Cuando Dante, en su recorrido por el Malebolge –el Octavo Círculo del Infierno–, vio a sus pies el Foso Quinto, le pareció «mirabilmente oscuro». Es el dominio de los Malebranche (los ‘Malas-Zarpas’), pelotón formado por una docena de demonios y su jefe Malacoda (‘Malacola’). Pero sobre todo es el dominio de la pez hirviente y negra, que no deja ver a los desgraciados que se cuecen en ella.
Los dos turistas del inframundo, Dante y Virgilio, en animada charla se han metido por el puentecillo gótico que atraviesa el foso. El espectáculo que ven desde allí les corta el hilo y el resuello. Virgilio no se dice en qué piensa, seguramente en su «ibant obscuri», tan celebrado. Dante sí; Dante conoce bien Venecia, y aquello le trae a la memoria el Arsenal en invierno, la época de reparar las naves usadas y hacer las nuevas.
Tal, no por fuego, por divinas artes,
hervía abajo allá una pez espesa
que envisca la ribera en todas partes.
(Infierno, canto XXI, 16-18)
En aquel condenado reconoce el poeta a un tipo que le es familiar:
–«¡Diablos! ¡pero si es uno de los Ancianos de Santa Zita! Clavadito: de los de Luca. Apéalo, diablo, que ahora voy y te traigo otros iguales de la misma tierra, cuantos quieras. Allí en Luca todo el mundo es barattiere..., menos Bonturo. Allí el ‘no’, por dineros, se convierte en ‘sí’.»
El diablo a lo suyo, arroja su carga viva al baño de pez, y por la misma escollera vuelve por más. El luqués difunto se hunde en el magma, luego reflota entre las burbujas de la pez hirviente. Los diablos ‘malas-zarpas’, bajo la arcada del puente, le gritan:
–«¡Aquí no vale el Santo Volto –el Santo Cristo de Luca–; aquí se nada de otra forma que en el Serchio! Si no quieres probar nuestras garras, mejor será que no asomes la jeta por encima de la pez.»
No vamos a ensañarnos aquí nosotros con el desgraciado, mirando cómo los sayones de maese Malacoda le pescan y repescan con horcas ganchudas, revolviéndole en la pez (comenta jocoso el Dante) «como los marmitones la carne en el caldero, para que no flote». Bastante tiene el barattiere con su castigo, a todas luces desaforado para un delito tan liviano, y sobre todo tan del común, la baratería...
¡Alto ahí! Baratteria. La lengua italiana pasa por fácil, porque se parece mucho al castellano. Por lo mismo, cuidado con los ‘falsos amigos’: palabras que suenan igual pero no dicen lo mismo. Así en italiano, baratto no significa ‘barato’, de bajo precio, sino el comercio de trueque, sin mediar dinero. Y ‘baratero’, en tiempos de Dante, era el que desempeñando oficio público prevaricaba por interés. Vamos, el corrupto, el del cazo; el individuo de una especie que, si entonces era endémica de Luca (según el Dante, pero no olvidemos que era florentino), hoy es una pandemia de la que no se libra ni la virtuosa España. Euskalerría incluida, que hasta hace bien poco era, en el cuerpo de la doncella demi-vierge, el rinconcito pudendo en ejercicio heroico de castidad. Ya ni eso. Ya todos putrefactos.
«Menos Bonturo», comenta irónico el Poeta. Bonturo Dati fue un demagogo que al escribirse la Commedia vivía y coleaba, y era el amo de su cotarro luqués por aquel tiempo. Cuando tomó las riendas, acusando de corruptos a sus adversarios, él mismo se declaró incorruptible. Y en efecto, mientras corrió con los fondos públicos no dejó que trascendieran demasiado sus ‘baraterías’. Hasta que otro menos visto vino y le echó del poder, y entonces sí, para entonces ya sonaban sus trabacuentas. Por si fuera poco, al despedirse Bonturo vació a toda prisa las arcas del erario. Y a tanto llegó su descoco, que el día mismo en que entregaba la vara de aquella república firmó una libranza por varios millones de florines en concepto de limosna para cierta obra pía de su propia familia, y para misas por su ánima. ¡Pues vaya con el Bonturo! Miren, eso si que fue ‘correr con los fondos’.
Viejas historias. Pasemos página de la Divina Comedia, a ratos cómica de verdad, en episodios de humor como éste. Dichosa aquella Edad Oscura, edad de fe, cuando la baratería era cosa de pocos –una especialidad italiana, como quien dice–, castigada como Dios manda con un infierno también especial.
–¡Como! ¿pero tú crees en los dioses?
–Yo sí. –¿Y en qué te fundas?
–En que los tengo de espaldas, ¿no es evidente?
–Me has convencido.
Esto ya no es de Dante. Es de otra comedia menos divina, Los Caballeros de Aristófanes. Y es que donde esté un buen Tomás Apóstol, el del dedo en la llaga, sobran los otros Tomases de Aquino, demostrando por silogismos que hay un Dios justiciero en este paraíso de trincadores.
Con la Ley de Partidos, decididamente Dios existe para los ciudadanos de a pie, porque lo tenemos de espaldas.




