jueves, 18 de febrero de 2010

Peluquería Francesa en Bilbao (siglo XVIII)



       Hay un paraje en Bilbao... ¿no dais con él?: 
       es la peluquería de Carbonell.

        A ese ladino*  francés,
        le cayó la lotería
        y en la Plaza Nueva ha puesto
        una gran peluquería.

        Peluqueriaco soloya 
emen erosten da,
        ule balsa ta suria,
        ji-ji, ja-ja.

          *) Ladino: judío, prestamista usurero.


       Itziar Monasterio, de la Universidad de Deusto, me ha hecho un regalo espléndido: tres tomazos frescos de la gran serie que ella dirige, Colección de Jurisprudencia Civil Foral' (Siglos xvii-xix). Ahora acabo de hojearlos. Dos sobre 'Régimen Económico de Comunicación Foral de Bienes (1687-1870) y uno sobre 'Vecindad vizcaína y Procesos sobre Sociedades Civiles' (1630-1886). ¿Interesante? Y hasta divertido. Abro al azar:

Resolución de 14 de diciembre 1786.
Vecindad vizcaína: Expulsión del Señorío (frustrada)
(Tomo V, págs. 137-158).

¿De qué va la cosa? Una bilbainada, seguro. Se trata de

«los autos obrados a instancias de Juan Antonio de Udondo y consortes vecinos peluqueros en esta Noble Villa, contra Luis Guillermo Vixer y otros del mismo oficio, naturales del reino de Francia, sobre que fuesen expulsos del distrito de este Ylustre Solar, por estar exerciendo actos de vezindad, sin haver acreditado su nobleza o limpieza de sangre, conforme a Fuero, Reglamento y acuerdo de Juntas y Diputaciones Generales... con familia y casa, sin contentarse con la que ocupaba, subarrendando una tienda con conocido perjuicio de los naturales de este Señorío y vezinos de esta Villa, por cuyo medio suben considerablemente de precio y estimación los alquileres de las casas; todos los cuales fueron motivos que concurrieron para haverse decretado su expulsión, y consentídola el mismo Vixer.»

O sea que ya antes que el ladino Carbonell, y sin tocarles la lotería, otros peluqueros franceses habían pretendido establecerse aquí, haciendo la puñeta a los nativos. El proceso se arrastraba al menos desde 1783, complicado lo estrictamente profesional con supuestas maniobras especulativas.

No se entienda que tomo partido por los intrusos (lo que me faltaba), si digo que mis paisanos, los maestros peluqueros de la Villa, su corregidor o alcalde y el Diputado General del Señorío, no exhibieron sus mejores modales, si como protestaba el francés,

«sin motibo ni causa justa, introduxeron... la pretensión de que se me obligase a filiar, o que en defecto se me expeliese de este Señorío; lo que pudieron lograr, a causa de mi corto influxo y notoria pobreza...; y después de haver sido arrestado a la cárzel pública de esta Villa, lograron también estos maestros peluqueros con notoria nulidad –que lo digo hablando cortésmente–, el que se me extrañase de este dicho Señorío; lo que puse en execución, por evitar los rigores con que se me amenazaba».

Con que filiar. Qué pronto se decía esa palabrita tan corta, que implicaba todo un proceso largo y caro de limpieza de sangre, demostrando ser hijo y nieto de hijosdalgo notorios, sin mancha de judíos, moros, herejes ni penitenciados por la Santa Inquisición. Una pasta, que el pobre Vixer –y por ahí deduzco que no le había tocado la lotería– no se podía permitir, por el gasto, y quién sabe si por el peligro. Porque a ver si resultaba que Vixer, como el Carbonell, era 'ladino', o sea de ascendencia hebrea, un marranete o un hugonote, que no sabe uno qué es peor. Así que el peluquero se volvió a su tierra, dejando a su señora Catalina Cotter guardando la casa, mientras él planteaba recurso.

Recurso que no supuso la suspensión cautelar que pedían los demandantes, pues el Corregidor del Señorío autoriza a Vixer

«el que use y exersa su oficio de peluquero en calidad de residente, sin que sea visto por ello adquirir derecho de vezindad, ni se le tenga por tal para gozar de las regalías y privilegios de los vizcaínos

Ya tenemos a Vixer de nuevo en Bilbao. Contra él quedaba sin embargo aquel primer cartucho inédito: el forastero seguía sin filiar. Por lo cual, el 7 de septiembre de 1784 le vemos acusando recibo de un auto del Señorío, conminándole que

«dentro de 24 horas salga del distrito de este noble Señorío, a causa de no haver acreditado su nobleza o limpieza de sangre». Él está pronto a acreditar al menos la limpieza, pero no tiene medios. Alega que en Portugalete acaban de nombrar diputado a uno sin tal acreditación, y eso que era para oficio público; y que lo mismo se ha decretado para los guipuzcoanos que se establezcan en este Señorío, «siendo así que ni el Fuero ni el Real Reglamento último distingue de personas ni provincias». En fin, que lo suyo es «mera residencia sin la qualidad de vezindad... como practican los vizcaínos en todas partes de Castilla y demás dominios de Su Magestad».

¡Cuidado, mosiú, cuidado! Ese lenguaje. Asoma por el horizonte la Revolución Francesa, y usted francés se atreve a predicarnos aquí a los vascos la igualdad ciudadana ante la ley y el fuero. Usted, amén de sospechoso, es un tipo peligroso. ¡Vaya, él se lo ha buscado! Vixer ha dicho sentirse discriminado, y con las ínfulas que se gasta el Diputado General de Vizcaya, eso le ha sonado a

«osadía con que encrepa la conducta de V. S. Ylustrísima, en distinguir las personas y tolerar la ynfracción de sus Fueros para con algunos, siendo notoria y nunca alterada la exactitud con que ha procedido en tan importante asunto.»

Así que, por no atender a nuestro aviso, el siguiente memorial al Señorío ya lo escribe Vixer como huésped de nuevo «en su Real Cárcel».

A todo esto, ¿que era de los otros peluqueros franceses? Eran dos, Alejandro Bott y Juan Salas. Salas, que vaya usted a saber si no sería Salles u otro apellido tuneado, como tuneaban los nombres de pila. Porque también el cabecilla, «Luis Guillermo Vixer según su firma», ahora sonaba «Luiz Fuie, según exposición de Cathalina Cotter, que se titula su muger». Pues bien, para todos tres hubo decreto de expulsión «a costa de sus bienes»

Ya estamos en 1786. Y ya tenemos al maestro apelando al Supremo, digo, la Chancillería de Valladolid. Todos al supremo. Como expone su apoderado Juan de Aramayona, Vixer,

«reducido a prisión... acudió a ymplorar en justicia la humanidad y protección del Correxidor de dicha Villa de Bilbao, quien compadezido de la injusta bejación que padecía, le mandó poner en libertad; pero la Diputación, siempre constante en su propósito, no ha cesado de molestarle...
En hora buena que los vizcainos no quieran admitir por combezinos a ningún extranjero, sin acreditar previamente la limpieza de su sangre o su nobleza; aunque esto tiene sus excepciones...» (Y aquí sale de nuevo a relucir el escándalo del diputado de Portugalete, de los guipuzcoanos campando a sus anchas por el Señorío, etc.)

¿Final feliz? Eso suele ser en la otra vida. En la presente, bastante alivio fue el auto de Madrid, 14 de diciembre 1786, dejando el asunto en tablas hasta el día del Juicio:

«En el interin mandamos así mismo no se impida a dicho Guillermo Vixer exercer su oficio en esa referida Villa... Que así es nuestra voluntad... »

Firma el primero Don Pedro Rodríguez de Campomanes, conde de Campomanes desde 1780, este mismo año de 1786 había ocupado la Presidencia del Consejo de Castilla.
¡Ah! y el Diputado General que no siga molestando al alcalde.




Este botón de muestra, de una botonera de 1.600 páginas, creo que dará idea de mi gratitud a la profesora Monasterio, y de cuán felices me las prometo con su lectura. Gracias, Itziar. Menudo monumento, el que habéis levantado.

Un botón de muestra sobre lo que va de ayer a hoy. Del Antiguo Régimen, al Siglo XXI. Del Despotismo Ilustrado, a nuestro Paraíso de Democracia en Libertad. ¡Qué abismo!

¿Pero en qué país vivía aquella buena gente? Todo un Diputado General comportándose como un jaunchu. En vísperas de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, alguien osando abrir peluquería sin colgar enmarcada en la pared su ejecutoria de hidalguía y limpieza de sangre.

Frente a eso, ¿qué? 'Una filiación', es todo lo que se les ocurre a aquellos bilbainos obtusos, que me avergüenzo de haberles llamado paisanos. De acuerdo, es un peluquero francés. No dice que de París, pero sí «del interior de aquel Reino». Las damas y damiselas bilbainas, que se lo rifan. También los caballeros. Salón abierto y servicio a domicilio. Negarle altura profesional seguramente era imposible. Pero, ¿y el perfil lingüístico? El EGA, qué menos... ¿No podían pillarle por ahí, el Udondo y demás palurdos? Tanto gremio preocupado del blasón y la sangre limpia, cuando lo que hacía falta era un buen sindicato, o mejor dos, despejando a la competencia, sólo con puntuar el euskera como es debido.

Y aquel Consejo de Castilla, ¿quién se creía que era, para decirnos a los de aquí cómo se interpretan y aplican nuestros Fueros? ¿Quién era ese Campomanes, para enmendarle la plana en nombre del Rey a todo un Diputado General del Señorío? Y encima, todo en castellano, ida y vuelta, lo de aquí a Madrid, y lo de Madrid aquí.

Porque esa es buena. Las 1.600 páginas de estos tres tomos, más todo el resto de la serie, todito en castellano. ¿Elegido adrede? No. Es que se da la circunstancia de que la masa ingente documental de nuestros Archivos Forales está en esa lengua, salvo algo de latines. Exagerando, sólo para que se me entienda: no sólo investigador, hasta director de Archivo se podría ser aquí tranquilamente, sin saber la lengua propia.

Es así porque así es. Aunque también pudo haber sido de otro modo. Y puestos a decidir, a tiempo estamos para que lo sea. De nosotros depende. No hay más que meter horas y dinero público, hasta poner todo ese papelamen en pulcro batúa.

¿Superfluo? Para algunos sí, desde luego. Pero tampoco nos cogerá de susto, si un buen día quien pueda hacerlo decide poner manos a la obra. En nombre del derecho que nos asiste a investigar nuestros archivos en euskera, y vivir en euskera nuestra Historia.


 

martes, 2 de febrero de 2010

Trilín, tralán, Isabel Celaá...



¡Ay, mi Señora Doña Isabel Celaá! Que nos estamos liando, con eso de la panglosia. Que eso fue en la pascua de Pentecostés, y aquí no hemos salido de la Cuaresma.

Con que bilingües en euskera y castellano, y trilingües con el inglés. Por ese orden. Y eso de «el vascuence, tan difícil...»; más que el gallego y el catalán juntos... Suena a sucedáneo de aquello otro de 'ayudar a la lengua más débil'. Y el resultado va a ser el mismo: primar el euskera por encima del castellano, que total, se aprende por sí solo. ¿Y el inglés? Ése de postre, para los niños buenos que se coman todo el euskera del plato sin dejar sobras por los bordes.

(Me repito, soy consciente. De veras, no me hace feliz revolver en estas cuestiones, teniendo tantas cosas positivas para disfrutar. Pero es que subleva un poco que te tomen por idiota. Y en este tentadero de idiotas, cada día nos sorprende un sofisma nuevo. En realidad, el mismo sofisma con nuevo aderezo. Ahora toca trilingüismo bilingüe. ¿Pues qué, si no?)

Soy de los que celebrábamos el cambio de gobierno, y en particular la consejería de Celaá. Este último detalle demuestra, supongo, que no soy del PP. Nos alegrábamos, digo; y no era difícil. Aunque sólo fuese por el alivio de despachar al petardo de Consejero. Pero también con esperanza, porque su sucesora traía fama de inteligencia, sensatez, honestidad. Personalmente no la conozco. Sólo en una ocasión, hace bien poco, hemos cruzado unas frases de circunstancia, y la impresión no ha defraudado. Mujer muy política, y sin embargo espontánea. O eso me pareció.

Pues bien, ahora toca decir lo dicho, y añadir estotro: que tampoco me hice grandes ilusiones. Como todo el PSE, Isabel Celaá tiene una política lingüística más próxima a la de los talibanes como Campos que, por ejemplo, a la mía. Por una simple razón: los talibanes tienen política lingüística, y yo prefiero que no haya ninguna.

Años atrás, uno era más idealista. Veía factible cierta política favorable al vascuence, sobre la base de un compromiso social. Visto lo visto, he espabilado (por usar la expresión del ex lendacari Ibarretxe). El uso interesado del euskera con fines políticos de discriminación, lucro, poder y construcción nacional me ha resabiado, lo confieso.

La mejor política lingüística, aquí y hoy, es el laissez-faire, ese coco del nacionalismo impositivo y gorrón. Que cada cual mueva la lengua como guste (sin acabar como el penitenciado de Goya), y el que quiera caprichos que se los pague.

Ayer mismo, a las declaraciones de Celaá, salía uno diciendo que leía El Correo aunque fuese en castellano, pero que lo prefería en euskera. Pues ya lo sabe, amigo, a costearse la edición, y no nos venga con que entre todos financiemos esa fantasía.

Quien ame el vascuence, que lo estudie como otros hemos hecho, y si gusta, que lo hable en privado y en público, que lo escriba, lo enseñe, lo cante y lo baile. Pero por favor, sin dar la murga al prójimo.

¿Protección oficial a la lengua? Hasta ahí llego –ingenuo impenitente que es uno–; pero eso ya con reservas. La letra pequeña, ya saben; dar la mano y quedarte sin brazo. ¿Recuperación de la lengua? Si es lo mismo que euskaldunización o normalización lingüística, no, gracias. ¿Requisito laboral? Depende: en áreas de bilingüismo real, psch. Lo que estamos viendo al respecto, qué voy a decir, un atropello. Más a nivel personal, creo en el darvinismo lingüístico y me parece un despilfarro lo que nos está costando esa especie protegida. Lo siento. Si la supervivencia del moribundo asistido dependiera de una sola palabra, he aquí la mía: «Desconecten».

Me cuesta escribirlo. Sabiendo, además, que esta página es intrascendente. La cuestión no es lo que uno escribe o dejo de escribir, sino cuánta gente piensa lo mismo y no se manifiesta. Esa si que es consulta pendiente, no la de Ibarretxe.

Así pues, doña Isabel, no se me pique si adorno este ejercicio de redacción inútil con esa tabla tan bonita del Bosco, El Trilero. No va por usted, persona honesta en quien confío. Va como alegoría de la Política, que algunas veces nos engaña a los ciudadanos transeuntes, pero muchas más pega el timo a su verdadero público, ustedes los  políticos profesionales. Porque su perspicacia, doña Isabel, ha pillado mi intención al vuelo. La dama a la que le cortan el bolso podría ser usted misma, que cree en la magia, no yo, que soy escéptico. Un servidor, si acaso, sería el chiquillo del molinete que le mira a usted y le avisa de la jugada.

En efecto, tengo la impresión de que usted, sin querer, está haciendo el juego al trilero. Al bilingüismo por el trilingüismo, creo que se llama el truco. «Damas y caballeros, respetable público: Prueben aquí su agudeza visual. ¿Dónde está la bola del inglés?»

Eso, ¿dónde está la bola? Porque el inglés va de bola.  Vea, Consejera, yo metí al nieto en una ikastola de esas que se anuncian 'trilingüe'. De eso hace una pila de años, que ni la cuento. Y me daré con un canto en los dientes si con todo eso, más las profes particulares, más unos audiovisuales de la BBC, más las estancias en Irlanda como toda la vida, etc. etc., a poco que el rapaz se esfuerce y ponga de su parte, espero que termine desempeñándose en inglés tan bien como su abuelo y mejor. ¿Decepcionado, entonces, con la ikastola? ¡Qué va, por Dios! Para poder decepcionarse uno habría tenido primero que tragarse la bola del anuncio. Bilingüe, y gracias.

Usted, profesora de inglés, lo sabe mejor que yo. ¿Dónde está ese ejército de profesores trilingües? ¿Cómo improvisarlos? ¿Cómo reclutar enseñantes de inglés, sin que el talibanato sindical se eche encima? Porque ya verá usted cómo esos tipos le roban el bolso con el cuento de siempre: ese flamante profesorado suyo se sabrá el Chéspir de carretilla, pero podría no dar el perfil de euskera que ellos marquen.Y ahora pregunto: Sólo por complacer a esa gente patriótica, ¿hay que  atiborrarse primero de cocina vasca para que, ya sin ganas, le dejen a uno catar el pudin inglés, si es el pudin lo que apetece?

Aguardando respuesta, aquí me quedo con esta fabulilla, tan al pelo como el pelo de los moluscos lo permita:

Dos caracoles un día
tuvieron fuerte quimera
sobre quién mayor carrera
en menor tiempo daría.
Una rana les decía:
–He llegado a sospechar
que sois ambos a la par
algo duros de mover.
Moraleja:
Antes de echar a correr,
mirad si podéis andar.
Eso que no podéis dar,
mal hacéis en prometer.
No creáis, buena mujer,
del trujamán falso el truco,
que aunque parle el mameluco
los lenguajes de Babel,
siendo unilingüe, Isabel,
miente, aquí y en Pernambuco.


miércoles, 27 de enero de 2010

Pedernales




Hace tres meses hice aquí un sencillo elogio de los Territaifas Históricos vascos, ese hecho tan diferencial nuestro que son las Diputaciones forales con sus Diputados generales. Fue con ocasión de su epifanía o manifestación pública. Porque esos entes poderosos que hoy acosan al Gobierno de Vitoria, bien se guardaron en tiempos de Ibarretxe de exhibir la grandeza de su poderío. Sobre todo la diputación vizcaína, la más rica y soberbia de las tres.

Se dirá que los diputados generales, siendo del mismo partido que el lendacari, tenían que remar juntos. Valga. Aunque ¡bueno era el caudillo como para irle con historias forales! Ni con historias de partido, él era el partido. Sea como fuere, el hecho demostrado por cien encuestas es que el 'hombre de la calle' (que le dicen) jamás supo en aquella era cómo se llamaban los diputados generales; y apurando, apurando, ni que existieran. Incluido el superdiputado de Vizcaya, un perfecto desconocido entonces.

Pero cayó Juan José, al toque de sus propias trompetas, más que a la embestida de los bárbaros PSE-PP. Y es entonces cuando los tres entes se erigen en reductos de contrapoder ultra-autonómico, como la resistencia romana ante Breno en el Capitolio. Es también la hora de los gansos capitolinos.

Así paradójicamente, gracias a un insignificante Patxi López y al fulgor de su Gobierno espectral, el ciudadano se entera de que hay diputaciones, o por lo menos, diputados generales. El de Vizcaya en particular, con la caída de su jefe descubre al político que lleva dentro –un líder, el próximo lendacari, ¿por qué no tú?– y prodigándose en imagen y verbo, en breves semanas a todo el mundo le sonaba su nombre.

Nuestro Marco Manlio se llama José Luis Bilbao, el político peneuvista que más en serio se ha tomado lo de 'gobernar desde la oposición'. Oposición que, para el Sr. Bilbao, significa quien o lo que se le ponga por delante en su forma de gobernar. Gobernar: otro término que, en el mismo léxico personal, equivale a ordenar y mandar como un auténtico Señor de Vizcaya. Es como le llaman sus aduladores, y a él le halaga.

Con el mutis de Ibarretxe, cada diputado ha dado lustre a su faceta más personalista. Y esa faceta en José Luis Bilbao se llama 'ego'. Bilbao como político tiene muchos partidarios y enemigos, cosa que a su ego le complace. En cambio, el ego de don José Luis sólo tiene un partidario –él mismo, obviamente– y un sólo enemigo. Pero un enemigo mortal, que se llama hybris. La hybris (desmesura) es un enemigo íntimo, que según las leyes de la tragedia lleva a la perdición. Es un demonio sin grandeza. Sus posesos, como los fantasmones de Don Quijote, «gente descomunal y soberbia». Algunos frivolizan esa condición humana del superdiputado: que si es un fanfarrón, un bocazas, que si las suyas son chulerías o bilbainadas –doblemente, en su caso–, que si cosas de Joselu y eso. Bobadas. Lo suyo tiene toda la pinta de una hybris de libro, cosa mala, porque ese desarreglo no hay dios que lo sufra. Al tiempo.


En el campo me metí
a lidiar con mi deseo:
conmigo mismo peleo,
defiéndame Dios de mí,
si yo mismo me guerreo.


El gran peñazo que Manlio Bilbao levanta para arrearle al Breno López en toda la tiña es el Guggenheim II de Urdaibai. No es ninguna iniciativa de gestión, donde usando la razón quepa discutir sobre prioridades, adecuación de medios y fines, esfera competencial y otros aspectos técnicos. Es un proyecto de lujo, un riesgo voluntarista, desafiante, polémico en sí y por su ubicación, en nuestra pequeña y única Reserva de la Biosfera. Total para implantar allí, precisamente allí, un macromuseo que podría funcionar igual en otra parte...

No digo nada del proyecto en sí. Sólo de su primera víctima anunciada, la Colonia Escolar de Pedernales, obra entrañable de don Ricardo Bastida.

Es curioso que para ir 'orientando' a la opinión pública se pongan tachas al valor arquitectónico del edificio: que si no es monumento, que si no es tan original, ni de gran mérito... Todo eso es muy secundario, frente al atentado a la memoria vivencial que se va a perpetrar.

Mi contacto con la Colonia fue ocasional, aunque impactante para toda la vida. Pedernales era todavía Pedernales, medio siglo antes de inventarse Sukarrieta. Veraneando de crío en Pedernales –el Bar de Pacho, creo que se llamaba la fonda–, la Colonia de la Caja de Ahorros me parecía un paraíso en el Paraíso.

Por cierto, de todas las instalaciones de la Colonia –un modelo a nivel europeo, para la época– mi preferida era la más discutible: aquellas playas artificiales, donde los niños con gafas protectoras se tostaban a la luz UV, no sólo tomando color para la vuelta a casa, sino como refuerzo vitamínico. Aquellas playitas pocholas, ideadas en los años de la gran depresión, quedarían relegadas a piezas de museo por el avance médico, pero también gracias al avance dietético.

Nunca fui colono en Pedernales, pero como si lo hubiera sido. Uno de mis primeros premios escolares fue el libro de Julián Zugazagoitia, Pedernales: Itinerario sentimental de una Colonia Escolar (1929). Es un libro muy cuidado, muy bien impreso. Por dentro, todo él un poema en prosa cargada de humanismo y melancolía. Me sabía de memoria párrafos enteros, y aunque en parte los olvidé, las ilustraciones de Ricardo Arrúe todavía las llevo en la pupila interior.

Yo creía que la Colonia de Pedernales era intocable, que su demolición sería sacrilegio nefando, para escrito en los anales de los paraísos perdidos.

Cuando he aquí que un graznido estentóreo de ganso sobresalta mi ingenuidad. ¡La piqueta para esa maldita colonia!

Dicen que el diputado general Bilbao se ha armado de una docena de informes técnicos para justificar la empresa que va a realizar él solo, si no puede ser en compañía de otros. A ese material hay que juntar el coro de opinión de gansos que le animan a dar el paso, unos porque sí, otros porque joroba a Patxilo. Todos, sin embargo, respecto a la Colonia suelen ver su desaparición como mal necesario, mal menor, o ni mal siquiera, una pérdida sólo sensible o indiferente.

Faltaba el ganso de los gansos. Alguien que, con base en un trauma personal, recomienda la destrucción del edificio donde la infancia vasca se vio sometida a vejaciones patrióticas. Nuestro ganso pedernalino se firma Yo, y su alegato dice así:


«Respe[c]to al edificio actual ¡QUE LO DERRIBEN! allí obligaban a los niños de Bizkaia a cantar el cara al sol y desfilar con mosquetones averiados (no todo ha sido lúdico en esa colonia ) además los niños iban al mando de monjitas adictas al ré[g]imen que ponían gran entusiasmo en los cánticos. ¿Qué os parece? Si alguien quiere conocer algo más le indico la fecha de cuando se hacían esas demostraciones patrióticas. ¡QUE LO DERRIBEN!»


Con que ya tiene el Señor de Vizcaya un argumento tumbativo que añadir a sus informes. El franquismo contaminó la Colonia, afuera con ella. Claro que luego, por la misma higiene, habrá que derribar las escuelas, los ayuntamientos, sin dejar uno, y finalmente la Diputación, pues yo mismo vi a Franco en el balcón, aclamado por los diputados y la muchedumbre. O sea que, si no arrasamos también la Villa entera, al menos deberíamos fumigarla.
En cuanto al amigo ganso, lástima por él, si la monserga franquista le pudo tanto que no le deja recordar lo bien que se comía en aquella casa, los viajes maravillosos en 'gasolino' a la playa, o el buen ambiente de camaradería. Máxime si, como él dice, «los niños iban al mando de monjitas», qué gozada. Aunque fuese con mosquetones averiados, lo que me perdí...
En serio, lo más de compadecer a este buen hombre es, en aquellos años de caralsol, no haber leído Pedernales, de aquel socialista de las gafotas redondas, buen hombre y escritor que fue Zugazagoitia, 'Zuga'. Asesinado por rojo-separatista.

¡Qué! ¿quemamos también el libro, para que no nos amargue la memoria?