición, a las voces ancestrales. Por supuesto, no se refieren al historial del arma moderna, que de largo no tiene más que el alcance y la mira telescópica. Se trata de algo más antropológico, a lo Dersu Uzala, por poner un ejemplo. Y ahí les reconozco que tienen toda la razón. La contrapasa es un deporte recordado ya en la Historia Sagrada. El milagro que cuenta la Biblia de las codornices que alimentaron a los israelitas en el desierto no fue tal milagro, sino una contrapasa en toda regla. Lo recuerdo, por si les vale como argumento para el recurso ese que anuncian. Pueden llevar al estrado el libro del Exodo, 16: 13; Números 11: 31; y hasta el Salmo 104: 40. A lo mejor los jueces les hacen caso, que esos europeos protestantes son muy bíblicos.

2ª. «Los primeros interesados en la conservación de la naturaleza somos los cazadores», dice el coro de la escopeta. Por ahí no, señores. Ese argumento no vale. En este mundo conflictivo nunca faltan «primeros interesados» en llevar desinteresadamente el agua a su molino. Nadie negará al zorro su condición de «primer interesado» en que no le falten gallinas, lo cuál no es razón para confiarle la gestión del corral.

3ª. El hecho es que, a pesar del buen hacer de cientos y miles de cazadores, para que siga la diversión se necesitan cotos y repoblaciones muy costosas, un lujo que les pagamos entre todos, y mal que nos lo agradecen. Más bien lo contrario:
«Tenemos una espina grande, eso es verdad, la ilegalidad de la contrapasa. Pero por eso no nos podemos desanimar. Se han dado muchos avances. Más días de caza a la semana, cada vez hay más puestos de caza, hay más sociedades, tenemos 2 cotos intensivos buenisimos en la CAV, la afición esta en la sangre de las nuevas generaciones, etc. Tenemos motivos para estar contentos.
KONTRAPASA GEURIA DA!!!»
Aquí la contrapasa se vuelve patriótica, qué digo, gutarra, como sucede siempre con ‘lo nuestro’:
«Debemos influir en los partidos políticos y apollar (sic) A LOS QUE NOS DEFIENDEN. Yo soy de la izquierda abertzale, cazador hasta la medula. Sacrificaría (no me gustaría la verdad) mi voto por la caza. Que espabilen los alderdis, por favor.

Euskal Herri maitea, libre ta ehiztariz eta arrantzalez betea nahi zaitut. Tenemos que ser la vanguardia de la defensa del mundo rural y medioambiental del Pueblo vasco. Tenemos que estar únidos a EHNE y ENBA

«Amada Euskal Herria, te quiero libre y llena de cazadores y pescadores».

Un ideal patriótico lo tiene cualquiera.